El Adviento es esperanza, la esperanza, salvación; ya se acerca el Señor. Preparemos los caminos, los caminos del amor, escuchemos su voz.
(Carmelo Erdozáin, «Abre tu tienda al Señor», Nuevos cantos de Adviento y Navidad)
Vaya para hoy, tercer domingo de Adviento (domingo Gaudete, de estar alegres), esta sencilla composición de Jesús Mauleón, sacerdote y poeta que ha cantó con frecuencia esta temática del Adviento y la Navidad. El poema (una décima), que se concibe como una oración en apóstrofe al «Jesucristo del Adviento» rematada con su correspondiente «Amén», no precisa mayor explicación.
No todo es humo ni viento si retrasas tu venida, que ya estás en nuestra vida, Jesucristo del Adviento. A veces es tan violento este mundo con su danza que la impaciencia no alcanza a esperar lo prometido. Mátanos el sinsentido y avívanos la esperanza.
La Obra poética(1955-2005) de José Luis Amadoz se compone de ocho poemarios[1]. De ellos, tres fueron publicados en su momento como libros exentos: Sangre y vida (Pamplona, Ediciones Morea, 1963, que recoge poemas de los años 1955-1958), Límites de exilio (Pamplona, Ediciones Morea, 1966, con composiciones del periodo 1960-1966) y El libro de la creación (Pamplona, Gráficas Iruña, 1980, que reúne su actividad poética entre 1968 y 1974). Por otra parte, hay otros cinco poemarios, formados por poemas tanto inéditos como publicados sueltos en la revista Río Arga[2], pero que su autor no había dado a las prensas —por las razones que ya apuntamos— como libros independientes. Para esta recopilación del conjunto de su obra, Amadoz los ha reordenado y agrupado definitivamente[3] bajo estos títulos: Elegías innominadas (1981-1993), Poemas para un acorde transitorio (1992-1994), Mito de Andrós (1995-1998), Pasión oculta (2000-2002) y Callado retorno (2003-2005).
En sucesivas entradas, examinaremos el contenido de cada uno de estos ocho poemarios, analizando cuestiones de estructura, versificación y estilo, los principales temas y motivos, las imágenes y los símbolos manejados por el poeta, comenzando por Sangre y vida (1955-1958).
El primer poemario de José Luis Amadoz, Sangre y vida, que incluye poemas escritos entre 1955 y 1958, se publicó en 1963, en Pamplona, por Ediciones Morea, como número 3 de su colección[4]. Se trata de un poemario dividido en tres secciones: «De mi recogida belleza»[5], «Transfondo de mujer» y «Sangre y vida», que agrupan diez, seis y veinte poemas, respectivamente, numerados en arábigos. Nos encontramos, en esta primera incursión de Amadoz por los territorios de la poesía[6], con un poemario intimista, con versos en los que el poeta vuelca su corazón y su vida. En la primera parte, como ya parece sugerir el título[7], escribe solo, apartado de los demás, desde un íntimo recogimiento. A veces se identifica con un niño pequeño, con un pájaro en su nido, con un ermitaño, e introduce imágenes similares que hablan de apartamiento y fragilidad. Aunque en este primer libro poético predomina claramente la inmanencia, ya desde el tercer poema —en el que aparece la presencia de la muerte— queda apuntado el tema de la búsqueda de Dios. Los temas principales del poemario son la vida, el amor y la mujer, por un lado; en segundo término, la creación poética; y, en un plano de menor importancia, la reflexión sobre el hombre y Dios.
El desamparo, la soledad de la voz lírica, quedan patentes en el primer poema de «De mi recogida belleza», que comienza con el verso «Me han vuelto a mirar raro», y es frase que se repite más adelante. El poeta anuncia que la escritura va a ser reflejo de su sentimiento interior:
… sirvo al corazón que se abre y madura en este poema que deseara fuera inmenso, y planto las raíces rojas de mi vida, a cielo suelto, en la helada soledad de este viento que hoy me arrastra y me hiere fieramente…
El segundo poema sigue por la misma línea de mostrarnos la íntima soledad y el desvalimiento del yo lírico («Sigo recreándome solo, en esta / mi pasión oculta»[8]), pero se abre ya a la presencia de la mujer y su belleza:
Sigo bebiendo, manantial sonoro, de lo inalcanzable, sigo cuajando lo bello y hermoso que mi alma en surco hiere los ojos.
