«Corte de corteza» de Daniel Sueiro, una novela de crítica social (y 2)

Chaplin, Charlie (Modern Times)En cuanto a los temas presentes en Corte de corteza[1], el propio Daniel Sueiro dice que en su novela se pasa revista a «todo lo divino y lo humano»[2]. Se habla, como indica Ana María Navales, de «la violencia, la represión, la publicidad comercial, las técnicas vitalistas, la discusión de primacía entre la religión y la ciencia, la demagogia, el inconformismo o lo contrario, la sexualidad, […] el endiosamiento profesional por vía del éxito, la sociedad de consumo, los desastres de las guerras…»[3]. Efectivamente, en el momento en que se sitúa la acción el mundo está envuelto en varias guerras, han vuelto a triunfar los fascismos en Europa, existe en Estados Unidos y Japón una sociedad capitalista que aliena al individuo, que lo esclaviza. Hay referencias claras el mayo del 68 en París, al movimiento hippie, a la guerra de Vietnam, al imperialismo estadounidense. En este sentido, se podría considerar Corte de corteza como una obra culturalista, en la medida en que su autor, Daniel Sueiro, trata de reflejar en ella algunos aspectos, los que más le interesan, de la cultura de una época, la que a él le ha tocado vivir. Se critica la opresión de la gran ciudad, el trabajo agobiante y deshumanizador, la vida automatizada, el Estado policial, el poder manipulador de los medios de comunicación de masas (prensa, radio, televisión, publicidad). No faltan las alusiones a otros temas como el mercado negro de órganos, la posibilidad de hibernar un cuerpo enfermo hasta que se descubra el remedio para su enfermedad o de elegir el sexo de los hijos, la existencia de vida inteligente en otros planetas o la venta de medicinas adulteradas que causan graves daños al ser comercializadas antes de tiempo, sin haber sido suficientemente estudiados sus efectos secundarios.

Sueiro parte de una anécdota concreta, el trasplante de cerebro, que plantea los límites del progreso científico, su choque con los valores humanos. Ese es el núcleo central, el punto de partida. Pero a partir de ahí surge toda una constelación de temas y, al final, más que el conflicto interior de Adam, el de la doble personalidad, importa el tema social, la problemática del mundo que le rodea. Ya lo apuntaba José Domingo:

Es más, mucho más que un caso de conciencia lo que Sueiro ha pretendido plantear en su novela pues, además del problema moral originado por el trasplante, se nos describe con toda precisión el panorama de la sociedad capitalista actual, en la que tan disgregador papel desempeña la alienación del individuo… Crítica rigurosa de un sistema en el que los progresos científicos […] plantean cuestiones de muy difícil solución[4].

He señalado que se está criticando un tipo de sociedad capitalista, concretamente la sociedad norteamericana. Ahora bien, indirectamente la crítica se puede aplicar a la realidad española de los años 60, sobre todo en lo relativo a la persecución de los intelectuales o a las violentas intervenciones de la policía (la censura no permitiría hablar de ello explícitamente, pero Sueiro lo deja caer como de pasada, veladamente). Por ejemplo, se dice que el periodista que resulte molesto

será expedientado, multado, procesado, juzgado, condenado, y si lo merece y no hay más remedio, a pesar de nuestra buena voluntad, ejecutado, y aquí paz y después gloria, y el que venga detrás que arree, ahí me las den todas y a ver quién es el chulo que se mueve. ¡Silencio!, que lo abraso, como abrasamos a todos los demás y seguiremos abrasando para que no nos abrasan a nosotros (pp. 50-51).

Y se menciona que, al disolver una manifestación, los policías daban

fuertes mazazos con las porras de goma o de plomo, que sonaban secamente, se oían los huesos al romperse, la carne al macerarse o abrirse. […] Al levantarse vio el final de la escena con un enjambre de negros cuervos picoteando, pisoteando, pateando y apaleando a una muchacha de unos dieciséis años, hecha un ovillo en el suelo, que no se movía, ni gritaba (p. 199).

Podría multiplicarse el número de citas, pero me limitaré a una pequeña selección de algunas de las más interesantes. Así, se pone de relieve la opresión de la gran ciudad, con sus inmensos rascacielos: «sentados ante la angosta ventana que daba a varios centenares, a miles de ventanas iguales en los grandes edificios de enfrente» (p. 38). Edificios iguales. Repetición. Monotonía. Rutina. Se construían

villas idénticas para aburrirse del mismo modo durante los largos, largos fines de semana, de modo que de pronto las grandes ciudades quedaron rodeadas de ciudades más grandes todavía de las que de momento nadie había encontrado aún la forma de escapar […] y ya todo a lo largo y ancho y por cualquier lado que mires la miríada, la colmena, el hormiguero de casitas bajas (p. 245).

El poder de la publicidad puede detectarse en estas palabras:

Realmente, la compañía de Key no fabricaba nada, pero lo vendía todo, ese era su lema. […] Conocían las técnicas de ventas, merced a las cuales conseguimos hacer necesario lo superfluo y sabemos hacer viejo lo nuevo en cuestión de semanas. Nunca hay riesgos así (p. 81).

Igualmente condenable resulta

el sucio y criminal negocio del trust o banco de órganos humanos, cuyo éxito crecía al mismo ritmo con que se registraban aquellas misteriosas desapariciones de la gente, hasta que llegó a saturarse el mismo mercado negro (p. 43).

Varias veces se describe el poder destructor de las guerras, como cuando vuelven a la patria

los restos de lo que fue nuestro flamante ejército pacificador: muchachos de quince años mutilados y envejecidos, hombres vendados, ensangrentados, taciturnos, soldados y oficiales barbudos y silenciosos, de ojos inmóviles y ensimismados, de uniformes rotos, y ataúdes (p. 107).

Son palabras duras, que invitan a pensar sobre el sentido de una guerra, de cualquier guerra. Se dice que los médicos de campaña «cada mañana ven llegar a sus bases batallones enteros de hombres jóvenes y sanos, frescos para la lucha, que cada noche les entregan mutilados, moribundos o muertos» (p. 115).

En algunos fragmentos apunta el tema de la doble personalidad (aunque, como insiste Tomás Yerro en su análisis, se deja de lado, sin que constituya, como podía haber sido, el elemento principal de la novela):

No se puede vivir la vida de otro, no se puede vivir con otra persona que no es ella misma, y esta misma persona tampoco puede, creía ella, vivir sin reconocerse (p. 116).

Ahora ya no son sólo los semejantes a los que ha de soportar usted [le dice Castro a Adam], ha de soportarse a sí mismo (p. 266).

