Lope y sus «otros desaires de fortuna»

Por cierto, la explicación que Pérez de Montalbán da en la Fama póstuma para la salida de Madrid es completamente diferente (el enfrentamiento con un hidalgo maledicente)[1]. Calla, como ya se dijo en una entrada anterior, todo lo relacionado con Elena Osorio (cárcel, proceso judicial, destierro…) y además indica que Lope se alista en la Armada por el dolor provocado por la muerte de su esposa Isabel, y una vez cumplidos varios años de estancia en Valencia.

Juan Pérez de MontalbánLa cronología, en el compendioso relato de Montalbán, queda de esta forma bastante trastocada. En efecto, tras mencionar la boda con Isabel de Urbina, escribe:

Es pues el caso que había en este lugar un hidalgo entre dos luces (que hay también crepúsculos en el origen de la nobleza como en el nacimiento del día), de poca hacienda pero de mucha maña para comer y vestir al uso, donde pedía barato con desahogo a título de decir donaires a los presentes y cortar de vestir a los que no estaban delante. Supo Lope que una noche había entretenido la ociosidad del auditorio a su costa y disimuló la descortesía, no por temor sino por desprecio […] mas viendo que porfiaba en su civil tema, cansose, y sin tocar en la sangre ni en las costumbres, que lo primero es impiedad y lo segundo despropósito, le pintó en un romance tan graciosamente que causó en todos risa pero no escándalo, que en los versos escritos sin odio y con buen gusto cabe el donaire pero no la injuria. Picose el tal maldiciente con grande estremo […] y remitió su defensa a la espada, enviando a Lope un papel de desafío; lance de que salió tan airoso que dejó calificado su brío y enmendada la condición de su contrario. Éste y otros desaires de la fortuna, ya negociados de su juventud y ya encarecidos de sus opuestos, le obligaron a dejar su casa y su patria, su esposa con harto sentimiento, si bien se le templó la cortesana acogida que le hizo la ciudad de Valencia y sus ciudadanos, mientras fue su huésped.

Nótese cómo con la expresión «otros desaires de fortuna» corre Montalbán un tupido velo sobre el destierro y sus verdaderas causas. Y sigue así su narración:

Después de algunos años que estuvo en aquel reino, los afectos naturales de la patria, las floridas riberas de Manzanares, objeto lírico de su pluma, y los justos deseos de ver su esposa le restituyeron a sus brazos con tan destemplado contento que se temió su vida en el mismo regocijo, que es tanto el melindre de nuestra salud que peligra en el gozo como en la pena, si no es que fuese ensayo del dolor que le estaba esperando, pues dentro de un año el agudo acero de la muerte, que corta y deshace las más firmes lazadas, se la quitó intempestivamente de los ojos. Golpe que le partió el corazón por medio, y que solo pudo hacerle sufrible el respeto a la mano que le tiraba. Sucedió esta desgracia en ocasión de efetuarse la jornada de Inglaterra, que alentaba el generoso brazo del Excelentísimo Señor Duque de Medina Sidonia, a cuya sombra se alistó de soldado con ánimo de perder la vida porque acabasen con ella sus congojas. Salió de Madrid, cruzó toda la Andalucía, llegó a Cádiz y pasó a Lisboa, donde se embarcó con un hermano suyo que tenía, alférez, y había muchos años que no se vían; placer que también le duró pocas horas, porque en una refriega que tuvieron con ocho velas de holandeses, le alcanzó una bala y murió en sus brazos. Y como sea verdad que nunca viene un pesar solo, porque siempre el que se padece es víspera del que ha de seguirse, sucedió tras tantos azares que el viento, tirano príncipe de las provincias de Neptuno, con una borrasca continuada malogró, a pesar de la razón y de la justicia, el noble corazón de tantos esforzados leones, cuyo lamentable suceso volvió a Madrid a nuestro Lope más aprisa que imaginó su ardimiento.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

De nuevo las armas: Lope y la jornada de Inglaterra

El escritor nos cuenta que a finales de ese mismo mes (mayo de 1588) se alistó en la Armada Invencible, nombre con el que se conoce hoy popularmente a la flota armada por Felipe II que tenía como objetivo la invasión de Inglaterra, aunque no la llamaron así los coetáneos de Lope, sino «Grande y Felicísima Armada» o «Católica Armada»[1]. En el libro III de la Corona trágica encontramos estos versos alusivos a la circunstancia:

Ceñí en servicio de mi rey la espada
antes que el labio me ciñese el bozo,
que para la católica jornada
no se excusaba generoso mozo.

