Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (1)

Como es de suponer en una obra que nace con voluntad panegírica, en Arauco domado de Lope de Vega el elogio de don García Hurtado de Mendoza aparece puesto en boca de distintos personajes y se lleva a cabo desde distintas perspectivas[1]. Todos, incluidos sus propios enemigos, ponderarán su prudencia, valor, nobleza, etc. Y, por supuesto, sus propios hechos y sus palabras en escena servirán para trazar su idealizado retrato.

Don García Hurtado de Mendoza

Recordemos que el título completo de la comedia es Arauco domado por el Excelentísimo Señor don García Hurtado de Mendoza; y las palabras de la dedicatoria «A don [Juan Andrés] Hurtado de Mendoza, su hijo, marqués de Cañete»[2] nos aportan interesantes pistas interpretativas:

Siendo esta verdadera historia vencimientos y hazañas de aquel insigne capitán, padre de V. S., freno español y yugo católico de la más indómita nación que ha producido la tierra, en la parte cuyo descubrimiento dio tanta gloria a España, justamente vuelve al centro de su principio, como a su propia esfera y natural elemento, desde que dio sujeto a tantas plumas, cuantas en las alas de la fama volaron a la inmortalidad, resplandeciendo al sol de su esclarecido nombre. Materia dilatada en tantos versos y prosas, y por tantos y tan célebres ingenios, como en esta representación sucinta, y en este mapa breve, haciendo el mismo efecto en los oídos que la pintura en los ojos, grandes las primeras figuras, y las demás en lejos, porque sin reducirlas a perspectivas era imposible pintarlas. V. S. la reciba como prenda que restituyo a su dueño, y mi cuidado en estamparla, por censo del tiempo que la he tenido[3], si ya no se me tiene a grave culpa no haber comunicado al mundo cosas tan admirables, que, como sucedidas en el otro, parecen imposibles. Dios guarde a V. S. como deseo.

Su capellán,
Lope Félix de Vega Carpio

Moisés R. Castillo ha puesto de relieve el carácter panegírico de la mayoría de estas comedias de tema araucano, que son

epopeyas laudatorias, obras de encargo que, en el caso de Chile, los herederos del general Hurtado de Mendoza mandan escribir para que favorezcan sus intereses en los distintos litigios que los dichos herederos tienen abiertos contra los poderes públicos en lo relativo a la continuidad de los títulos y privilegios de sus antepasados[4].

Y añade poco después:

Arauco domado de Lope de Vega es claramente una obra escrita para alabar los logros y la figura histórica del gobernador Hurtado de Mendoza, como su misma dedicatoria muestra. […] Todos los críticos coinciden en decir que la obra de Lope fue, al igual que la mayoría de las comedias [de tema araucano], una obra de encargo, más aún después de conocer las relaciones familiares y laborales que unían al dramaturgo con los Hurtado de Mendoza. Al parecer, a Lope se le pagó en 1599 para que la escribiera cuando estaba al servicio del sobrino de Don García, el marqués de Sarriá y futuro conde de Lemos […], de cuya noble casa, en 1602, salió el padrino de bautismo del hijo de Lope[5].

En fin, Castillo, resumiendo las opiniones de Dixon, recuerda que

Arauco domado es la mejor obra encomiástica de una campaña publicitaria promovida por los familiares del marqués, que empezaría con la llegada del ilustre a la península en 1596 y terminaría mucho después de su muerte en 1609, una campaña de propaganda que inicia él mismo y su hijo Juan Andrés, para ensalzar su imagen de egregio gobernador y para reconocer y premiar unos meritos que Ercilla ensombrece. Durante más de treinta años, padre e hijo lucharán por recibir la recompensa y el favor que nunca encontrarían[6].

No lo lograron, pero como atestigua Dixon[7] quedó una amplia nómina de obras dedicadas a ensalzar la figura de don García en los géneros de la historia, la biografía, la ficción, el verso y el drama. Así, la crónica de Góngora y Marmolejo, la de Mariño de Lobera, la biografía de Suárez de Figueroa, el poema de Oña y las tres comedias de Vega, de Gaspar de Ávila y de los nueve ingenios.

En sucesivas entradas abordaré el análisis de la figura de don García en la comedia de Lope, en la que vamos a encontrar: 1) los elogios relacionados con su condición de general prudente y avisado, valiente, buen estratega, etc. (esto es, su faceta como militar); 2) su caracterización como persona piadosa (el elemento religioso es muy importante en la comedia); y 3) en un aspecto más amplio, los elogios de la nobleza familiar, del linaje de don García.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

[3] Estas palabras dejan entrever que ha pasado largo tiempo desde la fecha de composición de la obra hasta la de publicación, lo que refuerza la hipótesis de una redacción muy temprana, hacia 1599-1603. Recordemos que don García habría regresado a España en 1596.

[4] Moisés R. Castillo, Indios en escena. La representación del amerindio en el teatro del Siglo de Oro, Purdue, Purdue University Press, 2009, p. 73.

[5] Castillo, Indios en escena…, p. 75. Ver también EduardoToda Oliva, «Arauco en Lope de Vega», Nuestro Tiempo, 17, 1962, p. 50.

[6] Castillo, Indios en escena…, p. 76.

[7] Ver Victor Dixon, «Lope de Vega, Chile and a Propaganda Campaign», Bulletin of Hispanic Studies, 70:1, 1993, pp. 79-95.

