Sevilla literaria: «Giralda», soneto de Gerardo Diego

Vamos viendo que el tema de Sevilla en la literatura se hace muy presente, en todos los géneros, desde la Edad Media hasta nuestros días. Recientemente hemos traído al blog un soneto del marqués de Santillana en loor de la ciudad hispalense y el soneto «La caseta de feria», de Manuel Machado, y hay también abundantes entradas sobre este último poeta sevillano y sobre su hermano Antonio Machado.  Hoy copiaré el soneto «Giralda» de Gerardo Diego, que es el poema 2 de la primera sección de su poemario Alondra de verdad (Madrid, Ediciones Escorial, 1941). El propio poeta nos ofrece esta detallada explicación:

Compuesto en Gijón, 1926. Y ofrecido para su publicación en la revista de Sevilla Mediodía. Mis ojos estrenaron Sevilla en la Semana Santa de 1925. Una de mis primeras visiones fue la de la Giralda, ofrecida súbitamente a mis miradas que vagaban distraídas al nivel de la calle, «al contraluz de luna limonera». La impresión fue muy intensa y tan maravillada que recuerdo que una de las agujas de la catedral fue, durante unos instantes, para mí el más incólume de los cipreses. Meses después trabajaba laboriosamente el soneto que en la primera versión enviada a Mediodía llevaba este segundo cuarteto:

¿Qué te dice la hermana de la orilla
—azulejo oro y moro—? ¿Se querella
de tu esbeltez o de tu piel doncella,
toda naranja al sol que se te humilla?

Un escrúpulo de unidad me llevó a sustituir la alusión a la torre del Oro por la forma definitiva, que aún llegó a tiempo para la impresión en la revista.

En otro viaje a Sevilla me contaron los amigos que un ilustre erudito hispalense lamentaba mi error arqueológico al llamar mudéjar a la Giralda en lugar de almohade. Y tenía muchísima razón. Sólo que no había tal error. Pues aparte de que ningún poeta le cantaría a la Giralda aunque le aspasen «yo almohade te quiero y no cristiana», en mi caso mis precarios conocimientos de Historia del Arte («notable» nada más en las aulas salmantinas) alcanzaban hasta esa precisión. Pero al «quererla» mudéjar —que no es decir que lo sea— pretendía, claro es, humanizarla, viva, islámica y sin conversión o apostasía en tierra de cristianos, esto es, mudéjar.

Finalmente, un querido amigo prefiere cortar por lo sano y recita el debatido verso así: «Ni mudéjar te quiero ni cristiana». Variante que si mejora tal vez en energía retórica, en cambio rinde demasiado abstracta la geometría —que yo quiero aún humana— del verso final[1].

Vista de Sevilla y la Giralda

El texto es como sigue:

Giralda en prisma puro de Sevilla
nivelada del plomo y de la estrella,
molde en engaste azul, torre sin mella,
palma de arquitectura sin semilla.

Si su espejo la brisa enfrente brilla,
no te contemples —ay, Narcisa— en ella,
que no se mude esa tu piel doncella,
toda naranja al sol que se te humilla.

Al contraluz de luna limonera,
tu arista es el bisel, hoja barbera
que su más bella vertical depura.

Resbala el tacto su caricia vana.
Yo mudéjar te quiero y no cristiana.
Volumen nada más: base y altura[2].


[1] Explicación del autor en Gerardo Diego, Obras completas. Poesía, Tomo I, edición preparada por Gerardo Diego, edición, introducción, cronología, bibliografía y notas de Francisco Javier Díez de Revenga, Madrid, Alfaguara, 1989, pp. 488-489.

[2] Cito por Gerardo Diego, Obras completas. Poesía, Tomo I, p. 433.

José Luis Amadoz (1930-2007), psiquiatra y poeta navarro

En el año 2005, José Luis Amadoz ha celebrado sus «Bodas de Oro» con la poesía: ha sido una trayectoria poética dilatada —afortunadamente no cerrada todavía[1]—, de una sorprendente coherencia en lo que respecta a ideas nucleares, temas y motivos vertebradores de su pensamiento poético, al final de la cual el poeta confiesa ser, en la composición que cierra su Obra Poética (1955-2005), nada más —y nada menos— que un «aprendiz de brujo». Tendremos ocasión de explicar las razones de esta autocaracterización. Pero, antes de llegar a ella, ofreceré en esta y sucesivas entradas algunos breves datos biográficos sobre el autor, sintetizaré sus opiniones sobre la poesía y la creación poética y recorreré con detalle su trayectoria poética, analizando en orden cronológico cada uno de sus poemarios. Ese recorrido que pretendo minucioso, no exhaustivo, servirá para que el lector conozca —antes de abordar la lectura personal y directa de sus versos— los principales temas que se hacen presentes en la poesía de Amadoz y disponga de algunas pistas sobre los rasgos más destacados de su versificación y su estilo. En fin, añadiré una breve sistematización de los principales puntos comentados, a modo de valoración final de esta obra —adelanto ya— claramente unitaria, y cerraré mi trabajo[2] con unas someras notas bibliográficas.

Cubierta del libro: José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución Príncipe de Viana), 2006

Por lo que respecta a sus datos biográficos, con esta sencilla carta de presentación se daba a conocer el poeta, a la altura de 1963, en la solapa de su primer libro publicado:

José Luis Amadoz nació en Marcilla (Navarra), el 9 de octubre de 1930, trasladando su residencia a Pamplona en 1942, donde hizo sus primeros estudios. En 1953 se graduó en Medicina por la Universidad de Zaragoza y alcanzó el doctorado en 1958 después de realizar unos trabajos en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Posteriormente hizo los cursos de filosofía aristotélico-tomista en la Universidad de Madrid y asistió a los de su Cátedra de Estética regida por Dámaso Alonso y Carlos Bousoño. Ahora reside en Pamplona.

