«El loco de la guardilla» (1861) y «El bien tardío» (1867) de Narciso Serra: estilo y valoración

No me resulta posible analizar con detalle cuestiones relacionadas con el estilo de las dos obras[1] de Narciso Serra, pero quiero dejar constancia, al menos, de la importante presencia de elementos humorísticos, que apreciamos en los latinajos del doctor, o en los celos de Josef cuando Quevedo corteja a Magdalena, así como en los continuos chistes y juegos de palabras que van salpicando ambas obras: «las monjas Trinitarias / que trinan de pobres» (El loco de la guardilla, p. 6); la insinuación sobre el destino de un rocín comprado por un pastelero (El loco de la guardilla, p. 15); la jocosa indicación de Josef, enamorado de Magdalena, que proclama que «Magdaleno / estoy siendo por su cara» (El bien tardío, p. 10), etc.

Como ya ha quedado indicado en alguna entrada anterior, la calidad literaria de estas dos piezas de Narciso Serra no es excesiva: hay, sí, una fácil versificación, y cierta gracia y ligereza en la construcción de las tramas y los personajes; pero no están exentas de errores, anacronismos y ripios. En cualquier caso, más allá de su relativo valor como obras de arte, sí que resultan piezas de alto interés pues reflejan muy bien la imagen que se tenía del escritor y su obra en ese determinado momento decimonónico y todavía post-romántico. Cervantes es el genial escritor maestro de la lengua castellana, creador del personaje inmortal de don Quijote, quintaesencia a su vez —pudiera decirse así— del carácter español. Se le contempla admirativamente como un genio olvidado y no recompensado que murió en pobreza y soledad.

CervantesByN

En suma, El loco de la guardilla y El bien tardío son dos obras interesantes no tanto por su valor estrictamente literario, sino por ser dos eslabones en la cadena de la recepción cervantina en el siglo XIX, en este caso en relación con la propia biografía del escritor, convertido aquí por Serra en ser de ficción, esto es, en personaje de zarzuela y drama[2].


[1] Citaré por Narciso Serra, El loco de la guardilla. Paso que pasó en el siglo XVII, escrito en un acto y en verso, por don…, música del maestro D. Manuel [Fernández] Caballero, 8.ª ed., Madrid, Establecimiento tipográfico de M. Minuesa, 1888; y Narciso Serra, El bien tardío. Segunda parte de El loco de la guardilla. Drama original en un acto y en verso, 2.ª ed., Madrid, Librería e imprenta de Eduardo Martínez, 1876.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Cervantes, personaje de zarzuela y drama: El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), de Narciso Serra», en Christoph Strosetzki (ed.), Visiones y revisiones cervantinas. Actas selectas del VII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 579-589. Y también Narciso Serra, La boda de Quevedo, estudio preliminar, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Eunsa, 2002 (Anejos de La Perinola, 10).

Argumento del auto sacramental de «La Araucana»

Por lo que respecta al argumento del auto sacramental de La Araucana, comenzaré diciendo que todo el desarrollo alegórico merecería un comentario bastante detallado, porque —en mi opinión— los escasos autores que han dedicado atención al auto no han llegado a apurar toda la red de relaciones y equivalencias que se establecen entre los dos sentidos, el literal y el alegórico, de la obra, en esa lectura «a dos luces» propia del género autosacramental. Tampoco —pienso— se han señalado y analizado todas las referencias al Viejo y al Nuevo Testamento presentes en el texto y que conforman el entramado teológico de la pieza. Pero tampoco es este el momento de abordar tal tarea. Retengamos ahora, simplemente, lo esencial de la alegoría:

1) Colocolo anunciando a los araucanos la necesidad de un capitán redentor es figura de san Juan Bautista como precursor de Cristo.

2) La victoria de Caupolicán sobre el resto de caudillos araucanos (Rengo, Teucapel y Polipolo), en distintas pruebas, simboliza la victoria de Cristo sobre las fuerzas del mal, sobre el pecado. En efecto, Rengo es figura del Demonio (es el ángel caído, Lucifer expulsado del Empíreo); Teucapel se corresponde con Adán, el primer hombre, introductor del pecado en la estirpe humana, mientras que Polipolo simboliza a la Idolatría[1].

3) De todas esas pruebas, la más importante y definitiva es la del tronco: Caupolicán cargando sobre sus hombros el tronco es claro trasunto de Cristo abrazado al madero de la Cruz; y los tres días que lo sostiene evocan los que van desde el momento de la Muerte de Cristo hasta su Resurreción.

ToquiCaupolican

4) Por último, el banquete final que Caupolicán ofrece a los araucanos para celebrar su victoria corresponde al banquete eucarístico con el pan y el vino transformados en el cuerpo y la sangre de Cristo[2].


