«El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra», de Manuel Fernández y González: una desmesurada novela repleta de excesos, excentricidades y extravagancias

Esta obra de Fernández y González[1], publicada en torno a 1876-1878, abarca buena parte de la vida de Cervantes, desde noviembre de 1568 (en vísperas de su marcha a Italia) hasta su muerte. Podríamos afirmar que todo en esta narración es desmesurado: hay desmesura, en primer lugar, en su extensión: sus dos tomos alcanzan un total de 1.300 páginas de apretada tipografía. No sabemos a ciencia cierta si, previamente a su aparición en volumen, el texto se fue publicando en forma de entregas, pero todo hace suponer que así habría sido, de suerte que esta sería una de esas novelas «de cañamazo» —y no de «seda fina»— a las que se refería el propio autor. Es desmesurado asimismo el argumento, repleto de excesos, excentricidades y extravagancias, con profusión de personajes secundarios y de historias subalternas. El esquema narrativo es, más o menos, así: Cervantes conoce al personaje A, del que se cuenta su historia; en esa historia de A se introduce otro personaje B, cuyos antecedentes también se refieren; a su vez, los hechos del personaje B nos llevan a conocer al personaje C… y así sucesivamente a lo largo de cientos y cientos de páginas. Hay igualmente un uso desmesurado de los diálogos, que sustituyen por completo a la descripción (muchos de los capítulos consisten exclusivamente en escenas dialogadas que hacen, sí, avanzar la acción, pero que van en detrimento de la descripción de ambientes y caracteres). Y, desde el punto de vista narrativo, hay una tendencia a lo que Ferreras denomina «estilo entrecortado», una técnica que yo he llamado en alguna ocasión «abuso del punto y aparte» (debemos recordar que al novelista se le pagaba por cuartilla escrita). Hay, en fin, desmesura, y excesos, y excentricidades, y extravagancias sin cuento también en la presentación de los personajes, que —como no podía ser de otra manera— se dividen maniqueamente en héroes (y sus coadyuvantes) y villanos (y los secuaces que les secundan): los buenos, muy buenos, y los malos, muy malos.

Cubierta del libro: Juan Ignacio Ferreras, La novela por entregas 1840-1900 (concentración obrera y economía editorial), Madrid, Taurus, 1972.

En esta novela de Fernández y González la materia narrativa se estira todo lo posible, hasta límites insospechados, y cualquier digresión, sobre cualquier tema, es susceptible de ser incorporada, porque todo sirve para engordar la «olla podrida» —valga la expresión culinaria— de la narración, que presenta todas las características —y adolece de todos los defectos— habituales en el subgénero de la entrega y el folletín, pero llevados aquí a su máxima expresión. Así, a este respecto, el autor no tiene empacho en introducir todos los documentos de la información de Argel de Cervantes (capítulo II del libro quinto, pp. 952-964); o el poema cervantino a los éxtasis de santa Teresa (capítulo XXIII del libro séptimo, pp. 1237-1239); o de prestar una composición amorosa suya —de Fernández y González, me refiero— al propio Cervantes (el madrigal «De sus serenos y potentes ojos…», p. 527); o lo que quizá sea lo más desmesurado de todo: el hecho de incluir en la novela su poema épico La batalla de Lepanto en lugar de describir de nuevo la célebre batalla naval contra el turco de 1571. Sucede esto en el capítulo XII del libro tercero, ocupando nada menos que ocho páginas con el texto a dos columnas (ver las pp. 659-667; aquí el poema consta de 87 octavas reales, en vez de las 89 de la versión original). Y el narrador justifica su decisión con estas palabras: «Tal fue la famosa batalla de Lepanto. / Hemos preferido relatarla a nuestros lectores en verso que contársela en prosa» (p. 668). ¿Para qué volver a contar —dedicando tiempo y esfuerzo adicionales— algo que ya estaba contado previamente? Sin duda que para el autor sevillano no merecía la pena…[2]


[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

Manuel Fernández y González, un «obrero de la literatura» especialista en la novela por entregas (y 2)

Dada la peculiar forma de redacción de estas producciones por entregas, fácil es imaginar que su calidad literaria quedó sacrificada en beneficio de la mera cantidad. La crítica le reconoce a Fernández y González, sí, genio, talento, imaginación, gracejo…, al tiempo que señala fallas como su falta de estudio, de buen gusto y del deseable trabajo de corrección. Por supuesto, en sus novelas la acción domina por completo sobre la descripción de ambientes —de importancia menor— o el análisis psicológico profundo de los personajes —inexistente—, y los diálogos terminan invadiendo sus páginas —pues con ellos resulta mucho más fácil llenar las cuartillas—. Ya en 1867 Luis Carreras lo señaló como ejemplo —junto con Francisco José Orellana, Rafael del Castillo y Enrique Pérez Escrich— de «los malos novelistas españoles» del momento:

El Sr. Fernández y González ha escrito centenares de novelas sobre todos los asuntos, sobre todo género de sucesos, sobre todos los siglos: los tomos ocuparían una biblioteca no pequeña. Esta circunstancia, que para sus admiradores es un sujeto de encarecimiento, para nosotros lo será de censura. […] ¿Mas dónde está en las novelas del Sr. Fernández y González el sello de estos estudios o de esta experiencia? ¿Hay allí otro sello que el que da a una obra la más crasa ignorancia del que la ha escrito? ¿Dónde está el lenguaje? ¿Dónde el estilo? ¿Dónde el conocimiento del mundo? ¿Dónde la poesía? ¿Dónde el corazón? ¿Dónde el entendimiento?… […] Sus personajes son todos imposibles, sus pasiones absurdas, los sucesos extravagantes; lo más inverosímil, esto se halla en los cuentos del Sr. Fernández y González. […] Sin embargo, no negamos que don Manuel Fernández y González tenga cualidades apreciables para narrar, para imaginar, para coordinar un asunto; pero habiendo desdeñado el estudio, habiendo tirado los libros, habiendo faltado a las leyes de la intuición, se ha perdido, se ha esterilizado, y jamás hará un papel literario: ni al título de escritor puede aspirar con lo que él llama sus novelas[1].

Cubierta del libro: Luis Carreras, Los malos novelistas españoles, generalizados en don Manuel Fernández y González, don Francisco J. Orellana, don Rafael del Castillo, don Enrique Pérez Escrich, Barcelona / Madrid, Librería de A. Verdaguer / Librería de Cuesta, 1867

Doce años después, a la altura de 1879, escribía Manuel de la Revilla: «Imaginación meridional ardentísima, inventiva poderosa e inagotable, inspiración arrebatada y grandiosa, tales son los dones que engalanan al señor Fernández y González»[2]. Y tras señalar que «Pudo ser nuestro Walter Scott y ha sido nuestro Ponson du Terrail»[3], explicaba:

Si a su enorme dosis [de imaginación] hubiera agregado, merced al estudio, igual cantidad de reflexión, corrección y buen gusto, Fernández y González sería el mejor de nuestros novelistas. Nadie le aventaja en invención y en habilidad para dar interés y movimiento a sus ficciones; pero es inútil buscar en ellas aquel detenido estudio y acabada pintura de los caracteres, de las épocas y de los lugares, aquella intención moral, aquella distinción y buen gusto que reclama la novela contemporánea. / Émulo de Alejandro Dumas, no ve en la novela otra cosa que acción y a esta lo sacrifica todo. Aglomerar aventuras, buscar efectos, causar sorpresas, hacer desfilar ante el lector sujetos y personajes, a cual más extraordinarios; en suma, reproducir bajo formas modernas el libro de caballerías; tal es su objetivo y tal también el de la escuela que ha fundado entre nosotros[4].

