«El mariscal de Virón»: del modelo serio a la versión paródica

Anteriormente[1], el dramaturgo Juan Pérez de Montalbán[2], también editor y biógrafo de Lope de Vega, había publicado una comedia seria homónima de nuestra burlesca, que alcanzó un gran éxito ya que se reimprimió varias veces entre 1632 y 1652[3].

El mariscal de Virón, de Juan Pérez de Montalbán

La seria «cuenta la historia de Biron, ese gran señor del tiempo de Enrique IV de Francia, a quien su dudosa actuación le valió el patíbulo»[4]. En efecto, el monarca francés tuvo al mando de su ejército a Charles de Gontaut, Barón y Duque de Biron (1562-1602). Hijo de Armand de Gontaut, Charles se ganó el favor del rey por sus numerosas victorias. En 1592, después de la muerte de su padre, fue nombrado mariscal y en 1598 Duque y Par de Francia. Secretamente, el Duque de Saboya, Charles Emmanuel I, le ofreció la mano de su hija en matrimonio a cambio de información sobre los planes de la armada francesa. Biron fue encarcelado y condenado a muerte por su traición a la Corona, y decapitado en La Bastilla en 1602.

Charles Gontaut, mariscal de Biron

La versión burlesca mantiene el aire histórico[5] de la seria, pero aquí no encontraremos a «ese gran señor» que fue el mariscal, ni al distinguido rey Enrique IV, sino a una serie de personajes ridículos y hasta grotescos que, en una continuada sarta de disparates, protagonizan la Comedia burlesca del mariscal de Virón[6].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Para este autor, remitimos al Portal a él dedicado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Juan Pérez de Montalbán, dirigido por Claudia Demattè, donde el lector interesado encontrará datos sobre su vida y obra, bibliografía, imágenes, etc.

[3] Salvador Crespo Matellán, La parodia dramática en la literatura española, menciona impresiones en las Partes veinticinco y cuarenta y cuatro de Partes de afuera, Zaragoza, 1632, 1633 y 1652; también en el primer tomo de Comedias de Montalbán, Madrid, 1635, 1638 y 1652, y Valencia, 1652. Ver Esther Borrego Gutiérrez y María Moya García, «Fortuna editorial y escénica de Juan Pérez de Montalbán en los siglos XVII y XVIII: el caso de El mariscal de Virón», en José María Díez Borque (dir.), Álvaro Bustos Táuler y Elena Di Pinto (eds.), Miscelánea teatral áurea, Madrid, Visor Libros, 2015, pp. 27-46. Se ha conservado una Relación del Mariscal de Biron, Sevilla, por Francisco de Leefdael, s. a.

[4] Charles V. Aubrun, La comedia española (1600-1680), Madrid, Taurus, 1968, p. 152. Citado por Crespo Matellán, La parodia dramática en la literatura española, p. 25. Nosotros mantenemos en el título y en el texto de la comedia la forma españolizada Virón.

[5] Frédéric Serralta la clasifica como comedia de tipo histórico junto con El rey don Alfonso, el de la mano horadada, en su artículo «Comedia de disparates», Cuadernos Hispanoamericanos, 311, 1976, p. 451.

[6] Las citas serán por la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

«El mariscal de Virón», comedia burlesca: datos externos, texto y autoría

La Comedia burlesca del mariscal de Virón, de don Juan de Maldonado[1], parodia de la homónima seria de Juan Pérez de Montalbán[2], fue impresa, con su loa, en Madrid en 1658, en la Parte duodécima de Comedias nuevas escogidas de los mejores ingenios de España. Fue reimpresa en Madrid, 1679, en Primavera numerosa de muchas armonías lucientes, en doce comedias fragantes. Parte duodécima. El texto de la comedia, que se conserva también en una suelta (s. l., s. e., s. a.) y en un manuscrito de la Biblioteca March (sign. 19-5-15, I-IV, fols. 50r-64r), consta de 1997 versos, y la loa de 298[3].

