«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (1)

La amiga del Rey, de Eduardo Galán FontEn esta comedia en dos actos, escrita en solitario por Eduardo Galán[1], el fondo histórico tiene mucho mayor peso; la acción se ambienta en primavera de 1628. Felipe IV está casado con Isabel de Borbón, hermana de Luis XIII de Francia. España vive sumida en la miseria y la corrupción, bajo el poder del valido, el conde-duque de Olivares. Felipe IV, despreocupado de las tareas de gobierno, se dedica a ganarse el calificativo de «el rey galante», con que fue conocido, siendo una de sus últimas conquistas la actriz María Inés Calderón, apodada «la Calderona». Fruto de su relación con ella nacerá un hijo, Juan de Austria, en 1629, que sería reconocido varios años después, en 1642. La actriz fue encerrada en un convento del valle de Utande, en la Alcarria, donde llegó a ser abadesa. Todos estos datos históricos los recoge la comedia y puede afirmarse que, en conjunto, el autor consigue un alto grado de veracidad, resultando patente el esfuerzo de documentación llevado a cabo. Eso sí, en su interpretación de los hechos Eduardo Galán carga las tintas en el retrato negativo de Olivares —verdadero protagonista ausente de la obra—, lo mismo que en el del monarca, como veremos.

Como recuerda Fernández Insuela, la obra fue redactada entre noviembre de 1993 y abril de 1994 y obtuvo el Premio «García Enrique Llovet» de la Excelentísima Diputación Provincial de Málaga correspondiente a ese año 1994. El mencionado crítico habla de la «notable complejidad y riqueza temáticas» de la pieza, por la imbricación en ella de un doble plano, el de lo público y el de lo privado, en las relaciones de los personajes: entre el rey y la actriz se abre el foso de la diferencia de clases, a lo que hay que añadir el hecho de que él sea casado. Pero, además de esa relación entre Felipe IV y la Calderona, hay otras acciones dramáticas, secundarias aunque conexas entre sí, que llegan a hacer sombra a la principal por su alto interés dramático. Desde el punto de vista estructural, cabe destacar la importancia de la última escena, que Fernández Insuela califica como «de auténtica maestría compositiva» (p. 23): basada en la técnica del «teatro dentro del teatro», la mezcla de ficción y realidad es completa, y en ella se decide el destino de la protagonista, que queda derrotada en sus objetivos, pero vencedora en su lucha por la dignidad personal. Otros aspectos generales que deberíamos destacar son la soltura de los diálogos y el sabio aprovechamiento de la cultura aurisecular (no solo la literatura, también las costumbres, la «intrahistoria» del periodo en que la pieza se ambienta), perfectamente asimilada por el dramaturgo. Un buen ejemplo es la construcción del personaje de Madre Apolonia, claro homenaje a la Celestina (cfr., por ejemplo, la p. 87)[2] .


[1] Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

«La posada del Arenal» de Eduardo Galán y Javier Garcimartín (y 4)

El conde-duque de OlivaresLa posada del Arenal nos interesa sobre todo aquí como antecedente de La amiga del Rey. Hay dos aspectos concretos que luego Eduardo Galán desarrollará en su comedia en solitario, La amiga del rey: la figura de Olivares y el personaje de la Calderona[1]. Así, se alude a los comentarios que circulan en los mentideros madrileños sobre la privanza del Conde-Duque (p. 21)[2] y Petra comenta que es soberbio y que busca el poder a toda costa. Respecto a la cómica, unos hombres comentan lo «bien dotada» que está, y una mujer les encarece la cautela, «que la Calderona es ahora la amiga del rey» (p. 17). Poco después, al comienzo del acto primero, don Lope, para ganarse a sus criados, les dice que les llevará al corral del Príncipe y Luzmán pregunta: «¿A ver a la Calderona?» (p. 22).


[1] También el nombre y el carácter del personaje Luzmán, que traslada a La amiga del Rey.

