Breve semblanza de Jerónimo de Cáncer y Velasco (¿1599?-1655)

Hombre de buen humor, dotado de agudísimo ingenio, amigo de equívocos y juegos de palabras, Jerónimo de Cáncer y Velasco[1]  destacó en el cultivo de la literatura jocosa, tanto en el terreno poético como en el dramático. Incluido entre los dramaturgos del ciclo de Calderón, escribió la mayoría de sus comedias en colaboración con numerosos ingenios del momento (el propio Calderón, Luis y Juan Vélez de Guevara, Agustín Moreto, Juan de Matos Fragoso, Pedro Rosete Niño, Antonio de Huerta, Antonio Martínez de Meneses, Sebastián de Villaviciosa, Juan de Zabaleta, los hermanos Figueroa, etc.).

Cáncer nació a finales del siglo XVI en Barbastro (Huesca), en el seno de una familia noble. Sirvió, como contador o secretario, al conde de Luna, y contó con la protección puntual de otros nobles. En 1620 estaba en Madrid, y en 1625 casó con una viuda joven, doña María de Ormaza, con la que tuvo una hija. En alguna ocasión representó con los criados de Felipe IV en las comedias que se hacían en Palacio (es mérito que hace constar en uno de sus poemas para solicitar una ayuda de costa al rey). Fue asiduo a fiestas cortesanas, reuniones de academia y certámenes poéticos. Toda su vida pasó estrecheces económicas y es fama que, al morir en Madrid en 1655, fue enterrado de limosna. Una de las facetas más destacadas de su personalidad es precisamente la de «poeta pedigüeño»; él mismo se burlaba de su pobreza, por ejemplo en el romance dedicado «Al Excelentísimo señor conde de Niebla, pidiéndole un vestido»:

Las llagas de mis calzones
son, señor, tan incurables,
que pasan las entretelas
y van descubriendo el Cáncer.

Además de su eterna pobreza, en sus composiciones poéticas quedan también apuntadas algunas notas físicas: su baja estatura, su obesidad, su desaliño indumentario… Adolfo Bonilla y San Martín[2] y Federico Carlos Sainz de Robles[3] han insistido en este retrato grotesco y abufonado de Cáncer. Por lo que toca a su producción literaria, un rasgo unánimemente destacado por la crítica es su carácter ingenioso, que se pone de manifiesto tanto en sus poemas como en los entremeses y comedias, y de forma particular en el subgénero de la comedia burlesca, del que Cáncer fue un verdadero especialista.

En 1651 publicó en Madrid sus composiciones poéticas, en un volumen dedicado a su protector, don Gaspar Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, que incluía además la comedia burlesca La muerte de Valdovinos y el entremés La garapiña (suprimido en la segunda edición, que salió ese mismo año, y en las siguientes). Estas Obras varias de don Jerónimo de Cáncer y Velasco se reimprimieron en Lisboa en 1657 y 1675. Bergman apunta que el volumen conoció diez ediciones hasta 1761[4]. La mayoría de las composiciones líricas reunidas aquí por Cáncer pertenecen al género festivo (sátira de tipos y costumbres, parodias mitológicas, versos divinos a lo burlesco…), aunque abundan también las de contenido religioso serio y otras de raigambre cultista como su «Fábula del Minotauro», escrita en octavas reales. En todo caso, el conjunto más destacado de la poesía de Cáncer está formado por sus jocosos poemas petitorios y satírico-burlescos, en los que da frecuente entrada a equívocos, dilogías y otras modalidades del juego de palabras[5].

En ese volumen de Obras varias se recoge también el famoso Vejamen que redactó como secretario de la Academia poética de Madrid, en el que traza burlescas semblanzas de Martínez de Meneses, Belmonte, Alfonso de Batres, Rojas Zorrilla, Zabaleta, Rosete, Juan Vélez de Guevara, Matos Fragoso o Huerta, es decir, sus principales amigos y colaboradores literarios. Para Bonilla es «un documento modelo en su género», en el que campean todo el gracejo y naturalidad del autor[6].

Algunas notas sobre su producción teatral quedan pendientes para una próxima entrada[7].


[1] En cuanto al primer apellido del escritor, parece que la acentuación en la época era aguda, Cancer, y no llana, Cáncer, aunque he optado por mantener en mi escrito la forma más usual en manuales y obras de referencia, llana y con acento en la a.  Para su biografía, ver los trabajos de Elena Martínez Carro y Alejandro Rubio San Román, «Documentos sobre Jerónimo de Cáncer y Velasco», Lectura y Signo, 2, 2007, pp. 15-32; «Documentos sobre Jerónimo de Cáncer y su familia. Parte II», Lectura y Signo, 4, 2009, pp. 61-77, y «Una nota biográfica sobre Jerónimo de Cáncer y Velasco», Revista de Literatura, vol. LXXVII, núm. 154, julio-diciembre de 2015, pp. 585-595; así como el de Juan Carlos González Maya, «Jerónimo de Cáncer y Velasco», en Pablo Jauralde Pou (dir.), Diccionario Filológico de Literatura Española. Siglo XVII, I, Madrid, Castalia, 2012, pp. 141-170.

[2] Bajo el seudónimo de El Bachiller Mantuano, Vejámenes literarios por don Jerónimo de Cáncer y Velasco y Anastasio Pantaleón de Ribera (siglo XVII), Madrid, Biblioteca Ateneo, 1909, pp. 5-9.

[3] Federico Carlos Sainz de Robles, «Jerónimo de Cáncer y Velasco (¿1598?-1655)», en El teatro español. Historia y antología,vol. IV, Madrid, Aguilar, 1943, p. 821.

[4] Hannah E. Bergman (ed.), Ramillete de entremeses y bailes nuevamente recogidos de los antiguos poetas de España. Siglo XVII, Madrid, Castalia, 1970, p. 279. Añado una aportación bibliográfica que amablemente me indica el colega y amigo Jesús Duce: se publicó una edición de sus Obras varias, a cargo de Rus Solera, en Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2005. Ver también Jerónimo de Cáncer y Velasco, Poesía completa, ed. de Juan Carlos González Maya, Madrid, Fundación Universitaria Española, 2007.

[5] Una selección de sus poesías puede leerse en el tomo XLII de la BAE, pp. 429-435; para un análisis remito a Narciso Díaz de Escovar, «Don Jerónimo de Cáncer y Velasco», Revista Contemporánea, tomo CXXI, cuaderno IV, núm. 606 (1901), pp. 399-404.

[6] En Vejámenes literarios…, p. 9. Lo reproduce en las pp. 19-36; puede verse también en el tomo XLII de la BAE, pp. 435-437.

[7] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Abraham Madroñal Durán y Héctor Urzáiz Tortajada (coords.), Historia del teatro español, I. De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096.

Antonio de Eslava y sus «Noches de invierno» (1609)

Navarro de «la que nunca faltó», es decir de Sangüesa, es Antonio de Eslava, quien en 1609 publicó, en Pamplona, la Primera parte del libro intitulado Noches de invierno, colección de relatos que sigue una técnica constructiva similar a la de Boccaccio: varios personajes se reúnen en tertulia y cada uno de ellos va contando una historia. Un pequeño marco narrativo da unidad al conjunto. Como el título sugiere, son relatos para ser leídos o contados en las largas noches de invierno, al calor del hogar. Cabe destacar que Shakespeare se inspiró en el capítulo cuarto de esta obra para La tempestad. Existen algunas ediciones modernas en las que leer las narraciones de Eslava: Noches de invierno (Madrid, Saeta, 1942), con prólogo de Luis María González Palencia; otra debida a Julia Barella Vigal (Pamplona, Gobierno de Navarra, 1986); otra edición de Carlos Mata Induráin (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003); una nueva edición de Julia Barella Vigal (Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2013); en fin, una edición electrónica de Enrique Suárez Figaredo, en Lemir, 24, 2020 – Textos, pp. 133-266.

Portada de Noches de invierno

Mencionaba que la primera edición de las Noches de invierno salió en Pamplona, en 1609, por el editor Carlos de Labayen. Pues bien, la obra tuvo un enorme éxito, porque conoció de forma inmediata otras tres ediciones: dos del mismo año 1609 en Barcelona y una tercera en Bruselas en 1610. Sin embargo, las Noches de invierno tendrían también problemas, y así, en los Índices de 1667 y 1747 se ordenaría expurgar y corregir de nuevo, respectivamente, el texto. Lo mismo sucedería en 1790, en el Índice último de libros prohibidos.

