Introducción al teatro de Leandro Fernández de Moratín

Leandro Fernández de Moratín es el principal dramaturgo del siglo XVIII español[1]. Es más, se ha dicho, y con razón, que fue el único dramaturgo español que logró un triunfo para la comedia neoclásica. Sus obras representan la máxima fidelidad al espíritu ilustrado y se atienen con rigor a la preceptiva neoclásica. Para él, la rigidez en la sumisión a las reglas era la única forma posible de alcanzar la verosimilitud necesaria. Tendremos ocasión de comprobarlo al analizar con más detalle (en futuras entradas) El sí de las niñas.

Su interés por el teatro no le llevó solo a cultivarlo, sino que también lo estudió: es el autor de unos Orígenes del teatro español, obra erudita que constituye un primer intento serio de ofrecer un panorama ordenado del conjunto del teatro nacional.

Moratín, Orígenes del teatro español

Por otra parte, es famosa la definición de comedia que colocó al frente de la edición de sus obras:

Imitación en diálogo (escrito en prosa o verso) de un suceso ocurrido en un lugar y en pocas horas entre personas particulares, por medio del cual, y de la oportuna expresión de afectos y caracteres, resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes en la sociedad, y recomendadas por consiguiente la verdad y la virtud[2].

Tiene, pues, una obsesión por la enseñanza moral; y una preocupación por aproximarse a la vida real. Moratín simplificará la trama de sus obras y dará mayor profundidad psicológica a los personajes. En ellas, lo esencial no es el enredo, sino la plasmación de los caracteres. Da al espectador, en un diálogo inicial, los datos necesarios para que se comprenda la acción planteada. Evita la afectación del lenguaje e introduce una crítica social directa, sazonada con ciertos elementos de sentimentalismo que le permiten llegar con mayor facilidad al público.

El tema básico de su obra dramática es la inautenticidad como forma de vida. Moratín censura las actitudes hipócritas. Por ejemplo, muestra su rechazo a los matrimonios de conveniencia que violentan las naturales inclinaciones de los jóvenes. En consecuencia, defiende una educación que se base en la sinceridad y no en el fingimiento. Tuvo problemas con la Inquisición por sus ataques a la hipocresía religiosa (especialmente con su comedia La mojigata, pero también con otras piezas). Se ha señalado que su teatro guarda relación con el de Molière, lo cual es cierto, si bien no se trata de una mera imitación servil[3].


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012. La bibliografía sobre su vida y su obra dramática es muy extensa; destaco, entre otros muchos trabajos posibles, el panorama ofrecido por Fernando Doménech, Leandro Fernández de Moratín, Madrid, Síntesis, 2003.

[2] Leandro Fernández de Moratín, prólogo a sus comedias originales, en Obras, II, vol. I, Madrid, Real Academia de la Historia / Aguado, 1830. También escribía, hablando de sí mismo en tercera persona: «Don Leandro Fernández de Moratín, que ya tenía compuesta por aquel tiempo la comedia El viejo y la niña, luchando con los obstáculos que a cada paso dilataban su publicación, meditaba la difícil empresa de hacer desaparecer los vicios inveterados que mantenían nuestra poesía teatral en un estado vergonzoso de rudeza y extravagancia. No bastaban para esto la erudición y la censura; se necesitaban repetidos ejemplos; convenía escribir piezas dramáticas según el arte» (pp. XLI-XLII).

[3] Ver José de la Revilla, Juicio crítico de D. Leandro Fernández de Moratín como autor cómico y comparación de su mérito con el del célebre Molière, Sevilla, Imprenta de Hidalgo y Compañía, 1833.

Personalidad y carácter de Leandro Fernández de Moratín

Hombre tímido, huraño e introvertido, se ha destacado el orgullo como rasgo destacado del carácter de Leandro Fernández de Moratín[1]. Fue muy dado a la sátira y la burla, y un gran analista de la sociedad de su tiempo, desde una posición que siempre quiso fuese distanciada: Fernando Lázaro Carreter se refiere a él como «alma difícil y eminente»[2]. No fue un oportunista, sino que intentó defender su independencia en todo momento. Su actitud afrancesada[3] es fácilmente explicable en su contexto histórico: para muchos españoles del momento, la opción francesa suponía el progreso, la modernización del país, y no dudaron en aceptarla. Además, esa actitud resultaba coherente con sus ideas políticas: un ilustrado liberal no podía apoyar a un rey absolutista como Fernando VII.

