Manuel Bretón de los Herreros, refundidor del teatro español del Siglo de Oro (1)

Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873), aparte de su producción original como autor dramático[1], cuenta en su haber con diez refundiciones de obras de teatro aurisecular. En esta ocasión voy ocuparme de una de ellas, la de No hay cosa como callar de Calderón, que fue representada en 1827, cuando el riojano de Quel era el autor de la compañía del Teatro del Príncipe de Madrid.

Manuel Bretón de los Herreros (1839)

Esta refundición presenta algunas circunstancias peculiares. Por un lado, no existe ninguna edición de ella[2], lo que puede explicar —en parte—que no haya recibido demasiada atención por parte de la crítica[3]. En efecto, la refundición bretoniana se nos ha conservado en forma manuscrita y disponemos —este detalle es interesante— de dos versiones: uno de los manuscritos incluye la indicación de los cambios introducidos por la censura, en distintos pasajes, para autorizar su representación; la otra copia manuscrita corresponde al texto usado por un apuntador para una representación concreta, por lo que también refleja el texto que habría sido efectivamente llevado a las tablas en 1827[4]. Así pues, estas dos copias manuscritas nos permiten reconstruir, en buena medida, el doble proceso de refundición llevado a cabo para que los espectadores decimonónicos pudieran disfrutar del texto calderoniano: por un lado, las diversas adaptaciones hechas por Bretón de los Herreros para ajustar la pieza áurea al buen gusto neoclásico —y al tono ya prerromántico y burgués de la segunda década del siglo XIX—; por otro, los cambios impuestos por la intervención de la censura eclesiástica, cuyas modificaciones tienen que ver con el deseo de velar las alusiones de tipo erótico-sexual (por ejemplo, el hecho de que la protagonista saliera solamente «medio vestida» cuando se produce el incendio de su casa, o todo lo referente a la violación que sufre Leonor por parte de don Juan) o también ciertas referencias que podrían considerarse contrarias a la religión (así, el supuesto pacto fáustico de don Juan, que habría vendido su alma al diablo, lo que explicaría el hecho de encontrar a su disposición, de noche y en su propio dormitorio, el objeto de su deseo, e igualmente otros detalles menores). De todo esto me ocuparé en próximas entradas, pero antes convendrá recordar primero algunas ideas someras sobre la labor de Bretón de los Herreros como refundidor y también apuntar algunos datos, siquiera mínimos, acerca del original calderoniano de No hay cosa como callar.

El fenómeno de la refundición teatral —bien estudiado por la crítica[5]se produce tanto en el siglo XVIII como en el XIX. Romero Tobar sintetiza brevemente el doble objetivo, estético e ideológico, perseguido habitualmente por los refundidores:

Las líneas generales de las refundiciones en el XVIII y en el XIX son coincidentes en presupuestos y en resultados; en ambos siglos los refundidores persiguen unos fines estéticos determinados —y que en su estimativa consisten en dotar de regularidad a las desarregladas obras del Siglo de Oro— y unos objetivos político-morales que alivien el texto original de palabras o comportamientos inaceptables para las normas morales vigentes en el tiempo de la refundición[6].

Las refundiciones son especialmente abundantes en el primer tercio del XIX, siendo la época más activa la que comprende los años 1820-1833, cuando se calcula que el 75% del total de obras áureas que se representan sobre los escenarios son piezas refundidas[7]. Los años en los que Bretón desarrolla la mayor parte de su labor refundidora, entre 1826 y 1831-1832 —más tardíamente, en 1847, añadiría otras dos refundiciones— son un momento de transición, en lo que se refiere a los estilos literarios, entre el neoclasicismo y el romanticismo. Ese trabajo como refundidor —y también como traductor— es una tarea a la que se dedica con el fin primordial de ganar dinero, como ya destacara Julio Cejador y Frauca: «hizo 62 traducciones del francés en prosa y verso, y diez arreglos o refundiciones del antiguo teatro y obras de encargo, todo ello pro pane lucrando»[8]. Miguel Ángel Muro ha explicado certeramente las razones:

Parte de la actividad literaria de Bretón estuvo dedicada a las refundiciones de obras dramáticas del Siglo de Oro. La situación económica en que se hallaba el teatro de la época —volcado en su financiación sobre todo hacia la ópera— hacía que fuera más rentable para un autor el traducir obras extranjeras o refundirlas del teatro clásico español, que producirlas propias y originales[9].

Por su parte, Juan Eugenio Hartzenbusch, amigo y colaborador ocasional de Bretón, se refiere con estas palabras a la situación del teatro en aquellos años en los que este se lanzaba a la arena literaria:

Los preceptistas del siglo XVIII habían establecido reglas de que nadie osaba apartarse. Moratín había declarado que la comedia española necesitaba mantilla y basquiña: era artículo de fe literaria que la comedia debía ser una acción entre personas particulares. Abolido el régimen constitucional en el año 1823, restaurados los privilegios de clase, restablecida la censura, no pudiendo ningún español escribir ni hablar de los ministros del poder, desde el Secretario del Despacho al ínfimo corchete, claro era que la alta comedia, la comedia con señoría, la representación de los vicios de los poderosos era políticamente imposible, al mismo tiempo que por el código literario estaba poco menos que prohibida. Hubo así de limitarse el Sr. Bretón a la clase media, porque la superior tenía delante el Noli me tangere de su posición, y el Non plus ultra de la forma dramática entronizada por Moratín[10].

Gerard Flynn señala que, en efecto, «Bretón will recast Golden Age plays in the mold of the playwright he admired, Moratín»[11]. Y Cándido Bretón y Orozco, en sus apuntes sobre la vida y escritos de Bretón, comenta:

Resuelto ya a escribir para el teatro, dedicóse con ahínco a perfeccionar por sí mismo los conocimientos que poseía desde la niñez y a adquirir otros nuevos con el estudio incesante y profundo de las obras de nuestros clásicos y de los latinos, franceses e italianos. Estas tareas, que le ocuparon desde 1825 a 1829, no fueron obstáculo para que en dichos años escribiese gran número de composiciones líricas y cerca de cuarenta obras dramáticas, una de ellas A Madrid me vuelvo, que fue la base de su popularidad[12].


[1] Sobre Bretón de los Herreros ver, entre otros, Mariano Roca de Togores (marqués de Molins), Bretón de los Herreros. Recuerdos de su vida y de sus obras, Madrid, Imprenta y Fundición M. Tello, 1883 y Bretón de los Herreros. Estudio crítico, Madrid, La España Moderna, 1893; Patrizia Garelli, Bretón de los Herreros e la sua «formula comica», Imola, Galeati, 1983; Miguel Ángel Muro, El teatro breve de Bretón de los Herreros, Logroño, Gobierno de La Rioja / Instituto de Estudios Riojanos, 1992 y Actas del Congreso Internacional «Bretón de los Herreros, 200 años de escenarios» (Logroño, 14, 15 y 16 de octubre de 1996), Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, 1998; y María Sierra, Género y emociones en el Romanticismo. El teatro de Bretón de los Herreros, Zaragoza, Institución «Fernando el Católico» (CSIC) / Excma. Diputación de Zaragoza, 2013.

[2] En la actualidad estoy preparando una edición conjunta de ambas piezas, la de Calderón y la de Bretón.

[3] Cabe destacar los trabajos de Ermanno Caldera, «Calderón desfigurado (Sobre las representaciones calderonianas en la época prerromántica)», Anales de Literatura Española, 2, 1983, pp. 65-68; Mariateresa Cattaneo, «Varianti del silenzio. No hay cosa como callar di Calderón e l’adattamento di Bretón de los Herreros», en De místicos y mágicos, clásicos y románticos. Homenaje a Ermanno Caldera, presentación de Antonietta Calderone, Messina, Armando Siciliano Editore, 1993, pp. 123-134; y Javier Vellón Lahoz, «Moralidad y censura en las refundiciones del teatro barroco: No hay cosa como callar, de Bretón de los Herreros», Revista de Literatura, 58, 1996b, pp. 125-140.

[4] Ms. de la Biblioteca del Institut del Teatre (Barcelona), sign. 67.593 y Ms. de la Biblioteca Histórica Municipal (Madrid), sign. Tea 1-52-16A. En este, al frente del primer acto el título figura como No hay cosa como el callar, pero en los cuatro restantes aparece con la forma usual.

[5] Sobre el proceso de refundición teatral, en general, ver Charles Ganelin, «Approaching the Refundición», en Rewriting Theatre, Bucknell, Bucknell University Press, 1994, pp. 3-30. Para las refundiciones españolas en el siglo XVIII, remito a Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, vol. III, Siglo XVIII, Madrid, Gredos, 1972, pp. 593-599, y Francisco Aguilar Piñal, «Las refundiciones en el siglo XVIII», Cuadernos de teatro clásico, 5, 1985, pp. 33-41; para las del XIX, ver Ermanno Caldera, Il dramma romántico in Spagna, Pisa, Università di Pisa, 1974, apartado «I “refundidores”», pp. 9 y ss., Leonardo Romero Tobar, Panorama crítico del romanticismo español, Madrid, Castalia, 1994, pp. 282-287 y Vicente Lloréns, El romanticismo español, 2.ª ed. corregida, Madrid, Castalia, 1989, pp. 286-288. Interesa considerar también el apartado «El renacimiento de la literatura del Siglo de Oro» en E. Allison Peers, Historia del movimiento romántico español, versión española de José María Gimeno, 2.ª ed., Madrid, Gredos, 1973, vol. I, pp. 221-250 y el número monográfico Clásicos después de los clásicos, de Cuadernos de teatro clásico, 5, 1985. Tomás Sebastián y Latre y Cándido María Trigueros, en el XVIII, y Dionisio Solís y Bretón de los Herreros, ya en el XIX, serían los más destacados refundidores.

[6] Romero Tobar, Panorama crítico del romanticismo español, p. 284.

[7] Ver Nicholson B. Adams, «Siglo de Oro Plays in Madrid, 1820-1850», Hispanic Review, IV, 1936, pp. 342-357; y David T. Gies, «Notas sobre Grimaldi y el “furor de refundir” en Madrid, (1820-1823)», Cuadernos de teatro clásico, 5, 1985, pp. 111-124.

[8] Julio Cejador y Frauca, Historia de la lengua y literatura castellana, tomo VI, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1918, p. 406.

