Razones para la lectura de la novela histórica

En una entrada anterior repasábamos las razones para el cultivo de la novela histórica, es decir, nos situábamos en la perspectiva del escritor. Pues bien, por lo que toca al lector, este puede acercarse a la novela histórica como a una mera novela de aventuras exóticas (vemos que, además de al prodesse, el subgénero puede servir igualmente al delectare), como sucedió en buena medida con la novela romántica. Y muchas de las novelas históricas que se escriben en la actualidad en colecciones de varias editoriales (Edhasa, Martínez Roca, Apóstrofe, Edaf, Salvat[1]…) no pasan de ser nuevas novelas de aventuras que simplemente toman sus argumentos del pasado. Por otra parte, debemos considerar que una misma novela histórica puede tener diversos niveles de lectura: la ya mencionada Salammbô de Flaubert puede ser leída como una novela de aventuras, como una novela erudita que reconstruye meticulosamente la civilización de Cartago en el momento de la rebelión de los mercenarios, y, quizá de forma más acertada, como una novela psicológica de introspección en los sentimientos de los principales personajes.

En el extremo opuesto a la evasión tenemos el compromiso. En efecto, la novela histórica puede sufrir un proceso de politización, como sucedió con la novela histórica romántica española, tanto en un sentido liberal (Larra, García de Villalta) como conservador (Gil y Carrasco, Navarro Villoslada; en el ámbito europeo, también se cultiva una novela histórica de corte tradicionalista-católico: Qvo vadis? de Sienkiewicz, Fabiola del cardenal Wiseman). La novela histórica puede ser un instrumento de lucha al servicio de la crítica, con fines subversivos, de un sistema o gobierno, crítica enmascarada, para eludir la acción de la censura, en una problemática antigua, pero fácil de leer entre líneas si el lector es capaz de captar las situaciones semejantes o paralelas entre pasado y presente. Mencionaré algunos ejemplos: en la Alemania de los años 30 del siglo XX, los de la ascensión de Hitler al poder, fue frecuente presentar la época de los Reyes Católicos o de Felipe II como un modelo de tiranía y de un malsano nacionalismo a ultranza. Ernest K. Gann, en unas palabras preliminares a su novela Masada, en la que rememora la numantina resistencia, hasta la autoinmolación, de un grupo de judíos sitiado por las tropas romanas en una altura fortificada de Palestina, menciona este suceso como un símbolo de la resistencia patriótica frente a unas fuerzas de ocupación extranjera; el caso de la ocupación de Judea por los romanos en el siglo I a. C. es fácilmente extrapolable, entre otros, a la invasión de los países del Este de Europa por los ejércitos soviéticos. En un Post scriptum a la edición inglesa de The Gladiators (que se ha traducido al español como Espartaco. La rebelión de los gladiadores), del húngaro Arthur Koestler, señala que su novela forma parte de una trilogía en la que pretende realizar un análisis, tras su paso por el Partido Comunista, «de la ética revolucionaria y de la ética política en general».

La novela histórica puede convertirse también en un magnífico vehículo del sentir nacionalista, como sucedió frecuentemente en el siglo XIX, con la exaltación romántica del pasado nacional; de hecho, fue en Bélgica, hacia 1830, donde se acuñó la frase: «La novela histórica es una necesidad de un pueblo libre». En sentido contrario, el subgénero histórico puede transformarse en instrumento político de propaganda para los regímenes totalizadores (nazismo, fascismo, estalinismo): manipular y falsificar la historia de un pueblo es uno de los primeros pasos para destruir su conciencia histórica y tratar de cercenar su libertad.

El nombre de la rosa, de Umberto EcoEn fin, para el cultivo de la novela histórica puede haber también razones puramente externas, como la moda o el éxito: en los años 20-30 del siglo XIX, «el fenómeno Scott» hizo que las numerosas imitaciones de las Waverley Novels fueran prácticamente garantía segura de éxito editorial. Hoy en día encontramos, igualmente, en las secciones de novedades de las librerías —e igualmente de las grandes superficies— numerosos títulos de novela histórica (uno de estos últimos éxitos de ventas ha sido Los hijos del Grial, de Peter Berling, ambientada en la época de la persecución de los cátaros, que ha dado lugar a una continuación, Sangre de reyes). Evidentemente, habrá que buscar en las técnicas comerciales de publicidad y marketing parte del interés actual por la novela histórica. Convendría recordar, de paso, que varios de los últimos premios Planeta han correspondido a novelas de corte histórico: así, La guerra del general Escobar, de José Luis Olaizola, Yo, el rey, de Juan Antonio Vallejo-Nágera, No digas que fue un sueño, de Terenci Moix, En busca del unicornio, de Juan Eslava Galán o El manuscrito carmesí, de Antonio Gala. También se ha apuntado para el auge de este tipo de narración el notable éxito obtenido por Umberto Eco con El nombre de la rosa, que ha podido animar a otros escritores a probar fortuna en el mismo terreno[2].


