La religión en los sonetos cervantinos a la pérdida de La Goleta

Podemos recordar también la consideración de mártires que tienen los soldados cristianos caídos en la defensa de La Goleta, tal como se aprecia en los dos sonetos dedicados a esta empresa en Quijote, I, 40[1]. El primero de ellos dice así:

Almas dichosas que del mortal velo
libres y esentas, por el bien que obrastes,
desde la baja tierra os levantastes
a lo más alto y lo mejor del cielo,

y, ardiendo en ira y en honroso celo,
de los cuerpos la fuerza ejercitastes,
que en propia y sangre ajena colorastes
el mar vecino y arenoso suelo:

primero que el valor faltó la vida
en los cansados brazos, que, muriendo,
con ser vencidos, llevan la vitoria;

y esta vuestra mortal, triste caída
entre el muro y el hierro, os va adquiriendo
fama que el mundo os da, y el cielo gloria[2].

Túnez y el fuerte de La Goleta

Ideas muy parecidas refleja la segunda composición, cuyo texto es como sigue:

De entre esta tierra estéril, derribada,
destos terrones por el suelo echados,
las almas santas de tres mil soldados
subieron vivas a mejor morada,

siendo primero en vano ejercitada
la fuerza de sus brazos esforzados,
hasta que al fin, de pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada.

Y este es el suelo que continuo ha sido
de mil memorias lamentables lleno
en los pasados siglos y presentes.

Mas no más justas de su duro seno
habrán al claro cielo almas subido,
ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes[3].

La estructura es similar en los dos sonetos: el elogio del valor heroico derrochado en la batalla por los cristianos y la constatación de que, si bien el resultado final fue de derrota y muerte en el plano físico, aquellos soldados muertos obtuvieron una victoria mejor: la de los mártires que ganan la salvación eterna. Los dos textos se construyen en torno a esa misma idea de la derrota de los cuerpos en la tierra (muerte, caída…) frente a la victoria de las almas en el cielo (vida, elevación…), y la mayor parte de los sintagmas y verbos subrayan precisamente esa idea de movimiento vertical, ascendente, desde la tierra y lo material hasta el cielo y lo espiritual[4].


[1] Para un análisis completo de ambos textos y la circunstancia histórica que los inspira, ver Carlos Mata Induráin, «Los dos sonetos a la pérdida de La Goleta (Quijote, I, 40) en el contexto de la historia del Capitán cautivo», Rilce, 23.1, 2007, pp. 169-183; ver también Salvador Muñoz Iglesias, Lo religioso en el «Quijote», Toledo, Facultad de San Ildefonso, 1989.

[2] Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, 2.ª ed. corregida, Barcelona, Instituto Cervantes-Editorial Crítica, 1998, p. 460.

[3] Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, p. 460.

[4] Es notable el contraste que se establece en el texto del segundo poema entre la esterilidad de la tierra («tierra estéril», «duro seno») y la vida eterna del cielo.

La religión en las canciones cervantinas a la Armada

Aludiré más brevemente a la cuestión de la presencia de elementos religiosos en los poemas de Cervantes de tema histórico y bélico. Me refiero, por ejemplo, al providencialismo apreciable en las dos canciones a la Armada, donde se contrapone la gloriosa victoria de la Cristiandad en Lepanto con la derrota de la expedición militar enviada contra Inglaterra, permitida en esta ocasión por Dios; el rey Felipe II es equiparado a David:

Muéstrales si es posible un verdadero
retrato del católico monarca,
y verán de David la voz y el pecho[1].

David vence a Goliat

A su vez, en la segunda composición, el monarca es comparado con un nuevo «Moisés cristiano» (como se relata en el libro del Éxodo, mientras Moisés tiene los brazos en alto, Josué vence a los amalecitas; cuando los baja, los israelitas pierden la batalla):

En tanto que los brazos levantares,
gran capitán de Dios, espera, espera,
ver vencedor tu pueblo y no vencido;
[…]
alza los brazos, pues, Moisés cristiano,
y pondralos por tierra el luterano[2].

