«A la muerte de Cristo Nuestro Señor», de Lope de Vega

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
(saeta popular)

Cristo en la Cruz, de Zurbarán

Copio para este Viernes Santo uno de los romances de las Rimas sacras de Lope dedicados a la muerte de Cristo en la Cruz. Como certeramente anota su editor moderno, Antonio Carreño,

La movilidad de este narrador usando varias formas exclamativas y vocativas (exhortación, apóstrofe, ruego, figuración visual y táctil), al igual que el doble uso de espacios (interior, exterior) conmociona, espiritual y emotivamente, al lector ante el cuadro presente. Es parte del proceso imaginativo que establece san Ignacio en sus Ejercicios espirituales: consideración visual de un hecho cruento de la pasión, situación espacial, interiorización del hecho y, finalmente, sentimiento de culpa y arrepentimiento. De este modo, la situación imaginada mueve a contrición y motiva, finalmente, la plegaria[1].

Y, como sucede en otros textos similares del Fénix —gran pecador y gran arrepentido—, se llama aquí la atención (vv. 5-8, 47-48) sobre la dureza del corazón del hombre, tan insensible a veces que no se compadece ante el sufrimiento de Cristo, quien muere cruentamente para redimir de sus pecados a toda la humanidad.

La tarde se escurecía
entre la una y las dos,
que viendo que el Sol se muere,
se vistió de luto el sol.
Tinieblas cubren los aires,
las piedras de dos en dos
se rompen unas con otras,
y el pecho del hombre no.
Los ángeles de paz lloran
con tan amargo dolor,
que los cielos y la tierra
conocen que muere Dios.
Cuando está Cristo en la cruz
diciendo al Padre: «Señor,
¿por qué me has desamparado?»,
¡ay Dios, qué tierna razón!,
¿qué sentiría su Madre,
cuando tal palabra oyó,
viendo que su Hijo dice
que Dios le desamparó?
No lloréis, Virgen Piadosa,
que aunque se va vuestro Amor,
antes que pasen tres días
volverá a verse con vos.
¿Pero cómo las entrañas,
que nueve meses vivió,
verán que corta la muerte
fruto de tal bendición?
«¡Ay Hijo!», la Virgen dice,
«¿qué madre vio como yo
tantas espadas sangrientas
traspasar su corazón?
»¿Dónde está vuestra hermosura?
¿Quién los ojos eclipsó,
donde se miraba el cielo
como de su mismo Autor?
»Partamos, dulce Jesús,
el cáliz desta pasión,
que vos le bebéis de sangre,
y yo de pena y dolor.
»¿De qué me sirvió guardaros
de aquel Rey que os persiguió,
si al fin os quitan la vida
vuestros enemigos hoy?»
Esto diciendo la Virgen
Cristo el espíritu dio;
alma, si no eres de piedra
llora, pues la culpa soy[2].


[1] En Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, p. 648, nota.

[2] Tomo el texto de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 322, pp. 648-649. En el verso 21, añado la coma antes del vocativo.

«Castañas de cajú», un poema javeriano de Marina Aoiz

Este bello poema me fue amablemente enviado por Marina Aoiz[1] para que formara parte de mi libro antológico Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2004, que fue el número 3 de la colección «Biblioteca Javeriana» impulsada por el GRISO. Lo recupero ahora para celebrar con él en el blog la festividad, hoy 3 de diciembre, de nuestro Santo navarro y universal.

San Francisco Javier

CASTAÑAS DE CAJÚ

A mi padre, mi hijo mayor,
mi cuarto hermano y mi cuñado,
todos Javier

Sobre la estera de palma
las estrellas velan su sueño.

Hace dos meses apenas, un velero portugués
depositó en Goa al sexto hijo de Juan de Jaso
y María de Azpilicueta. Este hombre enjuto,
humilde y compasivo, al que esperan los leprosos
como «agua de mayo», alberga en sus verdes pupilas
una sed antigua de amor y justicia.
Sus manos, retoños de nogal, prodigan caricias
sobre los cuerpos enfermos. Pero son sus palabras
vehementes, a veces, contenidas otras,
las que germinan —buena semilla— en los corazones.