La crítica ha destacado de forma especial lo acertado en la disposición de los diálogos que sirven de marco a los relatos: Leonardo, Albanio, Silvio y Fabricio (y una noche también Camila) se reúnen para pasar entretenidos las frías noches de invierno, contando historias (esta acción se sitúa en Venecia). Sus charlas, amenas y burlescas, están salpicadas de anécdotas, chascarrillos y curiosidades. Escribe Juana de José y Prades:

La originalidad del autor se reduce al mínimo más inexcusable. Si entresacamos del libro las imitaciones y plagios a Pedro Mexía, a Antonio de Guevara, a los libros de caballerías y a las leyendas leídas aquí o allá, apenas nos queda nada en las manos. Pero lo poquito que permanece tiene mucho sabor castizo, me refiero a esos cortos pasajes que Eslava emplea para pasar de un cuento a otro; en ellos vemos a los cuatro ancianos, Leonardo, Silvio, Albanio y Fabricio, arrimados a la chimenea hogareña para defenderse del frío excesivo; beben una copa tras otra de vino para calentarse y se entretienen en asar castañas en la brasa y en cambiar tal cual broma socarrona de viejo navarro. Pese a los deseos de Eslava de situar el desarrollo de los diálogos en la ciudad de Venecia, más recuerdan los interlocutores a cuatro viejos navarros que buscan refugio contra el frío del Pirineo que no a cuatro caballeros venecianos que huyan de la humedad de los canales[1].

Los once capítulos incluidos por Eslava en sus Noches de invierno son: «Do se cuenta la pérdida del navío de Albanio», «Do se cuenta cómo fue descubierta la Fuente del Desengaño», «Do se cuenta el incendio del galeón de Pompeo Colona», «Do se cuenta la soberbia del rey Nicíforo y incendio de sus naves, y la arte mágica del rey Dárdano», «Do se cuenta la justicia de Celín Sultán, Gran Turco, y la venganza de Zaida», «Do se cuenta quién fue el esclavo Bernart», «Do se cuentan los trabajos y cautiverio del rey Clodomiro y la Pastoral de Arcadia», «Do se cuenta el nacimiento de Roldán y sus niñerías», «Do defiende Camila el género femenino», «Do se cuenta el nacimiento de Carlo Magno, rey de Francia y emperador de romanos» y «Do se cuenta el nacimiento de la reina Telus de Tartaria». En muchos casos, lo que hace Eslava es elaborar historias de otros autores o tradicionales, como resume Barella:

Las diez historias que se cuentan presentan un complicado entramado de tradiciones, leyendas folklóricas, cuentos medievales, reminiscencias mitológicas, de romances, de libros de caballerías, bizantinos, pastoriles y moriscos, y temas y motivos de la literatura italiana y francesa[2].

Y añade más adelante:

No cabe duda de que el libro está ambientado en Italia, pero el asunto de sus historias es de tradición hispánica en la medida en que ejemplifica una serie de preocupaciones que son constantes en nuestra literatura: lo celestinesco, el duelo, el cautiverio, lo morisco, los problemas de religión, de honra y de raza; si bien no quiero decir que sean éstos exclusivos de la literatura española[3].

La intención del libro responde a la vieja fórmula horaciana de deleitar aprovechando: el autor ofrece a los lectores entretenimiento y diversión y al mismo tiempo enseñanzas y avisos. En España, son muchos los libros de estas características, desde las colecciones de exempla medievales o el Arcipreste de Hita hasta El patrañuelo de Juan de Timoneda o los Diálogos de apacible entretenimiento de Lucas Hidalgo. Además, como explica Barella[4], en la época en que escribe Antonio de Eslava contar cuentos era un modo de cortesanía. No ha pasado por alto a los críticos cierta contradicción existente entre las moralidades que promete el autor en los preliminares y el fondo disoluto y relajado de la narración. Pero es que, como insiste Barella, entretener al lector contando historias es la finalidad principal de la obra, mientras que la supuesta intención moral parece interesarle poco a Eslava.

Menéndez Pelayo, en el tomo III de sus Orígenes de la novela, hablaba del estilo «tosco y desaliñado» de Eslava e indicaba que en su prosa abundan las enumeraciones de pedantesca erudición y mala retórica (el abuso de las citas y referencias eruditas es aspecto que pone de manifiesto el trabajo de Juana de José y Prades). En particular, se detecta en las Noches de invierno una clara influencia del estilo de fray Antonio de Guevara. Por su parte, Barella lo enjuicia con estas palabras:

La prosa de Eslava es una prosa en formación que utiliza fórmulas y recursos medievales y, al tiempo, es protagonista de originales aciertos narrativos, nada frecuentes en el panorama prosístico del recién inaugurado siglo XVII. Lo que ha hecho Eslava es introducir, con el viejo pretexto de contar cuentos, una serie de temas y motivos tradicionales, populares o folklóricos, de estructuras y formas en la literatura española que irán incorporándose a la novelística y al teatro —propiamente barrocos— a lo largo de todo el siglo XVII[5].


[1] Ver Juana de José y Prades, «Las Noches de invierno de Antonio de Eslava», Revista Bibliográfica y Documental, Madrid, III, 1949, pp. 163-196; la cita en la p. 167.

[2] Julia Barella Vigal, introducción a Antonio de Eslava, Noches de invierno, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación y Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1986, pp. 11-35; la cita en la p. 25.

[3] Barella Vigal, introducción a Noches de invierno, p. 34.

[4] Ver Barella Vigal, introducción a Noches de invierno, pp. 17-18.

[5] Barella Vigal, introducción a Noches de invierno, p. 35.

Aproximación a las comedias burlescas del Siglo de Oro

Las comedias burlescas del Siglo de Oro, llamadas también en la época comedias de disparates, en chanza o de chistes, son piezas dramáticas paródicas que se representaban por Carnaval (y también por San Juan) formando parte de fiestas cortesanas celebradas en Palacio o en el Buen Retiro, sin que tengamos constancia de que pasasen luego al corral. Estas dos características (teatro carnavalesco y teatro cortesano) constituyen las claves esenciales a la hora de abordar el estudio de estas obras[1]. Su función primordial era conseguir la risa de ese espectador áulico (el rey y sus nobles) y para ello los autores utilizan todos los recursos a su alcance, en el doble plano de la comicidad escénica y verbal. Estas piezas de jocosidad disparatada muestran sobre el tablado un carnavalesco «mundo al revés» donde absolutamente todo (personajes, temas, motivos literarios y convenciones dramáticas…) queda grotescamente parodiado, brutalmente degradado, sometido a intensos procesos de abrasión cómica. Puede afirmarse que la comedia burlesca del Siglo de Oro constituye un verdadero Carnaval en escena.

Festín burlesco, de Jan Mandijn, c. 1550

Poco atendidas por la crítica hasta finales de los 70 del siglo pasado, estas obras han contado en las últimas décadas con numerosos estudios (a cargo de Arellano, Borrego, Casado, Di Pinto, García Lorenzo, García Valdés, Holgueras, Huerta Calvo, Mata Induráin, Morell, Rodríguez Rípodas o Serralta, entre otros investigadores). En la actualidad existe un proyecto, desarrollado por el Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra, que tiene por objeto la edición crítica del corpus completo. En la web del GRISO puede verse la descripción general del proyecto y las obras ya aparecidas. Así, disponemos ya de más de una treintena de ediciones modernas, de la cincuentena de piezas, aproximadamente, que se conservan. En los siete volúmenes de Comedias burlescas del Siglo de Oro publicados por GRISO en Iberoamericana / Vervuert entre 1998 y 2011 se encuentra la bibliografía actualizada y los estudios más completos acerca de estas comedias.

Las comedias burlescas conocieron su máximo esplendor en el reinado de Felipe IV. Una de las primeras de que tenemos noticia, aunque su texto y hasta su título se hayan perdido, fue escrita por Hurtado de Mendoza, Quevedo y Mateo Alemán y representada en julio de 1625 por los ayudas de cámara del rey. Sabemos que Los siete infantes de Lara, de Cáncer y Juan Vélez, se representó en 1650; El caballero de Olmedo, de Monteser, en 1651; La renegada de Valladolid, de Monteser, Solís y Silva, en 1655; en 1660, al parecer, Céfalo y Pocris, de Calderón; en 1671, Don Domingo de don Blas, de autor desconocido y perdida; en 1673 El hidalgo de la Mancha, de Matos Fragoso, Diamante y Juan Vélez; en 1685, Las bodas de Orlando; en 1686, El rey don Alfonso, el de la mano horadada, etc. Por otra parte, varias de ellas (El rey Perico y la dama tuerta, de Diego Velázquez del Puerco, las anónimas Angélica y Medoro y Don Quijote de la Mancha resucitado en Italia o dos piezas debidas a Félix Moreno y Posvonel, El muerto resucitado y Pagarse en la misma flor y Boda entre dos maridos) son bastante tardías: pertenecen al siglo XVIII, circunstancia que nos habla del éxito alcanzado por este peculiar subgénero dramático, antítesis de la tragedia y de los dramas serios.

