El tema caballeresco se hace presente en Don Quijote en las Améscoas[1] a través de la mención de ciertos nombres como Amadises, Palmerines y Cirongilios; se alude además a la famosa historia del Caballero y el Cisne, o se habla de ciertas princesas Briolanjas, de la princesa Magalona… Pero más interesantes que estas alusiones sueltas son los pasajes en los que Larráyoz Zarranz inventa algunas nuevas aventuras pseudocaballerescas, por ejemplo la historia de la «mustia infanta Isomberta», en el episodio de la alacena de la casa rectoral de San Martín de Améscoa. Ese nombre de Isomberta pertenece a la tradición caballeresca, y su historia, recogida en la Gran conquista de Ultramar, preludia la del Caballero del Cisne. Sin embargo, hasta donde se me alcanza, no lo encuentro documentado en el Quijote[2], donde sí son frecuentes las referencias a aventuras caballerescas protagonizadas por menesterosas damas[3]. Parece, pues, invención de Larráyoz Zarranz esta famosa aventura de la alacena narrada en el capítulo XII: «De la misteriosa alacena que descubrió don Quijote en la sacristía de San Martín de Améscoa, con otros regocijantes sucesos dignos de referirse». Al verla, don Quijote exclama:
—¡Alégrese la mustia infanta Isomberta, que ya di con la alacena de las seis llaves, en donde se esconde sin duda el talismán que trocará en claro gozo su negro dolor! (p. 94).
Y poco después explica las razones de su contento:
—¿Quién ignora que la fiel infanta Isomberta vio bendecidos sus amores hacia el temerario conde Eustasio con el alumbramiento de siete angelicales mellizos? ¿Quién desconoce la larga envidia y retuerta trapacería de su artera madrastra —madrastra, el nombre le basta— que envió recado al buen conde, anunciándole que su mujer había dado a luz, ¡oh, infamia!, siete cachorrillos podencos? ¿Quién no sabe como los siete infantes, acurrucados en el hueco de un añoso roble en el fondo de un bosque, fueron amamantados por una cierva y educados ocultamente por un ermitaño? ¿Quién no conoce como al dar con ellos los esbirros de la madrastra para matallos, tornáronse en otros tantos cisnes, que huyeron raudos por los aires graznando cua, cua? ¿Quién no sintió henchido su pecho de justo gozo al ver satisfecha la justicia con el emparedamiento de la pérfida madrastra, que mal poso haya su ánima? ¿Y quién de voacedes, clérigos navarros venerables, no mezcló luego sus lágrimas con las de la egregia y cuitada Isomberta, cuando aquella sufrió tamaño desencanto, como lo fue el de ver desencantados a todos sus hijos menos a uno, al cual solo no le fue dado tornar a su prístino y natural ser, y hubo de continuar con la figura de cisne, por razones luengas de explicar y sobradamente de todas vuesas reverendas mercedes conocidas? ¿Y quién, en fin, no está sabidor de que el contrahechizo para sacallo de su encantamiento, ora fuese un talismán, ora un amuleto, ora unas hierbas, quizás un ungüento, tal vez un mejunje, hállase puesto a buen recaudo en un lugar escondido y apartado del siglo, como lo es aqueste de la Améscoa, en una férrea alacena, como lo es también aquesta, y cerrado con seis cerrojos, como lo son aquestos? (pp. 95-96).
Sin embargo, el señor Nemesio, el sacristán, se niega decididamente a abrir la alacena, donde además de lo que habitualmente se guarda en ella (un copón viejo, el cáliz de uso diario en la misa y la botella con el vino de celebrar, para tenerlo lejos del alcance de los monaguillos), hay algo bien distinto del pretendido talismán que imaginara don Quijote, como se explica hacia el final del capítulo:
Abriéronla enhoramala para don Quijote y para el señor Nemesio, porque, aunque hallaron como había manifestado este, un añosísimo cáliz y otro usado a diario, encontraron otrosí junto a ellos algo que el sacristán habíales celado: un trozo de pan con tortilla y unas viejas alpargatas, todo ello envuelto en unos arremendados calzones, cosas de las que había ido proveído porque, al dar remate a los funerales, pensaba irse a regar unos bróquiles a su huerta (p. 97).
Además de este humorístico episodio original del escritor navarro, debemos mencionar otra aventura que evoca las antiguas caballerescas: cuando el cura don Xavier baila durante la sobremesa de la cena a manera de gigante de la comparsa de Tafalla, don Quijote reacciona —todo lo que tenga que ver con gigantes le trastorna el juicio y lo transporta de inmediato al terreno de lo caballeresco— arremetiendo contra él (es algo similar a lo que sucede en el episodio del retablo de maese Pedro, cuando don Quijote carga contra el teatrillo donde se representa la historia de Melisendra, desbaratando muchas de las figurillas).
En la novela de Larráyoz Zarranz, don Quijote cree que un cazo de sopa que tiene al alcance de la mano es un venablo, y tal es el arma con la que pretende atacar al gigante-don Xavier[4].
[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.
[2] En efecto, Isomberta no figura en Juan Bautista de Avalle-Arce, Enciclopedia cervantina, 2.ª ed., Guanajuato (México), Universidad de Guanajuato, 1997; ni tampoco en Carlos Alvar (dir.), Alfredo Alvar Ezquerra y Florencio Sevilla Arroyo (coords.), Gran enciclopedia cervantina, vol. VII, Ínsula Firme-luterano, Madrid, Castalia-Centro de Estudios Cervantinos, 2008.
[3] Por ejemplo, en I, 49 don Quijote inventa una historia caballeresca tipo, la del Caballero del Lago; recordemos además la historia de la princesa Micomicona fingida por Dorotea para sacar a don Quijote de Sierra Morena, o la de la dueña Dolorida en el palacio ducal.
Encontramos en Don Quijote en las Améscoas de Larráyoz Zarranz[1] algunas alusiones a los «encantadores invidiosos»[2] (envidiosos, se entiende, de las hazañas y la fama de don Quijote) y a sus encantamientos (y, en concreto, al «gigante encantador Malambruno»). Ellos son, como en el Quijote, quienes le atormentan trastocando la realidad para robarle la honra y prez que sin duda ganaría en todas sus aventuras con la fuerza de su valiente brazo, movido siempre al impulso ideal de su Dulcinea. Así, en el capítulo II Sancho Panza ve la realidad tal cual es, un carbonero navarro, pero don Quijote se empeña en imaginar que tal personaje es un príncipe (esto es, justamente, lo que sucede en la Primera Parte del Quijote: el hidalgo manchego deforma la realidad para ajustarla a las características de su monomanía caballeresca; en cambio, en la Segunda Parte son otras personas —el cura y el barbero, Sansón Carrasco, los Duques…— las que transmutan esa realidad, que don Quijote ve ahora tal cual es, con el fin de llevarlo de vuelta a casa, o peor —en el caso concreto de los Duques—, para burlarse cruelmente de él y reírse a su costa). En efecto, al ver al carbonero, dice Sancho:
—También lo digo yo […], pero cátese bien mi amo antes de lo que hace, que aquellos no parecen príncipes de sangre, ni tan siquiera marqueses, ni condeses. Al menos, aquel que yo mejor veo, por la negrura de su rostro y manos, más parece demonio de pura raza escapado de alguna zahúrda de Satanás que infante criado en los palacios con leche azaharada y lengüítas de pavo real. A lo más, y perdonándole mucha mugre, daríale yo cédula de carbonero, que tales y tan negros suelen andar por mi tierra los que trabajan en aquestas labores (p. 25).
