El poemario «Íntima a Quijote» (1986) de Sagrario Torres

"Oda a Dulcinea", acuarela de José Luis Samper

En el año 1986 se publicó[1], como número 5 de la colección «Julio Nombela» de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, el poemario de Sagrario Torres titulado Íntima a Quijote, que constituye una bella recreación quijotesca desde el territorio de la lírica. Para entender plenamente el significado del título ha de sobrentenderse la palabra carta o respuesta, pues eso es el libro en su conjunto: una carta íntima en respuesta a la dirigida por don Quijote a su amada Dulcinea del Toboso desde Sierra Morena.

Estos son algunos datos acerca de la autora[2]: Sagrario Torres Calderón Montiel nació en Valdepeñas (Ciudad Real), de donde salió, a la edad de cinco años, para ingresar en un internado estatal, el de «Nuestra Señora de la Paloma» de Madrid, donde permaneció hasta el año 1936. Antes de Íntima a Quijote había publicado varios otros títulos poéticos: Catorce bocas me alimentan (sonetos), Madrid, Editora Nacional, 1968; Hormigón traslúcido, Salamanca, Colección Álamo, 1970; Carta a Dios, Madrid, Colección Ágora, 1971; Esta espina dorsal estremecida (sonetos) Madrid, Colección Arbolé, 1973; Los ojos nunca crecen, Salamanca, Colección Álamo, 1975 (poema autobiográfico que describe su vida en el colegio, escrito con una beca de la Fundación Juan March del año 1973; la edición del libro estuvo patrocinada por la Delegación Nacional de Cultura); y Regreso al corazón, Madrid, Colección Adonais, 1981.

En 1982 le fue concedida una beca de Creación literaria del Ministerio de Cultura para escribir el libro Íntima a Quijote, el cual saldría publicado cuatro años después, en 1986. Las palabras que dedica Luis López Anglada al poemario (reproducidas en sus solapas) sintetizan bien su contenido y la intención de Sagrario Torres al componerlo:

A pesar de los siglos transcurridos, a pesar de los innumerables trabajos que se han escrito sobre la obra inmortal de Cervantes, nunca, hasta ahora, fue capaz una mujer de responder al mensaje de infinito amor que constituyen la vida y la muerte de Alonso Quijano, el Bueno.

Tuvo que ser una mujer manchega, iluminada desde su niñez por la luz de oro de la Poesía, la llamada a responder —y a corresponder— al inmortal amor de Don Quijote. Dulcinea de todos los tiempos, es ya, como en los versos de Antonio Machado, «… la cerca y lejos, por el inmenso llano eterna compañera y estrella de Quijano».

Tal vez nunca mujer enamorada alguna respondió con tanta hondura, con tanta belleza de expresión, con tanta altura de espíritu a la total entrega del enloquecido amador. Y nunca la inspiración de Sagrario Torres alcanzó tantas y tan altas cimas de belleza y de poesía. Aquí, Sagrario-Aldonza-Dulcinea idealiza a su vez la figura egregia de Quijote, alcanza a comprender —como solo pueden comprenderlo las enamoradas— el alma quijotesca, justifica su pasión y da la razón al ingenioso caballero, que sabía que Dulcinea no era una invención, sino una realidad que algún día —ahora— aparecería ante los ojos del mundo para dar fe de su existencia.

No, esta Dulcinea no es aquella que Gastón Baty alzó a los escenarios, protagonista artificiosa en su ideal, personaje ideal de quimera. Sagrario es, ella misma, la respuesta de Aldonza a Quijote; es, ella misma, el sueño ideal que Cervantes intuyera. Su libro Íntima a Quijote es uno de los más bellos poemas de amor que se han escrito en nuestro tiempo. Aquí, como en el libro inmortal en el que no importa que Dulcinea existiera o no, tampoco importa que Quijote haya sido una realidad o un sueño. Lo que importa es que una mujer haya respondido por fin a un inmortal mensaje de amor de un hombre por ella enloquecido.

Tras las diversas dedicatorias (entre otras, a Valdepeñas y a todos los manchegos), en unas palabras dirigidas «Al lector» (pp. 9-10) explica con detalle la autora las razones que le llevaron a escribir esta carta de respuesta Íntima a Quijote:

En ella le digo cómo veo yo su persona. De qué modo, procedente de las regiones sin nombre ni figura que sólo Dios conoce, fue concebido en la mente de su padre y madre Miguel. Cuál fue, según yo lo veo, el destino de su esforzada y desgraciada vida. Cómo le vi morir, más arrepentido de su aventura de lo que yo hubiese querido, y cómo ante su cadáver juré fidelidad inquebrantable a su espíritu y a su fama.

