Narciso Serra (1830-1877), dramaturgo romántico

Este dramaturgo español nació en Madrid el 24 de febrero de 1830. Era hijo del comerciante Alejandro Sáenz Díez y de Carlota María Petra Serra Ortega, con la que aquel, tras enviudar, había casado en segundas nupcias[1]. Al comienzo de su carrera literaria firmaba Narciso Sáenz Serra, pero luego abrevió la firma, dejándola en Narciso Serra, nombre bajo el que figura recogido en los manuales e historias de la literatura[2]. Quedó huérfano de padre antes de cumplir quince años, momento en que su madre solicita su ingreso en el Colegio General Militar, donde comienza su formación. Sin embargo, en julio de 1846 lo abandonaría y quedaría sujeto a quintas.

Retrato y firma de Narciso Serra

Como literato, Serra se da conocer en el año 1848 con la publicación de un tomo de Poesías líricas y ese mismo año obtiene un éxito notable con el estreno de su primera obra teatral, una comedia traducida bajo el título de Mi mamá; por el contrario, fracasa en la formación de una compañía teatral propia.

Serra se unió a la sublevación del 28 de junio de 1854 de los generales Dulce, Ros de Olano y O’Donnell, y resultó herido en la acción de Vicálvaro, en lucha con las tropas realistas. Más tarde sería premiado por la reina Isabel II con el empleo de alférez de Caballería; en 1856, en atención a sus méritos, obtendría el grado de teniente (su hoja de servicios le atribuye «valor acreditado») y al año siguiente sería nombrado Caballero de Isabel la Católica. En 1859 pide la licencia absoluta del ejército, que le es concedida. Es una enfermedad, una parálisis progresiva, lo que le obliga a abandonar la carrera militar, con la graduación de capitán de Caballería.

Escribe José Fradejas Lebrero: «A sus treinta años tiene una vida desarreglada y bohemia, aunque cumple con eficiencia y deambula por los cafés, los teatros y las timbas. Por eso Serra afirma: “entre una mujer, una enfermedad y varios cómicos han hecho de mí cualquier cosa”»[3]. Entra entonces en el Ministerio de la Gobernación como oficial de la clase de cuartos, y en 1864 es elegido para el cargo de censor de los teatros; lo abandona en noviembre de 1866, para ser nombrado de nuevo en enero de 1867 y ejercerlo hasta el momento en que la censura es suprimida tras la revolución septembrina del 68.

Narciso Serra permanece soltero, siendo atendido en su enfermedad por su madre, que le sirve también de amanuense: doña Carlota va copiando los escritos que su hijo le va dictando, y el escritor se lo agradece dedicándole varias composiciones poéticas. Lleva una vida aislada escribiendo para el teatro, circunstancia de la que se queja en alguna ocasión al hablar de «la dura / precisión de hacer comedias» para vivir. «De su proverbial buen humor ya no queda nada, se muestra pesimista con los empresarios teatrales, que le van dando la espalda; a pesar de los homenajes, ya no se arriesgan a estrenarle algunas obras», comenta Fradejas Lebrero[4].

Su economía se deteriora desde 1868, aunque compensa sus gastos con los ingresos que recibe merced a los sucesivos homenajes que se celebran en su honor en 1867, 1870, 1873 y 1876. Moriría el 26 de septiembre de 1877, cuando había logrado un nuevo destino en el Ministerio de Fomento. Fradejas Lebrero evoca así su fallecimiento:

Serra murió la noche del 26 de septiembre de 1877, en el cuarto segundo derecha del último edificio, acera de los pares, de la calle de Segovia, junto al recién inaugurado viaducto antiguo. Se le amortajó con el hábito de San Luis Gonzaga y fue enterrado, bajo un torrencial aguacero, en la Sacramental de Santa María. Le acompañaron poetas y dramaturgos —Zorrilla portaba una de las cintas del féretro— y al pasar por los teatros, la orquesta toca la Sinfonía del Profeta y las actrices arrojan coronas de flores[5].

