Semblanza literaria de Narciso Serra

Para hacernos una idea de la personalidad de Narciso Serra, poeta y dramaturgo romántico, transcribo aquí un párrafo de José Fradejas Lebrero, donde da entrada a sendas citas de Fernández Bremón y Blasco que lo evocan en su juventud y en su madurez, respectivamente:

De joven «era un mozalbete rubio y sonrosado, de ojos muy azules, aunque de corta estatura, airoso y lindo» que [salía] «en los días de gala, envuelto en su coraza… entonces era delgado y esbelto… las actrices o escritoras en embrión y señoritas alegres o modistas… se disputaban su saludo, y decían sonriéndose maliciosamente: —Ahí va Narciso Serra» (Fernández Bremón).

Pero en su prematura vejez nos lo muestran sus retratos así: «Era un hombre de regular estatura, fornido, grueso, rubio, con ojos azules vivos y penetrantes, calvo, descolorido, de rostro carnoso, ancho de hombros, achaparrado… Él aseguraba que de todo tenía figura menos de poeta, y decía verdad. Como Manuel del Palacio, más parecía un hombre de negocios que un escritor. Era, según expresión de Ventura de la Vega, un militarucho que llevaba escondido dentro un gran poeta» (Eusebio Blasco)[1].

El mismo Fradejas Lebrero recoge algunas anécdotas que demuestran que poseía dotes poéticas desde la infancia. En el terreno lírico, se dio a conocer con sus Poesías líricas en 1848; publicó también algunos romances de ciego y La confesión de un muerto (1875), cuento en verso dedicado a Alfonso XII. Así enjuicia el editor de La calle de la Montera la producción poética de Serra:

En su poesía paga tributo al romanticismo con una serie de leyendas: Matador y santo (San Macario), Un castigo por amor (los hermanos Carvajales) y a la poesía amorosa […]. Se distingue en dos facetas: la jocosa y la seria que, a su vez, se subdividen en humana y religiosa. Su carácter alegre e improvisador —lo mismo daba un recado que transmitía una orden militar o solicitaba crear un periódico en verso—, se toma a sí mismo como sujeto poético: Ése soy yo, ¿Con quién me caso? o El buey suelto; o escribe ligeros, irónicos y breves epigramas sobre actores y dramaturgos, quienes, riéndose, nunca se ofendieron[2].

Y recuerda también algunas ocurrencias suyas que dieron pie a las llamadas obras sueltas de Serra. De entre sus poesías, cabe destacar las dedicadas a su madre y a la Virgen María.

NarcisoSerra

Como dramaturgo, Narciso Serra es autor de más de cuarenta piezas teatrales, que escribió él solo o en colaboración con otros autores como Miguel Pastorfido, L. M. de Larra, Pina Domínguez o Juan Dot y Michans. Algunas de ellas fueron compuestas con cierta premura de tiempo, de ahí que sean desiguales en cuanto a su calidad literaria. Algunas de ellas recuerdan el estilo romántico de Zorrilla, como El reló de San Plácido, con la que obtuvo un gran éxito en 1858, o Con el diablo a cuchilladas (1854). También adaptó obras dramáticas del Siglo de Oro, como Amar por señas de Tirso de Molina. Pero fundamentalmente es recordado por sus obras El loco de la guardilla. Paso que pasó en el siglo XVI (1861) y su segunda parte, El bien tardío (1867), ambas sobre con Cervantes como protagonista, La boda de Quevedo (1854), La calle de la Montera (1859), comedia escrita para explicar el origen del nombre de esa calle madrileña, o ¡Don Tomás! (1867). Algunas de estas piezas no son comedias, sino zarzuelas[3], y otras se presentan bajo los marbetes de proverbio, balada, pasillo, sainete, juguete cómico, etc. Rodríguez Sánchez valora así el conjunto de su obra dramática:

Continuador en lo teatral de la fórmula costumbrista de Bretón, aunque también compuso dramas románticos al estilo de Zorrilla, Serra mostró una gran facilidad para el verso y cierta habilidad para componer la trama de sus obras y cargar los argumentos de emotividad. Escribió un buen número de piezas teatrales, que en su época tuvieron mucho éxito, aunque hoy apenas se valoran[4].

El propio Serra, en el prólogo a sus Leyendas, cuentos y poesías originales hace balance en 1876 de sus escritos:

El que traza penosamente hoy estas líneas escribió con pluma fácil en otro tiempo las obras de teatro intituladas La boda de Quevedo, El reló de San Plácido, Don Tomás, Un hombre importante, Luz y sombra, El loco de la guardilla y bastantes más.

Por su parte, Fradejas Lebrero clasifica sus mejores obras en los siguientes apartados:

1) Obras de inspiración barroca: Con el diablo a cuchilladas (1854, comedia romántica), La boda de Quevedo (1854, comedia de capa y espada), El reló de San Plácido (1858, comedia romántica) y La calle de la Montera (1859, comedia de capa y espada).

2) Obras costumbristas: El todo por el todo (1855), El amor y la Gaceta (1863) y Don Tomás (1867).

3) Sainetes y zarzuelas: El último mono (1859, zarzuela), El loco de la guardilla (1861, zarzuela), A la puerta del cuartel (1867), Luz y sombra (1867, zarzuela).

