Don García Hurtado de Mendoza en «El gobernador prudente» de Gaspar de Ávila (1)

Como ya anticipé en alguna entrada anterior, en esta comedia el elogio de don García Hurtado de Mendoza es total y abarca diversos aspectos: todo serán encomios, salvo alguna acusación aislada por parte de los indios, que en realidad se refiere más bien a la actuación de los gobernadores anteriores (codicia de Valdivia, imposición de tributos excesivos…)[1].

caupolican4En la Jornada I solo encontramos una alusión a don García, en el tramo final. Ocurre que este primer acto dramatiza los hechos históricos anteriores a su llegada a Chile, esto es, la rebelión araucana y la muerte de Valdivia. Se muestra en las escenas iniciales la elección de Caupolicán como capitán de los araucanos; se plantea la rivalidad amorosa de Tucapel y Lautaro por Guacolda; y apunta ya la importancia del binomio religión / superstición (episodios de las consultas al mágico Fitón y a Eponamón, divinidad araucana equiparada por los cristianos al Demonio). Esa primera alusión a don García tiene lugar precisamente cuando, tras su victoria, los araucanos acuden a honrar a su «Eponamón soberano» (v. 838[2]), quien les pide que se aperciban de nuevo para la pelea porque a los españoles les viene socorro desde el Perú:

… el hijo de aquel virrey
que allí gobierna prudente,
a su rey tan obediente
como observante en su ley,
viene ya surcando el mar.
Preveníos a la defensa,
porque es arrogante y piensa
que os ha de poder domar (vv. 862-869).

Como vemos, además del elogio al gobierno prudente del padre como virrey del Perú, obediente a su monarca (don García va a tener ese modelo), esta primera alusión —hecha desde el punto de vista del enemigo— presenta a don García como arrogante, pues «piensa / que os ha de poder domar». Las palabras resultarán proféticas a la larga, y la elección del verbo domar en esta primera alusión a don García no me parece gratuita, pues los espectadores ya sabían que su actuación daría como resultado final un Arauco domado.

En la segunda y la tercera jornadas la figura de don García dominará por completo el panorama, bien por su presencia efectiva en escena, bien por los elogios a su persona puestos en boca de los españoles y también de sus enemigos araucanos. Así, al comienzo del tercer acto se producirá un significativo diálogo entre los indios, que creen que don García ha quedado engañado y descuidado tras la falsa embajada de paz que le han enviado con Colocolo:

CAUPOLICÁN.- ¿Qué talle tiene?

COLOCOLO.- Valiente
parece.

RENGO.- ¿El rostro?

COLOCOLO.- Excelente.

LAUTARO.- ¿Airoso cuerpo?

COLOCOLO.- Bizarro,
aunque sin mucho desgarro,
que es reportado y prudente.
Con particular destreza
parece que en sus acciones
se extremó naturaleza
compasando sus razones,
su ingenio y su gentileza.
Y si puede el enemigo
obligarnos a respeto
y amor, claramente os digo
que le soy en lo secreto
del alma inclinado amigo (vv. 1814-1828).

Colocolo le pide que, si lo atrapa vivo, no lo mate, y Caupolicán así lo promete. A tal punto llega la admiración despertada por el enemigo español.

Tres son los aspectos del personaje de don García Hurtado de Mendoza que iremos examinando en sucesivas entradas: 1) su faceta como buen gobernante, destacada desde el propio título; 2) los elogios que se le dedican como militar; y 3) por último, pero muy importante, los aspectos religiosos unidos a su persona y actuación.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Cito por Gaspar de Ávila, El gobernador prudente / The Prudent Governor, ed. de Patricio Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2009, con ligeros retoques en la puntuación. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Del panegírico a la hagiografía: don García Hurtado de Mendoza en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila», Hispanófila, 171, junio de 2014, pp. 113-137.

«El gobernador prudente», de Gaspar de Ávila, ante la crítica

medina_doscomediasLa comedia de El gobernador prudente de Gaspar de Ávila fue publicada en 1663[1], en la parte XXII de Comedias escogidas, seguramente de forma póstuma[2]. Según José Toribio Medina, sus fuentes son La Araucana de Ercilla (1589) y la biografía de Suárez de Figueroa (1613). Pero, como recuerda Patricio Lerzundi, el dramaturgo también disponía de Algunas hazañas de nueve ingenios y de Arauco domado de Lope. Para Medina, la comedia habría sido escrita poco después de 1613. Pero, como acertadamente señala Lerzundi, no puede ser anterior a 1622-1625, por las precisas alusiones que contiene a los mártires jesuitas del Japón[3].