Comedias burlescas GRISO

Sobre el autor de El mariscal de Virón, Juan de Maldonado, se sabe muy poco. No debió de ser muy conocido en su época, al menos no se han conservado muchos textos suyos. Sabemos que escribió, junto con Diego la Dueña y Jerónimo de Cifuentes, otra comedia burlesca, La más constante mujer, publicada en la Parte once de Comedias nuevas escogidas de los mejores ingenios de España (Madrid, 1659)[4]. En cuanto a posibles representaciones de El mariscal de Virón, no disponemos de datos que las confirmen; en la edición de 1658 se presenta bajo el marbete de «comedia famosa»[5], epígrafe que solía aplicarse a las comedias ya estrenadas. De ser así, probablemente fuera puesta en escena durante unas Carnestolendas, época en que solían representarse estas comedias burlescas. De hecho, las alusiones carnavalescas son muy abundantes a lo largo de la obra, como veremos en próximas entradas.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Para este autor, remitimos al portal a él dedicado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Juan Pérez de Montalbán, dirigido por Claudia Demattè, donde el lector interesado encontrará datos sobre su vida y obra, bibliografía, imágenes, etc.

[3] Hay edición moderna: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

[4] Ver Salvador Crespo Matellán, La parodia dramática en la literatura española, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1979, p. 25.

[5] Este adjetivo aparece en el encabezado de los folios en «vuelto».

Lope de Vega y Juan Pérez de Montalbán

Si atendiéramos a los grados de admiración mostrados por Lope, Juan Pérez de Montalbán habría de ocupar el primer puesto[1].

Juan Pérez de Montalbán

El padre de Juan, Alonso Pérez, era importante impresor y editor que tenía relación muy estrecha con Lope de Vega, muchas de cuyas obras salen en las prensas de Pérez o bajo su responsabilidad de editor (las partes de comedias 11, 12, 13, 14, 16, 18, 19 y 20, La Filomena, La Circe, La Dorotea, Rimas humanas y divinas, y hasta la Fama póstuma, impresa en 1636).

La presencia de Lope en la vida del joven Juan Pérez y el trato familiar que debió de existir se suman a la indudable admiración que siente el discípulo por el maestro, lo que da pie a burlas como las de Quevedo, quien en la feroz Perinola contra Montalbán llama a este «retacillo de Lope de Vega».

Sin poner en duda la parte de originalidad que le corresponda a una obra muy estimable, como la que se debe a la pluma de Montalbán, la influencia de Lope es muy importante (aunque no la única). En numerosos documentos, dedicatorias, cartas, etc. se trasluce esta amistad y el aprecio mutuo, cada uno en su nivel, que unió a ambos.

Notables elogios de Montalbán incluye en la dedicatoria de La francesilla, texto con toda la pedantería cultista de la que hace gala Lope a menudo, en el que profetiza a Montalbán grandes resultados de su ingenio:

… aumentó mi afición al ingenio de vuestra merced el día que en el Real Monasterio de las Descalzas de Madrid […] defendió aquellas conclusiones y respondió a los argumentos de tan insignes varones con tanta valentía, que si antes amaba a vuestra merced por las obligaciones que reconozco a su padre, ahora le amo a él por vuestra merced […] Las artes se llamaron liberales porque convienen al hombre libre, por opinión de Séneca, Hoc est (dice el filósofo) sapientem, sublimem, fortem, magnanimun caetera pusilla, et puerilia sunt. Pero vuestra merced nos da tales esperanzas, que se puede entender de su natural virtud de sus pocos años lo que dijo San Agustín, que Juventus et senium simul esse possunt in animo, y por eso dijo también Ausonio…

Lope aprueba con grandes elogios los Sucesos y prodigios de amor de Montalbán, y lo incluye también en el Laurel de Apolo (silva VII), aunque en este tipo de textos es difícil separar lo que de sincero podía haber entre la retórica convencional del género. Pero de todos los abundantes materiales que no hace al caso copiar aquí se desprende de forma indudable el afecto y la admiración que fundamentan estas relaciones. Quizá hubiera esperado Montalbán el apoyo de Lope en la furiosa polémica en torno al Para todos, ridiculizado por Quevedo hasta los extremos más crueles, pero Lope tenía que maniobrar difícilmente para no dañar sus buenas relaciones con Quevedo, que era mal enemigo, y prefirió quedarse al margen.