[9] Muro, en su estudio a Bretón de los Herreros, Obra selecta, II, Teatro breve original y traducido. Teatro refundido, Logroño, Universidad de La Rioja / Instituto de Estudios Riojanos, 1999, pp. 113-114.

[10] Juan Eugenio Hartzenbusch, prólogo a Obras de don Manuel Bretón de los Herreros, de la Real Academia Española, Madrid, Imprenta Nacional, 1850, p. vi; reproducido en Obras…, Madrid, Imprenta de Miguel Ginesta, p. liv.

[11] Flynn, «The refundiciones of Manuel Bretón de los Herreros», Estudos Ibero-Americanos, vol. III, núm. 2, dezembro 1977, p. 257. Y explica que las antiguas comedias son una parte extremadamente importante de su educación dramática: «Bretonian theater is at heart an amalgam of Moratín and Lope de Vega, with other elements added. Some formal restraints (many of wich he later abandoned) a certain simplicity and clarity, came from Moratín, but the peculiar verve of his theater comes from the Golden Age comedia» (p. 258).

[12] Cándido Bretón y Orozco, «Apuntes sobre la vida y escritos de don Manuel Bretón de los Herreros», en Manuel Bretón de los Herreros, Obras de don…, tomo I, Madrid, Imprenta de Miguel Ginesta, 1883,, p. viii. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Mi corazón es ya vuestro / por amor y por deber”: la refundición por Bretón de los Herreros de No hay cosa como callar de Calderón de la Barca», Berceo. Revista Riojana de Ciencias Sociales y Humanidades, 177, 2019, pp. 103-130.

Armas, estrategias y combates en «Arauco domado» de Lope de Vega: introducción

En el teatro español del Siglo de Oro existen varias piezas que tienen como tema la conquista de Chile y la prolongada guerra de Arauco[1]. Dentro de ese corpus, hay algunas comedias que fueron encargadas por la propia familia de los Mendoza con la finalidad de prestigiar la figura del cuarto marqués de Cañete, quien en su etapa como gobernador de Chile (1557-1561) había logrado notables avances en la pacificación del rebelde territorio de Arauco, pero cuyos méritos e importancia no quedaron reconocidos por Alonso de Ercilla en su famosa Araucana (cuyas tres partes se publicaron en 1569, 1578 y 1589). Para contrarrestar aquel voluntario olvido se preparó un amplio programa de propaganda[2] que incluyó no solo varias obras de teatro, sino también crónicas, biografías, poemas épicos, etc. Esta extensa e intensa campaña de propaganda se desarrolló, a lo largo de una treintena de años aproximadamente, en América y en España, en dos etapas cronológicas cuyos principales hitos pueden resumirse así: en Perú, con la redacción de obras encargadas por el marqués de Cañete, como la crónica de Mariño de Lobera (1589) y el Arauco domado de Oña (1596); y más tarde en España, primero por iniciativa del propio don García (Arauco domado de Lope[3], en el quicio de los siglos XVI y XVII), y luego, tras su muerte ocurrida en 1609, por encargo[4] de su hijo don Juan Andrés, correspondiendo a esta nueva fase la biografía de Cristóbal Suárez de Figueroa del año 1613; Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, comedia escrita por nueve ingenios capitaneados por Luis de Belmonte Bermúdez, que se representó y publicó en Madrid en 1622[5]; y El gobernador prudente, de Gaspar de Ávila (en torno a 1624-1625, coincidiendo con la entrega a las prensas, en el año de 1625, de la comedia lopesca, si bien no sería publicada hasta 1663[6]).

La expedición de Diego de Almagro saliendo del Cuzco (1907), óleo de fray Pedro Subercaseaux
La expedición de Diego de Almagro saliendo del Cuzco (1907), óleo de fray Pedro Subercaseaux.
Museo Histórico Nacional, Santiago de Chile. 

En varios trabajos anteriores he abordado cuestiones diversas relacionadas con la comedia Arauco domado, de Lope de Vega. En esta ocasión me propongo un nuevo acercamiento, centrado en los aspectos históricos y, más concretamente, en todo lo relacionado con la guerra entre españoles y araucanos (hechos de armas, estrategias, combates…). Comentaré primero la consideración de Arauco domado como «drama de hechos famosos», en el que cabe reconstruir con bastante exactitud el telón de fondo histórico sobre el que se construye la acción de la comedia. En efecto, Lope hace el esfuerzo de ofrecer una documentación histórica seria, a diferencia de lo que sucederá en las piezas más tardías del corpus (hasta llegar a Los españoles en Chile, de González de Bustos, donde la guerra de Arauco no es más que un mero telón de fondo exótico sobre el que superponer una serie de episodios amorosos). En la comedia de Lope es posible reconstruir con bastante precisión los sucesos históricos que evoca, con una cronología (bastante) rigurosa; lo que no quita, por supuesto, para que el Fénix modifique o altere la historia en función de sus necesidades dramáticas. Este sería, pues, el primer aspecto a examinar: lo que hay de histórico en Arauco domado. En segundo lugar, me referiré, en sucesivas entradas, a la guerra vista desde el bando español (cabe destacar el retrato de don García como general precavido y victorioso) y también desde el campo araucano (la comedia refleja sus formas de ataque y da cuenta, además, de la asimilación de las armas españolas capturadas en combate y de los caballos)[7].


[1] Para el tema de las guerras de Arauco en el teatro, ver Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996; y Mónica Escudero, De la crónica a la escena. Arauco en el teatro del Siglo de Oro, New York, Peter Lang, 1999. Sobre la cultura de la guerra y el teatro es fundamental David García Hernán, La cultura de la guerra y el teatro del Siglo de Oro, Madrid, Sílex Ediciones, 2006. Todas las citas de Arauco domado serán por la reciente edición de Laplana Gil, con algún ligero retoque en la puntuación, que no señalaré: Arauco domado por el Excelentísimo Señor don García Hurtado de Mendoza, ed. de José Enrique Laplana Gil, en Lope de Vega, Comedias. Parte XX, tomo I, ed. crítica de PROLOPE, Barcelona, Gredos, 2021, pp. 609-835.

[2] Ver Victor Dixon, «Lope de Vega, Chile and a Propaganda Campaign», Bulletin of Hispanic Studies, 70.1, 1993, pp. 79-95; hay trad. española, «Lope de Vega, Chile y una campaña propagandística», en Victor Dixon, En busca del Fénix: quince estudios sobre Lope de Vega y su teatro, ed. al cuidado de Almudena García González, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2013, pp. 131-155. También Germán Vega García-Luengos, «Las hazañas araucanas de García Hurtado de Mendoza en una comedia de nueve ingenios. El molde dramático de un memorial», Edad de Oro, X, 1991, pp. 199-210.

[3] Pueden consultarse, entre otros muchos estudios, los de Eduardo Toda Oliva, «Arauco en Lope de Vega», Nuestro Tiempo, 17, 1962, pp. 48-71; Sturgis E. Leavitt, «Lope de Vega y el Nuevo Mundo», Mapocho, 1, 1963, pp. 32-42; Elena Martínez Chacón, «Una comedia chilena de Lope de Vega», Mapocho, 5, 1965, pp. 5-33; y José María Ruano de la Haza, «Las dudas de Caupolicán: El Arauco domado de Lope de Vega», Theatralia, 6, 2004, pp. 31-48.

[4] Estas obras de encargo —que dejaban pingües beneficios a los dramaturgos— deben estudiarse en el contexto del mecenazgo teatral y literario. Ver, entre otros trabajos, Teresa Ferrer Valls, Nobleza y espectáculo teatral (1535-1622). Estudio y documentos, Sevilla / Valencia, UNED / Universidad de Sevilla / Universitat de València, 1993.

[5] Ver Vega García-Luengos, «Las hazañas araucanas de García Hurtado de…» y Carlos Mata Induráin, «Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, comedia genealógica de nueve ingenios», Revista Chilena de Literatura, 85, 2013, pp. 203-227.

[6] Ver Carlos Mata Induráin, «Del panegírico a la hagiografía: don García Hurtado de Mendoza en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila», Hispanófila, 171, junio de 2014, pp. 113-137; y también «Histoire et théâtre: la revendication de la figure de don García Hurtado de Mendoza dans les comedias espagnoles sur la guerre d’Arauco», en Marie-Laure Acquier y Emmanuel Marigno (dirs.), Poésie de cour et de circonstance, théâtre historique. La mise en vers de l’événement dans les mondes hispanique et européen, Paris, L’Harmatan, 2014, pp. 63-91.

[7] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Toda la guerra en el ardid consiste”: armas, estrategias y combates en Arauco domado de Lope de Vega», en Juan Manuel Escudero Baztán (ed.), La cultura de defensa en la literatura española del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2024, pp. 99-115.

Las jarchas mozárabes: «¡Non me mordas, ya habibi! ¡Lá» y «Vaise mieo corachón de mib»

Ya he comentado que las jarchas son el eslabón más remoto de la poesía tradicional hispánica. En la primera entrada de la serie ofrecía algunos datos esenciales sobre las jarchas, aporté la bibliografía esencial sobre el tema y reproduje una de ellas, «Ven, çidi Ibrahim»; en entradas posteriores añadí la transcripción y un breve comentario de otras cuatro jarchas, «Garrid vos, ¡ay, yermanellas!», «Qué faré, mama?», «¡Albo día, este día» y «Véned la Pasca ed aún sin elle». Sumo ahora dos jarchas más, «¡Non me mordas, ya habibi» y «Vaise mieo corachón de mib», ambas con las correspondientes versiones en español moderno y los comentarios de Vicenç Beltran, que ofrecen pertinentes datos sobre su localización, sus temas y su estructura métrica. La primera dice así:

¡Non me mordas, ya habibi[1]! ¡Lá
no quero dañoso!
Al-gilala[2] rajisa. ¡Basta!
A todo me rifjuso.

¡No me muerdas, amigo! ¿No, / no quiero al que hace daño! / El corpiño [es] frágil. Basta, / a todo me niego[3].

