La reaparición de personajes supuestamente muertos en la novela histórica romántica

Caballero muertoLa muerte aparente de algún personaje es recurso muy repetido en la novela histórica romántica española[1]: en La conquista de Valencia por el Cid, Elvira cree que ha muerto el Caballero del Armiño al ver una cabeza cortada que lleva su casco; en El lago de Carucedo, Salvador cree que María ha muerto y viceversa; en El señor de Bembibre Beatriz da por muerto a Álvaro al serle presentadas la trenza y la sortija que ella le había dado; en realidad, se le ha hecho pasar por muerto gracias a un somnífero[2], que es lo que ha engañado a su escudero; en Bernardo del Carpio parece que María y el ermitaño han muerto devorados por los lobos al ser encontrados unos vestidos ensangrentados; en El doncel, algunos personajes quieren hacer creer que ha muerto doña María de Albornoz.

Usdróbal, personaje de Sancho Saldaña al que se daba por muerto en una emboscada, reaparece en el duelo, de incógnito. Zoraida, a la que también se creía muerta, regresa al final en la ceremonia de boda para matar a Leonor. En la novela de Trueba, Rodrigo piensa que ha matado a Gómez Arias, pero como la pelea ha tenido lugar a oscuras, quien ha caído ha sido Roque; después, Teodora observa un cadáver colgado, que cree de Gómez Arias, pero en realidad es el de Rodrigo[3].


[1] En Ivanhoe se produce la «resurrección» de Athelstane, caído en un combate, aunque sin heridas de importancia, y que reaparece, para sorpresa de todos, mientras se está celebrando su funeral.

[2] Y en El golpe en vago se suministra un somnífero para que pase por muerta… a una mula; se trata de una clara burla de este recurso tópico (ver p. 925).

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La superstición en la novela histórica romántica española (y 3)

Así pues, las referencias a distintas supersticiones salpican constantemente las páginas de estas novelas históricas; pero lo más curioso es que el narrador siempre ofrece una explicación racional para todos esos fenómenos extraños: el supuesto fantasma nunca es tal, sino un personaje con una vestidura blanca en medio de la noche; los aullidos de carácter sobrenatural se explican por el roce del viento en las hojas de los árboles, y así sucesivamente. Los novelistas no parecen dispuestos a dar entrada en sus obras a lo irreal o irracional; solo incluyen lo aparentemente sobrenatural, tal como han destacado Guillermo Carnero e Inés L. Bergquist:

La novela histórica española es condenable desde varios puntos de vista. Dejando al margen la cuestión de su originalidad, que carece en sí de importancia, tiene en general un gravísimo defecto: la poca audacia que demuestra al dar siempre una explicación racional a lo extraordinario, y la tosquedad con que plantea las explicaciones de carácter psicológico. Es sintomático el procedimiento por el cual se destruye a sí mismo el rico entramado de la ficción sobrenatural en Los bandos de Castilla. ¿Falta de genialidad o de audacia en nuestros novelistas, autocensura con vistas a la acogida del público? Una y otra razón no serían más que efectos y crisis de carencias de la España y de la Europa burguesa del XIX, más profundas y graves que la incapacidad para admitir la aventura espiritual que propone la genuina literatura fantástica[1].

Lo sobrenatural, incluido en nuestras novelas, como en buena parte de la novela gótica, para hacer correr un delicioso escalofrío por el espinazo del lector, es siempre explicable. La apariencia de lo sobrenatural es admisible, pero nuestros autores —y, es de suponer, su público— son demasiado racionalistas para tratarlo como realidad[2].

Por ejemplo, el narrador adopta esa actitud desmitificadora al final de El lago de Carucedo, después de señalar la aparición de un hábito y de un cisne sobre las aguas del lago recién formado por el terremoto que se produce después de desaparecer los dos amantes:

Y es lástima en verdad que todo ello no pase de una de aquellas maravillosas consejas, que donde quiera sirven de recreo y de alimento a la imaginación del vulgo ansiosa siempre de cosas milagrosas y extraordinarios sucesos. […] Por lo demás, el lago de Carucedo tiene el mismo origen que la mayor parte de los otros, y lo único que lo ha producido son las vertientes de las aguas encerradas en un valle sin salida. […] Tal es la verdad de las cosas, desnuda y fría, como casi siempre se muestra (p. 250).

Castillo de Cornatel

En otras ocasiones, en fin, la superstición de un personaje sirve simplemente para introducir un rasgo de humor. Aznar avanza por un corredor oscuro y escucha una voz; entonces se deja llevar por su exaltada imaginación caballeresca:

—¿Quién eres? —respondió el almogávar— ¿Eres, por ventura, alguna dama encantada, de esas que dicen que suelen habitar en estos palacios y castillos? […] Y aun si quieres que te desencante y está en poder humano, yo lo haré de muy buena voluntad que, puesto que seas mora, todavía ha de valerte la dulzura de tu voz y la hermosura que en ti estoy ya imaginando. […]

—Menos imaginaciones, seor almogávar, y vamos a las obras. Yo no soy mora, ni estoy encantada, ni soy otra cosa que la honrada Castana (La campana de Huesca, pp. 169-170)[3].