De nuevo Lope se quita años, pues a esta altura de la vida estaba ya cercano a cumplir los 26, lo que ciertamente no se corresponde con la indicación «antes que el labio me ciñese el bozo». La decisión de volver a tomar las armas aparece evocada asimismo a través del recuerdo de don Fernando en La Dorotea:

Bien que consiste la paz de mis pensamientos en desear por algún tiempo la patria, y así pienso trocar las letras por las armas en esta jornada que nuestro rey intenta a Inglaterra.

¿Qué llevó a Lope, recién casado, a abandonar a su esposa, que probablemente estaba ya en estado? Las posibilidades sugeridas por los biógrafos son muchas: sentimiento sincero de pelear por la patria, afán de heroísmo juvenil, deseo de nuevas aventuras, intento de rehabilitación de su persona, que podría llegar demostrando valor en combate… Sabemos que en esta jornada de Inglaterra participaron su hermano Juan de Vega, alférez, y otros amigos o conocidos como Luis de Vargas Manrique, Félix Arias Girón y Claudio Conde.

Navío de la Armada española

En un célebre romance, Lope evoca líricamente el momento de la despedida de su Belisa-Isabel que —según esta fantasía literaria— se habría producido en Lisboa, a donde ella habría acudido para reprocharle el abandono en que la dejaba:

De pechos sobre una torre
que la mar combate y cerca,
mirando las fuertes naves
que se van a Ingalaterra,
las aguas crece Belisa
llorando lágrimas tiernas,
diciendo con voces tristes
al que se parte y la deja:
«¡Vete, cruel, que bien me queda
en quien vengarme de tu agravio pueda!»

Estos últimos versos, y los que siguen, que no copiamos, son los que sugieren que Isabel estaría ya encinta, y resulta poco creíble que esta escena de despedida tuviera lugar, en la vida real, en Lisboa. La armada salió del puerto portugués el 29 de mayo de 1588. Pero antes le dio tiempo al fogoso Lope a mantener relaciones con una cortesana lisboeta, como evocaría años después en una pícara alusión en carta al duque de Sessa. A bordo del galeón San Juan, equipado con 24 cañones, habría pergeñado La hermosura de Angélica, tratando de competir con Ariosto.

Armada contra Inglaterra

La participación exacta que tuvo Lope en esta jornada de Inglaterra, en la que murió su hermano Juan, resulta confusa, e incluso ha sido puesta en duda. No sabemos a ciencia cierta si en realidad Lope llegó a combatir. Para algunos biógrafos se quedó en Lisboa o no pasó de La Coruña. Para otros, su galeón llegó hasta al cabo Mizen (Mizen Head) en Irlanda, para luego retornar a La Coruña y de ahí regresar finalmente a Lisboa. Lo cierto es que los restos de la fracasada Armada, deshecha más por los temporales que por los combates, regresaron en diciembre (hay un romance lopesco, el que comienza «De la armada de su rey / a Baza daba la vuelta», que parece hacerse eco de esa vuelta), y que a finales de 1588 o principios de 1589 Lope marcha a Valencia, para seguir allí su destierro del reino de Castilla.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Primer matrimonio de Lope: Isabel de Urbina

Tenemos, pues, que hacia mediados de febrero de 1588 Lope debe salir de Madrid (directamente desde la cárcel, según establecía la condena) para cumplir la pena de destierro, tema que aparecerá ahora literaturizado en varios de sus romances, como en el que comienza[1]:

Mil años ha que no canto
porque ha mil años que lloro,
trabajos de mi destierro,
que fueran de muerte en otros.

Mientras que en algunos de ellos le salteará el recuerdo de Filis-Elena:

¡Ay, amargas soledades
de mi bellísima Filis,
destierro bien empleado
del agravio que la hice.

