Teresa de Jesús, una santa «trazadora de versos»

Santa Teresa de Jesús, cuyo quinto centenario del nacimiento estamos celebrando a lo largo de este año 2015, tuvo fama ya en su tiempo de ser buena «trazadora de versos»; ella misma decía que, «con no ser poeta», necesitaba cantar a través de sus versos la hermosura de Jesucristo. Esas composiciones poéticas que salieron de su pluma las escribía —siempre sobre temas piadosos— para entretener a sus monjas o aliviar la monotonía y el cansancio de los numerosos viajes que realizó la andariega de Dios. Muchas le han sido atribuidas por la tradición, pero resulta difícil saber cuántas y cuáles son realmente suyas y cuáles no. Parece que escribió siempre en metros cortos, populares, fuera de la línea iniciada por Garcilaso, a pesar de que esta fue seguida por otros grandes escritores espirituales como fray Luis de León y san Juan de la Cruz.

San Fernando y Santa Teresa

Su poema más famoso seguramente sea el que glosa la letrilla «Vivo sin vivir en mí…», que expresa su sed de eternidad en unión con la divinidad. Muy conocidos son también estos otros versos suyos:

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Solo Dios basta[1].

Anota Tomás Álvarez que

Es letrilla que llevaba consigo la Santa en su breviario, al morir en Alba de Tormes (1582). Existe una extensa glosa poética de esta letrilla, pero no hay indicios de que también esa glosa sea de la Santa.

En fin, terminaremos por hoy —pero habrá nuevas ocasiones de volver sobre la producción poética de santa Teresa— recordando su poema «Vuestra soy, para Vos nací: / ¿qué mandáis hacer de mí?». Este texto constituye la mejor expresión de una vida entendida como don del amor de Dios y como ofrenda a Él; aquí, en efecto, el yo lírico se entrega, poniéndose por entero en las manos de Dios:

Vuestra soy, para Vos nací:
¿qué mandáis hacer de mí?

Soberana Majestad,
eterna sabiduría,
bondad buena al alma mía;
Dios alteza, un ser, bondad,
la gran vileza mirad
que hoy os canta amor así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, pues me criastes,
vuestra, pues me redimistes,
vuestra, pues que me sufristes,
vuestra, pues que me llamastes,
vuestra, porque me esperastes,
vuestra, pues no me perdí:
¿qué mandáis hacer de mí?

¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le habéis dado
a este esclavo pecador?
Veisme aquí, mi dulce Amor,
Amor dulce, veisme aquí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma,
mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición;
dulce Esposo y redención,
pues por vuestra me ofrecí,
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme muerte, dadme vida,
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad,
dadme guerra o paz crecida,
flaqueza o fuerza cumplida,
que a todo digo que sí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme riqueza o pobreza,
dad consuelo o desconsuelo,
dadme alegría o tristeza,
dadme infierno o dadme cielo,
vida dulce, sol sin velo,
pues del todo me rendí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis, dadme oración;
si no, dadme sequedad,
si abundancia y devoción,
y si no esterilidad.
Soberana Majestad,
solo hallo paz aquí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme, pues, sabiduría,
o, por amor, ignorancia;
dadme años de abundancia,
o de hambre y carestía;
dad tiniebla o claro día,
revolvedme aquí y allí,
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis que esté holgando,
quiero por amor holgar.
Si me mandáis trabajar,
morir quiero trabajando.
Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?
Decid, dulce Amor, decid:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme Calvario o Tabor,
desierto o tierra abundosa;
sea Job en el dolor,
o Juan que al pecho reposa;
sea viña fructuosa,
o estéril, si cumple así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Sea José puesto en cadenas,
o de Egipto adelantado,
o David sufriendo penas,
o ya David encumbrado;
sea Jonás anegado,
o libertado de allí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Esté callando o hablando,
haga fruto o no le haga,
muéstreme la ley mi llaga,
goce de Evangelio blando;
esté penando o gozando,
solo Vos en mí vivid:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, para Vos nací:
¿qué mandáis hacer de mí?[2]


[1] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, 16.ª ed., Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1368.

[2] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, pp. 1358-1360, con ligeros retoques en la puntuación. El editor explica en nota al pie: «Poema que […] tiene amplias resonancias paulinas. Está inspirado en la palabra y el gesto de san Pablo en el camino de Damasco: «Señor, ¿qué queréis que haga?». Ya en Vida había expresado la Santa reiteradamente ese sentimiento: «Vuestra soy, disponed de mí…» (V. 21,5)».

La «Oración a don Quijote» de Gonzalo Gantier Gantier

Los seguidores habituales del blog habrán notado cierta (inusual) inactividad en la Ínsula en estas últimas semanas. Podría decir, como Cervantes en el prólogo a su colección teatral, que «tuve otras cosas en que ocuparme»… Así es, y no estará de más retomar hoy las entradas con una dedicada precisamente a una recreación cervantina (quijotesca, más exactamente). Vale.

