«Navidad», de Octavio Campero Echazú

De Nazaret a Belén
hay una senda;
por ella van los que creen
en las promesas.

Estando ya en el tercer domingo de Adviento, no estará de más ir dando entrada ya en el blog a alguna ídem de tema navideño. Este año, comenzaremos la serie de poesía navideña con el poema titulado precisamente «Navidad», del escritor boliviano Octavio Campero Echazú (Tarija, 1900-Cochabamba, 1970). En el texto, además del ritmo tradicional (octosílabos con rima de romance, pero con versos de pie quebrado rematando la tercera y cuarta cuartetas), cabe destacar la introducción de un elemento andino (quenas) que proporciona particularidad geográfica al tema universal del nacimiento del Niño Dios, así como la bella metáfora aposicional «mies de luz sobre la vega» aplicada al recién nacido.

Belén andino

Este es el texto completo del poema:

Pastora, la contradanza
que tejes sobre la tierra
con los pies desnudos, huele
a pastos de Nochebuena.

Te enlazan dos zagalones,
y entre sus manos labriegas
—arbolito de diciembre—
tu talle se balancea.

Detrás vienen seis pastores
con tres zagalas cimbreñas,
como siguiendo el aroma
de tus huellas.

Y cantan un villancico
—son crecido entre las hierbas—
iniciado por el viento
de las quenas.

Desde el portal de sus voces,
la tuya, como una estrella,
los encamina hacia un verde
retablo de Nochebuena…

Ya los gallos campaneros
dan las doce; y es la tierra,
bajo el viento de los astros,
cuna que se balancea…

¡El Niño Dios ha nacido!
—mies de luz sobre la vega—,
y tus canciones, pastora,
se tiñen de un alba nueva[1].


[1] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, pp. 153-154, con algún ligero retoque en la puntuación.

«El borriquillo», de Óscar Alfaro (1921-1963)

Borrico

Probablemente el rucio de Sancho Panza y Platero de Juan Ramón Jiménez (que, por cierto, está de centenario este año) sean los burros más famosos de la literatura española. Tampoco conviene olvidar, entre los clásicos latinos, una obra como El Asno de Oro de Apuleyo. Sea como sea, son muchos más los burros, asnos y borriquillos que «protagonizan» o, al menos, aparecen en numerosas obras literarias, en distintos géneros y de distintos países.

Óscar Alfaro

Existe, pues, todo un subgénero de «literatura asnal»[1], y como una pequeña muestra de poesía borriquil traigo hoy al blog el poema «El borriquillo», del boliviano Óscar Alfaro. Óscar González Alfaro (San Lorenzo, Tarija, 1921-La Paz, 1963) es autor que cultivó especialmente la literatura infantil y juvenil, que firmó con el nombre de Óscar Alfaro. En La Paz, donde se desempeñó como docente en varios colegios e institutos, perteneció a la segunda generación del grupo literario Gesta Bárbara. Fue Militante del Partido Comunista de Bolivia. Publicó los libros Canciones de lluvia y tierra (1948), Bajo el sol de Tarija (1949), Cajita de música (1949), Alfabeto de estrellas (1950), Cien poemas para niños (1955), Cuentos infantiles (1962) y La escuela de fiesta (1963), títulos a los que se sumarían muchos otros de forma póstuma, publicados por su viuda, Fanny Mendizábal.

Juan Quirós comenta que Óscar Alfaro recreó a los niños

con composiciones fáciles y sentidas, no limpias siempre porque a menudo enseñaba consignas políticas a los pequeños. Los romances que escribió llevan el sello de la gracia y de la espontaneidad. Hay en los mismos una indisimulada influencia de Campero Echazú[2].

Este es el texto, de rimo sencillo y cantarín, de su poema «El borriquillo»:

El borriquillo del cerro
cruza sembrando canciones
con su canoro cencerro
por calles y callejones.

Y con ritmo cantarino
los sellos de sus herrajes
van dibujando tatuajes
sobre la piel del camino.

En el paisaje de estío
tocan su líquida orquesta
las ranas que están de fiesta
bajo las aguas del río.

Y por el dulce sendero
que cruza los olivares
sigue regando cantares
el borriquillo coplero.

Sobre su lomo de seda
descienden los ruiseñores
como una lluvia de flores
desde la fresca arboleda.

Y el borriquillo paciente,
cubierto de aves y trinos,
es un concierto viviente
que viaja por los caminos…[3]


[1] Ver Carlos Mata Induráin «Notas sobre “literatura asnal”. Un curioso libro de Primo Feliciano Martínez», Pregón Siglo XXI, núm. 22, 2003, pp. 82-88 y núm. 23, 2004, pp. 82-83. Asunto relacionado, aunque distinto, es la existencia en diversos países (Colombia, Etiopía, etc.) de las burrotecas: el esfuerzo de tan humildes y sufridos animales equinos permite llevar libros y disfrutar de la lectura a personas que viven en lugares apartados y poco accesibles.

