La historia secreta de los kilikis de Pamplona, por Jesús Carlos Gómez Martínez

La historia secreta de los kilikis de Pamplona, de Jesús Carlos Gómez Martínez¿Qué se oculta en realidad detrás de las inmensas cabezotas de los kilikis de Pamplona?[1] Esto es lo que pretende contarnos Jesús Carlos Gómez Martínez en este libro: la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad acerca de la auténtica personalidad de Barbas, Patata, Napoleón, Verrugas, Coletas y Caravinagre. Quizá fue la idea de que la cara es el espejo del alma la que hizo sospechar al escritor que, debajo de esas máscaras, se ocultaban unos verdaderos desalmados. Y así, en seis breves pero ingeniosísimas semblanzas, nuestro amigo Jesús Carlos desenmascara por completo a tan malvados personajes, sacando a relucir todos los trapos sucios de sus vidas pasadas.

Tras una exhaustiva investigación de ocho años, puede al fin informarnos —a todos los lectores, pero en particular a los pamploneses; de hecho, continuamente se está dirigiendo a nosotros: «os debo prevenir…», «Yo te aconsejo…», «Cuídate mucho de…», «quizá te tranquilice saber…», «No has de olvidar…», «Como te imaginarás…», «Has de saber que…»— puede informarnos, decía, de que los kilikis han recalado en nuestra ciudad y desempeñan el noble empleo de escoltar a los gigantes precisamente para ocultar su vergonzante pasado de malhechores: Barbas habría sido un fabuloso espía, experto en mil disfraces, ardides y transformaciones; Patata, un habilísimo ladrón capaz de robar los tesoros mejor guardados y los más arcanos secretos; Napoleón, un inspector de homicidios en la peligrosa ciudad de Nueva York, de esos que se toman la justicia por su mano para limpiar las calles de escoria, al más puro estilo Charles Bronson; Verrugas, un abogado sin escrúpulos que nunca ha dudado a la hora de defender a los grandes capos de la Mafia siciliana; Coletas, un sanguinario pirata del mar Caribe; y Caravinagre, un inquietante gánster que no para de darle gusto al gatillo de su metralleta. En suma, una rica colección de rufianes, criminales, bribones y canallas. De verdaderos facinerosos. Unas auténticas joyas, vamos.

La fantasía y el humor recorren todas las páginas de este libro. El principal recurso literario es la hipérbole, la exageración desmesurada, grotesca y satírica en la presentación de las peripecias de sus vidas, en los detalles de sus correrías. Esta técnica narrativa (que los más cultos y eruditos, siempre dados a los latinajos, emparentarían tal vez con el concepto clásico de turpitudo et deformitas) encaja muy bien con el supuesto carácter de los personajes retratados. Y es que, bajo la aparente sencillez y el tono coloquial de la prosa de Jesús Carlos, se ocultan muchas horas de trabajo, de pulir con esmero el texto, de mimarlo frase a frase, palabra a palabra, actitud que revela una decidida voluntad de estilo.

JesusCarlosGomezMartinezFantasía, humor y tema sanferminero son ingredientes que ya aparecían en otras obras anteriores de este mismo autor. No es esta, en efecto, la primera incursión literaria de Jesús Carlos en el territorio de la fiesta pamplonesa por excelencia. No en balde ganó, en 1991, el Primer Premio Periodístico Internacional San Fermín por su trabajo «Yo, Fermín». Más tarde publicó Sanfermines forever (1995), libro formado por nueve semblanzas breves y un epílogo con acertadas evocaciones del chupinazo, el riau-riau, el encierro, las corridas, el ambiente de la calle, la figura de Hemingway y el pobre de mí, todo ello hilvanado por el tenue hilo de una trama amorosa. Uno de sus relatos, «El grito silencioso» (recogido en Actos de amor ingrato, recopilación de 1993, y también en Capricho de faraones, de 1995), nos cuenta la historia de Javier, un experto corredor del encierro al que una gitana le ha vaticinado: «Estos Sanfermines te va a matar un toro». En otra de sus narraciones, «Todos los caminos» (perteneciente a Actos de amor ingrato), nos recuerda que «El seis de julio, todos los caminos conducen a Pamplona».