Amadoz destaca que los años de Madrid —que se corresponden aproximadamente con los de la década del 50— fueron los de su formación, no solo profesional en la Medicina, sino también literaria. Acabada su carrera con un brillante expediente, renunció a una beca para seguir estudios médicos en el Columbia University Medical Center de Nueva York. Otras opciones que se le ofrecieron fueron París y Madrid, ciudad por la que finalmente se decidió y donde fue becario del Instituto Nacional de Investigaciones Científicas. En aquel entonces, durante sus años de doctorado (culminados con una tesis sobre las benzodiacepinas) y de especialidad médica en Psiquiatría, Amadoz frecuentó el célebre Café Gijón, donde entró en contacto con otras personas que acudían allí con inquietudes literarias o artísticas. Así, entabló amistad con Antonio Gala, Francisco Umbral, José Caballero Bonald, Gabriel Celaya, Claudio Rodríguez… Introducido ya en el ambiente literario (publica entonces en revistas como Caracola o Poesía Española), el poeta destaca que aquellos fueron buenos contactos que le animaron mucho y le empujaron para que siguiera con el cultivo de la poesía. Con relación a sus estudios filosóficos, quiere matizar Amadoz que no fueron de filosofía aristotélico-tomista (como indicaba la cita de su primer poemario antes transcrita), sino de filosofía existencial y literatura francesa del siglo XX, y el detalle no resulta baladí, porque el existencialismo va a estar hondamente enraizado en su poesía.

Acabados sus años de estudios filosóficos y de formación científico-biológica, Amadoz se radica en Pamplona, donde vive ahora [fallecería en 2007] y donde ha alternado durante muchos años su dedicación profesional como médico psiquiatra con el cultivo asiduo de la poesía. Como escritor, toda su vida ha estado muy ligado a Río Arga, desde sus orígenes: fue, en efecto, uno de los miembros fundadores de esta veterana revista poética y en la actualidad —cuando ha superado los treinta años de vida y ha alcanzado ya el número 118— sigue formando parte de su Consejo de Redacción. Han sido, son, muchos años de amistad muy entrañable con los poetas Ángel Urrutia, Víctor Manuel Arbeloa, Jesús Mauleón y Jesús Górriz, y con el periodista Hilario Martínez Úbeda. En torno a este grupo, y con el impulso decisivo de Miguel Javier Urmeneta, nacería en 1976 Río Arga, en cuyas páginas ha dado a conocer Amadoz la mayor parte de sus versos[3].

Amadoz publicó sus tres primeros poemarios en 1963 (Sangre y vida), 1966 (Límites de exilio) y 1980 (El libro de la creación) en el ámbito de Ediciones Morea y su colección de poesía. Pero después prefirió permanecer en un discreto segundo plano: nunca ha sido amigo de la popularidad y ha huido de la presencia en los medios, y ya no volvió a publicar sus poemarios como libros exentos. Por un lado, cierto divorcio entre su profesión de psiquiatra (que le exigió durante años una constante y exigente dedicación) y su afición de poeta (cultivada robando horas al sueño), junto con su carácter introvertido y reservado[4], son las circunstancias que explican que después de 1980 se limitara a dar a conocer sus poemas exclusivamente en Río Arga, donde ha mantenido —y sigue manteniendo, ahora «en la sombra»— una destacada presencia. Desde sus páginas, con sus versos, sigue Amadoz reflexionando sobre la condición humana (el hombre, con sus anhelos y sus limitaciones, el diálogo con Dios, la problemática experiencia de la fe…), en un continuo conflicto entre inmanencia y trascendencia, resuelto tan solo, como tendremos ocasión de ver, al final de su trayectoria poética[5].


[1] Téngase en cuenta que estas palabras fueron escritas a la altura de 2006, como estudio preliminar a la edición de la Obra Poética (1955-2005) de Amadoz, publicada ese año por el Gobierno de Navarra. José Luis Amadoz Villanueva, que había nacido en Marcilla (Navarra) el 9 de octubre de 1930, fallecería en Pamplona el 23 de septiembre de 2007.

[2] Agradezco muy cordialmente a José Luis Amadoz su amabilidad al haberme invitado a escribir esta introducción a su Obra Poética, y espero no haber defraudado sus expectativas con estas explicaciones preliminares de filólogo «aprendiz de brujo». En mi estudio he procurado incorporar los valiosos comentarios sobre su obra y su concepción de la poesía que amablemente me ha proporcionado en las amistosas conversaciones que hemos mantenido durante estos últimos meses. Agradezco asimismo las atinadas observaciones de Mariela Insúa Cereceda, que también han contribuido a enriquecer —mientras lo redactaba— este estudio preliminar.

[3] Tanto para la historia de la revista como para la importante labor poética de Amadoz en Río Arga, remito al trabajo fundamental de Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002.

[4] Según confiesa Amadoz, sus primeros y mejores poemas fueron sus hijos; y después, sus pacientes: un poema es algo que puede ser importante, pero mucho más lo es sacar adelante a una persona, que es un poema irrepetible.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución Príncipe de Viana), 2006.

Juan Anchorena, un desconocido literato navarro del siglo XIX

Juan Anchorena y Aguirre es un escritor navarro (Tudela, h. 1835-1900) autor de dos novelas. La primera de ellas, Lágrimas de una virgen, publicada en su ciudad natal en 1856 mediante entregas semanales, se subtitula Novela histórica de Tudela; sin embargo, más que novela histórica es una novela folletinesca (héroes y villanos, amores contrariados, raptos, asesinatos…). La segunda, Zorayda la reina mora (Novela histórica de tiempos de Sancho VIII de Navarra), aunque escrita hacia 1859, no fue publicada hasta 1912, con motivo del Centenario de las Navas de Tolosa, con un prólogo del padre escolapio Antonio de P. Díaz de Castro[1]. Esta segunda obra va a constituir el objeto de mi comentario en próximas entradas, pues en ella se novela un episodio histórico-legendario: el paso a África de Sancho el Fuerte de Navarra[2] y sus supuestos amores con una princesa mora, Zorayda, hija del rey Almanzor, que por amor al monarca cristiano está dispuesta a bautizarse y aportar a la Cristiandad, como dote para su matrimonio, todos los territorios de Al-Andalus.