Fernando VII

Moratín aspiró a llevar una vida tranquila, alejada en lo posible de problemas e inquietudes, aunque las circunstancias históricas no lo permitieron; es un buen ejemplo del hombre de letras que busca llevar a cabo, desde cierta distancia, su trabajo intelectual y su labor creativa. Ilustrado y liberal, podemos calificar el suyo como un temperamento burgués. Fue un escritor cerebral, racional, al que le interesaba la perfección formal y huía, por tanto, de toda exageración sentimental.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Fernando Lázaro Carreter, estudio preliminar a la edición de El sí de las niñas de Jesús Pérez Magallón, Barcelona, Crítica, 1994, p. XXX. Ahí mismo le aplica también el calificativo de «el comediógrafo de las luces».

[3] Para esta cuestión remito a Fernando Lázaro Carreter, «El afrancesamiento de Moratín», Papeles de Son Armadans, XX, 1961b, pp. 145-160; y a José María Sánchez Diana, «Moratín afrancesado», Letras de Deusto, VI, 1976, pp. 69-98.

Últimos años de Leandro Fernández de Moratín

En 1819 Moratín viaja a Bolonia[1]. En 1820, con el triunfo de las ideas liberales, puede regresar a Barcelona, donde ocupa el cargo de juez de imprenta en el ayuntamiento. El 4 de diciembre de 1821 la Real Academia Española lo elige miembro de número, pero no acude a Madrid a tomar posesión. Publica las Obras póstumas de su padre. Ese mismo año, la epidemia de fiebre amarilla que sufre Barcelona lo obliga a pasar de nuevo a Francia.

En 1824 se instala en Burdeos, donde trabajará en la edición de sus obras (Obras dramáticas y líricas, París, Augusto Bobée, 1825, será la última edición revisada por el autor). Termina de redactar su estudio Orígenes del teatro español.

Orígenes del teatro español, de Moratín

Funda con Manuel Silvela un colegio en el que él mismo da clases. En 1825 sufre un ataque de apoplejía, pero se recupera. En 1827 Silvela decide trasladar la escuela a París y Moratín, ya bastante enfermo, marcha con él. Allí moriría, de un cáncer de estómago, el 21 de julio de 1828, siendo enterrado en el cementerio de Père Lachaise. Tiempo después, el 12 de octubre de 1853, sus restos mortales serían trasladados a España para quedar reposando en el cementerio de San Isidro de Madrid.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

Leandro Fernández de Moratín y la guerra de la Independencia

Los fusilamientos del 3 de mayo, de GoyaLa vida del escritor —como la de todos los españoles— se verá violentamente interrumpida en 1808 por la invasión francesa: tras el motín de Aranjuez cae Godoy y Moratín tiene que huir de Madrid[1]. Toma partido por los franceses y, cuando las tropas napoleónicas entran en Madrid, vuelve a ocupar puestos cortesanos: sigue primero con su cargo de Secretario de Interpretación de Lenguas hasta que José I lo nombra, en 1811, Bibliotecario mayor de la Biblioteca Real, en cuya modernización trabaja con entusiasmo. En 1812 estrena La escuela de los maridos, adaptación de la obra de Molière. Las circunstancias de la guerra (derrota de los Arapiles) hacen que José Bonaparte tenga que escapar de Madrid a Valencia, y Moratín le acompaña. Allí escribirá una oda en elogio del general francés Suchet; y se encargará, junto con el P. Pedro Estala, de la publicación del Diario de Valencia[2].

En 1813 se refugia en Peñíscola: la ciudad sufre un duro asedio y ha de permanecer allí once meses. Finalmente, cuando Fernando VII recupera el trono, Moratín se presenta ante la autoridad militar de Valencia, el general Elío, quien lo trata con desprecio y ordena que salga desterrado para Francia. Sin embargo, una tempestad hace que la goleta en que viaja Moratín deba refugiarse en Barcelona, y el capitán general Eroles le permite permanecer allí. Reside, pues, en la ciudad condal mientras se resuelve su situación oficial por haber colaborado con el ejército invasor. Estrena El médico a palos, nueva adaptación de una obra de Molière. En 1817, inquieto por las posibles represalias que se puedan tomar contra él, pide un pasaporte y se traslada a Montpellier, y luego a París, donde cuenta con la compañía de su amigo Melón.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Para la etapa valenciana del escritor, ver Rafael Ferreres, Moratín en Valencia, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 1999.

