El chileno Óscar Jara Azócar (nacido en Viña del Mar en 1906, fallecería en 1988) fue considerado en su país como «el poeta de los niños». Entre su producción se cuentan estos títulos: Canciones de juventud, El jardín de las estampas, Viña del Mar, Lo que soy esta noche, El día de la madre, El libro de los niños: cuentos en verso, La poesía y el teatro de la escuela, Naipe de espuma, La isla de silencio, Era en el bosque. Poesía y teatro para los niños de América, Lagarta y jazmín, Chile: dramatizaciones de su historia, Mis mejores versos para niños. Antología y La noche más linda del mundo. Este último volumen poético, del año 1970, está dedicado íntegramente a la temática navideña. De las composiciones que lo forman he seleccionado «La lamparita del pastor», un romance endecha con rima aguda en á (salvo la primera cuarteta, que presenta rima aguda en ó), el cual tiene toda la gracia y sencillez de los villancicos tradicionales y no requiere ningún comentario.
Con una lamparita va el hijo del pastor en busca del pesebre donde nació el Señor.
Con tierno afán pregunta: —¿Dónde estará el portal? Los corderitos fueron y yo me quedé atrás…
¿Un ángel no contesta por esta oscuridad? ¿Si no será el camino donde el Niñito está?
Un resplandor me cubre. ¡Estoy en el portal! ¡Un niño tan hermoso no vi nunca jamás!
Traigo mi lamparita, no tengo nada más; para adorarte, ¡en ella mi corazón está![1]
[1] Tomo el texto de Óscar Jara Azócar, La noche más linda del mundo, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1970, pp. 73-74. Modifico ligeramente la puntuación. Véase Miguel Moreno Monroy, «La Navidad en algunos poetas chilenos», El Mercurio (Santiago de Chile), 24 de diciembre de 1972, p. 41.
Ya en otras ocasiones he traído al blog algunos poemas navideños de Jesús Górriz Lerga (Pamplona, 1932-Pamplona, 2016). En una entrada antigua pueden leerse el «Villancico del anuncio gozoso», el «Villancico del vagabundo», el «Villancico del corolario que resume el gozo», los «Gozos para entonar en la Nochebuena» y el «Romancillo de la Natividad del Señor», y en otras más recientes añadí el «Villancico que repite la letanía de siempre» y el «Soneto para un alumbramiento». Copiaré hoy su «Villancico de la espera en el portal», perteneciente también a su poemario Memorial del gozo (1994), todo él de temática navideña. Se trata de un romance con rima á o que presenta la particularidad de que en todas las cuartetas el primer verso es el mismo, «La Virgen y San José». Cabe destacar asimismo la estructura “circular” de la composición, con esa repetición de «Mientras tanto…», en los versos cuarto y último, que subraya la esperanzada espera de la llegada del Niño.
También en la espera incide, asimismo, la repetición del verso «siguen los dos esperando» en las coplas décima y undécima (que constituyen una variatio respecto al verso segundo del poema, «están los dos esperando»); e igualmente la formulación «siguen, minuto a minuto, / con su reloj, esperando…», de la novena.
La Virgen y San José están los dos esperando el nacimiento del niño que ha de venir. Mientras tanto…
La Virgen y San José, sueño arriba y sueño abajo, mullen la paja de trigo y caldean el establo.
La Virgen y San José preparan el aguinaldo: dátiles de la palmera y naranjas del naranjo.
La Virgen y San José miran el cielo y el campo; tres mil millones de estrellas en el rocío temblando.
La Virgen y San José tienen parientes lejanos; después de que nazca el niño serán mucho más cercanos.
La Virgen y San José no pueden dormir, pensando en Nazaret, cuando tenga allí, tres o cuatro años.
La Virgen y San José con la miel a flor de labio ensayan nanas sabidas para poder acunarlo.
La Virgen y San José tienen el alma temblando, lo mismo que con la brisa estremécense los álamos.
La Virgen y San José, entre el gozo y el encanto, siguen, minuto a minuto, con su reloj, esperando…
La Virgen y San José siguen los dos esperando. (Por las colinas se acercan arcángeles afinando.)
