«Consummatum est», de Julio Mariscal Montes

Es Viernes Santo. El Verbo, que se había humanado para habitar entre nosotros, muere —y muere una muerte de cruz, que en la antigua Roma era considerada la forma más infamante de ejecución, reservada para esclavos, rebeldes y enemigos del Estado que no fueran ciudadanos romanos— para, con su sangre redentora, ser la Salvación del mundo. Ese momento de la muerte de Jesús lo evoca este emotivo soneto —uno más— de Julio Mariscal Montes (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1922-Jerez de la Frontera, Cádiz, 1977), que toma como motivo las últimas palabras de Cristo según Juan, 19, 30. 

José Jiménez Aranda, Consummatum est (1888). Museo Nacional del Prado (Madrid, España)
José Jiménez Aranda, Consummatum est (1888). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

Ya nunca más. El viento, solo juega
a rebuscar la vida por su frente,
mientras el mundo flota sin simiente
y la tarde sin flores se doblega.

Ya nunca. Nunca. El corazón se entrega:
Amor… Piedad… Señor. ¿Cómo se siente
¿Cómo, Señor, se doma la corriente
de esta sangre podrida y andariega?

Cristo está aquí clavado, remachado
a salivazo limpio[1] por la oscura
cerrazón de la noche en agonía.

Cristo con una rosa en el costado[2]
y la Última Palabra[3], seca y dura,
colgándole del labio todavía[4].


[1] a salivazo limpio: aunque el sentido de la expresión no es aquí literal, sino metafórico, evoca las burlas de los soldados romanos en el Pretorio de Jerusalén. Cfr. Mateo, 26, 67-28: «Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban, diciendo: “Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó”».

[2] una rosa en el costado: a su vez, esta metáfora anticipa la próxima herida de la lanza del centurión romano, identificado con Longinos (o Longino) de Cesarea, para asegurar la muerte del crucificado: «Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua» (Juan, 19, 34)..

[3] la Última Palabra: las Siete Palabras de Jesús en la cruz son frases pronunciadas durante su crucifixión, recogidas en los evangelios y que resumen su mensaje de salvación, amor y entrega. La sexta de esas palabras, en la versión latina de la Vulgata, es el «Consummatum est» que da título al poema y que significa ʻestá consumadoʼ, ʻtodo está cumplidoʼ o ʻse ha terminadoʼ: «Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: “Consumado es”. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu» (Juan, 19, 30). En Lucas, 23, 46 la frase equivalente (Séptima Palabra), dicha a la hora novena (tres de la tarde), justo antes de expirar, es «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

[4] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, pp. 363-364.

«Al amor os convoco», de Jesús Arcensio

Vaya para hoy, Jueves Santo, este original soneto de Jesús Arcensio Gómez Sánchez (Galaroz, Huelva, 1911-Sevilla, 1992), en el que la voz lírica convoca en el lugar de la Crucifixión de Jesús a distintos elementos de la naturaleza, y al final «al mundo entero» (v. 9), no solo para consolar en su dolor al Cristo crucificado, sino para todos juntos alzar el Madero de la Cruz como bandera «contra las egoístas sinrazones / del odio, la injusticia y el dinero» (vv. 12-13).

Giotto y colaboradores, Crucifixión (1308-1310). Basílica Inferior de Asís (Asís, Italia)
Giotto y colaboradores, Crucifixión (1308-1310). Basílica Inferior de Asís (Asís, Italia).

Petirrojos convoco, golondrinas
y nubes de algodón a restañarte
la sangre de tus llagas y arrancarte
la raíz del dolor con las espinas.

Convoco de mi amor a las ruïnas
para desenclavarte y abrazarte;
a mi aliento convoco para darte
vida a Ti que a la Vida nos conminas.

Al Gólgota[1] convoco al mundo entero
para que, en comunión de corazones,
alce como bandera tu Madero

contra las egoístas sinrazones
del odio, la injusticia y el dinero.
¡Y así no habrá ya más crucifixiones![2]


[1] El Gólgota (del arameo Gûlgaltâ) o Calvario (del latín Calvariae Locus) es el lugar de la crucifixión de Jesús, mencionado en los cuatro evangelios. Significa ʻLugar de la Calaveraʼ y se situaba extramuros de Jerusalén. 