Parecía como si pretendieran introducirle en unos carriles que él no pensaba seguir, habituarle a una serie de cosas, hechos, personas, a las que nada le unía (p. 267)[5].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] En Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974,  p. 193.

[3] Navales, Cuatro novelistas españoles…,  pp. 191-192.

[4] José Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», Ínsula, 232, marzo de 1966, p. 3. En cambio, a De la Fuente (1989) el problema en torno a la identidad personal le parece el tema central.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

«Corte de corteza» de Daniel Sueiro, una novela de crítica social (1)

El análisis de los personajes —junto con el tiempo y el espacio en que se mueven— y de los temas servirán para comprobar que Corte de corteza de Daniel Sueiro es una novela[1] con abundantes elementos de crítica social, como certeramente han destacado diversos estudiosos. Así, Bienvenido de la Fuente señalaba:

Sueiro no ha abandonado su tarea de llamar la atención sobre problemas sociales y de criticarlos. El trasplante de cerebro de Corte de corteza no hay que verlo sino como un ejemplo para mostrar a qué extremo se puede llegar en nuestra sociedad. Ante el adelanto técnico, ante el progreso en general, y aquí ante el adelanto en el campo de la medicina, el individuo está en continuo peligro de perder su personalidad[2].

Por su parte, Rafael del Moral escribía:

Ciencia ficción comprometida, y no de aventuras, que anuncia, al poner en peligro la integridad humana, un fruto caótico y deshumanizado. El fondo es un trasplante de cerebro con sus significados éticos y morales. […] Crítica al mundo dominado por la técnica y el desarrollo ciego del capitalismo con una orientación más social que psicológica[3].

Pedraza Jiménez y Rodríguez Cáceres comentan que la apasionante historia en que se sustenta la novela sirve de pretexto a Sueiro para dar salida a una fuerte crítica a la sociedad de consumo deshumanizada:

Sueiro plantea los conflictos que presenta para el hombre un progreso que sólo atiende a los aspectos tecnológicos, y se cuestiona qué límites hay que ponerle. Aunque ha renovado su forma de expresión, manifiesta las mismas ideas de siempre, con idéntica crítica al sistema[4].

Y podrían añadirse otras citas similares. Ya mencioné que Corte de corteza era «una crónica escrita hoy acerca de lo que va a ocurrir dentro de quince años». Considerando que la obra estaba escrita para 1968, podemos calcular que la acción estaría situada hacia el año 1983. Hemos de suponer que la historia sucede en verano (se alude varias veces al calor sofocante, en un determinado momento se dice de un personaje que lleva un traje veraniego…), aunque no existe una datación exacta. Se trata de una historia lineal, que comienza con la matanza en la calle, sigue con la operación de trasplante (realizado a los dos días), cuenta el proceso post-operatorio y termina con la muerte de Castro y de Adam. Cuando esto ocurre, ha debido de pasar cierto tiempo, no se precisa cuánto, pero podemos imaginar que han sido algunos meses o, por lo menos, algunas semanas, ya que, cuando se encuentran ambos personajes, Adam nos indica que «no había vuelto a ver a Castro desde hacía tiempo». Encontramos, además, un tiempo evocado en las secuencias que nos refieren las vidas de Adam, David, Olga o el francotirador, entre otras.

Megaciudad.jpgPor lo que toca al espacio, sabemos que los personajes se mueven en una metrópolis de los Estados Unidos, probablemente Nueva York, si bien tampoco se dice expresamente. Sea como sea, la problemática que trata la novela podría darse perfectamente en cualquier otro país cuyo modelo de sociedad sea el mismo (capitalismo, mecanización…) y así lo hace notar José Domingo: «… vida que, aun localizada en un lugar fácilmente reconocible —el del primer estado mundial en cuanto riqueza, capacidad de empresa y ambición imperialista de dominio—, podría extenderse en su sentido general a buen número de otros países»[5]. Dentro de esa gran ciudad aparecen espacios concretos, como son la calle en que tiene lugar la escena del francotirador, el Hospital Central, la casa de Adam, la de David, un cementerio (pues de algún modo hay que deshacerse de las partes no aprovechables en la operación, el destrozado cuerpo de uno y el cerebro enfermo de otro), la finca del doctor Blanch o el circuito de carreras donde muere Castro. Igual que existía un tiempo evocado, aparece también otro tipo de espacios en los recuerdos (Castro fue guerrillero en las selvas venezolanas, Adam estuvo en Francia y en Canadá, Olga, por ser periodista, ha recorrido distintos lugares, etc.).

Son varios los personajes que quedan retratados en las páginas de la novela: Olga (la exmujer de Adam), Sonia (la joven que convive con él), Diana (la mujer de David), Rubén-Rubén (jefe de los periodistas encargados de filmar la operación), Douglas Key (prototipo del empresario sin escrúpulos que llega a eliminar físicamente a la competencia), los doctores Fushia y Marius (miembros del equipo médico que realiza la operación) y algunos otros. Sin embargo, centraré mi comentario en cinco de ellos: Adam y David, por un lado, y los doctores Castro y Blanch y el Padre Lucini, por otro. Por lo demás, conviene destacar que es tal la abundancia de temas tratados en la novela, que algunos personajes quedan un tanto borrosos, como si el peso de las ideas expuestas les restase fuerza humana.

Adam y David están caracterizados de forma maniquea. Adam es un profesor universitario, un intelectual culto y rebelde, insatisfecho y sincero, que se resiste a ser un simple número en una sociedad deshumanizada, despersonalizadora. Inconformista, lucha contra ese modelo de Estado autoritario y policial que rige en el país. No es de extrañar que se convierta en el portavoz de las ideas de Daniel Sueiro, autor inconformista e insatisfecho también. David es todo lo contrario: así como Adam es una persona que ha cultivado fundamentalmente el cerebro, él es un deportista que ha cuidado el cuerpo. Hombre de negocios que solo aspira a prosperar, sin importarle que para ello deba ir dejando jirones de su dignidad humana, representa al hombre-masa, despreocupado (o únicamente preocupado por sus propios intereses) y conformista.

