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Acerca de insulabaranaria

Soy Catedrático acreditado de Literatura española, investigador y Secretario del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra (Pamplona), Secretario del Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA, Madrid / Nueva York) y Secretario de la Asociación de Cervantistas. También correspondiente en España de la Academia Boliviana de la Lengua. Mis principales líneas de investigación se centran en la literatura española del Siglo de Oro: comedia burlesca, autos sacramentales de Calderón, Cervantes y las recreaciones quijotescas y cervantinas, piezas teatrales sobre la guerra de Arauco, etc. También me he interesado por la literatura virreinal (en especial la de ámbito chileno), la literatura española moderna y contemporánea (drama histórico y novela histórica del Romanticismo español, novela de la guerra civil, cuento español del siglo XX…) y la historia literaria de Navarra.

Armas, estrategias y combates en «Arauco domado» de Lope de Vega: algunas ideas preliminares

En el teatro español del Siglo de Oro existen varias piezas que tienen como tema la conquista de Chile y la prolongada guerra de Arauco[1]. Dentro de ese corpus, hay algunas comedias que fueron encargadas por la propia familia de los Mendoza con la finalidad de prestigiar la figura del cuarto marqués de Cañete, quien en su etapa como gobernador de Chile (1557-1561) había logrado notables avances en la pacificación del rebelde territorio de Arauco, pero cuyos méritos e importancia no quedaron reconocidos por Alonso de Ercilla en su famosa Araucana (cuyas tres partes se publicaron en 1569, 1578 y 1589). Para contrarrestar aquel voluntario olvido se preparó un amplio programa de propaganda[2] que incluyó no solo varias obras de teatro, sino también crónicas, biografías, poemas épicos, etc.

Pedro Subercaseaux (1904), Epopeya de Chile.

Esta extensa e intensa campaña de propaganda se desarrolló, a lo largo de una treintena de años aproximadamente, en América y en España, en dos etapas cronológicas cuyos principales hitos pueden resumirse así: en Perú, con la redacción de obras encargadas por el marqués de Cañete, como la crónica de Mariño de Lobera (1589) y el Arauco domado de Oña (1596); y más tarde en España, primero por iniciativa del propio don García (Arauco domado de Lope[3], en el quicio de los siglos XVI y XVII), y luego, tras su muerte ocurrida en 1609, por encargo[4] de su hijo don Juan Andrés, correspondiendo a esta nueva fase la biografía de Cristóbal Suárez de Figueroa del año 1613; Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, comedia escrita por nueve ingenios capitaneados por Luis de Belmonte Bermúdez, que se representó y publicó en Madrid en 1622[5]; y El gobernador prudente, de Gaspar de Ávila (en torno a 1624-1625, coincidiendo con la entrega a las prensas, en el año de 1625, de la comedia lopesca, si bien no sería publicada hasta 1663[6]).

En varios trabajos anteriores he abordado cuestiones diversas relacionadas con la comedia Arauco domado, de Lope de Vega. En esta ocasión me propongo un nuevo acercamiento, centrado en los aspectos históricos y, más concretamente, en todo lo relacionado con la guerra entre españoles y araucanos (hechos de armas, estrategias, combates…). En sucesivas entradas comentaré, en primer lugar, la consideración de Arauco domado como «drama de hechos famosos», en el que cabe reconstruir con bastante exactitud el telón de fondo histórico sobre el que se construye la acción de la comedia. En efecto, Lope hace el esfuerzo de ofrecer una documentación histórica seria, a diferencia de lo que sucederá en las piezas más tardías del corpus (hasta llegar a Los españoles en Chile, de González de Bustos, donde la guerra de Arauco no es más que un mero telón de fondo exótico sobre el que superponer una serie de episodios amorosos). En la comedia de Lope es posible reconstruir con bastante precisión los sucesos históricos que evoca, con una cronología (bastante) rigurosa; lo que no quita, por supuesto, para que el Fénix modifique o altere la historia en función de sus necesidades dramáticas. Este sería, pues, el primer aspecto a examinar: lo que hay de histórico en Arauco domado. En segundo lugar me referiré a la guerra vista desde el bando español (cabe destacar el retrato de don García como general precavido y victorioso) y también desde el campo araucano (la comedia refleja sus formas de ataque y da cuenta, además, de la asimilación de las armas españolas capturadas en combate y de los caballos)[7].


[1] Para el tema de las guerras de Arauco en el teatro, ver Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996; y Mónica Escudero, De la crónica a la escena. Arauco en el teatro del Siglo de Oro, New York, Peter Lang, 1999. Sobre la cultura de la guerra y el teatro es fundamental el trabajo de David García Hernán, La cultura de la guerra y el teatro del Siglo de Oro, Madrid, Sílex Ediciones, 2006. Todas las citas de Arauco domado son por la reciente edición de Laplana Gil: Arauco domado por el Excelentísimo Señor don García Hurtado de Mendoza, ed. de José Enrique Laplana Gil, en Lope de Vega, Comedias. Parte XX, tomo I, ed. crítica de PROLOPE, Barcelona, Gredos, 2021, pp. 609-835, con algún ligero retoque en la puntuación, que no señalaré.