Por su parte, en 1931, Hernández Girbal destacaba su «potente fantasía»[5], la fuerza de su imaginación[6], su indudable genio narrativo, pero también su falta de discreción y juicio[7]. Y en otro lugar de su biografía novelesca comentaba:

Fernández y González producía a marcha forzada, queriendo dar abasto a todos los editores que de él solicitaban novelas. A ninguno decía que no. Tal y tan grande era su fantasía, que pudo producir sola tanto como en Italia todos los novelistas de su tiempo, o como en Francia la fábrica de novelas de Dumas y compañía. / Desde el Fénix de los Ingenios acá, no registran nuestras letras ejemplo semejante de fecundidad[8].

Bien reveladoras resulta esta anécdota que recoge el mismo autor:

Como alguien le motejase por entonces cariñosamente el dar a la publicidad libros indignos de su talento y de su fama, Fernández y González, que para todo tenía salida, contestaba:

—Cuando viene un editor a encargarme un libro pongo el telar y digo al comerciante: «¿De qué la quiere usté, ¿de historia, de guante blanco o de bandíos?… ¿Quiere usté cañamazo o seda fina?» Y según lo que quiere, que se regula por lo que paga, así trabajo yo y le hago seda fina o cañamazo[9].


[1] Luis Carreras, Los malos novelistas españoles, generalizados en don Manuel Fernández y González, don Francisco J. Orellana, don Rafael del Castillo, don Enrique Pérez Escrich, Barcelona / Madrid, Librería de A. Verdaguer / Librería de Cuesta, 1867, pp. 6-10.

[2] Manuel de la Revilla, «Manuel Fernández y González visto por Manuel de la Revilla», en Florentino Hernández Girbal, Una vida pintoresca: Manuel Fernández y González. Biografía novelesca, Madrid, Biblioteca Atlántico, 1931, p. 5.

[3] Revilla, «Manuel Fernández y González visto por Manuel de la Revilla», p. 7.

[4] Revilla, «Manuel Fernández y González visto por Manuel de la Revilla», p. 7.

[5] Florentino Hernández Girbal, Una vida pintoresca: Manuel Fernández y González. Biografía novelesca, Madrid, Biblioteca Atlántico, 1931, p. 31.

[6] Hernández Girbal, Una vida pintoresca, p. 59.

[7] Hernández Girbal, Una vida pintoresca, p. 68.

[8] Hernández Girbal, Una vida pintoresca, p. 163.

[9] Hernández Girbal, Una vida pintoresca, p. 172. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

Manuel Fernández y González, un «obrero de la literatura» especialista en la novela por entregas (1)

Antes de entrar en el análisis de la novela El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, convendrá recordar someramente quién fue Manuel Fernández y González y qué lugar ocupa en la historia de la literatura española del siglo XIX.

Manuel Fernández y González

Manuel Fernández y González[1] (Sevilla, 1821-Madrid, 1888) fue un prolífico escritor que cultivó diversos géneros: fue poeta, dramaturgo, periodista y crítico literario, pero sobre un novelista especializado en la modalidad editorial de la entrega[2]. Juan Ignacio Ferreras le calcula unos doscientos títulos narrativos[3], entre los que se cuentan La mancha de sangre (1845), Martín Gil (1850-1851), Men Rodríguez de Sanabria (1853), Los siete infantes de Lara (1853), Doña Sancha de Navarra (1854), Enrique IV, el Impotente (1854), Los monfíes de las Alpujarras (1856), El cocinero de su majestad (1857), Don Juan Tenorio (1862-1863), El marqués de Siete Iglesias (1863), Los siete niños de Écija (1863), Lucrecia Borgia (1864), La princesa de los Ursinos (1864-1865), María. Memorias de una huérfana (1868), Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo (1875) o Los amantes de Teruel (1876), por citar algunos de los más destacados.

En el contexto de la literatura española del siglo XIX, Fernández y González es el máximo exponente de la novela por entregas, de la que fue el más genuino cultivador, un verdadero trabajador a destajo: en Granada dio sus textos al impresor José Zamora; en Madrid escribió para la casa editorial de Gaspar y Roig, para los hermanos Manini (se suele recordar que, trabajando para ellos, ganó en poco tiempo un millón de reales, una cifra realmente espectacular para la época) y para el librero e impresor Miguel Guijarro; en Barcelona publicó sus novelas el establecimiento de Espasa Hermanos. La crítica distingue dos etapas en su producción narrativa: 1) una fase inicial, de formación, que va de 1845 a 1855, en la que escribe piezas narrativas que siguen la moda de la novela histórica romántica a la manera de Walter Scott; y 2) toda su producción posterior, con decenas de novelas de menor calidad literaria, en las que maneja todos los clichés y los recursos de intriga propios de la literatura folletinesca, con un notable adelgazamiento de la materia histórica[4].

En efecto, a partir de 1855 su ritmo de producción aumenta notablemente (publica entre cuatro y seis novelas por año), pero en la misma proporción desciende la calidad literaria de sus “productos”, que responden a la fórmula editorial de la entrega. Sabemos que Fernández y González dictaba sus narraciones a varios amanuenses —dos de sus principales secretarios fueron Tomás Luceño y Vicente Blasco Ibáñez—, quienes las copiaban taquigráficamente, como recuerda Hernández Girbal:

Aquella labor era fácil para Fernández y González. En cuatro o cinco horas podía escribir un pliego de diez y seis páginas, lo que representaba de diez a doce duros diarios. Dictaba a dos escribientes, uno por la mañana y otro por la tarde, y raro era el día que no dictase un par de pliegos de diez y seis páginas cada uno, representando veinte o veinticuatro duros diarios[5].

El escritor estajanovista en que se convirtió Fernández y González, auténtico «obrero de la pluma» (o mero «rellenador de papel», al decir de otros), ganó mucho dinero con la escritura de sus novelas, pero todo lo que ganaba lo dilapidaba: era generoso en extremo y se conformaba con vivir al día. Lo ahorrado con la literatura le sirvió también para fugarse por un tiempo a París —estando como estaba casado— con una bella estanquera de la que se enamoró perdidamente… Al final, moriría casi ciego y prácticamente en la miseria, después de haber consumido todo el dinero obtenido con la literatura[6].


[1] Los datos biográficos esenciales los resumen Palacios Fernández y Palacios Gutiérrez en su entrada del Diccionario biográfico electrónico de la Real Academia de la Historia. Ver también Florentino Hernández Girbal, Una vida pintoresca: Manuel Fernández y González. Biografía novelesca, Madrid, Biblioteca Atlántico, 1931. Para el catálogo de su producción, ver Juan Ignacio Ferreras, Catálogo de novelas y novelistas españoles del siglo XIX, Madrid, Cátedra, 1979, pp. 150a-154b; La novela en España: catálogo de novelas y novelistas españoles. Siglo XIX, Colmenar Viejo (Madrid), La biblioteca del laberinto, 2010, pp. 243-249; y La novela en España: historia, estudios y ensayos. 4, Siglo XIX, Segunda parte (1868-1900), Colmenar Viejo (Madrid), La biblioteca del laberinto, 2010, pp. 93-97. En los últimos años están dedicando atención a nuestro autor investigadores como Ignacio Arellano, Jorge Avilés Diz, Marieta Cantos Casenave, José Esteban, Javier Muñoz de Morales Galiana, María Teresa del Préstamo Landín o Montserrat Ribao Pereira. Una buena bibliografía puede verse en el trabajo de Muñoz de Morales Galiana, «El condestable don Álvaro de Luna, de Manuel Fernández y González: principales coordenadas literarias», en Manuel Fernández y González, El condestable don Álvaro de Luna, Valencina de la Concepción (Sevilla), Renacimiento, 2021, pp. 89-106, quien recientemente ha defendido su tesis doctoral sobre Fernández y González en la Universidad de Cádiz: Reescritura y reelaboración de los mitos e imaginarios españoles a través de las novelas de Manuel Fernández y González, dirigida por Marieta Cantos Casenave y Beatriz Sánchez Hita.