El doctor Castro es, a semejanza de Adam, un hombre preocupado, otro inadaptado dentro de esa sociedad (de ahí el fin que les aguarda a ambos). No es extraño, por tanto, que los dos se hagan amigos tras la operación. El propio Adam indica que, de todos los doctores, Castro era el que le parecía más sincero y humano, el más cercano a él, sin saber bien el porqué: «No sabría aún explicar por qué, pero necesitaba como nunca aquella compañía [la de Castro], aquel afecto, en un momento en que me sentía más solo, más aislado y más extraño que nadie en el mundo» (p. 267). El ateísmo del doctor Castro se nos revela en su enfrentamiento con el Padre Lucini, sacerdote que desempeña su ministerio en el hospital y que representa el punto de vista de la Iglesia (tratando de fijar unos límites morales al avance de la ciencia). En cuanto a Blanch, Yerro le aplica el certero calificativo de «médico vedette». En efecto, solo le importa el éxito y la popularidad que va a proporcionarle la operación (aparte de los beneficios económicos). Es el jefe del equipo y se le califica de «maestro» y «dios», en tanto que los otros doctores no pasan de ser sus «vasallos»[6].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] Bienvenido de la Fuente, «El problema de la identidad personal en Corte de corteza de Daniel Sueiro», en Sebastián Neumeister (coord.), Actas del IX Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas: 18-23 agosto 1986, Berlín, Frankfurt am Main, Vervuert, 1989, vol. 2, p. 234.

[3] Rafael del Moral, Enciclopedia de la novela española, pról. de Andrés Amorós, Barcelona, Planeta, 1997, p. 141.

[4] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. XIII, Posguerra: narradores, Pamplona, Cénlit Ediciones, 2000, p. 875.

[5] José Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», Ínsula, 232, marzo de 1966, p. 3.

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

«Corte de corteza» de Daniel Sueiro: breve apunte sobre el estilo

Daniel Sueiro quiso llegar con Corte de corteza[1] a un gran número de lectores, de ahí la sencillez y claridad de su estilo. Hemos visto en entradas anteriores que utiliza técnicas narrativas novedosas, pero su relato nunca se hace oscuro o ininteligible, como señala José Domingo:

Sueiro ha sabido escoger certeramente el estilo idóneo para su novela. El aire trepidante, raudo, de la vida neoyorkina, con su alternancia —sin signos ortográficos distintivos— de las descripciones del novelista y el diálogo interior de los protagonistas, la magnífica descripción de la operación, que parece copiada de una alucinante y lúcida realidad, el ritmo siempre creciente de una acción en la que, al lado de los sangrientos sarcasmos, figuran las notas humanas, la piedad por el desvalimiento de algunas de sus criaturas…[2].

A ese ritmo rápido se refiere también Ana María Navales:

La novela está escrita en un estilo conciso, trepidante, en el que contribuye a acelerar el ritmo de la narración el uso repetido y casi abusivo de la conjunción y en algunos momentos. Otras veces, por el contrario, la eliminación de toda clase de unión entre las palabras, la enumeración progresiva de objetos y sensaciones, le hacen adquirir a la prosa un tono telegráfico, que unido a una puntuación arbitraria o sin signos ortográficos, que distingan la descripción del autor del diálogo interior de los personajes, confiere un clima rápido y confuso a su prosa. Sueiro maneja aquí más recursos estilísticos que en obras anteriores: voces onomatopéyicas […], el empleo de la palabra etcétera para sugerir lo que está en el ambiente o para descargarse de mayores enumeraciones o como si él mismo se fatigase con sus propias disquisiciones. El diálogo está reducido al mínimo y el punto de vista del autor fluctúa entre la primera y la tercera persona, mezclándolas en ocasiones, uniendo diálogos de los distintos protagonistas sin una diferenciación. Esto, unido a un lenguaje no demasiado rico ni expresivo, contribuye a crear un tono uniforme y confuso, también intrincado, el que Sueiro ha elegido para pronunciarse contra la falsa civilización que estamos padeciendo[3].

Corte de corteza, de Daniel Sueiro

No encontramos en la prosa de Corte de corteza notas líricas o coloristas, pero sí algunos recursos retóricos; así, abundan las enumeraciones caóticas, como esta en la que la acumulación de objetos pone de relieve los efectos de la masacre:

… cuerpos inmóviles, cuerpos gimientes, brazos alargados y torcidos, brazos ocultos por el cuerpo, cabezas inclinadas, cuellos sangrantes y vueltos, piernas rotas, piernas descoyuntadas y pies descalzos, zapatos. Papeles, bolsos, carteras negras rectangulares (pp. 12-13).

Y también los paralelismos, para subrayar pasajes especialmente significativos:

No había restos que salvar, trozos que recomponer, rescoldos que avivar ni piltrafas que recoger (p. 111).

Ejemplos de onomatopeyas son «chup, chup, chup» para sugerir el sonido de los disparos o «tac, tac, tac» también para los disparos y para el ruido de un helicóptero. Como es lógico, dado el tema de fondo (el trasplante de cerebro), aparecen con frecuencia tecnicismos de la medicina: dolantina, craneotomía, clampar, glicerol, electro-oxigenador, gestarina, talidomida, toposcopio, sicometrías, imurán, hiperina… Mencionaré la abundancia de perífrasis, especialmente para designar, con mayor o menor respecto, a los doctores: Blanch es el «pequeño reyezuelo del quirófano» (p. 30), sus compañeros, «magos de la medicina» (p. 271), «sabios hechiceros de bata blanca» (p. 271) o una «pandilla de matarifes» (p. 136). En otra ocasión se dice que, con sus máscaras tapándoles las bocas, «parecen delincuentes, facinerosos, salteadores de caminos realizando un trabajo prohibido por la ley» (p. 171). Por último, cabe destacar también como rasgo de estilo el «sarcasmo y el disolvente poder del humor, típicos del arte narrativo de este autor»[4].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] José Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», Ínsula, 232, marzo de 1966, p. 3.

[3] Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, p. 196. Y más adelante (p. 202) añade sobre el lenguaje: «La enorme intuición que tienen los escritores gallegos para utilizar el castellano está casi ausente en Sueiro. No depura, apenas corrige, pero a esto hay que añadir su excesiva sobriedad, su popularismo y taquismo».

[4] Palabras preliminares de la edición de 1982 de Corte de corteza. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Estructura y técnicas narrativas en «Corte de corteza» de Daniel Sueiro: tempo lento, contrapunto y perspectivismo

En cuanto a la técnica del tempo lento en Corte de corteza[1] de Daniel Sueiro hay que decir, con Tomás Yerro, que

Corte de corteza no adopta la técnica proustiana del tempo lento, solamente insinuada en algunos episodios, que son más bien ejemplos de contrapunto. Sí hay, en cambio, un tempo narrativo en el que se mezcla un ritmo vivo, conseguido por medio de capítulos eminentemente narrativos y especiales recursos estilísticos, con otro más pausado, casi lento, visible en monólogos y diálogos, tendente a reflejar el caos del mundo deshumanizado que la novela retrata y censura[2].

