«Nuevo soneto a Cristo», de Jorge Montoya Toro

Vaya para hoy, Sábado Santo (Sábado del Silencio o de Gloria), un soneto del colombiano Jorge Montoya Toro (Titiribí, 1921-Medellín, 1989), abogado (cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Antioquia) y periodista cultural. Montoya Toro dirigió la emisora y la revista de la Universidad de Antioquia y los suplementos literarios de los diarios El Colombiano y La Defensa, de Medellín. Fue también Director de Extensión Cultural de Medellín y miembro del Instituto de Cultura Hispánica. Entre sus obras literarias se cuentan Bajo el lucero de la tarde, El pasado se asoma a los retratos, En alas del perfume tu recuerdo, Fragancia del indecible amor, Prolongas tu presencia en los objetos, Soneto de la amada indefinible, Un silencioso amor prende su lámpara, Verlaine, Sombra del aire, Breviario de amor o Hay una espina entre la flor.

Gerard de la Vallee, Longinos atravesando el costado de Cristo con una lanza (siglo XVII). Subasta: Bruun Rasmussen Kunstauktioner, Copenhagen, 29 de noviembre-5 de diciembre de 2011, lote 249.
Gerard de la Vallee, Longinos atravesando el costado de Cristo con una lanza (siglo XVII). Subasta: Bruun Rasmussen Kunstauktioner, Copenhagen, 29 de noviembre-5 de diciembre de 2011, lote 249.

En su «Nuevo soneto a Cristo» el yo lírico se reconoce como pavesa del fuego de amor divino (vv. 1-2 y 12), al tiempo que pide al Señor «la paz que el corazón reclama» (v. 7):

Aquí estoy, mi Señor. Soy la pavesa
que queda del incendio de la llama…
Soy el adolorido, porque ama.
El que busca tu aliento de tibieza.

Por ti mi soledad muere, y empieza
la plenitud que tu bondad derrama.
Dame la paz que el corazón reclama.
Entrégame tu nombre de pureza.

Si prendas pides de verdad, te entrego
mi corazón, de amor crucificado
en el crisol divino de tu fuego.

Soy pavesa, lo sé. Rescoldo helado.
Me abrumaba tu luz y anduve ciego.
¡Me rescató el raudal de tu costado![1]


[1] el raudal de tu costado: al ser traspasado por la lanza de un soldado romano (identificado en el evangelio apócrifo de Nicodemo como un centurión llamado Longinos), del costado de Cristo brotó sangre y agua (cfr. Juan, 19, 33-34: «Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua»); el “agua” sería el líquido acumulado en la membrana exterior del corazón (derrame pericárdico) y alrededor de los pulmones (derrame pleural) de Cristo. Pero, más allá de la explicación fisiológica, importa el significado simbólico de ambos elementos, sangre y agua, interpretados por los comentaristas bíblicos como representación, respectivamente, de los sacramentos de la Eucaristía (y la Redención, pues la sangre redentora de Cristo purifica del pecado) y el Bautismo (el agua es fuente de vida). Tomo el texto de Iván Guzmán López, «Sonetos para celebrar a Cristo», El Mundo de Medellín, 5 de abril de 2012. Modifico la puntuación y algunos pequeños detalles; así, en el verso 6, cambio «la plenitud de tu bondad derrama» por «la plenitud que tu bondad derrama», según pide el sentido.

«Soneto a la Virgen María, al pie de la Cruz», de Dionisio Ridruejo

Vaya para hoy, Viernes Santo, este soneto de Dionisio Ridruejo (Burgo de Osma, Soria, 1912-Madrid, 1975). Ridruejo, perteneciente a la Generación de 1936, puede adscribirse a la corriente de «poesía arraigada». Su obra poética está formada por los siguientes títulos: Plural (Segovia, Imprenta El Adelantado, 1935), Primer libro de amor (Barcelona, Yunque, 1939), Poesía en armas (Madrid, Ediciones Jerarquía, 1940), Fábula de la doncella y el río (Madrid, Editora Nacional, 1943), Sonetos a la piedra (Madrid, Editora Nacional, 1943), En la soledad del tiempo (Barcelona, Montaner y Simón, 1944), Poesía en armas. Cuaderno de la campaña de Rusia (Madrid, Afrodisio Aguado, 1944), Elegías (1943-1945) (Madrid, Adonais, 1948), En once años. Poesías completas de juventud (1935-1945), Madrid, Editora Nacional, 1950), volumen con el que fue Premio Nacional de Literatura 1950, Hasta la fecha. Poesías completas (1934-1959) (Madrid, Aguilar, 1961), Cuaderno catalán (Madrid, Ediciones de la Revista de Occidente, 1965), 22 poemas. Antología (Buenos Aires, Losada, 1967), Casi en prosa (1968-1972) (Madrid, Ediciones de la Revista de Occidente, 1972) y En breve. Hojas de un cancionero inédito (Málaga, Litoral, 1975).