El certero comentario de Beltran es como sigue:

Nos ha sido conservada en tres moaxajas, dos árabes (una también de Abú Bakr Yahya ibn Baqí, otra de Abú Bakr Muhammad ibn Ahmad ibn Ruhaym, que vivió hacia 1120) y una hebraica […] de Yehudá Haleví. En los tres casos se trata de composiciones amorosas, que ponen la jarcha en boca de una joven y la relacionan de modo distinto con el texto de la moaxaja. Ésta es en los tres casos ‘calva’, o sea, sin la estrofa introductoria que normalmente anticipa las rimas y el estrofismo de la jarcha. Como sucede a menudo, la joven rehúsa (o finge rehusar) al amigo. Acepto la versión del segundo autor, buen testimonio del sensualismo que, con más intensidad que en las otras escuelas de poesía tradicional románica, caracteriza la concepción del amor en las jarchas. Esquema estrófico: 9x 7a 9x 7a[4].

Nótese, de nuevo, la introducción de arabismos (, habibi, Al-gilala, rajisa) que se mezclan en la breve composición con las voces mozárabes.

Amantes, en una miniatura medieval

En la segunda jarcha, bastante más conocida y antologada, leemos:

Vaise mieo corachón de mib.
¡Yá Raab! si me tornarad?
Tan mal me duóled li-l-habib,
enfermo yed, cuánd sanarad?

Se va mi corazón de mí. / ¡Ay, señor, ¿acaso me volverá? / Tanto me duele por el amigo, / [que] está enfermo, ¿cuándo sanará?[5]

Y este es el comentario de Beltrán:

Nos ha sido conservada en dos moaxajas hebreas, la primera de Yehudá Haleví, la segunda de Todros Abulafia (muerto hacia 1305), dirigida a un cortesano judío de la corte de Alfonso X. Ambas son de tipo panegírico, y su única diferencia notable estriba en los arabismos del verso tercero (li-l-habib: ‘el amigo’ / al garib: ‘el extraño’), aunque con ello despoja al texto de su sentido obviamente amoroso. El tono melancólico es propio de toda la lírica tradicional europea; más raro es el dolor por el amante enfermo. La estrofa es una cuarteta eneasilábica consonantada de rima alterna, una combinación de rimas, como sabemos, corriente en las jarchas y conocida en la tradición folklórica castellana, aunque el verso eneasílabo es más propio de la lírica trovadoresca francesa, provenzal o galaico-portuguesa. Es posible que la enfermedad del amante sea el propio amor, pues la consideración del amor como enfermedad mental es propia de todo el pensamiento filosófico y médico de la Edad Media. Estructura estrófica: 9a 9b 9a 9b[6].


[1] habibi: deriva de la voz siríaca-árabe antigua حبيبي (habbebi), cuyo significado literal es ‘amado, querido’.

[2] Al-gilala: blusa de tela fina que se ponía sobre la túnica de tela blanca llamada zihara.

[3] Vicenç Beltran, Edad Media: lírica y cancioneros, Madrid, Centro para la Edición de los Clásicos Españoles / Visor Libros, 2009, p. 86.

[4] Beltran, Edad Media: lírica y cancioneros, p. 86.

[5] Beltran, Edad Media: lírica y cancioneros, p. 88.

[6] Beltran, Edad Media: lírica y cancioneros, p. 88.

«Muchedumbre Federico», de Francisco Javier Irazoki

Muchas son las evocaciones poéticas a modo de semblanza y homenaje dedicadas a Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, Granada, 5 de junio de 1898-camino de Víznar a Alfacar, Granada, 18 de agosto de 1936).

Retrato de Federico García Lorca coloreado por Rafael Navarrete. Colección Rafael Navarrete.
Retrato de Federico García Lorca coloreado por Rafael Navarrete. Colección Rafael Navarrete.

Vaya para hoy, aniversario del asesinato del escritor, este poema, «Muchedumbre Federico», de Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954). Se trata de un soneto de alejandrinos (forma estrófica tradicional que solo por excepción encontramos en la producción poética de Irazoki), que en el volumen que recoge su poesía completa forma la sección Un poema suelto y está fechado en «Nueva York, 2011»:

Entre las multitudes viene el nombre que espero;
sus letras son de un hombre que en mi mente camina,
aunque fuera abatido con disparo de inquina
a los pies de su patria de afecto carcelero.

En Nueva York lo he visto cerca del aguacero
de los desamparados que forman la colina
desde la que contempla cuanto muere o germina
y una luz de monedas contra lo verdadero.

Llamarse Federico, caído de repente
al plato de un mendigo de nuestra indiferencia;
de un saxo va saliendo su muerte suavemente.

Múltiple y solitaria se siente su presencia
que siempre silenciosa baja por la pendiente
de todos los barrancos y de cada conciencia[1].


[1] Cito por Francisco Javier Irazoki, Los descalzos. Poesía completa (1976-2023), Madrid, Hiperión, 2023, p. 343. La importancia simbólica de la multitud, la muchedumbre, en Poeta en Nueva York es bien conocida («Paisaje de la multitud que vomita (Anochecer en Coney Island)», «Paisaje de la multitud que orina. Nocturno de Battery Place»…), y el propio Federico la explicitaba en la conferencia-recital de su poemario («Y lo terrible es que toda la multitud que lo llena [Wall Street] cree que el mundo será siempre igual, y que su deber consiste en mover aquella gran máquina día y noche y siempre. […] / Y la multitud. Nadie puede darse cuenta exacta de lo que es una multitud neoyorquina; es decir, lo sabía Walt Whitman que buscaba en ella soledades, y lo sabe T. S. Eliot que la estruja en un poema, como un limón, para sacar de ella ratas heridas, sombreros mojados y sombras fluviales. / Pero, si a esto se une que esa multitud está borracha, tendremos uno de los espectáculos vitales más intensos que se pueden contemplar. / Coney Island es una gran feria a la cual los domingos de verano acuden más de un millón de criaturas. Beben, gritan, comen, se revuelcan y dejan el mar lleno de periódicos y las calles abarrotadas de latas, de cigarros apagados, de mordiscos, de zapatos sin tacón. Vuelve la muchedumbre de la feria cantando y vomita en grupos de cien personas apoyadas sobre las barandillas de los embarcaderos, y orina en grupos de mil en los rincones, sobre los barcos abandonados y sobre los monumentos de Garibaldi o el soldado desconocido. […] / El rumor de esta terrible multitud llena todo el domingo de Nueva York golpeando los pavimentos huecos con un ritmo de tropel de caballo. / La soledad de los poemas que hice de la multitud riman con otros del mismo estilo que no puedo leer por falta de tiempo…»). Sobre este tema específico, me limitaré a remitir ahora, entre otros trabajos posibles, a René Araya Alarcón, «Configuración del flâneur en Poeta en Nueva York de F. García Lorca», Alpha (Osorno), 34, 2012, pp. 25-42; y a Tatiana Suárez Turriza, «El flâneur y la multitud en la ciudad mundo de García Lorca», Iztapalapa. Revista de ciencias sociales y humanidades, 93, 2022, pp. 307-328.

A vueltas con la «lanza en astillero» de Alonso Quijano / don Quijote

Estos días vuelve a estar de actualidad el supuesto «enigma filológico» de la «lanza en astillero» de Alonso Quijano / don Quijote de la Mancha («… no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua…», Don Quijote, I, 1), que habría quedado resuelto por el archivero e investigador José Cabello Núñez, con una explicación adoptada por Andrés Trapiello en su más reciente versión al español actual del Quijote, como ʻlanza a punto de ser usadaʼ y, por tanto, «lanza en ristre». En la nota de prensa difundida por la agencia EFE el pasado 8 de agosto, firmada por Alfredo Valenzuela («Archivero resuelve el enigma filológico de “lanza en astillero” del principio del Quijote»), y replicadada después en varios medios, leemos:

El malentendido con el significado de «en astillero» tardó en resolverse porque es una expresión que no registra el Diccionario de Autoridades. Y, como explica el propio Trapiello con cierta ironía en el prólogo a la última edición de su traducción, publicada este año, él mismo se fió de las notas de los filólogos que aseguraban que «astillero» era un armero para guardar astiles y armas. «Algunos de esos filólogos lo ilustraban incluso con un dibujico de lo más lindo. Reconstrucción pintiparada de lo que a su juicio era un ‘astillero’ del que no faltarían adargas, lanzones y demás chatarra». Lo añade Trapiello con la ironía que caracteriza tantos de sus escritos.

Ahora bien, para ser precisos hay que indicar que astillero, con esa acepción literal, sí figura en los diccionarios de época, concretamente en el Tesoro de la lengua castellana o española (1611) de Sebastián de Covarrubias. Cierto que no aparece como tal voz, astillero, pero sí se registra entre los diversos derivados de lanza, en la subvoz alancearse: «Lancera, que por otro nombre se dice astillero, de asta, es un estante en que ponen las lanzas, adorno de la casa de un hidalgo en el patio o soportal, con algunos paveses, arma defensiva española antigua».

Definición de lancera o astillero en el Tesoro de la lengua castellana 
o española (1611) de Sebastián de Covarrubias, s. v. alancearse.
Definición de lancera o astillero en el Tesoro de la lengua castellana
o española
(1611) de Sebastián de Covarrubias, s. v. alancearse.

Testimonio, por lo demás, nada novedoso, pues ya había sido aducido por muchos de los anotadores del Quijote. Ya Ignacio Arellano, en una entrada de su blog El jardín de los clásicos del 23 de julio de 2015, «La lanza en astillero —que no olvidada—de don Quijote», exponía con muy sensatas razones, tras recordar la definición de Covarrubias (estas palabras eran respuesta a la interpretación original de Trapiello ʻlanza ya olvidadaʼ):

Así que alguien sabe qué es un astillero. Y siendo este un adorno —es decir, un exhibido símbolo de calidad social— de la casa de un hidalgo, no es verosímil que la lanza estuviera en olvido: era, eso sí, una lanza antigua, arma de los antepasados de don Quijote, mucho tiempo inactiva, pero la colocación en el astillero revela precisamente que su dueño quiere dejar clara su hidalguía y su vocación militar. Era, no se olvide, aficionado a la caza, ejercicio sustitutorio de la guerra.

Una lanza olvidada se coloca en un desván, en el establo, en el vano de una escalera, con otros objetos inservibles. Pero no es esto lo que sucede con la de don Quijote.

Cada día, al salir de su casa o al entrar en ella, el ingenioso hidalgo vería su lanza en astillero, su adarga antigua —tampoco olvidada—, dándole voces silenciosas, y algo en su interior iría acumulando la energía suficiente para que por fin embrazara su escudo, empuñara esa lanza que todos los días atraía su mirada, y saliera a correr sus aventuras por el antiguo campo de Montiel y por todo el universo mundo.