[2] Sobre la novela por entregas y la novela popular del xix, ver Juan Ignacio Ferreras, La novela por entregas 1840-1900 (Concentración obrera y economía editorial), Madrid, Taurus, 1972; Jean-François Botrel, «La novela por entregas: unidad de creación y consumo», en Jean-François Botrel y Serge Salaun (eds.), Creación y público en la literatura española, Valencia, Castalia, 1974, pp. 111-155; Leonardo Romero Tobar, La novela popular española del siglo XIX, Madrid, Ariel, 1976; Emilio Palacios Fernández, «La novela por entregas», en Emilio Palacios Fernández (coord.), Historia de la literatura española e hispanoamericana, vol. V, Madrid, Orgaz, 1980, pp. 85-119; y Juan Ignacio Ferreras, La novela en España: historia, estudios y ensayos. 4, Siglo XIX, Segunda parte (1868-1900), pp. 13-207 (en las pp. 55-62 explica «El oficio de autor por entregas» a partir de una selección de 28 especialistas en el subgénero).

[3] Juan Ignacio Ferreras, La novela en España: catálogo de novelas y novelistas españoles. Siglo XIX, p. 243.

[4] Ver Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874), de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, p. 168.

[5] Hernández Girbal, Una vida pintoresca, pp. 163-164.

[6] Ver Hernández Girbal, Una vida pintoresca, pp. 294. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

«Zorayda la reina mora» de Juan Anchorena: breve final

Como ya comenté, Zorayda la reina mora, del escritor tudelano Juan Anchorena, es una novela que se redactó hacia el año 1859, si bien no sería publicada hasta 1912, con motivo del Centenario de la batalla de las Navas de Tolosa[1]. Ciertamente, no estamos ante una obra de extraordinaria calidad literaria, pero se trata de una narración no carente de interés. Obra de un escritor navarro desconocido, cabe destacar como curiosidad que otro literato de la misma región y de la misma época, Francisco Navarro Villoslada, también trató de esos amores africanos del rey Sancho VII de Navarra en su inacabada novela El hijo del Fuerte[2].

Marceliano Santa María Sedano, El triunfo de la Santa Cruz en la batalla de las Navas de Tolosa
(1892). Museo Nacional del Prado (Madrid, España)
Marceliano Santa María Sedano, El triunfo de la Santa Cruz en la batalla de las Navas de Tolosa
(1892). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

En su relato, Anchorena presenta la batalla de las Navas de Tolosa, no tanto como una venganza cristiana por la derrota de Alarcos, sino más bien como una venganza personal de Sancho el Fuerte por el asesinato de su prometida Zorayda. En cuanto a la presencia y el tratamiento de temas africanos, lo más interesante es precisamente la descripción del personaje de Zorayda (caracterizada como heroína plenamente romántica), que se suma a las semblanzas de otros personajes musulmanes; y también las descripciones que ofrece el autor de algunas ciudades, paisajes y lugares norteafricanos, insistiendo, por ejemplo, en el lujo de sus palacios o en la dureza del clima. En fin, más allá de su intrínseca calidad y su valor literario, me parece interesante recuperar un autor y una narración prácticamente desconocidos, no ya solo para los lectores en general, sino incluso para los especialistas, y que hay que valorar en el contexto de la novela histórica romántica española, a cuyos rasgos genéricos[3] responde —en líneas generales— el relato de Anchorena[4].


[1] La ficha completa es la siguiente: Juan Anchorena, Zorayda la reina mora: novela histórica de tiempos de Sancho VIII de Navarra, por… Con un prólogo crítica del Rdo. P. Antonio de P. Díaz de Castro (Barcelona, José Vilamala, 1912). He manejado un ejemplar de la Biblioteca Municipal de San Sebastián, sign. I 33-2 14.

[2] Remito a Carlos Mata Induráin, Viana en la vida y en la obra de Navarro Villoslada. Textos literarios y documentos inéditos, Viana, Ayuntamiento de Viana, 1999, donde se incluye la edición de la novela histórica inédita El hijo del Fuerte o Los bandos de Navarra.

[3] Véase Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-98 (en la 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151).

[4] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“El último suspiro en territorio africano”: los amores marroquíes de Sancho el Fuerte de Navarra en Zorayda la reina mora de Juan Anchorena», en Actas del III Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia. Del 1 al 4 de noviembre de 2001. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Centro Asociado de Ceuta, Málaga, Editorial Algazara, 2002, pp. 109-120.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: «Doña Toda de Larrea o La madre de la Excelenta»

Muy relacionada en su génesis con la zarzuela La dama del rey está la novela histórica Doña Toda de Larrea o La madre de la Excelenta, que se encontraba inédita entre los materiales del Archivo del escritor y que publiqué en 1998[1].

Cubierta del libro: Francisco Navarro Villoslada, La dama del rey, ed. de Carlos Mata Induráin

Interesa destacar que se trata de una novela «vascongada», como se refleja en la correspondencia cambiada entre Navarro Villoslada y José de Manterola. En efecto, el 20 de noviembre de 1880 el de Viana escribe al director de la revista donostiarra Euskal-Erría comunicándole que se encuentra con ánimo para redactar una nueva «novela vascongada»:

Yo creía haber agotado mis lágrimas al escribirla [se refiere a Amaya]; pero el ejemplo de ustedes [los redactores de la Euskal-Erría] me enardece y aún creo tener llanto en mi corazón y pulso en mi mano para emprender otra novela vascongada.

¡Todos a una, amigo mío! ¡Euskal Erria! ¡Magnífica empresa y magnífica divisa!

Esta es la respuesta de Manterola, en carta de 22 de noviembre:

Celebro en el alma y felicito a V. de todas veras por su nuevo proyecto de novela vascongada, que desearé realice cuanto antes.

El renacimiento literario que comienza a efectuarse en nuestro país puede ser, y será desde luego, de grandes resultados, y escritores de la talla de V. no debían, no pueden permanecer cruzados ante tan consolador movimiento.

Trabajaremos todos de consuno, cuantos amamos de veras a este país, para restañar sus antiguas heridas, y prepararle un porvenir más risueño; tengamos fe en las virtudes y en la constancia de nuestra raza… y Dios proveerá lo demás.

Todo por la Euskal-Erria. Todo para la Euskal [Erria] sea nuestra constante divisa.

La acción de la novela sucede en Bilbao y sus alrededores, e incluye una pintoresca descripción de la romería a la Virgen de Begoña. Por supuesto, en el texto quedan reflejadas las sencillas y puras costumbres de los vascongados, sin que falte el elogio de las armonías del vascuence[2], «cuya antigüedad le hace parecer hermano de todos los idiomas primitivos» (p. 81). De hecho, en la novela se incluyen algunas palabras y expresiones vascas, cuya traducción se consigna al lado, si no es que queda aclarada por el contexto: mutil ‘muchacho’, Zenaide zu?[3] ‘¿Qué desea?’, nescacha polita ‘muchacha bonita’, Escarricasko, jauna ‘gracias, señor’, sagardua ‘sidra’, echecojauna, Jaungoicoa, motzas, zorcico, aurrescu; incluso se juega con el significado aproximado en vascuence del apellido de la protagonista, Larrea,al comentarse que doña Toda es dura y espinosa con los hombres (esto es, ‘esquiva’) como una zarza[4].

