«Cervantes», de Bernardo López García

La composición más conocida de Bernardo López García (Jaén, 1838-Madrid, 1870) es, sin duda alguna, su oda patriótica «El dos de mayo», publicada en 1866 en El Eco del País, cuyos primeros versos se hicieron celebérrimos: «Oigo, patria, tu aflicción / y escucho el triste concierto / que forman, tocando a muerto, / la campana y el cañón…». Su producción poética quedó recogida en el volumen Poesías (Jaén, Establecimiento Tipográfico de F. López Vizcaíno, 1867, con ediciones póstumas en 1880 y 1908).

Miguel de Cervantes

A nosotros nos interesa su poema «A Cervantes», en cinco décimas, que se incluyó en 1876  en el Álbum literario dedicado a la memoria del rey de los ingenios españoles, cuyo texto dice así:

¡Gloria a Cervantes! Loor
al genio que en alto vuelo
mojó en raudales del cielo
la pluma del escritor.
¡gloria al genio seductor
que asombra, encanta y divierte!
¡Lauros al atleta fuerte
que con sus hercúleos lazos
arrojó un mundo en pedazos
a las plantas de la muerte!

Él con su genio profundo
y la fe por estandarte
cual nuevo Colón del arte
buscó para el arte un mundo;
con entusiasmo fecundo
trabajó, artista y guerrero;
y al fin consiguió altanero,
con gloria que aturde al hombre,
fijar su potente nombre
junto a Dante y junto a Homero.

Él vio otra aurora lucir
por en medio del nublado,
e hirió de muerte al pasado
presintiendo el porvenir;
dejó en la tierra, al morir,
su nombre, que el mundo aclama;
de su inspiración la llama
que brilla radiante y pura,
y una copa de amargura
tan grande como su fama.

Titán de la inspiración,
con la distancia creciendo,
va un aplauso recibiendo
de cada generación;
y es tan grande la ovación
que da el mundo a su memoria,
que si cantando victoria
se alzase en la tumba fría,
en la tumba se hundiría
bajo el peso de su gloria.

Al escuchar los rumores
que produce su talento,
toma vuelo el pensamiento
para otros mundos mejores;
porque son tan seductores
y es tan pura su belleza,
que cuando a escribir empieza
sobre el mundo, su proscenio,
todas las cumbres del genio
se humillan a su grandeza[1].


[1] Álbum literario dedicado a la memoria del rey de los ingenios españoles. Publícalo la redacción de la revista literaria «Cervantes», Madrid, Establecimiento Tipográfico de Pedro Núñez, 1876, pp. 47-48. Precede al título: «Aniversario CCLX de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra». Se recoge también en Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, pp. 84-85.

«A don Quijote», soneto de Manuel de Sandoval

Manuel de Sandoval (Madrid, 1874-Madrid, 1932) fue un profesor de Literatura y académico de la Real Academia de Córdoba, además de poeta. Tras estudiar las carreras de Derecho y Filosofía y Letras, a los veinticuatro años obtuvo por oposición la plaza de Catedrático de Instituto de Retórica y Poética, que ocupó en diferentes capitales como Teruel, Soria, Burgos, Córdoba (1905-1920), Toledo (1920-1930) y, finalmente, Madrid (1930-1932).

Sandoval ingresó en la Real Academia Española en 1907 como académico correspondiente en Córdoba y trece años después, en 1920, como numerario. Su discurso de recepción versó sobre Lo inconsciente y lo voluntario en las obras literarias y poéticas, y le respondió en nombre de la corporación el académico Francisco Rodríguez Marín.

De entre su producción poética me interesa destacar su soneto «A don Quijote», en el que presenta la necesidad de la resurrección del personaje cervantino para regenerar al país («a ver si un loco regenera y salva  / la nación destrozada por los cuerdos», vv. 13-14). Su pensamiento entronca, pues, con el de muchos otros autores de las generaciones del 98 y del 14, que también tomaron la figura de don Quijote para reflexionar sobre la caótica situación de España tras el Desastre de 1898.