No, la lanza de don Quijote no estaba en el olvido. Estaba exactamente en el astillero.

Astillero con lanzas en el Torreón del Gran Prior (Alcázar de San Juan, Ciudad Real). Foto: Carlos Mata Induráin (2019).
Astillero con lanzas en el Torreón del Gran Prior
(Alcázar de San Juan, Ciudad Real). Foto: Carlos Mata Induráin (2019).

En sentido semejante se expresaba Enrique Suárez Figaredo en un artículo publicado en Lanza Digital. Diario de la Mancha el 1 de mayo de 2019, «La interpretación pertinente de “lanza en astillero”»:

¿Por qué leer en sentido figurado lo que tiene una lectura recta? El astillero (no de «astilla», sino de «asta») para una lanza es algo similar a lo que se emplea para los rifles de caza. […] ¿Acaso había de tenerlo en el fondo de un armario sepultado por los abrigos? Que un hijo-de-algo aldeano tenga una vieja lanza en su astillero, no «detrás de la puerta», evidencia el melancólico y orgulloso recuerdo de los hechos de sus antecesores.

Queda claro, pues, a tenor de la definición que brinda el Tesoro de Covarrubias (recordemos su fecha: 1611), que los astilleros ʻestantes o perchas para colocar las lanzasʼ existían en la realidad; y no olvidemos el dato que aporta de que eran «adorno de la casa de un hidalgo», como lo era Alonso Quijano, un hidalgo —eso sí— que soñaba con ser caballero andante.

Tampoco estará de más recordar —aunque sea una obviedad— que una palabra o una expresión pueden tener distintos significados, dependiendo del contexto y de la situación en que se empleen. Que una palabra signifique algo no quiere decir que lo signifique siempre y en todo lugar. Pondré un ejemplo sencillo: la palabra banco, entre otras varias acepciones más, puede significar ʻentidad financieraʼ o ʻlugar donde sentarseʼ. El contexto y la situación nos llevan a entender cosas distintas si alguien dice: «Voy al banco, porque necesito sacar dinero» o «Voy al banco, porque necesito descansar». Pues bien, algo similar pasa con la expresión estar o poner algo en astillero.  Cierto que en la carta de un comisario real de abastos, de 1595, localizada por Cabello Núñez donde se habla de harina y trigo «puestos en astillero», la expresión vale efectivamente ʻestar listos, preparados para ser recogidosʼ; y lo mismo en los pasajes aducidos por Trapiello como por ejemplo «ya tenéis vuestro libro en astillero», de El pasajero (1616) de Cristóbal Suárez de Figueroa. Pero la expresión, en otros contextos, puede significar otra cosa distinta. Una sencilla consulta al Corpus diacrónico del español (CORDE, en línea) basta para localizar numerosos ejemplos de la expresión «en astillero», entre ellos la definición que da Gonzalo de Correas en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales (1627): «Estar en astillero. Lo ke no está en perfezión, komo las naves akabadas de fabrikar de madera sin averlas akabado de adornar» (mantengo las grafías que deseaba Correas para su texto). Me parece que esta definición no se ha señalado, al menos en las declaraciones y entrevistas de estos últimos días.

Por otra parte, varios de esos ejemplos que trae el CORDE, correspondientes a pasajes de novelas picarescas, testimonian el significado ʻcon apariencia deʼ que tiene la expresión ponerse en astillero. Por ejemplo, en Aventuras del bachiller Trapaza, quintaesencia de embusteros y maestro de embelecadores (1637, título significativo), leemos:

Una de las cosas que se lo estorbaban a Trapaza era haberse puesto en astillero de tan gran caballero en Madrid, huyendo no poco de verse donde estuviesen portugueses; porque, como la Corte es grande, érale fácil excusar las ocasiones de encontrarlos, por obiar el que se quisiesen informar de su persona, de quien había de dar mala relación si le preguntaban cosas de África.

El contexto necesario para entender este pasaje es que el pícaro Hernando protagonista de la novela, el bachiller Trapaza, finge ser un noble portugués de posibles, don Vasco Mascareñas, para contraer un matrimonio (que él cree muy ventajoso) con la viuda Estefanía: el pícaro se ha puesto «en astillero» de caballero, es decir, ha adoptado la falsa apariencia de caballero y no desea encontrarse con personas (los portugueses) que podrían desenmascararlo. Y en La niña de los embustes, Teresa de Manzanares, del mismo autor, tenemos la misma expresión, poner en astillero, con el mismo significado de ʻadoptar una apariencia falsa o engañosaʼ: «Marcela me decía que yo me tenía la culpa con que estaba, pues había dado alas a la hormiga para volar; esto era haber puesto en astillero de dama a quien era esclava».

No quiero decir, ni mucho menos, que este último sea el sentido operativo en la famosa frase del comienzo del Quijote, tan solo pretendo mostrar que la expresión estar o poner en astillero puede significar distintas cosas dependiendo del contexto y la situación en que se utilice. Y, sí, la lanza de Alonso Quijano perfectamente podía estar material y literalmente en el astillero de su casa de hidalgo, siendo adorno de la misma (como matizaba la definición de Covarrubias), no todavía ʻen ristreʼ, pero sí ejerciendo ya esa callada llamada a las aventuras caballerescas que comentaba Arellano, sensata y sencilla explicación por la que —permítaseme el juego de palabras— rompo ahora una lanza.

El «Romance del Corregidor de La Paz» de Hernando Sanabria Fernández

A Alicia Villar Lecumberri
y Santiago A. López Navia,
amigos cervantistas,
con cariño y amistad

El boliviano Hernando Sanabria Fernández cuenta en su haber con dos composiciones poéticas de temática cervantina; una es el soneto «En loor de Aldonza Lorenzo»[1] (publicado en 1978 con el seudónimo de José Lorenzo Vaca, cuyo comentario dejaré para otra ocasión) y, la que ahora me interesa destacar, su «Romance del Corregidor de La Paz». Pero, antes de entrar en materia, recordaré algunos datos biográficos del autor.

Cubierta del libro: Néstor Taboada Terán, Miguel de Cervantes Saavedra, Corregidor Perpetuo de la Ciudad de Nuestra Señora de La Paz, dibujos de Walter Solón Romero, La Paz, Plural Editores, 2005

Hernando Sanabria Fernández (Vallegrande, 1909-Santa Cruz de la Sierra, 1986) fue Licenciado en Derecho por la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca y Doctor en Derecho, Ciencias Sociales y Políticas por la Universidad Gabriel René Moreno de Santa Cruz de la Sierra. Ejerció muy diversos cargos públicos, y ocupó la Cátedra de Sociología en la Universidad Gabriel René Moreno y la de Literatura e Historia del Arte en la Escuela de Bellas Letras de Santa Cruz. Desempeñó funciones diplomáticas, como consejero cultural en la embajada de Bolivia en España. Recibió, entre otras distinciones, la Medalla Nacional de Cultura, la Orden Boliviana de la Educación, la Orden Española del Mérito Civil y el Cóndor de los Andes[2]. Como escritor, publicó sobre temas muy variados (arqueología, economía, folclore, geografía, historia, lingüística, literatura, etc.). Periodista activo y docente, crítico, historiador y biógrafo[3], en el terreno de la creación literaria cultivó los géneros de la poesía (Figuras de antaño, poemario escrito en 1932, pero no publicado hasta 1976; Poemas provincianos, 1963), la novela (La de los ojos de luna, 1974) y el cuento (Cactus del valle,1986).

Sanabria Fernández tuvo una destacada actividad cervantina. En una entrevista para El Diario de La Paz aparecida el 27 de noviembre de 1977 declaraba:

Soy un apasionado cervantista. Resumiendo puedo decir que simplemente tengo aquí la devoción cervantina y el vincular esta mi devoción cervantina con mi devoción por mi patria, por aquello de que Cervantes quiso ser Corregidor de La Paz y un compañero de Cervantes, Pedro Ozores de Ulloa, vino a prestar servicio al rey en nuestro territorio[4].

En su obra, en efecto, se incluyen varios ensayos cervantinos. Así, en 1947 ganó el primer premio del concurso sobre Miguel de Cervantes con su trabajo Cervantes, Quijote, Sancho, en la ciudad de La Paz, convocado por varias instituciones en conmemoración del IV Centenario del nacimiento de Cervantes. Treinta años después, en 1977, ingresó como miembro de número a la Academia Boliviana de la Historia, y su trabajo de ingreso fue Un compañero de Cervantes en tierras de Charcas, hoy Bolivia. Y en noviembre de 1980 fue nombrado miembro académico numerario de la Academia Boliviana de la Lengua, siendo en esta ocasión su discurso de ingreso Cervantes y don Quijote en la literatura boliviana[5]. Cuenta con otros artículos cervantinos, algunos publicados y otros inéditos, y además concibió la idea de escribir una obra titulada Un boliviano en La Mancha. Excursión por tierras de don Quijote en España, como resumen de sus vivencias al realizar una por la Mancha en el año 1979, cuando se encontraba en España en misión diplomática.

En su «Romance del Corregidor de La Paz» evoca a Cervantes pobre, pese a todos sus méritos, pretendiente de un cargo en las Indias, entre ellos el de Corregidor de La Paz, que estaba vacante. Y el romance nos presenta al personaje en esa tensa espera de la resolución de su solicitud. Una tarde vemos a Cervantes cambiado: «Es otro hombre, ha ganado / honores, fortuna y prez…»). Pero, en realidad, todo ha sido un sueño. Su esposa Catalina lo despierta, precisamente para decirle que ha llegado un documento oficial con la respuesta: «No ha lugar a la demanda…». Cervantes, pese a todo, se muestra ilusionado, pues nadie puede quitarle ya la dicha de lo soñado. Y la composición se cierra con estos versos: «Aquí termina el romance / del insigne don Miguel, / Corregidor de La Paz / que no pudo ser y fue». No lo pudo ser, en la realidad biográfica, pero lo fue, aunque fuese en sueños, al igual que don Quijote fue caballero andante en su imaginación.