[2] Ver Victor Dixon, «Lope de Vega, Chile and a Propaganda Campaign», Bulletin of Hispanic Studies, 70.1, 1993, pp. 79-95. Hay traducción española: «Lope de Vega, Chile y una campaña propagandística», en Victor Dixon, En busca del Fénix: quince estudios sobre Lope de Vega y su teatro, ed. al cuidado de Almudena García González, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2013, pp. 131-155. Ver también Germán Vega García-Luengos, «Las hazañas araucanas de García Hurtado de Mendoza en una comedia de nueve ingenios. El molde dramático de un memorial», Edad de Oro, X, 1991, pp. 199-210.

[3] Pueden consultarse, entre otros muchos estudios, los siguientes: Eduardo Toda Oliva, «Arauco en Lope de Vega», Nuestro Tiempo, 17, 1962, pp. 48-71; Sturgis E. Leavitt, «Lope de Vega y el Nuevo Mundo», Mapocho, 1, 1963, pp. 32-42; Elena Martínez Chacón, «Una comedia chilena de Lope de Vega», Mapocho, 5, 1965, pp. 5-33; y José MaríaRuano de la Haza, «Las dudas de Caupolicán: El Arauco domado de Lope de Vega», Theatralia, 6, 2004, pp. 31-48.

[4] Estas obras de encargo —que dejaban pingües beneficios a los dramaturgos— deben estudiarse en el contexto del mecenazgo teatral y literario. Ver, entre otros trabajos, el de Teresa Ferrer Valls, Nobleza y espectáculo teatral (1535-1622). Estudio y documentos, Sevilla / Valencia, UNED / Universidad de Sevilla / Universitat de València, 1993.

[5] Ver Vega García-Luengos, «Las hazañas araucanas de García Hurtado de Mendoza…»; y Carlos Mata Induráin, «Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, comedia genealógica de nueve ingenios», Revista Chilena de Literatura, 85, 2013, pp. 203-227.

[6] Ver Carlos Mata Induráin, «Del panegírico a la hagiografía: don García Hurtado de Mendoza en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila», Hispanófila, 171, junio de 2014, pp. 113-137; y también «Histoire et théâtre: la revendication de la figure de don García Hurtado de Mendoza dans les comedias espagnoles sur la guerre d’Arauco», en Poésie de cour et de circonstance, théâtre historique. La mise en vers de l’événement dans les mondes hispanique et européen, dir. Marie-Laure Acquier y Emmanuel Marigno, Paris, L’Harmatan, 2014b, pp. 63-91.

[7] Para más detalles remito a mi reciente trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Toda la guerra en el ardid consiste”: armas, estrategias y combates en Arauco domado de Lope de Vega», en Juan Manuel Escudero Baztán (ed.), La cultura de defensa en la literatura española del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2024, pp. 99-115.

«En Sevilla había una casa», de Rafael de León

Rafael de León y Arias de Saavedra (Sevilla, 1908-Madrid, 1982), VIII marqués del Valle de la Reina y IX conde de Gómara, puede adscribirse como poeta a la Generación del 27 (aunque no siempre figure en las nóminas al uso), con poemarios como Pena y alegría del amor (1941) o​ Jardín de papel (1943). Abogado de carrera, nunca ejerció la profesión, como tampoco ocultó nunca su homosexualidad: «Rafael de León fue un grandísimo poeta, y un valiente para su época. Se atrevió a amar libremente y a reconocerlo, y más de un disgusto, una humillación y un desafecto se ganó por ello», escribía Alfonso Ussía en ABC en 2002.

Como autor de letras para copla, formó parte del célebre trío Quintero, León y Quiroga, que escribió varias de las más célebres canciones populares españolas del siglo XX (algunas de ellas en colaboración con otros artistas), como «Tatuaje», «Ojos verdes», «Francisco Alegre», «La Zarzamora», «A ciegas», «A tu vera», «A la lima y al limón», «Pena, penita, pena», «María de la O» o «Con divisa verde y oro». Hacia el final de su dilatada carrera de letrista, Rafael de León escribió para los cantantes Nino Bravo, Raphael, Rocío Dúrcal, Rocío Jurado, Isabel Pantoja o Carmen Sevilla, entre otros.

«En Sevilla había una casa» (suele citarse también con el título de «No te mires en el río») es una famosa copla, escrita en 1940, que ha sido cantada por algunos de los más grandes de la canción popular, desde Concha Piquer (Bulerías, 1940, y en el film Me casé con una estrella, de 1951) o Estrellita Castro (1943) hasta Diana Navarro (De la Piquer a la Navarro, 2023), pasando por Lola Flores en la película María de la O (1959), Angelillo (Grandes éxitos de Angelillo, vol. 1),  Imperio de Triana, Elsa Baeza, Concha Velasco en Pim, pam, fuego (1975), Carmen París, Juan Legido (El gitano señorón, vol. 1, 2006),  Paco Valladares en Mamá, quiero ser artista (1986), María Dolores Pradera (María Dolores Pradera canta con… acompañada por Los Gemelos, 1989), Carlos Cano (en su disco Ritmo de vida de 1989), Hilario López Millán (Hilario, 1991), Martirio (Coplas de madrugá, 1998) o Armando Moreno (Antología: la colección definitiva, 2021), entre otros cantantes.

Salvador Dalí, Figura en una finestra (1925). Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid, España).

El texto pondera los celos que siente el yo lírico al ver a su enamorada, bella y engalanada, reflejándose en el río (el Guadalquivir), hasta que un día, en efecto, este termina arrebatándosela: «Que la vio muerta en el río / y que el agua la llevaba».

En Sevilla había una casa,
y en la casa una ventana,
y en la ventana una niña
que las rosas envidiaban.