Pero sea como fuere es obvio que Montalbán admiraba y quería a Lope, y siempre lo manifestó hasta la compilación de la Fama póstuma, que se inicia con una biografía que es más bien una hagiografía de Lope, y en la que se pueden leer encomios incesantes del Fénix: Montalbán se califica de jardinero cuidadoso «deste literario Retiro»

para lisonja de los cuatro trozos del orbe donde está esparcida la inmortalidad de su fama y para que sepan todos el amor verdadero que siempre le tuve, venerándole por mi amigo y por mi maestro, pues lo fue de todos […] alcanzó por sus aciertos un modo de alabanza que aun no pudo imaginarse de hombre mortal, pues creció tanto la opinión de que era bueno cuanto escribía, que se hizo adagio común para alabar una cosa de buena, decir que era de Lope. […]

Lope de Vega solo monta más que todos los poetas juntos […] el más insigne varón que han conocido y venerado entrambos mundos […] A los últimos acentos de la Fama póstuma, que aunque indigno coronista de tan gran héroe escribí a persuasión de mis obligaciones, luego que me templó el dolor de mi sentimiento la segura esperanza de su muerte felice, todos los ingenios de Europa previnieron a un tiempo mismo las lágrimas al dolor, los suspiros a la pena, los afectos a la voluntad y los conceptos a la pluma para cantar y llorar juntamente la memoria y la ausencia del más raro varón que nació al mundo…


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y el gremio literario: amistades y enemistades

Laurel de Apolo

Genus irritabile vatum, sentenció Horacio[1]. Muy pronto se irritan los poetas. No soportan la competencia en la fama, en los mecenas, en la popularidad que alcanzan entre doctos o vulgares. Siempre hay motivos para el menosprecio. Si se declara la valía de alguien es, bien porque sería ridículo negársela —hasta tal extremo ha conseguido un poeta como Lope ser reconocido como un fénix y monstruo admirable—, bien porque se puede ser condescendiente desde las alturas con la turba de los demás, que no llegan a amenazar a los supremos —algo de eso hay también en el Laurel de Apolo del mismo Lope.

El ambiente literario se anima con las polémicas en torno a la nueva poesía de los cultos, capitaneados por Góngora, y en ese marco se azuzan las enemistades y proliferan las sátiras. Tendremos ocasión de comprobarlo en próximas entradas.

Lope tuvo admiradores y enemigos, cuyas listas incluirían a todos los poetas de la época, porque la importancia de su figura no permite a nadie mantenerse al margen. Siendo la literatura su vocación, las luchas literarias en las que se ve inmerso componen una parte indispensable de su biografía y de su actividad social e intelectual.

Podríamos tomar como un índice de las amistades —poco fiable por obedecer a muy distintas circunstancias— a los participantes (más de ciento cincuenta, probablemente los amigos de Montalbán más que de Lope) en la Fama póstuma que recopila Pérez de Montalbán o a los mencionados en el Laurel de Apolo, cuya misma prolijidad (unos trescientos poetas alaba en estos versos Lope) le quita valor significativo.

Sea como fuere, y sin ánimo de exhaustividad ninguna, observaremos algo aleatoriamente las relaciones que mantiene Lope con algunos de los poetas coetáneos suyos, y de qué manera esas relaciones se manifiestan en los textos poéticos o polémicos del tiempo.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y el mecenazgo (1): introducción

El caso de Lope en relación con el fenómeno del mecenazgo es uno de los más significativos de su época[1]. Aunque sus ingresos no parecen escasos, sus gastos eran más. Pérez de Montalbán, en la Fama póstuma, habla de las economías de Lope con tonos admirativos:

Fue el poeta más rico y más pobre de nuestros tiempos. Más rico porque las dádivas de los señores y particulares llegan a diez mil ducados; lo que le valieron las comedias, contadas a quinientos reales, ochenta mil ducados; los autos seis mil; la ganancia de las impresiones mil y seiscientos, y los dotes de entrambos matrimonios siete mil, que hacen más de cien mil ducados, fuera de doscientos y cincuenta de que le hizo merced su majestad en una pensión de Galicia […] sin otras liberalidades secretas de tanta cantidad, que hablando una vez el mismo Lope de las finezas del duque, su señor, aseguró que le había dado en el discurso de su vida veinticuatro mil ducados en dinero…

Monedas

Sin embargo, a juzgar por las quejas que disemina el poeta, en bastantes ocasiones sufrió dificultades, seguramente exageradas para provocar la generosidad de sus mecenas. Se vislumbra, además del objetivo de conseguir beneficios materiales y respaldo social, una fascinación de Lope por el mundo aristocrático, que en el caso de sus relaciones con el duque de Sessa derivan a un tono de verdadera autohumillación.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Publicaciones póstumas de Lope de Vega

Al año siguiente de la muerte del Fénix, en 1636, el doctor Juan Pérez de Montalbán, da a las prensas su Fama póstuma a la vida y muerte del doctor frey Lope de Vega Carpio, breve biografía y recopilación de numerosos «elogios panegíricos» de muy diversos autores[1].

