Un soneto de Ernestina de Champourcin: «Búscame en ti. La flecha de mi vida…»

De Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid 1999), poeta de la Generación del 27 y perteneciente al grupo de «Las Sinsombrero», esposa de Juan José Domenchina, ya había transcrito aquí su poema navideño «Contemplación de María». Como bien escribe José Luis Ferris, «Ernestina de Champourcin fue, con distancia, una de las poetas más prolíficas de su generación, con más de veinte libros publicados y una extensa lista de poemas diseminados, desde los años veinte, por múltiples y prestigiosos diarios y revistas»[1]. Vaya para hoy este bello soneto de La voz en el viento (1931), «construido con una retórica que tiene en el símbolo cancioneril o místico su base, aquí destinada a la expresión del amor humano, que a la altura de 1930 constituye para Champourcín uno de sus temas poéticos preferidos»[2].

Flecha atravesando dos corazones

Búscame en ti. La flecha de mi vida
ha clavado sus rumbos en tu pecho
y esquivo entre tus brazos el acecho
de las cien rutas que mi paso olvida.

Despójame del ansia desmedida
que abrasaba mi espíritu en barbecho.
El roce de tus manos ha deshecho
la audacia de mi frente envanecida.

Navegaré en tus pulsos. Dicha inerte
del silencio total. Ávida muerte
donde renacen, tuyos, mis sentidos.

Ahoga entre tus labios mi tristeza,
y esta inquietud punzante que ya empieza
a taladrar mi sien con sus latidos[3].


[1] José Luis Ferris, en Mujeres del 27. Antología poética, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 255.

[2] Francisco Javier Díez de Revenga, en Poetas del 27. Antología comentada, introducción de Víctor García de la Concha, Madrid, Espasa Calpe, 1998, p. 631.

[3] Lo cito por Poetas del 27. Antología comentada, pp. 630-631. En el verso 3 edito «tus» en vez de la lectura «sus» que trae la transcripción de Díez de Revenga.

«Huerto de Melibea», de María Victoria Atencia

Vaya para hoy este breve poema de María Victoria Atencia (Málaga, 1931- ), uno de los muchos suyos en los que encontramos reminiscencias de nuestros clásicos. Aquí, de la Celestina (recordemos las palabras de Calisto, en el Acto I; cuando Sempronio le pregunta ¿Tú no eres cristiano?, él responde: «¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro, y en Melibea creo y a Melibea amo»).

Huerto de Melibea (Salamanca).

El poema es el segundo de la sección «En el joyero Tiffanyʼs» de su poemario El coleccionista (1979):

Escribió en su poema mi nombre, ya inmortal,
y me subió con él en su carro de fuego.
de por vida o por muerte —conceptos revisables—
en Melibea creo y de Calisto soy[1].


[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 128.

«Canción de invierno y de verano», de Ángel González

En entradas anteriores he transcrito aquí algunas composiciones de Tratado de urbanismo de Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008), poeta de la Generación del 50 o del medio siglo, del que estamos celebrando el centenario de su nacimiento. A «Inventario de lugares propicios al amor», «Soneto para cantar una ausencia» y «Soneto para imaginarte con exactitud» añado hoy «Canción de invierno y de verano», que es el noveno poema de la sección «Intermedio de canciones, sonetos y otras músicas», del mismo libro. Dice así:

Valparaíso

Cuando es invierno en el mar del Norte
es verano en Valparaíso.
Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el puerto de Bremen con jirones de niebla y de hielo en sus cabos,
mientras los balandros soleados arrastran por la superficie del Pacífico Sur bellas bañistas.

Eso sucede en el mismo tiempo,
pero jamás en el mismo día.

Porque cuando es de día en el mar del Norte
—brumas y sombras absorbiendo restos
de sucia luz—
es de noche en Valparaíso
—rutilantes estrellas lanzando agudos dardos
a las olas dormidas.

Cómo dudar que nos quisimos,
que me seguía tu pensamiento
y mi voz te buscaba —detrás,
muy cerca, iba mi boca.
Nos quisimos, es cierto, y yo sé cuánto:
primaveras, veranos, soles, lunas.