Relacionado con el tema del vascuence, podemos mencionar también el uso que del castellano hacen algunos personajes euskaldunes. En el Señorío de Vizcaya, todos están contentos por la noticia de que la reina doña Isabel vendrá desde Vitoria a jurar los Fueros:

Escarricasko, jauna (gracias, señor) —contestó el mancebo rehusando noblemente—, noticias traes, que vizcaínos para, más que vale plata.

—Amigo mío, ese romance es para mí tan oscuro como el vascuence.

—Quiere decir —contestó el albéitar, que se había constituido en intérprete— que se da por pagado con la buena noticia que su merced nos ha traído de Vitoria (pp. 82-83).

Este recurso de mostrar las dificultades de estos personajes para hablar en correcto castellano, que mezclan con construcciones vascas, es de gran tradición en la literatura aurisecular, como recurso humorístico: baste recordar el episodio del vizcaíno en el Quijote y sus «mal trabadas y peor concertadas razones»[5].  También la excesiva longitud de los apellidos vascos, que pueden medirse —como se decía en La dama del rey— a varas, sirve para introducir elementos de humor:

—¿Cómo os llamáis, señor huésped?

—José Antón de Goyeascogoechea —respondió el posadero levantándose.

—¡Diablo! —exclamó Ramírez—; dicen que Jerjes sabía de memoria los nombres de todos sus soldados: a buen seguro que los soldados de Jerjes no eran vizcaínos (p. 87).

En cualquier caso, interesa destacar que el elogio del idioma vasco que encontramos en esta novela se enmarca en un contexto más amplio, el de la defensa de las tradiciones y costumbres puras, incontaminadas, venerandas del país vascongado, que destaca precisamente por el respeto a la tradición, encarnada en sus mayores:

Aquí el respeto de los muchachos principia por el padre de familia llamado echecojauna, señor de casa, y acaba por el señor del país, a quien vosotros llamáis rey, o por mejor decir, acaba por el Señor de lo Alto, Jaungoicoa, único nombre que aquí damos a Dios. Señor es el padre, señor el rey, señor es Dios (pp. 122-123)[6].


[1] Véase Francisco Navarro Villoslada, Doña Toda de Larrea o La madre de la Excelenta, ed. de Carlos Mata Induráin, Madrid, Castalia, 1998; y otros dos trabajos míos sobre esa novela: Carlos Mata Induráin, «Dos novelas históricas inéditas de Navarro Villos­lada: Doña Toda de Larrea y El hijo del Fuerte», en Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin (eds.), Congreso internacional sobre la novela histórica (Homenaje a Navarro Villoslada), Príncipe de Viana,Anejo 17, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1996, pp. 241-257, y «Doña Toda de Larrea, novela vascongada inédita de Navarro Villoslada», Boletín de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País,tomo LV, 2, 1999, pp. 395-417.

[2] Esta es la expresión que Navarro Villoslada emplea con preferencia para referirse al idioma vasco.

[3] Navarro Villoslada escribe así, seguramente de oído, la expresión «Zer nahi duzu?».

[4] Del significado ‘tierra inculta, sin labrar’ que tiene larra es posible pasar, por metonimia, al de ‘zarza, espino’. En cualquier caso, queda claro que los semas que se quieren destacar en la relación de la dama con los hombres son los de ‘dureza’, ‘sequedad’.

[5] Véase P. Anselmo de Legarda, Lo vizcaíno en la literatura castellana, San Sebastián, Biblioteca Vascongada de los Amigos del País, 1953; K. Josu Bijuesca, «El “vizcaíno” de Sor Juana y la lengua del imperio», Revista de Humanidades (Monterrey), núm. 5, otoño de 1998, pp. 13-28.

[6] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.

Elementos africanos en «Zorayda la reina mora» de Juan Anchorena (y 2)

Veíamos en la entrada anterior cómo parte de la acción de Zoraida la reina mora[1] transcurre en África. Ocurre que Brahem, el gobernador de Marruecos, desea aprovechar la presencia del rey navarro y su valor como guerrero para apaciguar a los reinos rebeldes de Túnez y Tremezén. Y, en efecto, don Sancho sale a castigar en primer lugar la rebelión del rey de Túnez, lo que permite introducir esta descripción:

A cuatro leguas del mar, y situada en una llanura del África, a las márgenes de la Goleta, existe la ciudad de Túnez, edificada no lejos de las ruinas de la antigua Cartago. Su campiña es fértil, y en ella crecen hermosos olivares. Sus selvas ofrecen abundante y sabroso pasto para los ganados. Dicha ciudad está a la mitad de una vertiente, y presenta una figura casi oval. En la época de que venimos hablando, estaba defendida por buenas fortificaciones. Hoy es una ciudad abierta por haberlas arrasado y demolido los turcos, una vez apoderados de ella y del reino, a que da nombre (p. 275).

Poco después se indica que la ciudad carece de reservas de agua, razón por la que no puede sostener un bloqueo prolongado:

Para poder apreciar en lo que valían estas, conviene saber que ninguna fuente, ni pozo, ni arroyo existía en la ciudad de Túnez. Para suplir esta falta, los tejados de las casas, que sólo eran de un piso, se hallaban construidos en forma de terraplenes, con el fin de que las aguas pluviales pudiesen correr con más facilidad a dos grandes cisternas construidas con este objeto. Del agua contenida en ellas se servían los ciudadanos tanto para beber como para las demás necesidades. Verdad es que, extramuros de la ciudad, había un Dubian o pozo de agua viva, que se vendía por las calles. Pero ni [de] la de éste, ni [de] la de otros depósitos menos capaces, que también había, poco o nada se aprovechaba el pueblo, pues sus aguas se reservaban para el servicio del rey y sus oficiales y dignatarios de la corte. Mas, aun cuando el caudal de aguas fuese abundante, no podía contarse con ellas, por estar los pozos fuera de la ciudad, quedando, por consiguiente, para el uso del ejército sitiador (pp. 276-277).

Mapa del puerto de Cartago o Túnez
Mapa del puerto de Cartago o Túnez.

Los dos ejércitos se avistan al final cerca de la Goleta, «la cual, antes de ser fortificada por Barbarroja, no era más que una torre cuadrada próxima a la embocadura del mar, que desagua en el lago o estanque que existía delante de la ciudad» (p. 277). El ejército del rey de Túnez acomete «con la algazara acostumbrada, que se asemejaba a desorden» (p. 277). Don Sancho vence con facilidad al ejército de Túnez (más tarde hará lo mismo con el de Tremezén), y su rey jura fidelidad a Mahomad y aloja al de Navarra:

Agradecido por tan noble acción, el de Túnez le dispuso alojamiento, así como a los ricos-hombres, en su propio palacio; el cual estaba embellecido con torres, grandes pórticos, bellos jardines, retretes y cámaras suntuosamente adornadas. El palacio se hallaba situado enfrente de una soberbia mezquita, en la cual se veía un minarete o torre muy alta, de arquitectura tan bella, que constituía el mayor ornamento de la ciudad de Túnez (p. 279).