Moisés con los brazos en alto

ENLACES:

Entrada sobre la Armada Invencible en Wikipedia:
http://es.wikipedia.org/wiki/Armada_Invencible

Un documental sobre la Armada Invencible:
http://tu.tv/videos/la-armada-invencible-documental


[1] Canción I, vv. 121-123, en Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, p. 363.

[2] Canción II, vv. 86-87 y 101-102, en Poesías completas, ed. Gaos, vol. II, p. 367.

Elementos lírico-religiosos en «El trato de Argel»

Asimismo, podemos detectar otros pasajes de especial intensidad lírico-religiosa en las comedias de cautivos de Cervantes; por ejemplo, en el momento de la Jornada IV de El trato de Argel en que Saavedra trata de hacer razonar a su compañero de cautiverio Pedro, el cual pretende ser moro «con la voz y el vestido», pero sin negar a Cristo. Estas son sus palabras:

¿No sabes tú que el mismo Cristo dice:
«Aquel que me negare ante los hombres,
de Mí será negado ante mi Padre;
y el que ante ellos a Mí me confesare,
será de Mí ayudado ante el Eterno
Padre mío»? ¿Es prueba ésta bastante
que te convenza y desengañe, amigo,
del engaño en que estás en ser cristiano
con sólo el corazón, como tú dices?
Y ¿no sabes también que aquel arrimo
con que el cristiano se levanta al cielo
es la cruz y pasión de Jesucristo,
en cuya muerte nuestra vida vive…?[1]

Cubierta de El trato de Argel

Y antes, en la Jornada III, otro personaje, Aurelio, hacía la siguiente protesta:

¡Cristiano soy, y he de vivir cristiano;
y, aunque a términos tristes conducido,
dádivas o promesa, astucia o arte,
no harán que un punto de mi Dios me aparte![2]

Edición digital de El trato de Argel en Cervantes Virtual: http://www.cervantesvirtual.com/obra/el-trato-de-argel–0/

Otra edición digital en:
http://www.online-literature.com/espanol/cervantes/trato-de-argel/

El trato de Argel en ebook: http://www.todoebook.net/ebooks/ClasicosEspanoles/Miguel%20de%20Cervantes%20Saavedra%20-%20Trato%20de%20Argel%20-%20v1.0.pdf


[1] El trato de Argel, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 847a. Para más detalles, ver P. Teófilo Antolín, «El uso de la Sagrada Escritura en Cervantes», Cuadernos de Literatura. Revista General de las Letras, III, 7, enero-febrero de 1948, p. 116.

[2] El trato de Argel, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 843a. Ver también Poesía, selección e introducción de José Manuel Caballero Bonald, Barcelona, Seix Barral, 2005, p. 205.

Elementos lírico-religiosos en «El rufián dichoso»

En El rufián dichoso, al final de la primera jornada, cuando el protagonista hace su voto religioso, se encomienda al Señor, en un pasaje en el que además evoca a la Virgen Madre de Dios, al Ángel de la Guarda y a las ánimas del Purgatorio, menciona los «salmos de David bendito» y se refiere negativamente a los demonios. El segundo ejemplo lo tenemos en los vv. 1782 y ss., donde el P. Cruz hace un contrafactum cantando «a la dura cruz preciosa», después de la visión en que han aparecido unas ninfas loando a Venus. Luego unos músicos entonan un elogio de Sevilla y los amores, y la réplica del P. Cruz («Vade retro, Satanás») repite a modo de estribillo: «No hay cosa que sea gustosa / sin la dura cruz preciosa»:

No hay cosa que sea gustosa
sin la dura cruz preciosa.
Si por esta senda estrecha
que la cruz señala y forma
no pone el pie el que camina
a la patria venturosa,
cuando menos lo pensare,
de improviso y a deshora,
cairá de un despeñadero
del abismo en las mazmorras.
Torpeza y honestidad
nunca las manos se toman,
ni pueden caminar juntas
por esta senda fragosa.
Y yo sé que en todo el cielo,
ni en la tierra, aunque espaciosa,
no hay cosa que sea gustosa
sin la dura cruz preciosa
(vv. 1782-1799).