Este nuevo libro de Jesús Carlos Gómez Martínez vuelve a ser, de alguna manera, de inspiración sanferminera. Él lo tiene muy claro: los kilikis se ocultan en Pamplona —en estado latente todo su potencial criminal— esperando la llegada de tiempos mejores que les permitan volver a sus andanzas y fechorías de antaño. Los kilikis, sin embargo, también nos dejan oír su voz y desmienten categóricamente, a través de una nota oficial, todas las acusaciones acumuladas en su contra. ¿A quién hemos de creer, al autor o a sus creaciones literarias? ¿Son fantasía o realidad estas vidas tan poco ejemplares de los kilikis de Pamplona? Caravinagre y sus compañeros, ¿son tan malos como nos los pinta Jesús Carlos o asistimos aquí a una venganza —literaria, of course— del miedo que de pequeño («Kiliki -ki, con el palo no, con la verga sí») le hicieron pasar? No sé, no lo tengo muy claro. Yo, por si acaso, estos Sanfermines procuraré contemplar a los kilikis desde una prudencial distancia…

ENLACE a la página web de Jesús Carlos Gómez Martínez:

Biografía


[1] Reproduzco aquí, con algunos ligeros retoques, las palabras que escribí como «Presentación» para el libro de Jesús Carlos Gómez Martínez La historia secreta de los kilikis de Pamplona, Pamplona, Ediciones Fecit, 2001, pp. 7-9.

«La prisión», recreación cervantina de Santiago Posteguillo

En su reciente libro La noche en que Frankenstein leyó el Quijote. La vida secreta de los libros (porque los libros tienen otras vidas), Barcelona, Planeta, 2012, Santiago Posteguillo reúne 24 capítulos («relatos, o artículos, pues son textos que andan a caballo, o a pie, entre uno y otro género», p. 229) en los que se cuentan historias enigmáticas, anécdotas amenas y curiosidades varias relacionadas con escritores y libros de la literatura universal.

Cubierta de La noche en que Frankenstein leyo el Quijote, de Santiago Posteguillo

Pues bien, el quinto de tales episodios (pp. 45-52) se dedica a evocar la entrada y los primeros días de Cervantes en la cárcel de Sevilla en 1597. Tal como sucede en otros capítulos, la evocación del personaje se presenta en un relato que contiene diversas marcas ficcionalizadoras (narrador omnisciente en tercera persona, diálogos, ligeras descripciones del ambiente carcelario: el calor, las míseras estancias, los porteros y bastoneros, las mujerzuelas que entran cada noche para solaz de los prisioneros con dinero, etc.). El innominado protagonista (se le designa con sintagmas como «el reo recién llegado», «el preso», «el preso nuevo», «el reo nuevo», «nuestro preso»…) pide recado de escribir y, cuando le llega, dirige confiado una carta al rey, esperando una pronta respuesta. Pero los días pasan y la contestación real no llega, por lo que el preso solicita de nuevo que le traigan papel, pluma y tintero:

—¿Más cartas al rey? —le preguntó con sorna el preso viejo.

—No. El rey responderá. Hay que darle tiempo. Entretanto escribiré. Poca cosa más se puede hacer aquí.

El preso viejo se acercó y miró a aquel veterano de guerra que se afanaba en sostener bien el papel que le habían traído con un muñón que tenía por toda mano en el brazo izquierdo.

—Es herida de guerra, ¿cierto? —indagó el preso viejo con curiosidad infinita.

—De guerra es. Sí —dijo el preso nuevo sin levantar la mirada. El otro intentó discernir la escritura, pero apenas sabía leer y se volvió a su jergón.

El preso nuevo llevaba días con una idea en la cabeza, con una historia de esas de… novela. Tenía que distraerse o se volvería loco.

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…», empezó con decisión, y con decisión siguió un par de horas. Hasta que se le acabó la tinta y el sol dejó de iluminar bien (pp. 51-52).

En la parte final de este capítulo en el que así se ha evocado el posible comienzo de la redacción del Quijote en la cárcel sevillana, se abandona el tono ficcional para dar paso a la voz reflexiva del autor, que aporta el siguiente comentario:

Ahora esa misma cárcel sevillana tiene una placa, justo en la esquina de la calle Sierpes con Francisco Bruna, que reza: «En el recinto de esta casa, antes cárcel real, estuvo preso (1597-1602) Miguel de Cervantes Saavedra, y aquí se engendró para asombro y delicia del mundo El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. La Real Academia Sevillana de las Buenas Letras acordó perpetuar este glorioso recuerdo, año de MCMLXV.» No me queda claro qué de «glorioso» tuvo aquel encierro para el bueno de Cervantes. He contado hoy día hasta más de veinte placas en honor a Cervantes por toda Sevilla. Y si contáramos todas las de España, no quiero ni pensarlo. Hasta tenemos un premio de las letras con su nombre y un instituto de promoción del español también. Sí, ahora sí, pero aquel 1597 lo metimos en la cárcel. Así somos (p. 52).