La Virgen y San José siguen los dos esperando. Él nacerá cuando quiera acostarse en su regazo.
La Virgen y San José miran de nuevo sus manos. Silenciosamente. Al punto. Cerca. Pronto. Mientras tanto…[1]
[1] Cito por Jesús Górriz Lerga, Memorial del gozo, Pamplona, edición del autor [Eurograf], 1994, pp. 30-31. Añado una coma al final del primer verso de la octava cuarteta.
Vaya para este día el poema, «Canción de Navidad para conjurar el fin del mundo», con el que Santiago López Navia, filólogo y poeta, y excelente amigo, felicitó la Navidad de 2012 a sus colegas y amistades. La composición está formada por tres estrofas, de 6, 8 y 12 versos, con rima de romance en é e, pero con la particularidad de ser heptasílabos los impares y pentasílabos los pares (es decir, el esquema de rima es 7- 5a 7- 5a…). El poeta, a través de su yo lírico, nos recuerda que frente a las realidades negativas de este mundo (miedo, pobreza, hambre, muerte…) siempre queda un atisbo de esperanza: «Los árboles marchitos / viven a veces / en una rama niña / que reverdece»[1]. Aquí, ese mensaje esperanzado encuentra su máxima expresión en el nacimiento del Salvador, ese momento salvífico —para todo el género humano— en el que «Cristo fundió en su fragua / trono y pesebre».
Que nadie escuche al miedo. Que nadie entregue su libertad al gremio de los intérpretes que entienden las señales que otros no entienden.
Aunque a todos el mundo les pertenece, en poco tiene al mundo el que no tiene. Fin del mundo es el hambre para los débiles y este mundo termina para el que muere.
Que el miedo a los augures no nos silencie. No siempre está perdido lo que se pierde. Los árboles marchitos viven a veces en una rama niña que reverdece. Hasta la paja seca tuvo su suerte: Cristo fundió en su fragua trono y pesebre.
[1] Estos versos me recuerdan el comienzo del poema «A un olmo seco», de Antonio Machado: «Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas nuevas le han salido»; más adelante, en apóstrofe al olmo, el yo lírico expresa su deseo de anotar en su cartera «la gracia de tu rama verdecida».
Siguiendo con los poemas de Navidad, copiaré hoy el «Villancico de las manos vacías», de José María Pemán (Cádiz, 1897-Cádiz, 1981), que se une a otros suyos de temática navideña como «Villancico del pescador de truchas» o «Meditación ante un nacimiento de cartón y barro», composiciones estas dos incluidas en Poesía sacra (Madrid, Escelicer, 1940). El villancico que ahora nos ocupa ha sido comentado por Katarzyna Madyjewska:
El tema navideño reaparece en «Villancico de las manos vacías» (1965) en forma y ritmo popular, y con una mezcla de antítesis parecida al poema anterior [se refiere a «Meditación ante un nacimiento de cartón y barro»]. En esta ocasión el sujeto lírico introduce el motivo navideño en su situación presente. Prescinde de notas circunstanciales para referirse a una paradoja que experimenta en sí. El poema se divide en dos partes que corresponden a dos posturas vitales, como un antes y después, en los que el Niño Jesús se convierte en el único punto de referencia. […] Otras antítesis se perciben en: «noche clara y alba fría», «con sangre y nieve en los pies». La última contraposición hace eco colorístico de la «rosa» y el «lirio». El juego de contrastes tan propio de la poesía meditativa, lleva a representar la oposición de la belleza y felicidad propias, frente a las divinas. Incluso la «mano» y el «corazón» unidos por la figura divina expresan este planteamiento[1].
Carlo Dolci, El Niño Jesús con una corona de flores (1663). Museo Nacional Thyssen- Bornemisza (Madrid, España).
Se trata de un poema suelto incluido en las antologías pemanianas, que dice así:
Yo tenía tanta rosa de alegría, tanto lirio de ilusión, que entre mano y corazón el Niño no me cabía…
Dejé las rosas primero. Con una mano vacía —noche clara y alba fría— me eché a andar por el sendero.