Carlos, Gobernador de la Ínsula

Gonzalo Gantier Gantier nació en Sucre (Bolivia), en 1930. Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y egresado de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca, ha ocupado diversos cargos en el Ministerio de Educación de Bolivia. Ha sido Catedrático de la Universidad Católica Boliviana de La Paz, de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y, en la actualidad, de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca. En el ámbito de la creación literaria hay que recordar su libro de poemas Juventud y canas (Sucre, Imprenta Universitaria, 1995). Sobre su poesía ha escrito Gabriel Chávez Casazola:

La poesía de Gonzalo Gantier, recogida en el volumen Juventud y canas, recuerda inmediatamente el tono del romancero español y de la poesía de García Lorca.

Sin embargo, sobre esta inspiración universal, Gantier construye un universo muy personal, expresado en tres vertientes que constantemente juegan a confundirse: una poesía religiosa, en la que alternan las concepciones inmanente y trascendente de la divinidad; una poesía erótica, repleta de imágenes a la par sugerentes y provocativas; y una poesía intimista, autorreflexiva, que se interroga sobre el estar del poeta[1].

Del corpus de su producción poética me interesa destacar su «Oración a don Quijote», en la que el personaje cervantino no solo encarna el ideal de la lucha por la igualdad y la justicia, sino que —un paso más allá— es invocado para que se convierta en un líder revolucionario de todos los pobres y explotados de la tierra, pero en especial los de los pueblos de Hispanoamérica. En este sentido, en la tercera estrofa, las referencias a King (Martin Luther King) y Guevara (Ernesto Che Guevara) son bastante transparentes. «Camilo en Colombia» es alusión a Camilo Torres Restrepo (Bogotá, 1929-Patio Cemento, Santander, 1966), sacerdote católico, pionero de la Teología de la Liberación y miembro del grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional (ELN). En fin, con «Marcelo en mi patria» entiendo que se refiere a Marcelo Quiroga Santa Cruz (Cochabamba, 1931-La Paz, 1980), político, escritor y profesor universitario que en 1971 fundaría en Bolivia el Partido Socialista (PS-1), del que sería su primer secretario.

Don Quijote revolucionario

Este es el texto completo del poema:

Una nariz de aquelarre
pegada a un rostro cenceño.
La adarga al brazo derecho
y el escudo al otro lado.

Así busca la justicia,
con Fe, Amor y Esperanza,
mi señor, mi don Quijote,
llamado Alonso Quijano.

Así galopa y galopa
desde la meseta hispana,
atravesando los mares,
sin importarle los montes,
ni los ríos, los océanos,
hasta quedarse colgando
en las montañas del Ande.

Eres Camilo en Colombia.
Eres Marcelo en mi patria.
Eres King entre los negros,
y en la América, Guevara.

No te detengas, Quijano,
en este mundo aterrado,
donde los ricos campean
explotando a los de abajo.
¡DESCUÉLGATE DE LOS ANDES!
¡Surca llanos y altiplanos,
que la sangre de estos pueblos,
divididos, separados
por el imperio del Norte,
no tiene sino un color,
ya que todos son hermanos,
desde los charros del Norte
hasta las tierras del gaucho!

¡Descuélgate, mi Señor!
Que es un grito desgarrado
el que surge de los Andes,
en medio de los volcanes,
desde Medellín y Puebla,
desde Tejas y Chicago,
hasta el estrecho del Sur
donde pasó Magallanes.

Las guerras y las tensiones
no suceden entre Estados.
Son unos cuantos señores
con el estómago hartado
que se aferran al poder,
que nos tienen engañados,
sin advertir que los pobres
ya estamos organizados
para empezar otra edad:

¡LA TUYA, ALONSO QUIJANO!

Por eso te lo decimos,
con nuestra sangre en las manos,
con nuestros rostros de sol,
con nuestra escuela sin bancos,
con nuestra piel hecha harapos,
con nuestra gente vendida
al dinero, a los gusanos
aferrados a un poder
que no sale de sus manos…
¡Te lo pedimos gritando
con nuestros dedos crispados,
donde el HOMBRE ya no es HOMBRE,
mucho menos nuestro HERMANO!:

¡Desguélgate, don Quijote,
que estamos ya preparados!

¡Desguélgate, don Quijote,
con tus brazos desgajados,
con tu nariz de aquelarre,
con tus huesos anudados!

¡DESCUÉLGATE, QUE EN LA AMÉRICA
ESTAMOS YA PREPARADOS![2]


[1] Gabriel Chávez Casazola, «Poesía chuquisaqueña de fin de siglo. Aproximación al concepto y una breve indagación textual», introducción a Poesía chuquisaqueña de fin de siglo XX, compilación y edición de María Teresa Lema Garrett, La Paz, Plural Editores, 1999, p. 23.

[2] Tomo el texto, con ligeros retoques, de la citada antología Poesía chuquisaqueña de fin de siglo XX, pp. 98-100.