[2] Manejo estas ediciones: Eduardo Galán y Javier Garcimartín, La posada del Arenal, Madrid, Sociedad General de Autores de España, 1994; Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

«La posada del Arenal» de Eduardo Galán y Javier Garcimartín (3)

Respecto al contenido histórico de esta obra de Eduardo Galán y Javier Garcimartín, hemos de recordar que la mayor parte de la acción tiene lugar en la madrileña posada que le da título, en el año de 1622, durante el reinado de Felipe IV. Los autores destacan en una nota inicial, bajo el epígrafe de «Escenografía»: «La acción transcurre en el primer tercio del siglo XVII, en una época de contradicción entre los sueños imperiales de la España heroica y guerrera, y la mísera realidad de hambre y desengaño que padece el pueblo» (p. 13)[1].

Fiesta de toros en MadridLo histórico de esta comedia hay que buscarlo en el ambiente: el mal olor de las calles de Madrid, los peligros de las mismas, el esplendor del teatro, las fiestas de toros en la Plaza Mayor, alusiones más concretas a la canonización de San Isidro… También se introducen distintos datos costumbristas que contribuyen a crear el denominado «color local»: la mención de que la villa y Corte está llena de pedigüeños y labradores (p. 20), la descripción de algunas comidas de la época (p. 20), las visitas al trapillo (p. 21), la carestía de los coches de caballos (p. 30), notas sobre el traje de camino (p. 31), el sagrado que para los malhechores constituían las iglesias (p. 32), la alta estima de los españoles en América (p. 36), los comentarios de Zósimo –que se considera un profesional de los ajustes de cuentas–, sobre el trabajo como actividad deshonrosa propia de criados y comerciantes, incompatible con la rancia nobleza de los hidalgos, etc.


[1] Eduardo Galán y Javier Garcimartín, La posada del Arenal, Madrid, Sociedad General de Autores de España, 1994. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

«La posada del Arenal» de Eduardo Galán y Javier Garcimartín (2)

BaúlesLa trama de La posada del Arenal, obra escrita de forma conjunta por de Eduardo Galán y Javier Garcimartín, se sostiene en una serie de equívocos de identidades (Mateo se disfraza de Casilda y Beatriz finge ser Francisco) y en la confusión de tres baúles, uno que contiene el dinero, otro en el que Francisco se finge muerto y otro con el equipaje de Beatriz. El criado Luzmán creerá que Francisco ha sido asesinado por Zósimo, y luego, al encontrarlo vivo, dará en imaginar que ha resucitado y que la posada está endemoniada y habitada por espectros. Mateo se asustará al pensar que se ha enamorado de un hombre (en realidad, ha quedado prendado de Beatriz, que se ha vestido como Francisco). Esta circunstancia permite la introducción de constantes réplicas humorísticas; así, por ejemplo, cuando Mateo descubra la verdad al soltarse la dama el cabello, comentará aliviado: «¡Qué angustia! Llegué a pensar que era maricón» (p. 70)[1].

En este juego consistente en dosificar la información, el espectador siempre sabe más que los personajes que están sobre las tablas. De forma similar, Beatriz creerá arder en deseos por una mujer, Casilda (que, como sabemos, es Mateo). Al final, todos estos malentendidos y engaños se aclaran, como explicita Luzmán: «Entre unos y otros lograron confundirme. Que vuestras mercedes no han hecho más que engañarse y engañarme para conseguir en su provecho la fortuna que no merecían» (p. 93). En efecto, a lo largo de la representación la posada se ha transformado en un escenario cuasi-mágico donde todos los enredos, trampas y confusiones resultaban factibles: «En esta posada, Luzmán, todo es posible», afirma Francisco (p. 64); «esta posada parece un laberinto», subraya Mateo (p. 86).


[1] Cito por Eduardo Galán y Javier Garcimartín, La posada del Arenal, Madrid, Sociedad General de Autores de España, 1994. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

«La posada del Arenal» de Eduardo Galán y Javier Garcimartín (1)

La posada del Arenal, de Eduardo Galán y Javier GarcimartínEsta obra escrita en colaboración por Eduardo Galán y Javier Garcimartín fue estrenada el 16 de septiembre de 1990 en el Teatro Cervantes de Alcalá de Henares[1]. La introducción de José María Torrijos a la edición del texto, «Una posada del Madrid eterno» (pp. 9-11), pone de relieve que la codicia humana es la clave de este «disparatado y divertido juguete». Se trata, en efecto, de una pieza de enredo (de «enredo amoroso y mercantil» habla Luzmán al dirigirse al público en la p. 15) que constituye, a su vez, un bello homenaje a nuestra comedia aurisecular.