Por la noche con la luna
en el río se miraba.
¡Ay, corazón, qué bonita es mi novia,
ay, corazón, asomá a la ventana!

¡Ay, ay, ay, ay!, no te mires en el río,
¡ay, ay, ay, ay!, que me haces padecer
porque tengo, niña, celos de él.

Quiéreme tú, ¡ay!, quiéreme tú, bien mío.
Quiéreme tú, niña de mi corazón,
matarile, rile, rile, ron[1].

De la feria de Sevilla
él le trajo una alianza,
gargantilla de corales
y unos zarcillos[2] de plata.

Y parecía una reina
asomada a la ventana.
¡Ay, corazón!, le decía su novio,
¡ay, corazón!, al mirarla tan guapa.

¡Ay, ay, ay, ay!, no te mires en el río,
¡ay, ay, ay, ay!, que me haces padecer
porque tengo, niña, celos de él.

Quiéreme tú, ¡ay!, quiéreme tú, bien mío.
Quiéreme tú, niña de mi corazón,
matarile, rile, rile, ron.

Una noche de verano
cuando la luna asomaba
vino a buscarla su novio
y no estaba en la ventana.

Que la vio muerta en el río
y que el agua la llevaba.
¡Ay, corazón!, parecía una rosa.
¡Ay, corazón!, una rosa muy blanca.

¡Ay, ay, ay, ay, cómo se la lleva el río!
¡Ay, ay, ay, ay, lástima de mi querer!
¡Con razón tenía celos de él!

¡Ay, qué dolor, qué dolor del amor mío!
¡Ay, qué dolor, madre de mi corazón!,
matarile, rile, rile, ron[3].


[1] matarile, rile, rile, ron: son varias las cancioncillas populares que tienen en común la coletilla de «matarile, rile, rile, matarile, rile, ron». 

[2] zarcillos: pendientes, aretes.

[3] Tomo el texto de la web Letras de cancioneros, pero modifico bastante la puntuación y la distribución de los versos.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (4)

En el segundo apartado de Sangre y vida, «Transfondo de mujer» (constituido por solo seis poemas), adquiere mayor presencia el amor físico y los poemas se cargan de sensualidad, de besos y caricias[1]. El primer poema, «Que tu ángel se abra y mire…», nos presenta positivamente a una mujer a la que se pide que sea «ángel último», junto con estas otras peticiones: «que delicada / y pura hagas latir / nuestro pensamiento alado»; «sube pura, mujer / sin tiempo, ya sin años / y delicadamente bella»; «de nuestros sueños llévanos / a la realidad / de tu obra»; y acaba así:

Y que ya de la inmensa concepción
vibrante del pulido
cristal de tus senos nazca sobrada,
en marea viva, la entera rosa
de tu inmensidad madura.

El poema número 2, «Hundirse en ese mar desconocido…», se estructura como una sucesión de infinitivos («Hundirse … y ascender … Ser común viento… Y dormir… Caer… renacer … ir saltando…»); al mismo tiempo, se acumulan imágenes relativas al amor: «el cariñoso dulzor de unos labios», «dulzores / de rosa en nuestras frentes», «ya un beso», «sensorialmente unido», todo para ir «buscando / celeste fondo, abrasándolo todo…».

El siguiente poema reitera en cinco ocasiones el imperativo «Déjala» («Déjala flotar al aire, asentida…», comienza). Formalmente el poema se construye como un soneto, pero —de nuevo hay que decirlo a fuer de sinceros— no se ha conseguido alcanzar un buen ritmo poético, los acentos no están donde debieran para lograr endecasílabos sonoros y, en alguna ocasión, hasta es mala la medida (junto con los endecasílabos, hay algún dodecasílabo, o incluso versos de más sílabas). Las formas tradicionales parecen resistírsele a Amadoz, quien no se siente cómodo con los corsés de la medida y la rima consonante, y pronto se liberará de ellos para siempre, para instalarse en un ritmo preferentemente versicular donde encuentra mejor cabida la expresión de sus temas poéticos. Igual que en el anterior, en este fallido soneto lo más destacable es la imagen que nos habla de «enflorar mía en la última rosa / de mis días / […] / inmensa y hermosa» (referido, en alusión no del todo clara, a la mujer, a la amada).

Rostro de mujer dentro de una rosa

Una imagen similar, mujer=rosa ascendente, estructura el poema 4, «Y así como a una rosa…». La amada se hace presente a través del vocativo «mujer» reiterado a lo largo de la composición; el poeta ve el cielo «bellamente en tus labios agrandado» y el poema se carga de cierto tono erótico:

Así, mujer, llama viva, calmada,
de mi hambre ignorada, mar procelosa,
revierto tu animado color sobre
mi sombra lasciva y me hundo en tu flor
amorosa como un polen llovido
en la tierra sedienta, dilatada[2].

El quinto poema de «Transfondo de mujer», «Sí, bajo esta hondonada mía, donde se juntan…», pretende ser un soneto de versos alejandrinos, pero de nuevo el ritmo y la medida serían mejorables. El yo lírico se dirige a la amada: «guardo inmenso el secreto que tus ojos apuntan», comenta que tiene hermosamente clavada en su pecho el alma de la mujer, y remata con un segundo terceto que cito:

Sólo sé que unidos vamos, ardientemente
enclavados uno en otro, en la serena calma
de las vidas fundidas que hicieron su torrente.