En estos versos el poeta hace inventario de lo que tiene: «tengo palabras mudas […] / y tengo vida tejida / de muerte», y sobre todo: «te tengo a ti que reclamas / sin egoísmo un amor cualquiera, linda / mujer que arrancas de tu vacío vano / lo presto a embellecerse». Amor, belleza y creación poética se aúnan, pues anuncia ahora que busca «la eterna palabra / verdecida que el otoño no dora».
Un avance, un paso más allá lo tenemos en el tercer poema, que comienza «Uno está escondido, ya postergado…»; el yo lírico, nos dice, «busca luz / de dentro» y siente «deseos de amarlo todo». El poema se tiñe de expresiones de sabor místico («revelación mística»), se afirma expresamente que «la mística renueva / la vida entera». Al final, de ese impersonal «uno» que aparece en el poema se dice que
huye del mundo, de la gente, y busca todo, busca sólo el sentido puro, lo inmancillado, busca el Dios achicado dando razón de todo, y el beso mórbido que señale la muerte: ya dormido en sus brazos.
Apreciamos una progresión significativa en estos tres primeros poemas de Sangre y vida: en el primero, el poeta se nos mostraba solo; en el segundo, aparece la compañera amada; en el tercero, se menciona a Dios y la voluntad de echarse en sus brazos tras la muerte física, es decir, la idea de una trascendencia anhelada, aquí solo apuntada, pero que se desarrollará más ampliamente en poemarios posteriores, hasta acabar dominando totalmente en el último, Callado retorno. Así lo significa Fernández González:
Los poemas que van del tercero al octavo son un canto al amor y a la amada desde la interioridad más gozosa que se resuelve en un canto con melodías místicas (Dios, las cosas y tú fundidos en la luz de dentro, sin falsedad ni engaño)[9].
[1] Para una primera aproximación a la figura (vida y obra) de Amadoz, remito al capítulo «José Luis Amadoz Villanueva», en Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, pp. 63-78, palabras que se reproducen en otro libro suyo, Historia literaria de Navarra. El siglo XX. Poesía y teatro, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2004, pp. 166-176. En el trabajo de Charo Fuentes y Tomás Yerro, «Río Arga», revista poética navarra. Estudio y antología, Pamplona, Imprenta Garrasi, 1988, se alude a Amadoz en el capítulo II, «Gestación de la revista», y se le dedican las pp. 117-122 de la antología final.
[2] Al preparar esta Obra poética, el autor ha optado por no indicar en ningún caso la procedencia de aquellos poemas previamente publicados. Pero quien esté interesado puede consultar los datos ofrecidos por Ángel-Raimundo Fernández González en el apartado «Presencia en Río Arga y poemarios inéditos», en «Río Arga» y sus poetas, pp. 73-78 (alcanzan hasta el número 100 de la revista).
[3] El lector atento observará que en estos poemarios nuevos hay algunos poemas que se repiten en dos lugares distintos. No se trata de un error. Son composiciones que el autor ha querido destacar especialmente, porque alumbran un pensamiento especialmente caro al poeta, manejan un símbolo o un motivo reiterado o encajan perfectamente en distintas circunstancias. De ahí que al preparar esta ordenación de su Obra poética Amadoz haya decidido voluntariamente conservar esos poemas repetidos en dos poemarios distintos. Precisamente, una de las características que da unidad al conjunto de su poesía es la repetición constante de ideas, de sintagmas, de frases y de motivos, que aparecen reiterados a manera de leit motiv o de ritornello musical, y en ese mismo sentido ha de entenderse esta repetición completa de algunos poemas, como un fenómeno de «aliteración poética» practicado también por otros poetas.
[4] El Director de Ediciones Morea era el periodista Hilario Martínez Úbeda, buen amigo de los poetas de Río Arga. El poemario constaba de 76 páginas y se cerraba con el siguiente colofón: «Esta primera edición de / Sangre y vida, poemas de José Luis Amadoz, / volumen 3 de la “Colección MOREA”, / se acabó de imprimir el día 13 de junio de 1963, / festividad del Corpus Christi, / en los talleres de Editorial LEYRE, / en Pamplona. // LAUS DEO».