[1] Para el P. José María Aicardo, Polipolo simboliza la Carne; en cambio, para Lerzundi, equivocadamente, el Hombre. Escribe Patricio C. Lerzundi: «Polipolo representa al Hombre. Curiosamente su nombre en araucano significa ‘el que llega a la mesa’, de polo o pulú: mesa, y poulu: el que llega. Esto adquiere cierto interés por cuanto es uno de los invitados al banquete del rito de la Eucaristía. Teucapel, por su parte, simboliza la Idolatría, es decir el paganismo» (ver Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El personaje de Caupolicán y la alegoría cristológica en La Araucana, auto sacramental atribuido a Lope de Vega», en Antonio Azaustre Galiana y Santiago Fernández Mosquera (coords.), Compostella aurea. Actas del VIII Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro (AISO), Santiago de Compostela, 7-11 de julio de 2008, Santiago de Compostela, Servizo de Publicacións e Intercambio Científico, 2011, vol. II, pp. 1223-1232; y «La guerra de Arauco en clave alegórica: el auto sacramental de La Araucana», Alpha, 33, 2011, pp. 171-186.

 

Cervantes en «El loco de la guardilla» (1861) y «El bien tardío» (1867) de Narciso Serra (y 2)

A continuación citaré un par de pasajes representativos que muestran la imagen que Narciso Serra tenía de Cervantes y que servirán, además, para que podamos hacernos una somera idea de su estilo y de su facilidad de versificación (facilidad que en muchas ocasiones desemboca en el puro ripio)[1]. Veamos este diálogo entre Cervantes y Lope en El loco de la guardilla:

MIGUEL.- Hoy que en mi casa os contemplo
siento alegría sin tasa;
que pues tan notable ejemplo
ha venido a honrar mi casa,
de hoy más mi casa es un templo;
vuestro nombre bendecido,
por siempre en bronce y en piedra
guardará España esculpido.

LOPE.- ¿Y el vuestro?

MIGUEL.- Está en el olvido:
Miguel Cervantes Saavedra.
Las comedias que escribí,
casi por amor de Dios
en los corrales metí,
y cuando empezasteis vos
a cantar, yo enmudecí.

LOPE.- ¡Silencio injusto y cruel!
Pues mientras tanto que fiel
conserve la raza hispana
su rica habla castellana,
hablará de vos, Miguel. (Alzando el manuscrito.)
Yo no sé si valgo algo,
mas por bien corta revancha
diera todo lo que valgo
por vuestro ingenioso hidalgo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
Fama lograréis sin par
vos que tal libro lográis,
os lo puedo asegurar.
Yo escribí, y vos alcanzáis,
El premio del bien hablar.
Famoso os hará el QUIJOTE,
y no es canto de poeta
el daros famoso mote:
es que con voz de profeta
os lo dice el sacerdote.
Bien haya el ruidoso son
que fijando mi atención
aquí me trujo no en vano:
Cervantes, ¿me dais la mano?

MIGUEL.- La mano y el corazón (pp. 27-28)[2].

Cervantes y Lope

Y ahora este otro pasaje, estructuralmente similar, el diálogo entre Cervantes y Quevedo en El bien tardío:

MIGUEL.- Yo soy un pobre mortal
que se halla enfermo y lisiado…

DON FRANCISCO.- Y debe ser coronado
por un laurel inmortal.
La envidia con su malicia
os posterga, bien está;
algún siglo llegará
en que se os haga justicia,
y alumbrando como soles
vuestras lágrimas de gloria,
viviréis en la memoria
de todos los españoles.
¿Cuándo podrán esos viles
que hablan en la sombra oscura
ni soñar tanta aventura
como contiene el Persiles?
En el estilo sencillo,
¿a quién no asombra mirar
cómo supisteis trazar
Rinconete y Cortadillo?
Y aunque sea un Iscariote
que todo lo ve con ira,
decidme, ¿quién no se admira
con vuestro inmortal Quijote?
¡Oh, miradme por favor
como a un amigo! (Dándole la mano.)

MIGUEL.- Sí,
tenéis un amigo en mí;
mejor diré un preceptor,
por la edad, porque recelo
por vuestro naciente bozo
que debéis de ser muy mozo
y puedo ser vuestro abuelo (pp. 19-20)[3].

Cervantes y Quevedo


[1] Cito por Narciso Serra, El loco de la guardilla. Paso que pasó en el siglo XVII, escrito en un acto y en verso, por don…, música del maestro D. Manuel [Fernández] Caballero, 8.ª ed., Madrid, Establecimiento tipográfico de M. Minuesa, 1888; y Narciso Serra, El bien tardío. Segunda parte de El loco de la guardilla. Drama original en un acto y en verso, 2.ª ed., Madrid, Librería e imprenta de Eduardo Martínez, 1876.