Dejando por un tiempo las andanzas de don Sancho, el narrador traslada la acción al palacio de Mahomad en la ciudad de Marruecos; se ofrece entonces la siguiente descripción de las habitaciones de la princesa mora:

En un patio cuyo suelo era de mármol finísimo, con infinidad de trabajos a la mosaica y hermosas fuentes, se halla una cámara cuyas paredes estaban revestidas con porcelana fina y enriquecidas con flores de colores. En ella se veía asimismo un lecho en forma de pabellón a la romana, de paño de oro, cercado con columnas de plata. Los colchones eran de brocado, y las extremidades de los paños del expresado pabellón, bordados en seda. Encima y debajo del lecho había innumerable cantidad de pieles de zibelinas, de precio inestimable, para impedir el frío; y las tablas estaban cubiertas con ricos tapices de Persia, tejidos de oro.

Cincuenta cristianos muzárabes hacían la guardia a la persona que en aquel momento ocupaba el lecho, ocupando las cámaras inmediatas.

Multitud de odaliscas se hallaban en la habitación descrita, no existiendo más hombres que los absolutamente necesarios, y a quienes daba derecho su alta posición y dignidad (p. 280).

Tumbada en el lecho está Zorayda, con un pequeño turbante a manera de gorra; en ese momento llega el médico acompañado de varios eunucos negros y con el correspondiente salvoconducto para entrar en la zona de las mujeres. Cuando va a tomarle el pulso, la mano de la princesa permanece tapada con una tela fina para evitar el contacto directo del médico con ella.

Pero pronto la acción nos hace volver con don Sancho: «Al sur de la ciudad de Marruecos se ve una cadena de montañas, llamadas el Gran Atlas, la cual separa la Berbería de Viledulgerid, de Oriente a Occidente, y un poco más allá existen los desiertos arenosos de la Numidia» (p. 297). Don Sancho y los navarros, engañados, son llevados hacia el Mediodía, al desierto de Sonda, y apostilla el narrador que «la descripción siguiente solo se entiende con el público no científico» (p. 297). Sigue, en efecto, una descripción bastante larga de ese desierto y de sus habitantes:

Por fin, después de haber atravesado un país lleno de dátiles, se encontró en el desierto de Sonda […], tierra muy pobre, que sólo contiene ese desierto árido y arenoso, inhabitable en su mayor parte, y de larga travesía, y en el cual no se encuentra una gota de agua. Por esta causa, los albergues son muy escasos, y aun éstos, lejanos los unos de los otros, en lugares donde hay lagos y algunos pantanos, y donde el aire es más templado. Los seres que en ellos viven son tan groseros, que más se asemejan a animales que a hombres. En algunos de ellos existen sitios con murallas de tierra; no hay ni ríos, ni fuentes, ni otra agua que la de algunos pozos inmundos o lagos; siendo estos tan escasos que los comerciantes que parten para el país de los negros, además de los camellos que se sirven para portar las mercancías, llevan otros sin más objeto que conducir agua. En los puntos del tránsito donde se encuentran los pozos que se han cavado, están rodeados por delante con huesos de camello a falta de piedra, y cubiertos con pieles de estos animales, para evitar que el viento de Oriente, que se levanta en el verano y que transporta de un lugar a otro las arenas, ciegue dichos pozos, abiertos con tanto afán. Las tempestades son algunas veces tan violentas, que los hombres y los camellos son por ellas oprimidos y cubiertos a la altura de una pica; lo terrible es comúnmente que cuando los viajeros arriban a los sitios donde están los pozos, no les pueden encontrar a causa de la gran cantidad de arena que les cubre, por lo que perecen de sed. El único remedio en tan angustiosa situación es degollar los camellos, con el fin de beber el agua contenida o depositada en sus vientres. Porque como pocos ignoran, cuando estos animales beben, lo hacen para doce o quince días, sin lo cual era imposible hacer un largo viaje. Esto suple la falta del agua, hasta que los viajeros llegan a puntos donde la hay, si antes no mueren en el camino. Las estaciones no son semejantes todos los años. Si llueve desde mediados de agosto hasta febrero, crece la hierba en abundancia, y produce mucho bien a los rebaños, que pasan de largo de los lagos. Cuando los mercaderes hacen el viaje después de estas lluvias, tienen la ventaja de encontrar muchos, y cantidad de beure a gran marché. Pero si las aguas faltan, sufren mucho, así como los habitantes del país; además que estas sequías van siempre acompañadas de grandes huracanes, que transportan montes de arena. Las cosechas son muy escasas, porque no se siembra sino cebada, y ésta en determinados puntos, lo que hace que los habitantes vivan con miseria. A esta excesiva sequía se atribuye la cantidad de animales monstruosos que se encuentran en este desierto, como leones, tigres y avestruces. Estos últimos son mayores que todas las aves, y algunos más grandes que un hombre a caballo. Los habitantes son groseros y salvajes, pero de tanta intrepidez, que esperan a pie firme un león o un tigre con tanta ferocidad como la que pueden tener estos animales. Cada jefe de familia es soberano en su cantón (pp. 297-299).

En este desierto el rey navarro matará un león que se abalanza sobre él, dando así una muestra más de su fuerza y valentía. Tras esta peripecia, regresa de nuevo junto a Zorayda:

Acompañado por Brahem y sus ministros hasta la puerta de la cámara de su amada, penetró don Sancho solo en ella, con el corazón rebosando de placer; las sombras de la tarde prestaban melancólica claridad a la estancia, y la luz, refractándose en los vivos colores de los pabellones, de los matelats de brocado y de los paños bordados de seda que guarnecían los ajimeces de la cámara, producía un color obscuro, que daba solemnidad a aquella cámara, que había sido teatro de sus amorosas ilusiones, y de Zorayda, totalmente disipadas. Afectado por esta idea, todos los objetos, por risueños que fuesen, participaban para él de la solemnidad de sus pensamientos (p. 304).

En fin, merced a la conjuras y maquinaciones del malvado Brahem, Zorayda muere envenenada, y caminamos hacia el final del episodio africano de la novela. El pueblo marroquí da muestras de compasión y tristeza por lo acontecido, y el rey don Sancho se consuela «considerando que una nación no es responsable de las crueldades de sus reyes y gobernantes» (p. 315). Entonces mira por última vez la ciudad, suspira (el último suspiro del cristiano) y llora, igual que haría en 1492 Boabdil al abandonar su amada ciudad de Granada:

Por fin, entre plácemes y despedidas, abandonaron la ciudad, para nunca más volver a verla; al mirar por última vez los altos minaretes de las mezquitas de Quivir y del Palacio, el rey suspiró y los contempló en silencio, reflexionando que los preparativos con que se ilusionaba se festejase su himeneo, y los regocijos y demostraciones acostumbrados en tales casos, se hubiesen convertido en fúnebres cantos y en dolorosas escenas; y por fin, lloró. Pero bien pronto las nubes que envolvían la alta cima del lejano Atlas, y que parecían despeñarse rodando por sus faldas, ocultaron de sus ojos la ciudad de Marruecos, que años atrás le prometió en sus ilusiones juveniles una aurora de brillante ventura, y hoy concluía por ser su ocaso, haciéndole experimentar, bien a su costa, la inconstancia y futilidad de las cosas humanas. A los pocos días se embarcaba en Túnez para Navarra; y bien pronto, conducidos por viento próspero, perdieron de vista el reino africano, con el vapor blanquecino que se elevaba del mar. Don Sancho contempló por última vez sus costas… lo cual le arrancó el último suspiro en territorio africano (p. 315)[2].


