«Apuntes sobre el drama histórico», de Martínez de la Rosa (y 3)

Más adelante Martínez de la Rosa centra su atención en el tema de las tres unidades, comenzando por el comentario de la unidad de acción, que es tan necesaria en el drama histórico como en cualquier otra obra dramática que se precie de bien construida:

Habiéndose de representar un grave acontecimiento histórico, el arte del poeta consiste en elegir los hechos y circunstancias más notables que puedan dar de él una cabal idea; en disponerlos de manera que cada uno esté en el lugar más oportuno, sin dañarse los unos a los otros, y antes bien prestándose recíproca ayuda; y en abarcar de tal suerte todos los materiales, que pueda reunirlos como en un haz, y atarlos con un fuerte nudo (p. 343).

Respecto a la unidad de lugar, afirma que se puede tolerar en una pieza un par de cambios de decoración, ya que «Muy menguado concepto tendrá de su arte el poeta que sacrifique una situación hermosísima, o que incurra en un absurdo manifiesto, por no mudar una que otra vez el lugar de la escena» (p. 344). Así, sugiere por vía de ejemplo que la acción pueda ocurrir en un lugar distinto en cada acto.

Francisco Martínez de la Rosa

Por lo que toca a la unidad de tiempo, lo más adecuado sería comprimir los lapsos necesarios entre acto y acto, de forma que el tiempo representado en cada uno de ellos viniera a coincidir con el tiempo de representación[1]; puede aceptarse que la acción se dilate a lo largo de «algunos días», sin que sea necesario ajustarse al «angustioso plazo de veinticuatro horas»; pero tampoco es conveniente ni verosímil que, en el conjunto de la obra, transcurran «muchos años».

Por último, Martínez de la Rosa dedica algunos párrafos al estilo y al lenguaje, limitándose a señalar que ambos deben ser decorosos («acomodados al argumento, a la condición de las personas, a su situación y demás circunstancias», p. 345), intermedios entre los característicos de la comedia y del drama. Pero esta cuestión, apostilla, no depende específicamente de normas y reglas, sino que requiere más bien el buen gusto, «o, por mejor decir, el instinto del genio».


[1] Cfr. K. Spang, Teoría del drama. Lectura y análisis de la obra teatral, Pamplona, Eunsa, 1991, cap. 6, «Tiempo», especialmente las pp. 246-247.

«Apuntes sobre el drama histórico», de Martínez de la Rosa (2)

Ya los autores del teatro clásico español como Juan de la Cueva, Lope o Calderón—sigue comentando Martínez de la Rosa— llevaron a efecto algunas «imitaciones de hechos históricos, sobrado sencillas y groseras» (p. 338), que fueron bien acogidas, «concurriendo a ello de consuno el gusto de la nación y la inclinación de los poetas» (p. 340). Sin embargo, considera que el drama histórico exige «lento estudio y profunda meditación»[1], circunstancia que no se avenía bien con el talante de los autores auriseculares, que tendían más bien a dar rienda suelta a su «fácil inventiva», cometiendo a las veces «faltas groseras de geografía y de historia» (p. 341); además, a ellos les importaba mucho más la acción externa, la sucesión de lances y acontecimientos, que la introspección psicológica en los caracteres de los personajes.

Prosigue después con una interesante reflexión que atañe a la contraposición entre la verdad histórica y la verdad poética, a propósito del concepto de mímesis o imitación literaria, de raigambre aristotélica, y la dicotomía entre Naturaleza y Arte:

Cabalmente, cuando se trata de argumentos históricos, la primera verdad es la verdad de la imitación; pues aunque no se exija, y antes bien sea grave falta reducirse a una copia servil, nunca debe perderse de vista la índole de semejantes composiciones. Ni por eso haya miedo que a la imaginación del poeta le falte en ellas campo para ostentar sus fuerzas; que en las obras del arte, aun cuando se propongan retratar a la Naturaleza, siempre hay que corregir y hermosear; sólo es preciso cuidar grandemente de no soltar la rienda a la fantasía, ni dejarla correr a ciegas (pp. 341-342).