La vega del Parnaso, de Lope de Vega

En fin, en 1637 aparecen póstumas su égloga Filis y La vega del Parnaso. Este libro sale con la autorización de Luis de Usátegui, marido de Feliciana (la hija de Lope), quien lo dedicará al duque de Sessa, aludiendo a «la afición que Vuestra Excelencia ha mostrado siempre a los escritos de Frey Lope Félix de Vega Carpio, mi señor, y las mercedes que en su vida recibió de esas generosas manos». De carácter recopilatorio (además de algunas comedias incluye sus últimos poemas), Lope había estado trabajando en esta obra los últimos años de su vida, y ya en 1633 había anunciado su preparación. Por ello, puede considerarse La vega del Parnaso como su testamento literario.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

El entierro de Lope de Vega

Al funeral de Lope de Vega acude todo Madrid[1]. La procesión da un rodeo para pasar por el convento de sor Marcela, su hija, que así lo ha solicitado. El Fénix es enterrado solemnemente en la parroquia de San Sebastián.

Iglesia de San Sebastián de Madrid

El fervor popular es inmenso. El testimonio de un contemporáneo, Francisco Ximénez de Urrea, indica que «hubo muchas mujeres. Acabaron [el entierro] a las dos de la tarde, y a las cinco de la mañana no se podía entrar en la iglesia». De nuevo es Pérez de Montalbán quien ofrece en su relato detalles muy puntuales, tanto del entierro como de las honras fúnebres celebradas en los días posteriores:

Tratose de su entierro, de que se encargó el señor Duque de Sessa, como su dueño y albacea, y como tan magnánimo príncipe, y determinose para el martes siguiente a las once. Repartiéronse muchas limosnas de misas, que es la más importante honra para el que yace. Convocose todo el pueblo sin convidar a ninguno; vinieron cofradías, luces, religiosos y clérigos en cantidad, la Orden de los Caballeros del hábito de San Juan, la de los Terceros de San Francisco, la Congregación de los Familiares [del Santo Oficio] y la de los Sacerdotes de Madrid, compitiendo piadosamente sobre quién había de honrar sus hombros con llevar su cuerpo, y consiguiolo la Venerable Congregación de los Sacerdotes. Empezose el entierro según estaba prevenido, y fue tan dilatado, que estaba la cruz de la parroquia en San Sebastián y no había salido el cuerpo de su casa, con ser tanto el distrito y haber rodeado una calle a petición de Soror Marcela de Jesús, religiosa de la Trinidad descalza y muy cercana deuda del difunto, que gustó de verle. Las calles estaban tan pobladas de gente, que casi se embarazaba el paso al entierro, sin haber balcón ocioso, ventana desocupada ni coche vacío. Y así, viendo una mujer tanta grandeza, dijo con mucho donaire: «Sin duda este entierro es de Lope, pues es tan bueno.» Iban con luto al remate del acompañamiento don Luis de Usátigui, yerno de Lope, y un sobrino suyo en medio del señor Duque de Sessa y de otros grandes señores, títulos y caballeros. Llegaron a la iglesia, recibioles la Capilla Real con música. Díjose la misa con mucha solemnidad, y al último responso, viéndole quitar del túmulo para llevarle a la bóveda, clamó la gente con gemidos afectuosos. Depositose en el tercero nicho por orden del señor Duque de Sessa, con permisión del doctor Baltasar Carrillo de Aguilera, cura propio de la parroquia de San Sebastián, y con declaración de la justicia por el secretario Juan de Piña. Vaciole en cera la cabeza Antonio de Herrera, excelentísimo escultor de Su Majestad, y despidiéronse los amigos, llorando la soledad que les hacía Lope, como quien echa menos una joya que le han hurtado.