[1] Aunque la novela se escribió hacia el año 1859, no fue publicada hasta 1912, con motivo del Centenario de las Navas de Tolosa. La ficha completa es la siguiente: Juan Anchorena, Zorayda la reina mora: novela histórica de tiempos de Sancho VIII de Navarra, por… Con un prólogo crítica del Rdo. P. Antonio de P. Díaz de Castro (Barcelona, José Vilamala, 1912). He manejado un ejemplar de la Biblioteca Municipal de San Sebastián, sign. I 33-2 14.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“El último suspiro en territorio africano”: los amores marroquíes de Sancho el Fuerte de Navarra en Zorayda la reina mora de Juan Anchorena», en Actas del III Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia. Del 1 al 4 de noviembre de 2001. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Centro Asociado de Ceuta, Málaga, Editorial Algazara, 2002, pp. 109-120.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: «La dama del rey»

Una nueva cala para determinar la actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence[1] la podemos hacer en la zarzuela de tema vascongado La dama del rey[2]. De escribir el libreto se encargó nuestro escritor, y le puso música Emilio Arrieta, siendo estrenada en Madrid en 1855. En esta obra hay dos coros que aluden al árbol de Guernica, como símbolo de las históricas libertades vascas, uno al principio:

Árbol santo de Guernica,
de los cántabros solaz;
a tu sombra se guarece
nuestra dulce libertad.
¡Oh, bien hayan los monarcas
que a tu tronco secular
la potente mano tienden
con munífico ademán!
Se ve entonces tu ramaje
de alborozo retemblar.
¡Corazón eres de un pueblo;
lo que él viva vivirás! (p. 20).

Y el coro final, que reitera esa misma idea, en alusión aquí a la visita de la reina doña Isabel para jurar los Fueros del Señorío de Vizcaya:

La reina bienhechora
los santos Fueros
viene a jurar.
Saluda a tu Señora,
la buena madre,
feliz solar.
Trono, un peñasco pobre;
copudo roble será el dosel.
Latidos las entrañas
de las montañas
den a Isabel (p. 52).

Árbol de Guernica

Me interesa destacar estos dos coros sobre el árbol de Guernica porque entre los papeles del Archivo de Navarro Villoslada he encontrado también una traducción parcial del «Guernicako arbola», que intenta mantener el ritmo musical y acentual del original de Iparraguirre:

¡Oh, roble de Guernica,
bendito del Señor!,
los vascongados te aman
de todo corazón.
Tu dulce sombra esparce
del mundo en derredor.
Nosotros te adoramos,
árbol de bendición.

Mil y mil años hace,
según la tradición,
¡oh roble de Guernica!,
que un ángel te plantó.
Alza siempre tu copa,
y más que nunca hoy;
denos el dulce abrigo
que a nuestros padres dio.

Un aspecto menos importante, aunque también relacionado con el tema del idioma, es la inclusión de un chiste, a propósito de la excesiva longitud de los apellidos vascos. Andrés, que viene a ser el “gracioso” de la zarzuela, trata de distraer a Pancracio, que busca a la amada del rey, diciéndole que se llama Blasa Iturreberrigorrigogeascogoe…, pero Pancracio le interrumpe: «Basta. / Tenéis por aquí apellidos / que pueden medirse a varas» (p. 25)[3].


[1] Esta es la expresión que Navarro Villoslada emplea con preferencia para referirse al idioma vasco.

[2] Cito por Francisco Navarro Villoslada, La dama del rey, en Obras completas, ed. de Segundo Otatzu Jaurrieta, vol. III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 15-52.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.

Elementos africanos en «Zorayda la reina mora» de Juan Anchorena (1)

Más allá del retrato de los personajes musulmanes, las restantes referencias africanas de la obra[1] se concentran en los capítulos XIX a XXVII, que narran desde el arribo de don Sancho y sus caballeros a tierras de Marruecos hasta su regreso a Navarra. Cuando la expedición llega a África, se dirige a la ciudad de Marruecos, «corte del imperio de este nombre» (p. 219; se refiere a Marraquech, capital del imperio almorávide), y se nos ofrece esta panorámica de la misma:

Al divisar con la vista el palacio de Almanzor, al contemplar las palmeras que producen los afamados dátiles y al aspirar la fragancia de las flores de los espléndidos jardines, que impregnaban la atmósfera, el corazón del rey comenzó a palpitar sobremanera al influjo de desconocidas sensaciones. No acertaba a separar sus ojos de la Torre de la mezquita, llamada Ali Ben Juceph, del nombre de su fundador; torre estimada con justicia por la más elevada de todas las del África, pues que se descubre desde ella en los días despejados y serenos la montaña de Safi, que dista cuarenta leguas de la ciudad. Verdad es que esta montaña es muy elevada, y por otra parte, el terreno entre ella y Marruecos es enteramente llano (pp. 219-220).

Sigue una mención de las murallas de la ciudad (con indicación de los materiales con que están hechas, p. 220) y se recuerda el número de puertas, veinticuatro, de que constan. En su trayecto los navarros ven las puertas de la catedral de Sevilla colocadas en una mezquita. Tras dar gracias en un templo cristiano, atraviesan la mezquita de Quivir (en cuya torre una bandera está indicando la muerte civil del rey), y poco a poco se acercan al palacio real:

Conforme don Sancho se aproximaba al palacio real, aquellos jardines, aquella Zorayda, aquel país, que hasta entonces habían aparecido a sus ojos como un mito, como una creación de su ardiente fantasía desde las montañas de Navarra, aparecían como una realidad, y tales cuales existían. Un minuto más y Zorayda sería suya. Cuando se le mostraba por los acompañantes y dignatarios del África los sitios que ella prefería recorrer, los contemplaba como un objeto sagrado, y los divinizaba, como diviniza todo amante los que le recuerden la persona de la mujer amada (p. 221).

Mezquita Kutubía de Marrakech
Mezquita Kutubía de Marrakech.

Los navarros son llevados a una rica cámara, la de Almanzor, de la que se ofrece la siguiente descripción:

Y era, en verdad, digna de un rey. La riqueza y la brillantez competían con el buen gusto y la sencillez. A distancia de una vara de la pared se destacaban una fila de esbeltas y afiligranadas columnas salientes, cuya base la constituían perfectos y acabados mosaicos. El pavimento se hallaba alfombrado con ricos tapices de Persia, y las columnas terminaban en espiral, rematando en figuras caprichosas, cuyas manos sostenían colgaduras de terciopelo, en las que estaban bordadas las figuras de los reyes musulmanes. Estas colgaduras, interceptando los rayos de luz del exterior, producían una opacidad que imprimía cierto tinte solemne, misterioso, a los objetos.

Enfrente de la puerta de granadino, que había dado paso a don Sancho y su comitiva, se alzaba majestuoso un trono, que lo constituían dos cortinas de terciopelo, sembradas de estrellas de oro y medias lunas de plata; y remataban en un anillo metálico, del que pendían gruesos borlones de oro. En el interior formado por ellas se veía un elevado diván, y a distancia de éste, otros, que no eran de tanto gusto ni riqueza (pp. 221-222).

En ese momento ven a Mahomad, un niño de diez años con un turbante de esmeraldas que da a su cara un resplandor verdoso, que le ha hecho ser conocido por el sobrenombre de Enacer ‘el verde’ (p. 222). A la descripción física del joven se añade la de su vestido:

Vestía el niño una especie de jubón de seda blanca escotado, que dejaba desnudo su blanco pecho. Un cinturón ceñía su delicado talle, del que pendía proporcionada cimitarra; y llevaba ancho pantalón blanco, prendido al nacedero de sus pies, casi imperceptibles (p. 223).