El poema —que anotaré someramente— dice así:

Ya envejece el buen hidalgo,
ya tiene magra la piel
y surcan su rostro arrugas
y nieva sobre su sien.
Le mancaron en Lepanto,
luchando contra el infiel;
unos piratas moriscos
le aprisionaron después
y ha sufrido largos años
de cautiverio en Argel.
Tiene escritos varios libros
de novelas y entremés
y es dilatada la cuenta
de sus servicios al rey.

Mas nada de todo aquello,
nada le ha hecho merecer
y anda escaso de privanzas
y de dineros también.

Buscando en las antesalas[6]
plaza en que pueda caber,
ha dado con la noticia
de que en las Indias del rey
hay cuatro cargos vacantes
que se van a reponer[7].

Los solicita por carta
en que invoca su estrechez
y los méritos ganados
en Lepanto y en Argel.

De las[8] cuatro dignidades
cualesquiera le está bien;
mas, si en lance de fortuna
le fuera dado escoger,
por[9] la del corregimiento
de La Paz optara él.

Van quince días de espera,
quince días de mudez,
cuando una tarde, cansado
por el inútil vaivén,
se recoge a echar en casa
la modorra del lebrel.

Es otro hombre, ha ganado
honores, fortuna y prez
en las Indias de la fama
que le tentaron ayer.
De los cargos requeridos
el corregimiento fue
de La Paz en el Chuquiago[10]
lo que se le dio en merced.

Helo ahí empuñando vara
de autoridad y de juez
en la ciudad que se tiende
de un alto nevado al pie[11]
y en cuyo río hay más oro
que joyas en un joyel[12].

Los hispanos[13] le obedecen
y le tratan de usarced[14]
y los hijos de la tierra
le besan manos y pies.

No le hacen mella la puna[15]
con su viento helado y cruel,
ni le fatigan las breñas,
ni al caminar da traspiés.
Va de un lado para otro
con el garbo de un doncel[16].

No ha olvidado, no por cierto,
sus aficiones de ayer:
escribe y llena cuartillas
con algo que nadie ve.

Siente un sacudón. Se yergue.
Alguien le llama: —¡Miguel!
(Así en privado le trata
la de Esquivias, su mujer[17].)
Se trae esta el gesto airado
y en las manos un papel.

Sin levantarse del todo,
toma el documento y lee:
«No ha lugar a la demanda,
ni a lo pedido por él.
Busque por acá y no en Indias
en qué se le haga merced»[18].

Vino el soñar con la siesta
y con la siesta ido es.
Mas nadie puede quitarle
la dicha del sueño aquel,
que si los sueños son vida[19],
se viven alguna vez.

Aquí termina el romance
del insigne don Miguel,
Corregidor de La Paz
que no pudo ser y fue[20].


[1] El texto está en Luis R. Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia: su imperecedero legado. Con ilustraciones y semblanzas de los artistas y escritores que engalanan el presente compendio, La Paz, Correos de Bolivia / PROINSA Industrias Gráficas, 2009, p. 207.

[2] Puede verse una semblanza más completa en Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, pp. 298-309; ver también Gilberto Rueda Esquivel, «Hernando Sanabria Fernández (1909-1986)», Fuentes. Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional (La Paz), vol. 13, núm. 63, 2019, pp. 67-74.

[3] Entre sus títulos no literarios se cuentan El habla popular de Santa Cruz, Cancionero popular de Vallegrande, Música popular de Santa Cruz, Breve Historia de Santa Cruz, En busca de Eldorado: la colonización del Oriente boliviano, Crónica sumaria de los gobernadores de Santa Cruz, Apiaguaiqui-Tumpa, biografía del pueblo chiriguano, Ñuflo de Chávez, el caballero andante de la selva, Cañoto, un cantor del pueblo en guerra heroica, La ondulante vida de Tristán Roca, Tradiciones, leyendas y casos de Santa Cruz de la Sierra, Iuparesa o La muña ha vuelto a florecer, entre otros.

[4] Cito por Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 307. Para la cuestión del corregimiento perpetuo de La Paz, ver Néstor Taboada Terán, Miguel de Cervantes Saavedra, Corregidor Perpetuo de la Ciudad de Nuestra Señora de La Paz, dibujos de Walter Solón Romero, La Paz, Plural Editores, 2005.

[5] Puede leerse en Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, pp. 615-636.

[6] antesalas: las del palacio real, donde los pretendientes intentaban ser atendidos —muchas veces de forma infructuosa— en sus demandas de puestos y mercedes.

[7] Las cuatro vacantes a las que aspiraba Cervantes en 1590 eran la contaduría del Nuevo Reino de Granada (Colombia), la gobernación de Soconusco (Guatemala), la contaduría de las galeras de Cartagena de Indias (Colombia) o el corregimiento en La Paz (Guatemala).

[8] Añado el artículo «las».

[9] Añado la preposición «por».

[10] Chuquiago (Chuquiyapu Marka) es el nombre aimara del área geográfica que más tarde se convirtió en la ciudad de La Paz.

[11] El Illimani es una montaña nevada ubicada cerca de la ciudad de La Paz. Con sus 6.460 metros de altura, es la más alta de la Cordillera Real y la segunda de Bolivia, tras el nevado Sajama.

[12] en cuyo río hay más oro / que joyas en un joyel: alude al río Choqueyapu ‘señor de oro’, que es el principal curso de agua de la ciudad de La Paz. «Don Diego Cabezade Vaca nos relata que “la gente de este asiento y pueblo de Chuquiago tenía por adoración una guaca que llamaban Choqueguanca, que quiere decir ‘señor de oro que no mengua’”. Muy probablemente esta guaca o lugar sagrado estuvo en algún lugar del curso del Choqueyapu» (Ximena Medinaceli, «¿La Paz, ciudad de cerros o de ríos?», Ciencia y Cultura. Revista de la Universidad Católica Boliviana «San Pablo», vol. 4, núm. 7, 2000, p. 46).

[13] hispanos: los criollos, los descendientes de españoles; después con hijos de la tierra se refiere a los indígenas. Unos y otros, todos en La Paz, saludan respetuosamente y estiman a Cervantes.

[14] usarced: lo mismo que vuesarced o vuesa merced, tratamiento de cortesía y respeto.

[15] puna: «Extensión grande de terreno raso y yermo» (DLE); el apunamiento o soroche es el mal de altura.

[16] doncel: muchacho joven.

[17] la de Esquivias, su mujer: Catalina Salazar y Palacios, natural de Esquivias (Toledo), con la que casó el escritor en 1584. Todo lo anterior ha sido un sueño, del que despierta Cervantes al oír el grito de su esposa llamándolo, como explicita el poema unos versos más adelante.

[18] Busque por acá y no en Indias / en qué se le haga merced: en efecto, «Busque por acá en qué se le haga merced» fue la lacónica respuesta del Consejo de Indias, en junio de 1590, a la pretensión de Cervantes de pasar a América.

[19] si los sueños son vida: formulación que vuelve del revés el tópico de la vida es sueño, popularizado por el célebre drama de Calderón.

[20] Texto en Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, pp. 310-312. Aunque es un romance, mantengo la separación en «estrofas» que trae Quiroz. Fue reproducido también en Hernando Sanabria Fernández, Romances de mi tierra, Santa Cruz de la Sierra, Fondo Editorial del Gobierno Municipal de Santa Cruz de la Sierra, 1997, pp. 239-241.

«Toda, reina de Navarra» (1991) / «El viaje de la reina» (1996) de Ángeles de Irisarri (3)

Por lo que toca a los personajes, uno de los aspectos más destacados de la novela[1] es precisamente el retrato de la reina doña Toda, viuda de Sancho Garcés I de Navarra. En la publicación original, su protagonismo quedaba resaltado al figurar su nombre en el propio título: Toda, reina de Navarra. En la reedición de 1996, al nuevo título de El viaje de la reina se le añaden unas palabras-resumen que prefiguran el contenido: «De cómo la intrépida reina Toda de Navarra realiza un viaje de Pamplona a Córdoba en el año mil». Y, en efecto, es esa intrepidez de la anciana viuda la que domina toda la novela, desde el comienzo hasta el final.

Toda Aznárez de Pamplona

El rey propietario del trono de Navarra es su hijo García Sánchez, casado en segundas nupcias con doña Teresa, pero ella sigue siendo la verdadera soberana en Pamplona: «Si hacía lo que hacía, si disponía más de lo que una reina viuda y anciana debería disponer, era porque los demás no disponían, porque nadie hacía, y alguien debía hacer, en puridad, en el reino de Navarra…» (p. 18). Toda, a sus ochenta y dos años, semeja una emperatriz; fue la regente de su hijo, árbitro y capitana en un reino de hombres; compartió la regencia con su cuñado Jimeno Garcés y conservó el reino para su García apoyada en unos pocos leales. Con su hijo llorando melancolías de amor en la torre de asalto y con su nieto, el rey gordo, encerrado también en la misma, Toda se convierte en la verdadera responsable de la expedición. Cuando han de cruzar un viejo puente de madera sobre el río Arga y el miedo atenaza a los miembros de la comitiva, ella sube decidida a lo alto de la torre y grita «¡Adelante, por Navarra!», enardeciendo a los suyos. Más tarde Toda recorrerá el campamento sin que le arredre el fuerte viento del Ebro, mostrando una vez más su carácter enérgico. En todo momento Toda actúa como señora, reina y madre. Como madre, se preocupa de su hijo y de los demás familiares; como reina, sueña con una alianza de todos los reinos cristianos y pretenderá reconquistar al califa la ciudad de Córdoba. De hecho, ese es uno de los motivos secretos que le guían a emprender tan pesado viaje: tomar nota personalmente de las condiciones defensivas de la ciudad andaluza, para poder apoderarse de ella en el futuro.

Sin embargo, Toda a veces se siente sola. Sola y cansada. En un determinado momento de la acción leemos estas palabras que resumen su estado anímico: «¿Dó va Toda Aznar enloquecida? Enloquecida, sí. ¿Qué hace una reina octogenaria subiendo a una máquina de guerra con peligro de su vida?» (p. 52). El retrato de la anciana está en parte idealizado; pero la idealización no es total. Al lado de sus ambiciosos proyectos políticos, el narrador menciona también los achaques de su vejez: se nos informa de que Toda sufre de estreñimiento, y son continuas las alusiones a su bacinilla de evacuar; las visitas a las letrinas o sus dificultades para obrar nos muestran el lado humano (el más humano, el de las necesidades fisiológicas) de la reina. Además, sabemos que Toda está algo mal de la cabeza y que confunde ciertas cosas: «Algo no le bulle bien en el cerebro y es ciega para su familia» (p. 52). En cualquier caso, no renuncia al viaje, pese a que su camarera Boneta le advierte que no ha de ser nada bueno para ellas.