Se vuelve al verso libre en el último poema de la sección, que comienza con «Se hace el milagro y tu rubor cercena / rosas…» y se construye en torno a la anáfora de «Se hace el milagro», que no es otro que el milagro del amor. El poeta se sigue dirigiendo a un tú (a esa mujer aflorada a la que siente llegar «como un celeste advenimiento») al tiempo que pondera ese poderoso amor: «Hieres sangrantes ojos», «mi alma revienta luces», «las sombras / manan besos llenos de oro». Cito el final:

Desde mi honda rada en que te acuestas
has surgido sedienta,
nueva, y la plena mar
en que navego te rinde el milagro
libre de su espuma. Como manos, surgen rosas
abiertas, exhalantes,
de mi corazón mutilado, manos
que te toman dibujada entre las nuevas luces.

En suma, la mujer y el amor —aspectos íntimamente ligados a la creación poética— han pasado a un primer plano poético en esta parte segunda del libro, dominándolo todo[3].


[1] «Cada poema es un canto amoroso. Ahora desde una perspectiva más extensa, más corpórea, con sus arrebatos y fuego. […] El no tendría sentido sin el yo» (Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra-Departamento de Educación y Cultura, 2002, pp. 66-67).

[2] De la estrofa final destaco la paronomasia «hago latir el loto».

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La producción narrativa de Mariano Arrasate Jurico (1877-1935): introducción

La obra narrativa del escritor navarro Mariano Arrasate Jurico consta de dos novelas, La expósita (1929) y Macario (1932), y dos libros de relatos (en realidad, dos series distintas de un mismo libro) titulados Cuentos sin espinas (1932). No se trata de una obra extensa, ni de excesiva calidad literaria, pero abordo su estudio movido por dos razones fundamentales. En primer lugar, el análisis de sus relatos se enmarca en un proyecto de investigación más amplio que vengo desarrollando sobre la Historia del cuento literario en Navarra. En segundo término, porque considero que resultan imprescindibles los acercamientos de este tipo, por medio de estudios puntuales a diversas obras y autores concretos, de cara a la elaboración de una Historia literaria de Navarra, acerca de la cual existen algunas aproximaciones muy valiosas, pero hasta la fecha parciales e incompletas[1].

Mariano Arrasate Jurico

Mariano Arrasate nació en Lumbier (Navarra) el 17 de octubre de 1877 y murió en Pamplona el 18 de noviembre de 1935. Además de escritor, fue político (diputado foral por Aoiz de agosto de 1926 a mayo de 1928 y desde entonces a marzo de 1930). Su deseo de promover las buenas lecturas le llevó a donar a la iglesia local su hacienda en Lumbier y los pueblos de alrededor, gracias a lo cual se instaló un centro cultural y la casa parroquial en la que fue la natal del escritor. Estos pocos datos biográficos de que disponemos los proporciona, sobre todo, Fernando Pérez Ollo[2].

Es Arrasate un escritor con unas técnicas narrativas y una intención didáctico-moralizante que bien podrían calificarse como decimonónicas. Así lo ha visto el citado Pérez Ollo, quien, tras resaltar el profundo valor educativo de sus obras, lo sitúa en el siguiente contexto:

Arrasate puede encuadrarse en la escuela costumbrista y regional […], pero es ya un anacronismo, recargado de idealismo arcádico —las costumbres y relaciones sociales del mundo rural son siempre limpias— y de evidente facilidad en los esquemas y perfiles: basta leer, por ejemplo, la declaración de Florencio —personaje de Macario— a Gabriela, para advertir la irrealidad[3].

Efectivamente, el regionalismo de Arrasate se echa de ver tanto en la pintura de tipos, costumbres y escenarios navarros como en la inclusión de palabras y expresiones de claro sabor local[4]. Tendremos ocasión de comprobarlo al comentar sus dos novelas y sus dos series de Cuentos sin espinas[5].


[1] Me refiero fundamentalmente a las obras de Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Gómez, 1970; José María Corella, Historia de la literatura navarra, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973; y Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989.

[2] En el artículo «Arrasate Jurico, Mariano» de la Gran Enciclopedia Navarra, tomo II, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, pp. 58-59. Iribarren y Corella, en las obras citadas (pp. 38-39 y 225, respectivamente), se limitan a indicar la doble dedicación política y literaria del autor y a enumerar los títulos de sus obras.

[3] Pérez Ollo, «Arrasate Jurico, Mariano», pp. 58-59.

[4] «Arrasate sitúa sus acciones y personajes en lugares inexistentes de Navarra, pero por las descripciones y lenguaje parece deducirse que se trata de la zona que mejor conocía, que es la de su villa natal, de la que utiliza palabras —no recogidas en vocabularios y lexicones— cuyo significado explica. Los navarrismos léxicos más notorios —chilindrón, fritada, chandrío, chirriar— van definidos en notas» (Pérez Ollo, «Arrasate Jurico, Mariano», p. 59).

[5] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

Vicente Rodríguez de Arellano (c. 1750-1815): datos biográficos y caudal literario

Recupero en esta entrada la figura de Vicente Rodríguez de Arellano, escritor navarro que vivió a caballo de los siglos XVIII y XIX. Y, como podremos ver en próximas entradas, es autor de un libro de poemas, Poesías varias (1806), que merece ser recordado, cuando menos, por la escasez de obras similares en el panorama de las letras navarras de esas fechas.

