La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Límites de exilio» (1960-1966) (1)

Este poemario se publicó (Pamplona, Ediciones Morea) en 1966[1]. En la «Nota preliminar» el autor se refería a «esta obra de contrastes, […] este poema total que es Límites de exilio», para aclarar más adelante:

Límites de exilio está concebido como un fértil peregrinaje del hombre a través de sus noches y sus días, hacia lugares desconocidos y siempre nuevos, en un mundo de figuraciones y símbolos. Como poema total aparece en continuo crecimiento, como un batiente y selvático impulso que deseara completar en cada nuevo poema las premoniciones del anterior […]. Límites de exilio, que bien pudiera considerarse como un poema teológico, formalmente ha sido construido en un tono mayor versicular, recordando algunos pasajes bíblicos de Isaías, Job y Jeremías[2].

Efectivamente, Amadoz maneja aquí la imagen fundamental del hombre como peregrino, que ya se había apuntado en algún poema de Sangre y vida, pero en esta ocasión con una notable intensificación de las referencias bíblicas (el poeta dedicó atención, en sus estudios, al simbolismo de la Biblia). Por otra parte, frente a los metros cortos con que se construían los poemas del libro anterior, ahora domina de principio a fin el tono de unos versos de muy larga extensión, superior incluso a las veinte sílabas.

Homo viator

Vamos a ver, pues, que Amadoz nos muestra ahora al hombre (representado simbólicamente, además de como peregrino y nómada, como mercenario, guerrero, príncipe heredero o navegante) en una encrucijada, en lucha permanente por la existencia. El sentido del título es, en mi opinión, dilógico: el hombre vive en este mundo exiliado de una condición más alta y mejor, pero a su vez ese exilio tiene límites: como «vástago divino» que es, le resultará posible trascender la finitud de este mundo, la muerte, para ir más allá, para subir hasta la morada del Padre. En este sentido, el binomio muerte / destino que no acaba será esencial en la articulación de este poema total y teológico que es Límites de exilio. Ángel Raimundo Fernández, además de señalar que Amadoz apela continuamente a las figuraciones y a los símbolos, explica muy bien en qué consiste ese exilio al que alude el título:

El exilio cantado es el del hombre sin trascendencia, rodeado de sombras, hasta que vislumbra el lugar de la purificación bajo la luz del sol. El límite no es la muerte, sino el momento en que el hombre gravita sobre sí mismo, apetece los sacrificios, la justificación, elevándose sobre el instinto y la noche[3].

Y añade más adelante que todo el libro resuena «con acentos bíblicos, vestido de un ropaje versicular, rezumando un espíritu religioso profundo, existencial»[4].

El poemario, formado por nueve poemas o cantos numerados en romanos, se presenta bajo dos lemas con un sentido que pudiéramos entender contrario, el primero de san Juan: «Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron»; y otro sin indicación de autoría: «… el mundo entero recoge el mensaje que en su alma dormido late» (luego descubriremos que se trata del último verso del segundo poema de Límites de exilio)[5].


[1] En la primera edición como libro exento, con un total de 36 páginas, figuraba en primer lugar una dedicatoria «A mi mujer e hijos María José, Arturo y María Victoria»; tras la «Nota preliminar», los lemas y los cantos I-IX, se añadía: «Además, dedico el poema en sus diferentes cantos a: / Ángel Urrutia / P. Mariezcurrena / Hilario Mtz. Úbeda / Javier Mtz. Muñoz / Jesús Górriz / Antonio José Ruiz / Eduardo Mtz. Bayarri / Juanita Vélaz / Juan Manuel Olaechea». Y el colofón era: «Esta primera edición de / LÍMITES DE EXILIO, / poema de José Luis Amadoz, / se acabó de imprimir el día 14 de enero de 1966, / en los talleres de Gráficas Iruña, / de Pamplona // LAVS DEO».

[2] Al final de esta «Nota preliminar» instaba al lector «a que intente llegar al poema a través de su sonora verbalización, y no mediante un análisis lógico de cada versículo, pues de este modo tan sólo lograría traducir filosóficamente algo que no se originó con tal intención».

[3] Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 69. Y dice después: «La densidad es la tónica de estos cantos en que el hombre y “el gran Señor” se dan cita para que se cumplan los sueños».

[4] Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 70.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución Príncipe de Viana), 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (y 7)

Nuevamente la sangre (y el miedo, y la muerte) en el poema 14: «sangre hija de sus alas», «la ágil / sangre», «todo salpicado, / todo menos la sangre», «sólo / sangre que se consume / como el pasto a los vientos», «la zanja abierta / de la sangre rezuma / llanto de muerte». La sangre se identifica, por un lado, con la vida, pero también con la muerte, cargándose entonces de valores negativos[1]:

Cuando se encuentra al hombre,
vida y sangre, va solo,
perdido, y en el caudal
de su torrente fuerte,
sin él saberlo, lleva
la razón desgastada
de lo que vibra, sangre
que mana de sus senos
cansados.

La apelación directa a la madre a través del vocativo se repite en el poema 15, «Finalmente pregunta…», en el que se habla de «luz / derramada» y de «un turbulento río / de ansiosos deseos» (conceptos positivos: es el deseo de ser, de llegar a la vida). Pero al final, una vez más, ese deseo se frustra y «Sólo queda / sangre, llena de vida, / donde reclinar esta / aspiración sagrada»[2].

Sangre

Desde aquí hasta el final vamos a encontrar distintas alternativas de luces y de sombras, de fe y de desesperanza, de vida y de muerte. La sensación de vacío y muerte se acentúa en el poema 16:

El hombre está vacío
y busca su camino.
No tiene nombre y va
solo, siente que debe
morir[3].

En el 17, en el que se reiteran imágenes habituales como madre, rosa…, leemos:

Ha de buscar la sangre
su faz descuidada hasta
reteñirla de paja
[…]
Todo hará
pensar que en el sendero
nuevo caminan sangre
y vida abriendo igual
surco y que ya el hombre
plantado sus heridas
siente, sus llagas sangran,
que ya el mundo que le hace
recoge su costrosa
sangre, fuente cuajada
del dolor que padece.

Cierto tono esperanzado apunta en el número 18: «El viento misterioso / de la sangre asciende / la cima de la vida»[4], del que cabe destacar esta audaz imagen:

El río
de la muerte se tiñe
de rosa y puras lunas
reflejadas se afeitan,
sangrantes, su alba cara.

En el 19, «Intenta adivinarte…», el apóstrofe se dirige a la propia sangre, y advertimos en él una alternancia entre el vacío («la muerte / que en su mochila anida», «ojos teñidos / de la visión de nada», «barranco de sangre») y la esperanza («muy fértil cosecha», «desea mirar / con ojos de oro todo»), que es lo que parece prevalecer al final, cuando se apunta la posibilidad de un sentido trascendente:

La sepultura sola
duerme. Con pie seguro
el hombre alza su vida,
sin sospechas ni miedos
busca final destino.