En fin, también nos ayuda a la valoración de su obra dramática este ramillete de opiniones recogido por el mismo crítico[5]:

Sin ser amigo del señor Serra, sin conocerle, y sin que me mueva simpatía, afecto hacia él o esperanza de ganarme el suyo, y de que se me muestre agradecido, voy a corroborar aquí, ex cathedra crítico literaria, la opinión del público que le apellida ingenioso, elegante y discreto poeta cómico… el primer poeta cómico de España, después de Bretón (Juan Valera).

Era Serra un poeta fácil, galano, espontáneo, sencillo… apto para pintar sentimientos delicados y tiernos… aficionado ante todo al chiste, que siempre manejó con soltura y naturalidad. Ser poeta era en Serra tan natural como lo es en los pájaros ser cantores… Era un hombre nacido para hacer versos y decir chistes. Heredero legítimo del autor de Marcela, tan natural y fácil como éste, pero con mayor delicadeza de sentimientos (Revilla).

Fue uno de los escritores más originales de nuestro moderno teatro (Diccionario enciclopédico hispano-americano).

Narciso Serra, aunque volandero y superficial, por más espontáneo y sin pretensiones, sobre todo de algunos esbozos de costumbres, pintorescos, chispeantes, de una jovialidad fresca y viva (José Yxart).

Serra no sólo compartía el sentimentalismo de Eguilaz; tenía también amor a los artificios, extremosidades y sorpresas románticas, y las obras en que intenta un estudio detenido de la vida real son mucho menos numerosas que sus obras más imaginativas, escritas bajo la influencia del Siglo de Oro o del romanticismo de 1833 (Edgar Allison Peers).


[1] José Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, Madrid, Castalia / Comunidad de Madrid, 1997, p. 13.

[2] Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, pp. 14-15.

[3] Algunas de ellas con muy pocas canciones, y con la indicación final del autor de que pueden representarse como comedias suprimiéndose las partes cantadas.

[4] Tomás Rodríguez Sánchez, «Serra, Narciso», en Catálogo de dramaturgos españoles del siglo XIX, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1994, p. 554a.

[5] Todas las opiniones que siguen están recogidas por Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, pp. 20-21.

«Los peligros de Madrid» (1646) de Bautista Remiro de Navarra (y 3)

En definitiva, como hemos podido ver en las dos entradas anteriores, Los peligros de Madrid de Bautista (Baptista) Remiro de Navarra constituyen una guía y aviso para forasteros, una brújula para navegar por el proceloso mar de la Corte madrileña sin naufragar en los escollos de damas pidonas, para no dejarse arrastrar por los bellos cantos de tan engañosas sirenas[1]. La crítica ha destacado la habilidad del autor en el retrato de sus personajes. Así, Antonio José Rioja Murga escribe:

A nuestro modo de ver, los personajes remirianos constituyen, sin lugar a dudas, un verdadero ejercicio de maestría literaria, ya que se muestran como auténticos paradigmas de los personajes-tipo, amén de prestar un valioso servicio a la intención de un autor que se adivina costumbrista[2].

Un costumbrista madrileñoEste estudioso aboga por rescatar esta «curiosa, misógina y divertida obra del injusto ostracismo literario al que se ha visto forzada». Reconoce que, aunque no se trata de una pieza maestra de nuestra literatura aurisecular, no por ello carece de interés y méritos literarios, y la califica de «pintoresco retablo costumbrista»[3]. Del mismo modo, José Esteban ha destacado la «excelente intuición costumbrista» del autor, que sería el «primer costumbrista madrileño». En efecto, Remiro de Navarra se adelanta a otros autores como Juan de Zabaleta (El día de fiesta por la mañana, 1654, y El día de fiesta por la tarde, 1660) o Francisco Santos (Día y noche de Madrid, 1663). Terminaré esta sucinta evocación citando de nuevo a Arredondo, quien afirma que estamos ante un libro atípico, que no es propiamente una novela cortesana, ni tampoco una grave reflexión moral sobre los vicios y pecados:

Lo más curioso de Los peligros de Madrid es, precisamente, esa mezcla de temas apicarados, estructuras narrativas y digresiones varias de un autor omnipresente, que envuelve todo en agudezas conceptistas para insertarlo en ambientes, calles, costumbres, fiestas y tipos madrileños[4].

Y más adelante, tras señalar que la obra interesa por ser pieza representativa de la prosa conceptista, añade que, desde el punto de vista del género narrativo, constituye

un curioso libro de avisos, ya que su contenido no es estrictamente noticioso, ni exclusivamente moralizador. Ese tono de Los Peligros…, ambiguo, fluctuante entre el relato apicarado y las obras de consejo y reflexión, marca un punto de inflexión entre las narraciones apicaradas de Salas Barbadillo, las digresiones de ideología conservadora de Castillo Solórzano, la vena satírica de Vélez de Guevara en El Diablo Cojuelo, y las moralizaciones dogmáticas, ejemplarizantes y “costumbristas” de Zabaleta y Santos[5].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Antonio José Rioja Murga, «Sobre Los peligros de Madrid de Baptista Remiro de Navarra (1646)», Angélica. Revista de Literatura, 5, 1993, p. 141. Sobre el autor y el libro, ver además Agustín G. de Amezúa y Mayo, Un costumbrista madrileño olvidado del siglo XVII, Madrid, Instituto de Estudios Madrileños, 1956; Herman Iventosch, «Spanish Baroque Parody in Mock Titles and Fictional Names», Romance Philology, XV, 1, 1961, pp. 29-39; Fernando González Ollé, «Conceptismo y crítica textual. A propósito de Los peligros de Madrid», en Studia Ibérica: Festchrift für Hans Flasche, Berna, A. Francke, 1973, pp. 189-196; Lee Fontanella, «Peligros de Madrid», en Poemas y ensayos para un homenaje, Madrid, Tecnos, 1976, pp. 67-79; Antonio María Soledad Arredondo, «Avisos sobre la capital del orbe en 1646: Los peligros de Madrid», Criticón, 63, 1995, pp. 89-101; y Alberto Rodríguez Rípodas, «Remiro de Navarra y Los peligros de Madrid», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine, Carlos Mata Induráin (eds.), Textos sin fronteras: literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 399-414.

