La temática mariana en la poesía de Cervantes

En este contexto de la poesía religiosa de Cervantes, encontramos un grupo de composiciones de temática mariana, esto es, de loor a la Virgen María. Así, en el «Romance de la misa de parida» —localizado en esa misma novela ejemplar y cantado también por Preciosa, «al tono correntío y loquesco»— encontramos unos versos de evocación de la Virgen, a la que sus devotos encomiendan sus primicias:

A la imagen de la vida,
a la del cielo Señora,
a la que por ser humilde
las estrellas pisa ahora,
a la Madre y Virgen junto,
a la Hija y a la Esposa
de Dios, hincada de hinojos,
Margarita así razona…[1]

Virgen María, Murillo

Antes de seguir con esta materia, me parece interesante recordar que, según su compañero Antonio de Sosa, Cervantes en su cautiverio «se ocupaba muchas veces en componer versos en alabanza de Nuestro Señor y de su bendita Madre, y otras cosas santas y devotas, algunas de las cuales comunicó particularmente conmigo»[2]. La temática mariana no le era, pues, ajena al autor del Quijote. Sin embargo, en este apartado de los poemas cervantinos de temática mariana debo referirme sobre todo a las famosas octavas de Feliciana de la Voz incluidas en el Persiles, cuya consideración dejo para una próxima entrada.


[1] Novelas ejemplares, ed. de Harry Sieber, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, p. 70.

[2] Recogido por Pedro Torres Lanzas, «Información de Miguel de Cervantes, de lo que ha servido a S. M. y de lo que ha hecho estando captivo en Argel», Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 3.ª serie, V, 1905, pp. 345-397. Hay reedición moderna: Madrid, José Esteban, 1981.

[3] Ver Patrizia Micozzi, «Imágenes metafóricas en la Canción a la Virgen de Guadalupe», en Giuseppe Grilli (ed.), Actas del II Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Nápoles, Società Editrice Intercontinentale Gallo, 1995, pp. 721-723; y Aurora Egido, «Poesía y peregrinación en el Persiles. El templo de la Virgen de Guadalupe», en Antonio Bernat Vistarini (ed.), Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Palma, Universitat de les Illes Balears, 1998, pp. 13-41.

[4] Egido, «Poesía y peregrinación en el Persiles…», pp. 19-20.

El romancillo a santa Ana cantado por Preciosa en «La gitanilla»

Si pasamos a las poesías hagiográficas insertas en la narrativa cervantina, tenemos que un lugar especialmente destacado lo ocupa el romancillo a santa Ana cantado por Preciosa en La gitanilla, la primera de sus Novelas ejemplares:

Árbol preciosísimo
que tardó en dar fruto
años que pudieron
cubrirle de luto
y hacer los deseos
del consorte puros,
contra su esperanza
no muy bien seguros;
de cuyo tardarse
nació aquel disgusto
que lanzó del templo
al varón más justo;
santa tierra estéril,
que al cabo produjo
toda la abundancia
que sustenta el mundo;
casa de moneda
do se forjó el cuño
que dio a Dios la forma
que como hombre tuvo;
madre de una hija
en quien quiso y pudo
mostrar Dios grandezas
sobre humano curso.
Por vos y por ella
sois, Ana, refugio
do van por remedio
nuestros infortunios.
En cierta manera,
tenéis, no lo dudo,
sobre el Nieto imperio
piadoso y justo.
A ser comunera
del alcázar sumo,
fueran mil parientes
con vos de consuno.
¡Qué Hija, y qué Nieto,
y qué Yerno! Al punto,
a ser causa justa,
cantáredes triunfos.
Pero vos, humilde,
fuistes el estudio
donde vuestra Hija
hizo humildes cursos,
y agora a su lado,
a Dios el más junto,
gozáis de la alteza
que apenas barrunto[1].

