Cristóbal Colón en «En busca del Gran Kan», de Vicente Blasco Ibáñez

Cristobal ColónEl retrato y la valoración de Cristóbal Colón constituyen uno de los aspectos más importantes de ambas obras[1], siendo el personaje histórico que les da unidad. En cada una de ellas tiene enfrente un antagonista, Martín Alonso Pinzón y Alonso de Ojeda, y en la confrontación con ambos sale bastante mal parado el Almirante. Y es que Blasco Ibáñez se propuso desmitificar su figura, abordándola con actitud contraria a la de sus panegiristas, quienes lo ensalzaron hasta el extremo de hacer de él un genio y un santo, o poco menos. No cabe duda de que la personalidad de Colón —una curiosa mezcla de marino, negociante y soñador idealista— fue compleja y apasionante. Al comienzo de En busca del Gran Kan se nos describe como un caballero de capa raída (pp. 1218b-1219a), uno de los muchos hidalgos pobres existentes en España. En el capítulo tercero se ofrecen más datos: habla el narrador de su misterioso origen (tal vez sea converso, como sospecha Acosta, o quizá judío) e insiste en dos notas muy marcadas de su carácter, la egolatría (p. 1237a) y la tenacidad: «Era el hombre de una sola idea a la cual dedica toda su existencia» (pp. 1235b-1236a).

En ese mismo capítulo se explica su proyecto (llegar a las Indias por Occidente), con la indicación de las lecturas que le han inspirado: la Imago mundi de Pierre d’Ailly, el relato de viajes de Marco Polo y el Libro de las maravillas de Juan de Mandeville. Blasco Ibáñez subraya sus enormes errores de cálculo: Colón creía que la masa continental era muy grande y el océano muy pequeño, en proporción de siete a uno, y confundía las millas árabes con las italianas. Manifiesta además su convicción de que no se movía por intereses científicos, sino que buscaba oro, poder y honores. A lo largo de la novela se aludirá muchas veces a la «geografía delirante» del Almirante y a sus quiméricos proyectos: localizar al Gran Kan y rescatar abundante oro para liberar el Santo Sepulcro del poder del Islam (cfr. la p. 1364a). También a su mesianismo, pues constantemente apela al apoyo de Dios, del que se cree un elegido, y se guía por su fe ciega de iluminado. Es un «soñador de los caminos del Océano», soñador de ensueño único (p. 1274b) que escribe de forma lírica en su diario de a bordo, un «hombre contradictorio, mezcla de poeta y mercader, de místico vidente y avaro judaico» (p. 1320b[2]). Para el novelista valenciano, «Colón fue el último hombre célebre de la Edad Media, un hermano de los astrólogos y alquimistas» (p. 1356a).

Otro destacado rasgo de su persona es la predisposición a la sospecha, la manía de verse perseguido y la creencia de que todos se muestran ingratos con él. Cuando los reyes le procuran los primeros dineros, cambia de vestido para dejar de ser el hombre de la capa raída (p. 1270b) y muestra su superioridad orgullosa por el tratamiento de don que le han concedido. La ambición sin límites es nota que completa su retrato moral: sus exigencias son las de ser Almirante, Virrey y Gobernador perpetuo de las tierras que se hallen, para sí y sus descendientes. Colón es además rencoroso: al ser finalmente aprobado su plan, visita a su opositor Acosta para vanagloriarse de su triunfo. Un sentimiento que podría dulcificar su carácter es el amor: cuando conoce a Beatriz de Arana, ella es la fuerza que le anima en los momentos de desesperanza, y así, en una de las cartas de marear que traza pinta a la Virgen con las facciones de la mujer amada. Sin embargo, pronto los fracasos sacan a la luz su mal carácter y más tarde, cuando llegue a ser rico y famoso, sentirá un desvío completo por ella. Escribe el novelista, haciendo un primer balance de su figura:

Una leyenda formada después de la muerte de Colón nos lo ha presentado durante tres siglos como un genio superior a todos sus contemporáneos, sólo comparable a una montaña aislada en el centro de un desierto, y esta concepción romántica y falsa no puede ser más opuesta a la realidad. Quisieron hacer de él un ser providencial, poseedor de un secreto sólo conocido por él, hasta el punto que de haber muerto, ningún otro hombre habría podido realizar su obra (p. 1284b).

El inicio del primer viaje añade otra nota negativa, la de mal marino: por un lado, Colón anota menos leguas de las navegadas, pensando ingenuamente que podrá engañar a sus tripulaciones, formadas por curtidos pilotos y marineros; por otro, se destaca su mal carácter (p. 1311b) y su falta de dotes de gobierno. En opinión de Blasco Ibáñez, no hubo ningún motín por la tardanza en avistar tierra, tan solo unas murmuraciones de los proeles:

Y esto fue lo que sirvió muchos años después para que los panegiristas de Colón, necesitados de convertirlo en una especie de Cristo perseguido o de cordero entre lobos, inventasen una terrible conspiración y un ruidoso motín en el cual los marineros amenazaron de muerte a su jefe con las armas en la mano, y éste les pidió un plazo de tres días, lo mismo que un personaje de ópera, para descubrir tierra, realizando su promesa dentro de las setenta horas, como un maquinista de tren que llega puntualmente (p. 1315b).