De entre sus poesías, cabe destacar las dedicadas a su madre, a Cervantes y a la Virgen María. Como dramaturgo, Serra es autor de más de cuarenta piezas teatrales, algunas escritas en colaboración con otros autores. Varias de ellas fueron compuestas con cierta premura de tiempo, de ahí que sean desiguales en cuanto a su calidad literaria. Ciertas obras de Serra recuerdan el estilo romántico de Zorrilla, como El reló de San Plácido, con la que obtuvo un gran éxito en 1858, o Con el diablo a cuchilladas (1854). También adaptó obras del Siglo de Oro, como Amar por señas de Tirso de Molina. Pero fundamentalmente es recordado por títulos como El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), ambos con Cervantes como protagonista, La boda de Quevedo (1854), ¡Don Tomás! (1858) o La calle de la Montera (1859), comedia escrita para explicar el origen del nombre de esa calle madrileña. Algunas de estas piezas no son comedias, sino zarzuelas, y otras se presentan bajo los marbetes de proverbio, balada, pasillo, sainete, juguete cómico, etc. Fradejas Lebrero ofrece el siguiente juicio sobre su producción dramática:

Las cuatro facetas teatrales que resaltamos en Serra son: la admiración por los dramaturgos del barroco —germen del teatro romántico— que puede observarse en la relación de Don Tomás con El desdén con el desdén; todavía persistente en el moderado romanticismo de Con el diablo a cuchilladas y, sobre todo, con el primer y no fallido intento de dramatizar la leyenda, entonces casi desconocida, en El reló de San Plácido. La observación de la vida en torno con mirada amable y frívola: El amor y la Gaceta o A la puerta del cuartel. Una última, pero no menos importante, faceta: el humor y el sentimiento que a veces procede de la admiración por «Alfonso Karr, ídolo de la juventud de entonces» (Yxart), que a veces son al teatro «lo que las doloras en la lírica»[6].

En fin, las características más destacadas del teatro de Narciso Serra son el ingenio, la facilidad para la versificación, la viveza en el diálogo y la abundancia de chistes y juegos de palabras. Además, en sus obras queda claro que «Serra conocía los clásicos»[7], y de hecho lo demuestra al convertir en protagonistas de sus piezas a los más famosos escritores del Siglo de Oro (Cervantes, Quevedo), al adaptar alguna pieza concreta (el Amar por señas de Tirso) y también al calcar en ellas estructuras constructivas, peripecias y motivos tópicos de nuestro teatro aurisecular (amoríos de galanes y damas, criados ingeniosos, enredos diversos, lances de capa y espada, billetes amorosos, desmayos, casas con dos puertas, etc.).


[1] Se llegó a comentar por Madrid que era hijo natural del general Antonio Ros de Olano, pero al parecer sin mayores fundamentos.

[2] Por ejemplo, Jesús Rubio Jiménez le dedica esta ficha en Ricardo Gullón (dir.), Diccionario de Literatura Española e Hispanoamericana, Madrid, Alianza Editorial, 1993, vol. II, pp. 1540b-1541a: «Serra, Narciso (Madrid, 1830-1877). Ocupó puestos administrativos, como el de censor de teatros, y continuó la comedia bretoniana en Amor, poder y pelucas (1855), El amor y la Gaceta (1863), A la puerta del cuartel (1867) y ¡Don Tomás! (1867), cuya intriga gira en torno a un riguroso militar a quien Inocencia, la mujer de quien está enamorado, termina suavizando el carácter. Cultivó el drama histórico: La boda de Quevedo (1854), La calle de la Montera (1859) y El loco de la guardilla (1861), dramatización del proceso de escritura del Quijote». Ver Narciso Alonso Cortés, «Narciso Serra», en Quevedo en el teatro y otras cosas, Valladolid, Imprenta del Colegio Santiago, 1930, pp. 129-202; Ana María Freire López, «Un proyecto desconocido del dramaturgo Narciso Serra», Anales del Instituto de Estudios Madrileños, 28, 1990, pp. 661-664; y Víctor Cantero García, «La singularidad del costumbrismo dramático de Narciso Serra: ¡Don Tomás! (1858) o el inicio de la alta comedia postromántica», Cuadernos para investigación de la literatura hispánica, 32, 2007, pp. 251-270.

