Cervantes poeta: el soneto de Policarpa en el «Persiles»

Es el tercero de los cuatro sonetos incluidos en el Persiles, y se encuentra en el Libro II, capítulo 3. Se intercala en un pasaje en que conversan Sinforosa, la hija del rey Policarpo, y Auristela, ambas decaídas, enfermas, por los efectos del amor que sienten por Periandro. El soneto desarrolla, en concreto, la imagen tópica del amor como enfermedad (aquí se habla de «generoso ardor», v. 5; «doliente ánima», v. 9; «enferma voz», v. 10; «calentura», v. 12; «señales», v. 14) y proclama la necesidad de silencio y secreto (condición imprescindible en el código del amor cortés). De la misma forma que la calentura, síntoma de una enfermedad física, causa señales en la boca, el ardor amoroso hace hablar al enamorado, viene a decir el soneto.

Amor como enfermedad

La voz lírica, dirigiéndose a un interlocutor poético de nombre Cintia, le aconseja que rompa ese silencio: ‘Si no te has desengañado y has recuperado la libertad, habla’. Pero en realidad el mensaje va claramente dirigido a Sinforosa, animándola a que declare su amor[1]. Desde el punto de vista formal, destaca el carácter bimembre del verso tercero («da riendas al dolor, suelta la vida») y la construcción en quiasmo del undécimo («decir la lengua lo que al alma toca»).

Cintia, si desengaños no son parte
para cobrar la libertad perdida,
da riendas al dolor, suelta la vida,
que no es valor ni es honra el no quejarte.

Y el generoso ardor que, parte a parte,
tiene tu libre voluntad rendida,
será de tu silencio el homicida
cuando pienses por él eternizarte.

Salga con la doliente ánima fuera
la enferma voz, que es fuerza y es cordura
decir la lengua lo que al alma toca.

Quejándote, sabrá el mundo siquiera
cuán grande fue de amor tu calentura,
pues salieron señales a la boca[2].


[1] Y así, el soneto va a servir para determinar a la hija del rey Policarpo a seguir revelando a Auristela todo el deseo en que arde: «Ninguno como Sinforosa entendió los versos de Policarpa, la cual era sabidora de todos sus deseos, y, puesto que tenía determinado de sepultarlos en las tinieblas del silencio, quiso aprovecharse del consejo de su hermana, diciendo a Auristela sus pensamientos, como ya se los había comenzado a decir» (ed. Romero Muñoz, p. 295).

[2] Persiles, II, 3, ed. de Carlos Romero Muñoz, 2.ª ed. revisada y puesta al día, Madrid, Cátedra, 2002, p. 295

Cervantes poeta: el soneto del enamorado portugués Sosa Coitiño en el «Persiles»

Inserto en el capítulo noveno del Libro I del Persiles, el tema central de este soneto —que se vale de una imagen marinera para simbolizar los riesgos y padecimientos del amor[1]— es la ponderación de la constancia. En efecto, se maneja el tópico del ejercicio amoroso, de la vida en general, como navegación (ya nos ha aparecido esta alegoría náutica en varios otros sonetos cervantinos). Se trata de un soneto de temática amorosa, que encaja perfectamente en el plano de la historia personal de Manuel de Sosa Coitiño, enamorado portugués que se mantiene firme en el ejercicio amoroso hasta las últimas consecuencias, hasta la muerte. El yo lírico defiende que el amante debe seguir firme su rumbo amoroso, sin desviarse de su derrota ni dar marcha atrás, por muchos que sean los peligros que lo amenacen, e incluso aunque falte la esperanza de llegar a seguro puerto. El amor, se explica, es enemigo de la mudanza, y ningún amor que no se aquilate con la firmeza en la adversidad —verdadera piedra de toque de su calidad— puede tener buen fin («próspero suceso», v. 13).