Continuamente se alude a la impericia y al carácter descontentadizo de Colón: «era capitán poco experto en la práctica naval y de genio enojadísimo, injusto, egoísta, incapaz de la fraternidad marinera que se establece entre los jefes y sus hombres más humildes al correr todos una suerte común» (p. 1316a). Los datos en su contra se acumulan: Rodrigo de Triana nunca tuvo la renta real prometida al primero que divisase tierra, al adjudicársela Colón (por la lucecilla que vio la noche anterior). Además se empecina en sus errores: tras la llegada a Guanahaní el 12 de octubre, Colón cree que el Cipango (Japón) está cerca; no cree que Cuba sea una isla, sino la tierra firme de Asia (Catay o China); cuando la Santa María choca con unos bajos, elude la responsabilidad acusando a otros; en el viaje de vuelta da muestras de su inexperiencia al dejar sin lastrar su nave y al tener que tocar dos veces en tierras portuguesas, etc.

El último capítulo de En busca del Gran Kan recapitula las principales notas negativas de su carácter, añadiéndose ahora el cariño desmedido a los suyos: «Para que él amase a alguien era preciso que se llamara Colón» (p. 1383a). Blasco Ibáñez ve en él un navegante visionario «de palabra fácil e imaginación pronta» (p. 1387b), cuya mente estuvo llena de fantasías, de «exageraciones imaginativas» (p. 1389a), hasta el punto de que morirá convencido de haber llegado a las tierras del Gran Kan, y no de haber descubierto un Nuevo Mundo[3].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Poeta y mercader lo llama también en la p. 1326b, y en la en la p. 1349a insiste en su fervor de poeta.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: la relación entre historia y ficción (y 2)

Los cuatro viajes de ColónEn estas dos obras[1] Blasco Ibáñez evoca con notable exactitud los cuatro viajes a América de Cristóbal Colón, contados con minuciosidad y rigor (de forma especial el primero, al que se dedica toda una novela). No es posible resumir de forma puntual todos los sucesos históricos en ellas recogidos: los preparativos y las incidencias del primer viaje, el descubrimiento de Guanahaní y las islas cercanas, la llegada a Cuba, el hallazgo y exploración de la Tierra Firme, etc. Tampoco resulta fácil deslindar las fuentes concretas en las que bebió el novelista para narrar cada suceso particular. Es indudable que utilizó, además del Diario de Colón y las crónicas de Indias contemporáneas[2], las principales obras historiográficas modernas dedicadas al primer Almirante de la mar océana y al Descubrimiento de América, en general. Él mismo afirma, en el epílogo de En busca del Gran Kan, que desde 1910 investiga la figura de Colón y se jacta de haber leído todo lo que acerca de él se ha escrito.

Pero además de la verdad de los sucesos históricos narrados, que no son aquí un mero telón de fondo, sino que constituyen el primer plano de la acción novelesca, las dos obras muestran su carácter histórico a través de las numerosas alusiones que van salpicando sus páginas: datos sobre la situación de los judíos en España (p. 1214a-b[3]), la Santa Hermandad (p. 1217b), el matrimonio de los Reyes Católicos, los saberes latinos de doña Isabel y sus damas (p. 1256b), las amadas del cardenal Mendoza (p. 1260a), noticias de los diversos atentados sufridos por los reyes[4], etc. Lograda es también lo que podemos llamar «reconstrucción arqueológica» de la época novelada, que se consigue merced a la descripción de las costumbres y prácticas sociales, los vestidos, las armas, las comidas, los edificios, el mobiliario, etc. La misma exactitud se refleja en los tratamientos, por ejemplo al aplicar a los reyes el de Alteza, pues el de Majestad no empezó a usarse en España hasta los monarcas de la casa de Austria. A todo esto hay que añadir la introducción, si bien en pasajes muy concretos, de algunos arcaísmos, que suelen ir destacados en cursiva; en algunos casos se trata de meros rasgos fonéticos: ferir, fagamos, fallamos, agora…, aunque también hay arcaísmos léxicos: sabidor, cuentos ‘millones’, golfines ‘bandidos’, marranos ‘judíos’… A veces esas expresiones desusadas que aluden a costumbres de la época quedan explicadas por el narrador: hacer sala (p. 1223a), poner mesa (p. 1282b), hacer la salva (p. 1391a). La presencia de estos arcaísmos no es abusiva, pero su incrustación en determinados pasajes contribuye a aumentar el «sabor de época» y la verosimilitud de estas novelas[5].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Me refiero a los relatos de Fernando Colón, Américo Vespucio, Mártir de Anglería, Fernández de Oviedo, Las Casas, etc. Alberto Sánchez, «Curiosa fuente de un pasaje de Blasco Ibáñez», Revista Valenciana de Filología, I, 1, 1951, pp. 73-88 señala algunas deudas de En busca del Gran Kan con la obra de Francisco Maldonado de Guevara El primer contacto de blancos y gentes de color en América (libro que recoge sus conferencias pronunciadas en la Universidad de Valladolid en 1924 y que remitió al novelista).

