«De una Virgen hermosa / celos tiene el sol», villancico de Lope de Vega

 El Niño Dios ha nacido en Belén,
¡aleluya, aleluya!
Quiere nacer en nosotros también,
¡aleluya, aleluya!

¡Gloria a Dios en las alturas
y paz en la tierra a todos los hombres
de buena voluntad!

Vaya para el feliz día de la Natividad del Señor este otro villancico del Fénix, perteneciente también a Pastores de Belén[1]. Comenta su editor moderno, Antonio Carreño, que «Cristo es el nuevo Sol, el centro por analogía del nuevo mundo que va a regir con su llegada (vv. 13-14)». Y añade después en su anotación:

Nótese el conceptismo sacro: el sol se rinde a los pies de la Virgen (de la Estrella) como señal de adoración, pues esta porta en sus brazos al otro Sol mayor. La iconografía sagrada presenta numerosos ejemplos de tal representación[2].

Natividad

Este es el texto completo del villancico, que tiene (¡es de Lope!) toda la gracia y sencillez de la mejor poesía popular:

De una Virgen hermosa
celos tiene el sol,
porque vio en sus brazos
otro Sol mayor.

Cuando del Oriente
salió el sol dorado,
y otro sol helado
miró tan ardiente,
quitó de la frente
la corona bella,
y a los pies de la Estrella[3]
su lumbre adoró,
porque vio en sus brazos
otro Sol mayor.

«Hermosa María»,
dice el sol vencido,
«de vos ha nacido
el Sol que podía
dar al mundo el día
que ha deseado».
Esto dijo humillado
a María el sol,
porque vio en sus brazos
otro Sol mayor[4].


[1] Lope de Vega, Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1612, fols. 193v-194r.

[2] Antonio Carreño, en su ed. de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Barcelona, Crítica, 1998, p. 610, nota a los vv. 10-11.

[3] Se trata de un heptasílabo en un contexto de hexasílabos, lo mismo que el v. 21, «Esto dijo humillado».

[4] Cito por Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, p. 610.

«Campanitas de Belén», villancico de Lope de Vega

Venid, que es hoy Nochebuena.
Venid, que es hoy Navidad…

Vaya para la noche de Nochebuena este precioso villancico de Lope de Vega, inserto en Pastores de Belén. Los humildes pastores han recibido la embajada angelical que les anuncia el nacimiento del Salvador, y ellos se preparan para acudir a adorarlo: «—Vamos a ver la inmensa maravilla que Dios ha usado con nosotros: pasemos hasta Belén y gocemos desta gloria que por tan altos y fidedinos embajadores nos ha sido prometida». Tras lo cual, añade el narrador:

No se les olvidaron algunos dones y presentes, aunque humildes (puesto que de los corazones y voluntades es el mejor para quien hizo todas las cosas criadas que estima el hombre), y con varios y dulces instrumentos comenzaron a regocijar la divina mañana de aquel venturoso día, de tal suerte que los demás vaqueros y pastores de aquellas cabañas se les iban juntando por el camino, y todos cantando ansí.

Nacimiento

Este es el texto del villancico que entonan:

Campanitas de Belén,
tocad al Alba, que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que de ella nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre.

Din, din, din, que vino en fin,
don, don, don, San Salvador,
dan, dan, dan, que hoy nos le dan,
tocan y tañen a gloria en el Cielo,
y en la tierra tocan a paz.
En Belén tocan al Alba
casi al primer arrebol
porque de ella sale el Sol,
que de la noche nos salva.
Si las aves hacen salva
al Alba del Sol que ven,
campanitas de Belén,
tocad al Alba, que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que de ella nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre.

Este Sol se hiela y arde
de amor y frío en su Oriente,
para que la humana gente
el Cielo sereno aguarde,
y aunque dicen que una tarde
se pondrá en Jerusalén,
campanitas de Belén,
tocad al Alba, que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que de ella nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre[1].


[1] Pastores de Belén, prosas y versos divinos de Lope de Vega Carpio. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Lérida, a costa de Miguel Manescal, mercader de libros, 1612. Cito por la edición electrónica de Enrique Suárez Figaredo (pp. 179-180), disponible aquí. Desarrollo los versos del estribillo.