[2] Y las últimas (y efectistas) palabras de la obra, puestas en boca del escritor, son: «Si Lope me adivinó / al darme famoso mote, / la patria ingrata no vio / que Cervantes no cenó / cuando concluyó el QUIJOTE» (p. 30).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Cervantes, personaje de zarzuela y drama: El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), de Narciso Serra», en Christoph Strosetzki (ed.), Visiones y revisiones cervantinas. Actas selectas del VII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 579-589. Y también Narciso Serra, La boda de Quevedo, estudio preliminar, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Eunsa, 2002 (Anejos de La Perinola, 10).

Autoría y fuentes del auto sacramental de «La Araucana»

Hay muchos aspectos interesantes del auto sacramental de La Araucana en cuyo análisis apenas me puedo detener aquí. Así, no voy a hacer referencia al contexto histórico de las guerras de Arauco, sino que me centraré en el desarrollo de la alegoría y la conformación del personaje de Caupolicán, en este auto, como figura cristológica. Tampoco haré referencias a las demás piezas dramáticas que abordan la materia araucana (en especial, la relación del auto con la comedia Arauco domado de Lope de Vega, aspecto que merecería un análisis más detallado), ni voy a considerar la problemática cuestión de la autoría. Baste recordar ahora que el auto se ha atribuido tradicionalmente al Fénix, mas, como asevera Lerzundi[1], no existe la certeza total de que sea suyo. Al frente del manuscrito de la BNE figura escrito: «Famosísimo auto sacramental de La Araucana, de Lope de Vega; es la verdad, juro a Dios y a esta †». Desde que lo diera a conocer Menéndez Pelayo, el texto ha sido editado y estudiado —sin mayores cuestionamientos hasta fechas recientes— formando parte del corpus lopeveguesco, pero Lerzundi matiza que este auto «es una de las obras cuya atribución a Lope no se ha verificado o rechazado hasta la fecha»[2], opinión a la que me sumo. Ciertamente, a juzgar por el estilo de los versos, bien pudiera tratarse de una obra temprana de Lope[3], pero en estos momentos no estoy en disposición de aportar otros datos o argumentos que corroboren de forma fehaciente esa autoría, por lo que prefiero seguir considerándolo un auto «atribuido a Lope de Vega». La posible dilucidación de la autoría es cuestión que habrá de quedar pendiente para otro momento[4]: el análisis en profundidad de las formas métricas utilizadas y sus porcentajes, así como la comparación exhaustiva con los autos de segura atribución a Lope, serían dos importantes elementos que deberían considerarse.

AraucanaRespecto a las fuentes manejadas por el dramaturgo —Lope o quien fuese—, ya Menéndez Pelayo señaló que «Para los incidentes dramáticos (tales como la prueba del tronco), el poeta se inspiró más bien en La Araucana de Ercilla que en su propia comedia Arauco domado»[5]. Y de la misma opinión son Medina y otros estudiosos. En efecto, el punto principal en que se basa la alegoría es la prueba del tronco para la elección del toqui[6] entre los araucanos (ver La Araucana, Canto II, estrofas 51-58); y de la obra de Ercilla provienen los nombres de cinco de los siete personajes del auto: Teucapel (así figura en la obra el nombre de Tucapel), Rengo, Polipolo, Colocolo y Caupolicán; inventados son, en cambio, los nombres femeninos de Fidelfa y Glitelda, personajes cuya función sería similar a la de un coro. Sin embargo, Lerzundi[7] ha matizado esta opinión generalizada, señalando además algunos pequeños puntos de contacto con el Arauco domado de Lope: 1) en esta comedia, Caupolicán dice: «Yo soy el dios de Arauco, no soy hombre» (v. 215)[8]; y 2) los versos de un estribillo de canción figuran en ambas obras de forma casi idéntica («Piraguamonte, piragua…», etc.). Pero hay otro detalle, creo que más importante, que podemos tomar en consideración: en un pasaje de Arauco domado, Caupolicán ofrece a sus hombres la sangre de su brazo como alimento, y este es un aspecto que, sin duda, fácilmente podemos poner en relación con la alegoría eucaristía del auto[9]. Lo mismo sucede con el momento en que Caupolicán aparece recostado en un árbol, plasmación visual sobre el escenario en la que cabría percibir cierto carácter de imagen cristológica, que guardaría relación también con el asunto central del auto (Caupolicán-Cristo apoyado en el tronco de la cruz)[10].


[1] Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996, p. 37. Remito también a Patricio C. Lerzundi, La Araucana, an Annotated Critical Edition of a Seventeenth-Century Spanish Auto-Sacramental Text, introduction by Marlene Gottlieb, Lewiston (NY), Edwin Mellen Press, 2011.

[2] Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, p. 71.