Pero jamás en el mismo día[1].


[1] Ángel González, Tratado de urbanismo, con lectura de Carlos Pardo, Velilla de San Antonio (Madrid), Bartleby Editores, 2006, pp. 9-10.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Mito de Andrós» (1995-1998) (y 5)

Un cambio de tema apreciamos en «Del sonoro silencio de los seres»[1] (el título forma un bello endecasílabo aliterativo), que reitera en forma anafórica los elementos «como» y también «y decidme». Nos habla este poema de «ese sonoro silencio que todo lo puebla», de la «estirpe sonora» de los seres, cada uno de los cuales tendrá «una fe llena de recogimiento que descubre lo sublime y lo escancia en su propio vaso». En el fondo de los seres, opina el poeta, se oculta algo sublime y secreto, una música acariciadora. Amadoz es «de los que todavía confían en el hombre / y han plantado su esperanza sin huir de este desierto que nos duele»; el poeta, ahora, tiene fe en el hombre:

Siempre existe alguien que recoge el depósito ignorado que todos llevamos,
siempre existe el que descubre más allá del ensueño
y se ofrece creador y conmovido por la dicha de la vibración de todos los tiempos
para que los demás nos unamos mítica y solidariamente.

En el siguiente poema, sin título explícito (el primer verso es «De nuestro estar en el mundo…»), el lema apunta hacia dos temas queridos del poeta: la muerte que llama a la puerta y un «nuevo amor» que es la posible trascendencia más allá del final de nuestros días. Tras la espera de la vida terrena, se aspira a un «nuevo ciclo libre de noches y días / […] / en la inmensa ola del no tiempo» (la eternidad); se confía en «la opaca luz del más allá» y, frente a las dudas y titubeos de poemas anteriores, se afirma, aquí ya claramente, la existencia de un ser trascendente que permite al hombre superar su muerte física:

… caminamos rendidamente silenciosos
hacia Alguien que nos adivina,
callado,
al final de la estancia abierta,
en eterna espera.

… La muerte llama a la puerta
celosa, intransparente,
de la mano nos lleva.

Caminante

«Acordes para la muerte de un amigo» también lleva un lema relativo a la presencia de la muerte-sombra; el hombre sigue siendo ese «nómada transeúnte” de poemas anteriores, ahora «con las pupilas rotas por los años» y «con las manos tronchadas», pero que desea a toda costa «saltar los goznes de la vida». Tras repetir la expresión «quién podrá mirar su propia muerte», concluye: «difícil es rendirse y MORIR EN LA MUERTE DEL OTRO»[2].

«Epitafio para un sueño» es un breve poema de homenaje a Gabriel Celaya, basado en la anáfora de «En el sueño…», que evoca «su recia y humilde pasión» de poeta. En fin, el libro se cierra con el «Poema sinfónico para amantes de lujo», transmitido a través de una primera persona que corresponde —una vez más— a un extraño pasajero o peregrino:

Me desposé con el viento,
dije adiós a todo, amante,
me sentí lleno de libertad.

Además de ser la evocación del encuentro de unos amantes en la playa en una «noche soleada», el poema alude indirectamente a la muerte de lady Diana Spencer, Diana de Gales (acaba con una referencia a Althorp, que es una propiedad de la familia Spencer al norte de Londres donde reposa el cadáver de Diana). Las alusiones clásicas (Circe, Olimpo) se mezclan aquí con otras contemporáneas (Elton John, Teresa de Calcuta).

Así concluye este poemario de Amadoz, unitario y coherente en sus temas e imágenes, como todos los suyos. Igualmente, desde el punto de vista de la expresividad poética, las continuas anáforas, y las frecuentes repeticiones de frases (a veces obsesivas) son los elementos principales que crean el ritmo poético en todas estas composiciones[3].


[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Destaco la fuerza expresiva de «estar como una luz desflorecida que ya no tiene aroma».