Estructura y técnicas narrativas en «Corte de corteza» de Daniel Sueiro: monólogo interior

Corteza-cerebral.jpgLa novela[1], recordemos, pertenece a un momento de renovación, de experimentalismo, y ello repercute en la forma en que Daniel Sueiro la ha compuesto. Ya el propio título elegido es bien sugerente: ese juego paronomástico de Corte de corteza se refiere a la corteza cerebral, lexía utilizada para designar la sustancia gris que recubre los hemisferios cerebrales. Antes de leer la novela no podemos saber a qué alude, pero una vez conocido su asunto, resulta muy adecuado. En cuanto a su división externa, la novela consta de 24 secuencias, sin numerar. El relato sigue un orden cronológico lineal, pero se van intercalando las historias de varios personajes, con lo que se recupera un tiempo anterior. De esas secuencias, algunas tienen especial importancia. Las más destacadas son la 4 y la 14 (que describen la polémica suscitada por la operación entre el doctor Castro y el Padre Lucini, el sacerdote del hospital), la 10 (que nos muestra cómo se realiza el trasplante), la 16 y la 17 (cuando Adam descubre su nuevo cuerpo), la 19 y la 23 (tras la operación, Castro y Adam intiman, dada la semejanza de su carácter), la 20 (en la que se cuenta la fiesta que tiene lugar en la finca del doctor Blanch, especie de congreso internacional de médicos que sirve de muestrario de algunas de las creaciones monstruosas que ha llevado a efecto) y, finalmente, la 24 (con la muerte de Castro y Adam). A continuación comentaré brevemente los distintos «aspectos técnicos y estructurales» de Corte de corteza según la tipología establecida por Tomás Yerro, a saber: monólogo interior, tempo lento, contrapunto, perspectivismo y laberinto[2].

En cuanto al empleo del monólogo interior, explica el citado crítico:

Daniel Sueiro se sirve de la técnica del monólogo interior con profusión en todas sus variedades: estilo directo, soliloquio, estilo indirecto puro y estilo indirecto libre. Estos monólogos son ordenados, lógicos, y no admiten ningún tipo de experimentalismo, como no sea la supresión de signos ortográficos para marcar la identidad del hablante. Monologan casi todos los personajes de la obra, pero cabría esperar más monólogos de Adam después de la operación, lo que hubiera representado conceder mayor importancia al verdadero problema que el planteamiento de la obra parecía exigir: el tema de la personalidad[3].

Señala también: «Queda en la novela como la huella de un narrador casi omnisciente que no se decide por entero a dejar a los personajes con plena libertad para expresar sus pensamientos»[4]. Y añade:

Todos los monólogos son claros, ordenados. […] La única nota llamativa (y no original) de estos monólogos es la ausencia de signos ortográficos para distinguir el monólogo de la narración. No obstante, es tal la claridad de los monólogos que en ningún momento el lector tiene dudas acerca de la identidad del hablante[5].

Citaré algunos pasajes que ejemplifican esta técnica; este es un caso de monólogo directo:

Por eso me parece ridículo, je, je, je, reía un tanto nerviosamente Rubén-Rubén, que una pandilla de doctores trate de poner trabas a mi trabajo y alguno de ellos se crea que su negocio es más serio que el nuestro (p. 140).

Véanse también estos otros de Adam al despertar de la operación:

Primero fue una visión fugaz de todo el rostro, una apreciación del conjunto, tan extraño, esa cara, esa cara que miro, que me mira en el espejo, muevo un músculo y se mueve, inclino la cabeza a la izquierda y se inclina a la derecha, la inclino a la derecha y se inclina a la izquierda, obedeciéndome, miro la boca luego, esos labios, pueden moverse, los hago mover, los muevo… (pp. 263-264).

Sabía que la muerte es una ausencia, y nada más que eso, ni más allá, ni más acá, ni lágrimas, ni quejas, ni una cuenta en el banco, ni unos papeles por firmar… (p. 279).

Cada vez me recuerdo menos, apenas noto ya mi ausencia. Puedo enfrentarme con mi pasado con cierta entereza. Y sólo lo lograré del todo si me doy tiempo, lo sé, o si me lo dan. Por otra parte, también creo deberle un mínimo respeto a esta nueva apariencia (p. 288).

El soliloquio con desdoblamiento del yo lo vemos en este caso:

Déjalos, Rubén-Rubén, peor para ellos, déjalos que sigan jugando. Están en su pequeño santuario, pequeños sacerdotes de sus ritos insignificantes, fuera y lejos de todo lo que realmente pasa en el mundo, reyezuelos en sus dominios, déjalos, déjalos, déjalos que se lo crean (pp. 138-139).

En una ocasión aparece un soliloquio en segunda persona, cuando un personaje se dirige a sí mismo, reprochándose algo:

Sólo algunos años más tarde se rió, se llamó estúpido, ¡estúpido!, ¡estúpido y mil veces estúpido!; te dejaste engañar por un falso espíritu de humanitarismo, sentiste más dolor que si hubieras sido tú mismo, hubieras preferido morir en su lugar, ja, ja, pues haberte muerto, imbécil, tan joven y con una carrera tan brillante por delante (p. 197).

Finalmente, es muy abundante el monólogo en estilo indirecto libre:

Bien, estaba vivo, eso ante todo, podía pensar en sí mismo, recordar su vida, historias pasadas, personas conocidas, a alguna de las cuales podía incluso echar de menos, lugares que había conocido, sitios en que había estado, fechas, sucesos, planes anteriores, hechos, citas, conocimientos, frases, palabras con las que expresarse y por fin el grito alegre de ¡mueran las palabras! Era él. Estaba vivo. Vivía. Podía recordar aquella mañana no demasiado lejana, no demasiado cercana, ¿cuándo?, no importa ya, el tiroteo, el cuerpo destrozado. Y ahora el nuevo cuerpo sano y entero, habría que afrontarlo, habría que superarlo. ¿De quién era? ¿A quién había pertenecido? ¿Quién había sido? ¿Quién había estado allí, allí donde él estaba ahora? Ya lo sabría. O no, tal vez mejor ignorarlo, ignorarlo todo de ese pasado, ya tenía el suyo, le bastaba, le sobraba. Tampoco era aquel el momento. Tiempo vendría, tiempo habría. Ahora tenía que mirarse en el espejo y empezar a conocerse (p. 263)[6].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] Ver Tomás Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, Pamplona, Eunsa, 1977.