Santa Ana, Madre de María

¿Cuál es el contexto narrativo en que se introduce el poema? Lo canta Preciosa en la iglesia madrileña de santa María, delante de la imagen de santa Ana, con motivo de la fiesta de la madre de la Virgen; y anota el narrador: «El cantar de Preciosa fue para admirar a cuantos la escuchaban»[2]. En efecto, el romancillo tiene toda la gracia de la poesía tradicional, la ágil levedad del verso corto, y la diferencia artística con respecto a los textos anteriores es fácilmente apreciable.

En cuanto a su contenido, lo más destacado es la acumulación de imágenes para referirse a la madre de María: árbol preciosísimo que tarda en dar fruto, tierra estéril que acaba produciendo la mayor abundancia de bienes, casa de moneda donde se funde el molde (María) en que se humana Jesús, etc. Como madre y formadora de María, santa Ana tiene imperio grande sobre Cristo, el «Nieto» aludido un par de veces en esos versos, y es refugio de todos los hombres, a los que protege desde la «alteza» de la Gloria divina.


[1] Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, ed. de Harry Sieber, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, pp. 64-65. Las citas textuales de La gitanilla corresponden a esta edición de las Novelas ejemplares de Sieber, indicando el volumen y el número de la página.

[2] Novelas ejemplares, ed. Sieber, vol. I, p. 65.

La canción de Cervantes a los éxtasis de Teresa de Jesús

Tenemos luego la canción a los éxtasis de la beata Madre Teresa de Jesús (recogida también por Justo de Sancha en su Romancero y cancionero sagrados, BAE, XXXV), que el Padre Antolín califica de «muy devota poesía» en la que «no faltan las alusiones bíblicas de profundo sentido teológico»[1]. Copio solo el comienzo:

Virgen fecunda, Madre venturosa,
cuyos hijos, criados a tus pechos,
sobre sus fuerzas la virtud alzando,
pisan ahora los dorados techos
de la dulce región maravillosa
que está la gloria de su Dios mostrando:
tú que ganaste obrando
un nombre en todo el mundo
y un grado sin segundo,
ahora estés ante tu Dios postrada,
en rogar por tus hijos ocupada,
o en cosas dignas de tu intento santo,
oye mi voz cansada,
y esfuerza, ¡oh, Madre!, el desmayado canto[2].

Santa Teresa de Jesús

Como es sabido, Teresa de Ávila —que había sido beatificada en 1614sería canonizada por el papa Gregorio XV el 12 de marzo de 1622. La composición cervantina consta de siete estancias que comentan los «impulsos celestiales», «los favores / con que te regaló la mano eterna» y sus «éxtasis divinos», cuando el alma lleva su cuerpo «a las regiones santas» y queda «más humilde, más sabia y obediente / al fin de tus arrobos». Tras pedir a la futura santa que oiga «devota y pía» los balidos de su terrenal rebaño, la composición se remata con el envío final, que dice así:

Canción: de ser humilde has de preciarte
cuando quieras al cielo levantarte,
que tiene la humildad naturaleza
de ser el todo y parte
de alzar al cielo la mortal bajeza[3].

[1] P. Teófilo Antolín, «El uso de la Sagrada Escritura en Cervantes», Cuadernos de Literatura. Revista General de las Letras, III, 7, enero-febrero de 1948, p. 135.

[2] M. de Cervantes, Poesías completas, ed. V. Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, p. 385.

[3] M. de Cervantes, Poesías completas, ed. V. Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, p. 388.

La glosa cervantina de «El cielo a la Iglesia ofrece…»

Otro poema hagiográfico de Cervantes es la glosa de «El cielo a la Iglesia ofrece…», dedicada en esta ocasión a san Jacinto. He aquí el texto:

El cielo a la Iglesia ofrece
hoy una piedra tan fina,
que en la corona divina
del mismo Dios resplandece.

Tras los dones primitivos
que en el fervor de su celo
ofreció la Iglesia al cielo,
a sus edificios vivos
dio nuevas piedras el cielo.
Estos dones agradece
a su Esposa y le ennoblece;
pues de parte del Esposo
un Jacinto el más precioso
el cielo a la Iglesia ofrece.