Navegación amorosa

Por otra parte, en el macrocontexto de la narración, se ajusta asimismo de forma espléndida a la situación que viven los personajes en ese instante, cuando van navegando en medio de un mar amenazador de borrascas y están rodeados de peligros por todas partes, algunos visibles, otros imprevisibles[2]. Buen ejemplo, de nuevo, de soneto manierista, con tema doble (amor y navegación) y bellas series trimembres en el primer cuarteto (especialmente bello y cadencioso es el primer verso).

Mar sesgo, viento largo, estrella clara,
camino, aunque no usado, alegre y cierto,
al hermoso, al seguro, al capaz puerto
llevan la nave vuestra, única y rara.

En Scilas ni en Caribdis no repara
ni en peligro que el mar tenga encubierto,
siguiendo su derrota al descubierto,
que limpia honestidad su curso para.

Con todo, si os faltara la esperanza
del llegar a este puerto, no por eso
giréis las velas, que será simpleza.

Que es enemigo amor de la mudanza
y nunca tuvo próspero suceso
el que no se quilata en la firmeza[3].


[1] El soneto maneja la alegoría tópica de la nave de amor, guiada en esta ocasión por la «limpia honestidad» (v. 8). Romero (en su edición del Persiles, p. 196, nota 13) remite como fuente al soneto CLXXXIX de Petrarca. Para las poesías del Persiles, véase J. Ignacio Díez Fernández, «Funciones de la poesía en Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 14, 1996, pp. 93-112; para los sonetos, en concreto, Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre Cervantes poeta: a propósito de los sonetos del Persiles», en Alicia Villar Lecumberri (ed.), Peregrinamente peregrinos. Actas del V Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (V-CINDAC), Barcelona, Asociación de Cervantistas / Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 2004, vol. I, pp. 651-675.

[2] Joaquín Casalduero creía ver concentrado en este soneto todo el sentido de la novela, de acuerdo con su interpretación alegórica del conjunto (Sentido y forma de «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», 2.ª ed., Madrid, Gredos, 1975, pp. 46 y 49). En efecto, la historia de Sosa Coitiño sirve de lección para Auristela y Periandro; véase Carlos Mata Induráin, «Bodas místicas vs bodas humanas en el Persiles de Cervantes: Sosa Coitiño y Leonora Pereira, contrapunto de Periandro y Auristela», en Ignacio Arellano y Jesús M.ª Usunáriz (eds.), El matrimonio en Europa y el mundo hispánico. Siglos XVI y XVII, Madrid, Visor Libros, 2005, pp. 95-112. Francisco Ynduráin señala que el soneto «viene a dar realce a una situación de sentimientos levantados», destacando que es un pasaje en que va unido sentimiento y canto («La poesía de Cervantes: aproximaciones», Edad de Oro, IV, 1985, p. 226). Por su parte, Pedro Ruiz Pérez escribe: «Su soneto, además de hacer gala de un lirismo inhabitual en las poesías sueltas de Cervantes, resulta, por otra parte, un ejemplo perfecto de estructura manierista, tal como los señala Orozco en algunos sonetos gongorinos» («El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, p. 171).

[3] Los trabajos de Persiles y Sigismunda, I, 9, ed. de Carlos Romero Muñoz, 2.ª ed. revisada y puesta al día, Madrid, Cátedra, 2002, p. 196

Cervantes poeta: soneto de don Antonio en La entretenida

Lo declama don Antonio, hermano de Marcela y enamorado de otra dama de igual nombre, al comienzo de la tercera jornada de La entretenida. Se construye con un motivo tópico asociado al del amor, el de los celos. Los dos cuartetos y el primer terceto muestran cómo muere y renace en primavera la naturaleza; en cambio, el segundo terceto establece el contrapunto en el plano amoroso: si el amante muere tras verse atacado por «la infernal rabia de los celos» (v. 14), ya jamás podrá renacer. Pondera, en definitiva, el poder abrasador de los celos, que eran considerados en la época hijos bastardos del amor[1].