Por último, el poema 20 es el que trae el fin definitivo del hombre, y queda destacado por el cambio de versificación:

El hombre aguardaba, cansado,
llorando, el nuevo día, esperaba
que sus ojos se abrieran ante
la luz que no hiere, ante la sombra
que anidada en su boca ya no diera
dolor. El hombre había de morir
y callaría todo, sembraría
su imprecisa flor donde sus raíces
se pierden infinitas.

… El amor sería el dolor
visto desde su cielo.

En definitiva, en esta tercera parte del libro hemos encontrado al hombre identificado con esa «naturaleza sabia del que llora sin esperanza de ser oído», al poeta arraigado en las «raíces rojas de mi vida», con alternancias de vacío y muerte, por un lado, y de un destino final superador trascendente, por otro. La sangre y otros elementos relacionados con el color rojo (coral, carmesí, topacio…) constituyen un símbolo omnipresente y también polivalente, pues a veces la sangre se identifica con la vida mientras que otras es sinónimo de agonía y muerte. Otros símbolos a los que da entrada Amadoz son los de rosa, luz, madre… Y, al igual que sucedía en las dos secciones anteriores, las repeticiones de sintagmas o frases para lograr el ritmo poético, las anáforas y los encabalgamientos, junto con algunas metáforas atrevidas, son los elementos estilísticos más utilizados[5].


[1] «Casi obsesivamente la voz del poeta insiste en esa perspectiva existencial negativa: la sangre es ya símbolo de muerte» (Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra-Departamento de Educación y Cultura, 2002, p. 68).

[2] También se refiere a «las refrescantes / rosas humedecidas / en el vaho sangrante / de lo sacrificado» y al «ideal rojo y siempre / vivo de la sangre». Destaco también la creación verbal fresar, como verbo: «en llanto firme fresa / los labios» (donde los labios es objeto directo); más adelante, en otros poemas, empleará rosar y morar, en sentido semejante.

[3] Se insiste en imágenes como «la tumba / de su sangre», que crean una atmósfera de muerte, llanto y tristeza; solo la posibilidad de que llegue un hermano («nueva / sangre ruidosa vibra») permite «esperar, esperar», con el anhelo de «rosar / su sangre con esquejes / de vida nueva» (donde rosar es una expresiva creación verbal).

[4] Aunque también se refiere la voz lírica a «Un martirio / rojo, diario», a «la losa incolora / del barro que su sangre / le lleva»; a una «luna / salpicada de sangre», etc.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (6)

El poema 3 introduce más claramente el motivo de la maternidad: «Todo rejuvenece / en tu dulzor de madre»[1], aunque ese dulzor va a ir acompañado de «ensangrentadas risas» y de «la pena / de la vida». Hay un tú, que es el de la mujer, y un él, que corresponde aquí al hijo. Y de nuevo la sangre tiñendo por completo el poema: «sangre de dentro, luz / fuera, mito de vida / en los ocultos vanos»; «sepulto en sangre / y vida fertiliza / triste y melancólico»; «Tan sólo / es sangre que renueva / el anhelante deseo / de su vida nueva», etc.

Las mismas imágenes se reiteran en los dos poemas siguientes, «Al derramar su sangre…» y «De nuevo buscándote…». En el primero leemos: «la regata sombría, / vahosa, de la sangre», «llanto coloreado», «sus células se abren / sorda e incesantemente / en el repiqueteo / de su sangre»; ese él que «ya siente / que va a morir» se convierte así en un símbolo del género humano: «El hombre ya ha nacido, / junto con su esperanza», está dispuesto a recorrer un camino que salpica de llagas los besos. Similar en este sentido es el segundo, construido como un vocativo a la madre: también encontramos al «hombre fatigado de la vida que pesa», y se insiste obsesivamente en «labios / rojos», «sangre / reverberando», «sangre / en sus pupilas», «roja / ceniza en la tarde, alba / sangrante», «el sueño / de la sangre», «arrebol», «corazón / que se desangra en púrpura», «pudor / rosado de la carne»…

Amanecer rojo

En el poema 6, «Ha de brotar su sueño…», tenemos más de lo mismo: «el mensaje / de sangre de las guerras / broncas del alma»; el «deseo de abrazar / la sangre, la ya cálida / brasa que en todo grana»; «el hombre descarnado, / libertad en su sangre / que le abrasa», «La sangre en su vivir / manso le ha de brotar». Mientras que el séptimo nos muestra al «hombre / mordido por las fauces / del destino», pues la vida y el deseo topan con «la preparada muerte». El símbolo de la sangre es constante: «Fontana pura corre / la sangre retorcida / el obstáculo vida»; «su sangre abre y florece / un hijo»; «la sangre remansada / en su seno». Y al final del poema descubre el yo lírico que precisa «del Dios reconfortado / de resonante fuerza / en sus ingraves labios».

El ser humano como homo viator es el motivo que desarrolla el poema octavo, «Y viene peregrino…»; se trata del hombre que siente «el brillo / cortante de la vida», «el dolor real / de la vida» o, de otra manera, «su vida mezclada / con su sangre». Es este uno de los poemas en que más claramente se muestran hermanadas sangre y vida, que son, no lo olvidemos, los títulos del poemario entero y de esta su tercera sección[2].

Imágenes y motivos similares (la sangre y lo rojizo) se van a reiterar insistentemente hasta el final del libro: «llorando / perlada y frágil sangre», «nacían / fuentes rojas de sangre», «huye la tarde roja», «la vida unida rompe / el dique del tiempo, / para sembrar sus rojos / en el celeste viento», en el poema 9, en que se intensifica además la conciencia de la muerte («va a morir»). En el poema 10, «No nos traes fe, madre», construido a partir de ese vocativo: «sangre que tanta / falta hace al mundo»; «eres vieja y sabes, / pero menos que la sangre / y el mundo, sin quererlo, está brillando sangre»; «nadie / puede robar al hombre / la pena de vivir / ensangrentado, en una / sangre que él no ha cuajado». Esa apelación a la madre se repite en el poema 11, donde se habla de una «nueva / enfloración de vida» (enflorar es una creación verbal grata a Amadoz). La sangre, una vez más, es el motivo simbólico dominante: «Nacida flor / llevando sangre y amor / en los ojos»; «para pedirle amor, / sangre»; «livor / de ensangrentadas carnes»; «dejando / vida, sembrando sangre». Esa vida nueva que se abría, ese ilimitado deseo de ser, no llega a cuajar: «los hijos / nuevos que no llegan / a consumar su vida, porque tan sólo sangre, / celestes se fueron». El final es claro:

Soplo inerme, la vida
iluminada cae
a tus pies sedienta,
pardeada de tierra.
Sediento con su flor
de sangre, planta incólume
roca en ti, madre, y mora
con viento retorcido,
sin más luz que su sangre,
sin más don que su vida.