Dejé los lirios después. Libre de mentiras bellas, me eché a andar tras las estrellas con sangre y nieve en los pies.
Y sin aquella alegría, pero con otra ilusión, llena la mano y vacía, cómo Jesús me cabía —¡y cómo me sonreía!— entre mano y corazón[2].
[1] Katarzyna Madyjewska, La poesía lírica de José María Pemán, tesis doctoral dirigida por José Paulino Ayuso, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2006, p. 174.
[2] Lo cito por José María Pemán, Poesía esencial, estudio preliminar y selección de José Enrique Salcedo Mendoza, Motril (Granada), Imprenta Comercial, 2002, pp. 146-147.
Pesebre artesanal chileno, del maestro alfarero Norberto Oropesa.
El texto es sencillo, como corresponde a la poesía popular, y refiere los regalos que el yo lírico lleva al Niño, junto con las peticiones o ruegos que le hace a la Virgen María (véanse las notas al pie para algunos comentarios adicionales).
Señora doña María, yo vengo de allá muy lejos y a su niñito le traigo un parcito[1] de conejos.
Zapallos[2] le traigo, papas araucanas, harina tostada[3] paʼ la pobre Ana; recados le mandan[4] mi taita[5] y mi mama, la doña Josefa y la tía Juana.
Señora doña María, cogollito de cedrón[6], consiga con su niñito que nos dé la salvación.
Zapallos le traigo, papas araucanas, harina tostada paʼ la pobre Ana; recados le mandan mi taita y mi mama, la doña Josefa y la tía Juana.
Señora doña María, hermosísimo donaire, consiga con don José que yo sea su comaire[7].
[1]parcito: diminutivo afectivo de par; como los otros diminutivos (niñito, cogollito), refuerza la emotividad del texto, de expresión tan sencilla como sencillos son los regalos que se llevan al Niño.
[2]Zapallos … papas araucanas: calabazas y patatas. La Araucanía y Los Lagos son las dos principales regiones productoras de papas en Chile. Las papas nativas, de muy variadas formas y colores, se distinguen de las papas criollas o amarillas.
[3]harina tostada: las harinas tostadas (más digestibles que las crudas), especialmente las de maíz, forman parte de la cultura tradicional de distintos pueblos de Sudamérica.
[4]recados le mandan: podría entenderse que ʻle mandan recuerdosʼ; ahora bien, en Chile recado es una mezcla de especias e ingredientes aromáticos molidos que se utilizan como sazonadores de guisos o platillos, y tal parece ser el significado que funciona aquí, pues que de comidas se está hablando.
[6]cedrón: planta verbenácea, originaria del Perú, pero que se cría también en Chile y Argentina, aromática, con propiedades medicinales, que florece durante el verano y el otoño; se toma en infusión. Cogollito de cedrón es un hermoso epíteto para la Virgen, muy original con respecto a los habituales en la tradición europea.
[7]comaire: comadre, en pronunciación coloquial. Aquí comaire puede tener no el sentido amplio de ʻamiga, vecina con la que se tiene mucho tratoʼ, sino el específico de ʻmadrina de bautizoʼ. Tomo el texto, transcrito por Cecilia Echenique, de la web Letras, pero añado toda la puntuación, y en el v. 12 la tilde a «de»; en cambio, en el v. 7 sobra la tilde a «mamá» (el ritmo pide la pronunciación llana). Agradezco a la Dra. Mariela Insúa la sugerencia de este villancico chileno, que no conocía.
«Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.» (Juan, 1, 14)
Ayer transcribía aquí el villancico «Monterilla de plumas…», y hoy, día de Navidad, traigo otro, «Soberana María», también anónimo y del siglo XVII como aquel. Antonio Torralba, miembro del conjunto musical Cinco Siglos, ofrece este comentario del villancico, al hilo de la grabación del mismo que realizaron el 14 de diciembre de 2014, que puede escucharse aquí:
En los manuscritos 1370 a 1372 de la Biblioteca Nacional de España se encuentran las tres voces de un villancico maravilloso cuya composición en el siglo XVII se atribuye a veces por error a Mateo Romero. Se trata de una versión a lo divino de la célebre “Mañanicas floridas”, que versionaron Lope de Vega y Calderón entre otros. Aquí se llama “Soberana María” y es un prodigio literario y musical salido de la pluma de uno o dos autores anónimos del XVII. La invocación a las estrellas es bellísima y la elevación conceptual soberbia. La Virgen protege al Niño, pero el plano se amplía y son las nocturnas estrellas las que han de abrigar a su vez a la Virgen (abrigad a la Virgen entre vuestros brazos). Y luego están los últimos versos que emocionan aún más. La palabra árabe aljófar (perla irregular y también el conjunto de esas perlas) es un hallazgo poético. Las lágrimas del Niño son el aljófar. Coged el aljófar (sigue invocando a las nocturnas estrellas) de los ojos claros. Y, al final, el lenguaje claro y exacto que solemos identificar con el auténtico refinamiento: Mirad que es tesoro de precio tan alto / que una gota suelda todos nuestros daños.
Sandro Botticelli, Natività mistica (1501). National Gallery (Londres, Reino Unido).
El texto, que se conserva en una recopilación manuscrita de la primera mitad del siglo XVII titulada Romances y letras de a tres voces, dice así:
Soberana María, con vuestro canto, arrullad a mi niño, no llore tanto.
Nocturnas estrellas que en dulce descanso reposáis los cuerpos del largo cansancio, ¿cómo a Dios eterno le dejáis llorando? Arrullad a mi niño, no llore tanto.
Templad las escarchas del invierno helado que el infante tierno es Rey delicado; abrigad la Virgen entre vuestros brazos. Arrullad a mi niño, no llore tanto.
Coged el aljófar de los ojos claros; mirad que es tesoro de precio tan alto, que una gota suelda todos nuestros daños. Arrullad a mi niño, no llore tanto[1].
[1] Tomo el texto de la web de Carlos Ruiz de Arcaute, pero modernizo las grafías y regularizo la puntuación. Ahí pueden encontrarse más datos sobre la colección Romances y letras de a tres voces, y también escucharse el villancico y descargarse la partitura.
Escuchad, hermanos, una gran noticia: «Hoy en Belén de Judá os ha nacido el Salvador».
¡Muy feliz Navidad a todos los lectores y amigos insulanos!
Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad…, y desde el blog vamos a celebrar el Nacimiento del Señor, como otros años, con algunos poemas de temática navideña, de diversas épocas, autores y estilos. Comenzaremos hoy con este hermoso villancico anónimo del siglo XVII, cuyo texto se nos ha transmitido en varios testimonios, que ofrecen ligeras variantes en las coplas, pero todas ellas de escasa trascendencia.
Luca Giordano, La Adoración de los Pastores (c. 1688). Musée du Louvre (París, Francia).
Monterilla de plumas y pellico de armiños[1] quiérole yo para mi pastorcito; zurroncillo moteado, cayadito florido quiérole yo para mi pastorcito. ¡Ay, qué agraciado! ¡Ay, qué pulido! ¡Ay, que tirita de frío! Niño, no llores; calla, bien mío, que ya los pastores te traen dones ricos. Si estás desnudito, que te abrigue tu Madre, Cuerpo de Cristo. Niño, no llores; calla, bien mío, que aquí traigo yo para tu desabrigo monterilla de plumas y pellico de armiños; zurroncillo moteado, cayadito florido, ¡quiérole yo para mi pastorcito!
Coplas
[1.ª]
No ven cómo llora el rapaz pulido y es más hombre cierto[2] que su Padre mismo. Mírenle cuál tiembla desnudito al frío, siendo un rayo hermoso, siendo un fuego vivo. De una palomita nos dicen que es Hijo, y a mí me parece que es un corderito. Luego bien le aplico monterilla de plumas y pellico de armiños. ¡Quiérole yo para mi pastorcito!
