Sevilla literaria: «Luna llena en Semana Santa», de Luis Cernuda

Añado hoy a las composiciones de temática sevillana este poema de Luis Cernuda (Sevilla, 1902-Ciudad de México, 1963), perteneciente a Desolación de la Quimera (1962). Aunque el texto no menciona el nombre de la ciudad evocada, podemos suponer que esas callejas y plazuelas «cuya alma / Es la flor del naranjo» (vv. 3-4), esa ciudad bañada por «Azahar, luna, música» (v. 12) no es otra que la natal del poeta.

Semana Santa en Sevilla con luna

Denso, suave, el aire
Orea tantas callejas,
Plazuelas, cuya alma
Es la flor del naranjo.

Resuenan cerca, lejos,
Clarines masculinos
Aquí, allí la flauta
Y oboe femeninos.

Mágica por el cielo
La luna fulge, llena
Luna de parasceve[1].
Azahar, luna, música,

Entrelazados, bañan
La ciudad toda. Y breve
Tu mente la contiene
En sí, como una mano

Amorosa. ¿Nostalgias?
No. Lo que así recreas
Es el tiempo sin tiempo
Del niño, los instintos

Aprendiendo la vida
Dichosamente, como
La planta nueva aprende
En suelo amigo. Eco

Que, a la doble distancia,
Generoso hoy te vuelve,
En la leyenda, a tu origen.
Et in Arcadia ego[2].


[1] parasceve: «Viernes, día en que los judíos preparaban la comida para el sábado», y «por antonom. Viernes Santo, día en que murió Cristo» (DLE).

[2] Et in Arcadia ego: frase latina perteneciente a la quinta égloga de Virgilio, que se traduce literalmente como ʻIncluso en Arcadia estoy yoʼ (referido a la muerte). Cito el poema por Luis Cernuda, Obra Completa, vol. I, Poesía Completa, Madrid, Ediciones Siruela, 1993, pp. 537-538.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Límites de exilio» (1960-1966) (2)

En el poema inicial, una primera persona anuncia: «Henos llegados al final de la única travesía…» (la anáfora de «Henos» recorre todo el canto), a «la dorada mansión del hombre que ya no huye». Se insiste en que «Ha servido su promesa el Dios grande de todos los tiempos», y luego:

El hombre escala victorioso la pendiente rizada de su carne,
salta sobre los alcores más plateados de su espíritu
donde refleja su Dios y belleza.
Henos al final
en la travesía de todos los océanos,
henos en el cenit y gólgota de pesadumbre de nuestro hombre caído,
en la fe que amilana todo viento quebrándolo,
toda efímera sortija que en su dulzor se ofrece y agota.

El poema refiere «la andadura del hombre» (en un determinado momento se habla de «nuestros pies marineros»), que culmina en «la paz de los campos soleados», con imágenes positivas de luz y alba al final de la travesía, cuando «el hombre se viste de mago» para el encuentro con «el Dios soñado al borde de toda prisa», «el Dios que se ofrece sin reservas en su denunciado hábito de padre». Se afirma taxativamente que «un salto de eternidad nos aventura hacia conquistas de pueblo ilimitado», para cerrarse la composición con estas hermosas palabras:

Henos en el sinfín de los deseos e ilusiones colmados,
ante nuestra conquista más resplandeciente,
con los pies doloridos,
bañados en la sangre de las cimas más rudas.
Henos en el retorno sereno de los tiempos,
clavados y compañeros en la cruz que nos rinde y lanza por encima de nuestra soledad primera.

Campo soleado

El poema II introduce algunas expresiones transparentes para aludir a Dios: «el anciano de todos los tiempos», que tiene «la tabla de su ley»; su vástago es el hombre, el «fruto martirizado del hombre», para el que llega la «llorada paz», cuando por fin puede caminar por el «pórtico de su gloria». Se trata del «hombre desterrado», del «viejo peregrino», que ha conseguido llegar al final de su travesía, sumamente fatigado («cede el hombre de su exilio su planta ya cansada»), pero dispuesto a mostrar su sumisión de hijo:

En las manos que recogen su polvoriento estrago de lucha y de camino,
los claros horizontes que le exaltan venciendo su medida
en fe y vida se juntan.