Cabe destacar en estos versos citados la aparición del símbolo viento con sentido negativo (ya supra se decía que este viento aparecía «cortando todo / con su sombra cristal / y sangre», expresión en la que encontramos dos sustantivos yuxtapuestos a otro, los dos últimos con valor adjetival).

Los mismos elementos (vocativo a la madre, imágenes de sangre[3] y viento cargado de connotaciones negativas[4]) se reiteran en el poema 12. Y en el 13 encontramos igualmente «arena sanguinaria», «todo sale sangrante», «limo rojo», «nacen / niños ensangrentados», «mañana / salpicada de sangre», para concluir que:

El hombre se siente
arrojado en un mar
de sangrantes heridas,
nido y melancolía,
y en su desconocido
rumbo, mientras camina,
va sembrando, vivaz
y seguro, mordida
sangre, quebrada vida[5].


[1] «La maternidad es canto en el poema sexto, en el séptimo, plenitud de ternura y fontana que presiente todo, hasta el final» (Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra-Departamento de Educación y Cultura, 2002, p. 67).

[2] Otras citas e imágenes: «senda y sangre vestida / de ágil vaho celeste»; «en sangre lleno irá / floreciendo»; «el topacio afilado / de su fuente»; «la sangre / gastada de su muerte».

[3] Por ejemplo: «un llanto / se mezcla con la sangre / de entrada en este mundo»; «el clamor todavía / sangrante del hervor / rojo de su fuego».

[4] Así, «este viento / que azota sus sangrantes / llagas».

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

«La expósita» (1929), novela de Mariano Arrasate Jurico: narrador, personajes y estilo

Como vimos en la entrada anterior, La expósita[1] es un relato un tanto almibarado, con grandes dosis de candidez e ingenuidad en su desarrollo argumental, lo que se corresponde, en otro plano, con la sencillez de sus técnicas narrativas: el narrador es de lo más convencional, y realiza apelaciones continuas al lector, de forma que no se pierda cuando hay un salto temporal que rompe el orden lineal de la narración. Además, el hilo de la acción se ve interrumpido frecuentemente por comentarios moralizantes como estos:

¡Paz del espíritu: tú eres realmente la vida; y aunque no fuera más que por poseerte, que poseerte es vivir, deberíamos los hombres ser juiciosos y buenos! (p. 99).

Las personas que se olvidan de sus familias o que de algún modo demuestran que no les tienen cariño, no saben cuánto hacen sufrir a los suyos (p. 124).

Nada pone más de manifiesto la pequeñez del ser humano que ese egoísmo que todos llevamos como si lo arrancáramos del vientre materno antes de salir al mundo (p. 179).

Cubierta de La expósita. Tipos y costumbres de Navarra. Novela por Mariano Arrasate Jurico, Pamplona, Talleres tipográficos La Acción Social, 1929

Ese tono se extiende a algunas anécdotas relatadas: por ejemplo, cuando era niña, en el pueblo, un día Alejandra acompañó a unas muchachas a coger unas frutas de una huerta, y comentando este suceso, que no pasa de ser una travesura infantil, el narrador apostilla: «¡Cuidado con dar el primer paso en el mal camino, porque una vez dado puede hacerse difícil retroceder!» (p. 267). E incluso, varios años después, Alejandra decide que debe restituir el valor de aquellas frutas que robó siendo tan joven. Sigue una extensa digresión sobre el hurto y el robo (pp. 269-273), en la que el narrador-autor (aquí es difícil separar ambas entidades) aboga por la creación de instituciones en las que se pueda acoger a los jóvenes que se descarríen, reconociendo paladinamente a propósito del largo excurso:

Y por eso, finalmente, no me ha parecido muy fuera de tiesto ese parrafejo […] que en último término nos ha servido para llenar algunas páginas (p. 273).

En la misma línea, hay otras consideraciones sobre los padres abandonados por el egoísmo de los hijos (p. 259; puede relacionarse con el relato «En el pecado…», de Cuentos sin espinas) y sobre las personas expósitas, que merecen el mismo respeto que las demás (pp. 283-287).

En cuanto a los personajes, son tipos, como ya anuncia el subtítulo y es el propósito declarado del autor: Alejandra, la expósita, es niña traviesa, con cierto genio, pero que finalmente sacrifica la posibilidad de un matrimonio económicamente ventajoso para dedicarse a la caridad, de la misma forma que otras personas la han ejercido con ella; su carácter bondadoso se manifiesta, por ejemplo, al desear que la merienda que van a preparar los Areta para celebrar el reencuentro se haga en la Inclusa para que puedan disfrutar de ella sus compañeras. Marta, que lleva el peso en las intervenciones moralizantes, queda pintada desde el comienzo al decírsenos que es «la inocencia y la bondad, y un alma generosa y nobilísima» (p. 37). Casi todos los personajes aparecen retratados con simpatía, porque todos son bondadosos: Juana, la respetable nodriza de Antonio; la amable señora Bernarda; el bueno de don Ramón, el expendedor de billetes de la compañía naviera. Los únicos personajes vistos negativamente son las verduleras; pero, paradójicamente, son las escenas de la plaza del mercado, que ellas protagonizan, con sus continuas grescas, las más animadas de la novela, las que tienen más vida (cfr. las pp. 247 y ss.).

Como apunte estilístico, cabría destacar la presencia de vulgarismos y expresiones coloquiales (haiga paz, a buenas horas, mangas verdes), algunas de las cuales pueden pasar por navarrismos léxicos (mocete, mocé, chirrinta ‘deseo’, chilingarse ‘colgarse’, chandrío ‘estropicio’, borte ‘expósito’; aparecen explicados en nota al pie) o morfológicos (como los frecuentes diminutivos en -ico, -ica: hijica, carica)[2].


[1] La expósita. Tipos y costumbres de Navarra. Novela por Mariano Arrasate Jurico, Pamplona, Talleres tipográficos La Acción Social, 1929, 427 pp. Hay dos ejemplares en la Biblioteca General de Navarra, signaturas 6-3/172 y 6-3/246.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

«La expósita» (1929), novela de Mariano Arrasate Jurico: argumento

Vimos en una entrada anterior que son dos las novelas escritas por Mariano Arrasate Jurico, La expósita y Macario. Ambas fueron publicadas en Pamplona, en 1929 y 1932, respectivamente, y ambas reflejan significativamente en sus subtítulos que son novelas de tipos y costumbres de Navarra. Las examinaremos brevemente, comenzando por La expósita[1].

Ya el mero título nos hace sospechar que esta novela, si no es de tono plenamente folletinesco, presentará cuando menos algunos tintes melodramáticos. En la cubierta, junto con los datos de edición, figura una nota que nos anuncia que los beneficios que produzca se destinarán a una iniciativa de caridad social: «El producto de la venta de esta edición será entregado a la Junta de Homenaje a la Vejez de Navarra para el fin de pensiones a los ancianos pobres».