[1] Resulta curioso comprobar cómo la publicidad insiste en que estas obras mezclan el interés de la materia histórica con la amenidad del relato novelesco; así, la reciente «Colección Grandes Éxitos de la Novela Histórica», de la editorial Salvat, se presenta en su catálogo con estas frases: «La Historia es fuente inagotable de relatos que solo necesitan de un buen escritor para convertirse en novelas. Gracias a la ficción literaria, la vida cotidiana a lo largo de los siglos, las grandes gestas del pasado y sus protagonistas dejan de ser fríos datos en los libros de texto y adquieren la cercanía y amenidad de la mejor narrativa actual. […] Una colección de 70 libros de aparición semanal que le permitirá descubrir civilizaciones desconocidas, disfrutar de las hazañas más extraordinarias y conocer a los hombres y mujeres que grabaron sus nombres en la memoria de la humanidad. […] Toda la acción y la fuerza de la mejor novela en una colección que le hará amar la Historia». Cf. también la publicidad de la colección «Memoria de la Historia», de Planeta: «Narrados con el mayor rigor histórico, cada uno de estos libros es tan apasionante como una novela».

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Razones para el cultivo de la novela histórica

¿Por qué se escribe novela histórica? ¿Por qué se lee novela histórica? Trataré de esbozar a continuación algunas de las razones que contestan a estas dos preguntas. La primera de todas sería la existencia de un interés generalizado por la historia[1]. Todos sentimos una curiosidad por la historia porque, en frase de Wilhelm Dilthey, «cuanto el hombre es, lo experimenta a través de la historia». Últimamente no solo interesa la historia política, militar y diplomática, la de los grandes hombres y los grandes acontecimientos, sino que nuestro conocimiento se enriquece con otros aspectos hasta ahora descuidados: la historia económica, cultural, religiosa, la de las ideas y, más recientemente, la de la vida cotidiana o la protagonizada por las mujeres, con lo que se camina hacia la denominada «historia total». Además, hoy en día, gracias a la prensa escrita, la radio y la televisión —y ahora también las nuevas tecnologías— somos testigos directos de grandes acontecimientos históricos: la caída del muro de Berlín y la reunificación de Alemania, el desmembramiento de la Unión Soviética y la caída de los regímenes comunistas en sus antiguos países satélites de la Europa del Este, la guerra en la ex-Yugoslavia, las revoluciones y hambrunas en los países del tercer y cuarto mundo… El hombre actual está sometido a un alud informativo que no siempre le permite tener una perspectiva de su propio presente. Pues bien, el conocimiento de la historia le ayuda a conseguirla.

En efecto, el saber histórico amplía y enriquece el conocimiento acerca de los hombres y sirve de complemento a la propia experiencia personal. Merced a la historia, el hombre puede recibir las enseñanzas del pasado, la experiencia acumulada por las generaciones precedentes (los viejos tópicos: historia, magistra vitae; historia per exempla docet, no por viejos dejan de tener validez), al tiempo que toma conciencia de su temporalidad al conocer la caducidad de otras épocas. Cuanto mejor conozcamos nuestro pasado, mejor entenderemos nuestro presente[2]; y cuanto mejor comprendamos nuestro presente, en mejores condiciones estaremos para afrontar felizmente nuestro futuro. Si en la historia el hombre puede buscar su propia identidad, la novela histórica contribuye a evitar la amnesia del pasado en una época necesitada igualmente de raíces y de esperanzas.

Los tres mosqueteros, de Alejandro DumasAdemás del carácter ejemplar de la historia, en la novela histórica encontramos valores y sentimientos universales: no es ya solo que determinados hechos o circunstancias se repitan en el curso de los siglos; es que los grandes temas (amor, honor, amistad, ambición, envidia, venganza, poder, muerte…), en tanto que humanos, son iguales en todas las épocas, y es precisamente su valor atemporal lo que permite que nos emocione igualmente una novela ambientada en el Egipto de los faraones o en el Nuevo Mundo americano descubierto por los españoles, en la Roma Imperial o en la Italia renacentista, en la antigua Bizancio o en la Francia dividida entre católicos y hugonotes bajo el reinado de Enrique IV. Si la novela de Dumas Los tres mosqueteros se sigue reeditando en la actualidad (y no solo en colecciones de literatura juvenil), ello puede deberse a una razón inmediata, como es la reciente filmación de una nueva versión cinematográfica de la misma, pero también a que los lectores de hoy siguen disfrutando con los lances y peripecias allí narrados; y, por supuesto, a que se sienten conmovidos, ya por simpatía, ya por repulsión, con la amistad entre los cuatro compañeros protagonistas, con el amor de D’Artagnan por madame Bonacieux, con la perfidia de Milady de Clarick o con la rivalidad amorosa del cardenal Richelieu y el duque de Buckingham.

Un escritor que sienta interés por la novela y por la historia puede llegar a plasmar sus inquietudes en esa forma literaria híbrida que es la novela histórica; tal es el caso, por ejemplo, de Juan Eslava Galán. Asimismo, el cultivo de la novela histórica puede responder a una situación vital del novelista que, cansado de su propio tiempo, que le parece prosaico o insuficiente, decide buscar un refugio artificial en la rememoración de épocas remotas o trata de encontrar en el pasado un sentido a su existencia actual; por ejemplo, Flaubert se dispuso a redactar su Salammbô —después de una ardua tarea de documentación de archivo y sobre el terreno— por hastío de la sociedad burguesa de su tiempo, la que había dejado reflejada en Madame Bovary. O más sencillamente, la novela histórica puede escribirse no por escapismo o evasión del presente, sino por mero amor al pasado, como una manifestación de añoranza romántica de hombres y sociedades que ya pasaron[3].