En palabras de Fernández González, en este canto «La creación se suma al gozo: los pájaros, los claros horizontes, el otoño, las montañas, etc.». Constatamos aquí la utilización del símbolo viento con carácter negativo, como sinónimo de inclemencias y dificultades, igual que ya sucediera en Sangre y vida: «la trémula rosa de su vida aguijoneada / por el viento que al fin le mueve y restituye». Al final se introduce un apóstrofe al Señor y una mención a Cristo, «el Hijo del hombre», esto es, al Dios humanado hacia el que camina ese «pueblo transeúnte» de hombres:

Helo al final, Señor,
vertida su descompuesta savia en el cáliz de tu sediento canto,
helo reseca su arboladura vieja
rezumando ya en nuevos y anhelados vientos perfumados.
Donde la noche se cita y gime de hombre suyo,
cada estrella en su gloriosa ventura y ángel
se elige y ofrece severa guardiana de su caído vástago.
El Hijo del hombre recoge la perdida cosecha,
y por los pueblos orientales y castos
se ciñen virtudes y coronas de sabios y consejeros que siguen su canto.
El mundo entero recoge el mensaje que en su alma dormido late.

El tercer poema insiste en la imagen de los hombres como nómadas que finalmente llegan a una meta, como sugieren estas imágenes y expresiones: «una mañana libre de muertes y destinos», «música de advenimiento», «el céfiro suave de la inmensa mañana en profecía», «la irrespirada mansión del verdadero día», «nuestras casas futuras más soleadas», «el pan reciente de la mañana». El canto acaba con una nueva alusión al Hijo del hombre, presentando a su vez al hombre como hijo del Hijo:

Al Hijo del hombre retornaría la mesnada nómada
en su dolorido caminar de interminables años.
En Él sumiría la fe de sus mañanas frescas,
el dolorido caminar de sus noches obscuras.
El hijo del Hijo
al fin arribaría al pie de sus playas redimidas[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución Príncipe de Viana), 2006.

«Del halago del vicio seducido…», soneto de Vicente Rodríguez de Arellano

En entradas anteriores he reproducido tres sonetos de Vicente Rodríguez de Arellano, los que comienzan «Huye animoso mísero forzado…», «Dispone, labra y siembra con fatiga…» y «Larga carrera amar, la vida breve…», incluidos en sus Poesías varias (1806). Añadiré hoy otro reproducido por Leopoldo Augusto de Cueto en el tomo III de Poetas líricos del siglo XVIII; se trata de un soneto de desengaño (v. 7) en el que el yo lírico, desde el momento presente, evoca los estragos de un pasado dedicado al vicio (v. 1) y a «infames deleites» (v. 4), cuando ya solo le queda llorar amargamente (v. 12), dominado como está por los remordimientos (v. 14).

Hombre desengañado sentado en un banco

Del halago del vicio seducido,
abandoné de la virtud la senda;
viví sin modo, término ni rienda,
en infames deleites sumergido.

Malogré de mi edad lo más sufrido,
huyendo aun los recuerdos[1] de la enmienda;
y el desengaño, en fin, corrió la venda
con que tuve el discurso entorpecido.

Vime; pero me hallé tan diferente,
que era una sombra miserable y vana,
al alto ser del hombre cotejado.

Y ahora, triste, lloro amargamente,
pues de los gustos de mi edad lozana
solo remordimientos me han quedado[2].


[1] huyendo aun los recuerdos: entiéndase el verbo con sentido transitivo; «los recuerdos» es objeto directo de «huyendo».

[2] Poetas líricos del siglo XVIII, ed. de Leopoldo Augusto Cueto, tomo III, Madrid, Imprenta de los Sucesores de Hernando, 1922 (BAE, 67), p. 550b.

Sevilla literaria: «Sevilla bailaora», de Ángel Laguillo de la Fuente

Vaya para hoy una nueva evocación poética de Sevilla, correspondiente a Ángel Laguillo de la Fuente (Torrelavega, 1920-Santander, 1972). Su producción lírica fue coleccionada de forma póstuma en el volumen Poemas. Obra completa de Ángel Laguillo de la Fuente (Torrelavega, Obra Social y Cultural de Caja Cantabria, 2001). En el poema, de grácil ritmo, el yo lírico se dirige en apóstrofe a la ciudad, de la que se destacan algunos tópicos (el cante, el baile, el sol, el elemento gitano y procesional —«novio moreno, / con la piel aceitada / de un macareno»—, las mantillas…), junto con dos lugares destacados, el barrio del Arenal y la Torre del Oro.