Pero Lope es incorregible y, pese a sus enredos con la justicia, no tiene inconveniente en raptar (eso sí, con su anuencia, al parecer) a una doncella principal de Madrid, Isabel de Urbina, también conocida como Isabel de Alderete, a la que cantará en sus versos con el nombre poético de Belisa. Isabel es hija de Diego de Urbina y Alderete, pintor de la cámara real, y hermana de don Diego de Ampuero Urbina y Alderete, regidor y rey de armas de Su Majestad. Pertenecía, por tanto, a una familia bien situada. El rapto se debió de producir entre la salida de la cárcel y la marcha al destierro (recordemos que Lope disponía de un plazo de quince días para abandonar el reino de Castilla), si bien otra posibilidad es que lo quebrantase para regresar a Madrid y raptar a Isabel.

Firma de Lope de Vega

Pese al consentimiento de la muchacha, su escapada con el «escandaloso poetilla de Madrid», al decir de Entrambasguas, no dejaba de suponer un grave deshonor que debía ser reparado inmediatamente: la familia de Isabel reacciona y Lope se ha de enfrentar a un nuevo proceso judicial, que no se detendrá hasta que el 10 de mayo se case con ella por poderes, actuando en su nombre su cuñado Luis Rosicler (el marido de su hermana Isabel del Carpio, bordador de oficio):

En diez días del mes de mayo, año de mil y quinientos ochenta y ocho años, se desposó, con licencia y mandamiento del señor Vicario general de esta villa de Madrid, Lope de Vega e Carpio, vecino de esta villa, y en su nombre, y por su poder bastante, Luis de Rosicler, con doña Isabel de Alderete; fueron testigos el secretario Tomás Gracián; Juan de Vallejo, alguacil de corte; Juan Pérez, boticario; y Juan de Vega y Alonso Díaz, estantes en esta dicha villa. El licenciado Delgado.

Pérez de Montalbán, que en su Fama póstuma elimina todos los detalles negativos de la biografía de su admirado Lope —no dice nada, por ejemplo, de los amoríos con Elena Osorio, ni del escándalo del proceso por libelos, ni del paso por la cárcel—, señala que el matrimonio con Isabel de Urbina fue después de entrar Lope en la casa del duque de Alba y que se celebró con consentimiento de la familia:

Supo que estaba el señor Duque de Alba en Madrid, y vino a verle y a besarle la mano, de que se holgó Su Excelencia mucho porque le amaba con estremo y así lo mostró, ofreciéndole su casa y haciéndole no solo su secretario sino su valido, favor que pagó Lope con escribir a su orden la ingeniosa Arcadia, enigma misterioso de sujetos altos, desalumbrado en el rebozo de pastores humildes.

Perseveró en esta privanza mucho tiempo, ya estando con Su Excelencia en Alba, y ya viniendo a la corte a sus negocios, hasta que, enamorado de doña Isabel de Urbina, hija de don Diego de Urbina, rey de armas y muy conocido en esta villa, hermosa sin artificio, discreta sin bachillería y virtuosa sin afectación, se casó con ella con permiso de los deudos de entrambas partes.

Pero esto último no debió de ser así, ni mucho menos. Como se ha apuntado, la boda habría sido aceptada sin mucho entusiasmo por los Urbina, tras el hecho consumado de la huida, y como un mal menor que suponía la reparación de su maltrecho honor familiar. El matrimonio canónico con Isabel no se confirmará de presente hasta el 10 de julio de 1589, en la iglesia de san Esteban de Valencia, cuando ya los esposos estén instalados en aquella ciudad.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los sonetos de los mansos de Lope

Cabe señalar que, frente al duro tono, directo y soez, de los libelos, una huella más literaria —y mucho más hermosa— de la ruptura de Lope de Vega con Elena Osorio quedó en los famosos sonetos de los mansos[1]. Son tres los que forman la serie («Suelta mi manso, mayoral extraño…», «Querido manso mío, que venistes…» y «Vireno, aquel mi manso regalado…»), y los tres desarrollan la idea de que un «mayoral extraño» (Granvela) ha robado al pastor (Lope) su manso amado (Elena). He aquí los tres textos, plenos de honda emoción y de subidos quilates estéticos:

Suelta mi manso, mayoral extraño,
pues otro tienes de tu igual decoro,
deja la prenda que en alma adoro
perdida por tu bien y por mi daño.