Sancho VII el Fuerte de Navarra

La narración de Anchorena reúne las principales características de la novela histórica romántica española (narrador omnisciente en tercera persona, personajes planos, sucesión de lances y aventuras sobre un fondo más o menos histórico, empleo de disfraces y otros recursos de intriga, etc.). En mi análisis centraré mi atención en la imagen de África y lo africano (personajes musulmanes, descripciones de las ciudades y del paisaje, costumbres, etc.) que refleja la novela. Pero antes ofreceré algunos datos adicionales sobre el autor, su obra y su contexto literario.

Poco es lo que se sabe del escritor Juan Anchorena[3]; parece que descendía de la casa de Berrueta en el valle de Baztán (Navarra). Vivió en Tierra de Campos, donde ejerció un empleo público (con su trabajo debía mantener a su madre viuda). Además de las dos novelas citadas escribió algunas comedias morales, que al parecer llegaron a estrenarse en Madrid. El contexto literario de sus dos piezas narrativas es el de la novela histórica romántica española (Walter Scott y sus imitadores) y también el de la novela folletinesca (Eugène Sue y sus seguidores).

En su «Prólogo» a Zorayda la reina mora (pp. 7-14), Díaz de Castro indica que ha sacado del olvido esta novela histórica de «un joven navarro, natural de Tudela, don Juan Anchorena, a quien la muerte atajó los pasos antes de publicarla» (p. 8). La obra fue escrita en 1859, cuando el autor frisaba los veinticuatro años, y él la exhuma ahora con motivo del VII Centenario de las Navas, origen de «aquella pujanza noble y nobleza pujante» de Navarra que ha sabido mantener merced a sus Fueros. Por su parte, el propio escritor reconocerá cuál ha sido el fin moral que le ha guiado al redactar su obra:

Todos los afanes y esfuerzos del autor se encaminan esencialmente a enaltecer su Patria, y las acciones poco comunes de este antiguo reino de Navarra, importante también en alto grado a la Nación Española y a la causa de la humanidad en general. Sin el elemento moral que en último resultado viene a resplandecer en las páginas de esta obra, mal se puede labrar, y antes bien son quiméricos, el bienestar y ventura de los individuos, en las familias, Provincias y Estados; pertenece a todos los tiempos, y a todos los reinos. Las ideas del justo o injusto, los vicios y las virtudes, las acciones ora loables, ora dignas de censura o vituperio, los reconoce por base. En el corazón de los hombres, cualesquier que sean su origen, su país natal, su categoría y rango, se halla siempre instalado un Tribunal inapelable e incorruptible. Sin esta coexistencia, que nace y muere con los seres humanos, no se concibe sociedad, ni menos su duración y perfectibilidad (pp. 349-350)[4].


[1] La ficha completa de la novela es la siguiente: Juan Anchorena, Zorayda la reina mora: novela histórica de tiempos de Sancho VIII de Navarra, por… Con un prólogo crítica [sic] del Rdo. P. Antonio de P. Díaz de Castro (Barcelona, José Vilamala, 1912). He manejado un ejemplar de la Biblioteca Municipal de San Sebastián, sign. I 33-2 14.

[2] Puede consultarse Luis del Campo Jesús, Sancho el Fuerte de Navarra, Pamplona, Talleres Tipográficos de La Acción Social, 1960; y Luis Javier Fortún Pérez de Ciriza, Sancho VII el Fuerte (1194-1234), Pamplona, Mintzoa, 1987.

[3] Resume los datos esenciales Miguel Sánchez-Ostiz en Gran Enciclopedia Navarra,Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. I, p. 300.

[4] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“El último suspiro en territorio africano”: los amores marroquíes de Sancho el Fuerte de Navarra en Zorayda la reina mora de Juan Anchorena», en Actas del III Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia. Del 1 al 4 de noviembre de 2001. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Centro Asociado de Ceuta, Málaga, Editorial Algazara, 2002, pp. 109-120.

«La dama boba» de Lope de Vega: las parejas trocadas y la ventura de la ignorante (1)

A partir de lo planteado en el primer acto[1], en el segundo asistiremos al enredo derivado del cruce de las parejas iniciales. Habrá también un conato de duelo a espada entre Liseo y Laurencio (el primero, celoso de que Laurencio pretenda a su prometida, invita a su rival a ir a los Agustinos Recoletos, lo que constituye una forma indirecta de desafiarlo, pues ese era el lugar donde solían llevarse a cabo los duelos); sin embargo, esa pendencia quedará fácilmente desactivada, como veremos. La comicidad de esta segunda jornada sigue sustentándose sobre todo en las boberías de Finea, aunque poco a poco la dama irá aprendiendo las lecciones del amor —el mejor maestro— y, con ellas, se irá despertando su romo ingenio, que pasará a ser cada vez más vivo y agudo. Asistiremos, pues, a los milagros del amor, y la veremos ya menos ignorante y ruda. Su progresiva transformación irá siendo señalada por comentarios de unos y otros, todos los cuales la notarán cambiada. Se seguirá planteando el conflicto entre el amor y el interés (el alma vs. el dinero), sobre todo en lo que respecta a Laurencio, quien va a reafirmarse en su decisión de casar con la boba rica. Avanzaremos, entonces, hacia la consolidación de las parejas trocadas: Laurencio, pobre, se muestra totalmente interesado en la rica Finea; al rico Liseo, en cambio, no le importará que el discreto ingenio de Nise no vaya acompañado de peculio. Pero repasemos ya los principales elementos de comicidad de esta segunda jornada.

