Vaya para hoy un nuevo poema de María Victoria Atencia (Málaga, 1931- ), recientemente galardonada con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2025, que se suma a las composiciones «Blanca niña, muerta, habla con su padre», «Sazón» y «Epitafio para una muchacha» transcritas en los días anteriores. «Las palomas» (fechado el 6 de diciembre de 1975) forma parte de su poemario Los sueños (1976).
Con un tiempo lentísimo los paseos del parque se desplazan en torno a las palomas mientras a mi padre me acercan, lo rebasan y siguen y nuevamente tornan en su giro, rozándolo, y grito y no me oigo y las palomas vuelan sin que me queden fuerzas que detengan el parque, sin que me queden gestos que mi padre aperciba, y alcance a comprender que preciso el seguro refugio de sus brazos. Mis manos desoladas buscan en los bolsillos algo que me ilusione —regaliz o altramuces dulces— y cuando quiero en el suelo sentarme, me hace daño una piedra[1].
[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 55.
En días pasados he transcrito aquí los poemas «Blanca niña, muerta, habla con su padre» y «Sazón» de María Victoria Atencia (Málaga, 1931- ), que acaba de ser galardonada con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2025. Hoy traigo una de las composiciones más conocidas y celebradas de la poeta malagueña, su «Epitafio para una muchacha», perteneciente a su poemario Cañada de los Ingleses (1961).
Ofelia (1851-1852), de John Everett Millais. Tate Gallery (Londres).
Porque te fue negado el tiempo de la dicha tu corazón descansa tan ajeno a las rosas. Tu sangre y carne fueron tu vestido más rico y la tierra no supo lo firme de tu paso.
Aquí empieza tu siembra y acaba juntamente —tal se entierra a un vencido al final del combate—, donde el agua en noviembre calará tu ternura y el ladrido de un perro tenga voz de presagio.
Quieta tu vida toda al tacto de la muerte, que a las semillas puede y cercena los brotes, te quedaste en capullo sin abrir, y ya nunca sabrás el estallido floral de primavera[1].
[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 394. En esta edición, el segundo verso de la tercera estrofa comienza con «el tacto»; restituyo la lectura correcta, «al tacto».
Copiaba el otro día el poema «Blanca niña, muerta, habla con su padre» de María Victoria Atencia, perteneciente a su poemario Marta & María (1976). Vaya para hoy su soneto «Sazón», que abre su primer libro de poemas, Arte y parte (1961):
Ya está todo en sazón. Me siento hecha, me conozco mujer y clavo al suelo profunda la raíz, y tiendo en vuelo la rama, cierta en ti, de su cosecha.
¡Cómo crece la rama y qué derecha! Todo es hoy en mi tronco un solo anhelo de vivir y vivir: tender al cielo, erguida en vertical, como la flecha
que se lanza a la nube. Tan erguida que tu voz se ha aprendido la destreza de abrirla sonriente y florecida.
Me remueve tu voz. Por ella siento que la rama combada se endereza y el fruto de mi voz se crece al viento[1].
[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 22.
María Victoria Atencia (Málaga, 1931- ) acaba de ser galardonada con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2025, en reconocimiento al conjunto de su labor literaria. Perteneciente a la Generación del 50 o del medio siglo, desde muy joven estuvo ligada al grupo poético de Caracola. Entre sus obras destacan títulos como Arte y parte (1961), Cañada de los Ingleses (1961), Marta & María (1976), Los sueños (1976), El mundo de M. V. (1978), El coleccionista (1979), Compás binario (1984), Paulina o el libro de las aguas (1984), Trances de Nuestra Señora (1986), De la llama en que arde (1988), La pared contigua (1989), La intrusa (1992), El puente (1992), Las contemplaciones (1997, Premio Andalucía de la Crítica y Premio Nacional de la Crítica 1998), Las niñas (2000), El hueco (2003), De pérdidas y adioses (2005) y El umbral (2011, Premio Real Academia Española 2012). Existen además varias antologías de su poesía: así, Ex libris, de 1984, con prólogo de Guillermo Carnero, recopila en Visor sus libros poéticos hasta El coleccionista; en 1991 el Ayuntamiento de Málaga dio a las prensas La señal. Poesía 1961-1989, edición de Rafael León, con prólogo de Clara Janés; en 2011 Renacimiento acogió Como las cosas claman (Antología poética, 1955-2010), con prólogo de Guillermo Carnero; y en 2014 Fundación Málaga patrocinó la publicación digitalVoz en vuelo (Antología poética 1961-2014), edición e introducción de María José Jiménez Tomé. Más recientemente, en 2021, Cátedra publicó Una luz imprevista. Poesía completa, en edición de Rocío Badía Fumaz.