Quijote-Cristo

Este es el texto del soneto de Sandoval, cuyo tono está marcado por el apóstrofe al «manchego ilustre» (v. 2) y los acuciantes imperativos a él dirigidos (Quebranta, monta, enristra, cierra, sal, Vuelve):

Quebranta del sepulcro que te encierra,
manchego ilustre, la pesada losa,
y vuelva tu locura generosa
a ser pasmo y asombro de la tierra.

Ya Rocinante, tu corcel de guerra,
te aguarda fiel al borde de la fosa:
monta, enristra la lanza ponderosa,
y contra el mal y la injusticia cierra.

Sin miedo a que te ultrajen a mansalva
forzados viles y asquerosos cerdos,
¡sal, como antaño, al despuntar el alba!

¡Vuelve al campo que pueblan tus recuerdos,
a ver si un loco regenera y salva
la nación destrozada por los cuerdos![1]


[1] Tomo el texto de Discursos leídos ante la Real Academia Española en la recepción pública del señor don Manuel de Sandoval el día 1.º de febrero de 1920, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1920. Se reproduce en el Discurso del Excmo. Señor don Francisco Rodríguez Marín, p. 49, quien añade este pequeño comentario: «Otra musa, la patriótica, a quien indigna y subleva el contemplar el origen de muchos de los males de España, inspiró valientemente estotro soneto dirigido A Don Quijote». Está recogido también en Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 141.

«Un soneto a Cervantes» de Rubén Darío

Este poema de Rubén Darío se publicó originalmente en la revista Helios (Madrid), IX, 1903, p. 37, con dedicatoria «A Ricardo Calvo». En 1904 se reprodujo en tres revistas de Hispanoamérica, con el título «A Cervantes»[1] y, finalmente, al año siguiente quedó recogido en Cantos de vida y esperanza. Los Cisnes y otros poemas (Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos y Bibliotecas, 1905). Es, junto con la «Letanía de nuestro señor don Quijote», escrita expresamente para el III Centenario del Quijote en 1905, uno de los textos cervantinos más conocidos del poeta nicaragüense.

Miguel de Cervantes Saavedra

El texto de este soneto (cuyos versos séptimo, undécimo y duodécimo son heptasílabos, en la línea de experimentación métrica propia del Modernismo) dice así:

Horas de pesadumbre y de tristeza
paso en mi soledad. Pero Cervantes
es buen amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y reposa mi cabeza.

Él es la vida y la naturaleza,
regala un yelmo de oros y diamantes
a mis sueños errantes.
Es para mí: suspira, ríe y reza.

Cristiano y amoroso y caballero,
parla como un arroyo cristalino.
¡Así le admiro y quiero,

viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero
la tristeza inmortal de ser divino![2]


[1] Para más detalles remito a Jorge Eduardo Arellano (ed.), Rubén Darío. Don Quijote no debe ni puede morir (páginas cervantinas), Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, p. 21.

[2] Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Rubén Darío, Cantos de vida y esperanza. Edición homenaje, Salta, Editorial Biblioteca de Textos Universitarios, 2006, pról. y ed. de Íride M. Rossi de Fiori et al., poema XVIII, p. 159. Está incluido también en Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 46.

«Ínsula», de Felipe Cortines Murube

Felipe Cortines Murube (Los Palacios y Villafranca, Sevilla, 1883-1961) es un escritor adscrito al Modernismo poético, autor de poemarios como De Andalucía. Rimas (1908), El poema de los toros (1910), Nuevas rimas (1911) y Del levantamiento por la tradición de España (1936). Publicó también relatos de viajes y algunas novelas. Hoy nos interesa recordar una composición poética suya, un soneto, que constituye una evocación de Sancho Panza y su gobierno de la Ínsula Barataria. Dice así:

Un costal de malicias y refranes
llamaba don Quijote a su escudero[1],
el gran Panza, el famoso marrullero,
prez de los castellanos ganapanes.