[3] Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, p. 100.

[4] Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, p. 98.

[5] Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, pp. 99-100.

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

La imagen de los españoles en «Arauco domado» de Lope de Vega

Guerra de AraucoComo es lógico, en la caracterización de los personajes españoles que intervienen en la comedia lopesca Arauco domado prevalecen los aspectos positivos, si bien también apuntan algunos detalles negativos, sobre todo en forma de acusaciones de codicia puestas en boca de los personajes indios[1]. Ya en el pasaje inicial el soldado español Rebolledo indica que las discordias entre los capitanes Aguirre y Villagrán habían sido las causantes de la rebelión araucana. Después, las acusaciones más repetidas serán las de codicia y explotación: en la famosa escena del baño de Caupolicán con Fresia, el toqui pone de relieve la ambición de plata y oro de los españoles (p. 760)[2]; la imagen de los españoles como ladrones aparece en la canción que entonan los indios en el asalto al fuerte de Penco (p. 771); los indios los acusan de nuevo de ladrones (p. 787), para Engol son ladrones que vienen a esclavizar a su pueblo (p. 825, Engol); se indica que cambian oro y plata por cuentas de vidrio (pp. 781-782), etc.

Por supuesto, la visión idealizada también está presente: aparte de todo lo referente a don García, que constituirá el núcleo de mi análisis, el elogio de los españoles en general lo encontramos, por ejemplo, en boca de Rengo (pp. 796-797); su cortesía y carácter para el amor aparece en el episodio de Gualeva, invitada más que cautiva, entre los españoles: «Todo español me desvela», llegará a decir la india a propósito de su nobleza, bizarría y apostura (p. 807).

En suma, en Arauco domado tenemos una imagen dual de los conquistadores españoles, si bien predominan —como no podía ser de otra manera— los aspectos positivos. Dicho sea de paso, es lo mismo que sucede con la imagen de los araucanos, en general idealizada (valientes, nobles, tenaces defensores de su libertad e independencia…), pero sin que falten en su retrato los rasgos de barbarie y crueldad (asan a los prisioneros para comerlos, beben su sangre en la copa hecha con la calavera de Valdivia, Fresia estrella a su propio hijo contra los peñascos, etc.).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

«Arauco domado» de Lope de Vega, comedia de propaganda nobiliaria

Arauco domado, de Lope de VegaEn el teatro español del Siglo de Oro[1] existen varias piezas que tienen como tema la conquista de Chile y la prolongada guerra de Arauco[2]. Dentro de ese corpus, hay algunas comedias que fueron encargadas por la propia familia de los Mendoza (primero por el propio don García y luego por su hijo don Juan Andrés) con la finalidad de prestigiar la figura del cuarto marqués de Cañete, quien en su etapa como gobernador de Chile (1557-1561) había logrado notables avances en la pacificación del rebelde territorio de Arauco, pero cuyos méritos e importancia no quedaron reconocidos por Alonso de Ercilla en su famosa Araucana (cuyas tres partes se publicaron en 1569, 1578 y 1589). Para tratar de contrarrestar aquel voluntario olvido[3] se preparó un amplio programa de propaganda[4] que incluyó no solo varias obras de teatro, sino también crónicas, biografías, poemas épicos, etc. Las tres piezas teatrales que presentan ese carácter de «obras de encargo»[5] son Arauco domado de Lope de Vega, la más famosa y conocida, la que más bibliografía ha generado[6] (¡Lope es Lope!) y, asimismo, la que parece estar al comienzo de la serie (aunque su publicación se produce en 1625, su fecha de redacción es bastante más temprana, en torno a 1599-1603); Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, comedia escrita por nueve ingenios capitaneados por Luis de Belmonte Bermúdez, que se representó y publicó en Madrid en 1622[7]; y El gobernador prudente, de Gaspar de Ávila, la cual puede datarse en torno a 1624-1625, si bien no sería publicada hasta 1663.

Ya en entradas anteriores he estudiado Algunas hazañas… y El gobernador prudente. En las entregas siguientes focalizaré mi atención sobre la pieza lopesca, para ver cómo aparecen reflejados en ella los personajes españoles, y en particular su caudillo, don García Hurtado de Mendoza, cuarto marqués de Cañete. Como ya quedó indicado, en esta obra de encargo Lope realiza un panegírico del noble, que había quedado relegado a un plano de importancia muy secundario en La Araucana de Ercilla. No me centraré en el estudio de las fuentes de la comedia, ni en el grado de fidelidad de la versión literaria respecto a los hechos históricos[8], sino que me detendré en el tratamiento dramático-literario del personaje de don García.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Para el tema de las guerras de Arauco en el teatro, ver especialmente las monografías de Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996; y Mónica Escudero, De la crónica a la escena. Arauco en el teatro del Siglo de Oro, New York, Peter Lang, 1999. Sobre la cultura de la guerra y el teatro del Siglo de Oro es fundamental la monografía de David García Hernán, La cultura de la guerra y el teatro del Siglo de Oro, Madrid, Sílex Ediciones, 2006.

[3] Sin duda, al momento de componer La Araucana, Alonso de Ercilla no habría olvidado todavía el grave incidente personal que tuvo lugar entre él y don García en la ciudad de La Imperial en 1558, y esta es la razón que explicaría el no haber dado el suficiente relieve a la figura de don García Hurtado de Mendoza. Recordaré que Pedro de Oña, en el exordio de su Arauco domado, dejó consignado que una de las razones que le movían al componer su poema era «ver que tan buen autor, apasionado, / os haya de propósito callado». He analizado esta cuestión en otros trabajos, a los que remito para más detalles.