Ponle su esquila de labrado estaño
y no le engañen tus collares de oro,
toma en albricias este blanco toro
que a las primeras yerbas cumple un año.

Si pides señas, tiene el vellocino
pardo encrespado, y los ojuelos tiene
como durmiendo en regalado sueño.

Si piensas que no soy su dueño, Alcino,
suelta y verasle si a mi choza viene,
que aun tienen sal las manos de su dueño.

Manso blanco

Querido manso mío, que venistes
por sal mil veces junto aquella roca,
y en mi grosera mano vuestra boca
y vuestra lengua de clavel pusistes,

¿por qué montañas ásperas subistes,
que tal selvatiquez el alma os toca?
¿Qué furia os hizo condición tan loca,
que la memoria y la razón perdistes?

Paced la anacardina, porque os vuelva
de ese cruel y interesable sueño,
y no bebáis del agua del olvido.

Aquí está vuestra vega, monte y selva;
yo soy vuestro pastor, y vos mi dueño;
vos mi ganado, y yo vuestro perdido.

Manso blanco 2

Vireno, aquel mi manso regalado
del collarejo azul; aquel hermoso
que con balido ronco y amoroso
llevaba por los montes mi ganado;

aquel del vellocino ensortijado,
de alegres ojos y mirar gracioso,
por quien yo de ninguno fui envidioso,
siendo de mil pastores envidiado;

aquel me hurtaron ya, Vireno hermano:
ya retoza otro dueño y le provoca;
toda la noche vela y duerme el día.

Ya come blanca sal en otra mano;
ya come ajena mano con la boca
de cuya lengua se abrasó la mía.

Y, por supuesto, la relación también se recreará literariamente en La Dorotea (1632), obra de madurez donde la historia de amor y de rivalidad se oculta bajo los nombres de don Fernando, Dorotea y don Bela.


[1] Muchos de los datos acerca de este episodio del juicio contra Lope y su condena los debemos a las investigaciones de Atanasio Tomillo y Cristóbal Pérez Pastor, que los dieron a conocer en su libro Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos. Posteriormente, los libelos fueron transcritos por Joaquín de Entrambasguas. Como mínimo apunte bibliográfico sobre estos tres sonetos puede verse Mauricio Molho, «Teoría de mansos: un triple soneto de Lope de Vega», Bulletin Hispanique, 93-1, 1991, pp. 135-155.

Lope detenido, encarcelado y condenado

La familia de Elena reacciona, y así Jerónimo y su hijo Diego Velázquez presentan una querella ante el alcalde de Casa y Corte Espinosa[1]. Como consecuencia de la denuncia, en la tarde del 29 de diciembre, Lope es detenido mientras asistía a una representación en el Corral de la Cruz y conducido a la cárcel de la Corte situada en la calle de Atocha, acusado de difamación por la familia de su amante. Un posible testimonio literario de este paso por la prisión sería el romance «En la prisión está Adulce…».

Se sigue el juicio, y los testigos Rodrigo de Saavedra, cómico, y Alonso de Ordóñez, licenciado, acusan a Lope de ser el autor de los injuriosos libelos contra la familia de Elena. El 2 de enero de 1588, alegando que es menor de edad, el escritor solicita que se le dé como curador a Diego de Izmendi (en realidad, ya sobrepasaba por unos meses la mayoría de edad, fijada entonces en los 25 años). El 9 de enero es él quien declara, para negar la acusación: afirma conocer los famosos libelos, pero dice que no son suyos; manifiesta que tiene a Elena Osorio por «mujer muy honrada»; indica que se dedica a escribir comedias «por su entretenimiento», y que considera que la enemistad de los Velázquez se debe a que dejó de darles sus piezas a ellos para vendérselas a Porres. Sin embargo, los argumentos de Lope no convencen a los jueces y el 15 de enero de 1588 es condenado a cuatro años de destierro de la Corte y cinco leguas, y a dos del reino de Castilla.