Añade que «Por mí y para mí, por él y para él escribí esta arrebatada carta» (p. 10), y remata sus palabras de prohemio con esta interesante indicación:

Puesto que él no podrá leerla, a ti, lector, encomiendo esta carta a mi Quijote, a nuestro Don Quijote. Mírala con buena voluntad. Es seguro que no te faltará, por malamente que cumplas el común deber español de ser amigo suyo[3].


[1] En el colofón se indica que el libro sale publicado con motivo de los 370 años de la muerte de Cervantes.

[2] Los extracto de entre los que figuran en las solapas del propio libro. Puede verse la reseña de Francisco Mena Cantero, «Sobre Íntima a Quijote», Cuadernos de Nueva Poesía (Asociación Prometeo de Poesía), abril de 1987, s. p.; y el estudio de José María Balcells, «Sagrario Torres y su poema de amor al Quijote», en Jesús-María Nieto Ibáñez (coord.), Lógos Hellenikós. Homenaje al Profesor Gaspar Morocho, León, Universidad de León, 2003, pp. 903-911.

[3] Sagrario Torres, Íntima a Quijote, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986, p. 10; el destacado es mío.

«Don Quijote», poesía de Francisco A. de Icaza

Durante los meses de abril y mayo de 1905, con ocasión del III Centenario de la publicación de la Primera parte del Quijote, la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid organizó un amplio ciclo de conferencias en el que intervinieron Rafael Salillas, Julio Cejador y Frauca, Cecilio de Roda, Antonio Palomero, Andrés Ovejero, Francisco Navarro Ledesma, Ramón Pérez de Ayala, Enrique de Mesa, Ricardo Royo Villanova, Alfredo Vicenti, José Ibáñez Marín, José Martínez Ruiz (Azorín), Adolfo Bonilla y San Martín, José Nogales, Juan José Morato, Rafael Urbano, Mariano Miguel de Val, José Canalejas, entre otros[1].

DonQuijote_EduardoBarcia

El día 13 de mayo, en la velada-resumen de las conferencias celebrada en el Paraninfo de la Universidad, el destacado actor Ricardo Calvo recitó las «Letanías de nuestro señor don Quijote», de Rubén Darío, y la poesía de Francisco A. de Icaza titulada «Don Quijote». El texto rubeniano es bastante famoso, pero el de Icaza creo que no resulta tan conocido, y bien merece la pena copiarlo aquí. El texto dice así:

¡Oh, famoso caballero,
el de la Triste Figura!,
ha reído el mundo entero
tu locura.

Sin pensar que en el abismo,
término de las edades,
locuras y vanidades
son lo mismo.

Que por diversos engaños,
cubiertos con altos nombres,
van a matarse los hombres
en rebaños.

Y en aventuras andantes,
piensan por encantamento
que los molinos de viento
son gigantes.

Se ríen de que trastornes
lo real en tus empresas;
se olvidan de las princesas
maritornes.

De que siempre habrá quien fíe
en la bella Altisidora,
si de amor dice que llora
cuando ríe.

Y que, triste o venturoso,
es el amador, quien crea
para amar, su Dulcinea
del Toboso.

Se liberta a galeotes,
se combate con yangüeses,
se dan tajos y reveses
por azotes.

Y en los mundos del ensueño
se va a ciegas y al acaso,
sustituyendo a Pegaso,
Clavileño.

Y ni fieras ni titanes
habrá que la marcha impidan,
¡del mismo a quien intimidan
los batanes!

¡Oh, famoso caballero,
el de la Triste Figura!,
ha reído el mundo entero
tu locura.

Sin mirar que en el abismo,
término de las edades,
todas nuestras vanidades
son lo mismo[2].


[1] Tales conferencias se reprodujeron hace unos años en el libro Don Quijote en el Ateneo de Madrid, ed. de Nuria Martínez de Castilla Muñoz, Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 2008.

[2] El autor la incluyó en su libro La canción del camino, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1905. Cito por Don Quijote en el Ateneo de Madrid, ed. de Nuria Martínez de Castilla Muñoz, pp. 367-368, con algún ligero retoque en la puntuación.

«A la muerte de Cristo Nuestro Señor», de Lope de Vega

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
(saeta popular)

Cristo en la Cruz, de Zurbarán

Copio para este Viernes Santo uno de los romances de las Rimas sacras de Lope dedicados a la muerte de Cristo en la Cruz. Como certeramente anota su editor moderno, Antonio Carreño,

La movilidad de este narrador usando varias formas exclamativas y vocativas (exhortación, apóstrofe, ruego, figuración visual y táctil), al igual que el doble uso de espacios (interior, exterior) conmociona, espiritual y emotivamente, al lector ante el cuadro presente. Es parte del proceso imaginativo que establece san Ignacio en sus Ejercicios espirituales: consideración visual de un hecho cruento de la pasión, situación espacial, interiorización del hecho y, finalmente, sentimiento de culpa y arrepentimiento. De este modo, la situación imaginada mueve a contrición y motiva, finalmente, la plegaria[1].