El Arenal de Sevilla y la Torre del Oro

Sevilla bailaora,
llena de flores,
estás fina y sonora
de cantaores.
Con tu sombrilla
lidia el sol moro,
Arenal de Sevilla,
Torre del Oro
[1].
Chaqueta recortada,
novio moreno,
con la piel aceitada
de un macareno.
Blonda mantilla
y un verde loro,
Arenal de Sevilla,
Torre del Oro
[2].


[1] Arenal de Sevilla, / Torre del Oro: pie o estribillo que se repite en numerosas coplas, populares o de autor conocido, desde el Siglo de Oro.

[2] Tomo el texto de la entrada «El Arenal de Sevilla en coplas» de la web de Daniel Lebrato (daniellebrato.com).

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Límites de exilio» (1960-1966) (1)

Este poemario se publicó (Pamplona, Ediciones Morea) en 1966[1]. En la «Nota preliminar» el autor se refería a «esta obra de contrastes, […] este poema total que es Límites de exilio», para aclarar más adelante:

Límites de exilio está concebido como un fértil peregrinaje del hombre a través de sus noches y sus días, hacia lugares desconocidos y siempre nuevos, en un mundo de figuraciones y símbolos. Como poema total aparece en continuo crecimiento, como un batiente y selvático impulso que deseara completar en cada nuevo poema las premoniciones del anterior […]. Límites de exilio, que bien pudiera considerarse como un poema teológico, formalmente ha sido construido en un tono mayor versicular, recordando algunos pasajes bíblicos de Isaías, Job y Jeremías[2].

Efectivamente, Amadoz maneja aquí la imagen fundamental del hombre como peregrino, que ya se había apuntado en algún poema de Sangre y vida, pero en esta ocasión con una notable intensificación de las referencias bíblicas (el poeta dedicó atención, en sus estudios, al simbolismo de la Biblia). Por otra parte, frente a los metros cortos con que se construían los poemas del libro anterior, ahora domina de principio a fin el tono de unos versos de muy larga extensión, superior incluso a las veinte sílabas.

Homo viator

Vamos a ver, pues, que Amadoz nos muestra ahora al hombre (representado simbólicamente, además de como peregrino y nómada, como mercenario, guerrero, príncipe heredero o navegante) en una encrucijada, en lucha permanente por la existencia. El sentido del título es, en mi opinión, dilógico: el hombre vive en este mundo exiliado de una condición más alta y mejor, pero a su vez ese exilio tiene límites: como «vástago divino» que es, le resultará posible trascender la finitud de este mundo, la muerte, para ir más allá, para subir hasta la morada del Padre. En este sentido, el binomio muerte / destino que no acaba será esencial en la articulación de este poema total y teológico que es Límites de exilio. Ángel Raimundo Fernández, además de señalar que Amadoz apela continuamente a las figuraciones y a los símbolos, explica muy bien en qué consiste ese exilio al que alude el título:

El exilio cantado es el del hombre sin trascendencia, rodeado de sombras, hasta que vislumbra el lugar de la purificación bajo la luz del sol. El límite no es la muerte, sino el momento en que el hombre gravita sobre sí mismo, apetece los sacrificios, la justificación, elevándose sobre el instinto y la noche[3].

Y añade más adelante que todo el libro resuena «con acentos bíblicos, vestido de un ropaje versicular, rezumando un espíritu religioso profundo, existencial»[4].

El poemario, formado por nueve poemas o cantos numerados en romanos, se presenta bajo dos lemas con un sentido que pudiéramos entender contrario, el primero de san Juan: «Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron»; y otro sin indicación de autoría: «… el mundo entero recoge el mensaje que en su alma dormido late» (luego descubriremos que se trata del último verso del segundo poema de Límites de exilio)[5].