[2] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 269.

[3] Tomo el texto de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, p. 271.

Los «Sonetos de humildad» de Héctor Cossío Salinas

Héctor Cossío Salinas

Además de su faceta como literato, el abogado Héctor Cossío Salinas (Cochabamba, Bolivia, 1929-1972) llegó a ser diputado nacional y más tarde alcalde de su ciudad natal. Impulsó la revista Canata, fue miembro del grupo «Gesta Bárbara» y presidente de la Unión Nacional de Poetas y Escritores de Bolivia. Igualmente, fue asesor editorial y codirector de la Enciclopedia Boliviana de «Los Amigos del Libro». Con su libro Posada de los sueños  (1964) obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1963. Fue compilador de las antologías La tradición en Cochabamba (1969) y La poesía en Cochabamba (1972).

Juan Quirós señala que Cossío Salinas «Es ante todo un sonetista», y añade:

Como motivos permanentes de sus versos podemos señalar el amor y la tierra. No tanto el paisaje como fluido plástico —valga la frase— sino la tierra en explosión de vida. Ha tenido una sólida educación adquirida pacientemente en el conocimiento de los poetas clásicos españoles, tanto antiguos como modernos[1].

Un notable ejemplo de su buen hacer como sonetista (sencillez temática y acertado manejo del ritmo del endecasílabo) lo constituyen sus «Sonetos de humildad»:

Eres el pan presente cada día…
Eres el pan abierto de blancura
que en su interior creciente me asegura
la humilde devoción de la alegría.

Eres la espiga tierna que podría
retenerme en su cáliz de ternura
y conducirme al sueño que clausura
esta vida recóndita y vacía.

Eres el pan perenne y verdadero:
infancia rubia, dulce levadura
presentida de amor y de tibieza.

Y eres el pan moreno que yo quiero,
inmerso en el dolor que me inaugura
para otra forma de eternal pureza.

                    * * *

¿Dónde está la sustancia verdadera
que hizo del trigo pan; del amor, beso;
de los sedientos labios, embeleso,
y del sueño una eterna primavera?

Vecina de la muerte y de la espera,
¿esconderá la noche —lirio preso,
recóndito albedrío, amor confeso—
tu presencia purísima y ligera?

Compadéceme, amor, porque mi sueño
se acercó demasiado a lo imposible
del pretérito signo florecido.

Compadéceme, amor, que no soy dueño
de mi propia existencia en la terrible
serenidad de tu postrer olvido…

                    * * *

Trigo maduro y amarillo, trigo
ofrecido en la tarde jubilosa
desde la humilde mano silenciosa
serenamente próvido de abrigo.

Fruto lleno de paz, fruto mendigo
del necesario amor de cada cosa.
Al incluirme en tu alma luminosa
de blancura recóndita, te digo

mi palabra de canto y alabanza,
porque has llegado a mí con la esperanza
de una vida de eternas claridades.

Trigo maduro, de tu lado vengo
y en las manos abiertas sólo tengo
la serena emoción de otras edades[2].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 353.

[2] Tomo los textos de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 353-354. En el tercer soneto, suprimo el punto que figura al final del verso octavo, tras digo.

El poema «Alma del suelo» de Olga Bruzzone

Olga Bruzzone

Olga Bruzzone, nacida en La Paz (Bolivia), en 1909, fallecería en 1996 en Canadá. Dirigió la revista femenina Superación y fue vocera de la Confederación Nacional de Instituciones Femeninas (CONIF). Ganadora de varios premios literarios, es autora del poemario Hondo, muy hondo (1960) y de las novelas Tras la cortina de incienso (1974) y Torbellino de horas, que obtuvo el Segundo Premio «Erich Guttentag» en 1984. En su Índice de la poesía boliviana contemporánea, Juan Quirós nos ofrece esta valoración de su obra poética:

Desentraña las propias emociones con palabras vigorosas y vibrantes. Por sobre todas las cosas es una poetisa maternal. Ningún matiz que se roce con el tema de la madre falta a sus versos, desde el diseño leve hasta el grito encrespado, disconforme y bronco. Olga Bruzzone de Bloch es autora de Hondo, muy hondo, 1960[1].

Copiaré su composición «Alma del suelo», que este mismo crítico incluye entre los cien mejores poemas bolivianos. Se construye, en esencia, como una serie de metáforas aposicionales a la palabra inicial, Indio. Cabe aclarar que el pututu mencionado hacia el final del poema es un instrumento de viento andino, que originariamente se fabricaba con una caracola marina:

Indio: recio vocablo,
indómito y sonoro.

Canción del pajonal libre del hierro.

Luz replegada en ardientes lavas.

