La poética de José Luis Amadoz (y 3)

Hasta aquí, en entradas anteriores, he transcrito por extenso diversas declaraciones de José Luis Amadoz porque nos orientan y ayudan a entender mejor sus ideas acerca de la poesía, su significado, su función, sus valores trascendentes, el papel re-creador asignado al lector, etc. Ahora bien, algunas de esas ideas quedan sugeridas igualmente en varios de sus poemas. Por ejemplo, el tema de la creación poética apunta ya en el poema octavo de «De mi recogida belleza», sección primera de Sangre y vida, su poemario más temprano. Merece la pena citarlo entero, pues es de una profunda densidad a pesar su breve extensión:

Recogida fuerza y destino
que se cumple —perfecta
consonancia— al madurar el día,
en la fértil cosecha
de lograda palabra.

Especialmente importantes son otras dos composiciones en las que el tema nuclear es precisamente la génesis del poema: me refiero a «Emanación poética» y a «Poesía», ambas del libro Poemas para un acorde transitorio. La primera es un apóstrofe a la palabra y constituye una reflexión sobre el acto de creación poética, sobre «la viva eclosión del poema». Extracto esta cita correspondiente a la primera secuencia:

Escondida palabra,
vas desdoblándote, sombra de sombra,
hasta alcanzar tu último y exacto destino,
ahí estás recóndita, en callado retorno,
leal, en bodas,
a la nueva recreación oculta[1].

Y también esta otra, que es la que cierra la composición:

Fugaz se abre el poema,
fugaz en sí mismo se cierra
en olvidado llanto de fe y melancolía,
en tu batir de alas me hieres.

Con «Poesía» —que no en balde lleva un lema de Juan Ramón Jiménez— Amadoz se refiere de nuevo al poder mágico y creacional de la palabra poética. En un «mundo nacido y renacido en nuestras almas solas» (el poeta es un gran solitario) se muestra el «inmenso / brío» de la poesía, «esta luz / que acuchilla en brillo acerado mi alma», «esta / semilla inmensa que yo guardo / para el mundo». En conjunto, el poema se construye de nuevo como un largo apóstrofe a la poesía:

… tierna poesía,
que me unes a todo en tu juventud
siempre nueva, así ríndote
todo lo mío que este mundo en mí
recrea con poder
distinto y semejante,
todo lo que me ensancha
grandiosamente, y me hace
casi divinamente todo, tuyo.

Cortocircuito eléctrico

Según comenta Amadoz, cuando el poeta se pone a escribir, no sabe exactamente qué va a germinar en su escritura; el poema nace «de algo que está ahí, en zonas del cerebro donde se establecen cortocircuitos creadores, emergencias insólitas que uno no espera». Es lo que él mismo define como «metáfora de cortocircuito»: algo que surge imprevisiblemente y da origen al poema. En la actualidad, José Luis sigue trabajando en un ensayo sobre el fenómeno poético, anunciado desde tiempo atrás y que esperamos culmine pronto[2], pues sus ideas son, sin duda, sumamente iluminadoras con relación a su propia poesía, pero también a la creación poética en general.

Añadiré una última apreciación del autor sobre las antologías, recordando la explicación que daba a propósito de la selección de sus poemas hecha para la citada antología preparada por Arbeloa:

La elección de estos poemas está presidida y orientada por esa magia de sintonías y afinidades electivas que todos tenemos, y que, sin duda, provocan una emergencia, desde lo hondo de cada ser, de todo aquello que crea una afinidad veladamente sugestiva, y que tanto el poeta como el lector lo perciben como vibración resonante[3].

Piensa Amadoz que una antología de la obra de un poeta no debe ser demasiado extensa, pues basta con que contenga lo esencial de su poesía. Esta es la razón por la que, al recopilar ahora su Obra poética —y pese al carácter de obra completa que tiene la serie en que se incluye—, haya preferido dejar algunas piezas «en el taller»[4], aquella parte de su corpus lírico que considera no es verdaderamente representativa de su producción[5].


[1] Más adelante, en la secuencia VI, se repite ese sintagma callado … retorno, que será el título del poemario último de Amadoz: «Donde duermen los ojos, / una luz suave acaricia y concita la mente / con la palabra en cimas nuevas, / murmullo de corazón en coro que vibra / en callado y siempre nuevo retorno, / palabras que se escancian ya puras».

[2] Téngase en cuenta que estas palabras fueron escritas a la altura de 2006, como estudio preliminar a la edición de la Obra poética (1955-2005) de Amadoz, publicada ese año por el Gobierno de Navarra. José Luis Amadoz Villanueva, que había nacido en Marcilla (Navarra) el 9 de octubre de 1930, fallecería en Pamplona el 23 de septiembre de 2007.

[3] Poetas navarros del siglo XX, ed. de Víctor Manuel Arbeloa, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002, pp. 99-100.

[4] Piénsese en otros títulos de poemarios anunciados alguna vez por el poeta y finalmente desechados: Poemas primeros, Pasión de ser, Versión de fondo, etc. Este libro —me indica Amadoz— podría haber incluido varias decenas de poemas más, pero ha preferido ser selectivo y ofrecer tan solo aquellos textos suyos verdaderamente representativos de su quehacer lírico.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La poética de José Luis Amadoz (2)

Volviendo a la poética que le fue solicitada a José Luis Amadoz para la antología de Víctor Manuel Arbeloa, el poeta se refiere después a la génesis del poema, aspecto sobre el que introduce palabras bien orientadoras, enlazando con la cuestión de las influencias literarias:

Paralelamente, también desconoce el poeta cómo surge el poema, cómo sale de su abismo mágico, cómo se hace el mismo, que comienza de una manera y da lugar a múltiples caminos, no pensados previamente, hasta conformar un todo que inquieta sugestivo, y que cambia su percepción para el poeta y el lector según momentos y situaciones, haciendo el poema esencialmente dinámico. Cabe destacar las variadas influencias que todo poeta presenta en su evolución creadora hasta hallar su propia y singular voz, influencias éstas basadas substancialmente en la capacidad de éstos para dejarse seducir por otras voces resonantes que confluyen en su interioridad y que en mi caso arrancan de Verlaine, Mallarmé, Rimbaud, Rilke, y prosiguen con Aleixandre, Salinas y J. Guillén, sin omitir a compañeros, amigos, que también favorecieron la consolidación de mi propio estilo[1].

En cuanto a las influencias de otros autores en su obra, añadiremos estas palabras que figuraba al frente de su primer poemario, publicado allá por 1963:

Su obra poética es ya extensa, aunque inédita hasta ahora. Sus libros Poemas primeros (1951-1953), Sangre y vida (1955-1956) —que publicamos en este volumen—, Pasión de ser (1957-1959) y Versión de fondo (1960), son una interesante muestra de su gran vocación de poeta y de la búsqueda de su voz propia a través de las voces más cimeras de la poesía actual: Guillén, Salinas, Cernuda, el último Juan Ramón y —cosa curiosa, pues él lo desconocía hasta hace muy poco— Rilke. Pero detrás de estas voces, de estos ecos poéticos, se puede percibir la voz original de José Luis Amadoz pugnando por emanciparse, por lograrse plenamente.

