Características de «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado: el subgénero de esta novela

La enumeración de las principales características de la novela[1] nos permitirá acercarnos a la cuestión del subgénero narrativo al que pertenece. Estamos, a mi juicio, ante una novela histórica de aventuras, con los ingredientes propios de este tipo de relato: 1) la división maniquea del universo novelesco en héroes (Sancho, Clara) y sus coadyuvantes (Monardes, Bartolo, Josué), por un lado, y villanos (Vargas, Monipodio) y sus secuaces (De Groot, Gabriel Soutino el Cuervo, Catalejo, Maniferro), por otro; 2) acumulación de lances y aventuras que se suceden con un ritmo que pudiéramos calificar de “cinematográfico” (duelos de espada, peleas, persecuciones, asaltos, etc.); 3) una historia de amor con personajes que buscan su propio destino y su libertad (Sancho y Clara), y que tienen deseos de venganza y justicia (Sancho). Se aprecia en la novela una rigurosa documentación histórica, aunque sin alardes de erudición, de forma que la lectura no se hace pesada. Al contrario, estamos ante una redacción fluida, que hace ágil y ameno el discurrir de los acontecimientos.

La leyenda del ladrón, de Juan Gómez-Jurado

Otra característica destacada la constituyen los paralelismos que se establecen entre el tiempo en que se ambienta la acción y nuestros días, el de los lectores contemporáneos: por un lado, se presenta una época de crisis, marcada por la pobreza y las desigualdades sociales, la existencia de políticos y gobernantes corruptos, la venalidad (o parcialidad) de la justicia, siempre favorable a los poderosos y cruel con los más desposeídos. En este contexto se inserta la presencia del protagonista, Sancho, personaje que sueña con la justicia y la libertad. En segundo lugar, se destaca la “invisibilidad” (o escasa presencia) de la mujer en la sociedad. Y, en ese sentido, tenemos al personaje femenino, Clara, que trata de ser libre y tomar las riendas de su destino a través del ejercicio de la profesión médica en un momento en que esta era fundamentalmente cosa de hombres.

Cabe destacar también, como no podía ser de otra manera, la importancia de la materia y la intertextualidad cervantinas. Por un lado está la propia inclusión de Cervantes como uno de los personajes (ya he señalado que no es el protagonista central, pero sí que tiene cierta relevancia). A esto hay que sumar la amistad que se entabla entre el (futuro) autor del Quijote y Shakespeare, que pasan mucho tiempo «hablando de historias y de gentes» (p. 648). Sus diálogos servirán, entre otras cosas, para hacer surgir la inspiración mutua para obras que escribirán próximamente. Añadamos asimismo la amistad de Cervantes y Sancho, que también servirá de inspiración para una futura historia, nada menos que el Quijote (un personaje que lucha por la justicia y la libertad, y el episodio concreto del acuchillamiento de los toneles de vino, que mencionaré en una próxima entrada). En fin, no debemos olvidar la inclusión de Monipodio —un personaje ficticio cervantino inserto en esta otra ficción novelesca— y la descripción del hampa sevillana, que remite en última instancia, obviamente, a Rinconete y Cortadillo, junto con otros elementos diversos de intertextualidad cervantina repartidos a lo largo de todo el relato[2].


[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

«La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado: estructura y argumento

Examinemos ahora la estructura y el argumento de La leyenda del ladrón[1]. Ofrezco primero la división externa de la novela, que nos brinda información acerca de las fechas exactas en las que se sitúa la acción de la historia:

—«Prólogo. A mitad de camino entre Écija y Sevilla. Septiembre de 1587» (pp. 9-21)

—«Octubre de 1588 a marzo de 1589» (caps. I-XXVII, pp. 23-218)

—«Abril de 1589 a agosto de 1589» (caps. XXVIII-XL, pp. 219-332)

—«Septiembre de 1590 a abril de 1591» (caps. XLI-LIV, pp. 333-486)

—«Interludio. Once años antes» (pp. 487-497)

—[Continúa la cronología de «Septiembre de 1590 a abril de 1591»] (caps. XLV-LXX, pp. 498-645)

—«Epílogo» (pp. 647-654)

La leyenda del ladrón, de Juan Gómez-Jurado

A los materiales que forman la parte propiamente narrativa habría que añadir una serie de textos preliminares y postliminares, a saber:

—[Una nota sobre la aplicación de realidad aumentada para smartphones] (p. 5)

—[La dedicatoria] «A la memoria de José Antonio Gómez-Jurado, que me enseñó a apreciar una buena historia» (p. 7)

—«Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón» (pp. 655-659)

—«Agradecimientos» (pp. 661-662)[2] 

El argumento se puede resumir, en unos pocos párrafos, así: Miguel de Cervantes, comisario de abastos de Su Majestad, salva al joven Sancho, al que halla junto a su madre muerta por la peste en una venta del Camino Real entre Sevilla y Écija, la venta de Griján. Lo deja en el orfanato de la Hermandad del Santo Niño de Sevilla al cuidado de fray Florencio. Cual buen samaritano, aporta para su cuidado seis escudos de oro, que —se dirá más adelante— serán la mejor inversión de su vida[3].

Siguen luego las historias —que se enlazarán— de Sancho y de su amiga Clara. Un día Sancho de Écija, que vive en el orfanato sevillano donde fue recogido y trabaja como esportillero, roba una moneda del cargamento de oro del rico comerciante Francisco de Vargas. Surge así el enfrentamiento con De Groot, el lugarteniente de Vargas. Comienza pronto el aprendizaje para la vida de Sancho: el enano Bartolo será el encargado de enseñarle el noble arte de Caco[4] (es decir, el robar sin ejercer violencia). Por su parte, Clara es una joven esclava, hija de la esclava caribe Catalina y de Francisco de Vargas (quien la desea sexualmente, pese a saber que es su hija). Sancho empieza a trabajar con Castro en la taberna del Gallo Rojo, donde conoce a Guillermo de Shakespeare, un vagabundo borrachín, actor y escritor que finge ser irlandés (porque España e Inglaterra están en guerra en ese momento, y sería peligroso afirmar que es inglés). Se da luego la presentación de Monipodio, conocido como «el Rey de los Ladrones», y su Corte del hampa sevillana, en evidente guiño y homenaje al Rinconete y Cortadillo cervantino. Clara encuentra la protección de Nicolás de Monardes, un médico —personaje este histórico, de figura bien conocida— que se muestra dispuesto a enseñarle el oficio. Tiene lugar después el asesinato del enano Bartolo a manos de Catalejo y Maniferro, por orden de Monipodio. Surgirá así el deseo de venganza de Sancho, que deberá quedar aplazado un tiempo porque el muchacho es detenido por ladrón[5].