Leandro Fernández de Moratín: nuevos viajes, amores y estrenos teatrales

Tras estos viajes por Francia e Inglaterra, y también por Italia (Nápoles, Roma, Bolonia…), Moratín regresa a España en 1796, siendo nombrado por Godoy, al año siguiente, Secretario de Interpretación de Lenguas. Entonces puede dedicarse de nuevo a la literatura, a escribir para el teatro y asistir a las tertulias[1].

En 1798 conoce a su nuevo amor, Paquita Muñoz: la relación entre ambos es sincera y recíproca, pero Moratín no se decide a contraer matrimonio y la joven terminaría casándose (años después, en 1816) con otro, un militar llamado Francisco Valverde. Sea como sea, el escritor mantuvo siempre con Paquita una fiel y sincera relación de amistad.

Ese mismo año de 1798 publica su traducción de Hamlet. Al siguiente es nombrado Director de la Junta de Dirección y Reforma de los Teatros, y más tarde Director de los Teatros, cargos a los que renunciará al ver lo difícil que resulta introducir mejoras en la anquilosada escena española. Ese año de 1799 se repone La comedia nueva, bajo su propia dirección.

Cartel moderno de La comedia nueva o El café de Moratín

En 1803 tiene lugar el accidentado estreno de El barón, y en 1804 de La mojigata, obra igualmente polémica. Son los años de triunfo teatral para Moratín. En efecto, el 24 de enero de 1806 estrena El sí de las niñas, con un éxito sin precedentes en el teatro español (veintiséis días en cartelera). En lo personal, en 1807 llega la ruptura con Paquita Muñoz.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012. José Montero Padilla ha destacado esta faceta de «viajero de Europa» de Moratín: «El perfil viajero constituye un aspecto esencial en la personalidad de Leandro Fernández de Moratín. Por gusto primero, por necesidad de desterrado después, el escritor recorrió insistentemente los caminos de Europa» (introducción a su edición de El sí de las niñas, 7.ª ed., Madrid, Cátedra, 1981, pp. 15-16).

Leandro Fernández de Moratín: primeros viajes y estrenos teatrales

Leandro, que ha heredado de su padre el sentido clasicista y didáctico del teatro, queda en una difícil situación económica al morir don Nicolás en 1780[1]. Trabaja entonces como aprendiz en la Joyería Real, junto con sus tíos Victorio Galeoti y Miguel, aunque el sueldo apenas le da para mantener a su madre y la casa. Conoce en 1781 al que sería uno de sus grandes amigos, Juan Antonio Melón. En 1785 muere su madre y se traslada a vivir con su tío Nicolás Miguel.

Por influencia y recomendación de Jovellanos, en 1787 viaja a París para trabajar como secretario del conde de Cabarrús. Allí vive un año; toma contacto con el teatro francés y conoce a Carlo Goldoni. Por esta época escribe su zarzuela El barón, que no llega a estrenarse. Cuando cae en desgracia Cabarrús, se queda sin protección y sin ingresos, así que en 1788 se ve precisado a regresar a España.

Intenta estrenar su comedia El viejo y la niña, pero la representación es prohibida por el vicario eclesiástico de Madrid. Indignado por las envidias y rivalidades de sus émulos literarios, publica su sátira en prosa La derrota de los pedantes. Unos versos suyos caen en gracia al conde de Floridablanca y este le concede un beneficio eclesiástico (una prestamera de 300 ducados) en un monasterio de Burgos; para poder disfrutarlo, Moratín tiene que tomar las órdenes menores o de primera tonsura. Junto con Forner, consigue entrar en contacto con Godoy, cuya protección resultará esencial: en 1790 logra estrenar por fin, en el Teatro del Príncipe, El viejo y la niña.

Manuel Godoy

Además le son concedidos dos nuevos beneficios eclesiásticos, con lo que resuelve sus preocupaciones económicas y dispone de más tiempo para dedicarse a escribir: en efecto, alternará su residencia en Madrid con estancias en la casa solariega de Pastrana, donde trabaja en sus escritos. Redacta La mojigata y La comedia nueva, pieza en la que expone su teoría dramática, estrenada en el Teatro del Príncipe en 1792.

El gobierno le concede una pensión de 30.000 reales para viajar por Europa. Marcha a Francia, y asiste en París al estallido de la revolución: es testigo en esos primeros días del apresamiento de Luis XVI; la violencia desatada y los sangrientos sucesos que contempla le empujan a salir con urgencia para Londres[2], donde le sorprenderá gratamente el ambiente de libertad ideológica. Estudia a los autores ingleses y comienza a traducir Hamlet. Al parecer, mantiene amores (o amoríos) con una joven inglesa[3]. Desde allí le escribe a Godoy para solicitar la plaza de Director de los Teatros madrileños, con el fin de llevar a cabo la profunda reforma que tiene proyectada[4].