Rainer Maria Rilke
Rainer Maria Rilke. Foundation Rilke.

En efecto, se ha notado cierta similitud de la poesía de Amadoz con la de Rainer Maria Rilke (1875-1926), hasta el punto de haber sido calificado en alguna ocasión como «el Rilke navarro». Y es cierto que existen algunos puntos de contacto entre ambos poetas, pero sin que sea necesario pensar en una influencia directa: temas que les unen son, por ejemplo, el sentimiento de soledad e incomunicación del artista o la presencia exterior de las cosas, ya como objetos autónomos, ya en su relación con la propia intimidad del poeta.

Otro punto destacado de su reflexión ha sido la consideración del lenguaje poético en los tiempos actuales:

Cabe añadir, aunque sea brevemente, un aspecto, sujeto a controversia, por el cual se alinean facciones de poetas contemporáneos. Se trata de considerar que la palabra poética ha muerto y ha sido sustituida por una forma de lenguaje nuevo, en virtud del cual la palabra hace una traslación saltando hacia lo que el mundo moderno, la nueva cultura, da en llamar lenguaje pragmático. Esto, por supuesto, ha sido generado por las nuevas tecnologías, que han incorporado al plano de la comunicación términos de uso habitual, que han hecho que la mencionada palabra haya perdido su frescura, su asombro mágico, y se convierta en una signología científica y comercial, en definitiva, en un lenguaje cartesiano y pragmático de James. Esta concepción sustituye el ensueño por la creatividad tecnológica, que hace que la esencia de las cosas, lo íntimo rilkeano, sea cambiado por el arte técnico, ya no por la palabra en sí. No obstante, para las jóvenes generaciones de poetas, mi confianza en la perdurabilidad de la inspiración y el ensueño para poder seguir creando mundos nuevos, con la esperanza de que esta partida que jugamos no sea ganada por las Circes y sí por los Homeros que esperan la vuelta de sus héroes, sin desmayo[2].


[1] Poetas navarros del siglo XX, ed. de Víctor Manuel Arbeloa, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002, p. 100. Con estas otras palabras se refería a la salud de la poesía escrita en Navarra: «Finalmente, estimo que la poesía navarra, en el siglo XX, ha dado giros propios en su evolución, en esencial, superando descripciones y vuelos localistas para saltar a una mayor trascendencia creativa y del pensamiento. Un mundo nuevo y pujante de jóvenes poetas se abren al siglo XXI y me llena de rica esperanza cara al futuro de la poesía en Navarra» (Poetas navarros del siglo XX, p. 100). Para el contexto navarro de la poesía de Amadoz, remito a los destacados trabajos de Fernández González, así como al apartado que dedico al siglo XX en mi libro Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.

[2] Palabras escritas por Amadoz para la presentación en público de su Obra poética. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La poética de José Luis Amadoz (1)

Antes de nada, José Luis Amadoz —según me explica en amistosa conversación[1]— desea quede muy claro que él no es un poeta profesional, sino más bien un «aprendiz de brujo». Escribir —sigue confesándome— tampoco le proporciona un especial gozo; simplemente escribe porque no tiene otro remedio, siendo la escritura una «catarsis yóica y emanativa». No es, pues, él un poeta academicista, que pueda escribir acerca de cualquier tema, uno que por ejemplo se le plantee «por encargo». La inspiración, el germen seminal del poema, es «algo que viene por dentro de forma incontenible». Además, podemos añadir, Amadoz concibe la poesía como «un receptor de primer orden para expresar pensamientos, sentimientos, emociones y afectos». Él mismo nos explica:

En cuanto a la interpretación fenomenológica de la poesía, desde mi punto de vista, se podría considerar que ésta es indefinible e intraducible, no, por supuesto, ininteligible, ya que, entonces, tan sólo sería una cadena de palabras enlazadas con el ropaje del absurdo. No cabe duda de que, a veces, se torna difícil entrar en ella y crea una respuesta agónica en el lector con tendencia al abandono. Este fenómeno tan sólo puede vencerse a través de una implicación honda entre autor y lector en una especie de coautoría, en un juego en el que el poeta se muestra como despertador del mundo mágico de imaginación y fantasía que todos llevamos dentro, crucigrama de sorpresas que nos convierten en pequeños demiurgos, dinámica creación en la que lo imprevisible resuena como una magia sin fronteras. Está claro que el empeño es difícil, pero basta con que pueda darse con alguien para que el gozo y el asombro rompan el hueco de vacío, la soledad que nos acompaña[2].

Podemos ahondar en la poética de Amadoz exponiendo distintas declaraciones suyas, como la antecedente, y también a través del análisis de algunos de sus poemas en los que nos ofrece pistas sobre los misterios del quehacer poético. Así, por ejemplo, son muy reveladoras las palabras que antepuso el poeta a su selección de poemas para la antología de Poetas navarros del siglo XX preparada por Víctor Manuel Arbeloa, donde reflexiona en primer lugar sobre «la poesía y el significado de la misma»:

Para mí, ésta no tiene definición válida extensible a toda ella, ya que la considero como algo indefinible e intraducible, que se presenta como un fenómeno de creación y fantasía en el que tanto el llamado poeta y el lector se confabulan en secreta complicidad para sugerir aspectos del mundo real y subjetivo, que con estados de ánimo paralelos interpretan, de algún modo, lo que llamamos conciencia esencial de la realidad[3].

Concibe, por tanto, la poesía como un vehículo esencial de conocimiento, análisis e interpretación de la realidad. Más adelante sigue insistiendo en esas mismas ideas:

Naturalmente, en la poesía, la palabra se convierte en el vehículo esencial que lo abarca todo, muy distinto, por supuesto, de otro tipo de creaciones artísticas, y hasta tal punto, que la poesía está en la esencia de todas estas creaciones. Por eso, invito al lector a dejarse impregnar, sin sentido crítico, por todo lo que la aventura poética genera de modo total en el contexto de la persona y que les hace caminar juntos, en esta forma de recreación conjunta, tanto al poeta como al lector[4].

Como es habitual en la poesía moderna (sobre todo la que arranca desde el simbolismo francés), el lector colabora en la obra creadora del poeta, quien deja «un estado de previsión razonable, no sólo palabras sonoras»; de esta forma, el poema puede establecer una sintonía con el lector y este, a su vez, lo re-crea. Esta complicidad, este «trabajo compartido» entre el autor y el lector al que se hace partícipe de la creación literaria, es un postulado fundamental en el pensamiento poético de Amadoz, quien lo expresaba ya en la «Nota preliminar» de su segundo poemario, Límites de exilio, del año 1966:

… la rica variabilidad de un poema y su estructura dinámica son el substrato capital sobre el que se apoya, de una forma todavía irresuelta, la participación creadora del lector; pues, en definitiva, para éste un poema no es más que lo que le sugiere en el hoy y el ahora, al igual que para el poeta, en su momento creador, es como una compendiada fugacidad sin límites, como un marco de renovados crecimientos.