[3] El P. José María Aicardo escribe: «Acaso pertenece La Araucana a los primeros años de Lope» («Autos sacramentales de Lope», Razón y Fe, XXI, año 7, mayo-agosto de 1908, p. 39). Hay, en efecto, varios pasajes líricos que bien pudieran ser de Lope (ritmo, gracia, metros populares, etc.) o que, al menos, no desmerecen de su estilo: ver Aicardo, «Autos sacramentales de Lope», p. 40; y también John W. Hamilton, Dos obras de Lope de Vega con tema americano, Auburn (AL), Auburn University Press, 1968, pp. XXXIII-XXXIV.

[4] En su tesis doctoral, Rodrigo Faúndez aporta argumentos para una posible autoría de Claramonte. Ver Rodrigo Faúndez, Edición crítica y anotación filológica del auto sacramental «La Araucana», atribuido hasta la fecha a Lope de Vega, con una nueva propuesta autorial a nombre de Andrés de Claramonte, tesis doctoral inédita, Barcelona, Universidad Autónoma de Barcelona, 2013.

[5] Marcelino Menéndez Pelayo, «La Araucana», en Obras de Lope de Vega, vol. VII, Autos y coloquios II, Madrid, Atlas (Biblioteca de Autores Españoles), 1963, p. 240. Ver Miguel Zugasti, «El toqui Caupolicán y la prueba del tronco a la luz de un nuevo texto. Entre etnohistoria y literatura», Colonial Latin American Review, 15.1, 2006, pp. 3-28.

[6] En el auto no figura la palabra toqui, sino capitán y cacique.

[7] Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, p. 71.

[8] La numeración de los versos de Arauco domado corresponde a mi propia edición, en preparación.

[9] A su vez, Jaime Concha ya comparó el apresamiento y muerte de Caupolicán de La Araucana con la Pasión y Muerte de Cristo («El otro nuevo mundo», en Homenaje a Ercilla, Concepción, Universidad de Concepción, 1969, pp. 63-66). Ver también Moisés R. Castillo, «La honorable muerte de un bárbaro en Arauco domado de Lope de Vega», Theatralia. Revista de Poética del Teatro, 6, 2004, pp. 66-68.

[10] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El personaje de Caupolicán y la alegoría cristológica en La Araucana, auto sacramental atribuido a Lope de Vega», en Antonio Azaustre Galiana y Santiago Fernández Mosquera (coords.), Compostella aurea. Actas del VIII Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro (AISO), Santiago de Compostela, 7-11 de julio de 2008, Santiago de Compostela, Servizo de Publicacións e Intercambio Científico, 2011, vol. II, pp. 1223-1232; y «La guerra de Arauco en clave alegórica: el auto sacramental de La Araucana», Alpha, 33, 2011, pp. 171-186.

El auto sacramental de «La Araucana»

En el auto sacramental de La Araucana, atribuido tradicionalmente a Lope de Vega, se aborda en clave alegórica la materia de la guerra de Arauco. En esta obra, el caudillo araucano Caupolicán aparece como figura o tipo de Cristo, al tiempo que la lucha de los araucanos por su libertad es trasunto de la redención de todo el género humano. Este auto ha generado cierta atención entre la crítica, en parte por la relación que guarda con la comedia de Arauco domado de Lope; pero, sobre todo, por el carácter novedoso que supone la visión del indígena americano (el otro) como ser capaz de simbolizar en figura alegórica al propio Hijo de Dios hecho hombre.

Caupolican-Cristo.jpg

Este auto de La Araucana se nos ha conservado en un manuscrito de la Biblioteca Nacional de España que perteneció al Fondo Osuna; su texto permaneció inédito hasta 1893, año en que lo dio a las prensas Menéndez Pelayo en la edición de las Obras de Lope de Vega de la Real Academia Española (después volvería a editarlo en la colección de la Biblioteca de Autores Españoles). En 1915, José Toribio Medina lo incluyó en su trabajo Dos comedias famosas y un auto sacramental (junto con El gobernador prudente y La belígera española). En 1968 lo editaba John W. Hamilton en su estudio Dos obras de Lope de Vega con tema americano (junto con El Brasil restituido). Su texto también ha sido reproducido por Leopoldo Castedo en su libro Chile: utopías de Quevedo y Lope de Vega (1996). En fin, más recientemente (2011), Patricio C. Lerzundi ha aportado una nueva edición: La Araucana, an Annotated Critical Edition of a Seventeenth-Century Spanish Auto-Sacramental Text. Sin embargo, aunque contamos con todas estas ediciones publicadas para leer el texto, ninguna de ellas ofrece una versión crítica totalmente satisfactoria en su fijación textual ni tampoco están suficientemente anotadas[1].