Porque el hombre de su gracia
tantas veces se retira,
y el Jacinto al que le mira
es tan grande su eficacia,
que le sosiega la ira.
Su misma piedad lo inclina
a darlo por medicina;
que en su juïcio profundo
ve que ha menester el mundo
hoy una piedra tan fina.

Obró tanto esta virtud
viviendo Jacinto en él,
que a los vivos rayos dél
en una y otra salud
se restituyó por él.
Crezca gloriosa la mina
que de su luz jacintina
tiene el cielo y tierra llenos,
pues no mereció estar menos
que en la corona divina.

Allá luce ante los ojos
del mismo autor de su gloria,
y acá en gloriosa memoria
de los triunfos y despojos
que sacó de la victoria.
Pues si otra luz desfallece
cuando el Sol la suya ofrece,
¿qué más viva y rutilante
será aquesta, si delante
del mismo Dios resplandece?[1]

 San Jacinto

El contenido del poema juega con la palabra Jacinto, que es el nombre de pila del santo[2], pero también el de una piedra preciosa a la que se atribuían en la época propiedades taumatúrgicas. En este sentido, por ser piedra preciosa de su corona, el santo resplandece delante de Dios con «vivos rayos», con una «luz jacintina» que se muestra «viva y rutilante» ante la luz del propio Sol. Además, se dice, esa piedra preciosa la ofrece el cielo (=Dios, el Esposo) a su Esposa la Iglesia y, por otra parte, el hombre se ve restituido en su salud merced a la eficacia medicinal de san Jacinto. Se trata de una simple composición de circunstancias[3], que tampoco alcanza una gran calidad poética.


[1] M. de Cervantes, Poesías completas, ed. V. Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, pp. 373-374.

[2] Estos juegos con los nombres son frecuentes en la época; uno muy similar, también referido al nombre de Jacinto, lo encontramos en la aprobación de fray Raimundo Sos y Lumbier a la obra El señor Felipe V es el rey de las Españas verdadero (1711) del predicador sangüesino Jacinto de Aranaz.

[3] Anota el editor Gaos: «En la canonización de San Jacinto (1595), el convento de Santo Domingo de Zaragoza, celebró unas justas literarias. El poema de Cervantes obtuvo el primer premio en el segundo certamen. En la relación de estas justas figuran los siguientes versos: “Miguel Cervantes llegó / tan diestro, que confirmó / en el Certamen segundo / la opinión que le da el mundo, / y el primer premio llevó”»; y añade este comentario de Givanel: «Del mérito de las composiciones que entraron en competencia, puede dar idea la producción galardonada».

Elementos religiosos en la poesía de Cervantes

La religión constituye un elemento muy notable en la obra literaria de Cervantes y es, ciertamente, uno de los más importantes a la hora de calibrar el pensamiento del escritor. La presencia de este componente se ha analizado, sobre todo, en la narrativa, y fundamentalmente en el Quijote (anticlericalismo, influjos erasmistas, actitud frente a los moriscos y conversos, todo ello puesto en relación con los posibles antecedentes judaicos del autor…); algo menos en lo que atañe al teatro y muy poco, hasta donde se me alcanza, en el terreno de la poesía.

Pues bien, en sucesivas entradas pretendo llevar a cabo un rastreo amplio, no exhaustivo, de la presencia de los elementos religiosos en la lírica cervantina, tanto en las poesías sueltas como en las insertas en obras pertenecientes a otros géneros (narrativa y teatro). Mi análisis se articulará en seis apartados: 1) poemas hagiográficos; 2) poemas de temática mariana; 3) otros poemas con importante presencia del elemento religioso; 4) presencia de la religión en los poemas de tema histórico y bélico; 5) elementos religiosos en la poesía satírico burlesca; y 6) alusiones microtextuales. Examinaremos, pues, por separado lo relativo a cada apartado, comenzando por algunos poemas hagiográficos.