Petrificada audacia de los Andes.

Adjetivo del Sol.

Bronce de eco distante
enraizado en la paja brava.

Polen del páramo.

Vendaval retenido en el surco, en la huella.

Oteador de la Aurora.

Dios de ti mismo.

Conoces el lenguaje de la estrella,
el idioma del agua,
la voz de las tormentas.

Autóctono. Telúrico.
Fecundado en la tierra por el viento.

Agresivo,
desafiante,
audaz, tímido,
desconfiado,
huidizo.

Huanacu y Cóndor.

Inmersión de la altura en el abismo.

Vivificada piedra.

Alma del suelo.

Trasmutación estática del tiempo.

Rastreador de milenios.

Zampoña del dolor, amante quena.
Rebelión encerrada en el pututu.

Enturbiado caudal,
remanso claro.

Tienes los ojos nuevos
y aunque en el día leas la cartilla,
lees en la noche las estrellas[2].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 199.

[2] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 202-203.

‎«Canción de la primavera» de Ricardo Jaimes Freyre

Ricardo Jaimes Freyre

El escritor, historiador y diplomático boliviano Ricardo Jaimes Freyre es uno de los representantes más destacados del Modernismo en Hispanoamérica y ha sido calificado como el «príncipe de los poetas bolivianos». Curiosamente, su nacimiento tuvo lugar en Tacna, Perú (donde su padre, Julio Lucas Jaimes, desempeñaba el cargo de cónsul de Bolivia), el 12 de mayo de 1868. Fallecería en Buenos Aires el 8 de noviembre de 1933, pero sus restos mortales serían trasladados a Potosí, en cuya catedral reposan.

Junto con Rubén Darío, Ricardo Jaimes Freyre fundó en 1899 en Buenos Aires la prestigiosa Revista de América. Fue amigo también de Leopoldo Lugones. Entre 1901 y 1921 vivió en Tucumán: trabajó como docente en el Colegio Nacional de Tucumán y más tarde en la Universidad Nacional de Tucumán, de la que fue cofundador. Entre 1904 y 1907 dirigió la vanguardista Revista de Letras y Ciencias Sociales. Miembro de la Academia Argentina de Letras y de la Sociedad Sarmiento, en 1916 se le concedería la ciudadanía argentina. En 1921, con Bautista Saavedra en la presidencia de Bolivia, Jaimes Freyre sería nombrado Ministro de Instrucción Pública, Agricultura y Guerra, y a partir de entonces desempeñaría diversos cargos políticos y diplomáticos representando a Bolivia (en Estados Unidos, Brasil, Suiza, etc.). Más tarde sería nombrado ministro de Relaciones Exteriores.

Dejando de lado su producción teatral y sus escritos históricos y sus ensayos sobre literatura, la obra poética de Jaimes Freyre está formada por Castalia bárbara (libro publicado en 1899 en Buenos Aires, con prólogo de Leopoldo Lugones), Los sueños son vida (Buenos Aires, 1917), País de sueño. País de sombra. Castalia bárbara (La Paz, 1918), Poesías completas (Buenos Aires, 1944, compiladas por Eduardo Joubín Colombres), otra edición de Poesías completas (La Paz, 1957, con prólogo de Fernando Díez de Medina) y Poemas. Leyes de la versificación castellana (México, 1974, con prólogo y notas de Antonio Castro Leal).

Como valoración general de su poesía, transcribiré las palabras que le dedica Juan Quirós:

Adolfo Costa du Rels lo llama «el condestable de nuestras letras». Por derecho propio, es uno de los tres vértices del modernismo, con Darío y Lugones. Abanderado del versolibrismo, lo insufló en el mundo de habla española a través de sus Leyes de la versificación castellana, 1912, que contienen una teoría métrica del verso —«la única verdaderamente científica que existe», al decir de Julio Cejador. Sus libros Castalia bárbara, 1899, y Los sueños son vida, 1917, constituyen dos obras maestras en la lírica del continente. En ellos el poeta avanza con elegancia suprema, armonioso y exacto, las pupilas pobladas de visiones. Guillermo Francovich distingue tres dimensiones en esta poesía: «Un exotismo y un paganismo voluntarios que están en la superficie de la obra; un conjunto de confidencias no muy variadas pero que fisonomizan el temperamento meditativo y desolado del poeta; y una serie de vivencias en que luchan obsesiones de guerra y de sangre con visiones sedantes del agua en sus múltiples formas». A Jaimes Freyre le reprochan su exotismo, su paganismo y su evasión a países extraños, aquellos que piensan que sólo lo circunscrito al ámbito inmediato del poeta tiene validez en poesía, sin tener en cuenta que cuando quiso volvió de su ostracismo estético y geográfico, para cantar con timbres de exaltación la victoria del Cristianismo sobre todas las teogonías así como las glorias de la estirpe y de la patria. Jaimes Freyre es el poeta por excelencia de Bolivia, el más puro, el más límpido, el más acendrado[1].