[1] Son ediciones que presentan errores de lectura, ofrecen una mala puntuación de varios de los pasajes, etc. Hay que añadir que Rodrigo Faúndez Carreño ha estudiado y editado este auto, atribuyéndolo a Andrés de Claramonte, en el contexto de su investigación doctoral, defendida en julio de 2013 en la Universidad Autónoma de Barcelona (Edición crítica y anotación filológica del auto sacramental «La Araucana», atribuido hasta la fecha a Lope de Vega, con una nueva propuesta autorial a nombre de Andrés de Claramonte), trabajo que se encuentra actualmente en prensa en la Colección «Letras del Reino de Chile» de la Universidad de los Andes / Editorial Universitaria. También se ha encargado de la adaptación del texto para su puesta en escena a cargo de la compañía Teatro del Nuevo Mundo, que se ha representado tanto en Chile como en España, bajo la dirección artística de Tania Faúndez Carreño. Por mi parte, también tengo avanzada una edición crítica del auto que se publicará próximamente en la sección de «Publicaciones digitales» de la página web del GRISO. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El personaje de Caupolicán y la alegoría cristológica en La Araucana, auto sacramental atribuido a Lope de Vega», en Antonio Azaustre Galiana y Santiago Fernández Mosquera (coords.), Compostella aurea. Actas del VIII Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro (AISO), Santiago de Compostela, 7-11 de julio de 2008, Santiago de Compostela, Servizo de Publicacións e Intercambio Científico, 2011, vol. II, pp. 1223-1232; y «La guerra de Arauco en clave alegórica: el auto sacramental de La Araucana», Alpha, 33, 2011, pp. 171-186.

La sociedad española en otras comedias de Antonio de Solís

Muchos otros aspectos de la sociedad española aurisecular podrían documentarse fácilmente rastreando pasajes de las demás comedias de enredo de Antonio de Solís[1]: así, en La gitanilla de Madrid, que sigue de cerca la acción de la novela ejemplar cervantina, o en Un bobo hace ciento, y lo mismo en sus entremeses.

Un bobo hace ciento, de Antonio de Solís

Pero basten por ahora los ejemplos señalados, a modo de muestra, para ejemplificar cómo el teatro del Siglo de Oro refleja aspectos concretos de aquella sociedad y cómo, a su vez, esa sociedad podía influir en el teatro. En esta ocasión no me interesaba detenerme en la peripecia dramática, las tramas, los personajes y los enredos de las dos comedias abordadas, sino destacar que este subgénero de la comedia de capa y espada, que da entrada a una rica veta costumbrista, es especialmente productivo para este fin. Por todo ello, podemos concluir que resulta necesario conocer todos los aspectos relacionados con las modas, las costumbres, los usos sociales, las prácticas galantes… para la correcta lectura y comprensión de los textos. Por supuesto, es tarea que corresponde a los estudiosos y editores modernos aclarar con sus notas los pasajes que aludan a todas aquellas costumbres que son diferentes hoy día y que, por tanto, pueden resultar difíciles de identificar para el lector contemporáneo. Es una tarea pendiente en el caso del teatro de Solís[2], y la circunstancia del centenario bien puede ser la ocasión adecuada para abordar ese trabajo por medio de ediciones rigurosamente editadas y anotadas[3].


[1] Ver el portal dedicado a este autor, Antonio de Solís, en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, coordinado por Judith Farré Vidal.

[2] De momento contamos con esta edición: Antonio de Solís, Comedias de Antonio de Solís, ed. crítica de Manuela Sánchez Regueira, Madrid, CSIC, 1984, 2 tomos. Recientemente se ha publicado su teatro breve: Judith Farré Vidal (coord.), Antonio de Solís. Teatro breve, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2016.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española aurisecular en el teatro de Antonio de Solís: El amor al uso y El doctor Carlino», en Hala Awaad y Mariela Insúa (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, 2, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2010 (Ediciones Digitales del GRISO), pp. 133-152.

La sociedad española en «El doctor Carlino», de Antonio de Solís (y 3)

La acción de esta comedia de Solís[1] es en Madrid, y así se mencionan las calles del Prado, de Atocha, etc., que son los lugares a donde el doctor Carlino va para atender sus negocios. Pero de todas las referencias a topónimos madrileños, me interesa destacar ahora estos versos:

DOTOR.- Desta calle fatigado
a la Mayor caminé
donde a doña Clara hallé
en una tienda, parado
el coche, porque debió
antojársele algo della,
y el tío por complacella
a comprárselo se apeó (p. 512)[2].

Además de la mención del coche[3] (que ya nos aparecía en la comedia de El amor al uso), destaco la alusión a la calle Mayor como centro del comercio, esto es, el lugar donde se ubicaban las tiendas. Aquí se trata del tío que quiere hacer algún regalo a su sobrina; pero más frecuentemente aparecen estas tiendas en la literatura satírico-burlesca porque eran temidas por los galanes, que se veían acosados por las damas pidonas para que les hicieran algún regalo. Así, la calle Mayor es uno de los peligros de Madrid que describe, en la obra homónima, Baptista Remiro de Navarra.