[5] Escribe Ángel-Raimundo Fernández González: «La primera parte suma diez poemas que J. L. Amadoz dedica “A los que en su luz y fortaleza templaron mi vida y me hicieron un hombre nuevo: padres, esposa e hijos”. Es decir, la sangre del título, además, es parte primordial de la vida, aunque ésta, como se apunta en el intertexto transcrito de Pablo Neruda, proviene también de “más oscuros cauces”» («Río Arga» y sus poetas, p. 63). En el ejemplar de Sangre y vida que manejo no figura esa dedicatoria ni ese lema, que tampoco han pasado a la versión definitiva de Obra poética.
[6] Me refiero a la poesía publicada. Al parecer, y a tenor de lo indicado en la solapa de este primer poemario, con anterioridad a Sangre y vida existían unos Poemas primeros (correspondientes a los años 1951-1953), que no se llegaron a publicar en su momento ni se han recogido tampoco en esta recopilación de la Obra poética completa.
[7] El sintagma «mi recogida belleza» lo podemos entender en un doble sentido: esa belleza es la paz interior, que podría aludir también al acto de creación poética, o bien se trata de la belleza de mujer amada.
[8] «Pasión oculta» será el título de uno de los Poemas para un acorde transitorio, e igualmente del penúltimo poemario de Amadoz.
[9] Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 64. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
En el año 2005, José Luis Amadoz ha celebrado sus «Bodas de Oro» con la poesía: ha sido una trayectoria poética dilatada —afortunadamente no cerrada todavía[1]—, de una sorprendente coherencia en lo que respecta a ideas nucleares, temas y motivos vertebradores de su pensamiento poético, al final de la cual el poeta confiesa ser, en la composición que cierra su Obra Poética (1955-2005), nada más —y nada menos— que un «aprendiz de brujo». Tendremos ocasión de explicar las razones de esta autocaracterización. Pero, antes de llegar a ella, ofreceré en esta y sucesivas entradas algunos breves datos biográficos sobre el autor, sintetizaré sus opiniones sobre la poesía y la creación poética y recorreré con detalle su trayectoria poética, analizando en orden cronológico cada uno de sus poemarios. Ese recorrido que pretendo minucioso, no exhaustivo, servirá para que el lector conozca —antes de abordar la lectura personal y directa de sus versos— los principales temas que se hacen presentes en la poesía de Amadoz y disponga de algunas pistas sobre los rasgos más destacados de su versificación y su estilo. En fin, añadiré una breve sistematización de los principales puntos comentados, a modo de valoración final de esta obra —adelanto ya— claramente unitaria, y cerraré mi trabajo[2] con unas someras notas bibliográficas.
Por lo que respecta a sus datos biográficos, con esta sencilla carta de presentación se daba a conocer el poeta, a la altura de 1963, en la solapa de su primer libro publicado:
José Luis Amadoz nació en Marcilla (Navarra), el 9 de octubre de 1930, trasladando su residencia a Pamplona en 1942, donde hizo sus primeros estudios. En 1953 se graduó en Medicina por la Universidad de Zaragoza y alcanzó el doctorado en 1958 después de realizar unos trabajos en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Posteriormente hizo los cursos de filosofía aristotélico-tomista en la Universidad de Madrid y asistió a los de su Cátedra de Estética regida por Dámaso Alonso y Carlos Bousoño. Ahora reside en Pamplona.
Amadoz destaca que los años de Madrid —que se corresponden aproximadamente con los de la década del 50— fueron los de su formación, no solo profesional en la Medicina, sino también literaria. Acabada su carrera con un brillante expediente, renunció a una beca para seguir estudios médicos en el Columbia University Medical Center de Nueva York. Otras opciones que se le ofrecieron fueron París y Madrid, ciudad por la que finalmente se decidió y donde fue becario del Instituto Nacional de Investigaciones Científicas. En aquel entonces, durante sus años de doctorado (culminados con una tesis sobre las benzodiacepinas) y de especialidad médica en Psiquiatría, Amadoz frecuentó el célebre Café Gijón, donde entró en contacto con otras personas que acudían allí con inquietudes literarias o artísticas. Así, entabló amistad con Antonio Gala, Francisco Umbral, José Caballero Bonald, Gabriel Celaya, Claudio Rodríguez… Introducido ya en el ambiente literario (publica entonces en revistas como Caracola o Poesía Española), el poeta destaca que aquellos fueron buenos contactos que le animaron mucho y le empujaron para que siguiera con el cultivo de la poesía. Con relación a sus estudios filosóficos, quiere matizar Amadoz que no fueron de filosofía aristotélico-tomista (como indicaba la cita de su primer poemario antes transcrita), sino de filosofía existencial y literatura francesa del siglo XX, y el detalle no resulta baladí, porque el existencialismo va a estar hondamente enraizado en su poesía.