 Árbol desnudo

En la sazón del erizado invierno,
desnudo el árbol de su flor y fruto,
cambia en un pardo desabrido luto
las esmeraldas del vestido tierno.

Mas, aunque vuela el tiempo casi eterno,
vuelve a cobrar el general tributo,
y al árbol seco, y de su humor enjuto,
halla con muestras de verdor interno.

Torna el pasado tiempo al mismo instante
y punto que pasó: que no lo arrasa
todo, pues tiemplan su rigor los cielos.

Pero no le sucede así al amante,
que habrá de perecer si una vez pasa
por él la infernal rabia de los celos.

(La entretenida, Jornada III, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 1079b)


[1] Comenta Pedro Ruiz Pérez: «Su primer verso, “En la sazón del erizado invierno”, introduce un tema tan barroco como el del tiempo y su paso inexorable, pero, a la postre, recibirá un tratamiento decididamente manierista, ya que es dispuesto como tema secundario respecto del principal, “la infernal rabia de los celos”, y recibe, sin embargo, un tratamiento cuantitativamente más importante. Este rasgo, consistente en destacar y dar primacía al tema secundario sobre el principal, lo señala Orozco como propio de la pintura y de la poesía, y constituye para él un inequívoco rasgo de manierismo» («El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, pp. 171-172).

Cervantes poeta: el «soneto fregonil» de Ocaña

Pulsa Cervantes el registro cómico con este «soneto fregonil» de versos de cabo roto, correspondiente también a La entretenida. Lo declama el celoso lacayo Ocaña, que está enamorado de la criada Cristina, la cual tiene otros dos pretendientes, el paje Quiñones y el criado de Cardenio, Torrente. Gustaba mucho Cervantes de estos versos de cabo roto (aquí lo son no solo al final, sino también al medio), y de esas rimas truncas agudas (baste recordar los poemas de los preliminares del Quijote). Es, en suma, una buena muestra de la gracia y el humor cervantinos en poesía.

Cupido disparando, de Rafael

Que de un lacá- la fuerza poderó-,
hecha a machamartí- con el trabá-,
de una fregó- le rinda el estropá-,
es de los cie- no vista maldició-.

Amor el ar- en sus pulgares to-,
sacó una fle- de su pulí- carcá-,
encaró al co-, y diome una flechá-,
que el alma to- y el corazón me do-.

Así rendí-, forzado estoy a cre-
cualquier mentí- de aquesta helada pu-,
que blandamen- me satisface y hie-.

¡Oh de Cupí- la antigua fuerza y du-,
cuánto en el ros- de una fregona pue-,
y más si la sopil se muestra cru-!

(La entretenida, Jornada II, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 1079b)

Cervantes poeta: el soneto de Cardenio en La entretenida

Soneto de la comedia La entretenida, de tema mitológico (una recreación del mito de Ícaro): la voz lírica pondera la calidad de sus atrevidos pensamientos, que suben altos; y aunque vaticina que podrán caer en el mar del temor, asegura asimismo que su nombre no caerá en el olvido. El soneto ha sido visto como expresión del voluntarismo del estudiante Cardenio, que contrasta con su inacción en el plano de la acción dramática (su intención de conquistar a Marcela); al decir de Galanes, internaliza el mito de Ícaro a la manera cervantina: «el eje del soneto podrá ser la audacia icariana, lugar común en la literatura de los siglos XVI y XVII, pero su blanco es la justificación hazañosa del ser, el voluntarismo o libertad de labrarse su propio destino el hombre y la mujer aunque lo ejecutado resulte en un desastre personal»[1].

Ícaro

Este es el texto del soneto:

Vuela mi estrecha y débil esperanza
con flacas alas, y aunque sube el vuelo
a la alta cumbre del hermoso cielo,
jamás el punto que pretende alcanza.

Yo vengo a ser perfecta semejanza
de aquel mancebo que de Creta el suelo
dejó, y, contrario de su padre al celo,
a la región del cielo se abalanza.