El siguiente tramo narrativo nos presenta a Sancho en galeras, donde traba amistad con el negro Josué. Ambos lograrán recuperar la libertad cuando un jabeque tunecino echa a pique la galera San Telmo en la que reman. Sigue luego el año de formación de Sancho con el maestro espadero Joachim Dreyer en la localidad de Castilleja de la Cuesta (Sevilla), quien le enseña el arte de la esgrima[6].

Gracias a la herencia de Monardes, Clara obtiene su libertad, aunque prosigue el acecho de su padre sobre ella. Sancho y Clara terminan enamorándose. El joven puede ejecutar ahora su plan de venganza contra Monipodio, cuando los Fantasmas Negros debilitan su organización delictiva y el hampón pierde todo su crédito en Sevilla. A su vez, Sancho ayuda a Cervantes en un garito de juego. Vargas secuestra a Clara y pide un rescate de 20.000 escudos. Para poder pagarlo, Sancho roba el oro —200 centenes— de la Casa de la Moneda[7]. Con la ayuda de Cervantes y Shakespeare, el muchacho logra desacreditar a Vargas, que había acaparado todo el trigo de Sevilla, causando la hambruna del pueblo. Consiguen también liberar a Clara y mueren De Groot y Vargas[8].

Además, en un interludio narrativo, se recupera la historia de Cervantes rescatado de Argel, al tiempo que se ofrecen algunos detalles sobre su cautiverio[9].

Nos acercamos así al final de la novela. Los protagonistas se despiden en el muelle de Sevilla, dispuestos a emprender una nueva vida (como en el final del Buscón quevediano). Shakespeare se dispone a regresar a su país, donde intentará que se representen algunas obras dramáticas que se le han ocurrido durante el tiempo que ha pasado en España. Cervantes también tiene una historia —la de don Quijote, claro está— que «Bien contada podría ser brillante» (p. 652). Sancho, Clara y el negro Josué se embarcan para las Indias, donde podrán iniciar otra vida, buscar su lugar en el (Nuevo) mundo y ser libres. Así pues, el relato se cierra con este final esperanzado, y que queda abierto para una posible continuación[10].


[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] Hay que sumar diez marcas de respuesta rápida (códigos QR) situadas en las pp. 34, 48, 58, 144, 171, 226, 299, 420, 535 y 580.

[3] «Prólogo. A mitad de camino entre Écija y Sevilla. Septiembre de 1587»
(pp. 9-21).

[4] Asistimos a este diálogo: «—Pero ¿tú de dónde sales, niño? Creo que tendré que trabajar mucho contigo si es que de verdad quieres dedicarte a este oficio. / —¿A qué oficio?/ —¿A cuál va a ser? Al noble arte de Caco, a la redistribución de la riqueza, a la incautación de excedentes. Al robo, vamos» (p. 38).

[5] «Octubre de 1588 a marzo de 1589» (caps. I-XXVII, pp. 23-218).

[6] «Abril de 1589 a agosto de 1589» (caps. XXVIII-XL, pp. 219-332).

[7] Tendríamos aquí una versión avant la lettre de La Casa de Papel, con Cervantes en funciones de El Profesor, planeando el golpe perfecto y fundiendo el oro para transportarlo mejor.

[8] «Septiembre de 1590 a abril de 1591» (caps. XLI-LIV, pp. 333-486 y XLV-LXX, pp. 498-645).

[9] «Interludio. Once años antes» (pp. 487-497).

[10] «Epílogo» (pp. 647-654). Nótese, en fin, que el relato adopta una estructura circular, pues empezaba con la llegada de la flota de Indias y acaba, precisamente, con la partida de la flota a las Indias. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

«La leyenda del ladrón» (2012), de Juan Gómez-Jurado, una exitosa novela de aventuras históricas

Hasta donde se me alcanza, no existe bibliografía (académica) acerca de esta novela, que data del año 2012[1] (y que ha conocido diversas ediciones, en distintos formatos, incluyendo una app con realidad aumentada[2]), aunque sí hay muchas reseñas y comentarios en Internet (blogs, foros de lectura, grupos de Facebook sobre novela histórica…) y algunas entrevistas al autor en prensa y digitales[3]. En este sentido, es útil recordar la «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», que figura al final de las distintas ediciones. En la edición conmemorativa de 2021 se añade un «Prólogo» explicativo. En fin, el autor dio cuenta de la génesis de la novela, comentando el trabajo de documentación histórica que llevó a cabo y otras cuestiones relacionadas con su redacción en una serie de ocho entradas aparecidas en ZendaLibros entre el 16 de abril y el 25 de mayo de 2016, «Cómo escribí La leyenda del ladrón», que resultan de gran utilidad.

Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón

Un detalle que llama la atención es que las contracubiertas de estas ediciones, y lo mismo los textos promocionales de la novela, no aluden (al menos no directamente) a Cervantes y a Shakespeare, nombres que, sin duda alguna, podrían haber sido un buen “gancho” comercial. Así, este es el texto promocional de la primera edición, del año 2012:

Una aventura épica en la majestuosa Sevilla del XVI

Prepárate a transportarte a la Sevilla del XVI, a un fascinante mundo de mendigos y prostitutas, nobles y comerciantes, espadachines y ladrones. El amor, la pasión y la venganza son los pilares de esta magistral novela de aventuras en torno a un niño salvado misteriosamente de la muerte, que crecerá para erigirse en la última esperanza de los desfavorecidos. El destino de Sancho y el de quienes le rodean hunde sus raíces en los secretos orígenes de la literatura. Su historia te cambiará para siempre.

Este otro, algo más amplio, es el texto promocional de las ediciones de bolsillo:

Una aventura épica

Andalucía, 1587. En medio de un pueblo arrasado por la peste, uno de los comisarios de abastos del rey Felipe II encuentra a un niño que aún se aferra a la vida. Arriesgando su carrera, lo rescata de las garras de la muerte y lo lleva a Sevilla, sin poder imaginar lo que acabará suponiendo ese acto.