Las historias intercaladas en el «Quijote» de 1605

También se ha debatido acerca de la función y pertinencia de las distintas historias intercaladas, que son mucho más abundantes en la I Parte que en la II[1]. Ocurre que, en 1605, Cervantes —que todavía no está del todo seguro de su arte— se guía en su relato por el principio renacentista de «variedad en la unidad» y busca un equilibrio entre los elementos quijotescos y los episódicos (lo que, por cierto, le lleva a desplazar importantes segmentos narrativos de un lugar a otro, dentro de esta I Parte). En cambio, en 1615 Cervantes es más consciente de su dominio del arte narrativo y ya no se siente esclavo de convenciones literarias de ningún tipo.

Las historias intercaladas se pueden leer por separado porque tienen carácter independiente, pero sin duda adquieren un valor añadido interpretadas en el conjunto del libro. Son una especie de segunda melodía del Quijote, sobre todo en torno al tema central del amor. Además, amplían considerablemente el mundo de los personajes, sobre todo los femeninos (Cervantes nos brinda magníficos retratos de mujeres, algunas de compleja personalidad). Por otra parte, esas historias le sirven al autor para presentar un amplio panorama de los géneros narrativos entonces al uso; Cervantes viene a mostrar, así, que es capaz de escribir obras pertenecientes a todos esos géneros, y además de un modo personal:

1) La novela pastoril está representada por la historia de Marcela y Grisóstomo y por el episodio del cabrero celoso y la pastora Leandra. Además, en muchos pasajes del Quijote se da la consideración en clave crítica de diversos aspectos de la literatura pastoril, porque el autor considera que es un modelo agotado que ya no funciona (y, de hecho, él nunca llegaría a escribir la tantas veces prometida II Parte de La Galatea).

Marcela

2) De la novella italiana tenemos un estupendo ejemplo en El curioso impertinente, historia de ambiente florentino y personajes de notable profundidad psicológica. Para algunos autores (entre ellos, Unamuno), estamos ante una novela muy poco pertinente en cuanto a la oportunidad de su introducción, ya que tiene poco que ver con el resto del relato (en su opinión, se trata, simplemente, de un texto leído dentro de la novela). Sin embargo, la novelita adquiere mayor sentido en el conjunto del Quijote, y a su vez arroja luz sobre determinados aspectos de la narración en que se inserta (interesante es, por ejemplo, la comparación de la «locura» de Anselmo con la de don Quijote).

3) La novela morisca se hace presente a través de la historia del capitán cautivo y sus amores con la mora Zoraida, que además enlaza de forma muy clara con aspectos biográficos del propio Cervantes.

4) Con la novela picaresca entronca todo lo relativo al galeote Ginés de Pasamonte, que está escribiendo su autobiografía (probablemente en alusión al soldado Jerónimo de Pasamonte, compañero de armas de Cervantes que había escrito su Vida).

En fin, no olvidemos tampoco la hipótesis apuntada en una entrada anterior acerca del Quijote como una posible novela ejemplar en su origen.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

El «Quijote» frente a la narrativa anterior

Debemos comenzar revisando la importancia y la significación del Quijote como obra que inaugura la llamada «novela moderna»[1]. ¿En qué consiste ese nuevo modo de novelar? ¿Por qué el Quijote cambia los parámetros del género narrativo según se conocía hasta entonces? El Quijote es una novela que, en primer término, sintetiza las principales formas novelísticas de aquel tiempo: la novela de caballerías, la novela morisca, la novela sentimental, la novela pastoril (no olvidemos que Cervantes escribió una, La Galatea, publicada en 1585), la novela llamada «bizantina»[2] o de aventuras griegas (también se ejercitó en este subgénero con Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de aparición póstuma en 1617) y, por último, la novela picaresca, de gran auge a finales del siglo XVI y comienzos del XVII. Pero no solo sintetiza esas formas narrativas: en realidad, la inmortal novela cervantina supera todas esas modalidades precedentes y contemporáneas.

Conviene en este punto revisar algunas de las ideas de Edward C. Riley, uno de los mayores especialistas en la obra cervantina, expresadas en su Teoría de la novela en Cervantes, cuyo original inglés es del año 1962. Como hace notar este autor, el potencial público lector al que se podía dirigir Cervantes era bastante reducido (solo un veinte por ciento de la población española, aproximadamente, sabía leer), y quienes leyeron el Quijote en el momento de su aparición fueron miembros de la alta nobleza, hidalgos, clérigos, escolares, etc. Ese número de lectores potenciales se ampliaba algo si consideramos que seguía vigente entonces la práctica de la lectura en voz alta por parte de una persona para un grupo más amplio (recordemos lo que sucede en la venta de Juan Palomeque el zurdo cuando el cura lee ante un variado auditorio la historia de El curioso impertinente).