Uno de ellos es el soneto a san Francisco de Asís, que fue recogido por fray Pedro de Padilla en su Jardín espiritual (1585) y por Justo de Sancha en su Romancero y cancionero sagrados (BAE, XXXV):

Muestra su ingenio el que es pintor curioso
cuando pinta al desnudo una figura,
donde la traza, el arte y compostura
ningún velo la cubra artificioso.

Vos, seráfico Padre, y vos, hermoso
retrato de Jesús, sois la pintura
al desnudo pintada, en tal hechura
que Dios nos muestra ser pintor famoso.

Las sombras de ser mártir descubristes;
los lejos, en que estáis allá en el cielo
en soberana silla colocado;

las colores, las llagas que tuvistes,
tanto las suben que se admira el suelo,
y el pintor en la obra se ha pagado[1].

Llagas de san Francisco de Asís

Como vemos, se trata de un soneto que parte de la imagen Dios=Divino Pintor y hace un uso ingenioso del léxico de la pintura (sombras, lejos, colores…), afirmando de san Francisco que es «hermoso / retrato de Jesús»; cabe destacar además el juego dilógico del último verso, «y el pintor en la obra se ha pagado» (‘ha recibido el pago por su obra’ y ‘ha quedado satisfecho con ella’). Por lo demás, las rimas conseguidas con formas verbales (descubristes, tuvistes) restan aliento poético a la composición, que en conjunto no es demasiado lograda.


[1] Miguel de Cervantes, Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, pp. 354-355. En este poema —y lo mismo haré en otros que citaré en próximas entradas— retoco ligeramente, sin indicarlo, la puntuación y las grafías. De aquí en adelante, las referencias a las Poesías completas serán tomadas de la citada edición de Gaos y solo se indicará el volumen y el número de página.

Amoríos de Lope con Antonia Trillo de Armenta

Ya de vuelta en la Villa y Corte, Lope se va a enamorar de nuevo… y de nuevo va a tener un encontronazo con la justicia: en 1596 sufre proceso por amancebamiento con Antonia Trillo de Armenta, viuda de Luis Puche o Puig, que tenía casa en la calle de las Huertas[1].

Calle de las Huertas, Madrid

El proceso en la Sala de alcaldes de Casa y Corte se ha perdido, pero no debió de prosperar, pues no se conocen derivaciones posteriores de la causa. Sabemos, sí, que aquella viuda alegre volvería a casarse y moriría, otra vez viuda, en 1631.

Ese año de 1596 firma los manuscritos de El marqués de Mantua, La francesilla y La bella malmaridada. Es posible que regresase a Alba de Tormes, y que el duque lo despidiese de su lado. Habría aprovechado su vuelta allí para acudir a ver la tumba de Isabel y a rezar por ella, recuerdo de lo cual serían dos romances, «Belisa, señora mía» y «Ya vuelo, querido Tormes», en el que se lamenta de tener que dejar la casa de Alba.

En el otoño de 1597 se cierran los teatros por la muerte de la infanta Catalina Micaela de Saboya, hija de Felipe II. La prohibición de representar comedias se extiende por la muerte de Felipe II (septiembre de 1598) hasta la boda de Felipe III (abril de 1599). Sin posibilidad durante este tiempo de vivir de lo escrito para el teatro, Lope tratará de seguir desempeñando el empleo de secretario de nobles. Quizá es ahora cuando sirve al marqués de Malpica y mariscal de Castilla. Dura poco en este empleo, pues no era ya su secretario a la altura de 1598, cuando pasa a servir a don Pedro Fernández Ruiz de Castro, marqués de Sarria, futuro conde de Lemos, que será mecenas y protector de varios artistas, entre ellos Cervantes.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope es perdonado y regresa a Madrid

Los recuerdos dolorosos del tiempo feliz vivido en Alba de Tormes le persiguen y Lope decide abandonar el lugar[1]. Vende todos sus bienes en pública almoneda, en el mes de febrero de 1595,  y quizá solicita el perdón de Jerónimo Velázquez para poder regresar a Madrid antes de que se cumpla la pena de destierro.