Vicente Rodríguez de Arellano y del Arco (Cadreita, c. 1750-Madrid, 1815) fue un abogado y escritor que usó los seudónimos Alberto de los Ríos, Silvio del Arga y Gil Lorena de Arozar (anagrama parcial de sus apellidos). También firmó sus obras como Vicente Arellano y el Arco, o bien con sus iniciales, D. V. R. D. A. Fue hijo del abogado Vicente Rodríguez de Arellano y de los Ríos, y de Bernarda del Arco y Bayona. Estudió gramática latina y humanidades en el Colegio de Jesuitas de Pamplona y Leyes y Cánones en la Universidad de Huesca, en la que se graduó de bachiller. Hizo prácticas durante tres años con su padre, e inició el ejercicio de la abogacía en Pamplona en 1779. Pasados varios años, se trasladó a Madrid, donde se hizo muy popular como autor dramático y poeta.

En 1800 se presentó sin éxito a oposiciones para las cátedras de Filosofía Moral y de Lógica y Metafísica del Real Seminario de Nobles de Madrid. Entre 1804 y 1806 desempeñó el empleo de escribiente cuarto de la Real Biblioteca, ascendiendo en esta última fecha a oficial. Pero en mayo de 1809 se dio de baja «por ausencia y no haber jurado al Intruso» (el rey José I) y se nombró a otro en su sustitución, aunque parece que fue restituido a su puesto en 1814, si bien por poco tiempo. Participó en la guerra de la Independencia como capitán de voluntarios de Navarra, y por los años de 1812-1813 residió en Palma de Mallorca, donde destacó por ser partidario exaltado del absolutismo monárquico en una sátira poética contra don Isidoro Antillón y sus amigos. Después del regreso de Fernando VII, fue uno de los que formaron la llamada Camarilla. Murió en Madrid a principios de septiembre de 1815[1].

En el ámbito de la lírica, Rodríguez de Arellano es autor de una silva dedicada a la muerte de Carlos III, Navarra festiva en la aclamación de su católico monarca el señor D. Carlos IV (Pamplona, Imprenta de Benito Cosculluela, 1789); ese mismo año dio a las prensas, también en Pamplona, Extremos de lealtad y valor heroico navarro; y años después publicó un tomo de Poesías varias (1806), que más adelante reseñaré con más detalle. En prosa escribió El Decamerón Español o Colección de varios hechos históricos raros y divertidos (1805), inspirado más en el Decámeron francés de Usieux que en el de Boccaccio.

Vicente Rodríguez de Arellano, El pintor fingido, Madrid, Imprenta que fue de García, 1817

Como dramaturgo, desarrolló una intensa actividad en Madrid entre 1790 y 1806, siendo muy popular, aunque su mérito literario no sea excesivamente alto. Compuso, tradujo y refundió numerosas obras dramáticas: La constancia española, A padre malo, buen hijo, Armida y Reinaldo (primera y segunda parte), El Aníbal, El Himeneo, La Atenea, El atolondrado o El maníaco por la lotería, Augusto y Teodoro o Los pajes de Federico II, Celicia y Dorsán (traducción de Marsolier), El celoso don Lesmes, Clementina y Desormes (traducción de Monvel), La dama labradora, El Domingo o el cochero, El duque de Pentiebre (traducción de Chénier), El Esplín, La Fulgencia o los dos maniáticos, Jerusalén conquistada por Godofredo de Bullon, Cayo Fabricio, La lealtad o la justa desobediencia, Lo cierto por lo dudoso, o la mujer firme (arreglo de la pieza de Lope de Vega), Marco Antonio y Cleopatra, La muerte de Héctor, La mujer de dos maridos (adaptación de Pixérécourt), El negro y la blanca, La noche de Troya, La ópera cómica, El pintor fingido, Solimán Segundo o Las tres sultanas, Las tardes de la Granja o las lecciones del padre, Palmis y Oronte, Dido abandonada, La reconciliación o los dos hermanos (traducción de Kotzebue), La Parmenia, El sitio de Toro y noble Martín Abarca, El marinerito, El naufragio feliz, etc. Cuenta también en su haber con óperas como El inquilino, traducción de Serwin, o El matrimonio de Fígaro, ópera bufa con la música de Wolfgang Amadeus Mozart, de 1802.

Se le debe también una traducción de Estela, novela pastoral de Florian (1797), y tiene igualmente varias traducciones de Ducray-Dumenil. Otros títulos suyos son Compendio de la historia del Antiguo y Nuevo Testamento […] adoptado para el uso de los discípulos de las Escuelas Pías (1807), Poema épico en elogio de algunos géneros sublimes en nuestra revolución… (1813), El diablo predicador (1813) y Poesías dedicadas a la duquesa de Osuna, condesa de Benavente (manuscrito)[2].


[1] Cfr. Jerónimo Herrera Navarro, Catálogo de autores teatrales del siglo XVIII, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1993, pp. 388-392. Ver también Ángel Raimundo Fernández, «Dos dramaturgos navarros en la transición del siglo XVIII al XIX», Príncipe de Viana, 64, 2003, pp. 715-736; y la ficha que le dedica Manuel Sánchez Mariana en el Diccionario Biográfico electrónico de la Real Academia de la Historia.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las Poesías varias (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano», Río Arga. Revista de poesía, 88, tercer y cuarto trimestre de 1998, pp. 46-51.