Si se insiste en comentar los sueños imperiales de doña Toda, que pasan por la formación de una gran alianza de todos los reinos cristianos, acto seguido se aportan también más datos sobre su estreñimiento: se dice que quizá le salgan almorranas si hace esfuerzos por defecar. Toda, iracunda, sigue siempre los impulsos del corazón: «Es la sangre de los Arista que llevo y me rebosa», comenta (p. 63). Está cansada de tener que tomar tantas decisiones (p. 107) y nota que pierde energía. En ningún momento se olvida de sus sueños para acrecer el reino de Navarra de mar a mar (p. 133). Ordena ajusticiar a cuatro rebeldes para poner fin al motín que estalla durante el viaje, pero al mismo tiempo se siente vieja y cansada, por permitir la sedición en su casa. También se enfada con Al Katal, caíd de Guadalajara, porque no le ha dado el tratamiento de reina, sino el de dominissima. Y se reitera la idea de su cansancio: «Tal vez Boneta llevara razón y fuera un viaje descabellado para una anciana que ya no era reina» (p. 148). A lo largo de la novela se insiste en que Toda hizo a Navarra, en que ella fue la verdadera hacedora del reino: su esposo Sancho Garcés lo extendió, pero ella lo aseguró. Su personaje es casi el de una quijotisa, y así queda patente cuando el narrador nos habla de una «Toda Aznar desfaciendo entuertos y dirimiendo cuestiones» (p. 263).

Las alusiones a las disputas de las dos reinas de Pamplona, Andregoto de Aragón y Teresa Alfonso (la esposa repudiada por don García y la sustituta), constituyen otra buena ocasión para retratar el carácter decidido y autoritario de la vieja Toda:

Había demasiadas reinas en Pamplona para un reino tan chico. Teresa, Andregoto, la repudiada, y ella que no había dejado de serlo. Siendo sincera, la única reina de Navarra era ella, que era quien verdaderamente hacía y deshacía. Unas veces por necesidad, pues nadie hacía ni deshacía, y otras por propio gusto, pues lo de hacer y disponer le venía de la sangre del rey Enneco, el primer rey de Pamplona. Sus nueras nunca pretendieron ensombrecerla ni relegarla en la primacía de la corte, sencillamente aceptaron la preeminencia de la reina madre, que había sido ganada en las batallas. Y se conformaban con ser menos reinas, con que Toda les cediera el paso cuando se encontraban en los pasillos del castillo, con presidir los actos oficiales al lado de García o con oír misa o comer a su derecha, sin entrar en el negocio de la gobernación. Ella, Toda Aznar, nunca olvidó esos pequeños detalles y sus nueras fueron unas damas muy principales pero no unas reinas al completo (pp. 269-270).

Otra prueba de que doña Toda se siente vieja es que no interviene cuando los locos las atacan en Córdoba: «¿Era la vejez imparable…? ¡Ah, no!» (p. 296). Desde ese momento tiene prisa por volver, para que acaben de una vez las contrariedades e incidentes que tanta mella hacen en su espíritu. A la vuelta, como a la ida, todo lo organiza Toda, «aquella mujer brava como ninguna, tan entera siempre y maternal para todos…, tan amiga de sus amigos…» (p. 326). También queda retratada como hábil política y estratega: ella y el califa, su sobrino Abderramán, son viejos zorros, amigos o enemigos según las circunstancias y los intereses particulares de cada momento; saben que su amistad no puede ser duradera, aunque en la despedida sientan cariño el uno por el otro: «Juntos hubieran realizado cosas muy grandes, pero les separaban muchas otras…» (p. 326).

El epílogo nos informa de la muerte de doña Toda con unas concisas palabras latinas: «Tota, regina, obiit». Pero sabemos que antes de fallecer escribió varias cartas. «Dellas leo y transcribo sólo parte, pues están muy borradas», apunta doña Gaudelia. Esas líneas finales con sus disposiciones insisten en su carácter enérgico: pide a su nieto que demore la entrega de los castillos al moro y le aconseja que preñe pronto a su esposa; a Andregoto quiere casarla con Odilón; a Elvira le ordena que vigile a su hermano Sancho. Doña Toda escribe a otros muchos personajes, con recados que van desde los consejos políticos hasta los remedios caseros para curar una fiebre. Al final se afirma que Toda fue «la mejor mujer de Navarra» (p. 340)[2].


[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

«A Don Miguel de Cervantes Saavedra», tríptico de sonetos de Abel Alarcón de la Peña

El abogado boliviano Abel Alarcón de la Peña (La Paz, 1881-Buenos Aires, 1954) fue novelista y poeta. Ejerció la docencia en universidades de diversos países: primero en La Paz, y luego en Santiago de Chile (1920-1922), en Estados Unidos (1923-1925) y en Austria (1932-1934). Tras regresar a Bolivia en 1935, fue director de la Biblioteca Nacional, jefe de la Sección Consular del Ministerio de Relaciones Exteriores y secretario, hasta su muerte, de la Academia Boliviana de la Lengua. Cultivó la novela histórica con títulos como En la corte de Yahuar-Huacac: novela original incaica (1916), California la bella (1926) y Érase una vez… Historia novelada de la Villa Imperial (1935). Libros de poesía son Pupilas y cabelleras (1904), El Imperio del Sol (1909), Relicario (1919) o A los genios del Siglo de Oro (1948). Entre sus volúmenes de relatos cabe citar Insomnio (1905), De mi tierra y de mi alma (1906) y la recopilación Cuentos del viejo Alto Perú (1936). En el terreno del ensayo es autor de La literatura boliviana, 1545-1916 (1917) y de la miscelánea Cuadros de dos mundos (1949)[1].

De entre su producción literaria, me interesa destacar ahora su composición «A don Miguel de Cervantes Saavedra. Su vida. Su obra. Su gloria». Se trata de un tríptico de sonetos que se publicó en La Razón de La Paz, el 12 de octubre de 1947, con ocasión del IV Centenario del nacimiento del escritor[2]. La primera de las tres composiciones es la dedicada a «Su vida»; los dos versos iniciales destacan la «existencia azacanada» de Cervantes y lo presentan «fuerte en la lucha, digno en el quebranto»; los doce restantes ponen de relieve sobre todo su heroica participación en la batalla de Lepanto (ocurrida el 7 de octubre de 1571):

Gran varón de existencia azacanada,
fuerte en la lucha, digno en el quebranto,
con Juan de Austria[3] te hallaste en la alborada[4]
de aquel rútilo[5] día de Lepanto,

cuando anunció victoria coronada
un torbellino azul todo hecho canto,
y el turco vio en pedazos a su armada,
y entre velas huyó lleno de espanto.

El arma del infiel te abrió en el pecho
dos heridas, cual fueran dos claveles,
y perdiste, «por honra del derecho»[6]

legado por el Cid[7], la izquierda mano;
con que ayudaste a sumergir bajeles
a don Juan, de la guerra el soberano.

Cervantes en Lepanto

El segundo soneto, «Su obra», lo evoca cautivo en Argel y en la cárcel de Sevilla («Hispalis», v. 6) y califica al Quijote, con expresión quiasmática, como «de ideal realismo unión sublime» (v. 9) y a don Quijote como «un loco que enseña y que redime» (v. 11):

De cada adversidad sacaste lumbre:
por un lustro en Argel hecho cautivo,
tus años, en olvido y pesadumbre,
en dramas resumió tu genio altivo[8].

Más tarde, celda, apenas con vislumbre[9],
de la cárcel de Hispalis[10]: terror vivo,
sima para otros; para ti fue cumbre
que te inspiró tu Hidalgo admirativo[11].

De ideal realismo unión sublime,
es tu novela que deleita al mundo
con un loco que enseña y que redime.

Vives tus seres, sus diversos modos:
eres Sancho, Ginés[12], tu vagabundo,
y de tu varia vida viven todos.

Cabe destacar además la idea de que la experiencia vital del autor alimenta a sus personajes (vv. 12-14).

En fin, el tercero, «Su gloria», califica la obra de Cervantes como «mirífica expresión del Siglo de Oro» (v. 2) y recuerda en los vv. 9-11 los dos principales vínculos cervantinos con Bolivia, a saber: las menciones del Potosí en el Quijote y la demanda del cargo de Corregidor de la Paz. Este es el texto:

Tu obra es alcázar de arte, dulce asilo,
mirífica[13] expresión del Siglo de Oro
que vierte al orbe en su faustoso[14] estilo
de nuestro dúctil léxico el tesoro.

Junto al sitial de Homero y el de Esquilo[15]
ves pueblos que te ensalzan, magno coro;
Bolivia, de sus montes por el filo,
te eleva en gratitud himno sonoro.

Que a Potosí das lustre veneciano[16]
y a La Paz un blasón en tu discreta
demanda por regir su pueblo ufano.

Tu alma sidérea claridad[17] expande:
¡Grande en medio los grandes cual poeta!
¡Entre los novelistas tú el más grande!…


[1] Una semblanza del autor puede verse en Luis R. Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia: su imperecedero legado. Con ilustraciones y semblanzas de los artistas y escritores que engalanan el presente compendio, La Paz, Correos de Bolivia / PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 189-195.

[2] Tomo el texto, con ligeros retoques en la puntuación, de Quiroz, Cervantes y don Quijote en Bolivia, pp. 196-197, donde el título figura como «D. Miguel de Cervantes Saavedra» (sin la preposición A al comienzo).

[3] don Juan de Austria: el hermanastro de Felipe II, que comandaba la Liga Santa contra el turco.

[4] alborada: amanecer.

[5] rútilo: rutilante, brillante.

[6] Compárese Cervantes, Viaje del Parnaso, I, vv. 214-216: «Bien sé que en la naval, dura palestra, / perdiste el movimiento de la mano / izquierda, para gloria de la diestra». En efecto, en aquella batalla Cervantes recibió tres heridas de arcabuz, dos en el pecho y otro en la mano izquierda, que quedó inútil (en ello consistió la manquedad de Cervantes, no en que se la cortaran).

[7] La lucha contra el infiel (v. 9) equipara a Cervantes con el gran guerrero Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.