[2] Cito por El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 289-290. En el v. 5 edito «ruïnas» en vez de «rüinas».

«A Cristo en la Cruz», de Ramón de Garciasol

Vaya para este Miércoles Santo el soneto «A Cristo en la Cruz» de Ramón de Garciasol (seudónimo de Miguel Alonso Calvo, Humanes, Guadalajara, 1913-Madrid, 1994), con el comentario con el que se lo envió al antólogo Leopoldo de Luis:

Cuando hice estudios sobre el Homo albaterensis, allá por la primavera-verano de 1939, escribí este soneto que te copio, pues desconozco si Luis Guarner llegó a publicar su antología de poemas religiosos. […] Te pongo aquí este poema en función testimonial y documentaria. Algunos me dijeron entonces que el soneto es más Cristo-Pueblo que Cristo-Símbolo. No lo sé. Lo que recuerdo es que le escribí con la muerte hasta la garganta. Además, Cristo era —y es— pueblo también —uno de los nombres que se le olvidaron a fray Luis—, como nos advierte su origen, su encuadramiento humano. Y por algo el pueblo lleva su cruz, en la que a menudo acaba izado por cabezonerías, egoísmos e ignorancias[1].

Luis Tristán, Cristo crucificado (1624). Museo del Greco (Toledo, España), CE00024.
Luis Tristán, Cristo crucificado (1624). Museo del Greco (Toledo, España), CE00024.

El poema dice así:

Si no fuera por Ti, ¿quién disipara
esta espesa negrura que me crece
como bosque de luto? Me parece
habitar el dolor. Veo tu cara

chorreada de sangre que saltara
la soberbia brutal que entenebrece
la historia de los hombres y amanece
en mi pecho por tu mirada clara.

Tu Cruz echa raíces en la roca
estéril hasta ahora de mis días
y tu cruel Pasión limpia mi boca.

Seré digno de Ti. Si no me dejas
las espinas darán sus profecías.
Estás por mí en la Cruz y no te quejas[2].


[1] Ramón de Garciasol, «Sobre la poesía religiosa (Carta a Leopoldo de Luis)», en Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, pp. 67-68.

[2] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, p. 67.

«El Cirineo», de Julio Mariscal Montes

Vaya para este Lunes Santo otro bello soneto de Julio Mariscal Montes (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1922-Jerez de la Frontera, Cádiz, 1977), dedicado a Simón de Cirene, el Cireneo (o el Cirineo), una persona que «venía del campo» y, según los evangelios (Mateo, 27, 32-33; Marcos, 15, 21-22 y Lucas, 23, 26-27), ​fue obligado a ayudar a Jesús a cargar con la cruz hasta el Gólgota.

Tiziano, Cristo camino del Calvario (c. 1560). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).
Tiziano, Cristo camino del Calvario (c. 1560). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

La artesa y el olivo; el hormiguero
de afanes por la yunta o el verano…
Desde su amanecer ya era mi mano
justa para abrazar este madero.

Me equivocó la brisa de sendero,
que iba a los surcos y me trajo al grano;
me equivocaba este pujar en vano
hacia un terrible y último tempero.

Pero rugió la plebe: «Este que viene
cumplido de pujanza…». La mirada
del Hombre se hizo estrella: amanecía.

Jesús, de Nazaret. Yo, de Cirene.
Luna y sombra cumpliendo una jornada
que ya iba a repetirse cada día[1].


