La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Pasión oculta» (2000-2002) (y 3)

«Para un amor ya lejano», que sigue con el tú como interlocutor o destinatario de sus versos, tiene un hermoso comienzo: «Me habías llenado mis ojos / de ternura»[1]. El poeta se siente como «un niño pequeño / acurrucado en la tormenta de tus pechos»; la posibilidad de la pérdida de la amada, antes meramente apuntada, se hace aquí real y concreta: «renuncié a tu amor / en aquel otoño de hojas barridas», «mi corazón impenetrable ya no era tuyo…», y además:

Necesité perderte
para que tu pérdida
se convirtiera en verdadera ternura,
como antiguo soplo de mar
embravecido.

Arsen Davtyan, Mar embravecido (José Art Gallery)
Arsen Davtyan, Mar embravecido (José Art Gallery).

«Coso de luces» lleva un lema que equipara la belleza de la amada con un instrumento que el amante debe pulsar para obtener una hermosa música. De nuevo se reitera ese tú femenino y aparecen imágenes relacionadas con el mundo del toreo: «me he vestido de luces», «coso», «arena caliente», junto con otras que sugieren la sensualidad de los encuentros amorosos: «ardiente páramo», «alba de perfumes», «lecho frutal de sol y cedros», «tierra fértil / y labios de granada», etc.

Muy hermoso es «Para un atardecer de nuestras vidas», que comienza así:

Para un atardecer,
calado por ti hasta el tuétano
de tu hermosura,
fecunda savia de mujer,
de pájaros silvestres,
que a mis ojos me pían.
En aquel atardecer
había algo más,
pero eras tú misma,
repleta de todo,
de todo lo que podías darme,
eras un cántaro de deseos,
una belleza perennemente anhelada.

Sigue evocando «tu hermosura de terciopelo»; él era entonces «un dios suplicante / amordazado por tu hermosura» y ahora sigue siendo un niño:

Hoy,
no puedo amarte,
tan sólo, porque fueras compendio
de mis deseos,
te amo por tu ausencia desnuda,
por tu presente lejanía,
por todo lo que fuiste,
por lo que todavía sigues siendo.

Se reitera una imagen anunciada antes (la amada como un «ramaje misericorde» que da cobijo al poeta). En la parte final, el yo lírico la imagina «cansada de tu belleza» y la convoca para la eterna cita,

allí, donde el viento se serena,
allí, en el camino seductor
donde te escondes,
cálida y silenciosa,
ante la eterna cita.

Por último, «Poemas crepusculares» agrupa una serie de seis poemas: «Amante prado» (se refiere al que acogió «el ardor de unos cuerpos / de placer silenciado», que se va a repetir a manera de leitmotiv en estos versos); «Así lo obscuro desvanece» («se abre la mañana / de cuerpos, todavía, calientes»); «La noche multiplica sus ojos» (se insiste en esa hierba que acoge sus «labios de miel» y «tantas tempestades / de sal, espuma y fuego»); «La noche es como una acogida» (los amantes están «enhebrando los prados / en caricias de ardiente deseo»); «Arrepentida la campana de lejanía» (al amanecer, tañe una campana y se evocan «cuerpos y ternura / que todavía duermen»); y, por último, «Cómo se habitúa presto» (la mañana ha terminado de despertarse, la campana sigue sonando y de nuevo, sobre la hierba del «prado mañanero», adquiere forma el cuerpo de la amada, «tu cuerpo que se estremece», al tiempo que se pondera «el instante eterno hecho gozo / como un dios empequeñecido»).