Su cultivo hay que relacionarlo con el auge que conocen desde comienzos del siglo XVII otras modalidades de la literatura «provocante a risa» (romances burlescos, diálogos jocosos, entremeses, mojigangas, vejámenes, pullas, fiestas de locos…). Frédéric Serralta vinculaba el origen de las comedias burlescas con las coplas de disparates. Hoy la crítica apunta más bien a su relación con el entremés, y en particular con el entremés burlesco (el Entremés de los romances, el de La Infanta Palancona o el de Melisendra pueden ser considerados comedias burlescas en miniatura). También obras como Don Quijote de la Mancha de Guillén de Castro o El príncipe melancólico de Lope podrían ser tenidas por precursoras del género. En fin, habría que considerar asimismo el posible carácter de obras «de repente» de algunas de ellas. Hay comedias burlescas muy elaboradas, que presentan un alto grado de complejidad y que no pueden responder a técnicas improvisatorias (Céfalo y Pocris o Darlo todo y no dar nada), pero sí otras como Escarramán o la titulada La creación del mundo, debida a Luis Vélez y Calderón, que no se conserva. Ignacio Arellano[2] ha estudiado esta cuestión y recuerda también que algunas burlescas se integran en academias ficticias, como sucede con El hermano de su hermana (inserta en las Obras de Quirós).

En cuanto a la autoría de estas obras, varias de las conservadas son anónimas, y es frecuente la colaboración entre dos o tres ingenios. Por lo general, sus cultivadores no son dramaturgos de primera fila (con la excepción de Calderón, autor de Céfalo y Pocris). Cáncer fue uno de los más asiduos al género, lo mismo que Vicente Suárez de Deza. Otros autores son Juan Vélez de Guevara, Francisco Antonio de Monteser, Francisco Bernardo de Quirós, Pedro Lanini Sagredo, etc.

En próximas entradas seguiré abordando nuevos aspectos relacionados con este peculiar subgénero dramático, que constituye —por así decir— el otro lado del tapiz, el revés burlesco, de la Comedia nueva.


[1] Ver Carlos Mata Induráin, «Teatro y fiesta en el siglo XVII: las comedias burlescas y el Carnaval», en Literatura, política y fiesta en el Madrid de los Siglos de Oro, dir. José María Díez Borque, ed. Esther Borrego Gutiérrez y Catalina Buezo Canalejo, Madrid, Visor Libros, 2009, pp. 335-353.

[2] Ignacio Arellano, «Literatura sin libro: literatura de repente y oralidad en el Siglo de Oro», en Pulchre, bene, recte. Estudios en homenaje al Prof. Fernando González Ollé, ed. Carmen Saralegui Platero y Manuel Casado Velarde, Pamplona, Eunsa / Gobierno de Navarra, 2002, pp. 101-119.

Las «Novelas ejemplares» de Cervantes

En los veinte años que median entre la aparición de La Galatea en 1585 y la impresión de la Primera parte del Quijote en 1605, Cervantes no publica nuevos títulos pero compone, probablemente, algunas de las Novelas ejemplares[1], que aparecerán en forma de libro en 1613 (en Madrid, por Juan de la Cuesta).

Portada de las Novelas ejemplares

Esta colección de doce novelas cortas estaba en lo más alto de la estimativa literaria de Cervantes y, además, tuvo un éxito enorme: a lo largo del siglo XVII se alcanzaron las sesenta ediciones, incluidas las traducciones. En el prólogo con que las encabeza, además de ofrecernos su famoso autorretrato, su autor se jacta de ser el primero que ha novelado en español, y explica a qué se refiere exactamente:

Yo soy el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa.

Recordemos que la palabra novela (del italiano novella, en contraposición a romanzo ‘novela extensa’) significaba ‘cuento, relato breve’ y que era éste un género tenido hasta entonces en poca estima. Cervantes tiene razones para sentirse orgulloso, pues es él quien introduce la palabra en español y crea de alguna manera el género. Antes, en la Edad Media y el Renacimiento, existían obras como El Conde Lucanor de don Juan Manuel o El patrañuelo de Joan de Timoneda que coleccionaban historias y, por supuesto, se habían escrito otras novelas cortas, pero todas eran traducciones e imitaciones del italiano. Cervantes también recibe el influjo de la novela corta italiana (Boccaccio[2] y sus imitadores del siglo XVI como Bandello o Erizzo), pero —como ha destacado la crítica— innova esta materia en varios puntos: así, enriquece las historias con diversos episodios y peripecias; busca la nacionalización de asuntos y personajes; concede gran importancia al diálogo, que da soltura a la narración; elimina muchos elementos maravillosos y sobrenaturales; por el contrario, introduce la vida real, humanizando los relatos, haciéndolos verosímiles.

¿Por qué Cervantes aplica a sus novelas el calificativo de ejemplares? Es un tema que ha hecho correr bastante tinta. Recordemos sus palabras exactas en el prólogo:

Heles dado el nombre de ejemplares, y si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso; y si no fuera por no alargar este sujeto, quizá te mostrara el sabroso y honesto fruto que se podría sacar, así de todas juntas como de cada una de por sí.

Algunos críticos consideran que, en efecto, Cervantes es sincero al declarar este propósito moralizador, mientras que para otros sus palabras son las de un hipócrita que sólo está buscando eludir sin problemas la acción de la censura[3], pues de hecho hay en algunas de las novelas pasajes bastante escabrosos y expresiones subidas de tono. Estas palabras de Jorge García López resultan bastante reveladoras:

Y es que para los días de Cervantes, la expresión «novelas ejemplares» apuntaba a un contrasentido obvio. La novella estaba constituida por la posteridad literaria del Decamerón. Narraciones llenas de sensualidad y procacidad, donde adulterio y concubinato parecen campar por sus respetos para solaz del lector; muy poco ejemplarizantes para la España postridentina de finales del siglo XVI, bajo el efecto de la condena que el Concilio había lanzado contra la literatura obscena y en concreto contra la obra de Boccaccio[4].

No olvidemos además que las dos novelas incluidas en el manuscrito Porras de la Cámara (Rinconete y Cortadillo y El celoso extremeño) fueron muy retocadas antes de pasar a la imprenta, quizá por la «autocensura» de un Cervantes que a la altura de 1613 había alcanzado cierto reconocimiento (es protegido del cardenal Sandoval y del Conde de Lemos) y prefiere mostrarse prudente para no poner en peligro su reputación y su éxito[5]. Ahora bien, tampoco es un autor que haga moralina en sus textos y, como bien ha indicado Arellano,

sus novelas no añaden de modo pegadizo una ejemplaridad de receta: ricas en ambigüedades, en situaciones complejas, en variados reflejos de la misma complicación que muestra la realidad de los hombres y de la sociedad humana, su ejemplaridad queda abierta a la interpretación del lector, a quien el arte cervantino (y ese es uno de sus rasgos definitorios) prohíbe simplificar[6].

Los títulos de las doce novelas ejemplares son: La gitanilla, El amante liberal, Rinconete y Cortadillo, La española inglesa, El licenciado Vidriera, La fuerza de la sangre, El celoso extremeño, La ilustre fregona, Las dos doncellas, La señora Cornelia, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros (estas dos últimas unidas sin solución de continuidad). Tal es su orden de aparición en el volumen, pero no sabemos mucho de la génesis y las fechas de composición exactas de estos textos[7]. Sí tenemos el dato de que dos de ellas, Rinconete y Cortadillo y El celoso extremeño, figuran en el manuscrito Porras de la Cámara, que se puede datar hacia 1604. Cervantes pudo escribir quizá alguna más en ese período que va de 1585 (La Galatea) a 1605 (Primera parte del Quijote), mientras que las restantes estarían redactadas entre 1605 y 1613. En cuanto a su disposición en el volumen, González de Amezúa opinaba que Cervantes buscó mezclar asuntos y temas para conseguir la tan valorada variedad que suponía un ameno deleite, una entretenida lectura[8].

Por lo que toca a los intentos de clasificación, la crítica ha manejado tradicionalmente el binomio realismo / idealismo, polos entre los que fluctúa toda la obra cervantina. Así, las ejemplares podrían dividirse en dos grupos: las novelas realistas, en las que predomina la observación de la realidad (El celoso extremeño, Rinconete y Cortadillo, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros); y las idealistas, en las que se pone mayor énfasis en la imaginación (El amante liberal, La española inglesa, La ilustre fregona, La fuerza de la sangre, Las dos doncellas y La señora Cornelia). Pero hay otras que están a medio camino entre realidad e idealidad, de ahí que se las haya calificado como ideorrealistas (El licenciado Vidriera o La gitanilla).

En las novelas idealizantes encontramos héroes sin tacha que reúnen en sus personas belleza física y moral. Los enamorados muestran un absoluto respeto a la mujer, con un amor siempre intachable, que resulta a veces demasiado frío y convencional. Además, se ha señalado como principal defecto la falta de consistencia de los personajes y la escasa pintura de la realidad: son novelas faltas de vida y de color. En las realistas, no hay por lo general una trama amorosa, ni idealización romántica. Tampoco hay un hilo conductor o un argumento propiamente dicho: se trata más bien de una sucesión de cuadros, sin un desenlace claro (sólo El celoso extremeño tiene una trama completa), que permite la descripción de hombres y cosas. Suele comentarse que las novelas más perfectas son las menos «ejemplares» desde el punto de vista moral. En cualquier caso, las mejores de la colección son, sin duda alguna, La gitanilla, Rinconete y Cortadillo, El celoso extremeño y el doblete formado por El casamiento engañoso y El coloquio de los perros[9].