[1] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, p. 363.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: métrica, estilo y valoración final

Por lo que toca a cuestiones de métrica y estilo, me limitaré a destacar una vez más la preferencia de Amadoz por el verso libre en la mayoría de sus poemas, poemas de tono y estructura versicular en los que el ritmo poético no se consigue tanto por la rima como por las continuas repeticiones de ideas y de elementos textuales (son muy frecuentes las anáforas, los paralelismos y, en general, todo tipo de figuras retóricas de repetición). Solo en contadas ocasiones, y exclusivamente en su primer poemario, cultivó Amadoz formas estróficas tradicionales como el soneto, sin alcanzar resultados especialmente brillantes. De ahí que el poeta abandonase esa senda y haya preferido la libertad mayor que le ofrecía el verso libre, que le ha permitido —sin los corsés de la rima y la medida— un interesante juego evocativo entre el ritmo del verso y el ritmo del pensamiento para lograr así expresar mejor las emociones, los afectos y, en suma, la sensibilidad profunda del ser. Por otra parte, la poesía de Amadoz es densa en cuanto a la utilización de imágenes, metáforas, motivos y símbolos, entre los que cabe destacar por su importancia la luz y la oscuridad, el día y la noche, el motivo del hombre peregrino, y otros con los que ha pretendido mostrar la inocencia y el desvalimiento del ser humano (imágenes y símbolos asociados a la maternidad, a la niñez, etc.).

Hombre caminando / Homo viator

Termino ya, afirmando que estamos ante una voz poética propia, con un estilo claramente identificable, que sabe transmitir su idiosincrasia, sus preocupaciones personales, su concepción del mundo y del hombre. Baste lo ya escrito como una posible aproximación —la mía, subjetiva— a la poesía de José Luis Amadoz. El lector tiene ahora a su alcance su Obra poética, y como él mismo ha indicado en distintas ocasiones, el poeta necesita de la «secreta complicidad» del lector para completar el proceso creativo del autor y dar nuevo sentido a sus poemas. Ojalá que esa lectura constituya una experiencia doblemente recreativa, en el sentido de re-crear y en el de recrearse: una experiencia, en fin, en la que pueda el lector revivir y gozar estas composiciones escritas por Amadoz a lo largo de sus cincuenta años de fecunda labor poética[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: evolución

En cuanto a su evolución, hay una primera etapa de su corpus poético en la que predomina un sentido intimista e inmanente. Corresponde a los poemarios primeros, que llevan a cabo una introspección que pudiéramos calificar de críptica, es decir, una introspección en la que el poeta va desnudando su intimidad, pero de una forma todavía muy metafórica: habla de sí, pero al mismo tiempo pretende ocultarse pudorosamente, y no ha llegado aún al conocimiento del otro. Después de esta etapa de poesía intimista, Amadoz se va abriendo al exterior, descubre otras personas y sus dolores; al mismo tiempo, su poesía se hace más trascendente (conflicto entre el deseo de creer y la duda permanente). Todo eso repercute, en el ámbito del estilo, en un acercamiento al expresionismo poético. En efecto, en esta segunda etapa de poesía expresionista, el autor dará entrada a metáforas fuertes, violentas, con la intención de que causen una brusca sacudida en el lector.

Edvard Munch, Melancolía (1894-1896). Bergen Kunstmuseum (Bergen, Noruega).
 Edvard Munch, Melancolía (1894-1896). Bergen Kunstmuseum (Bergen, Noruega).

En un tercer momento, coincidiendo con la intensificación de la presencia del amor y la mujer, su poesía se hace más permeable, menos hermética. La disociación inicial entre el yo y el otro va quedando superada poco a poco. En fin, en una cuarta etapa, de reencuentro consigo mismo, asistimos a la resolución del conflicto entre inmanencia y trascendencia: casi al final del camino, cuando se está ante el abismo —confiesa Amadoz—, hay que optar, hay que lanzarse. Y aunque la experiencia de la fe es muy dificultosa (como médico de profesión, es la suya una mente científica, racional), al final el poeta apuesta decididamente por creer, por el encuentro con un Alguien trascendente, por entregarse al abrazo con ese «Dios humanado» tantas veces evocado en sus poemas.