Como premio a sus múltiples afanes
Sancho ganó la Ínsula primero,
y al regirla, un maligno curandero
no le dejó comer[2]: sufrió desmanes.

Sube al mando el humilde guardacabras
porque, al fin, aquel sandio[3] sin oficio
era un hombre gracioso en sus palabras.

¡Pero cuántos hoy son corregidores,
y solo alegan este vil servicio:
ser lacayos de apócrifos señores![4]

José Moreno Carbonero, Festín de Sancho Panza en la Ínsula Barataria


[1] Un costal de malicias y refranes / llamaba don Quijote a su escudero: «… que toda esa personilla que tienes no es otra cosa que un costal lleno de refranes y malicias» (Quijote, II, 43).

[2] un maligno curandero / no le dejó comer: se refiere al doctor Pedro Recio de  Agüero o doctor Tirteafuera (por ser natural de este lugar de Ciudad real), «médico insulano y gobernadoresco» (Quijote, II, 45) que mata de hambre a Sancho Panza.

[3] sandio: tonto, necio.

[4] Tomo el texto de Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 44.

«Cervanterías», de Juan Pérez Zúñiga

Juan Pérez Zúñiga (Madrid, 1860-Madrid, 1938) destacó como escritor inclinado a la vena humorística. Fue redactor de publicaciones como Madrid Cómico, ABC, Blanco y Negro, El Liberal, Heraldo de Madrid, Nuevo Mundo o La Esfera, en las que popularizó el seudónimo Artagnán. Su ingenio cómico y su gran habilidad versificatoria le inclinaron al cultivo de la poesía festiva, terreno en el que se le calculan más de veinte mil composiciones escritas y publicadas. Fue también autor teatral que obtuvo algunos éxitos notables, siempre cultivando los subgéneros cómicos.

A esa misma veta festiva responde su composición titulada «Cervanterías». Obvio es decir que la calidad literaria de este romance con rima aguda no es grande pero, entre burlas y bromas, el autor va dejando caer algunas verdades como puños. Y como en este 2015 también estamos —seguimos— de centenarios cervantino-quijotescos, aquí va el texto de Pérez Zúñiga por si sirve como aviso para navegantes

Con ocasión y pretexto
del centenario de un tal
Cervantes, cuyos libracos
ustedes conocerán,
algunos autores que aman
al compañero inmortal,
le estudian de cuantos modos
se puede al hombre estudiar,
y sobre considerarle
como vate excepcional,
como filósofo inmenso,
como bravo militar,
como manco distinguido
y como hijo de Alcalá
(aun con los vientos que corren
por Alcázar de San Juan),
no sería muy difícil
que, como cosa especial,
hubiese algún cervantófilo
que llegase a publicar
un examen analítico,
crítico y aun algo más,
de los pelos que a Cervantes
le solían asomar
por entrambos ventanillos
de las napias. Y aun habrá
quien estudie a Miguel como
timbalero singular,
como ciclista premiado,
como devoto del flan
y hasta como ama de cría
pa casa de los papás.

Pelos de la nariz

Yo, por no ser menos que esos
que a tales cosas se dan,
estoy escribiendo un libro
que así voy a titular:
El Rocinante y el Rucio
mirados en sociedad
como sesudos filósofos.
Estudio trascendental.
Digo en él que si el ingenio
y la hidalguía se van
de nosotros y el carácter
de Quijotes nada es ya,
de las líneas que encabezan
al libro monumental
no queda más que la Mancha
que no se puede quitar.
Para el cuarto centenario
terminado se hallará.
Dios nos dé salud y suerte
para verlo publicar[1].


[1] Cito por Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, pp. 116-117. En este mismo volumen se recoge otra recreación poética cervantina de Pérez Zúñiga, «Cervantes me escribe» (pp. 113-115).