Hoy, siete de julio de 1542, Francisco de Xavier
ha llegado a la prisión con una cesta de castañas de cajú
y varios cocos tiernos para ofrecer su agua
a quienes deliran por efecto de esta fiebre tropical.
El hedor es irrespirable, espantoso. El navarro,
con su alma florecida de brezos y blancos espinos,
habla de la bondad que el Buen Jesús trajo del Cielo
para todos los seres humanos de esta tierra. De una
puerta luminosa, habla. De belleza y esperanza.
Y sus palabras, en una lengua desconocida,
se van tornando transparentes. Vibran y refrescan
como un torrente de agua cristalina.
Los presos, enfermos, desahuciados, lo rodean
mientras reparte castañas y sorbos de agua nutritiva.
Sienten la libertad del mar bajo sus pies descalzos.
Una ligereza de espíritu. Algo parecido a la brisa.

Atraviesa el sendero sombreado de palmeras
y llega hasta la playa. Está exhausto. Ha compartido
su pan espiritual con los más pobres y marginados.
Extiende su estera sobre la arena y el rumor del mar
le trae los aromas a tomillo y romero de su sierra.
El río Aragón le arrulla con su canto de almadías.
Asocia la redondez de la cúpula celeste con la hermandad.
El cansancio, con el amor incondicional a todo ser vivo.
Da gracias a Dios por el camino recorrido y por revelarse
a cada instante en su corazón compasivo. No pide
señales ni grandezas. Sólo un poco de bondad,
de la que Jesús trajo a la tierra, para repartirla
con sus caricias, sus castañas de cajú y su agua
de coco bendita. Llora con dulces y amargas lágrimas
por lo que el día le ha enseñado. Invoca a la Virgen.
Vislumbra su fe: fortaleza de piedra; viento de esperanza.

La noche protege los huesos de Francisco.
Las estrellas velan sus sueños. Y María.


[1] Marina Aoiz Monreal (Tafalla, Navarra, 1955) es autora, entre otros libros, de los poemarios La  risa  de Gea (1986), Tierra secreta (1991), Admisural (1998), Fragmentos de obsidiana (2001), El libro de las limosnas (2003), Edelphus (2004), Hueso de los vientos (2005), Don de la luz (2006), Donde ahora estoy en pie frente a mi tiempo (2007), Hojas rojas (2009), Códigos del instante (2009),  El pupitre asirio (2011), Islas invernales (2011) o Génesis (2011).

Una evocación del Fénix: «Casa de Lope», poema de Óscar Cerruto

Óscar Cerruto

Óscar Cerruto (La Paz, 1912-La Paz, 1981) es uno de los grandes escritores bolivianos del siglo XX. Fue también periodista y diplomático (embajador de Bolivia en Uruguay). Su producción escrita incluye novelas, cuentos y poesía, además de trabajos ensayísticos, piezas de crítica literaria y artículos periodísticos. De entre su producción narrativa destacan sobre todo su novela social Aluvión de fuego (1935) y su magnífico libro de relatos Cerco de penumbras (1958). Publicaciones póstumas son La muerte mágica (1988) y De las profundas barrancas suben los sueños (1996). Entre sus libros de poesía se cuentan Cifra de las rosas y siete cantares (1957), Patria de sal cautiva (1958), Estrella segregada (1975), Reverso de la transparencia (1975), Cántico traspasado. Obra poética (1975) y Poesía (1985).

Acerca de su creación poética Juan Quirós había dejado escritas, ya a la altura de 1964, estas palabras:

Consagrado por la crítica del continente, Óscar Cerruto es poeta sutil, refinado y arduo que horada la imagen y se apodera de sus símbolos. Gracia, primor, raíz profunda, voz de la sangre, entraña de la tierra, signo y alquimia, mesura y sobre todo técnica, son los motivos y la realización de sus dos volúmenes de poemas: Cifra de las rosas, 1957; y Patria de sal cautiva, 1958. Óscar Cerruto constituye el exponente máximo de la poesía boliviana actual y uno de los nombres más conocidos —es también novelista y cuentista— de la literatura patria más allá de nuestras fronteras[1].