La expósita. Tipos y costumbres de Navarra. Novela por Mariano Arrasate Jurico, Pamplona, Talleres tipográficos «La Acción Social», 1929

Sigue un prólogo del autor (pp. V-III), en el que presenta esta obra primeriza, ni «medianeja» ni «monumental», y aclara que su fin inicial no era escribir una novela: «El fin o la idea principal ha consistido en hacer un modesto trabajo descriptivo de tipos y de costumbres de Navarra; y la novela, el medio para efectuarlo». Estas palabras preliminares son, pues, interesantes para comprender las características de las obras de Arrasate. En efecto, a continuación explica que le interesan más las situaciones, las escenas, los tipos y las costumbres que las formas constructivas y las tramas: «Soy partidario entusiasta de los libros que versan sobre tipos ejemplares y costumbres sencillas», porque ese género se presta a que un buen autor cree libros «no sólo amenos, sino muy instructivos y altamente educadores». Esos autores, que no son muchos, hacen un gran bien «llevando o trayendo a la lectura popular un caudal cultural y educativo de valor y trascendencia inapreciables» (p. VII). Por esta razón se ha decidido a incluir ciertas alusiones a problemas sociales y morales ajenos al asunto, pero de interés, porque llevan al lector a meditar, si se consigue sacudir su espíritu: «El libro, pues, puede perder un poco de belleza, pero ganará, sin duda alguna, en valor educativo» (p. VIII). Las motivaciones del autor no pueden ser más claras, hasta el punto de reconocer expresamente que le importa más el contenido que la técnica y el estilo, el fondo más que la forma. Toda una declaración de intenciones extensible al resto de su producción narrativa.

Al iniciarse la novela, la acción se sitúa en Ezpelegui, un pueblo de la zona media de Navarra. Tras una descripción del mismo, el narrador presenta a los lectores la rica familia de los Areta, formada por Antonio, su esposa Marta, sus hijos Fermín y Pedro Miguel (hay también una hija religiosa) y el abuelo, a los que hay que añadir el personaje de Juana, criada de la casa. Se habla después de la familia Arbayún, «católica a machamartillo», de buena posición, pero venida a menos, a la que pertenece la esposa. Se cuenta la historia del noviazgo y matrimonio de Antonio y Marta, todo ello como antecedente de la historia, para que el lector pueda seguir adelante:

Y como con lo dicho tenemos todos los datos que por ahora necesitamos saber acerca de Ezpelegui, de la familia Arbayún y de Juana, pasaremos adelante, dando entrada en escena a un personaje que quizá en la sociedad pasaría por ínfimo, y que sin embargo es figura importante, según esta novela (p. 68).

En efecto, los Areta están pasando la Navidad en Pamplona y un día, cuando se encuentran todos reunidos, aparece por casa una muchacha de unos veinte años «vestida modestísimamente, pero con gran limpieza e irreprochable honestidad»; al principio no la reconocen, pero al final caen en la cuenta de que es Alejandra, a la que apodaban «la brujilla» (p. 77). En este punto, esta acción se interrumpe por completo y se deja paso a la historia de la joven:

Dejaremos por ahora tomando café a la muchacha de Areta en unión de Juana y de la joven a quien llamaban Alejandra […] para dar noticias de esta joven. El lector necesita esas noticias porque dicha joven es el personaje principal en esta novela: es «la Expósita», cuya condición da nombre a la novela y cuya vida constituye la narración (p. 82).

Así pues, según las indicaciones del narrador (que va guiando de la mano al lector, con el que entabla diálogo, al más puro estilo del siglo XIX), debemos retroceder hasta el día en que un maquinista vio un lío de ropas sobre la vía del ferrocarril; afortunadamente, pudo detener la máquina a tiempo, para descubrir con sorpresa que se trataba de una niña recién nacida; Francisca, una mujer que iba en ese tren, esposa de Manuel, la recoge y la cría con su hijo Rufinico en el pueblo navarro de Otearán. Tras hablar con don Vicente, «el Americano», los esposos deciden ir a América para mejorar su situación económica y, en efecto, marcha primero Manuel para buscar trabajo. Francisca conversa con don Evaristo, el secretario del Ayuntamiento del pueblo, quien le hace ver que es difícil que pueda llevar consigo a Alejandra, dada su condición de abandonada. No obstante, Francisca es mujer decidida y marcha a una localidad portuaria para embarcarse. Se aloja con una antigua amiga, la señora Bernarda, que tiene allí una casa de huéspedes. Pero le faltan los boletos o billetes para embarcarse. Mientras trata de conseguirlos, llega un día el sargento Vázquez de la Guardia Civil, porque reclaman desde Navarra a Francisca. La niña es llevada a la Inclusa de Pamplona, donde se cría con las Hermanas de la Caridad. Francisca es acusada de intentar robar a una niña y ha de presentarse ante el juez, pero pronto queda en libertad al demostrar que ella ha sido quien ha educado a la niña. Visita a la superiora de la Inclusa, pero le dicen que no puede retirar a la niña. En fin, marcha a América con su hijo Rufino, en tanto que Alejandra permanece en la Inclusa, donde crecerá y recibirá una esmerada educación.

Cuando la niña tiene doce años, Clemente y Carlota, unos labradores pobres que no tienen hijos, se la llevan a Ezpelegui. Para ayudar a la familia, Alejandra se dedica a vender los productos excedentes de la huerta en el mercado, donde escuchará algunos rumores sobre su misterioso origen: se siente inferior al desconocer a sus verdaderos padres. Un día que tiene una discusión con una verdulera, se interesa por ella Marta Arbayún, que la lleva a su casa, donde los Areta, nobles y caritativos, se ocupan de la joven expósita. Siguen las riñas con otras verduleras, que tratan de aprovecharse del carácter apocado de Alejandra para robarle la clientela, pero este momento de prueba hace despertar su carácter enérgico: un día acude armada con una navaja para enfrentarse con Gervasia, la vendedora de peor carácter, a la que pone en fuga. Llevada de nuevo a la casa de los Areta, Marta la reprende cariñosamente (pronuncia un verdadero «sermón» reprochándole su actitud, que debe mudar por una disposición de perdón y amor). Pese a todo, Alejandra desea vengarse, pero no puede poner en ejecución sus planes porque la reclaman de la Inclusa y debe regresar a Pamplona, donde pasará varios años más.