Como vemos, pues, el poemario se remata con esa misma exaltación del amor físico, del instinto, del goce de los cuerpos, que aparecía con fuerza en la primera de las composiciones y que ha recorrido todo el libro. Cabe destacar, en fin, que Pasión oculta no describe en todo caso una pasión de madurez, sino más bien una pasión del pasado evocada apasionadamente desde la madurez[2].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Pasión oculta» (2000-2002) (2)

Después de tres poemas construidos en estilo versolibrista, «Me hablaban luz y viento» inaugura un segmento de poemas de metros cortos[1]. El poeta evoca primero las «lejanas tardes» en las que se le aparecía «la fe / de tus palabras / saltarinas y fuego» (de nuevo se dirige a ese tú femenino de la mujer amada). En «Mas no era todo así», la fuerza del amor es tal, que —se nos dice— tiene poder sobre la muerte, que parece no existir; en cualquier caso, se contrapone una primera parte positiva, en la que se afirma que el amante ha navegado «por tus ardientes dunas», y una final en la que queda «el poso de tu ausencia». Estos dos poemas forman una especie de serie junto con «Miraba al cielo» (evocación de la «espera frustrada» en la que «siempre tu canción vencía, / pisoteaba mi nombre»); «Salíamos los dos» (los amantes son «remeros sin remo, / rehenes sin rescate»); «Adiós a la noche» (se habla de «el holocausto / de nuestras vidas» y de «nuestro arrepentimiento»); «Que llegue el milagro» (la amada, de la que se predica «tú siempre eres la misma», se equipara con mujeres bíblicas: Sara, Ruth, Rebeca; el amor entre ellos era suficiente para «poner alas al fuego, / para obligar el corazón / derecho / al canto vivo / de las mil vendimias»); «Y qué seguros» (muestra líricamente la seguridad de los cuerpos «en aquella tarde de lluvia / con los corazones traspasados / por el eco de nuestros besos»); y «Adiós a los viejos prados» (serie enumerativa de cosas de las que el poeta se despide, que se remata con el «adiós a los púdicos e irresueltos, / a los que temen el milagro / de amarse»).

Pareja besándose bajo la lluvia

«Poemas encadenados» se presenta bajo un lema que habla de la voluptuosidad de la noche y de lunas ardientes: «ahora que todo parece acabarse», ahora que está escrita «la página gris / de mis días sin retorno», ahora que sus manos están quebradas, sus huesos retorcidos y sus venas desgastadas, el poeta evoca «aquellos días» de amorosos juegos con los cabellos y labios de la amada, el «regazo acariciador / del amor lejano», la pasión de los cuerpos fundidos en la noche desnuda, para concluir que «todavía tus senos / hablan hermosos».

En «Así creciste en el amor» el yo lírico se dirige de nuevo a ese tú femenino correspondiente a la mujer amada. La idea que se destaca es doble: por un lado, la de la profunda unión de los amantes en el pasado y, por otra, el deseo de una de sus noches de pasión («tú y yo unidos / en la prisa de nuestro deseo», «aguijón de llama», «sedientos / en límite de brasa y fuego», «la cosecha oculta / de nuestros deseos», «tú y yo interminables, / juntos», «el oscuro bosque del deseo», «alborozo de caricias»…). Evoca también «tu belleza interminable / de tus senos abiertos / como odres deseables» y «los transidos caminos de tu cuerpo».

«Pájaros de fuego» se presenta bajo un lema de Jorge Guillén que reitera esa idea del yo y el tú de los amantes, juntos y solos. Son siete secuencias numeradas en romanos que nos presentan un amor prístino, a la manera del de Adán y Eva («rubia y obscura música / de Génesis», dice el poema). Se acumulan en él diversas imágenes positivas referidas a la amada (nido y ramas, huerto, lluvia mansa, flores…) y se anticipa una posible pérdida de ese amor. Habla de «tu belleza hecha noche», desea estar «al otro lado del rubicón de tus brazos» (juega con la frase hecha cruzar el Rubicón, que alude a la toma de una decisión importante que no tiene vuelta atrás), recuerda «tanto atardecer / hecho “for your love”» y, en suma, pondera ese «tú y yo, / solos, / tiernamente apresados para siempre»[2].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Pasión oculta» (2000-2002) (1)