Caerán mis atrevidos pensamientos,
del amoroso incendio derretidos,
en el mar del temor turbado y frío;

pero no llevarán cursos violentos,
del tiempo y de la muerte prevenidos,
al lugar del olvido el nombre mío.

(La entretenida, Jornada I, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 1064b)


[1] Ver Adriana Lewis Galanes, «El soneto “Vuela mi estrecha y débil esperanza”: texto, contextos y entramado intertextual», Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII, 2, 1990, pp. 675-691; la cita, en p. 677.

Cervantes poeta: el soneto de Porcia

Entrando ya en el terreno de la dramaturgia cervantina, encontramos sonetos como este inserto en Laberinto de amor, comedia que es una verdadera selva de amores, celos y enredos. Es declamado por Porcia, la enamorada de Anastasio, duque de Dorlán. Vemos en él un nuevo aviso de que el amante tiene que mantenerse siempre constante en su fe; y por medio de una serie de símiles o comparaciones en los tercetos, la voz lírica muestra qué sería el amor sin esperanza.

Amor sin esperanza

El soneto reza así:

Si al fuego natural no se le pone
materia que en la tierra le sustente,
volveráse a su esfera fácilmente,
que así naturaleza lo dispone.

Y el amante que quiere que se abone
su fe con afirmar que no consiente
en su alma esperanza, poco siente
de amor, pues que a su ley justa se pone.

Cual sin el agua quedaría la tierra,
sin sol el cielo, el aire sin vacío,
el mar en tempestad, nunca en bonanza,

y sin su objeto, que es la paz, la guerra,
forzado sin su gusto el albedrío,
tal quedara amor sin esperanza.

(Laberinto de amor, Jornada II, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 1043a)

Cervantes poeta: el soneto del hijo del Corregidor

Corresponde este poema a otra de las Novelas ejemplares, La ilustre fregona[1]. Es un soneto cantado en la calle por unos músicos, delante de la posada en la que sirve la bella Constanza. Por lo que toca a su función, es muy similar a la del soneto que veíamos en la entrada anterior: por un lado, sirve para despertar los celos de Avendaño y, además, también aquí el texto lírico anuncia indirectamente que la supuesta fregona pertenece, en realidad, a una categoría social superior («deja el servir, pues debes ser servida…», v. 12, con dilogía del verbo servir: ‘trabajar como criada’ y ‘servicio amoroso a la dama, en la tradición del amor cortés’). Por lo demás, los versos del poema ponderan la «sin par hermosura» y la «alta honestidad» de la muchacha (vv. 10-11). Este es el texto:

Raro, humilde sujeto, que levantas
a tan excelsa cumbre la belleza
que en ella se excedió naturaleza
a sí misma y al cielo la adelantas,

si hablas, o si ríes, o si cantas,
si muestras mansedumbre o aspereza
(efeto solo de tu gentileza),
las potencias del alma nos encantas.

Para que pueda ser más conocida
la sin par hermosura que contienes
y la alta honestidad de que blasonas,

deja el servir, pues debes ser servida
de cuantos veen sus manos y sus sienes
resplandecer por cetros y coronas.

(La ilustre fregona, en Novelas ejemplares, ed. de Harry Sieber, Madrid, Cátedra, 1980, vol. II, p. 154)

Constanza, la ilustre fregona


[1] Para los poemas insertos en La ilustre fregona, véase Monique Joly, «En torno a las antologías poéticas de La gitanilla y La ilustre fregona», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, XIII, 2, 1993, pp. 5-15.