[3] Rioja Murga, «Sobre Los peligros de Madrid de Baptista Remiro de Navarra (1646)», p. 144.

[4] María Soledad Arredondo, introducción crítica a Baptista Remiro de Navarra, Los peligros de Madrid, Madrid, Castalia /Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1996, p. 14.

[5] Arredondo, introducción a Los peligros de Madrid, p. 24.

Néstor Luján: «Decidnos, ¿quién mató al conde?» (1987)

Decidnos, ¿quién mató al conde?, de Néstor LujánLas dos obras mencionadas en entradas anteriores, La vida cotidiana en el Siglo de Oro español y Madrid de los últimos Austrias, redactadas ambas con un tono eminentemente divulgativo, ponen de manifiesto el interés de Néstor Luján por la época y demuestran su amplio conocimiento acerca de ella: personajes, espacios, ambientes, modas, usos sociales… Constituyen, por así decir, la base teórica para sus ficciones ambientadas en el Siglo de Oro, para sus novelas históricas, la primera de las cuales fue Decidnos, ¿quién mató al conde?, que apareció el año 1987[1]. El título es un intertexto literario, tomado del segundo verso de una décima atribuida a Góngora:

Mentidero de Madrid,
decidnos quién mató al Conde;
ni se sabe ni se esconde,
sin discurso discurrid:
dicen que lo mató el Cid
por ser el Conde Lozano;
¡disparate chabacano!
La verdad del caso ha sido
que el matador fue Bellido
y el impulso soberano[2].

En unas palabras explicativas preliminares indica Luján que «Se trata simplemente de una novela de capa y espada, histórica y truculenta» (p. 15). La acción arranca a partir del 21 de agosto de 1622, fecha de la muerte del conde de Villamediana, y plantea con verosimilitud diversas hipótesis posibles sobre su causa, con distintos agentes y móviles. En este sentido, su segunda novela, Por ver mi estrella María, cuya acción ocurre en el año de 1623, vendrá a ser una continuación cronológica de la primera. Además, reaparecerán en ella algunos personajes de la anterior: el conde de Bristol, el duque de Buckingham, y sobre todo María de Coutiño[3] y el alemán Hugo von Stein, que es precisamente quien investiga el asesinato del aristócrata[4].

Entrada sobre Juan de Tassis, conde de Villamediana, en Wikipedia:
http://es.wikipedia.org/wiki/Conde_de_Villamediana


[1] Utilizo la edición de Barcelona, Plaza & Janés, 1998. El personaje de Villamediana, y su violenta muerte, ha inspirado también a otros autores de novela histórica.

[2] Los mentideros eran ciertos espacios de la Villa y Corte donde los madrileños se reunían para conversar y compartir noticias y rumores. Los más famosos fueron el de representantes en la plazuela del León, el de las losas de Palacio (en la parte delantera del Alcázar Real) y las gradas de la iglesia de San Felipe, en la Puerta del Sol.

[3] En el índice de personajes leemos: «Prima de las Tabora. Delicada y amorosa. Enamoró al caballero alemán Von Stein, con quien casó, después de largos y encendidos empeños. Pero ésta es una historia que quizá otro día se contará» (p. 283).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

«La vida cotidiana en el Siglo de Oro español», por Néstor Luján

La vida cotidiana en el Siglo de Oro español, de Néstor LujánEn el conjunto de su producción de tipo histórico-divulgativo, Néstor Luján cuenta con dos obras tituladas La vida cotidiana en el Siglo de Oro español  (1988) y Madrid de los últimos Austrias (1989), libros cuya publicación viene a coincidir cronológicamente con el tratamiento de temas y personajes del Siglo de Oro en forma de ficción narrativa. En la «Introducción» del primero de ellos (manejo la 6.ª ed., Barcelona, Planeta, 1991) afirma Luján que «La España del siglo XVII es, a no dudar, uno de los momentos estelares más resplandecientes y más tornasolados de desesperanza de la historia de cualquier pueblo» (p. 9). Y destaca que se trata de una época en la que se da una muy rara paradoja: «tantos problemas, tantos fracasos, tantos desengaños y desesperanzas, corresponden a un momento literario y artístico único» (p. 10). Tras reconocer la deuda de su trabajo con otros libros sobre la misma materia, como los conocidos de José Deleito y Piñuela, indica que su aportación pretende ser un

acercamiento a la realidad palpitante de una época excepcional […] una época inmortalizada por la literatura, el arte, el ansia vital de cumplir con ideales religiosos y políticos, espirituales y materiales: todo lo que, palpitante de vida, contribuye a entender la vida cotidiana, tan rica y varia, del inicio del derrumbamiento material de un imperio (p. 12).