«Cervantes», de Marciano Zurita

Para conmemorar el natalicio, tal día como hoy del año 1547, de Miguel de Cervantes Saavedra, copiaré un soneto de Marciano Zurita y Rodríguez (Palencia, 1887-Madrid, 1929), poeta que cabe ubicar en el momento final del Modernismo en España. Este texto salió publicado en la revista Blanco y Negro de ABC el 6 de junio de 1915, formando un tríptico con otros dos sonetos más, dedicados a «Quevedo» y a «El bachiller Sansón Carrasco» (pp. 18-20).

Miguel de Cervantes

El que a nosotros nos interesa hoy es el primero de los tres sonetos, titulado «Cervantes», que reza así (nótese especialmente el hondo lirismo del v. 4; en cuanto al v. 6, «un prelado prestome su valía», lo entiendo como alusión al cardenal Giulio Acquaviva d’Aragona que, como sabemos, tomó a su servicio a Cervantes durante un breve tiempo):

Mi padre fue corregidor de Osuna
y con mi madre en Alcalá vivía
cuando yo cometí la picardía
de nacer reclamando teta y cuna.

Llegué a mozo sin pena ni fortuna;
un prelado prestome su valía
y en Italia luche con bizarría
y en Lepanto me hirió la Media Luna.

Cautivo luego y luego rescatado,
libre después, después encarcelado
y a la fin, sin cadena ni barrote,

el genio un día se acercó a mi frente,
y besándola dulce y sonriente,
me dijo: «Escribe.» Y escribí el Quijote[1].


[1] Tomo el texto de Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 177.

La «Invocación a don Miguel de Cervantes» de Reinaldo López Vidaurre

El artista boliviano Reinaldo López Vidaurre (La Paz, 1917-La Paz, 1973) se desempeñó en la triple faceta de músico, pintor y poeta. En su ciudad natal fue Director y profesor de la Academia de Bellas Artes y del Conservatorio de Música[1]. Usó el seudónimo Lulijamachi (el ‘colibrí’ del pueblo aymará). Entre sus libros poéticos se cuentan Fuga (1941), La senda perdida. Poemas en prosa (1947) y Cuadros fantásticos (1968). Sobre el conjunto de su obra poética ha escrito Armando Soriano Badani:

Poesía de refinados acentos que bucea en las intimidades y secretos de la música, de donde obtiene modulaciones de rica subjetividad lírica. Sonetista de primer orden, ha cantado en sus rítmicas estrofas el paisaje natal con auténtico calor telúrico y colorido lírico[2].

López Vidaurre es autor de una «Invocación a don Miguel de Cervantes», que se publicó en el núm. 38 de la revista municipal Khana de La Paz, año X, vol. I, marzo de 1967[3]. Se trata de una serie de once sonetos dedicados a Cervantes, el Quijote y su trascendencia, don Quijote y varios otros personajes de la novela. Los títulos de las composiciones son los siguientes: «Invocación», «Retrato» (de Cervantes), «Don Quijote», «Sancho Panza», «Dulcinea del Toboso», «Rocinante», «El rucio de Sancho Panza», «Ginés de Pasamonte», «La locura del amor», «Grandeza» (del personaje don Quijote) y «El libro de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha». Son textos con versos, como podrá comprobarse en su lectura, de desigual calidad poética, pero interesantes a la hora de estudiar la huella cervantino-quijotesca en la poesía de Bolivia. Por ello —y por lo poco conocidos que resultan—, transcribiré aquí, sin comentarios, los tres primeros poemas de la serie.

INVOCACIÓN

Divino Apolo, mira complaciente
a quien te clama al pie de tus altares;
glorioso, pon tu miel en mis cantares:
que broten como linfa de la fuente.

Mi verso tome el ser del sol surgente;
del tono fresco de los verdes mares.
Disipen de mi pecho los pesares
el aura vaga, la canción fulgente.

Sorprendan mis oídos sones claros
cantados con dulzor por la sirena
entre el murmullo de la noche plena.

El terso brillo del marmóreo Paros
aquí se plasme con su luz serena
como una copa de zafiros llena.