Una Sevilla en la que ricos y pobres luchan por sobrevivir

Unos años más tarde, el joven Sancho se encuentra en las calles de una sociedad moldeada por la pobreza, la guerra y las intrigas. Abandonado a su ingenio y voluntad, crecerá para convertirse en el defensor de los desfavorecidos y las causas justas, y junto a sus compañeros tendrá que enfrentarse a un desafío de cuya resolución dependerá el mismo destino de la ciudad de Sevilla.

Una historia que te cambiará para siempre

La leyenda del ladrón despliega en sus páginas una magistral historia de aventuras, esperanza y amor en la Sevilla del siglo XVI, en la que los protagonistas batallarán contra las injusticias y adversidades para encontrar su lugar en el mundo.

En fin, transcribo también el texto promocional de la edición conmemorativa de 2021:

La leyenda del ladrón despliega en sus páginas una extraordinaria historia de aventuras, esperanza y amor en la Sevilla del siglo XVI, en la que los protagonistas batallarán contra las injusticias y adversidades para encontrar su lugar en el mundo. Con esta nueva y lujosa edición, con ilustraciones y prólogo de Juan Gómez-Jurado, se rinde homenaje a esta novela magistral del autor de Reina Roja en su 10.º aniversario[4].


[1] Las citas son por esta edición: La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] Se indica en la app oficial de La leyenda del ladrón: «Con esta aplicación de realidad aumentada podrás disfrutar de contenidos inéditos de la nueva novela de Juan Gómez-Jurado. Captura las marcas que encontrarás en las páginas del libro y accede a vídeos, podcasts, concursos y documentación extra que darán una mayor dimensión a tu lectura. ¡Disfruta de una experiencia de lectura única con tu smartphone!».

[3] Ver por ejemplo Piña, 2012 y «La leyenda del ladrón (Juan Gómez Jurado). Oro, tinta y esperanza» (2012).

[4] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

Cervantes y Shakespeare en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado

En esta y en sucesivas entradas pretendo un acercamiento a la novela La leyenda del ladrón (Barcelona, Planeta, 2012), de Juan Gómez-Jurado, relato de corte histórico repleto de aventuras en los que se hacen presentes —aunque no como personajes protagónicos— los escritores Miguel de Cervantes y William Shakespeare[1]. Tras recordar algunos datos relativos al autor, que ha sido considerado «el Ken Follet español», y después de comentar la estructura general de la novela, me centraré en la semblanza que en ella se ofrece de ambos escritores, con su posible encuentro, esta vez en Sevilla. Cervantes aparece retratado en su faceta de comisario de abastos para la Armada Real, por tierras andaluzas (si bien se evocan otros momentos de su vida, como por ejemplo su cautiverio en Argel). En el caso de Shakespeare, el novelista enfoca su evocación en unos años oscuros de su biografía para presentarlo en España y hacerlo coincidir en la capital hispalense con Cervantes, con quien termina entablando una curiosa amistad que resultará mutuamente inspiradora. Pero comencemos recordando algunos datos sobre el autor.

Juan Gómez-Jurado
Juan Gómez-Jurado. Fuente: web del escritor.

De acuerdo con la semblanza que entrega la propia página web del escritor, Juan Gómez-Jurado (Madrid, 1977) es periodista y escritor, autor de varias novelas de gran éxito, traducidas a cuarenta lenguas. Las obras sobre el universo de Antonia Scott (El paciente, Cicatriz, Reina Roja, Loba Negra y Rey Blanco, todas ellas publicadas en Ediciones B) «se han convertido en el mayor fenómeno de ventas del thriller español y han consagrado a su autor como uno de los máximos exponentes del género a nivel internacional». La plataforma Amazon Prime ha adaptado Reina Roja como serie, «en uno de los proyectos audiovisuales más esperados a nivel internacional», el cual se estrenó el 29 de febrero de 2024. Gómez-Jurado colabora con varios medios de comunicación y es el cocreador de los podcasts Todopoderosos y Aquí hay dragones[2].

Como narrador, sus primeras novelas fueron Espía de Dios (2006), Contrato con Dios (2007) y El emblema del traidor (2008), a las que se sumaron otros títulos posteriores: La leyenda del ladrón (2012), El paciente (2014), Cicatriz (2015), Reina Roja (2018), Loba Negra (2019) y Rey Blanco (2020), Todo arde (2022) y las siguientes entregas de esta nueva serie, Todo vuelve (2023) y Todo muere (2024). Su última novela, recién publicada, es Mentira (2026). A estas obras hay que añadir sus relatos de literatura infantil, entre ellos los diversos volúmenes de las series Alex Colt y, junto con Bárbara Montes, Rexcatadores y Amanda Black.

Gómez-Jurado es un escritor muy presente en las redes sociales. Cabe recordar la polémica que en febrero de 2011 mantuvo en ese espacio virtual con Alejandro Sanz por los derechos de autor: «La piratería no existe», afirmó el escritor, poniendo en marcha la campaña 1libro1euro (ofrecía su bestseller Espía de Dios a cambio de una donación de un euro a la ONG Save the Children). Sus tres primeras novelas están a la venta en Amazon por 1,49 € en su formato electrónico; y La leyenda del ladrón salió por 9,49 € en formato e-book en la misma plataforma, a pesar de estar publicada por Planeta. Aparte de los mecanismos de marketing habituales, Gómez-Jurado convoca presentaciones de sus novelas para blogueros, pero no de forma selecta, sino abiertas a cualquier persona. El autor ofrece además webinarios gratuitos para escritores noveles sobre cómo escribir una novela. Es, además, un autor que invita a sus lectores a dialogar con él en redes sociales[3].