Juan Bautista Avalle-Arce ha destacado las nuevas fronteras para la picaresca deslindadas por Cervantes en algunas de las ejemplares como La gitanilla, Rinconete y Cortadillo, La ilustre fregona o El coloquio de los perros. Tradicionalmente el pícaro es un personaje solitario e insolidario, en cuyos sentimientos no tienen cabida el amor ni la amistad. En cambio, la narrativa «picaresca» cervantina nunca es en primera persona (la autobiografía era un rasgo canónico del género), sino un contrapunto entre dos personas, y la amistad que se traba entre los personajes redime de la sordidez de la vida humana; además, en esta formulación el desarrollo del amor y la fortuna sustituye al puro determinismo que opera en el molde clásico de la picaresca. En Cervantes, el yo del pícaro no campea en libertad imponiendo sus puntos de vista, sino que la vida se vive para fuera, en relación de intercambio con otras personas. Ciertamente, el alcalaíno no escribió nunca una novela picaresca canónica, pero sí practicó diversas respuestas al modelo tradicional; no mostró un rechazo categórico del género, sino que realizó meditadas aproximaciones[10].


[1] La bibliografía sobre las Novelas ejemplares es muy extensa. Aspectos generales relativos a ellas pueden verse, entre otros muchos estudios, en Francisco A. de Icaza, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, sus críticos, sus modelos literarios, sus modelos vivos y su influencia en el arte, Madrid, Imp. Clásica Española, 1915; Agustín González de Amezúa y Mayo, Cervantes, creador de la novela corta española, Madrid, CSIC, 1956-1958, 2 vols.; Joaquín Casalduero, Sentido y forma de las «Novelas ejemplares», Madrid, Gredos, 1974; Ruth S. El Saffar, Novel to Romance. A Study of Cervantes’ «Novelas ejemplares», Baltimore / Londres, The John Hopkins University Press, 1974; Joseph V. Ricapito, Cervantes’s «Novelas ejemplares»: Between History and Creativity, Purdue, West Lafayette, Purdue University Press, 1996; Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996; Alicia Parodi, Las Ejemplares, una sola novela: la construcción alegórica de las «Novelas ejemplares» de Miguel de Cervantes, Buenos Aires, Eudeba, 2002; Jesús G. Maestro, Las ascuas del Imperio. Crítica de las «Novelas ejemplares» de Cervantes desde el materialismo filosófico, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2007; y Katerina Vaiopoulos, De la novela a la comedia: las «Novelas ejemplares» de Cervantes en el teatro del Siglo de Oro, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2010.

[2] Ver Emilio Alarcos, «Cervantes y Boccaccio», en Homenaje a Cervantes, Valencia, Mediterráneo, 1950, vol. II, pp. 195-235.

[3] Ver Frances Luttikhuizen, «¿Fueron censuradas las Novelas ejemplares?», Cervantes, XVII, 1997, pp. 165-173.

[4] Jorge García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, p. XCIV.

[5] Ver Geoffrey Stagg, «The Refracted Image: Porras and Cervantes», Cervantes, IV, 2, 1984, pp. 139-153.

[6] Ignacio Arellano, Cervantes: breve introducción a su obra, Delhi, Confluence International, 2005, p. 60.

[7] Para la cronología de las Novelas ejemplares, ver la síntesis de Jorge García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, pp. LVI-LXV.

[8] Ver González de Amezúa y Mayo, Cervantes, creador de la novela corta española.

[9] Para el género y los intentos de clasificación de las Novelas ejemplares, ver Jorge García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, pp. LXV-LXXXIII.

[10] Para la relación de Cervantes con la picaresca, remito sobre todo a Américo Castro, «Lo picaresco y Cervantes», Revista de Occidente, XI, 1926, pp. 349-361; Carlos Blanco Aguinaga, «Cervantes y la picaresca. Notas sobre dos tipos de realismo», Nueva Revista de Filología Hispánica, XI, 1957, pp. 313-342; Peter N. Dunn, «Cervantes De/Re-Constructs the Picaresque», Cervantes, II, 2, 1982, pp. 109-132; Joaquín Casalduero, «Cervantes rechaza la pastoril y no acepta la picaresca», Bulletin of Hispanic Studies, LXI, 1984, pp. 283-285; Joseph V. Ricapito, «Cervantes y Mateo Alemán, de nuevo», Anales cervantinos,XXIII, 1985, pp. 1-7; Lilia E. Ferrario de Orduna, «En torno a la novela picaresca y a las Novelas ejemplares: acerca de Rinconete y Cortadillo y de la Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza», en Philologica hispaniensia: in honoren Manuel Alvar, vol. 3, Literatura, Madrid, Gredos, 1986, pp. 309-314; Helen H. Reed, «Theatricality in the Picaresque of Cervantes», Cervantes, VII, 1987, pp. 71-84; Juan Bautista Avalle-Arce, «Cervantes entre pícaros», Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII, 2, 1990, pp. 591-603; Jorge García López, «Rinconete y Cortadillo y la novela picaresca», Cervantes, XIX, 1999b, pp. 113-122; Monique Joly, «Cervantes y la picaresca de Mateo Alemán: hacia una revisión del problema», en J. Canavaggio (ed.), La invención de la novela, Madrid, Casa de Velázquez, 1999, pp. 269-276; y Anthony A. Zahareas, «La función de la picaresca en Cervantes», en Cervantes en Italia. Actas del X Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (Academia de España, Roma, 27-29 de septiembre de 2001), ed. Alicia Villar Lecumberri, Palma de Mallorca, Asociación de Cervantistas, 2001, pp. 459-472.

Fray José de Sierra y Vélez, poeta corellano del Barroco

Autor de varias composiciones poéticas es el corellano fray José de Sierra y Vélez, lector que fue de Teología en el Colegio de la Merced de Huesca hacia mediados del siglo XVII. «Cuando no por la calidad, por la cantidad de su obra poética debería figurar el nombre de este mercedario en un breve apartado de la historiografía del Parnaso español», escribió Manuel Penedo[1]. El padre Sierra y Vélez participó en un certamen poético con el que la ciudad de Huesca quiso solemnizar el casamiento de Felipe IV con su sobrina Mariana de Austria el 7 de octubre de 1649. El certamen se celebró el 2 de febrero de 1650 en la santa iglesia Catedral de Huesca, siendo el mecenas de esta justa literaria don Luis Abarca de Bolea y Castro Fernández de Híjar, marqués de Torres, conde de las Almunias, etc. Al torneo literario acudieron los mayores ingenios de Aragón, de la Corte madrileña y de Navarra. Se publicaron todas las composiciones en un libro titulado Palestra numerosa austriaca (Huesca, en la imprenta de Juan Francisco de Larumbe, 1650).

Portada de Palestra numerosa austriaca

Penedo nos informa de que la obra poética del padre Sierra incluida en ese libro está formada por un soneto, una canción, una glosa, un romance, diez octavas y diez liras, con las que su musa, «ora grave y profunda, ora ligera y festiva», abordó seis de los ocho temas propuestos en el concurso. Asegura este estudioso que el padre Sierra debía de ser harto popular entre las clases más cultas de Huesca por las cualidades de su persona:

elocuencia para el púlpito, voz bien timbrada y conformada para el canto y facilidad para la versificación. Añadamos también una cultura no vulgar. Nos autorizan a creerlo su mucha erudición clásica, su dominio de la preceptiva castellana, manejo de la historia patria y los evidentes reflejos de nuestros grandes poetas, Garcilaso de la Vega, sobre todo. Tal vez habrá pertenecido a la Academia literaria de los Anhelantes, de Zaragoza[2].

Otra composición del padre Sierra recogida en la Palestra, el Panegírico epitalámico, fue presentada fuera de concurso. Se trata de un largo poema de ochocientos cincuenta y dos versos que imita la Égloga II de Garcilaso, aplicando la historia alegórica de la Casa de Alba a su mecenas don Luis Abarca, a quien va dedicado. La versificación es de corte garcilasista y el asunto, informa Penedo, es el epitalamio de Fileno (Felipe IV) y Marbella (Mariana de Austria); al mismo tiempo, el autor traza la historia de la ascendencia de su mecenas y su biografía. El Panegírico presenta una estructura clásica: Invocación, Epitalamio, Coro de dioses, I Coro de Ninfas, II Coro de Ninfas, Coro de Musas, Coro de dioses e Himeneo.

En esta composición —indica Penedo—, libres del poeta la imaginación y el sentimiento para correr por más ancho cauce, sin las pigüelas [sic] temáticas ni pies forzados, manifiéstase más abundosa su inspiración y elocuencia, más vivo el relato, más elevadas las imágenes y metáforas. Tan alejado de los versos duros, carentes de ternura e inspiración de las anteriores composiciones, que parece esta de otro autor. El sentimiento poético solamente lo vimos apuntar —lo decimos con reservas— en las octavas consagradas a la Purificación de la Virgen. La razón es obvia. El tema mariano es, generalmente, lo más apto para hacer vibrar la cuerda lírica de un poeta católico[3].