Casa de Lope en Madrid

Comentaré hoy la composición de Cerruto titulada «Casa de Lope». Las palabras que este poema lleva como lema son las de la inscripción que figuraba a la entrada de la casa que Lope de Vega compró en la madrileña calle de Francos (hoy de Cervantes) para instalarse con su familia legítima a la altura de 1610: «Parva propria magna. / Magna aliena parva» («Que propio albergue es mucho, aun siendo poco, / y mucho albergue es poco, siendo ajeno», traduciría Calderón esa máxima latina en La viña del Señor). La casa le costó al Fénix 9.000 reales, esto es, el equivalente a los beneficios obtenidos por la venta de dieciocho de sus comedias, valoradas en 500 reales cada una. En esa casa de su propiedad, Lope reúne sus modestas posesiones, se entretiene cuidando su pequeño jardín y vive un ideal de aurea mediocritas, de dorada medianía. Durante veinticinco años, hasta su muerte en 1635, esta casa de la calle de Francos fue su refugio y atalaya.

El nombre de Antonia Clara, mencionado en la quinta estrofa, corresponde al de la única hija fruto de la sacrílega relación de Lope, ya sacerdote, con Marta de Nevares, que nació el 12 de agosto de 1617. En la estrofa siguiente, la mención de las Trinitarias puede remitir a dos sucesos en la vida del dramaturgo: hay que recordar, por un lado, que el 24 de enero de 1610 Lope había ingresado en la Congregación del Oratorio de las Trinitarias Descalzas. Pero aquí la alusión parece referirse más bien a otro suceso: años después, el 12 de febrero de 1622, su hija Marcela profesaría como religiosa, ingresando en el convento de las Trinitarias Descalzas con el nombre de Sor Marcela de San Félix.

Y es que, en efecto, el poema nos presenta a un Lope viejo y cansado (la voz lírica corresponde al propio escritor barroco): lágrimas, dolor, soledad, olvido, tristes presagios, afanes de muerte, miedo… En la parte final del poema, en las dos últimas estrofas, apreciamos además la inclusión motivos propios del desengaño barroco: la nada que es el hombre, con todas sus vanidades (los «Artificios del mundo», la fama que «a cumbres de fulgor» lo exalta…) frente a la grandeza y trascendencia de la divinidad («mientras Dios, que es sustancia, permanece»). Este es el texto del poema[2]:

Parva propria magna,
magna aliena parva.

¿No he pisado antes este suelo?
¿No he sido yo el que ha plantado
junto al brocal del pozo esa aspidistra?

Cuántas edades tiene si fue mano
la de él quien le dio vida, la formó
como obra de su aliento.

Calle de los Francos, todavía
salobre de mis lágrimas;
piedras de mis entrañas, dolidas
por diligencia del agravio.

Ah vosotros fantasmas
más vivos que la vida, sostenidos
por su amor que os permite
bullir en aposentos y braseros.

Qué solo estoy, Antonia Clara,
qué amargo rey con mis memorias
y este dolor por ti humillados
de espinas y de olvido.

Los cuervos de la tarde
graznan ya en las torres
de las Trinitarias. Campanadas
que la hora tiñe de presagios.

Afanes de muerte me consumen,
clamo, el eco me responde y con
mi propia voz me desengaña.
No sangre, miedo por mis venas sangra.

Ya es noche; noche larga.
Artificios del mundo, ingratitudes,
menos sois que soflama de pavesa,
mientras Dios, que es sustancia, permanece.

El hombre es nada,
hombre solamente,
aunque la fama a cumbres de fulgor lo exalte,
si el vejamen
del vivir todo lo iguala.


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 205.

[2] Lo copio tal como figura en Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 224-225. Puede leerse también en Óscar Cerruto, Estrella segregada, Buenos Aires, Losada, 1973, pp. 43-45 (corresponde a la sección «Moradas»), donde varía ligeramente la distribución de los versos; y también en Óscar Cerruto, Obra poética, recopilación, introducción y notas de Mónica Velásquez Guzmán, La Paz, Plural Editores, 2007, pp. 171-172. Un comentario del poema se encuentra en Mary Carmen Molina Ergueta, «Soledad y lenguaje. Los matices. Una lectura de Estrella segregada de Óscar Cerruto», en Montserrat Fernández Murillo, Mary Carmen Molina Ergueta, Mauricio Murillo Aliaga, Mónica Velásquez Guzmán y Farit Rojas Tudela, La crítica y el poeta: Óscar Cerruto, La Paz, UMSA-Carrera de Literatura / Plural Editores, 2011, pp. 65-66.