En definitiva, hay en la obra secuencias de ritmo rápido, acelerado, que son las que describen la vida trepidante, frenética de la ciudad, y secuencias lentas, en las que la acción se remansa, como las que evocan las vidas de Adam, David, Castro, Diana, el francotirador… Esos pocos momentos en los que la técnica empleada se acerca (pero sin llegar a serlo del todo) a la del tempo lento son los siguientes: cuando Adam contempla su nuevo cuerpo tras la operación, evoca el suyo anterior (p. 257). Al ver las ropas que le han dejado, piensa que pudieran ser de David y recuerda una escena de intercambio de ropas ocurridas en su juventud (pp. 274-275). Y Diana, al mirarse desnuda en el espejo, recuerda cómo fue sorprendida en tal actitud por su padre y, posteriormente, por el señor Key, el jefe de su esposo (p. 250). Sí hay casos de la técnica narrativa del contrapunto:

Corte de corteza es una obra cuya acción progresa de manera cronológicamente lineal; sin embargo, en ella se ofrecen claros ejemplos de la técnica del contrapunto: uno de ellos presenta simultaneidad de escenas (intervenciones quirúrgicas en distintos quirófanos). Otros se adentran en la vida pasada de los personajes (Adam, David, Castro) a través de la visión del narrador sobre todo. Finalmente, existen evocaciones conscientes de personajes individuales (rememoraciones de Adam después del trasplante y de Diana desnuda ante el espejo) escritas en tercera persona o en monólogo interior. El autor quiere ofrecer una visión crítica de la sociedad a base de personajes arquetípicos, cuyo deshumanizado comportamiento presente sólo es comprensible con la inmersión en su pasado[3].

El caso más claro es quizá el primero de los citados por Yerro, en el que los componentes del equipo médico observan distintas operaciones a través de los monitores de televisión instalados en una centralita de control del hospital.

En cuanto al perspectivismo,

Corte de corteza ofrece una realidad equívoca, contradictoria, detalle que se observa en el enfrentamiento de posiciones (Padre Lucini y doctor Castro) o en las distintas versiones que se suministrarán sobre un mismo hecho (despertar de Adam, visita de Adam a su antiguo apartamento, muerte del doctor Castro). Las técnicas que contribuyen a este perspectivismo son varias: la primera persona gramatical del singular se utiliza en los discursos de Adam, en la carta de Olga Fontana y, de manera muy particular, en los monólogos interiores. La segunda persona del singular sólo aparece raramente en los breves fragmentos de soliloquio. En la novela predomina el relato hecho en tercera persona por un periodista que proporciona una visión de los hechos aparentemente omnisciente en las anticipaciones, pero en la que destaca la visión limitada, expresada con adverbios de duda, expresiones de suposición o de probabilidad, fuentes de dudosa información y vacilación en la denominación de personas. Estas contradicciones informativas, esta falta de atención al hombre, plasmadas mediante la técnica perspectivística, no son sino el reflejo de una sociedad contradictoria y deshumanizada que se trata de censurar en toda la novela[4].

En este sentido, resulta muy interesante la discusión entre el Padre Lucini (quien expone el punto de vista de la Iglesia y de la moral) y el doctor Castro (representante de la ciencia y de los progresos técnicos, sin tener en cuenta otro tipo de valores). Consideremos por ejemplo estos pasajes:

—Quieren ustedes ir demasiado lejos, semejante soberbia atenta contra todos los principios humanos y divinos. […] Son criaturas humanas, criaturas de Dios, con un cuerpo y un alma inseparables que han de salvarse conjuntamente. […] Es un sacrilegio, una blasfemia, un crimen. […] Son dos seres humanos que no les pertenecen, ya pertenecen sólo a Dios (pp. 61-62).

—Insisto en que quieren usted llegar demasiado lejos. No se puede dar a un hombre la personalidad de otro, no se puede atribuir a un alma las pasiones de un cuerpo que no les pertenece. ¿No se dan cuenta? Es en el cerebro donde está el principio de la vida, donde seguramente reside el alma, la conciencia.

—Por eso queremos que no se pierda —cortó secamente el doctor Castro—, y vamos a intentarlo. ¿O preferirá usted que esa vida que podemos conservar se pudra bajo la tierra junto con el cuerpo que ya no podemos curar? (pp. 63-64).

—¿Ha reflexionando usted sobre ello, doctor? ¡Es atroz! ¡Entonces resulta que no somos más que materia! El hombre encierra un alma, aunque usted no crea en ella. […] De dos seres humanos, sanos o enfermos, […] con dos cuerpos y dos almas bien diferenciados, ¿qué han hecho ustedes? ¿Qué están haciendo? A mi modo de ver, creando una confusión pavorosa y blasfema, horrible.

—Le repito que había dos hombres muertos y ahora tenemos a uno vivo. […] Cuando nosotros queremos, no tratamos de salvar almas, sino personas.

—Pero esas personas lo son en cuanto tienen un alma —se exasperó—, ¡un alma que salvar!

—Eso es algo que un cirujano nunca encuentra (pp. 231-232).

La llegada de Adam a su casa tras escapar del hospital y la muerte del doctor Castro al estrellarse su coche son acontecimientos que dan lugar a variados y contrapuestos comentarios, por lo que podemos hablar también de perspectivismo en estos casos:

Quién dice usted, Adam, señora, ah, el joven profesor, sí, tuvo ciertos líos con la policía, pero no por ser delincuente, sino por ser un patriota, bueno, ese será un punto de vista, no me dirá usted que está de acuerdo con toda esa gente, sólo le digo que vivimos en un país libre y somos ciudadanos en libertad, o no, no lo somos, pues hacía tiempo que no venía por aquí el señor Adam, claro, no podía venir, por el accidente, ¿no se acuerda usted? (pp. 308-309).