Copiaré hoy uno de los poemas de Marta & María, concretamente el titulado «Blanca niña, muerta, habla con su padre», escrito en rítmicos alejandrinos:
Aparta el ave umbría que se posó en tus ojos para quebrar por siempre su vuelo en tu mirada. ¿Era razón de vida que yo me anticipase? Tanto amor tengo tuyo que no te estoy ausente pues mi sangre retorna nuevamente a la tuya y aguardo desde el polvo, floralmente, tu mano.
Me fue puesta esta casa más allá del estiércol: no podrá contra ella el terral que propaga a la dama de noche, ni al viento de poniente. Mi jardinero y padre, siempre aquí es primavera: tu majestad prosigue sobre las rosas rojas; sonríe, pues que vives sólo para lo bello[1].
[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 22.
Vienen después los poemas «Nadie puede ser sometido» (ya comentado en una entrada anterior, pues se incluía también en Elegías innominadas) y «Tiempo de embriaguez, de alba esperanzada»[1], evocación de «nuestro humano desierto» y de «el destino que espera»[2]. Hay una alusión a un él que, de nuevo, aunque no se dice explícitamente, podría ser ese Dios desconocido, anhelado pero lejano:
… necesitamos contemplarlo, estar ante él, y nada más que una interminable despedida.
«Quisiste vivirlo todo», ya desde su lema que habla de «los brazos del Amado», nos traslada al territorio de la poesía mística, del ascenso hasta Dios, que aparece evocado como «el Escondido de todos los tiempos». Nueva aproximación, por tanto, al tema de la fe y la trascendencia, desde un nuevo registro y una nueva perspectiva. Se alude a los éxtasis de san Juan de la Cruz: «supiste subir la escala insondada en paso firme», «en la escala prodigiosa eres arrebatado / hasta confines de fuego».
Junto a las imágenes propiamente místicas del vuelo del alma hasta Dios se mezclan otras que son referencias bíblicas (el monte Tabor, la rosa del Carmelo) y mitológicas (Zeus). San Juan es capaz de «mirar los ojos del Amado en tenue soslayo»; de él se predica: «quisiste vivirlo todo / hasta tu propia muerte en alas del fuego transportado» o, muy bellamente, «enhebrar tu suerte de tierra en el telar del cielo». Además de cantar sus «nupcias con el cielo», el poema presenta a san Juan como un visionario que tiene «voz de mago», como un «mago cenital por encima de toda violencia y empeño», un «mago de luz y sombras»:
… te dormiste mágico en el sello indeleble del abrazo hasta que el secreto se disipa y el resplandor te invade, te lleva por todos los tiempos y lugares, te llena de todo, quisiste vivirlo todo, mago en posesión y fuego, en esperado amanecer de otro, en ojos de éxtasis de luz terrena extintos, hasta el brillar, sin saberte, en las encendidas pupilas del Amado[3].
[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética(1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
[2] Se repite la frase «necesitamos mirar el tiempo que pasa».
[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
«Acertado vuelo»[1] presenta un tono premonitorio, subrayado por la anáfora de la conjunción y que antecede a distintas formas verbales de futuro («y caminará … y saltará … y se orientará … y nacerá…», etc.). Es una referencia al hombre que «será cumplido destino en preciso vuelo», en «su hábito diario de ser hombre». Expresiones como «su fe de fuego detrás de la alambrada de sus ojos» o «su boca de profeta» podrían hacernos pensar que estamos ante un poema de intención religiosa, pero el sentido no es tan claro, sino más bien vago e impreciso:
Nadie podrá desviar de su carne la luz sin beberla, sin que se le caigan los ojos y su destino se quiebre en un silencio de roble, sin que se remansen sus ríos y abreven a la mar de sus mejillas en un ACERTADO VUELO que a su nido vuela.