[1] No es esta la primera vez que se plantea el posible encuentro de ambos escritores. Como certeramente escribe Zenón Luis-Martínez (2016, p. 11), «En sus biografías sobre Cervantes y Shakespeare, Luis Astrana Marín especuló con un encuentro entre ambos con ocasión de la ratificación en 1605 en Valladolid del Tratado de Londres. Este improbable encuentro ha seguido alimentando ficciones históricas y fantasías literarias». Véase ese trabajo de Luis-Martínez para las evocaciones de Borges y Burgess, y también Gregor, 2016 y Ruiz Mantilla, 2020. Recordaré, entre los más recientes encuentros desde la ficción, la película británico-española Miguel y William, una comedia romántica de la directora y guionista Inés París, estrenada en 2007 y protagonizada por Elena Anaya, Malena Alterio, Will Kemp y Juan Luis Galiardo; un mini-relato de Antonio Mora Plaza incluido en su libro En la biblioteca de mi abuelo Berto (Madrid, Éride Ediciones, 2009: ver Mora Plaza, 2016); la novela del escritor colombiano Nahum Montt Hermanos de tinta (2015); la pieza teatral del cubano José Carlos Somoza Miguel Will. El encuentro espiritual de dos genios: Miguel de Cervantes y William Shakespeare (representada en Madrid, en el Anfiteatro Gabriela Mistral de la Casa de América, el 27 de mayo de 2016, bajo la dirección de Vladimir Cruz); o, desde el terreno de la novela gráfica y la ilustración, Shakespeare & Cervantes (2018), guion de Jorge Carrión, ilustraciones de Javier Olivares. En otro orden de cosas, también se relaciona a ambos escritores en la quinta entrega de la serie policiaca Los Misterios de Channing, protagonizada por el inspector Germán Cortés, El misterio entre Cervantes y Shakespeare (2018), de Margotte Channing. Para la posible influencia del Cardenio cervantino en la perdida pieza homónima de Shakespeare-Fletcher ver especialmente Chartier, 2011; y desde el punto de vista de la ficción, la novela Cardenio (2016), de Carlos Gamerro. Sobre las coincidencias temáticas de los dos autores, ver Calero, 2016.

[2] Este es el enlace a su página web.

[3] «Y a ti, lector, por haber convertido mis obras en un éxito en cuarenta países, gracias y un abrazo enorme. Un último favor: si has pasado un buen rato, escríbeme y cuéntamelo» (La leyenda del ladrón, p. 662). E indica sus datos de contacto: juan@juangomezjurado.com; twitter.com/juangomezjurado. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

«El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra», de Manuel Fernández y González: valoración final

Las 1.300 páginas que alcanza El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra de Manuel Fernández y González[1] —el rey de la novela por entregas y folletinesca en la España de la segunda mitad del XIX— están llenas de aventuras y de amoríos, y no faltan en el relato los excesos y las excentricidades narrativas, como he tratado de mostrar con el repaso, a grandes pinceladas, de su estructura y contenido. Con tales mimbres se va fabricando este Cervantes personaje de ficción, que tiene sus puntas y ribetes de héroe romántico perseguido por la fatalidad, aunque a veces los sucesos evocados se alejen demasiado del núcleo narrativo principal. Sabemos que el autor hace gala de una fantasía desmesurada y que tiene una verbosidad torrencial, y ocurre, en efecto, en ocasiones que quien debería ser el protagonista central queda algo desdibujado, relegado a un segundo plano de importancia, o incluso desaparece por completo del foco narrativo: así sucede cuando sus aventuras quedan sepultadas por las de una multitud de personajes secundarios, cuyas historias —como pasa con las cerezas— van saliendo enredadas unas con otras. La desaforada fantasía de Fernández y González nos brinda el retrato de un Cervantes genial, dueño de un alma fácilmente impresionable, capaz de enamorarse de dos, de tres y aun de cuatro mujeres a la vez. Y no, no es que el escritor sea un partidario avant la lettre del poliamor, sino que su desbordada imaginación de artista genial se deja atrapar fácilmente por la belleza en general, y en particular por la belleza de cuantas mujeres hermosas se cruzan en su vida, que no son pocas: doña Magdalena, donna Beatriz, Abigail, la duquesa de Puente de Alba, Paulina, doña Inés Rojas de Arias, Noemí, Darahimaráh… y hasta Aldonza Lorenzo, su particular Dulcinea de senectud. Alma de poeta embriagada por el amor, de todas se enamora Cervantes… y todas se enamoran de Cervantes.

Útiles de escritura

Con las características señaladas, obvio es decir que no se puede pedir al relato mayor profundidad psicológica, ni una descripción detallada de las motivaciones de los personajes, ni una coherencia lógica en sus pensamientos y acciones, ni nada por el estilo. Sería tanto como pedir cotufas en el golfo. Todo está puesto aquí a mayor gloria de la acción, a la que se sacrifica todo lo demás, siendo la novela un continuo sucederse de lances y peripecias encaminado a mantener de manera sostenida el interés del lector. Se entenderá igualmente que en todos estos episodios de intriga, aunque se parta de ciertos datos de la biografía cervantina —los conocidos a la altura de los años 70 del siglo XIX—, caben las licencias literarias y los anacronismos, sean estos voluntarios o resultado del descuido o desconocimiento del autor. Tampoco tiene mucho sentido hablar de la calidad literaria de esta producción, que hay que entender y valorar en el contexto de la novela por entregas, con sus características y sus limitaciones. En fin, la imaginación sin límites de Fernández y González fluye torrencialmente a lo largo de estos trece cientos de páginas —ni una más, ni una menos—, en la que constituye —y creo no equivocarme al afirmarlo así— la más desmesurada y excéntrica de cuantas recreaciones cervantinas se han escrito hasta la fecha. Y el escritor sevillano puso tan alto el listón, a estos efectos, en su descomunal novela-río, que sin duda resultará muy difícil de superar en el futuro[2].


[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: final

«Amaya da asiera» es frase que en la novela de Navarro Villoslada tiene varios valores simbólicos[1]. Para el escritor de Viana, el fin es el principio, pero ¿el fin y el principio de qué?: en aquel lejano siglo VIII, el fin de la religión pagana es el principio de un tiempo nuevo presidido por el cristianismo; el fin del tiempo en que los vascos vivían divididos en tribus mandadas por caudillos locales es el principio de la monarquía unitaria, es el momento de que los vascos se unan en torno a un rey; por último, el fin de los tiempos de guerra entre vascos y godos, después de tres siglos de encarnizadas luchas, es el principio de un nuevo tiempo de paz y de unión bajo la enseña de la Cruz. Estas circunstancias que se refieren al siglo VIII podríamos extrapolarlas fácilmente a la realidad histórica del siglo XIX, al momento en que vive y escribe el autor: y no resultaría demasiado complicado establecer una ecuación en la que los vascos del siglo VIII serían los carlistas del XIX y los godos imperiales serían los liberales centralistas y unificadores[2].