Consignaré aquí, como pequeña muestra del estro poético del padre Sierra, algunos versos suyos correspondientes al poema «A la Purificación de la Virgen»:

Templo de Dios al templo se presenta
la que enseña a lucir al sol dorado,
la que a la nieve en su candor afrenta
candor se purifica inmaculado.
Sitial de luz en quien deidad se asienta
expone a la censura lo sagrado,
mas al cumplir la ley, si ley no llama,
da mayores aplausos a su fama.

En fin, señalaré que Penedo copia en su trabajo versos de otros poemas de Sierra, como «Alusiones políticas a Felipe IV» y «Conquista de Bolea del poder de los moros por los hermanos Íñigo y Martín de Torres, agregándola a su blasón».


[1] Ver Manuel Penedo, «Un poeta navarro: Fr. José de Sierra y Vélez», Estudios, 11, mayo-agosto de 1948, pp. 362-378; la cita corresponde a la p. 362.

[2] Penedo, «Un poeta navarro: Fr. José de Sierra y Vélez», p. 368. Sobre la Palestra, ver José Miguel Oltra Tomás, «Un mundo para un certamen: aproximación a la Palestra numerosa austriaca de Huesca (1650)», en La cultura del Barroco. Los jardines: arquitectura, simbolismo y literatura. Actas del I y II Curso en torno a Lastanosa, Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2000, pp. 93-110.

[3] Penedo, «Un poeta navarro: Fr. José de Sierra y Vélez», pp. 369-370.

Algunas notas sobre Cervantes y Navarra

El objetivo de esta entrada[1] es rastrear la presencia de Navarra en la vida y en la obra de Cervantes. Las huellas estrictamente biográficas apenas existen, pues sus andanzas no lo trajeron a tierras navarras, aunque sí hay, como veremos, algunos navarros que se cruzaron en su vida. Por lo que toca a las huellas literarias, tampoco las menciones de temas y personajes navarros en la obra cervantina son importantes, pero sí debemos poner en relación a Cervantes con algunos escritores como Jerónimo Arbolanche, Julián de Medrano o Juan Huarte de San Juan.

Seguramente fueron más los navarros con los que se topó Cervantes a lo largo de su intensa vida (en la milicia y en su largo deambular por las tierras españolas), pero hay dos que desempeñaron un papel de cierta consideración en sendos momentos de su peripecia vital: me refiero al jardinero Juan y al noble Ezpeleta. En efecto, en el segundo intento de fuga de Argel (septiembre de 1577) le ayudó un jardinero llamado Juan, natural de Navarra, que era cautivo del renegado griego Hazán: durante cinco meses mantuvo ocultos a Cervantes y catorce cristianos más en una gruta del jardín del alcaide de Argel pero, traicionados por un renegado de Melilla conocido como el Dorador, serían descubiertos el 30 de septiembre; el esclavo navarro pagaría con su vida el intento de ayudar a Cervantes a recuperar su libertad (moriría ahorcado, en medio de grandes tormentos, el 3 de octubre).

Si damos un salto hasta 1605, nos encontramos con el “asunto Ezpeleta”. La Primera Parte del Quijote, recién publicada, está alcanzando una enorme popularidad, pero el éxito literario se ve empañado por la amarga experiencia de un nuevo paso por prisión: Cervantes sufre un breve encarcelamiento (del 29 de junio al 1 de julio) como consecuencia de un crimen cometido a la puerta de su casa en Valladolid: allí quedó malherido el caballero navarro don Gaspar de Ezpeleta; el verdadero culpable era, al parecer, un alguacil de Corte, y la justicia miró hacia otro lado para permitir que escapara impune: se emborronó todo el proceso y se ordenó encarcelar a todos los inquilinos de la casa (el proceso judicial, por cierto, nos brinda noticias interesantes sobre el escritor y su familia).

A continuación consideraré la relación de Cervantes con tres escritores navarros del momento: Arbolanche, Medrano y Huarte de San Juan. Jerónimo Arbolanche (h. 1546-1572) es autor de Las Abidas (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566), una obra ambiciosa —pero fallida— en la que se mezclan elementos pastoriles, bizantinos, caballerescos, mitológicos, rasgos épicos, líricos, alegóricos, digresiones eruditas y geográficas, etc. En cierto sentido, Arbolanche fue un precursor de Cervantes en la mezcla de géneros literarios, aunque sin su genio, de ahí que no lograra la armoniosa integración de todos esos materiales, de los distintos géneros y estilos narrativos de la época (ese intento lo culminaría felicísimamente en 1605 el ingenio complutense). Sin embargo, Las Abidas es una obra cargada de tanta vanidad literaria como erudición, y seguramente por esta razón Cervantes presenta a Arbolanche en el Viaje del Parnaso (1614) como adalid de las huestes de los malos poetas que asaltan el monte: “El fiero general de la atrevida / gente, que trae un cuervo en su estandarte, / es Arbolánchez, muso por la vida” (VII, vv. 91-93). Además, el hecho de que hubiera fallecido varias décadas atrás evitaba el problema de una posible réplica.

Retrato de Jerónimo Arbolanche

En 1583 aparecía en París La silva curiosa de Julián de Medrano, quien se presenta como caballero navarro. Esta obra asimilable a las misceláneas renacentistas volvió a publicarse en París en 1608, “corregida en esta nueva edición, y reducida a mejor lectura por Cesar Oudin”, con la novedad ahora de la inclusión al final de la Novela del curioso impertinente de Cervantes, sin ningún tipo de indicación respecto a la autoría. Fijándose únicamente en el año de la primera edición, el abate Pedro Estala atribuyó el Curioso a Medrano (en el Correo de Madrid, o de los ciegos, del 3 de noviembre de 1787), error que pronto fue corregido por el académico Tomás Antonio Sánchez.

Portada de La silva curiosa de Julián de Medrano

En fin, se ha estudiado la influencia del Examen de ingenios para las ciencias (1575) de Juan Huarte de San Juan en el Quijote: su lectura pudo guiar a Cervantes a la hora de trazar el carácter de su cuerdo-loco hidalgo manchego. Fue Rafael Salillas, en un libro de 1905, quien más insistió en las deudas contraídas por el alcalaíno con el tratado del navarro de Ultrapuertos.

Portada de Examen de ingenios para las ciencias

Por lo demás, queda todavía materia para una próxima entrada: las obras de Cervantes y Navarra, y también las huellas cervantinas en la producción de distintos escritores navarros, hasta nuestros días.


[1] Sintetizo aquí algunos aspectos de mi ponencia «Cervantes y Navarra: huellas vitales y literarias», leída en el Congreso Internacional «El Quijote en Buenos Aires», Asociación de Cervantistas-Universidad de Buenos Aires (Instituto de Filología Dr. Amado Alonso), Buenos Aires, Biblioteca Nacional de Argentina, 20-23 de septiembre de 2005.

Arauco en la literatura española del Siglo de Oro

Ahora que se acerca el 18 de septiembre, Fiestas Patrias en Chile, es un buen momento para que el Gobernador de esta Ínsula, chileno consorte, empiece a dedicar algunas entradas a autores y obras de la literatura chilena, o bien a la presencia de Chile y de temas chilenos en la literatura española. Comenzaremos hoy con esto último, ofreciendo algunas notas sobre la presencia de las guerras de Arauco en la literatura áurea, tema al que vengo prestando cierta atención en los últimos años.

La considerable presencia del tema de América en la literatura española del Siglo de Oro es un aspecto que ha sido estudiado, especialmente en lo que concierne a algunos autores mayores como Lope o Tirso de Molina[1]. Si nos ceñimos al tema de las guerras de Arauco, encontramos el tratamiento literario de esa materia en géneros muy diversos, que van desde las crónicas hasta el teatro, pasando por la poesía épica. De entre los cronistas, historiadores y autores de relaciones, habría que recordar los nombres de Jerónimo de Vivar, Juan de Cárdenas, Alonso de Góngora Marmolejo, Pedro de Valdivia, Pedro Mariño de Lobera, Alonso de Ovalle, Diego de Rosales, Alonso González de Nájera o Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, entre otros; en el territorio de la épica, las dos obras fundamentales son La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga y El Arauco domado de Pedro de Oña, pero no hay que olvidar otros títulos como El Purén indómito de Diego Arias de Saavedra o Las guerras de Chile, atribuido a Juan de Mendoza y Monteagudo.