La pieza está ambientada en el siglo XVII, pero no posee el calado histórico de La amiga del Rey porque aquí la intención de los autores es otra: divertir al espectador con una pieza cómica. Así pues, La posada del Arenal no es, en sentido estricto, una obra de teatro histórico: se trata, más bien, de una comedia humorística que, partiendo de situaciones y sentimientos contemporáneos, se ubica en una época pasada. Los personajes, bien caracterizados, responden a patrones de la literatura de nuestro Siglo de Oro (sobre todo el criado Luzmán, que recuerda al clásico «gracioso»; el viejo verde y avaro don Lope; el fanfarrón Zósimo, que tiene como modelos más preclaros a los valentones de las jácaras y la literatura picaresca; o el estudiante sevillano Mateo, de idéntica prosapia literaria), pero el tema tratado, la sátira de la codicia humana, alcanza resonancia y validez universales.

Todos los personajes se guían por su deseo de obtener dinero, y varias de sus réplicas ponen de manifiesto la importancia que le conceden en su escala de valores. Así, don Lope dirá: «El placer es efímero; la dicha es poseer sin límites» (p. 26), aunque luego añada, hipócrita, que «la codicia no es buena consejera» (p. 42; pero cuando se trata, claro, de la codicia de otros personajes); Zósimo reconoce que «por dinero se mueve el mundo» (p. 61), Mateo asegura que «lo importante es el oro» (p. 82), y Casilda declara: «Al fin y al cabo, el oro es mi único amor» (p. 87). Al final, todos ellos quedarán burlados, pues el baúl con el preciado oro que perseguían va a parar, por equivocación del criado Luzmán, a las aguas del Manzanares, sin posibilidad de ser recuperado[2].


[1] Eduardo Galán y Javier Garcimartín, La posada del Arenal, Madrid, Sociedad General de Autores de España, 1994.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

Datos biográficos de Eduardo Galán

Eduardo Galán Font nació en Madrid en 1957[1]. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid en 1979. Profesor agregado de Lengua y Literatura Españolas en Institutos de Bachillerato desde 1981, ha impartido diversos cursos y seminarios en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Ha sido coordinador del Seminario Didáctico Permanente de Lengua y Literatura del Colegio de Doctores y Licenciados de Madrid (entre los años 1983-1990) y miembro del Consejo de Redacción de revistas de teatro como Primer Acto (Madrid) y Estreno (Pennsylvania State University). Ha colaborado, además, de en esas dos revistas citadas, en otras como Arbor, República de las Letras, Revista de Literatura, Teatra, etc. Eduardo Galán se ha encargado de la información y comentarios teatrales en el diario Ya (septiembre de 1988-agosto de 1990), de la sección de teatro de La Guía del Ocio de Madrid (septiembre de 1990-septiembre de 1991), de la misma sección de El Semanal (desde octubre de 1993), y desde octubre de 1991 publica artículos literarios y de opinión en el diario ABC.

Eduardo Galán Font

De 1996 a 2000 fue Subdirector General de Teatro en el Ministerio de Educación y Cultura. En 1996 fue nombrado Presidente de la Asociación Española de Teatro Infantil y Juvenil (ASSITEJ), cargo que ejerció durante dos años. Es socio fundador de la productora Secuencia 3 Artes y Comunicación. Reside en Madrid, donde ejerce como profesor de Lengua y Literatura en el Instituto Beatriz Galindo[2].