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

«Las palomas», de María Victoria Atencia

Vaya para hoy un nuevo poema de María Victoria Atencia (Málaga, 1931- ), recientemente galardonada con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2025, que se suma a las composiciones «Blanca niña, muerta, habla con su padre», «Sazón» y «Epitafio para una muchacha» transcritas en los días anteriores. «Las palomas» (fechado el 6 de diciembre de 1975) forma parte de su poemario Los sueños (1976).

Padre con su hija en un parque con palomas

Con un tiempo lentísimo los paseos del parque
se desplazan en torno a las palomas mientras
a mi padre me acercan, lo rebasan y siguen
y nuevamente tornan en su giro, rozándolo,
y grito y no me oigo y las palomas vuelan
sin que me queden fuerzas que detengan el parque,
sin que me queden gestos que mi padre aperciba,
y alcance a comprender que preciso el seguro
refugio de sus brazos. Mis manos desoladas
buscan en los bolsillos algo que me ilusione
—regaliz o altramuces dulces— y cuando quiero
en el suelo sentarme, me hace daño una piedra[1].


[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 55.

«Epitafio para una muchacha», de María Victoria Atencia

En días pasados he transcrito aquí los poemas «Blanca niña, muerta, habla con su padre» y «Sazón» de María Victoria Atencia (Málaga, 1931- ), que acaba de ser galardonada con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2025. Hoy traigo una de las composiciones más conocidas y celebradas de la poeta malagueña, su «Epitafio para una muchacha», perteneciente a su poemario Cañada de los Ingleses (1961).

Ofelia (1851-1852), de John Everett Millais. Tate Gallery (Londres)
Ofelia (1851-1852), de John Everett Millais. Tate Gallery (Londres).

Porque te fue negado
el tiempo de la dicha
tu corazón descansa
tan ajeno a las rosas.
Tu sangre y carne fueron
tu vestido más rico
y la tierra no supo
lo firme de tu paso.

Aquí empieza tu siembra
y acaba juntamente
—tal se entierra a un vencido
al final del combate—,
donde el agua en noviembre
calará tu ternura
y el ladrido de un perro
tenga voz de presagio.

Quieta tu vida toda
al tacto de la muerte,
que a las semillas puede
y cercena los brotes,
te quedaste en capullo
sin abrir, y ya nunca
sabrás el estallido
floral de primavera[1].


[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 394. En esta edición, el segundo verso de la tercera estrofa comienza con «el tacto»; restituyo la lectura correcta, «al tacto».

«Sazón», soneto de María Victoria Atencia

Copiaba el otro día el poema «Blanca niña, muerta, habla con su padre» de María Victoria Atencia, perteneciente a su poemario Marta & María (1976). Vaya para hoy su soneto «Sazón», que abre su primer libro de poemas, Arte y parte (1961):

Árbol

Ya está todo en sazón. Me siento hecha,
me conozco mujer y clavo al suelo
profunda la raíz, y tiendo en vuelo
la rama, cierta en ti, de su cosecha.

¡Cómo crece la rama y qué derecha!
Todo es hoy en mi tronco un solo anhelo
de vivir y vivir: tender al cielo,
erguida en vertical, como la flecha

que se lanza a la nube. Tan erguida
que tu voz se ha aprendido la destreza
de abrirla sonriente y florecida.

Me remueve tu voz. Por ella siento
que la rama combada se endereza
y el fruto de mi voz se crece al viento[1].


[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 22.