Repasaré ahora algunas opiniones vertidas por la crítica sobre ella. Así, por ejemplo, Medina comenta lo siguiente:

Escrita al mismo propósito que la de los nueve ingenios, y aun, muy probablemente, con anterioridad a ella, y con colores más subidos en el realce de la figura del protagonista, fue El Gobernador prudente, de Gaspar de Ávila. Su título está indicando ya que su autor iba a pintarnos a don García Hurtado de Mendoza bajo un aspecto muy diverso de aquel con que lo caracterizó Ercilla, no siendo otra cosa, en el fondo, que la réplica al calificativo de «mozo capitán acelerado» con que se le ve tildado en La Araucana. Lo que no es posible decir es si Ávila quiso vindicar la memoria del que fue gobernador de Chile por inspiración propia, o si para ello medió todavía alguna influencia, manifestada en recompensa pecuniaria o en otra forma, de la familia de aquél[4].

Por su parte, Remedios Morán Martín comenta que en estas obras panegíricas las crónicas y la literatura se dan la mano al esbozar los aspectos de la imagen de don García que él mismo —y luego su hijo— quiso difundir:

Es la imagen del hombre religioso, por encima de todo, generoso con el enemigo al mismo tiempo que valeroso en la guerra, consciente y orgulloso de su estirpe…, atributos que encajaban perfectamente en el héroe de los poemas épicos y de los protagonistas de comedias en el siglo XVI y XVII. Sin embargo, ¿no es esta la forma de crear la imagen de un héroe popular más que una verdadera reivindicación de la figura de un militar y un político que era la realidad histórica de García Hurtado de Mendoza? La literatura, incluso las crónicas, son parcas al esbozar la actuación administrativa y la ideología de don García, teniendo que bucear en miles de versos y descripciones de escenas bélicas [para encontrar] algún dato que nos caracterice a este gobernador y virrey de Chile y Perú, respectivamente[5].

Morán Martín echa en falta la presencia en estas piezas del discurso político, de su actuación gubernativa[6]. En su opinión, en estas obras «don García se desdibuja como político y como funcionario para convertirlo en un héroe que no llega a convencer»[7]. Y en la conclusión de su trabajo señala que en la literatura

el panegírico que se hace de García Hurtado de Mendoza no puede ser más mediocre y desvaído, de tal forma que desde la composición de la crónica de Mariño de Lobera por Escobar y la obra de Suárez de Figueroa, pasando por el poema de Pedro de Oña hasta terminar por Lope de Vega, como el más genial en el terreno de lo posible, nos encontramos una y otra vez con una enumeración de hechos carentes de la más mínima convicción para crear la imagen que se pretendía olvidada y que se reproduce sin garra épica ni histórica[8].

Mencionaré, por último, la opinión de Moisés R. Castillo:

Ciertamente la obra de Ávila manifiesta esa doble visión con respecto a la conquista: su propósito encomiador de la figura de Don García, noble ilustre que lleva por fin «la paz» y «la verdad» a Arauco rebelado, sirve en notable medida como plataforma para criticar la actuación negligente y avariciosa de los militares que hasta entonces habían gobernado ese fiero territorio[9].

Podría añadirse algún juicio crítico más, pero mejor pasar ya al análisis de la pieza de Ávila, cosa que haremos en entradas sucesivas.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] «De Ávila conocemos pocos datos biográficos. Cervantes y Lope de Vega lo califican de ingenio aventajado. En realidad, tan sólo se sabe, con plena certeza, que fue secretario de la marquesa del Valle», escribe Alberto Pérez-Amador Adam, De legitimatione imperii Indiae Occidentalis. La vindicación de la Empresa Americana en el discurso jurídico y teológico de las letras de los Siglos de Oro en España y los virreinatos americanos, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 341-342. Ver José María Rubio Paredes, «Gaspar y Nicolás Dávila, como sus hermanos, nacieron en Cartagena», Murgetana, 68, 1985, pp. 17-35 y Mariano de Paco, «Andrés de Claramonte y Gaspar de Ávila: visión de las Indias», Murgetana, 86, 1993, pp. 131-144, así como el prólogo de José Toribio Medina a su edición de El gobernador prudente, en Dos comedias famosas y un auto sacramental basados principalmente en «La Araucana» de Ercilla, Santiago / Valparaíso, Soc. Imprenta-Litografía Barcelona, 1915, pp. 1-8, y el estudio preliminar de María del Carmen Hernández Valcárcel a su edición de Gaspar de Ávila, Comedias, Murcia, Universidad de Murcia, 1990.

[3] José Toribio Medina, en Dos comedias famosas…, p. 20, señala los elementos que toma Ávila de Ercilla y de Suárez de Figueroa.

[4] Medina, Dos comedias famosas…, pp. 104-105 del prólogo. Sobre Gaspar de Ávila, ver las pp. 1-8 del prólogo a su edición de El gobernador prudente.

[5] Remedios Morán Martín, «García Hurtado de Mendoza ¿gobernador o héroe?», Espacio, Tiempo y Forma, serie IV, Historia Moderna, t. 7, 1994, p. 72.

[6] En este punto estoy en desacuerdo con Morán Martín, pues al menos El gobernador prudente sí incide con cierto detalle en los aspectos relacionados con el gobierno. Eso sí, como enseguida veremos, no se trata de que el dramaturgo reconstruya en su comedia todos los datos históricos de la gobernación de don García Hurtado de Mendoza, sino de proponerlo como ejemplo modélico de buen gobernante.