En una primera lectura, es este un poemario[1] que puede sorprender al lector: el tema del amor no se había hecho presente, al menos no con la intensidad con que aquí aparece, en la poesía anterior de Amadoz[2], mientras que en esta nueva obra muchos de los poemas llaman la atención por la “carnalidad” de sus versos, que cantan y evocan el goce del amor físico. Son, en efecto, composiciones que se pueblan de besos y caricias: el título nos anuncia una Pasión oculta[3] y, ciertamente, el tono general es apasionado, pleno de sensualidad y sensorialidad. Aquí el poeta evoca un amor pasado, lejano en el tiempo, pero no en el corazón. Con frecuencia el yo lírico se dirige a un tú femenino, que es el que despierta su deseo. El conjunto se tiñe de un aire —podríamos decir— genesíaco: el poeta y la amada vienen a ser una especie de Adán y Eva que viven su amor total aislados del mundo y de los demás, en un paradisíaco ambiente de Génesis… Externamente, el libro está formado por treinta y dos poemas no numerados, en los que alternan las formas versolibristas y los metros cortos.

Muy bella es la composición que abre este libro poético, «Hay en la noche», que anuncia y describe ya esa pasión oculta de los amantes:

Hay en la noche una pasión oculta de los amantes,
hay en la noche una suprema rotundidad que acerca los cuerpos y los enciende.

Amantes

La amada es evocada como una «circe dorada por el sol de la playa», y se acumulan expresiones de clara referencia a la pasión sexual: «besos y abrazos», «pasión desbordada», «una caricia inacabada», «la rotundidad de los labios y la brasa calcinante de los besos», «una extraña permisión de besos», «hay una pasión escondida que enhebra los cuerpos y los lanza concupiscentes», «una pasión sin censura que cierra la noche en rotundidad plena»[4]. En fin, todo el poema, de versos desbordados en su medida y en su contenido, es de una recia rotundidad, de enorme fuerza poética. Además la composición es especialmente bella porque nos enseña que «nadie es viejo en el amor y la ternura».

«Escorzos para un amor» lleva un lema que nos sitúa en esa misma órbita del amor y del deseo. Está formado por diez secuencias numeradas en romanos. El poeta se dirige ahora a un tú femenino («tu circe»), a esa mujer que llama y hace creador al amante: «al fin te creé de nuevo al rumor callado del viento». El tono sensual y erótico que veíamos en el primer poema se reitera claramente aquí en la secuencia VII, que describe el encuentro físico de los amantes, y en el final, cuando todo culmina con un «se duermen los soles y tú caes entre besos de alborozo».

«Amantes», presidido por un lema de Rilke, se construye como un apóstrofe a los amantes jóvenes, a los que el poeta maduro les pide el secreto de sus noches, y les dice:

… sois el banquete de este vicio de ser hombre,
la sabiduría oculta del peregrinaje sordo de este mundo extinto,
almas sujetas y encadenadas en un roce permanente que viajan sin destino[5].


[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Cabe exceptuar el segundo apartado de Sangre y vida, «Transfondo de mujer», donde sí apreciábamos esa sensualidad del amor físico.

[3] Es un sintagma que se repite en la obra de Amadoz: el segundo poema de «De mi recogida belleza», de Sangre y vida, comenzaba así: «Sigo recreándome solo, en esta / mi pasión oculta»; y «Pasión oculta» se titula el noveno de los Poemas para un acorde transitorio, dedicado al nacimiento de uno de sus nietos.

[4] Apreciamos, incluso, alguna imagen plenamente surrealista, por ejemplo cuando habla de una «rotundidad dichosa de pies desmelenados», imagen muy adecuada a la situación, a la fuerza de la pasión que se desea transmitir.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

«Melchor», de Victoriano Crémer

Vaya para hoy, solemnidad de la Epifanía del Señor —la manifestación de Cristo a todos los pueblos del mundo, representados en los tres reyes de Oriente— un poema de Victoriano Crémer (Burgos, 1906-León, 2009). El texto, perteneciente a su poemario Tacto sonoro (1944), critica los elementos más superficiales de la Navidad (simbolizados en los distintos elementos compositivos del Belén: arena, nube, palmera, estrellas de plata, etc.), que a veces nos impiden —o al menos nos dificultan— captar lo esencial de estos días, que no es otra cosa sino «ver a Dios en la cuna» (v. 22).