[4] Ver especialmente Victor Dixon, «Lope de Vega, Chile and a Propaganda Campaign», Bulletin of Hispanic Studies, 70:1, 1993, pp. 79-95.

[5] Son obras que hay que estudiar en el contexto del mecenazgo teatral y literario, concretamente en la categoría de las comedias genealógicas de encargo (también denominadas comedias histórico-políticas). Ver Teresa Ferrer Valls, Nobleza y espectáculo teatral (1535-1622). Estudio y documentos, Sevilla / Valencia, UNED / Universidad de Sevilla / Universitat de València, 1993; Andrea Sommer-Mathis et al., El teatro descubre América. Fiestas y teatro en la Casa de Austria (1492-1700), versión española de Társila Reyes Sicilia, Madrid, Editorial MAPFRE, 1992; y Miguel Zugasti, «El encargo literario», en William R. Manson y George Peale (eds.), Las palabras a los reyes y gloria de los Pizarros by Luis Vélez de Guevara, Newark (Delaware), Juan de la Cuesta, 1996, pp. 49-86. Como es de suponer, estos encargos nobiliarios para escribir elogiosas piezas genealógicas de algún personaje de la familia dejaban pingües beneficios a los dramaturgos (o a los autores literarios, en general, pues también hay encargos en otros géneros distintos del teatro).

[6] Pueden verse, entre otros muchos estudios, los de Sturgis E. Leavitt, «Lope de Vega y el Nuevo Mundo», Mapocho, 1, 1963, pp. 32-42; Elena Martínez Chacón, «Una comedia chilena de Lope de Vega», Mapocho, 5, 1965, pp. 5-33; y José María Ruano de la Haza, «Las dudas de Caupolicán: El Arauco domado de Lope de Vega», Theatralia, 6, 2004, pp. 31-48.

[7] Para el análisis de esta pieza ver sobre todo Germán Vega García-Luengos, «Las hazañas araucanas de García Hurtado de Mendoza en una comedia de nueve ingenios. El molde dramático de un memorial», Edad de Oro, X, 1991, pp. 199-210; y Carlos Mata Induráin, «Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, comedia genealógica de nueve ingenios», Revista Chilena de Literatura, 85, 2013, pp. 203-227.

[8] Para las fuentes literarias de la comedia, ver Juan María Corominas, «Las fuentes literarias del Arauco domado, de Lope de Vega», en Manuel Criado de Val (ed.), Lope de Vega y los orígenes del teatro español, Madrid, Edi-6, 1981, pp. 161-170; para el personaje de don García, Fernando Campos Harriet, Don García Hurtado de Mendoza en la historia americana, Santiago, Andrés Bello, 1969; y Remedios Morán Martín, «García Hurtado de Mendoza ¿gobernador o héroe?», Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, Historia Moderna, 7, 1994, pp. 69-86. Sobre la familia Mendoza, remito a Antonio Casado Poyales, Francisco Javier Escudero Buendía y Fernando Llamazares Rodríguez (coords.), Los Mendoza y el mundo renacentista, Cuenca / Toledo, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Castilla-La Mancha / Asociación Profesional ANABAD Castilla-La Mancha, 2012.

«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: balance del Descubrimiento

En las dos novelas, En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen, Vicente Blasco Ibáñez defiende que el descubrimiento de América fue una empresa netamente española, que encabezó Colón como podía haberla capitaneado otro aventurero poco tiempo después. Destaca que los preparativos del primer viaje fueron una empresa popular; se trataba de una expedición comercial de particulares (Colón y los Pinzones), solo en parte costeada por los reyes:

Parecía esto un aviso de los otros viajes de descubrimiento que iban a multiplicarse en los años sucesivos, obra siempre de la colectividad, de la masa popular, de la verdadera nación española, en los cuales sólo ponían los reyes su autorización y el derecho de llevarse una quinta parte de las ganancias; viajes de ilusión, de heroísmo y de muerte, gracias a los cuales se descubrió y se colonizó en el breve espacio de medio siglo todo un nuevo mundo, la mayor parte de la llamada América, que después los mismos reyes explotaron torpemente y acabaron por perder (pp. 1290b-1291a)[1].

Los territorios descubiertos quedan descritos como una naturaleza virgen; los indígenas que los habitan son seres pacíficos e ingenuos: «Era la Humanidad antes del pecado original» (p. 1328b), «el continente de la humanidad risueña y sin malicia» (p. 1329a). Colón había descubierto un Paraíso pobre, en el que no halló las cosas soñadas, ni el oro ni las especias. Por otra parte, los indios, mansos y dóciles, no buscaban un trueque comercial con los hombres blancos, sino un trato místico (cfr. las pp. 1350a y 1352a), pues los creían hijos del cielo y aceptaban su religión como una magia superior (p. 1389a-b).

Colón en La Española

Por supuesto, Blasco Ibáñez constata en pasajes puntuales la violencia de aquel encuentro (muertes en las luchas, crueldades con los prisioneros, abusos a las mujeres, inicio de la esclavitud…), aunque no cae, como es lógico, en los tópicos de la leyenda negra difundidos desde otros países contra los españoles. Explica además que la guerra lo justificaba todo en aquella época (p. 1402a).