Hay sin embargo algo esencial en el poema, algo no mensurable con los moldes rígidos de las estructuras lógicas; y aunque con ello pareciere que la poesía no tiene posibilidades de ser valorada objetivamente, el lector avezado bien sabe cuándo lo que se le ofrece es un hilvanado ropaje de palabras o una creación auténtica.

En definitiva, la poesía debe ser un aldabonazo en la mente del lector, al que no hay que dárselo todo explicado, sino más bien sugerirle; el lector acompaña así al poeta «impulsándole a seguir por este sendero de dudas e incertidumbres, como una anábasis interminable». Por otra parte, Amadoz opina que la poesía siempre será un género minoritario, porque, de alguna forma, hay que ser poeta para leer poesía[5].


[1] Téngase en cuenta que estas palabras fueron escritas a la altura de 2006, como estudio preliminar a la edición de la Obra poética (1955-2005) de Amadoz, publicada ese año por el Gobierno de Navarra. José Luis Amadoz Villanueva, que había nacido en Marcilla (Navarra) el 9 de octubre de 1930, fallecería en Pamplona el 23 de septiembre de 2007.

[2] Dado su interés, incorporo aquí estas palabras escritas por Amadoz precisamente para la presentación en público de su Obra poética.

[3] En Poetas navarros del siglo XX, ed. de Víctor Manuel Arbeloa, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002, p. 99.

[4] Poetas navarros del siglo XX, p. 99.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

José Luis Amadoz (1930-2007), psiquiatra y poeta navarro

En el año 2005, José Luis Amadoz ha celebrado sus «Bodas de Oro» con la poesía: ha sido una trayectoria poética dilatada —afortunadamente no cerrada todavía[1]—, de una sorprendente coherencia en lo que respecta a ideas nucleares, temas y motivos vertebradores de su pensamiento poético, al final de la cual el poeta confiesa ser, en la composición que cierra su Obra Poética (1955-2005), nada más —y nada menos— que un «aprendiz de brujo». Tendremos ocasión de explicar las razones de esta autocaracterización. Pero, antes de llegar a ella, ofreceré en esta y sucesivas entradas algunos breves datos biográficos sobre el autor, sintetizaré sus opiniones sobre la poesía y la creación poética y recorreré con detalle su trayectoria poética, analizando en orden cronológico cada uno de sus poemarios. Ese recorrido que pretendo minucioso, no exhaustivo, servirá para que el lector conozca —antes de abordar la lectura personal y directa de sus versos— los principales temas que se hacen presentes en la poesía de Amadoz y disponga de algunas pistas sobre los rasgos más destacados de su versificación y su estilo. En fin, añadiré una breve sistematización de los principales puntos comentados, a modo de valoración final de esta obra —adelanto ya— claramente unitaria, y cerraré mi trabajo[2] con unas someras notas bibliográficas.

Cubierta del libro: José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución Príncipe de Viana), 2006

Por lo que respecta a sus datos biográficos, con esta sencilla carta de presentación se daba a conocer el poeta, a la altura de 1963, en la solapa de su primer libro publicado:

José Luis Amadoz nació en Marcilla (Navarra), el 9 de octubre de 1930, trasladando su residencia a Pamplona en 1942, donde hizo sus primeros estudios. En 1953 se graduó en Medicina por la Universidad de Zaragoza y alcanzó el doctorado en 1958 después de realizar unos trabajos en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Posteriormente hizo los cursos de filosofía aristotélico-tomista en la Universidad de Madrid y asistió a los de su Cátedra de Estética regida por Dámaso Alonso y Carlos Bousoño. Ahora reside en Pamplona.

Amadoz destaca que los años de Madrid —que se corresponden aproximadamente con los de la década del 50— fueron los de su formación, no solo profesional en la Medicina, sino también literaria. Acabada su carrera con un brillante expediente, renunció a una beca para seguir estudios médicos en el Columbia University Medical Center de Nueva York. Otras opciones que se le ofrecieron fueron París y Madrid, ciudad por la que finalmente se decidió y donde fue becario del Instituto Nacional de Investigaciones Científicas. En aquel entonces, durante sus años de doctorado (culminados con una tesis sobre las benzodiacepinas) y de especialidad médica en Psiquiatría, Amadoz frecuentó el célebre Café Gijón, donde entró en contacto con otras personas que acudían allí con inquietudes literarias o artísticas. Así, entabló amistad con Antonio Gala, Francisco Umbral, José Caballero Bonald, Gabriel Celaya, Claudio Rodríguez… Introducido ya en el ambiente literario (publica entonces en revistas como Caracola o Poesía Española), el poeta destaca que aquellos fueron buenos contactos que le animaron mucho y le empujaron para que siguiera con el cultivo de la poesía. Con relación a sus estudios filosóficos, quiere matizar Amadoz que no fueron de filosofía aristotélico-tomista (como indicaba la cita de su primer poemario antes transcrita), sino de filosofía existencial y literatura francesa del siglo XX, y el detalle no resulta baladí, porque el existencialismo va a estar hondamente enraizado en su poesía.

Acabados sus años de estudios filosóficos y de formación científico-biológica, Amadoz se radica en Pamplona, donde vive ahora [fallecería en 2007] y donde ha alternado durante muchos años su dedicación profesional como médico psiquiatra con el cultivo asiduo de la poesía. Como escritor, toda su vida ha estado muy ligado a Río Arga, desde sus orígenes: fue, en efecto, uno de los miembros fundadores de esta veterana revista poética y en la actualidad —cuando ha superado los treinta años de vida y ha alcanzado ya el número 118— sigue formando parte de su Consejo de Redacción. Han sido, son, muchos años de amistad muy entrañable con los poetas Ángel Urrutia, Víctor Manuel Arbeloa, Jesús Mauleón y Jesús Górriz, y con el periodista Hilario Martínez Úbeda. En torno a este grupo, y con el impulso decisivo de Miguel Javier Urmeneta, nacería en 1976 Río Arga, en cuyas páginas ha dado a conocer Amadoz la mayor parte de sus versos[3].

Amadoz publicó sus tres primeros poemarios en 1963 (Sangre y vida), 1966 (Límites de exilio) y 1980 (El libro de la creación) en el ámbito de Ediciones Morea y su colección de poesía. Pero después prefirió permanecer en un discreto segundo plano: nunca ha sido amigo de la popularidad y ha huido de la presencia en los medios, y ya no volvió a publicar sus poemarios como libros exentos. Por un lado, cierto divorcio entre su profesión de psiquiatra (que le exigió durante años una constante y exigente dedicación) y su afición de poeta (cultivada robando horas al sueño), junto con su carácter introvertido y reservado[4], son las circunstancias que explican que después de 1980 se limitara a dar a conocer sus poemas exclusivamente en Río Arga, donde ha mantenido —y sigue manteniendo, ahora «en la sombra»— una destacada presencia. Desde sus páginas, con sus versos, sigue Amadoz reflexionando sobre la condición humana (el hombre, con sus anhelos y sus limitaciones, el diálogo con Dios, la problemática experiencia de la fe…), en un continuo conflicto entre inmanencia y trascendencia, resuelto tan solo, como tendremos ocasión de ver, al final de su trayectoria poética[5].