La vida cotidiana en el Siglo de Oro español se articula en nueve capítulos: «Mercados, tabernas, posadas», «De la cocina palaciega a la sopa boba» (completado con un «Vocabulario gastronómico»), «La moda masculina y femenina», «Los españoles ante el espejo», «Del amor platónico al adulterio», «Usos y costumbres del amor venal» (al que se añade un «Vocabulario del amor venal»), «Las diversiones: teatro, baile, toros», «Un vicio nacional: el juego» (con su complemento de un «Vocabulario del juego») y «La lepra española: pícaros y valentones» (seguido de un «Léxico o vocabulario de los términos más habituales de valentones, matasietes y desolladores»)[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

Recopilación de artículos de Néstor Luján en La Vanguardiahttp://www.lavanguardia.com/hemeroteca/20120301/54261235753/nestor-lujan-ingenio-y-erudicion-en-nuestras-paginas.html

Néstor Luján (1922-1995), vida y obras

Néstor Luján nació en Mataró (Barcelona) en 1922. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona e ingresó en 1943 en la redacción de la revista Destino, de esa misma ciudad, de la cual sería redactor-jefe en 1949 y director en 1958, cargo en el que cesó en 1975 para pasar a dirigir la revista mensual Historia y vida. Posteriormente colaboró en La Vanguardia y en otras múltiples publicaciones, hasta su fallecimiento, ocurrido en Barcelona en 1995[1].

Néstor Luján

Escritor, periodista y ensayista, Néstor Luján ha abordado en sus obras temas muy diversos: de historia, de literatura, de política, de toros, de gastronomía, de deportes, de viajes… Reflejo de esta variada curiosidad son los títulos de sus libros: De toros y toreros, Historia del toreo, Tauromaquia, Las recetas de Pickwick, Nuevas recetas de Pickwick, La historia de la cocina española (en colaboración con Juan Perucho), El libro del chocolate, La cuina catalana, El menjar, El arte de comer, El libro del café, Viaje a Francia, La Belle Époque, En la cabecera de los protagonistas de la historia, Y Mussolini creó el fascismo (en colaboración con Luis Bettónica), París finisecular, Historia de los animales de compañía, El collar de María Antonieta, Casanova o la incapacidad de la perversión, La vida cotidiana en el Siglo de Oro español, entre otros.

Como novelista se dio a conocer cuando ganó el Premio Internacional de Novela Plaza & Janés de 1987 con Decidnos, ¿quién mató al conde?, cuyo tema es la muerte en extrañas circunstancias del Conde de Villamediana. Por ver mi estrella María fue su segunda obra narrativa; después, continuó escribiendo y publicando otras novelas como Los espejos paralelos, La mujer que fue Venus, La puerta del oro, La cruz en la espada…, títulos que vinieron a sumarse a la moda de la novela histórica que, tanto en España como en otros países, ha conocido un extraordinario auge en estas últimas décadas[2].

Ficha de Néstor Luján en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/N%C3%A9stor_Luj%C3%A1n

Noticias sobre Néstor Luján en El País:
http://elpais.com/tag/nestor_lujan/a/


[1] Sobre el autor, ver Enric Vila, Néstor Luján, entre el rostre i la màscara: la construcció d’una identitat de supervivència, Barcelona, Centre d’Estudis de Temes Contemporains, 2003; y Agustí Pons, Nèstor Luján: el periodisme liberal, Barcelona, Columna, 2004.

[2] Una buena aproximación, y bibliografía pertinente, en José Romera Castillo, Francisco Gutiérrez Carbajo y Mario García-Page (eds.), La novela histórica a finales del siglo XX. Actas del V Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria y Teatral de la UNED, Cuenca, UIMP, 3-6 de julio, 1995, Madrid, Visor Libros, 1996. Ver también Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

El «Persiles», novela póstuma de Cervantes: argumento y sentido

La última narración cervantina, Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Historia setentrional[1], publicada póstumamente en 1617, pertenece al género de la denominada novela bizantina o de aventuras griegas (no entro ahora en la discusión terminológica): Persiles, príncipe del reino de Tule, peregrina con Sigismunda, heredera de Frislandia, desde las frías y poco civilizadas tierras del norte de Europa hasta Roma, centro de la Cristiandad. En ese peregrinaje, en el que se presentan ante los demás como hermanos y ocultan su verdadera personalidad bajo los nombres simbólicos de Periandro (el ‘hombre peregrino’, el homo viator por antonomasia) y Auristela (la ‘estrella de oro’, que es su luz y guía), los enamorados corren numerosos peligros, se enfrentan a bárbaros y piratas, sufren naufragios y otros mil trabajos ‘penalidades, sufrimientos’ (tal es el sentido de la palabra en el título).