Pero lo mejor es ceder la palabra al propio poeta para que nos explique esa evolución y, al mismo tiempo, el carácter unitario de toda su obra, que,

concebida a lo largo de tantos años, segunda mitad del siglo XX, presenta una temática unitaria con variantes, no substanciales, a lo largo de ella que obedecen a la evolución, inevitable, que el autor muestra en sus pensamientos, emociones y afectos. Ello no impide que los leitmotive que le conducen estén como una constante, en forma de angustia y rebeldía, ante los problemas básicos que plantea la existencia de todos los seres, sin silenciar el toque de esperanza liberador que asoma en muchos momentos, haciendo más llevadera la existencia. Es como un destino que se abre y que la muerte conjura, sueños y fantasías de mundo nuevo, alegrías doblegadas por la vida en el dolorido abatimiento del camino, en el que el yo y el tú se conjugan en un mismo acorde. De este modo, el conjunto de la obra cobra sentido y permite al lector y al poeta caminar en secreta complicidad, sin preguntarse nada más, sin buscar nada distinto que la magia de la palabra, que despierta pensamientos, emociones y afectos ocultos, variables, en cada uno[1].

Y añade que el conjunto de su obra

se puede considerar como un poema total, unitario, es decir, como una trayectoria en que los leitmotivs están de modo permanente, a modo de contenidos existenciales que se dan a lo largo de la vida de todas las personas. Este encuadre no supone, en absoluto, que el desdoblamiento de dicha obra tenga una evolución sistemática, cartesiana, sino, todo lo contrario, está marcada por una libertad ágil y movediza, en la que el discurso temático aflora, permanentemente, con sacudidas nuevas, como nuevos son los pensamientos, emociones y afectos que todos experimentamos, como un juego apasionado de cambios, a través de los cuales se multiplica todo con la sorpresa del ensueño, en fin, de la fantasía. La abundante recreación que la obra pretende lograr, encadena furtivamente al autor y al lector en una travesía de pensamientos y emociones que emergen de los más hondo, estableciendo una especie de anábasis que se recrea a sí misma, incesante, sin caminos ni antes ni después. Hay, en el fondo, un gozo de demiurgo platónico por el que todo, todo es posible, que al lector le hace sentirse coautor completando el poema. No es de extrañar que en este fulgurante camino, el vaivén que la palabra experimenta y el conjunto de movimientos emocionales den lugar a vacíos de pensamiento y sensorialidad que gravitan sobre el poeta y el lector creando la tentación del abandono, especialmente por parte del coautor, que obliga al poeta a agitar el poema y reentonar el cántico de la fantasía, por medio de los leitmotivs que estructuran dicho poema. De ahí la licencia poética que, a manera experimental, el autor ejerce a través de una especie de “aliteración” de contenidos temáticos, que siempre son nuevos por la naturaleza de esta poesía, unitemática y de creciente desbordamiento[2].


[1] Palabras escritas por Amadoz para la presentación en público de su Obra poética.

[2] Palabras escritas por Amadoz para la presentación en público de su Obra poética. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: temas

A través de mis comentarios, extensos, a la Obra poética de José Luis Amadoz he tratado de mostrar, por un lado, la evolución experimentada por su poesía y, por otro, la coherencia que se advierte en todos sus poemarios: efectivamente, un sentido de unidad es fácilmente perceptible en cada uno de ellos por separado, y también en todos ellos considerados en conjunto. Al glosar el contenido de sus ocho libros de poesía, ya han quedado apuntados los principales temas y preocupaciones del escritor y han sido abordadas cuestiones referentes a la versificación y el estilo. Ahora me limitaré a añadir unas breves líneas a modo de recapitulación.

En primer lugar, hay que destacar que la de José Luis Amadoz es una poesía centrada en lo existencial (el poeta está sufriendo detrás de cada verso), en la que se manifiesta la profunda angustia del creador, que constata el dolor propio y el ajeno, a veces con crudeza y desesperanza, pero sin llegar a caer nunca en el nihilismo. Puede decirse que en cada poema de Amadoz queda reflejado un hombre de carne y hueso que vive, sufre y crea… En este sentido, es la suya una poesía que enlaza con la cultivada por los poetas del 27 (Salinas, Cernuda, Guillén, Lorca, Aleixandre…) en la etapa denominada de «rehumanización del arte»; y también, por supuesto, con la poesía y la filosofía existencial francesa, bien conocida y asimilada por nuestro autor.

August Friedrich Albrecht Schenck, Anguish / Angustia (1878). Galería Nacional de Victoria (Australia).
August Friedrich Albrecht Schenck, Anguish / Angustia (1878).
Galería Nacional de Victoria (Australia).