[7] Morán Martín, «García Hurtado de Mendoza ¿gobernador o héroe?», p. 76.

[8] Morán Martín, «García Hurtado de Mendoza ¿gobernador o héroe?», p. 85.

[9] Moisés R. Castillo, Indios en escena: la representación del amerindio en el teatro del Siglo de Oro, West Lafayette (Indiana), Purdue University Press, 2009, p. 96.

El enfrentamiento entre Alonso de Ercilla y don García Hurtado de Mendoza (y 2)

Para examinar esta cuestión, además de lo dicho por los cronistas, disponemos también del testimonio que nos proporciona el juicio de residencia a don García Hurtado de Mendoza[1]:

144. Item, se hace cargo al dicho don García que quiso matar con una porra en la ciudad Imperial a don Alonso de Ercilla y don Juan de Pineda, y fue tras ellos por los matar con ella, que fue y eran términos muy ajenos y fuera de justicia[2].

Pero me interesa recordar sobre todo la versión de los hechos que ofrece el propio Ercilla en su célebre poema La Araucana. Así, en el canto XXXVI escribe:

A La Imperial llegamos, do hospedados
fuimos de los vecinos generosos,
y de varios manjares regalados
hartamos los estómagos golosos.
Visto, pues, en el pueblo así ayuntados
tantos gallardos jóvenes briosos,
se concertó una justa y desafío
donde mostrase cada cual su brío.

Turbó la fiesta un caso no pensado,
y la celeridad del juez fue tanta,
que estuve en el tapete ya entregado
al agudo cuchillo la garganta;
el enorme delito exagerado
la voz y fama pública le canta,
que fue solo poner mano a la espada,
nunca sin gran razón desenvainada[3].

Este acontecimiento, este suceso
fue forzosa ocasión de mi destierro,
teniéndome después gran tiempo preso,
por remediar con este el primer yerro;
mas, aunque así agraviado, no por eso
(armado de paciencia y fiero hierro)
falté en alguna lucha y correría,
sirviendo en la frontera noche y día[4].

La Araucana, de Alonso de Ercilla

Además, en el canto siguiente, el XXXVII y último de La Araucana, califica a don García de «mozo capitán acelerado»:

Ni digo cómo al fin, por accidente,
del mozo capitán acelerado
fui sacado a la plaza injustamente
a ser públicamente degollado;
ni la larga prisión impertinente,
do estuve tan sin culpa molestado,
ni mil otras miserias de otra suerte,
de comportar más graves que la muerte.

Sin duda, al momento de componer La Araucana Ercilla no habría olvidado todavía este grave incidente personal, y esta es la razón que explicaría el no haber dado el suficiente relieve a la figura de don García Hurtado de Mendoza. Recordaré a este respecto que Oña, en el exordio de su Arauco domado, escribía que una de las razones que le movían al componer su obra era precisamente «ver que tan buen autor, apasionado, / os haya de propósito callado».

Curiosamente, en El gobernador prudente encontramos una interesante alusión a la prisión de Ercilla, en el momento en que don García previene sus tropas para la pelea:

DON GARCÍA.- La retaguarda
se dará al valor prudente
de don Alonso de Arcila.

DON LUIS.- Hoy en su diestra apercibe
el cielo un segundo Atila,
que él pelea como escribe.

DON FELIPE.- A un tiempo corta y afila
espada y pluma.

DON GARCÍA.- En su honor
dudar nada fuera error,
que aunque se muestra ofendido
porque preso le he tenido,
no he de negarle el valor (vv. 1767b-1778)[5].

Ercilla, en su poema, nos ofrece una visión muy idealizada de los indios araucanos, denodados defensores de su libertad e independencia, hecho que le ha valido la calificación de «primer indigenista». Como acertadamente escribe Campos Harriet,

Necesitaríamos copiar casi todas las estrofas de los treinta y siete cantos de La Araucana si quisiéramos señalar las muestras de admiración, de amor y de comprensión que siente Ercilla por el pueblo araucano. Los nombres de los caciques: Colo-Colo, Lautaro, Caupolicán, Angol, Lincoyán, Rengo, Tucapel, Paicaví, Orompello, Ongolmo, Ainavillo y tantos otros, como las figuras femeninas de las hermosas Gualda, Tegualda, Guacolda, Fresia, por Ercilla exaltadas e idealizadas, tienen hasta hoy la más grande vigencia, y ello es el mayor homenaje que el pueblo de Chile ha podido tributar al poeta[6].