El periodo de 1868-1876, con la Revolución de septiembre, la experiencia fallida de la I República y la segunda guerra carlista, que acababa con la derrota de la Causa, dejaba a las cuatro provincias, Navarra y las hermanas Vascongadas, en una situación precaria, culminada con la ley de abolición de los Fueros vascos de 1876. Era, sin duda, un tiempo de derrota, el fin de una época que había que dejar atrás (como en el siglo VIII). Pero «amaya da asiera»: ese fin, ese reciente pasado de crisis, debía quedar atrás para dejar paso a un tiempo nuevo, una nueva etapa de defensa de la amenazada identidad vasco-navarra, de renacimiento literario y cultural, y —en un sentido más amplio— de regeneración en todos los órdenes de la vida.

Laurak bat

Navarro Villoslada iba a legar a la posteridad unos mitos, unas leyendas, un imaginario compartido con los euskaros y con otros escritores fueristas: la antigüedad y pureza de la primitiva raza éuskara, nunca mezclada con otras sangres, nunca domada por el extranjero invasor; los orígenes igualmente puros e incontaminados del idioma, musical y espiritual, un idioma en el que no se podía blasfemar; el monoteísmo de la antigua religión natural, como precursor del cristianismo; el carácter democrático de las primitivas leyes e instituciones vascas; y, en fin, la idea providencialista de un pueblo vasco colocado por Dios en este rincón de los Pirineos como salvaguarda de esas antiguas esencias y costumbres. En ese contexto de la defensa de la identidad cultural, el idioma es un aspecto muy importante, pero que hay que englobar en un terreno más amplio, pues va estrechamente ligado al folclore, las costumbres, la historia —o, en su defecto, las tradiciones y leyendas—, la religión, las creencias

Todos estos tópicos o mitos son compartidos por varios escritores e intelectuales del momento. ¿Cuál es, pues, en ese panorama la originalidad o la peculiaridad de Navarro Villoslada? Por un lado, hay que destacar que pone siempre el acento en la religión, en la fe, en el espíritu católico, de acuerdo con su ideario tradicionalista. En él todo aparece enfocado bajo el prisma del catolicismo: el idioma, los cantares, las costumbres, las leyendas y tradiciones, el carácter o, en suma, lo que podría haber llamado «el genio nacional vasco».

A ello hay que unir la defensa apasionada del vascuence, que también sería —junto con la fe— una de las joyas más preciadas del tesoro del mítico patriarca vasco venido de allende los Pirineos. Quizá el verdadero tesoro de Aitor fuera ese, la primitiva y veneranda lengua vascongada, que hay que proteger y defender a ultranza. Un tesoro mucho más inmaterial e intangible que el oro y las piedras preciosas que tanto anhela el judío Pacomio, pero un tesoro, sin duda, mucho más valioso. Recuérdense las palabras de Arturo Campión, según las cuales con cada palabra vasca que se perdía, se perdía un trozo del alma nacional.

Por último, creo que Navarro Villoslada nos transmite la enseñanza —no de forma explícita, pero sí como mensaje implícito en esa conciencia lingüística del narrador de Amaya que antes mencionaba— de una actitud conciliadora: la convicción de que los idiomas han de ser puentes que unan a los distintos pueblos, culturas e ideologías, y no barreras que los separen. En mi opinión, esa reflexión que el escritor navarro formulara hace casi ciento veinticinco años sigue siendo igualmente válida para nuestros días[3].


[1] Las citas serán por la edición de San Sebastián, Ttarttalo, 1991.

[2] En la novela se dice que ya no debe haber vascos y godos en Vasconia, sino cristianos; en los tiempos del autor, la frase podría actualizarse diciendo algo así como: ya no debe haber carlistas y liberales en Navarra, sino solo navarros.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.

Un detalle narrativo-estilístico de «El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra», de Manuel Fernández y González: la técnica del «abuso del punto y aparte»

Se trata de un rasgo presente a lo largo de toda la narración[1] y que responde a la técnica de escritura de las novelas por entregas, práctica de la que se hace eco Hernández Girbal[2].

Punto y aparte

Son muy numerosos los pasajes de la novela en los que el autor emplea este recurso para rellenar con más facilidad la página, pero citaré tan solo este ejemplo del final del capítulo IV del libro cuarto:

Todos mostraban el valor de la resignación, aunque verdaderamente no le tenían.

Eran bravos y valientes soldados españoles.

Aun hubo alguno que tuvo valor para chancearse.

Entre ellos, Cervantes.

Los que hacían esto, era para evitar a sus compañeros.

Fue avanzando la noche.

Las conversaciones se fueron disminuyendo.

Al fin, la fatiga pudo en los más de ellos más que el dolor, que el hambre, que las heridas, y se durmieron.

Abigail reclinó su cabeza sobre el hombro de Cervantes.

Le abrazó.

Se estrecharon.

Le retuvo en sus brazos.

Luego le besó silenciosamente en la boca.

Aquel fue un beso de dolor, de agonía.

Luego lloró largamente.

Era la primera vez que Cervantes sentía llorar a Abigail (p. 689).

En fin, podríamos decir —parafraseando un refrán conocido— que el autor tenía muy clara la consigna a la hora de escribir o dictar sus textos: A más líneas, más ganancia[3].


[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.

[2] Ver Florentino Hernández Girbal, Una vida pintoresca: Manuel Fernández y González. Biografía novelesca, Madrid, Biblioteca Atlántico, 1931, pp. 199-200.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: la voz, patrimonio del linaje de Aitor en «Amaya»

Hay otra cuestión interesante en Amaya[1], y es que el idioma y las modulaciones, las inflexiones o el timbre de la voz constituyen un elemento importante que caracteriza a todas las mujeres descendientes del gran patriarca vasco Aitor: Lorea, Amaya y Amagoya. De hecho, al final de la novela Amagoya reconoce que su sobrina Amaya es verdaderamente la persona a quien corresponde conservar la tradición y los tesoros de Aitor precisamente por la voz, cuando la oye cantar unas estrofas del «Canto de Aníbal»:

Amagoya la escuchó con asombro, con embeleso, como quien percibe real y verdaderamente los ecos con que ha soñado.