Respecto a los descubridores y conquistadores españoles, en estas novelas se destaca que fueron hombres de férrea voluntad, «hombres aficionados a la guerra, desdeñosos de la muerte, que parecían mostrarse más arrogantes según caían sobre ellos las miserias con peso abrumador» (p. 1390b). En ocasiones se comportaban como verdaderos protagonistas de novelas de caballerías por su nobleza y generosidad: «rivalizaban en grandeza de alma y sacrificio, pero siempre entre ellos, mostrándose implacables y crueles cuando trataban con otros que no fuesen de su raza» (p. 1489b). Así lo ponen de manifiesto los incidentes de Ojeda con Nicuesa y con Esquivel (son enemigos que, al encontrarse en situaciones de peligro, se comportan con extrema caballerosidad y olvidan los antiguos resentimientos y las amenazas cruzadas entre ellos; cfr., por ejemplo, las pp. 1476b-1477a). Hay, pues, en estas dos novelas americanas póstumas de Blasco Ibáñez un patriótico elogio, si no de la conquista del Nuevo Mundo, sí de los caracteres fuertes y valientes de aquellos conquistadores españoles que la hicieron posible[2].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: los personajes ficticios y su función

Fernando Cuevas y su compañera, la judía Lucero, son los héroes ficticios[1]. ¿Cómo engarzan estos personajes con el segmento histórico? En la primera novela Fernando sirve como paje de escoba al Almirante, fingiendo que Lucero es su hermano, para no separarse de ella; en la segunda cuentan con la protección de Ojeda, aunque luego se independizan como colonos en los nuevos territorios. Además, la pareja entronca con la historia por su enfrentamiento con Pero Gutiérrez, el repostero real.

Esta peripecia ficticia se desarrolla fundamentalmente en los capítulos II, 4, II, 5 y III, 2 de En busca del Gran Kan: durante el primer viaje, Pero Gutiérrez sorprende a los dos jóvenes besándose (la situación es muy comprometida porque, recuérdese, Lucero viaja disfrazada de hombre) y golpea a Fernando. Más tarde, los dos amantes tienen la oportunidad de bajar a tierra juntos y allí, en un lugar paradisíaco, «en medio de una naturaleza inocente, franca y pueril, igual a la de los tiempos anteriores al pecado original de la leyenda bíblica» (p. 1342a), consuman su relación amorosa. Todo este episodio constituye una clara paráfrasis del relato de la primera pareja del Génesis: como Adán y Eva, Fernando y Lucero se encuentran solos y desnudos en un jardín inmenso, comen la fruta de un árbol gigantesco y ni siquiera falta la mención de la serpiente. También esta joven pareja pronto va a ser expulsada de su paraíso: Pero Gutiérrez los sorprende, descubriendo la verdadera condición de Lucero; se explica así la misteriosa atracción que sentía antes por el paje.

Adán y Eva

Ya de vuelta en el barco, pretenderá abusar del secreto, queriendo forzar a la muchacha y, al ser rechazado, promete vengarse. En una nueva excursión a tierra, Gutiérrez sigue a los jóvenes y arroja a Fernando varias flechas envenenadas. Al errar sus tiros, Fernando toma una de ellas y le hiere en el cuello, dejándolo allí por muerto. En suma, en la primera novela el idilio de esta pareja, estorbado por el lascivo Pero Gutiérrez, forma la acción ficticia; pero se trata de breves secuencias narrativas incrustadas en el segmento histórico, que ocupa mucho más espacio y es más importante.

En la segunda novela, Lucero y Fernando viven bajo la protección de Ojeda. Blasco Ibáñez hace que la princesa Anacaona se prende del muchacho, aunque este vence tan «voluptuosa tentación» acudiendo al recuerdo de su esposa y su hijo Alonsico. Solo al ser rechazada por Fernando es cuando la bella indígena se interesa por el conquistador Ojeda. En la nueva ciudad de Santo Domingo, la pareja conoce cierta prosperidad, derivada del trabajo de Fernando como veedor en las minas. El antiguo paje Cuevas se ha convertido en un hombre maduro y Lucero es una mujer fuerte, que todavía viste a veces de hombre. Juntos llevan una existencia feliz y tranquila, alterada tan solo en el capítulo II, 4, cuando los atractivos de Lucero despiertan el deseo de Ojeda; no obstante, ella sabrá rechazarlo con energía y dominar la situación.

El matrimonio acumula lentamente su riqueza y Lucero ya no desea participar en nuevas aventuras descubridoras. Cuando Ojeda pretenda que Fernando empeñe sus propiedades para fletar un bergantín, ella dejará bien claro que el verdadero oro se obtiene cultivando la tierra y vendiendo a los colonos tocino y pan; y vaticina: «Solo serán verdaderamente ricos los que trabajen la tierra» (p. 1509a). Cuevas, ya viejo y cansado tras su agitada vida, oye hablar de las hazañas de Cortés y Pizarro en Perú y México. Él y Lucero son los únicos supervivientes que quedan en la isla del primer viaje. Su hijo Alonsico juega con los hijos mestizos de Ojeda, que pronto muestran su carácter altivo y orgulloso: ellos son criollos, han nacido allí, a diferencia de sus padres, que han venido de fuera. En fin, el comentario de Fernando al ver la actitud agresiva de su hijo vaticina la futura independencia de las naciones hispanoamericanas:

De España vinimos para trabajar, para construir un mundo nuevo, rabiando y muriendo muchas veces como animales. Lo que hacemos ahora tal vez dure siglos, y después llegará un día en que los hijos de nuestros hijos nos echarán tranquilamente de la casa que levantamos para ellos a costa de tantos sufrimientos, de tanta sangre… (p. 1509b)[2].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Martín Alonso Pinzón en «En busca del Gran Kan», de Vicente Blasco Ibáñez

Martín Alonso Pinzón Martín Alonso Pinzónes retratado como un hombre de mando (p. 1294a)[1], de gran temple de alma. Frente a la impopularidad de Colón, de él se nos dice que es la persona más carismática del condado de Niebla. Blasco Ibáñez opina que Pinzón buscó el dinero complementario que hizo posible el primer viaje y que se asoció de palabra con Colón: los dos eran, por tanto, socios con derechos iguales en la aventura. La novela nos lo describe como un experto hombre de mar: «Martín Alonso era infinitamente superior como marino a este Almirante que llegó con el tiempo a ser experto en la navegación, pero en este primer viaje mostró timideces, vacilaciones e inexperiencias propias de un simple aficionado a las cosas del mar» (p. 1349b). Para Blasco Ibáñez, los Pinzones fueron sin duda alguna «el alma marinera de la expedición» (p. 1334a).