El gobernador Brahem, tío de Mahomad, quiere aprovecharse de la presencia del rey navarro empleando su valor para apaciguar a los reinos rebeldes de Túnez y Tremezén. Para esta campaña africana don Sancho se pone al frente del ejército marroquí y el pueblo se reúne en la inmensa plaza del Cereque para verlos partir, porque la hueste navarra ha despertado el interés popular:

Los marroquíes vestían albornoces de paño de color y vestidos de fino camelote, y gorras de escarlata con pequeños turbantes. En prueba del entusiasmo y la admiración que causaron el rey y los ricos-hombres cristianos, bastará decir que se infringían, por satisfacerla, las leyes y costumbres del reino, en virtud de las cuales no era permitida la salida de casa a las mujeres, sino para ir al baño o las mezquitas; y aun en estos casos, llevaban el rostro cubierto con un velo, con el fin de burlar la curiosidad de los hombres. Verdad es que, venciendo las costumbres el prurito femenino, se levantaban el velo que cubría sus rostros, a hurtadillas, gozándose no poco en excitar los celos de sus maridos. Sus cabezas, orejas y cuellos estaban adornados con brazaletes de oro y plata, y muchas perlas y piedras preciosas. Por lo demás, manifestaban ser galantes y amables en extremo (pp. 245-246)[2].


[1] Aunque la novela se escribió hacia el año 1859, no fue publicada hasta 1912, con motivo del Centenario de las Navas de Tolosa. La ficha completa es la siguiente: Juan Anchorena, Zorayda la reina mora: novela histórica de tiempos de Sancho VIII de Navarra, por… Con un prólogo crítica del Rdo. P. Antonio de P. Díaz de Castro (Barcelona, José Vilamala, 1912). He manejado un ejemplar de la Biblioteca Municipal de San Sebastián, sign. I 33-2 14.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“El último suspiro en territorio africano”: los amores marroquíes de Sancho el Fuerte de Navarra en Zorayda la reina mora de Juan Anchorena», en Actas del III Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia. Del 1 al 4 de noviembre de 2001. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Centro Asociado de Ceuta, Málaga, Editorial Algazara, 2002, pp. 109-120.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: «La mujer de Navarra»

Entre la producción literaria de Navarro Villoslada se cuentan algunos artículos costumbristas. Uno de ellos está dedicado a describir cómo es «La mujer de Navarra», y en él contrapone fundamentalmente el tipo de la mujer de la Montaña y el de la Ribera. Hablando de la montañesa, comenta cómo son sus vestidos, su peinado (las solteras llevan el cabello corto, de donde les viene el nombre de motzas[1]) y sus labores. Se explica que «la mujer vascona» estaba animada por los sentimientos de altivez, valor, amor a la libertad y a la independencia, y se introduce una digresión sobre los vascones en la que se abordan varios aspectos: su religión primitiva; su llegada a los Pirineos —montañas en las que se establecen para conservar su independencia, desdeñando las fértiles llanuras que tenían al sur—; el contacto con los celtas; su secular lucha contra los godos; la distinción dentro del territorio vascongado de dos zonas diferenciadas: las orillas del Ebro, tierra llana abierta a todas las invasiones, frente a la montaña, donde pervive más pura la raza éuskara «casi, podemos decir, en su primitiva pureza» (p. 386); es decir, se esboza aquí la clásica distinción entre ager y saltus vasconum.

Francisco Navarro Villoslada, «La mujer de Navarra»

Para nuestro autor, el idioma es prueba de la pureza de las costumbres y de la primitiva religión natural, monoteísta, de los vascos:

En efecto, sus primeros pobladores [los de este «antiquísimo solar» de los Pirineos occidentales] fueron los euskaros y euskaldunas, a quienes nosotros solemos llamar iberos, cántabros, vascos o vascongados, gente sencilla, culta y pastoril, de suaves costumbres y dulcísimo carácter, que profesaba la religión natural, sin mezcla alguna de idolatría, ni quizá de supersticiones. Así lo aprueba, entre otros datos, el monumento vivo de su idioma, cuya raíz no ha podido ni podrá tal vez averiguarse nunca, y en el cual no se halla ningún sabor pagano, al paso que abunda en voces y conceptos del más elevado espiritualismo (p. 385)[2].

Más adelante apunta la cuestión de la variedad dialectal del vascuence:

Del vascuence navarro al guipuzcoano, por ejemplo, hay casi la distancia de un dialecto. El primero es duro, elíptico y breve; el segundo, numeroso [entiéndase ‘armonioso’], eufónico y musical. Pero si la variedad de tribu a tribu es clara, no lo es menos la que existe de los montes a los llanos de la misma provincia (p. 388).

Habla de la importancia en esas tierras del echeco-jauna y la echeco-andria, y alude a las canciones propias del país; y transcribe en castellano el «Canto de Aníbal»: «Citaremos, aunque inventadas en nuestros días, estas estrofas del canto de Aníbal, cuando los vascos se deciden a acompañarle en su expedición contra los romanos» (p. 399; la cursiva es mía: aquí corrige la opinión sobre la remota antigüedad de ese canto, defendida en el artículo de 1866).

Por último, en el cierre del trabajo se introduce una nueva reflexión sobre el idioma, cuando el autor se pregunta retóricamente: «¿Para qué fines ha criado Dios a la mujer navarra, que sabe dominar a hombres tan fuertes, tan enérgicos, de quienes siempre se ha obtenido más por la persuasión que por la violencia?». Y se responde a continuación; para el de Viana, esta cuestión se enmarca en otra más amplia, que es el origen y la misión del pueblo vascongado sobre la tierra (nótese la visión providencialista de Navarro Villoslada):

Responder a esta pregunta sería resolver este problema histórico: ¿Para qué fines conserva la Providencia esa muestra del idioma, de la raza y de la civilización de nuestros indígenas, ese resto del pueblo ibero, contemporáneo quizá de las Pirámides de Egipto y que, a semejanza de ellas, subsiste inmóvil sobre tantas y tantas tempestades de polvo y arena que descarga en vano para sepultarlo en el simún del Desierto? (pp. 400-401)[3].


[1] «De esta costumbre de cortarse el cabello la soltera, le vino el nombre de motza, que tiene la doble significación de moza y mocha en castellano» (p. 384).

[2] Refiriéndose a Amaya, escribe María Cruz Mina, «Navarro Villoslada: Amaya o los vascos salvan a España», Historia Contemporánea, núm. 1, 1988, p. 153: «Siguiendo a Chaho, rompe con la tradición tubalina sobre el origen de «la misteriosa raza euscara» y prefiere la procedencia oriental de Aitor a la semita del nieto de Noé. La innovación sirve mejor a su antisemitismo radical. De los dogmas históricos en los que se apoya (vasco-iberismo, vasco-cantabrismo, invencibilidad, originalidad y antigüedad de la lengua…), ninguno parece tan grato a Navarro Villoslada como el del monoteísmo primitivo. Sí, los vascos fueron cristianos mucho antes que Cristo».

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.

Los personajes musulmanes en «Zorayda la reina mora» de Juan Anchorena

Zorayda la reina mora[1] es, por un lado, una novela «navarra» por los temas y personajes que en ella aparecen. Además de llevar una dedicatoria del escritor «A la Excma. Diputación Provincial de Navarra», en sus palabras preliminares indica que el argumento, el escenario y los personajes de la novela, todo «lleva el sello de la Navarra»; navarro es el él y su producción pretende demostrar «el entrañable amor de su autor hacia su madre patria». Pero es también, sin duda alguna, una novela «africana», y en esta cuestión quiero centrarme ahora, comentando el retrato de los personajes musulmanes.