Portadade Los trabajos de Persiles y Sigismunda

El Persiles se ha considerado como un poema épico en prosa cristianizado, y de ahí el orgullo que Cervantes sentía por esta obra cuya aparición anunció en diversas ocasiones. Por ejemplo, en la dedicatoria al conde de Lemos con que encabeza la Segunda parte del Quijote, dice que su libro ha de ser «o el más malo o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento»[2]. El «gran Persiles» había sido prometido también en el prólogo de las Novelas ejemplares, en la dedicatoria de las Ocho comedias y en el capítulo IV del Viaje del Parnaso, y además dio un esbozo del mismo en el capítulo I, 47 del Quijote, en el que el canónigo toledano pergeña su idea —la idea de Cervantes, si consideramos aquí al personaje portavoz del escritor— de lo que había de ser la novela de caballerías ideal: una novela que, despojada de las exageraciones y extravagancias del género caballeresco, conservara sin embargo todos sus atractivos, ofreciendo al escritor un amplio campo para el desarrollo de su imaginación creadora (lo maravilloso) y manteniendo los principios de verosimilitud, unidad dentro de la variedad, decoro y ejemplaridad:

… y dijo que, con todo cuanto mal había dicho de tales libros, hallaba en ellos una cosa buena, que era el sujeto que ofrecían para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma, describiendo naufragios, tormentas, rencuentros y batallas, pintando un capitán valeroso con todas las partes que para ser tal se requieren, mostrándose prudente previniendo las astucias de sus enemigos y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo a sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente en el esperar como en el acometer; pintando ora un lamentable y trágico suceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento; allí una hermosísima dama, honesta, discreta y recatada; aquí un caballero cristiano, valiente y comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón; acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de señores. Ya puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en las materias de estado, y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere. […] Porque la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria: que la épica tan bien puede escrebirse en prosa como en verso[3].

El propósito declarado de Cervantes con el Persiles fue «competir con Heliodoro» y, de hecho, se ha señalado como fuente última su Teágenes y Clariquea, aunque sabemos que manejó también elementos de otras procedencias. Externamente la novela se divide en cuatro libros, de los cuales los dos primeros ocurren en las exóticas y bárbaras tierras del norte, donde apenas brilla la luz del cristianismo, y los dos últimos en escenarios conocidos (Portugal, España, Francia e Italia, hasta acabar la acción en Roma, «el cielo de la tierra»). Uno de los principales defectos que se le ha señalado es que los personajes son planos, meros arquetipos o encarnaciones del ideal platónico. Sobre todo los dos enamorados, que son dechados de belleza y perfección, adornados de virtudes de todo tipo, pero con muy poca encarnadura. Tanto es así, que a veces resultan más interesantes los numerosos personajes secundarios que aparecen, se unen al «hermoso escuadrón» de peregrinos y cuentan sus propias historias, a cual más curiosa y peregrina.

En cuanto al estilo, la prosa del Persiles es elegante y armoniosa, aunque se aprecia que la novela fue acabada precipitadamente (Cervantes, muy enfermo, luchaba contra el tiempo) y que le falta la última mano para pulir la redacción (la mayoría de los capítulos no llevan epígrafes, otros están medio esbozados, sin terminar de desarrollar bien la acción que presentan, especialmente al final del libro IV, cuando el desenlace se precipita…).

Esta obra alcanzó un gran éxito en el momento de su aparición (contó con varias reediciones en 1617 y al año siguiente), pero luego cayó en el más completo olvido. A principios del siglo XX Azorín, con su fina sensibilidad de crítico, llamó la atención sobre muchos de sus valores y el olvido en que se encontraba, pero ha sido en las últimas décadas de la pasada centuria cuando la crítica ha empezado a dedicarle mayor atención en distintos aspectos (su estructura y sus técnicas narrativas, su interpretación ideológica, su condición de libro de entretenimiento, etc.).


[1] Véase Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. de Juan Bautista Avalle-Arce, Madrid, Castalia, 1992 [1.ª ed., 1969]. Más reciente es la edición debida a Carlos Romero Muñoz (Madrid, Cátedra, 2002, 2.ª ed. revisada y puesta al día).

[2] Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998p. 623.

[3] Don Quijote de la Mancha, ed. citada, pp. 549-550.

«La gitanilla» de Cervantes: final

En una ocasión ese narrador irónico de La gitanilla se dirige en apóstrofe a su personaje Preciosa, para advertirle de las consecuencias que va a tener en don Juan/Andrés su elogio de Clemente, al que ella ha presentado como «un paje muy galán y muy hombre de bien»:

(Mirad lo que habéis dicho, Preciosa, y lo que vais a decir, que ésas no son alabanzas del paje sino lanzas que traspasan el corazón de Andrés, que las escucha. ¿Queréislo ver, niña? Pues volved los ojos, y veréisle desmayado encima de la silla, con un trasudor de muerte. No penséis, doncella, que os ama tan de burlas Andrés que no le hieran y sobresalten el menor de vuestros descuidos. Llegaos a él en hora buena, y decilde algunas palabras al oído que vayan derechas al corazón y le vuelvan de su desmayo. No, sino andaos a traer sonetos cada día en vuestra alabanza, y veréis cuál os le ponen.)[1].

Cabe señalar que la acción de La gitanilla nos traslada, junto con los personajes, desde Madrid hasta Murcia, pasando por Toledo y Extremadura. La atmósfera general que refleja es realista, pero en ese mundo real se inscribe toda una serie de aventuras extraordinarias. Porque, como muy bien escribe Sieber a propósito de esta novela, «Cervantes tiene que problematizar lo convencional y lo cotidiano»[2]. Así es, ciertamente: en medio de lo cercano y real surge, en el campo de la ficción literaria, lo maravilloso verosímil que asombra y deleita al lector de aquel tiempo y del nuestro.