Retrato de Miguel de Cervantes

RETRATO

Aquí pervive don Miguel Cervantes,
un mucho sabio, un poco majadero;
llevose el infortunio de escudero,
y desventura fue de Rocinantes.

Mirad sus dos figuras tan vibrantes
de don Quijote y Sancho refranero:
espejo son del Triste Caballero
de bolsa flaca y sueños delirantes.

Todo lo pinta con seguro trazo
la mano de este noble prisionero.
Si la desgracia no le tiende el lazo

y torna de Lepanto sin balazo,
¡qué no podría con su cuerpo entero,
si tanto pudo con un solo brazo!

DON QUIJOTE

¡Salve, Quijote, redentor del triste,
sombra inmortal, del Bien sabiduría,
noble adalid de limpia valentía,
tu invocación de luz al mundo viste!

Todo follón que mal poder inviste
en tu pujanza tiene su agonía,
y el desvalido que en tu brazo fía
con la suprema ley su fe reviste.

Tu magra mano traiga la delicia
del pan divino, de la mano pura,
para los que soportan injusticia.

Refugio dulce, cumbre de ternura,
siempre levanta al corazón del hombre
con la inefable gloria de tu nombre[4].


[1] Una semblanza del autor puede verse en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 224-228.

[2] Arturo Soriano Badani, Ensayos sobre cultura boliviana, La Paz, Plural Editores, 2007, p. 127.

[3] Con este texto López Vidaurre obtuvo el Primer Premio de Poesía en el Concurso Cervantino «Rinconete y Cortadillo en la ciudad de La Paz».

[4] La «Invocación…» completa ocupa las pp. 229-233 de la compilación Cervantes y don Quijote en Bolivia de Quiroz; estos tres sonetos figuran en las pp. 229-230. En el dedicado al «Retrato» de Cervantes, introduzco un par de modificaciones: en el verso primero, en vez de «Miguel de Cervantes», que hace verso largo, edito «Miguel Cervantes», para respetar la medida del endecasílabo. Igualmente, en el verso cuarto se lee «Rocinante», que cambio a «Rocinantes» para asegurar la rima consonante del cuarteto. Modifico, también, algunos otros detalles en la puntuación.

El soneto «Contigo irá mi sombra», recreación quijotesca de Sagrario Torres

En la entrada anterior me refería al poemario Íntima a Quijote (Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986), de Sagrario Torres, y ofrecía algunos datos sobre la autora y su intención al escribir este libro: ofrecer una carta de respuesta íntima (y de ahí el título) a la maravillosa carta de amores que el enamorado caballero escribe en Sierra Morena a su amada Dulcinea del Toboso. Hoy comentaré brevemente la estructura externa del libro, y reproduciré luego uno de sus poemas, el bello soneto con que se cierra, titulado «Contigo irá mi sombra». Este texto constituye una buena síntesis de su contenido y quintaesencia la intención de la autora al escribirlo (tras ver morir a don Quijote, «ante su cadáver juré fidelidad inquebrantable a su espíritu y a su fama», escribía en las palabras introductorias). En fin, podrá servir, además, como una pequeña muestra del estilo poético de Sagrario Torres.

Tras las dedicatorias y las dos páginas con unas someras explicaciones dirigidas «Al lector» (pp. 9-10) —algunos de cuyos párrafos ya reproduje—, encontramos a modo de lema las célebres palabras dedicadas por Dostoievski, en su Diario de un escritor (1873-1876), a la inmortal novela cervantina: «No se puede hallar una obra más profunda y poderosa que el Quijote», etc. Después, el libro se divide en las siguientes secciones:

—Una Primera parte, titulada «Visiones dolorosas y excelsas en Cervantes, donde se ha querido ver lo sobrenatural para el alumbramiento de Don Quijote». Consta de tres apartados: una «Introducción» (el poema «Un hombre entre paredes húmedas»); I, «Quijote: No pudo ser un ciego azar»;  y II, «Quijote: Creció tu cuerpo en lentas perfecciones».