Cubierta de El rufián dichoso

En tercer lugar, en los vv. 1904-1908 encontramos la paráfrasis de varios salmos bíblicos, convenientemente anotados por Edward Nagy, editor moderno de la comedia en Cátedra. En fin, se podrían aislar en esta obra dramática varios «fragmentos líricos» que podrían leerse independientemente como poemas de tema religioso, circunstancia que no debe extrañarnos si tenemos en cuenta que estamos ante una comedia hagiográfica[1].


[1] Para estas reminiscencias bíblicas varias y otras alusiones a los salmos en El rufián dichoso, vv. 1904 y ss., ver el trabajo del P. Teófilo Antolín, «El uso de la Sagrada Escritura en Cervantes», Cuadernos de Literatura. Revista General de las Letras, III, 7, enero-febrero de 1948, p. 116. Cito por El trato de Argel, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999.

El soneto de doña Catalina de Oviedo en «La Gran Sultana»

Si en este recorrido panorámico por los poemas cervantinos que incluyen elementos religiosos volvemos la vista de nuevo al teatro, debemos recordar el soneto de doña Catalina de Oviedo «¡A Ti me vuelvo, Gran Señor, que alzaste…», con que se remata la primera jornada de La Gran Sultana. Sola en el escenario, Sultana hace esta oración-súplica a Dios pidiendo ayuda para que la proteja de los males que la amenazan al estar en poder del Gran Turco:

¡A Ti me vuelvo, Gran Señor, que alzaste,
a costa de tu sangre y de tu vida,
la mísera de Adán primer caída,
y adonde él nos perdió, Tú nos cobraste!

¡A Ti, Pastor bendito, que buscaste
de las cien ovejuelas la perdida,
y hallándola del lobo perseguida,
sobre tus hombros santos te la echaste!

¡A Ti me vuelvo en mi aflición amarga,
y a Ti toca, Señor, el darme ayuda:
que soy cordera de tu aprisco ausente,

y temo que, a carrera corta o larga,
cuando a mi daño tu favor no acuda,
me ha de alcanzar esta infernal serpiente![1]

El Buen Pastor

Cervantes maneja en el poema la idea de Dios como redentor del hombre (que ha ofrecido la sangre y la vida de su Hijo Jesucristo en pago del pecado original de Adán) y, especialmente, de Jesús como Buen Pastor que abandona todo el rebaño para ir a buscar a la oveja perdida; en este sentido, Sultana se asimila a una cordera alejada del aprisco que fácilmente puede ser presa de la «infernal serpiente». Como evocadoramente ha escrito el Padre Antolín:

Bellísimo y hondamente patético es el soneto que da fin a la primera jornada de La gran Sultana, en el que resuenan los tiernos y angustiosos balidos de una oveja que, si no descarriada por su culpa, siente próximo y tiembla ante el peligro de perderse[2].

Desde el punto de vista del ornato estilístico, destaca la anáfora «A Ti…», de gran eficacia retórica: la oveja perdida clama repetidamente a Dios, y esa angustiosa repetición agudiza la conciencia del peligro en que se encuentra.


[1] La Gran Sultana, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 1009b.

[2] Ver P. Teófilo Antolín, «El uso de la Sagrada Escritura en Cervantes», Cuadernos de Literatura. Revista General de las Letras, III, 7, enero-febrero de 1948, p. 122.

El soneto a Roma «Oh, grande, oh, poderosa, oh, sacrosanta…» («Persiles», IV, 3)

Importantes elementos religiosos apreciamos también en otro soneto del Persiles, el del peregrino anónimo recitado en desagravio de Roma que empieza «Oh, grande, oh, poderosa, oh, sacrosanta…» (libro IV, cap. 3). A diferencia del texto de Rutilio, este es declamado en tierra, a las puertas de Roma, ciudad que reserva a los héroes Periandro y Auristela algunos peligros que sufrir y vencer. El soneto presenta a Roma como imagen sagrada de la celestial Ciudad de Dios. Tras comentar el narrador que el duque de Nemurs y Arnaldo ya han marchado a Roma, se añade: «Y los demás peregrinos de nuestra compañía, llegando a la vista della, desde un alto montecillo la descubrieron y, hincados de rodillas, como a cosa sacra la adoraron, cuando de entre ellos salió una voz de un peregrino que no conocieron, que, con lágrimas en los ojos, comenzó a decir desta manera»[1]:

¡Oh, grande, oh, poderosa, oh, sacrosanta
alma ciudad de Roma! A ti me inclino,
devoto, humilde y nuevo peregrino
a quien admira ver belleza tanta.