[3] En el capítulo segundo de En busca del Gran Kan encontramos una valoración positiva de los judíos como fuente de riqueza nacional y por su papel de intermediarios del saber árabe en su transmisión a Occidente (esto mismo en A los pies de Venus, p. 1125b).

[4] Blasco Ibáñez es tan detallista que nos transmite, por ejemplo, el nombre de los cuatro presos a los que se concedió el indulto para que formaran parte de la tripulación del primer viaje: Bartolomé Torres, Alfonso Clavijo, Juan de Moguer y Pedro Izquierdo.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: la relación entre historia y ficción (1)

En estas dos novelas[1] esa relación entre historia y ficción queda descompensada en claro beneficio de la primera[2]. En efecto, es tal predominio de la parte histórica que ha llegado a afirmarse que en estas obras Blasco Ibáñez es más historiador que literato. Esta consideración nos sitúa ante uno de los grandes “secretos” de la novela histórica: la mezcla equilibrada de los ingredientes históricos y los ficticios. En principio, todos estamos de acuerdo en que una novela histórica ha de ser ante todo novela (pues novela es lo sustantivo en ese sintagma), y después y solo después ha de ser histórica (que es la parte adjetiva). Sin embargo, el andamiaje histórico que Blasco Ibáñez levanta y los materiales del mismo tipo que acarrea para su construcción son tan importantes que En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen casi podrían leerse como historias anoveladas.

El caballero de la Virgen, de Vicente Blasco IbáñezEn descargo del autor se podría argumentar que la gran aventura americana constituía en sí misma una novela, o por mejor decir, una grandiosa epopeya cuyos protagonistas reales adquirieron la categoría de héroes. Y, al situar en primer plano a personajes tan conocidos como Cristóbal Colón, el resultado tenía que privilegiar a la fuerza la parte histórica. De hecho, este tipo de novela histórica que coloca en primer término a personajes reales importantes es el más difícil para el escritor, porque ha de ajustarse en mayor grado a ese pie forzado de la historia. En estos casos, sus posibilidades de invención quedan reducidas, pues no puede fantasear libremente acerca de unos personajes cuyos hechos y caracteres resultan bien conocidos por las fuentes historiográficas; si así lo hiciera, sus novelas perderían en buena medida el derecho a apellidarse históricas. Otra posibilidad es colocar en primer plano a personajes ficticios y construir la peripecia en torno a ellos, si bien entonces se corre el riesgo de que la obra se convierta en una novela de aventuras históricas. El predominio de la materia histórica en estas dos novelas se refleja estructuralmente en la alta proporción de la parte relatada por el narrador: muchos pasajes se asemejan al relato de las crónicas, quedando muy poco lugar para el diálogo y la descripción externa[3].

Observamos aquí una diferencia fundamental respecto a las dos novelas históricas precedentes: El Papa del mar y A los pies de Venus son novelas de ambiente contemporáneo, con una serie de personajes que se mueven en el mundo de los lujosos hoteles de la Costa Azul francesa o en las recepciones diplomáticas de Roma y el Vaticano (Claudio Borja, Rosaura Salcedo, Arístides Bustamante y su hija Estela, Baltasar Figueras, Enciso de las Casas, etc.). En ellas, el plano histórico está formado por las evocaciones, los pensamientos, las lecturas o las conversaciones que esos personajes contemporáneos mantienen acerca de épocas pretéritas. En El Papa del mar, Claudio desea escribir un poema en prosa dedicado a don Pedro de Luna y cuenta su historia a Rosaura mientras visitan Aviñón y otros escenarios. En la continuación, el tío canónigo de Claudio le encarga la reivindicación histórica de los Borgias, que en su opinión son «los grandes calumniados» de la historia. En las dos novelas americanas hay también dos planos de acción distintos, el real y el ficticio, pero no se trata de uno contemporáneo y otro alejado en el tiempo, sino que los dos responden a un mismo momento histórico pasado[4].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Es aspecto que ya fue apuntado en reseñas cercanas a su primera publicación: cfr. F. Baget, «Colón, según Blasco Ibáñez», El Diluvio, 28 de marzo de 1929; Luis Benavente, «Blasco Ibáñez, historiador», La Época, 22 de abril de 1929; Guy Blandin Colburn, «En busca del Gran Kan», Hispania (EE.UU.), XII, 4, 1929, pp. 533-534. Para la parte histórica, me han sido de utilidad los trabajos de Francisco Morales Padrón, Historia del descubrimiento y conquista de América, 5.ª ed. revisada y aumentada, Madrid, Gredos, 1990 y de Samuel Eliot Morison, El Almirante de la mar océano. Vida de Cristóbal Colón, 2.ª ed. española, corregida, trad. de Luis A. Arocena, México, Fondo de Cultura Económica, 1993.