[1] A ese interés por la historia responde una reciente oferta de la editorial Planeta que ofrece una colección titulada «Selección de la Historia», la cual reúne 50 obras que abordan la temática histórica, aunque desde perspectivas distintas, agrupadas en siete grupos: «Memoria de la Historia», «Mujeres apasionadas», «Ciudades en la Historia», «Best sellers históricos», «Historia de la vida cotidiana», «Historias de la España sorprendente» y «Novela histórica».

[2] Así lo indica Lion Feuchtwanger en el «Epílogo» de su novela La judía de Toledo, Madrid, Edaf, 1992, p. 488: «Me dije a mí mismo: aquel que cuente de nuevo la historia de esas personas no solo estarás escribiendo Historia, sino que esclarecerá y dará sentido a algunos problemas de nuestro tiempo».

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

La novela histórica moderna y la continuidad de los temas históricos en la literatura española

Para los antecedentes más inmediatos de la novela histórica moderna, los que encontramos en el siglo XVIII y en los primeros años del XIX[1], remito a una entrada anterior donde abordé esta cuestión. Por esas fechas aparecen algunas obras que son ya novelas y que constituyen antecedentes muy claros —como por ejemplo El Rodrigo de Pedro Montengón, quizá la primera novela histórica española moderna— del género histórico romántico que se cultivará con profusión desde 1830.

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El hecho de que se puedan rastrear todos estos antecedentes, desde la épica y las antiguas crónicas hasta el XIX, no quiere decir, como ya quedó dicho, que exista una continuidad en el novelar histórico a lo largo de la literatura española, entre otras razones porque ninguna de esas obras tuvo suficiente influencia para crear una moda literaria[2]. Todo lo más, los novelistas románticos pudieron tomar algunos detalles concretos de esos precedentes[3]. Lo único que demuestra este rastreo es que los temas históricos han estado constantemente de moda en nuestra literatura y que, en varias obras a lo largo de los siglos, se han dado distintas combinaciones entre historia y ficción, lo que constituye en última instancia la característica fundamental de la novela histórica[4].


[1] Dejo de referirme a lo que de histórico pueda haber en los libros de viajes (Embajada a Tamorlán, de Ruy González de Clavijo, Andanzas e viajes por diversas partes del mundo, de Pero Tafur), reales o fantásticos; en la épica culta (Rufo, Trillo y Figueroa, Oña, Virués, Balbuena, Ercilla); y en los cantos endecasílabos (Vaca de Guzmán: Granada rendida; Leandro Fernández de Moratín: La toma de Granada por los Reyes Católicos) o en la poesía narrativa en general (Cienfuegos, Meléndez Valdés) del XVIII.

[2] Ver Neal A. Wiegman, Ginés Pérez de Hita y la novela romántica, Madrid, Playor, 1973, p. 1.

[3] Por ejemplo, el recurso a crónicas y manuscritos para garantizar la verosimilitud pudieron aprenderlo en las novelas de caballería, en el Marco Aurelio, en la Crónica Sarracina, en las Guerras civiles de Granada; la idealización de la mujer, del caballero musulmán y del amor, así como la descripción de armas, vestidos, batallas, combates singulares y otros elementos para conseguir el «color local», en las novelas, el teatro y los romances moriscos, etc.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: balance del Descubrimiento

En las dos novelas, En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen, Vicente Blasco Ibáñez defiende que el descubrimiento de América fue una empresa netamente española, que encabezó Colón como podía haberla capitaneado otro aventurero poco tiempo después. Destaca que los preparativos del primer viaje fueron una empresa popular; se trataba de una expedición comercial de particulares (Colón y los Pinzones), solo en parte costeada por los reyes:

Parecía esto un aviso de los otros viajes de descubrimiento que iban a multiplicarse en los años sucesivos, obra siempre de la colectividad, de la masa popular, de la verdadera nación española, en los cuales sólo ponían los reyes su autorización y el derecho de llevarse una quinta parte de las ganancias; viajes de ilusión, de heroísmo y de muerte, gracias a los cuales se descubrió y se colonizó en el breve espacio de medio siglo todo un nuevo mundo, la mayor parte de la llamada América, que después los mismos reyes explotaron torpemente y acabaron por perder (pp. 1290b-1291a)[1].

Los territorios descubiertos quedan descritos como una naturaleza virgen; los indígenas que los habitan son seres pacíficos e ingenuos: «Era la Humanidad antes del pecado original» (p. 1328b), «el continente de la humanidad risueña y sin malicia» (p. 1329a). Colón había descubierto un Paraíso pobre, en el que no halló las cosas soñadas, ni el oro ni las especias. Por otra parte, los indios, mansos y dóciles, no buscaban un trueque comercial con los hombres blancos, sino un trato místico (cfr. las pp. 1350a y 1352a), pues los creían hijos del cielo y aceptaban su religión como una magia superior (p. 1389a-b).

Colón en La Española

Por supuesto, Blasco Ibáñez constata en pasajes puntuales la violencia de aquel encuentro (muertes en las luchas, crueldades con los prisioneros, abusos a las mujeres, inicio de la esclavitud…), aunque no cae, como es lógico, en los tópicos de la leyenda negra difundidos desde otros países contra los españoles. Explica además que la guerra lo justificaba todo en aquella época (p. 1402a).