Como buen representante del garcilasismo poético de posguerra, Ridruejo cultiva las estrofas clásicas, especialmente el soneto. Un buen ejemplo de su maestría en este terreno lo tenemos en este soneto dedicado al inmenso dolor de la Virgen María al ver morir a su hijo en la Cruz (con los motivos clásicos del Stabat Mater o de la Mater Dolorosa):

Andrea Mantegna, Crucifixión. Museo del Louvre (París, Francia)
Andrea Mantegna, Crucifixión. Museo del Louvre (París, Francia).

Toda la tierra, estremecida y grave,
bajo la sangre fiel que la levanta,
sufre en tu misma entraña donde canta
en siete heridas[1] tu agonía suave.

La lenta flor de tu mirada sabe,
cuando a los yertos miembros se adelanta,
hacerse hiedra de su triste planta[2]
y erguir los cielos con fervor de ave.

Bajo la Cruz —sin venas que la guarden—
llega hasta ti la savia enaltecida
donde el tiempo remedia sus rigores.

Y estás, ante los astros que no arden,
pariendo, Virgen, nuestra misma vida
como pariste a Dios, mas con dolores[3].


[1] siete heridas: alusión a los siete Dolores de María, a saber: la profecía de Simeón en la presentación de Jesús en el Templo (Lucas, 2, 22-35), la persecución de Herodes y la huida a Egipto (Mateo, 2, 13-15), Jesús perdido en el Templo por tres días (Lucas, 2, 41-50), María encuentra a Jesús cargado con la Cruz (Vía Crucis, 4.ª estación), la Crucifixión y Muerte de Nuestro Señor (Juan, 19, 17-30), el Descendimiento —María recibe a Jesús bajado de la Cruz— (Marcos, 15, 42-46) y el entierro de Jesús. La Virgen de los Dolores es una advocación de la Virgen María, también conocida como Virgen de la Amargura, Virgen de la Piedad, Virgen de las Angustias o La Dolorosa. La iconografía la representa con siete espadas o puñales travesando su corazón.

[2] hacerse hiedra de su triste planta: alusión al motivo emblemático clásico de la hiedra aferrada al árbol (encina, olmo…), en señal de profundo amor o amistad. Para más detalles remito a Aurora Egido, en Víctor García de la Concha (dir.), Homenaje a Quevedo, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1982, pp. 213-232.

[3] como pariste a Dios, mas con dolores: según algunos Padres de la Iglesia, la Virgen María no sufrió dolores al dar a luz a Jesús, si bien la Iglesia no se ha definido al respecto. Aquí, en este nuevo “parto” de Cristo a la vida eterna, María sí sufre dolores. El poema lo encuentro recogido con variantes (sobre todo en el primer cuarteto) en Fernando Salas Pineda, «Lo recitó el poeta…», Anales de las cofradías de Almería, 11 de abril de 2020: «Toda la tierra, estremecida, cabe / bajo la sangre fiel que la levanta, / y sufre en esta herida que quebranta / con siete espadas tu agonía grave. // La lenta flor de tu mirada sabe, / cuando a los yertos miembros se adelanta, // hacerse hiedra de su triste planta // y erguir los cielos con fervor de ave. // Bajo la cruz, sin venas que la guarden, // llega hasta ti la savia enaltecida / donde el tiempo remedia sus rigores. // Y estás, ante los astros que no arden, / pariendo, Virgen, nuestra propia vida / como pariste a Dios, más [sic] con dolores».