—¡Amaya! —exclamó—. ¡Tú eres hija de Aitor! Eso no se aprende: eso se transmite, se hereda… ¡Amaya! ¡Tu madre cantaba así! ¡Tus antepasados cantaban así! ¡Yo canto así! ¡Amaya! ¡Tú no eres extraña en la familia de Aitor! ¡Su casa es tu casa!

—Y en ésta se han conservado fielmente —respondió la princesa— las tradiciones y cantares de la patria de mi madre (p. 640).

Aníbal cruzando los Alpes (fresco de Jacopo Ripanda, 1510)
Aníbal cruzando los Alpes (fresco de Jacopo Ripanda, 1510).

En definitiva, esa voz especial es patrimonio exclusivo del linaje de Aitor, y se aprecia particularmente al recitar o cantar los textos transmitidos de generación en generación por vía oral. La voz es un rasgo esencial en ellos, marca de pertenencia a la ilustre familia del viejo patriarca. La recitación es un aspecto muy relacionado con el anterior. Ya hemos visto que a lo largo de la novela son varios los versos, coplas o canciones que se intercalan en la narración. En primer lugar, Amaya recita delante de su padre y de su tío Favila el «Canto de Aníbal». El narrador es consciente de que no puede reflejar en el papel toda la belleza y el tono especial con que canta nuestra heroína:

Después de algunos compases de música lánguida, comenzó la canción, de cuya inimitable sencillez y energía no pueden ser trasunto los siguientes versos:

Pájaro de dulce canto,
¿quién te retiene cautivo? (pp. 39-40).

En una nota en la p. 223, el autor siente la necesidad de justificarse por no poder reflejar de un modo más acertado la belleza del canto vascongado (en este caso, el himno de Lecobide) entonado por Amagoya:

Esta canción es intraducible e inimitable tanto en verso como en prosa; los idiomas modernos quedan vencidos por la sencillez, concisión y energía del original. En la necesidad de recurrir a las perífrasis, he dado preferencia al verso, pues que de poemas se trata. Hay críticos que niegan la autenticidad, es decir, la remotísima antigüedad de este canto. Para negar un prodigio de la tradición, hay que reconocer otro mayor: el de semejante falsificación. El primero, me lo explico; el segundo, no. De todos modos, dejo la cuestión intacta para los eruditos. Resuélvase como se quiera, creo que no podrá argüirse de la falta de verosimilitud al novelista por haber puesto tan singular canción en boca de Amagoya.

Amagoya, la sacerdotisa pagana, es la anciana depositaria de toda la tradición vascongada, tradición que se ha conservado por transmisión oral. Muy interesante resulta la siguiente indicación del narrador[2]:

Lo que vamos a escuchar no era canción, propiamente hablando, sino recitado en prosa semipoética, interrumpido de cuando en cuando por los acordes del arpa. Tenía por argumento la primitiva historia del pueblo éuscaro y su religión, contaminada ya de leyendas mitológicas. Semejantes noches estaban consagradas a la tradición, que la hija de Aitor quería conservar en toda su pureza. Pero en vano: las manos del hombre manchan cuanto tocan. Por eso, la religión divina, a divinas instituciones tiene que estar encomendada.

La noble anciana, haciendo resonar el instrumento con notas graves y llanas, comenzó su relato, dando a su voz cierta modulación que hacía verosímil las fábulas de Orfeo y Anfión, ponderados músicos de Grecia (pp. 215-216).

Poco después, Amagoya entona otro canto, el de Lecobide, y de nuevo encontramos indicaciones del narrador al respecto: «Cantaba transportada, con un entusiasmo y, por consiguiente, con una fuerza, con una inspiración cual nunca igual había sentido» (p. 222). Y volvemos a encontrar cantando a Amagoya en la p. 325. Ha escuchado «uno de esos cantos éuscaros de tiempo inmemorial» entonado por unas «voces unánimes, acordes, espontáneas», y como ella siente la pasión o debilidad por el canto, se olvida de todo:

Más aún: oía cantar y cantó. Cantó con el mismo abandono y gallardía que en la cima de las rocas de Aitormendi; cantó mejor, porque ni la soledad la espantaba con su mudez, ni la indiferencia de los oyentes la arrecía; cantó en coro con ecos que respondían entusiastas a su acento […]. La mayor parte del auditorio no había oído jamás aquella voz privilegiada, patrimonio exclusivo y signo característico de la familia de Aitor, ni estaba hecho a tan magníficas improvisaciones.

También quiero referirme a otro aspecto que es fiel reflejo de oralidad; se trata del diálogo en verso improvisado por Amagoya y otros personajes (es decir, una especie de certamen de bertsolarismo). Dejaremos la palabra al propio narrador, pues sus explicaciones son claras y explícitas:

Amagoya, como hemos visto, se había dirigido allá cantando, loca de entusiasmo, la derrota de los godos, el triunfo de la escualerría, las glorias de Asier. Cantando también le contestaba el pueblo; y entre la hija de Aitor y la gente del valle se entabló un diálogo de cantares, a que tanto se prestan el genio del idioma y la natural predisposición musical de los montañeses, que con admirable facilidad hablan, discuten y hasta disputan en verso, sin regla, sin arte y sin conciencia siquiera de su habilidad.

Esta costumbre de improvisar públicamente letra y música se conserva en nuestros días cual precioso resto de las antiguas contiendas de bardos, en que los actores, situados en opuestos bandos, se preguntan y se responden, sostienen tesis o causas distintas, alardeando de ingenio, compitiendo en voz y primores de talento ante un pueblo inteligente, apreciador de las travesuras y galas de la musa éuscara.

En esta forma singular de narraciones heroicas, que recuerda los primitivos tiempos de la tragedia griega y los improvisadores itálicos, Amagoya enteró a su auditorio de la nueva faz que habían tomado las cosas públicas; y el pueblo, como los coros del teatro antiguo, hacía reflexiones, expresaba su júbilo, dudaba y preguntaba: todo en cantos, en exaltaciones del estro, en torrentes de armonía (pp. 423-424).