José Medina, La adoración de los Reyes Magos (siglo XIX). Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba (La Habana, Cuba)
José Medina, La adoración de los Reyes Magos (siglo XIX).
Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba (La Habana, Cuba).

¡Que me quitéis tanta arena
y la larga teoría
de esa monda lejanía
rendida a la noche en pena…!

¡Borradme del firmamento
esa nube aventurera,
y arrancadme la palmera
maniatada por el viento!

Sobran estrellas de plata,
y arcángeles y pastores…
(Por los altos corredores
rueda una luna escarlata.)

¡Quitadme vaca y esquilas
y sus encajes de espuma
y el gordo buey y la bruma
bebiéndose las pupilas…!

¡Quítate tú, San José,
carpintero celestial…!
¡Desármame ese portal
de la falda de Belén…

… que traigo el alma viajera
por ver a Dios en la cuna,
y no me dejáis: la luna,
la nube, tú y la palmera…![1]


[1] Incluido en Victoriano Crémer, Poesía total (1944-1966), 2.ª ed., Barcelona, Plaza & Janés, 1970, p. 47. Lo cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 203-204 (añado el signo de admiración de cierre del último verso).

El villancico «Ha nacido desterrado» de Concha Méndez

De Concha Méndez —nombre literario de Concepción Méndez Cuesta (Madrid, 1898-Ciudad de México, 1986)— ya han quedado recogidos en el blog varios villancicos suyos («De la miel y del azúcar…», «Una cañita de azúcar…», «El panaderito», «Sopitas de almendra» y «Caballito, corre»). Vaya para esta mágica Noche de Reyes —noche de inocencia e ilusión, para chicos y grandes— otro texto, tan breve y sencillo como los anteriores.

Sandro Botticelli, Adorazione dei Magi (1475). Galleria Uffizi (Florencia, Italia).
Sandro Botticelli, Adorazione dei Magi (1475).
Galleria Uffizi (Florencia, Italia).

Ha nacido desterrado,
perseguido por un rey[1],
pero otros reyes le siguen
—esta vez para su bien—.
Son los magos que de Oriente
algo le van a ofrecer[2].


[1] perseguido por un rey: el rey Herodes I el Grande, que ordenó la matanza de los Inocentes ​(niños menores de dos años) en la época del nacimiento de Jesús.

[2] Lo cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 197.

El «Villancico que llaman del soldador», de Federico Muelas

De Federico Muelas (Cuenca, 1910-Madrid, 1974) hemos puesto aquí, en años anteriores, varias composiciones navideñas como «Por atajos y veredas», el «Villancico que llaman unos del aserrín y otros del Niño Carpintero», el «Villancico que llaman de la partera», el «Villancico que llaman de la llegada de los Reyes Magos», el «Villancico nana de los tres Reyes» o el «Villancico que llaman del aviador». Siguiendo con la serie de los oficios, añado hoy el «Villancico que llaman del soldador».

Casa del herrero en Belén
Casa del herrero en Belén.

—¿Soldador?
                —Sí, soldador;
y un sol traigo preso aquí…
—Tápalo, que es noche y
dormidito está el Señor.

—Déjame pasar, José.
Voy a ofrecer mis calores
al nacido, porque sé
que viene a fundir amores.

—Deja en el santo crisol
de tu corazón la brasa
y pasa, soldador, pasa,
aunque no sirva tu sol[1].


[1] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 247-248.