En su continuo debate entre una poesía inmanentista o una poesía trascendente, el poeta ha encontrado tres formas de trascender el tiempo y la muerte: a través de la propia creación poética; a través del encuentro con el otro (la mujer, los amigos, otros poetas que son «magos» o «aprendices de brujos» como él); a través, en fin, de la búsqueda incesante de Dios. Y al final de ese debate interior prolongado a lo largo de cincuenta años de actividad poética, Amadoz se inclina decididamente hacia la trascendencia.

Los principales temas abordados y reiterados constantemente en su obra, los que la recorren y vertebran, son los siguientes: 1) la reflexión sobre el hombre (su condición, su destino y su libertad, su vida y también su muerte); 2) la reflexión sobre la creación poética; 3) el encuentro con el otro, ya sea a través del amor (la mujer, la belleza, el deseo, la pasión…), ya a través del amigo, del hermano (la solidaridad, el con-sentimiento con los demás); y 4), en un lugar muy destacado, el diálogo con un Dios que a veces se oculta y calla su presencia (el deseo de trascendencia más allá del tiempo y de la muerte, la aventura de una problemática fe vivamente deseada y por la que se termina apostando a ojos cerrados…). En suma, tanto por los temas que aborda como por la profundidad de pensamiento que encierra, la poesía de Amadoz puede ser calificada de filosófico-conceptual, con ribetes, en ocasiones, de religiosa. Citaré a este respecto las siguientes palabras de Ángel Raimundo Fernández:

La poesía de José Luis Amadoz ha sido considerada como «compleja» y es posible que sea así porque arranca de una visión o «cosmovisión» lograda a base de elementos culturales y biológicos (no podemos olvidar que es doctor médico y que cursó Filosofía) que introducen y acompañan al hombre en el cosmos del que es rey, pero bajo la mirada de un Señor al que apela de vez en vez. Y aspira, además, a que su sueño se cumpla y se perpetúe en la especie[1].


[1] Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 78. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Callado retorno» (2003-2005) (y 5)

«Poemas para una espera»[1] (son nueve secuencias, de las cuales cinco comienzan por el verso «Sujetar el alma», tres por «Mirarse en el espejo» y una más por la variante «Mirarse en el Sión») se abre con un lema bíblico y, aunque no se dice explícitamente, la espera aludida es la de la muerte. En la primera secuencia el poeta nos habla de «esta última estancia / de mi postrero sueño». Más adelante evoca el amor físico, el deseo: «beso de amante», «sexual gemido», y se prepara para «el último viaje», cuyo sentido religioso se refuerza con diversas alusiones como «vieja Jerusalén», «colinas de Gilboa», «Sión de las novias núbiles», «colinas de Líbano», «vieja Jerusalén» de nuevo, «tu vieja fe de caminantes», «loco Isaías»… La última secuencia constituye un apóstrofe a esa «vieja Jerusalén», personificada como mujer, cuando el poeta se halla «aquí, / en la postrera, / y acaso, / última de las estancias». Como puede comprenderse, esta evocación de la Jerusalén terrena nos transporta también, en un plano simbólico, a esa otra Jerusalén celeste a la que el poeta espera acceder.

Leon Katz, Jerusalén Celestial Ciudad Dorada (2025). Fuente: José Art Gallery.
Leon Katz, Jerusalén Celestial Ciudad Dorada (2025). Fuente: José Art Gallery.

Los «Poemas para una fiesta» son diez secuencias numeradas de 1 a 10 (precedidas por un lema de Jesús Mauleón). La primera secuencia insiste claramente en el tema del encuentro con Dios, una vez superada la noche de la no fe:

Se prepara mi fiesta pura,
me reconcilio conmigo mismo,
ya no soy huésped de mi noche,
más allá de los tiempos
estás Tú, mi Dios, mi vida.