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] La estancia de Moratín en Inglaterra ha sido estudiada por Pedro Ortiz Armengol, El año que vivió Moratín en Inglaterra (1792-1793), Madrid, Castalia, 1985.

[3] En carta a su amigo Juan Antonio Melón escribe: «¡Cómo bebo cerveza! ¡Cómo hablo inglés! ¡Qué carreras doy por Hay-Market y Covent Garden! Y, sobre todo, ¡cómo me ha herido el cieguezuelo rapaz con los ojos zarcos de una espliegadera!».

[4] Para sus proyectos reformistas ver Pablo Cabañas, «Moratín y la reforma del teatro de su tiempo», Revista de Bibliografía Nacional, V, 1944, pp. 63-102.

Leandro Fernández de Moratín: primeros estudios y amores

Leandro Fernández de Moratín nace en Madrid el 1 de marzo de 1760[1]. Es hijo de Nicolás Fernández de Moratín, poeta y dramaturgo ilustrado, y de Isidora Cabo Conde.

Nicolás Fernández de Moratín

En 1764 enferma de viruelas y está al borde de la muerte; las marcas que dejó en su cara la enfermedad explican, en parte, que se convirtiera en un ser tímido e introvertido. En efecto, da muestras desde muy joven de un carácter melancólico y solitario: prefiere la lectura, a la que se aficiona desde muy joven, a jugar con otros niños. Criado en un ambiente familiar culto, recibe una esmerada educación; toma clases de dibujo y acompaña a su padre a algunas tertulias literarias, como la famosa de la Fonda de San Sebastián.

Muy pronto realiza sus primeros intentos literarios. Así, en 1779 obtiene un accésit en un concurso de la Real Academia Española con un poema en romance heroico titulado La toma de Granada por los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, que presentó bajo el seudónimo (anagrama, más bien, de sus apellidos) Efrén Lardnaz y Morante. Tres años después lograría un nuevo accésit con su Lección poética. Sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana.

De joven estuvo enamorado de una muchacha llamada Sabina Conti, a la que dedicó sus primeros poemas, la cual terminaría casándose con un tío suyo bastante mayor. Algunos críticos consideran que este temprano episodio biográfico podría explicar su interés en el tema de los matrimonios desiguales en edad, tan reiterado en su teatro.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012. Un buen resumen biográfico del autor es el de Fernando Doménech, Leandro Fernández de Moratín, Madrid, Síntesis, 2003.

Leandro Fernández de Moratín, escritor neoclásico e ilustrado

El XVIII es un siglo capital en la historia de España, no tanto en su literatura[1]. La época de las Luces, de la Ilustración, que trae grandes reformas y avances en el pensamiento, produce una literatura eminentemente didáctica, que busca transmitir una enseñanza y en la que, por tanto, interesará mucho más el fondo que la forma. Además de ser instructiva y moralista, se trata de una literatura ajustada al buen gusto y a las normas y preceptos del arte. En el teatro se impone, como es sabido, la regla de las tres unidades, se da la proscripción de los elementos imaginativos, fantásticos y misteriosos, y se propugna una separación radical entre lo trágico y lo cómico.

Leandro Fernández de MoratínLeandro Fernández de Moratín (Madrid, 1760-París, 1828) es un autor altamente representativo de esa literatura neoclásica e ilustrada española, de la que su comedia El sí de las niñas nos brinda muchas e importantes claves: didactismo, actitud crítica, defensa de las reglas del arte… tales son algunos rasgos sobresalientes de la pieza más importante del teatro español del siglo XVIII.

Pues bien, a Leandro Fernández de Moratín, a las características de la comedia neoclásica en general y a El sí de las niñas en particular irán dedicadas varias entradas en los próximos días.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012. Diversos aspectos sobre la España del siglo XVIII y la Ilustración española pueden consultarse en los trabajos de Jean Sarrailh, La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII, México, Fondo de Cultura Económica, 1957; Francisco Aguilar Piñal (ed.), Historia literaria de España en el siglo XVIII, Madrid, Trotta, 1996 y La España del absolutismo ilustrado, Madrid, Espasa Calpe, 2005; Francisco Aguilar Piñal y Ricardo de la Fuente, (eds.), Introducción al siglo XVIII, Madrid, Júcar, 1991; o Joaquín Álvarez Barrientos, Ilustración y neoclasicismo en las letras españolas, Madrid, Síntesis, 2005, entre otros muchos.