Prosiguiéronse las honras hasta el novenario, con la misma costa y autoridad de música y cera que el primer día, y dilatose el funeral último ocho días porque estaba ausente el Padre Fray Ignacio de Vitoria y era el elegido para el sermón, con mucho gozo suyo y de todos los discretos, que a una voz dijeron que tal orador merecía tal difunto, y tal difunto era digno de tal orador. Entretanto que se esperaba este gran día, quiso la Venerable Congregación de los Sacerdotes cumplir con los honores de su hermano amantísimo. Aderezose la iglesia de San Miguel lo mejor que se pudo, sin exceder las órdenes limitadas en la premática. Cubriéronse de luto los bancales del coro, donde asistían los congregantes con sobrepellices, en compañía del licenciado Josef de las Cuevas, su capellán mayor. Acudió gran número de gente, hasta no caber más en la iglesia, con muchos señores que, a lisonja del señor Duque de Sessa y a devoción de Lope, se convidaron ellos mismos. Dijo la misa de pontifical don Fray Gaspar Prieto, obispo de Alguer y electo en Elna. Y predicó el sermón el doctor Francisco de Quintana, de quien me holgara, si fuera posible en mi amor, ser hoy su mayor enemigo, para ponderar sin sospecha de pasión alguna la pureza en el lenguaje, la cordura en el asumpto, la profundidad en los pensamientos, la ternura en las admiraciones, y sobre todo el hablar a propósito, cumpliendo siempre con su entendimiento y su voluntad, que cuando se juntan, todo se acierta.

El lunes siguiente, a las ocho de la mañana, con el deseo de oír al Padre Ignacio de Vitoria, estaba ocupada toda la iglesia, sin que faltase príncipe grande, caballero entendido, cortesano curioso y hombre de buenas letras, unos llevados de la obligación y otros traídos de la curiosidad. Vino la Capilla, cantó el introito. Salió a decir la misa el doctor don Cristóbal de la Cámara y Murga, obispo de Salamanca, si bien el tumulto de la gente ni dejó atender a la misa ni dio lugar a escuchar la música. Púsose en el púlpito el sutilísimo agustino de nuestros tiempos, con muy buena gana de hacer alarde, como lo hizo, de su voluntad en alabanza de un varón tan famoso y en lisonja de un auditorio tan lucido. Mas fue tanto el ruido de los mal acomodados, la inquietud de los que llegaron tarde, el cansancio de los que fueron temprano, el aprieto de algunos y el calor de todos, que no dejó gozar universalmente de la doctísima oración, si bien los que la oyeron bastaron a informar a los demás de lo agudo de sus conceptos, de lo extraño de sus novedades, de lo noticioso de sus letras, de lo gallardo de sus acciones y de lo eminente de sus idiomas, y después lo harán a mejor luz los caracteres de plomo vaciado en la inmortalidad de la estampa.

Al siguiente día dispuso la piadosa Cofradía de los Representantes los honores funerales, con tanto lucimiento como gasto. Vistiose de pontifical para celebrar el mayor sacrificio don Fray Micael de Abellán, obispo de Siria. Cantó la Capilla Real como siempre, sin faltar ninguno de los mejores, con que hicieron la iglesia cielo, y predicó el muy reverendo Padre Fray Francisco de Peralta, antorcha angélica de su sagrada religión de predicadores, y predicador tan felice en esta ocasión, que aun la muda retórica del silencio no basta a ponderarle, porque oró tan a propósito de los méritos del sujeto, tan a medida del gusto de los señores, tan conforme al talento de los doctos, tan bastante al melindre de los entendidos, tan copioso al afecto de los apasionados y tan ajustado al genio de los vulgares, que no pudiendo los unos y los otros sufrir tanto género de sutilezas sin pagárselas de contado, introdujeron en el templo un género de ruido devoto y un linaje de rumor ponderativo, cuyas inquietas admiraciones empezaron en aplausos públicos y acabaron en vítores disimulados. Con que se dio fin a sus exequias, pero no a sus honras, pues ahora las harán eternas con sus elogios panegíricos los divinos Apolos de Manzanares, a imitación del tracio Orfeo, que a pie llevaba tras sí los montes con la dulcísima consonancia de sus himnos.

Sin embargo, el Consejo de Castilla prohibió el homenaje previsto por el Ayuntamiento de Madrid, por la razón que apunta Felipe Pedraza:

Sin duda, las altas esferas no perdonaron al poeta, ni aun después de muerto, la vida irregular que había llevado.