En la cárcel Lope seguirá injuriando a Elena y su familia y, tras una nueva querella, el 5 de febrero se dicta la sentencia definitiva, por la que los jueces le aumentan el castigo de destierro de cuatro a ocho años:

Confirman la sentencia de vista en grado de revista, con que los cuatro años de destierro desta Corte y cinco leguas sean ocho, demás de los del reino, y los salga a cumplir desde la cárcel los ocho de la Corte y cinco leguas, y los del reino dentro de quince días; no los quebrante, so pena de muerte los del reino, y los demás, de servirlos en galeras al remo y sin sueldo, con costas.

Así, con unas semanas de cárcel y una dura condena de destierro, terminan los apasionados amores de Lope con Elena Osorio, su gran pasión de juventud. Como escriben Rennert y Castro, «No es probable que aquel fuese el primer amor de Lope; pero es seguro que aquella pasión fue intensa y vehemente». Fue, sin duda, su primera borrasca amorosa, pero no sería, ni mucho menos, la última, como tendremos ocasión de comprobar[2].

Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

[2] Muchos de los datos acerca de este episodio del juicio contra Lope y su condena los debemos a las investigaciones de Atanasio Tomillo y Cristóbal Pérez Pastor, que los dieron a conocer en su libro Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos. Posteriormente, los libelos fueron transcritos por Joaquín de Entrambasguas.

Lope de Vega: unos amores despechados y unos libelos ofensivos

Serán cuatro o cinco años los que dure esta apasionada relación con Elena Osorio, tiempo en el que las comedias escritas por Lope iban naturalmente a parar a manos de la compañía de Velázquez, el padre de la muchacha[1]. Y las piezas que escribía el mozo eran buenas, en el sentido de que agradaban al público y daban ganancia, así que todo iba miel sobre hojuelas.

Sin embargo, llega un momento en que Lope se va a ver desplazado en el amor de Elena por don Francisco Perrenot, sobrino del cardenal Granvela (Antonio Perrenot de Granvela), personaje con muchos más posibles que el hijo del bordador: por muchas y exitosas comedias que este fuera capaz de escribir, el otro, el rival, constituía mucho mejor partido.

Antonio Perrenot de Granvela, el cardenal Granvela

Al parecer, fue la madre de Elena, Inés Osorio, quien la indujo a cortar con Lope. Como señalan algunos biógrafos, es posible que la ruptura definitiva no se produjera inmediatamente y que durante algún tiempo Elena, convertida ya en pareja de don Francisco, concediera ocultamente sus favores a Lope… hasta que se cansa de compartir mujer con otro.

Y así, a finales de 1587 un Lope de Vega despechado, con el orgullo herido y cegado por los celos escribe unos libelos difamatorios contra Elena y su familia que rápidamente se difunden por todo Madrid. A sus parientes los trata de alcahuetes y rufianes, pues considera que han influido negativamente para que ella le abandone; y a su antes adorada Elena la califica ahora directamente de prostituta, en versos tan crudos y groseros como estos:

Los que algún tiempo tuvistes
noticia del Lavapiés,
de hoy más sabed que su calle
no lava, que sucia es;
que en ella hay tres damas
que, a ser cuatro como tres,
pudieran tales columnas
hacer un burdel francés.

[…]

Es puta de dos y cuatro,
y a mí me dijo un inglés
que la vio sus blancas piernas
por dos varas delantés…

A cuantos piden su cuerpo
se lo da por interés:
hizo profesión de puta;
¡ved qué convento de Uclés!

Este es otro de los sonetos ofensivos contra Elena y su familia:

Una dama se vende a quien la quiera.
En almoneda está. ¿Quieren compralla?
Su padre es quien la vende, que aunque calla,
su madre la sirvió de pregonera.

Treinta ducados pide y saya entera
de tafetán, piñuela o anafalla,
y la mitad del precio no se halla
por ser el tiempo estéril en manera.

Mas un galán llegó con diez canciones,
cinco sonetos y un gentil cabrito,
y aqueste respondió que es buena paga.