Los primeros apuntes cómicos los tenemos en la escena en la que Nise, que ha estado un mes enferma, le reprocha a Laurencio su mudanza de amor, pues durante esa ausencia Celia le ha visto requebrando a su hermana: él, en efecto, ha mudado de pensamiento, poniendo su objeto amoroso en Finea (en la dote de Finea, para ser más exactos). Nise va a comparar el carácter de su amado con la luna, que tiene sus fases y, por tanto, cambia constantemente. Este detalle resulta gracioso, porque la acusación de mudables, y la correspondiente comparación con la luna, se aplicaba tópicamente a las mujeres. Aquí la gracia está en que la mujer se lamente del carácter inconstante y voluble del varón. Enfadada, comenta Nise, refiriéndose a Laurencio y Finea (y jugando con la dilogía de consonantes):

¡Oh, quién os oyera juntos!…
Debéis de hablar en romances,
porque un discreto y un necio
no pueden ser consonantes (vv. 1305-1308).

Finea con el maestro de danzar (La dama boba de Lope de Vega)

La posterior escena de Finea con su maestro de danzar viene a ser como una segunda parte de la que tuvo lugar en el primer acto con el maestro de letras. Si antes fue la cartilla, ahora la dama muestra su incapacidad para bailar a compás, llegando a exclamar:

¡Por poco diera de hocicos,
saltando! Enfadada vengo.
¿Soy yo urraca, que andar tengo
por casa, dando salticos?
Un paso, otro contrapaso,
floretas, otra floreta…
¡Qué locura! (vv. 1369-1375a).

Además, sigue expresándose impropiamente: al maestro de danzar pide que le traiga un tamboril, e indica que también le agrada como instrumento musical el cascabel, a lo que replica aquel: «Es muy de caballos eso» (v. 1387). Además, calificará las palabras de la dama boba de «disparates atrevidos» (v. 1410). Finea aprende —aprende mal— con su maestro el significado de la palabra mentecata, adjetivo que enseguida aplicará a su padre. En efecto, este aparece, afirmando que está cansado de enseñarle (igual que ella, por otra parte, está cansada de que la anden persiguiendo unos y otros). Hemos visto que se va despertando el ingenio de Finea, pero todavía no es lista del todo: tras llamar a su padre mentecato (vv. 1489-1498), le da confiadamente a leer el papel amoroso que le ha escrito Laurencio. No solo eso: para sorpresa de Otavio, le confiesa paladinamente que el mozo la ama y que la abrazó. La apelación al honor del padre —en este género de la comedia de enredo y en este contexto de risa— no pasa de ser una mera fórmula de trámite, sin ninguna fuerza trágica. En efecto, resulta más bien cómica su apelación: «¡En buenos pasos anda / mi pobre honor, por una y otra banda!» (vv. 1517b-1518), y todo queda en una cordial recomendación a su hija para que, en el futuro, no se deje abrazar tan fácilmente por los hombres…[2]


[1] Citaré por esta edición: Lope de Vega, La dama boba, ed. de Alonso Zamora Vicente, Madrid, Espasa Calpe, 2001.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La comicidad en La dama boba», en Javier Espejo Surós y Carlos Mata Induráin (eds.), Preludio a «La dama boba» de Lope de Vega (historia y crítica), Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2020, pp. 191-220.

Sevilla literaria: «La caseta de feria», soneto de Manuel Machado

El tema de Sevilla en la literatura se hace muy presente, en todos los géneros literarios, desde la Edad Media hasta nuestros días. La semana pasada veíamos un soneto del marqués de Santillana en loor de la ciudad hispalense, y quedan también en el blog abundantes entradas sobre los poetas sevillanos Antonio Machado y Manuel Machado. Entre la producción poética de este último, que ha sido calificado como «el poeta de Sevilla» por antonomasia[1], se cuenta un poemario titulado precisamente Sevilla (1920), que incluye estas composiciones: «La mujer sevillana. I, Carmen. II, Rosario. II, Ana», «Dice la guitarra», «Cantaora», «Cualquiera canta un cantar», «Las mujeres de Romero de Torres», «La capa española», «La guitarra habla», «Del querer» y «Rondel flamenco»[2]. Y «Sevilla» es también una de las secciones que forman Cadencias de cadencias (Nuevas dedicatorias), poemario de 1943, la cual incluye cuatro poemas: «La caseta de feria», «Abril sevillano», «Poetas sevillanos» y «Pregón de flores en elogio de “Las flores” [de los hermanos Álvarez Quintero]».

Casetas de feria en Sevilla

Pues bien, hoy copiaré la primera de estas cuatro composiciones, un soneto en el que el poeta retrata una Sevilla primaveral en cuya silueta destaca como «alfil soberbio» (v. 6, bella metáfora) la Giralda, la famosa torre de la catedral hispalense. Dice así:

Sevilla —aire de luz y luz de aroma—
abre, en abril, como una flor radiante,
su corazón, sonoro y palpitante,
con un batir de alas de paloma.

Por dondequiera la Giralda asoma
—alfil soberbio—, alerta y elegante,
señaladora del divino instante
en que a la tierra el cielo en brazos toma.

Para gozar el mágico momento,
para morir un poco al cotidiano
pesar y realizar la maravilla

de suspender el triste pensamiento,
tener es fuerza el lujo soberano
de una caseta en Feria de Sevilla[3].


[1] Véase, por ejemplo, el trabajo de José María García de Tuñón Aza «Manuel Machado, el poeta de Sevilla. Algunas consideraciones acerca de la obra del poeta», El Catoblepas. Revista crítica del presente, 169, marzo de 2016, p. 11.

[2] Incluido en Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, pp. 241-255.

[3] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, p. 519.

«Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana»(1914), de Diego San José (y 3)

Ya hacia el final de la novela[1], don Juan comentará en un corrillo la muerte de don Fernando Pimentel, el hijo del conde de Benavente, ocurrida el día 7 de ese mismo mes, y señala: «De amores dicen que murió […], buena enfermedad es, y Dios me acabe de ella» (p. 18b). Y se incluye la advertencia, recogida en el relato tradicional de los hechos, de don Baltasar de Zúñiga, confesor del rey y tío del privado, quien le avisa: «Téngase y mire lo que habla y cómo habla, que tiene peligro de la vida» (p. 19b). Y nos acercamos así al desenlace: cuando regresa de Palacio a su casa en la calle Mayor, un hombre detiene en las Platerías el coche del conde, diciendo que trae un recado urgente para él; Villamediana se dispone a apearse sin ningún recelo y, cuando pone el pie en el estribo, el asesino con una ballestilla «asestole tal golpe en el pecho, que allí mesmo vació la vida del noble y aventurero poeta» (p. 20b), apostilla el narrador. Don Luis de Haro, amigo que le acompañaba, quiere ir tras el agresor, pero tropieza y cae sobre el conde, al tiempo que unos embozados resguardan al matador.

Manuel Castellano, Muerte del conde de Villamediana (1868). Museo del Prado (Madrid, España)
Manuel Castellano, Muerte del conde de Villamediana (1868). Museo del Prado (Madrid, España).

«Del asesino nada se supo, por fórmula solamente abriose una indagatoria, pero ya con el premeditado fin de no hallar al traidor…» (p. 20b). Sea como sea, queda memoria del nombre —Ignacio Méndez— de un guarda mayor de la Casa de Campo que se ha convertido en el brazo siniestro de Felipe IV, cuyos agravios secretos venga. Y este es el final de la novelita:

Nadie sabe si fueron o no ciertas las causas a que se atribuyen la mala muerte del conde en lo que atiende al enamoramiento con la reina Isabel, pero tanto empeño tuvo él en insinuarlo, que bien pudiera.

Creen los más que la venenosa pluma y el desaprensivo y franco decir fueron quienes trajéronle a este término desastroso.

Yo pienso que unos y otros se juntaron; pero muy a pesar del interés que mostró la villa toda y de los epigramas y elegías de los más notables ingenios, ninguno prevaleció; solo quedó como artículo de fe

que el matador fue Bellido
y el impulso soberano… (p. 20b).

Para concluir este somero análisis, solamente queda por decir que esta novela corta de Diego San José quizá no sea de una calidad literaria excepcional, pero no está exenta de interés, y creo que merece la pena recordarla por constituir un eslabón —uno más de los muchos existentes— de la larga cadena de recreaciones del conde de Villamediana —de su vida, sus andanzas y su muerte— desde el terreno de la ficción literaria[2].


[1] Diego San José, Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana. Hojas sueltas del libro de memorias de un pretendiente (contemporáneo del conde) que llegó a conseguir su pretensión. Publícalas ahora con licencia…, ilustraciones de Pedrero, Los Contemporáneos, núm. 306, 6 de noviembre de 1914.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «El conde de Villamediana en la narrativa histórica española del siglo XX: Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana (1914), de Diego San José», en Juan Manuel Escudero Baztán y Rebeca Lázaro Niso, El hacedor de las musas. Homenaje al Prof. Francisco Domínguez Matito, Logroño, Cilengua (Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española), 2023, pp. 359-368.

«De la vida y el mar» (1999), de Íñigo de Miguel Beriáin: lenguaje y estilo

Decía en la primera entrada de esta serie que De la vida y el mar (Vitoria, Ecopublic Ediciones, 1999) es una novela histórica peculiar, cargada de reflexiones filosóficas. El tono ensayístico lo apreciamos, por ejemplo, en el diálogo que mantienen Ezan y Juan Miguel en el capítulo IV (hablan sobre la fe, la religión, la libertad…). También en el capítulo XIII, cuando Enneco sale en busca de Joanes y lo encuentra junto a la tumba de la madre. Joanes cuenta en qué ha consistido su venganza y los dos hermanos conversan sobre su imposibilidad para amar, en tono existencial: la vida es un puro azar (p. 110), Joanes necesita volver a encontrarse a sí mismo, etc. Lo mismo ocurre en la entrevista entre Nerea y Ezan en el capítulo XX, con diversas reflexiones sobre la vida[1]. Filosófico es asimismo el último capítulo, con el diálogo de Ezan y Joanes. Al fin el joven siente deseo de hablar con su padre, «a quien por muchos años se negó a aceptar que todavía quería» (p. 235). Explica que la muerte es una amante lasciva (p. 235), a la que ha amado y deseado: «Nada me ha dado una paz absoluta como asumir que mi destino es ya sólo la muerte (p. 235). Los fantasmas de su pasado le atormentan y su presente es el peor de todos. Las voces de los muertos claman venganza, su mente es un campo de batalla de voces: «Yo ya no sé qué hacer ni quién soy» (p. 235); «La muerte se ha convertido en mi salvación más que en mi condena. La necesito como nunca he necesitado a nadie» (p. 236). Ezan también sabe que «hay circunstancias en las que la vida se convierte en la más cruel condena del hombre» (p. 236); «Sólo soy mi presente y mi presente se me hace demasiado desolado para soportarlo» (p. 237). Ezan se pregunta quién sabe lo qué es la felicidad:

Felicidad es una palabra inventada por las personas únicamente para dar a su existencia un fin que sin ella no tendría. Creer en una posibilidad irreal es lo único que muchas veces nos mantiene activos. Creer que existe una meta a la que llegar nos permite seguir caminando por muy oscuro que sea el sendero. Creemos en ella porque nos es más útil que mostrarnos escépticos, porque la ingenuidad está unida a la naturaleza humana. Un hombre no solamente no puede ser feliz sino que nunca debe llegar a serlo. Un hombre que se cree feliz es un hombre sin retos que vencer, sin sueños que realizar. Sólo puede creer ser feliz quien se conforma y, a pesar de ello, son los disconformes quienes nos abren el camino de la salvación (p. 237).