«Retruécano», soneto de fray Francisco de Jesús Bolaños Rosero

Francisco de Jesús Bolaños Rosero[1] (Pasto, Colombia, 4 de octubre de 1701-Quito, Ecuador, 14 de diciembre de 1785) ingresó en 1715 en la Orden Mercedaria en su ciudad natal. Después se trasladó a Quito, donde estudió en el convento mercedario y pronunció sus votos solemnes el 17 de enero de 1718. Años después, buscando alejarse del mundo, marchó a un lugar descampado, en las laderas del volcán Pichincha (Ecuador), y el 12 de mayo de 1735 fundó la ermita del Tejar, que con los años pasó a ser conocida como la Recolección, iglesia, casa de ejercicios y capilla dedicada a san José. Varón de vida ejemplar y grandes virtudes, amigo del silencio y el trabajo, fray Francisco de Jesús Bolaños Rosero era conocido como «el Padre Grande». Recorrió gran parte del Ecuador, sobre todo las zonas del bajo Ucayali, en misiones de provecho para la conversión de los indios. Dejó escrito un pequeño devocionario con oraciones para antes y después de la misa.

Cruz de Cristo vencedora de la muerte

Suyo es este soneto titulado «Retruécano», en el que a lo largo de los catorce versos se repiten —haciendo uso de la figura retórica aludida en el título— los términos Cristo, vida, muerte y Cruz (la muerte de Cristo en la Cruz es, en última instancia, con su resurrección, vida para Él y para todo el género humano):

Cristo en la Cruz jugó y perdió la vida
y ganó para sí en la Cruz la muerte;
pero, porque en la Cruz recibe muerte,
el hombre por la Cruz recibe vida.

La Cruz al hombre da contento y vida
y a Dios le da la Cruz tormento y muerte,
y en la Cruz triunfa Dios del mal y muerte,
pues en la Cruz les quita al fin la vida.

Recibe Cristo en Cruz afrenta y muerte
y por la Cruz alcanza gloria y vida
el hombre que sin Cruz viviera en muerte.

Y al fin la Cruz a Cristo da la vida,
y es espada la Cruz contra la muerte
pues pierde por la Cruz el reino y vida[2].


[1] Véase Rodolfo Pérez Pimentel, Diccionario biográfico del Ecuador, tomo 7, Guayaquil, Editorial de la Universidad de Guayaquil, 2002, pp. 68-70.

[2] Tomo el texto de Iván Guzmán López, «Sonetos para celebrar a Cristo», El Mundo de Medellín, 5 de abril de 2012.

«Crucifixión y Gracia», soneto de Alfonso Albalá

De Alfonso Albalá (Coria, Cáceres, 1924-Madrid, 1973) ya había quedado recogido en este blog su emotivo soneto «Tacto de Dios». Vaya para hoy, Miércoles Santo, este otro poema suyo, también soneto, en el que el hablante lírico muestra su deseo de identificarse con Cristo en su Cruz y en la Eucaristía (destacado por el neologismo cristificar del verso decimotercero).

Cruz y Eucaristía

Cuerpo total, yacente en el madero,
naciente Iglesia en cruz, en mi calvario
déjale así, desnudo, sin sudario,
porque ahora es este Cristo mi cordero.

Soy cordero de Dios, soy sumidero
jubiloso de Dios, hondo sagrario
donde guardar su pan en el almario[1]
de este llagar amor mi manadero.

Ara de Dios, te soy, hambre esteparia
en cruz, en luz, en sed y parusía[2]
hacia el alba total de la plegaria.

En tu madero aguardo la agonía
que cristifique en mí mi necesaria
sazón de serte solo eucaristía[3].


[1] almario: lugar donde reside el alma.

[2] parusía: advenimiento glorioso de Jesús al final de los tiempos.

[3] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Ediciones Alfaguara, 1969, p. 313.

«Filiación», soneto de Julio Mariscal Montes

De Julio Mariscal Montes (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1922- Arcos de la Frontera, Cádiz, 1977) ya quedó transcrito un soneto propio de este tiempo de Semana Santa como es «Jueves Santo». Añado hoy este otro, titulado «Filiación», perteneciente a su poemario Quinta palabra (1958), donde va dedicado a José María Pemán.

Representación de la Pasión de Cristo en Quintanar de la Orden (Toledo).