Si sus Leyes de la versificación castellana le valieron la denominación de «teórico del Modernismo», su propia poesía lo inserta de pleno derecho en los orígenes y desarrollo de ese movimiento poético. Un poema representativo del modernismo de Jaimes Freyre es «Canción de la primavera», correspondiente al apartado «País de sueño» de Castalia bárbara, en el que destaca la marcada construcción paralelística (algunos versos se van repitiendo con la técnica de leixaprén), el empleo de elementos de la mitología (las Ninfas, el Fauno, Eros) o el uso de un léxico (rosas, oro, mármol, sangre, sol…) que forma parte del imaginario más típicamente modernista, el cual se ve reforzado por una adjetivación brillante, colorista y sensual:

Sangre de las venas de las rosas rosas
baña las mejillas, purpura los labios…
En las fugitivas horas voluptuosas
hay fuego en las venas de las rosas rosas.
Hay fuego en las venas de las rosas rosas
y el Fauno contempla, desde la espesura,
las primaverales luchas amorosas,
la sangre en las Ninfas de las rosas rosas.

En el oro crespo de las cabelleras
ríe el sol y enreda sus rayos de oro,
y hay huellas de vagas caricias ligeras
en el oro crespo de las cabelleras.

‎En el oro crespo de sus cabelleras
se adornan las Ninfas con hojas y flores,
heraldos triunfales de las Primaveras
en el oro crespo de las cabelleras.

‎En la fría y suave marmórea blancura
Eros labra el nido con risas y besos,
y hay rojos rubores y fuego y ternura
en la fría y suave marmórea blancura.
La fría y süave marmórea blancura
se tiñe con sangre de las rosas rosas,
y el Fauno contempla, desde la espesura,
la fría y süave marmórea blancura…[2]


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 23.

[2] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 32-33, con la única modificación de editar en mayúscula el inicio del verso tercero. El texto puede leerse también en Ricardo Jaimes Freyre, Obra poética y narrativa, ed. preparada por Mauricio Souza Crespo, La Paz, Plural Editores, 2005, pp. 119-120; se anota ahí que el poema presenta algunas variantes en sendas publicaciones anteriores de 1895 y 1896, donde las tres estrofas van además numeradas del I al III.

«Don Francisco de Quevedo», soneto de Armando Soriano Badani

Armando Soriano Badani

Nacido en Cochabamba el año 1923, Armando Soriano Badani es un destacado literato boliviano contemporáneo (poeta, novelista, cuentista…). Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas y en Filosofía y Letras (en la Universidad Mayor de San Andrés), más tarde cursó en París Altos Estudios Sociales. Perteneció al grupo «Gesta Bárbara» (1944). Fue director del suplemento literario del periódico Hoy y miembro del Consejo Nacional de Cultura de Bolivia. Ha trabajado como abogado y catedrático universitario. Como diplomático, ha sido embajador de Bolivia ante la OEA en Washington. Académico de número de la Academia Boliviana de la Lengua, actualmente reside y trabaja en La Paz. Entre otras importantes distinciones, Soriano Badani cuenta en su haber con el Premio de Literatura Pro-Arte, el Premio a la Cultura del Club de La Paz y el Premio de Cultura de la Fundación Manuel Vicente Ballivián.

Armando Soriano Badani es autor de obras ensayísticas y de investigación como El cuento boliviano, 1900-1937 (1964), El cuento boliviano, 1938-1967 (1969), Antología del cuento boliviano (1972 y 1992), El Illimani en la literatura (1976), Poesía boliviana (1977), Pintores bolivianos contemporáneos (1994) o Ensayos sobre cultura boliviana (2007).

Como creador literario, ha escrito tres libros de cuentos, a saber Rumbo de la fatalidad (1989), Visiones de vida (1998) y Unos pasos por el cielo (2003). En el año 2004 publicó su primera novela, titulada Escondida en mis sueños. En cuanto a su trayectoria poética, hasta el año 2000, Raúl Alcázar Velasco la ha resumido con estas palabras:

La caudalosa inspiración de Armando Soriano Badani, el poeta ilustrado y sentimental, se ha cristalizado en siete poemarios, publicados desde 1969 hasta el 2000.

En los cuatro primeros: Alba rota, Perfil del atardecer, Agonía de las viñas y Perennidad de los [en]sueños, los temas y su tratamiento son diversos, con predominio de la poesía amatoria, mientras que en los tres últimos el poeta especifica el motivo y elige la forma. Así, en La huella transparente el núcleo es Bolivia, los poemas históricos y patrióticos; en Rebelión de los anhelos presenta sesenta Décimas al amor y a la ausencia y en Caleidoscopio, treinta sonetos de amor[1].