[1] En la primera edición como libro exento, con un total de 36 páginas, figuraba en primer lugar una dedicatoria «A mi mujer e hijos María José, Arturo y María Victoria»; tras la «Nota preliminar», los lemas y los cantos I-IX, se añadía: «Además, dedico el poema en sus diferentes cantos a: / Ángel Urrutia / P. Mariezcurrena / Hilario Mtz. Úbeda / Javier Mtz. Muñoz / Jesús Górriz / Antonio José Ruiz / Eduardo Mtz. Bayarri / Juanita Vélaz / Juan Manuel Olaechea». Y el colofón era: «Esta primera edición de / LÍMITES DE EXILIO, / poema de José Luis Amadoz, / se acabó de imprimir el día 14 de enero de 1966, / en los talleres de Gráficas Iruña, / de Pamplona // LAVS DEO».

[2] Al final de esta «Nota preliminar» instaba al lector «a que intente llegar al poema a través de su sonora verbalización, y no mediante un análisis lógico de cada versículo, pues de este modo tan sólo lograría traducir filosóficamente algo que no se originó con tal intención».

[3] Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 69. Y dice después: «La densidad es la tónica de estos cantos en que el hombre y “el gran Señor” se dan cita para que se cumplan los sueños».

[4] Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 70.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución Príncipe de Viana), 2006.

Las «Poesías varias» (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano (y 4)

Las últimas composiciones de estas Poesías varias son: el «Cuento» que empieza «Un marinero que ocho años…»; el soneto «¿Qué me queda?» (el sujeto lírico se lamenta de que solo le quedan los remordimientos de su pasada juventud de vicios); una «Letrilla satírica», cuyo estribillo es «¿Y qué tenemos con eso?», en la que las figuras satirizadas son el médico matasanos, el cochero enriquecido que se las da de caballero, el pícaro que murmura de honras y vidas ajenas y el hombre que, una vez ha medrado, olvida los favores recibidos; dos fábulas, «El cuerdo y el necio» (romancillo hexasílabo de rima á-a; uno trata de pegar a las moscas con una vara, mientras el otro las atrapa con un plato de miel; y la moraleja es: «Con miel, no con palos, / las moscas se cazan; / lo que no la fuerza, / el agrado alcanza»); y «La águila y el zorro» (en 9 redondillas se cuenta la historia del águila que no puede abrir una ostra para comerla; el zorro le dice que la arroje y, al golpearse, se romperá; así lo hace, pero entonces el zorro se la lleva: «De esta fábula el espejo / nos deja bien avisados, / que de los interesados / nunca es seguro el consejo»); tres epigramas, el que empieza «De un clavel en la frescura…» (Cupido, preso en los labios de Fili); otro cuyo primer verso es «De parto estaba, y penoso…» (el doble sentido de la expresión final sugiere que Lucas es un marido engañado); y «En el jardín de Cupido…» (Irene se ha pinchado con las espinas de unas rosas); en fin, dos «Cuentos», «Una misma habitación…» y «En Cádiz una gitana…», que son de nuevo meras anécdotas o chistes versificados.

Águila y zorro

Sin duda alguna, lo más interesante de estas Poesías varias de Vicente Rodríguez de Arellano son los sonetos, las letrillas a lo Góngora (salvadas, claro está, las distancias) y el romance morisco «Abenzulema». También podrían salvarse algunas de sus composiciones jocosas y burlescas, en las que el autor puede lucirse con juegos de palabras como estos: «Pronto oiréis que perdí / mi flaco vital estambre, / pues no puedo comer de hambre / y el hambre me come a mí» (p. 131); «verme con tantas banderas / me ha de dar alferecía» (p. 133), etc. Terminaré recordando que en el volumen 67 de la BAE, Poetas líricos del siglo XVIII, tomo III, ed. de Leopoldo Augusto de Cueto, Madrid, Imprenta de los Sucesores de Hernando, 1922, pp. 549-553 se seleccionan algunas poesías de este poco conocido escritor navarro, precedidas de una breve «Noticia biográfica»[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las Poesías varias (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano», Río Arga. Revista de poesía, 88, tercer y cuarto trimestre de 1998, pp. 46-51.