Un soneto de Franz Tamayo en homenaje a Góngora

Dado que don Luis no aparece con mucha frecuencia por esta Ínsula Barañaria, no estará de más recordarle hoy —antes de que se nos enfade…— a través del soneto-homenaje que le dedicó el poeta boliviano Franz Tamayo.

Franz Tamayo (La Paz, 1879-La Paz, 1956), que además de poeta fue político y diplomático, constituye una de las figuras centrales de la literatura boliviana del siglo XX. Entre sus obras poéticas se cuentan Odas (1898) —cuya aparición fue saludada efusivamente por Rubén Darío—, Proverbios sobre la vida, el arte y la ciencia (1905), La Prometheida o las oceánides (1917), Nuevos proverbios (1922), Proverbios sobre la vida, el arte y la ciencia, fascículo segundo (1924), Nuevos rubayat (1927), Scherzos (1932), Scopas (1939) y Epigramas griegos (1945). Su obra puede adscribirse, en líneas generales, al Modernismo: «Es la poesía rara de un indio griego», escribe Juan Quirós[1], quien nos recuerda además el que fuera su lema —hermoso lema, ciertamente— en el terreno de la creación literaria: «La obra de belleza es para siempre».

Don Luis de Góngora y Argote

Y este es el texto —creo que no muy conocido— de su «Soneto en honor de don Luis de Góngora y Argote»:

Gran Don Luis, la rosa ha florecido
en vuestras manos de oriental orífice;
a un pagano donaire de pontífice
el garbo unís de príncipe garrido.

Ya Galatea y Tisbe os han sonreído
cual dos estatuas a su amante artífice.
Ya por siempre el canoro dios munífice
guardará vuestras rosas del olvido.

Indaga el peregrino apasionado
vuestra morada de cruzado moro
en el país lejano de Eldorado;

y una ciudad señala el dios canoro
donde en Alhambras de cristal calado
alza la gloria sus Giraldas de oro[2].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 41.

[2] Tomo el texto de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, p. 52, con un ligero retoque en la puntuación (el verso 2 se cierra ahí con un punto tras orífice).

Lope de Vega y la polémica de la «Spongia»

Otro episodio significativo del clima de la república literaria en lo que a Lope se refiere es el enfrentamiento en torno al escrito de la Spongia[1]. En 1617 causa revuelo en el mundillo literario un libelo que con el título de Spongia había preparado Pedro Torres Rámila, un latinista de Alcalá de Henares, con la colaboración, parece, de otros enemigos de Lope, como Cristóbal Suárez de Figueroa. No se conservan ejemplares de la Spongia (o esponja que pretendía borrar toda la obra de Lope, como si fuera una mancha), al parecer destruidos por los amigos de Lope, pero quedan referencias en la respuesta que estos le hicieron, la Expostulatio Spongiae, acumulación de elogios del Fénix, debidos a las plumas de Paravicino, el Príncipe de Esquilache, Jiménez Patón, Quevedo, Espinel y otros muchos amigos de Lope. Los ataques de Torres Rámila a La Arcadia, La hermosura de Angélica, La Jerusalén, las comedias o el Isidro, acusaban a Lope de ignorar las reglas clásicas y de decir tonterías.

Odore enecat suo

Algunos años después, en La Filomena (1621), Lope culmina su venganza ridiculizando al autor de la Spongia en la competencia que entablan el ruiseñor (figura de Lope) y el tordo graznador (figura de Torres Rámila), un tordo «negro y no lustroso», «de plumas de otras aves envidioso», presumido, ignorante, bárbaro «que ni en latín ni en español sabía», gramático mísero, etc. Defiende Lope su obra y repasa sus títulos de gloria y sus méritos en una larga exposición en la que pone de relieve la mediocridad y envidia de su oponente, que resulta al fin condenado por los dioses a eterno silencio en pena de su delito. Lope no tenía sin duda la bilis exaltada de Quevedo o el venenoso ingenio de Góngora, pero Torres Rámila no era enemigo para el Fénix, dueño y señor del idioma, capaz de ahogar a la Spongia y a miles de libelos y libelistas en una inundación de poesía. Y a diferencia de lo que sucedía con Góngora, a este tordo latinista Lope no le tenía miedo.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y Góngora (y 4)

Las burlas al estilo culto procuran dejar al margen a Góngora, pero es evidente que en ocasiones a Lope le hubiera gustado decir algunas cosas más fuertes sobre su admirado rival, cuyas Solitúdines aparecen en otro famoso soneto paródico, este en La Dorotea[1]:

Pululando de culto, Claudio amigo,
minotaurista soy desde mañana;
derelinquo la frasi castellana,
vayan las Solitúdines conmigo.