[3] Por ejemplo, es bastante escasa la presencia del paisaje, si exceptuamos algunas notas sueltas sobre la tierra andaluza o las islas americanas (cfr. pp. 1211b y 1327a).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: valoración

El principal valor de La fiel infantería[1] de Rafael García Serrano es el testimonial: su lectura sirve para conocer las causas por las que pelearon los soldados del bando nacional —en particular, los jóvenes miembros de la Falange Española—, y para dar fe de su heroísmo, camaradería y espíritu de sacrificio: «Lo mejor de la guerra —para siempre— seríamos nosotros». Al mismo tiempo, a lo largo de sus páginas va apareciendo toda la ideología falangista, que es la del autor. El carácter autobiográfico y la fuerte carga emocional son algo normal en este tipo de novelas, así como el sentido de inmediatez, la falta de perspectiva para juzgar imparcialmente los hechos narrados.

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Desde el punto de vista literario, los principales defectos serían la escasa caracterización psicológica de los personajes —lo colectivo se sobrepone a lo individual—, el maniqueísmo al retratar los personajes de uno y otro bando, la ausencia de una estructura novelesca clara y, sobre todo, las abundantes digresiones que entorpecen el desarrollo de la acción y que convierten la obra en vehículo propagandístico de una ideología. En novelas posteriores, el apasionamiento del autor irá disminuyendo conforme se vayan alejando los hechos que dan pie al relato; de esta forma, la calidad literaria aumentará a la par que la objetividad. Es tan sólo una cuestión de tiempo: a mayor distancia de los acontecimientos que se cuentan, menos carga política y, en definitiva, más literatura[2].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: estructura externa

Ambas piezas forman un díptico sobre el Descubrimiento y los primeros años de conquista y colonización del Nuevo Mundo[1]. En busca del Gran Kan se divide en tres partes[2], formada cada una por seis capítulos: «El hombre de la capa raída» (título que hace referencia a Colón, cuando todavía es un personaje pobre y misterioso), «El señor Martín Alonso» (alude al mayor de los hermanos Pinzón) y «El paraíso pobre» (marbete que designa a las regiones recién halladas)[3]. La novela se cierra con un epílogo donde Blasco Ibáñez explica su interés por la figura del Almirante y amplifica algunas ideas ya apuntadas en las páginas precedentes.

En busca del Gran , de Blasco IbáñezLa acción comienza en mayo de 1492, cuando Fernando y Lucero (personajes de ficción) se dirigen a Córdoba. En el primer capítulo el joven Fernando Cuevas hace balance de los últimos acontecimientos de su vida. Sus recuerdos nos ponen en antecedentes sobre su historia y la de su acompañante, Lucero, hija del judío don Isaac Cohen, que viaja disfrazada de varón para escapar de la persecución religiosa (acaba de proclamarse el decreto de expulsión de los judíos). El flash-back de Fernando acaba cuando pide ayuda a la Virgen de Guadalupe, momento en que aparece en el camino un caballero y el muchacho presiente que este personaje a cuyo servicio se pone —Colón— influirá poderosamente en su vida futura. El capítulo segundo completa el panorama histórico-político de Castilla. El tercero refiere los progresos en la navegación de Portugal, convertida en la primera potencia marítima. En el capítulo cuarto, titulado «De cómo el amor se fue abriendo paso a través de la geografía delirante», Colón entra en contacto con las personas influyentes de la Corte de los Reyes Católicos y conoce a Beatriz Enríquez de Arana, mujer pobre y virtuosa por la que pronto se siente atraído. El resto de la novela —es imposible resumir el argumento en pocas líneas— lo constituyen las andanzas del desconocido Colón en pos de la Corte mientras se prolonga la guerra de Granada y la ejecución de su proyecto se va aplazando, la organización del primer viaje y los sucesos del mismo, hasta el descubrimiento de las islas caribeñas. Todo ello siguiendo muy de cerca los sucesos reales de ese primer viaje trasatlántico.

La segunda novela, El caballero de la Virgen, también se divide externamente en tres partes, «La reina de Flor de Oro», «El oro del rey Salomón» y «El ocaso del héroe», de cinco, seis y cinco capítulos respectivamente. El título de la primera alude a la princesa Anacaona, que no es personaje con demasiada importancia en la novela, pero que el autor privilegia por su exotismo; el segundo recuerda una de las obsesiones quiméricas del Almirante; y el tercero hace referencia a los últimos años de Alonso de Ojeda (y nótese que para Blasco Ibáñez el héroe es Ojeda, no Colón). Su arranque es muy similar al de la otra novela, con un primer capítulo de estructura circular (enmarcado por el sonido de unas campanas) en el que Fernando vuelve a hacer balance de los últimos sucesos de su vida: estamos ahora a la altura de enero de 1494, y el antiguo paje de Colón tiene casa propia en la ciudad de Isabela, en la Española; se ha casado con Lucero (que se convirtió al cristianismo) y ha tenido lugar el bautizo de su hijo Alonsico. Ahora su principal protector es Alonso de Ojeda, de forma que ya desde el primer capítulo quedan imbricados los dos planos del relato: la peripecia ficticia (los hechos de Lucero y Fernando) y la materia histórica (se incluyen aquí los otros tres viajes del Almirante, más otras expediciones de descubrimiento y conquista de Ojeda y otros).