Acabados sus años de estudios filosóficos y de formación científico-biológica, Amadoz se radica en Pamplona, donde vive ahora [fallecería en 2007] y donde ha alternado durante muchos años su dedicación profesional como médico psiquiatra con el cultivo asiduo de la poesía. Como escritor, toda su vida ha estado muy ligado a Río Arga, desde sus orígenes: fue, en efecto, uno de los miembros fundadores de esta veterana revista poética y en la actualidad —cuando ha superado los treinta años de vida y ha alcanzado ya el número 118— sigue formando parte de su Consejo de Redacción. Han sido, son, muchos años de amistad muy entrañable con los poetas Ángel Urrutia, Víctor Manuel Arbeloa, Jesús Mauleón y Jesús Górriz, y con el periodista Hilario Martínez Úbeda. En torno a este grupo, y con el impulso decisivo de Miguel Javier Urmeneta, nacería en 1976 Río Arga, en cuyas páginas ha dado a conocer Amadoz la mayor parte de sus versos[3].
Amadoz publicó sus tres primeros poemarios en 1963 (Sangre y vida), 1966 (Límites de exilio) y 1980 (El libro de la creación) en el ámbito de Ediciones Morea y su colección de poesía. Pero después prefirió permanecer en un discreto segundo plano: nunca ha sido amigo de la popularidad y ha huido de la presencia en los medios, y ya no volvió a publicar sus poemarios como libros exentos. Por un lado, cierto divorcio entre su profesión de psiquiatra (que le exigió durante años una constante y exigente dedicación) y su afición de poeta (cultivada robando horas al sueño), junto con su carácter introvertido y reservado[4], son las circunstancias que explican que después de 1980 se limitara a dar a conocer sus poemas exclusivamente en Río Arga, donde ha mantenido —y sigue manteniendo, ahora «en la sombra»— una destacada presencia. Desde sus páginas, con sus versos, sigue Amadoz reflexionando sobre la condición humana (el hombre, con sus anhelos y sus limitaciones, el diálogo con Dios, la problemática experiencia de la fe…), en un continuo conflicto entre inmanencia y trascendencia, resuelto tan solo, como tendremos ocasión de ver, al final de su trayectoria poética[5].
[1] Téngase en cuenta que estas palabras fueron escritas a la altura de 2006, como estudio preliminar a la edición de la Obra Poética (1955-2005) de Amadoz, publicada ese año por el Gobierno de Navarra. José Luis Amadoz Villanueva, que había nacido en Marcilla (Navarra) el 9 de octubre de 1930, fallecería en Pamplona el 23 de septiembre de 2007.
[2] Agradezco muy cordialmente a José Luis Amadoz su amabilidad al haberme invitado a escribir esta introducción a su Obra Poética, y espero no haber defraudado sus expectativas con estas explicaciones preliminares de filólogo «aprendiz de brujo». En mi estudio he procurado incorporar los valiosos comentarios sobre su obra y su concepción de la poesía que amablemente me ha proporcionado en las amistosas conversaciones que hemos mantenido durante estos últimos meses. Agradezco asimismo las atinadas observaciones de Mariela Insúa Cereceda, que también han contribuido a enriquecer —mientras lo redactaba— este estudio preliminar.
[3] Tanto para la historia de la revista como para la importante labor poética de Amadoz en Río Arga, remito al trabajo fundamental de Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002.
[4] Según confiesa Amadoz, sus primeros y mejores poemas fueron sus hijos; y después, sus pacientes: un poema es algo que puede ser importante, pero mucho más lo es sacar adelante a una persona, que es un poema irrepetible.
[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución Príncipe de Viana), 2006.
Famoso fue Nerón, Calígula, Bruto, Caín o Judas Iscariote, y tantos más que por salud e higiene pasaremos por alto. En cualquier tiempo hubo famosos asesinos y traidores insignes.