Tu vista, que a tu fama se adelanta,
al ingenio suspende, aunque divino,
de aquel que a verte y adorarte vino
con tierno afecto y con desnuda planta.

La tierra de tu suelo, que contemplo
con la sangre de mártires mezclada,
es la reliquia universal del suelo.

No hay parte en ti que no sirva de ejemplo
de santidad, así como trazada
de la ciudad de Dios al gran modelo[2].

Mártires cristianos en Roma

Para nuestro objeto interesa destacar ahora el contenido de los dos tercetos, que insisten en la idea de los numerosos mártires que allí encontraron la muerte, los cuales convierten a la tierra de Roma en «reliquia universal del suelo», en una ciudad que no solo es ejemplo de santidad, sino modelo acabado y perfecto de la eterna Ciudad de Dios.


[1] Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. de Carlos Romero Muñoz, 2.ª ed. revisada y puesta al día, Madrid, Cátedra, 2002, p. 644.

[2] Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. Romero Muñoz, pp. 644-645.

El soneto de Rutilio en «Persiles», I, 18

Frente a las poesías sueltas, de circunstancias, con elementos religiosos que fueron comentadas en otra entrada anterior, más importante y más significativo me parece el soneto de Rutilio en el Libro I, capítulo 18 del Persiles[1]. Rutilio, «convidado de la serenidad de la noche, de la comodidad del tiempo o de la voz, que la tenía estremada», canta un soneto en lengua toscana, que el narrador ofrece vuelto en lengua española:

Huye el rigor de la invencible mano,
advertido, y enciérrase en el arca
de todo el mundo el general monarca
con las reliquias del linaje humano.

El dilatado asilo, el soberano
lugar rompe los fueros de la Parca,
que entonces, fiera y licenciosa, abarca
cuanto alienta y respira el aire vano.

Vense en la excelsa máquina encerrarse
el león y el cordero y, en segura
paz, la paloma al fiero halcón unida;

sin ser milagro, lo discorde amarse:
que, en el común peligro y desventura,
la natural inclinación se olvida[2].

Notemos que el soneto es cantado con una voz de belleza extremada, en medio del mar, y en un momento de calma para los protagonistas de la novela, aunque con la amenaza latente de nuevos peligros. En cuanto a su estructura, presenta doce versos expositivos y dos versos conclusivos que explicitan el tema. El soneto viene a decir que, ante una situación de peligro, en un momento de desventura, pueden aunarse elementos de muy distinta condición. Este tema general se particulariza con el caso del Arca de Noé, en la que se pudo ver mezclados al león y al cordero, a la paloma y al halcón[3]. Y eso es así porque, cuando llega el Diluvio Universal, el Arca se convierte en el único lugar donde cabe la salvación y la vida (se habla de «dilatado asilo», «soberano lugar», vv. 5-6; «excelsa máquina», v. 9): de todo lo demás se ha apoderado la «fiera y licenciosa» Parca, es decir, la muerte.

El primer cuarteto nos muestra cómo el hombre se refugia en el Arca, escapando así del rigor de Dios[4]. En el segundo cuarteto vemos cómo la muerte se adueña de todo, menos del Arca, que queda como único espacio de asilo. El primer terceto presenta la unión de seres completamente dispares (enunciación de impossibilia). El segundo terceto explicita que son el peligro y la desventura los que hacen que esos seres olviden su inclinación natural, de forma que puedan llegar a amar lo discorde. En suma, el soneto desarrolla el conocido motivo bíblico del Arca de Noé, insistiendo en que sólo hay vida dentro de ella, mientras que todo lo demás es destrucción y muerte.