«Caminos de fe» es una evocación lírica del Camino de Santiago, como un símbolo de todos los caminos recorridos por el hombre en su difícil pero incesante búsqueda de la fe. El Camino a Compostela es concebido como «una interminable carrera de fe y fuego» (con variantes: «caminos de fe y fuego», «bastiones de fe y piedra», «caminos de luz y fuego»), que lleva al hombre a alcanzar «los cielos de horizonte compostelano». Se introducen imágenes concretas del peregrinaje, como la del cayado, y se termina proclamando que esa fe del peregrino (del hombre, en general) es «búsqueda infinita de remanso», es un «caminar jubileo» que le acerca
al más soñado, a aquel que les libre de sus justas y batallas, a aquel que los duerma en sus propios pechos con el sosiego mamantío de niño.
«Donde duerme el río largo de los años» comienza afirmando que «la vida tiembla y se rompe como un bello cristal de enero»; se trata de una evocación de los «hombres desheredados», caminantes —una vez más— con un destino incierto o, incluso, sin destino («un pueblo asociado de caminantes sin destino»); pero con un final que parece esperanzado, cuando afirma que
alguien se unirá a su destino como un plácido advenimiento de trigales limpios y saltarán sus goznes y sus mansiones se harán intransparentes[2].
«Noche de vendimia» es una evocación lírica de la tragedia del estadio Heysel de Bruselas (durante la final de la Copa de Europa del año 1985, que enfrentaba a la Juventus y al Liverpool, murieron treinta y nueve personas como consecuencia de los incidentes provocados por los hinchas radicales). Se afirma que: «La fe de la noche de cada hombre se ha quebrado» y «cada hombre ha mordido su propia muerte entre cada hermano». Efectiva es la anáfora de «habrá»: «habrá que coger la vendimia de tanto cuerpo destrozado, / habrá que domar el instinto y recrearlo de nuevo para seguir siendo hombres». La noche de la tragedia se define como una «noche de siega», de dolorosa cosecha[3], en la que la tierra «se ha hecho intransparente» (adjetivo que aparecía también en el poema anterior y se repetirá en distintas ocasiones, siempre con connotaciones negativas).
El lema —del propio Amadoz— bajo el que se presenta «Pacto con el loco» anuncia los dos motivos centrales del poema: la muerte que culmina el ciclo de la vida y «una anhelada fe prodigiosamente oscura». Se estructura en torno a la anáfora de «pacto … pacto … pacto…» y las diversas alusiones a un tú («tu voz sinuosa me llama») que podría ser Dios o bien «el viejo mito de la muerte»:
… pacto con el loco buscador de oros, con mis células carcomidas y con el desgarrado grito de mi noche; pacto con mi anhelada fe que obscura me precipita y me desnuda en mi vacío; […] con la fe y la esperanza que tanto necesita mi muerte[4].
[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética(1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
[2] Hay aquí algunas imágenes sugerentes: «las mariposas aladas de sus ojos», «la jauría de sus noches de terciopelo»; repeticiones varias, como la de «nadie levantará su voz en este inhóspito desierto»; y símiles: «como un pájaro lleno de vuelos», «cual guerrero noble», etc.
[3] En el poema siguiente encontraremos los sintagmas «vendimia de sangre» y «mis viejas cosechas».
[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
El siguiente poema[1], ya desde el título, «Para un poeta en Nueva York», es un sentido homenaje a García Lorca, al que se evoca como «Poeta valiente / de ojos acerados», y a su poesía como el «heraldo eterno / de tu palabra», «la saliva nueva de tu palabra», «tu palabra / guerrera al viento». A veces la referencia se hace más concreta, como cuando habla de «tu canción gitana», en alusión transparente al Romancero gitano, o estos otros versos que recrean la temática y el ambiente poético de Poeta en Nueva York:
Se hiela Central Park, con los niños multicoloreados, tu mirada blanca, limpia, se deshoja protectora en aquel baile festivo de tus tardes densas y paradas en las que la luz se esconde compacta y el viento se cuaja.
De ademán furtivo se abre el alba de tu corazón para mirar con ternura niños que juguetean, viejos que dormitan y mueren en aquel cementerio en vida, se abre el alba de tu corazón en tu voz favorita como un efusivo canto de pájaros agonizantes.