«Blanca niña, muerta, habla con su padre», de María Victoria Atencia

María Victoria Atencia (Málaga, 1931- ) acaba de ser galardonada con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2025, en reconocimiento al conjunto de su labor literaria. Perteneciente a la Generación del 50 o del medio siglo, desde muy joven estuvo ligada al grupo poético de Caracola. Entre sus obras destacan títulos como Arte y parte (1961), Cañada de los Ingleses (1961), Marta & María (1976), Los sueños (1976), El mundo de M. V. (1978), El coleccionista (1979), Compás binario (1984), Paulina o el libro de las aguas (1984), Trances de Nuestra Señora (1986), De la llama en que arde (1988), La pared contigua (1989), La intrusa (1992), El puente (1992), Las contemplaciones (1997, Premio Andalucía de la Crítica y Premio Nacional de la Crítica 1998), Las niñas (2000), El hueco (2003), De pérdidas y adioses (2005) y El umbral (2011, Premio Real Academia Española 2012). Existen además varias antologías de su poesía: así, Ex libris, de 1984, con prólogo de Guillermo Carnero, recopila en Visor sus libros poéticos hasta El coleccionista; en 1991 el Ayuntamiento de Málaga dio a las prensas La señal. Poesía 1961-1989, edición de Rafael León, con prólogo de Clara Janés; en 2011 Renacimiento acogió Como las cosas claman (Antología poética, 1955-2010), con prólogo de Guillermo Carnero; y en 2014 Fundación Málaga patrocinó la publicación digital Voz en vuelo (Antología poética 1961-2014), edición e introducción de María José Jiménez Tomé. Más recientemente, en 2021, Cátedra publicó Una luz imprevista. Poesía completa, en edición de Rocío Badía Fumaz.

Copiaré hoy uno de los poemas de Marta & María, concretamente el titulado «Blanca niña, muerta, habla con su padre», escrito en rítmicos alejandrinos:

Aparta el ave umbría que se posó en tus ojos
para quebrar por siempre su vuelo en tu mirada.
¿Era razón de vida que yo me anticipase?
Tanto amor tengo tuyo que no te estoy ausente
pues mi sangre retorna nuevamente a la tuya
y aguardo desde el polvo, floralmente, tu mano.

Me fue puesta esta casa más allá del estiércol:
no podrá contra ella el terral que propaga
a la dama de noche, ni al viento de poniente.
Mi jardinero y padre, siempre aquí es primavera:
tu majestad prosigue sobre las rosas rojas;
sonríe, pues que vives sólo para lo bello[1].

[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 22.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Mito de Andrós» (1995-1998) (4)

Vienen después los poemas «Nadie puede ser sometido» (ya comentado en una entrada anterior, pues se incluía también en Elegías innominadas) y «Tiempo de embriaguez, de alba esperanzada»[1], evocación de «nuestro humano desierto» y de «el destino que espera»[2]. Hay una alusión a un él que, de nuevo, aunque no se dice explícitamente, podría ser ese Dios desconocido, anhelado pero lejano:

… necesitamos contemplarlo,
estar ante él,
y nada más
que una interminable despedida.

«Quisiste vivirlo todo», ya desde su lema que habla de «los brazos del Amado», nos traslada al territorio de la poesía mística, del ascenso hasta Dios, que aparece evocado como «el Escondido de todos los tiempos». Nueva aproximación, por tanto, al tema de la fe y la trascendencia, desde un nuevo registro y una nueva perspectiva. Se alude a los éxtasis de san Juan de la Cruz: «supiste subir la escala insondada en paso firme», «en la escala prodigiosa eres arrebatado / hasta confines de fuego».

San Juan de la Cruz

Junto a las imágenes propiamente místicas del vuelo del alma hasta Dios se mezclan otras que son referencias bíblicas (el monte Tabor, la rosa del Carmelo) y mitológicas (Zeus). San Juan es capaz de «mirar los ojos del Amado en tenue soslayo»; de él se predica: «quisiste vivirlo todo / hasta tu propia muerte en alas del fuego transportado» o, muy bellamente, «enhebrar tu suerte de tierra en el telar del cielo». Además de cantar sus «nupcias con el cielo», el poema presenta a san Juan como un visionario que tiene «voz de mago», como un «mago cenital por encima de toda violencia y empeño», un «mago de luz y sombras»:

… te dormiste mágico
en el sello indeleble del abrazo
hasta que el secreto se disipa y el resplandor te invade,
te lleva por todos los tiempos y lugares,
te llena de todo,
quisiste vivirlo todo,
mago en posesión y fuego,
en esperado amanecer de otro,
en ojos de éxtasis de luz terrena extintos,
hasta el brillar, sin saberte,
en las encendidas pupilas del Amado[3].


[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Se repite la frase «necesitamos mirar el tiempo que pasa».