[8] en dramas resumió tu genio altivo: el cautiverio en Argel dejó honda huella en la producción cervantina, desde la historia intercalada del capitán cautivo en el Quijote hasta —a lo que se alude aquí específicamente— algunas de sus piezas teatrales —comedias de cautivos— como Los tratos de Argel, Los baños de Argel, La gran sultana y El gallardo español. Para el cautiverio de Cervantes en Argel y sus ecos en sus obras es esencial la monografía de María Antonia Garcés, Cervantes en Argel. Historia de un cautivo, Madrid, Gredos, 2005.

[9] apenas con vislumbre: oscura, con poca luz.

[10] Hispalis: sería más correcto «Híspalis» como antiguo nombre de la Sevilla de Hispania, pero ciertamente el ritmo del endecasílabo pide más bien la acentuación «Hispalis», que es la lectura que trae Quiroz y que mantengo.

[11] cumbre / que te inspiró tu Hidalgo admirativo: se hace eco aquí Abel Alarcón de la idea muy extendida de que el Quijote habría sido escrito en la Cárcel Real de Sevilla en 1597 (o en alguna otra prisión, como la de Castro del Río —Córdoba— en 1592), tomando en sentido literal lo que dice Cervantes en el prólogo de la Primera parte del Quijote: «¿Qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?». Ahora bien, engendrar no implica necesariamente ‘escribir, redactar’, sino que puede referirse a ‘imaginar, concebir en el pensamiento’.

[12] Ginés: alusión a Ginés de Pasamonte, el preso más peligroso de los que forman la cadena de galeotes (Quijote, I, 22).

[13] mirífica: admirable, maravillosa.

[14] faustoso: mantengo esta lectura (que recoge el DLE), sin que sea necesario enmendar a «fastuoso».

[15] Homero y Esquilo serían los modelos, respectivamente, de la narrativa (poesía épica) y el teatro.

[16] a Potosí das lustre Veneciano: Cervantes menciona dos veces Potosí en el Quijote; en la primera se trata de una referencia geográfica para connotar ‘lejanía’, en concreto las largas distancias que puede recorrer volando el caballo Clavileño: «De allí le ha sacado Malambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dél en sus viajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoy está aquí y mañana en Francia y otro día en Potosí; y es lo bueno que el tal caballo ni come, ni duerme ni gasta herraduras…» (II, 40); pero es la segunda la que aquí explica el sintagma lustre veneciano, cuando don Quijote se ofrece a pagar dinero por los azotes que Sancho debe darse para desencantar a Dulcinea» y equipara las minas de Potosí con el rico tesoro conservado en la basílica de San Marcos, capilla de los duces venecianos: «Si yo te hubiera de pagar, Sancho —respondió don Quijote—, conforme lo que merece la grandeza y calidad deste remedio [los tres y mil y trescientos azotes que debe darse «en ambas sus valientes posaderas» para desencantar a Dulcinea], el tesoro de Venecia, las minas del Potosí fueran poco para pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío, y pon el precio a cada azote» (II, 71).

[17] sidérea claridad: claridad sideral, como de estrella.

Avalle-Arce, editor de las obras cervantinas

Juan Bautista Avalle-Arce editó la narrativa completa de Cervantes (La Galatea, el Quijote, las Novelas ejemplares y el Persiles), más sus entremeses. En una valoración general, podría decirse que, si bien desde el punto de vista textual sus ediciones se han visto superadas por otras posteriores, en el momento de su aparición supusieron aportaciones muy notables. Y la circunstancia de que varias de ellas apareciesen en colecciones de clásicos de amplia difusión (Espasa Calpe o Castalia), ha hecho que sean ediciones muy manejadas. Con la brevedad obligada, ofreceré unas notas sobre estas ediciones.

De La Galatea preparó dos ediciones para Espasa Calpe, una en la serie antigua de la colección «Clásicos Castellanos» (Madrid, Espasa Calpe, 1961, 2 vols.; col. «Clásicos Castellanos», núms. 154-155; nueva ed. en 1968) y otra diferente en la nueva (Madrid, Espasa Calpe, 1987; col. «Clásicos Castellanos», Nueva serie, núm. 5). En la versión de 1961, como el propio autor indica en nota, la «Introducción» (pp. VII-XXXI) constituye un resumen de lo que decía en su monografía sobre La novela pastoril española, donde se contiene su interpretación «de este género tan apartado de la sensibilidad actual» (p. VII, nota). Los epígrafes —«Tradición e innovación», «Historias intercaladas», «La Galatea y la obra cervantina», «El concepto del amor», «La naturaleza», «Movimiento novelístico pendular» y «La realidad histórica»— apuntan los temas abordados. En el apartado final, «Esta edición», explica que ha seguido fielmente el texto de la edición príncipe (Alcalá, Juan Gracián, 1585), subsanando las erratas evidentes, pero indicando en nota al pie cualquier cambio introducido. Indica que «he modernizado la puntuación y la ortografía, aunque en esta he mantenido las formas que pueden servir para caracterizar la prosodia de la época» (p. XXXI; se refiere a formas como escrebir, accento, etc.). En cuanto a las notas aportadas, explica que al editar el Canto de Calíope se limita dar «en forma sucinta la información que no se halla en las ediciones anteriores de esta novela». El volumen II trae un «Índice de los primeros versos» y un listado con los «Ingenios celebrados en el Canto de Calíope». Incluye una anotación pertinente para aclarar los principales aspectos de la novela necesitados de comentario (notas léxicas, morfológicas, sobre personajes históricos, mitológicos, motivos culturales, etc.).

En la nueva serie, la Introducción (pp. 5-48) incluye estos apartados: «La Galatea en la tradición pastoril», «Encubiertamente antipastoril», «Un Jano literario: La Galatea entre el pasado y el porvenir artístico», «“Razonar casos de amor”», «La ambivalencia ideal de La Galatea» y «La realidad histórica de La Galatea». También se indica que se ha seguido fielmente el texto de la edición príncipe; pero la novedad más destacada —y sorprendente— es que, frente a la edición modernizadora de 1961, se pasa ahora a una edición paleográfica (quizá por imperativos editoriales), con grafías como occupación, exercicio, satisfazer, dulçura, ábito, pressuroso, etc., que dificultan la lectura para el lector no especializado.

También editó el Quijote en Alhambra (Madrid, Alhambra, 1979, 2 vols., con reediciones en 1988 y 1996). Basándose en los estudios de R. M. Flores, reproduce el texto de las ediciones madrileñas de Juan de la Cuesta (1605, 1615), con modernización de la ortografía, la acentuación y la puntuación (y, en algunos casos, aplica las adiciones o cambios de la segunda edición de Juan de la Cuesta). Es edición que Jaime Fernández califica de excelente («una de las cinco más prestigiosas de este siglo»[1]). No tan positiva es, en cambio, la valoración de Montero Reguera: «Este trabajo editorial de Avalle-Arce necesitaría ser revisado pues el número de erratas y malas lecturas empaña una sólida labor crítica»[2]. En el estudio preliminar analiza la estructura del Quijote, rechazando la teoría de que se concibiera originalmente como una novela corta, y comenta los principales temas y personajes, destacando la importancia de la tradición del amor cortés en la construcción de la relación don Quijote-Dulcinea. Se añade un apartado dedicado a «Cervantes ante la novela» y la correspondiente nota bibliográfica. Las notas, abundantes sin caer en el exceso, sirven para aclarar los principales aspectos históricos, léxicos, las fuentes literarias, etc. Se añaden unos útiles índices de nombres propios, de títulos de obras literarias, de primeros versos y de temas de interés[3].

Novelas ejemplares de Cervantes, edición de Avalle-Arce

Avalle-Arce editó en 1982 (y hay ediciones posteriores) las Novelas ejemplares en la conocida colección de «Clásicos Castalia» (en 3 vols., núms. 120, 121 y 122)[4]. El primer volumen incluye La gitanilla, El amante liberal y Rinconete y Cortadillo. La «Introducción» de esta primera entrega (pp. 9-37) sitúa las Novelas ejemplares en el contexto de la producción narrativa cervantina; y después analiza su prólogo, la novedad que supone la colección, la calificación de ejemplares («Son ejemplares, evidentemente, porque pueden servir de ejemplo y modelo a las nuevas generaciones artísticas españolas», p. 17), así como el meditado orden de colocación cada una de las piezas en el conjunto. Después, como el crítico expresa, se limita a ofrecer «una presentación decorosa de cada una de las novelitas» (p. 19). No es posible resumir sus ideas sobre «esa galería de pequeñas maravillas literarias» (p. 24) que son las doce narraciones: de La gitanilla explora, especialmente, su relación con la picaresca; considera que El amante liberal es una novelita bizantina que se transforma en novela de aventuras con una «trabada y armónica estructura narrativa» (p. 31); en fin, Rinconete y Cortadillo muestra el «desencuentro total [de Cervantes] con la picaresca canónica» (p. 35). En el volumen II se editan La española inglesa («una pequeña maravilla de sabiduría constructiva» que apunta ya al Persiles), El licenciado Vidriera (son interesantes las analogías del personaje con don Quijote en la locura y su polionomasia), La fuerza de la sangre («es un audaz experimento novelístico y un fracaso, al mismo tiempo», p. 25) y El celoso extremeño (analiza esta «novela del solipsismo» en relación con el entremés de El viejo celoso, al tiempo que se comentan los cambios que se producen en el paso de la versión manuscrita al texto impreso de 1613). El volumen III incluye La ilustre fregona («otro ensayo de emulación del género picaresco», p. 7, con un pícaro, Carriazo, sui generis, pues se trata de un «pícaro virtuoso»), Las dos doncellas (es una «aleación de temática pastoril con técnica narrativa de novela de aventuras», p. 16), La señora Cornelia («novela tan simpática como inverosímil», p. 18), El casamiento engañoso y el Coloquio de los perros («Son dos novelas distintas, dos unidades perfectamente diferenciadas» pero, consideradas en conjunto, «constituyen el más audaz experimento artístico contenido en las Novelas ejemplares», p. 20), títulos a los que se suma La tía fingida (que no forma parte del corpus de las Novelas ejemplares, pero que va asociada a ellas: «Es mi opinión, tan convencida como subjetiva, de que Cervantes no la escribió», p. 33).