Mas un fraile la dio treinta doblones,
y aqueste la llevó. Sea Dios bendito;
muy buen provecho y buena pro-le haga.

Contra Jerónimo Velázquez, que antes que director de una compañía teatral había sido solador de pisos, va enderezado el que comienza «Un solador se ha vuelto caballero…». Enemistado con los Velázquez, Lope dará ahora sus comedias a la competencia, concretamente al empresario teatral Gaspar de Porres.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope canta a Elena-Zaida-Filis

En La Dorotea (1632), Lope completaría el retrato de Elena con nuevos detalles[1]:

Esto en cuanto al paramento visible, que el talle, el brío, la limpieza, la habla, la voz, el ingenio, el danzar, el cantar, el tañer diversos instrumentos, me cuesta más de dos mil versos.

Lope paseaba la calle a Elena (que, no lo olvidemos, era una mujer casada) y, al parecer, ella pronto correspondió a un galán tan gallardo y gentil, y de tan buenas prendas. Y luego Lope recreaba tales visitas y encuentros en romances que ponían como telón de fondo a esos amores el idealizado ambiente morisco, con su nombre y el de Elena enmascarados tras los de Zaide y Zaida:

Gallardo pasea Zaide
puerta y calle de su dama,
que desea en gran manera
ver su imagen y adorarla…

I Love Zaida

Así comienza uno de ellos, al que sirve de respuesta este otro, uno de los más famosos del ciclo de romances moriscos, puesto en boca de Zaida:

—Mira, Zaide, que te digo
que no pases por mi calle,
no hables con mis mujeres
ni con mis cautivos trates…

En otras ocasiones, los amores quedarían reflejados en otro mundo idealizado, el de los romances pastoriles, y en estas ocasiones los disfraces nominales serían Belardo y Filis. Y aunque es obvio que no debemos tomar al pie de la letra y aplicar a Elena y Lope todos los lances y aventuras que en ellos se cuentan (cierta bofetada dada por Belardo a Filis porque en una fiesta de toros había ponderado la valentía de un caballero; los cabellos arrancados por la madre de ella, que se opone a la relación, y con los que Filis hace una trenza que regala a su enamorado como favor amoroso; la vena del cuello del amante que salta por la fuerza de la pasión…), sí que podemos ver en ellos un trasunto, bellamente pasado por el tamiz de la literatura, de aquellos apasionados amores, con sus alternativas de gozo y dolor, de esperanza y sufrimiento, de entregas y rechazos desdeñosos, con sus celos de ausencia y el placer de los reencuentros…

El orgullo satisfecho del poeta, al que cabe imaginar exultante por su conquista de tan celebrada beldad, no podía dejar de pregonarla vanidosamente por medio de sus versos, de forma que tales amores se convirtieron en la comidilla de la Corte; estarían en boca de todos en los famosos mentideros de Madrid y, como señala Entrambasaguas, «Allí saldrían a relucir los dos enamorados entre hazañas de Flandes, riquezas de Indias y relatos de fiestas y autos de fe». En La Dorotea, don Fernando señala precisamente que fue ese hecho, el haberse convertido ambos en «fábula de la corte», la razón alegada por Dorotea para su ruptura:

Díjome un día con resolución que se acababa nuestra amistad, porque su madre y deudos la afrentaban, y que los dos éramos ya fábula de la corte, teniendo yo no poca culpa, que con mis versos publicaba lo que sin ellos no lo fuera tanto.

En efecto, los versos de Lope servían de altavoz de aquella relación adúltera, convirtiéndola en piedra de escándalo para muchos.

