Descuidos e incoherencias en el «Quijote» de 1605

Para terminar esta serie de entradas sobre la estructura de la I Parte del Quijote[1], debo hacer referencia a los numerosos descuidos y contradicciones que se le han señalado a Cervantes desde el momento de aparición de su novela (el asunto del robo del rucio de Sancho, que en la segunda edición se quiso solventar con un pasaje explicativo, pero intercalado en un lugar equivocado; varios epígrafes que no se corresponden con el texto, debidos a los diversos desplazamientos de material narrativo…).

Cervantes escribiendo el QuijoteTales descuidos existen, sin duda, pero podríamos afirmar que sin esos descuidos tan cervantinos el Quijote no sería el Quijote. Además, muchos de ellos son fáciles de explicar si tenemos en cuenta que la obra tuvo una génesis compleja, dilatada a lo largo de muchos años. Pensemos que Cervantes lleva en ese momento una vida muy ajetreada, con continuos viajes de un lado a otro: cabe preguntarse dónde y cómo escribía. En ese andar errante por pueblos y ventas, ¿llevaba siempre encima sus papeles? ¿Tomaba apuntes, impresiones, que desarrollaba luego al encontrar un lugar para escribir con sosiego, por ejemplo cuando se asentaba un tiempo en Esquivias? Debemos imaginárnoslo redactando su Quijote de forma fragmentaria, hoy aquí y mañana allá, en medio de la incomodidad de aquellas posadas y alojamientos, y asediado por las preocupaciones y amarguras derivadas de su poco grato cargo como recaudador de impuestos. Recordemos que en el prólogo el narrador dice que el libro «se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación» (p. 9), y también se ha especulado mucho acerca de si el Quijote pudo ser redactado —o al menos pergeñado y comenzado— en la cárcel sevillana, aunque para otros estudiosos esa frase hay que entenderla en sentido metafórico, y no literal.

Cueva de Medrano

Además, para explicar en parte esas incoherencias narrativas y estructurales de la novela debemos tener presente el modo de trabajar en las imprentas de aquella época. Casi con seguridad Cervantes, desde Valladolid, no pudo controlar el proceso de preparación y corrección de pruebas de la primera edición del Quijote que se hacía en Madrid (por ejemplo, la dedicatoria del autor al duque de Béjar no llegó a tiempo, y el editor Francisco de Robles introdujo otra hecha con retazos de la que Fernando de Herrera puso en 1580 al frente de su edición de las Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones). Por otra parte, en las imprentas de entonces, al componer las páginas para la impresión, los tipógrafos no eran nada escrupulosos a la hora de añadir texto si hacía falta para llenar la plana, o bien de cortarlo sin tapujos, si sobraba y era necesario hacer encajar el número de líneas; los epígrafes, probablemente, fueron añadidos en una revisión última[2], etc.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Para estas cuestiones textuales, ver Francisco Rico, «Historia del texto», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998, pp. CXCII-CCXLII.

El teatro de Moratín: «La comedia nueva o El café»

La comedia nueva. El sí de las niñas, de MoratínLa comedia nueva o El café (este subtítulo indica el lugar donde tiene lugar la acción), obra en prosa de Leandro Fernández de Moratín representada en 1792, es un ataque ilustrado a los dramas espectaculares y descabellados a la manera de Comella[1]: don Hermógenes (que quiere casar con doña Mariquita) elogia el disparatado drama de don Eleuterio, titulado El cerco de Viena, para sacarle dinero. Vemos, pues, que de nuevo aparece el tema de la falsedad y la hipocresía. El título hace referencia a la obra escrita por don Eleuterio, una comedia horrorosa que pretendía ser un gran espectáculo heroico (con batallas, asedios, cañonazos, cientos de soldados y caballos en escena…). Aunque la obra es algo absurdo y sin sentido, todos la alaban, en especial don Hermógenes, un hipócrita pedante que con sus elogios pretende sacar beneficio económico. El protagonista, completamente obsesionado, no se fija en nada más que no sea su comedia, a pesar de que hay otro personaje, don Pedro de Aguilar (el único que tiene un nombre normal y que es sensato), que le hace ver que lo que ha escrito es una ridiculez; se muestra sincero con él: le revela la verdad y le insiste en que es una tontería intentar representar este tipo de obras.