Algunas características generales de estas dos obras las emparientan con la novela histórica romántica del siglo anterior[4]. Así, una de esas viejas técnicas que recupera Blasco Ibáñez es la ocultación de la verdadera personalidad de un personaje (Lucero viste de hombre y finge ser hermano de Fernando). Por otra parte, el empleo de largos epígrafes para encabezar los capítulos recuerda una forma de titular que fue habitual en el Romanticismo. Por último, puede mencionarse la frecuente intromisión del narrador para señalar parecidos o diferencias entre la época histórica evocada y el tiempo contemporáneo del autor: por ejemplo, cuando compara los monasterios de entonces con los hoteles de nuestros días (p. 1266a) o la velocidad de las naves del Descubrimiento con la de los modernos buques de vapor (pp. 1311a y 1314b), o bien cuando habla de «nuestro criterio de hombres modernos» (p. 1266b)[5].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Esta división tripartita se repite en las cuatro novelas históricas mencionadas.

[3] «Habían descubierto, tal vez, un paraíso, pero un paraíso pobre» (p. 1371b).

[4] Cabría recordar aquí que Blasco Ibáñez sirvió como secretario a Manuel Fernández y González, verdadero maestro del género histórico-folletinesco.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Las novelas históricas de Vicente Blasco Ibáñez

Vicente Blasco IbáñezVicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867-Menton, Francia, 1928) se acercó con cierta frecuencia al género de la novela histórica. Dejando aparte Sónnica la cortesana (1901), en la que la crítica ha visto un intento de novela arqueológica a la manera de Salambó de Flaubert, hay otras cuatro novelas históricas del escritor valenciano que pueden agruparse por su proximidad cronológica y por su intención. Me refiero a El Papa del mar (1925), A los pies de Venus (1926), En busca del Gran Kan (1929) y El caballero de la Virgen (1929). Estas cuatro obras se agrupan por parejas, en dos series: una está centrada en la Italia de los siglos XIV y XV (la historia de los Papas de Aviñón, el Gran Cisma de Occidente y el pontificado de Pedro de Luna, más una semblanza de la familia Borgia); la otra tiene como referencia histórica el Descubrimiento de América. Además, ambos dípticos mantienen relación entre sí porque algunos personajes históricos del primero, como Alejandro VI, son aludidos en el otro, y viceversa, la persona de Colón, que unifica a las dos últimas novelas, ya se mencionaba en las anteriores[1].

Al abordar la temática histórica en estas novelas, Blasco Ibáñez no se muestra neutral, sino que toma claro partido, bien para procurar la vindicación histórica de algunos personajes denostados (el Papa Luna, los Borgia), bien para lo contrario, para desmitificar a un héroe ensalzado a su juicio en exceso (Cristóbal Colón). Desde un punto de vista ideológico, esa revisión histórica le sirve para lanzar algunas pullas contra la monarquía y las autoridades eclesiásticas —se complace, por ejemplo, en recordar los hijos naturales de reyes como Fernando el Católico, de Papas como Alejandro VI y de otros cargos eclesiásticos, como el cardenal Mendoza[2]—. Por otra parte, en todo momento queda manifiesto su profundo españolismo: en la primera serie se destaca la importante actuación de personajes españoles al frente de la Iglesia y en la segunda se presenta la magna aventura americana como una empresa popular y española.

De estas cuatro novelas, las dos primeras, El Papa del mar y A los pies de Venus (los Borgia), resultan más conocidas y han recibido mayor atención por parte de la crítica[3], así que me centraré en las próximas entradas en las de tema americano, En busca del Gran Kan (Cristóbal Colón) y El caballero de la Virgen (Alonso de Ojeda)[4].


[1] En El Papa del mar se menciona a Colón en la p. 957b, y en A los pies de Venus en las pp. 1094a, 1105b, 1124b-1126a, 1163b, 1209a y 1210ab. En En busca del Gran Kan hay referencias a Rodrigo de Borja en las pp. 1220b y 1284a. Las citas de estas cuatro novelas históricas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] También deja caer algún comentario irónico contra los gobiernos, en general: cuando se comenta que en la Junta que ha de juzgar los planes de Colón hay algunos miembros designados por la dignidad de su persona, no por sus saberes y estudios, el narrador apostilla: «como ocurre en toda reunión organizada por un Gobierno» (p. 1246b).