Si Colón es retorcido y avaro, Pinzón se muestra franco y generoso (p. 1371a). En el viaje de vuelta, Martín Alonso, verdadero «atleta del mar» (p. 1381b), llega a España directamente, sin perder el rumbo; pero muere y queda secreto el contrato verbal que hizo con Colón. En cualquier caso, las preferencias del autor quedan claras al dedicarle un exclamativo apóstrofe de despedida: «¡Adiós, Martín Alonso! ¡Adiós para siempre!» (p. 1382a)[2].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Alonso de Ojeda en «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez

Alonso de OjedaAlonso de Ojeda es el antagonista de Colón en la segunda novela del díptico, El caballero de la Virgen, que continúa a En busca del Gran Kan[1]. Algún rasgo lo emparienta con el Almirante, pues también él está predispuesto a aceptar «todo lo que fuese audaz y extraordinario» (p. 1400b) y es «tan imaginativo y entusiasta» como aquel (p. 1408b). Se trata de un «supersticioso caballero» que cree que la Virgen lo protege: lleva su imagen colgada del arzón de su caballo y nadie le ha herido jamás. Ojeda aparece como un magnífico caudillo militar, valiente y astuto: «Era el único que sabía infundir valor a los débiles y sostener la voluntad de los enérgicos, mostrándose en todas partes. Cada soldado, al verlo, creía seguir a un poderosísimo ejército» (pp. 1481b-1482a). De su decisión e ingenio da buenas muestras en la captura del cacique Caonabo, en el combate con los indígenas en Yubarco, al dominar la situación en el barco del pirata Talavera o al cruzar con sus hombres la isla de Jamaica, sufriendo mil penalidades.

Alonso de Ojeda es intrépido, altivo y orgulloso; pero, a diferencia del avariento Colón, muestra su «pródigo carácter» derramando su oro en los momentos prósperos: «Quería riqueza para repartirla a manos llenas» (p. 1448b). Frente al Almirante, que se olvida por completo de Beatriz, Ojeda recordará siempre a su amada doña Isabel, la hija del licenciado Herboso. En resumen, Ojeda es presentado como un experto jefe militar, de la misma forma que Pinzón aparecía como avezado marino. Los dos sirven de contrapunto a la figura de Colón, de forma que las buenas cualidades de estos subrayan por contraste las inferiores condiciones del genovés.

Colón, Pinzón y Ojeda son los principales personajes históricos de estas dos novelas de Blasco Ibáñez. Hay otros dos, menos importantes, pero que merece la pena destacar por el tratamiento que reciben, que los acerca a la categoría de los personajes de ficción. Me refiero a Beatriz Enríquez de Arana, la mujer de la que se enamora Colón, transformada por el amor, alegre y soñadora; y a Pero Gutiérrez, repostero de la casa real, convertido en el villano de estas novelas por la saña con que persigue a Fernando y Lucero. Por otra parte, el censo de personajes históricos es muy elevado. Aunque no intervengan como protagonistas en un primer plano de la acción, tienen cierta relevancia los Reyes Católicos, el doctor Gabriel de Acosta, fray Hernando de Talavera, Juan de la Cosa, el obispo Fonseca y los personajes indios Guanacarí, Caonabo o Anacaona. Muchos otros desfilan por las páginas de estas novelas meramente aludidos: Rodrigo de Borja, el cardenal Mendoza, Alfonso de Quintanilla, fray Diego de Deza, Luis de Santángel, Rafael Sánchez, Diego de Arana, Juan Pérez, Garci Hernández, Juanoto Berardi, Américo Vespucio, el Padre Boil, Bernal Díaz de Pisa, Fermín Cado, Pedro Margarit, Juan Aguado, Miguel Díaz, Hernando de Guevara, Francisco de Bobadilla, Nicolás de Ovando, Diego de Nicuesa, Rodrigo de Bastidas, Diego Velázquez, Pánfilo de Narváez, Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Martín Fernández de Enciso, Lope de Olano, Bernardino de Talavera, Núñez de Balboa, Zamudio, Valdivia, Rodrigo de Colmenares…[2]


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Cristóbal Colón en «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez

Cristóbal ColónEn El caballero de la Virgen[1] se reiteran los mismos rasgos de su carácter que veíamos en la primera novela, En busca del Gran Kan. Su codicia y su orgullo hacen crecer la animadversión contra él y sus hermanos, Diego y Bartolomé, tan ambiciosos como Cristóbal: «Donde estén los Colones, todo es para ellos y nada queda para los demás. Les ofende tener amigos: solo admiten servidores» (p. 1432b), explica Ojeda. Más tarde añade que esa familia es «gente ávida, capaz de disputar hasta las migajas a cuantos les siguiesen» (p. 1434b). Expresiones como «elocuencia imaginativa», «geografía delirante», «geografía fantástica» se repiten hasta la saciedad. A la quimera del oro se suma en el tercer viaje la «manía mística» y la creencia de haber localizado el Paraíso terrenal. Colón sigue acumulando errores garrafales: piensa que la tierra tiene forma de pera y que, al hallarse en la zona del pezón, tiene que navegar hacia arriba, remontando el mar. Sus hermanos rivalizan con él en avaricia: no reparten el oro ni los víveres y son violentos, crueles en los castigos, «imperiosos, faltos de condiciones de mando, sin generosidad alguna, con una rapacidad que acababa por alejar de ellos a las gentes» (p. 1440a). También en España crece la impopularidad de Colón, hasta el punto de que sus hijos, pajes de los reyes, reciben el nombre de «los mosquitillos» (porque su padre chupa la sangre de los españoles). El cuarto viaje fue «su última aventura de navegante visionario, […] la última quimera de su vida, el postrer sueño dorado, enardecedor de sus ansias de poder y riqueza» (p. 1450a-1450b). Tras poner de relieve una vez más «las fantasías del Almirante», sus «quimeras geográficas», la «geografía delirante aprendida en Marco Polo y Mandeville», el novelista escribe:

Colón, poeta del mar, perturbado mentalmente por la vejez y el exacerbamiento de sus fantasías, empezaba a saber menos que muchos pilotos vulgares y prácticos. Además, en España eran cada vez más los hombres de estudio que se reían del Gran Kan y todas las quimeras asiáticas del almirante, afirmando que las tierras descubiertas eran un nuevo mundo. Pero don Cristóbal seguía aferrado a su ilusión, declarando ignorantes a cuantos ponían en duda sus afirmaciones. Él solamente podía conocer la verdad (p. 1452ab)[2].

En las pp. 1452-1453 se resumen sus cuatro viajes y sus errores, para concluir que Colón fue un soñador idealista («De cada uno de sus viajes traía el Almirante una ilusión dorada y triunfadora, siendo siempre la última la mejor», p. 1452b), un «sembrador de doradas quimeras» (p. 1453a) que se creía dueño único de los rumbos, aunque muchos otros marinos le superaban en pericia y conocimientos. En España, casi nadie se acuerda de él, a no ser los sabios, que se burlan de «sus enormes errores científicos» y de las «inexactitudes fantásticas» de sus relatos: «No describía los países vistos por él como debe hacerlo un explorador. Los iba amoldando a los libros que llevaba leídos y a su geografía quimérica de Asia» (p. 1456a). Colón morirá olvidado de todos, y sería Américo Vespucio quien daría nombre al nuevo continente.

En definitiva, Blasco Ibáñez nos ofrece en estas dos novelas una visión completamente desmitificada de Colón, al presentarlo como mal marino en el mar y peor gobernante en tierra[3]. Por otra parte, en el epílogo de En busca del Gran Kan, «El misterio de Colón. El novelista al lector», explica las tres hipótesis más verosímiles por las que tuvo tanto interés en ocultar su pasado: 1) por vanidad, para no revelar su origen modesto; 2) porque fue pirata y negrero; 3) porque era judío. Ahí lo enjuicia como una «personalidad compleja, abundante en cualidades geniales y defectos enormes» (p. 1396b). Destaca además que el aventurero Colón realizó su proyecto con el auxilio de los españoles («Cuanto hizo fue apoyándose en España, que le dio dinero, buques y hombres», p. 1394a). Fue navegante de gran experiencia, pero mucho menos práctico que los Pinzones. Como hombre de ciencia, conoció tan solo lo que era de conocimiento vulgar, y el descubrimiento se hubiera hecho igual sin él pocos años después. Este es el balance final de su figura:

Colón no fue sabio ni santo. Fue simplemente un hombre extraordinario, dotado de gran imaginación y firmísima voluntad, con alma de poeta y avaricias de mercader, audaz unas veces y otras prudente en exceso, hasta el punto de dejar sin terminación las más de sus exploraciones; genial en muchas de sus concepciones y en otras obcecado y testarudo de un modo incomprensible. En resumen: un hombre de enormes cualidades y grandes defectos, favorecido extraordinariamente por la suerte en su primer viaje y maltratado por ella en los siguientes, que encontró un nuevo mundo sin saberlo nunca, tropiezo el más famoso y trascendental de la historia humana (p. 1398b)[4].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Piensa Acosta: «¡Quién sabe si algún día el vulgo hará de este visionario de pocas letras un hombre de saber inmenso, aislado en medio de la ignorancia de su época, y a nosotros, los pocos que teníamos un conocimiento más aproximado a la realidad, nos presentarán como unos asnos!…» (p. 1456).

[3] También ha insistido en que probablemente no fue el primero en llegar a aquellas tierras, sino que hubo descubridores que le precedieron.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Cristóbal Colón en «En busca del Gran Kan», de Vicente Blasco Ibáñez

Cristobal ColónEl retrato y la valoración de Cristóbal Colón constituyen uno de los aspectos más importantes de ambas obras[1], siendo el personaje histórico que les da unidad. En cada una de ellas tiene enfrente un antagonista, Martín Alonso Pinzón y Alonso de Ojeda, y en la confrontación con ambos sale bastante mal parado el Almirante. Y es que Blasco Ibáñez se propuso desmitificar su figura, abordándola con actitud contraria a la de sus panegiristas, quienes lo ensalzaron hasta el extremo de hacer de él un genio y un santo, o poco menos. No cabe duda de que la personalidad de Colón —una curiosa mezcla de marino, negociante y soñador idealista— fue compleja y apasionante. Al comienzo de En busca del Gran Kan se nos describe como un caballero de capa raída (pp. 1218b-1219a), uno de los muchos hidalgos pobres existentes en España. En el capítulo tercero se ofrecen más datos: habla el narrador de su misterioso origen (tal vez sea converso, como sospecha Acosta, o quizá judío) e insiste en dos notas muy marcadas de su carácter, la egolatría (p. 1237a) y la tenacidad: «Era el hombre de una sola idea a la cual dedica toda su existencia» (pp. 1235b-1236a).