En el desarrollo de la acción se citan algunos pasajes de El cerco de Viena, revelándose así los vicios dramáticos y las exageraciones que Moratín quería criticar. Esas escenas «grandiosas» de El cerco de Viena, imposibles de representar, las conocemos sobre todo a través de los relatos del camarero del café, que trata con todos los personajes, y de los diálogos que se entablan entre ellos. No interesa aquí tanto el desarrollo de una intriga, sino la crítica de las comedias de gran espectáculo. La obra es pues, en buena medida, una crítica literaria de ese teatro exageradamente absurdo de las postrimerías del Barroco.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

Las historias intercaladas en el «Quijote» de 1605

También se ha debatido acerca de la función y pertinencia de las distintas historias intercaladas, que son mucho más abundantes en la I Parte que en la II[1]. Ocurre que, en 1605, Cervantes —que todavía no está del todo seguro de su arte— se guía en su relato por el principio renacentista de «variedad en la unidad» y busca un equilibrio entre los elementos quijotescos y los episódicos (lo que, por cierto, le lleva a desplazar importantes segmentos narrativos de un lugar a otro, dentro de esta I Parte). En cambio, en 1615 Cervantes es más consciente de su dominio del arte narrativo y ya no se siente esclavo de convenciones literarias de ningún tipo.

Las historias intercaladas se pueden leer por separado porque tienen carácter independiente, pero sin duda adquieren un valor añadido interpretadas en el conjunto del libro. Son una especie de segunda melodía del Quijote, sobre todo en torno al tema central del amor. Además, amplían considerablemente el mundo de los personajes, sobre todo los femeninos (Cervantes nos brinda magníficos retratos de mujeres, algunas de compleja personalidad). Por otra parte, esas historias le sirven al autor para presentar un amplio panorama de los géneros narrativos entonces al uso; Cervantes viene a mostrar, así, que es capaz de escribir obras pertenecientes a todos esos géneros, y además de un modo personal:

1) La novela pastoril está representada por la historia de Marcela y Grisóstomo y por el episodio del cabrero celoso y la pastora Leandra. Además, en muchos pasajes del Quijote se da la consideración en clave crítica de diversos aspectos de la literatura pastoril, porque el autor considera que es un modelo agotado que ya no funciona (y, de hecho, él nunca llegaría a escribir la tantas veces prometida II Parte de La Galatea).

Marcela

2) De la novella italiana tenemos un estupendo ejemplo en El curioso impertinente, historia de ambiente florentino y personajes de notable profundidad psicológica. Para algunos autores (entre ellos, Unamuno), estamos ante una novela muy poco pertinente en cuanto a la oportunidad de su introducción, ya que tiene poco que ver con el resto del relato (en su opinión, se trata, simplemente, de un texto leído dentro de la novela). Sin embargo, la novelita adquiere mayor sentido en el conjunto del Quijote, y a su vez arroja luz sobre determinados aspectos de la narración en que se inserta (interesante es, por ejemplo, la comparación de la «locura» de Anselmo con la de don Quijote).

3) La novela morisca se hace presente a través de la historia del capitán cautivo y sus amores con la mora Zoraida, que además enlaza de forma muy clara con aspectos biográficos del propio Cervantes.

4) Con la novela picaresca entronca todo lo relativo al galeote Ginés de Pasamonte, que está escribiendo su autobiografía (probablemente en alusión al soldado Jerónimo de Pasamonte, compañero de armas de Cervantes que había escrito su Vida).

En fin, no olvidemos tampoco la hipótesis apuntada en una entrada anterior acerca del Quijote como una posible novela ejemplar en su origen.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

El teatro de Moratín: «La mojigata»

La mojigata, escrita en 1791, fue representada en 1804[1]. Leandro Fernández de Moratín la compone en romance octosílabo. Posee igualmente un carácter satírico, en esta ocasión contra la falsa piedad; aunque fue tibio en materias religiosas, Moratín hijo deseaba una fe robusta a los creyentes que los librara de la hipocresía con la cual dificultaban la libre convivencia ciudadana. Esta fue, en general, la actitud de los ilustrados, tanto creyentes como impíos: reclamar una religiosidad que no fuera ni agresiva ni inculta.

La mojigata, de Moratín

El argumento puede resumirse así: dos hermanos, don Martín y don Luis, han educado de forma distinta a sus hijas: severo uno, tolerante el otro. Como resultado de ello, Inés, hija de don Luis, es sincera y natural; Clara es hipócrita y falsa, y finge que va a tomar los hábitos para cobrar una herencia. El tema principal es, nuevamente, la educación de los jóvenes. La obra ha sido comparada con Tartufo de Molière y con Marta la piadosa de Tirso de Molina.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

Elementos estructurantes del «Quijote» de 1605

Mucho se ha debatido acerca de si todo el material narrativo que forma la I Parte del Quijote tiene una disposición orgánica o no[1]. Para los estudiosos del siglo XVIII, no hay en ella un plan narrativo, y todo lo que Cervantes incluye forma un conjunto desordenado. Pero otros autores han visto que el material sí está regido por el orden: en la aventura del Caballero del Lago (I, 50), relatada por don Quijote, se describe un jardín en el que hay una fuente ornamentada con diversas piezas «puestas con orden desordenada», las cuales «hacen una variada labor, de manera que el arte, imitando a la naturaleza, parece que allí la vence» (p. 570). Se trata de un pasaje en el que los principios de la mímesis aristotélica se unen al binomio tradicional de arte y naturaleza, y se ha considerado que ese concepto de «orden desordenada» es aplicable al conjunto compositivo del Quijote.