Las trompetas que entonan sus hazañas truenan desafinadas, rajadas en horror y desajuste.
Su irrespirable hedor, su estruendosa basura carga son de detritus para los contenedores de la Historia[1].
[1] Cito por Jesús Mauleón, La fama pregonera y otros poemas, Madrid, Ediciones Vitruvio, 2024, p. 18. El título remite a un par de versos de fray Luis de León:
En entradas anteriores he transcrito los sonetos «Obrero andaluz», «A Miguel Hernández, pastor de Orihuela», «Madre» y «Plaza del Castillo», de Jesús Mauleón (1936-2024), pertenecientes a los poemarios La luna del emigrante, Pie en la cima de sombra, De aquí y de allá y Río Arga abajo y otros poemas, respectivamente, y también los poemas «Sed de Dios (Salmo 63)» de Salmos de ayer y hoy y «Deja el truco y el juego de retruécano y rosas» de Escribe por tu herida. La composición que copio hoy (forma parte de la quinta y última sección de Escribe por tu herida, «Breve cóctel final a voces mixtas») va fechada «Cafetería Amabella, / Pamplona, 7 de noviembre de 2002», y para su correcta intelección debe tenerse en cuenta esta circunstancia: por aquel entonces, las reuniones del Consejo de Redacción de Río Arga. Revista navarra de poesía tenían lugar en un pequeño comedor reservado de esa cafetería de Pamplona, a las 9 de la noche.
Cafetería Amabella, de Pamplona. Foto de Ernesto López Espelta
Cenábamos —frugalmente— y, en la sobremesa, leíamos los originales que habían llegado para elegir los poemas que conformarían el siguiente número de la revista. Clemente era el solícito camarero de Amabella que nos atendía y, entre bromas y veras, este es el improvisado soneto que le dedicó el festivo humor de Jesús Mauleón:
En Amabella va y viene Clemente: sirve tortillas a la poesía, sidra de buen beber, cerveza fría o para la ocasión vino excelente.
Con el café y la copa, buenamente, se leen versos que la musa guía, o a veces son perversos, fechoría de algún poeta torpe o decadente.
Baja y baja el caudal, aguas sonoras o rumor que a Clemente reconoce. Breve es el tiempo, la corriente larga.
Por el cauce fluvial corren las horas, y en la cafetería dan las doce: Es medianoche sobre Río Arga[1].
[1] Cito por Jesús Mauleón, Obra poética (1954-2005), introducción de Tomás Yerro, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo / Institución Príncipe de Viana), 2005, p. 553.
En entradas anteriores he transcrito los sonetos «Obrero andaluz», «A Miguel Hernández, pastor de Orihuela», «Madre» y «Plaza del Castillo», de Jesús Mauleón (1936-2024), pertenecientes a los poemarios La luna del emigrante, Pie en la cima de sombra, De aquí y de allá y Río Arga abajo y otros poemas, respectivamente, y también el poema «Sed de Dios (Salmo 63)», de Salmos de ayer y hoy. La composición que traigo hoy se publicó en Río Arga, 96, 2000, p. 31, y en Obra poética 1954-2005 es la última de la sección «Logro pronunciar “luz”» del volumen Escribe por tu herida (fechado en 2005, pero no publicado como poemario exento). En una entrada de Libertad Digital, del 21 de febrero de 2012, el propio poeta escribía este comentario para acompañar al texto del poema:
Ofrezco aquí este poema de mi libro Escribe por tu herida. Es la pieza que en la última estrofa da título al poemario, publicado en 2005. Cuenta casi como una declaración de principios sobre el propio trabajo del poeta. En unas décadas en que vimos y leímos tanto poema insustancial, poesía veneciana o de la nada, sutiles ejercicios de la palabra en sí misma, con poca verdad humana y muy escasa pasión, dirijo mis versos a un poeta de nombre y apellido ocultos, maestro reputado en esos «encajes de estilo». Lo hago, por esta vez y sin que sirva de precedente, en el molde clásico de cuartetos alejandrinos.
Lleva la dedicatoria «Con humildad, a un fino poeta», y dice así:
Deja el truco y el juego de retruécano y rosas, de sobar la belleza como en un vicio feo. Jugar con las palabras es puro devaneo: si no matan ni queman no serán nunca hermosas.