[3] Pienso en el trabajo de Rodolfo Cortina Gómez, Blasco Ibáñez y la novela evocativa: «El Papa del mar» y «A los pies de Venus», Madrid, Maisal, 1974. Sobre la novela histórica en general, pueden verse, entre otros muchos, estos trabajos: Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica, Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942; George Lukács, La novela histórica, 3.ª ed., trad. de Jasmin Reuter, México, Era, 1977; y Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, 2.ª ed, Pamplona, Eunsa, 1998.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: el bando enemigo y los indiferentes ante la guerra

En La fiel infantería[1], de Rafael García Serrano, los combatientes del lado republicano a veces están vistos muy hostilmente. El odio y el deseo de venganza se transparentan en estas palabras de Ramón, cuando se refiere a la situación padecida por los falangistas en Madrid, de donde él consiguió escapar:

Nos cercaron como a bichos peligrosos, como a alimañas. No teníamos derecho a morir limpiamente; para nosotros el balazo en la nuca, el paseo, la mutilación, el suplicio. Tú los has tenido siempre enfrente, no alrededor, como yo, en Madrid. Ya no son ni fieras, porque no se hartan; son otra vez hombres enfurecidos, bebedores de sangre. Hombres, mierda, eso son. —Escupió—. Y ahora yo también odio y me paso el amor por el arco de triunfo. Para ellos y para los de fuera mi odio, mi venganza (p. 148).

En ocasiones se les niega a los enemigos —«borrachos de barbarie»— su valentía e incluso su condición de soldados; pero lo más frecuente es que se reconozca su valor en la lucha: «Benditos los de enfrente, que también saben manejar las armas» (p. 208). La comprensión del autor aparece asimismo cuando la muerte iguala a unos y otros: «Acabamos con un responso por todos los muertos de la campaña, por sus muertos también» (p. 21). Todos los críticos coinciden en destacar ese carácter abierto de García Serrano, pese a que ni por un momento ceja en sus ideas[2]. El dolor provocado por la lucha entre los compatriotas españoles se expresa claramente en estas bellas palabras:

Entender el idioma del enemigo, hablar la misma lengua de los que matan, de los que tienes que matar, es un suplicio que deprime como si una montaña cayese en los hombros o un grano de arena en la conciencia…. Disparar sobre un hombre que dice madre igual que tú. Como tú lo dirías en su trance de muerte. O que repicaría la palabra igual que tú al ir de permiso o al escribir una carta luego de quebrar un peligro, cuando se desea contar que se vive. Un hombre que dice como nosotros, novia y amigo, árbol y camarada. Que se alegra con las mismas palabras y jura también con las palabras que juras tú. Que iría a tu lado bajo tú bandera, cargando sobre gentes extrañas. Al principio, todo esto me hacía cerrar los ojos y orar de noche, aislado, por el pecado sin perdón: más tarde aprendí a encoger los hombros por necesidad (p. 65).

Combatientes

Toda guerra es triste. Pero mucho más triste, si cabe, una guerra entre hermanos. Los republicanos tuvieron al menos el valor y el coraje de defender con las armas sus ideas: «[…] entonces combatíamos los fanáticos de los dos bandos, los que sólo podíamos luchar sin cuartel. Los que forzosamente teníamos que ser eliminados con el triunfo del adversario. La gente de caricruz, los generosos» (p. 65). Frente a los hombres «voz y voto», ellos —todos los que pelearon— fueron hombres «voz y fusil» que se echaron al campo para «garantizar el vítor con la bayoneta». García Serrano critica duramente la cobarde pasividad burguesa de quienes se quedaron tranquilamente en sus casas mientras se resolvía a tiros el futuro de España[3] y lo mejor del país, de uno y otro bando, moría en el empeño: «Cuando la Patria se parte en dos, son pocos los indiferentes, los del tercer estado, que deberían de ahorcar, puestos de acuerdo, los bandos combatientes» (p. 175). Las posiciones de unos y otros quedan claramente perfiladas al estallar la guerra:

El 19 de julio calibró a las gentes: unos salimos y otros no. Aquel día se jugaba España definitivamente y mientras nosotros marchábamos al choque cubiertos de rosas, ellos nos lanzaban las rosas desde el cielo de su indiferencia o de su cobardía. Bien limpia la chaqueta, entonada la corbata y lustrosos los zapatos, veían pasar la Patria en mangas de camisa, ronca y brava, un poco callejera para su británica elegancia. Sin los que entonces salimos a dar un paseo militar, como después han dicho los rencorosos, los mariquitas y los tacaños, nada hubiera sido posible. En las primeras semanas, minuto a minuto, hora a hora, día a día, íbamos ganando España para nosotros, para los que nos amaban, para nuestros enemigos y hasta para los miserables que, por ocultar su pánico, fingían ignorar cómo muchas veces se nos secaba la boca en los peligros de un divertido paseo militar (p. 62).

Para ellos, para los indiferentes ante la tragedia patria, se reserva un odio mayor que para el enemigo combatiente: «Porque aun gustando la miel que nos brindaban al pasar los caciques y los cobardes, estábamos todos seguros —todos— de que un día habríamos de volver los fusiles contra sus aplausos, que tenían voluntad de asqueroso dinero con que hacernos mercenarios» (pp. 62-63)[4].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] En el Prólogo de la edición manejada señala García Serrano que «cuando se escribió la novela de Ramón, Miguel y Matías los vencedores ya habían firmado la reconciliación con sus hermanos vencidos simplemente por su manera de comportarse en los campos de la guerra».