Ese público lector del Quijote posiblemente había leído también —o conocía al menos su argumento— La Celestina de Fernando de Rojas (ficción dialogada, drama en prosa…), estaba al corriente de misceláneas educativas al estilo del Libro áureo del emperador Marco Aurelio de fray Antonio de Guevara, había tenido contacto con obras de tema morisco como la anónima Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa o las Guerras civiles de Granada de Ginés Pérez de Hita; novelas pastoriles como la Diana de Jorge de Montemayor y sus continuaciones; novelas de caballerías como el Amadís de Gaula; los romances sentimentales a la manera de la Cárcel de amor de Diego de San Pedro; y, especialmente, la novela picaresca, con obras señeras como el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán (auténtico best-seller de la época) o La pícara Justina de Francisco López de Úbeda (otro de los grandes rivales literarios de Cervantes en el momento de aparición del Quijote).

Guzmán de Alfarache

En aquella época de transición (finales del Renacimiento, Manierismo y principios del Barroco) aún no se utilizaba el término novela para designar a estas obras de ficción en prosa, ni había en castellano ningún vocablo específico para referirse a ellas. Se hablaba indistintamente de libro, historia y romance, término este último ambiguo porque se utilizaba también para un tipo de composición en verso. Los romances o protonovelas tenían en común un factor: la suma de aventuras de distinto tipo, según el principio de la variedad (la variedad era un elemento estimado porque se consideraba que gustaba y entretenía al lector[3]). La voz novela deriva del italiano novella, y comienza a utilizarse con el sentido específico de ‘relato breve’.

Cervantes fue, sin duda alguna, un gran escritor y también un magnífico lector que supo sacar gran provecho de sus abundantes y diversas lecturas[4]. Y, así, en el Quijote dará entrada a las distintas modalidades narrativas practicadas hasta entonces, incorporando y modificando sus técnicas y estructuras habituales, para fraguar algo nuevo y genial: Cervantes, con el Quijote, crea la novela moderna, un modo realista y verosímil de cultivar el género narrativo que cambiaría para siempre el curso de su expresión.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Ver Miguel Ángel Teijeiro Fuentes, La novela bizantina española: apuntes para una revisión del género, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1988; y Javier González Rovira, La novela bizantina de la Edad de Oro, Madrid, Gredos, 1996.

[3] Se trata de un tópico formulado de diversas maneras: «Buen ejemplo nos da naturaleza, / que por tal variedad tiene belleza», «Que per troppo variare, natura è bella», etc.

[4] Salvador de Madariaga, Guía del lector del «Quijote». Ensayo psicológico sobre el «Quijote», prólogo de Luis María Anson, Madrid, Espasa Calpe, 1978.

Primeros estudios de Lope de Vega

Pérez de Montalbán evoca en la Fama póstuma lo que habrían sido los primeros años de la infancia del Fénix[1]; y aunque debamos rebajar algún tanto los detalles hiperbólicos que contiene todo el relato de Montalbán, sus palabras nos hablan ciertamente del genio despierto y de la precocidad de Lope (al que en varias ocasiones, por sugestión de estas palabras de Montalbán y también de otras del propio interesado, en citas autoelogiosas probablemente exageradas, se ha presentado como un verdadero «niño prodigio»):

A los dos primeros abriles de su edad, ya en la viveza de sus ojos, ya en el donaire de sus travesuras, y ya en la fisonomía de sus facciones mostró con los amagos lo que después hizo verdad con las ejecuciones. Iba a la escuela, excediendo conocidamente a los demás en la cólera de estudiar las primeras letras y, como no podía por la edad formar las palabras, repetía la lición más con el ademán que con la lengua. De cinco años leía en romance y latín, y era tanta su inclinación a los versos que, mientras no supo escribir, repartía su almuerzo con los otros mayores porque le escribiesen lo que él dictaba. Pasó después a los estudios de la Compañía, donde en dos años se hizo dueño de la gramática y la retórica, y antes de cumplir doce, tenía todas las gracias que permite la juventud curiosa de los mozos, como es danzar, cantar y traer bien la espada, quizá porque sabía que tocaba al buen poeta la noticia destas tres artes.