En este sentido, el libro no sería una mera mímesis, una sarta de aventuras y escenas costumbristas puestas una detrás de otra, y por ello intercambiables, sino que hay una progresión en ellas que da lugar a una evolución de sus protagonistas, don Quijote y Sancho. Así pues, Cervantes sí tiene un plan narrativo profundo con relación a su personaje y su crecimiento narrativo, frente a lo que ocurre en la novela de caballerías, en la que el héroe es un personaje plano que se comporta de un modo típico e invariable en todas las aventuras que se suceden.

Sin duda, el principal hilo conductor de la novela es la presencia de don Quijote (de don Quijote y Sancho desde el comienzo de la segunda salida). La sucesión de sus aventuras y sus continuos diálogos forman el entramado narrativo y estructuran el relato. Sin embargo, hay otros elementos que desempeñan un destacado papel estructurante: así, la aparición frecuente del cura y el barbero, cuya misión es llevar a don Quijote a casa, además de portar una función clave para el desarrollo del tema literario; y, por otra parte, las estancias en las ventas: en una de ellas don Quijote es armado caballero por escarnio, con la anuencia y colaboración de un ventero pícaro; en la segunda salida encontramos la de Juan Palomeque el zurdo, espacio cuasi-mágico que reúne a muy diversos personajes, protagonistas tanto de la historia principal como de las secundarias, etc.

La venta de Juan Palomeque el zurdo


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

El teatro de Moratín: «El barón»

El baronEl barón, estrenada en 1803, es una adaptación en forma de comedia de una zarzuela escrita en 1787, con música de José Lidón[1]. Esta pieza de Leandro Fernández de Moratín presenta tintes satíricos, y la sátira incide nuevamente sobre los matrimonios de conveniencia. Hay un falso barón que pretende apoderarse del dinero de doña Mónica, una labradora rica de Illescas. Esta, deslumbrada por el título de nobleza, quiere emparentar con el barón casando a su hija Isabel con él. La sátira moratiniana se manifiesta en un doble plano: por un lado, contra el falso barón, que es en realidad un estafador (él, a su vez, quiere quedarse con la hacienda de la tía Mónica); pero, sobre todo, contra la madre vanidosa que da excesiva importancia al título nobiliario.

Encontramos aquí otra lección ilustrada y neoclásica, y es que cada persona debe casarse con otra de su misma condición; no se debe intentar salir por medio del matrimonio del lugar al que por nacimiento se pertenece, sino que cada uno debe reducirse al estado social que le corresponde. Se trata, por tanto, de una defensa de la estratificación social, de un ataque a la ridícula ansia de ascenso social (a través del personaje del figurón farsante). Apunta aquí también el tema clásico del menosprecio de corte y alabanza de aldea.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

Los tres grandes temas del «Quijote» de 1605

En cuanto a los temas de la Primera parte del Quijote, la crítica ha señalado tres grandes núcleos, a saber: 1) el enfrentamiento del mundo presente y el mundo caballeresco medieval; 2) el amor; y 3) el tema literario[1].

En el primer punto, destaca la consideración de la parodia del universo caballeresco, con el binomio idealismo vs. realismo, ser vs. parecer (para Joaquín Casalduero, un aspecto nuclear es la confrontación de la fe del pasado y la voluntad del presente). En lo que concierne al amor, cabe destacar todo lo relativo a Dulcinea (el servicio amoroso a la dama amada impulsa al caballero en todas sus aventuras) y su presencia, también clave, como motor de las tramas de todas las historias intercaladas.

Don Quijote busca Dulcinea

En fin, por lo que respecta al tema literario, este se hace presente fundamentalmente en los escrutinios y en los diálogos literarios, en los cuales se presentan las ideas cervantinas acerca de la contraposición de historia y novela, y de otros asuntos (como, por ejemplo, la situación del teatro en su época). Pero, por supuesto, además de estos tres grandes núcleos temáticos, aparecen en la novela otros temas importantes como la libertad, la justicia, la familia, la amistad, etc., cada uno con su correspondiente constelación de temas menores y motivos asociados[1].