En este punto la acción vuelve a conectar con el inicio de la novela, es decir, con la visita de Alejandra a los Areta en su casa de Pamplona, por Navidad (p. 77). Y así lo destaca el narrador: «No estará de más que recordemos, querido lector…» (p. 347). Se cuenta, pues, lo ocurrido en esos años de separación: pese a su inicial carácter adusto, la joven se ha educado en la Inclusa, destacando en las labores; tanto es así que puede ganar algún dinero dando clases a unas señoritas. Marta comenta a la joven que Simona, una hija de Gervasia, es criada de la casa y Alejandra dice que pedirá perdón públicamente por su anterior conducta, a lo que sigue otra lección moral de la buena esposa de Areta. A todo esto, Francisca ha regresado de América. Allí la familia ha prosperado y propone a la muchacha que vuelva con ella y se case con su hijo Rufino, que todavía la recuerda con cariño. Alejandra responde que solo podría amarle como a un hermano; además, ha decidido consagrar su vida a Dios y al prójimo, en una decisión —se especifica— totalmente libre y espontánea. Francisca, buena cristiana, acepta y respeta esa decisión: «Tienes razón: tú debes ser monja, porque eres demasiado buena para nosotros» (p. 415).

En unas páginas finales, que funcionan a manera de epílogo, vemos a la joven profesar como monja de la Caridad, rodeada de las personas queridas, incluidos Francisca y Manuel. Años después, sor Alejandra muere suave y dulcemente, casi como una santa, en un hospital de incurables, a los que ha atendido con abnegación, en el «heroico ejercicio de la caridad» (p. 423). La novela acaba con un canto a la caridad (p. 426) y la afirmación de que Alejandra esperará a sus seres queridos en el Cielo[2].


[1] La expósita. Tipos y costumbres de Navarra. Novela por Mariano Arrasate Jurico, Pamplona, Talleres Tipográficos «La Acción Social», 1929, 427 pp. Hay dos ejemplares en la Biblioteca General de Navarra, signaturas 6-3/172 y 6-3/246. El primero lleva una dedicatoria escrita a la pluma: «A la «Tertulia de Amigos del Arte» de Portugalete, como expresión de viva simpatía. / Mariano Arrasate».

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

La producción narrativa de Mariano Arrasate Jurico (1877-1935): introducción

La obra narrativa del escritor navarro Mariano Arrasate Jurico consta de dos novelas, La expósita (1929) y Macario (1932), y dos libros de relatos (en realidad, dos series distintas de un mismo libro) titulados Cuentos sin espinas (1932). No se trata de una obra extensa, ni de excesiva calidad literaria, pero abordo su estudio movido por dos razones fundamentales. En primer lugar, el análisis de sus relatos se enmarca en un proyecto de investigación más amplio que vengo desarrollando sobre la Historia del cuento literario en Navarra. En segundo término, porque considero que resultan imprescindibles los acercamientos de este tipo, por medio de estudios puntuales a diversas obras y autores concretos, de cara a la elaboración de una Historia literaria de Navarra, acerca de la cual existen algunas aproximaciones muy valiosas, pero hasta la fecha parciales e incompletas[1].

Mariano Arrasate Jurico

Mariano Arrasate nació en Lumbier (Navarra) el 17 de octubre de 1877 y murió en Pamplona el 18 de noviembre de 1935. Además de escritor, fue político (diputado foral por Aoiz de agosto de 1926 a mayo de 1928 y desde entonces a marzo de 1930). Su deseo de promover las buenas lecturas le llevó a donar a la iglesia local su hacienda en Lumbier y los pueblos de alrededor, gracias a lo cual se instaló un centro cultural y la casa parroquial en la que fue la natal del escritor. Estos pocos datos biográficos de que disponemos los proporciona, sobre todo, Fernando Pérez Ollo[2].

Es Arrasate un escritor con unas técnicas narrativas y una intención didáctico-moralizante que bien podrían calificarse como decimonónicas. Así lo ha visto el citado Pérez Ollo, quien, tras resaltar el profundo valor educativo de sus obras, lo sitúa en el siguiente contexto:

Arrasate puede encuadrarse en la escuela costumbrista y regional […], pero es ya un anacronismo, recargado de idealismo arcádico —las costumbres y relaciones sociales del mundo rural son siempre limpias— y de evidente facilidad en los esquemas y perfiles: basta leer, por ejemplo, la declaración de Florencio —personaje de Macario— a Gabriela, para advertir la irrealidad[3].

Efectivamente, el regionalismo de Arrasate se echa de ver tanto en la pintura de tipos, costumbres y escenarios navarros como en la inclusión de palabras y expresiones de claro sabor local[4]. Tendremos ocasión de comprobarlo al comentar sus dos novelas y sus dos series de Cuentos sin espinas[5].


[1] Me refiero fundamentalmente a las obras de Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Gómez, 1970; José María Corella, Historia de la literatura navarra, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973; y Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989.

[2] En el artículo «Arrasate Jurico, Mariano» de la Gran Enciclopedia Navarra, tomo II, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, pp. 58-59. Iribarren y Corella, en las obras citadas (pp. 38-39 y 225, respectivamente), se limitan a indicar la doble dedicación política y literaria del autor y a enumerar los títulos de sus obras.

[3] Pérez Ollo, «Arrasate Jurico, Mariano», pp. 58-59.

[4] «Arrasate sitúa sus acciones y personajes en lugares inexistentes de Navarra, pero por las descripciones y lenguaje parece deducirse que se trata de la zona que mejor conocía, que es la de su villa natal, de la que utiliza palabras —no recogidas en vocabularios y lexicones— cuyo significado explica. Los navarrismos léxicos más notorios —chilindrón, fritada, chandrío, chirriar— van definidos en notas» (Pérez Ollo, «Arrasate Jurico, Mariano», p. 59).

[5] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (2)

En el poema número 4, el poeta (el yo lírico) entra en comunicación con un tú, el de la mujer amada, del que pondera su «crecida belleza». El poeta sigue estando en soledad y apartamiento, como indican las imágenes «este nido apartado / de mi vida», «mi fuego / silenciado», «el hundido / fondo de mi sentida / rosa»[1]. El poeta es feliz apartado, mientras que la amada es rosa «enarbolada / en la labrantía de mi terruño pecho». El poeta anuncia que de su «mar recóndito» saldrá «el agudo coral de mi alma, / penetrado en tu más divino verbo»[2].

Después (poema 5), el poeta se dirige a un interlocutor distinto, la «hora desmedida» que vibra «la raíz última de mi último poema». El destinatario es un tanto ambiguo: ¿se sigue refiriendo a la amada o se trata de una alusión a la hora final de la muerte? Sea como sea[3], anuncia «mi deseo / de armar las cosas con mis labios» en «este gris otoño / en que todo pardea», de «llenar con tu fruto / mi vuelo vacío».

Rosa

El poema 6 es una composición altamente afirmativa: «mi rosa plena en su perfume», «el lejano fuego de mi palabra», «tu pereza / bella en el lindo marco de mi ensueño», «comienzo a ser hombre», «siento / inmensamente todo / lo alumbradizo y callado que todos / llevamos guardado», «mi tesoro / de hombre se va aclarando»… La composición se remata con un bello final, en el que el yo lírico es un «ermitaño puro» que tiene su sol guardado, es decir,

el reflejo agrandado
del Dios que en nuestra sangre
hermanado quiso abrir en nosotros
su caudal de fuego.
Tengo el soñar
eternizado del mundo en mis labios
sinceros retornado.