Como podemos apreciar, Eduardo Galán es un «hombre de teatro», y su relación con el mundo de la escena se ha establecido desde muy distintas perspectivas: la de profesor de literatura, la de crítico teatral, la de autor dramático, la de responsable público en la Administración del Estado… Centrándonos en su faceta como autor dramático, hay que recordar que Galán cuenta en su haber con varios títulos de obras representadas, a saber: La posada del Arenal, dirigida por Fernando Rojas, estrenada el 16 de febrero de 1990 en el Teatro Salón Cervantes de Alcalá de Henares (Madrid); Pareja de damas, dirigida por Pilar Ruiz, que se estrenó el 31 de enero de 1992 en el Centro Cultural de Majadahonda (Madrid); El espantapájaros de Mojapiés, que, dirigida por Luis Dorrego, se estrenó el 14 de mayo de 1992 en el Paraninfo de la Universidad Complutense de Madrid, a cargo del Grupo de Teatro de las Universidades Norteamericanas Reunidas; Anónima sentencia, dirigida por Enrique Belloch, cuyo estreno tuvo lugar el 25 de septiembre de 1992 en la Sala Trapezi de Valencia; La silla voladora, representada por vez primera el 8 de octubre de 1994 en la Sala San Pol de Madrid; La viuda es sueño, adaptación de la obra de Tono y Jorge Llopis, estrenada en Santander el 11 de diciembre de 1992; y Mujeres frente al espejo, estrenada el 10 de abril de 1996 en el Teatro Alcázar de Madrid, bajo la dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente. A estos títulos hay que añadir el de otras piezas inéditas, como La sombra del poder (escrita también, como La posada del Arenal, en colaboración con Javier Garcimartín), que fue accésit del «Premio Calderón de la Barca» 1988; y En busca del sí de las niñas, cuyo estreno estaba previsto para la temporada 96-97[3].

También cuenta Galán en su haber con una novela infantil; y como estudioso de la literatura española, ha preparado distintos libros con las «claves» para la lectura de La Celestina, Los intereses creados, La casa de Bernarda Alba, Tiempo de silencio o San Manuel Bueno, mártir, ha editado los Dramas rurales de Jacinto Benavente y una antología de Teatro realista de hoy, y ha escrito introducciones para distintas obras de José Luis Alonso de Santos. En fin, es autor –con la colaboración del director de escena Juan Carlos Pérez de la Fuente– del ensayo Reflexiones en torno a una política teatral.

Respecto a su trayectoria teatral, Fernández Insuela[4] ha destacado que Eduardo Galán forma parte de una generación de dramaturgos que se incorpora al mundo del teatro «en un ambiente de libertad, muy lejos de las dificultades y trabas ideológicas con las que tenían que luchar antes de 1975» otros autores españoles. Pese a ello, nuestro autor sigue de cerca la tradición de un teatro de denuncia que utiliza «como un medio de fustigar las deficiencias de la sociedad española», con tres modalidades de obras dramáticas: la comedia costumbrista con ribetes de drama, la comedia histórica y el teatro infantil[5].


[1] Aprovecho la «Bio-bibliografía de Eduardo Galán» publicada por Antonio Fernández Insuela en las pp. 25-28 de su edición de La amiga del Rey, Murcia, Universidad de Murcia, 1996.

[2] Tomo estos datos más recientes sobre el autor de su ficha personal en Wikipedia, donde se puede ver un listado actualizado de sus obras.

[3] Respecto a La amiga del rey, según me explica Eduardo Galán, iba a ser estrenada en el mes de octubre de 1996 en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, pero el proyecto quedó abandonado al ser nombrado el autor para el cargo oficial que pasó a ocupar en el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música. Finalmente, fue estrenada en la muestra de teatro de Colegios Mayores «Elías Ahuja», por el grupo no profesional «La ratonera».

[4] En la «Introducción» citada a La amiga del Rey, pp. 9-28.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

Los dramas históricos de Eduardo Galán

Eduardo Galán FontEn las próximas entradas pretendo un acercamiento a los dramas históricos de Eduardo Galán La posada del Arenal y La amiga del Rey. Empleo la etiqueta «dramas históricos» en un sentido amplio, con el significado de ‘piezas dramáticas de ambientación histórica’, pues las dos obras mencionadas no son dramas en el sentido estricto del término. Hay además una diferencia esencial entre ambas: la primera, escrita en colaboración con el actor Javier Garcimartín, es una comedia de ambiente —no de contenido— histórico[1]: el siglo XVII sirve como mero telón de fondo a los hechos que se representan, y su intención es fundamentalmente humorística, sin que tenga mayor importancia el retrato de hechos y personajes históricos. En cambio, en La amiga del Rey este último aspecto alcanza profundidad mayor, constituyendo una pieza a la que, con todo rigor, se le puede aplicar el calificativo de «histórica». Por ello, mi acercamiento a La posada del Arenal será más somero, para centrarme en el análisis de La amiga del Rey[2]. Pero antes de entrar en materia, repasaré —en la próxima entrada— los principales datos bio-bibliográficos del autor[3].