Aquí pone Martínez de la Rosa el dedo en la llaga pues, en efecto, el acierto de un dramaturgo —o de un novelista— histórico radica fundamentalmente en la adecuada proporción y en la sabia mezcla de los materiales históricos y de los elementos ficticios que acarrea para la construcción de su obra. El autor no debe pecar por defecto en su labor documental, ni tampoco por exceso, sin olvidar jamás que la producción resultante de esa mezcla de historia y poesía, de realidad y de ficción, es una obra ficticia correspondiente al terreno de la literatura, no de la historiografía: en las etiquetas drama histórico o novela histórica, lo histórico es lo adjetivo o circunstancial, en tanto que lo sustantivo o esencial es drama y novela.

La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa

En efecto, el autor de La conjuración de Venecia recomienda poco después con ahínco la fidelidad histórica, pero reconoce explícitamente que «el poeta no es cronista; el fin que se proponen es distinto, diversos los instrumentos de que se valen; sus obras no deben parecerse» (p. 342). Dado que un drama no está pensado para que el receptor lo lea con tranquilidad y detenimiento, sino para ser representado sobre la escena —sigue argumentando—, la obra ha de tener «acción, movimiento, vida» para que no resulte desangelada y fría. Al dramaturgo le resulta necesario tratar de «conmover el corazón, presentando al vivo sentimientos naturales y lucha de pasiones», para conseguir el objetivo «de embargar la atención, de excitar interés, y de ganar como por fuerza el ánimo de los espectadores». De esta forma, si así fuese, se lograría reunir en esta clase de dramas «la utilidad de la historia y el encanto de la tragedia» (p. 342).


[1] La misma característica hubiese señalado para las novelas: Martínez de la Rosa es representante de una corriente de novela histórica bien documentada, casi erudita, como demuestran las prolijas notas que acompañan a su Doña Isabel de Solís. 

«Apuntes sobre el drama histórico», de Martínez de la Rosa (1)

Ofreceré hoy una paráfrasis de las notas que acerca del drama histórico redactó uno de sus cultivadores románticos, Francisco Martínez de la Rosa, y que se publicaron en el tomo V de la edición parisina, de Didot, de sus Obras literarias, como prólogo a La conjuración de Venecia. Y es que, aunque al principio y al final de esos «Apuntes sobre el drama histórico»[1] insista el escritor granadino en su carácter de meras reflexiones que entrega a la consideración del público y de otros autores que quieran acercarse al género, tales notas resultan interesantes por transmitirnos una opinión contemporánea sobre el subgénero que nos ocupa. Por supuesto, tales apuntes no pretenden alcanzar el valor de una preceptiva, aunque Martínez de la Rosa, como muchos otros de los primeros escritores románticos, no se halla todavía demasiado lejos —según veremos en seguida por sus palabras— de los principios neoclásicos.

Francisco Martínez de la Rosa

En primer lugar, afirma que considera inútil defender la existencia de tales obras, los dramas históricos, pese a que constituyen una categoría no recogida por los grandes tratadistas clásicos (Aristóteles y Horacio); su aceptación, y hasta su triunfo en la escena española contemporánea, constituyen, viene a decir, su mejor ejecutoria.

A continuación, pasa a señalar algunas características de este subgénero histórico, empezando por la máxima horaciana, que luego hicieron suya los ilustrados, de «mezclar lo útil y lo dulce», o sea, de «enseñar deleitando»:

Basta, pues, que el drama histórico posea la condición esencial de reunir la utilidad y el deleite, para que deba hallar en el teatro acogida y aceptación; y cierto que pocas composiciones habrá que puedan ser de suyo tan instructivas, y ofrecer al ánimo un desahogo tan apacible. Aun leyendo meramente la Historia, nos cautivan por lo común aquellos pasajes a que ha dado el autor una forma dramática, y en que nos parece que los personajes se mueven, obran, hablan por medio del diálogo; ¿qué será, pues, cuando veamos representado al vivo un suceso importante, y que casi creamos tener a la vista a los personajes mismos, seguir sus pasos, oír su acento?… (p. 338).

La historia, pues, como maestra de la vida. Pero la historia, en este caso, pasada por el tamiz de la literatura.


[1] Se incluyen a modo de apéndice en Francisco Martínez de la Rosa, Obras dramáticas. La viuda de Padilla, Aben Humeya y La conjuración de Venecia, ed. de Jean Serrailh, Madrid, Espasa-Calpe, 1954, pp. 337-345, por donde citaré.

Sobre la novela y el drama románticos

Apenas hay en la Historia asunto importante y extraordinario que no encierre en sus propias entrañas un tesoro de poesía (Francisco Martínez de la Rosa).