Y, como sucede en otros textos similares del Fénix —gran pecador y gran arrepentido—, se llama aquí la atención (vv. 5-8, 47-48) sobre la dureza del corazón del hombre, tan insensible a veces que no se compadece ante el sufrimiento de Cristo, quien muere cruentamente para redimir de sus pecados a toda la humanidad.

La tarde se escurecía
entre la una y las dos,
que viendo que el Sol se muere,
se vistió de luto el sol.
Tinieblas cubren los aires,
las piedras de dos en dos
se rompen unas con otras,
y el pecho del hombre no.
Los ángeles de paz lloran
con tan amargo dolor,
que los cielos y la tierra
conocen que muere Dios.
Cuando está Cristo en la cruz
diciendo al Padre: «Señor,
¿por qué me has desamparado?»,
¡ay Dios, qué tierna razón!,
¿qué sentiría su Madre,
cuando tal palabra oyó,
viendo que su Hijo dice
que Dios le desamparó?
No lloréis, Virgen Piadosa,
que aunque se va vuestro Amor,
antes que pasen tres días
volverá a verse con vos.
¿Pero cómo las entrañas,
que nueve meses vivió,
verán que corta la muerte
fruto de tal bendición?
«¡Ay Hijo!», la Virgen dice,
«¿qué madre vio como yo
tantas espadas sangrientas
traspasar su corazón?
»¿Dónde está vuestra hermosura?
¿Quién los ojos eclipsó,
donde se miraba el cielo
como de su mismo Autor?
»Partamos, dulce Jesús,
el cáliz desta pasión,
que vos le bebéis de sangre,
y yo de pena y dolor.
»¿De qué me sirvió guardaros
de aquel Rey que os persiguió,
si al fin os quitan la vida
vuestros enemigos hoy?»
Esto diciendo la Virgen
Cristo el espíritu dio;
alma, si no eres de piedra
llora, pues la culpa soy[2].


[1] En Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, p. 648, nota.

[2] Tomo el texto de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 322, pp. 648-649. En el verso 21, añado la coma antes del vocativo.

La «Oración a don Quijote» de Gonzalo Gantier Gantier

Los seguidores habituales del blog habrán notado cierta (inusual) inactividad en la Ínsula en estas últimas semanas. Podría decir, como Cervantes en el prólogo a su colección teatral, que «tuve otras cosas en que ocuparme»… Así es, y no estará de más retomar hoy las entradas con una dedicada precisamente a una recreación cervantina (quijotesca, más exactamente). Vale.

Carlos, Gobernador de la Ínsula

Gonzalo Gantier Gantier nació en Sucre (Bolivia), en 1930. Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y egresado de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca, ha ocupado diversos cargos en el Ministerio de Educación de Bolivia. Ha sido Catedrático de la Universidad Católica Boliviana de La Paz, de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y, en la actualidad, de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca. En el ámbito de la creación literaria hay que recordar su libro de poemas Juventud y canas (Sucre, Imprenta Universitaria, 1995). Sobre su poesía ha escrito Gabriel Chávez Casazola:

La poesía de Gonzalo Gantier, recogida en el volumen Juventud y canas, recuerda inmediatamente el tono del romancero español y de la poesía de García Lorca.

Sin embargo, sobre esta inspiración universal, Gantier construye un universo muy personal, expresado en tres vertientes que constantemente juegan a confundirse: una poesía religiosa, en la que alternan las concepciones inmanente y trascendente de la divinidad; una poesía erótica, repleta de imágenes a la par sugerentes y provocativas; y una poesía intimista, autorreflexiva, que se interroga sobre el estar del poeta[1].

Del corpus de su producción poética me interesa destacar su «Oración a don Quijote», en la que el personaje cervantino no solo encarna el ideal de la lucha por la igualdad y la justicia, sino que —un paso más allá— es invocado para que se convierta en un líder revolucionario de todos los pobres y explotados de la tierra, pero en especial los de los pueblos de Hispanoamérica. En este sentido, en la tercera estrofa, las referencias a King (Martin Luther King) y Guevara (Ernesto Che Guevara) son bastante transparentes. «Camilo en Colombia» es alusión a Camilo Torres Restrepo (Bogotá, 1929-Patio Cemento, Santander, 1966), sacerdote católico, pionero de la Teología de la Liberación y miembro del grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional (ELN). En fin, con «Marcelo en mi patria» entiendo que se refiere a Marcelo Quiroga Santa Cruz (Cochabamba, 1931-La Paz, 1980), político, escritor y profesor universitario que en 1971 fundaría en Bolivia el Partido Socialista (PS-1), del que sería su primer secretario.

Don Quijote revolucionario

Este es el texto completo del poema:

Una nariz de aquelarre
pegada a un rostro cenceño.
La adarga al brazo derecho
y el escudo al otro lado.