El Arca de Noé en el monte Ararat

Podemos destacar la perfecta incrustación del poema en su contexto narrativo, pues lo enunciado líricamente constituye un claro paralelismo con la situación que viven en ese momento los personajes del Persiles: también en el navío se van a embarcar juntos leones y corderos, palomas y halcones (o sea, personajes virtuosos y personajes viciosos) y la muerte, que desde el comienzo de la novela está al acecho y se cobra sus víctimas, los va a rodear con nuevos peligros. Por otra parte, también podríamos avanzar en la interpretación del soneto en el plano alegórico, si tenemos en cuenta que Periandro ha sido considerado tipo de Cristo, y Auristela de la Iglesia: no olvidemos que la Iglesia es la Nave de Pedro, tenida también por nueva Arca de Noé, como símbolo de salvación y vida… En otro orden de cosas, no olvidemos que de este naufragio resulta la separación física de los dos enamorados, pues Auristela se salva en el esquife mientras que Periandro logra subir a una barca. Escribe Aurora Egido a este respecto:

El poema, que habla del Arca de Noé, parece recoger al modo alegórico el sentido de salvación que ese peregrinaje por mar conlleva para unos protagonistas que salvan todos los obstáculos hasta llegar a la tierra de promisión. La idea de que tan excelsa máquina pueda encerrar al león con el cordero y la paloma con el halcón afirma ese modelo bíblico que es suma armónica de contrarios en el Persiles, pero prueba también de la convivencia del mal y del bien en el mundo. La barca simbólica salva las reliquias del linaje humano contra los designios de la Parca, pues el amor hace que la discordia se acabe y que todo termine en perfecta armonía[5].


[1] Para más detalles sobre los sonetos insertos en el Persiles, ver Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre Cervantes poeta: a propósito de los sonetos del Persiles», en Alicia Villar Lecumberri (ed.), Peregrinamente peregrinos. Actas del V Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (V-CINDAC), Lisboa, Asociación de Cervantistas-Fundaçâo Calouste Gulbenkian, 1-5 septiembre 2003, Barcelona, Asociación de Cervantistas / Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 2004, vol. I, pp. 651-675.

[2] Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. de Carlos Romero Muñoz, 2.ª ed. revisada y puesta al día, Madrid, Cátedra, 2002, p. 242.

[3] Como bien anota Romero Muñoz (p. 242, nota 9), en este soneto «resuenan voces del Génesis (7, 1-16) y, tal vez, de Isaías, a propósito de los tiempos mesiánicos (11, 6-9). Pero no conviene descartar una reminiscencia de la Égloga IV de Virgilio (A Polión)». Ver también Stephen Harrison, La composición de «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Madrid, Pliegos, 1993, p. 124.

[4] Hay que destacar el violento hipérbaton de esos versos iniciales; reconstruyendo el orden sintáctico lógico, la frase quedaría así: «El general monarca de todo el mundo [o sea, el hombre], advertido [por Dios], huye el rigor y enciérrase…»; hay que entender el verbo huir con sentido transitivo, siendo el rigor objeto directo.

[5] Aurora Egido, «Poesía y peregrinación en el Persiles. El templo de la Virgen de Guadalupe», en Antonio Bernat Vistarini (ed.), Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Palma, Universitat de les Illes Balears, 1998, p. 16.

Otros poemas cervantinos con elementos religiosos

Entre los poemas cervantinos con importante presencia del elemento religioso podríamos incluir también el soneto en elogio de fray Pedro de Padilla, por su obra Grandezas y excelencias de la Virgen Señora Nuestra (1587), en la que Cervantes felicita al ingenio precisamente por lo sublime del tema elegido para su libro:

De la Virgen sin par santa y bendita,
digo de sus loores, justamente
haces el rico sin igual presente
a la sin par cristiana Margarita.

Dándole, quedas rico; y queda escrita
tu fama en hojas de metal luciente,
que, a despecho y pesar del diligente
tiempo, será en sus fines infinita.

Felice en el sujeto que escogiste,
dichoso en la ocasión que te dio el cielo
de dar a virgen el virgíneo canto.

Venturoso también porque heciste
que den las musas del hispano suelo
admiración al griego, al tusco espanto[1].