Y más tarde, cuando le explica que don Quijote quiere acercarse a besar sus manos, añade que lo hará «estén ellas como estuviéreden, ambaradas si sois príncipe, u hollinadas si carbonero, según se les antoja a estos mis ojos, aunque, a lo que creo, ahora me mienten como bellacos» (p. 28).
Algo similar sucede en el capítulo IV, cuando los clérigos que se presentan ante su vista (y que Sancho, por supuesto, identifica claramente como tales) se le representan a don Quijote, en su fantástica imaginación, como viudas enlutadas:
—Con la Iglesia tornamos a topar, mi señor don Quijote, que aquellas cuentas negras que lueñe veíamos, no en otra cosa se han trocado sino en otros tantos curas, enteros y verdaderos, tanto o más que los de nuestra tierra.
—¿Y cómo lo conociste, Sancho?
—¿En qué voy a conocer que de día estamos? —respondió Sancho—. Tan simple es, pues vienen como entalegados de pies a cabeza y más negros que la noche.
—¿Y no pudieran ser una caterva de viudas enlutadas? —replicó don Quijote.
—Rasúreme en seco si aquellos no son tan clérigos como el que más pudiere serlo en Roma, que antes confundiera yo una gallina con un alguacil de a caballo, si los hubiere, que a una dueña plañidera con un cura navarro.
—¿Curas y navarros? Buena nueva me das, Sancho —dijo don Quijote (p. 38).
A su vez, llama la atención que estos simpáticos curas navarros no crean de entrada que se encuentren ante ellos los verdaderos don Quijote y Sancho, como si dijéramos «en carne y hueso», sino que piensan que se trata de dos gangarilleros, es decir, dos actores de teatro que representan el papel de las inmortales creaciones cervantinas (y tal vez no estaría de más relacionar este aspecto con el motivo del juego y la representación, tan presente en todo el Quijote, y muy especialmente en la Segunda Parte)[3].
[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.
[2] Y el adjetivo follones ‘malandrines, desalmados’, que suele aparecer ligado en el Quijote a los encantadores y gigantes, lo encontramos aquí en el sintagma «cleros tan follones».
Sabemos que la arquitectura narrativa del Quijote es muy compleja, con alternancia de distintos planos de ficción: el autor real de la novela, que es Miguel de Cervantes Saavedra (quien en el prólogo de la Primera Parte se nos presenta como padrastro, y no como padre, de don Quijote), el autor arábigo Cide Hamete Benengeli que historia las hazañas del caballero, el autor segundo, el traductor, los anales de la Mancha y otras fuentes diversas que registran los hechos del caballero, etc. El distanciamiento y el perspectivismo, que se suman a la ironía y la ambigüedad cervantinas (características destacadas también de toda su narrativa), hacen que muchas veces no sepamos a qué carta quedarnos. Pues bien, todos estos aspectos quedan apuntados en Don Quijote en las Améscoas[1], si bien las menciones no revisten tanta complejidad como en el modelo cervantino.
En el capítulo V, titulado «En que se da cuenta del enojo de don Quijote al tener noticia de lo que sobre él dijera cierto clérigo letrado navarro en la lición de apertura de aulas de la Universidad Pampilonense, con lo cual se interrumpe la sarta de improperios contra la clerecía navarra que Sancho comenzara en el capítulo anterior», don Quijote parece rebelarse —un poco a la manera unamuniana, como el Augusto Pérez protagonista de Niebla— contra Cervantes por haberlo retratado como un pobre loco falto de juicio. En realidad, eso es lo que sucede con el personaje don Quijote descrito por Fernández de Avellaneda en su continuación apócrifa de 1614: ahí don Quijote, llamado el Caballero Desamorado (el don Quijote auténtico jamás renunciará a su ideal amoroso representado por Dulcinea, ni siquiera cuando se vea vencido en las playas barcelonesas por el Caballero de la Blanca Luna y con su arma apuntándole directamente a los ojos), sí es un loco de remate que termina sus días en un manicomio, la Casa del Nuncio de Toledo.
En cambio, el personaje cervantino es un genial «loco cuerdo» o «cuerdo loco», un personaje entreverado de locura y discreción, un orate tan solo en lo atingente a la caballería pero con muy «lúcidos intervalos» cuando no se deja arrebatar por su monomanía[2]. Pero citemos ya esas palabras de don Quijote en el capítulo V de la novela de Larráyoz Zarranz:
—Así sabrán los mundos que don Quijote de la Mancha no es el que fingiera aquel Migueluelo de Cervantes, un antojadizo visionario de huero seso, que por una nadería perdía los estribos, sino un caballero, señor de sí y del mundo, cuerdo y sentado las veinticuatro horas del día (p. 46)[3].
En otro orden de cosas, se alude a lo largo de la novela a fuentes diversas que han servido para la redacción de estos nuevos hechos de don Quijote, que aumentan el perspectivismo de la historia («el antedicho historiador», «Malas lenguas afirman»…); se hacen protestas de veracidad con relación a los hechos contados, al tiempo que se pondera su importancia, de forma similar a lo que ocurre en el Quijote cervantino («esta verdadera historia», «historia tan importante como esta»…); o se introducen comentarios metanarrativos a propósito de episodios o sucesos que quedan pendientes de un capítulo a otro («… habrá de guardarlo para el capítulo siguiente…», «… como en el capítulo siguiente y con la ayuda del Cielo se dirá…»), de los cuales hay también abundantes ejemplos en el Quijote. Baste recordar el episodio de la pelea con el escudero vizcaíno, que queda interrumpido al final del capítulo I, 8 (ambos contendientes con las espadas en alto), y que no se completa hasta el capítulo siguiente, merced al hallazgo del cartapacio con papeles arábigos que descubre el narrador-autor en el Alcaná de Toledo (hallazgo que le permite seguir contando las hazañas de don Quijote) [4].
[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.
[2] Recordemos que en II, 18 don Lorenzo, el hijo poeta de don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, lo llama «un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos».
[3] Pero en otro lugar de la novela sí que encontramos la mención «mi padre Cervantes». A continuación vienen unas palabras del propio don Quijote defendiéndose de cierta caracterización de su persona hecha en la lección magistral que una vez dio Johannes de Olio (alusión a Juan Ollo) en la apertura de aulas de la «Universidad Eclesiástica Pampilonense» (supongo que con esa denominación alude al Seminario Diocesano de Pamplona; pese a mis pesquisas, no he conseguido localizar ese texto de Juan Ollo, e ignoro incluso si llegó a publicarse), donde presentaba a don Quijote como «un psiconeurótico vulgarcejo, un tipo típico a catalogar en la casilla de los esquizofrénicos de Krapelin». Don Quijote no está de acuerdo, en modo alguno, con tal catalogación que lo convierte en un mero loco, y manifiesta su contrariedad y su profundo enojo de la siguiente manera: «¿Yo esquizofrénico? ¿Esquizofrénico yo? Ante todo, ¿quién es ese casuistilla de mala muerte, por muy mucetado que sea, para hurgar con su péñola en las más recónditas entretelas de mi ánima, o con palabra suya para hacer análisis de mi psiquis, como cuando trincha las entrañas de un orondo palomino? / ¿Yo esquizofrénico, Sancho? ¿Osará decirme que aquellos gigantes con quienes medí mis armas no eran tales gigantes sino unos molinos ventolineros? ¿Soy yo acaso un iluso? ¡Yo haré volver a tragar sus palabras al tal dómine, que en mengua de mi honor redundan, por más que vengan arropadas pomposamente con verbo cienzudo y con helenismos pedantoches!» (p. 46).