[1] Téngase en cuenta que estas palabras fueron escritas a la altura de 2006, como estudio preliminar a la edición de la Obra Poética (1955-2005) de Amadoz, publicada ese año por el Gobierno de Navarra. José Luis Amadoz Villanueva, que había nacido en Marcilla (Navarra) el 9 de octubre de 1930, fallecería en Pamplona el 23 de septiembre de 2007.

[2] Agradezco muy cordialmente a José Luis Amadoz su amabilidad al haberme invitado a escribir esta introducción a su Obra Poética, y espero no haber defraudado sus expectativas con estas explicaciones preliminares de filólogo «aprendiz de brujo». En mi estudio he procurado incorporar los valiosos comentarios sobre su obra y su concepción de la poesía que amablemente me ha proporcionado en las amistosas conversaciones que hemos mantenido durante estos últimos meses. Agradezco asimismo las atinadas observaciones de Mariela Insúa Cereceda, que también han contribuido a enriquecer —mientras lo redactaba— este estudio preliminar.

[3] Tanto para la historia de la revista como para la importante labor poética de Amadoz en Río Arga, remito al trabajo fundamental de Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002.

[4] Según confiesa Amadoz, sus primeros y mejores poemas fueron sus hijos; y después, sus pacientes: un poema es algo que puede ser importante, pero mucho más lo es sacar adelante a una persona, que es un poema irrepetible.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución Príncipe de Viana), 2006.

«Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana»(1914), de Diego San José (y 3)

Ya hacia el final de la novela[1], don Juan comentará en un corrillo la muerte de don Fernando Pimentel, el hijo del conde de Benavente, ocurrida el día 7 de ese mismo mes, y señala: «De amores dicen que murió […], buena enfermedad es, y Dios me acabe de ella» (p. 18b). Y se incluye la advertencia, recogida en el relato tradicional de los hechos, de don Baltasar de Zúñiga, confesor del rey y tío del privado, quien le avisa: «Téngase y mire lo que habla y cómo habla, que tiene peligro de la vida» (p. 19b). Y nos acercamos así al desenlace: cuando regresa de Palacio a su casa en la calle Mayor, un hombre detiene en las Platerías el coche del conde, diciendo que trae un recado urgente para él; Villamediana se dispone a apearse sin ningún recelo y, cuando pone el pie en el estribo, el asesino con una ballestilla «asestole tal golpe en el pecho, que allí mesmo vació la vida del noble y aventurero poeta» (p. 20b), apostilla el narrador. Don Luis de Haro, amigo que le acompañaba, quiere ir tras el agresor, pero tropieza y cae sobre el conde, al tiempo que unos embozados resguardan al matador.

Manuel Castellano, Muerte del conde de Villamediana (1868). Museo del Prado (Madrid, España)
Manuel Castellano, Muerte del conde de Villamediana (1868). Museo del Prado (Madrid, España).

«Del asesino nada se supo, por fórmula solamente abriose una indagatoria, pero ya con el premeditado fin de no hallar al traidor…» (p. 20b). Sea como sea, queda memoria del nombre —Ignacio Méndez— de un guarda mayor de la Casa de Campo que se ha convertido en el brazo siniestro de Felipe IV, cuyos agravios secretos venga. Y este es el final de la novelita:

Nadie sabe si fueron o no ciertas las causas a que se atribuyen la mala muerte del conde en lo que atiende al enamoramiento con la reina Isabel, pero tanto empeño tuvo él en insinuarlo, que bien pudiera.

Creen los más que la venenosa pluma y el desaprensivo y franco decir fueron quienes trajéronle a este término desastroso.

Yo pienso que unos y otros se juntaron; pero muy a pesar del interés que mostró la villa toda y de los epigramas y elegías de los más notables ingenios, ninguno prevaleció; solo quedó como artículo de fe

que el matador fue Bellido
y el impulso soberano… (p. 20b).

Para concluir este somero análisis, solamente queda por decir que esta novela corta de Diego San José quizá no sea de una calidad literaria excepcional, pero no está exenta de interés, y creo que merece la pena recordarla por constituir un eslabón —uno más de los muchos existentes— de la larga cadena de recreaciones del conde de Villamediana —de su vida, sus andanzas y su muerte— desde el terreno de la ficción literaria[2].


[1] Diego San José, Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana. Hojas sueltas del libro de memorias de un pretendiente (contemporáneo del conde) que llegó a conseguir su pretensión. Publícalas ahora con licencia…, ilustraciones de Pedrero, Los Contemporáneos, núm. 306, 6 de noviembre de 1914.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «El conde de Villamediana en la narrativa histórica española del siglo XX: Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana (1914), de Diego San José», en Juan Manuel Escudero Baztán y Rebeca Lázaro Niso, El hacedor de las musas. Homenaje al Prof. Francisco Domínguez Matito, Logroño, Cilengua (Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española), 2023, pp. 359-368.

«Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana» (1914), de Diego San José (2)

Entre las damas despechadas por el conde en la novela[1], se suma ahora doña Francisca de Tabora, que, pese a los desdenes de don Juan, lo sigue amando. La narración reitera enseguida la idea de que la reina y Villamediana se han compenetrado: «Amor, padre de la Humanidad, los ha llamado a su reino» (p. 13), si bien doña Isabel trata de refrenar sus sentimientos:

Sin embargo, parece que la soberana, más prudente o más calculadora, dándose exacta cuenta de su importante papel en la comedia humana, no arriesga su honorabilidad, y solo parece que compromete su corazón.

Pero don Juan no quiere aquel amor de otra manera que engarzado en todas las dulces consecuencias que suele traer tan atrevido infante [el dios Amor], y cuando los celos del marido le acucian o el despecho le hiere, no muestra reparo alguno en ser imprudente y publicarlo mal rebozado en ingenio.

Muchos días ha que doña Isabel anda recelosa, temiendo que las osadías del conde caigan, si no en el rey (porque este, muy entretenido fuera de palacio, permanece ciego, sordo y mudo a todo, y más que a nada a los asuntos de Estado) en la maledicencia palaciega, y haya muy graves sucesos que lamentar.

Si ella tuviese suficiente entereza para cortar aquel idilio… (p. 13a-b).

Anónimo, Isabel de Borbón, reina de España, primera esposa de Felipe IV (c. 1620). Museo del Prado (Madrid, España)
Anónimo, Isabel de Borbón, reina de España, primera esposa de Felipe IV (c. 1620). Museo del Prado (Madrid, España).

La narración introduce los celos de la dama portuguesa doña Francisca, que se interpone en una escalera cuando Villamediana sube a ver a la reina y él la aparta de un empellón violento. Después el relato da entrada a varios elementos que forman parte de la leyenda tradicional: la reina, que espera al conde en sus aposentos, nota que alguien se coloca detrás de ella y le tapa los ojos; ella cree que es el conde, pero es el rey, y doña Isabel disimula diciendo que esperaba al conde… de Barcelona. Se refiere después lo relacionado con el incendio sucedido en los jardines de Aranjuez, en el estreno de La gloria de Niquea, en el que la soberana hace un papel mudo, la diosa de la Hermosura:

Don Juan, que ha encontrado esta ocasión para estar cerca de su imposible querer, no sale de palacio, y todo se le vuelve pasar el día ensayando la aparición de la hermosa deidad.