Perdón

Para algunos biógrafos, era el propio Velázquez quien estaba interesado en su regreso a Madrid, pues Lope, ahora viudo y libre, constituía un magnífico partido para Elena, que a su vez quedaría viuda el 30 de marzo de 1595. En este sentido se ha interpretado el vaticinio que en La Dorotea hace el astrólogo César a su amigo don Fernando:

Seréis notablemente perseguido de Dorotea y de su madre en la cárcel, donde os ha de tener preso. El fin desta prisión os promete destierro del reino; poco antes de lo cual serviréis una doncella que se ha de inclinar a vuestra fama y persona, con quien os casaréis, con poco gusto de vuestros deudos y los suyos [alusión a Isabel de Urbina]; ésta acompañará vuestros destierros y cuidados con gran lealtad y ánimo para toda adversidad constante; morirá a siete años de este suceso, y con excesivo sentimiento vuestro daréis vuelta a la corte, viuda ya Dorotea, que os solicitará para marido; pero no saldrá con ello, porque podrá más que su riqueza vuestra honra, y que sus amores y caricias vuestra venganza… Sabed que os esperan inmensos trabajos por causa de los amores; guardaos de alguna que os ha de dar hechizos, si bien saldréis de todo con oraciones a Dios, en otro estado del que ahora tenéis… Uno os ha de estimar y favorecer mucho, cuyo amor conservaréis hasta el fin de vuestra vida, que aquí parece larga.

Partiese de quien partiese la iniciativa, el caso es que en 1595 Lope obtiene el perdón de Jerónimo Velázquez, quien el 18 de marzo había efectivamente presentado el siguiente escrito ante las autoridades:

Que por cuanto él se querelló y acusó criminalmente a Lope de Vega en razón de decir había hecho cierta sátira contra Elena Osorio, su hija, y otras personas el año pasado de ochenta y siete u ochenta y ocho ante los señores alcaldes del crimen de ella, y fue condenado en diez años de destierro en esta forma: los ocho años de ellos, de esta corte y cinco leguas, y los dos del reino, según se contiene en la dicha sentencia, a que dijo se refiere, el cual en cumplimiento de ella salió a cumplir el dicho destierro y ha cumplido los ocho años y ahora por servicio de Dios Nuestro Señor y por la voluntad que tiene de servirle como cristiano, tiene por bien de perdonarle al dicho Lope de Vega de todo el delito que cometió y por el que le tiene acusado ante los dichos señores alcaldes, y le remite y perdona y consiente y tiene por bien que el susodicho libremente pueda entrar en esta corte, no embargante el dicho destierro que le falta por cumplir.

Lope, por su parte, también pidió el indulto real:

Suplica a Vuestra Majestad le mande alzar el destierro que le falta y darle licencia para que libremente pueda entrar y andar en esta corte, atento a que su culpa fue muy poca y como a Vuestra Majestad le constará, y que en cumplir el dicho destierro ha pasado y pasa grandes necesidades, enfermedades y trabajos, que en ello recibirá muy gran merced.

Una vez obtenido, el Fénix puede por fin regresar a Madrid.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

La muerte trunca la felicidad del Fénix

Sin embargo, esta felicidad disfrutada en Alba de Tormes se va a ver truncada: Isabel pasa enferma un año, en que Lope cuida amorosamente de ella, y finalmente muere al dar a luz a su segunda hija, Teodora, en ese año de 1594, dedicándole Medinilla una sentida elegía[1]. Y Lope la recuerda en el primer aniversario de su muerte:

Belisa, señora mía,
hoy se cumple justo un año
que de tu temprana muerte
gusté aquel potaje amargo.
Un año te serví enferma,
¡ojalá fueran mil años!,
que así enferma te quisiera
continuo aguardando el pago.
Solo yo te acompañé
cuando todos te dejaron,
porque te quise en la vida
y muerta te adoro y amo.