CalleMayor

Examinemos algunos ejemplos más de pasajes interesantes por aludir a aspectos de la sociedad del XVII; así, las palabras de Carlino referidas a la reacción de don Diego cuando encuentra a su hermana Leonor fuera de casa:

CARLINO.- ¡Mal año, y cómo se ha puesto
el hermano!; echando está
por los ojos mil saetas,
castigos de la Hermandad (p. 504).

La palabra Hermandad alude a un cuerpo organizado de cuadrilleros, especie de policía rural, que ejecutaba sumarísimamente a los culpables de algún delito asaeteándolos en el camino. Aquí, en la comedia, la ira hace que los ojos de don Diego arrojen metafóricamente saetas como las que disparaban los cuadrilleros de la Santa Hermandad.

También podríamos mencionar la alusión a la costumbre de sacar a la novia por el vicario (p. 511), o algún dato sobre Sevilla, ciudad a la que ha llegado don Diego con la Armada tras estar dos años en Indias:

DIEGO.- Un mes habrá que a Sevilla
llegué, Dotor, como sabes

[…]

De aquella ciudad apenas
pisé las hermosas calles,
cuando del ardiente estío
una calurosa tarde
poblaron el Arenal
las sevillanas beldades,
porque el Betis caudaloso
templando el ardor del aire
mereció con su frescura
los adornos de su margen (pp. 472-473).

En fin, en el ultílogo, el apóstrofe a los mosqueteros, público bullicioso que asistía de pie a la representación en el patio del corral:

DOTOR.- Y aquí espiró la comedia;
si tuviere algún acierto,
den para enterrarla un vítor
los señores mosqueteros (p. 528)[4].


[1] Ver el portal dedicado a este autor, Antonio de Solís, en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, coordinado por Judith Farré Vidal. Recientemente se ha publicado su teatro breve: Judith Farré Vidal (coord.), Antonio de Solís. Teatro breve, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2016.

[2] Todas las citas serán por la edición de Sánchez Regueira, pero modernizando grafías y puntuación: Antonio de Solís, Comedias de Antonio de Solís, ed. crítica de Manuela Sánchez Regueira, Madrid, CSIC, 1984, 2 tomos.

[3] Hay también una alusión a un cocherillo picaño (p. 513), etc.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española aurisecular en el teatro de Antonio de Solís: El amor al uso y El doctor Carlino», en Hala Awaad y Mariela Insúa (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, 2, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2010 (Ediciones Digitales del GRISO), pp. 133-152.

La sociedad española en «El doctor Carlino», de Antonio de Solís (2)

En cualquier caso, de nuevo lo que me interesa ahora no son las peripecias del enredo de la comedia de Solís[1], en el que se ven involucrados todos los personajes. Sí quiero llamar la atención, en cambio, sobre la caracterización del doctor Carlino como falso médico (oficio habitual en la literatura satírica), que es además un embustero de tomo y lomo: «que aunque pese a quien pesare / del enredo y del embuste / soy en Madrid el yo autem» (p. 476)[2]. Pero, sobre todo, es también un grandísimo alcahuete. Ya nos dice don Lope del doctor que «es aquel por cuyo medio / entablé yo mis amores» (p. 468). Sabemos también que el doctor Carlino lleva anotados en un librillo todos sus negocios, «porque el ser buen alcahuete / quiere su cuenta y razón» (p. 487), según explicará él mismo.

Respecto a su ciencia médica, es totalmente falsa, inexistente. Carlino confiesa paladinamente a don Lope: «pues sabes que soy dotor, / y dotor de tan buen tino, / que sabré de unas tercianas / fabricar un tabardillo» (p. 489), es decir, que cambia y confunde unas enfermedades con otras. Cuando don Pedro le diga que lo conoce por el nombre que tiene en Madrid y por los aciertos de su ciencia, dirá en un aparte:

CARLINO.- Si en mi vida he visto libro, (Aparte.)
me lleve el demonio, ¿y tengo
toda esa fama? Ahora digo
que hace la medicina
milagros y basiliscos (p. 492).

Libros-de-medicina

Veamos más detalles caracterizadores de este médico matasanos. Al principio de la jornada II pide su mula (la mula, junto con la sortija, eran algunas de las señas externas que caracterizaban a los médicos; baste recordar el soneto burlesco de Quevedo que comienza «La losa en sortijón pronosticada…»); y se alude a sus recetas, ayudas y ventosas (p. 488). Pero Carlino continuamente yerra la cura a los enfermos (pp. 510, 511), y se muestra dispuesto a quemar sus Galenos (p. 522). Cuando le llaman para atender el desmayo de doña Leonor, trata de ocultar su desconocimiento de la ciencia curativa empleando diversos términos médicos, dichos a troche y moche, que son en el fondo pura palabrería para aparentar saber:

CARLINO.- Dadme, señora, la arteria
y veré si el movimiento
se dilata o se comprime,
porque si él está compreso
es menester ebulsión (p. 523).