Un aspecto muy importante —de los más significativos a la hora de analizar esta novela de Don Quijote en las Améscoas[1]— es la rica relación de intertextualidad que se establece con el Quijote de Cervantes. Como cabía imaginar, el texto de Larráyoz Zarranz entra en diálogo con el cervantino en numerosas ocasiones. Sin ánimo de ser exhaustivo, mencionaré los aspectos más destacados.
Hay, por ejemplo, claros ecos del Quijote en el empleo de algunas denominaciones para el caballero andante: el Caballero de la Triste Figura, el Caballero de los Leones o el Caballero de los Molinos (esta última denominación no se aplica a don Quijote en la obra de Cervantes, pero sabemos que esa aventura de los molinos transformados por su imaginación en gigantes es, sin duda, una de las más universales del Quijote); en la mención de diversos personajes: Rocinante y el rucio, Dulcinea, Teresa Panza, el bachiller Sansón Carrasco, entre otros; en la consideración del humor melancólico de don Quijote, según la teoría médica de los humores vigente en la época; en la recreación de escenas y episodios cervantinos: la aventura con «los gigantes aquellos manchegos», la de los yangüeses, la llegada a la venta (don Quijote imagina aquí que algún vigía navarro hará sonar la voz potente de su cuerno para anunciar su llegada, al igual que sucede en el Quijote al entrar en la venta donde será armado caballero, que él imagina castillo), el gobierno de Sancho de la ínsula Barataria, las enlutadas dueñas, Clavileño…
Además, la milagrosa resurrección de don Quijote y Sancho recuerda el discurso que Cide Hamete Benengeli dirige a su pluma al final de la Segunda Parte, cuando solicita que nadie la tome para volver a la vida —vida literaria— a sus personajes «contra todos los fueros de la muerte». Los ecos los apreciamos también claramente en algunos detalles más concretos: así, el empleo continuo de refranes, puestos especialmente en boca de Sancho (véase más abajo), los denuestos de don Quijote por lo mucho que habla su escudero y, ya en el plano estrictamente textual, por medio de claras reminiscencias del tipo: «mi descanso es la pelea y mi manjar el desfacer entuertos»; «Érase, pues, que se era…»; «noches pasadas de claro en claro»; «aquella nunca vista escena»; «quien lo leyere»; «Íbase el dorado Apolo»; «que vieron los pasados siglos y verán los venideros», etc. También deberíamos recordar la influencia de Cervantes en el arte de titular los capítulos (por ejemplo, el título del capítulo XIV reza así: «En que se da razón del modo como la pacífica mesa trocose en agitada sobremesa y cómo la comedia estuvo a punto de dar en tragedia»).
En próximas entradas repasaré de forma breve y esquemática algunas de estas cuestiones, dejando para un apartado distinto lo relativo a la lengua y el estilo (terreno en el que también apreciamos patentes ejemplos de intertextualidad con la obra cervantina)[2].
[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.
Dedico la entrada de hoy a mi tío Jesús Mata Sanz (1937-2020),
in memoriam
En esa estructura dual de Don Quijote en las Améscoas de Martín Larráyoz Zarranz[1] que he comentado en una entrada anterior, Sancho va a atacar continuamente a los navarros y las cosas de Navarra, mientras que don Quijote saldrá siempre en su defensa, como paladín de su tierra y sus gentes:
—No a todos es dado ver lo que ahora, aunque de lejos, tú y yo vemos; este pedazo de nuestra patria España, que sin haber nunca llegado hasta él, tiempo ha le traía yo muy dentro de mi entraña; este reino de Navarra, el primero, a mi entender, entre los reinos que forman el suelo de las Españas. Pues has de saber, Sancho, que en él se mecieron las cunas de los reyes que lo fueron luego de las demás partes de la España cristiana; que fue Navarra, y no otra tierra, la que dio Fernandos a León y Castilla, la que a Aragón dio Ramiros y la que diera Gonzalos a Sobrarbe y Ribagorza, hermanos todos ellos de los Garcías y Sanchos, que siguieron ciñendo las coronas deste viejo y noble reino (p. 16).
Don Quijote sigue elogiando las antiguas glorias de la «vetusta y señorial Vasconia», con un retrato idealizado, que incluye desde el carácter bucólico de esta tierra (comparable a la «felice Arcadia») hasta la belicosidad y el indómito afán de independencia de sus moradores (los valientes guerreros vascones que pactan con Aníbal para acompañarlo en su marcha contra Roma, la secular lucha de las gentes del reino pirenaico contra los godos primero y contra los musulmanes después, la entronización de García Jiménez como primer rey de Pamplona, la célebre batalla de las Navas de Tolosa del año 1212 en la que Sancho el Fuerte rompe las cadenas de la tienda del Miramalolín, que quedan incorporadas —explicación legendaria— al escudo del reino…), etc.
Sin embargo, Sancho Panza no se muestra tan de acuerdo con estas «glorias y loanzas del reino de Navarra» que hace su amo y —sugestionado por lo que con relación a Navarra le ha explicado un conocido suyo, un barbero natural de Peralvillo que participó en alguna acción de armas contra los navarros y que no guarda muy buen recuerdo de ellos—, dedica estas palabras al viejo reino y a sus naturales:
—Siempre túvela yo a Navarra por reinecillo de poca monta y muchas ínfulas, que no ínsulas, pues según oí a un barbero que sirvió al rey por estas partes, no tiene de mar puerto sino apenas uno. A sus gentes, téngolas yo por casta montaraz, de más mugre en el cuello que caletre en la cabeza, de muchos sacramentos y pocos mandamientos, fáciles para la reyerta y la guerra y mal avenidos con el sosiego y la paz, más dados al mosto y aficionados a la buena mesa que a las artes y a las letras, a no ser que les salieran en la sopa; y con los cuales, si son de pura cepa, parece que no cuenta aquello que dijo Dios a nuestro padre Adán: «Darete la mujer por compañera», pues hasta gustan de danzar solos y allá se andan dando zapatetas al aire, y aciertan un poco en sus requiebros y galanteos con las doncellas, que bien pudiera darles liciones cualquier mochacho encogido de nuestra tierra, los cuales, como sabe vuesa merced, madrugan en esto más de la cuenta (pp. 17-18).
Y la discusión sobre Navarra y los navarros se prolonga en lo que resta de este capítulo I, al tiempo que se mezcla con la descripción del paisaje de las Améscoas que contemplan los protagonistas. Como rasgo de estilo, se puede mencionar la fluida cadencia de la prosa de Larráyoz Zarranz, tanto en el discurso del narrador como en los diálogos mantenidos por la pareja protagonista.