El desengaño del mundo en «Desengaños místicos» de fray José Alberto Gay

Comentaba en la entrada anterior que la última sección de los Desengaños místicos (1757) del tudelano fray José Alberto Gay es la más interesante del libro. Ya los primeros versos nos sitúan frente a los tópicos clásicos de la «vida retirada» y del desengaño del mundo:

Del mundo retirado,
huyendo tu fatal, infiel abismo,
en mí reconcentrado,
hablando el corazón consigo mismo,
con luz al desengaño, a que me inspira
conocerlo, del mundo me retira (pp. 56-57).

El yo lírico, desde sus «soledades» y «oculto del bullicio de las gentes», va a mostrar el carácter falso del mundo, en diversos aspectos: el amor es engañoso, la belleza resulta efímera (una flor que se marchita al más breve soplo)… todo es «engañosa apariencia», y cuando llega la muerte todo lo mundano queda convertido «en hediondez, en asco y en horrura» (p. 59). Tampoco es un bien estimable la nobleza, salvo únicamente la que se identifica con la virtud:

Es todo fantasía,
es apariencia todo y falsedades;
quien bien lo conocía
exclamó: vanidad de vanidades;
sin virtud no hay grandeza,
que sola la virtud es la nobleza (p. 69).

Ni siquiera la sabiduría debe llevar al hombre a enorgullecerse: el sabio presumido no debe olvidar que toda la ciencia que tiene se la debe a Dios. Del mismo modo, las riquezas no son un bien estimable. Al final, todo cede ante el poder igualador de la muerte:

Aquel que obstenta galas,
el otro que se engríe en la nobleza,
otra bizarra Palas,
otro armado de mando y de riqueza,
a un breve volver de ojos
los veo de la parca ser despojos (p. 62).

A continuación aparece la imagen tópica de la voltaria fortuna, con su rueda:

Con la suerte oportuna
se mira aquel feliz entronizado,
pues ciega la fortuna
en la cumbre le puso colocado;
pero, ¡ay!, ¿qué le sucede?
Que a otra vuelta desde lo alto ruede (p. 62).

Fortuna

Después, para desengañar la «loca fantasía» del hombre, introduce el poeta cinco imágenes simbólicas: la selva exuberante de belleza que se marchita en cuanto sopla el noto; los primorosos cedros convertidos en frágil heno; la fuente risueña que va a morir en el mar; el ave parlera atrapada en la red o en la liga; y el corzo ligero abatido por un disparo. Esta es la parte más bellamente elaborada del poema, con algunas hermosas imágenes de sabor barroco (en la línea de las de la «Canción real a una mudanza» de José de Sarabia):

La fuente corre aprisa,
risueña entre las guijas se dilata,
al campo causa risa,
es en el césped cítara de plata;
mas su curso armonioso
en el mar halla su sepulcro undoso.

El ave que, parlera,
se desmiente clarín del vago viento,
sirviéndole a la esfera
de vistoso plumaje con contento,
cuando más se divierte
en la liga, en la red halla la muerte.

El corzo que, ligero,
es viviente bajel de selva y prado,
pues natural velero
céfiro se desmiente desatado,
para infelicemente
siendo rémora al curso el plomo ardiente (pp. 62-63).

La conclusión es, en suma, que todo cuanto ofrece el mundo «embustero», «engañoso» e «inconsecuente», no son más que «gustos fugitivos», de ahí que el hombre deba poner sus ojos en objetivos más altos:

En Dios fija la mira,
este es amigo fiel y verdadero;
del mundo te retira,
que es falaz, mentiroso y lisonjero:
allá hay sin contingencia
lo que aquí solo ves en apariencia.

[…]

Maldigo tus halagos,
mentiras, falsedades y traiciones;
conozco tus estragos,
mundo engañoso, lleno de ficciones,
y escarmentado vuelo
a buscar a mi Dios, por quien anhelo (pp. 63-64).

No faltan en esta composición las alusiones mitológicas (Jano, Cupido, Venus, Palas, la parca…) y bíblicas («se ocultan para Abneres los Joabes», p. 57), junto con referencias a otros personajes históricos (san Francisco de Borja). Asimismo, advertimos la presencia de varios tópicos clásicos, como el virgiliano latet anguis in herba («solapadamente / encontré entre las flores la serpiente») o el medieval Ubi sunt? (al tiempo que se recrea un célebre verso gongorino):

¿Adónde están los Ciros,
Nabucos, Alejandros, Baltasares?
El orbe corre a giros,
reconoce sus glorias militares,
verás su honra pasada
disuelta en tierra, en humo, en sombra, en nada.