Dirían sencillamente que estaba borracho aquella tarde, demasiado borracho para conducir un Ferrari 80 a más de trescientos kilómetros por hora; dirían que el coche estaba viejo, la pista en malas condiciones, una avería mecánica, un fallo humano, qué más da; dirían cualquier cosa; dijeron que no estaba borracho, no, estaba loco, no tenía ganas de vivir, en realidad, se estaba destruyendo poco a poco mediante el alcohol, y últimamente no se le podía ver sobrio ni al salir de la ducha, a media mañana, pero no era eso, al menos no eso sólo, la muerte lenta no era suficiente, no le bastaba, quería acabar y buscaba con desesperación todas las oportunidades de morir, era su desafío, morir de golpe y sin remedio, sin posibilidad de arreglo, y por eso decían que corría de aquella manera y en aquel estado; dijeron que en aquel momento había allí unos niños cruzando imprudentemente la pista, él venía reventando el fuego a lo largo de la recta y al llegar al comienzo de la curva debió ver algo extraño, con seguridad, acaso pisó el freno, una falsa maniobra con el volante, el caso es que ya no pudo hacerse con el bólido; esto lo declaró uno que dijo haberlo visto desde lo alto de la baca de un coche aparcado; dijeron también que se había estrellado a propósito; no podía ser de otro modo, eso fue lo que pareció, venía perfectamente, la pista despejada, libre, ni siquiera pasaba entonces ninguno de los demás competidores […] hasta dirían que, bueno, que había sido un accidente muy raro, que no todo parecía claro y que no se aclararía nunca, no se recogieron más restos que negra ceniza y trozos retorcidos de hierro, algo bien organizado, pero esta versión debió obedecer fundamentalmente al clima de miedo, de terror colectivo en que vivía el país entonces, justificado desde luego por todo lo ocurrido, muertes, violencias, ejecuciones de día y de noche en las calles de las ciudades y en los campos de batalla, pues no se encontró ni podía encontrarse razón alguna consistente ni causa suficiente para que nadie quisiera librarse de ese modo de un hombre como el doctor Castro (pp. 381-382).

AmbiguedadExisten varios recursos en la novela para expresar ambigüedad o indeterminación. Entre los que cita Yerro están los adverbios de duda: «operarios selectos, de mil a tres mil dólares, no más, o tal vez de dos mil a cinco mil» (p. 128); expresiones de suposición o probabilidad: «probablemente trabajan hasta sin anestesia» (p. 26) o «Los tres debían ser más o menos de la misma edad» (p. 128); cita de las fuentes de información: «Sus alumnos y el público que llegó a escucharle en sus casas atestiguan que era un hombre…» (p. 44); vacilación en la denominación de un personaje: el policía que mata al francotirador recibe todos estos apellidos: Callagham, Currighan, Cuningham, Carrigan, Callagan, Currigan, Culligham, Cuningan[5]. Esta imprecisión nos habla de la poca importancia que tiene en esa sociedad cada persona individual (la masa, el número cuentan más que el nombre propio): «Callaghan o Currighan, puesto que ni siquiera hubo interés en determinar bien su nombre» (p. 14). Sin embargo, este policía reaparece al final de la novela (es el que dispara sobre el cuerpo, ya muerto, de Adam) y se nos aclara su verdadero nombre, que no es ninguno de los hasta entonces señalados: «Se llamaba Colemann, en realidad, era de origen germano, y ya entonces lo habían ascendido a sargento» (p. 395).

Por último, no hallamos en la novela la técnica del laberinto, por la razón que apunta Yerro:

No tiene razón de ser hablar de este procedimiento narrativo en Corte de corteza. El propósito crítico de Daniel Sueiro y su concepción comprometida de la literatura, no podían avenirse bien con una técnica caracterizada por la oscuridad y la confusión, cuando lo que él busca es una audiencia amplia. El verdadero laberinto de la novela hubiera podido encontrarse en el ánimo del profesor Adam, pero he repetido con frecuencia que este aspecto psicológico del personaje había sido preterido por el autor[6].

Se puede concluir, como apuntan Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, que pese al empleo por parte de Sueiro de todas estas nuevas técnicas y estructuras (monólogo interior, estilo indirecto libre, multiperspectivismo, contrapunto, intervención de voces anónimas que se dirigen a los personajes, rupturas temporales, saltos espaciales…), «el grado de experimentación no llega a dificultar la lectura»[7].


[1] Tomás Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, Pamplona, Eunsa, 1977, p. 128.

[2] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[3] Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, pp. 142-143.

[4] Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, p. 196.

[5] Es algo similar a lo que pasa con el nombre del hidalgo manchego que se convierte en don Quijote: Quijano, Quijada, Quesada…

[6] Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, p. 159.

[7] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. XIII, Posguerra: narradores, Pamplona, Cénlit Ediciones, 2000, p. 875. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Estructura y técnicas narrativas en «Corte de corteza» de Daniel Sueiro: monólogo interior

Corteza-cerebral.jpgLa novela[1], recordemos, pertenece a un momento de renovación, de experimentalismo, y ello repercute en la forma en que Daniel Sueiro la ha compuesto. Ya el propio título elegido es bien sugerente: ese juego paronomástico de Corte de corteza se refiere a la corteza cerebral, lexía utilizada para designar la sustancia gris que recubre los hemisferios cerebrales. Antes de leer la novela no podemos saber a qué alude, pero una vez conocido su asunto, resulta muy adecuado. En cuanto a su división externa, la novela consta de 24 secuencias, sin numerar. El relato sigue un orden cronológico lineal, pero se van intercalando las historias de varios personajes, con lo que se recupera un tiempo anterior. De esas secuencias, algunas tienen especial importancia. Las más destacadas son la 4 y la 14 (que describen la polémica suscitada por la operación entre el doctor Castro y el Padre Lucini, el sacerdote del hospital), la 10 (que nos muestra cómo se realiza el trasplante), la 16 y la 17 (cuando Adam descubre su nuevo cuerpo), la 19 y la 23 (tras la operación, Castro y Adam intiman, dada la semejanza de su carácter), la 20 (en la que se cuenta la fiesta que tiene lugar en la finca del doctor Blanch, especie de congreso internacional de médicos que sirve de muestrario de algunas de las creaciones monstruosas que ha llevado a efecto) y, finalmente, la 24 (con la muerte de Castro y Adam). A continuación comentaré brevemente los distintos «aspectos técnicos y estructurales» de Corte de corteza según la tipología establecida por Tomás Yerro, a saber: monólogo interior, tempo lento, contrapunto, perspectivismo y laberinto[2].

En cuanto al empleo del monólogo interior, explica el citado crítico:

Daniel Sueiro se sirve de la técnica del monólogo interior con profusión en todas sus variedades: estilo directo, soliloquio, estilo indirecto puro y estilo indirecto libre. Estos monólogos son ordenados, lógicos, y no admiten ningún tipo de experimentalismo, como no sea la supresión de signos ortográficos para marcar la identidad del hablante. Monologan casi todos los personajes de la obra, pero cabría esperar más monólogos de Adam después de la operación, lo que hubiera representado conceder mayor importancia al verdadero problema que el planteamiento de la obra parecía exigir: el tema de la personalidad[3].

Señala también: «Queda en la novela como la huella de un narrador casi omnisciente que no se decide por entero a dejar a los personajes con plena libertad para expresar sus pensamientos»[4]. Y añade:

Todos los monólogos son claros, ordenados. […] La única nota llamativa (y no original) de estos monólogos es la ausencia de signos ortográficos para distinguir el monólogo de la narración. No obstante, es tal la claridad de los monólogos que en ningún momento el lector tiene dudas acerca de la identidad del hablante[5].