Como vemos, emplea palabras raras, cultas, para tratar de impresionar a sus oyentes; en otras ocasiones será el empleo de latinajos. Él mismo reconoce finalmente delante de todos:

DOTOR.- Embustero soy a secas,
que el ser dotor es enredo,
y así como no lo soy,
para mi comer receto
sustancias de Celestina
a desmayos de Galeno (p. 527).

Es decir, para las enfermedades, para aquello que tiene que ver con la ciencia de Galeno, receta alimentos nutritivos de amores y alcahueterías. Y todo ello, «para mi comer», es decir, para su ganancia y sustento…

En otra ocasión cuenta Carlino a su esposa Casilda todas sus andanzas por Madrid en ese día, y entre otros negocios le dice que entregó un billete a una monja («fui de allí a dar un billete / a una monja», p. 511), y como todo le sale mal, «su madre» (entiendo que se refiere a la superiora del convento) le descubre, entra «como un fuego» y lo despacha airadamente. Se trata de una alusión muy breve, que no alcanza mayor desarrollo en el texto, pero que remite a otra realidad y a otro tópico satírico, el de los galanes de monjas (recordemos por ejemplo que, durante algún tiempo, el buscón don Pablos de Quevedo se dedica a esta ocupación)[3].


[1] Ver el portal dedicado a este autor, Antonio de Solís, en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, coordinado por Judith Farré Vidal. Recientemente se ha publicado su teatro breve: Judith Farré Vidal (coord.), Antonio de Solís. Teatro breve, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2016.

[2] Todas las citas serán por la edición de Sánchez Regueira, pero modernizando grafías y puntuación: Antonio de Solís, Comedias de Antonio de Solís, ed. crítica de Manuela Sánchez Regueira, Madrid, CSIC, 1984, 2 tomos.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española aurisecular en el teatro de Antonio de Solís: El amor al uso y El doctor Carlino», en Hala Awaad y Mariela Insúa (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, 2, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2010 (Ediciones Digitales del GRISO), pp. 133-152.

Cervantes en «El loco de la guardilla» (1861) y «El bien tardío» (1867) de Narciso Serra (1)

Las dos piezas[1] de Narciso Serra, por medio de pinceladas con función informativa en las réplicas de los personajes (sobre todo, Magdalena), recuperan algunos datos biográficos y literarios de Cervantes: su oficio de soldado y su participación en Lepanto, el cautiverio en Argel, su estancia preso en la cárcel de Sevilla, el olvido de su teatro tras la exitosa irrupción de Lope, etc. Todo ello manejando con gran libertad la biografía cervantina y dando entrada a numerosos errores y anacronismos. Algunos ejemplos: se habla del Fénix como frey Félix Lope de Vega, a la altura de 1605, cuando ese nombramiento honorífico le fue otorgado por el Papa muchos años después; se presenta a Quevedo en 1615 con 26 años, cuando en realidad tenía 35 (había nacido en 1580); emplea Serra la palabra Ministerio, cuando lo que hubiera debido decir era Consejo (el de Indias), que otorga a Cervantes el nombramiento de gobernador (algo que, por otra parte, nunca llegó a suceder); o detalles más pequeños: los personajes hablan por lo general de reales, pero una vez se le escapa a Serra la mención de pesetas.

Hay, en cualquier caso, algunos aspectos interesantes en estas obras; por ejemplo, las dos retratan muy bien la situación de pobreza, de extrema necesidad, en que viven Cervantes y su familia: se alude a que ha sido pretendiente en la Corte, pero en vano; en varias ocasiones se dice que no tienen nada para comer o cenar; Lope, en la primera pieza, lo quiere socorrer con su limosna, pero el orgullo de Miguel le impide aceptarla; y Quevedo, ya lo señalé, ofrece su dinero para el entierro, en la segunda. Obvio es decir que la presencia de estos dos grandes escritores, más allá de cómo fuera su relación personal con el autor del Quijote en la realidad, sirve en estas obras para que ambos ponderen el ingenio de Cervantes, se lamenten de su suerte y le vaticinen la fama y gloria futuras, aunque Miguel confesará que la gloria humana es humo y que solo desea la eterna que da Dios.