Los lectores que conozcan la poesía surrealista, plena de imágenes oníricas, de Poeta en Nueva York percibirán en estos versos —en todo el poema, en general— claros ecos de los versos lorquianos. En la composición se alude también al asesinato del granadino durante la guerra civil: «Joven poeta / segado por el cuchillo fiero / de la sangre»; y termina recordándolo elegíacamente como «joven poeta que lloras tu luz / y con el beso postrero / sientes que todo se marchita, / muere».
«A este loco de la colina» es un poema más enigmático que evoca a un personaje solitario, sin voz ni amigos, que se ignora a sí mismo, que permanece encerrado «en la jaula de sus sueños», y que bien pudiera ser una nueva alusión velada a ese Dios lejano que no deja sentir fácilmente su presencia. Y el siguiente, «Amas la libertad…», constituye un reiterado canto a la libertad, concebida como una «excelsa venus desmelenada / de mirada serena», buscada por «aventureros y navegantes». El poema es mitad evocación nostálgica, mitad apóstrofe a la libertad, considerada al mismo tiempo como «Edén añorado» y como «furtiva sirena»:
… vieja libertad de antaño que florece como flor silvestre en cada uno de nosotros, y nos alimenta de crónicos anhelos descubriendo nuestro oculto deseo de libertad inalcanzada […] vieja libertad escurridiza, […] recorremos montañas y valles para salvarte, para proclamar tu amor de madre, tu frescura joven, el misericorde rostro de tus labios concupiscentes, el reto inaudito de tu, acaso, adiós definitivo[2].
[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética(1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
Ayer traje al blog el emotivo poema «Canto rabioso de amor a España en su belleza», de Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984), y hoy quiero recordar otro poema suyo, «Belleza cruel», que abre y da título a ese poemario publicado en México en 1958, con prólogo de León Felipe, que fue Premio de Poesía Nueva España.
Dice así:
Dadme un espeso corazón de barro, dadme unos ojos de diamante enjuto, boca de amianto, congeladas venas, duras espaldas que acaricie el aire. Quiero dormir a gusto cada noche. Quiero cantar a estilo de jilguero. Quiero vivir y amar sin que me pese ese saber y oír y darme cuenta; este mirar a diario de hito en hito todo el revés atroz de la medalla. Quiero reír al sol sin que me asombre que este existir de balde, sobreviva, con tanta muerte suelta por las calles.
Quiero cruzar alegre entre la gente sin que me cause miedo la mirada de los que labran tierra golpe a golpe, de los que roen tiempo palmo a palmo, de los que llenan pozos gota a gota.
Porque es lo cierto que me da vergüenza, que se me para el pulso y la sonrisa cuando contemplo el rostro y el vestido de tantos hombres con el miedo al hombro, de tantos hombres con el hambre a cuestas, de tantas frentes con la piel quemada por la escondida rabia de la sangre.
Porque es lo cierto que me asusta verme las manos limpias persiguiendo a tontas mis mariposas de papel o versos. Porque es lo cierto que empecé cantando para poner a salvo mis juguetes, pero ahora estoy aquí mordiendo el polvo, y me confieso y pido a los que pasan que me perdonen pronto tantas cosas. Que me perdonen esta miel tan dulce sobre los labios, y el silencio noble de mis almohadas, y mi Dios tan fácil y este llorar con arte y preceptiva penas de quita y pon prefabricadas.
Que me perdonen todos este lujo, este tremendo lujo de ir hallando tanta belleza en tierra, mar y cielo, tanta belleza devorada a solas, tanta belleza cruel, tanta belleza[1].
[1] Cito por Ángela Figuera Aymerich, Belleza cruel, prólogo de Carlos Álvarez, Barcelona, Lumen, 1978, pp. 13-14.
En este poemario[1]se va a hacer mucho más vivo el descubrimiento del otro que ya apuntaba en los libros anteriores. A lo largo de sus diecinueve poemas, el poeta sale fuera de sí, con los ojos abiertos, recibe distintas impresiones del mundo exterior (desde la tragedia del estadio Heysel de Bruselas a la muerte de Diana de Gales), vive esos acontecimientos externos que le rasgan por dentro y le causan heridas: son padecimientos ajenos que le hacen sufrir y con-sentir con los demás. En cuanto al título[2], podemos ver en él una alusión al mito del ser humano, en general: el mito de Andrós es, en realidad, el mito de todos y cada uno de los hombres.