Sevilla literaria: «Cancioncilla sevillana», de Federico García Lorca

De Federico García Lorca, y con relación a la presencia de Sevilla como tema literario, ya han quedado transcritas dos composiciones suyas, «Poema de la saeta» y «Sevillanas del siglo XVIII». Añado hoy esta «Cancioncilla sevillana», que es la segunda de las «Canciones para niños» de Canciones (1921-1924). Aquí no se evoca propiamente la ciudad de Sevilla, sino más bien un paisaje con cierto sabor “sevillano”. Nótese la musicalidad que imprime a la canción el verso corto (trisílabos, cuatrisílabos, pentasílabos y hexasílabos) y la rima consonante aguda en -el:

Flor de naranjo

Amanecía,
en el naranjel.
Abejitas de oro
buscaban la miel.

¿Dónde estará
la miel?

Está en la flor azul,
Isabel.
En la flor,
del romero aquel.

(Sillita de oro
para el moro.
Silla de oropel
para su mujer.)

Amanecía,
en el naranjel[1].


[1] Cito por Federico García Lorca, Poesía completa, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2013, p. 312.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (y 7)

Nuevamente la sangre (y el miedo, y la muerte) en el poema 14: «sangre hija de sus alas», «la ágil / sangre», «todo salpicado, / todo menos la sangre», «sólo / sangre que se consume / como el pasto a los vientos», «la zanja abierta / de la sangre rezuma / llanto de muerte». La sangre se identifica, por un lado, con la vida, pero también con la muerte, cargándose entonces de valores negativos[1]:

Cuando se encuentra al hombre,
vida y sangre, va solo,
perdido, y en el caudal
de su torrente fuerte,
sin él saberlo, lleva
la razón desgastada
de lo que vibra, sangre
que mana de sus senos
cansados.

La apelación directa a la madre a través del vocativo se repite en el poema 15, «Finalmente pregunta…», en el que se habla de «luz / derramada» y de «un turbulento río / de ansiosos deseos» (conceptos positivos: es el deseo de ser, de llegar a la vida). Pero al final, una vez más, ese deseo se frustra y «Sólo queda / sangre, llena de vida, / donde reclinar esta / aspiración sagrada»[2].

Sangre

Desde aquí hasta el final vamos a encontrar distintas alternativas de luces y de sombras, de fe y de desesperanza, de vida y de muerte. La sensación de vacío y muerte se acentúa en el poema 16:

El hombre está vacío
y busca su camino.
No tiene nombre y va
solo, siente que debe
morir[3].

En el 17, en el que se reiteran imágenes habituales como madre, rosa…, leemos:

Ha de buscar la sangre
su faz descuidada hasta
reteñirla de paja
[…]
Todo hará
pensar que en el sendero
nuevo caminan sangre
y vida abriendo igual
surco y que ya el hombre
plantado sus heridas
siente, sus llagas sangran,
que ya el mundo que le hace
recoge su costrosa
sangre, fuente cuajada
del dolor que padece.

Cierto tono esperanzado apunta en el número 18: «El viento misterioso / de la sangre asciende / la cima de la vida»[4], del que cabe destacar esta audaz imagen:

El río
de la muerte se tiñe
de rosa y puras lunas
reflejadas se afeitan,
sangrantes, su alba cara.

En el 19, «Intenta adivinarte…», el apóstrofe se dirige a la propia sangre, y advertimos en él una alternancia entre el vacío («la muerte / que en su mochila anida», «ojos teñidos / de la visión de nada», «barranco de sangre») y la esperanza («muy fértil cosecha», «desea mirar / con ojos de oro todo»), que es lo que parece prevalecer al final, cuando se apunta la posibilidad de un sentido trascendente:

La sepultura sola
duerme. Con pie seguro
el hombre alza su vida,
sin sospechas ni miedos
busca final destino.

Por último, el poema 20 es el que trae el fin definitivo del hombre, y queda destacado por el cambio de versificación:

El hombre aguardaba, cansado,
llorando, el nuevo día, esperaba
que sus ojos se abrieran ante
la luz que no hiere, ante la sombra
que anidada en su boca ya no diera
dolor. El hombre había de morir
y callaría todo, sembraría
su imprecisa flor donde sus raíces
se pierden infinitas.

… El amor sería el dolor
visto desde su cielo.