Al comienzo del capítulo II, Sancho insiste sobre lo mismo, cuando comenta que «anduviera yo de mejor grado y con el corazón más en su sitio por este reino de Navarra si no hubiera navarros, ni quien dellos se acordare» (p. 24); a lo que don Quijote replica que deberían recorrer de rodillas el tramo que les falta hasta encontrarse con ellos, porque todos los navarros son héroes y descendientes de reyes:
—Cata y sosiégate que, si ahora vamos a vérnoslas con héroes, no es en son de guerra, sino en abrazo apretado de paz. Este trecho que nos resta hasta llegar a ellos debiéramos andarlo de hinojos y de rodillas, rogándoles a voces nos dieran a besar sus manos, que aquellos navarros que allí vemos hijos de héroes son y de estirpe de reyes (p. 25).
De hecho, el viejo tópico de la hidalguía universal de los navarros (desde tiempos de la Reconquista, todos se consideraban hidalgos por el mero hecho de ser navarros, cuya sangre no se mezcló con la de los invasores moros, y también en reconocimiento a los muchos servicios prestados al rey y al reino), defendido por don Quijote, se reitera varias veces a lo largo de la novela.
Algo después Sancho comenta al carbonero —no sin cierta sorna en la acumulación de superlativos[2]— que su amo don Quijote es
admirador y alabador si los hay deste reino de Navarra, nobilísimo, antigüísimo, lealísimo y ecetra, y a quien agora se le ha metido en el caletre, y lo viene deseando con todo encarecimiento hace más de una legua, de besar de rodillas esas navarrísimas manos de vuesa merced (p. 28).
Más adelante, el esquema se reproduce nuevamente, no con relación a Navarra y los navarros en general, sino en lo tocante a la Iglesia navarra y sus clérigos en particular. Sancho no ve con buenos ojos a los sacerdotes navarros, en cuyo pensamiento —influido, recordemos, por las opiniones del barbero de Peralvillo— domina la imagen de curas trabucairesaficionados a encabezar partidas carlistas:
—El que vengan armados de bendiciones, mi amo, mejor es dejallo; que de los curas destas partes tengo oído irse suelen a su confesonario con el arcabuz o trabuco bajo sus capisayos, para salirse luego al frente de una partida de sus fieles hijos, por aquestos montes de Dios o del diablo, trayendo a mal andar a los reales ejércitos. ¡A fe que no dispararán con indulgencias! Guardarse es de cuerdos; que si vuesa merced confía y no teme, es sin duda porque todo lo de aqueste reino entrole por el ojo diestro (p. 38).
Y, una vez más, corresponde a don Quijote el papel de defender a Navarra vindicando las virtudes y la santidad de sus hombres de Iglesia. En cualquier caso, Sancho pronto tendrá ocasión de comprobar por su propia cuenta el buen talante de los clérigos navarros y, en este sentido, el abrazo que el cura don Ramón da al «Escudero de la Oronda Figura» resulta bien significativo[3].
[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.
[2] El empleo humorístico del sufijo superlativo en –ísimo recuerda un célebre pasaje del Quijote en que Sancho, tras la intervención de la dueña Dolorida (que usa las formas cuitísima, Manchísima…) introduce muchos otros superlativos cómicos, aplicando también el sufijo a adjetivos, a sustantivos e incluso a un verbo: «—El Panza […] aquí está, y el don Quijotísimo asimismo; y así podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo que quisieridísimis, que todos estamos prestos y aparejadísimos a ser vuestros servidorísimos» (II, 38).
Evidentemente, al abordar la consideración de los personajes de Don Quijote en las Améscoas de Martín Larráyoz Zarranz[1], no cabe establecer un parangón ni de calidad, ni en cuanto a la profundidad psicológica, con los inmortales don Quijote y Sancho Panza de Cervantes. Pretender tal cosa sería un verdadero desatino. El autor ha conservado, simplemente, los rasgos esenciales del carácter de cada uno: por un lado, la locura y la idealidad de don Quijote (su fantasía caballeresca que le lleva a deformar la realidad para ajustarla a su quimérico mundo soñado), su fabla arcaizante, su misión como caballero andante de desfacer entuertos y socorrer a doncellas y menesterosos, su amor por Dulcinea…; y, por otra parte, en lo que toca a Sancho Panza, su simplicidad y su pragmatismo (cobardía, afición a la comida y la bebida, gusto por los refranes…). El carácter esquemáticamente contrapuesto de ambos personajes queda ya apuntado por Larráyoz Zarranz nada más comenzar el relato, en las primeras líneas, que marcan claramente la diferencia entre ambos; don Quijote mira el horizonte, mientras Sancho Panza tiene fijos sus ojos en unas empanadas:
Un buen trecho llevaban caminando en silencio don Quijote de la Mancha y Sancho, su escudero, fijos aquel los ojos en el horizonte, que se les trocaba en montañoso, y fijos los suyos Sancho en un par de empanadas, bien ungidas de aceite y alegradas con ajo, obsequio del último mesón que dejaran atrás en la Rioja alavesa, cuando don Quijote, parado que hubo el paso indeciso de Rocinante, dijo… (p. 15).
La contraposición entre ambos sigue en el diálogo que se establece a continuación, y que ya anuncia el buen tono de estas partes dialogísticas, que va a mantenerse, por lo general, a lo largo de toda la novela:
—Aquella tierra que allí ves, Sancho hermano, es, si no yerran estos mis ojos pecadores, la mismísima del reino de Navarra. Deja, pues, en buen hora, se huelgue tu corazón con el mío, que, según le noto, anda ya dando brincos, como rapaz en víspera de fiesta.
—Muy de grado lo hiciera —respondió Sancho—, pero corazón no he más que uno, y este ocupado le tengo agora en un menester muy otro del que ocupa a vuesa merced, como es el de atender y dar cristiano hospedaje a estas empanadas, tocadas con este ajo tan alegrillo, que según me va entrando, me va pareciendo ser él la creatura por Dios elegida para solaz y refrigerio de este nuestro cuerpo de muerte (p. 16)[2].
[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.
La acción narrada en Don Quijote en las Améscoas[1] ocupa un solo día de un año indeterminado: en efecto, no hay indicaciones cronológicas concretas, si bien por algunas alusiones y pistas que proporciona el texto podríamos pensar que se localiza hacia finales del siglo XIX o comienzos del XX[2]: por la mañana tiene lugar la conversación de don Quijote y Sancho con el carbonero Saturnino; luego el encuentro con los sacerdotes navarros cabe la fuente de Odoliturri; y a última hora de la tarde, su asistencia a un funeral de segunda (en esa misa, por cierto, Sancho se queda dormido y lanza unos furibundos y espantables ronquidos) y la ulterior y accidentada cena con los clérigos. Se da, por tanto, una concentración espacial (la zona geográfica de las Améscoas[3]) y temporal (menos de veinticuatro horas), lo que hace aumentar la intensidad de los acontecimientos narrados.