Esta reflexión me sirve para subrayar, además, que esa idealización de los araucanos tan notoria en La Araucana se transmite, en mayor o menor grado, a todas las obras teatrales que inspiró, incluidas las escritas por encargo de la familia Hurtado de Mendoza. En todas ellas apreciamos que los personajes araucanos están idealizados como guerreros valientes y galanes, que pueden parangonarse en nobleza y cortesía con los españoles; y lo mismo sucede con las mujeres araucanas, que desempeñan en estas obras la función dramática de damas (hermosas, nobles y discretas), sin mayores diferencias con las protagonistas europeas de la comedia nueva. Es decir, los araucanos comparten el mismo código de valores (nobleza, honor, caballerosidad, valentía…) que sus enemigos, lo que no impedirá que se apunten algunos rasgos negativos de ellos (barbarie, crueldad…). Por lo demás, ha de tenerse en cuenta que magnificar al enemigo ponderando su fuerza y sus cualidades positivas es una forma indirecta de engrandecer a sus conquistadores. Eso sí, cabe decir —como ya adelantaba— que los denodados esfuerzos de esta campaña de propaganda no lograron el objetivo de convertir a don García en un héroe literario de categoría épica[7]. En cambio, quienes sí han quedado en el recuerdo y en el imaginario colectivo han sido los bravos araucanos, con su toqui Caupolicán a la cabeza[8].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Citado por Fernando Campos Harriet, Don García Hurtado de Mendoza en la historia americana, Santiago, Andrés Bello, 1969, p. 187.

[3] Recordemos la inscripción que figuraba grabada en las hojas de muchas espadas de la época: «No me saques sin razón. No me envaines sin honor».

[4] Las citas de La Araucana son por la edición de Isaías Lerner, Madrid, Cátedra, 1993.

[5] Cito por Gaspar de Ávila, El gobernador prudente / The Prudent Governor, ed. de Patricio Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2009, con ligeros retoques en la puntuación. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Del panegírico a la hagiografía: don García Hurtado de Mendoza en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila», Hispanófila, 171, junio de 2014, pp. 113-137.

[6] Campos Harriet, Don García Hurtado de Mendoza en la historia americana, p. 199.

[7] Otra cosa sería averiguar qué mercedes o beneficios obtuvo la familia, si es que se lograron, con esta campaña de propaganda, cuestión no abordada —hasta donde se me alcanza— por la crítica.

[8] Baste mencionar el memorable soneto en alejandrinos, titulado «Caupolicán», que le dedicara Rubén Darío en su poemario Azul (1888). Ver los trabajos de Melchora Romanos, «La construcción del personaje de Caupolicán en el teatro del Siglo de Oro», Filología (Buenos Aires), XXVI, núms. 1-2, 1993, pp. 183-204; Miguel Ángel Auladell Pérez, «De Caupolicán a Rubén Darío», América sin nombre, 5-6, diciembre de 2004, pp. 12-21 y «Los araucanos como personajes literarios», América sin nombre, 9-10, 2007, pp. 21-26; y José Promis, «Formación de la figura literaria de Caupolicán en los primeros cronistas del Reino de Chile», en Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, ed. de Hugo R. Cortés, Eduardo Godoy y Mariela Insúa, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2008, pp. 195-219.

El enfrentamiento entre Alonso de Ercilla y don García Hurtado de Mendoza (1)

Para comprender la razón última de la redacción de las diversas obras dramáticas del Siglo de Oro español que versan sobre las guerras de Arauco, varias de las cuales fueron un encargo por parte de la familia Hurtado de Mendoza, debemos remontarnos a algunos sucesos históricos anteriores[1]. Recordemos que La Araucana de Ercilla presenta la peculiaridad de ser un poema épico sin héroe: quien debería, sobre el papel, ser el protagonista principal de la epopeya tras la muerte de Valdivia, el nuevo capitán de las huestes españolas, don García Hurtado de Mendoza, aparece, sí, mencionado elogiosamente en algunas ocasiones, pero en modo alguno alcanza la categoría de héroe épico. Si queremos buscar un héroe en La Araucana, este sería colectivo: el pueblo mapuche en defensa a ultranza de su libertad; y, si hubiera que individualizarlo en la persona de uno de sus protagonistas, entonces tendríamos que pensar, sin duda, en el toqui Caupolicán.

Pues bien, la razón de ese retrato «de bajo perfil» —por así decir— con que aparece caracterizado el marqués de Cañete en La Araucana la tenemos en el enfrentamiento personal que tuvo lugar entre don García y Ercilla en la ciudad de La Imperial en 1558, que recogen los cronistas y que se menciona también en el juicio de residencia al gobernador, y que el propio soldado-escritor evoca en un par de ocasiones en su poema (se refiere a ello como «un caso no pensado»).

Alonso de Ercilla

En efecto, después del regreso de las tropas españolas de su expedición al canal de Chacao y el archipiélago de Chiloé, se celebraron en La Imperial unas fiestas y justas, en las que se produjo cierto incidente como resultado del cual Ercilla fue detenido por orden de don García y condenado a muerte, aunque luego esa pena le fue conmutada por la de destierro. Así lo evoca Góngora Marmolejo en su crónica:

Don García, estando en este tiempo en la Ciudad Imperial regocijándose en juegos de cañas y correr sortija, con otras maneras de regocijo, quiso un día salir de máscara disfrazado a correr ciertas lanzas en una sortija por una puerta falsa que tenía en su posada, acompañado de muchos hombres principales que iban delante, y más cerca de su persona don Alonso de Arcila, el que hizo el Araucana, y Pedro Dolmos de Aguilera, natural de Córdoba. Un otro caballero llamado don Juan de Pineda, natural de Sevilla, se metió en medio de ambos; don Alonso, que le vido venía a entrar entre ellos, revolvió hacia él echando mano a su espada; don Juan hizo lo mismo. Don García, que vido aquella desenvoltura, tomó una maza que llevaba colgando del arzón de la silla y, arremetiendo el caballo hacia don Alonso, como contra hombre que lo había revuelto, le dio un gran golpe de maza en un hombro, y tras de aquel otro. Ellos huyeron a la iglesia de Nuestra Señora y se metieron dentro. Luego mandó que los sacasen y cortasen las cabezas al pie de la horca; y él se fue a su posada y mandó cerrar las puertas, dejando comisión a don Luis de Toledo que los castigase; mas en aquella hora muchas damas que en aquella ciudad había, queriendo estorbar el castigo o que no fuese con tanto rigor, quitándole alguna parte del enojo, con algunos hombres de autoridad entraron por una ventana en su casa y se lo pidieron por merced. Condescendiendo a su ruego, los mandó desterrar de todo el reino[2].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Alonso de Góngora Marmolejo, Historia de todas las cosas que han acaecido en el Reino de Chile, ed. de Miguel Donoso, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2010, pp. 286-287.

Don García Hurtado de Mendoza en las comedias del Siglo de Oro sobre la guerra de Arauco (y 2)

En sus cuatro años de gobernación[1], 1557-1561, don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, había avanzado notablemente en la pacificación de aquel «Flandes indiano»[2] que fue Chile. Las tres obras dramáticas de encargo presentan, como es natural en piezas que nacen con voluntad panegírica, varios puntos en común a la hora de trazar la figura de don García con perfiles positivos, si bien cada una de ellas presenta sus propias peculiaridades o focaliza su atención en determinados aspectos.

Garcia_Hurtado_de_Mendoza (1).jpg

No voy a detenerme ahora en un comentario detallado de lo que sucede en Arauco domado y en Algunas hazañas, pero baste decir que en estas piezas —y lo mismo sucederá en El gobernador prudente— el elogio de don García lo vamos a encontrar puesto en boca de distintos personajes y se va a llevar a cabo desde múltiples perspectivas. Todos, hasta sus enemigos, ponderarán su nobleza, prudencia, valor, generosidad, espíritu de justicia, etc. Y, por supuesto, también sus propios hechos y sus palabras en escena servirán para trazar su idealizado retrato. Las palabras elogiosas, el reconocimiento de sus méritos y virtudes, aparecen continuamente y vienen de todas partes: lo elogiarán amigos y enemigos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, con frases y expresiones que forman un panegírico completo. En efecto, todas las comedias nos lo presentan como un general valiente y previsor, generoso, nada codicioso (no son posibles las acusaciones de codicia porque, se insiste, la tierra de Chile es pobre), un magnífico gobernador, piadoso y cristiano, fiel a su rey y con un firme proyecto de pacificar el rebelde territorio araucano para lograr la consecución de una monarquía católica y universal. Lo vamos a ver con más detalle en las sucesivas entradas que dedicaremos al análisis de El gobernador prudente.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Por denominarlo con el sintagma que figura en el título de la crónica de Diego de Rosales. Para más detalles sobre la comedia que nos ocupa ahora, ver Carlos Mata Induráin, «Del panegírico a la hagiografía: don García Hurtado de Mendoza en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila», Hispanófila, 171, junio de 2014, pp. 113-137.

Don García Hurtado de Mendoza en las comedias del Siglo de Oro sobre la guerra de Arauco (1)

En el teatro español del Siglo de Oro existen varias piezas que tienen como tema la conquista de Chile y las guerras de Arauco[1]. Dentro de ese corpus, hay algunas comedias encargadas por la familia de don García Hurtado de Mendoza que tienen como objetivo prestigiar la figura del cuarto Marqués de Cañete, quien había sido gobernador de Chile en los años 1557-1561 y había impulsado la pacificación de Arauco. Ocurre que Alonso de Ercilla, en su famoso poema épico de La Araucana, no había destacado suficientemente su actuación; y, para contrarrestar ese voluntario olvido, se preparó todo un programa de propaganda[2] que incluyó no solo obras de teatro, sino también crónicas, biografías, poemas épicos, etc. Las tres piezas teatrales que revisten ese carácter de «obras de encargo» son Arauco domado de Lope de Vega, la más famosa y la que más bibliografía ha generado; Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, escrita en colaboración por nueve ingenios capitaneados por Luis de Belmonte; y El gobernador prudente, de Gaspar de Ávila.

garcia_hurtado_de_mendoza

A lo largo de varias entradas iré recordando primero el contexto histórico y las razones que llevaron a la escritura de estas obras. Después, tras referirme brevemente a las otras dos comedias, centraré mi análisis en la caracterización de don García Hurtado de Mendoza que ofrece El gobernador prudente: en esta pieza se destacan las virtudes de don García como vasallo leal a su rey, militar avisado y gobernador prudente y justo al que no solo le importa la conquista territorial, sino sobre todo la conquista espiritual de las almas. El resultado de conjunto, como no podía ser de otra manera, es una visión altamente idealizada del personaje: en efecto, todas esas facetas conforman el retrato modélico de un gobernante cristiano, en el que el aspecto religioso constituye uno de los rasgos más destacados. Ahora bien, cabe añadir que ninguna de las obras derivadas de tal campaña de propaganda logró elevar a don García a la categoría de héroe histórico-literario capaz de pervivir en el imaginario colectivo.