Vanitas, Barthel Bruyn

La niña Teodora fallecería también pronto, y Lope expresará su dolor en un soneto de las Rimas, «A la sepultura de Teodora de Urbina»:

Mi bien nacido de mis propios males,
retrato celestial de mi Belisa,
que en mudas voces y con dulce risa
mi destierro y consuelo hiciste iguales;

segunda vez de mis entrañas sales;
mas, pues tu blanco pie los cielos pisa,
¿por qué el de un hombre en tierra tan aprisa
quebranta tus estrellas celestiales?

Ciego, llorando, niña de mis ojos,
sobre esta piedra cantaré, que es mina
donde el que pasa al indio, en propio suelo

halle más presto el oro en tus despojos,
las perlas, el coral, la plata fina.
Mas, ¡ay!, que es ángel y llevolo al Cielo.

De otro titulado «A dos niñas» (incluido asimismo en las Rimas) se ha pensado que podría estar dedicado a la muerte de sus hijas, aunque se ha discutido el sentido funeral del poema, que admite más bien una lectura en clave amorosa:

Para tomar de mi desdén venganza
quitome Amor las niñas que tenía,
con que miraba yo como solía
todas las cosas en igual templanza.

A lo menos conozco la mudanza
en los antojos de la vida mía;
de un día en otro no descanso un día,
del tiempo huye lo que el tiempo alcanza.

Almas parecen de mis niñas puestas
en mis ojos que baña tierno llanto.
¡Oh, niñas, niño Amor, niños antojos!

¡Niño deseo que el vivir me cuestas!
Mas ¿qué mucho también que llore tanto
quien tiene cuatro niñas en los ojos?


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope e Isabel: años tranquilos en Alba de Tormes

En 1590 terminan los dos años de destierro del reino y puede regresar a Castilla, aunque todavía no a la Corte[1]. Se asienta con su esposa en Toledo, donde se acomoda con don Francisco de Ribera Barroso, futuro marqués de Malpica, hecho que Pérez de Montalbán sitúa a la vuelta de la jornada de Inglaterra:

Al volver de esta desgraciada expedición, Lope marchó a Madrid y entró al servicio del marqués de Malpica, y después, con el mismo carácter, sirvió al conde de Lemos.

No sabemos cuánto tiempo duró en servicio de don Francisco. En cualquier caso, es mucho más importante su acomodo con don Antonio Álvarez de Toledo, duque de Alba, al que acompañará hasta sus estados en Alba de Tormes (Salamanca). Allí, en su palacio junto al río, el duque ha formado una rica corte artística y literaria, de la que forman parte también Pedro de Medina (Medinilla) y Juan Blas de Castro. En esta idílica corte ducal de Alba de Tormes permanecerá Lope hasta 1595. Su señor, que se ha casado el 23 de julio de 1590 con doña Mencía de Mendoza y Enríquez, es preso por desobediencia y ha de pasar tres años encerrado en el castillo de La Mota (Valladolid). En la fiesta de toros que se organiza para celebrar su regreso, el 15 de mayo de 1593, muere don Diego de Toledo, hermanastro del duque, y Lope le dedica una bella elegía.

Alba de Tormes por Nacho Alcalde

Al igual que los de Valencia, son estos años de sosiego al lado de su esposa Isabel, que es su musa literaria bajo el nombre poético de Belisa: «Ella parece inspirarle, provocarle, una estremecida emoción, casi un fervor poético», escribe Villacorta. En el poema «Descripción de la Tapada», la evoca bellamente «Suelto en ondas el mar de sus cabellos…». Por lo demás, el desempeño de su cargo como secretario o gentilhombre de cámara del duque de Alba le deja bastante tiempo libre para escribir (en Alba de Tormes firma varias comedias: El maestro de danzar, El leal criado, Laura perseguida, El dómine Lucas, El caballero del milagro…). Además, puede mantener contactos con el ambiente universitario de Salamanca (se sabe que el 26 de enero de 1594 alquiló una casa en esa ciudad), y se ha apuntado, como ya vimos en una entrada anterior, la posibilidad de que siguiese sus estudios en la célebre universidad salmantina, pero en modo alguno están documentados. Dedica un poema, «Descripción del Abadía», a la finca con hermosos jardines propiedad del duque en la sierra entre Salamanca y Cáceres.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