Es en el capítulo II de la novela donde se explica que Dios ha permitido la resurrección de don Quijote para que pueda ver finalmente cumplido su deseo de pisar tierra navarra. Cuando el carbonero navarro[4] les pregunte a don Quijote y Sancho cómo es posible —si es por brujería o cómo— que estén allí delante de sus ojos, en carne y hueso, aquellos tan famosos personajes conocidos por las enseñanzas de la escuela, responde el escudero:
—Por la gracia de Dios, que no por arte de brujería ni encantamientos, somos don Quijote y Sancho Panza —respondió este—. Obra suya es el habernos vuelto a la vida a mi amo y a mí, a su Rocinante y al rucio de mis entrañas, que sin él, bien lo sabía Dios, ni yo acertara a vivir, ni Él a resucitarme. […] El cual [Dios], por quitar a mi amo la rencilla, que tiempo ha le roía las entrañas, de haber muerto sin pisar tierra de aqueste reino de Navarra, tornado nos ha a este mundo pecador; a mi amo, según veo, tan loco como antaño; a mí, tan hombre de paz y seso, aunque mal está sea yo quien lo diga; a su rocín, tan largo como centeno soriano y más flaco y doliente que el galgo de Lucas, que tenía que apoyarse en la pared para ladrar; y a mi rucio, tan enamorador como docena y media de princesas Briolanjas (p. 29).
En cuanto a los distintos componentes que entran en la novela (narración, diálogos y descripción), hay que decir que el diálogo predomina notablemente sobre la narración: suceden algunas aventuras, ciertamente, que son contadas, pero la acción de la novela es más reducida que la parte dialogada. Es más, a veces la acción es meramente verbal. Así, en el capítulo I, el diálogo mantenido entre don Quijote y Sancho se ve turbado tan solo por la presencia de una molesta mosca de macho que incomoda a Rocinante; luego, tras el encuentro con el carbonero, ambos sufren una pedrea por parte de unos mocetes… y muy poco más es lo que encontramos de acción en la novela, si descontamos la accidentada «misa y mesa» con los canónigos navarros. Hay, en efecto, un predominio muy claro del diálogo. Especialmente interesante, desde el punto de vista lingüístico, son los capítulos II y III, en los que se reproduce el habla popular del carbonero, que refleja el habla propia de la zona (vulgarismos coloquiales y navarrismos específicos de la zona de Tierra Estella). El paisaje —tercer elemento compositivo en cualquier narración— queda reflejado puntualmente a lo largo de la obra, y de forma más intensa en los primeros capítulos.
Siguiendo con ese predominio de «lo hablado» sobre «lo actuado», debemos consignar que en el capítulo V don Quijote reprende a Sancho por su continuo y fatigoso hablar, igual que sucede en el Quijote cervantino en distintas ocasiones (recordemos que, enfadado por su verbosidad desatada, don Quijote prohibirá hablar a su escudero, aunque pronto tendrá que levantar ese entredicho, ya que de otra forma la novela resultaría imposible: la estructura dialogada que se da entre la pareja de protagonistas es esencial en la construcción del Quijote). Carencia absoluta de acción hay también en el capítulo XV, que resulta demasiado aburrido, pues se limita a ofrecer un catálogo de próceres navarros, todos ellos relacionados con la «Caja de Comptos de Navarra»[5], al tiempo que se alude a las famosas colonias educativas para niños que esta institución financiera organizaba en el pueblo de Zudaire (localizado, precisamente, en las Améscoas). El autor aprovecha la circunstancia de la visita de don Quijote a una de las reuniones de tales célebres prohombres navarros para trazar la semblanza de varios de ellos, mencionar algunas de las actuaciones que impulsaron y rendirles tributo de gratitud; sin embargo, toda esta parte es algo que tiene muy poco (o nada) que ver con el hilo principal del relato, con la historia central de don Quijote de la Mancha[6].
[1] Cito por la edición de Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993, al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, pero enmendando sus abundantes erratas y descuidos.
[2] Aunque tampoco faltan otras alusiones contemporáneas al momento de redacción de la novela, es decir, mediados del siglo XX.
[3] La comarca de Améscoa o las Améscoas (cuyo nombre deriva del vascuence ametz ‘roble’) se localiza en el extremo noroccidental de la merindad de Estella (Navarra), próximo a la divisoria con Álava. Ocupa un largo valle entre las sierras de Urbasa y de Lóquiz, más la franja meridional de Urbasa, más la parte septentrional de Lóquiz. Está formada por once lugares: tres de ellos (Aranarache, Eulate y Larraona) tienen carácter de municipios independientes y forman la denominada Améscoa Alta; a su vez, la Améscoa Baja incluye los ocho pueblos restantes (Artaza, Baquedano, Baríndano, Ecala, Gollano, San Martín, Urra y Zudaire), que tienen carácter de concejo y constituyen un solo ayuntamiento.
[4] La sorpresa que causa al carbonero la visión de don Quijote con su armadura y su lanza se expresa con estas palabras: «—Y ¿pa qué va forrau de tanta hojalata […], que paece un hombre en conserva? Y tamién, ¿qué demoño pinta con esa charrancha o estaca en la mano, igual que el Longinos de la procesión de Viernes Santo?» (p. 28).
[5] Es decir, la Caja de Ahorros de Navarra, modificado levemente su nombre con el empleo del arcaísmo Comptos. Para la historia de esta institución remito a la entrada «Caja de Ahorros de Navarra (CAN)», recogida en la Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. III, pp. 47-52; y también a Arturo Navallas Rebolé (dir.), Navarra y la Caja en 75 años: 1921-1996, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1996.
[6] Agradezco a Juan María Lecea Yábar sus valiosas informaciones relativas a la génesis de la novela. También quiero dar las gracias a Pablo Larraz por los datos que amablemente me ha proporcionado acerca del trabajo desempeñado por Lárrayoz Zarranz en el Hospital «Alfonso Carlos» de Pamplona. Esos datos no han quedado incorporados a este trabajo, pero me han servido, sin duda, para completar la semblanza, el retrato humano, del autor de Don Quijote en las Améscoas. El lector interesado puede consultar el trabajo de Pablo Larraz Entre el frente y la retaguardia. La sanidad en la guerra civil: el Hospital «Alfonso Carlos», Pamplona, 1936-1939, Madrid, Actas, 2004. Remito para más detalles sobre esta obra a mi trabajo «Una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX: Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz», Anales cervantinos, 43, 2011, pp. 91-115.
Fue en enero de 1954, y en la revista Pasce. Boletín Oficial Eclesiástico de la Diócesis de Pamplona, cuando comenzó a aparecer una serie de escritos de Martín Larráyoz Zarranz titulada «Rincones perdidos del Quijote»[1], que venía a ser una continuación por tierras navarras de las andanzas y aventuras del ingenioso hidalgo y su fiel y bonachón escudero. Unas décadas después, tras la muerte del autor ocurrida en 1991, Víctor Manuel Arbeloa tuvo la iniciativa de coleccionar en forma de libro (Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993[2]) aquellos capítulos, anteponiéndoles un prólogo que arrojaba luz, entre guiños personales, sobre la génesis del texto y comentaba algunas características (argumento, valoración literaria…) de este Don Quijote en las Améscoas, cuya publicación arrancaba en aquel lejano enero de 1954:
Aquellos sesudos y graves editores tuvieron a bien advertir en la entradilla que presumían como inéditos los susodichos capítulos, hallados en las últimas páginas de un viejo libro que dormía arrinconado en el desván de la abadía de Izacondo, soportando pacientemente el polvo de los siglos.