El duque de Sessa, que había costeado las honras fúnebres, incumple en cambio su promesa de edificarle un mausoleo en sus estados, y en alguna de las muchas revueltas del tumultuoso siglo XIX sus restos desaparecen, mezclados con otros en el osario de la parroquia de San Sebastián.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Muere Lope de Vega en 1635

El alma de Lope está cansada, muy cansada[1]. Será ya muy poco lo que escriba, y no alcanzará a ver publicada la Parte veintiuna de sus comedias, que saldría póstuma. Nos acercamos al final de sus días. El 25 de agosto de 1635 sufre un desmayo que le obliga a guardar cama. Al día siguiente firma y rubrica su testamento como «frey Lope Félix de Vega Carpio, presbítero, de la sagrada religión de San Juan», en el que deja por heredera universal a su hija Feliciana. El 27, a las cinco y media de la tarde, Lope muere después de setenta y tres años y nueve meses de una densa y apasionante vida, repleta de amores y de literatura.

Lope de Vega

Pérez de Montalbán en su Fama póstuma relata con prolijos detalles estas postrimerías de la biografía lopesca. Cedámosle a él la palabra:

Había de morir Lope muy presto, y su corazón, que profeta lo adivinaba, enviábale los suspiros adelantados, porque tuviese los desengaños prevenidos, pues a diez y ocho del mismo mes, viernes, día de San Bartolomé, se levantó muy de mañana, rezó el oficio divino, dijo misa en su oratorio, regó el jardín y encerrose en su estudio. A mediodía se sintió resfriado, ya fuese por ejercicio que hizo en refrescar las flores, o ya, como afirman los mismos de su casa, por otro más alto ejercicio hecho tomando una disciplina, costumbre que tenía todos los viernes en memoria de la Pasión de Cristo Nuestro Señor, y averiguado con ver, en un aposento donde se retiraba, salpicadas las paredes y teñida la disciplina de reciente sangre. Así la virtud suele disimularse en los que son buenos, sin hacer ruido ni andar melancólicos ni mal vestidos, que la virtud no está reñida con el aseo que se queda en el término de la modestia. Y si la mortificación es indicio de la santidad, también es instrumento de paliar los vicios la hipocresía. Con sentirse indispuesto Lope y tener licencia para comer carne por un corrimiento que padecía en los ojos, comió de pescado, que era tan observante católico, que hacía escrúpulo, aunque lo mormurase su achaque, de faltar a las órdenes de la Iglesia. Estaba convidado para la tarde para unas conclusiones de medicina y filosofía, que defendió tres días el doctor Fernando Cardoso, gran filósofo y muy noticioso de las buenas letras, en el Seminario de los Escoceses; y hallose en ellas, donde le dio repentinamente un desmayo, que obligó a llevarle entre dos de aquellos caballeros a un cuarto del doctor don Sebastián Francisco de Medrano, muy amigo suyo, que está dentro del mismo seminario, donde sosegó un poco hasta que en una silla le trujeron a su casa. Acostose, llamaron los médicos, que, informados de que había comido unos huevos duros y unos fideos guisados, presumiéndole embarazado del estómago, le dieron un minorativo para purgalle, y luego, porque la calentura lo pedía, le sangraron, si bien le descaeció la falta de la sangre, aunque no era buena. Pasó acaso por la misma calle el doctor Juan de Negrete, médico de cámara de Su Majestad, que este título y sus aciertos son buenas señas de su talento, de su ciencia y de su experiencia, y diciéndole que estaba Lope de Vega indispuesto, le entró a ver, no como médico, porque no era llamado, sino como amigo que deseaba su salud. Tomole el pulso, viole también la fatiga del pecho, reconoció la calidad de la sangre y previno el suceso, diciéndole con mucha blandura que le diesen luego el Santísimo Sacramento, porque servía de alivio al que había de morir y de mejoría al que había de sanar. «Pues V. M. lo dice —respondió Lope muy conforme—, ya debe de ser menester», y volviose del otro lado a pensar bien lo que le esperaba.