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Mito de Andrós» (1995-1998) (3)

«Acertado vuelo»[1] presenta un tono premonitorio, subrayado por la anáfora de la conjunción y que antecede a distintas formas verbales de futuro («y caminará … y saltará … y se orientará … y nacerá…», etc.). Es una referencia al hombre que «será cumplido destino en preciso vuelo», en «su hábito diario de ser hombre». Expresiones como «su fe de fuego detrás de la alambrada de sus ojos» o «su boca de profeta» podrían hacernos pensar que estamos ante un poema de intención religiosa, pero el sentido no es tan claro, sino más bien vago e impreciso:

Nadie podrá desviar de su carne la luz sin beberla,
sin que se le caigan los ojos y su destino se quiebre en un silencio de roble,
sin que se remansen sus ríos y abreven a la mar de sus mejillas
en un ACERTADO VUELO que a su nido vuela.

«Caminos de fe» es una evocación lírica del Camino de Santiago, como un símbolo de todos los caminos recorridos por el hombre en su difícil pero incesante búsqueda de la fe. El Camino a Compostela es concebido como «una interminable carrera de fe y fuego» (con variantes: «caminos de fe y fuego», «bastiones de fe y piedra», «caminos de luz y fuego»), que lleva al hombre a alcanzar «los cielos de horizonte compostelano». Se introducen imágenes concretas del peregrinaje, como la del cayado, y se termina proclamando que esa fe del peregrino (del hombre, en general) es «búsqueda infinita de remanso», es un «caminar jubileo» que le acerca

al más soñado,
a aquel que les libre de sus justas y batallas,
a aquel que los duerma en sus propios pechos con el sosiego mamantío de niño.

Camino de Santiago

«Donde duerme el río largo de los años» comienza afirmando que «la vida tiembla y se rompe como un bello cristal de enero»; se trata de una evocación de los «hombres desheredados», caminantes —una vez más— con un destino incierto o, incluso, sin destino («un pueblo asociado de caminantes sin destino»); pero con un final que parece esperanzado, cuando afirma que

alguien se unirá a su destino como un plácido advenimiento de trigales limpios
y saltarán sus goznes y sus mansiones se harán intransparentes[2].

«Noche de vendimia» es una evocación lírica de la tragedia del estadio Heysel de Bruselas (durante la final de la Copa de Europa del año 1985, que enfrentaba a la Juventus y al Liverpool, murieron treinta y nueve personas como consecuencia de los incidentes provocados por los hinchas radicales). Se afirma que: «La fe de la noche de cada hombre se ha quebrado» y «cada hombre ha mordido su propia muerte entre cada hermano». Efectiva es la anáfora de «habrá»: «habrá que coger la vendimia de tanto cuerpo destrozado, / habrá que domar el instinto y recrearlo de nuevo para seguir siendo hombres». La noche de la tragedia se define como una «noche de siega», de dolorosa cosecha[3], en la que la tierra «se ha hecho intransparente» (adjetivo que aparecía también en el poema anterior y se repetirá en distintas ocasiones, siempre con connotaciones negativas).

El lema —del propio Amadoz— bajo el que se presenta «Pacto con el loco» anuncia los dos motivos centrales del poema: la muerte que culmina el ciclo de la vida y «una anhelada fe prodigiosamente oscura». Se estructura en torno a la anáfora de «pacto … pacto … pacto…» y las diversas alusiones a un tú («tu voz sinuosa me llama») que podría ser Dios o bien «el viejo mito de la muerte»:

… pacto con el loco buscador de oros,
con mis células carcomidas y con el desgarrado grito de mi noche;
pacto con mi anhelada fe que obscura me precipita y me desnuda en mi vacío;
[…]
con la fe y la esperanza que tanto necesita mi muerte[4].


[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Hay aquí algunas imágenes sugerentes: «las mariposas aladas de sus ojos», «la jauría de sus noches de terciopelo»; repeticiones varias, como la de «nadie levantará su voz en este inhóspito desierto»; y símiles: «como un pájaro lleno de vuelos», «cual guerrero noble», etc.

[3] En el poema siguiente encontraremos los sintagmas «vendimia de sangre» y «mis viejas cosechas».

[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.