Te mentirán espumas tus encajes de estilo. Te fingirán poemas de levedad y albura. En la espada y la llama la palabra es segura: que asienta su poder en su fuego y su filo.
Escribes levitando sutil sobre la nada, oreando tus versos en Bagdad o Venecia. ¿Te hizo acaso olvidar alguna musa necia que el arte vivo está en la vida amenazada?
Vienes con tu llovizna de adjetivos y flores para apagar la hoguera que la vida levanta. Grita a los nubarrones. ¡De prisa! ¡Truena y canta una tormenta ciega de rayos segadores!
Puesto que herido estás, escribe por tu herida. Deja ya de ejercer tu oficio como un juego. Si no pones en pie ni un mal verso de fuego, jamás pondrás a arder la pira de la vida[1].
[1] Cito por Jesús Mauleón, Obra poética (1954-2005), introducción de Tomás Yerro, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo / Institución Príncipe de Viana), 2005, p. 475.
En entradas anteriores he transcrito los sonetos «Obrero andaluz», «A Miguel Hernández, pastor de Orihuela» y «Madre» de Jesús Mauleón (1936-2024), pertenecientes a La luna del emigrante, a Pie en la cima de sombra y a De aquí y de allá, respectivamente, y también el poema «Sed de Dios (Salmo 63)», de su poemario Salmos de ayer y hoy. El soneto que copio hoy se publicó en 1977, en el número 2 de Río Arga. Revista navarra de poesía, y en Obra poética 1954-2005 es el tercer poema de la sección «Río Arga abajo» del volumen Río Arga abajo y otros poemas (no publicado como poemario exento). Está dedicado a la Plaza del Castillo de Pamplona, verdadero cuarto de estar, no solo de los pamplonicas, sino de todos los navarros. Cabe destacar en esta composición, además de la perfecta cadencia de los endecasílabos, la acumulación de léxico del campo (sementera, robada, sembrado, tierra, semilla, parcela, era, trillo, trillar, mies…).
¡Cuarto de estar de un pueblo que fundido desde el Norte y el Sur hace su entrada, sala de intimidad, olla cuadrada donde Navarra hierve en diario ruido!
Allí encontraron sementera y nido Pirineo y Bardena soleada, y ahora le crece ya en cada robada[1] un sembrado de luz, en luz crecido.
Aunque la llaman Plaza del Castillo, este pueblo de tierra y de semilla la ve parcela fiel, cuadrada era.
Aliada con el sol y con el trillo, en su regazo junta, dora y trilla la mies de la Montaña y la Ribera[2].
[1]robada: en Navarra, «Medida agraria equivalente a 8 áreas y 98 centiáreas» (DLE).
[2] Cito por Jesús Mauleón, Obra poética (1954-2005), introducción de Tomás Yerro, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo / Institución Príncipe de Viana), 2005, p. 421.
En entradas anteriores he transcrito los sonetos «Obrero andaluz» y «A Miguel Hernández, pastor de Orihuela» de Jesús Mauleón (1936-2024), pertenecientes a La luna del emigrante y a Pie en la cima de sombra, respectivamente, y el poema «Sed de Dios (Salmo 63)», de su poemario Salmos de ayer y hoy. La composición que traigo hoy introduce otra temática cara alsacerdote-poeta de Arróniz (Navarra), la de la madre. Este poema (un soneto, forma poética tradicional, también muy cultivada por Mauleón), titulado precisamente así, «Madre», se integra en la sección III, «Profundo hogar y pozo de la vida», de De aquí y de allá, conjunto de poemas no publicado como volumen exento, sino que se incorpora como tal poemario en la edición del año 2005 de su Obra poética (1954-2005).
El 29 de abril de 2011 el autor lo reproducía en una entrada en Libertad Digital, «Versos en el Día de la Madre», con este comentario: «Me cupo la suerte de tener una madre normal. Es decir, maravillosa. Seguro que muchos lectores, con la misma suerte que yo, podrán hacer suyo el soneto siguiente». Y dice así:
Profundo hogar y pozo de la vida, abierto amanecer, copiosa puerta, casa para tus hijos siempre abierta, nido con sol, estrella detenida.
Fuego para vivir, casa encendida, eres en tus ventanas luz alerta; si es de noche y de frío, hoguera cierta, y ternura de pan, de amanecida.