Encontramos frases de tono similar, todas en boca de Joanes: «La vida me ha ido robando poco a poco todo lo que en otra época tuvo un significado para mí» (pp. 238-39); «Te odié con tanta fuerza por traicionar la memoria de mi madre [al casarse con Freda] que me ha resultado imposible volver a amar, aunque solamente fuera por el temor que me inspiraba la idea de volver a vivir la traición en mi sangre» (p. 239); «Hoy necesito nadar entre mi propia sangre y flotar en un mar de melancolía hasta que vuelva a sentirme libre en mi inocencia. Hoy solamente mi muerte podrá devolverme la vida» (p. 239).

Bosque en otoño

Otras cuestiones dignas de comentario —en las que no puedo detenerme ahora— serían la presencia del paisaje, con descripciones de la belleza del bosque de Lorraiz en otoño (p. 57) o la primavera en los bosques del Lindux (p. 131). Y también —en algún momento puntual— del humor, como cuando Ezan se disculpa con Juan Miguel, obispo de Iruña, diciendo: «Ahora debo volver con mi esposa si no quiero que mis escasos bienes dejen de pertenecerme. Tú no sabes cómo son las mujeres cuando van de compras» (p. 134).

Hemos visto cómo esta novela está protagonizada por unos personajes existenciales, que —según confiesan ellos mismos— han sobrevivido, pero no han vivido. Esta perspectiva anacrónica —de anacronismo voluntario— da una notable originalidad a la obra, que se convierte así en algo más que una novela histórica. El relato de Íñigo de Miguel Beriáin refleja las luchas interiores de unos personajes marcados por un pasado desgraciado, sobre todo Ezan y Joanes, en menor medida Enneco (el odio y la venganza en Joanes, y su resentimiento contra su padre). Es interesante también la visión del pueblo vascón mimetizado con el bosque, y ayudado por este a vencer la batalla de Roncesvalles. En definitiva, una visión renovadora para un género clásico: el de la novela histórica[2].


[1] Se afirma ahí que vivir es algo extraño, que no existe una meta, etc. (pp. 153-54).

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Ecos literarios de la batalla de Roncesvalles: De la vida y el mar (1999), de Íñigo de Miguel Beriáin», en Enrique Banús y Beatriz Elío (eds.), Actas del VII Congreso «Cultura Europea». Pamplona, 23-26 de octubre de 2002, Pamplona, Centro de Estudios Europeos (Universidad de Navarra) / Thomson / Aranzadi, 2005, pp. 1373-1381.

La refundición de «No hay cosa como callar» por Bretón de los Herreros: algunas conclusiones

Como bien sabemos, toda refundición[1] supone una reelaboración estética e ideológica del texto anterior que le sirve de modelo y punto de partida. La labor de los refundidores consistió en devolver al público decimonónico las comedias del Siglo de Oro, pero arregladas al gusto clasicista, guardando respeto a las unidades de lugar (la acción de cada acto sucede en el mismo sitio, se admiten mutaciones de decorado en los entreactos) y de tiempo (la acción ocurre, aproximadamente, en un plazo de veinticuatro horas), lo que supone tener que cambiar de lugar algunas escenas de la pieza original y suprimir determinados episodios o personajes (los que no sean estrictamente funcionales). En el plano de la expresión, se eliminan o se reducen los pasajes de estilo más culto y conceptista, así como parlamentos de mayor elaboración retórica, siempre en busca de una mayor sencillez expresiva. Las palabras que dedica Ruiz Vega a las modificaciones lingüísticas —que están relacionadas con las estético-estructurales y las ideológicas— operadas en Con quien vengo, vengo, otra refundición de Bretón, me parece que son igualmente válidas para No hay cosa como callar:

Responden a unos imperativos sociales y culturales de buen gusto, elegancia y economía de lenguaje. Por eso no es de extrañar que se cercenen frases con una vaga carga sexual o antirreligiosa, que desaparezcan los derroches de lirismo y culteranismo, que se rechace el retoricismo. […] No hay abusos de ningún tipo y la transparencia en la exposición, así como el prosaísmo, son las características estilísticas más notorias[2].

Manuel Bretón de los Herreros

La refundición bretoniana de No hay cosa como callar no modifica en lo esencial el argumento calderoniano, si bien se advierte un cambio que pudiéramos denominar ideológico, sobre todo en la resolución de la pieza, con el triunfo del amor burgués —con las bodas dobles de don Juan y Leonor y don Diego y Marcela— por sobre el calderoniano sentimiento del honor. Por otra parte, cierto tono prerromántico se advierte en las alusiones de los personajes —sobre todo Leonor— al hado cruel, a la funesta estrella que los persigue, etc. Además, el giro hacia el humor en varios pasajes (intervenciones chistosas de los criados y criadas), así como el empleo de expresiones coloquiales, rebajan el tono trágico —o casi trágico— que se aprecia en el original de Calderón. Llama también la atención, en este mismo sentido de disminuir la seriedad de la obra, el empleo de expresiones bajas (chamusquina, fregado, estar fresco, etc.); y algo similar sucede con los anacronismos (Ginés comenta que habrá que anunciar en la Gaceta el hecho de que don Juan se haya enamorado verdaderamente, se habla en un par de ocasiones de la expedición militar ordenada por el gobierno, etc.), que alejan la acción de una ambientación propia del siglo XVII para acercarla a los tiempos del espectador del XIX. Otras de las modificaciones textuales advertidas responden, como se ha comentado, no a la intención de Bretón sino a la acción de la censura, que señaló pasajes comprometidos por su explícito carácter erótico-sexual o por contener alusiones consideradas contrarias a la religión o a la moralidad del momento.