Firma de fray Pedro de Padilla

Igualmente, puede traerse a este apartado el soneto dedicado a doña Alfonsa González de Salazar (que comienza «En vuestra sin igual dulce armonía…»), monja francisca que profesó en un convento de Madrid; ella representa «cuanto de bueno y santo el cielo cría» (v. 4), por contraposición a «la infernal caterva» (vv. 6-7); de ella predica el poeta: «vos convertís al suelo en cielo / con la voz celestial, con la hermosura, / que os hacen parecer ángel divino» (vv. 9-11); y más adelante concluye: «Y así conviene que tal vez el velo / alcéis, y descubráis esa luz pura / que nos pone del cielo en el camino» (vv. 12-14)[2].


[1] M. de Cervantes, Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, p. 358. En el último verso, tusco vale ‘toscano’; es errónea la enmienda turco de algunas ediciones.

[2] Poesías completas, ed. Gaos, vol. II, p. 389.

Antecedentes de la novela histórica: historias novelescas del XVII

En el siglo XVII se siguen cultivando los temas del rey don Rodrigo (Jaime Bleda: Corónica de los moros en España) y del pastelero de Madrigal (otra anónima Historia de Gabriel de Espinosa, de 1683); se introducen otros de la antigüedad clásica (Séneca y Nerón, de Fernando Álvaro Díez de Aux, La Fénix troyana, de Vicente Mares); proliferan las historias bíblicas, de bandoleros y de santos (El hijo de David, de Juan de Baños de Velasco, Gustos y disgustos del Lentiscar de Cartagena, de Ginés Campillo de Baile, Soledades de Aurelia, de Jerónimo Fernández de Mata, El piadoso bandolero, de Juan Pérez de Montalbán, El bandolero, de Tirso de Molina).

Gustos y disgustos del Lentiscar de Cartagena

Hay que mencionar también las Historias peregrinas y ejemplares de Gonzalo de Céspedes y Meneses, que son seis episodios históricos ocurridos en otras tantas ciudades; y existen otras obras que reconstruyen la historia, bastante fantaseada, de alguna ciudad: Historia de las grandezas de la ciudad de Ávila, de Luis Ariz, Antigüedad y excelencias de Granada, de Francisco Bermúdez de Pedraza. No podemos olvidar en este recorrido por el XVII las importantes obras de Cristóbal Lozano, pues recogen leyendas e historias en las que se inspirarían los escritores románticos (en particular Zorrilla y Fernández y González): Los reyes nuevos de Toledo, David perseguido, El rey penitente David arrepentido y David más perseguido. Una nueva novela morisca es La historia de los dos enamorados Ozmín y Daraja, incluida en el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Las octavas de Feliciana de la Voz en el «Persiles»

Escribe Aurora Egido acerca de esta composición incluida en el Persiles, que comienza «Antes que de la mente eterna fuera…»[1]:

… pero es en el cap. IV de este Libro III donde la aparición de Feliciana se convierte en la encarnación de la palabra humana hecha canto sublime y casi divino. […] Eva y Ave se unen en la elevación platónica de su canto con el que ella parece expiar la historia de sus pasiones. Feliciana madre canta ante una Virgen María que sostiene al Niño en sus brazos, loando los triunfos de tan gran mediadora. El carácter celestial de la protagonista en este instante ahonda en la sublimación de un peregrinaje que, a partir de allí, será eminentemente mariano, pues aparecerán otros monasterios y templos dedicados también a la Virgen María[2].

Los versos de Feliciana de la Voz se insertan en el Libro III, capítulo 5[3]: el personaje canta en ese momento solo cuatro, pero el narrador ofrece el texto de las doce octavas[4], cuyo desarrollo —que parte de la imagen básica Virgen=casa— puede resumirse así: en la primera se afirma que, desde antes de la eternidad, «fabricó para sí Dios una casa / de santísima y limpia y pura masa»; la segunda describe los cimientos de esa casa, fundados sobre «humildad profunda»; la tercera muestra que toda la fábrica es bendita, con pilares de fe y de esperanza y muros ceñidos de caridad y las demás virtudes; en la cuarta se describen los adornos de «este alcázar soberano», que es a la vez huerto cerrado (el «hortus conclusus» del Cantar de los Cantares, 4, 12), con evocación de varios nombres o atributos marianos más:

Adornan este alcázar soberano
profundos pozos, perenales fuentes,
huertos cerrados, cuyo fruto sano
es bendición y gloria de las gentes;
están a la siniestra y diestra mano
cipreses altos, palmas eminentes,
altos cedros, clarísimos espejos
que dan lumbre de gracia cerca y lejos (p. 478).