Nombre: Jesús. El hijo de María.
Nació en Belén. Oficio: carpintero.
Treinta años[1] puliéndose el madero
para tres lentas horas de agonía.

Jerusalén… Betsaida[2]… La alegría
de un loco Tiberiades[3]… El sendero
de la casa de Marta[4]… El hormiguero
de «hosannas» por su frente todavía…

Jesús de Nazaret; Cristo Prendido:
tres años[5] de cosechas y nublados
dándose en su palabra iluminada.

Cristo muerto en la Cruz; escarnecido:
una esponja con hiel[6], unos soldados
y una Mujer que llora[7] desolada[8].


[1] Treinta años: los de la vida oculta de Jesús de Nazaret.

[2] Betsaida: ciudad costera en el mar de Galilea, donde vivían algunos apóstoles de Jesús, y donde este realizó algunos de sus milagros (la multiplicación de los panes y los peces, caminar sobre el agua, devolver la vista a un ciego). Cfr. Mateo, 11, 21-24; Lucas, 10, 13-15; Marcos, 8, 22-26.

[3] Tiberiades: mantengo la forma sin tilde del original. Tiberíades, emplazada en la orilla occidental del mar de Galilea, en la Baja Galilea, es mencionada en Juan, 6, 23 como lugar desde donde zarpaban las barcas hacia el extremo oriental del mar de Galilea (llamado también mar de Tiberíades). Los fieles que buscaban a Jesucristo tras el milagro de los panes y los peces utilizaron estas barcas para viajar hacia Cafarnaún, en el extremo norte del lago.

[4] la casa de Marta: «Aconteció que yendo de camino, entró [Jesús] en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa.Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: “Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude”. Respondiendo Jesús, le dijo: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”» (Lucas, 10, 38-42).  Según el evangelio de san Juan, la casa de los hermanos Marta, María y Lázaro estaba en Betania.

[5] tres años: los de la vida pública de Jesús.

[6] una esponja con hiel: cuando Jesús está cercano a expirar, uno de los presentes le acerca a la boca una caña con una esponja embebida en vinagre (Marcos, 15,36; Mateo, 27, 48; Lucas, 23, 36; Juan, 19, 29-30). Los soldados romanos tomaban una mezcla de agua, vinagre y, en ocasiones, hierbas aromáticas (mirra, hiel de la tierra o del campo, cuyo nombre científico es Centaurium erythraea) llamada posca. Los comentaristas discuten si el dar a beber vinagre a Jesús ha de interpretarse como un escarnio (una más de las burlas a las que fue sometido) o, por el contrario, como gesto de compasión (para aliviar su sed y calmar su dolor, pues solía darse a los crucificados esa mezcla de vinagre con sustancias narcotizantes). Quevedo tiene un soneto que comienza: «Vinagre y hiel para sus labios pide, / y perdón para el pueblo que le hiere». En la tradición bíblico-judaica el vinagre se asocia al dolor y la amargura. Cfr. por ejemplo el Salmo 69, 21: «También me dieron hiel como alimento, y en mi sed me dieron a beber vinagre».

[7] una Mujer que llora: motivo del Stabat Mater, del dolor de la Virgen María asistiendo a la muerte de su hijo en la Cruz.

[8] Tomo el texto de Impresiones. Revista multicultural de Paterna de Rivera, número 12, octubre de 2017, «Recordando a Julio Mariscal» (número conmemorativo dedicado al poeta Julio Mariscal Montes en el 40 aniversario de su muerte), p. 59.

«Ceniza eterna», soneto de Pedro Miguel Lamet, SJ

Vaya para hoy, Lunes Santo, este soneto de Pedro Miguel Lamet, SJ, que publicó en su página web el pasado 25 de marzo. El elemento más destacado es la utilización, en sentido religioso, del famoso verso quevediano: si en «Amor constante más allá de la muerte» ese «polvo enamorado» nos hablaba de un amor —profano— capaz de trasponer las aguas del olvido de la laguna Estigia y eternizarse, aquí se trata del lodo humano convertido en ceniza eterna, trascendido por el amor divino, hecho, en suma, eternidad.

Ceniza eterna

Si me miro a los ojos soy la huella
del niño que soñó y la presencia
de quien pretendió ser esa apariencia
que considera el mundo su epopeya.