Retrato de Juan Pérez de Montalbán

Si cedemos la palabra al propio Lope, veremos como en la segunda parte de La Filomena nos recuerda que, junto con otras aficiones propias de niños (cazar grillos en las eras, atrapar pájaros con liga…), incluso antes de saber leer ya hacía o rumiaba sus primeros versos:

Pero antes de esta edad, en la más tierna,
cuando la sangre a la razón gobierna,
y a los cantores grillos
cogidos en los trigos
cárceles fabricaba,
versos sin forma en embrión brotaba;
y cuando a los pintados colorines
con los nuevos amigos
la liga cauteloso les ponía,
y el alba de claveles y jazmines
la frente componía,
yo mis versos también con viva fuerza,
a quien sin arte el natural esfuerza.

Eran, pues, versos que brotaban del natural, espontáneamente, de su propia e innata capacidad para la poesía, sin que tuviesen todavía el acabamiento que, tiempo después, les otorgaría el arte, esto es, el estudio y conocimiento de las reglas. Esa afición a la poesía sería heredada presumiblemente del padre, que también escribía versos, tal como nos indica el Fénix en su Laurel de Apolo:

Efectos de mi genio y mi fortuna,
que me enseñastes versos en la cuna,
dulce memoria del principio amado
del ser que tengo, a quien la vida debo,
en este panegírico me llama
ingrato y olvidado,
pero si no me atrevo,
no fue falta de amor, sino de fama,
que obligación me fuerza, amor me inflama.
Mas si Félix de Vega no la tuvo,
basta saber que en el Parnaso estuvo,
habiendo hallado yo los borradores.
Versos eran a Dios, llenos de amores;
y aunque en el tiempo que escribió los versos
no eran tan crespos como ahora y tersos,
ni las musas tenían tantos bríos,
mejores me parecen que los míos.

Vemos que, en un rasgo de cariño filial, Lope dice estimar los versos de su padre por encima de los propios (de la madre, en cambio, apenas se perciben ecos en el conjunto de su extensa obra literaria). Además de este gusto por hacer versos, un rasgo de carácter que Lope pudo aprender en su padre fue el de la inclinación a la vida virtuosa y caritativa. Se sabe que la casa familiar era visitada por el beato Bernardino de Obregón, quien con su ejemplo de ascetismo y vida espiritual ejercería una poderosa y benéfica influencia sobre todos los miembros de aquel hogar. Así lo indican estas palabras de Francisco de Herrera Maldonado en su Libro de la vida y maravillosas virtudes de Bernardino de Obregón (Madrid, 1633):

Entre los amigos que tuvo el santo Bernardino estimó con grandes ventajas a Féliz de Vega, gran imitador de sus virtudes y costumbres, que hasta su muerte siguió sus loables ejercicios con notable ejemplo, sin faltar día del Hospital de la Corte (o Buen Suceso), donde él y sus hijos hacían las camas, barrían y limpiaban los tránsitos, lavaban los pies y las manos a los pobres, velaban a los que morían, y a los que iban convaleciendo consolaban, regalaban y vestían; hizo de Féliz mucha confianza el santo Bernardino, comunicándole cosas gravísimas tocantes a la perfección de su vida y penitencia, y de los favores y mercedes que Dios le hacía; liciones que perficionaron a Féliz de Vega para llegar en la virtud a heroicos grados, y que después comunicó a Isabel del Carpio, su hija mayor, que vivió con notable opinión de mujer santa.

Testimonios como el recogido en esta cita han permitido afirmar que Lope y sus hermanos (eran varios: Isabel, Francisco, Juan, Juliana…) acompañarían a su padre a la hora de hacer sus actos de caridad, como atender y consolar a pobres y enfermos. Y también, en opinión de algunos biógrafos, que la vida infantil de Lope habría estado marcada por el sello de su modélica familia, en la que habría visto un ejemplo de trabajo honesto (en el taller de bordadura; en 1574 se cita a Félix de Vega entre los bordadores de la reina) y de profundas virtudes cristianas. Por ejemplo, Entrambasaguas escribe enfáticamente que «así se iba formando el genio entre el estudio y el trabajo, entre los libros y la observación del mundo».

Con respecto a su formación escolar, cabe decir que sus primeras clases las recibió seguramente Lope en el estudio madrileño dirigido por Vicente Espinel, famoso escritor y músico, al que el discípulo recordaría más adelante con verdadero afecto; así, por ejemplo, en su soneto «Al maestro Vicente Espinel»:

Aquesta pluma, célebre maestro,
que me pusisteis en las manos cuando
los primeros caracteres firmando
estaba, temeroso y poco diestro;

mis verdes años, que al gobierno vuestro
crecieron, aprendieron e, imitando,
son los que ahora están gratificando
el bien pasado que presente os muestro.