Como es habitual en el género de la novela histórica romántica, los personajes de Zorayda la reina mora se dividen maniqueamente en héroes y villanos: los primeros son dechados de belleza y virtud, los otros prototipos de malicia y degeneración. Aquí nos interesa ver cuál es la imagen que se transmite de los personajes musulmanes: la princesa Zorayda, el médico Omar-Samuel, el gobernador Brahem y el rey Almanzor. Centrémonos primero en Zorayda, la famosa hija de Almanzor, que es una joven de veintidós años, plena de hermosura y bondad. Véase esta primera descripción de la heroína de la novela:

En esta época constituía la delicia de los reinos de África y del mediodía de España una hija de Almanzor, a la que éste amaba con delirio. Llamábase Zorayda. La fama había publicado por todo el mundo las gracias seductoras de la joven, que entonces contaba veintidós años. Aseguraban todos que era cándida como una paloma; bella y seductora como las hurís que el profeta promete a sus creyentes en la región del Edén; esbelta, como la palmera que crece en los campos de Argel; y vaporosa como el vapor que, al morir el día, se levanta del tunecino mar. Sus cabellos blondos y abundantes; su frente tersa y despejada; ojos grandes, negros, rasgados, de indefinible e indolente mirada; nariz afilada, boca diminuta, labios delgados y rosados, brazos redondos, talle esbelto y ligero, pies de un niño; esta era Zorayda. Nacida en Sevilla, su color moreno, sus notables movimientos era[n] los que imprimen a sus hijas los países meridionales; tipo no degenerado aún, cuya contemplación hizo brotar muchos siglos después a la florida pluma de Chateaubriand su Último Abencerraje, esa perla, según apreciación de un escritor, de tan dulces reflejos (pp. 41-42).

Osman Hamdi Bey, Mujer recitando el Corán (1880)
Osman Hamdi Bey, Mujer recitando el Corán (1880).

La fama de su belleza y virtud llega a Navarra y el príncipe don Sancho emprende viaje de incógnito a Sevilla para verla: «la imagen de la Bella Mora se le aparecía, sin conocerla, en sus sueños de gloria y de porvenir» (p. 42). Tenemos después una nueva descripción de la joven en el palacio de Sevilla, donde arrastra «una vida lánguida y melancólica»:

Supongámonos asimismo en un salón, perfumado por inciensos y aromas del Oriente, que arden en pebeteros de oro, y amueblado con todo el lujo y la magnificencia propias de la morada de una reina. En uno de los divanes se halla reclinada, y por decirlo así, abandonada una joven, cuya parte superior de la cabeza cubre un gracioso turbante, por cuyos remates penden bucles de cabellos, que en ondulantes rizos caen sobre su garganta de cisne, adornada con rico collar de perlas; un corpiño de seda blanco esmaltado de oro y pedrerías oculta su túrgido seno. Su talle ligero y flexible ceñía blancos faldones de telas finísimas; y sobre un pequeño taburete dejaba descansar sus pies diminutos calzados con rica chinela morisca. Esta hermosa joven, cuya belleza conocemos, era Zorayda (pp. 87-88).

Como ya indiqué, la «cándida sultana» (p. 237) está dispuesta a abjurar de su religión para casar con don Sancho y ser reina de Navarra. Poco antes de morir envenenada, Zorayda es ya cristiana en su espíritu:

El semblante de la infanta ya no destellaba la voluptuosidad de las mujeres de su país, sino el pudoroso recogimiento de la joven cristiana; sus ojos no despedían candentes miradas, que incendiasen el alma, sino las sublimes, apagadas y tímidas de la virgen consagrada a Dios; sus cabellos, en graciosos rizos, velaban su rostro moreno, pero de un moreno pálido, que aminoraba la lozanía y la vida de su tez; todo cuanto tenía conexión con los usos y costumbres orientales, se hallaba proscripto de su persona; en vez de las galas y pedrerías que antes usaba, vestía la joven una especie de túnica blanca, como sus pensamientos, ceñida a su talle por cinturón de seda (p. 306).

Omar-Samuel, el médico del rey don Sancho, es un moro convertido, pero que en realidad conspira para entregar Navarra a sus correligionarios y exterminar a los cristianos. Experto en astrología y medicina, tiene ganada fama de hechicero y vive rodeado de misterio para provocar un «supersticioso acatamiento» en los demás: «Conocedor de las supersticiones vulgares de la época, se rodeaba del misterio para fomentarlas con respecto a su persona» (p. 43). Los adjetivos con que se califican su persona y sus acciones («infernal alegría», «satánica alegría», «feroz y bestial fruición», «tempestad del mal», «diabólica aparición», «el alma infame del moro», «diabólica sonrisa», «sangrientos planes», «satánico poder», «infames y pérfidos planes», «pérfidos deseos»…) nos lo retratan como un personaje vil, un monstruo de crueldad:

La trémula luz de la lámpara dibujaba en las paredes la repugnante figura del viejo carcelero, como un espectro aterrador (p. 191).

Es imposible llevarse a más alto grado el lujo y el refinamiento de la crueldad. Afortunadamente, en la vida real el número de semejantes seres es muy limitado; y si desgraciadamente existen algunos fuera de la desarreglada imaginación de ciertos novelistas, parece que el creador del mundo multiplica el número de los contrarios, o sea el de los buenos, como una elocuente protesta de las acciones de los primeros. Concretando esto a la novela, creemos firmemente que el género humano no produce tipos tan deformes como los que aparecen en algunas obras (p. 195).

De Brahem también se destaca su «infernal malignidad», su «alma alevosa y cobarde», su «inmunda boca»; se dice que «su corazón destilaba hiel y rencor»; con Omar ideará una «criminal trama» para verter a torrentes la sangre de sus enemigos los cristianos. El tío de Zorayda es un hombre vil, de presencia repugnante, y de él dice un infanzón navarro al rey:

Fálteme el amparo de nuestro patrón, San Fermín, si ese moro, de rostro como el de los condenados, no tiene el alma tan fea como su persona. Además de esto, tengo tan poca fe en la de estos musulmanes sin Dios y sin religión, sin honor y sin palabra, que mi corazón no puede echar de sí la zozobra que abriga. Y, voto a mi padre, que los quiero más al alcance de la punta de mi espada, que no como amigos en sus palacios, por arte diabólica construidos (p. 230).

Como vemos, Omar-Samuel y Brahem son los dos villanos de la novela. Más neutra es la presentación del rey Almanzor, del que se destaca sobre todo el amor que siente por su hija, de tal intensidad, que se muestra celoso del hombre que habrá de ser su esposo (véanse las pp. 48-49 y 88-91)[2].


[1] Aunque la novela se escribió hacia el año 1859, no fue publicada hasta 1912, con motivo del Centenario de las Navas de Tolosa. La ficha completa es la siguiente: Juan Anchorena, Zorayda la reina mora: novela histórica de tiempos de Sancho VIII de Navarra, por… Con un prólogo crítica del Rdo. P. Antonio de P. Díaz de Castro (Barcelona, José Vilamala, 1912). He manejado un ejemplar de la Biblioteca Municipal de San Sebastián, sign. I 33-2 14.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“El último suspiro en territorio africano”: los amores marroquíes de Sancho el Fuerte de Navarra en Zorayda la reina mora de Juan Anchorena», en Actas del III Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia. Del 1 al 4 de noviembre de 2001. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Centro Asociado de Ceuta, Málaga, Editorial Algazara, 2002, pp. 109-120.