La recuperación de temas y personajes de la historia que se produce en España en los años que dura —numerosos, para algunos críticos, más bien escasos y raquíticos para otros— el movimiento romántico es consecuencia en parte del exotismo buscado por los autores que se enmarcan en dicha tendencia literaria. Exotismo en el espacio, por un lado, que llevó a su fantasía a imaginar aventuras en escenarios lejanos, como el Oriente Medio, la India o China; pero también exotismo en el tiempo, acudiendo sobre todo a una tópicamente idealizada Edad Media, cristiana y caballeresca.

Tanto los novelistas como los dramaturgos españoles encontraron en la historia, preferentemente la nacional, un verdadero filón para los argumentos de sus respectivas producciones[1]. Y aunque no toda la novela que se escribió durante el Romanticismo es novela histórica, ni todos los dramas de la misma época son dramas históricos, resulta innegable, a la vista de los catálogos y de otras fuentes de información[2], que tanto las novelas como los dramas de temática histórica dominan con claridad el conjunto de la producción literaria en los años 30 y 40, cuando menos, del siglo XIX.

Dama y caballero

Tanto la novela como el drama históricos contaban con claros antecedentes en épocas pasadas de la historia literaria, si bien su nacimiento como subgéneros literarios[3] modernos dentro de la narrativa y la dramática coincide con la época romántica, merced al impulso que le dan algunos autores señeros —Scott y Manzoni, en el caso de la novela, o Schiller para el teatro—, quienes consiguen en sus obras fijar unos patrones definitorios que serán imitados por una legión de seguidores. En opinión de Juan Ignacio Ferreras, y para el caso de España,

Se podría afirmar que el drama romántico vino a ensanchar el drama histórico o, mejor aún, que el drama romántico vino a resucitar toda la libertad «romántica» de nuestros dramas clásicos de Lope, Tirso y Calderón y tantos otros. Si esto fuera así, el romanticismo fue también una recuperación y la liquidación definitiva del neoclasicismo dieciochesco[4].


[1] Para los motivos que explican el tratamiento de la materia histórica en determinadas épocas, puede consultarse el clásico estudio de Georges Lukács, La novela histórica, 3.ª ed., trad. de Jasmin Reuter, México, Ediciones Era, 1977, donde se dedica además el cap. II a «La novela histórica y el drama histórico» (pp. 103-206). Puede verse también Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976.

[2] Por ejemplo, para la novela son útiles dos trabajos de Juan Ignacio Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1830), Madrid, Taurus, 1972 y su Catálogo de novelas y novelistas españoles del siglo XIX, Madrid, Cátedra, 1979; para el drama, Ermanno Caldera, Il dramma romantico in Spagna, Pisa, Università di Pisa, 1974, Piero  Menarini et al., El teatro romántico español (1830-1850). Autores, obras, bibliografía, Bolonia, Atesa Editrice, 1982, Tomás Rodríguez Sánchez, Catálogo de dramaturgos españoles del siglo XIX, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1994, o el panorama de David T. Gies, El teatro en la España del siglo XIX, Cambridge, Cambridge University Press, 1996. El drama histórico no se agota con el Romanticismo; se seguirá cultivando en la época realista, si bien con menor intensidad, con títulos como Un hombre de Estado, Rioja y Los dos Guzmanes, de Adelardo López de Ayala; La venganza de Atahualpa, de Valera; Locura de amor, de Tamayo y Baus; Gerona, Zaragoza y Santa Juana de Castilla, de Pérez Galdós; En el puño de la espada y En el seno de la muerte, de Echegaray, etc.

[3] Considero la novela y el drama históricos como subgéneros literarios, reservando la etiqueta de géneros para los tres grandes bloques de la narrativa, la lírica y la dramática; cfr. Kurt Spang, Géneros literarios, Madrid, Síntesis, 1993.

[4] Juan Ignacio Ferreras, El teatro en el siglo XIX, Madrid, Taurus, 1989, p. 51.

José García de Villalta (1801-1846), novelista histórico

De José García de Villalta (Sevilla, 1801-Atenas, 1846), periodista liberal, hay que recordar su novela El golpe en vago. Cuento de la decimaoctava centuria, del importante año de 1835. Esta obra supone una nueva aportación a la tendencia de la novela histórica, pues sirve para introducir en ella las opiniones políticas del autor. En efecto, García de Villalta defiende sus ideas liberales y lanza duros ataques contra los jesuitas, bajo el nombre encubierto de «alquimistas».