Cervantes poeta: el soneto del paje Clemente

Se trata del segundo poema del paje-poeta Clemente, inserto en La gitanilla[1], la primera de las Novelas ejemplares, que cuenta la historia amorosa que se establece entre Preciosa, supuesta gitana, y el noble caballero don Juan de Cárcamo, quien para probar su constancia vive dos años entre los gitanos bajo la identidad de Andrés Caballero. El soneto del paje, que despertará los celos del noble enamorado, desarrolla el tópico clásico de la descriptio puellae o, más bien, de la descripción de los efectos que causa la belleza de Preciosa entre quienes la contemplan: a todos los deja enamorados, todos quedan prendidos de su hermosura. En cualquier caso, la muchacha incita a un amor honesto, no lascivo (segundo cuarteto). Notemos la estructura paralelística de los versos 3-4, y la alusión de los versos 10-11: «a sus plantas tiene / amor rendidas una y otra flecha» que se refiere a las dos flechas del dios Amor (o de Cupido), una de oro y otra de plomo, que causan respectivamente amor o desdén. Además, el texto lírico inserto en la narración avisa de que la muchacha es más de lo que aparenta («y aún más grandezas de su ser sospecha», v. 14). Para Ynduráin, este soneto de La gitanilla, más que narrado, está puesto en acción[2]; es algo parecido a lo que sucede en otros sonetos de Cervantes (piénsese, por ejemplo, en el dedicado al túmulo de Felipe II con el diálogo entre el soldado y el valentón). En opinión de Valbuena Prat, se trata de un «vibrante soneto de alegre aire de danza meridional»[3].

Cuando Preciosa el panderete toca
y hiere el dulce son los aires vanos,
perlas son que derrama con las manos,
flores son que despide con la boca.

Suspensa el alma, y la cordura loca,
queda a los dulces actos sobrehumanos,
que, de limpios, de honestos y de sanos,
su fama al cielo levantado toca.

Colgadas del menor de sus cabellos
mil almas lleva, y a sus plantas tiene
amor rendidas una y otra flecha.

Ciega y alumbra con sus soles bellos,
su imperio amor por ellas le mantiene,
y aún más grandezas de su ser sospecha.

(La gitanilla, en Novelas ejemplares, ed. de Harry Sieber, Madrid, Cátedra, 1980, vol. I, p. 96)

 Gitana con pandereta


[1] Para los poemas insertos en La gitanilla, véase Monique Joly, «En torno a las antologías poéticas de La gitanilla y La ilustre fregona», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, XIII, 2, 1993, pp. 5-15. El primer poema del paje —también leído, como este soneto— era el romance a Preciosa. Vicente Gaos opina que «las composiciones insertas en las Novelas ejemplares bastarían para acreditarle [a Cervantes] de buen poeta» («Cervantes, poeta», en Cervantes. Novelista, dramaturgo, poeta, Barcelona, Planeta, 1979, p. 187).

[2] «Es una de las poesías de Cervantes que más comentarios elogiosos ha tenido; pero ahora me importa la ocasión y oportunidad con las implicaciones textuales que dispara. La verdad es que el soneto juega un papel importante en la situación, en la escena, pues todo lo que acontece, más que narrado está puesto en acción» (Francisco Ynduráin, «La poesía de Cervantes: aproximaciones», Edad de Oro, IV, 1985, p. 224).

[3] Ángel Valbuena Prat, «Cervantes, poeta», en Historia de la literatura española, tomo II, 7.ª ed., Barcelona, Gustavo Gili, 1964, p. 16. Para Andrés Amorós, este soneto de Preciosa, «una de las obras maestras de la poesía española», destaca por su «gran colorido y ritmo coreográfico» («Los poemas de El Quijote», en Manuel Criado de Val, dir., Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, EDI-6, 1981, p. 710).