Así busca la justicia,
con Fe, Amor y Esperanza,
mi señor, mi don Quijote,
llamado Alonso Quijano.

Así galopa y galopa
desde la meseta hispana,
atravesando los mares,
sin importarle los montes,
ni los ríos, los océanos,
hasta quedarse colgando
en las montañas del Ande.

Eres Camilo en Colombia.
Eres Marcelo en mi patria.
Eres King entre los negros,
y en la América, Guevara.

No te detengas, Quijano,
en este mundo aterrado,
donde los ricos campean
explotando a los de abajo.
¡DESCUÉLGATE DE LOS ANDES!
¡Surca llanos y altiplanos,
que la sangre de estos pueblos,
divididos, separados
por el imperio del Norte,
no tiene sino un color,
ya que todos son hermanos,
desde los charros del Norte
hasta las tierras del gaucho!

¡Descuélgate, mi Señor!
Que es un grito desgarrado
el que surge de los Andes,
en medio de los volcanes,
desde Medellín y Puebla,
desde Tejas y Chicago,
hasta el estrecho del Sur
donde pasó Magallanes.

Las guerras y las tensiones
no suceden entre Estados.
Son unos cuantos señores
con el estómago hartado
que se aferran al poder,
que nos tienen engañados,
sin advertir que los pobres
ya estamos organizados
para empezar otra edad:

¡LA TUYA, ALONSO QUIJANO!

Por eso te lo decimos,
con nuestra sangre en las manos,
con nuestros rostros de sol,
con nuestra escuela sin bancos,
con nuestra piel hecha harapos,
con nuestra gente vendida
al dinero, a los gusanos
aferrados a un poder
que no sale de sus manos…
¡Te lo pedimos gritando
con nuestros dedos crispados,
donde el HOMBRE ya no es HOMBRE,
mucho menos nuestro HERMANO!:

¡Desguélgate, don Quijote,
que estamos ya preparados!

¡Desguélgate, don Quijote,
con tus brazos desgajados,
con tu nariz de aquelarre,
con tus huesos anudados!

¡DESCUÉLGATE, QUE EN LA AMÉRICA
ESTAMOS YA PREPARADOS![2]


[1] Gabriel Chávez Casazola, «Poesía chuquisaqueña de fin de siglo. Aproximación al concepto y una breve indagación textual», introducción a Poesía chuquisaqueña de fin de siglo XX, compilación y edición de María Teresa Lema Garrett, La Paz, Plural Editores, 1999, p. 23.

[2] Tomo el texto, con ligeros retoques, de la citada antología Poesía chuquisaqueña de fin de siglo XX, pp. 98-100.

Cinco sonetos quijotescos de Germán Céspedes Barbery

En una entrada anterior examinamos el «Canto a don Miguel de Cervantes Saavedra», soneto del escritor boliviano Germán Céspedes Barbery (nacido en Cochabamba en 1916). Completaré ahora el comentario de sus recreaciones poéticas en torno al Quijote y su autor reproduciendo aquí otros cinco sonetos suyos que glosan o expresan otros tantos motivos quijotescos. Los títulos de estas cinco composiciones quijotescas son «La penitencia», «Carta de don Quijote de la Mancha a su señora Dulcinea del Toboso», «Carta del caballero don Quijote de la Mancha a su coronista don Miguel de Cervantes Saavedra», «Carta de Sancho Panza a su señor don Quijote de la Mancha» y «Exaltación de la penitencia de don Quijote de la Mancha». Son, pues, cinco recreaciones quijotescas vertidas en el molde del soneto, que forman unidad en torno al episodio de la penitencia de amor en Sierra Morena y el motivo de las cartas (como es sabido, esta técnica epistolar alcanza un gran desarrollo en la Segunda Parte del Quijote).

Penitencia de don Quijote en Sierra Morena

Estos son, sin añadido de comento alguno, los cinco textos en cuestión:

I. La penitencia

Este es, Sancho, el lugar en que pretendo
ganar para la Historia nombre y fama,
porque esta penitencia que me llama
podrá eclipsar a Orlando, si la emprendo.

Mas, en tanto me atenga a lo que entiendo,
tú tendrás que llevar a la mi Dama
y al Sabio coronista que me aclama
estas cartas que afirmen lo que atiendo.

Aquí le esperaré de Penitente,
copiando las finezas que hoy evoco
de Amadís, memorable por valiente.

Y así me verá dentro de poco,
porque en tanto no vuelvas diligente
con mucha más razón, estaré loco.

II. Carta de don Quijote de la Mancha a su señora Dulcinea del Toboso

¡Oh dulce Dulcinea del Toboso,
norte de mi ventura y de mi pena,
tuyas son la virtud y la condena
de mis cuitas amantes sin reposo!

¡Acórreme en aqueste tenebroso
dolor que por tu amor mi pecho llena,
y la inquietud exalta o la refrena
de mi brazo esforzado y valeroso!