Si miro hacia mi mente, vuela ella
en torno al egoísmo y su querencia
al miedo de vivir la inconsistencia
de un tiempo de dolor y de querella.

Pero si me despojo del deseo
y contemplo la luz detrás de todo
en la que sin saberlo ya he habitado,

veré la eternidad detrás del lodo
y que, aunque sea un poco de ceniza,
«polvo seré, más polvo enamorado».

«Lluvia de lirios y aromadas rosas…», soneto de Rafael Moreno Guillén

En alguna ocasión anterior di entrada en el blog a un poema dedicado al «Domingo de Ramos», el soneto así titulado de Alonso de Bonilla. Añado hoy este otro soneto de Rafael Moreno Guillén (Valle de Ángeles, Francisco Morazán, Honduras, 1898-Panamá, 1995). Ordenado sacerdote en 1923, en 1945 renunció al sacerdocio y se hizo pastor evangélico, iniciando un largo periplo que le llevó a Méjico, Panamá y El Salvador. Dirigió las publicaciones Honduras, La Revista Eclesiástica y El Buen Pastor. Entre sus títulos se cuentan obras como Rimas místicas (1925), Hogar cristiano (1933), Alocución fúnebre en la muerte de Pablo Zelaya Sierra (1936), Himno a Comayagua en su IV Centenario (1937) y Nimbos (1939).

Entrada de Jesús en Jerusalén

Este poema suyo forma parte de su libro inédito Semana Santa. Prosa y versos:

Lluvia de lirios y aromadas rosas
embalsaman el rústico camino;
pisando ricos mantos, va el pollino
del pueblo entre las voces victoriosas.

Delirantes las turbas anhelosas
rodean al mansísimo Rabino:
¡hay en torno un ambiente tan divino
que divinas se ven todas las cosas!

Alegría respiran las terrazas,
alabanzas las calles y las plazas
y en Sión hay fiebre de fervor y canto:

¡Que se abran ya las puertas matinales!
Resuenen los Salterios y arpas reales,
y ¡Paso al Rey triunfal, Mesías Santo![1]


[1] Lo cito, con algún ligero retoque, por la entrada de internet «Reflexiones y poesías para el Domingo de Ramos. Por Rafael Moreno Guillén».

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «El libro de la creación» (1968-1974) (2)

El libro[1] se abre con una cita del primer capítulo del Génesis: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» y una nota «Sobre El Libro de la Creación», unas palabras de presentación debidas a la pluma de un poeta amigo, Ángel Urrutia, quien acertadamente expresa:

El Libro de la Creación, como casi toda la obra poética de José Luis Amadoz, es una poesía dinámica e interiormente conflictiva, resuelta en tono mayor y con signo de trascendencia. Estamos ante un poeta que consigue conjugar felizmente su poesía con su vida.

Urrutia precisó las dos características principales del poemario: su unidad, pues lo califica de «poema metafísico y teológico» (aunque está formado por treinta y dos poemas numerados en romanos, todos ellos forman una unidad compleja), y su carácter existencialista:

Hay que destacar que El Libro de la Creación (escrito en los años 1964-1965) es un poema total por unitario, orgánico, cíclico; libro de una gran concentración ideológica y expresiva, pero no de elucubración filosófica, que esterilizaría la emoción poética, sino de re-creación metafísica, de un esencialismo existencial capaz, por eso mismo, de humanizar y vitalizar la naturaleza y el hombre.

En El Libro de la Creación el poeta busca, en su actitud de intimidad y entrega, la comunicación, la identificación con el ser que, lejos de un panteísmo cósmico, supone una interpretación humano-existencial de positivo signo religioso.

Quiero también resaltar que el caudal interior de este libro no sigue una trayectoria lineal, sino circular y concéntrica; que es un poema de variaciones, de desdoblamientos: de desbordamiento; en el que el lector ha de abandonarse emocionalmente para lograr impregnarse del ritmo de su palabra y de su pensamiento.

Por su parte, Ángel Raimundo Fernández también ha subrayado el carácter trascendente enunciado en estos versos:

Como en los dos poemarios anteriores, la poesía surge de un interior que asume fuerzas diversas y que busca una armonía final entre todas ellas en una subida a la trascendencia que unifica[2].