Cervantes poeta: el soneto de don Lorenzo

Don Quijote, que se encuentra en casa de don Diego Miranda, el Caballero del Verde Gabán, ha elogiado desmedidamente a su hijo don Lorenzo con motivo de su glosa «¡Si mi fue tornase a es…» y le pide diga «algunos versos mayores»; entonces el hijo del caballero recita «este soneto a la fábula o historia de Píramo y Tisbe»[1]. Con este texto Cervantes se acerca al ámbito mitológico, al abordar el caso de estos jóvenes enamorados que se comunicaban por una grieta de la pared que separaba sus casas (a la que se alude en el verso 4, «quiebra estrecha y prodigiosa», y más artificiosamente en el verso 6 con el sintagma «estrecho estrecho») y su final trágico (narrado en el libro IVde las Metamorfosis de Ovidio). Estructurado en su parte final con una correlación trimembre («los mata … una espada, los encubre… un sepulcro y [los] resucita … una memoria», vv. 13-14), estamos de nuevo ante un buen ejemplo de soneto manierista[2]. Como bien indica Galanes, «el mito ovidiano de Píramo y Tisbe en el soneto de don Lorenzo de Miranda (18) choca con la particularización del mito dentro del mundo social en que transcurre la historia de Basilio-Píramo, Quiteria-Tisbe y Camacho-leona (19-21)»[3].

Píramo y Tisbe

Téngase en cuenta que, en efecto, a continuación figura el episodio de las bodas de Camacho, que viene a ser una versión novelada del tema de Píramo y Tisbe en la vida real. Para Alberto Sánchez[4], el soneto es irónico: se trata de un resumen esencial de la fábula horaciana, de una «aguda síntesis de la tragedia de los dos enamorados que sólo conseguirán unir sus restos en la urna funeraria donde reposarán perdurablemente», pero con intención desmitificadora[5]. Enlaza además («Habla el silencio allí», v. 5) con el motivo del «maravilloso silencio» que reina en casa del Caballero del Verde Gabán.

El muro rompe la doncella hermosa
que de Píramo abrió el gallardo pecho;
parte el Amor de Chipre y va derecho
a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.

Habla el silencio allí, porque no osa
la voz entrar por tan estrecho estrecho;
las almas sí, que amor suele de hecho
facilitar la más difícil cosa.

Salió el deseo de compás, y el paso
de la imprudente virgen solicita
por su gusto su muerte. Ved qué historia:

que a entrambos en un punto, ¡oh estraño caso!,
los mata, los encubre y resucita
una espada, un sepulcro, una memoria.

(Quijote, II, 18, ed. Rico, p. 779)


[1] Véase Elena Percas de Ponseti, «Glosa y soneto de don Lorenzo», en Cervantes y su concepto del arte. Estudio crítico de algunos aspectos y episodios del «Quijote», Madrid, Gredos, 1975, vol. II, pp. 375-378; y Alberto Sánchez, «Historia y poesía: el mito de Píramo y Tisbe en el Quijote», Anales cervantinos, XXXIV, 1998, pp. 9-22, especialmente pp. 15-17, apartado «El “consumado” soneto de don Lorenzo Miranda».

[2] El carácter artificioso del poema lo señala precisamente el hidalgo manchego en su juicio: «¡Bendito sea Dios —dijo don Quijote a don Lorenzo—, que entre los infinitos poetas consumidos que hay he visto un consumado poeta, como lo es vuestra merced, señor mío, que así me lo da a entender el artificio desde soneto!» (p. 78). Para Eugenio Florit, «Algunos comentarios sobre la poesía de Cervantes», Revista Hispánica Moderna, XXXIV, 1968, pp. 264-265, con este comentario Cervantes se alaba a sí mismo.

[3] Adriana Lewis Galanes, «El soneto “Vuela mi estrecha y débil esperanza”: texto, contextos y entramado intertextual», Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII, 2, 1990, p. 679, nota 9.

[4] Sánchez, «Historia y poesía: el mito de Píramo y Tisbe en el Quijote», p. 15.