También en este nuevo libro se hacen presentes los principales temas poéticos y las preocupaciones constantes en la poesía de Amadoz: la imagen del hombre como nómada, transeúnte, peregrino errante en este mundo (con alusiones más o menos veladas a la historia de Ulises y Circe), que vive en medio de su noche o de sus sombras, pero que anhela una fe (una fe problemática, conflictiva, no fácil de aceptar…); la presencia o —al menos— la intuición de un Dios, que sigue siendo todavía un Dios desconocido, un Dios oculto, etc. Resuenan en estos poemas ecos variados de San Juan de la Cruz y de Kierkegaard, de Rilke y de Antonio Machado, de Juan Ramón Jiménez y de Guillén, junto con homenajes líricos a otros poetas como García Lorca o Gabriel Celaya.
El primer poema, «Foreign God», se abre con un lema-dedicatoria a ese «Desconocido Dios / que reinas / en la gloria terrena». El yo lírico se siente mayor, es un «viejo marinero de vieja travesía», un «vigía fiel de lontananzas y mares no surcados / en esta bruma de la vida», un «hijo de los arrecifes del fuego de la lucha». Se siente, sí, viejo y cansado, un «eslabón dorado y frágil de alas de mariposa / en la inmensa cadena de la vida, / solo ante el Dios desconocido de nuestros adentros». El poema insiste en esa intuición de trascendencia de este viejo marinero, que es trasunto de cualquier hombre en su paso por el mundo: «así, / en la vida de los que navegan más allá de la gloria, / de los que recorren las calles repletas de flores y basura»[3].
«Promesas para un destino» lleva una dedicatoria a Descartes, James, Pascal «y tantos otros que buscaron la verdad en su rebeldía». El punto de vista es, de nuevo, el de un «errantecido viajero / que sueña, silencioso, en la espera / de lo invisible», que acaba evocando el río apresurado,
la corriente de un mar desconocido, puerto de cimas desgastadas al viento, olvido de muertos, niebla y nieve, abismo y camino.
«De esta noche, muerte transeúnte» se coloca bajo el amparo de una cita del Libro de Horas de Rilke: «Creo en la Noche». Comienza así:
Acaso nos consuele el sentirnos acunados por las olas de la noche, sentirnos mecidos en el eterno rumor de las estrellas, en una liviana sombra que penetra y aquieta el cuerpo cansado subiéndolo entre plumas por la escala sonora del sueño, acaso nos consuele sentirnos aprendiz de mago que vuela entre pensamientos de cóncavo espejo, mirándonos contraídos en un mundo de ensueños, acaso nos consuele el eterno silencio de las estrellas, vueltos los ojos hacia un pasado que ya no tiene sino presente.
Y luego, a lo largo del poema, se repite obsesivamente la anáfora de «Acaso nos consuele…». El poeta siente «el peso sordo de tanto desengaño», «la soledad de la noche», noche que puede traer la muerte que le suma en la inmanencia: «muriendo transeúnte / sin saber si volveremos a despertarnos», dice. Se insiste en imágenes queridas: los hombres son «extraños de sí mismo y peregrinos de mil caminos, / aventureros de hielo que sin zozobra acaban su ensueño»; y se remata con estos versos:
… acaso nos consuele morir sin saberlo, desconocer si emergeremos mañana de nuevo, si perduraremos inacabadamente mecidos por las olas de la noche, en el eterno rumor de las estrellas.
Así pues, encontramos una vez más la imagen de la noche identificada con la muerte y la inmanencia del hombre, a quien se le plantea la duda de si existe algo, Alguien, más allá…[4]
[1] Poemario no publicado previamente de forma exenta, sino incorporado directamente al conjunto de su Obra poética(1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
[2] Copio las palabras de Fernández González explicativas del título, en «Río Arga» y sus poetas, p. 76, nota 39: «Andros es un mito del que escribe Ovidio en Metamorfosis, XII, 645, y forma parte, por tanto, de una metamorfosis. Andros pertenece a la estirpe de Reo, madre de Anio, rey de Delos, que fue arrojada en un arca al mar por tener relaciones con Apolo, de las que nace Anio, quien engendra cinco hijos: un varón (Andros, rey y epónimo de la isla de Andros) y cuatro hijas que al final son transformadas por Baco, su bisabuelo, en palomas (vid. Antonio Ruiz de Elvira, Mitología clásica, Madrid, Gredos, 1982, pp. 464-466)».