—Un Intermedio, con cuatro apartados: I, «Quijote: Santo mío. Altar para mi incienso», encabezado por un lema de Unamuno en Vida de don Quijote y Sancho sobre la Tolosa y la Molinera; II, «Quijote: Las nodrizas celestes»; III, «En homenaje a [la] Tolosa y la Molinera»; y IV, «Quijote: En la noche de luna».

—La Segunda parte, titulada «Después de las amarguras que sufrió Don Quijote durante largo tiempo, y que a ninguna, por conocidas, se hace alusión», que se divide en: I, «Muchos soles brillaron»; II, «Quijote: El mundo ya no es grande», con otro lema unamuniano, extractado también de la Vida de don Quijote y Sancho, ahora relacionado con Aldonza; y III,  «Quijote: Después de cien galas».

—Cierra el libro una composición última, el soneto «Contigo irá mi sombra», que constituye una especie de canción de envío a don Quijote, ya después de su muerte.

Muerte de Alonso Quijano el Bueno

El poemario de Sagrario Torres bien merece una atención más detenida. Mientras llega el momento de dedicarle ese análisis de mayor profundidad[1], me limitaré a copiar aquí el hermoso soneto final, que sintetiza el mensaje de todo el poemario, el cual constituye una interesante recreación poética quijotesca. Aquí la locura amorosa se ha contagiado por completo a la voz lírica femenina. Especialmente hermoso resulta el segundo terceto, en el que la mujer promete una compañía fiel («Contigo irá mi sombra») al caballero ideal que —más allá de su muerte física– seguirá peleando eternamente contra la injusticia («Cuando cruces / de nuevo un mundo de dolor y queja»), pero contando siempre con el apoyo de su enamorada, compañera puesta en pie a su lado («me alzaré como un monte hacia tu vida») para ayudarlo incondicionalmente en la defensa de la libertad y de todos los valores positivos que encarnaron —y seguirán encarnando— la lucha y los anhelos todos de don Quijote. Este es el texto completo del poema:

Bajo mi rostro a tu perfil yacente
que alumbra el lecho de tu alcoba oscura.
Un escarchado arroyo es tu figura
y en ríos van mis ojos a tu frente.

Yo caliento tu helor inútilmente.
Párpados tuyos besa mi locura,
pómulos, labios de tu boca pura.
En fuego y frío estamos solamente.

Vienen tinieblas a envolver las luces
de tu cuerpo que asciende y que me deja
para siempre olvidada y confundida.

Contigo irá mi sombra. Cuando cruces
de nuevo un mundo de dolor y queja,
me alzaré como un monte hacia tu vida[2].


[1] Puede verse la reseña de Francisco Mena Cantero, «Sobre Íntima a Quijote», Cuadernos de Nueva Poesía (Asociación Prometeo de Poesía), abril de 1987, s. p.; y, con más detalle, el estudio de José María Balcells, «Sagrario Torres y su poema de amor al Quijote», en Jesús-María Nieto Ibáñez (coord.), Lógos Hellenikós. Homenaje al Profesor Gaspar Morocho, León, Universidad de León, 2003, pp. 903-911.

[2] Sagrario Torres, Íntima a Quijote, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986, p. 65. 

El poemario «Íntima a Quijote» (1986) de Sagrario Torres

"Oda a Dulcinea", acuarela de José Luis Samper

En el año 1986 se publicó[1], como número 5 de la colección «Julio Nombela» de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, el poemario de Sagrario Torres titulado Íntima a Quijote, que constituye una bella recreación quijotesca desde el territorio de la lírica. Para entender plenamente el significado del título ha de sobrentenderse la palabra carta o respuesta, pues eso es el libro en su conjunto: una carta íntima en respuesta a la dirigida por don Quijote a su amada Dulcinea del Toboso desde Sierra Morena.