Los discípulos de aquel afamado y todavía joven abad no dudamos un instante que aquella nueva leyenda, fresca como una primavera, fecunda de invención, robusta de estilo, rica de conceptos y abundante de erudición y doctrina, fuera obra, y obra madura, de nuestro querido y ahora llorado preceptor, don Martín Larráyoz y Zarranz, y no de algún ignorado y extraño Cide Hamete Benengeli.
[…]
No pocas veces habíamosle oído quejarse muy a lo vivo de que don Quijote de la Mancha y Sancho Panza no hubieran entrado en el reino de Navarra cuando atravesaron la provincia de Zaragoza, camino de Barcelona.
Púsose, pues, nuestro autor manos a la obra, con el intento de hacer resucitar literariamente —que es como decir poderosamente— a los dos excelsos personajes de nuestras Letras y hacerlos entrar en vereda, es decir, por las verdes veredas navarras. Y es que el erudito abad, historiador de peso, abrigaba la convicción de que al caballero hazañoso, y no tanto a su fiel escudero, le roía las entrañas la rencilla de haber muerto sin pisar este esclarecido y glorioso territorio foral (pp. 9-10).
Remito, en fin, a ese prólogo de Arbeloa para más detalles acerca de la génesis y las circunstancias de aparición del libro. El texto de la novela se completaba entonces con una nota biográfica anexa —reproducida en una entrada anterior—, que no va firmada, aunque Arbeloa explica en su prólogo que fue redactada por el bachiller Johannes de Lecea, alusión casi transparente a Juan María Lecea[3].
Fue, en efecto, a la muerte de Larráyoz Zarranz cuando Arbeloa agavilló y dio a las prensas los capítulos aparecidos en Pasce. Aquella era una revista que circulaba casi exclusivamente entre los sacerdotes de la diócesis de Pamplona, y sin duda que el texto de Larráyoz Zarranz merecía mayor difusión. La novela, tal como se publicó en 1993, se divide externamente en dieciséis capítulos, y está sin concluir: de hecho, el último capítulo es mucho más breve que los demás y el hilo argumental parece quedar interrumpido justo en el momento en que don Quijote y Sancho se disponen a entrar en la ciudad de Estella.
Juan María Lecea me ha dado noticia de la existencia de, al menos, otro capítulo, publicado suelto en la revista de la Asociación de Belenistas de Pamplona en el año 1956, el cual recoge la llegada de don Quijote a Pamplona y su encuentro con la hermosa imagen de la Virgen, patrona de la ciudad, entre otras aventuras, capítulo este que viene a completar así la historia narrativa de las andanzas del personaje cervantino por tierras navarras[4].
[1] Mencionaré, a título de curiosidad, que el hermano del autor, Javier Larráyoz Zarranz, también sacerdote y también historiador, cuenta en su haber con otra obra de reminiscencias quijotescas, al menos en su título: «El Quijote de Navarra. Vida y aventuras del brigadier de los ejércitos carlistas don Mariano Larumbe», trabajo publicado en Príncipe de Viana, núms. 148-149, 1977, pp. 605-627 y 150-151, 1978, pp. 203-280.
[2] Esta edición al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, bienintencionada y útil porque hizo más accesible el texto de la novela, está sin embargo plagada de erratas, errores de transcripción, descuidos y hasta faltas de ortografía, además de presentar una puntuación arbitraria en muchos pasajes. Citaré por ella, pero corrigiendo y enmendando todo lo necesario, sin indicarlo a cada paso. Las citas del Quijote de Cervantes (indico solamente parte y capítulo) corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998, 2 vols.
[3] En ese prólogo se alude también a un tal Johannes de Olio, nombre que remite a Juan Ollo, profesor de Teología Moral en el Seminario Diocesano de Pamplona y deán del Cabildo catedralicio cuando era Arzobispo de Pamplona Mons. Enrique Delgado Gómez.
[4] Agradezco a Juan María Lecea Yábar sus valiosas informaciones relativas a la génesis de la novela. También quiero dar las gracias a Pablo Larraz por los datos que amablemente me ha proporcionado acerca del trabajo desempeñado por Lárrayoz Zarranz en el Hospital «Alfonso Carlos» de Pamplona. Esos datos no han quedado incorporados a este trabajo, pero me han servido, sin duda, para completar la semblanza, el retrato humano, del autor de Don Quijote en las Améscoas. El lector interesado puede consultar el trabajo de Pablo Larraz Entre el frente y la retaguardia. La sanidad en la guerra civil: el Hospital «Alfonso Carlos», Pamplona, 1936-1939, Madrid, Actas, 2004. Remito para más detalles sobre esta obra a mi trabajo «Una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX: Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz», Anales cervantinos, 43, 2011, pp. 91-115.
En esta y en próximas entradas[1] me propongo estudiar una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX que traslada al hidalgo manchego y a su escudero Sancho Panza a tierras navarras y describe sus andanzas, durante un solo día, en una comarca de Tierra Estella. Me refiero a la novela Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz, publicada en 1954 en una revista diocesana pamplonesa (con una circulación muy limitada, por tanto) y recuperada luego en forma de libro a la altura de 1993 (pero también en una editorial de ámbito regional, con muy escasa difusión más allá de las mugas forales).
La obra, no exenta de humor, resulta interesante —lo adelanto ya— no tanto por los primores de su calidad literaria, sino sobre todo por constituir un eslabón más en la larga y fecunda cadena de recreaciones del inmortal personaje cervantino y sus aventuras, una prueba más de su enorme vigencia como mito universal, de su potencialidad para ser recuperado y revivificado en multitud de obras literarias y artísticas.
Respecto al autor de Don Quijote en las Améscoas, Martín Larráyoz Zarranz, basta para mi propósito de ahora recordar algunos datos biográficos esenciales. En este sentido, la nota biográfica redactada por Juan María Lecea Yábar que aparece al final de la edición de Don Quijote en las Améscoas (Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993) recoge una información bastante completa, así que me limitaré aquí a reproducirla:
Nació (1918) y murió (1991) en Pamplona. Licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, y en Filosofía y Letras por la Universidad Central de Madrid. Ordenado sacerdote en 1943.
Su actividad intelectual se encauzó principalmente por las vertientes de la historia y del arte, y tuvo un centro de mira casi obsesivo: Navarra. A su historia aportó, sobre todo, el descubrimiento y registro de los ricos fondos documentales de los Archivos de París; sus catalogaciones se entregaron al Archivo de Navarra. En 1977 publicó, en colaboración con su hermana Josefina, el primer tomo de la Historia de la cultura y del arte de Pamplona, que no pudo concluir. Contribuyó decisivamente a la creación del Museo Diocesano de Pamplona y a la restauración artística de muchas iglesias navarras. Trabajó como alto funcionario en la Institución Príncipe de Viana desde 1978 a 1984.
Educador y maestro en el Seminario, donde fue Vicerrector, y Profesor en la Escuela de Peritos Agrícolas, despertó y encauzó no pocas vocaciones científicas.
Hombre de amplios saberes, humanista integral, trazó para sus alumnos del Seminario, hace ya 40 años, un mapa geológico de Navarra. Explicaba la evolución de las especies o daba clases de Griego o de Literatura. Alguna pintura mural suya queda aún en aquellas paredes.