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

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El teatro de Moratín: «El viejo y la niña»

Como dramaturgo, Leandro Fernández de Moratín escribió cinco comedias originales y algunas adaptaciones[1]. Se considera que la obra titulada El tutor, perdida, podría ser un esbozo de El sí de las niñas.

El viejo y la niña, escrita hacia 1786, pero no estrenada hasta 1790, plantea el problema de los casamientos desiguales en edad, que luego reaparecerá en El sí de las niñas. Está compuesta en verso (romance octosílabo): Isabel es una joven casada con el anciano don Roque (mucho mayor que ella) por imposiciones ajenas, sin amor y sin sentir ningún tipo de atracción hacia él. La muchacha amaba al joven don Juan, pero su tutor la engañó. Cuando reaparece don Juan, no puede corresponder a su amor porque se impone el deber conyugal, y fruto de ello resulta la insatisfacción de la protagonista: aceptar su deber supone una frustración para ella, la entrada de un elemento trágico en su vida. El final es melancólico: don Juan marcha a las Indias e Isabel ingresa en un convento.

Comedias de Moratín

La comedia, que presenta una buena dosis de sentimentalismo, contiene una fuerte carga crítica contra las imposiciones matrimoniales que conducen casi necesariamente al fracaso vital. Destaca ya en esta pieza temprana el empleo del habla castiza y popular.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

El «Quijote» de 1605: división externa y estructura interna

Externamente, el Quijote de 1605 se divide en 52 capítulos agrupados en cuatro «Partes»[1], o sea, cuatro ‘Libros’[2], e incluye dos salidas de don Quijote. Ofrezco a continuación, de forma muy esquemática, los principales elementos argumentales:

I Parte (caps. 1-8). Retrato del hidalgo Alonso Quijano, que enloquece leyendo libros de caballerías y desea salir en busca de aventuras como caballero andante. Preparativos: armas, caballo, nombre propio y amada. Primera salida de don Quijote, en solitario, cuyas tres aventuras forman una unidad clara: la que tiene lugar con el arriero en la venta donde es armado caballero por escarnio (la disputa se suscita porque aparta las armas que don Quijote estaba velando junto al pozo), la de Andresillo (a quien defiende del vapuleo que le da su amo Juan Haldudo el rico) y la de los mercaderes toledanos (frente a los cuales don Quijote proclama la belleza de la sin par Dulcinea). En medio de su delirio caballeresco, es encontrado por su vecino Pedro Alonso. Regreso a casa. Escrutinio de su biblioteca por el cura y el barbero, secundados por el ama y la sobrina. Comienzo de la segunda salida, ya acompañado del labrador Sancho Panza. Aventura de los molinos y aventura del vizcaíno, que queda suspendida.

Aventura del vizcaino

II Parte (caps. 9-14). Historia de la narración (Cide Hamete Benengeli). Final de la aventura del vizcaíno. Discurso de la Edad Dorada frente a los cabreros. Historia intercalada de Marcela y Grisóstomo.

III Parte (caps. 15-27). Episodio de los yangüeses. Llegada a la venta de Juan Palomeque el zurdo. Escena nocturna con la moza Maritornes. Aventuras del mundo moderno[3] (de los rebaños, del cuerpo muerto, de los batanes, del yelmo de Mambrino y de los galeotes). Llegada a Sierra Morena y encuentro con Cardenio (historia intercalada de los amores entrecruzados de Cardenio-Luscinda-Dorotea-don Fernando). Penitencia amorosa de don Quijote, que envía a Sancho en embajada al Toboso. Reaparición del cura y el barbero: proyecto de llevar a don Quijote de regreso a la aldea.

IV Parte (caps. 28-52). Historia fingida de la princesa Micomicona (Dorotea) para sacar a don Quijote de Sierra Morena. Nuevo paso por la venta de Juan Palomeque. Segundo escrutinio: lectura de El curioso impertinente. Resolución de la historia del cuarteto amoroso formado por Cardenio-Luscinda y Dorotea-don Fernando. Discurso de las armas y las letras. Historias intercaladas del capitán cautivo y la mora Zoraida y de doña Clara y don Luis. Don Quijote encantado: nueva estrategia del cura y el barbero para devolverlo a casa. Encuentro con el canónigo de Toledo y debate literario sobre las novelas de caballerías y las comedias. Historia intercalada del cabrero celoso y Leandra. Aventura de los disciplinantes. Llegada a la aldea.