En lo que respecta al teatro, aparece plasmada esa materia de Arauco, además de en el auto sacramental que nos ocupa, en las comedias La belígera española (1616), de Ricardo de Turia (seudónimo de Pedro Juan Rejaule y Toledo); Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete (1622), de nueve ingenios; Arauco domado (1625), de Lope de Vega; El gobernador prudente (1663), de Gaspar de Ávila, y Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos. A estos títulos cabría añadir El nuevo rey Gallinato, de Andrés de Claramonte, cuya acción no está ambientada en Arauco, pero sí en un imaginario reino situado entre Perú y Chile[2]. Se trata de un volumen de obras muy considerable —sobre todo, en proporción con el conjunto global de piezas de asunto americano en el teatro áureo español[3]—, y esa abundancia se explica, en buena medida, por la existencia de dos prestigiosos modelos épicos que popularizaron en España los temas, personajes y motivos de aquel «Flandes indiano»: las obras ya mencionadas de La Araucana de Ercilla y El Arauco domado de Oña. Esa es, precisamente, una de las razones que apuntaba Dille para justificar tan crecida producción:

El número desproporcionado de comedias sobre Chile se debe a, por lo menos, tres factores: primero, precisamente porque no era un país rico, no se podía culpar a los españoles de estar allí por motivos indignos. Segundo, es la admiración por la heroica resistencia de sus pocos habitantes. A diferencia de México y del Perú, Arauco era muy pequeño, pero presentaba la máxima dificultad a los esfuerzos españoles para incorporarlo dentro del imperio. […] Tercero, las expediciones a esta lejana parte del imperio tuvieron la suerte de ser inmortalizadas por Alonso de Ercilla y por Pedro de Oña en obras del género de máximo prestigio —la epopeya. Así los escritores del siglo XVII podían inspirarse directamente en dos famosas obras literarias. Además, parece que la influencia de Ercilla era también indirecta porque aparentemente Algunas hazañas y El Arauco domado se escribieron para halagar al hijo del marqués de Cañete, que quedó resentido porque Ercilla no hizo mucho caso de su padre en la famosa Araucana[4].

Es esta una cuestión sobre la que existe abundante bibliografía, pero ya volveremos sobre ella en otra ocasión. En cuanto a las recreaciones del personaje de Caupolicán, sabido es que ha inspirado distintas obras literarias, desde la propia Araucana de Ercilla hasta el famoso soneto de Rubén Darío, pasando por romances, novelas históricas y otros destacados hitos textuales, a los que no puedo referirme ahora. También de estas recreaciones del cacique araucano se hablará en futuras entradas.


[1] Pueden verse, entre otros, los trabajos de Ignacio Arellano (ed.), Las Indias (América) en la literatura del Siglo de Oro. Homenaje a Jesús Cañedo, Kassel, Reichenberger / Gobierno de Navarra, 1992; Ysla Campbell(coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992; Valentín de Pedro, América en las letras españolas del Siglo de Oro, Buenos Aires, Sudamericana, 1954; Glen F. Dille, «El descubrimiento y la conquista de América en la comedia del Siglo de Oro», Hispania. A Journal Devoted to the Teaching of Spanish and Portuguese (Los Angeles, California), vol. 71, núm. 3, September 1988, pp. 492-502; Ángel Franco, El tema de América en los autores españoles del Siglo de Oro, Madrid, Nueva Imprenta Radio, 1954; Teresa J. Kirschner, «La evocación de las Indias en el teatro de Lope de Vega: una estrategia de inclusión», en Agustín de la Granja y José Antonio Martínez Berbel (eds.), Mira de Amescua en candelero. Actas del Congreso Internacional sobre Mira de Amescua y el teatro español del siglo XVII (Granada, 27-30 octubre de 1994), Granada, Universidad de Granada, 1996, vol. II, pp. 279-290; Marcos A. Moríñigo, América en el teatro de Lope de Vega, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires-Instituto de Filología Amado Alonso, 1946; Concepción Reverte Bernal y Mercedes de los Reyes Peña (eds.), América y el teatro español del Siglo de Oro, Cádiz, Universidad de Cádiz, 1998; Francisco Ruiz Ramón, América en el teatro clásico español. Estudio y textos, Pamplona, Eunsa, 1993, o Miguel Zugasti, «Notas para un repertorio de comedias indianas del Siglo de Oro», en Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO (Toulouse, 1993), ed. I. Arellano, M. C. Pinillos, F. Serralta y M. Vitse, vol. II, Teatro, Pamplona / Toulouse, GRISO / LEMSO, 1996, pp. 429-442; también el número especial de Teatro, 15, 2001, titulado América en el teatro español del Siglo de Oro, o el volumen La imagen del indio en la Europa moderna, Sevilla, CSIC, 1984. El lector interesado encontrará una bibliografía mucho más detallada en Moisés R. Castillo, Indios en escena: la representación del amerindio en el teatro del Siglo de Oro, West Lafayette (IN), Purdue University Press, 2009.

[2] Pieza peculiar dentro de este corpus, que ha generado bastante interés crítico en los últimos años.

[3] Ver por ejemplo Fausta Antonucci, «El indio americano y la conquista de América en las comedias impresas de tema araucano (1616-1665)», en Ysla Campbell(coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992, pp. 21-46 (especialmente pp. 21 y 44-45).

[4] Dille, «El descubrimiento y la conquista de América en la comedia del Siglo de Oro», p. 493.

José de Sarabia y su «Canción real a una mudanza»

La cima poética del siglo XVII está representada en Navarra por José de Sarabia (Pamplona, 1594-Martorell, 1641), conocido con el seudónimo académico de «el Trevijano», autor que constituye un buen ejemplo de soldado-poeta. Sarabia es famoso por una sola composición, la «Canción real a una mudanza», incluida en el Cancionero de 1628, que durante cierto tiempo fue atribuida a Mira de Amescua. En sus siete estancias desarrolla el tema barroco de la volubilidad de la Fortuna (desengaño, vanitas vanitatum, fugacidad de la belleza). En una nota que publicó en 1957[1], José Manuel Blecua vino a aclarar que la canción que se copia bajo el nombre del Trevijano no podía ser de Mira de Amescua. En el manuscrito Span. 56 de la Houghton Library de la Universidad de Harvard, fols. 152-155, se encuentra la solución, porque allí aparece la «Canción» con este encabezamiento: «Canción de don Joseph de Saravia, Secretario del Duque de Medina Sidonia, con nombre impuesto de Trevijano».

González Ollé ha recapitulado sus datos biográficos[2]. Fue vecino y natural de Pamplona (su padre, el capitán Pedro Sarabia de la Riva), caballero de Santiago, señor de la villa de Eransus, secretario del duque de Medina Sidonia, don Manuel Alonso Pérez de Guzmán, y montero de cámara de Su Majestad. En 1628 se le concedió un hábito. Blecua opinaba que debió de nacer hacia 1583-1584, pero González Ollé retrasa la fecha a 1593-1594. Este investigador destaca el hecho de que Sarabia sí resulta un personaje bien conocido por su intervención activa en diversos acontecimientos públicos de importancia de su época. Cabe la posibilidad de que participara en las campañas de Flandes e Italia, pues en septiembre de 1639 ostenta el grado de teniente de maestre de campo en la jornada de Fuenterrabía. Moriría en otro lance bélico, el combate de Martorell de 21 de enero de 1641, en el que las tropas realistas vencieron a los sublevados catalanes.

Por su parte, Alicia de Colombí Monguió[3] ha estudiado los tópicos, las fuentes literarias y emblemáticas y las huellas que la «Canción real a una mudanza» dejó en América:

Desengaños, muertes y tormentos, la próspera fortuna siempre al fin astrosa, la fragilidad de la vida y de todo lo humano, estrofa a estrofa, símbolo a símbolo, verso a verso, la «Canción» de Joseph de Sarabia, engarzando herencia ya secular desde las visiones de Petrarca, engarzará sus mudanzas a un mundo que las fijará en otras, al encontrar en la palabra y la figura de lo cambiante una de las constantes más perennes de nuestra lírica[4].

González Ollé estima a Sarabia como «el príncipe de los poetas navarros» por la perfección expresiva de su composición, con la que Gracián ejemplificó dos pasajes de su Agudeza y arte de ingenio, calificándola de «celebrada canción». Escribe el mencionado crítico:

La poesía de Sarabia está formada por siete estancias de diecinueve versos cada una, a las que sirve de remate una estrofa de envío con la siguiente estructura: 7a 11a 7b 11b 7c 11c. Los once primeros versos de cada estancia ofrecen sucesivas imágenes de seres animados o inanimados (jilguerillo, cordero, garza, militar, dama, navío, pensamiento), radiantes de inocencia, poderío, belleza, cuya tradicionalidad poética les confiere un patente carácter simbólico. Los ocho versos restantes, encabezados en cada estancia por el sintagma anafórico Mas, ¡ay!, describen la fatal destrucción, la completa aniquilación de tales realidades captadas en un momento pletórico de sus excelencias, y afectadas, un instante después, por la muerte, la derrota, la enfermedad, el naufragio. En varias estancias, por medio del pareado que las cierra, el poeta se hace presente para lamentar que la desventura expuesta no es sino imagen de la suya propia[5].