En ese mismo capítulo se explica su proyecto (llegar a las Indias por Occidente), con la indicación de las lecturas que le han inspirado: la Imago mundi de Pierre d’Ailly, el relato de viajes de Marco Polo y el Libro de las maravillas de Juan de Mandeville. Blasco Ibáñez subraya sus enormes errores de cálculo: Colón creía que la masa continental era muy grande y el océano muy pequeño, en proporción de siete a uno, y confundía las millas árabes con las italianas. Manifiesta además su convicción de que no se movía por intereses científicos, sino que buscaba oro, poder y honores. A lo largo de la novela se aludirá muchas veces a la «geografía delirante» del Almirante y a sus quiméricos proyectos: localizar al Gran Kan y rescatar abundante oro para liberar el Santo Sepulcro del poder del Islam (cfr. la p. 1364a). También a su mesianismo, pues constantemente apela al apoyo de Dios, del que se cree un elegido, y se guía por su fe ciega de iluminado. Es un «soñador de los caminos del Océano», soñador de ensueño único (p. 1274b) que escribe de forma lírica en su diario de a bordo, un «hombre contradictorio, mezcla de poeta y mercader, de místico vidente y avaro judaico» (p. 1320b[2]). Para el novelista valenciano, «Colón fue el último hombre célebre de la Edad Media, un hermano de los astrólogos y alquimistas» (p. 1356a).

Otro destacado rasgo de su persona es la predisposición a la sospecha, la manía de verse perseguido y la creencia de que todos se muestran ingratos con él. Cuando los reyes le procuran los primeros dineros, cambia de vestido para dejar de ser el hombre de la capa raída (p. 1270b) y muestra su superioridad orgullosa por el tratamiento de don que le han concedido. La ambición sin límites es nota que completa su retrato moral: sus exigencias son las de ser Almirante, Virrey y Gobernador perpetuo de las tierras que se hallen, para sí y sus descendientes. Colón es además rencoroso: al ser finalmente aprobado su plan, visita a su opositor Acosta para vanagloriarse de su triunfo. Un sentimiento que podría dulcificar su carácter es el amor: cuando conoce a Beatriz de Arana, ella es la fuerza que le anima en los momentos de desesperanza, y así, en una de las cartas de marear que traza pinta a la Virgen con las facciones de la mujer amada. Sin embargo, pronto los fracasos sacan a la luz su mal carácter y más tarde, cuando llegue a ser rico y famoso, sentirá un desvío completo por ella. Escribe el novelista, haciendo un primer balance de su figura:

Una leyenda formada después de la muerte de Colón nos lo ha presentado durante tres siglos como un genio superior a todos sus contemporáneos, sólo comparable a una montaña aislada en el centro de un desierto, y esta concepción romántica y falsa no puede ser más opuesta a la realidad. Quisieron hacer de él un ser providencial, poseedor de un secreto sólo conocido por él, hasta el punto que de haber muerto, ningún otro hombre habría podido realizar su obra (p. 1284b).

El inicio del primer viaje añade otra nota negativa, la de mal marino: por un lado, Colón anota menos leguas de las navegadas, pensando ingenuamente que podrá engañar a sus tripulaciones, formadas por curtidos pilotos y marineros; por otro, se destaca su mal carácter (p. 1311b) y su falta de dotes de gobierno. En opinión de Blasco Ibáñez, no hubo ningún motín por la tardanza en avistar tierra, tan solo unas murmuraciones de los proeles:

Y esto fue lo que sirvió muchos años después para que los panegiristas de Colón, necesitados de convertirlo en una especie de Cristo perseguido o de cordero entre lobos, inventasen una terrible conspiración y un ruidoso motín en el cual los marineros amenazaron de muerte a su jefe con las armas en la mano, y éste les pidió un plazo de tres días, lo mismo que un personaje de ópera, para descubrir tierra, realizando su promesa dentro de las setenta horas, como un maquinista de tren que llega puntualmente (p. 1315b).

Continuamente se alude a la impericia y al carácter descontentadizo de Colón: «era capitán poco experto en la práctica naval y de genio enojadísimo, injusto, egoísta, incapaz de la fraternidad marinera que se establece entre los jefes y sus hombres más humildes al correr todos una suerte común» (p. 1316a). Los datos en su contra se acumulan: Rodrigo de Triana nunca tuvo la renta real prometida al primero que divisase tierra, al adjudicársela Colón (por la lucecilla que vio la noche anterior). Además se empecina en sus errores: tras la llegada a Guanahaní el 12 de octubre, Colón cree que el Cipango (Japón) está cerca; no cree que Cuba sea una isla, sino la tierra firme de Asia (Catay o China); cuando la Santa María choca con unos bajos, elude la responsabilidad acusando a otros; en el viaje de vuelta da muestras de su inexperiencia al dejar sin lastrar su nave y al tener que tocar dos veces en tierras portuguesas, etc.

El último capítulo de En busca del Gran Kan recapitula las principales notas negativas de su carácter, añadiéndose ahora el cariño desmedido a los suyos: «Para que él amase a alguien era preciso que se llamara Colón» (p. 1383a). Blasco Ibáñez ve en él un navegante visionario «de palabra fácil e imaginación pronta» (p. 1387b), cuya mente estuvo llena de fantasías, de «exageraciones imaginativas» (p. 1389a), hasta el punto de que morirá convencido de haber llegado a las tierras del Gran Kan, y no de haber descubierto un Nuevo Mundo[3].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Poeta y mercader lo llama también en la p. 1326b, y en la en la p. 1349a insiste en su fervor de poeta.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.