[1] Guillermo Carnero, «Apariciones, delirios, coincidencias. Actitudes ante lo maravilloso en la novela histórica española del segundo tercio del XIX», Ínsula, mayo de 1973, núm. 318, p. 15.

[2] Inés L. Bergquist, El narrador en la novela histórica española de la época romántica, Berkeley, University of California, 1978, pp. 32-33.

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La superstición en la novela histórica romántica española (2)

HechiceraEs muy habitual también la aparición de videntes, magos, hechiceros, curanderos y astrólogos que con sus profecías y vaticinios causan la admiración de todo el mundo; pensemos que en la novela de Larra el rey Doliente aparece preocupado por las predicciones y advertencias de su astrólogo; y el marqués de Villena aparece visto, a los ojos del pueblo, como un nigromante. La vieja Gontroda que figura en la novela de Navarro Villoslada Doña Urraca de Castilla recuerda mucho a la Ulrica de Ivanhoe, tanto por sus puntas de bruja como por su dramática muerte en el incendio el castillo de los Moscosos. En Amaya, del mismo autor, esta función la desempeña la sacerdotisa vasca Amagoya, personaje trágico que simboliza todas las tradiciones y todo el pasado pagano de su pueblo.

Por supuesto, no todos estos magos son siempre tales, sino aprovechados que saben explotar la credulidad popular[1], como señala el narrador de La conquista de Valencia por el Cid:

El ingenio lo conseguía todo en aquellos tiempos de ignorancia, y transformando los sucesos más sencillos con la magia de la reinante superstición, suponía prodigiosos y sobrenaturales unos acontecimientos que en sí mismos no tenían nada de extraordinario. De aquí nacen las maravillas, apariciones y encantamientos que nos refieren las antiguas leyendas, y que examinadas a buena luz no son otra cosa que rasgos de desenvoltura y agudeza con que hombres superiores a los otros en ingenio y conocimientos utilizaban en su provecho la ajena ignorancia. Nada más fácil que hacer ver a una imaginación exaltada por el terror fantasmas y sombras gigantescas; y si el embelecador poseía, por fortuna, algunos secretos físicos, pasaba plaza de mago, y se captaba la universal admiración (p. 299)[2].


[1] Así, por ejemplo, la «bruja» que trata de mostrar el futuro a Zoraida, «crédula como todos los hombres y mujeres de su siglo», a cambio de unas monedas (ver Sancho Saldaña, p. 562).

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La superstición en la novela histórica romántica española (1)

Además de esos elementos generales de fantasía y misterio, y los que contribuyen a dar a la novela ese «color local» y un tono de medievalismo más o menos convencional, existen otros motivos repetidos, a saber: 1) la superstición; 2) la reaparición de personajes supuestamente muertos; 3) la ocultación de la personalidad de algún personaje; 4) el uso de prendas; y 5) el empleo del fuego (u otras catástrofes) para crear incidentes dramáticos. Comencemos examinando lo relativo a la superstición[1].

EspectroSon innumerables en la novela histórica romántica las referencias a espectros, visiones, sombras, espíritus malignos y un larguísimo etcétera de creencias supersticiosas. El narrador suele hablarnos desdeñosamente de aquellos «siglos de superstición», del «vulgo bárbaro y lleno de supersticiones», murmurador y fantasioso, anhelante siempre de historias mágicas y maravillosas, o de los moros, a los que se denomina tal vez «hijos de la superstición». Un personaje de Los caballeros de Játiva, el soldado Boluda, expresa así su miedo a unos supuestos fantasmas:

—¡A qué negarlo! Sé luchar con los vivos; sé escalar una muralla coronada de combatientes, sé penetrar en lo más grueso de un cuerpo enemigo en lo más recio de la pelea; cuanto hagan los hombres puedo hacer yo; pero no me des visiones ni ánimas en pena, porque dejo de ser hombre y me convierto en niño medroso y espantadizo (p. 146).

Otros personajes, en cambio, afirman no creer en tales supercherías, como Hassan, en la misma novela, que dice a En García que las historias de la princesa encantada encerrada en la Torre del Sol no son sino cuentos «de viejas y gente desocupada» (p. 116). Y otro exclama: «… desdichado del duende que procurara acercarse a mí. ¡Puede que del primer revés!…» (p. 145). De forma similar, don Alonso, personaje de Bernardo del Carpio, rechaza la creencia en el supuesto fantasma de Roldán: «Ojalá que yo le viera, para probar si mi espada bastaba para hacerle estar quieto en su tumba» (p. 175)[2].