Gitana

En fin, terminaré recordando que La gitanilla, uno de los mejores relatos incluidos en las Novelas ejemplares, constituye un magnífico ejemplo del estilo cervantino, de su absoluto dominio del español; y así, hago mías las palabras de Zimic cuando afirma que la de este relato es una prosa

tersa, esencial, pero, a la vez, matizada muy imaginativamente; sencilla, precisa, incisiva, y también salpicada de sutiles dobles sentidos, complejas ironías, finísimo humor […]; fluida, espontánea, coloquial […] y, sin disonancia, exquisitamente lírica, poética; prosa siempre armónica, equilibrada, determinada, en sus variaciones, por el contexto temático y situacional; penetrante, intuitiva, individualizante, creadora eficaz, milagrosa de la ilusión de unos personajes de auténtico, fervoroso pálpito vital[3].


[1] Cito por Novelas ejemplares, ed. de Jorge García López, estudio preliminar de Javier Blasco, presentación de Francisco Rico, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, p. 66.

[2] Sieber, estudio preliminar a su edición de las Novelas ejemplares, vol. I, p. 22.

[3] Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, p. 43.

«La gitanilla» de Cervantes: don Juan, gitano nuevo

Idealizada está también la caracterización de don Juan, joven y galán de buenas prendas, que tendrá que vencer una serie de dificultades para llegar a alcanzar el amor de Preciosa: acepta vivir durante dos años con los gitanos, sufrirá celos por causa del paje-poeta Clemente, superará la falsa acusación de robo y el paso por la cárcel, etc. Tanto él como Preciosa conocen en esta novela un importante cambio de identidad: Preciosa, que ha vivido desde muy niña como gitana, es en realidad noble; y por el contrario, don Juan, que es y se sabe noble, decide transformarse en gitano para conquistar a la muchacha. Como certeramente escribe Zimic:

El disfraz de D. Juan es imprescindible y práctico precisamente como protección frente a una sociedad incomprensiva a su problema amoroso, personal, y no un artificioso enigma literario para las adivinanzas entretenidas de agudos, ociosos cortesanos, personajes ficticios y lectores. El «disfraz» gitano de Preciosa le es impuesto por las circunstancias peculiares de su vida. Implícita en toda la obra queda la sugerencia de que todo el mundo, particularmente el «alto», «refinado», lleva siempre el disfraz, pero no para mantener discretamente secretas ciertas nobles pasiones, como, supuestamente, esos pastores literarios [los protagonistas de la novela pastoril], sino para ocultar hipócritamente las más viles intenciones e inclinaciones. Se trata, en suma, de un mundo de continuos desdoblamientos y encubrimientos de la identidad naturales, lógicos; de muchas, mutuamente determinantes influencias sociales, de que nadie puede extraerse, refugiándose en idílicas zonas francas del ensueño amoroso[1].

Más allá de las peripecias amorosas, La gitanilla nos presenta un animado y pintoresco cuadro de la vida gitana, una vida que Cervantes retrata plena de alegría y optimismo. Como ha señalado la crítica, se da a lo largo de toda la novela una confrontación de dos sistemas de valores, el gitano-rural y el cortesano-urbano. Dicho de otra forma, el relato se articula en torno a la oposición estructural ciudad-nobleza-propiedad privada (código social) / campo-gitanos-propiedad comunal (código natural), siendo el dinero la clave de mediación entre la sociedad gitana y el poder[2].

Gitana

Don Juan, disfrazado de gitano e integrado en el grupo, será un observador ajeno de sus modos de vida y costumbres (de la misma forma que los jóvenes Rinconete y Cortadillo serán espectadores del mundo hampesco en el patio de Monipodio), todo con una perspectiva crítica que se mueve con cierta ambigüedad (muy cervantina) entre el elogio y la ironía. Y esta es una de las razones (pero no la única) por las que La gitanilla es, sin duda alguna, una de las mejores piezas incluidas en la colección de doce Novelas ejemplares.


[1] Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996, pp. 37-38.

[2] Ver Harry Sieber, estudio preliminar a su edición de las Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, pp. 19-21.

«La gitanilla» de Cervantes: Preciosa y los gitanos

Una de los rasgos más interesantes de esta novela, una de las doce Novelas ejemplares de Cervantes, es precisamente el magnífico retrato de Preciosa, presentada como un ser ideal lleno de belleza, ingenio, inocencia y gracia naturales, que canta y baila maravillosamente y lee la buenaventura; además, pese a su juventud, es discretísima y tiene un dominio total y absoluto de la palabra. Es, en suma, un personaje femenino en busca de su libertad personal, que defiende a toda costa, y en este sentido la podemos relacionar, por ejemplo, con Marcela (en el episodio de Marcela y Grisóstomo del Quijote)[1].

Gitana

En varias ocasiones Preciosa dará buena muestra de su habilísimo manejo del lenguaje y de los recursos de persuasión: en ningún momento acepta que otros (los gitanos varones del clan) la entreguen a don Juan/Andrés Caballero, sino que decide que será suya solo cuando él haya demostrado sobradamente merecer su amor. Su bondad y honestidad sin tacha son dos de los rasgos principales de su retrato, y esas cualidades destacan todavía más al hacerse presentes en medio del mundo gitanesco. Las palabras cervantinas que abren el relato no pueden ser más claras al respecto:

Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo; y la gana del hurtar y el hurtar son en ellos como acidentes inseparables, que no se quitan sino con la muerte[2].