Despidiose el doctor, y advirtió que tuviesen cuidado con él, porque estaba acabando. Con esto vino a la noche, con la solemnidad que suele, el Viático santísimo del cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, que recibió con reverencia y lágrimas de alegría, agradeciéndole la visita, pues así le daba a entender que, como quien quiere honrar al huésped que espera, le sale al camino y le acompaña hasta llevarle a su palacio, así su Divina Majestad venía a recibirle hasta dejarle en las celestes moradas de su eterna gloria. Quedó más sosegado por dos horas, pero luego se conoció el peligro evidente y le trujeron el último remedio de la Santa Extremaunción. Recibiola, llamó a su hija, echola su bendición y despidiose de sus amigos, como quien se partía para una jornada tan larga. Consolose mucho con el maestro Josef de Valdivielso, porque, ayudándole en aquella congoja, le dijo en pocas palabras muchas razones que le sirvieron de dotrina y de alivio. Preguntó por el Padre Fray Diego Niseno, a quien quería y reverenciaba juntamente, por haberle tratado muchos años y haber leído todos sus escritos, y por el Padre Maestro Juan Baptista de Ávila, de la Compañía de Jesús, porque quien en vida le advirtió como docto de muchas cosas importantes a su salvación y a su crédito, mejor lo haría en la muerte como religioso y como entendido. Mas no logró su justo deseo, por estar entonces el Padre Niseno ausente, y el Padre Ávila enfermo en la cama. Encargó al señor Duque de Sessa, como a su dueño y su testamentario, que siempre le asistía sin faltarle un punto, el amparo de su hija, doña Feliciana de la Vega. Aconsejó a todos la paz, la virtud y el cuidado de sus conciencias. Díjome a mí que la verdadera fama era ser bueno, y que él trocara cuantos aplausos había tenido por haber hecho un acto de virtud más en esta vida, y volviéndose a un Cristo crucificado, le pidió con fervorosas lágrimas perdón del tiempo que había consumido en pensamientos humanos, pudiendo haberle empleado en asumptos divinos; que aunque mucha parte de su vida había gastado en autos sacramentales, historias sagradas, libros devotos, elogios de los santos y alabanzas de la Virgen Santísima y del Niño recién nacido en todas sus fiestas, quisiera que todo lo restante de su ocupación fuera semejante a esto. Resignó en las manos de Dios su voluntad; prometió no ofenderle jamás, aunque viviera muchos años; arrepintiose de haberle ofendido dolorosamente; confesó que era el mayor pecador que había nacido en el mundo; hizo un acto de contrición en que tuvieron más parte las lágrimas que las razones; llamó en su ayuda los santos de su devoción; invocó la piedad de la Virgen sacratísima de Atocha, a quien pidió que, pues había sido siempre su valedora, que lo fuese también entonces, y pues tenía en sus brazos al Juez de su causa, que intercediese por él al darle la sentencia. Dejáronle reposar un poco, porque dio a entender que se fatigaba; pasó la noche con inquietud y amaneció el lunes ya levantado el pecho, y tan débil, que la falta de la respiración no le dejaba formar las palabras, si bien tuvo siempre libres las potencias y muy prompto el sentido para responder a los que en aquel aprieto asistían a sus últimas congojas, que eran siempre el señor Duque de Sessa, el señor don Rafael Ortiz, recibidor de la Orden de San Juan, don Francisco de Aguilar, el Maestro Josef de Valdivielso, el doctor Francisco de Quintana, el licenciado Josef de Villena, el secretario Juan de Piña, don Luis Fernández de Vega, Alonso Pérez de Montalbán, su confesor, muchos religiosos de todas órdenes y el Reverendísimo Padre Provincial, Fray Juan de Ocaña, que con su espíritu, como de predicador tan grande, le esforzaba para que pasase aliviado aquel preciso y temeroso trance. En efecto, oyendo psalmos divinos, letanías sagradas, oraciones devotas, avisos católicos, actos de esperanza, profesiones de fe, consuelos suaves, cristianas aclamaciones y llantos amorosos, los ojos en el cielo, la boca en un crucifijo y el alma en Dios, espiró la suya al eco del dulcísimo nombre de Jesús y de María, que a un mismo tiempo repitieron todos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Apuros económicos: Lope dilapida su dinero

Por lo demás, Lope gana bastante dinero con sus comedias, pero lo dilapida, porque es generoso en extremo[1]. Así lo refiere Pérez de Montalbán en su Fama póstuma:

Fue el poeta más rico y más pobre de nuestros tiempos. Más rico, porque las dádivas de los señores y particulares llegan a diez mil ducados; lo que le valieron las comedias, contadas a quinientos reales, ochenta mil ducados; los autos, seis mil; la ganancia de las impresiones, mil y quinientos, y los dotes de entrambos matrimonios, siete mil, que hacen más de cien mil ducados, fuera de docientos y cincuenta de que le hizo merced Su Majestad en una pensión de Galicia; ciento y cincuenta de una capellanía que le cupo en Ávila, por antigüedad de criado de don Jerónimo Manrique; cuarenta de una casa pequeña que tenía junto a la calle de la Cruz; trecientos de una prestamera que le dio en un lugar suyo el Excelentísimo Señor Duque de Sessa, su amigo, su valedor, su dueño y su heroico mecenas, y más, cuatrocientos ducados para su plato de muchos años a esta parte, porque le dijo que no quería escribir más comedias; sin otras liberalidades secretas, de tanta cantidad, que hablando una vez el mismo Lope de las finezas del duque su señor, aseguró que le había dado en el discurso de su vida veinte y cuatro mil ducados en dinero, grandeza digna solamente de príncipe tan soberano, que con esto se dice todo. Y fue también el más pobre, porque fue tan liberal que casi se pasaba a pródigo y tuvo tan encendida caridad que jamás le pidió pobre limosna en público o en secreto que se le negase, antes bien se la daba doblada si era vergonzante, y si conocía que llegaba la necesidad a estrema, le vestía desde el zapato hasta el sombrero. Hacía en su oratorio muchas fiestas a los santos, y con más virtuoso exceso la de Cristo Nuestro Señor en su nacimiento, buscando para esto no solo figuras comunes, sino de costa, de novedad y de riqueza. Convidaba a los amigos sin tasa en el regalo. Gastaba en pinturas y libros sin reparar en el dinero, y así le vino a quedar tan poco de cuanto tuvo, que apenas dejó seis mil ducados en casa y muebles.

Y los apuros vienen también porque en ocasiones el duque de Sessa, pese a lo afirmado por Montalbán, ofrecía con cuentagotas su apoyo económico. Lope seguirá aferrado a su ideal de dorada medianía, como expresan los tercetos del soneto «Discúlpase el poeta del estilo humilde», incluido en las Rimas de Tomé de Burguillos:

Entre tantos estudios os admire,
y entre tantas lisonjas de señores,
que de necesidad tal vez suspire;

mas tengo un bien en tantos disfavores,
que no es posible que la envidia mire:
dos libros, tres pinturas, cuatro flores.

Jardín de la casa de Lope de Vega

[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Antecedentes de la novela histórica: historias novelescas del XVII

En el siglo XVII se siguen cultivando los temas del rey don Rodrigo (Jaime Bleda: Corónica de los moros en España) y del pastelero de Madrigal (otra anónima Historia de Gabriel de Espinosa, de 1683); se introducen otros de la antigüedad clásica (Séneca y Nerón, de Fernando Álvaro Díez de Aux, La Fénix troyana, de Vicente Mares); proliferan las historias bíblicas, de bandoleros y de santos (El hijo de David, de Juan de Baños de Velasco, Gustos y disgustos del Lentiscar de Cartagena, de Ginés Campillo de Baile, Soledades de Aurelia, de Jerónimo Fernández de Mata, El piadoso bandolero, de Juan Pérez de Montalbán, El bandolero, de Tirso de Molina).

Gustos y disgustos del Lentiscar de Cartagena

Hay que mencionar también las Historias peregrinas y ejemplares de Gonzalo de Céspedes y Meneses, que son seis episodios históricos ocurridos en otras tantas ciudades; y existen otras obras que reconstruyen la historia, bastante fantaseada, de alguna ciudad: Historia de las grandezas de la ciudad de Ávila, de Luis Ariz, Antigüedad y excelencias de Granada, de Francisco Bermúdez de Pedraza. No podemos olvidar en este recorrido por el XVII las importantes obras de Cristóbal Lozano, pues recogen leyendas e historias en las que se inspirarían los escritores románticos (en particular Zorrilla y Fernández y González): Los reyes nuevos de Toledo, David perseguido, El rey penitente David arrepentido y David más perseguido. Una nueva novela morisca es La historia de los dos enamorados Ozmín y Daraja, incluida en el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.