Al mismo tiempo que tenían lugar estos intensos amores con Elena Osorio, como contrapunto de calma, y quizá para rellenar las horas que no podía pasar a su lado, Lope tuvo ocasión de perfeccionar sus estudios, y lo hizo asistiendo, entre los años 1583 y 1586, a la Academia de matemáticas fundada por Felipe II. En ella cursó estudios astrológicos (frecuentó las clases de Juan Bautista Labaña y Ambrosio Ondériz) y recibió además lecciones de esgrima del famoso maestro Pablo de Paredes. La habilidad con la espada era condición sine qua non para todo aquel que se preciase de cortesano; y aunque Lope no lo fue nunca, en sentido estricto, por sus años de estudio y formación, por sus buenas prendas de naturaleza y por sus nuevas habilidades adquiridas reunía muchas de las condiciones necesarias para aparentar tal faceta.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Elena Osorio, gran pasión de juventud de Lope

Ya vimos que la biografía de Lope en sus años juveniles presenta algunos puntos oscuros, ciertas lagunas derivadas de la falta de documentación que permita corroborar determinados aspectos[1]. Como escriben Renert y Castro, «no tenemos más que datos sueltos para guiarnos en el largo camino comprendido entre 1562 y 1584». En cambio, las noticias precisas van a ser mucho más abundantes a partir de los años 1583-1584.

Por aquel entonces —hacia finales de 1583, al volver de la expedición a las Azores, o quizá algo antes— Lope conoce a la que va a ser su gran pasión de juventud. Se trata de Elena Osorio, hija del autor de comedias (así llamaban en la época al empresario y director de una compañía teatral) Jerónimo Velázquez y de Inés Osorio. Elena, que vivía con su familia a la entrada de la calle de Lavapiés, estaba casada desde 1576 con el comediante Cristóbal Calderón, aunque este andaba lejos, por tierras americanas. Fue un verdadero flechazo, según lo evoca Lope en La Dorotea:

… no sé qué estrella tan propicia a los amantes reinaba entonces, que apenas nos vimos y hablamos, cuando quedamos rendidos el uno al otro.

Nuestro joven poeta estaba en los veinte años, o muy poco más, y cabe suponer que fue él quien primero se enamoró, rendidamente, de ella. Pronto comienza a cantarla con el nombre poético de Filis.

Cartel de la película Lope

Elena-Filis destacaba por su gran hermosura y sus buenas prendas: era bella, graciosa, alegre, ingeniosa, seductora, morena de piel («pues a Filis también, siendo morena, / ángel Lope llamó, y es nieve pura»), pero de cabellos dorados; de ojos claros «como los de Melibea» diría su enamorado, entreverando de nuevo vida y literatura. Sabía tañer algunos instrumentos y cantar con buena voz. Lope describe su incomparable belleza, su ingenio y discreción en una canción que comienza «Divina Filis mía», que sería incluida en el Romancero general (1604):

Divina Filis mía,
no basta lengua humana
para poder loarte por entero.
Tu gracia y gallardía,
tu vista soberana
y los serenos ojos por quien muero
dan fuerzas al grosero
estilo de mi pluma,
que viéndote le queda
valor para que pueda
de tu belleza y ser contar la suma.
Y esto toma a su cargo
por dar de lo que debe algún descargo.

[…]

Púsote la maestra
de todo lo criado
por boca clara nieve, entre un brasil,
cual tu belleza muestra,
con que se ha fabricado
tu blanco pecho y cuello de marfil,
el ademán gentil,
manos que manan leche,
mil primores que callo,
y en solo imaginallo
no cabe el pensamiento a qué lo eche.

Viendo aquellos cabellos
que el sol se eclipsará delante de ellos,
déjote figurada
con mano artificiosa,
dejando en ti natura echado el sello.
Nariz proporcionada
como una fresca rosa,
del uno y otro lado el rostro bello,
y satisfecha en vello
soltó el pincel apriesa,
mas como lo ha sabido
la madre de Cupido,
de envidia muere y luego lo confiesa,
y dice que no es dino
que el ser humano sobre a lo divino.
Metida en su labor
te puso luego junto
en tus negras pestañas claros ojos…


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega: bajo el signo de Venus

La vida de Lope de Vega va a estar marcada por continuos amores y amoríos, con dos matrimonios y numerosas pasiones extraconyugales, algunas de largo recorrido y gran estabilidad y otras que no pasan de ser fugaces relaciones, de las que apenas nos quedan breves noticias o indicios, a veces ni siquiera el nombre de la mujer en cuestión[1].