Digno soy y seré por mis hazañas
de tu sin par bondad y fermosura,
que vivo soy si grata me acompañas.

¡Y muerto me verás, si no procura
la tu gran discreción con que me dañas
abrirme el cielo y no la sepultura!

III. Carta del caballero don Quijote de la Mancha a su coronista don Miguel de Cervantes Saavedra

Debe de ser muy grande mi enemigo,
el Sabio encantador que se ha tomado
trabajo de seguirme de contado
por las muchas hazañas que persigo.

Debe de ser muy grande, yo lo digo,
porque aun vuestra merced ha equivocado
cuando, ajeno a mi pro, tiene empeñado
un tan grande servicio a mi enemigo.

Tal es que no conozco otro motivo
para que al Coronista de mi historia
pluguiérale mi fin inefectivo.

Fementida visión, toda ilusoria,
que, ¡vive Dios!, escribo y estoy vivo
para nuevos sucesos de más Gloria.

IV. Carta de Sancho Panza a su señor don Quijote de la Mancha

No insista su merced en la locura
de mandarme mensajes apremiantes,
que aún no hallé a Dulcinea, ni a Cervantes,
y en tal caso mi vuelta es prematura.

Además hoy me place la finura
de ofrecer a los necios y farsantes
las cosas que aprendí de los Andantes,
sin que pueda afligille al señor Cura.

Que, en verdad, al tal fueran los castillos
solo flores de mentes visionarias,
«miremos por los hilos los ovillos».

Pues prefiero pedir en mis plegarias
que se llenen de escudos mis bolsillos
a buscar ilusorias Baratarias.

V. Exaltación de la penitencia de don Quijote de la Mancha

Por esforzado, valeroso y fuerte
no existió caballero en nuestra historia
que emprendiera fazañas de más gloria
que el vencedor del tiempo y de la muerte.

Nadie pudo hurtar su propia suerte,
ni vivir cuatro siglos la victoria,
en tan alta virtud y ejecutoria
sin que la fe de su valor deserte.

Nadie pudo vivir… y sin embargo,
desde el viaje de Sancho su escudero,
el tiempo pasó corto y fue muy largo.

Son testigos de un rito tan severo
su soledad y su silencio amargo.
¡Cuatro siglos heridos por aceros![1]


[1] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 209-211. Mantengo las mayúsculas del original pero introduzco algunos cambios en la puntuación. Además, en el verso 11 del soneto III corrijo la lectura «plugiera»; en el verso 8 del soneto IV, «aflijille»; en fin, en el 14 del soneto V, se repite por error «heridos heridos».

«Las guerras de Chile», poema épico anónimo del siglo XVII

Las guerras de Chile (o La guerra de Chile, porque el manuscrito que nos ha transmitido el texto no trae título y se han hecho distintas propuestas al respecto) es un poema épico anónimo sobre la guerra de Arauco, compuesto por más de 7.000 versos, salido de la pluma de un poeta-soldado no identificado y que podríamos datar en el primer cuarto del siglo XVII. Se trata de una obra bastante poco conocida (pese a contar con una valiosa edición crítica moderna) y, en consecuencia, ha generado muy poca bibliografía entre la crítica.

Las guerras de ChileYa en otras ocasiones me he referido con más detalle a la amplia fortuna literaria que tuvo el tema de las guerras de Arauco[1]. Ahora me basta con recordar que Chile, y más concretamente aquella sangrienta guerra enquistada en el indómito territorio araucano, generó a lo largo de los siglos una abundante producción de obras de literatura, corpus en el que debemos inscribir este poema épico de Las guerras de Chile. Se trata de un texto sumamente interesante por su valor literario y también documental, en torno al cual existen varios problemas. En primer lugar, no sabemos a ciencia cierta quién fue su autor, pues si bien en el siglo XIX fue editado por José Toribio Medina a nombre del sargento mayor Juan de Mendoza Monteagudo, tal atribución está lejos de ser probada; después se han propuesto algunos otros nombres como posibles autores del poema, pero verdaderamente no sabemos quién lo escribió, de forma que a fecha de hoy parece preferible seguir considerándolo anónimo. Tampoco disponemos de datos exactos sobre su fecha y lugar de redacción, aunque la datación la podemos fijar aproximadamente entre 1610 y 1630, y en tierras americanas. En tercer lugar, y es algo que muy probablemente ha perjudicado a su conocimiento, se da la circunstancia de que la obra ha sido designada con muy variados títulos. En próximas entradas trataré de sintetizar el estado de la cuestión sobre todas estas debatidas cuestiones: Mario Ferreccio Podestá —editor moderno de la obra junto con Raïssa Kordic Riquelme—, tras señalar que estamos ante un complejo poema épico-cronístico[2], afirma que «cuanto le concierne se muestra enigmático y controvertido, tanto para el lector primario como para el letrado»[3].