Por cierto que con ello da ocasión a mil impertinencias, y todo ha de venir a declarar el fuego que, como hombre presuntuoso y pagado de su estampa, no sabe hacer si no dice, que es de lo que afirman que las aventuras no se disfrutan bien sin la salsa picante del escándalo (p. 14b).

Cuando se produce el incendio durante la representación —el narrador deja claro en la p. 15b que ha sido él quien ha pagado a un paje para que prendiera fuego a unas telas—, doña Isabel desaparece «en brazos de su amoriado conde» (p. 15b):

Y cuando la confusión era más grande, que nadie se veía ni se entendía, por los más espesos senderos del jardín corría un caballero con una dama en los brazos.

—El fuego de mi corazón, que no otro alguno, es quien incendió el teatro —decía el galán—; y como pavesa divina vos trajo a mí; dos veces reina: de mi vida y de mi patria.

—¡Ay, Conde!, que nos habemos perdido —decía ella—. Pobres de nosotros.

—Pobres, no; felices, porque nos amamos.

Cerca sonaron voces de

—¡Aquí está la reina!

Y más chillonas que todas, la del bufón Miguelillo, que decía:

—¡La salvó Villamediana! (p. 14b ).

Tras este incidente, doña Isabel se muestra preocupada: el rey, taciturno y sombrío; Olivares, el nuevo valido, satisfecho porque «iba alcanzando el dorado logro de sus egoístas aspiraciones» (p. 16a); en fin, al conde se le ve solitario, acompañado solo de Góngora, los dos graves y silenciosos:

Dijérase que a don Juan de Tassis habíale embestido el amarillento mal de la ictericia, que diz que es la flor de la melancolía.

No se le veían más de los ojos y a aquella palidez con que denantes solíase peinar bigotes y melenas, ahora ha sustituido el desmayo y lacitud del sauce (p. 16a-b).

Más adelante se da entrada a los famosos sucesos de la fiesta de toros en los que el conde saca la divisa «Son mis amores…», comentada por la reina y apostillada por el rey: «Pues yo se los haré cuartos» (p. 18a); la indicación de doña Isabel: «Pica bien Villamediana» y el nuevo comentario dilógico del rey: «Pica bien; pero muy alto» (p. 18a), elementos que forman parte del anecdotario tradicional en la biografía del conde[2].


[1] Diego San José, Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana. Hojas sueltas del libro de memorias de un pretendiente (contemporáneo del conde) que llegó a conseguir su pretensión. Publícalas ahora con licencia…, ilustraciones de Pedrero, Los Contemporáneos, núm. 306, 6 de noviembre de 1914.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «El conde de Villamediana en la narrativa histórica española del siglo XX: Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana (1914), de Diego San José», en Juan Manuel Escudero Baztán y Rebeca Lázaro Niso, El hacedor de las musas. Homenaje al Prof. Francisco Domínguez Matito, Logroño, Cilengua (Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española), 2023, pp. 359-368.

«Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana» (1914), de Diego San José (1)

Se trata de una novela corta que se publicó el 6 de noviembre de 1914 como número 306 de la colección «Los Contemporáneos» (Madrid), con ilustraciones de Pedrero. Lleva una dedicatoria «A Joaquín Dicenta (hijo), que ha dramatizado conmigo el lamentable fin de don Juan de Tassis»[1]. Su título completo es: Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana. Hojas sueltas del libro de memorias de un pretendiente (contemporáneo del conde) que llegó a conseguir su pretensión. Publícalas ahora con licencia Diego San José. El autor recurre, en efecto, a la vieja técnica de los «papeles hallados»: lo que leemos es —supuestamente— la transcripción de lo escrito por un clérigo de Zaragoza que lleva cinco años en la Corte madrileña pretendiendo un arcedianato, que finalmente va a obtener. Mientras espera que se vaya resolviendo su asunto, se ha propuesto escribir cada día un pliego de las cosas vistas u oídas en Madrid, de forma que «al cabo hemos encontrado con una croniquilla un tanto extensa, la cual tiene por alma uno de los más famosos y cortesanos sucedidos que hanse visto en estas vegadas» (p. 1a-b)[2]. En su relato se dirige a un anónimo interlocutor al que designa con el respetuoso tratamiento de «S. E.». Y al final del texto se añadirá la coletilla «Por la transcripción y copia de los papeles, Diego San José».

Cubierta del libro Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana (1914), de Diego San José (1)

El relato (20 páginas a doble columna) se divide externamente en un «Breve preámbulo» y dos partes sin título que suman un total de 14 capítulos[3]. Cabe destacar en esta recreación la insistencia en los detalles relacionados con las sátiras poéticas de Villamediana:

Hasta el codo puede el bueno de Villamediana meter el brazo en el pozo de la sátira y, a puros golpes dellas, no dejar cosa a vida, que Dios se lo aumentará y ya que no remedios ni satisfacciones, dará a la villa que reír.

Al fin, esto es cosa que él hace con notable desenfado, y aunque todo el mundo sabe que ello ha de costarle pesadumbres que acaso le traigan que perder tanto como la vida, no está de más que estos gatos gubernamentales tengan su calderillo de agua hirviente que le[s] escalde los lomos de vez en cuando (pp. 3b-4a).

Y, efectivamente, la narración insiste en pintar la situación de España, con el rey Felipe III distraído con diversiones por la codicia de su favorito el duque de Lerma. El relato arranca con la vuelta del conde de su destierro en Italia:

A fe que viene el hombre más maldiciente e ingenioso que se fue. En los pocos días que lleva, ha héchose cargo de toda la mala marcha de las cosas del reino, y tales saetazos tira, que andan todos escocidos y con muy pocas ganas de encontrársele con salud, que todos hacen votos porque se muera presto y de carbunclo, que diz que es mala muerte.

De mano en mano corren unas coplillas que aunque pican que rabian, he de dar algunas, porque se vea hasta dónde llegan el desenfado y la desaprensión deste hombre (p. 4a-b).

Se transcribe completa la glosa de «El mayor ladrón del mundo / por no morir ahorcado / se vistió de colorado» (p. 4b) y también las décimas «Ya ha despertado el León…», «También Perico de Tapia…», «Salazarillo sucede…» y «El burgalés y el buldero…» (pp. 4b-5a)[4]. Y se cierra el capítulo con estos párrafos, que apuntan ya a varios posibles interesados en quitar de en medio al conde:

Mucho será que no se salgan con las suyas y vaya S. E., cuando menos lo piense, a hacerle sátiras y coloquios al mismo Satanás.

Pedro Verger, el alguacil de Corte, pónese de todos los colores del arcoíris en cuanto oye hablar de su difamador, y si en su enjundia estuviese como está en su ánima, no viviera el conde de aquí a una hora.