Portada de El golpe en vago

Las aventuras de los dos amantes, separados por varias personas que se oponen a su amor, constituyen la trama central de la intriga, pero se ven interrumpidas por constantes digresiones que rompen el ritmo narrativo, además de perderse en una maraña de personajes y episodios secundarios con muy poca ilación entre sí. No ha podido comprobarse si es cierto, como se ha dicho alguna vez, que la novela fue redactada primero en inglés —García de Villalta estuvo emigrado y fue traductor— con el título de The Dons of the Last Century.

Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), novelista histórico

Después de publicar en 1834 la obra Hernán Pérez del Pulgar, el de las hazañas. Bosquejo histórico, Francisco Martínez de la Rosa dio a las prensas su novela Doña Isabel de Solís, reina de Granada (en los años 37, 39 y 46), que es una de las más históricas del género aunque, por la misma razón, una de las menos novela. Martínez de la Rosa hace gala de su erudición añadiendo más de trescientas notas de considerable longitud (las coloca, eso sí, al final, «como en un lugar de destierro», para no romper el ritmo de lectura), lo que convierte a la obra en una biografía novelada.

El volumen de lo histórico casi ahoga la fantasía del autor, que tampoco era novelista y que trabaja más bien como historiador; pero, por otro lado, su trabajo no puede alcanzar la categoría de historia por la mezcla de elementos ficticios. Menéndez Pelayo la calificó de «erudita y soporífera novela»[1]; de la misma forma, ha sido juzgada con excesiva severidad por toda la crítica. Es cierto, sería absurdo negarlo, que las descripciones son muy prolijas y los diálogos muy escasos pero, a pesar de todo, puede leerse con cierto interés; cuando menos, está escrita en una prosa culta y cuidada, con ciertos toques arcaizantes.

Francisco Martínez de la Rosa

En esta novela, frente a lo que es habitual en el género, sí aparecen personajes históricos importantes en el primer plano de la acción. La reconstrucción, como es obvio, alcanza el grado de lo arqueológico, hasta el punto de que se ha podido decir que el verdadero protagonista de la novela es la ciudad de Granada y que al autor importó más pintar un cuadro de época que novelar la historia de la cautiva cristiana. Tiene también su importancia por ser la primera novela romántica de tema granadino (si exceptuamos el Gómez Arias de Trueba), que recupera además el viejo tema de las novelas moriscas del amor entre personas pertenecientes a distinta raza y religión.


[1] Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, Madrid, CSIC, 1943, vol. III, p. 143.

Patricio de la Escosura (1807-1878), novelista histórico

Patricio de la Escosura (Oviedo, 1807-Madrid, 1878) fue militar liberal y conoció el exilio. Sus novelas tocan temas muy variados, desde la ambientación medieval en el reinado de doña Urraca de Castilla en El conde de Candespina (1832) hasta el episodio contemporáneo en El patriarca del valle (1846-1847) pasando por el tema del pastelero de Madrigal y el reinado de Felipe II en Ni rey ni Roque, su mejor obra, o el tema americano en La conjuración de Méjico o Los hijos de Hernán Cortés (1850).

Menos interesantes nos resultan sus Estudios históricos sobre las costumbres españolas (1851) que, pese al título, son una «novela original», y sus Memorias de un coronel retirado (1868), de carácter autobiográfico.

Patricio de la Escosura

En Ni rey ni Roque no pretende una reconstrucción histórica ambiciosa, sino que su propósito declarado es distraer al lector; se le ha criticado su estilo narrativo simple y hasta incorrecto a veces en lo gramatical (frases mal construidas, redundancias…). Sin embargo, sus diálogos son buenos y consigue que su obra resulte amena y se lea con facilidad…, lo que no es poco en este tipo de obras.

Estanislao de Cosca Vayo (1804-1864), novelista histórico

El valenciano Estanislao de Cosca Vayo (Valencia, 1804-1864) inicia su producción con una novela no histórica, sino sentimental, El Voyleano o La exaltación de las pasiones (1827); le sigue una de las primeras de ambiente histórico contemporáneo, Los terremotos de Orihuela (1829). Al año 1830, el mismo de Los bandos de Castilla de López Soler, corresponde Grecia o La doncella de Misolonghi. De 1831 es Historia imparcial de la emperatriz Eudoxia Foederovna, esposa del Czar Pedro I el Grande, y de 1832 La amnistía y Aventuras de un elegante o Las costumbres de antaño, otro relato no histórico.