Respecto a los descubridores y conquistadores españoles, en estas novelas se destaca que fueron hombres de férrea voluntad, «hombres aficionados a la guerra, desdeñosos de la muerte, que parecían mostrarse más arrogantes según caían sobre ellos las miserias con peso abrumador» (p. 1390b). En ocasiones se comportaban como verdaderos protagonistas de novelas de caballerías por su nobleza y generosidad: «rivalizaban en grandeza de alma y sacrificio, pero siempre entre ellos, mostrándose implacables y crueles cuando trataban con otros que no fuesen de su raza» (p. 1489b). Así lo ponen de manifiesto los incidentes de Ojeda con Nicuesa y con Esquivel (son enemigos que, al encontrarse en situaciones de peligro, se comportan con extrema caballerosidad y olvidan los antiguos resentimientos y las amenazas cruzadas entre ellos; cfr., por ejemplo, las pp. 1476b-1477a). Hay, pues, en estas dos novelas americanas póstumas de Blasco Ibáñez un patriótico elogio, si no de la conquista del Nuevo Mundo, sí de los caracteres fuertes y valientes de aquellos conquistadores españoles que la hicieron posible[2].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: los personajes ficticios y su función

Fernando Cuevas y su compañera, la judía Lucero, son los héroes ficticios[1]. ¿Cómo engarzan estos personajes con el segmento histórico? En la primera novela Fernando sirve como paje de escoba al Almirante, fingiendo que Lucero es su hermano, para no separarse de ella; en la segunda cuentan con la protección de Ojeda, aunque luego se independizan como colonos en los nuevos territorios. Además, la pareja entronca con la historia por su enfrentamiento con Pero Gutiérrez, el repostero real.

Esta peripecia ficticia se desarrolla fundamentalmente en los capítulos II, 4, II, 5 y III, 2 de En busca del Gran Kan: durante el primer viaje, Pero Gutiérrez sorprende a los dos jóvenes besándose (la situación es muy comprometida porque, recuérdese, Lucero viaja disfrazada de hombre) y golpea a Fernando. Más tarde, los dos amantes tienen la oportunidad de bajar a tierra juntos y allí, en un lugar paradisíaco, «en medio de una naturaleza inocente, franca y pueril, igual a la de los tiempos anteriores al pecado original de la leyenda bíblica» (p. 1342a), consuman su relación amorosa. Todo este episodio constituye una clara paráfrasis del relato de la primera pareja del Génesis: como Adán y Eva, Fernando y Lucero se encuentran solos y desnudos en un jardín inmenso, comen la fruta de un árbol gigantesco y ni siquiera falta la mención de la serpiente. También esta joven pareja pronto va a ser expulsada de su paraíso: Pero Gutiérrez los sorprende, descubriendo la verdadera condición de Lucero; se explica así la misteriosa atracción que sentía antes por el paje.

Adán y Eva

Ya de vuelta en el barco, pretenderá abusar del secreto, queriendo forzar a la muchacha y, al ser rechazado, promete vengarse. En una nueva excursión a tierra, Gutiérrez sigue a los jóvenes y arroja a Fernando varias flechas envenenadas. Al errar sus tiros, Fernando toma una de ellas y le hiere en el cuello, dejándolo allí por muerto. En suma, en la primera novela el idilio de esta pareja, estorbado por el lascivo Pero Gutiérrez, forma la acción ficticia; pero se trata de breves secuencias narrativas incrustadas en el segmento histórico, que ocupa mucho más espacio y es más importante.

En la segunda novela, Lucero y Fernando viven bajo la protección de Ojeda. Blasco Ibáñez hace que la princesa Anacaona se prende del muchacho, aunque este vence tan «voluptuosa tentación» acudiendo al recuerdo de su esposa y su hijo Alonsico. Solo al ser rechazada por Fernando es cuando la bella indígena se interesa por el conquistador Ojeda. En la nueva ciudad de Santo Domingo, la pareja conoce cierta prosperidad, derivada del trabajo de Fernando como veedor en las minas. El antiguo paje Cuevas se ha convertido en un hombre maduro y Lucero es una mujer fuerte, que todavía viste a veces de hombre. Juntos llevan una existencia feliz y tranquila, alterada tan solo en el capítulo II, 4, cuando los atractivos de Lucero despiertan el deseo de Ojeda; no obstante, ella sabrá rechazarlo con energía y dominar la situación.

El matrimonio acumula lentamente su riqueza y Lucero ya no desea participar en nuevas aventuras descubridoras. Cuando Ojeda pretenda que Fernando empeñe sus propiedades para fletar un bergantín, ella dejará bien claro que el verdadero oro se obtiene cultivando la tierra y vendiendo a los colonos tocino y pan; y vaticina: «Solo serán verdaderamente ricos los que trabajen la tierra» (p. 1509a). Cuevas, ya viejo y cansado tras su agitada vida, oye hablar de las hazañas de Cortés y Pizarro en Perú y México. Él y Lucero son los únicos supervivientes que quedan en la isla del primer viaje. Su hijo Alonsico juega con los hijos mestizos de Ojeda, que pronto muestran su carácter altivo y orgulloso: ellos son criollos, han nacido allí, a diferencia de sus padres, que han venido de fuera. En fin, el comentario de Fernando al ver la actitud agresiva de su hijo vaticina la futura independencia de las naciones hispanoamericanas:

De España vinimos para trabajar, para construir un mundo nuevo, rabiando y muriendo muchas veces como animales. Lo que hacemos ahora tal vez dure siglos, y después llegará un día en que los hijos de nuestros hijos nos echarán tranquilamente de la casa que levantamos para ellos a costa de tantos sufrimientos, de tanta sangre… (p. 1509b)[2].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Martín Alonso Pinzón en «En busca del Gran Kan», de Vicente Blasco Ibáñez

Martín Alonso Pinzón Martín Alonso Pinzónes retratado como un hombre de mando (p. 1294a)[1], de gran temple de alma. Frente a la impopularidad de Colón, de él se nos dice que es la persona más carismática del condado de Niebla. Blasco Ibáñez opina que Pinzón buscó el dinero complementario que hizo posible el primer viaje y que se asoció de palabra con Colón: los dos eran, por tanto, socios con derechos iguales en la aventura. La novela nos lo describe como un experto hombre de mar: «Martín Alonso era infinitamente superior como marino a este Almirante que llegó con el tiempo a ser experto en la navegación, pero en este primer viaje mostró timideces, vacilaciones e inexperiencias propias de un simple aficionado a las cosas del mar» (p. 1349b). Para Blasco Ibáñez, los Pinzones fueron sin duda alguna «el alma marinera de la expedición» (p. 1334a).

Si Colón es retorcido y avaro, Pinzón se muestra franco y generoso (p. 1371a). En el viaje de vuelta, Martín Alonso, verdadero «atleta del mar» (p. 1381b), llega a España directamente, sin perder el rumbo; pero muere y queda secreto el contrato verbal que hizo con Colón. En cualquier caso, las preferencias del autor quedan claras al dedicarle un exclamativo apóstrofe de despedida: «¡Adiós, Martín Alonso! ¡Adiós para siempre!» (p. 1382a)[2].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Alonso de Ojeda en «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez

Alonso de OjedaAlonso de Ojeda es el antagonista de Colón en la segunda novela del díptico, El caballero de la Virgen, que continúa a En busca del Gran Kan[1]. Algún rasgo lo emparienta con el Almirante, pues también él está predispuesto a aceptar «todo lo que fuese audaz y extraordinario» (p. 1400b) y es «tan imaginativo y entusiasta» como aquel (p. 1408b). Se trata de un «supersticioso caballero» que cree que la Virgen lo protege: lleva su imagen colgada del arzón de su caballo y nadie le ha herido jamás. Ojeda aparece como un magnífico caudillo militar, valiente y astuto: «Era el único que sabía infundir valor a los débiles y sostener la voluntad de los enérgicos, mostrándose en todas partes. Cada soldado, al verlo, creía seguir a un poderosísimo ejército» (pp. 1481b-1482a). De su decisión e ingenio da buenas muestras en la captura del cacique Caonabo, en el combate con los indígenas en Yubarco, al dominar la situación en el barco del pirata Talavera o al cruzar con sus hombres la isla de Jamaica, sufriendo mil penalidades.

Alonso de Ojeda es intrépido, altivo y orgulloso; pero, a diferencia del avariento Colón, muestra su «pródigo carácter» derramando su oro en los momentos prósperos: «Quería riqueza para repartirla a manos llenas» (p. 1448b). Frente al Almirante, que se olvida por completo de Beatriz, Ojeda recordará siempre a su amada doña Isabel, la hija del licenciado Herboso. En resumen, Ojeda es presentado como un experto jefe militar, de la misma forma que Pinzón aparecía como avezado marino. Los dos sirven de contrapunto a la figura de Colón, de forma que las buenas cualidades de estos subrayan por contraste las inferiores condiciones del genovés.

Colón, Pinzón y Ojeda son los principales personajes históricos de estas dos novelas de Blasco Ibáñez. Hay otros dos, menos importantes, pero que merece la pena destacar por el tratamiento que reciben, que los acerca a la categoría de los personajes de ficción. Me refiero a Beatriz Enríquez de Arana, la mujer de la que se enamora Colón, transformada por el amor, alegre y soñadora; y a Pero Gutiérrez, repostero de la casa real, convertido en el villano de estas novelas por la saña con que persigue a Fernando y Lucero. Por otra parte, el censo de personajes históricos es muy elevado. Aunque no intervengan como protagonistas en un primer plano de la acción, tienen cierta relevancia los Reyes Católicos, el doctor Gabriel de Acosta, fray Hernando de Talavera, Juan de la Cosa, el obispo Fonseca y los personajes indios Guanacarí, Caonabo o Anacaona. Muchos otros desfilan por las páginas de estas novelas meramente aludidos: Rodrigo de Borja, el cardenal Mendoza, Alfonso de Quintanilla, fray Diego de Deza, Luis de Santángel, Rafael Sánchez, Diego de Arana, Juan Pérez, Garci Hernández, Juanoto Berardi, Américo Vespucio, el Padre Boil, Bernal Díaz de Pisa, Fermín Cado, Pedro Margarit, Juan Aguado, Miguel Díaz, Hernando de Guevara, Francisco de Bobadilla, Nicolás de Ovando, Diego de Nicuesa, Rodrigo de Bastidas, Diego Velázquez, Pánfilo de Narváez, Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Martín Fernández de Enciso, Lope de Olano, Bernardino de Talavera, Núñez de Balboa, Zamudio, Valdivia, Rodrigo de Colmenares…[2]


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Cristóbal Colón en «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez

Cristóbal ColónEn El caballero de la Virgen[1] se reiteran los mismos rasgos de su carácter que veíamos en la primera novela, En busca del Gran Kan. Su codicia y su orgullo hacen crecer la animadversión contra él y sus hermanos, Diego y Bartolomé, tan ambiciosos como Cristóbal: «Donde estén los Colones, todo es para ellos y nada queda para los demás. Les ofende tener amigos: solo admiten servidores» (p. 1432b), explica Ojeda. Más tarde añade que esa familia es «gente ávida, capaz de disputar hasta las migajas a cuantos les siguiesen» (p. 1434b). Expresiones como «elocuencia imaginativa», «geografía delirante», «geografía fantástica» se repiten hasta la saciedad. A la quimera del oro se suma en el tercer viaje la «manía mística» y la creencia de haber localizado el Paraíso terrenal. Colón sigue acumulando errores garrafales: piensa que la tierra tiene forma de pera y que, al hallarse en la zona del pezón, tiene que navegar hacia arriba, remontando el mar. Sus hermanos rivalizan con él en avaricia: no reparten el oro ni los víveres y son violentos, crueles en los castigos, «imperiosos, faltos de condiciones de mando, sin generosidad alguna, con una rapacidad que acababa por alejar de ellos a las gentes» (p. 1440a). También en España crece la impopularidad de Colón, hasta el punto de que sus hijos, pajes de los reyes, reciben el nombre de «los mosquitillos» (porque su padre chupa la sangre de los españoles). El cuarto viaje fue «su última aventura de navegante visionario, […] la última quimera de su vida, el postrer sueño dorado, enardecedor de sus ansias de poder y riqueza» (p. 1450a-1450b). Tras poner de relieve una vez más «las fantasías del Almirante», sus «quimeras geográficas», la «geografía delirante aprendida en Marco Polo y Mandeville», el novelista escribe:

Colón, poeta del mar, perturbado mentalmente por la vejez y el exacerbamiento de sus fantasías, empezaba a saber menos que muchos pilotos vulgares y prácticos. Además, en España eran cada vez más los hombres de estudio que se reían del Gran Kan y todas las quimeras asiáticas del almirante, afirmando que las tierras descubiertas eran un nuevo mundo. Pero don Cristóbal seguía aferrado a su ilusión, declarando ignorantes a cuantos ponían en duda sus afirmaciones. Él solamente podía conocer la verdad (p. 1452ab)[2].

En las pp. 1452-1453 se resumen sus cuatro viajes y sus errores, para concluir que Colón fue un soñador idealista («De cada uno de sus viajes traía el Almirante una ilusión dorada y triunfadora, siendo siempre la última la mejor», p. 1452b), un «sembrador de doradas quimeras» (p. 1453a) que se creía dueño único de los rumbos, aunque muchos otros marinos le superaban en pericia y conocimientos. En España, casi nadie se acuerda de él, a no ser los sabios, que se burlan de «sus enormes errores científicos» y de las «inexactitudes fantásticas» de sus relatos: «No describía los países vistos por él como debe hacerlo un explorador. Los iba amoldando a los libros que llevaba leídos y a su geografía quimérica de Asia» (p. 1456a). Colón morirá olvidado de todos, y sería Américo Vespucio quien daría nombre al nuevo continente.

En definitiva, Blasco Ibáñez nos ofrece en estas dos novelas una visión completamente desmitificada de Colón, al presentarlo como mal marino en el mar y peor gobernante en tierra[3]. Por otra parte, en el epílogo de En busca del Gran Kan, «El misterio de Colón. El novelista al lector», explica las tres hipótesis más verosímiles por las que tuvo tanto interés en ocultar su pasado: 1) por vanidad, para no revelar su origen modesto; 2) porque fue pirata y negrero; 3) porque era judío. Ahí lo enjuicia como una «personalidad compleja, abundante en cualidades geniales y defectos enormes» (p. 1396b). Destaca además que el aventurero Colón realizó su proyecto con el auxilio de los españoles («Cuanto hizo fue apoyándose en España, que le dio dinero, buques y hombres», p. 1394a). Fue navegante de gran experiencia, pero mucho menos práctico que los Pinzones. Como hombre de ciencia, conoció tan solo lo que era de conocimiento vulgar, y el descubrimiento se hubiera hecho igual sin él pocos años después. Este es el balance final de su figura:

Colón no fue sabio ni santo. Fue simplemente un hombre extraordinario, dotado de gran imaginación y firmísima voluntad, con alma de poeta y avaricias de mercader, audaz unas veces y otras prudente en exceso, hasta el punto de dejar sin terminación las más de sus exploraciones; genial en muchas de sus concepciones y en otras obcecado y testarudo de un modo incomprensible. En resumen: un hombre de enormes cualidades y grandes defectos, favorecido extraordinariamente por la suerte en su primer viaje y maltratado por ella en los siguientes, que encontró un nuevo mundo sin saberlo nunca, tropiezo el más famoso y trascendental de la historia humana (p. 1398b)[4].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Piensa Acosta: «¡Quién sabe si algún día el vulgo hará de este visionario de pocas letras un hombre de saber inmenso, aislado en medio de la ignorancia de su época, y a nosotros, los pocos que teníamos un conocimiento más aproximado a la realidad, nos presentarán como unos asnos!…» (p. 1456).