Si La Araucana finaliza con la batalla de Quiapo (1558), la acción de Las guerras de Chile nos traslada a cuarenta años después, 1598. En efecto, se refieren en el poema distintos episodios bélicos de la rebelión mapuche de finales del siglo XVI; trata, concretamente, de la guerra de Arauco entre los años 1598 y 1600. La acción comienza con la batalla (sorpresa, desastre) de Curalaba de 1598, en el que las tropas del lonko[4] Pelentaro matan al gobernador Martín García Óñez de Loyola; se refiere después el envío de refuerzos españoles desde el Perú al año siguiente, 1599, al mando del nuevo gobernador Francisco de Quiñones; y la obra concluye abruptamente con la llegada de los holandeses al archipiélago de Chiloé en 1600 (la expedición corsaria organizada por los hermanos Simón y Baltazar de Cordes, culminada por este tras el fallecimiento del primero). Osvaldo Silva Galdames, al trazar el encuadre cronológico de la obra, escribe:

La narración del poema se extiende desde el arribo del gobernador Quiñones a Concepción hasta la llegada del corsario Baltasar de Cordes a Chiloé, acaecida, según Barros Arana, el 19 de abril de 1600: tal es el marco temporal en el cual el autor es también actor y observador de los hechos referidos, que, por lo demás, están consignados en otros documentos, especialmente aquellos relativos al gobierno de Francisco de Quiñones[5].

Cabe presuponer que el inconcluso proyecto narrativo del autor/narrador-testigo incluiría la alianza de los indígenas con los piratas holandeses y el ataque de estos a Castro, en la Isla Grande de Chiloé, con la defensa de la ciudad por parte de los españoles. Ferreccio supone que, de haber sido completado, el poema podría haber visto duplicada su extensión.

No puedo detenerme ahora a analizar la clara relación que guarda este poema con el Purén indómito de Diego Arias de Saavedra; en efecto, las dos obras empiezan con la sorpresa de Curalaba y la muerte de Óñez de Loyola (nacido en 1549, gobernó en Chile los años 1592-1598), el cual fue «un acontecimiento central en la conquista hispánica porque promueve un levantamiento generalizado de los indígenas y convierte el territorio en lugar de batalla permanente»[6]. La principal diferencia estriba en que en el Purén indómito el objetivo fundamental es la exaltación heroica de Francisco de Quiñones, mientras que en Las guerras de Chile no existe tal propósito: se le cita, sí, elogiosamente, pero solo una vez, al final del Canto V, de forma que en modo alguno llega a constituirse en el personaje central de la obra:

Otro escuadrón formado diferente
de nobles capitanes y varones
sacó de la ciudad alegremente
el noble don Francisco de Quiñones,
mostrando su severo continente
más claro que pudieran mil renglones
ser entre gente tan ínclita y granada
el digno capitán de tal jornada (octava 387).


[1] Ver mis trabajos «“Cautivo quedo en tus ojos”: el cautiverio de amor en el teatro del Siglo de Oro sobre la conquista de Arauco», en Miguel Donoso, Mariela Insúa y Carlos Mata (eds.), El cautiverio en la literatura del Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 169-193; «La guerra de Arauco en clave alegórica: el auto sacramental de La Araucana», Alpha, 33, 2011, pp. 171-186; y «El imaginario indígena en el Arauco domado de Lope de Vega», Taller de Letras, Número especial 1, 2012, pp. 229-252 En estos trabajos el lector interesado encontrará abundante bibliografía.

[2] Destaca «su condición de ser cronológicamente la última composición poemática épico-cronística chilena» (Mario  Ferreccio Podestá, «Prólogo» a Anónimo, La guerra de Chile, ed. crítica de Mario Ferreccio Podestá y Raïssa Kordic Riquelme, Santiago de Chile, Universidad de Chile / Consejo Nacional del Libro y la Lectura, 1996, p. 7).

[3] Ferreccio Podestá, «Prólogo» a La guerra de Chile, p. 7.

[4] Palabra mapuche que significa ‘cabeza’, y por extensión, ‘jefe, caudillo, capitán’.

[5] Osvaldo Silva Galdames, «La guerra de Chile como fuente histórica», estudio preliminar a Anónimo, La guerra de Chile, ed. crítica de Mario Ferreccio Podestá y Raïssa Kordic Riquelme, Santiago de Chile, Universidad de Chile / Consejo Nacional del Libro y la Lectura, 1996, p. 68.

[6] Ferreccio Podestá, «Prólogo» a La guerra de Chile, p. 19.