Y, al mismo tiempo, ha llamado la atención sobre la circunstancia de que, en las fechas de redacción de El libro de la creación, ese aliento poético era vanguardia en Pamplona.

Noche

Como acertadamente resume este último crítico citado, «El canto de la creación tiene un centro: el hombre que vive entre todas las cosas», cuyo proceso es «la búsqueda y conquista de la armonía y paz de los cielos y la tierra habitados por el hombre»[3]. Pues bien, esa búsqueda apunta ya en el primer poema, donde se nos habla de una actual «luz muy oscura y escondida», pero se preanuncia un «futuro día» de destino y horizontes:

Va añadiendo imposibles la mañana, promesas
de prodigiosa fe escondida en las cosas;
y ya el ser se proclama firme en la elevación de su armonía interna,
y un beso el pensamiento liga, en soplo con soplo,
como en íntimo abrazo.

El segundo poema insiste en imágenes de nacimiento: «alborada / naciente» (sintagma destacado por el encabalgamiento), «vuelo de imperio enardecido», «llanto poderoso de ardiente parto». Poco a poco, la luz y el amor se van abriendo paso. El número III alude al nacimiento de un nuevo día y a la emergencia de la ciudad, que pasa de la niebla al sol cuando se borran las «últimas sombras de la adensada noche». En ese contexto en que emerge la ciudad y nace el día llama la atención la imagen de un «hombre ancianizado», que es en todo caso «ser y destino en triunfo»[4].


[1] José Luis Amadoz, El libro de la creación, Pamplona, Gráficas Iruña, 1980.

[2] Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 70.

[3] Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, pp. 70 y 71.

[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

Sevilla literaria: «El Cristo de Montañés», de Antonio Vicente Abad

La semana pasada puse aquí un poema de Antonio Vicente Abad, estudiante de 2.º Curso del Grado en Lengua y Literatura Españolas de la Universidad de Navarra, compuesto con motivo del viaje curricular que realizamos en el marco de la asignatura «Literatura barroca». Se trataba de «Sevilla, donde nunca seré nombre». Pues bien, hay una segunda composición de Antonio fruto de ese viaje, inspirada esta por la contemplación del Cristo de la Clemencia de Juan Martínez Montañés, situado en una capilla propia en la Catedral de Sevilla.

Cristo de la Clemencia, de Juan Martínez Montañés (Catedral de Sevilla)

El poema reza —nunca mejor dicho— así:

Qué frío debes de tener,
despojado, suspendido en la altura,
mientras yo, envuelto en mi abrigo,
contemplo el madero que te sostiene
y finjo no temblar.

Montañés te dio un cuerpo,
pero el dolor es tuyo.
Yo solo miro,
pero el peso de tu carne caída
se me clava en los hombros.

Tus párpados vencidos apenas sostienen la sombra,
tus labios entreabiertos murmuran una plegaria rota.
Y yo, que tengo voz,
me descubro mudo,
con la lengua seca de tanta duda.

Tus manos tiemblan en la madera y las mías están calientes.
Tu costado abierto supura y yo no llevo heridas,
pero algo dentro de mí sangra sin saber de dónde.

No hay clavos en mis pasos,
pero me pesan.
No hay lanza en mi carne,
pero me duele.
El oro de este templo resplandece con la fe de otros,
y yo, apenas un hombre dentro de tanta luz,
me pregunto si arrodillarme es solo otra forma de huir.

Montañés te dio un cuerpo,
pero el frío es tuyo.
Yo saldré de aquí,
y el viento será solo viento,
pero tú seguirás ahí, desnudo,
como si el dolor no terminara nunca.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «El libro de la creación» (1968-1974) (1)

En el momento de su aparición original (Pamplona, Gráficas Iruña, 1980), era un poemario de 75 páginas que se presentaba con un subtítulo que anunciaba la unidad del libro: El libro de la creación. Poema[1]. Y la solapa interior nos ofrecía esta explicación:

El poeta ya conocido entre nosotros, José Luis Amadoz, nacido en Marcilla y residente en Pamplona, donde trabaja como médico-psiquiatra, publica este nuevo libro con el título de El libro de la Creación. Se trata de un poema total dividido en cantos que conservan su unidad a lo largo de la obra. Formalmente de tono versicular, con un ritmo donde se funden la palabra y la idea de un modo preciso, ofrece al lector un intento de descubrir el nacer del hombre cada día en su juego múltiple de luces, cosas, seres y símbolos, destacando el hombre como en un rumor que lo llena todo y desea ser libre sin poderlo, por sentirse atado a su destino. Para leer este libro hay que sumirse en él no tanto en un afán de comprensión como de fe para encontrar a través del mismo su propio destino, su propio poema, su propia existencia[2].