«Villancico de la sorpresa», de José García Nieto

De José García Nieto (Oviedo, 1914-Madrid, 2001) ya pueden leerse en el blog un par de poemas de temática navideña,  «Súplica del pastor que estaba mal colocado en el “belén”» y «Nacimiento de Dios». Añado hoy su «Villancico de la sorpresa», perteneciente a su libro Seis villancicos en la Navidad (1961).

Luca Giordano, Adorazione dei pastori (c. 1688). Musée du Louvre (París, Francia).
Luca Giordano, Adorazione dei pastori (c. 1688).
Musée du Louvre (París, Francia).

¡Pronto, venid, que aquí hay al…!
Algo hermoso, iba a decir,
y no pude concluir
al ver la luz del Portal.

¡Carillo, Gabriel, Leo…
Leonor, quise llamar,
pero no pude acabar,
que ya he visto al Niño yo.

¡Traed acá queso y mi…!
Y miel también, os decía,
que al tiempo que le veía
el Niño me ha visto a mí.

¡Preparad leña y cande…!
Candela de aquella estrella
y haced la hoguera más bella
para el hijo de José[1].


[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 155. Cito con algún ligero retoque en la puntuación.

«Nana de pastor en Navidad», de Celia Viñas

¡Muy feliz 2026,
con mis mejores deseos,
a todos los insulanos!

Celia Viñas (Lérida, 1915-Almería, 1954) fue catedrática de Lengua y Literatura de Enseñanza Media (obtuvo la cátedra en 1943 en el instituto de Almería). Allí contrajo matrimonio con el también poeta Arturo Medina. Escribió poesía infantil en español y catalán. Entre sus libros de poemas destacan Palabra sin voz (1933), Trigo del corazón (1946), Canción triste en el sur (1948), El amor de trapo (1949), Palabras sin voz (1953) o Del foc i la cendra (1953), títulos a los que hay que sumar los de otras publicaciones ya póstumas: Como el ciervo corre herido (1955), Canto (1964, edición preparada por Arturo Medina), Antología lírica (1976, a cargo de Guillermo Díaz-Plaja, que había sido su profesor en Barcelona), Poesía última (1979), Oleaje (2004) y Las islas del amor mío (2015). Cuenta en su haber también con algunas obras narrativas (novela y cuento).

Vaya para hoy su sencilla cuanto emotiva «Nana de pastor en Navidad», una composición con una estructura (la de la nana) que adopta con frecuencia la poesía navideña.

Giovanni Battista Salvi, Il Sassoferrato, Madonna con el Niño (1640). Pinacoteca Comunale di Cesena (Italia).
Giovanni Battista Salvi, Il Sassoferrato, Madonna con el Niño (1640).
Pinacoteca Comunale di Cesena (Italia).

A la nanita nana,
nanita ea,
el mal es una cuna
para la tierra.
Es tan ancho el abrazo
de la montaña,
que hasta la brisa duerme
sobre las ramas.

—Madre, tengo el corazón,
tengo el corazón de barro
y se me ha dormido, madre,
como se mueren los pájaros,
los pájaros, madre mía,
que ayer volaron,
¿sabes?,
volaron alto.
Duerme mi corazón, madre,
¿quién podría despertarlo?

—Pastor que tienes los ojos
tan duramente cerrados,
antes del alba tendrás
el corazón desvelado
y las manos temblorosas
tendidas hacia lo alto[1].


[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 206-207. Cito con algunos retoques en la puntuación, añadiendo los guiones de diálogo y la separación en estrofas. El comienzo del poema lo es también de un conocido villancico tradicional: «A la nanita nana, / nanita ea, / nanita ea, / mi Jesús tiene sueño, / bendito sea, / bendito sea» (o con la variante «mi niño tiene sueño» en el verso cuarto).