El destierro de Lope en Valencia

En fin, fuese cual fuese la participación exacta de Lope en la Armada contra Inglaterra, tenemos que, a su vuelta, marcha a Valencia para seguir cumpliendo la pena de destierro de Castilla[1]. Y este destierro en la ciudad levantina va a tener algo de providencial, sobre todo para el desarrollo de su carrera dramática. Es el caso que Lope llega a Valencia a finales de 1588 o primeros de 1599, acompañado de su esposa, de su amigo Claudio Conde y del empresario teatral Gaspar de Porres. Serán dos años, 1589-1590, felices, de rara tranquilidad, rota únicamente por la noticia de la muerte de la madre de Lope (que fue enterrada el 22 de septiembre de 1589). Esa felicidad queda reflejada en el célebre romance «Hortelano era Belardo».

Valencia era una ciudad rica y populosa, con una floreciente actividad comercial: abierta al Mediterráneo y mirando a Italia (recuérdense las históricas relaciones de la Corona de Aragón con las ciudades y estados italianos), no solo florecían los negocios, sino también la vida cultural y artística, que estaba en pleno desarrollo. En la ciudad del Turia las representaciones teatrales estaban cobrando una fuerza muy notable, y Lope, instalado allí por un tiempo, pronto entró en contacto con dramaturgos como Cristóbal de Virués, Francisco Agustín de Tárrega, Gaspar de Aguilar, Guillén de Castro, Carlos Boyl o Ricardo de Turia, los cuales están perfeccionando las fórmulas del teatro renacentista en busca de nuevas direcciones. Como ha puesto de relieve la crítica, Lope aprenderá muy bien algunas lecciones de sus colegas valencianos y, lo más importante, sabrá integrar armónicamente los diversos elementos dramáticos que aquellos escritores levantinos estaban tanteando y poniendo en práctica en sus comedias.

La viuda valenciana, de Lope

La escritura dramática, que había empezado como una afición, se ha ido convirtiendo en una «profesión», en su modus vivendi. Lope, poco a poco, consigue fijar una fórmula de enorme éxito popular, corta el patrón de la denominada Comedia nueva, en la que tantos discípulos e imitadores tendría. Lope tuvo que ajustarse al gusto de su público, y hay un pasaje muy significativo del Apologético de las comedias españolas de Ricardo de Turia que hace referencia a esta circunstancia:

Pues es infalible que la naturaleza española pide en las comedias lo que en los trajes, que son nuevos usos cada día. Tanto, que el príncipe de los poetas cómicos de nuestros tiempos, y aun de los pasados, el famoso y nunca bien celebrado Lope de Vega, suele, oyendo así comedias suyas como ajenas, advertir los pasos que hacen maravilla y granjean aplauso, y aquéllos, aunque sean impropios, imita en todo, buscándose ocasiones en nuevas comedias, que como de fuente perenne nacen incesantemente de su fertilísimo ingenio, y así con justa razón adquiere el favor que toda Europa y América le debe y paga gloriosamente.

Desde Valencia, Lope mandaba sus textos a Madrid para que fuesen representados; el autor Porres le enviaba un propio cada quince días con esta finalidad. En otro orden de cosas, sigue cultivando la poesía lírica y así, la Flor de varios romances nuevos y canciones que en 1589 da a las prensas Pedro de Moncayo, en Huesca, recoge varias composiciones juveniles de Lope. Respecto a su vida familiar, el 10 de noviembre de ese mismo año Lope e Isabel bautizan en Valencia a su primera hija, Antonia (que moriría, quizá en Alba de Tormes, en 1591).


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.