El soneto a «Cervantes» de Ricardo Mujía

El abogado boliviano Ricardo Mujía Linares (Sucre, 1860-Sucre, 1938) fue profesor de Literatura e Historia en el Colegio Nacional Junín de su ciudad natal, y de Derecho Internacional en la Universidad Mayor de Chuquisaca, en la que alcanzaría el puesto de rector. Ocupó diversos cargos políticos (secretario de la Presidencia de la República, oficial mayor del Ministerio de Instrucción Pública, ministro de Gobierno y de Relaciones Exteriores) y, como diplomático, fue secretario de la Legación de Bolivia en Brasil, encargado de Negocios en Perú y ministro de la Legación en Paraguay y en Argentina.

En su faceta de poeta, publicó algunos libros —Ensayos literarios (1881), Poesías líricas (1898) y Penumbras (1907)— que lo sitúan en la transición del romanticismo al modernismo. Su inspiración brilla de forma especial en sus poemas épicos de tono patriótico. Así, en 1925 fue premiado con la Flor Natural y la Banda del Gay Saber en el certamen poético del primer centenario de la república por su composición titulada «La creación de Bolivia». En el terreno de la dramaturgia compuso piezas como las tituladas Orden superior, Pepetes, Bolívar en Junín o El mundo que juzga, entre otras. Cuenta además en su haber con obras didácticas y otras relacionadas con el trabajo que desarrolló en la delegación constituida en Buenos Aires para discutir la cuestión de límites territoriales entre Bolivia y Paraguay[1].

Combate naval de Lepanto (Palacio del Senado, Madrid)

En cualquier caso, en nuestro recorrido panorámico por la presencia de Cervantes y los temas cervantinos en la poesía boliviana contemporánea, debemos recordar su soneto «Cervantes», en el que se predica que la verdadera gloria del alcalaíno no es su vida militar, su heroica participación en la trascendental batalla naval contra el turco de 1571 («La gloria de Cervantes no es Lepanto», tal es el primer verso), sino sus inmortales creaciones literarias, el Quijote y don Quijote, símbolo del ser humano que lucha en pos del Ideal:

La gloria de Cervantes no es Lepanto;
no es el laurel de la batalla cruenta,
conquistado al fragor de la tormenta,
entre alaridos de dolor y espanto…

Su gloria está en un libro, que es el canto
a la eterna ansiedad que el alma alienta;
su gloria está en el libro en que nos cuenta
todo lo que es la vida: Risa y Llanto…

Donde el glorioso Don Quijote, ufano
por desfacer entuertos, con su lanza,
lucha, lleno de ardor… y lucha en vano…

Ese libro de amor y de esperanza
es el poema del Delirio humano,
buscando el ideal, que nunca alcanza[2].


[1] Más datos sobre el autor pueden verse en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 270-278.

[2] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 279, con algún ligero retoque en la puntuación; mantengo las mayúsculas del original. En el verso 6 enmiendo la lectura «cierna» por «eterna». El texto se recoge también en Walter Arduz C., Antología de poetas de Chuquisaca, Sucre, Imprenta Universitaria, 1977.

La «Imploración a don Quijote», de Roberto Guzmán Téllez

Como poeta, el abogado Roberto Guzmán Téllez  (Sucre, 1895-La Paz, 1957) puede adscribirse al grupo parnasiano simbolista que se formó en la capital de Bolivia en las primeras décadas del siglo XX y al que pertenecieron también poetas como Adolfo Costa du Rels, Nicolás Ortiz Pacheco o Gregorio Reynolds, entre otros. En 1923 su «Oda al silencio» fue premiada con la Flor Natural en los Juegos Florales de Cochabamba, y también obtuvo premios en los Juegos Florales de Oruro en 1928 y 1929. Su poesía se encuentra desperdigada en las páginas de periódicos y revistas, si bien en 1978 se publicaron unas Poesías escogidas (1978); inédita quedó, en cambio, la recopilación La divina emoción. Como periodista colaboró en la revista Argos, fundada en Oruro por Enrique Condarco y Antonio José de Sainz[1].

Don Quijote

Roberto Guzmán Téllez es autor de la pieza teatral Don Quijote en Sucre, sainete en dos actos y en verso que fue llevado a las tablas en agosto de 1921 por alumnos del Colegio Junín de Sucre. Aquí reproduzco otra de sus recreaciones quijotescas, esta vez en el género poético. Se trata de su «Imploración a don Quijote», que se publicó en La Razón (La Paz, Bolivia), el 12 de octubre de 1947, y que dice así:

Crece el mal siniestro segundo a segundo
en esta centuria de oprobio y dolor.
En mi angustia siento la angustia del mundo;
y ungido por ella te imploro, Señor,

Señor don Quijote, pulcro Caballero,
bueno y temerario, de alma denodada,
generoso y tierno, galante y sincero,
como el Caballero de la Ardiente Espada.

La bizarra estirpe de los Doce Pares,
de Amadís de Gaula, del Cid Campeador,
está suplantada, Señor, a millares
por gente villana sin Dios, sin honor.