Una cuestión más para cerrar estos comentarios preliminares. ¿Qué fuentes manejan los autores de estas obras y qué uso hacen de la historia? ¿Qué datos históricos escogen y cuáles desechan? ¿Con qué grado de fidelidad nos presentan personajes y acontecimientos? ¿Cómo manipulan la historia para lograr unos fines ideológicos o literarios? ¿Se puede aplicar con propiedad a estas piezas la etiqueta de «teatro histórico»? Son preguntas bastante complejas y las respuestas requerirían matices distintos para cada una de las obras, que habría que examinar por separado: en algunas (por ejemplo en Arauco domado de Lope) el ajuste a los hechos históricos es mayor que en otras, si bien en líneas generales habrá que decir que al dramaturgo del Siglo de Oro le interesará mucho más ceñirse a la verdad dramática que a la histórica… Por otro lado, existe ya abundante bibliografía sobre esta cuestión de las fuentes manejadas por estas piezas dramáticas, así que aquí apenas me detendré en esta cuestión[3].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Ver especialmente Victor Dixon, «Lope de Vega, Chile and a Propaganda Campaign», Bulletin of Hispanic Studies, 70:1, 1993, pp. 79-95. Sobre la comedia genealógica y el mecenazgo de la nobleza, en general, remito a varios trabajos de Teresa Ferrer Valls: Nobleza y espectáculo teatral (1535-1622). Estudio y documentos, Valencia, UNED / Universidad de Sevilla / Universitat de València, 1993; «Lope de Vega y la dramatización de la materia genealógica (I)», en Teatro cortesano en la España de los Austrias, ed. de José María Díez Borque, Cuadernos de Teatro Clásico, 10, 1998, pp. 215-231; «Lope de Vega y la dramatización de la materia genealógica (II): lecturas de la historia», en La teatralización de la historia en el Siglo de Oro español. Actas del III Coloquio del Aula-Biblioteca Mira de Amescua, ed. de Roberto Castilla Pérez y Miguel González Dengra, Granada, Universidad de Granada, 2001, pp. 13-51; y «Teatro y mecenazgo en el Siglo de Oro: Lope de Vega y el duque de Sessa», en Mecenazgo y Humanidades en tiempos de Lastanosa. Homenaje a la memoria de Domingo Ynduráin, ed. de Aurora Egido y José Enrique Laplana, Zaragoza, Instituto de Estudios Altoaragoneses / Institución «Fernando el Católico», 2008, pp. 113-134.

[3] Para el corpus de teatro sobre las guerras de Arauco remito como trabajos de conjunto a los de Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996; y Mónica Escudero, De la crónica a la escena: Arauco en el teatro del Siglo de Oro, New York, Peter Lang, 1999. Para más detalles sobre la comedia que nos ocupa ahora, ver Carlos Mata Induráin, «Del panegírico a la hagiografía: don García Hurtado de Mendoza en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila», Hispanófila, 171, junio de 2014, pp. 113-137.

El soneto «A España» de Guillermo Matta

Guillermo Matta Goyenechea (Copiapó, 1829-Santiago, 1899) constituye uno de los máximos exponentes del romanticismo en la poesía chilena, ámbito en el que su nombre debe unirse a los de Salvador Sanfuentes, Eusebio Lillo, Guillermo Blest Gana, Eduardo de la Barra, Carlos Walker Martínez o José Antonio Soffia, entre otros. Matta tuvo una destacada faceta como político (fue fundador del Partido Radical Chileno, varias veces diputado y senador, etc.) y diplomático (representante de su país, con distintos cargos, en Alemania, Italia, Argentina y Uruguay).

Guillermo Matta

En su faceta como literato cultivó, fundamentalmente, los géneros del cuento, la fábula, el apólogo y la poesía. Como escriben Ginés Albareda y Francisco Garfias, Matta

Inicia sus estudios de Humanidades en el colegio de Santiago y continúa su formación cultural en Europa. La poesía que conoce en España, Alemania e Inglaterra —Espronceda, Heine y Byron— da cauce romántico a su fecundidad imaginativa. […] Su poesía, abundante, elocuente y exaltada, llega a poco cuando se adentra en temas sociológicos; pero, en cambio, sus versos endógenos tienen emotividad y melancolía verdaderas. Su obra está recogida en Cuentos en verso (Santiago, 1853); dos volúmenes de Poesías (Madrid, 1858); un Canto a la patria (Santiago, 1864), y dos tomos publicados en Leipzig de Nuevas poesías (1887)[1].