El vascuence es el vehículo oral transmisor de toda la tradición y cultura vascongadas, como dice Amagoya a Asier: «Esa sabiduría que tú dices no es mía; es de nuestros antepasados, y yo no he hecho más que conservar el depósito con la debida pureza. Los conocimientos de nuestros padres eran sencillos, pero claros, y en el idioma éuscaro brillan aún como rastros de luz» (p. 404). Como indica la misma Amagoya en otro lugar, gracias a su idioma y sus cantares heredados puede hablar «la antigüedad por boca de la tradición» (p. 212). Lo vemos también en este diálogo entre Amaya y Amagoya:

—Estoy admirada de vuestra sabiduría.

—No tiene por qué extrañarte; en la casa de Aitor se conserva, como archivada, la ciencia y doctrina de nuestros mayores.

—¿Por ventura se conserva en algún escrito?

—Nada; todo se fía a la tradición y a las canciones.

—Nuestros padres, sin embargo —dijo Amaya—, conocían la escritura.

—Sí, el alfabeto que trajo Aitor de la Iberia oriental, alfabeto propio y peculiar de los primitivos éuscaros; pero nosotros, malos cultivadores de las letras, lo hemos abandonado por el de los romanos (p. 638).

Ese es el momento en que Amaya saca la inscripción de los tiempos primitivos, en alfabeto ibérico, «la escritura de Aitor». Amagoya puede descifrarla porque conserva su conocimiento: «En la casa de Aitor no se pierde nada» (p. 638). Este descubrimiento final del pergamino con la escritura auténtica del patriarca Aitor es importante. Resulta entonces que a todo ese patrimonio de cultura oral vasca, de tradición transmitida de padres a hijos durante varias generaciones, se une ahora el refuerzo de su testimonio escrito en la primitiva lengua ibérica. En suma, al final Aitor no lo había fiado todo a la tradición, sino que dejaba algo consignado por escrito, con la correspondiente sorpresa para todos los vascos, que son portadores de una cultura eminentemente oral. El siguiente diálogo nos revela cómo los principales caudillos vascos no saben leer; Pacomio les muestra una carta escrita en dos idiomas, latín y hebreo, en dos caracteres distintos, y van comentando:

—Lo mismo me da por unos que por otros.

—Vos, ilustre Iturrioz…

—Lo mismo digo.

—Señor de la Berrueza…

—Lo propio.

—No te canses, hermano Pacomio —le dijo Miguel—; esto sólo lo puede entender un hombre tan leído como García (p. 271).

Es más, Echeverría, el honrado labrador de las Dos Hermanas, muestra su desprecio por todo lo escrito:

—¡Valiente caso hará Munio de tiras de pergamino! El mismísimo que haría yo dentro de su pellejo. García, siempre has tenido para mí el defecto de confiar demasiado en vitelas, letras y sellos. Buena mano de laya para el campo, buenos dardos y guecias para la guerra, y tendrás buena cosecha de trigos y de laureles (pp. 496-497)[3].


[1] Las citas serán por la edición de San Sebastián, Ttarttalo, 1991.

[2] Se trata de la historia de Aitor, recogida en las pp. 216-218.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.

Excesos, desmesuras y extravagancias en «El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra», de Manuel Fernández y González (libro séptimo)

El libro séptimo[1], «La hija de Cervantes», nos sitúa en Valladolid a la altura de 1605. Nuestro protagonista vive amargado y sin esperanza, resignado a seguir con sus frecuentes comisiones de cobro de tercias y alcabalas. Doña Magdalena reside con su familia, como una hermana más. Grande de genio, pero olvidado por casi todos (únicamente el conde de Lemos y el cardenal de Toledo le socorren en sus necesidades, y eso solo de cuando en cuando), cada vez más enfermo de hidropesía, Cervantes tendrá el consuelo del éxito de la primera parte del Quijote, aunque también conocerá la envidia, los dardos de sus enemigos literarios, con Lope a la cabeza (ver las pp. 1191-1192) y el dolor de la aparición de la continuación apócrifa de Avellaneda (que en la novela se identifica con fray Luis Aliaga).

Sea como sea —y dejando de lado otras intrigas secundarias de personajes como María de Ceballos o Clara la tendera—, lo esencial en esta última parte de la novela es el cortejo que sufre su hija Isabel, ya de veinte años, por parte de dos galanes calaveras, don Hernando de Toledo y don Gaspar de Ezpeleta. Rivales en sus pretensiones amorosas, don Hernando dejará malherido de muerte a Ezpeleta a las puertas de la casa de Cervantes: el suceso se convierte en la comidilla de la ciudad, y el escritor y su familia pasarán una temporada en la cárcel de Valladolid. Nuestro héroe, que está cada vez más enfermo, cae en un estado febril y piensa que Dios lo castiga, en su honra y en su hija, por haber sido pecador. «El destino de Cervantes era luchar a brazo partido con la adversidad», sentencia el narrador (p. 1241). De ahí que sus últimas obras, pese a que el autor mantenga siempre su genio y su espíritu joven, destilen un poso de tristeza y melancolía. Todavía hay espacio para que, en el tramo final de la narración, aparezca un nuevo personaje, el joven escritor don Francisco de Quevedo, quien protege a doña Magdalena e Isabel del intento de rapto ordenado por el malvado don Hernando, ganándose con ello la confianza de Cervantes y haciéndose gran amigo de su familia[2]. Doña Magdalena y Miguel siguen manteniendo un casto amor espiritual, son ya como hermanos. Al final, ella e Isabel terminarán profesando como religiosas.

Cervantes enfermo

Restan tan solo para acabar la novela unas páginas a modo de «Conclusión» —divididas en 14 capitulillos de corta extensión—, donde se evocan brevemente los últimos tiempos de un Cervantes que, viejo, pobre, cansado y sin esperanza, logra publicar la segunda parte del Quijote y trabaja en medio de su enfermedad para intentar terminar, corriendo contra el tiempo, su Persiles. Por último, quien fuera el «regocijo de las musas» —se evoca el encuentro con un estudiante en su último viaje de Esquivias a Madrid, tal como se cuenta en el prólogo de su novela póstuma— recibe la extremaunción el 18 abril de 1616, firma al día siguiente —«Puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte»— la famosa dedicatoria a Lemos y muere, en fin, el sábado 23 de abril. «Aquel mismo día, y hay que notar esta circunstancia, murió el famoso poeta Guillermo Shakespeare» (p. 1299)[3].