[3] José Fradejas Lebrero, Introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, Madrid, Castalia / Comunidad de Madrid, 1997, p. 11. Del mismo autor pueden verse también otros tres trabajos: Narciso Serra (mi calle), Madrid, Artes Gráficas Municipales, 1994; Narciso Serra, poeta y dramaturgo, Madrid, Artes Gráficas Municipales, 1995; y «Completando las obras sueltas de Narciso Serra», Anales del Instituto de Estudios Madrileños, núm. 43, 2003, pp. 385-398. Para el comentario de sus dos recreaciones dramáticas cervantinas, remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes, personaje de zarzuela y drama: El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), de Narciso Serra», en Christoph Strosetzki (ed.), Visiones y revisiones cervantinas. Actas selectas del VII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 579-589. Ver también Narciso Serra, La boda de Quevedo, estudio preliminar, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Eunsa, 2002 (Anejos de La Perinola, 10).

[4] Fradejas Lebrero, Introducción a La calle de la Montera, p. 12.

[5] Fradejas Lebrero, Introducción a La calle de la Montera, p. 13.

[6] Fradejas Lebrero, Introducción a La calle de la Montera, p. 20.

[7] Fradejas Lebrero, Introducción a La calle de la Montera, p. 24.

«La adúltera penitente», comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso

La adúltera penitente, Santa Teodora, de tres ingenios, Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, se publicó en la Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España (Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657). No es el único caso de colaboración entre estos tres dramaturgos, que juntos compusieron también otras obras como Caer para levantar (1662) o El bruto de Babilonia (1668)[1].

La acción de esta comedia hagiográfica sucede en Alejandría. Filipo ama a Teodora, que se ha casado —por presiones familiares— con el rico Natalio. La dama vive triste porque una sombra lasciva la acosa todas las noches incitándola a que premie el amor constante de su galán, Filipo, que dos años después todavía sigue pretendiéndola. Esa visión la envía el Demonio, que quiere perder las almas de Teodora y Filipo. Una industria urdida por el criado Morondo para sacar a Natalio de casa y la ayuda del propio Demonio —que ahuyenta a unos ladrones que pretendían escalar la casa— proporcionan a Filipo la ocasión para gozar, con violencia, de Teodora. Una vez satisfecho su deseo, deja abandonada a la mujer, retirándose a vivir como bandido en el monte. Teodora huye de casa y marcha a un convento, donde, vistiendo el hábito varonil y acompañada por el gracioso Morondo, se hace pasar por fray Teodoro.

Por su parte, el deshonrado Natalio busca a su esposa para, matándola, satisfacer su venganza. Teodora-fray Teodoro hace varios milagros (amansa a un león, consigue que los árboles la ayuden a cantar cuando es expulsada del coro del convento…). El Demonio, mientras tanto, la sigue asediando, pero todas sus asechanzas chocan con la firme virtud de la penitente, que recibe ayuda del Cielo siempre que la solicita, y al final ha de reconocerse vencido por ella. Teodora y un Filipo ya arrepentido de sus pasados errores siguen vistiendo el hábito religioso y llevan una vida de dura penitencia hasta que la protagonista alcanza una muerte santa, como anuncia al final un ángel. Natalio, al ver los prodigios que obra el Cielo, considera lo sucedido «dichosa venganza» de su agravio.

Como podemos apreciar por este apretado resumen argumental, esta pieza hagiográfica maneja —como es habitual en el género[2]técnicas y recursos propios de la comedia de capa y espada: amores, galanteos y enredos varios, honor conyugal en peligro, deseos de venganza del marido ultrajado, disfraz varonil de la protagonista, humor del gracioso (Morondo, el criado de Filipo), etc.

Para quien desee más detalles, he analizado la construcción de esta pieza en mi trabajo «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846, centrando mi análisis en tres apartados: el elemento religioso, el elemento sobrenatural y su espectacularidad y el elemento profano, según el esquema propuesto por Elma Dassbach en su estudio sobre la comedia hagiográfica[3].


[1] Cáncer se acercó en otra ocasión al género de la comedia de santos, con El mejor representante, San Ginés (1668), comedia hagiográfica escrita con Pedro Rosete Niño y Antonio Martínez de Meneses.

[2] Ver Javier Aparicio Maydeu, «A propósito de la comedia hagiográfica barroca», en Estado actual de los estudios sobre el Siglo de Oro, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1993, vol. I, pp. 141-152.

[3] Ver Elma Dassbach, La comedia hagiográfica del Siglo de Oro español: Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca, New York, Peter Lang, 1997, donde el lector interesado encontrará más bibliografía sobre el subgénero hagiográfico. La historia de Santa Teodora se incluye en la Leyenda dorada de Jacobo de la Vorágine.