Como teólogo, se dedicó principalmente al estudio de la vocación sacerdotal. La vocación sacerdotal según la doctrina del Beato Juan de Ávila y La vocación misionera según las cartas de San Francisco Javier son dos obras publicadas en 1949. Fue párroco de Sarasa desde 1972 hasta 1986. Capellán durante muchos años de la Asociación de Belenistas y de las «Colonias» veraniegas de la Caja de Ahorros de Navarra en Zudaire.
Trabajador incansable, estuvo entregado siempre al servicio de los demás, desde los días de la guerra civil, en que, aún seminarista, fue jefe de enfermeros en el hospital de guerra «Alfonso Carlos» de Pamplona, hasta que una grave y larga enfermedad puso fin a sus numerosas actividades (pp. 7-8).
[1] Este trabajo forma parte del proyecto «Recreaciones quijotescas y cervantinas (RQC)», que dirijo en la actualidad en el marco de las investigaciones del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra. La novela de Martín Larráyoz Zarranz es una de las numerosísimas recreaciones del Quijote en la narrativa, tema sobre el que existen abundantes estudios; me limito a remitir ahora a la monografía de Santiago López Navia, Inspiración y pretexto. Estudios sobre las recreaciones del «Quijote», Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, donde el lector interesado encontrará abundantes comentarios y una rica bibliografía. Remito para más detalles sobre esta obra a mi trabajo «Una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX: Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz», Anales cervantinos, 43, 2011, pp. 91-115, artículo que lleva la siguiente dedicatoria: «A Joaquín Ansorena y Ángel de Miguel, buenos amigos, “sabidores” de algunos secretos que encierra este trabajo».
En la entrada anterior examinamos los siguientes grupos: 1) Novelas de la antigüedad grecolatina; 2) Novelas ambientadas en la Edad Media; 3) Novelas del Renacimiento y del Siglo de Oro; y 4) Novelas sobre el siglo XVIII. Nos queda por considerar el último: 5) Novelas ambientadas en el siglo XIX.
Los relatos ambientados en el siglo XIX son bastante frecuentes; la consideración de estas novelas de ambiente contemporáneo nos lleva a estudiarlas como posibles antecedentes del episodio nacional galdosiano, lo que requiere una mención más extensa. Por tanto, trataré de señalar ahora la relación entre novela histórica y episodio nacional.
En efecto, existen varios títulos de tema histórico contemporáneo que pueden ser considerados antecedentes de las series de Galdós. Ahora bien, el único argumento para poder establecer una división en este período entre novela histórica y episodio nacional es la mayor o menor lejanía en el tiempo. Con Galdós, la cosa será distinta porque habrá además diferencias de técnica y de estilo. Sea como sea, podemos intentar distinguir esos dos grupos, aunque resulte un tanto arbitraria la separación, según sitúen o no su acción en una época anterior al siglo XIX. Esta división ha sido señalada por Ferreras, aunque utiliza un término que quizá se preste a confusión. Veamos:
Distingo en la novela histórica dos tendencias: una, la tradicional si se quiere y que llamaré novela histórica, y otra, que llamaré novela histórica nacional; esta última se caracteriza por escoger no solamente un tema patrio, sino también por una problemática que le permite enfrentarse con el universo exterior, nacional; la historicidad, en este caso, se convierte en contemporaneidad. Fácilmente se comprenderá esta división, que creo necesaria, si comparamos una novela histórica cualquiera con un Episodio Nacional de Pérez Galdós; en el primer caso, nos encontramos ante la corriente tradicional de la novela histórica; en el segundo, el universo de la novela es escogido en función de una problemática actual, vigente, determinante. Novelar un suceso de la Edad Media y novelar un suceso del XIX, o quizá del XVIII, como en la novela de García de Villalta, son dos actitudes muy diferentes y quizá opuestas[1].
Ferreras señala que la novela histórica ambientada en un pasado lejano es un caso de ruptura romántica y también una forma de evasión (dicho de otra forma, la ruptura proporciona al novelista la huida a un mundo que considera mejor que aquel en el que vive); en cambio, en el caso del episodio nacional, el novelista no puede evadirse ya que los sucesos narrados están actuando todavía en el momento de escribirse la novela, que de esta forma «no es una pura reconstrucción del pasado, sino un enjuiciamiento, una crítica, del presente»[2]. Por esta razón, la imaginación del novelista puede apartarse poco de la realidad, frente a lo que ocurre con el otro tipo de novelas históricas, pues el lector conoce o incluso ha vivido esos hechos tan cercanos:
Los acontecimientos coetáneos obligan a una mayor responsabilidad, reduciendo las posibilidades de la fantasía […]. Los acontecimientos remotos se conocen en cuanto historia externa y colectiva y queda, o se admite que queda, un margen amplio de ignorancia para que por él corra la imaginación. La misma ignorancia se supone en cuanto atañe a usos y costumbres, que se inventan sin riesgo, además de podérselos recargar con aditamentos exóticos. Sin embargo, ante los acontecimientos coetáneos, el margen de arbitrariedad y fantasía disminuye en cuanto a la fantasía convencional y fácil, pues se requiere una imaginación poderosa que produzca la fantasía dentro de lo usual y conocido[3].
Navas Ruiz denomina «novelas-documento» a este tipo de obras novelescas de tema histórico contemporáneo; también él señala para estos antecedentes del episodio nacional una mayor proximidad al realismo que en el caso de las novelas históricas de épocas lejanas:
Mezcladas con las históricas han venido estudiándose varias novelas que constituyen propiamente episodios nacionales o novelas-documento, pues se refieren a sucesos contemporáneos, ya rigurosamente tales, ya en cuanto influyen aún decisivamente en el presente. Ha de considerarse su iniciadora a Casilda Cañas de Cervantes, por La española misteriosa […]. La novela documento se aproxima ya al realismo, puesto que se enfrenta a problemas de la sociedad contemporánea y trata de captar el aspecto político de la misma. Será, pues, necesario en los futuros estudios sobre el realismo decimonónico retrotraer los orígenes hasta dichas obras, que si hoy parecen de escaso valor y han caído en un casi justo olvido, fueron conocidas y leídas en su tiempo. ¿Por qué empeñarse en considerar sólo el costumbrismo como antecedente de aquella corriente?[4]
Estas novelas son bastante numerosas; la mayoría de ellas tratan el tema de la guerra de la Independencia[5], especialmente en el territorio de Aragón y Cataluña (sitio de Zaragoza, penalidades de la ciudad de Barcelona…)[6]; también las hay, aunque en menor cantidad, sobre las guerras carlistas y sobre la revolución de 1868; y otras son de asunto contemporáneo pero extranjero.
Dejando aparte las obras de estas características escritas por los emigrados españoles en Inglaterra, ofrezco a continuación una lista bastante amplia con sus títulos[7]:
1822 Rafael de Riego o La España libre, de Francisco Brotons.
1829 Los terremotos de Orihuela o Henrique y Florentina, de Estanislao de Cosca Vayo[8].
1830 Orosmán y Zora o La pérdida de Argel, de D. J. G.
1831 Las ruinas de Santa Engracia o El sitio de Zaragoza, anónima, quizá de Francisco Brotons.
1831-1832 Teodora, heroína de Aragón, de Antonio Guijarro y Ripoll.