[3] Desde el punto de vista estilístico destaca la anáfora de «sentirse».
[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
La misma temática que en poemas anteriores[1] reaparece de nuevo en otra composición escrita «Para Juan»: es la «Melodía por un niño» (gusta Amadoz de utilizar términos musicales para los títulos de sus poemas y poemarios[2]), uno de los nietos a los que ya se dedicaba antes otro poema. El nacimiento del niño hace que el corazón cansado del yo lírico sienta un «calambre de porcelana»[3]; afirma que esa novedad «me ha vuelto la fe de mis antepasados / como un guiño que se esconde»; y al recién nacido quisiera eternizarlo:
… y hacerte hijo de las estrellas, preludio fino de poniente que en tus horas quedas, asomas tímido en tu balbuciente belleza de indomado y jubiloso estreno.
En «Alguien estremecerá mi otoño», tanto la dedicatoria a Teresa de Calcuta como el lema de Rilke colocado al final, nos transportan al tema de la trascendencia deseada, anhelada, aunque siempre conflictiva, en ese otoño «de pájaros dormidos» del poeta (se acumulan otras imágenes de acabamiento: viento viejo, hoja marchita, viento herido, harapos del tiempo, secos viñedos…). Y una vez más con el ejemplo de «mis antepasados», el yo lírico espera el «paso del ángel / que todo sella» y llama a un «indómito rocío» de esperanza y vida renovada, una espera en alguien / Alguien:
Firme de luz, mi ángel en su camino con la ternura asida en sus manos, el viento sonoro late en este huerto de perenne frescura y frutales ensazonados, ya atardecida la hora de hojas secas hacia remotos jardines.
En fin, ese anuncio de esperanza en una vida nueva se redondea y hace más patente en el poema que cierra el libro, «Te completo, padre», que parte de unos bellos versos:
Yo te sigo y dilato, padre mío. En mi propia vida te doy ensanchados ámbitos, y de mí te completo como me completarán mis hijos.
[…]
En nada puedo quedarme sin servirte. Donde pongo mis manos, otras manos añosas que son tuyas se juntan con las mías.
Es un poema que puede leerse en clave religiosa: de la misma forma que un hijo completa a un padre y será completado a su vez por sus hijos, él, el yo lírico, el hombre, completa al Padre Dios. Esta equivalencia del padre (terreno) con el Padre (celestial) no parece inadecuada, sobre todo si tenemos en cuenta lo expresado en otros poemas y el apóstrofe final de este al Señor, con unos versos que dejan al poeta claramente abierto a lo infinito:
Tú, Señor, me has manado en agua corriente que no acaba, en imperiales rebaños de eternos amores, me has dado fe para verdecer mis súplicas y continuarte en la obra de mi padre.
Donde tú me terminas, padre, yo te dilato y el horizonte se abre, y no hay final sino principio, aires que te pueblan de mis aires infinitos.
En resumen, estos Poemas para un acorde transitorio son composiciones más cercanas y llenas de vida, algunas con una génesis claramente ligada a circunstancias personales y gozosas de la vida del poeta, en particular la experiencia rejuvenecedora de los nietos. Como hemos visto, se reiteran temas, motivos e imágenes habituales; y si al comienzo del poemario se hacía presente la noche de la no fe y siempre, a lo largo de todos los poemas, la conciencia de finitud y muerte futura, al final el poeta queda abierto a «remotos jardines», a un «horizonte que se abre», a «aires infinitos». Es decir, el permanente debate entre inmanencia y trascendencia parece inclinarse ya de forma patente hacia el lado de esta última[4].
[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética(1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
[2] Podemos citar algunos ejemplos de esta importancia de la música en la nominación de los poemas y poemarios: acorde, melodía, acordes, poema sinfónico, cuarteto, etc.
[3] Por cierto, se hablaba de unos ojos de porcelana en un poema anterior dedicado a los nietos: «Siempre quise miraros con mis ojos de porcelana…». En otros contextos hablará de un «duende de porcelana» o de una «aventura de porcelana».
[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.