Mas oye decir que dicen que Tassis tiene razón en aquellas cosas que le señalan de su mujer, y calla por no traer más gente con la protesta.

Los hijos de Jorge de Tobar también andan rondando su venganza, y a fe que harto me temo que puedan ser aquestos quienes lleguen a conseguirlo, que a la verdad que el maldiciente ha puesto a la familia que parece moquero de acatarrado.

Yo en lo que a mí respecta, y aunque muy aficionado soy del conde, si diere con algún procaz y deslenguado que acumulara contra la honra de mi padre tantas impertinencias cuando no calumnias, cerrara contra él como pudiera, maguer que fuese a puñaladas si el caso apretado no diese lugar a las razones.

A fe que para S. E. todo el mundo es contrahecho de los ojos, pues nadie le mira bien (p. 6b).

El relato refiere que Villamediana, tras volver del destierro en Italia, hace amistad con la reina y comparte sus aficiones poéticas con el monarca:

Villamediana, que diz que ha parecido muy bien a madama Isabel, ha sido nombrado su gentilhombre, y repuesto en su antiguo cargo de Correo mayor.

Su ingenio ático parece que es muy bien recibido de las augustas personas, y entre el monarca y él han cruzádose muy donosas composiciones, que es fama que también al nuevo rey entiéndesele muy lozanamente de achaque de rimas. Y antes le parece mejor una academia de poetas que un Consejo de Estado (p. 12a)[5].


[1] Joaquín Dicenta hijo es autor de una pieza teatral sobre Villamediana, Son mis amores reales…, estrenada el año 1925… Al parecer, Dicenta y Suárez Bravo escribieron otra pieza dramática en colaboración, que no se nos ha conservado. Dicenta sería también autor de un romance titulado «La misteriosa muerte del conde de Villamediana» (mencionado por Alonso Cortés, pero no localizado, tampoco por Rozas). Al año siguiente, 1915, Diego San José publicaría una novela más extensa sobre Villamediana, El libro de horas, que pretendo estudiar próximamente. Una valoración (negativa) de Amoríos reales puede verse en José Ángel Rodríguez Martín, «Villamediana, un clásico como fuente de inspiración contemporánea», Cuadernos para investigación de la literatura hispánica, 8, 1987, pp. 157-166; ver también Isabel Román Román, «El conde de Villamediana», en La mitificación del pasado español: reescrituras de figuras y leyendas en la literatura del siglo XIX, ed. Elizabeth Amann, Fernando Durán López, María José González Dávila, Alberto Romero Ferrer y Nettah Yoeli-Rimmer, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2018, pp. 161-162.

[2] El relato está plagado de arcaísmos para dar la sensación de época: vegadas, mesmo, dellos, destos, diz que, magüer [sic, como figura escrito habitualmente en textos del siglo XIX, por maguer], denantes, asaz, fuérales posible, vos trajo, habemos perdido…

[3] La «Parte primera» consta de cinco capítulos numerados en romanos: «En que el cronista trae a cuento las nuevas de la Corte y retorno a ella de don Juan de Tassis», «Comiénzanse de nuevo las sátiras del conde contra los más encumbrados próceres», «Todos contra el conde», «Cuentos y chismes de la Corte» y «En donde, luego de otras cosillas, cuéntase el destierro de Villamediana». La «Parte segunda» incluye nueve capítulos, aunque existe un error en la numeración pues hay dos capítulos numerados como II: «En que se da noticia de la muerte del rey», «Comienzos del nuevo reinado y preliminares del fin de Villamediana», «Donde se da cuenta del secreto diálogo que cierta mañana tuvieron dos altos palaciegos, y en el que se ve que Villamediana camina rápidamente hacia su lamentable fin», «En que prosigue el anterior en forma historial y como es de presumir que haya acontecido», «La jornada de Aranjuez. La gloria de Niquea, comedia que don Juan de Tassis compuso “alevosamente” para festejar el cumpleaños del rey.- Una piedra más en el monumento funerario que él mismo iba construyéndose», «Después de la quema», «Aquella fiesta de toros», «De cómo hay gente para todo» y «Y así murió el conde».

[4] Y algunas composiciones más: el soneto «Aquí vivió la Chencha, aquella joya» (p. 6a) y otro soneto contra Córdoba, «Gran plaza, angostas calles, muchos callos…» (p. 6a). Para este corpus de poesía satírica de Villamediana ver ahora el volumen Poesía de sátira política y clandestina del Siglo de Oro. Antología esencial. Volumen I. Reinados de Felipe III y Felipe IV, edición dirigida por Ignacio Arellano (2023).

[5] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «El conde de Villamediana en la narrativa histórica española del siglo XX: Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana (1914), de Diego San José», en Juan Manuel Escudero Baztán y Rebeca Lázaro Niso, El hacedor de las musas. Homenaje al Prof. Francisco Domínguez Matito, Logroño, Cilengua (Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española), 2023, pp. 359-368.

El conde de Villamediana en la ficción literaria

Resulta difícil, al acercarse a la figura y a la obra de Juan de Tassis y Peralta (Lisboa, h. 1582-Madrid, 1622), escapar al poderoso influjo de su leyenda[1], que lo ha convertido en prototipo de enamorados, en un nuevo Macías, patrón de todo idealismo amoroso. En Villamediana, vida, leyenda y poesía parecen querer darse la mano a cada instante[2]. Es más, el conde de Villamediana ha quedado convertido con mucha frecuencia en personaje de ficción —ya sea protagonista, ya secundario—, en obras literarias de los más variados géneros pues, en efecto, se le ha dado entrada en numerosas piezas narrativas (novelas y poesías narrativas) y teatrales, y también ha sido evocado, aunque en menos ocasiones y con otros enfoques, en el territorio de la poesía lírica. Ya Roberto Castrovido, en su artículo «El caso Villamediana» publicado en La Voz el 22 de mayo de 1928 (una reseña del conocido libro de Alonso Cortés), se refería a varios de los procesos de ficcionalización de la vida del noble poeta que conforman todo un «ciclo literario»:

En romances, coplas, dramas, comedias, novelas y novelones ha andado la leyenda de Villamediana, con sus amores reales, con el incendio que puso trágico remate a La Gloria de Niquea, con sus sátiras, con sus lances en el juego y en el amor, con sus ostentaciones en Nápoles, con sus destierros y con su horrible muerte, violenta, criminal y misteriosa. La historia política y la literaria han estudiado también la vida alegre y la muerte triste del poeta discípulo de Góngora. De él han escrito historias, romances, comedias, baladas, novelas, ensayos Céspedes y Meneses, Antonio Hurtado de Mendoza, el conde de Saldaña, Luis Vélez de Guevara, López de Haro, Patricio de la Escosura, Ángel Saavedra, duque de Rivas, Hartzenbusch (en su drama Vida por honra y en un discurso académico), D. Vicente Barrantes, Eguílaz, Antonio de Hurtado (no el de Mendoza, sino el de El haz de leña), Cotarelo y Dicenta (de cuya obra Son mis amores reales… dice D. Alonso Narciso Cortés que es innegablemente la mejor), Fernández y González, Orellana, San Martín, Diego San José, y el opúsculo que pone término al que podemos llamar ciclo literario, La muerte del conde de Villamediana, por Narciso Alonso Cortés (Valladolid, 1928), que hace la revelación y convierte en caso clínico al héroe de leyenda…[3]