[1] Puede consultarse el interesante artículo de Guillermo Carnero «Apariciones, delirios, coincidencias. Actitudes ante lo maravilloso en la novela histórica española del segundo tercio del XIX», Ínsula, mayo de 1973, núm. 318, pp. 1 y 14-15. Distingue tres elementos en la literatura fantástica contemporánea, lo maravilloso sobrenatural, lo maravilloso psicológico y lo maravilloso reductible por la razón. Después rastrea su presencia en varias novelas históricas, para concluir que en ellas todo se limita al tercer tipo de lo maravilloso.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Recursos de intriga en la novela histórica romántica española

El novelista histórico echa mano de todo tipo de lances y peripecias para provocar sorpresa y mantener despierta la atención del lector[1] y, así, encontraremos en las páginas de estas novelas desafíos y duelos, torneos, juicios de Dios, combates singulares, batallas, asaltos a castillos, amores clandestinos, enfrentamientos entre padres e hijos, raptos, cuchilladas, ejecuciones, fiestas de toros, cañas y sortijas, zambras, bailes, banquetes, descripciones de armas, vestidos y objetos lujosos, enfrentamientos raciales, persecuciones religiosas, bandidos y salteadores, votos y juramentos, superstición, hechicerías, magia, agüeros, pasiones violentas, conspiraciones, intrigas palaciegas, venganzas, embozados e incógnitos[2], etc. etc.

Torneo

Hay también cierto regusto por algunos elementos de misterio y truculencia propios de la novela gótica o de terror: fantasmas, lúgubres visiones, espectros, sombras, voces misteriosas, gritos terroríficos, tétricos calabozos, extraños murmullos, celdas solitarias, castillos aislados, oscuros pasadizos subterráneos, esqueletos, cabezas cortadas, puertas simuladas que se abren con resortes secretos, instrumentos de tortura, pócimas y bebedizos, pomos de veneno…

Calabozo

En ocasiones entran también en las novelas algunas dosis de violencia y crueldad[3]; el ejemplo más significativo podría ser la muerte en Sancho Saldaña de Zacarías que, atado a un árbol, es atacado primero por un perro azuzado por los bandidos para recibir después un hachazo del Velludo en la cabeza. Tremendista es también el cuadro del cadáver de Anselma siendo picado por las aves de rapiña en Gómez Arias[4]. O estas dos descripciones de un campo de batalla después del combate:

Cráneos rotos, miembros destrozados, armas abandonadas, moribundos retorciéndose entre las angustias de la muerte, heridos aplastados bajo el peso de una legión o bajo los pies de los caballos, cadáveres mutilados esparcidos acá y acullá, eran los despojos de aquel cuadro horrible que presentaba la campiña cubierta de restos humanos (Los caballeros de Játiva, pp. 178-179).

El sol del mediodía caldea el ambiente; el suelo, calcinado, se desmigaja en tenues partículas de polvo; la sangre, rápidamente absorbida y evaporada, comunica a la tierra el color rojizo parduzco de los yacimientos de hierro. El aspecto del campo de batalla es espantoso; las heridas atroces: cráneos abiertos, miembros separados del tronco, pechos y vientres rasgados; vísceras y entrañas esparcidas y espachurradas, escorriendo sangre como esponjas embebidas; los pies resbalan en despojos fríos y pegajosos, en nauseabundas mucosidades; los cadáveres, trágicos, contraídos y convulsionados, parece como que maldicen y amenazan (Don García Almorabid, p. 233)[5].


[1] No estará de más recordar estas palabras de Alberto Lista: «Dos son los elementos esenciales de la novela, sea cual fuere su clase, el interés y lo maravilloso. Entendemos por maravilloso no solo la intervención de los seres sobrenaturales, como los dioses de la antigua mitología, o los magos y hechiceros de la edad media, sino también las coincidencias extraordinarias, las aventuras no comunes, los lances apurados, los grandes peligros evitados por felices circunstancias, en fin, todos los incidentes que sin necesidad de recurrir a la acción del cielo son, aunque naturales, muy raros. Sin interés y sin maravilloso no hay novela» (Ensayos literarios y críticos, Sevilla, Calvo-Rubio, 1844, I, p. 155).

[2] Algunos de estos recursos los estudia Guillermo Zellers en «Influencia de Walter Scott en España», Revista de Filología Española, XVIII, 1931, pp. 149-162. Al final, concluye: «En resumen, aunque los recursos de técnica manejados por Walter Scott tengan un origen más remoto y fueran empleados en España con anterioridad es muy probable que el hecho de hallarlos en novelas del período romántico español se deba a directa e inmediata influencia del gran novelista inglés» (p. 160).

[3] Justificada a veces por el carácter rudo de la Edad Media; después de mencionar la decapitación de ocho prisioneros moros, el narrador de Los caballeros de Játiva apostilla: «Horrible crueldad de aquellas edades de hierro y de sangre…» (p. 291).

[4] Ver también El templario y la villana, pp. 69-70.

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.