La comicidad en «La dama boba» de Lope de Vega: a modo de conclusión

Muy brevemente, puede concluirse que la comicidad de La dama boba[1] se hace presente en torno a tres núcleos, que en orden de mayor a menor importancia son:

1) el retrato contrapuesto de las dos hermanas, Finea y Nise, hermosas las dos, una boba y rica, la otra discreta y pobre. En entradas anteriores he examinado por extenso esta cuestión, recorriendo con detalle la acción de las tres jornadas, con las distintas alternativas del enredo, y comentando las principales escenas cómicas a que dan lugar las mudanzas de los pretendientes hasta llegar al definitivo intercambio final de parejas;

2) los elementos de comicidad relacionados con el ámbito de los criados y las criadas, que, como sucede habitualmente en la Comedia nueva, protagonizan —si bien en un plano secundario de importancia— acciones en paralelo a las de sus amos; y, en fin,

3) las referencias costumbristas, las alusiones a tipos satírico-burlescos y otros elementos menores de comicidad verbal (chistes, dilogías y otros juegos de palabras, etc.).

La dama boba. Versión y dirección Rodrigo Arribas
La dama boba. Versión y dirección Rodrigo Arribas.

Todo ello, en conjunto, hace de La dama boba de Lope de Vega una comedia de atmósfera plenamente lúdica, en la que la risa está asegurada para deleite del espectador o lector[2].


[1] He manejado esta edición: Lope de Vega, La dama boba, ed. de Alonso Zamora Vicente, Madrid, Espasa Calpe, 2001.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La comicidad en La dama boba», en Javier Espejo Surós y Carlos Mata Induráin (eds.), Preludio a «La dama boba» de Lope de Vega (historia y crítica), Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2020, pp. 191-220.

Sevilla literaria: «Río de Sevilla, ¡quién te pasase…», de Lope de Vega

En este recorrido por la presencia de Sevilla en la literatura hispánica, no podía faltar el nombre de Lope de Vega, quien ambientó varias de sus comedias en la ciudad hispalense (baste recordar, por ejemplo, El arenal de Sevilla), dando entrada en ellas tanto a descripciones de lugares emblemáticos de la ciudad como a elementos folclóricos con ella relacionados. Tal es el caso de esta cancioncilla que inserta al comienzo de la tercera jornada de Amar, servir y esperar, cuando la dama Dorotea pide a su criada Esperanza que baile para entretenerla, aprovechando que el criado Andrés pude ayudarla cantando «por lo cortesano airoso».

El río Guadalquivir a su paso por Sevilla.
El río Guadalquivir a su paso por Sevilla.

Río de Sevilla,
¡quién te pasase
sin que la mi servilla
[1]
se me mojase!

Salí de Sevilla
a buscar mi dueño,
puse al pie pequeño[2]
dorada servilla.

Como estoy a la orilla
mi amor mirando,
digo suspirando:
«¡Quién te pasase
sin que la mi servilla
se me mojase!»[3].


[1] servilla: «Zapato ligero y de suela muy delgada» (DLE).

[2] pie pequeño: el canon de belleza femenina de la época establecía la preferencia por los pies pequeños, que calzasen pocos puntos.

[3] Lope de Vega, Amar, servir y esperar, Jornada III, vv. 65-78. Cito por la edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, a partir de Ventidós parte perfeta de las Comedias del Fénix de España frey Lope Félix de Vega Carpio…, en Madrid, por la viuda de Juan González, a costa de Domingo de Palacio y Villegas y Pedro Vergés, 1635.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (3)

El tema de la creación poética, que ha ido apuntando aquí y allá en la primera sección poética del libro, se precisa de forma más clara en el poema octavo (lo he reproducido en una entrada anterior, al tratar de la poética de Amadoz). Y ese tema de la escritura creacional sigue en el poema 9, «Sí, con el último poema del día…», en el que habla el poeta de «superar mi anterior odisea del verbo», de la posibilidad de tener «la poesía del mundo / en nuestras manos». De nuevo nos encontramos ante un poema afirmativo, con presencia del sí y del yo: «yo que quiero ser mejor», «la luz de mi rosa», «sin miedo», «me entrego todo», «arrancado en sintonía pura / con las cosas», «rindo mi mensaje / en oro en la corona de mi letra», «de nuevo me vierto todo, / como lo hace la luz sobre mis ojos», etc.

Rosa y sol

Sorprendentemente, el poema décimo que remata «De mi recogida belleza» es un soneto; y he escrito «sorprendentemente» porque, salvo con algunas excepciones en este primer poemario, Amadoz nunca va a cultivar las formas estróficas tradicionales para decantarse por el verso libre de largo recorrido y ritmo cadencioso[1]. Además, es un poema que —valga decirlo en honor a la verdad— “suena mal”, sin que alcance un buen ritmo ni una medida lograda. En sentido positivo, cabe destacar la imagen, querida y repetida, de «mi alumbrada / rosa», destacada además aquí por el encabalgamiento versal. Respecto a su contenido, transcribiré las certeras palabras de Fernández González, crítico de fina sensibilidad, maestro y amigo al que con gusto estoy citando reiteradamente en este estudio:

El último poema (soneto) nos revela en sus catorce versos que el poeta y el hombre («unido en camino conmigo») se funden para remontar la corriente del río en que se inmolan, remando juntos con la palabra y las estrofas, intentando anclar toda la primavera[2].