En la segunda, el poeta se compara con la «naturaleza sabia»[2] y evoca el sufrimiento de la simbólica «noche» pasada. En la tercera, donde el término de comparación es un «desafinado violín», el hablante se alza «Hacia Ti». La cuarta es desiderativa: «ojalá pueda descubrirte / al final de mi tránsito / con mis ojos de luz y roca». La quinta evoca los «años vivos de deseo y vino»; antes fue el amor terreno, ahora «mi pequeño héroe» —héroe es otra imagen para referirse al hombre que vive la aventura del vivir— está «sumiso a Tu Cielo». El poeta sigue siendo «un niño asustado», un solitario, que se presenta ante ese Alguien que lo espera: «aquí estoy, con mi maltrecho cuerpo, / que tan sólo se alivia / por el céfiro suave de tu paso». La secuencia número 8 constata que «Tú estás conmigo / y la fiesta continúa», mientras que en la siguiente evoca la voz de Dios: «tu voz de Sinaí, rumor en el silencio de siglos» (Dios habla, aunque otras veces también calla: de ahí el juego con voz, rumor y silencio). En fin, la número 10 merece la pena citarla entera:

Es la hora secreta,
mi hora,
mi final travesía,
ya los pájaros de mi alma
volando fuera del viento,
el ángel de mi hombre
rebelándose inaudito y dócil
ante Tu Fiesta.

Con este poema, de claro sentido, culminaba Callado retorno y la Obra poética de Amadoz. Pero el poeta decidió a última hora añadir una composición más, «Para un deseo», en la que, además de introducir un humorístico anticlímax final en el que no faltan las referencias localistas, se define como «aprendiz de brujo». Es decir, después de haber recorrido un periplo poético de cincuenta años, considera que no se ha cerrado el camino del aprendizaje de una poesía —Poesía, con mayúscula, podríamos decir— que alcanza y ofrece un valor trascendente:

Tan sólo deseo
que me recordéis
como aprendiz de brujo,
en esta mi tierra,
como solitario en la Bardena,
pluma al viento
desde Roncal hasta mi Ribera,
de chopos humeantes en la montaña.

En este sentido, ser hombre y ser poeta se han convertido para José Luis Amadoz en conceptos equivalentes.

En cuanto a la versificación, aunque en este último poemario encontramos también algunos poemas de largos versículos, prevalecen los compuestos por versos cortos. Parece como sí en su último libro el poeta hubiese deseado “adelgazar” su expresión poética, en busca de una mayor claridad, de una mayor desnudez y cercanía al lector, en un extremo muy alejado ya del hermetismo poético de sus primeros poemarios[3].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] «Naturaleza sabia» es el título del segundo poema de «Sangre y vida», tercera sección del poemario de igual título, y también del quinto poema de Elegías innominadas.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Callado retorno» (2003-2005) (4)

«Hasta que Alguien me encuentre»[1] hace alusión indirecta —pero bastante transparente— a Dios. Comienza el poema con una constatación por parte del yo lírico de su flaqueza presente: «Es bella y hermosa / esta mansión en ruinas / que sustenta mi vida»; el poeta se halla, en efecto, en «la penumbra de los años», pero sabe que el enamorado nunca envejece:

… parece que ahora vivo
como un suspiro
adensado por la sombra de los años,
un río de recuerdos
que anegan mis ojos.

Encuentro con Dios

Este «vagabundo», este «vigía» proclama que «necesitamos del misterio, / para caminar seguros»; y aunque habla de «mi vida / herrumbrada por los años», no renuncia al amor y al deseo y sigue soñando con las «noches lascivas / que iluminaron mi vida». El motivo del Dios oculto, del Dios ausente —frecuente en poemarios anteriores— reaparece aquí cuando el yo lírico indica que «algo de ese Dios dormido / me late, / ilumina mi camino / tibiamente». Señala que «mi amor / se escapa por mis costuras / de adoración y deseo», y proclama su adiós al pasado, su adiós al futuro, su

adiós a todo,
a lo que tanta confusión
despeña mi vida,

adiós a la luz
de tanto antepasado
que fue mi faro,

viva, una vez más,
mi sombra marinera
que como pájaro
se orienta en la obscuridad
asustada de sí misma,
hasta que ALGUIEN
                                      me encuentre.