En definitiva, en esta tercera parte del libro hemos encontrado al hombre identificado con esa «naturaleza sabia del que llora sin esperanza de ser oído», al poeta arraigado en las «raíces rojas de mi vida», con alternancias de vacío y muerte, por un lado, y de un destino final superador trascendente, por otro. La sangre y otros elementos relacionados con el color rojo (coral, carmesí, topacio…) constituyen un símbolo omnipresente y también polivalente, pues a veces la sangre se identifica con la vida mientras que otras es sinónimo de agonía y muerte. Otros símbolos a los que da entrada Amadoz son los de rosa, luz, madre… Y, al igual que sucedía en las dos secciones anteriores, las repeticiones de sintagmas o frases para lograr el ritmo poético, las anáforas y los encabalgamientos, junto con algunas metáforas atrevidas, son los elementos estilísticos más utilizados[5].


[1] «Casi obsesivamente la voz del poeta insiste en esa perspectiva existencial negativa: la sangre es ya símbolo de muerte» (Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra-Departamento de Educación y Cultura, 2002, p. 68).

[2] También se refiere a «las refrescantes / rosas humedecidas / en el vaho sangrante / de lo sacrificado» y al «ideal rojo y siempre / vivo de la sangre». Destaco también la creación verbal fresar, como verbo: «en llanto firme fresa / los labios» (donde los labios es objeto directo); más adelante, en otros poemas, empleará rosar y morar, en sentido semejante.

[3] Se insiste en imágenes como «la tumba / de su sangre», que crean una atmósfera de muerte, llanto y tristeza; solo la posibilidad de que llegue un hermano («nueva / sangre ruidosa vibra») permite «esperar, esperar», con el anhelo de «rosar / su sangre con esquejes / de vida nueva» (donde rosar es una expresiva creación verbal).

[4] Aunque también se refiere la voz lírica a «Un martirio / rojo, diario», a «la losa incolora / del barro que su sangre / le lleva»; a una «luna / salpicada de sangre», etc.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

Las «Poesías varias» (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano (3)

La sección segunda se abre con una oda «Al Excelentísimo Señor Marqués de Santa Cruz en el feliz nacimiento de su primogénito el Excelentísimo Señor Marqués del Viso», poema de circunstancias de escaso interés (son 17 estrofas con rima 7a 7b 7b 7a 7c 11C). En cambio, el soneto «Esperanza perdida», es más notable:

Dispone, labra y siembra con fatiga
próvido agricultor fecundo suelo,
que ofreciendo primicias a su anhelo
le lisonjea en una y otra espiga;

mas tempestad furiosa y enemiga
fuego y piedras arroja desde el cielo,
y a mirar que fue inútil su desvelo
con imprevista crueldad le obliga.

Así yo, ¡ay, triste!, cuando Dios quería,
lisonjeado de amoroso encanto
me vi cercano a un bien que apetecía;

perdile, y la esperanza troqué en llanto:
¡fiero rigor perder en solo un día
lo que cuesta adquirirse tiempo tanto!

Campo de cereal destrozado por el granizo

Figuran después dos anacreónticas más, que son dos romances endecha con rimas á-a e í-a: en «A Laura», la voz lírica, a punto de ser alcanzada por el hijo de Citeres, comenta: «¿Conque no habrá remedio? / Si le hay, hermosa Laura: / escóndeme en tu pecho, / que amor allí no alcanza»; en «Las dos tórtolas», Silvio pide a su amada Idalba que no separé nunca a las dos avecillas que se aman. El soneto que sigue, «¡Qué miseria!», merece ser transcrito:

Larga carrera amar, la vida breve;
duro el principio, y lleno de tormento;
dudoso el acertar y, a par del viento,
es la ocasión precipitada y leve.

Por más que su doctrina blanda apruebe
Cupido de su escuela en el asiento,
mil penas suele dar por un contento,
y éste tan frágil como al sol la nieve.

Verdugo del deseo es la esperanza;
los celos furia son, y luego llega
la posesión del tedio a los umbrales.

Y sin embargo, ¿tanto aplauso alcanza
secta tan vil, en sus engaños ciega?
¡Mísera condición de los mortales!