Luego de esta alusión al Dios humanado (que reaparecerá en distintos poemarios), encontramos en el poema 7 que el poeta se siente «huido del mundo»; afirma: «ya niño estoy disolviendo / las cosas al mirar», y también que quiere «tener presta mi pobre esperanza», «mis sangrantes / labios llenos de fuego»; con el deseo de que «enflore mi pecho calado», de que pueda ser en todo y llorar «en esta canción que han plantado en mis manos»[4].


[1] La rosa será un símbolo tradicional reiterado en la poesía de Amadoz (véase Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 67, nota 35).

[2] «Llama la atención del lector atento la riqueza interior en la que todo, las cosas todas, incluso Dios, cobran nueva expresividad y se convierten en símbolos de lo individual intransferible. […] La amada se convierte así en ‘la raíz última de mi último poema’, es decir que ella es ella y es, también, la creación última de él» (Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 64).

[3] Fernández González, en «Río Arga» y sus poetas, p. 65, lo entiende referido a la amada: «Amor profundo, exento del entusiasmo erótico de otros poetas, pero que supone una entrega total […]. Alguien diría que estos versos resuenan con ecos románticos o de “dolce stil nuevo”. Y sin embargo no responden sólo a una idealización que llega hasta “el centro” sino que nos es devuelta revestida de las cosas y purificada».

[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (1)

La Obra poética (1955-2005) de José Luis Amadoz se compone de ocho poemarios[1]. De ellos, tres fueron publicados en su momento como libros exentos: Sangre y vida (Pamplona, Ediciones Morea, 1963, que recoge poemas de los años 1955-1958), Límites de exilio (Pamplona, Ediciones Morea, 1966, con composiciones del periodo 1960-1966) y El libro de la creación (Pamplona, Gráficas Iruña, 1980, que reúne su actividad poética entre 1968 y 1974). Por otra parte, hay otros cinco poemarios, formados por poemas tanto inéditos como publicados sueltos en la revista Río Arga[2], pero que su autor no había dado a las prensas —por las razones que ya apuntamos— como libros independientes. Para esta recopilación del conjunto de su obra, Amadoz los ha reordenado y agrupado definitivamente[3] bajo estos títulos: Elegías innominadas (1981-1993), Poemas para un acorde transitorio (1992-1994), Mito de Andrós (1995-1998), Pasión oculta (2000-2002) y Callado retorno (2003-2005).

En sucesivas entradas, examinaremos el contenido de cada uno de estos ocho poemarios, analizando cuestiones de estructura, versificación y estilo, los principales temas y motivos, las imágenes y los símbolos manejados por el poeta, comenzando por Sangre y vida (1955-1958).

Cubierta del libro: José Luis Amadoz, Sangre y vida, Pamplona, Ediciones Morea, 1963

El primer poemario de José Luis Amadoz, Sangre y vida, que incluye poemas escritos entre 1955 y 1958, se publicó en 1963, en Pamplona, por Ediciones Morea, como número 3 de su colección[4]. Se trata de un poemario dividido en tres secciones: «De mi recogida belleza»[5], «Transfondo de mujer» y «Sangre y vida», que agrupan diez, seis y veinte poemas, respectivamente, numerados en arábigos. Nos encontramos, en esta primera incursión de Amadoz por los territorios de la poesía[6], con un poemario intimista, con versos en los que el poeta vuelca su corazón y su vida. En la primera parte, como ya parece sugerir el título[7], escribe solo, apartado de los demás, desde un íntimo recogimiento. A veces se identifica con un niño pequeño, con un pájaro en su nido, con un ermitaño, e introduce imágenes similares que hablan de apartamiento y fragilidad. Aunque en este primer libro poético predomina claramente la inmanencia, ya desde el tercer poema —en el que aparece la presencia de la muerte— queda apuntado el tema de la búsqueda de Dios. Los temas principales del poemario son la vida, el amor y la mujer, por un lado; en segundo término, la creación poética; y, en un plano de menor importancia, la reflexión sobre el hombre y Dios.

El desamparo, la soledad de la voz lírica, quedan patentes en el primer poema de «De mi recogida belleza», que comienza con el verso «Me han vuelto a mirar raro», y es frase que se repite más adelante. El poeta anuncia que la escritura va a ser reflejo de su sentimiento interior:

… sirvo
al corazón que se abre y madura
en este poema que deseara
fuera inmenso,
y planto las raíces rojas
de mi vida, a cielo suelto, en la helada
soledad de este viento que hoy me arrastra
y me hiere fieramente…

El segundo poema sigue por la misma línea de mostrarnos la íntima soledad y el desvalimiento del yo lírico («Sigo recreándome solo, en esta / mi pasión oculta»[8]), pero se abre ya a la presencia de la mujer y su belleza:

Sigo bebiendo, manantial sonoro, de lo inalcanzable, sigo cuajando
lo bello y hermoso que mi alma en surco hiere
los ojos.

En estos versos el poeta hace inventario de lo que tiene: «tengo palabras mudas […] / y tengo vida tejida / de muerte», y sobre todo: «te tengo a ti que reclamas / sin egoísmo un amor cualquiera, linda / mujer que arrancas de tu vacío vano / lo presto a embellecerse». Amor, belleza y creación poética se aúnan, pues anuncia ahora que busca «la eterna palabra / verdecida que el otoño no dora».

Un avance, un paso más allá lo tenemos en el tercer poema, que comienza «Uno está escondido, ya postergado…»; el yo lírico, nos dice, «busca luz / de dentro» y siente «deseos de amarlo todo». El poema se tiñe de expresiones de sabor místico («revelación mística»), se afirma expresamente que «la mística renueva / la vida entera». Al final, de ese impersonal «uno» que aparece en el poema se dice que

huye del mundo, de la gente, y busca
todo, busca sólo el sentido puro,
lo inmancillado, busca
el Dios achicado dando razón
de todo, y el beso mórbido
que señale la muerte:
ya dormido en sus brazos.

Apreciamos una progresión significativa en estos tres primeros poemas de Sangre y vida: en el primero, el poeta se nos mostraba solo; en el segundo, aparece la compañera amada; en el tercero, se menciona a Dios y la voluntad de echarse en sus brazos tras la muerte física, es decir, la idea de una trascendencia anhelada, aquí solo apuntada, pero que se desarrollará más ampliamente en poemarios posteriores, hasta acabar dominando totalmente en el último, Callado retorno. Así lo significa Fernández González:

Los poemas que van del tercero al octavo son un canto al amor y a la amada desde la interioridad más gozosa que se resuelve en un canto con melodías místicas (Dios, las cosas y tú fundidos en la luz de dentro, sin falsedad ni engaño)[9].