Transcribo a continuación su soneto dedicado «A España», en el que, junto al recuerdo de algunas de las glorias pasadas de la antigua madre patria, encontramos una vibrante evocación cervantina: como leemos en el segundo terceto, España «Es el pueblo inmortal del Dos de Mayo, / que enseña con la pluma de Cervantes / y vence con la espada de Pelayo».

Miguel de Cervantes

El soneto completo dice así:

España es una tierra en que germina
hermanado el valor con la nobleza;
a través de los siglos su grandeza
el horizonte histórico ilumina.

Si la suerte vencerla determina,
revístese de heroica fortaleza;
señala en cada sitio una proeza,
muestra un templo de gloria en cada ruina.

España es una tierra de gigantes,
que en los agrestes picos del Moncayo
aún tremola sus lábaros triunfantes.

Es el pueblo inmortal del Dos de Mayo,
que enseña con la pluma de Cervantes
y vence con la espada de Pelayo[2].


[1] Ginés Albareda y Francisco Garfias, Antología de la poesía hispanoamericana. Chile, Madrid, Biblioteca Nueva, 1961, p. 25.

[2] Cito por Ginés Albareda y Francisco Garfias, Antología de la poesía hispanoamericana. Chile, p. 121.

El «Soneto del Quijote ultramoderno» de Hugo Alejandro Díez Guzmán

Como es sabido, las recreaciones quijotescas han sido muy frecuentes en todos los géneros literarios (novela, poesía, teatro, ensayo…), y cabe imaginar que lo seguirán siendo durante mucho tiempo. Tal es la fuerza del héroe cervantino, que ha inspirado a incontables escritores —y artistas, en general— desde la aparición de la novela a comienzos del siglo XVII hasta nuestros días. Pues bien, en un libro de reciente publicación titulado Poesía cósmica, oral traumática y esquizofrénica de Hugo Alejandro Díez Guzmán[1], encontramos que la composición que lo cierra es un «Soneto del Quijote ultramoderno», el cual forma parte del tercero y último de los apartados poéticos del volumen, el de los sonetos «Esquizofrénicos». Ciertamente, la calidad literaria del texto no es perfecta, pero desde el punto de vista simbólico no deja de tener su interés el hecho de que Díez Guzmán[2] nos presente al inmortal cuerdo loco manchego enfrentado con el horror de la bomba nuclear (Nagasaki) y los lodos de una guerra (la de Irak) que, a día de hoy, todavía siguen salpicando al mundo. Este es —sin necesidad de mayor comento— el texto del poema:

don-quijote-y-los-molinos-salvador-dali

Don Quijote fue a la ONU sonriendo
pero todos condenaron su sonrisa
y se enfureció la Mona Lisa
y jugó junto a Da Vinci en su Nintendo.

Y el Ingenioso Hidalgo fue diciendo
con una voz tronante y muy precisa:
«Si regulan las leyes de la risa,
de pena por Irak me iré muriendo».

Y aquella Mona Lisa tan famosa
en su computadora portentosa
los gritos de Da Vinci proclamó,

y el Ingenioso Hidalgo de la Mancha
subió junto a Da Vinci en una lancha
¡y rumbo a Nagasaki navegó![3]

DonQuijote_energia-nuclear.jpg


[1] Fredo Arias de la Canal, Poesía cósmica, oral traumática y esquizofrénica de Hugo Alejandro Díez Guzmán, México, Frente de Afirmación Hispanista, A. C., 2016.

[2] En sus palabras de presentación, «El peligro del psicoanálisis», Fredo Arias de la Canal nos informa acerca del autor: «En el caso de Hugo Alejandro, el complejo arquetípico autónomo inconsciente inundó su consciente, creándole una psicosis o esquizofrenia, perdiendo el sentido de la realidad, por lo que fue internado en un hospital psiquiátrico, en Holguín, Cuba» (pp. VII-III). Y en uno de sus poemas «Cósmicos», el propio autor escribe: «Yo soy cósmico y místico poeta / porque escribo a la luz de mis visiones […]. Construyo una catástrofe de versos; / volcanes erupcionan en mi mente» (p. 27).

[3] Fredo Arias de la Canal, Poesía cósmica, oral traumática y esquizofrénica de Hugo Alejandro Díez Guzmán, p. 84. Añado en el v. 7 la coma final.

La «Décima a una flor nacida en un cráneo» de Manuel José de Oteiza

Manuel José de Oteiza y Dongo (Santiago de Chile, 1742-Talca, 1798) profesó en el convento de los agustinos de Santiago a la edad de dieciséis años. Dentro de su orden llegaría a ser maestro de novicios, además de profesor de Filosofía y de Derecho Canónico. Alcanzó asimismo mucha fama como orador sagrado. De la producción literaria de este fraile agustino chileno se nos han conservado algunos sonetos y décimas (se le atribuye, por ejemplo, el soneto «A un Cristo crucificado», que comienza «¡Dios de mi vida! ¡Vos crucificado!»), además del poema titulado Liberto penitente, una glosa de los Salmos de David que quedó sin terminar.