En fin, no parece que este No hay cosa como callar tuviera mucho éxito, al menos si nos atenemos al dato de que solo alcanzó tres representaciones en el momento de su estreno en 1827. Sea como sea, pese a todos los cambios introducidos en la adaptación —que suponen, de alguna manera, cierto falseamiento de la pieza original—, esta versión, una de las diez refundiciones llevadas a cabo por el riojano, supuso la posibilidad de que los espectadores madrileños pudieran ver sobre las tablas otra comedia de Calderón. Y es que, en el caso de Bretón de los Herreros, su devoción por los clásicos del Siglo de Oro, y en especial por el autor de La vida es sueño, no puede ser puesta en duda[3].


[1] La refundición de Bretón de los Herreros se ha conservado en dos versiones manuscritas: Ms. de la Biblioteca del Institut del Teatre (Barcelona), sign. 67.593 y Ms. de la Biblioteca Histórica Municipal (Madrid), sign. Tea 1-52-16A. Utilizo para mis citas el texto de Madrid, pero teniendo a mano también el de Barcelona. Para la pieza calderoniana manejo la edición crítica de Karine Felix Delmondes, Estudio y edición crítica de «No hay cosa como callar», de Calderón de la Barca, tesis doctoral, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015.

[2] Francisco A. Ruiz Vega, «Una refundición calderoniana de Manuel Bretón de los Herreros: Con quien vengo, vengo», Berceo. Revista Riojana de Ciencias Sociales y Humanidades, 134, 1998, p. 70.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Mi corazón es ya vuestro / por amor y por deber”: la refundición por Bretón de los Herreros de No hay cosa como callar de Calderón de la Barca», Berceo. Revista Riojana de Ciencias Sociales y Humanidades, 177, 2019, pp. 103-130.

La comicidad en «La dama boba» de Lope de Vega: la boba Finea y la discreta Nise (y 3)

Llegamos así al quicio del primer acto de la comedia[1], que viene marcado por otro soneto, el que declama a solas Laurencio, «Hermoso sois, sin duda, pensamiento…» (vv. 635-648). Con una expresión mucho menos alambicada que la de Duardo, Laurencio expresa que su pensamiento cambia de objetivo para ir en busca de otro más rico: Finea («Pensamiento, mudemos de sujeto», dice en el v. 646). Y su mudanza la explicará a su criado Pedro con unos versos que, de nuevo, presentan en contraste a las dos hermanas, ahora en meros términos de interés. Si antes, en boca de Leandro, ambas eran comparadas con una palma y un roble, ahora la imagen elegida por Laurencio es otra: la de un reloj, en el que una dama marca la 1 y la otra las 12, en alusión a la distinta cuantía de sus dotes; dicho con otras palabras: Nise es una hora infortunada que apenas le traería beneficio económico, en tanto que Finea es hora dichosa que le puede reportar 40.000 ducados de renta (ver los vv. 677-706). A partir de este momento, la nueva empresa de Laurencio será, pues, enamorar a Finea, la boba rica.

En este sentido, cómica resulta la escena en la que Laurencio comienza a requebrar a Finea y esta no entiende los términos e imágenes de su lenguaje galante (vv. 746 y ss.). Si no era capaz de aprender las primeras letras, menos lo será de asimilar los conceptos neoplatónicos, por ejemplo el amor como deseo de hermosura (podríamos considerar que estos versos de Laurencio constituyen una versión light del anterior soneto de Duardo, «La calidad elementar resiste…)». Finea —comenta ella misma— no sabe qué es amor porque no se lo han enseñado ni la cartilla ni su madre. Cuando Laurencio le habla de los espíritus visivos que saldrán de sus ojos enamorados para penetrar en los de ella, la dama boba se quedará solo con la palabra espíritus y creerá que el galán se refiere a cosas de brujería. Merece la pena copiar por extenso el pasaje en cuestión:

LAURENCIO.- Agora
conozco, hermosa señora,
que no solamente viene
el sol de las orientales
partes, pues de vuestros ojos
sale con rayos más rojos
y luces piramidales;
pero si, cuando salís
tan grande fuerza traéis,
al mediodía, ¿qué haréis?

FINEA.- Comer, como vos decís,
no pirámides ni peros,
sino cosas provechosas.

LAURENCIO.- Esas estrellas hermosas,
esos nocturnos luceros
me tienen fuera de mí.

FINEA.- Si vos andáis con estrellas,
¿qué mucho que os traigan ellas
arromadizado ansí?
Acostaos siempre temprano,
y dormid con tocador.

LAURENCIO.- ¿No entendéis que os tengo amor
puro, honesto, limpio y llano?

FINEA.- ¿Qué es amor?

LAURENCIO.- ¿Amor? Deseo.

FINEA.- ¿De qué?

LAURENCIO.- De una cosa hermosa.

FINEA.- ¿Es oro? ¿Es diamante? ¿Es cosa
destas que muy lindas veo?

LAURENCIO.- No; sino de la hermosura
de una mujer como vos,
que, como lo ordena Dios,
para buen fin se procura;
y esta, que vos la tenéis,
engendra deseo en mí.

FINEA.- Y yo, ¿qué he de hacer aquí,
si sé que vos me queréis?

LAURENCIO.- Quererme. ¿No habéis oído
que amor con amor se paga?

FINEA.- No sé yo cómo se haga,
porque nunca yo he querido,
ni en la cartilla lo vi,
ni me lo enseñó mi madre.
Preguntarélo a mi padre…

LAURENCIO.- Esperaos, que no es ansí.

FINEA.- Pues, ¿cómo?

LAURENCIO.- Destos mis ojos
saldrán unos rayos vivos,
como espíritus visivos,
de sangre y de fuego rojos,
que se entrarán por los vuestros.

FINEA.- No, señor; arriedro vaya
cosa en que espíritus haya.

LAURENCIO.- Son los espíritus nuestros,
que juntos se han de encender
y causar un dulce fuego
con que se pierde el sosiego,
hasta que se viene a ver
el alma en la posesión,
que es el fin del casamiento;
que con este santo intento
justos los amores son,
porque el alma que yo tengo
a vuestro pecho se pasa.

FINEA.- ¿Tanto pasa quien se casa? (vv. 746b-807).