Su obra más importante en la materia que nos ocupa, la novela histórica romántica, es La conquista de Valencia por el Cid, de 1831.

Portada de La conquista de Valencia por el Cid

Del año 34 es Los expatriados o Zulema y Gazul, y del siguiente Juana y Enrique, reyes de Castilla. Después publicaría La hija del Asia (1848).

Sus novelas aparecen, salvo Los expatriados, en Valencia y en ellas, sobre todo en La conquista de Valencia por el Cid podemos encontrar el paisaje levantino; sus descripciones, un tanto genéricas pero no exentas de cierta suave melancolía, hacen que, junto con Cortada y Sala, se adelante a Gil y Carrasco en traer a la novela histórica escenas coloristas del paisaje de su región. Señalar que sus personajes se caracterizan por la escasa penetración psicológica sería hablar de un mal corriente en la mayoría de todos estos autores (por ejemplo, el carácter del Cid, idealizado al máximo por el patriotismo de Vayo en su novela, resulta inverosímil). Sus diálogos son muy poco vivos. Por lo demás, destaca su estilo limpio, castizo, con alguna reminiscencia cervantina, demasiado florido y ampuloso en ocasiones.

Juan Cortada y Sala (1805-1868), novelista histórico

Este escritor catalán (Barcelona, 1805-Sant Gervasi, 1868) era historiador y pudo documentarse para sus relatos, que guardan por tanto una fidelidad histórica aceptable.

Juan Cortada y Sala

Publica en Barcelona varias novelas que destacan precisamente por su catalanismo: Tancredo en Asia. Romance histórico del tiempo de las cruzadas (1833-1834), La heredera de Sangumí. Romance original del siglo XII (1835), El rapto de doña Almodis, hija del conde de Barcelona, don Berenguer III. Narración histórica (1836), Lorenzo. Novela histórica del siglo XIV (1837), Las revueltas de Cataluña o El bastardo de Entença (1838) y El templario y la villana (1840-1841). Su segunda novela inaugura, de hecho, la corriente regionalista dentro de la novela histórica romántica. La última pudo influir en la obra de Gil y Carrasco, que aparecerá en 1844.

Algunos de los subtítulos parecen indicar (y algunas características de sus novelas, como la invocación a las musas, por ejemplo, lo confirman) que Cortada entendía la novela histórica como un poema heroico en prosa.

Larra, novelista histórico: «El doncel de don Enrique el Doliente» (1834)

El caso de Mariano José de Larra (1809-1837) es semejante al de Espronceda pues, no siendo conocido como novelista, publica una novela histórica (también en 1834 para la colección de Repullés), El doncel de don Enrique el Doliente. Historia caballeresca del siglo XV y, al igual que aquel, la personaliza trasladando a ella sus problemas y haciendo trasunto de su persona al protagonista.

Larra y El doncel de don Enrique el Doliente

Sin embargo, la novela de Larra es bastante mejor que la de Espronceda[1]: los personajes están más matizados, ya que se concede gran importancia al análisis de los sentimientos. Su documentación es seria y, sin caer en lo arqueológico, nos muestra variados aspectos de la vida señorial de aquel momento. Pero no es la reconstrucción histórica lo que más interesa, sino la violenta pasión amorosa, puramente romántica, que conduce a Macías[2] a la muerte, y a la locura a Elvira: el amor imposible lleva a la muerte por amor. Por otra parte, la novela está bien escrita, aunque el estilo resulta un tanto desigual. El autor se deja notar con muchísima frecuencia por medio de digresiones acerca de la situación política del momento y a través de la constante ironía de las palabras del narrador.


[1] Para Marcelino Menéndez Pelayo era «la primera novela histórica digna de leerse entre las compuestas a imitación de Walter Scott» (Obras de Lope de Vega, Madrid, RAE, 1898, vol. X, p. LVIII). Citado por Varela Jácome, Estructuras novelísticas del siglo XIX, Barcelona, Hijos de José Bosch S. A., 1974, p. 62.

[2] Larra trató el mismo tema del trovador Macías, aunque con algunas diferencias en el desenlace, en una obra dramática.