Estos son algunos datos acerca de la autora[2]: Sagrario Torres Calderón Montiel nació en Valdepeñas (Ciudad Real), de donde salió, a la edad de cinco años, para ingresar en un internado estatal, el de «Nuestra Señora de la Paloma» de Madrid, donde permaneció hasta el año 1936. Antes de Íntima a Quijote había publicado varios otros títulos poéticos: Catorce bocas me alimentan (sonetos), Madrid, Editora Nacional, 1968; Hormigón traslúcido, Salamanca, Colección Álamo, 1970; Carta a Dios, Madrid, Colección Ágora, 1971; Esta espina dorsal estremecida (sonetos) Madrid, Colección Arbolé, 1973; Los ojos nunca crecen, Salamanca, Colección Álamo, 1975 (poema autobiográfico que describe su vida en el colegio, escrito con una beca de la Fundación Juan March del año 1973; la edición del libro estuvo patrocinada por la Delegación Nacional de Cultura); y Regreso al corazón, Madrid, Colección Adonais, 1981.

En 1982 le fue concedida una beca de Creación literaria del Ministerio de Cultura para escribir el libro Íntima a Quijote, el cual saldría publicado cuatro años después, en 1986. Las palabras que dedica Luis López Anglada al poemario (reproducidas en sus solapas) sintetizan bien su contenido y la intención de Sagrario Torres al componerlo:

A pesar de los siglos transcurridos, a pesar de los innumerables trabajos que se han escrito sobre la obra inmortal de Cervantes, nunca, hasta ahora, fue capaz una mujer de responder al mensaje de infinito amor que constituyen la vida y la muerte de Alonso Quijano, el Bueno.

Tuvo que ser una mujer manchega, iluminada desde su niñez por la luz de oro de la Poesía, la llamada a responder —y a corresponder— al inmortal amor de Don Quijote. Dulcinea de todos los tiempos, es ya, como en los versos de Antonio Machado, «… la cerca y lejos, por el inmenso llano eterna compañera y estrella de Quijano».

Tal vez nunca mujer enamorada alguna respondió con tanta hondura, con tanta belleza de expresión, con tanta altura de espíritu a la total entrega del enloquecido amador. Y nunca la inspiración de Sagrario Torres alcanzó tantas y tan altas cimas de belleza y de poesía. Aquí, Sagrario-Aldonza-Dulcinea idealiza a su vez la figura egregia de Quijote, alcanza a comprender —como solo pueden comprenderlo las enamoradas— el alma quijotesca, justifica su pasión y da la razón al ingenioso caballero, que sabía que Dulcinea no era una invención, sino una realidad que algún día —ahora— aparecería ante los ojos del mundo para dar fe de su existencia.

No, esta Dulcinea no es aquella que Gastón Baty alzó a los escenarios, protagonista artificiosa en su ideal, personaje ideal de quimera. Sagrario es, ella misma, la respuesta de Aldonza a Quijote; es, ella misma, el sueño ideal que Cervantes intuyera. Su libro Íntima a Quijote es uno de los más bellos poemas de amor que se han escrito en nuestro tiempo. Aquí, como en el libro inmortal en el que no importa que Dulcinea existiera o no, tampoco importa que Quijote haya sido una realidad o un sueño. Lo que importa es que una mujer haya respondido por fin a un inmortal mensaje de amor de un hombre por ella enloquecido.

Tras las diversas dedicatorias (entre otras, a Valdepeñas y a todos los manchegos), en unas palabras dirigidas «Al lector» (pp. 9-10) explica con detalle la autora las razones que le llevaron a escribir esta carta de respuesta Íntima a Quijote:

En ella le digo cómo veo yo su persona. De qué modo, procedente de las regiones sin nombre ni figura que sólo Dios conoce, fue concebido en la mente de su padre y madre Miguel. Cuál fue, según yo lo veo, el destino de su esforzada y desgraciada vida. Cómo le vi morir, más arrepentido de su aventura de lo que yo hubiese querido, y cómo ante su cadáver juré fidelidad inquebrantable a su espíritu y a su fama.