Copio a continuación el principio de la canción, su primera estancia:

Ufano, alegre, altivo, enamorado,
rompiendo el aire el pardo jilguerillo,
se sentó en los pimpollos de una haya
y con su pico de marfil nevado
de su pechuelo blanco y amarillo
la pluma concertó pajiza y baya;
y celoso se ensaya
a discantar en alto contrapunto
sus celos y amor junto,
y al ramillo, y al prado, y a las flores
libre y ufano cuenta sus amores.
Mas, ¡ay!, que en este estado
el cazador cruel, de astucia armado,
escondido le acecha
y al tierno corazón aguda flecha
tira con mano esquiva
y envuelto en sangre en tierra lo derriba.
¡Ay, vida mal lograda,
retrato de mi suerte desdichada!

Tras el del jilguerillo vienen otros símiles: el corderillo devorado por el lobo, la garza que remonta su vuelo hasta el cielo y es abatida por el águila, el capitán bisoño que pierde la batalla que tenía ganada y la vida, la bella dama que por una enfermedad ve malograrse toda su hermosura, el bajel del mercader que se hunde con todos sus tesoros cuando estaba a punto de llegar a puerto. Tras la indicación de que su pensamiento de amor por una señora se elevó «ufano, alegre, altivo, enamorado» (retoma Sarabia el verso inicial), la voz lírica se identifica con todas las imágenes anteriores:

Mi pensamiento con ligero vuelo
ufano, alegre, altivo, enamorado,
sin conocer temores la memoria,
se remontó, señora, hasta tu cielo,
y, contrastando tu desdén airado,
triunfó mi amor, cantó mi fe victoria;
y en la sublime gloria
de esa beldad se contempló mi alma,
y el mar de amor sin calma
mi navecilla con su viento en popa
llevaba navegando a toda ropa.
Mas, ¡ay!, que mi contento
fue el pajarillo y corderillo exento,
fue la garza altanera,
fue el capitán que la victoria espera,
fue la Venus del mundo,
fue la nave del piélago profundo;
pues por diversos modos
todos los males padecí de todos.

Canción, ve a la coluna
que sustentó mi próspera fortuna,
y verás que si entonces
te pareció de mármoles y bronces,
hoy es mujer, y en suma,
breve bien, fácil viento, leve espuma.

Este verso final es uno de esos enunciados trimembres con los que Sarabia, al decir de González Ollé, consigue «versos de rotunda belleza». En esta composición, seleccionada por Menéndez Pelayo entre las cien mejores poesías de la lengua castellana, se aprecian influencias de una elegía del año 1611 de Quevedo a Luis Carrillo y Sotomayor y de los Emblemas morales (1610) de Covarrubias. También se le han señalado concomitancias con una canción anónima que comienza «Creció dichosa en fértil primavera…». No obstante, Sarabia elabora esas influencias y los motivos de la tradición clásica y nos los devuelve transformados en una muy bella y emotiva expresión.


[1] José Manuel Blecua, «El autor de la canción “Ufano, alegre, altivo, enamorado…”», Nueva Revista de Filología Hispánica, 1957, 11, pp. 64-65.

[2] Fernando González Ollé, «Biografía de José de Sarabia, presunto autor de la “Canción real a una mudanza”», Revista de Filología Española, 46, enero-junio de 1963, pp. 1-30.

[3] Alicia de Colombí Monguió, «La “Canción real a una mudanza”: textos y contextos imitativos», Revista Hispánica Moderna, 40, núms. 3-4, 1978-1979, pp. 113-125.

[4] Colombí Monguió, «La “Canción real a una mudanza”: textos y contextos imitativos», p. 123.

[5] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, p. 109.

El conde de Villamediana, poeta de amor y carne de leyenda

(A Felipe B. Pedraza,
de quien tomo prestada para el título de esta entrada
la expresión «carne de leyenda» aplicada a Villamediana)

Resulta difícil, al acercarse a la figura y a la obra de Juan de Tassis y Peralta (Lisboa, h. 1582-Madrid, 1622), escapar al poderoso influjo de su leyenda[1], que lo ha convertido en prototipo de enamorados, en un nuevo Macías, patrón de todo idealismo amoroso. Por otra parte, hay que evitar los tentadores paralelismos que pueden establecerse entre sus versos y sus circunstancias vitales: Villamediana es el cantor del «alto atrevimiento» (¿el de haber puesto los ojos y el pensamiento en la reina de España, doña Isabel de Borbón?) que conduce a una «muerte buscada» (y, efectivamente, el Conde moriría violentamente asesinado en las calles de Madrid). En Villamediana, vida, leyenda y poesía parecen querer darse la mano a cada instante[2].

De hecho, la obra del Conde no ha recibido tanta atención crítica como su personalidad, su circunstancia vital y su leyenda: así, su supuesto amor por la esposa de Felipe IV, su rivalidad política con el conde-duque de Olivares y su violenta muerte han eclipsado parte del interés que debería haber despertado su producción literaria, la cual tuvo en su época un éxito muy considerable (la edición príncipe de sus obras fue la de Zaragoza, 1629; hasta 1648 alcanzó seis ediciones). Luego quedó relegado al olvido: el desprestigio de la crítica por el culteranismo arrastró de rechazo a toda la poesía de Villamediana, discípulo privilegiado de Góngora. Sin embargo, en las últimas décadas su obra se ha revalorizado, y hoy contamos con ediciones de su corpus lírico completo[3]. Ya en 1886 Emilio Cotarelo —en uno de los trabajos pioneros sobre Villamediana— ponía de relieve la importancia de sus sonetos[4]; Luis Rosales, en 1969, le otorgaba el primer puesto entre nuestros poetas de amor:

Villamediana no tiene lápida ni epitafio digno en ese cementerio que ha conseguido ser, en sus mejores instantes, nuestra sufrida historia literaria. Es, sin embargo, nuestro primer poeta de amor. Este es su puesto. En su lírica amorosa, continúa la expresión delicada, profunda, traslúcida de Garcilaso: la tradición de su espiritualidad. Su verso no parece escrito: está dicho en voz baja. No se elabora artísticamente, ni se apoya en imágenes que se refieran al mundo natural. Sólo está sostenido por el dolor: es el camino del aire. ¡Tan leve, tan irreparable, tan fundida al espíritu es su expresión![5]

También en fechas recientes han aportado importantes contribuciones a su estudio Rozas, Pedraza y Ruiz Casanova[6].

Hay que señalar que la poesía amorosa del conde de Villamediana presenta los más variados registros, que van, en palabras de Felipe B. Pedraza, «de la obscenidad prostibularia al más encendido neoplatonismo»[7]. Pues bien, en futuras entradas ofreceré el comentario de algunos de sus mejores sonetos amorosos de tono neoplatónico, y también presentaré el tratamiento que ha recibido, convertido en personaje de ficción, en varias novelas históricas contemporáneas. En fin, se volverá a hablar aquí de Villamediana, poeta de amor y carne de leyenda.


[1] «Villamediana, carne de leyenda» titula Felipe B. Pedraza uno de los apartados de su prólogo a la edición de sus Obras (Facsímil de la edición príncipe, Zaragoza, 1629), Aranjuez, Editorial Ara Iovis, 1986, en el que escribe: «Al leer la lírica amorosa de Villamediana es difícil sustraerse al influjo de su leyenda y de su biografía. En sus versos aparecen constantemente temas y motivos en los que adivinamos el trágico destino que le acechaba. Versos que anuncian muertes y desdichas, voluntad de ascender y caídas vertiginosas. La tradición petrarquesca alimentaba con sus tópicos este concepto fatalista del amor, siempre abrazado a la muerte» (p. XXIV). Además, el conde de Villamediana ha sido convertido con frecuencia en personaje literario, protagonista de diversas novelas históricas: así, Villamediana, de Carolina-Dafne Alonso Cortés; Decidnos, quién mató al conde, de Néstor Luján; o Capa y espada, de Fernando Fernán-Gómez, entre otras.

[2] ¿Serían los suyos versos platónicos para cantar un amor platónico? Ni lo sabemos, ni nos interesa especialmente el saberlo. Avanzar por ese camino del posible autobiografismo de los textos —la identificación de poeta y voz lírica, del escritor como persona histórica real y del emisor interno del poema— siempre resulta demasiado peligroso y, por lo general, no aporta nada fundamental al estudio de los textos literarios.

[3] Ver las ediciones debidas a José Francisco Ruiz Casanova (Poesía impresa completa, Madrid, Cátedra, 1990 y Poesía inédita completa, Madrid,  Cátedra, 1994) y Juan Manuel Rozas (Obras, Madrid, Castalia, 1969; 2.ª ed., 1980). Sobre la edición de la Poesía impresa completa de Ruiz Casanova, ver M. Carmen Pinillos, «Escolios a la poesía impresa de Villamediana», Criticón, 63, 1995, pp. 29-46.

[4] «Lo mejor de las obras serias del Conde son, a no dudar, sus sonetos, de los que compuso como unos doscientos o pocos más. En todos ellos aparece una entonación robusta, estilo grave y sentencioso, versificación en general buena; pensamientos filosóficos y profundos; pocas veces hace uso de los peregrinos giros culteranos: pueden sacarse de la colección como unos cuarenta o cincuenta dignos de un poeta superior a su fama» (Emilio Cotarelo y Mori, El conde de Villamediana. Estudio biográfico-crítico con varias poesías inéditas del mismo, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1886, p. 219; hay reed. moderna, Madrid, Visor Libros, 2003).