Sin ti muere sin flor la primavera, se muere sin calor de ti el verano, arde contigo el sol en el invierno.
A florecer y a amar vas tan certera, que en los jardines de tu cielo humano crecen la vida y el amor eterno[1].
[1] Cito por Jesús Mauleón, Obra poética (1954-2005), introducción de Tomás Yerro, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo / Institución Príncipe de Viana), 2005, p. 410.
En entradas anteriores he transcrito los sonetos «Obrero andaluz» y «A Miguel Hernández, pastor de Orihuela» de Jesús Mauleón (1936-2024), pertenecientes a La luna del emigrante y a Pie en la cima de sombra, respectivamente. Copio hoy otra composición, esta perteneciente al tercer poemario del sacerdote-poeta de Arróniz (Navarra), Salmos de ayer y hoy (Estella, Verbo Divino, 1997).
El poema, titulado «Sed de Dios», parafrasea el Salmo 63 y es buena muestra de la temática trascendente (el deseo de Dios, la presencia de la divinidad…) que tanta importancia alcanza en la producción poética (el texto lleva una dedicatoria «A José Luis Blanco Vega»):
Madrugamos por ti, Señor del día, pues tú eres nuestro Dios, pura mañana Desde una tierra de mortal sequía por ti suspira nuestra sed temprana.
Ansia de ti tenemos, agua pura, inmenso amor, torrente deseado, donde sanar la urgente quemadura que marcaste de ti en nuestro costado.
Desde el amanecer nada anhelamos como gozar la sombra de tu casa. Arrebatados a tu encuentro vamos desde una tierra que por ti se abrasa.
¡Oh, Dios, cómo resuena tu latido en la entraña del mundo, en su corteza! ¡Y cómo en el paisaje florecido que vistes de verdad y de belleza!
Te alabaremos, Dios, toda la vida, aquí o allí, velando o en el lecho, desde el dolor de la amorosa herida que tú clavaste a fuego en nuestro pecho.
Siempre eres nuestro auxilio. Nos sostienes en la zozobra de las horas malas. Seguros y colmados de tus bienes cantamos a la sombra de tus alas[1].
[1] Cito por Jesús Mauleón, Obra poética (1954-2005), introducción de Tomás Yerro, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo / Institución Príncipe de Viana), 2005, p. 291.
Ayer transcribí aquí el soneto «Obrero andaluz» de Jesús Mauleón (1936-2024), perteneciente a La luna del emigrante, buen reflejo de la temática social presente en ese primer poemario del sacerdote-poeta de Arróniz (Navarra). Traigo hoy otro soneto, este perteneciente a su segundo libro de poemas, Pie en la cima de sombra, que es un lírico homenaje «A Miguel Hernández, pastor de Orihuela».
Dice así:
Por una senda van los hortelanos[1], por otra va el pastor que sufre y vela cantando por los campos de Orihuela y apacentando lutos soberanos.
Las palabras —dos hondas en sus manos— hace zumbar en furia paralela, hiriendo el corazón y la entretela con pedradas de cantos sobrehumanos.
Coge el libro, Miguel, deja el cayado, pues se te arde la sangre con un bando de mastines aullándote en la entraña.
En pie de llanto pones el ganado. Canta poeta, que por ti balando van todos los rebaños por España[2].
[1] Este primer verso, destacado en cursiva en el original (aquí en redonda), retoma el inicial del Soneto 26 de El rayo que no cesa (Madrid, Héroe, 1936), de Miguel Hernández, que fue musicado por Amancio Prada (Vida e morte, 1974): «Por una senda van los hortelanos, / que es la sagrada hora del regreso, / con la sangre injuriada por el peso / de inviernos, primaveras y veranos. // Vienen de los esfuerzos sobrehumanos / y van a la canción, y van al beso, / y van dejando por el aire impreso / un olor de herramientas y de manos. // Por otra senda yo, por otra senda / que no conduce al beso aunque es la hora, / sino que merodea sin destino. // Bajo su frente trágica y tremenda, / un toro solo en la ribera llora / olvidando que es toro y masculino».
[2] Jesús Mauleón, Pie en la cima de sombra, Pamplona, Garrasi, 1986, prol. de Tomás Yerro Villanueva, p. 110.