Como balance de esta sección acogida bajo el título de «De mi recogida belleza», podemos afirmar que en ella se nos está enseñando lo que el poeta es, lo que el poeta tiene: la rosa, la luz, la palabra[3]; se nos muestra el yo poeta y su labor de creación; aparece en su relación con la amada, con el mundo y con las cosas; y apunta, levemente todavía, el tema de la muerte y la búsqueda (o necesidad) de Dios. En definitiva, no sería disparatado afirmar que en estos diez primeros poemas están, con cierto desarrollo o simplemente en germen, los principales temas poéticos de José Luis Amadoz[4].


[1] Recordemos que Amadoz trabajó de joven la simbología bíblica.

[2] Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 66.

[3] «La palabra —escribe Fernández González— es fuego que alimenta y revive los ensueños tejidos con sombras, vientos, estrellas, ríos, primaveras, alegrías, regazos, sonrisas… perenne fuego todo. […] La entrega funde el mundo con ella mediante el fuego que Dios puso en nuestra sangre. hay en la voz lírica, en el poeta, un deseo de llenar el mundo de su risa y su alegría, de ser urdimbre que teja las cosas con su palabra, empujado por el amor» («Río Arga» y sus poetas, pp. 65-66).

[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

«Zorayda la reina mora» de Juan Anchorena: breve final

Como ya comenté, Zorayda la reina mora, del escritor tudelano Juan Anchorena, es una novela que se redactó hacia el año 1859, si bien no sería publicada hasta 1912, con motivo del Centenario de la batalla de las Navas de Tolosa[1]. Ciertamente, no estamos ante una obra de extraordinaria calidad literaria, pero se trata de una narración no carente de interés. Obra de un escritor navarro desconocido, cabe destacar como curiosidad que otro literato de la misma región y de la misma época, Francisco Navarro Villoslada, también trató de esos amores africanos del rey Sancho VII de Navarra en su inacabada novela El hijo del Fuerte[2].

Marceliano Santa María Sedano, El triunfo de la Santa Cruz en la batalla de las Navas de Tolosa
(1892). Museo Nacional del Prado (Madrid, España)
Marceliano Santa María Sedano, El triunfo de la Santa Cruz en la batalla de las Navas de Tolosa
(1892). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

En su relato, Anchorena presenta la batalla de las Navas de Tolosa, no tanto como una venganza cristiana por la derrota de Alarcos, sino más bien como una venganza personal de Sancho el Fuerte por el asesinato de su prometida Zorayda. En cuanto a la presencia y el tratamiento de temas africanos, lo más interesante es precisamente la descripción del personaje de Zorayda (caracterizada como heroína plenamente romántica), que se suma a las semblanzas de otros personajes musulmanes; y también las descripciones que ofrece el autor de algunas ciudades, paisajes y lugares norteafricanos, insistiendo, por ejemplo, en el lujo de sus palacios o en la dureza del clima. En fin, más allá de su intrínseca calidad y su valor literario, me parece interesante recuperar un autor y una narración prácticamente desconocidos, no ya solo para los lectores en general, sino incluso para los especialistas, y que hay que valorar en el contexto de la novela histórica romántica española, a cuyos rasgos genéricos[3] responde —en líneas generales— el relato de Anchorena[4].


[1] La ficha completa es la siguiente: Juan Anchorena, Zorayda la reina mora: novela histórica de tiempos de Sancho VIII de Navarra, por… Con un prólogo crítica del Rdo. P. Antonio de P. Díaz de Castro (Barcelona, José Vilamala, 1912). He manejado un ejemplar de la Biblioteca Municipal de San Sebastián, sign. I 33-2 14.

[2] Remito a Carlos Mata Induráin, Viana en la vida y en la obra de Navarro Villoslada. Textos literarios y documentos inéditos, Viana, Ayuntamiento de Viana, 1999, donde se incluye la edición de la novela histórica inédita El hijo del Fuerte o Los bandos de Navarra.

[3] Véase Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-98 (en la 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151).

[4] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“El último suspiro en territorio africano”: los amores marroquíes de Sancho el Fuerte de Navarra en Zorayda la reina mora de Juan Anchorena», en Actas del III Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia. Del 1 al 4 de noviembre de 2001. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Centro Asociado de Ceuta, Málaga, Editorial Algazara, 2002, pp. 109-120.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: «Doña Toda de Larrea o La madre de la Excelenta»

Muy relacionada en su génesis con la zarzuela La dama del rey está la novela histórica Doña Toda de Larrea o La madre de la Excelenta, que se encontraba inédita entre los materiales del Archivo del escritor y que publiqué en 1998[1].

Cubierta del libro: Francisco Navarro Villoslada, La dama del rey, ed. de Carlos Mata Induráin

Interesa destacar que se trata de una novela «vascongada», como se refleja en la correspondencia cambiada entre Navarro Villoslada y José de Manterola. En efecto, el 20 de noviembre de 1880 el de Viana escribe al director de la revista donostiarra Euskal-Erría comunicándole que se encuentra con ánimo para redactar una nueva «novela vascongada»:

Yo creía haber agotado mis lágrimas al escribirla [se refiere a Amaya]; pero el ejemplo de ustedes [los redactores de la Euskal-Erría] me enardece y aún creo tener llanto en mi corazón y pulso en mi mano para emprender otra novela vascongada.

¡Todos a una, amigo mío! ¡Euskal Erria! ¡Magnífica empresa y magnífica divisa!