Citaré algunos pasajes que ejemplifican esta técnica; este es un caso de monólogo directo:

Por eso me parece ridículo, je, je, je, reía un tanto nerviosamente Rubén-Rubén, que una pandilla de doctores trate de poner trabas a mi trabajo y alguno de ellos se crea que su negocio es más serio que el nuestro (p. 140).

Véanse también estos otros de Adam al despertar de la operación:

Primero fue una visión fugaz de todo el rostro, una apreciación del conjunto, tan extraño, esa cara, esa cara que miro, que me mira en el espejo, muevo un músculo y se mueve, inclino la cabeza a la izquierda y se inclina a la derecha, la inclino a la derecha y se inclina a la izquierda, obedeciéndome, miro la boca luego, esos labios, pueden moverse, los hago mover, los muevo… (pp. 263-264).

Sabía que la muerte es una ausencia, y nada más que eso, ni más allá, ni más acá, ni lágrimas, ni quejas, ni una cuenta en el banco, ni unos papeles por firmar… (p. 279).

Cada vez me recuerdo menos, apenas noto ya mi ausencia. Puedo enfrentarme con mi pasado con cierta entereza. Y sólo lo lograré del todo si me doy tiempo, lo sé, o si me lo dan. Por otra parte, también creo deberle un mínimo respeto a esta nueva apariencia (p. 288).

El soliloquio con desdoblamiento del yo lo vemos en este caso:

Déjalos, Rubén-Rubén, peor para ellos, déjalos que sigan jugando. Están en su pequeño santuario, pequeños sacerdotes de sus ritos insignificantes, fuera y lejos de todo lo que realmente pasa en el mundo, reyezuelos en sus dominios, déjalos, déjalos, déjalos que se lo crean (pp. 138-139).

En una ocasión aparece un soliloquio en segunda persona, cuando un personaje se dirige a sí mismo, reprochándose algo:

Sólo algunos años más tarde se rió, se llamó estúpido, ¡estúpido!, ¡estúpido y mil veces estúpido!; te dejaste engañar por un falso espíritu de humanitarismo, sentiste más dolor que si hubieras sido tú mismo, hubieras preferido morir en su lugar, ja, ja, pues haberte muerto, imbécil, tan joven y con una carrera tan brillante por delante (p. 197).

Finalmente, es muy abundante el monólogo en estilo indirecto libre:

Bien, estaba vivo, eso ante todo, podía pensar en sí mismo, recordar su vida, historias pasadas, personas conocidas, a alguna de las cuales podía incluso echar de menos, lugares que había conocido, sitios en que había estado, fechas, sucesos, planes anteriores, hechos, citas, conocimientos, frases, palabras con las que expresarse y por fin el grito alegre de ¡mueran las palabras! Era él. Estaba vivo. Vivía. Podía recordar aquella mañana no demasiado lejana, no demasiado cercana, ¿cuándo?, no importa ya, el tiroteo, el cuerpo destrozado. Y ahora el nuevo cuerpo sano y entero, habría que afrontarlo, habría que superarlo. ¿De quién era? ¿A quién había pertenecido? ¿Quién había sido? ¿Quién había estado allí, allí donde él estaba ahora? Ya lo sabría. O no, tal vez mejor ignorarlo, ignorarlo todo de ese pasado, ya tenía el suyo, le bastaba, le sobraba. Tampoco era aquel el momento. Tiempo vendría, tiempo habría. Ahora tenía que mirarse en el espejo y empezar a conocerse (p. 263)[6].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] Ver Tomás Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, Pamplona, Eunsa, 1977.

[3] Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, p. 100.

[4] Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, p. 98.

[5] Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, pp. 99-100.

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: balance del Descubrimiento

En las dos novelas, En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen, Vicente Blasco Ibáñez defiende que el descubrimiento de América fue una empresa netamente española, que encabezó Colón como podía haberla capitaneado otro aventurero poco tiempo después. Destaca que los preparativos del primer viaje fueron una empresa popular; se trataba de una expedición comercial de particulares (Colón y los Pinzones), solo en parte costeada por los reyes:

Parecía esto un aviso de los otros viajes de descubrimiento que iban a multiplicarse en los años sucesivos, obra siempre de la colectividad, de la masa popular, de la verdadera nación española, en los cuales sólo ponían los reyes su autorización y el derecho de llevarse una quinta parte de las ganancias; viajes de ilusión, de heroísmo y de muerte, gracias a los cuales se descubrió y se colonizó en el breve espacio de medio siglo todo un nuevo mundo, la mayor parte de la llamada América, que después los mismos reyes explotaron torpemente y acabaron por perder (pp. 1290b-1291a)[1].

Los territorios descubiertos quedan descritos como una naturaleza virgen; los indígenas que los habitan son seres pacíficos e ingenuos: «Era la Humanidad antes del pecado original» (p. 1328b), «el continente de la humanidad risueña y sin malicia» (p. 1329a). Colón había descubierto un Paraíso pobre, en el que no halló las cosas soñadas, ni el oro ni las especias. Por otra parte, los indios, mansos y dóciles, no buscaban un trueque comercial con los hombres blancos, sino un trato místico (cfr. las pp. 1350a y 1352a), pues los creían hijos del cielo y aceptaban su religión como una magia superior (p. 1389a-b).

Colón en La Española

Por supuesto, Blasco Ibáñez constata en pasajes puntuales la violencia de aquel encuentro (muertes en las luchas, crueldades con los prisioneros, abusos a las mujeres, inicio de la esclavitud…), aunque no cae, como es lógico, en los tópicos de la leyenda negra difundidos desde otros países contra los españoles. Explica además que la guerra lo justificaba todo en aquella época (p. 1402a).

Respecto a los descubridores y conquistadores españoles, en estas novelas se destaca que fueron hombres de férrea voluntad, «hombres aficionados a la guerra, desdeñosos de la muerte, que parecían mostrarse más arrogantes según caían sobre ellos las miserias con peso abrumador» (p. 1390b). En ocasiones se comportaban como verdaderos protagonistas de novelas de caballerías por su nobleza y generosidad: «rivalizaban en grandeza de alma y sacrificio, pero siempre entre ellos, mostrándose implacables y crueles cuando trataban con otros que no fuesen de su raza» (p. 1489b). Así lo ponen de manifiesto los incidentes de Ojeda con Nicuesa y con Esquivel (son enemigos que, al encontrarse en situaciones de peligro, se comportan con extrema caballerosidad y olvidan los antiguos resentimientos y las amenazas cruzadas entre ellos; cfr., por ejemplo, las pp. 1476b-1477a). Hay, pues, en estas dos novelas americanas póstumas de Blasco Ibáñez un patriótico elogio, si no de la conquista del Nuevo Mundo, sí de los caracteres fuertes y valientes de aquellos conquistadores españoles que la hicieron posible[2].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: los personajes ficticios y su función

Fernando Cuevas y su compañera, la judía Lucero, son los héroes ficticios[1]. ¿Cómo engarzan estos personajes con el segmento histórico? En la primera novela Fernando sirve como paje de escoba al Almirante, fingiendo que Lucero es su hermano, para no separarse de ella; en la segunda cuentan con la protección de Ojeda, aunque luego se independizan como colonos en los nuevos territorios. Además, la pareja entronca con la historia por su enfrentamiento con Pero Gutiérrez, el repostero real.