En la contracubierta del volumen leemos este somero resumen de los temas que abordan los poemas aquí recopilados:

Los seis libros de poesía[2] reunidos en este volumen rescatan treinta años de la prolífica e inspirada consagración de Armando Soriano Badani a la expresión del amor en todas sus manifestaciones: el que profesa por la mujer amada, el que evoca la memoria histórica de su Patria, el que descubre la belleza del paisaje, el que extrae de la música y la pintura alimento para el espíritu. Sus versos, labrados en el rigor de las formas clásicas, son una fervorosa exaltación de la condición humana y un tributo a la sencilla dignidad de la poesía.

Con posterioridad a la recopilación de su Obra poética 1969-2000 (2001), Soriano Badani ha publicado nuevos títulos poéticos, como Fuego incesante (2002) o Lumbre de invierno (2005).

Pues bien, de entre su producción poética, quiero destacar hoy un soneto suyo dedicado a «Don Francisco de Quevedo», que constituye una somera semblanza del genial satírico madrileño, con evocación de su estilo y el recuerdo de alguna de sus obras clave, como El buscón.

Quevedo

Este es el texto de ese poema dedicado a Francisco de Quevedo:

El corrosivo genio de su pluma
trasciende en la nobleza de su estilo
desde el distante ayer color de bruma
hasta el presente diáfano intranquilo.

Atrevido lenguaje cruel exhuma
la picaresca con festivo filo
y su numen satírico es la suma
de invectiva social de refocilo.

Intacta está su imagen, prez y altura,
vivo el retrato del Buscón Don Pablos
vagamundo travieso en la aventura.

Y la gracia picante de vocablos,
brilla en sus ojos de inmortal bravura
que hieren fieros como dos venablos[3].


[1] Ver para más detalles de cada poemario Raúl Alcázar Velasco, «La poesía de Armando Soriano Badani», estudio preliminar a Obra poética 1969-2000, La Paz, Plural Editores, 2001, pp. 7-14. La cita corresponde a la p. 7.

[2] En realidad son siete: Alba rota (1969), Perfil del atardecer (1976), Agonía de las viñas (1985), Perennidad de los ensueños (1991), La huella transparente (1997), Rebelión de los anhelos (1997) y Caleidoscopio (2000).

[3] Tomo el texto de Armando Soriano Badani, Obra poética 1969-2000, La Paz, Plural Editores, 2001, p. 110. Mantengo la puntuación y el uso de las mayúsculas del original.

Dos poemas de Yolanda Bedregal: «Sed» y «Nocturno en Dios»

Yolanda Bedregal

Yolanda Bedregal de Conitzer (La Paz, 1913-La Paz, 1999), célebre poeta y novelista boliviana, también conocida como Yolanda de Bolivia, constituye una de las figuras más destacadas del postmodernismo hispanoamericano. Es hija de Juan Francisco Bedregal, notable representante del Modernismo en Bolivia. Cursó estudios superiores en la Escuela de Bellas Artes de La Paz, y más tarde estudió estética en la Universidad de Columbia (Nueva York). De regreso en Bolivia, enseñó en el Conservatorio de Música, la Escuela Superior de Bellas Artes y la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y en la Academia Benavides de Sucre; trabajó también en el Consejo Nacional de Cultura y en la Municipalidad de La Paz, de la que fue Oficial Mayor de Cultura. Fue miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua, y correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Argentina de Letras. Como diplomática, ejerció el cargo de embajadora de Bolivia en España. En homenaje y reconocimiento a su figura, el Estado boliviano creó en el año 2000 el Premio Nacional de Poesía «Yolanda Bedregal», que se convoca y entrega anualmente.

Su producción literaria incluye libros de poesía, de narrativa y algunas antologías (así, la Antología de la poesía boliviana preparada para la Universidad de Buenos Aires y para la Enciclopedia Boliviana, de la editorial Los Amigos del Libro), además de ensayos, obras divulgativas y literatura infantil. Entre sus principales títulos poéticos se cuentan los libros Poemar (1937), Ecos (1940, en colaboración con su esposo, Gert Conitzer, autor de las traducciones de los poemas al alemán), Almadía (1942), Nadir (1950), Del mar y la ceniza (1957) o Convocatorias (1994). De entre su obra en prosa destacan, especialmente, Naufragio (1936) y Bajo el oscuro sol (1971).

Sobre ella ha escrito Juan Quirós:

Es la más representativa figura de mujer que ha producido la poesía boliviana. Ha recorrido todas las gamas. Su voz desvelada le viene desde las zonas más recónditas del ser. Desde la ternura tenue hasta la rebeldía que modera el buen gusto, vibran en su plectro las más diversas tonalidades[1].