[1] Véase el trabajo de Kurt Spang «Apuntes para la definición y el comentario del drama histórico», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

[2] No comentaré La sombra del poder, otra pieza histórica de Galán y Garcimartín, que permanece inédita y versa sobre el amor del conde de Villamediana por Isabel de Borbón, «sueño imposible» que motiva su asesinato, urdido —en esta versión literaria de los hechos— por el conde-duque de Olivares.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

Expresividad romántica en los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda

Romanticismo hay también, en estas piezas dramáticas de Gertrudis Gómez de Avellanedaen el nivel de la expresión; así, encontramos el empleo de dos muletillas muy características: una, el sorpresivo grito de «¡Es ella!» (en Saúl, p. 179b; Egilona, pp. 15a y 31b; Baltasar, pp. 199b, 227b y 241b; El Príncipe de Viana, p. 86b); otra, la frase «Ya es tarde» —u otra similar—, que lanza un personaje para borrar en otro el último rastro de esperanza que quedarle pudiera (Baltasar, IV, 1 y en p. 244a).

Lasciate ogni speranza

Dejando aparte el empleo de algunos arcaísmos, para reforzar la ilusión de antigüedad (magüersic, por maguer—, aquesto, infelice, priesa, do, agora, mesmo…), o la adjetivación, tan característica siempre en estas obras («hórrido secreto», «criminal unión», «ponzoñoso germen», «pérfidas promesas», «ceguedad funesta», «tropel insano», «delirio ciego»…, ejemplos de Egilona), cabe destacar el tono exclamativo y entrecortado que caracteriza determinados pasajes. Así, en esa misma obra, este parlamento de Rodrigo en presencia de Caleb, que viene a libertarlo:

Salvarla quiero: de mis brazos caigan
estos hierros infames: cual el rayo
rápido mi furor hiera, devore
al enemigo vil. ¿Cómo dilato
su castigo cruel?… Siento la sangre
mis venas abrasar… ¿Cómo no lavo
con la suya el baldón?… Corra a torrentes:
ya la demandan los iberos campos,
y el lecho y trono que manchó su crimen,
de esa sangre también están avaros.
Yo sólo, sólo yo verterla debo…
ardiendo está el puñal; mas apagarlo
quiero en su corazón… ¿quién me detiene?
¿quién me detiene? ¿quién?… ¿dónde me hallo?…
¡Estos hierros aún!

Como podemos apreciar, el tono y los recursos retóricos se aúnan para tratar de expresar el estado anímico del personaje: las interrogaciones retóricas, las reticencias, los continuos encabalgamientos y las pausas internas en muchos de los versos, logran crear un ritmo que transmite de forma expresiva y acertada la duda y la perplejidad, el desasosiego y la impaciencia de don Rodrigo[1].


[1] Cito por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda: otras características románticas

Aparte de en las estructuras que he ido mencionando en entradas anteriores, el carácter romántico de los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda queda patente en el gusto por los escenarios sombríos, como la «lóbrega cárcel» de don Rodrigo en el cuadro I del acto III de Egilona; no es solo la acotación, sino las propias réplicas de los personajes las que nos ofrecen datos de esa prisión. Por ejemplo, cuando Rodrigo se encara, en escena efectista, con las cadenas que lo sujetan: «¡Este fuego voraz en que me abraso / tus eslabones derretir no puede!» (p. 42a). Lo mismo sucede con la prisión del Príncipe de Viana (comienzo del segundo acto), o con la de Joaquín en Baltasar, acto I, escenas 1-5; la acotación indica que se trata de una «lúgubre estancia», y el diálogo de los personajes lo corrobora: «Cárcel tenebrosa», «Impura mazmorra», «esta mazmorra en que respiras / atmósfera letal», «prisión / tan horrible» viciada por «infecto vapor», etc.