La luz (la fe) de los antepasados —otro motivo recurrente— se resuelve aquí en una presencia clara de ese Alguien, que es Dios: un Alguien a quien, con muchas dudas y titubeos, se ha buscado, y que al final debe ser el que encuentre al hombre. Este séptimo poema de Callado retorno es importante porque parece resolver casi definitivamente el tema del binomio inmanencia / trascendencia: el poeta se ha rendido a la presencia de ese Alguien, y la aparición del tema se intensificará, en progresivo ascenso, en la parte final de este poemario, que es también la parte final del conjunto de la Obra poética de Amadoz.

«En aquel grave rincón» va precedido por un lema de Rilke que proclama que todos pertenecemos a la muerte; no nos extraña, por tanto, que se acumulen algunas imágenes negativas: «todo huele a rosa marchita», «asustado niño», «engendro anunciador de muerte», y otros motivos reiterados en la poesía de Amadoz («el viejo Juan apocalíptico», «el canto de Circe»…). En la parte final se despide de un innominado hermano e invoca a Cristo: «Oh, Cristo, / comparte mi río, / mi amor, mi pan, mi vino»[2].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Callado retorno» (2003-2005) (3)

«Aquel viejo rincón…»[1] se abre con un lema de Rilke; el yo lírico se dirige a un tú que es el del hombre-poeta, en una especie de desdoblamiento interior; por ello nos habla aquí de «la fe de tus antepasados». El poeta, desde el «otoño perenne» en que vive, cuando «el viejo apocalipsis muerde tus ojos», se ve como un «viejo marino de procelosos mares» y contrapone su antigua fe de niño «acurrucado en la atalaya de tus sueños» con «tu nueva cosecha / aventada por la duda». Este «viejo aventurero / de tantos mares sin tregua», con «ojos heridos de apocalipsis», llora «por aquel rincón de tus antepasados», llora

ahora que todavía la noche
deposita su calma,
ahora que la noche
recobra su belleza bajo las estrellas
y tu ojo de niño
ondea su inocencia,
mira a la otra orilla,
al Jesús marinero
caminando seguro sobre las aguas.

Julius Sergius von Klever, Cristo caminando sobre el agua
Julius Sergius von Klever, Cristo caminando sobre el agua (c. 1880). Colección particular.

«Cuarteto para un amigo» va dedicado a Ángel Urrutia, amigo y también poeta, y está formado por cuatro estrofas numeradas en romanos. Dado que el tema evocado es la amistad, el poema acumula imágenes positivas: habla de cepas llenas de vides, de una «rosa encinta», de versos «como una fruta abundante», de un «huerto de fraternidad». El poeta nos confiesa que hay que ser «peregrino de fe» para confiar ciegamente en el otro, «para amar de verdad suficientemente… / ya empobrecido», para obtener frutos de verdadera cosecha. La sección IV constituye un apóstrofe a Dios: «Tú quieres viajar a ciegas con el amigo, / recorrer su camino de verdes praderas», un camino que le conduce hacia la cosecha del amor, que será «una proclamación sazonada de cielo macizo».

El siguiente poema nos presenta al poeta y sus pensamientos «En los límites de la ciudad» (esa expresión relativa a los «límites de la ciudad» se repite a lo largo de la composición, así como el anafórico «aquí»). A su vez, el lema reitera el motivo del «callado retorno / de todos los tiempos» que da título a todo el poemario. El poeta siente el peso grave de la espera, está «en preñada espera», preso de «la melodía solitaria del tiempo», con «una soledad adensada por su peso». Y, en medio de su soledad, apunta el tema de la solidaridad, el encuentro con el otro, con el amigo: «nuestras manos enfermizas / buscan anhelantes otras manos». Tal es el destino de tantos hombres solos, «en un resurgido deseo de vida», siendo todos «consumidores / del viaje sin retorno, / que nos exilia con su crepúsculo indómito / que inapelable se impone». Termina así:

… aquí estamos,
en la noble encrucijada de los tiempos,
contemplando nuestro misterio
con la luz vacilante del pabilo desgastado,
en el secreto rumor que, manso y sin excusa,
nos acalla y domina para siempre[2].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.