La pura voluntad, que no la pluma,
porque la vuestra os eterniza y precia,
en estas letras la destreza extraña;

pero diré que si Mercurio, en suma,
la instruyó en Italia y Cadmo en Grecia,
vos nuevamente a la dichosa España.

En otra ocasión escribe estas palabras, igualmente elogiosas:

A mi maestro Espinel
haced, Musas, reverencia,
que os ha enseñado a cantar
y a mí a escribir en dos lenguas.

Verso este último que indicaría que fue Espinel quien le enseñó a leer y escribir en castellano y a traducir del latín, conocimientos que Lope tendría adquiridos a la edad de diez años, más o menos. En efecto, de no haber dado buena prueba de sus aptitudes para el estudio, Lope habría estado destinado a aprender un oficio manual. Fueron sin duda sus buenas cualidades las que decidieron a sus padres a darle una educación, para lo cual lo llevaron al Colegio Imperial de Madrid, esto es, al colegio regentado por los jesuitas: habría ingresado hacia 1573-1574, para permanecer en él hasta 1576.

Hay un detalle interesante que no debemos pasar por alto, y es que en los colegios y casas de la Compañía de Jesús florecía el denominado «teatro escolar». Se trataba de piezas de temática hagiográfica (vidas de santos) o religiosa en general, cuyas representaciones iban asociadas a las celebraciones del santoral y otras festividades académicas. Eran obras de teatro compuestas y representadas en el ámbito de los colegios (los actores eran los propios alumnos; el público, los profesores y familiares…), que trataban de «deleitar aprovechando» siguiendo los modelos clásicos de Plauto y Terencio para la comedia, y de Séneca para la tragedia. Este teatro jesuítico —que hasta hace unas décadas apenas había despertado el interés de los investigadores, pero que en los últimos años está siendo convenientemente estudiado por la crítica— se señala en la actualidad como uno de los hitos destacados en la trayectoria y evolución del teatro español del siglo XVI, a la manera renacentista, hasta su desembocadura en la creación de la comedia nueva lopiana. Debemos suponer que Lope asistiría a este tipo de representaciones que se hacían en las festividades del Colegio Imperial, y tal vez algunas de sus comedias primerizas tuvieran este origen y esta finalidad. En tal sentido cabe entender la afirmación que hace en el Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo (1609) de que ya las componía con once o doce años:

Y yo las escribí de once y doce años,
de a cuatro actos y de a cuatro pliegos,
porque cada acto un pliego contenía.

Por supuesto, estas obras no pasarían de ser meros tanteos juveniles, pero nos muestran a un jovencísimo Lope puesto ya en el camino del teatro, con una decidida vocación dramática que, andando el tiempo, le llevaría a revolucionar la escena española. Por lo demás, y de acuerdo con la ratio studiorum (el plan de estudios o el sistema pedagógico, diríamos hoy) de los colegios jesuitas, el joven Lope aprendería con los teatinos gramática y retórica, seguiría perfeccionando sus conocimientos de la lengua latina a través del ejercicio de las traducciones y, en suma, esos años de estudio en el Colegio Imperial supondrían las bases, ya bien cimentadas, de sus conocimientos humanísticos. Ciertamente, esos conocimientos que tuvo y a las que dio entrada en sus muchas obras nunca llegarían a ser los de un sabio humanista (como tantos otros, Lope manejará una erudición de acarreo, de segunda mano, bebida en oficinas y polianteas, especies de enciclopedias o compendios del saber, de citas de clásicos, de anécdotas, ejemplos e historias de la Antigüedad clásica, etc.), pero sí que fueron amplios, fruto de sus numerosas lecturas. Aunque aspiró a poeta culto, no será un humanista como Quevedo, ni sus obras tendrán la misma profundidad teológica y filosófica que las de Calderón. En cualquier caso, con el tiempo, y con el arte, se irían perfeccionando aquellos rudimentarios versos que desde fechas tempranas salían de su mente y pasaban al papel  con su pluma, tal como él mismo evidencia en la segunda parte de La Filomena (en estos versos que continúan los de la cita anterior):

Mas luego que con él [con el arte] y que tenía
en la filosofía
seguro el fundamento
(que sin ella mil ciegos van a tiento
diciendo desatinos),
canté mejores versos,
imitando los griegos y latinos.
Y cuando ya los vi puros y tersos,
dándome aliento juveniles años,
canté de amor las iras,
verdades y mentiras,
y entre tantos engaños
rimas llamé también sus desengaños.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011.