[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.

[2] «La vida sin aventuras cansa», dice Quevedo (p. 1262). Y a las aventuras del satírico madrileño dedicará también Fernández y González varias de sus novelas, ofreciendo de él un retrato semejante al de Cervantes (valiente, noble, espadachín y pendenciero, etc.). Ver Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874), de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, p. 175.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173. Hoy sabemos que Cervantes murió el 22, no el 23 de abril; y que la coincidencia de día de fallecimiento con Shakespeare tampoco fue tal, pues se usaban distintos calendarios en España y en Inglaterra.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: «Amaya da asiera», lema simbólico en «Amaya»

Examinemos ahora esa expresión en vascuence, «Amaya da asiera», ‘el fin es el principio’, cuya importancia simbólica queda ya sugerida desde la «Introducción» de la novela[1]. En las primeras líneas se refiere el autor a «Los aborígenes del Pirineo occidental donde anidan todavía con su primitivo idioma y costumbres, como el ruiseñor en el soto con sus trinos y amor a la soledad» (p. 9); equipara de seguido «la pureza de su sangre y [de] su idioma» (p. 9). Explica luego que vamos a asistir a un duelo entre dos pueblos, el Imperio godo y la escualerri o tierra vascongada, y acaba con estas palabras:

¡Gloria a Dios, y lancémonos a las tinieblas de lo pasado por entre selvas seculares y monumentos megalíticos, sin más guías que frases de la historia, fragmentos de cantares, leyendas y tradiciones, a sorprender a dos grandes pueblos en el supremo momento de su implacable lucha, para ver cómo acaban unas edades y cómo empiezan otras, y cómo viene a ser principio lo que parece fin; ¡que fin es lo que en vascuence significa Amaya, y en lenguaje cristiano se llama Providencia! (p. 12).

Cómic de Amaya o los vascos en el siglo VIII

En efecto, las profecías de Aitor, el primitivo patriarca vasco, señalan que el fin y el principio serán uno: «Amaya da asiera»; es decir —interpretan los personajes—, quien se case con Amaya será el rey de los vascos; de ahí la importancia que adquieren esos dos nombres, Amaya y Asier. En el subgénero narrativo a que pertenece esta novela, el histórico, uno de los recursos habituales de intriga para mantener el interés del lector es la ocultación de la personalidad de alguno de los personajes. En nuestro caso, uno de ellos es conocido hasta por tres nombres distintos: Eudón, Aser y Asier. Ahora nos interesan los dos últimos. Cuando se presenta ante Amagoya, fiel guardadora de las tradiciones vascas, dice su verdadero nombre, que es el de Aser; pero ella no oye este nombre judío, sino que en sus oídos suena el de Asier, nombre que en vascuence significa ‘principio’ y que lo relacionaría con las proféticas palabras de Aitor, «Amaya da asiera». Veamos cómo lo explica el propio personaje, que está contando a su padre Pacomio la buena acogida que tuvo al llegar al caserío de Amagoya:

—«¿Cómo te llamas?», me preguntó ésta. «Aser», le contesté sencillamente; y ella se inmutó, me miró de hito en hito como embebecida en hondas imaginaciones, como arrobada de los sentidos, y tan extraña escena terminó con un abrazo, durante el cual me daba el nombre de Asier. No la contradije, pues tan bien me iba con la añadidura de una letra a las de mi nombre. Había comprendido Amagoya que yo le respondí Asier, palabra vascongada que significa Principio, y vos me explicasteis la importancia que tenía (p. 417).

Al final de ese capítulo, el VIII del Libro Primero de la Segunda Parte, se oye cantar a Amagoya: «Aitor y Amagoya fueron / principio de nuestra raza; / nuestro reino independiente / principia en Asier y Amaya» (p. 419[2]). Así pues, para el ambicioso Eudón no será lo mismo ser un simple judío, personaje despreciable, situado en el último puesto del escalafón social de la época, que el profetizado y esperado Asier, vasco destinado a casarse con Amaya, para que el fin y el principio, el principio y el fin, se unan y juntos reinen sobre los vascos.

Esa expresión también se halla en el brazalete que lleva Amaya. Pero la joya, entregada por Lorea a Ranimiro para su hija, no solo posee la inscripción «Amaya da asiera», sino otra oculta, «Aitores Arcanum», junto a un resorte secreto: el brazalete contiene en su interior una vitela con los datos que indican dónde se encuentran las preciadas riquezas de Aitor; por eso su posesión es tan importante. El brazalete va pasando por distintas manos, pero Petronila se ha encargado de sacar la vitela; solo al final, cuando vuelve a poder de su legítima poseedora, Amaya, la supuesta loca de Echeverría coloca en su interior la preciosa información.

El tesoro se usará para asegurar la pacífica unión de godos y vascos, en forma de indemnizaciones a los propietarios que hayan perdido sus tierras y sus bienes durante la guerra; ni una sola de las joyas lucirá en los brazos de Amaya, su legítima propietaria. Pero hay algo más importante: dentro del arca que contenía el tesoro, se ha encontrado una lámina de cobre escrita por Aitor en el primitivo alfabeto ibérico, escritura que solo la sabia Amagoya es capaz de descifrar; el mensaje del primitivo patriarca indica que debe ser venerada la primera persona de su tribu que abrace la nueva ley (de esta forma, la memoria de Lorea, la madre de Amaya, que fue la primera de su linaje en convertirse al cristianismo, queda restaurada entre los vascos). Este es, por tanto, uno de los mensajes del autor: el verdadero tesoro que dejó Aitor a los vascos es la nueva religión, la Cruz[3].


[1] Las citas serán por la edición de San Sebastián, Ttarttalo, 1991.

[2] Y antes, en la p. 324: «¡Vive, vive Asier! Conmigo / celebrará el plenilunio; / y Amaya será de Asier: / principio y fin serán uno».

[3] Julia Barella Vigal, en un artículo titulado precisamente «Amaia da hasiera», Kultura. Cuadernos de Cultura (Vitoria), 8, 1985, p. 122c, destaca: «El tesoro de Aitor ha resultado ser la unión de un pueblo bajo el signo de la cruz y la tradición, como dice Villoslada». Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.