El conde de Villamediana, de Emilio Cotarelo y Mori

Igualmente, el propio Narciso Alonso Cortés comentaba ese paso a la literatura de la figura del conde y sus célebres «amores reales»: «La literatura se apoderó de la gallarda y arrogante figura del conde de Villamediana, para llevarla a sus obras. ¿Había nada más propicio al interés que aquellos amores reales, con sus trágicas consecuencias?»[4]. Y, después de enumerar algunas de las piezas que inspiró, valora con estas palabras la aproximación a la figura del conde desde la narrativa romántica:

Muy numerosas son las novelas en que, con más o menos relieve, Villamediana ha salido a relucir. Fernández y González, Francisco J. Orellana, Antonio de San Martín y últimamente Diego San José, le han introducido en sendas novelas [cuyos títulos son, respectivamente, El Conde-Duque de Olivares, Quevedo, Aventuras de don Francisco de Quevedo y Villegas y El libro de horas]. En poder de los novelistas el conde es, por lo general, un personaje inverosímil y absurdo. Y no digamos nada cuando el relato, chabacano y torpe, va envuelto en una fabla que no se fabló nunca, cuyo principal resorte, entre inelegantes giros modernos que hacen aún más descabellado el intento, consiste en usar impropiamente tal cual palabra arcaica y en menudear la asimilación del pronombre (dalle, tomalle), o hacerle incorrectamente enclítico (el libro que trajéronme). Hay quien, como San Martín, describe a Villamediana de igual modo que si le estuviera viendo, con su «rostro ovalado, pelo castaño y abundante, ojos rasgados y negros, labio desdeñoso», etcétera, etc. El de Orellana, que lee también sonetos con acróstico, cae asesinado en presencia de una máscara con dominó (!), que no es sino el conde-duque de Olivares. En cambio, en la novela de Fernández y González es Quevedo quien asiste al asesinato y persigue al criminal hasta darle alcance; Villamediana no ama a la reina, y sólo por vanidad hace que la opinión pública le crea su amante, hasta el punto de que la misma doña Isabel es quien, indignada por esta conducta, autoriza la muerte. El Villamediana de Diego San José traiciona a un amigo, cría hijos con amas aldeanas, dice que «uno es el amor del corazón y otro el de la pretina», y hace que Lucinda, una dama muy mal hablada, apele a las eficacias de un abortivo[5].

Aunque no muchos, existen ya algunos acercamientos críticos a esta materia de la presencia del conde de Villamediana en la ficción literaria[6]. Yo mismo, en un par de trabajos anteriores[7], he analizado diversas recreaciones teatrales y narrativas, que van del Romanticismo a nuestros días, en las que interviene como personaje principal. Ahora (en sucesivas entradas) me propongo añadir un nuevo comentario, concretamente de una obra narrativa de principios del siglo XX: Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana (1914), de Diego San José[8].


[1] «Villamediana, carne de leyenda» titula Felipe B. Pedraza Jiménez uno de los apartados de su prólogo a las Obras (Facsímil de la edición príncipe, Zaragoza, 1629) del conde (Aranjuez, Editorial Ara Iovis, 1986).

[2] Los trabajos de conjunto más importantes para el estudio de la figura y obra de Villamediana son los de Juan Eugenio Hartzenbusch, Discursos leídos ante la Real Academia en la recepción pública de don Francisco Cutanda, el 17 de marzo de 1861, Madrid, Rivadeneyra, 1861; Emilio Cotarelo y Mori, El conde de Villamediana. Estudio biográfico-crítico con varias poesías inéditas del mismo, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1886 (hay edición moderna: Madrid, Visor Libros, 2003); Narciso Alonso Cortés, La muerte del conde de Villamediana, Valladolid, Imprenta del Colegio Santiago, 1928; Juan Manuel Rozas, El conde de Villamediana. Bibliografía y contribución al estudio de sus textos, Madrid, CSIC, 1964; Luis Rosales, Pasión y muerte del conde de Villamediana, Madrid, Gredos, 1969; Luis Martínez de Merlo(ed.), El grupo poético de 1610. Villamediana y otros autores, Madrid, S. A. de Promoción y Ediciones / Club Internacional del Libro, 1986; Felipe B. Pedraza Jiménez, «Prólogo», en Conde de Villamediana, Obras (Facsímil de la edición príncipe, Zaragoza, 1629), Aranjuez, Editorial Ara Iovis, 1986, pp. vii-xliv; y los estudios de José Francisco Ruiz Casanova en sus ediciones de Poesía impresa completa (Madrid, Cátedra, 1990) y Poesía inédita completa (Madrid, Cátedra, 1994), entre otros.

[3] Roberto Castrovido, «El caso Villamediana», La Voz, 22 de mayo de 1928.

[4] Alonso Cortés, La muerte del conde de Villamediana, p. 29. En la edición de las Poesías de Juan de Tasis, conde de Villamediana de Madrid, Editora Nacional, 1944, a cargo de L. R. C., se habla de «su vida, confundida y entreverada con la leyenda» (s. p.). Ver, desde otras perspectivas, Pascual de Gayangos, «La Corte de Felipe III y aventuras del conde de Villamediana», Revista de España, julio-agosto de 1885, pp. 5-29; y Julio González Alcalde, «Juan de Tarsis, conde de Villamediana: una vida novelesca en el Madrid del siglo XVII», Pasea por Madrid: historia, turismo cultural y tiempo libre, 3, 2014, pp. 12-20.

[5] Alonso Cortés, La muerte del conde de Villamediana, pp. 41-42.

[6] Remito a José Antonio Rodríguez Martín, «Villamediana en la poesía decimonónica», en Homenaje a Pedro Sainz Rodríguez, vol. 2, Estudios de lengua y literatura, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1986, pp. 537-554; José Ángel Rodríguez Martín, «Villamediana, un clásico como fuente de inspiración contemporánea», Cuadernos para investigación de la literatura hispánica, 8, 1987, pp. 157-166; María del Carmen Rincón Martínez, «Juan de Tasis y el teatro del siglo XIX», Cuadernos para la investigación de la literatura hispánica, 8, 1987, pp. 123-130; González Alcalde, «Juan de Tarsis, conde de Villamediana: una vida novelesca en el Madrid del siglo XVII», cit.; Yasmina Reviriego, «La figura del conde de Villamediana convertida en personaje literario de la mano de escritores de los siglos XIX y XX», en su blog Viaje al desbordante barroco, febrero 29, 2016, <http://viajealdesbordantebarroco.blogspot.com.es/2016/02/la-figura-del-conde-de-villamediana.html&gt;; e Isabel Román Román, «El conde de Villamediana», en La mitificación del pasado español: reescrituras de figuras y leyendas en la literatura del siglo XIX, ed. Elizabeth Amann, Fernando Durán López, María José González Dávila, Alberto Romero Ferrer y Nettah Yoeli-Rimmer, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2018, pp. 159-172.