La «Carta del autor a don Estanislao Solano, su íntimo amigo, quejándose de su olvido» está basada en su comienzo en la enumeración de impossibilia. Son 23 estrofas (sexteto-liras) que riman 7a 7b 7b 7a 7c 11C en las que el yo lírico reprocha a Tansilo que se haya alejado de su amistad, y acaba con la exhortación: «vuelve, ven a mis lazos, / y eternos duren tan amantes lazos». Jocoso es el «Memorial que, en estilo burlesco, compuso el autor para un íntimo amigo suyo…»; en 12 décimas retrata a un personaje que lleva once años ejerciendo de abogado, pasando hambre, tan flaco que sus amigos, para verle, tienen que usar un microscopio…

La canción «A la indiferencia de Celia» es una silva que desarrolla, en sus 6 formas estróficas, los que con sus desdenes va a causar la muerte de su amante Silvio. «El pajarillo consolador» es un romance en á-a: el ave canta a su amada, encerrada en una jaula, y la consuela diciendo que juntos disfrutarán su amor en libertad. Cierta resonancia tuvo su letrilla «Madre, la mi madre» (pp. 146-150), un diálogo entre una niña enamorada de un doncel y su madre, que le advierte que el único remedio para su mal de amores es el matrimonio. Es un romancillo hexasílabo, con rima aguda en é, que fue imitado por Navarro Villoslada, entre otros.

En «Despedida», romance de rima á-e, la voz lírica se despide de las «pastoras del Manzanares» porque su amada Celia (nombre elocuente) está celosa y le pide se aleje para vivir como un solitario: «Solo con mis pensamientos, / ya en el monte, ya en el valle, / cantaré dichas de amores / en mis dulces soledades». Sigue la «Imitación de la célebre canción que se atribuye a Bartolomé Leonardo de Argensola, y empieza “Ufano, altivo, alegre, enamorado”, &c., y es del Doctor Mirademescua»; a lo largo de las seis formas parastróficas de esta silva, el amante de Fílida enumera varios símbolos: una paloma capturada por el gavilán, un caballo que se desboca al estallido de un trueno derribando a su jinete, el viento del norte que desnuda de flores al almendro, el soldado que se acerca a beber a un río y cae herido por un bala perdida y la vid y el olmo separados por cruel segur. Comenta que su corazón amaba,

mas, ¡ay!, que su deseo
fue la paloma viuda y sin empleo,
fue el muerto caminante,
fue el almendro marchito en un instante,
fue el mísero soldado,
la vid cortada, el olmo destrozado,
pues por modos fatales
de todos juntos padeció los males[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las Poesías varias (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano», Río Arga. Revista de poesía, 88, tercer y cuarto trimestre de 1998, pp. 46-51.

Sevilla literaria: «Tema de invierno», de José María Pemán

De José María Pemán (Cádiz, 1897-Cádiz, 1981) he traído al blog un par de poemas navideños, a saber, su «Villancico de las manos vacías» y su «Oración del Año Nuevo». Pero, para el tema de la presencia de Sevilla en la literatura, debemos recordar El barrio de Santa Cruz (Itinerario lírico), Jerez de la Frontera, Nueva Litografía Jerezana, 1931, que incluye 28 composiciones dedicadas a la evocación poética de ese barrio sevillano. Tiempo habrá de volver sobre este poemario. Pero hoy quiero recordar su soneto titulado «Tema de invierno», perteneciente a la sección «Otras poesías andaluzas»(1929-1937) de Obras completas, I. Poesía (1947). En esta composición el yo lírico, tras retratar en los cuartetos una Sevilla invernal, evoca en los tercetos un amor pasado del que solo quedan algunos recuerdos («los dejos de un amor y una aventura», v. 10), que van en consonancia con «la tarde gris y oscura» (v. 9).

Vista de la Catedral de Sevilla al atardecer
Vista de la Catedral de Sevilla al atardecer.

Flota, muerta, Sevilla sobre el río
y su alma, hecha de olores y cantares,
anda por los vecinos olivares
huyendo, errante, sobre el viento frío.

Se fueron ya los mágicos añiles
de las tardes de agosto y los calores,
ahora que la Maestranza tiene flores,
llorosas de humedad, en los toriles.

Quedan sólo en la tarde gris y oscura
los dejos de un amor y una aventura:
una copla de celos dolorida,

unas nubes sangrientamente rojas
y un clavel que, en el libro de mi vida,
pondré, como señal, entre dos hojas[1].


[1] Cito por Poetas del Novecientos. Entre el Modernismo y la Vanguardia [Antología]. Tomo I: De Fernando Fortún a Rafael Porlán, ed. de José Luis García Martín, Madrid Fundación BSCH, 2001, p. 252.