Tres villancicos de Concha Méndez: «El panaderito», «Sopitas de almendra» y «Caballito, corre»

Con el pan, con el pan
yo le pido la paz;
con la leche y la miel
yo le pido la fe.
(Carmelo Erdozáin,

«Yo soy un pastorcillo»)

De Concha Méndez —nombre literario de Concepción Méndez Cuesta (Madrid, 1898-Ciudad de México, 1986)— ya había transcrito aquí los villancicos «De la miel y del azúcar…» y «Una cañita de azúcar…». Añado hoy tres más, que no requieren mayor comentario, dada su sencillez. Es el primero «El panaderito»:

El panaderito
sale hacia Belén;
lleva en su canasta
las tortas con miel
y pan con almendras
que acaba de hacer.
La panaderita
con él va también.

El panadero de Belén
El panadero de Belén.

El que comienza «Sopitas de almendra» dice así:

Sopitas de almendra
y miel en puchero,
le llevan al Niño;
y también romero.
De cantar no dejan
los dos peregrinos,
mientras van, alegres,
andando caminos.

En fin, el tercero es «Caballito, corre»:

Caballito, corre,
que voy a Belén
y se me hace noche
por el naranjel.

Mi madre no sabe
que yo voy a ver
al Niño de nácar
que ha nacido ayer.

Quiero volver pronto,
que tranquila esté.
¡Corre, caballito,
si me quieres bien![1]


[1] Tomo los textos de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 240-241, 242 y 243, respectivamente. Cito con algún ligero retoque en la puntuación del tercer poema (añado las comas para aislar el vocativo en los versos 1 y 11).

«La visitadora», de Antonio Murciano

Antonio Murciano (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1929), en solitario o al alimón con su hermano Carlos, ha cultivado con frecuencia la temática navideña en su poesía. En el blog pueden leerse sus poemas «La Nochebuena del astronauta» y el «Villancico de los qué dirán», más otro, «Romance viejo de la madre nueva», fruto de la mencionada colaboración fraternal. Vaya para hoy su composición titulada «La visitadora», que recrea con tensión dramática la llegada al Portal de Belén de una «mujer seca, harapienta y oscura» (v. 3). María teme al ver que se acerca a la cuna y ofrece algo al Niño. Cuando la mujer se alza, se la ve transformada, radiante de hermosura («¡Era una mujer bella, esbelta y luminosa!», v. 18): es Eva, que ha ofrendado al Niño la manzana mordida del Paraíso.

Eva ofrenda al Niño Jesús la manzana mordida del Paraíso
Eva ofrenda al Niño Jesús la manzana mordida del Paraíso.
Imagen creada con IA (Gemini).

A la memoria de los hermanos Tharaud

Era en Belén y era Nochebuena la noche.
Apenas si la puerta crujiera cuando entrara.
Era una mujer seca, harapienta y oscura
con la frente de arrugas y la espalda curvada.

Venía sucia de barro, de polvo de caminos.
La iluminó la luna y no tenía sombra.
Tembló María al verla; la mula no, ni el buey
rumiando paja y heno igual que si tal cosa.

Tenía los cabellos largos, color ceniza,
color de mucho tiempo, color de viento antiguo;
en sus ojos se abría la primera mirada
y cada paso era tan lento como un siglo.

Temió María al verla acercarse a la cuna.
En sus manos de tierra, ¡oh, Dios!, ¿qué llevaría?…
Se dobló sobre el Niño, lloró infinitamente
y le ofreció la cosa que llevaba escondida.

La Virgen, asombrada, la vio al fin levantarse.
¡Era una mujer bella, esbelta y luminosa!
El Niño la miraba. También la mula. El buey
mirábala y rumiaba igual que si tal cosa.

Era Belén y era Nochebuena la noche.
Apenas si la puerta crujió cuando se iba.
María, al conocerla, gritó y la llamó: «¡Madre!».
Eva miró a la Virgen y la llamó: «¡Bendita!».

¡Qué clamor, qué alborozo por la piedra y la estrella!
Afuera aún era pura, dura la nieve y fría.
Dentro, al fin, Dios dormido, sonreía teniendo
entre sus dedos niños la manzana mordida[1].


[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 73. Cito con algún ligero retoque en la puntuación.