Esta es la respuesta de Manterola, en carta de 22 de noviembre:

Celebro en el alma y felicito a V. de todas veras por su nuevo proyecto de novela vascongada, que desearé realice cuanto antes.

El renacimiento literario que comienza a efectuarse en nuestro país puede ser, y será desde luego, de grandes resultados, y escritores de la talla de V. no debían, no pueden permanecer cruzados ante tan consolador movimiento.

Trabajaremos todos de consuno, cuantos amamos de veras a este país, para restañar sus antiguas heridas, y prepararle un porvenir más risueño; tengamos fe en las virtudes y en la constancia de nuestra raza… y Dios proveerá lo demás.

Todo por la Euskal-Erria. Todo para la Euskal [Erria] sea nuestra constante divisa.

La acción de la novela sucede en Bilbao y sus alrededores, e incluye una pintoresca descripción de la romería a la Virgen de Begoña. Por supuesto, en el texto quedan reflejadas las sencillas y puras costumbres de los vascongados, sin que falte el elogio de las armonías del vascuence[2], «cuya antigüedad le hace parecer hermano de todos los idiomas primitivos» (p. 81). De hecho, en la novela se incluyen algunas palabras y expresiones vascas, cuya traducción se consigna al lado, si no es que queda aclarada por el contexto: mutil ‘muchacho’, Zenaide zu?[3] ‘¿Qué desea?’, nescacha polita ‘muchacha bonita’, Escarricasko, jauna ‘gracias, señor’, sagardua ‘sidra’, echecojauna, Jaungoicoa, motzas, zorcico, aurrescu; incluso se juega con el significado aproximado en vascuence del apellido de la protagonista, Larrea,al comentarse que doña Toda es dura y espinosa con los hombres (esto es, ‘esquiva’) como una zarza[4].

Relacionado con el tema del vascuence, podemos mencionar también el uso que del castellano hacen algunos personajes euskaldunes. En el Señorío de Vizcaya, todos están contentos por la noticia de que la reina doña Isabel vendrá desde Vitoria a jurar los Fueros:

Escarricasko, jauna (gracias, señor) —contestó el mancebo rehusando noblemente—, noticias traes, que vizcaínos para, más que vale plata.

—Amigo mío, ese romance es para mí tan oscuro como el vascuence.

—Quiere decir —contestó el albéitar, que se había constituido en intérprete— que se da por pagado con la buena noticia que su merced nos ha traído de Vitoria (pp. 82-83).

Este recurso de mostrar las dificultades de estos personajes para hablar en correcto castellano, que mezclan con construcciones vascas, es de gran tradición en la literatura aurisecular, como recurso humorístico: baste recordar el episodio del vizcaíno en el Quijote y sus «mal trabadas y peor concertadas razones»[5].  También la excesiva longitud de los apellidos vascos, que pueden medirse —como se decía en La dama del rey— a varas, sirve para introducir elementos de humor:

—¿Cómo os llamáis, señor huésped?

—José Antón de Goyeascogoechea —respondió el posadero levantándose.

—¡Diablo! —exclamó Ramírez—; dicen que Jerjes sabía de memoria los nombres de todos sus soldados: a buen seguro que los soldados de Jerjes no eran vizcaínos (p. 87).

En cualquier caso, interesa destacar que el elogio del idioma vasco que encontramos en esta novela se enmarca en un contexto más amplio, el de la defensa de las tradiciones y costumbres puras, incontaminadas, venerandas del país vascongado, que destaca precisamente por el respeto a la tradición, encarnada en sus mayores:

Aquí el respeto de los muchachos principia por el padre de familia llamado echecojauna, señor de casa, y acaba por el señor del país, a quien vosotros llamáis rey, o por mejor decir, acaba por el Señor de lo Alto, Jaungoicoa, único nombre que aquí damos a Dios. Señor es el padre, señor el rey, señor es Dios (pp. 122-123)[6].


[1] Véase Francisco Navarro Villoslada, Doña Toda de Larrea o La madre de la Excelenta, ed. de Carlos Mata Induráin, Madrid, Castalia, 1998; y otros dos trabajos míos sobre esa novela: Carlos Mata Induráin, «Dos novelas históricas inéditas de Navarro Villos­lada: Doña Toda de Larrea y El hijo del Fuerte», en Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin (eds.), Congreso internacional sobre la novela histórica (Homenaje a Navarro Villoslada), Príncipe de Viana,Anejo 17, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1996, pp. 241-257, y «Doña Toda de Larrea, novela vascongada inédita de Navarro Villoslada», Boletín de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País,tomo LV, 2, 1999, pp. 395-417.

[2] Esta es la expresión que Navarro Villoslada emplea con preferencia para referirse al idioma vasco.

[3] Navarro Villoslada escribe así, seguramente de oído, la expresión «Zer nahi duzu?».

[4] Del significado ‘tierra inculta, sin labrar’ que tiene larra es posible pasar, por metonimia, al de ‘zarza, espino’. En cualquier caso, queda claro que los semas que se quieren destacar en la relación de la dama con los hombres son los de ‘dureza’, ‘sequedad’.

[5] Véase P. Anselmo de Legarda, Lo vizcaíno en la literatura castellana, San Sebastián, Biblioteca Vascongada de los Amigos del País, 1953; K. Josu Bijuesca, «El “vizcaíno” de Sor Juana y la lengua del imperio», Revista de Humanidades (Monterrey), núm. 5, otoño de 1998, pp. 13-28.

[6] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.