[2.ª]
Si como un gigante corrió su camino, ¿para qué esta noche se nos hace niño? Allá hacía cielos, estrellas y signos, y acá se nos viene a hacer pucheritos[3]. Si una corderita le sacó de quicio, sepa que en la tierra mejoró de impíreo[4]. Luego bien le aplico zurroncillo moteado, cayadito florido. ¡Quiérole yo para mi pastorcito!
[3.ª]
Para que le admiren llama [a] pastorcitos y también a reyes[5]. ¡Oiga el señorito! Quéjase que el mundo no le ha conocido[6] y ángeles y luces lo dicen a gritos: ¡Venga norabuena hacia nuestro aprisco[7], cuide el zagalejo de su ganadito! Luego bien le aplico monterilla de plumas y pellico de armiños. ¡Quiérole yo para mi pastorcito![8]
[1]pellico de armiños: pellico es zamarra de pastor, hecha de pieles; el yo lírico desea que sea de armiños (una piel de alta calidad) para ofrecérsela al Niño Jesús recién nacido, igual que desea que la monterilla (prenda de abrigo para la cabeza), que habitualmente se hace de paño, vaya adornada de ricas plumas. Nótese la acumulación de léxico del ámbito pastoril en estos primeros versos del villancico.
[3]hacer pucheritos: amagar el llanto. Estos versos expresan bella y poéticamente la doble naturaleza de Cristo, que siendo un Dios todopoderoso, autor de la Creación, pasa a adoptar la naturaleza humana de un desvalido infante recién nacido («se nos hace niño»).
[4]impíreo: lo mismo que empíreo, el más alto de los cielos, sitio de la presencia plena de Dios.
[5]llama [a] pastorcitos / y también a reyes: todo el género humano, sin distinción de clases, está llamado a la redención.
[6]Quéjase que el mundo / no le ha conocido: cfr. Juan, 1, 10-11: «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron».
[7]aprisco: redil o majada, paraje donde los pastores recogen el ganado para resguardarlo de la intemperie.
[8] Recogido en el trabajo «Francesc Valls (ca. 1671-1747). Obras en romance conservadas en el archivo musical de Canet de Mar. Edición crítica de Lola Josa y Mariano Lambea», pp. v-vi, disponible en DigitalCSIC. Tomo el texto de ahí, modificando ligeramente la puntuación y quitando la tilde a «qué» en el v. 9 y añadiéndosela a «como» en el primer verso de la primera copla. En ese trabajo se puede ver una anotación más detallada del texto, la mención de las fuentes textuales y la transcripción poético-musical de este «Tono a solo al Nacimiento de Cristo» musicado por Francesc Valls.
De Federico García Lorca, y con relación a la presencia de Sevilla como tema en la literatura, ya ha quedado transcrito su «Poema de la saeta», composición incluida Poema del cante jondo (obra escrita en 1921, pero no publicada hasta diez años después, en 1931). Hoy traigo estas «Sevillanas del siglo XVIII», que es una de las diez piezas de su «Colección de Canciones Populares Antiguas», grabadas por el sello La Voz de su Amo, en 1931, interpretadas por La Argentinita (voz, castañuelas y taconeo), con arreglos y el acompañamiento al piano del propio Federico.
Puente de Isabel II o de Triana (Sevilla).
¡Viva Sevilla! Llevan las sevillanas en la mantilla un letrero que dice: ¡Viva Sevilla!
¡Viva Triana! ¡Vivan los de Triana, los trianeros! ¡Vivan los sevillanos y sevillanas!
Lo traigo andado. La Macarena y todo lo traigo andado. Cara como la tuya no la he encontrado. La Macarena y todo lo traigo andado.
¡Ay río de Sevilla, qué bien pareces, lleno de velas blancas y ramos verdes![1]
[1] Cito por Federico García Lorca, Poesía completa, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2013, pp. 759-760.