Y luego serán los propios personajes gitanos quienes corroboren que el robo y los engaños son consustanciales a su modo de vida. En cualquier caso, la actitud de Cervantes será ambigua porque, al mismo tiempo que describe su inclinación al delito, presentará de forma idealizada esa «libre y ancha vida» gitanesca, cuya sociedad parece ser la de una nueva Edad de Oro, una felice Arcadia pastoril, como se aprecia en estas palabras puestas en boca de un gitano viejo:

—Esta muchacha, que es la flor y la nata de toda la hermosura de las gitanas que sabemos que viven en España, te la entregamos, ya por esposa o ya por amiga; que en esto puedes hacer lo que fuere más de tu gusto, porque la libre y ancha vida nuestra no está sujeta a melindres ni a muchas ceremonias. Mírala bien, y mira si te agrada, o si ves en ella alguna cosa que te descontente, y si la ves, escoge entre las doncellas que aquí están la que más te contentare, que la que escogieres te daremos; pero has de saber que, una vez escogida, no la has de dejar por otra, ni te has de empachar ni entremeter ni con las casadas ni con las doncellas. Nosotros guardamos inviolablemente la ley de la amistad: ninguno solicita la prenda del otro, libres vivimos de la amarga pestilencia de los celos. Entre nosotros, aunque hay muchos incestos, no hay ningún adulterio; y cuando le hay en la mujer propia, o alguna bellaquería en la amiga, no vamos a la justicia a pedir castigo; nosotros somos los jueces y los verdugos de nuestras esposas o amigas; con la misma facilidad las matamos, y las enterramos por las montañas y desiertos, como si fueran animales nocivos; no hay pariente que las vengue, ni padres que nos pidan su muerte. Con este temor y miedo ellas procuran ser castas, y nosotros, como ya he dicho, vivimos seguros. Pocas cosas tenemos que no sean comunes a todos, excepto la mujer o la amiga, que queremos que cada una sea del que le cupo en suerte; entre nosotros así hace divorcio la vejez como la muerte: el que quisiere puede dejar la mujer vieja, como él sea mozo, y escoger otra que corresponda al gusto de sus años. Con estas y con otras leyes y estatutos nos conservamos y vivimos alegres; somos señores de los campos, de los sembrados, de las selvas, de los montes, de las fuentes y de los ríos. Los montes nos ofrecen leña de balde; los árboles, frutas; las viñas, uvas; las huertas, hortaliza; las fuentes, agua; los ríos, peces, y los vedados, caza; sombra, las peñas; aire fresco, las quiebras; y casas, las cuevas. Para nosotros las inclemencias del cielo son oreos; refrigerio, las nieves; baños, la lluvia; músicas, los truenos, y hachas, los relámpagos. Para nosotros son los duros terreros colchones de blandas plumas; el cuero curtido de nuestros cuerpos nos sirve de arnés impenetrable que nos defiende; a nuestra ligereza no la impiden grillos, ni la detienen barrancos, ni la contrastan paredes; a nuestro ánimo no le tuercen cordeles, ni le menoscaban garruchas, ni le ahogan tocas, ni le doman potros. Del sí al no, no hacemos diferencia cuando nos conviene; siempre nos preciamos más de mártires que de confesores. Para nosotros se crían las bestias de carga en los campos y se cortan las faldriqueras en las ciudades. No hay águila, ni ninguna otra ave de rapiña, que más presto se abalance a la presa que se le ofrece que nosotros nos abalanzamos a las ocasiones que algún interés nos señalen; y, finalmente, tenemos muchas habilidades que felice fin nos prometen, porque en la cárcel cantamos, en el potro callamos, de día trabajamos y de noche hurtamos, o, por mejor decir, avisamos que nadie viva descuidado de mirar dónde pone su hacienda. No nos fatiga el temor de perder la honra, ni nos desvela la ambición de acrecentarla, ni sustentamos bandos, ni madrugamos a dar memoriales, ni acompañar magnates, ni a solicitar favores. Por dorados techos y suntuosos palacios estimamos estas barracas y movibles ranchos; por cuadros y países de Flandes, los que nos da la naturaleza en esos levantados riscos y nevadas peñas, tendidos prados y espesos bosques que a cada paso a los ojos se nos muestran. Somos astrólogos rústicos, porque, como casi siempre dormimos al cielo descubierto, a todas horas sabemos las que son del día y las que son de la noche; vemos cómo arrincona y barre la aurora las estrellas del cielo, y cómo ella sale con su compañera el alba, alegrando el aire, enfriando el agua y humedeciendo la tierra, y luego, tras ellas, el sol, dorando cumbres, como dijo el otro poeta, y rizando montes; ni tememos quedar helados por su ausencia cuando nos hiere a soslayo con sus rayos, ni quedar abrasados cuando con ellos particularmente nos toca; un mismo rostro hacemos al sol que al hielo, a la esterilidad que a la abundancia. En conclusión, somos gente que vivimos por nuestra industria y pico, y sin entremeternos con el antiguo refrán: «Iglesia, o mar, o casa real». Tenemos lo que queremos, pues nos contentamos con lo que tenemos. Todo esto os he dicho, generoso mancebo, porque no ignoréis la vida a que habéis venido y el trato que habéis de profesar, el cual os he pintado aquí en borrón, que otras muchas e infinitas cosas iréis descubriendo en él con el tiempo, no menos dignas de consideración que las que habéis oído[3].

Por otra parte, el realismo en la presentación de escenas y ambientes (realismo literario) contrasta con el idealismo del retrato de Preciosa y con el desenlace final, más propio de un relato bizantino o caballeresco; de ahí que se suela clasificar a La gitanilla entre las novelas ideorrealistas de la colección.