Añade que «Por mí y para mí, por él y para él escribí esta arrebatada carta» (p. 10), y remata sus palabras de prohemio con esta interesante indicación:

Puesto que él no podrá leerla, a ti, lector, encomiendo esta carta a mi Quijote, a nuestro Don Quijote. Mírala con buena voluntad. Es seguro que no te faltará, por malamente que cumplas el común deber español de ser amigo suyo[3].


[1] En el colofón se indica que el libro sale publicado con motivo de los 370 años de la muerte de Cervantes.

[2] Los extracto de entre los que figuran en las solapas del propio libro. Puede verse la reseña de Francisco Mena Cantero, «Sobre Íntima a Quijote», Cuadernos de Nueva Poesía (Asociación Prometeo de Poesía), abril de 1987, s. p.; y el estudio de José María Balcells, «Sagrario Torres y su poema de amor al Quijote», en Jesús-María Nieto Ibáñez (coord.), Lógos Hellenikós. Homenaje al Profesor Gaspar Morocho, León, Universidad de León, 2003, pp. 903-911.

[3] Sagrario Torres, Íntima a Quijote, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986, p. 10; el destacado es mío.

«Don Quijote», poesía de Francisco A. de Icaza

Durante los meses de abril y mayo de 1905, con ocasión del III Centenario de la publicación de la Primera parte del Quijote, la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid organizó un amplio ciclo de conferencias en el que intervinieron Rafael Salillas, Julio Cejador y Frauca, Cecilio de Roda, Antonio Palomero, Andrés Ovejero, Francisco Navarro Ledesma, Ramón Pérez de Ayala, Enrique de Mesa, Ricardo Royo Villanova, Alfredo Vicenti, José Ibáñez Marín, José Martínez Ruiz (Azorín), Adolfo Bonilla y San Martín, José Nogales, Juan José Morato, Rafael Urbano, Mariano Miguel de Val, José Canalejas, entre otros[1].

DonQuijote_EduardoBarcia

El día 13 de mayo, en la velada-resumen de las conferencias celebrada en el Paraninfo de la Universidad, el destacado actor Ricardo Calvo recitó las «Letanías de nuestro señor don Quijote», de Rubén Darío, y la poesía de Francisco A. de Icaza titulada «Don Quijote». El texto rubeniano es bastante famoso, pero el de Icaza creo que no resulta tan conocido, y bien merece la pena copiarlo aquí. El texto dice así:

¡Oh, famoso caballero,
el de la Triste Figura!,
ha reído el mundo entero
tu locura.

Sin pensar que en el abismo,
término de las edades,
locuras y vanidades
son lo mismo.

Que por diversos engaños,
cubiertos con altos nombres,
van a matarse los hombres
en rebaños.

Y en aventuras andantes,
piensan por encantamento
que los molinos de viento
son gigantes.

Se ríen de que trastornes
lo real en tus empresas;
se olvidan de las princesas
maritornes.

De que siempre habrá quien fíe
en la bella Altisidora,
si de amor dice que llora
cuando ríe.

Y que, triste o venturoso,
es el amador, quien crea
para amar, su Dulcinea
del Toboso.

Se liberta a galeotes,
se combate con yangüeses,
se dan tajos y reveses
por azotes.

Y en los mundos del ensueño
se va a ciegas y al acaso,
sustituyendo a Pegaso,
Clavileño.

Y ni fieras ni titanes
habrá que la marcha impidan,
¡del mismo a quien intimidan
los batanes!

¡Oh, famoso caballero,
el de la Triste Figura!,
ha reído el mundo entero
tu locura.

Sin mirar que en el abismo,
término de las edades,
todas nuestras vanidades
son lo mismo[2].


[1] Tales conferencias se reprodujeron hace unos años en el libro Don Quijote en el Ateneo de Madrid, ed. de Nuria Martínez de Castilla Muñoz, Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 2008.

[2] El autor la incluyó en su libro La canción del camino, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1905. Cito por Don Quijote en el Ateneo de Madrid, ed. de Nuria Martínez de Castilla Muñoz, pp. 367-368, con algún ligero retoque en la puntuación.