[3] También se ataca la actitud de algunos países extranjeros, en particular de Francia, donde en los caseríos y villas cercanas a la frontera se anunciaba «café con vistas a la guerra de España», como si de un espectáculo se tratara (cfr. las pp. 107 y 110). Este será el tema central de otra novela de García Serrano, La ventana daba al río.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«San Manuel Bueno, mártir» y «La agonía del cristianismo», de Unamuno: intertextualidad

Denario romano

La relación entre ambas obras[1] de Unamuno puede buscarse también en la abundancia de reminiscencias evangélicas —o bíblicas, en general— que comparten. Así, la novela se abre con una cita de San Pablo, 1 Cor, XV, 19, que le sirve de lema: «Si sólo en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de los hombres todos»; pues bien, esa cita ya estaba recogida en La agonía del cristianismo —al hablar de que el cristianismo fue una preparación para la muerte y para la resurrección, para la vida eterna— de esta forma: «Si Cristo no resucitó de entre los muertos, somos los más miserables de los hombres» (La agonía del cristianismo, p. 38). El recuerdo de la indicación de Jesús de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mateo, XXII, 23-33 y Lucas, XX, 25) aparece en San Manuel Bueno, mártir, p. 17 y en La agonía del cristianismo, pp. 39, 71 y 72; la frase «Mi reino no es de este mundo» (San Manuel Bueno, mártir, p. 57) la encontramos al principio del capítulo VI, «El supuesto cristianismo social», de La agonía del cristianismo. Igualmente, el «Bienaventurados los pobres de espíritu» del Sermón de la Montaña (Mateo, V, 3) figura tanto en San Manuel Bueno, mártir, p. 47 como en La agonía del cristianismo, p. 69; «Mi alma está triste hasta la muerte» (Marcos, XV, 34) la leemos en San Manuel Bueno, mártir, p. 59 y en La agonía del cristianismo, p. 44; la frase de Jesús al buen ladrón «Mañana estarás conmigo en el paraíso» (Lucas, XXIII, 39-44) figura repetida en San Manuel Bueno, mártir, p. 61 y en La agonía del cristianismo, p. 92. En fin, otra reminiscencia bíblica muy del gusto de Unamuno es la afirmación de que quien ve la cara a Dios muere, presente en San Manuel Bueno, mártir, pp. 66 y 72 y en La agonía del cristianismo, p. 103[2].

También hay intertextualidad común no bíblica. Así, la conocida frase del catecismo del Padre Astete «…doctores tiene la Iglesia…» está en San Manuel Bueno, mártir, pp. 30 y 62 y en La agonía del cristianismo, pp. 93-94; y la afirmación de Karl Marx de que «La religión es el opio del pueblo», con la que juega Unamuno en San Manuel Bueno, mártir, p. 58, quedaba aludida en La agonía del cristianismo (por ejemplo, en la p. 96).

A veces la coincidencia textual entre ambas obras, novela y ensayo, no estriba en la cita común de un pasaje ajeno, sino que viene a desarrollar una misma idea unamuniana. Un ejemplo bastará. Un pasaje de La agonía del cristianismo (cap. VI, «La fe pascaliana», p. 92) dice así: «Y un cristiano debe creer que todo cristiano, más aún, que todo hombre, se arrepiente a la hora de la muerte; que la muerte es ya, de por sí, un arrepentimiento y una expiación, que la muerte purifica al pecador». Pues bien, es indudable la relación con el fragmento del capítulo quinto de San Manuel Bueno, mártir en el que el padre de un suicida pregunta al sacerdote si dará tierra sagrada a su hijo, a lo que responde: «Seguramente, pues en el último momento, en el segundo de la agonía, se arrepintió sin duda alguna» (San Manuel Bueno, mártir, pp. 21-22).

Por último, también coinciden ambas obras en el empleo de las etimologías, tan frecuentes junto con los juegos de palabras en La agonía del cristianismo (algunas de las que aparecen en San Manuel Bueno, mártir: de Miguel, de arcángel, de diablo… estaban recogidas igualmente en el ensayo previo).