Hortus conclusus

En la quinta estrofa se siguen enumerando los árboles que adornan los jardines de esa casa (se añaden nuevas imágenes marianas: cinamono, plátano, rosa de Jericó), a la que nunca llega la «sombra tenebrosa» del pecado y donde «todo es luz, todo es gloria, todo es cielo»:

El cinamono, el plátano y la rosa
de Jericó se halla en sus jardines,
con aquella color, y aun más hermosa,
de los más abrasados querubines.
Del pecado la sombra tenebrosa
ni llega ni se acerca a sus confines.
Todo es luz, todo es gloria, todo es cielo
este edificio que hoy se muestra al suelo (p. 479).

En la sexta se pondera «la clarísima estrella de María», y en la séptima se especifica que esta humilde Estrella (Ester=María) precede al Sol (Cristo). La siguiente es una bella octava, con dos hermosos vocativos dirigidos a la Virgen («Niña de Dios», «brinco de Dios»), la cual quebranta la frente de la infernal serpiente (en claro eco de Apocalipsis, 12, 1-17) y es medianera entre Dios y los hombres.

La Virgen María con la serpiente a sus plantas

Merece la pena copiarla entera:

Niña de Dios, por nuestro bien nacida,
tierna, pero tan fuerte, que la frente,
en soberbia maldad endurecida,
quebrantasteis de la infernal serpiente;
brinco de Dios, de nuestra muerte vida,
pues vos fuistes el medio conveniente
que redujo a pacífica concordia
de Dios y el hombre la mortal discordia (pp. 480-481).

La novena octava revela que en esta «Virgen santísima» se han juntado la justicia y la paz, siendo Cristo el «venidero Augusto» (en alusión a la célebre Pax Augusta); María es la «primera aurora» del «claro amanecer del sol sagrado», y también gloria del justo, firme esperanza del pecador y bonanza en la tormenta. La décima introduce nuevas imágenes marianas: Paloma, Esposa, Brazo de Dios que da el «mansísimo Cordero». En la undécima se pide a esta «hermosa planta» que crezca y, como «universal remediadora», ponga fin al luto de la gran culpa primera, es decir, del pecado original. La última octava anuncia la «embajada honesta» del ángel a María, la «Virgen bendita», en la que pronto se verá «del gran poder de Dios echado el resto». En fin, cabe decir que en estas octavas de Feliciana de la Voz hay una notable elaboración artística y versos de subida belleza.


[1] Ver Patrizia Micozzi, «Imágenes metafóricas en la Canción a la Virgen de Guadalupe», en Giuseppe Grilli (ed.), Actas del II Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Nápoles, Società Editrice Intercontinentale Gallo, 1995, pp. 721-723; y Aurora Egido, «Poesía y peregrinación en el Persiles. El templo de la Virgen de Guadalupe», en Antonio Bernat Vistarini (ed.), Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Palma, Universitat de les Illes Balears, 1998, pp. 13-41.

[2] Egido, «Poesía y peregrinación en el Persiles…», pp. 19-20.

[3] Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. de Carlos Romero Muñoz, 2.ª ed. revisada y puesta al día, Madrid, Cátedra, 2002, pp. 477-483. Todas las citas del Persiles serán por esta edición de Romero Muñoz y solo se indicará el número de página.

[4] «Pidió Auristela a Feliciana le diese el traslado de los versos que había cantado delante de la santísima imagen. La cual respondió que solamente había cantado cuatro estancias, y que todas eran doce, dignas de ponerse en la memoria. Y, así, las escribió, que eran éstas…» (p. 477).