Por precursora, desde hoy más me obligo
al aurora llamar Bautista o Juana,
chamelote la mar, la ronca rana
mosca del agua, y sarna de oro al trigo.

Mal afecto de mí, con tedio y murrio,
cáligas diré ya, que no griguiescos
como en el tiempo del pastor Bandurrio.

Estos versos, ¿son turcos o tudescos?
Tú, letor Garibay, si eres bamburrio,
apláudelos, que son cultidiablescos.

Busto de Góngora

Y en un soneto incluido en la comedia El capellán de la Virgen se había burlado de la sintaxis latinizante, ridiculizando así el gusto de los culteranos por el hipérbaton:

Inés, tus bellos ya me matan, ojos,
y al alma, roban pensamientos, mía,
desde aquel triste, que te vieron, día,
no tan crueles, por tu causa, enojos.

Tus cabellos, prisiones de amor, rojos,
con tal, me hacen vivir, melancolía,
que tu fiera, en mis lágrimas, porfía,
dará de mis, la cuenta a Dios, despojos.

Creyendo que de mí no, Amor, se acuerde,
temerario, levántase, deseo,
de ver a quien me, por desdenes, pierde.

Que es venturoso, si se admite, empleo,
esperanza de amor, me dice, verde,
viendo que te, desde tan lejos, veo.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y Góngora (3)

Aunque no falten las burlas, llaman la atención las constantes alabanzas que Lope dedica a Góngora[1]. El soneto a que se refiere la pluma anónima de la carta citada en una entrada anterior es el famoso:

Canta, cisne andaluz, que el verde coro
del Tajo escucha tu divino acento,
si, ingrato, el Betis no responde atento
al aplauso que debe a tu decoro.

Más de tu Soledad el eco adoro
que el alma y voz de lírico portento,
pues tú solo pusiste al instrumento,
sobre trastes de plata, cuerdas de oro.

Huya con pies de nieve Galatea,
gigante del Parnaso, que en tu llama,
sacra ninfa inmortal, arder desea,

que como, si la envidia te desama,
en ondas de cristal la lira orfea,
en círculos de sol irá tu fama.

Con ese soneto cerraba Lope su reflexión sobre la nueva poesía que inserta en La Filomena, en la «Respuesta de Lope de Vega» a un «Papel que le escribió un señor de estos reinos a Lope de Vega Carpio en razón de la nueva poesía», donde leemos entre otras cosas:

El ingenio deste caballero [Góngora], desde que le conocí, que ha más de veinte y ocho años, en mi opinión (dejo la de muchos) es el más raro y peregrino que he conocido en aquella provincia, y tal que ni a Séneca ni a Lucano, nacidos en su patria, le hallo diferente, ni a ella por él menos gloriosa que por ellos. De sus estudios me dijo mucho Pedro Liñán de Riaza, contemporáneo suyo en Salamanca; de suerte que […] rindió mi voluntad a su inclinación, continuada con su vista y conversación, pasando a la Andalucía, y me pareció siempre que me favorecía y amaba con alguna más estimación que mis ignorancias merecían. Concurrieron en aquel tiempo en aquel género de letras algunos insignes hombres, que quien tuviere noticia de sus escritos sabrá que merecieron este nombre: Pedro Láinez, el Excelentísimo Señor Marqués de Tarifa, Hernando de Herrera, Gálvez Montalvo, Pedro de Mendoza, Marco Antonio de la Vega, doctor Garay, Vicente Espinel, Liñán de Riaza, Pedro Padilla, don Luis de Vargas Manrique, los dos Lupercios y otros, entre los cuales se hizo este caballero tan gran lugar, que igualmente, decía dél la fama lo que el oráculo de Sócrates. Escribió en todos estilos con elegancia, y en las cosas festivas, a que se inclinaba mucho, fueron sus sales no menos celebradas que las de Marcial y mucho más honestas. Tenemos singulares obras suyas en aquel estilo puro, continuadas por la mayor parte de su edad, de que aprendimos todos erudición y dulzura […] Mas no contento con haber hallado en aquella blandura y suavidad el último grado de la fama, quiso (a lo que siempre he creído, con buena y sana intención, y no con arrogancia, como muchos que no le son afectos han pensado) enriquecer el arte y aun la lengua con tales exornaciones y figuras, cuales nunca fueron imaginadas ni hasta su tiempo vistas […] Bien consiguió este caballero lo que intentó, a mi juicio, si aquello era lo que intentaba; la dificultad está en el recibirlo, de que han nacido tantas, que dudo que cesen si la causa no cesa: pienso que la escuridad y ambigüidad de las palabras debe de darla a muchos. […] a muchos ha llevado la novedad a este género de poesía, y no se han engañado, pues en el estilo antiguo en su vida llegaron a ser poetas, y en el moderno lo son el mismo día; porque con aquellas trasposiciones, cuatro preceptos y seis voces latinas o frasis enfáticas se hallan levantados adonde ellos mismos no se conocen, ni aun sé si se entienden. […] Y así, los que imitan a este caballero producen partos monstruosos que salen de generación, pues piensan que han de llegar a su ingenio por imitar su estilo. […] para que mejor Vuestra Excelencia entienda que hablo de la mala imitación, y que a su primero dueño reverencio, doy fin a este discurso con este soneto que hice en alabanza deste caballero, cuando a sus dos insignes poemas no respondió igual la fama de su misma patria…