Aunque no he podido detenerme a desarrollar algunos aspectos complejos, ni he pretendido apurar todas las afinidades existentes entre ambas piezas, creo que lo apuntado basta para comprobar la estrecha relación que las une. La proximidad de redacción facilita ese trasvase de ideas del ensayo a la novela, no menos que la idea unamuniana de que la novela es filosofía y teología, a la vez que agónica autobiografía espiritual de su autor[3].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] Otros motivos simbólicos que convendría examinar son la caravana en la que muere el guía (San Manuel Bueno, mártir, p. 18) y el guía que no logra entrar en la tierra de promisión (San Manuel Bueno, mártir, pp. 65-66).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: la Patria y la Revolución para la posguerra

Los jóvenes falangistas de la novela[1] de Rafael García Serrano intuyen que su sacrificio y sus muertes no son estériles: «Sabían que estaban celebrando, eso sí, unas míticas bodas con su Patria y que toda aquella sangre —inmensa sangre— era nupcial. Después vendría el fruto. Ahora tocaban dolor y gozo de conquista» (p. 123). Son conscientes de que para después de la victoria quedará todavía una tarea, reconstruir la Patria, y viven esperanzados porque confían en que entonces podrán llevar a cabo su Revolución Nacional-Sindicalista:

Presentíamos que la guerra —corta o larga— no nos iba a servir para que los árboles diesen monedas de oro, ni para que en la Patria deshecha que nos legaba la experiencia de nuestros padres las cosas caminasen por un camino de fina yerba, con la carrera cubierta de sombras propicias y aguas tranquilas. Precisamente lo mejor de los primeros momentos era la claridad con que veíamos la revolución como una tarea de la posguerra y a los árboles con fruto y al campo con mies y al agua en el verso inmejorable de los canales (pp. 62-63).

Los objetivos de su revolución se expresan en los tópicos falangistas que Ramón emplea en sus alocuciones a obreros y campesinos:

Una paz hermosa e igual para todos. Una vida nueva, un afán superior a la minucia. Un plantarse en el mundo con los brazos en jarras y decir aquí estamos. Un imperialismo, el imperialismo de las gentes humildes. La grandeza de la Patria es la única finca para la felicidad de los desheredados. Esas doctrinas que aprendió en los mítines, en las conversaciones universitarias, en los versos generalmente inéditos y en las acciones callejeras, le parecían en plenitud. O ellas o nada. O la vida o la muerte, ahora o nunca. Había surgido, en limpio salto, el momento, sin abuelos y sin hijos. Ganarían en la guerra el deber de la revolución —los deberes se cumplen, los derechos se reclaman— y el hombre predestinado que guardaba la cárcel de Alicante vendría a ordenar el tiempo nuevo. Os lo prometo, les decía, profeta armado, la revolución y él (p. 176).

Cartel de Falange Española

A esta idea de una Patria fuerte y unida va ligada la idea de imperialismo español: España como «unidad de destino en lo universal», como «comunidad total de destino». Otra vez es Ramón quien expresa el ideario falangista: «Al chirrión los imperios espirituales. Nosotros queremos tierra de todos los colores […]. El dominio sobre los demás y en la cima el Emperador» (p. 154)[2].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«San Manuel Bueno, mártir» y «La agonía del cristianismo», de Unamuno: ideas comunes (y 2)

Segismundo encadenado

Me referiré ahora a la idea unamuniana del nacimiento como pecado original del hombre. En efecto, en La agonía del cristianismo[1] (p. 105) exponía Unamuno la idea de que el verdadero pecado original del hombre consistía en haber nacido, recordando los famosos versos de La vida es sueño, de Calderón de la Barca: «pues el delito mayor / del hombre es haber nacido», que cita de memoria como: «Porque el pecado mayor del hombre es haber nacido» (con una sustitución, seguramente voluntaria, de delito por pecado: en efecto, delito presenta connotaciones penales civiles, mientras que las de pecado son religiosas). Pues bien, en San Manuel Bueno, mártir no solo se habla de la «cruz del nacimiento» (p. 34, Ángela quiere aliviarle de su peso a su padre espiritual) y luego del sueño de la vida (p. 64), sino que también se citan, correctamente, esas palabras calderonianas: «el delito mayor del hombre es haber nacido» (p. 63).

Otra cuestión interesante es la negación del cristianismo social. El ataque al cristianismo social es idea plasmada igualmente en ambas obras, la ensayística y la novelesca, en reflexiones que parten de la frase de Jesús: «Mi reino no es de este mundo». En La agonía del cristianismo, capítulo VI, se lanzan duras críticas contra el cristianismo social y el político: Unamuno se opone al cristianismo como poder político temporal, «el catolicismo del decreto, la inquisición y la cruzada», la religión defendida a golpe de cruz y espada. También critica el cristianismo como religión institucionalizada, en especial el jesuitismo, al que aplica acerbos epítetos. Ni cristianismo conservador ni cristianismo progresista, sino cristianismo agónico, tal es el ideal propugnado por Unamuno. En la novela, Lázaro propone crear un sindicato agrario católico, posibilidad que don Manuel rechaza enérgicamente: «No, Lázaro, no; la religión no es para resolver los conflictos económicos o políticos de este mundo que Dios entregó a las disputas de los hombres» (p. 58). Ya antes había afirmado el sacerdote: «La justicia humana no me concierne» (p. 17). Y es que tanto el integrismo católico como el catolicismo progresista son para Unamuno dos formas de «enfeudamiento político de la fe»[2].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] Ver Pedro Cerezo Galán, Las máscaras de lo trágico. Filosofía y tragedia en Miguel de Unamuno, Madrid, Editorial Trotta, 1996, pp. 727-728. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.