En las dos salidas de don Quijote se puede apreciar una composición circular en la que se repite el esquema: salida, aventuras (o aventuras y episodios en el caso de la segunda) y regreso a casa. En la segunda salida, además, se agrega el paso por las ventas, espacio que favorece el encuentro de diversos personajes y la inclusión de historias intercaladas. La diferencia fundamental es que la primera salida resulta mucho más corta que la segunda, de ahí que Casalduero[4] indique respecto a la primera que es la presentación de un «destino esquemático» y que hable de la «complejidad de un destino», en el caso de la segunda.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Llamamos Partes a cada una de las entregas de 1605 y 1615 y hablamos así de la I Parte y la II Parte. Pero, además, el Quijote de 1605, a imitación de lo que sucedía en las novelas de caballerías, va dividido en cuatro Partes ‘libros’ (en cambio, no hay división en Partes en el texto de 1615).

[3] Según la terminología de Joaquín Casalduero, Sentido y forma del «Quijote», Madrid, Ínsula, 1949. Las llama así porque se encuentran caracterizadas por la presencia del juego apariencia / realidad.

[4] Casalduero, Sentido y forma del «Quijote».

Introducción al teatro de Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín es el principal dramaturgo del siglo XVIII español[1]. Es más, se ha dicho, y con razón, que fue el único dramaturgo español que logró un triunfo para la comedia neoclásica. Sus obras representan la máxima fidelidad al espíritu ilustrado y se atienen con rigor a la preceptiva neoclásica. Para él, la rigidez en la sumisión a las reglas era la única forma posible de alcanzar la verosimilitud necesaria. Tendremos ocasión de comprobarlo al analizar con más detalle (en futuras entradas) El sí de las niñas.

Su interés por el teatro no le llevó solo a cultivarlo, sino que también lo estudió: es el autor de unos Orígenes del teatro español, obra erudita que constituye un primer intento serio de ofrecer un panorama ordenado del conjunto del teatro nacional.

Moratín, Orígenes del teatro español

Por otra parte, es famosa la definición de comedia que colocó al frente de la edición de sus obras:

Imitación en diálogo (escrito en prosa o verso) de un suceso ocurrido en un lugar y en pocas horas entre personas particulares, por medio del cual, y de la oportuna expresión de afectos y caracteres, resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes en la sociedad, y recomendadas por consiguiente la verdad y la virtud[2].

Tiene, pues, una obsesión por la enseñanza moral; y una preocupación por aproximarse a la vida real. Moratín simplificará la trama de sus obras y dará mayor profundidad psicológica a los personajes. En ellas, lo esencial no es el enredo, sino la plasmación de los caracteres. Da al espectador, en un diálogo inicial, los datos necesarios para que se comprenda la acción planteada. Evita la afectación del lenguaje e introduce una crítica social directa, sazonada con ciertos elementos de sentimentalismo que le permiten llegar con mayor facilidad al público.

El tema básico de su obra dramática es la inautenticidad como forma de vida. Moratín censura las actitudes hipócritas. Por ejemplo, muestra su rechazo a los matrimonios de conveniencia que violentan las naturales inclinaciones de los jóvenes. En consecuencia, defiende una educación que se base en la sinceridad y no en el fingimiento. Tuvo problemas con la Inquisición por sus ataques a la hipocresía religiosa (especialmente con su comedia La mojigata, pero también con otras piezas). Se ha señalado que su teatro guarda relación con el de Molière, lo cual es cierto, si bien no se trata de una mera imitación servil[3].


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012. La bibliografía sobre su vida y su obra dramática es muy extensa; destaco, entre otros muchos trabajos posibles, el panorama ofrecido por Fernando Doménech, Leandro Fernández de Moratín, Madrid, Síntesis, 2003.

[2] Leandro Fernández de Moratín, prólogo a sus comedias originales, en Obras, II, vol. I, Madrid, Real Academia de la Historia / Aguado, 1830. También escribía, hablando de sí mismo en tercera persona: «Don Leandro Fernández de Moratín, que ya tenía compuesta por aquel tiempo la comedia El viejo y la niña, luchando con los obstáculos que a cada paso dilataban su publicación, meditaba la difícil empresa de hacer desaparecer los vicios inveterados que mantenían nuestra poesía teatral en un estado vergonzoso de rudeza y extravagancia. No bastaban para esto la erudición y la censura; se necesitaban repetidos ejemplos; convenía escribir piezas dramáticas según el arte» (pp. XLI-XLII).

[3] Ver José de la Revilla, Juicio crítico de D. Leandro Fernández de Moratín como autor cómico y comparación de su mérito con el del célebre Molière, Sevilla, Imprenta de Hidalgo y Compañía, 1833.