1832 Jaime el Barbudo, de Ramón López Soler.
1833 La española misteriosa y el ilustre aventurero, o sea Orval y Nonui[9], de Casilda Cañas de Cervantes. La amnistía cristina o El solitario de los Pirineos, de Pascual Pérez y Rodríguez.
1835 La explanada. Escenas trágicas de 1828, de Abdón Terradas.
1840 Eduardo o La guerra civil en las provincias de Aragón y Valencia, anónima.
1844 El Gil Blas del siglo XIX, de Juan Francisco Siñériz.
1845-1846 El dos de Mayo, de Juan de Ariza. Espartero, de Ildefonso Antonio Bermejo.
1846 Martín Zurbano o Memorias de un guerrillero, de Ildefonso Antonio Bermejo.
C. 1846 Zurbano o Una mancha más en la historia de los partidos, de José Velázquez y Sánchez.
1846-1847 El patriarca del valle, de Patricio de la Escosura.
1847-1851 Misterios de las sectas secretas o el francmasón proscrito, de José Mariano Riera y Comas.
1849 Josefina de Comerford o El fanatismo, de Agustín de Letamendi.
1851 Las ruinas de mi convento, de Fernando Patxot.
1852 Marta, episodio histórico contemporáneo, de Isidoro Fernández Monje.
1855 Los guerrilleros, de Eugenio de Ochoa.
1856 Mi claustro, de Fernando Patxot.
1858 Las delicias del claustro, de Fernando Patxot.
1859 La ilustre heroína de Zaragoza o La célebre amazona en la guerra de la Independencia, de Carlota Cobo.
1861 Atrás el extranjero, de Manuel Angelón.
1863 Luisa o La provincia, de José Ferreiro y Peralta. El dos de Mayo o Los franceses en Madrid, de Manuel Vázquez de Taboada.
1864 El sitio de Zaragoza, de Manuel Vázquez de Taboada. Riego, de Mariano Ponz.
1865 Los mártires del pueblo, de Juan de la Cuesta.
Existen, además, unos Episodios de la Revolución Española, sin año, de Vicente Moreno de la Tejera, y una biblioteca desde 1877 con más de catorce títulos: Episodios de la guerra civil en forma de novelas históricas.
Después de que durante varios años predominasen, con mucho, los asuntos medievales, los temas contemporáneos empiezan a ser cultivados con mayor asiduidad —aunque existen varios títulos anteriores— desde mediados de siglo:
Hasta el 1848, aproximadamente, los temas de historia contemporánea ocupan un lugar secundario en la novela romántica española respecto a los medievales y renacentistas, pero a partir de la citada fecha los autores comienzan a convencerse de que no necesitan ir a la Edad Media para sacar escenas de crueldad de la leyenda de Pedro I de Castilla, ni al siglo XVI para inventar un príncipe Carlos martirizado por un siniestro Felipe II, porque la historia política contemporánea de su país abunda en escenas de «terror gótico» y en situaciones de misterio y sensacionalismo que no desmerecen de las más acreditadas del género en novelas como The Mysteries of Udolpho, The Monk y The Castle of Otranto[10].
Como es fácil de comprender, el grado de politización es más alto en este tipo de novela histórica, según señala Hinterhäuser:
La alternativa temática entre el pasado remoto y el reciente existe ya en los orígenes mismos de esta clase de novelas. Las que se acogían a la Edad Media eran las más abundantes (sobre todo en Italia y España; en Francia mucho menos); a la historia cercana, todavía caliente, se llegaba bien como final de un amplio ciclo, o debido a preferencias basadas en razones políticas (es decir, los autores “progresistas” y también, ocasionalmente y con intención polémica, los “reaccionarios”)[11].
De todas formas, no todas las novelas históricas de tema contemporáneo pueden ser consideradas antecedentes del episodio nacional galdosiano, pues en algunas el tema no pasa de ser un mero pretexto para elaborar la acción, sin que exista en ellas una intención reconstructora de ese presente todavía operante en la sociedad del autor y del lector.
Por otra parte, habría que pensar también si puede considerarse dentro de esos antecedentes otro tipo de novelas al estilo de las de Eugène Sue, a las que tradicionalmente se ha llamado «sociales» (las de Ayguals de Izco o Martínez Villergas, entre otros), pues al menos tienen en común con las novelas antes mencionadas la ambientación contemporánea[12].
[1] Juan Ignacio Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1830), Madrid, Taurus, 1973, p. 300.
[2] Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica, pp. 300-301. Y añade a continuación: «Si esto es así no puede haber mucha diferencia entre una novela histórica nacional o episodio nacional y una novela realista; en ambos casos se materializa un universo actual, y la diferencia estriba solamente en el tema escogido; la novela vulgarmente llamada realista inventa personajes, la novela histórica nacional o episodio utiliza e interpreta personajes dados».
[3] Enrique Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 61.
[4] Ricardo Navas Ruiz, El Romanticismo español, Salamanca, Anaya, 1970, p. 98.
[5] Algunas han sido estudiadas por María Isabel Montesinos, en su trabajo «Novelas históricas pre-galdosianas sobre la guerra de la Independencia», en Estudios sobre la novela española del siglo XIX, Madrid, CSIC, 1977, pp. 11-48. Ferreras, por su parte, anuncia en el plan general de sus «Estudios sobre la novela española del siglo XIX» un libro dedicado a La novela histórica nacional.
[6] Cfr. Reginald F. Brown, La novela española (1700-1850), Madrid, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1953, p. 31.
[7] He utilizado para confeccionarla los mismos estudios que para la de producción de novela histórica: Brown, La novela española (1700-1850); Felicidad Buendía, Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963; Juan Ignacio Ferreras, La novela por entregas (1840-1900). Concentración obrera y economía editorial, Madrid, Taurus, 1972, Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1830), Madrid, Taurus, 1973 y El triunfo del liberalismo y la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976; José F. Montesinos, Introducción a una historia de la novela en España en el siglo XIX, Madrid, Castalia, 1982; Edgar A. Peers, Historia del movimiento romántico español, Madrid, Gredos, 1954; y Guillermo Zellers, La novela histórica en España (1828-1850), Nueva York, Instituto de las Españas, 1938), más el de Jorge Campos, «La novela», en Guillermo Díaz Plaja (ed.), Historia general de las literaturas hispánicas, IV, segunda parte, Barcelona, Barna, 1957, pp. 217-239, y el de Navas Ruiz, El Romanticismo español.
[8] Es la que señala Brown como primera novela de historia contemporánea.
[9] Ferreras hace notar que los nombres de los protagonistas son anagramas de Valor y Unión.
[10] Antonio Regalado García, Benito Pérez Galdós y la novela histórica española (1868-1912), Madrid, Ínsula, 1966, pp. 166-167.
[11] Hans Hinterhäuser, Los «Episodios nacionales» de Benito Pérez Galdós, Madrid, Gredos, 1963, p. 42.
[12] «[…] la única historia que satisface a los novelistas después de 1845 es la contemporánea y, dentro de esta, no la historia colorista y caballeresca sino […] la política, satírica y crítica. La novela histórica se disuelve en la exposición de agravios y resentimientos sociales», escribe Brown, La novela española (1700-1850), p. 36.