Sea como sea, a Finea le van agradando las liciones de Laurencio, aunque su ignorancia casi desespera a su pretendiente, como antes al maestro Rufino: «¿Hay semejante ignorancia? / Sospecho que esta ganancia / camina a volverme loco» (vv. 842-844).

Personajes de La dama boba, en la versión de Victoria Savelieva (2019)
Personajes de La dama boba, en la versión de Victoria Savelieva (2019).

Muy cómico es también —siguiendo con la caracterización de la ingenua Finea— el pasaje relativo al retrato que le ha entregado su padre del galán con quien la ha comprometido, Liseo: como la pintura es solo de medio cuerpo, ella cree que su prometido carece de piernas. Luego, cuando llega este, Finea mostrará su sorpresa al descubrir que sí tiene piernas y pies. Toda esta escena es bastante divertida. Aparecen los celos de Finea cuando el recién llegado Liseo galantea a su hermana Nise, en lugar de a ella: «Pues, ¿cómo requiebra a esotra, / si viene a ser mi marido?» (vv. 930-931). Al ver que Liseo llega con traje de camino, indica que podía haber pedido el macho de la noria (vv. 938-940), se supone que para hacer el viaje sobre él, disparate que suscita el siguiente comentario de Nise: «Aunque hermosa y virtüosa, / es Finea de este humor» (vv. 942-943). En estas primeras vistas de los novios, Otavio quiere agasajar a Liseo con una caja de conservas y Finea habla inadecuadamente de ciertos menudos —una comida rústica y de semivigilia— que cocinó unos días atrás (vv. 955-960). Comenta que su prometido bebe como una mula (v. 965), lo que suscita el festivo aparte de Turín: «¡Buen requiebro!» (v. 966a). La comicidad escénica se acentúa cuando Finea le limpia la cara a Liseo, tras haber bebido este, pero lo hace con fuerza excesiva: «¡Media barba me ha quitado! / ¡Lindamente me enamora!» (vv. 971-972). Cuando se le indica al galán que se retire a descansar, Finea le ofrece ingenuamente su cama… para compartirla los dos. En fin, Liseo queda espantado al ver que su prometida es una boba espantosa (v. 996), con un cuerpo hermoso pero un alma loca (vv. 999-1000), como revela su diálogo con su criado Turín:

LISEO.- No sé yo
de qué manera disponga
mi desventura. ¡Ay de mí!

TURÍN.- ¿Quieres quitarte las botas?

LISEO.- No, Turín; sino la vida (vv. 991b-995).

Y es que Liseo, una vez conocido el percal, ya no se quiere casar con Finea[2].


[1] Citaré por esta edición: Lope de Vega, La dama boba, ed. de Alonso Zamora Vicente, Madrid, Espasa Calpe, 2001.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La comicidad en La dama boba», en Javier Espejo Surós y Carlos Mata Induráin (eds.), Preludio a «La dama boba» de Lope de Vega (historia y crítica), Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2020, pp. 191-220.

Sevilla literaria: un soneto del marqués de Santillana en loor de la ciudad hispalense

Ya en el blog ha tenido cabida la materia relacionada con la presencia Sevilla en la literatura, a través de entradas dedicadas a destacados escritores sevillanos como los hermanos Antonio Machado y Manuel Machado. Ahora bien, cabe abordar también la temática específica de la «Sevilla literaria», esto es, composiciones literarias dedicadas —en todo o en parte— a la evocación y el elogio de la ciudad hispalense.

Catedral de Sevilla, con la Giralda.

Tales evocaciones se retrotraen a la literatura de la Edad Media, como sucede en esta composición de Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana (1398-1458), «Otro soneto quʼel Marqués fizo en loor de la ciudad de Sevilla quando él fue a ella en el año de cincuenta e çinco»; es el XXXII de sus Sonetos al itálico modo —conservados en el manuscrito 2655 de la Biblioteca Universitaria de Salamanca, primer intento de adaptación a la poesía castellana de esta composición poética—, y dice así:

Roma en el mundo e vos en España
soys solas çibdades çïertamente[1],
fermosa Yspalis[2], sola por fazaña,
corona de Bética[3] exçelente.               

   Noble por hedifiçios, non me engaña
vana apparencia, mas judgo patente
vuestra grand fama aún non ser tamaña[4]
quan loable soys a quien lo sïente.                   

    En vos concurre venerable clero,
sacras reliquias, sanctas religiones[5],
el braço militante caballero,

    claras estirpes, diversas nasçiones,
fustas sin cuento[6]; Hércules primero,
Yspán e Julio[7] son vuestros patrones[8].


[1] soys solas çibdades çïertamente: ʻsolo Roma—cabeza de la cristiandad—, y vos, Sevilla sois verdaderamente ciudadesʼ; es decir, todas las demás ciudades del mundo no tienen comparación con estas dos.

[2] Yspalis: Hispalis, nombre antiguo de Sevilla.

[3] Bética: denominación de la antigua región del sur peninsular, en la división administrativa de la Hispania romana.

[4] tamaña: sentido etimológico, tam magna, ʻtan grandeʼ.

[5] religiones: órdenes religiosas.

[6] fustas sin cuento: naves incontables; recuérdese que el Guadalquivir era navegable y Sevilla era, por tanto, un importante puerto fluvial. Desde 1492, con el descubrimiento del Nuevo Mundo, Sevilla se convertiría en puerto y puerta de América.

[7] Hércules primero, / Yspán e Julio: se consideraba que Hércules fue el fundador de Hispalis e Hispán, su sobrino, le sucedió en el gobierno de la ciudad. Según otra leyenda, Julio César mandó poblar la urbe hispalense.

[8] Cito por Poesía medieval, ed. de Víctor de Lama, Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial, 2018, p. 210. Puede consultarse también la edición clásica de Maxim P. A. M. Kerkhof (Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, Comedieta de Ponça. Sonetos al itálico modo, Madrid, Cátedra, 1986).