[3] También ha insistido en que probablemente no fue el primero en llegar a aquellas tierras, sino que hubo descubridores que le precedieron.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Cristóbal Colón en «En busca del Gran Kan», de Vicente Blasco Ibáñez

Cristobal ColónEl retrato y la valoración de Cristóbal Colón constituyen uno de los aspectos más importantes de ambas obras[1], siendo el personaje histórico que les da unidad. En cada una de ellas tiene enfrente un antagonista, Martín Alonso Pinzón y Alonso de Ojeda, y en la confrontación con ambos sale bastante mal parado el Almirante. Y es que Blasco Ibáñez se propuso desmitificar su figura, abordándola con actitud contraria a la de sus panegiristas, quienes lo ensalzaron hasta el extremo de hacer de él un genio y un santo, o poco menos. No cabe duda de que la personalidad de Colón —una curiosa mezcla de marino, negociante y soñador idealista— fue compleja y apasionante. Al comienzo de En busca del Gran Kan se nos describe como un caballero de capa raída (pp. 1218b-1219a), uno de los muchos hidalgos pobres existentes en España. En el capítulo tercero se ofrecen más datos: habla el narrador de su misterioso origen (tal vez sea converso, como sospecha Acosta, o quizá judío) e insiste en dos notas muy marcadas de su carácter, la egolatría (p. 1237a) y la tenacidad: «Era el hombre de una sola idea a la cual dedica toda su existencia» (pp. 1235b-1236a).

En ese mismo capítulo se explica su proyecto (llegar a las Indias por Occidente), con la indicación de las lecturas que le han inspirado: la Imago mundi de Pierre d’Ailly, el relato de viajes de Marco Polo y el Libro de las maravillas de Juan de Mandeville. Blasco Ibáñez subraya sus enormes errores de cálculo: Colón creía que la masa continental era muy grande y el océano muy pequeño, en proporción de siete a uno, y confundía las millas árabes con las italianas. Manifiesta además su convicción de que no se movía por intereses científicos, sino que buscaba oro, poder y honores. A lo largo de la novela se aludirá muchas veces a la «geografía delirante» del Almirante y a sus quiméricos proyectos: localizar al Gran Kan y rescatar abundante oro para liberar el Santo Sepulcro del poder del Islam (cfr. la p. 1364a). También a su mesianismo, pues constantemente apela al apoyo de Dios, del que se cree un elegido, y se guía por su fe ciega de iluminado. Es un «soñador de los caminos del Océano», soñador de ensueño único (p. 1274b) que escribe de forma lírica en su diario de a bordo, un «hombre contradictorio, mezcla de poeta y mercader, de místico vidente y avaro judaico» (p. 1320b[2]). Para el novelista valenciano, «Colón fue el último hombre célebre de la Edad Media, un hermano de los astrólogos y alquimistas» (p. 1356a).

Otro destacado rasgo de su persona es la predisposición a la sospecha, la manía de verse perseguido y la creencia de que todos se muestran ingratos con él. Cuando los reyes le procuran los primeros dineros, cambia de vestido para dejar de ser el hombre de la capa raída (p. 1270b) y muestra su superioridad orgullosa por el tratamiento de don que le han concedido. La ambición sin límites es nota que completa su retrato moral: sus exigencias son las de ser Almirante, Virrey y Gobernador perpetuo de las tierras que se hallen, para sí y sus descendientes. Colón es además rencoroso: al ser finalmente aprobado su plan, visita a su opositor Acosta para vanagloriarse de su triunfo. Un sentimiento que podría dulcificar su carácter es el amor: cuando conoce a Beatriz de Arana, ella es la fuerza que le anima en los momentos de desesperanza, y así, en una de las cartas de marear que traza pinta a la Virgen con las facciones de la mujer amada. Sin embargo, pronto los fracasos sacan a la luz su mal carácter y más tarde, cuando llegue a ser rico y famoso, sentirá un desvío completo por ella. Escribe el novelista, haciendo un primer balance de su figura:

Una leyenda formada después de la muerte de Colón nos lo ha presentado durante tres siglos como un genio superior a todos sus contemporáneos, sólo comparable a una montaña aislada en el centro de un desierto, y esta concepción romántica y falsa no puede ser más opuesta a la realidad. Quisieron hacer de él un ser providencial, poseedor de un secreto sólo conocido por él, hasta el punto que de haber muerto, ningún otro hombre habría podido realizar su obra (p. 1284b).

El inicio del primer viaje añade otra nota negativa, la de mal marino: por un lado, Colón anota menos leguas de las navegadas, pensando ingenuamente que podrá engañar a sus tripulaciones, formadas por curtidos pilotos y marineros; por otro, se destaca su mal carácter (p. 1311b) y su falta de dotes de gobierno. En opinión de Blasco Ibáñez, no hubo ningún motín por la tardanza en avistar tierra, tan solo unas murmuraciones de los proeles:

Y esto fue lo que sirvió muchos años después para que los panegiristas de Colón, necesitados de convertirlo en una especie de Cristo perseguido o de cordero entre lobos, inventasen una terrible conspiración y un ruidoso motín en el cual los marineros amenazaron de muerte a su jefe con las armas en la mano, y éste les pidió un plazo de tres días, lo mismo que un personaje de ópera, para descubrir tierra, realizando su promesa dentro de las setenta horas, como un maquinista de tren que llega puntualmente (p. 1315b).