Analizado desde el punto de vista temático, podríamos considerar que este nuevo poemario de Amadoz constituye una continuación de lo ya expuesto en el anterior, Límites de exilio. El tema nuclear es la idea de un hombre trascendido más allá de la muerte y sus limitaciones: un hombre que avanza hacia la luz, la altura, la vida… El mundo se concibe como un caos que poco a poco se va ordenando en forma de cosmos, como un inmenso material que va pasando de lo informe a lo con forma, de lo gris a lo coloreado…

Caos cósmico

Igualmente, el hombre, que es de cuna eterna, yace caído en un prolongado destierro, vive en medio de su noche de dolor. Pero, convertido en niño recién nacido, será capaz de protagonizar una ascensión luminosa, en la que se va abriendo a lo que de divino hay en su interior[3]. Como en el libro anterior, el hombre debe, por tanto, salir de la noche y el sueño a la vida y el sol. En efecto, en este poemario la imagen del sueño se concibe en sentido negativo, pues es sinónimo de vacío, mientras que encontraremos imágenes positivas como alba, amanecer, nacimiento, creación… Así lo ha destacado Ángel-Raimundo Fernández González:

Los grandes símbolos del poema son la luz, la alborada, la mañana. Sobre todo la luz. […] el símbolo de la luz, en «un Génesis» bíblico, es la máxima expresión del poder creador y de la vida. En casi todos los casos, […] luz y vida se emparejan. […] Frente al símbolo de la luz aparece el de la noche, las sombras. El día vence y crea. La noche, las sombras, son el símbolo de la nada[4].

En definitiva, el hombre se concibe ahora como un ser nacido, un ser esenciado, portador de un alto destino, y debe por ello recorrer un largo camino hacia lo alto (lo Alto) y hacia la luz (la Luz), debe experimentar, mejor dicho, debe protagonizar un lento proceso que se concibe en términos de subida, de ascenso hacia al orden, hacia la luz, hacia una «mañana» en la que se disipan todas las sombras. Aquí los hombres son ríos «que van a dar en la mar», pero no entendida la frase a la manera manriqueña como mera desembocadura en la muerte, sino como final esperanzado en Dios. De ahí que apreciemos un tono marcadamente optimista en algunos poemas e, incluso, ciertas referencias cristológicas que ya se hacían presentes en Límites de exilio.

Desde el punto de vista estilístico, y a tenor de lo que llevamos dicho, fácil será comprender que el poeta vuelva a manejar dicotomías esenciales del tipo noche / día, cuerpo / alma, vacío y esterilidad / frutos y cosecha, tiempo / eternidad, etc. Todo ello de nuevo en versos libres de larga extensión que tratan de recrear la fluida cadencia de los salmos bíblicos[5].


[1] Llevaba entonces la siguiente dedicatoria: «A las últimas y pequeñas de mis hijas, M.ª Juana (Anuka) y M.ª Victoria (Toyoya)». Con respecto al título, el autor prefiere escribir la palabra creación en minúscula, porque se está refiriendo a un fenómeno creacional de índole universal, a la evolución del cosmos, sin un valor necesariamente trascendente.

[2] En la otra solapa interior se anunciaban las «Obras publicadas» del autor: Sangre y vida y Límites de exilio, mientras que figuraban «En preparación» Callado retorno, Poemas primeros y Elegías del hombre.

[3] Escribe Ángel Raimundo Fernández: «Como en los dos poemarios anteriores, la poesía surge de un interior que asume fuerzas diversas y que busca una armonía final entre todas ellas en una subida a la trascendencia que unifica» («Río Arga» y sus poetas, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 70).

[4] Fernández, «Río Arga» y sus poetas, pp. 71-72.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.