[5] Luis Rosales, Pasión y muerte del conde de Villamediana, Madrid, Gredos, 1969, p. 158.

[6] Felipe B. Pedraza, en su prólogo a Obras, p. XII, ha visto en él «un poeta de excepción». Además de los ya citados de Cotarelo, Pedraza y Rosales, los trabajos de conjunto más importantes para el estudio de la figura y obra de Villamediana son los siguientes: Narciso Alonso Cortés, La muerte del conde de Villamediana, Valladolid, Imprenta del Colegio de Santiago, 1928; Juan Eugenio Hartzenbusch, Discursos leídos ante la Real Academia en la recepción pública de don Francisco Cutanda, el 17 de marzo de 1861, Madrid, Rivadeneyra, 1861, pp. 39-90; Luis Martínez de Merlo (ed.), El grupo poético de 1610. Villamediana y otros autores, Madrid, S. A. de Promoción y Ediciones / Club Internacional del Libro, 1986; Juan Manuel Rozas, El conde de Villamediana. Bibliografía y contribución al estudio de sus textos, Madrid, CSIC, 1964 y prólogo a Obras, Madrid, Castalia, 1969, pp. 7-72; y José Francisco Ruiz Casanova, introducción a Poesía impresa completa, Madrid, Cátedra, 1990, pp. 7-68.

[7] Felipe B. Pedraza, prólogo a Obras, p. XI. Y añade: «El neoplatonismo, el endiosamiento de la amada […] contrasta con sus aficiones prostibularias y donjuanescas. […] Quizá el neoplatonismo de su lírica grave no sea más que el contrapeso que hacía oscilar violentamente la balanza de un siquismo desequilibrado. En toda su vida, Villamediana no logró dar con la serenidad y la satisfacción que le permitieran reconciliarse consigo mismo y con la sociedad» (pp. XXIV-XXV).

Tres feas del «Quijote»: Maritornes, la Torralba y la campesina toboseña

Sabemos que Dulcinea del Toboso y Aldonza constituyen en el Quijote la cara y la cruz de la descriptio puellae, la idealizada y la ridícula, y algo ya quedó dicho sobre ellas en una entrada anterior del blog. Repasaré ahora las descripciones de otras mujeres de la inmortal novela cervantina en las que se acumulan los rasgos de fealdad grotesca (recordemos que en el Siglo de Oro rige el concepto de turpitudo et deformitas ‘torpeza y fealdad’ a la hora de provocar la risa). Así, al comienzo del capítulo I, 16 se ofrece la siguiente descripción de Maritornes:

Servía en la venta asimesmo una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las demás faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella quisiera (pp. 167-168)[1].

Por la noche, como sabemos, la moza acude a solazarse con el arriero, «en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán» (p. 173). Don Quijote, pese a encontrarse molido, la aferra de la muñeca y la sienta a su lado en el lecho, imaginando que viene a requerirle de amores a él:

Tentóle luego la camisa, y, aunque ella era de arpillera, a él le pareció ser de finísimo y delgado cendal. Traía en las muñecas unas cuentas de vidro, pero a él le dieron vislumbres de preciosas perlas orientales. Los cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mesmo sol escurecía; y el aliento, que sin duda alguna olía a ensalada fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y aromático; y, finalmente, él la pintó en su imaginación, de la misma traza y modo, lo que había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver el malferido caballero vencida de sus amores, con todos los adornos que aquí van puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto ni el aliento ni otras cosas que traía en sí la buena doncella no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero; antes le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura (pp. 173-174).

Quiero llamar la atención sobre ese «él la pintó en su imaginación», que recuerda el «píntola en mi imaginación como la deseo» de I, 25 (p. 285)[2].

Por otra parte, podemos recordar, asimismo, la descriptio de la Torralba, verdadera mujer hombruna, inserta en el relato popular de Sancho en I, 20. Dice de esa pastora el buen escudero que «era una moza rolliza, zahareña, y tiraba algo a hombruna, porque tenía unos pocos de bigotes, que parece que ahora la veo» (p. 213). De nuevo, pues, una mujer varonil (como Aldonza), y además muy poco agraciada físicamente, con una caracterización muy lejana de lo que marcaba el canon literario de las etéreas bellezas femeninas.

Igualmente fea es la campesina del Toboso[3] que Sancho va a transformar en Dulcinea en II, 10, ardid que será la base del encantamiento de la amada de don Quijote, motivo con gran desarrollo en toda esta Segunda Parte:

A esta sazón ya se había puesto don Quijote de hinojos junto a Sancho y miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora; y como no descubría en ella sino una moza aldeana, y no de muy buen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar los labios (p. 706).

Tras las palabras de don Quijote en las que explica que la transformación de Dulcinea ha sido obra de encantadores, la parodia de la descriptio femenina sigue en boca de Sancho, quien se lamenta así, refiriéndose a los responsables de tal mutación:

—¡Oh canalla! […] Bastaros debiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi señora en agallas alcornoqueñas, y sus cabellos de oro purísimo en cerdas de cola de buey bermejo, y, finalmente, todas sus faciones de buenas en malas, sin que le tocárades en el olor, que por él siquiera sacáramos lo que estaba encubierto debajo de aquella fea corteza; aunque, para decir verdad, nunca yo vi su fealdad, sino su hermosura, a la cual subía de punto y quilates un lunar que tenía sobre el labio derecho, a manera de bigote, con siete o ocho cabellos rubios como hebras de oro y largos de más de un palmo (pp. 709-710).

Don Quijote replica que, según eso, la mujer debería tener otro lunar correspondiente en la tabla del muslo, aunque objeta que «muy luengos para lunares son pelos de la grandeza que has significado» (p. 710). En el capítulo siguiente, el II, 11, don Quijote se sigue doliendo de que él no haya podido ver a Dulcinea —a diferencia de lo sucedido con Sancho— «en la entereza cabal de su hermosura, que el encanto no se extendió a turbarte la vista ni a encubrirte su belleza». Pero don Quijote apunta un reparo:

—Mas, con todo esto, he caído, Sancho, en una cosa, y es que me pintaste mal su hermosura: porque, si mal no me acuerdo, dijiste que tenía los ojos de perlas, y los ojos que parecen de perlas antes son de besugo que de dama; y, a lo que yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos que les sirven de cejas; y esas perlas quítalas de los ojos y pásalas a los dientes, que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por los dientes.

—Todo puede ser —respondió Sancho—, porque también me turbó a mí su hermosura como a vuesa merced su fealdad (p. 712)[4].

Más adelante, en II, 16, don Quijote insistirá en señalar que la hermosura de su Dulcinea se ha ocultado «en la fealdad y bajeza de una zafia labradora, con cataratas en los ojos y con mal olor en la boca» (p. 750). Un caso contrario, por cierto, es el de Quiteria, que —en el episodio de las bodas de Camacho— de labradora pasa a ser garrida palaciega, en palabras de Sancho Panza:

—A buena fe que no viene vestida de labradora, sino de garrida palaciega. ¡Pardiez que según deviso, que las patenas que había de traer son ricos corales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos! ¡Y montas que la guarnición es de tiras de lienzo blanco! ¡Voto a mí que es de raso! Pues ¡tomadme las manos, adornadas con sortijas de azabache! No medre yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y empedrados con perlas blancas como una cuajada, que cada una debe de valer un ojo de la cara. ¡Oh, hideputa, y qué cabellos, que, si no son postizos, no los he visto más luengos ni más rubios en toda mi vida! ¡No, sino ponedla tacha en el brío y en el talle, y no la comparéis a una palma que se mueve cargada de racimos de dátiles, que lo mismo parecen los dijes que trae pendientes de los cabellos y de la garganta! Juro en mi ánima que ella es una chapada moza, y que puede pasar por los bancos de Flandes (pp. 801-802).

Todavía podríamos examinar más retratos femeninos grotescos presentes en el Quijote, pero baste por hoy con esta tripe dosis de fealdad y quedan esperando las demás feas para hacer entrada en la Ínsula en una futura ídem del blog.


[1] Todas las citas son por Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Editorial Crítica, 1998.

[2] Y, pasando del retrato físico a lo moral, no olvidemos el carácter caritativo de Maritornes, que se pone de manifiesto cuando paga de su bolsillo el vino para atender a Sancho después de su manteamiento.

[3] Ver Gregorio Palacín Iglesias, «Dulcinea en la vida de don Quijote», en En torno al «Quijote», Madrid, Leira, 1965, pp. 176-180.

[4] Ver Alicia de Colombí Monguió, «Los “ojos de perla” de Dulcinea (Quijote, II, 10 y 11). El antipetrarquismo de Sancho (y de otros)», Nueva Revista de Filología Hispánica, 32, 1983, pp. 389-402.