[1] Para una primera aproximación a la figura (vida y obra) de Amadoz, remito al capítulo «José Luis Amadoz Villanueva», en Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, pp. 63-78, palabras que se reproducen en otro libro suyo, Historia literaria de Navarra. El siglo XX. Poesía y teatro, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2004, pp. 166-176. En el trabajo de Charo Fuentes y Tomás Yerro, «Río Arga», revista poética navarra. Estudio y antología, Pamplona, Imprenta Garrasi, 1988, se alude a Amadoz en el capítulo II, «Gestación de la revista», y se le dedican las pp. 117-122 de la antología final.

[2] Al preparar esta Obra poética, el autor ha optado por no indicar en ningún caso la procedencia de aquellos poemas previamente publicados. Pero quien esté interesado puede consultar los datos ofrecidos por Ángel-Raimundo Fernández González en el apartado «Presencia en Río Arga y poemarios inéditos», en «Río Arga» y sus poetas, pp. 73-78 (alcanzan hasta el número 100 de la revista).

[3] El lector atento observará que en estos poemarios nuevos hay algunos poemas que se repiten en dos lugares distintos. No se trata de un error. Son composiciones que el autor ha querido destacar especialmente, porque alumbran un pensamiento especialmente caro al poeta, manejan un símbolo o un motivo reiterado o encajan perfectamente en distintas circunstancias. De ahí que al preparar esta ordenación de su Obra poética Amadoz haya decidido voluntariamente conservar esos poemas repetidos en dos poemarios distintos. Precisamente, una de las características que da unidad al conjunto de su poesía es la repetición constante de ideas, de sintagmas, de frases y de motivos, que aparecen reiterados a manera de leit motiv o de ritornello musical, y en ese mismo sentido ha de entenderse esta repetición completa de algunos poemas, como un fenómeno de «aliteración poética» practicado también por otros poetas.

[4] El Director de Ediciones Morea era el periodista Hilario Martínez Úbeda, buen amigo de los poetas de Río Arga. El poemario constaba de 76 páginas y se cerraba con el siguiente colofón: «Esta primera edición de / Sangre y vida, poemas de José Luis Amadoz, / volumen 3 de la “Colección MOREA”, / se acabó de imprimir el día 13 de junio de 1963, / festividad del Corpus Christi, / en los talleres de Editorial LEYRE, / en Pamplona. // LAUS DEO».

[5] Escribe Ángel-Raimundo Fernández González: «La primera parte suma diez poemas que J. L. Amadoz dedica “A los que en su luz y fortaleza templaron mi vida y me hicieron un hombre nuevo: padres, esposa e hijos”. Es decir, la sangre del título, además, es parte primordial de la vida, aunque ésta, como se apunta en el intertexto transcrito de Pablo Neruda, proviene también de “más oscuros cauces”» («Río Arga» y sus poetas, p. 63). En el ejemplar de Sangre y vida que manejo no figura esa dedicatoria ni ese lema, que tampoco han pasado a la versión definitiva de Obra poética.

[6] Me refiero a la poesía publicada. Al parecer, y a tenor de lo indicado en la solapa de este primer poemario, con anterioridad a Sangre y vida existían unos Poemas primeros (correspondientes a los años 1951-1953), que no se llegaron a publicar en su momento ni se han recogido tampoco en esta recopilación de la Obra poética completa.

[7] El sintagma «mi recogida belleza» lo podemos entender en un doble sentido: esa belleza es la paz interior, que podría aludir también al acto de creación poética, o bien se trata de la belleza de mujer amada.

[8] «Pasión oculta» será el título de uno de los Poemas para un acorde transitorio, e igualmente del penúltimo poemario de Amadoz.

[9] Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 64. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La poética de José Luis Amadoz (y 3)

Hasta aquí, en entradas anteriores, he transcrito por extenso diversas declaraciones de José Luis Amadoz porque nos orientan y ayudan a entender mejor sus ideas acerca de la poesía, su significado, su función, sus valores trascendentes, el papel re-creador asignado al lector, etc. Ahora bien, algunas de esas ideas quedan sugeridas igualmente en varios de sus poemas. Por ejemplo, el tema de la creación poética apunta ya en el poema octavo de «De mi recogida belleza», sección primera de Sangre y vida, su poemario más temprano. Merece la pena citarlo entero, pues es de una profunda densidad a pesar su breve extensión:

Recogida fuerza y destino
que se cumple —perfecta
consonancia— al madurar el día,
en la fértil cosecha
de lograda palabra.

Especialmente importantes son otras dos composiciones en las que el tema nuclear es precisamente la génesis del poema: me refiero a «Emanación poética» y a «Poesía», ambas del libro Poemas para un acorde transitorio. La primera es un apóstrofe a la palabra y constituye una reflexión sobre el acto de creación poética, sobre «la viva eclosión del poema». Extracto esta cita correspondiente a la primera secuencia:

Escondida palabra,
vas desdoblándote, sombra de sombra,
hasta alcanzar tu último y exacto destino,
ahí estás recóndita, en callado retorno,
leal, en bodas,
a la nueva recreación oculta[1].

Y también esta otra, que es la que cierra la composición:

Fugaz se abre el poema,
fugaz en sí mismo se cierra
en olvidado llanto de fe y melancolía,
en tu batir de alas me hieres.

Con «Poesía» —que no en balde lleva un lema de Juan Ramón Jiménez— Amadoz se refiere de nuevo al poder mágico y creacional de la palabra poética. En un «mundo nacido y renacido en nuestras almas solas» (el poeta es un gran solitario) se muestra el «inmenso / brío» de la poesía, «esta luz / que acuchilla en brillo acerado mi alma», «esta / semilla inmensa que yo guardo / para el mundo». En conjunto, el poema se construye de nuevo como un largo apóstrofe a la poesía:

… tierna poesía,
que me unes a todo en tu juventud
siempre nueva, así ríndote
todo lo mío que este mundo en mí
recrea con poder
distinto y semejante,
todo lo que me ensancha
grandiosamente, y me hace
casi divinamente todo, tuyo.

Cortocircuito eléctrico

Según comenta Amadoz, cuando el poeta se pone a escribir, no sabe exactamente qué va a germinar en su escritura; el poema nace «de algo que está ahí, en zonas del cerebro donde se establecen cortocircuitos creadores, emergencias insólitas que uno no espera». Es lo que él mismo define como «metáfora de cortocircuito»: algo que surge imprevisiblemente y da origen al poema. En la actualidad, José Luis sigue trabajando en un ensayo sobre el fenómeno poético, anunciado desde tiempo atrás y que esperamos culmine pronto[2], pues sus ideas son, sin duda, sumamente iluminadoras con relación a su propia poesía, pero también a la creación poética en general.