Como ejemplo de su poesía de tonalidad religiosa, la que prevalece en su última etapa de creación lírica, copiaré aquí dos poemas que reflejan la sed de eternidad del yo lírico, los titulados precisamente «Sed» y «Nocturno en Dios». El texto del primero es así:

No quiero
agua
ni sangre
ni vino
para mi sed.

Quiero
lo que ha sido
y nunca más será.

Lo que pudo ser
y no fue.
Lo que pasó,
lo que será.

Tengo sed
de Eternidad
en la copa de vidrio
de un instante fugaz[2].

El segundo, «Nocturno en Dios», es como sigue:

Señor, cuando oscurezca, te necesito mucho;
cuando las hojas tiemblan para caer del árbol,
parece que un lamento contenido se acerca.

Señor, cuando sea Otoño y la flor no esté firme,
quiero que me acompañes a ver el desnudarse
del mundo.
Caerá mi primavera en un volar de estambres.
¿He de pisar acaso mi propia alma caída?

Llévame de la mano adonde nada piense,
donde en ti me cobije sin que se mueva el tiempo.
Tú eres inmarcesible, y yo quiero agostarme
como hierba en tu pecho, que no me lleve el viento.
Tengo miedo al crujido que hace el pie en el otoño[3].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 251. Para más detalles sobre su vida, su figura y su obra, con diversos estudios bibliográficos, remito a la web creada con motivo del centenario de su nacimiento, celebrado en 2013.

[2] Cito por Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 252-253.

[3] Recogido en Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, p. 258.

Una evocación del Fénix: «Casa de Lope», poema de Óscar Cerruto

Óscar Cerruto

Óscar Cerruto (La Paz, 1912-La Paz, 1981) es uno de los grandes escritores bolivianos del siglo XX. Fue también periodista y diplomático (embajador de Bolivia en Uruguay). Su producción escrita incluye novelas, cuentos y poesía, además de trabajos ensayísticos, piezas de crítica literaria y artículos periodísticos. De entre su producción narrativa destacan sobre todo su novela social Aluvión de fuego (1935) y su magnífico libro de relatos Cerco de penumbras (1958). Publicaciones póstumas son La muerte mágica (1988) y De las profundas barrancas suben los sueños (1996). Entre sus libros de poesía se cuentan Cifra de las rosas y siete cantares (1957), Patria de sal cautiva (1958), Estrella segregada (1975), Reverso de la transparencia (1975), Cántico traspasado. Obra poética (1975) y Poesía (1985).

Acerca de su creación poética Juan Quirós había dejado escritas, ya a la altura de 1964, estas palabras:

Consagrado por la crítica del continente, Óscar Cerruto es poeta sutil, refinado y arduo que horada la imagen y se apodera de sus símbolos. Gracia, primor, raíz profunda, voz de la sangre, entraña de la tierra, signo y alquimia, mesura y sobre todo técnica, son los motivos y la realización de sus dos volúmenes de poemas: Cifra de las rosas, 1957; y Patria de sal cautiva, 1958. Óscar Cerruto constituye el exponente máximo de la poesía boliviana actual y uno de los nombres más conocidos —es también novelista y cuentista— de la literatura patria más allá de nuestras fronteras[1].

Casa de Lope en Madrid

Comentaré hoy la composición de Cerruto titulada «Casa de Lope». Las palabras que este poema lleva como lema son las de la inscripción que figuraba a la entrada de la casa que Lope de Vega compró en la madrileña calle de Francos (hoy de Cervantes) para instalarse con su familia legítima a la altura de 1610: «Parva propria magna. / Magna aliena parva» («Que propio albergue es mucho, aun siendo poco, / y mucho albergue es poco, siendo ajeno», traduciría Calderón esa máxima latina en La viña del Señor). La casa le costó al Fénix 9.000 reales, esto es, el equivalente a los beneficios obtenidos por la venta de dieciocho de sus comedias, valoradas en 500 reales cada una. En esa casa de su propiedad, Lope reúne sus modestas posesiones, se entretiene cuidando su pequeño jardín y vive un ideal de aurea mediocritas, de dorada medianía. Durante veinticinco años, hasta su muerte en 1635, esta casa de la calle de Francos fue su refugio y atalaya.

El nombre de Antonia Clara, mencionado en la quinta estrofa, corresponde al de la única hija fruto de la sacrílega relación de Lope, ya sacerdote, con Marta de Nevares, que nació el 12 de agosto de 1617. En la estrofa siguiente, la mención de las Trinitarias puede remitir a dos sucesos en la vida del dramaturgo: hay que recordar, por un lado, que el 24 de enero de 1610 Lope había ingresado en la Congregación del Oratorio de las Trinitarias Descalzas. Pero aquí la alusión parece referirse más bien a otro suceso: años después, el 12 de febrero de 1622, su hija Marcela profesaría como religiosa, ingresando en el convento de las Trinitarias Descalzas con el nombre de Sor Marcela de San Félix.