Venus de Botticelli

Amor y literatura se darán la mano, se entrecruzarán continuamente en la biografía del Fénix y en su obra literaria. En La Dorotea (obra en la que un Lope maduro rememora literariamente su primer gran amor de juventud, Elena Osorio, al tiempo que asiste al declinar de su gran pasión de madurez, Marta de Nevares), el personaje de don Fernando afirma:

Porque amar y hacer versos todo es uno; que los mejores poetas que ha tenido el mundo al amor se los debe.

En un soneto en respuesta a Lupercio Leonardo de Argensola escribirá Lope:

¿Que no escriba decís, o que no viva?
Haced vos con mi amor que yo no sienta,
que yo haré con mi pluma que no escriba.

En su comedia El remedio en la desdicha, afirmará por boca de uno de sus personajes, que «Hacer versos y amar, / naturalmente ha de ser», y a fe que él amó e hizo versos, ambas cosas naturalmente. Lope amó de forma apasionada, pero con la misma intensidad que amaba estaba presto al olvido, una vez que desaparecía, por muerte o por ruptura, el objeto amado, haciendo suyo el consejo que en cierta ocasión daba al duque de Sessa:

Para huir de una mujer, no hay tal consejo como tomar la posta en otra, y trote o no trote, huir hasta que diga la voluntad que ha llegado donde quiere, y que no quiere lo que quería.

En su haber amoroso acumularía Lope dos esposas (Isabel de Urbina y Juana de Guardo), tres «amantes oficiales» cuya relación se prolongó en el tiempo (Elena Osorio, Micaela de Luján y Marta de Nevares), algunas relaciones más o menos pasajeras (Antonia Trillo de Armenta, Jerónima de Burgos y Lucía de Salcedo), aparte de otras aventuras más fugaces o esporádicas. Se ha llegado a sumar en el currículum amoroso del Fénix un total de trece mujeres «importantes» en su vida, con las que tuvo unos quince hijos, entre los legítimos y los bastardos, si bien muchos de ellos murieron al poco de nacer o en sus primeros años de vida. Sea como sea, podemos dar por buenas estas palabras de Felipe Pedraza:

La sucinta enumeración de sus relaciones amorosas puede transmitir la falsa imagen de un donjuán de sentimientos cambiantes e irresponsables. No fue así. Lope vivió cada amor con fervorosa intensidad. Cuando la muerte o los disgustos de la vida en pareja rompieron esas uniones, el poeta recogió en su casa a los hijos habidos con las diferentes mujeres. En los últimos años de su vida, reunió junto a sí a los hijos de Micaela de Luján, de Juana de Guardo y de su último amor: Marta de Nevares.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Literatura de Pasión: el soneto de Quevedo «A la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre»

En fin, Francisco de Quevedo, aunque hoy quizá resulte más conocido para el público general por su faceta de escritor satírico y burlesco, cultivó igualmente diversos temas de la poesía grave (poemas encomiásticos, metafísicos, morales, amorosos…). En ese terreno de su poesía seria podemos encontrar algunos poemas religiosos tan emotivos como este, titulado «A la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre», en el que se recuerdan además (en los cuartetos) las señales ocurridas en aquel momento (eclipse, terremoto, etc.):

Muerte de Cristo

Pues hoy derrama noche el sentimiento
por todo el cerco de la lumbre pura,
y amortecido el sol en sombra obscura
da lágrimas al fuego y voz al viento;

pues de la muerte el negro encerramiento
descubre con temblor la sepultura,
y el monte, que embaraza la llanura,
del más cercano se divide atento;

de piedra es, hombre duro, de diamante
tu corazón, pues muerte tan severa
no anega con tus ojos tu semblante.

Mas no es de piedra, no, que si lo fuera,
de lástima de ver a Dios amante,
entre las otras piedras se rompiera.

Hasta aquí este recorrido panorámico por la literatura del ciclo de la Pasión en los autores españoles de los Siglos de Oro. Por supuesto, este tema se prolonga a lo largo de los siglos XVIII y XIX, y sigue con pujanza en el siglo XX y hasta llegar a nuestros tiempos, con muchos autores que ahora no me detengo a mencionar siquiera. Queda pendiente para otra Semana Santa.