[5] «La festiva paronomasia de consumido y consumado no desveló a Clemencín el verdadero alcance de la parodia estilística y juzgó el juicio de nuestro caballero como otra cándida alabanza a sus propios versos» (pp. 15-16), y destaca «la rebuscada afectación estilística del soneto de don Lorenzo como indicio posible de la intención paródica que habíamos advertido» (p. 16). Tras señalar la resonancia antitética del último verso con el de Hernando de Acuña «un monarca, un imperio y una espada», la significación simbólica, dice, queda clara en el último verso: «Solamente perdura la espada; es decir, la violencia, la muerte, la destrucción. En cuanto al mismo sepulcro, que une para siempre a los dos fieles amantes, es un traslado fiel del propio Ovidio, según hemos adelantado: una reciescit in urna (v. 166). En cuanto a la memoria de la doble inmolación, queda muy reforzada para siempre en los múltiples reflejos de la fábula de Ovidio (incluida la versión de don Lorenzo)» (p. 17). Para Percas de Ponseti, el soneto «tiene algo de aparatoso en lo de partir el Amor a Chipre a ver los estragos que ha hecho, sobre todo en función del trágico desenlace, algo así como si hubiera mezcla de tonos (burlón y serio) en su composición» (p. 377); e indica que este soneto de tonos grotescos «me parece querer ser malo». Andrés Amorós también señala el «acercamiento del mito sentimental a la realidad prosaica o a la ironía desmitificadora», a propósito de este soneto (en «Los poemas de El Quijote», en Manuel Criado de Val, dir., Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, EDI-6, 1981, p. 709).

Cervantes poeta: el soneto del Caballero del Bosque

En Quijote, II, 12, don Quijote y Sancho oyen que alguien templa su laúd o vigüela y escupe para desembarazar el pecho, al modo de caballero enamorado que se dispone a cantar al son de su instrumento; porque, según declara el hidalgo manchego, «de la abundancia del corazón habla la lengua» (p. 723). El caballero canta, en efecto, con voz «que no era muy mala ni muy buena». El soneto ha sido juzgado por la crítica como texto paródico de diversos motivos amorosos del Caballero del Bosque a su supuesta dama enamorada, Casildea de Vandalia (el amante que no tiene otra voluntad que la de la amada, el silencio que conduce a la muerte, el carácter contradictorio del amor, el pecho del amante como materia sobre la que la dama puede grabar lo que quiera…). En este sentido, la mala calidad poética del soneto no habría que atribuirla a Cervantes (es mal poeta y por tanto escribe malos versos), sino al bachiller Sansón Carrasco, a quien corresponde el texto: estaríamos, por tanto, ante un ejercicio de decoro, esto es, de adecuación del texto recitado al personaje que lo ha compuesto[1]. Nótese que el verso 2 evoca vagamente el «mi alma os ha cortado a su medida» de Garcilaso (soneto V, v. 10); por lo demás, cabe señalar el quiasmo antitético del verso 10, «de blanda cera y de diamante duro».

Las leyes del amor

Este es el texto del soneto:

—Dadme, señora, un término que siga,
conforme a vuestra voluntad cortado,
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto dél desdiga.

Si gustáis que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado;
si queréis que os la cuente en desusado
modo, haré que el mesmo amor la diga.

A prueba de contrarios estoy hecho,
de blanda cera y de diamante duro,
y a las leyes de amor el alma ajusto.

Blando cual es o fuerte, ofrezco el pecho:
entallad o imprimid lo que os dé gusto,
que de guardarlo eternamente juro.

(Quijote, II, 12, ed. Rico, p. 724)


[1] Se anota en la edición de Rico: «Los sonetos eran concebidos como composiciones para ser cantadas; este, de muy escasa calidad, como corresponde a la categoría poética del bachiller, es un centón paródico de expresiones garcilasianas. El aspecto caricaturesco se subraya con el ¡ay! que le sirve de estrambote» (p. 723, nota 33). En efecto, tras haber cantado el soneto, escribe el narrador: «Con un ¡ay! arrancado, al parecer, de lo íntimo de su corazón, dio fin a su canto el Caballero del Bosque» (p. 724). Además, la parodia iniciada en el soneto se continúa más adelante con el relato de sus amores.