Y es que, en efecto, el poema nos presenta a un Lope viejo y cansado (la voz lírica corresponde al propio escritor barroco): lágrimas, dolor, soledad, olvido, tristes presagios, afanes de muerte, miedo… En la parte final del poema, en las dos últimas estrofas, apreciamos además la inclusión motivos propios del desengaño barroco: la nada que es el hombre, con todas sus vanidades (los «Artificios del mundo», la fama que «a cumbres de fulgor» lo exalta…) frente a la grandeza y trascendencia de la divinidad («mientras Dios, que es sustancia, permanece»). Este es el texto del poema[2]:

Parva propria magna,
magna aliena parva.

¿No he pisado antes este suelo?
¿No he sido yo el que ha plantado
junto al brocal del pozo esa aspidistra?

Cuántas edades tiene si fue mano
la de él quien le dio vida, la formó
como obra de su aliento.

Calle de los Francos, todavía
salobre de mis lágrimas;
piedras de mis entrañas, dolidas
por diligencia del agravio.

Ah vosotros fantasmas
más vivos que la vida, sostenidos
por su amor que os permite
bullir en aposentos y braseros.

Qué solo estoy, Antonia Clara,
qué amargo rey con mis memorias
y este dolor por ti humillados
de espinas y de olvido.

Los cuervos de la tarde
graznan ya en las torres
de las Trinitarias. Campanadas
que la hora tiñe de presagios.

Afanes de muerte me consumen,
clamo, el eco me responde y con
mi propia voz me desengaña.
No sangre, miedo por mis venas sangra.

Ya es noche; noche larga.
Artificios del mundo, ingratitudes,
menos sois que soflama de pavesa,
mientras Dios, que es sustancia, permanece.

El hombre es nada,
hombre solamente,
aunque la fama a cumbres de fulgor lo exalte,
si el vejamen
del vivir todo lo iguala.


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 205.

[2] Lo copio tal como figura en Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 224-225. Puede leerse también en Óscar Cerruto, Estrella segregada, Buenos Aires, Losada, 1973, pp. 43-45 (corresponde a la sección «Moradas»), donde varía ligeramente la distribución de los versos; y también en Óscar Cerruto, Obra poética, recopilación, introducción y notas de Mónica Velásquez Guzmán, La Paz, Plural Editores, 2007, pp. 171-172. Un comentario del poema se encuentra en Mary Carmen Molina Ergueta, «Soledad y lenguaje. Los matices. Una lectura de Estrella segregada de Óscar Cerruto», en Montserrat Fernández Murillo, Mary Carmen Molina Ergueta, Mauricio Murillo Aliaga, Mónica Velásquez Guzmán y Farit Rojas Tudela, La crítica y el poeta: Óscar Cerruto, La Paz, UMSA-Carrera de Literatura / Plural Editores, 2011, pp. 65-66.

El poema «Amancaya…» de Octavio Campero Echazú

Octavio Campero Echazú (Tarija, 1900-Cochabamba, 1970) constituye una de las figuras más importantes de la lírica boliviana y es, según señala la crítica, «la expresión del romancero chapaco»: como escribía Emilio de Medinaceli, «Campero Echazú, el gran poeta de Tarija, es el creador de la poesía para mí llamada camperiana, del amor terrígena, expresada en el lenguaje popular de los indígenas tarijeños, llamados los chapacos, en parte y también en el español castizo»[1]. Igualmente, Juan Quirós comentaba en 1964:

Impregnado en las esencias de su natal terruño, Tarija, ha escrito una poesía sensorial, grácil y llena de aciertos, de un García Lorca incorporado a la poesía chapaca en cuanto a símbolos, manera y técnica se refiere, pero conservando avaramente la esencialidad del patrimonio de la tierra propia. Se le considera uno de los mejores poetas vernaculares. Últimamente ha ensayado otras maneras y otros tonos, más graves y solemnes[2].

Campero Echazú cursó sus primeros estudios en Tarija y los siguió más tarde en la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca, en Sucre. Allí se licenciaría el año 1931 en Derecho y en Ciencias Políticas. Más tarde se desempeñó como docente en la Escuela Normal de Sucre y como profesor de Filosofía jurídica en la citada Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca. Instalado después en Tarija, alternó allí su trabajo como director del Colegio San Luis con el cultivo de la literatura. Su corpus de obras poéticas está formado por Amancayas (1942), Poemas (1958), Voces (1950), Al borde de la sombra (1963) y Aromas de otro tiempo (1971, obra póstuma, en edición al cuidado de su viuda, Delia Zabalaga Canelas)[3].