[1] Se ha señalado como posible antecedente de Preciosa el personaje de la Tarsiana en el Libro de Apolonio. Sin embargo, es difícil que Cervantes conociera tal obra. Preciosa es, en realidad, una de las creaciones más originales y atractivas de entre los personajes femeninos del escritor.

[2] Cito por Novelas ejemplares, ed. de J. García López, estudio preliminar de J. Blasco, presentación de F. Rico, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, pp. 27-28.

[3] Novelas ejemplares, ed. de J. García López, pp. 70-73.

«La gitanilla» de Cervantes: datación y fuentes

(Dedico la entrada de hoy a mis alumnos del seminario cervantino en la Universidad de Delhi, con los que tuve la oportunidad de comentar, hace pocas semanas, «La cueva de Salamanca» y «La gitanilla».)

La gitanilla se cuenta, sin duda, entre las mejores piezas de la colección de Novelas ejemplares[1] que Cervantes reúne y da a las prensas en 1613. Escrita con un estilo ágil y ameno, pleno de gracia e ironía, su prosa pacientemente trabajada es ejemplo señero de su absoluto dominio del idioma, y constituye una verdadera obra maestra, no solo de la narrativa cervantina, sino de la literatura universal.

Una edición moderna de La gitanilla

Sabemos que Cervantes yuxtapone sus doce relatos, coloca uno detrás de otro sin inventar un marco narrativo externo que dé unidad o trabazón al conjunto (frente a lo que será habitual en otras colecciones de novelas cortas de la época, que crean un marco a imitación de lo que sucedía en el Decamerón de Boccaccio). Sobre la datación de La gitanilla, que es la novela que abre el volumen, escribe Jorge García López:

La gitanilla supone la vuelta de la corte a Madrid, aunque sus escenas iniciales traen a las mientes la corte vallisoletana y los festejos por el nacimiento de Felipe IV (8 de abril de 1605), lo que ha conducido a creerla en todo caso posterior a 1606. Pero ahora la cronología interna sí corre pareja a su más verosímil datación. Preciosa dice tener quince años y ha sido robada, tal como declara el papel que entrega la vieja gitana, en 1595, de donde resulta la fecha de 1601, lo que ha inducido a datarla en los años 1610-1612 […]. Por otra parte, desde principios de siglo se abrió paso la idea, muy generalizada, de que fue escrita para encabezar la colección, una suerte de obertura narrativa para todo el conjunto, si bien no hay que deducir de ello que sea la última sensu stricto en el proceso de composición[2].

Como fuentes de inspiración se han señalado un coloquio erasmiano que trata sobre el cortejo y el matrimonio cristiano y también dos églogas de Juan del Encina[3]. Por lo demás, guarda relación con la novela sentimental, la picaresca, la caballeresca y la pastoril, en el sentido de que se aprecian en su construcción elementos procedentes de todas esas modalidades narrativas[4]: la trama amorosa con celos y rivalidades; el ambiente gitanesco de robos y engaños; la ocultación de la verdadera personalidad de determinados personajes hasta la anagnórisis final; la visión idealizada de la vida en el mundo rural… Así nos lo revelará un rápido resumen del argumento.


[1] La bibliografía sobre las Novelas ejemplares en general es muy extensa. Mencionaré solo algunas monografías destacadas: Julián Apraiz, Estudio histórico crítico de las «Novelas ejemplares», Vitoria, Domingo Sar, 1901; Francisco A. de Icaza, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, sus críticos, sus modelos literarios, sus modelos vivos y su influencia en el arte, Madrid, Imp. Clásica Española, 1915; Agustín González de Amezúa y Mayo, Cervantes, creador de la novela corta española, Madrid, CSIC, 1956-1958, 2 vols.; Joaquín Casalduero, Sentido y forma de las «Novelas ejemplares», Madrid, Gredos, 1974; Ruth S. El Saffar Novel to Romance. A Study of Cervantes’ «Novelas ejemplares», Baltimore-Londres, The John Hopkins University Press, 1974; Francisco Javier Sánchez, Lectura y representación. Análisis cultural de las «Novelas ejemplares» de Cervantes, New York, Peter Lang, 1993; Thomas R. Hart, Cervantes’ Exemplary Fictions. A Study of the «Novelas ejemplares», Lexington, The University Press of Kentucky, 1994; Joseph V. Ricapito, Cervantes’s «Novelas ejemplares»: Between History and Creativity, Purdue, West Lafayette, Purdue University Press, 1996; Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996; Alicia Parodi, Las Ejemplares, una sola novela: la construcción alegórica de las «Novelas ejemplares» de Miguel de Cervantes, Buenos Aires, Eudeba, 2002; Stephen Boyd, A Companion to Cervantes’ Novelas Ejemplares, Woodbridge, Suffolk, Tamesis, 2005; Jesús G. Maestro, Las ascuas del Imperio. Crítica de las «Novelas ejemplares» de Cervantes desde el materialismo filosófico, Vigo, Academia del Hispanismo, 2007; y Katerina Vaiopoulos, De la novela a la comedia: las «Novelas ejemplares» de Cervantes en el teatro del Siglo de Oro, Vigo, Academia del Hispanismo, 2010. La novela puede leerse ahora también en esta edición: Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares (La gitanilla. Rinconete y Cortadillo), ed. de Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2010.

[2] Jorge García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, estudio preliminar de Javier Blasco, presentación de Francisco Rico, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, p. LX.

[3] Ver Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, pp. 1-2.

[4] Ver Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, p. 35.