Esta peripecia ficticia se desarrolla fundamentalmente en los capítulos II, 4, II, 5 y III, 2 de En busca del Gran Kan: durante el primer viaje, Pero Gutiérrez sorprende a los dos jóvenes besándose (la situación es muy comprometida porque, recuérdese, Lucero viaja disfrazada de hombre) y golpea a Fernando. Más tarde, los dos amantes tienen la oportunidad de bajar a tierra juntos y allí, en un lugar paradisíaco, «en medio de una naturaleza inocente, franca y pueril, igual a la de los tiempos anteriores al pecado original de la leyenda bíblica» (p. 1342a), consuman su relación amorosa. Todo este episodio constituye una clara paráfrasis del relato de la primera pareja del Génesis: como Adán y Eva, Fernando y Lucero se encuentran solos y desnudos en un jardín inmenso, comen la fruta de un árbol gigantesco y ni siquiera falta la mención de la serpiente. También esta joven pareja pronto va a ser expulsada de su paraíso: Pero Gutiérrez los sorprende, descubriendo la verdadera condición de Lucero; se explica así la misteriosa atracción que sentía antes por el paje.

Adán y Eva

Ya de vuelta en el barco, pretenderá abusar del secreto, queriendo forzar a la muchacha y, al ser rechazado, promete vengarse. En una nueva excursión a tierra, Gutiérrez sigue a los jóvenes y arroja a Fernando varias flechas envenenadas. Al errar sus tiros, Fernando toma una de ellas y le hiere en el cuello, dejándolo allí por muerto. En suma, en la primera novela el idilio de esta pareja, estorbado por el lascivo Pero Gutiérrez, forma la acción ficticia; pero se trata de breves secuencias narrativas incrustadas en el segmento histórico, que ocupa mucho más espacio y es más importante.

En la segunda novela, Lucero y Fernando viven bajo la protección de Ojeda. Blasco Ibáñez hace que la princesa Anacaona se prende del muchacho, aunque este vence tan «voluptuosa tentación» acudiendo al recuerdo de su esposa y su hijo Alonsico. Solo al ser rechazada por Fernando es cuando la bella indígena se interesa por el conquistador Ojeda. En la nueva ciudad de Santo Domingo, la pareja conoce cierta prosperidad, derivada del trabajo de Fernando como veedor en las minas. El antiguo paje Cuevas se ha convertido en un hombre maduro y Lucero es una mujer fuerte, que todavía viste a veces de hombre. Juntos llevan una existencia feliz y tranquila, alterada tan solo en el capítulo II, 4, cuando los atractivos de Lucero despiertan el deseo de Ojeda; no obstante, ella sabrá rechazarlo con energía y dominar la situación.

El matrimonio acumula lentamente su riqueza y Lucero ya no desea participar en nuevas aventuras descubridoras. Cuando Ojeda pretenda que Fernando empeñe sus propiedades para fletar un bergantín, ella dejará bien claro que el verdadero oro se obtiene cultivando la tierra y vendiendo a los colonos tocino y pan; y vaticina: «Solo serán verdaderamente ricos los que trabajen la tierra» (p. 1509a). Cuevas, ya viejo y cansado tras su agitada vida, oye hablar de las hazañas de Cortés y Pizarro en Perú y México. Él y Lucero son los únicos supervivientes que quedan en la isla del primer viaje. Su hijo Alonsico juega con los hijos mestizos de Ojeda, que pronto muestran su carácter altivo y orgulloso: ellos son criollos, han nacido allí, a diferencia de sus padres, que han venido de fuera. En fin, el comentario de Fernando al ver la actitud agresiva de su hijo vaticina la futura independencia de las naciones hispanoamericanas:

De España vinimos para trabajar, para construir un mundo nuevo, rabiando y muriendo muchas veces como animales. Lo que hacemos ahora tal vez dure siglos, y después llegará un día en que los hijos de nuestros hijos nos echarán tranquilamente de la casa que levantamos para ellos a costa de tantos sufrimientos, de tanta sangre… (p. 1509b)[2].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Martín Alonso Pinzón en «En busca del Gran Kan», de Vicente Blasco Ibáñez

Martín Alonso Pinzón Martín Alonso Pinzónes retratado como un hombre de mando (p. 1294a)[1], de gran temple de alma. Frente a la impopularidad de Colón, de él se nos dice que es la persona más carismática del condado de Niebla. Blasco Ibáñez opina que Pinzón buscó el dinero complementario que hizo posible el primer viaje y que se asoció de palabra con Colón: los dos eran, por tanto, socios con derechos iguales en la aventura. La novela nos lo describe como un experto hombre de mar: «Martín Alonso era infinitamente superior como marino a este Almirante que llegó con el tiempo a ser experto en la navegación, pero en este primer viaje mostró timideces, vacilaciones e inexperiencias propias de un simple aficionado a las cosas del mar» (p. 1349b). Para Blasco Ibáñez, los Pinzones fueron sin duda alguna «el alma marinera de la expedición» (p. 1334a).