En cuanto a la edición del texto, reproduce la edición prínceps de 1613 modernizando las grafías, la acentuación y puntuación (ver más detalles en la «Nota previa» del volumen I, pp. 47-49). En el caso de Rinconete y El celoso, edita las versiones del manuscrito Porras de la Cámara como apéndices a los textos impresos en 1613. Y La tía fingida se añade —edita dos versiones: el texto del manuscrito de la Biblioteca Colombina y el de la edición berlinesa de Franceson-Wolf— como un apéndice a todo el conjunto: «De esta manera el estudioso tendrá entre sus manos todos los textos relacionados con las Novelas ejemplares, de cerca o de lejos, con justicia o sin ella» (I, p. 48). Explica que «constituye casi una pedantería reproducir, con mayor o menor fidelidad, el texto [se refiere más exactamente a las grafías del texto] de la edición príncipe» (p. 47); habla de «ese complejo filológico que nos hacía reproducir la edición príncipe en todas sus menudencias, con los consecuentes sinsabores de lectura» (p. 47). Por ello, «urge presentar al lector una edición que represente a la princeps en sus mayores líneas, sin aferrarse a ella en nada que tenga que ver con los detalles» (p. 47). Comenta el editor que ha tratado los textos de las Novelas ejemplares «con el respeto y decoro que merecen» (p. 33). Pero, desde el punto de vista textual, el mayor reparo que puede ponerse a esta edición es esa modernización «a ultranza y a sabiendas», que resulta excesiva, sin respetar los límites marcados por la fonética: así, formas como tinientes, adquerido, cosarios, recaudo, plática, contino o alpargates se transforman en tenientes, adquirido, corsarios, recado, práctica, continuo y alpargatas, respectivamente. Las notas, «aun cuando intentan alcanzar a un lector general, son muy valiosas»[5].

El Persiles también fue editado por Avalle-Arce en Castalia, en el año 1969 (con ediciones posteriores: manejo la de 1992). La «Introducción biográfica y crítica» (pp. 7-27) sitúa la obra editada en el contexto literario en que aparece, es un breve recorrido por la biografía de Cervantes y el conjunto de su obra. Explica que Cervantes no le pudo dar la última lima, de ahí la desordenada estructura de ciertos párrafos, escritos a vuelapluma, y el «extraño método epigráfico usado en la división de capítulos» (p. 12). Comenta que «el Persiles se quedó un poco “en torso”, falto de la amorosa última mano del autor» (p. 13). Se refiere a su génesis (los dos primeros libros escritos entre 1599 y 1605, y los libros III y IV en el periodo 1612-1616, lo que explica las diferencias temáticas, estilísticas, de influencias, etc., que existen entre los dos bloques: I-II / III-IV) y su relación con La española inglesa, que es «una miniatura del Persiles» (p. 19). Luego dedica páginas al análisis de la cadena del ser, «metáfora tradicional para expresar la plenitud, el orden y la unidad de la creación divina» (p. 20); sin este motivo, el Persiles no se entiende: escala ontológica de perfeccionamiento: la cadena del ser es «el supuesto mental sobre el que descansa la concepción del Persiles» (p. 22). En fin, el estudio se remata con el análisis del bizantinismo del Persiles, de su ejemplaridad, y de la peregrinación como símbolo de la vida humana. La intención universalizadora de la novela es lo que explica que los personajes principales sean unidimensionales y acartonados.

En la «Noticia bibliográfica» explica que «hasta ahora el único texto fidedigno y aconsejable del Persiles ha sido el de Schevill-Bonilla» (en OC, III-IV, Madrid, 1914). En la «Nota previa» (p. 33) escribe: «El texto de esta edición sigue escrupulosamente el de la príncipe (Madrid, Juan de la Cuesta, 1617). Corrijo las erratas evidentes, de lo que siempre dejo constancia en las notas. Modernizo la puntuación y la ortografía, aunque conservo las formas que pueden servir para caracterizar la prosodia de la época». Añade 558 notas explicativas, suficientes para desentrañar los pasajes complicados.

En fin, en el terreno del teatro hay que recordar su edición de los Ocho entremeses (Englewood Cliffs, NJ, Prentice-Hall, 1970). Se trata de una edición pensada para hacer accesibles los textos cervantinos a los estudiantes norteamericanos. La introducción traza una breve historia del entremés hasta Cervantes y analiza sucintamente cada pieza, comentando la aportación cervantina al desarrollo del género. Cada texto se acompaña de unas preguntas que pueden servir de guía para su análisis. Las más de mil notas que acompañan a los textos (1.186 notas, entre el estudio preliminar y los textos editados) ponen de relieve el carácter eminentemente divulgativo de esta edición.

Y hasta aquí llega este breve recorrido por la producción cervantina de Juan Bautista Avalle-Arce. Si él nos advertía que «al tratar de Cervantes siempre se corre el riesgo de simplificar demasiado» (Deslindes, p. 18), lo mismo puede ocurrir al tratar de los críticos cervantinos. Muchas ideas suyas habrían merecido un análisis mucho más detenido, y otras, directamente, se habrán quedado en el tintero. Valga decir, a modo de resumen, que las páginas cervantinas de Avalle-Arce transparentan su capacidad de emocionarse con la lectura literaria; es más, nuestro crítico logra transmitir su pasión interpretativa al lector: sus certeros análisis —que aúnan la docta erudición y la claridad y aun amenidad expositiva— no solo le ayudan a entender mejor las obras comentadas, sino que tienen la virtud de despertar en nosotros las ganas de leerlas o de releerlas[6].


[1] Jaime Fernández, «Semblanza de Juan Bautista Avalle-Arce», «Semblanza de Juan Bautista Avalle-Arce», Mundaiz (Universidad de Deusto, San Sebastián), 44, julio-diciembre de 1992, p. 149.

[2] José Montero Reguera, El «Quijote» y la crítica contemporánea, Madrid, Centro de Estudios Cervantinos, 1997, p. 20.

[3] Ver también su artículo «Hacia el Quijote del siglo XX», Ínsula, núm. 494, 1988, pp. 1 y 3-4, que es una crítica muy dura a la edición del Quijote de Vicente Gaos (Madrid, Gredos, 1987, 3 vols.).

[4] Antes había salido Three Exemplary Novels [El licenciado vidriera. El casamiento engañoso. El coloquio de los perros], introduction and notes by Juan Bautista Avalle-Arce, New York, Dell Publishing Company, 1964.

[5] Ángel Gómez Moreno, reseña a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, ed. de Juan Bautista Avalle-Arce, Madrid, Castalia, 1982, en Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 2, 1983, p. 242. Este reseñista ya detecta el problema de la modernización.

[6] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Juan Bautista Avalle-Arce o la investigación cervantina como un “mini-sistema planetario”», en José Ángel Ascunce y Alberto Rodríguez (eds.), Nómina cervantina. Siglo XX, Kassel, Edition Reichenberger, 2016, pp. 276-294.

La poesía de Rafael López de Ceráin: «El sufrimiento en la espera» (2003)

Los doce poemas entresacados de este poemario para Cuaderno de versos. Antología 1985-2010 prolongan el tono desesperanzado del libro anterior, Breviario de esperanza. Están apegados a la expresión dolorosa de una cruda realidad biográfica del poeta, de ahí que transmitan una profunda sensación de inmediatez. El yo lírico se sigue interrogando aquí por el pasado y por el futuro, por lo que fue, por lo que pudo ser y por lo que ya nunca podrá ser. En cualquier caso, en alguna de las composiciones apunta cierto tono esperanzado.

Cubierta del libro El sufrimiento en la espera, de Rafael López de Ceráin

Así, el yo lírico nos habla de «mi ayer por siempre», de «una insólita nada» (poema «Inválidos»); de «preguntas sin respuesta, ayeres sin mañana» (en «Recuerdo», donde se apunta que «sufrimiento antiguo / quiso llevarme / a dejar esta vida»); de «mi rostro / caído al vacío», de «dejadez de vida / creación de muerte» (en el poema «Monólogo»; al despertar de su agonía, el yo lírico se siente «Todo yo menos mis piernas» y se dirige a Dios, porque «sólo queda el rezo»); nos habla también de un cuerpo lacerado, de días que pasan inhóspitos, de tristeza y aburrimiento, de una vida que se siente vacía y sin ilusiones desde «una maldita tarde primaveral / en la que mi vida se arruinó / y también mi pensamiento» («Relato»); de «este hoy descompuesto» («Encuentro»); de soledad y tristeza (en el poema «Hoy solitario», que transmite una enseñanza: «No esperes el mañana, / vive el presente»); de «estos días aciagos» («Saint Jean de Luz»); o de la necesidad de «Sembrar el pasado» (en el poema así titulado). También leemos afirmaciones como «Yo ya me he doblegado a la soledad» y «Así pasa mi vida triste y a destajo» («Preguntas») o «el futuro es incierto» («Un recuerdo»).

El yo lírico constata una vez más la irremisible pérdida de la amada: «Hoy te recuerdo / pero un largo vacío / nos ha alejado», si bien ese amor que pertenece al pasado ha quedado retenido en la imagen del recuerdo: «siempre me quedará París», afirma el yo lírico, equiparándose así a Rick Blaine e Ilsa Lund, los protagonistas de Casablanca («Un recuerdo»). Si varios de estos textos («Encuentro», «Saint Jean de Luz» y «Un recuerdo») constituyen evocaciones de encuentros amorosos y de mujeres amadas que pertenecen ya al pasado y al melancólico territorio del recuerdo, el titulado «Zamora», apóstrofe a la ciudad castellana, nos transmite igualmente, desde otra perspectiva, la idea de un pasado que se sabe por completo irrecuperable.

En cualquier caso, en la selección se incluye también un poema, «La espera es esperanza», que destaca por introducir, pese a todo el dolor vital y pese a esa absoluta sensación de pérdida, un tono positivo, en suma, por dejar abierto un débil resquicio a la esperanza:

Voy sembrando la alameda,
mis lágrimas la riegan.
Cuando aparezca el sol
nacerán amaneceres nuevos
que, quizá, transformen mi vida[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Pero no olvides qué Ítaca eres tú”: los veinticinco años de creación poética de Rafael López de Ceráin (1985-2010)», en Rafael López de Ceráin, Cuaderno de versos. Antología 1985-2010, Madrid, Incipit Editores, 2010, pp. 13-39.