En 1961 obtuvo el Premio Nacional de Poesía de Bolivia, y en 1962 el Municipio de Tarija lo proclamó «Hijo Predilecto de la Ciudad», en tanto que la Universidad Autónoma Juan Misael Saracho lo distinguió con el título de «Maestro de la Juventud Tarijeña». Tras su muerte, ocurrida en julio de 1970, el Ministerio de Educación y Cultura de Bolivia le otorgó el «Gran Premio Nacional de Literatura», como reconocimiento a la aportación cultural de su producción literaria. Más recientemente, en el año 2010, el conjunto de su obra ha sido declarado Patrimonio Cultural de la Nación.

Como un ejemplo representativo de su producción poética, copiaré aquí su bello poema titulado «Amancaya…»[4], perteneciente a Amancayas (1942), poemario en el que Octavio Campero Echazú da entrada a los paisajes, las tradiciones y las gentes de su Tarija natal. Destaca esta composición por la gracia y frescura de su ritmo popular, propio de la poesía tradicional (romance con rima á a, repetición de la reduplicación «amancaya, amancayita», uso de diminutivos afectivos: amancayita, mocita…), a lo que hay que sumar el valor expresivo de las distintas metáforas aposicionales (lámpara de la alborada, primera copla del alba, frescura de la mañana, urna de esencias chapacas) que se van aplicando a la flor:

Amancaya

Amancaya, amancayita
—lámpara de la alborada—,
en tu cáliz una estrella
se ha quedado rezagada.

Ya en los ojos de los bueyes
—pozos de paz de la casa—,
amancaya, amancayita,
despierta la madrugada,
y la vida en los corrales
ordeña leche de vaca.

Amancaya, amancayita
—primera copla del alba—,
no hay mocita que no lleve
tu perfume en la garganta,
cuando te cuelga en su oreja
por confidente del alma.

Amancaya, amancayita
—frescura de la mañana—,
cántaro al hombro, las mozas
se van al río por agua,
y en el aire flota un limpio
olor de ropa lavada.

Amancaya, amancayita
—urna de esencias chapacas[5]—,
¡bendita sea la tierra
que te nutre con su savia![6]


[1] Ver Emilio de Medinaceli, «La poesía terrígena de Campero Echazú», en Ensayos de estética, crítica poética, histórica y otros, La Paz, Editorial del Estado, 1969, pp. 147-160.

[2] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 41.

[3] Algunos repertorios mencionan también entre sus obras un volumen juvenil titulado Arias sentimentales (1918).

[4] Amancaya (también amancay o amancayo, del quechua amanqay o hamanq’ay) es el nombre que reciben en español varias especies vegetales nativas de América del Sur, que abundan en los Andes patagónicos y que tienen flores blancas o amarillas.

[5] chapacas: vocablo empleado para referirse a los pobladores nacidos en el valle central y en la zona alta (valles altos) del Departamento de Tarija.

[6] Tomo el texto de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 149-150.

Un soneto de Franz Tamayo en homenaje a Góngora

Dado que don Luis no aparece con mucha frecuencia por esta Ínsula Barañaria, no estará de más recordarle hoy —antes de que se nos enfade…— a través del soneto-homenaje que le dedicó el poeta boliviano Franz Tamayo.

Franz Tamayo (La Paz, 1879-La Paz, 1956), que además de poeta fue político y diplomático, constituye una de las figuras centrales de la literatura boliviana del siglo XX. Entre sus obras poéticas se cuentan Odas (1898) —cuya aparición fue saludada efusivamente por Rubén Darío—, Proverbios sobre la vida, el arte y la ciencia (1905), La Prometheida o las oceánides (1917), Nuevos proverbios (1922), Proverbios sobre la vida, el arte y la ciencia, fascículo segundo (1924), Nuevos rubayat (1927), Scherzos (1932), Scopas (1939) y Epigramas griegos (1945). Su obra puede adscribirse, en líneas generales, al Modernismo: «Es la poesía rara de un indio griego», escribe Juan Quirós[1], quien nos recuerda además el que fuera su lema —hermoso lema, ciertamente— en el terreno de la creación literaria: «La obra de belleza es para siempre».

Don Luis de Góngora y Argote

Y este es el texto —creo que no muy conocido— de su «Soneto en honor de don Luis de Góngora y Argote»:

Gran Don Luis, la rosa ha florecido
en vuestras manos de oriental orífice;
a un pagano donaire de pontífice
el garbo unís de príncipe garrido.

Ya Galatea y Tisbe os han sonreído
cual dos estatuas a su amante artífice.
Ya por siempre el canoro dios munífice
guardará vuestras rosas del olvido.

Indaga el peregrino apasionado
vuestra morada de cruzado moro
en el país lejano de Eldorado;

y una ciudad señala el dios canoro
donde en Alhambras de cristal calado
alza la gloria sus Giraldas de oro[2].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 41.

[2] Tomo el texto de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, p. 52, con un ligero retoque en la puntuación (el verso 2 se cierra ahí con un punto tras orífice).