Ya no hay caballeros de noble talante
que amparan a débiles y a damas que gimen.
Solo hay malandrines que ocultan con guante
sus garras dispuestas al dolo y al crimen.

Señor don Quijote: la avidez del oro
prostituye el alma y el cuerpo a la par;
ciega la conciencia, despoja el decoro.
Y se ve en la sombra la daga brillar…

La daga felona, la dama homicida
del amor, de la honra, de la gracia pura,
de todas las cosas que dan a la vida
belleza y respeto, dignidad y altura.

Señor don Quijote: revive tus dones,
propaga ese fuego que quemó tu sien
y el fervor piadoso de tus obsesiones
por el bien ajeno, por tu propio bien.

No solo se vive de lo verdadero;
cada cual reviste su aridez sombría.
Precisa el espíritu, Señor Caballero,
los razonamientos de tu fantasía.

Al final de cuentas algunos sabemos
que somos felices con solo esperar
lo que hemos soñado, lo que apenas vemos
entre nuestra ansia, sin nunca alcanzar…[2]


[1] Más datos del autor pueden encontrarse en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 198-200. Ver también Yolanda Bedregal, Antología de la poesía boliviana, La Paz / Cochabamba, Editorial «Los Amigos del Libro», 1977, p. 230.

[2] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 201, con algunos ligeros retoques en puntuación y uso de las mayúsculas. En el verso 33 enmiendo la lectura «habernos», que rompe la rima consonante, por «sabemos».

El «Canto a don Miguel de Cervantes Saavedra», de Germán Céspedes Barbery

Germán Céspedes Barbery, escritor nacido en Cochabamba (Bolivia) en 1916, es autor de algunos poemarios (Puertos de ansiedad, Cuartetos del amor, de la vida y la muerte o Diálogos de amistad); libros de relatos (Cuentos de aquí, de allá y de más allá) y dramas (tales como Una flor en el suelo, Teatro interior o Ima Sumaj. Ejerció como profesor de letras y fue miembro del grupo cultural Gesta Bárbara[1].

Estatua de Miguel de Cervantes en la Biblioteca Nacional de España

A este panorama de las recreaciones cervantinas en la poesía boliviana lo traemos por su «Canto a don Miguel de Cervantes Saavedra», perteneciente al libro Puertos de ansiedad (1953), dejando apuntado que en el mismo libro se incluyen también otros cinco sonetos dedicados a otros tantos motivos quijotescos. El texto dice así:

Sonoro manantial del verbo hispano,
Capitán de proezas del ensueño,
artífice y creador del magno empeño
de enaltecer la estirpe de Quijano.

Tuyo el donaire del ingenio humano
como el embrujo del dolor risueño,
y tuyo el sacro universal diseño
de acero triunfal del castellano.

Tuya la savia de la ardiente España:
corazón encantado por la historia
de su fecunda y multiforme entraña.

¡Y tuyo el lauro, el himno de victoria
con que América asciende la montaña
con la Cruz y la Espada de tu gloria[2].


[1] Puede verse una semblanza del autor en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 204-206. Ver también Elías Blanco Mamani, Enciclopedia Gesta de autores de la literatura boliviana, La Paz, Plural Editores, 2005, p. 58a.

[2] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 211. Mantengo las mayúsculas del original.

La «Loa al Rey de las quimeras», de Gregorio Reynolds

Gregorio Reynolds (Sucre, 1882-La Paz, 1948), político y diplomático boliviano, miembro de la Academia Boliviana de la Lengua, es autor en cuya dilatada producción literaria destacan sus poemarios El cofre de Psiquis (1918) y Horas turbias (1922); en 1948, de forma póstuma, se recogieron sus Poesías escogidas[1].

Un Quijote, de Diego Vasquez

Copio aquí su poema «Loa al Rey de las quimeras», que constituye una evocación conjunta de don Quijote y su creador, Miguel de Cervantes, unidos ambos en la inmortalidad de la gloria literaria:

«Para mí solo nació don Quijote, yo para él;
él supo obrar, yo escribir; sólo los dos somos para en uno» (Cervantes)

Gloria a ti, gran señor, paladín fiero,
loco ejemplar, divinamente humano;
de Francisco de Asís eres hermano,
y hermano de don Juan, el pendenciero.

Necesitan, señor aventurero,
tu amparo la mujer, tu odio el villano
y, eterno Rocinante, el vulgo vano
tu luciente espolín de caballero.

Compendias a Jesús y a don Rodrigo
de Vivar… Los poetas, cuando sales
ávido de imposibles, van contigo,

porque el gran don Miguel te hizo en sus males
consejero leal y buen amigo.
Tú por él y él por ti sois inmortales[2].


[1] Puede verse una amplia semblanza del autor en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 244-254.

[2] Poema incluido en Edgar Ávila Echazú, Resumen y antología de la literatura boliviana, La Paz, Gisbert y Cía., 1973, p. 438. Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 255.