Continuamente se alude a la impericia y al carácter descontentadizo de Colón: «era capitán poco experto en la práctica naval y de genio enojadísimo, injusto, egoísta, incapaz de la fraternidad marinera que se establece entre los jefes y sus hombres más humildes al correr todos una suerte común» (p. 1316a). Los datos en su contra se acumulan: Rodrigo de Triana nunca tuvo la renta real prometida al primero que divisase tierra, al adjudicársela Colón (por la lucecilla que vio la noche anterior). Además se empecina en sus errores: tras la llegada a Guanahaní el 12 de octubre, Colón cree que el Cipango (Japón) está cerca; no cree que Cuba sea una isla, sino la tierra firme de Asia (Catay o China); cuando la Santa María choca con unos bajos, elude la responsabilidad acusando a otros; en el viaje de vuelta da muestras de su inexperiencia al dejar sin lastrar su nave y al tener que tocar dos veces en tierras portuguesas, etc.

El último capítulo de En busca del Gran Kan recapitula las principales notas negativas de su carácter, añadiéndose ahora el cariño desmedido a los suyos: «Para que él amase a alguien era preciso que se llamara Colón» (p. 1383a). Blasco Ibáñez ve en él un navegante visionario «de palabra fácil e imaginación pronta» (p. 1387b), cuya mente estuvo llena de fantasías, de «exageraciones imaginativas» (p. 1389a), hasta el punto de que morirá convencido de haber llegado a las tierras del Gran Kan, y no de haber descubierto un Nuevo Mundo[3].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Poeta y mercader lo llama también en la p. 1326b, y en la en la p. 1349a insiste en su fervor de poeta.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: la relación entre historia y ficción (y 2)

Los cuatro viajes de ColónEn estas dos obras[1] Blasco Ibáñez evoca con notable exactitud los cuatro viajes a América de Cristóbal Colón, contados con minuciosidad y rigor (de forma especial el primero, al que se dedica toda una novela). No es posible resumir de forma puntual todos los sucesos históricos en ellas recogidos: los preparativos y las incidencias del primer viaje, el descubrimiento de Guanahaní y las islas cercanas, la llegada a Cuba, el hallazgo y exploración de la Tierra Firme, etc. Tampoco resulta fácil deslindar las fuentes concretas en las que bebió el novelista para narrar cada suceso particular. Es indudable que utilizó, además del Diario de Colón y las crónicas de Indias contemporáneas[2], las principales obras historiográficas modernas dedicadas al primer Almirante de la mar océana y al Descubrimiento de América, en general. Él mismo afirma, en el epílogo de En busca del Gran Kan, que desde 1910 investiga la figura de Colón y se jacta de haber leído todo lo que acerca de él se ha escrito.

Pero además de la verdad de los sucesos históricos narrados, que no son aquí un mero telón de fondo, sino que constituyen el primer plano de la acción novelesca, las dos obras muestran su carácter histórico a través de las numerosas alusiones que van salpicando sus páginas: datos sobre la situación de los judíos en España (p. 1214a-b[3]), la Santa Hermandad (p. 1217b), el matrimonio de los Reyes Católicos, los saberes latinos de doña Isabel y sus damas (p. 1256b), las amadas del cardenal Mendoza (p. 1260a), noticias de los diversos atentados sufridos por los reyes[4], etc. Lograda es también lo que podemos llamar «reconstrucción arqueológica» de la época novelada, que se consigue merced a la descripción de las costumbres y prácticas sociales, los vestidos, las armas, las comidas, los edificios, el mobiliario, etc. La misma exactitud se refleja en los tratamientos, por ejemplo al aplicar a los reyes el de Alteza, pues el de Majestad no empezó a usarse en España hasta los monarcas de la casa de Austria. A todo esto hay que añadir la introducción, si bien en pasajes muy concretos, de algunos arcaísmos, que suelen ir destacados en cursiva; en algunos casos se trata de meros rasgos fonéticos: ferir, fagamos, fallamos, agora…, aunque también hay arcaísmos léxicos: sabidor, cuentos ‘millones’, golfines ‘bandidos’, marranos ‘judíos’… A veces esas expresiones desusadas que aluden a costumbres de la época quedan explicadas por el narrador: hacer sala (p. 1223a), poner mesa (p. 1282b), hacer la salva (p. 1391a). La presencia de estos arcaísmos no es abusiva, pero su incrustación en determinados pasajes contribuye a aumentar el «sabor de época» y la verosimilitud de estas novelas[5].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Me refiero a los relatos de Fernando Colón, Américo Vespucio, Mártir de Anglería, Fernández de Oviedo, Las Casas, etc. Alberto Sánchez, «Curiosa fuente de un pasaje de Blasco Ibáñez», Revista Valenciana de Filología, I, 1, 1951, pp. 73-88 señala algunas deudas de En busca del Gran Kan con la obra de Francisco Maldonado de Guevara El primer contacto de blancos y gentes de color en América (libro que recoge sus conferencias pronunciadas en la Universidad de Valladolid en 1924 y que remitió al novelista).

[3] En el capítulo segundo de En busca del Gran Kan encontramos una valoración positiva de los judíos como fuente de riqueza nacional y por su papel de intermediarios del saber árabe en su transmisión a Occidente (esto mismo en A los pies de Venus, p. 1125b).

[4] Blasco Ibáñez es tan detallista que nos transmite, por ejemplo, el nombre de los cuatro presos a los que se concedió el indulto para que formaran parte de la tripulación del primer viaje: Bartolomé Torres, Alfonso Clavijo, Juan de Moguer y Pedro Izquierdo.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.