[7] Carlos Mata Induráin, «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, ed. Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95; y «El conde de Villamediana desde la ficción literaria: cuatro calas en la novela histórica», Criticón, en prensa, donde ofrezco un listado —provisional— de estas recreaciones literarias villamedianescas que supera la treintena de títulos.

[8] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «El conde de Villamediana en la narrativa histórica española del siglo XX: Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana (1914), de Diego San José», en Juan Manuel Escudero Baztán y Rebeca Lázaro Niso, El hacedor de las musas. Homenaje al Prof. Francisco Domínguez Matito, Logroño, Cilengua (Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española), 2023, pp. 359-368.

Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri: final

La primera característica que podemos destacar tras este acercamiento a las tres primeras novelas históricas de Ángeles de Irisarri es la mezcla de la rigurosidad y veracidad históricas con un planteamiento esencialmente humorístico. Todas sus obras constituyen miradas desenfadadas a épocas y personajes del pasado geográficamente más cercano a la escritora (se inspira preferentemente en sucesos de la historia de Navarra, Aragón y Cataluña). Tienen en común su punto de partida en situaciones disparatadas, raras, extrañas, poco habituales, a menudo grotescas: una corajuda reina viuda que hace un viaje de cientos de kilómetros acompañando a su nieto craso y a su hijo melancólico en una torre de asalto; un monje de San Juan de la Peña que durante varias décadas sube a lo alto de una atalaya para otear las estrellas y esperar la venida de un cometa; una anciana condesa que recorre su territorio encerrada en un baúl, con otro cortejo de baúles similares para sus damas, y que desea llegar a la isla de Avalón para lograr la inmortalidad, etc., etc. Ese presentar los hechos y personajes históricos pasados pasados por el tamiz del humor proporciona a la narrativa de Ángeles de Irisarri una nota de originalidad y frescura que se echa en falta en otras piezas del mismo subgénero.

Ángeles de Irisarri

Ahora bien, esa mirada desenfadada no resta un ápice a la cuidada ambientación histórica de sus relatos. Por supuesto, muchos de los personajes y parte de las acciones narradas pertenecen al territorio de la ficción; pero el marco general que les sirve de fondo es muy cuidado y los datos históricos que van salpicando las páginas de las tres novelas permiten al lector hacerse una idea muy acertada de la época evocada. Más que la gran historia, más que los nombres de los reyes y caudillos, de las batallas decisivas, lo que importa aquí es la exactitud del detalle, la minuciosa captación de la vida cotidiana: la comida, el vestido, los usos y costumbres de las gentes, las modas, etc.

Otros rasgos destacados son la presencia en todas sus novelas de algún elemento sobrenatural y el acabado retrato de mujeres fuertes (Toda, Ermessenda), así como la reflexión sobre el papel de la mujer en aquellos lejanos tiempos del medioevo. Desde el punto de vista narrativo, las novelas históricas de Ángeles de Irisarri se caracterizan por su sencillez constructiva y de técnicas estructurales: narrador omnisciente, linealidad cronológica; en Ermessenda hay ciertos apuntes de perspectivismo narrativo, pero no es el experimentalismo lo que más importa en estas obras (sí lo será en mayor medida en otra novela de la autora, El año de la inmortalidad). En suma, su humor desbordante y su extraordinario manejo de la historia son los dos ingredientes básicos que confieren originalidad a las novelas históricas de esta escritora aragonesa que, de seguro, seguirá sorprendiéndonos gratamente con nuevas y amenas obras literarias[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

«El estrellero de San Juan de la Peña» (1992) y «Ermessenda, condesa de Barcelona» (1994) de Ángeles de Irisarri

No puedo detenerme demasiado en el comentario de las dos novelas históricas siguientes de Ángeles de Irisarri, El estrellero de San Juan de la Peña (Zaragoza, Mira, 1992) y Ermessenda, condesa de Barcelona (Barcelona, Lumen, 1994). Por lo demás, sus características técnicas y estructurales son muy similares a las de Toda, reina de Navarra. En ambas encontramos el mismo dominio del entramado histórico y la misma partida de situaciones grotescas o, cuando menos, inusuales: en El estrellero, el protagonista es un monje destinado al monasterio pinatense, Aimerico de Thomières, que pasa varios años de su vida esperando la llegada de un cometa (el Halley, documentado en el año 1066). Esta circunstancia le permite conocer a otros sabios extranjeros, que le visitan en su rincón del Pirineo de Huesca y exponen sus ideas sobre los más variados asuntos. Juntos tendrán ocasión de reflexionar sobre la llegada del extraño hombre que camina hacia atrás, en un intento de remontarse a sus desconocidos orígenes.

Cubierta del libro El estrellero de San Juan de la Peña, de Ángeles de Irisarri

La acción de la otra novela, Ermessenda, ambientada en los albores del siglo XI, comienza el día de la boda del conde Ramón Berenguer y la bella doña Almodis. Por esta belleza el magnate ha repudiado a su esposa doña Blanca que —se insiste varias veces en ello— «no era buena para la cama». El primer párrafo resume bien el planteamiento ridículo, casi bufo, del que se parte:

Apenas el cortejo de bodas de don Ramón Berenguer y doña Almodis había atravesado el portón grande del palacio condal, ya corría el rumor, por toda Barcelona, de que doña Ermessenda, la ancianísima abuela del contrayente, enojada hasta la sinrazón, había vaciado un viejo baúl y, tras esparcir los ricos trajes que contenía por la cámara, se había introducido en él para vivir el resto de sus días, sin dejar de gritar, desde que supo de la llegada de los esposos, que no vería jamás a doña Almodis pues que era puta sabida (p. 11).

El planteamiento es muy similar al de El viaje de la reina, y toma asimismo como punto de arranque una situación ridícula: una anciana que ha detentado el poder y que se resiste a dejarlo inicia una protesta que consiste en encerrarse con sus damas en un arcón y recorrer el territorio catalán en tan extravagante medio de locomoción, cual nuevo Diógenes femenino metido en su tonel. El narrador nos da pistas sobre el carácter excéntrico de la situación al hablar de «aquel palacio, donde todo parecía locura» y de «aquel dislate» (p. 19). Toda la novela, formada por treinta secuencias narrativas, sin numeración, más una última que funciona a modo de epílogo, es una sucesión de episodios divertidos, cuando no delirantes. La obra se cierra con una «Nota de la autora» en la que explica que los hechos narrados en su novela ocurrieron en un periodo que abarca entre siete y ocho años, pero que por licencia literaria los ha reducido a diez meses, concentrando temporalmente los acontecimientos.

También en este texto aporta Ángeles de Irisarri algunas ideas sobre la condición femenina, por ejemplo, se aboga por la igualdad de derechos de hombres y mujeres: «… salvo en las cosas de la guerra, reflexionaba Ermessenda, tanto es el hombre como la mujer en el sostén del mundo» (p. 54)[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.