Mazmorra

También romántico es el gusto por la noche, siempre adecuada para sombrías empresas o melancólicos pensamientos:

¡Silencio, soledad, muros espesos!…
¡todo es propicio!… Con su negro manto
cubre la noche las tinieblas frías
de esta horrible mansión que convidando
parece estar a los misterios tristes (Egilona, p. 39b).

Y más tarde:

                          …con su opaco
velo la noche tu camino cubre;
muda su voz, los fúnebres arcanos
nunca vendió de la esperanza impía,
y siempre fue del asesino amparo (p. 43a).

Otra característica muy repetida en las obras de los autores románticos es el hecho de hacer coincidir el estallido de una fuerte tempestad con los momentos climáticos de furia ciega, de pasión incontrolada, de crímenes violentos: en Saúl, la tormenta se desata en el momento en que el protagonista se rebela contra Dios al hacer los sacrificios prohibidos (acto I, escenas 5-9). En Baltasar, acto IV, el salón del banquete aparece alumbrado por la «siniestra luz de los relámpagos», y los truenos van creciendo en intensidad (así lo indica una acotación) hasta que la tempestad estalla con toda su fuerza al producirse el sacrilegio (escena 8). Lo mismo sucede un momento antes de producirse el asesinato de Fronilde en Munio Alfonso (fin del acto III).

En fin, respecto al empleo de disfraces, cabría mencionar únicamente en Baltasar, II, 4 el hecho de que Rubén asista disfrazado de esclavo babilonio a la fiesta del rey, para advertir a Elda que está en peligro su inocencia. Como empleo del fuego para suscitar situaciones dramáticas, solo el incendio del palacio de Baltasar, al que prende fuego Nitocris (acto IV, escenas 12 y 13) al producirse la invasión extranjera[1].


[1] Cito por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

Prendas y objetos simbólicos en los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda

El uso de prendas y objetos simbólicos adquiere cierta importancia en algunos de estos dramas de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Por ejemplo, en El Príncipe de Viana, acto II, escena octava, Carlos da a Isabel el anillo de su madre; más tarde, en III, 13, besa la mano de Isabel y dice: «En mi anillo os dejo un gaje / de esperanza y de amor» (p. 88a). Aquí el anillo no ejerce otra función dramática sino la de simbolizar el amor, malogrado, entre ambos jóvenes. Algo similar sucede en Baltasar, I, 5; Elda protesta: «¡Juro conservarme fiel / a Dios, mi patria y mi amor» (p. 202b); entonces Rubén le da su mano «ante mi padre y el cielo» y Joaquín, con sus manos sobre sus cabezas, bendice «su casta y eterna unión» (p. 202b). La sencilla ceremonia matrimonial es rubricada por la entrega, por parte de Rubén, del anillo que perteneció a su madre.

Anillo

Una nueva sortija en Recaredo: este da su anillo a Bada (p. 105b), y ella le pide que no olvide su promesa: «Queda para siempre aquí, / como tu imagen, impresa» (p. 105b). La mención de este anillo sí que tiene más adelante una función específica, ya que sirve para que Bada pueda entrar en palacio e impedir la traición de Agrimundo, cuando ya estaba todo preparado para el asesinato de Recaredo (II, 9). Y otro anillo, con función similar, aparece en Egilona; en I, 3 Abdalasis le entrega su sello real, símbolo de su poder:

Y porque nadie en tus piedades trabas
pueda oponer jamás, orne tu diestra
el áureo anillo que doquier se acata,
prenda de autoridad, de mando insignia:
de todo mi poder depositaria
te hago al cederte tan preciosa joya (p. 16a).

Egilona lo utilizará para ordenar la libertad de Rodrigo, presentándolo a Caleb, quien acatará su autoridad: «Ese sagrado símbolo respeto» (p. 33a)[1].


[1] Cito por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.