Añadiré una última apreciación del autor sobre las antologías, recordando la explicación que daba a propósito de la selección de sus poemas hecha para la citada antología preparada por Arbeloa:

La elección de estos poemas está presidida y orientada por esa magia de sintonías y afinidades electivas que todos tenemos, y que, sin duda, provocan una emergencia, desde lo hondo de cada ser, de todo aquello que crea una afinidad veladamente sugestiva, y que tanto el poeta como el lector lo perciben como vibración resonante[3].

Piensa Amadoz que una antología de la obra de un poeta no debe ser demasiado extensa, pues basta con que contenga lo esencial de su poesía. Esta es la razón por la que, al recopilar ahora su Obra poética —y pese al carácter de obra completa que tiene la serie en que se incluye—, haya preferido dejar algunas piezas «en el taller»[4], aquella parte de su corpus lírico que considera no es verdaderamente representativa de su producción[5].


[1] Más adelante, en la secuencia VI, se repite ese sintagma callado … retorno, que será el título del poemario último de Amadoz: «Donde duermen los ojos, / una luz suave acaricia y concita la mente / con la palabra en cimas nuevas, / murmullo de corazón en coro que vibra / en callado y siempre nuevo retorno, / palabras que se escancian ya puras».

[2] Téngase en cuenta que estas palabras fueron escritas a la altura de 2006, como estudio preliminar a la edición de la Obra poética (1955-2005) de Amadoz, publicada ese año por el Gobierno de Navarra. José Luis Amadoz Villanueva, que había nacido en Marcilla (Navarra) el 9 de octubre de 1930, fallecería en Pamplona el 23 de septiembre de 2007.

[3] Poetas navarros del siglo XX, ed. de Víctor Manuel Arbeloa, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002, pp. 99-100.

[4] Piénsese en otros títulos de poemarios anunciados alguna vez por el poeta y finalmente desechados: Poemas primeros, Pasión de ser, Versión de fondo, etc. Este libro —me indica Amadoz— podría haber incluido varias decenas de poemas más, pero ha preferido ser selectivo y ofrecer tan solo aquellos textos suyos verdaderamente representativos de su quehacer lírico.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La poética de José Luis Amadoz (2)

Volviendo a la poética que le fue solicitada a José Luis Amadoz para la antología de Víctor Manuel Arbeloa, el poeta se refiere después a la génesis del poema, aspecto sobre el que introduce palabras bien orientadoras, enlazando con la cuestión de las influencias literarias:

Paralelamente, también desconoce el poeta cómo surge el poema, cómo sale de su abismo mágico, cómo se hace el mismo, que comienza de una manera y da lugar a múltiples caminos, no pensados previamente, hasta conformar un todo que inquieta sugestivo, y que cambia su percepción para el poeta y el lector según momentos y situaciones, haciendo el poema esencialmente dinámico. Cabe destacar las variadas influencias que todo poeta presenta en su evolución creadora hasta hallar su propia y singular voz, influencias éstas basadas substancialmente en la capacidad de éstos para dejarse seducir por otras voces resonantes que confluyen en su interioridad y que en mi caso arrancan de Verlaine, Mallarmé, Rimbaud, Rilke, y prosiguen con Aleixandre, Salinas y J. Guillén, sin omitir a compañeros, amigos, que también favorecieron la consolidación de mi propio estilo[1].

En cuanto a las influencias de otros autores en su obra, añadiremos estas palabras que figuraba al frente de su primer poemario, publicado allá por 1963:

Su obra poética es ya extensa, aunque inédita hasta ahora. Sus libros Poemas primeros (1951-1953), Sangre y vida (1955-1956) —que publicamos en este volumen—, Pasión de ser (1957-1959) y Versión de fondo (1960), son una interesante muestra de su gran vocación de poeta y de la búsqueda de su voz propia a través de las voces más cimeras de la poesía actual: Guillén, Salinas, Cernuda, el último Juan Ramón y —cosa curiosa, pues él lo desconocía hasta hace muy poco— Rilke. Pero detrás de estas voces, de estos ecos poéticos, se puede percibir la voz original de José Luis Amadoz pugnando por emanciparse, por lograrse plenamente.

Rainer Maria Rilke
Rainer Maria Rilke. Foundation Rilke.

En efecto, se ha notado cierta similitud de la poesía de Amadoz con la de Rainer Maria Rilke (1875-1926), hasta el punto de haber sido calificado en alguna ocasión como «el Rilke navarro». Y es cierto que existen algunos puntos de contacto entre ambos poetas, pero sin que sea necesario pensar en una influencia directa: temas que les unen son, por ejemplo, el sentimiento de soledad e incomunicación del artista o la presencia exterior de las cosas, ya como objetos autónomos, ya en su relación con la propia intimidad del poeta.

Otro punto destacado de su reflexión ha sido la consideración del lenguaje poético en los tiempos actuales:

Cabe añadir, aunque sea brevemente, un aspecto, sujeto a controversia, por el cual se alinean facciones de poetas contemporáneos. Se trata de considerar que la palabra poética ha muerto y ha sido sustituida por una forma de lenguaje nuevo, en virtud del cual la palabra hace una traslación saltando hacia lo que el mundo moderno, la nueva cultura, da en llamar lenguaje pragmático. Esto, por supuesto, ha sido generado por las nuevas tecnologías, que han incorporado al plano de la comunicación términos de uso habitual, que han hecho que la mencionada palabra haya perdido su frescura, su asombro mágico, y se convierta en una signología científica y comercial, en definitiva, en un lenguaje cartesiano y pragmático de James. Esta concepción sustituye el ensueño por la creatividad tecnológica, que hace que la esencia de las cosas, lo íntimo rilkeano, sea cambiado por el arte técnico, ya no por la palabra en sí. No obstante, para las jóvenes generaciones de poetas, mi confianza en la perdurabilidad de la inspiración y el ensueño para poder seguir creando mundos nuevos, con la esperanza de que esta partida que jugamos no sea ganada por las Circes y sí por los Homeros que esperan la vuelta de sus héroes, sin desmayo[2].


[1] Poetas navarros del siglo XX, ed. de Víctor Manuel Arbeloa, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002, p. 100. Con estas otras palabras se refería a la salud de la poesía escrita en Navarra: «Finalmente, estimo que la poesía navarra, en el siglo XX, ha dado giros propios en su evolución, en esencial, superando descripciones y vuelos localistas para saltar a una mayor trascendencia creativa y del pensamiento. Un mundo nuevo y pujante de jóvenes poetas se abren al siglo XXI y me llena de rica esperanza cara al futuro de la poesía en Navarra» (Poetas navarros del siglo XX, p. 100). Para el contexto navarro de la poesía de Amadoz, remito a los destacados trabajos de Fernández González, así como al apartado que dedico al siglo XX en mi libro Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.

[2] Palabras escritas por Amadoz para la presentación en público de su Obra poética. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.