Copiaré hoy aquí su «Décima a una flor nacida en un cráneo», que, al parecer, habría sido improvisada al contemplar tal imagen en un cementerio. El poema constituye un buen ejemplo literario de vanitas, que hemos de situar en la estela temática de otras composiciones similares de la centuria anterior que daban muestra del sentimiento de «desengaño barroco». Este es el texto de la décima, construido en torno a la antítesis belleza de la rosa / fealdad de la muerte y rematado con la aparente paradoja final:

Flor hermosa y delicada
entre fealdad espantosa,
por cuanto tienes de hermosa
has de morir asustada.
¿Dónde irás, firme o cortada,
sin tener infausta suerte?
Cortarte es dolor muy fuerte;
dejarte es muerte crecida;
pues dejarte con la vida
es dejarte con la muerte[1].

Flor creciendo en una calavera


[1] Cito por Ginés Albareda y Francisco Garfias, Antología de la poesía hispanoamericana. Chile, Madrid, Biblioteca Nueva, 1961, p. 101. En las pp. 18-19 de su estudio introductorio recogen los escasos datos biográficos del autor de que disponemos.

Cuentos de Rubén Darío de ambientación contemporánea y corte fantástico

Otros cuentos de ambientación contemporánea[1], tal vez los más originales de Rubén Darío, introducen elementos fantásticos o sobrenaturales: «El caso de la señorita Amelia. Cuento de Año Nuevo»  (pp. 108-116) destaca tanto por lo sorprendente del suceso —el de Alicia Revall, que ha visto detenido su proceso vital en la niñez— como por la pericia del narrador secundario, el doctor Z[2]). En «Cuento de Pascua» (pp. 117-129) el misterio que rodea a la mujer del galón rojo, como una herida, que se parece a María Antonieta y la visión prodigiosa que se le ofrece al narrador —una multitud de cabezas cortadas que anuncian la resurrección de Cristo— queda diluido: una posible explicación está en las pastillas alucinógenas que Mr. Wolfhart le ha dado, aunque el comentario final hace pensar que se ha tratado de una simple pesadilla: «Nunca es bueno dormir inmediatamente después de comer —concluyó mi buen amigo el doctor» (p. 129). En fin, «Verónica» (pp. 179-184), y su reelaboración, «La extraña muerte de Fray Pedro» (pp. 130-136), nos presentan a Fray Pedro de la Pasión, un monje dominado por el ansia de saber —vencido por el demonio moderno que se esconde en la Ciencia, se dice—; con un aparato de rayos X saca una radiografía de una Forma Consagrada, persigue ver el alma; él muere, pero en la placa ha quedado impreso el rostro de Cristo.

Ruben_CuentosFantasticos.jpg

Aparte quedarían unos pocos cuentos que escapan a la clasificación que he establecido: «El nacimiento de la col» (p. 146) es una fábula sobre la necesidad o no de que la belleza sea útil (la rosa, tentada por el demonio, pide a Dios ser útil y es convertida en col).  «La resurrección de la rosa» (pp. 106-107) tiene un claro valor simbólico[3]. Otros recrean el mundo de las hadas y la literatura caballeresca, o se inspiran en personajes literarios: así, «Este es el cuento de la sonrisa de la princesa Diamantina» (pp. 142-145; el poeta Heliodoro, adornado con un cisne de plata, gana su sonrisa de perlas); «Un cuento para Jeannette» (pp. 195-200, que describe la belleza dulcemente fantasmal de esa princesa astral, de carne impalpable y beso imposible); «El linchamiento de Puck» (pp. 137-139; el personaje es salvado de la muerte por un hada buena) y «Luz de luna. Pierrot» (pp. 103-105; la primera persona narradora se identifica con Pierrot, «el silencioso enamorado de la luna»)[4].


[1] Utilizo como corpus de estudio las treinta y seis narraciones reunidas en Rubén Darío, Obras completas, tomo IV, Cuentos y novelas, Madrid, Afrodisio Aguado, 1955, pp. 11-216. Aparte quedan otros importantes relatos, como por ejemplo todos los incluidos en Azul…

[2] Se trata de un «relato dentro del relato», y el doctor Z dosifica la información, retrasando el desenlace del caso por medio de la introducción de eruditas digresiones.

[3] El hombre pide al Padre que no muera la rosa que ha brotado en su corazón; cuando llega Azrael, ángel mensajero de la muerte, el Padre le indica que tome, en cambio, una rosa de su jardín azul, apagándose entonces una estrella en el cielo.

[4] Esta entrada es un breve extracto, con algunas adaptaciones, de un trabajo anterior mío: Carlos Mata Induráin, «De princesas, rosas e historias sobrenaturales. El arte del cuento en Rubén Darío», en Cristóbal Cuevas García (ed.), Rubén Darío y el arte de la prosa. Ensayos, retratos y alegorías, Málaga, Publicaciones del Congreso de Literatura Española Contemporánea, 1998, pp. 359-371.