Este cuarto domingo de Adviento nos deja ya a las puertas de la Navidad. Llegamos, pues, al final de este esperanzado camino que nos sirve de preparación para conmemorar la venida al mundo del Mesías Salvador, el Redentor del género humano. Y para cerrar este ciclo poético del Adviento 2024, traigo hoy el soneto «Soy Adviento», del jesuita Pedro Miguel Lamet[1], que dice así:
¡Cómo me gusta andar por los caminos, sentir bajo mis pies latir al mundo, mirar al horizonte en lo profundo y respirar el aire de los pinos!
¡Cómo me calma de mis desatinos marchar de paso como un vagabundo, mientras, sin pensar, los ojos hundo en reflejos de amores tan divinos!
Pues de pronto comprendo iluminado que en caminar consiste nuestra vida hacia la luz del gran descubrimiento,
puesto que andando advierto que he llegado; y en el buscar presiento la venida. Nací para esperar, pues soy Adviento[2].
[1] Lamet es autor de un hermoso tríptico de sonetos de Adviento, dedicados a «Isaías», «María» y «Juan el Bautista», incluidos en su libro La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, pp. 71-73.
En el poema número 4, el poeta (el yo lírico) entra en comunicación con un tú, el de la mujer amada, del que pondera su «crecida belleza». El poeta sigue estando en soledad y apartamiento, como indican las imágenes «este nido apartado / de mi vida», «mi fuego / silenciado», «el hundido / fondo de mi sentida / rosa»[1]. El poeta es feliz apartado, mientras que la amada es rosa «enarbolada / en la labrantía de mi terruño pecho». El poeta anuncia que de su «mar recóndito» saldrá «el agudo coral de mi alma, / penetrado en tu más divino verbo»[2].
Después (poema 5), el poeta se dirige a un interlocutor distinto, la «hora desmedida» que vibra «la raíz última de mi último poema». El destinatario es un tanto ambiguo: ¿se sigue refiriendo a la amada o se trata de una alusión a la hora final de la muerte? Sea como sea[3], anuncia «mi deseo / de armar las cosas con mis labios» en «este gris otoño / en que todo pardea», de «llenar con tu fruto / mi vuelo vacío».
El poema 6 es una composición altamente afirmativa: «mi rosa plena en su perfume», «el lejano fuego de mi palabra», «tu pereza / bella en el lindo marco de mi ensueño», «comienzo a ser hombre», «siento / inmensamente todo / lo alumbradizo y callado que todos / llevamos guardado», «mi tesoro / de hombre se va aclarando»… La composición se remata con un bello final, en el que el yo lírico es un «ermitaño puro» que tiene su sol guardado, es decir,
el reflejo agrandado del Dios que en nuestra sangre hermanado quiso abrir en nosotros su caudal de fuego. Tengo el soñar eternizado del mundo en mis labios sinceros retornado.
Luego de esta alusión al Dios humanado (que reaparecerá en distintos poemarios), encontramos en el poema 7 que el poeta se siente «huido del mundo»; afirma: «ya niño estoy disolviendo / las cosas al mirar», y también que quiere «tener presta mi pobre esperanza», «mis sangrantes / labios llenos de fuego»; con el deseo de que «enflore mi pecho calado», de que pueda ser en todo y llorar «en esta canción que han plantado en mis manos»[4].
[1] La rosa será un símbolo tradicional reiterado en la poesía de Amadoz (véase Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 67, nota 35).
[2] «Llama la atención del lector atento la riqueza interior en la que todo, las cosas todas, incluso Dios, cobran nueva expresividad y se convierten en símbolos de lo individual intransferible. […] La amada se convierte así en ‘la raíz última de mi último poema’, es decir que ella es ella y es, también, la creación última de él» (Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 64).
[3] Fernández González, en «Río Arga» y sus poetas, p. 65, lo entiende referido a la amada: «Amor profundo, exento del entusiasmo erótico de otros poetas, pero que supone una entrega total […]. Alguien diría que estos versos resuenan con ecos románticos o de “dolce stil nuevo”. Y sin embargo no responden sólo a una idealización que llega hasta “el centro” sino que nos es devuelta revestida de las cosas y purificada».
[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.