Sus soberbios palacios,
el cetro, la grandeza, la corona,
los diamantes, topacios,
y cuanto grande de su ser blasona,
del tiempo al voraz diente
todo es pasado, nada de presente (p. 60).

En fin, los Desengaños místicos del Padre Gay se cierran con una «Protesta» (una décima) en la que el autor pone todo lo escrito bajo la corrección de la Iglesia, según fórmula usual.

Los «Desengaños místicos» (1757) de fray José Alberto Gay

He manejado una copia del ejemplar de la «segunda impresión, corregida y aumentada por el mismo autor» conservado en la Biblioteca Pública de Tudela, sign. R 2.545[1]. Esta segunda edición del libro se dio a las prensas en Zaragoza, en la imprenta de Francisco Moreno, el año de 1757.

Los Desengaños místicos están escritos en verso. Tras la «Dedicatoria a la fidelísima Esposa de Cristo Santa Gertrudis la Magna, honor y timbre glorioso de la sagrada, esclarecida religión del G. P. S. Benito» (nueve octavas reales, que ocupan cuatro páginas sin numeración), el libro se divide en las siguientes secciones:

1) «Introducción que hace el pecador lloroso para explicar en los Psalmos Penitenciales su arrepentimiento». Se trata de una larga glosa, en romance de rima –é o, de los siete salmos penitenciales. El uso continuo de esa misma rima para las siete glosas imprime un ritmo bastante monótono a esta sección inicial, que apenas se ve compensado por algunos aciertos de expresión (por ejemplo, la habitual interpretación exegética del agua como tribulación).

2) «Glosa de 19 cuartillas en que el alma propone amorosos afectos, después de haber llorado sus pecados», donde ya encontramos algo más de poesía. El modelo seguido es ahora el Cantar de los cantares: en efecto, en estas glosas se cantan los amores de la Esposa (el Alma) con el Esposo (Dios). Hay alguna bastante lograda, como por ejemplo la número II, que glosa estos versos: «¡Oh, Pastorcito divino!, / Lucero del alma mía, / resplandor del mejor día / que ha logrado mi destino» (p. 25a).

3) «Pinta el alma presente el Infierno, para librarse del pecado». Son 46 décimas en las que el yo lírico, al tiempo que describe las penas y los tormentos del infierno, incita al hombre a huir del vicio para evitar el castigo de la justicia divina. Termina así:

Este es un corto bosquejo
del mayor mal de los males;
abrid los ojos, mortales,
miraos en este espejo:
las luces de su reflejo
contengan vuestra maldad,
temed la severidad
del Infierno que os espera,
y evitad de esta manera
penas de una eternidad (p. 44).

Infierno

4) «Explica el alma el dolor que padece en el destierro de la celeste Corte», tirada de 26 octavas reales que glosan en estilo solemne y elevado el salmo 136, «Super flumina Babylonis».

5) «Glosa de la secuentia Dies irae, dies illa», 19 nuevas décimas que se construyen artificiosamente incorporando, junto con los versos castellanos, algunas de las expresiones latinas originales.

6) «Misterioso sueño para dispensar del pecado, propuesto en el siguiente romance, habiendo dado la primera cuartilla, para proseguir», romance de rima aguda en : el desengaño se ofrece en esta ocasión a través de un sueño del yo lírico en el que ha visto cómo, tras su muerte, su alma era condenada al Infierno; hace propósito de enmienda y confía en que los demás pecadores sigan su ejemplo.

7) «Exhortación a la resignación y paciencia en la siguiente glosa», donde los versos comentados son: «Sufre con amor igual, / alma, lo que más lastima, / que la más áspera lima / limpia mejor el metal».

8) «Para desengañar a otros, habla el corazón desengañado consigo mismo, proponiendo los engaños del mundo», que es una canción (43 estancias de seis versos heptasílabos y endecasílabos, con esquema de rima 7a 11B 7a 11B 7c 11C). Esta es, sin duda alguna, la sección más interesante del libro, y merece un comentario más detenido en una entrada aparte.


[1] Agradezco a Roberto San Martín Casi, responsable del Fondo Antiguo de la Biblioteca de Navarra, sus amables gestiones para la obtención de esta copia y las de otras obras del Padre Gay.