Cervantes.jpg

Otro aspecto muy bien reflejado, además de la pobreza y el desamparo, es en El bien tardío la enfermedad, la hidropesía que padece Miguel[2]. Ya lo anuncia Josef: «Muy mal anda / de la hidropesía» (p. 9); pero además eso se visualiza sobre el escenario haciendo aparecer a Cervantes con un jarro y un vaso y bebiendo agua continuamente, al tiempo que se ponen en su boca expresiones como estas: «Oh, me consume este fuego!» (p. 16); «¡Oh, Dios, me abraso, me quemo!! (Bebiendo.) / Quisiera beber un río» (p. 18); «morir / es preferible a vivir / bebiendo hasta reventar» (p. 20); «un río me fuera poco» (p. 27); «Agua, más agua, esta sed (Bebe.) / me devora, es mi tormento» (p. 27); «me abrasa / las entrañas esta sed» (p. 27); y ya casi hacia el final Miguel siente: «Aquí una fragua, / que el pecho me parte en dos» (p. 37)[3].


[1] Citaré por Narciso Serra, El loco de la guardilla. Paso que pasó en el siglo XVII, escrito en un acto y en verso, por don…, música del maestro D. Manuel [Fernández] Caballero, 8.ª ed., Madrid, Establecimiento tipográfico de M. Minuesa, 1888; y Narciso Serra, El bien tardío. Segunda parte de El loco de la guardilla. Drama original en un acto y en verso, 2.ª ed., Madrid, Librería e imprenta de Eduardo Martínez, 1876.

[2] También se alude a la enfermedad de su esposa Catalina; este personaje no interviene en escena, pero se indica en varias ocasiones que está enferma.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Cervantes, personaje de zarzuela y drama: El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), de Narciso Serra», en Christoph Strosetzki (ed.), Visiones y revisiones cervantinas. Actas selectas del VII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 579-589. Y también Narciso Serra, La boda de Quevedo, estudio preliminar, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Eunsa, 2002 (Anejos de La Perinola, 10).

La sociedad española en «El doctor Carlino», de Antonio de Solís (1)

El doctor Carlino de Antonio de Solís[1] es una comedia de múltiples enredos, todos los cuales tienen como común denominador la intervención activa del protagonista principal que da título a la pieza, el doctor Carlino, famoso médico y alcahuete (en realidad, más alcahuete que médico).

ElDoctorCarlino.jpg

Palabras como enredo, ingenio, embustes, maña, industria, maraña, traza… se repiten continuamente para aludir y ponderar las habilidades de este falso doctor Carlino que, como él mismo se encarga de señalar, aunque se llama igual que el personaje de Góngora (quien escribió una comedia homónima), es otro diferente, un criado suyo, que a su muerte usurpó su nombre:

DOTOR.- Aunque sigo su modelo,
no soy el Carlino, no,
que honró el gaditano suelo,
cuyos hechos escribió
Góngora, que esté en el cielo.
En Cádiz fui su criado
y dél aprendí tan bien
lo embustero y lo avisado,
que dirán los que me ven
que soy el mismo mismado.
Luego que el pobre murió,
nombre y grados le quité
vistiéndome dellos yo
y de Cádiz me ausenté
porque Madrid me llamó (p. 477)[2].

La acción de la comedia es bastante complicada, con múltiples de amores cruzados y juegos de ocultación de la personalidad que afectan a distintos personajes, y que ahora solo puedo explicar de forma muy somera. Todo parte del hecho de que don Lope de Velasco ama a doña Leonor, pero su padre quiere casarlo con su prima sevillana doña Clara Pacheco. A su vez, otro galán, don Diego, se enamorará de doña Clara. Para evitar el compromiso matrimonial, don Lope finge salir de Madrid, pero en realidad se queda escondido en casa del doctor Carlino. A la casa llega también doña Leonor, y luego doña Clara, traída por don Diego, que ha fingido ser don Lope… En suma, por distintas circunstancias, todos los personajes implicados van a parar a la casa del doctor Carlino: allí coinciden y allí tienen que andar ocultándose unos de otros… Tras muchas peripecias, todo se resuelve —típico final feliz de comedia— con las bodas dobles de don Lope con doña Leonor y de don Diego con doña Clara[3].


[1] Ver el portal dedicado a este autor, Antonio de Solís, en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, coordinado por Judith Farré Vidal. Recientemente se ha publicado su teatro breve: Judith Farré Vidal (coord.), Antonio de Solís. Teatro breve, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2016.

[2] Todas las citas serán por la edición de Sánchez Regueira, pero modernizando grafías y puntuación: Antonio de Solís, Comedias de Antonio de Solís, ed. crítica de Manuela Sánchez Regueira, Madrid, CSIC, 1984, 2 tomos.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española aurisecular en el teatro de Antonio de Solís: El amor al uso y El doctor Carlino», en Hala Awaad y Mariela Insúa (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, 2, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2010 (Ediciones Digitales del GRISO), pp. 133-152.