Góngora (sello).

Y en La Circe, a la vez que critica a los malos defensores del maestro, pone a don Luis en las alturas del Parnaso:

Claro cisne del Betis que, sonoro
y grave, ennobleciste el instrumento
más dulce, que ilustró músico acento,
bañando en ámbar puro el arco de oro,

a ti lira, a ti el castalio coro
debe su honor, su fama y su ornamento,
único al siglo y a la envidia exento,
vencida, si no muda, en tu decoro.

Los que por tu defensa escriben sumas,
propias ostentaciones solicitan,
dando a tu inmenso mar viles espumas.

Los Ícaros defienda, que te imitan,
que como acercan a tu sol las plumas
de tu divina luz se precipitan.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y Góngora (2)

GongorayLope

Por su lado Lope de Vega aspiraba a la admiración de los doctos, quería ser —más que el ídolo popular que era entre las masas urbanas aficionadas al teatro— respetado por los más cualificados; quería ser, en una palabra, además de Lope, don Luis de Góngora[1]. La participación de Lope en las polémicas literarias lleva siempre un signo antigongorino, pero procura dejar a salvo su respeto y admiración esencial por la poesía del propio don Luis, insistiendo en la burla a sus secuaces; a Lope y su círculo de fieles se deben seguramente la mayoría de las cartas y críticas contra la poesía culterana, como la maliciosa «Carta de un amigo a don Luis de Góngora» o la «Carta que se escribió echadiza a don Luis de Góngora». En esta última parece especialmente clara la inspiración, si no la escritura directamente lopiana; uno de los motivos centrales de la carta es contraponer la actitud de Góngora, siempre agresiva, frente a la de Lope mismo:

… él no le escribió en ofensa suya, y que se engañó Mendoza, pues mal pudiera hacer esto quien en las desgracias que aquí sucedieron a sus Soledades escribió aquel tan elegante como mal agradecido soneto que comienza:

Canta, cisne andaluz, que el verde coro…

De suerte que todo su estudio de vuesa merced es solicitar el deshonor de este hombre, y todo el suyo celebrar su ingenio de vuesa merced entre tantas calumnias y disparates como este día ha puesto a la singularidad de vuesa merced la multitud de los que le envidian. Vuesa merced me la haga de responderme satisfaciendo a esto, o por lo menos a mi amor, que bien puedo merecer mejor que Mendoza respuesta de vuesa merced por bien nacido y no lego ni ignorante de letras humanas y divinas, que mejor sabré defender las figuras retóricas de sus escritos que los que las murmuran entenderlas. Vivo a la calle de Francos, junto a las mismas casas de Lope de Vega, a quien me holgaría que vuesa merced estimase, no por su ingenio, sino por sus costumbres, y si esas no agradan a vuesa merced, a lo menos por la obligación que le tiene y la paciencia con que ha resistido sus injurias.

Algo de razón lleva Lope en lo que dice la carta echadiza.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y Góngora (1)

El caso de Góngora merece unas pocas palabras más[1]. Refleja toda una compleja trayectoria de respeto e irritación por parte de Lope, y de distanciado desprecio por parte de Góngora. No se trata ya solo de actitudes personales, sino del enfrentamiento de dos modos de concebir la poesía, y la relación de los dos se enmarca en un ambiente de polémicas literarias en torno a la «nueva poesía» de los gongorinos.

Don Luis de Góngora, poeta de minorías, consciente de la revolución que estaba protagonizando, obsesionado por la perfección estética, distante del odiado vulgo, no podía menos que despreciar la fama popular y la facilidad torrencial de Lope.

Don Luis de Góngora y Argote

Cada vez que sale una obra de Lope la recibe Góngora con un desprecio. Escribe el soneto «A un señor que le envió La Dragontea de Lope de Vega» donde le dice que «para ruido de tan grande trueno / es relámpago chico», y que el poeta navega mal porque «potro es gallardo, pero va sin freno»; para La Arcadia va el conocido «Por tu vida, Lopillo, que me borres / las diez y nueve torres del escudo / porque aunque todas son de viento, dudo / que tengas viento para tantas torres» (pues Lope, que no era noble, había estampado al frente del libro el escudo del apellido Carpio); parodia otro soneto de Lope en «Embutiste, Lopillo, a Sabaot / en un mismo soneto con Ylec», etc. Y ultimadamente se burla de la «llaneza» de la poesía castellana de Lope y sus seguidores en el tantas veces citado

Patos de la aguachirle castellana,
que de su rudo origen fácil riega
y tal vez dulce inunda nuestra Vega,
con razón Vega por lo siempre llana:

pisad graznando la corriente cana
del antiguo idïoma y, turba lega,
las ondas acusad, cuantas os niega
ático estilo, erudición romana.

Los cisnes venerad cultos, no aquellos
que escuchan su canoro fin los ríos;
aquellos sí, que de su docta espuma

vistió Aganipe. ¿Huís? ¿No queréis vellos,
palustres aves? Vuestra vulgar pluma
no borre, no, más charcos. ¡Zabullíos!


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y Calderón

Es más comprensible el recelo que Lope debió de sentir hacia Calderón, que venía renovando la escena con empuje y cuya genialidad no se le ocultaría al Fénix, que sin duda lo vio como un rival peligroso[1].

Calderón y Lope

No le gustó tampoco el episodio de enero de 1629, cuando el actor Pedro de Villegas hiere a un hermano de Calderón, y este allana el convento de las Trinitarias, donde se había refugiado el cómico, y donde estaba de monja una hija de Lope, el cual escribe al duque de Sessa quejándose del abuso:

Amo y señor mío, yo había querido suplicar a Vuestra Excelencia fuese servido de conducirme al señor don Rafael Ortiz, para que conociese un novicio de su orden y criado de su casa y de la de sus padres, y veníame a pedir de boca verle esta noche. Pero la revolución de nuestras monjas, la molestia de los alcaldes, la prisión de nuestro sacristán y las diligencias para librarle no me dan lugar a cumplir este deseo, porque tengo que andar de señor en señor, como de viga en viga. Grande ha sido el rigor buscando a Pedro de Villegas: el monasterio roto, la clausura y aun las imágines, que hay alcalde que se traga más excomuniones que un oidor memoriales. Ana de Villegas con guardas, el mozo en Osuna y la justicia buscándole entre las monjas, a quien sacrílegamente han dado los golpes que pudieran a Cristo, si le hallaran en la defensa de sus esposas. Yo estoy lastimado, tanto por todas como por mi hija. El delito es grande, pero ¿qué culpa tienen los inocentes? Mas ¿cuándo no la tuvieron los corderos de la hambre de los lobos? Nuestro Señor guarde a Vuestra Excelencia más que a mis hijos y a mí, que es lo que yo deseo y desearé mientras tuviere vida.

El elogio correspondiente a Calderón en el Laurel de Apolo no puede ser más lacónico («en estilo poético y dulzura / sube del monte a la suprema altura», silva VII), sobre todo si se compara con los que acaba de hacer unos pocos versos antes a un poeta tan desconocido como Pedro Milián (silva VIII, versos 429-451) o a otros muchos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.