Si Colón es retorcido y avaro, Pinzón se muestra franco y generoso (p. 1371a). En el viaje de vuelta, Martín Alonso, verdadero «atleta del mar» (p. 1381b), llega a España directamente, sin perder el rumbo; pero muere y queda secreto el contrato verbal que hizo con Colón. En cualquier caso, las preferencias del autor quedan claras al dedicarle un exclamativo apóstrofe de despedida: «¡Adiós, Martín Alonso! ¡Adiós para siempre!» (p. 1382a)[2].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Alonso de Ojeda en «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez

Alonso de OjedaAlonso de Ojeda es el antagonista de Colón en la segunda novela del díptico, El caballero de la Virgen, que continúa a En busca del Gran Kan[1]. Algún rasgo lo emparienta con el Almirante, pues también él está predispuesto a aceptar «todo lo que fuese audaz y extraordinario» (p. 1400b) y es «tan imaginativo y entusiasta» como aquel (p. 1408b). Se trata de un «supersticioso caballero» que cree que la Virgen lo protege: lleva su imagen colgada del arzón de su caballo y nadie le ha herido jamás. Ojeda aparece como un magnífico caudillo militar, valiente y astuto: «Era el único que sabía infundir valor a los débiles y sostener la voluntad de los enérgicos, mostrándose en todas partes. Cada soldado, al verlo, creía seguir a un poderosísimo ejército» (pp. 1481b-1482a). De su decisión e ingenio da buenas muestras en la captura del cacique Caonabo, en el combate con los indígenas en Yubarco, al dominar la situación en el barco del pirata Talavera o al cruzar con sus hombres la isla de Jamaica, sufriendo mil penalidades.

Alonso de Ojeda es intrépido, altivo y orgulloso; pero, a diferencia del avariento Colón, muestra su «pródigo carácter» derramando su oro en los momentos prósperos: «Quería riqueza para repartirla a manos llenas» (p. 1448b). Frente al Almirante, que se olvida por completo de Beatriz, Ojeda recordará siempre a su amada doña Isabel, la hija del licenciado Herboso. En resumen, Ojeda es presentado como un experto jefe militar, de la misma forma que Pinzón aparecía como avezado marino. Los dos sirven de contrapunto a la figura de Colón, de forma que las buenas cualidades de estos subrayan por contraste las inferiores condiciones del genovés.

Colón, Pinzón y Ojeda son los principales personajes históricos de estas dos novelas de Blasco Ibáñez. Hay otros dos, menos importantes, pero que merece la pena destacar por el tratamiento que reciben, que los acerca a la categoría de los personajes de ficción. Me refiero a Beatriz Enríquez de Arana, la mujer de la que se enamora Colón, transformada por el amor, alegre y soñadora; y a Pero Gutiérrez, repostero de la casa real, convertido en el villano de estas novelas por la saña con que persigue a Fernando y Lucero. Por otra parte, el censo de personajes históricos es muy elevado. Aunque no intervengan como protagonistas en un primer plano de la acción, tienen cierta relevancia los Reyes Católicos, el doctor Gabriel de Acosta, fray Hernando de Talavera, Juan de la Cosa, el obispo Fonseca y los personajes indios Guanacarí, Caonabo o Anacaona. Muchos otros desfilan por las páginas de estas novelas meramente aludidos: Rodrigo de Borja, el cardenal Mendoza, Alfonso de Quintanilla, fray Diego de Deza, Luis de Santángel, Rafael Sánchez, Diego de Arana, Juan Pérez, Garci Hernández, Juanoto Berardi, Américo Vespucio, el Padre Boil, Bernal Díaz de Pisa, Fermín Cado, Pedro Margarit, Juan Aguado, Miguel Díaz, Hernando de Guevara, Francisco de Bobadilla, Nicolás de Ovando, Diego de Nicuesa, Rodrigo de Bastidas, Diego Velázquez, Pánfilo de Narváez, Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Martín Fernández de Enciso, Lope de Olano, Bernardino de Talavera, Núñez de Balboa, Zamudio, Valdivia, Rodrigo de Colmenares…[2]


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Cristóbal Colón en «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez

Cristóbal ColónEn El caballero de la Virgen[1] se reiteran los mismos rasgos de su carácter que veíamos en la primera novela, En busca del Gran Kan. Su codicia y su orgullo hacen crecer la animadversión contra él y sus hermanos, Diego y Bartolomé, tan ambiciosos como Cristóbal: «Donde estén los Colones, todo es para ellos y nada queda para los demás. Les ofende tener amigos: solo admiten servidores» (p. 1432b), explica Ojeda. Más tarde añade que esa familia es «gente ávida, capaz de disputar hasta las migajas a cuantos les siguiesen» (p. 1434b). Expresiones como «elocuencia imaginativa», «geografía delirante», «geografía fantástica» se repiten hasta la saciedad. A la quimera del oro se suma en el tercer viaje la «manía mística» y la creencia de haber localizado el Paraíso terrenal. Colón sigue acumulando errores garrafales: piensa que la tierra tiene forma de pera y que, al hallarse en la zona del pezón, tiene que navegar hacia arriba, remontando el mar. Sus hermanos rivalizan con él en avaricia: no reparten el oro ni los víveres y son violentos, crueles en los castigos, «imperiosos, faltos de condiciones de mando, sin generosidad alguna, con una rapacidad que acababa por alejar de ellos a las gentes» (p. 1440a). También en España crece la impopularidad de Colón, hasta el punto de que sus hijos, pajes de los reyes, reciben el nombre de «los mosquitillos» (porque su padre chupa la sangre de los españoles). El cuarto viaje fue «su última aventura de navegante visionario, […] la última quimera de su vida, el postrer sueño dorado, enardecedor de sus ansias de poder y riqueza» (p. 1450a-1450b). Tras poner de relieve una vez más «las fantasías del Almirante», sus «quimeras geográficas», la «geografía delirante aprendida en Marco Polo y Mandeville», el novelista escribe:

Colón, poeta del mar, perturbado mentalmente por la vejez y el exacerbamiento de sus fantasías, empezaba a saber menos que muchos pilotos vulgares y prácticos. Además, en España eran cada vez más los hombres de estudio que se reían del Gran Kan y todas las quimeras asiáticas del almirante, afirmando que las tierras descubiertas eran un nuevo mundo. Pero don Cristóbal seguía aferrado a su ilusión, declarando ignorantes a cuantos ponían en duda sus afirmaciones. Él solamente podía conocer la verdad (p. 1452ab)[2].

En las pp. 1452-1453 se resumen sus cuatro viajes y sus errores, para concluir que Colón fue un soñador idealista («De cada uno de sus viajes traía el Almirante una ilusión dorada y triunfadora, siendo siempre la última la mejor», p. 1452b), un «sembrador de doradas quimeras» (p. 1453a) que se creía dueño único de los rumbos, aunque muchos otros marinos le superaban en pericia y conocimientos. En España, casi nadie se acuerda de él, a no ser los sabios, que se burlan de «sus enormes errores científicos» y de las «inexactitudes fantásticas» de sus relatos: «No describía los países vistos por él como debe hacerlo un explorador. Los iba amoldando a los libros que llevaba leídos y a su geografía quimérica de Asia» (p. 1456a). Colón morirá olvidado de todos, y sería Américo Vespucio quien daría nombre al nuevo continente.

En definitiva, Blasco Ibáñez nos ofrece en estas dos novelas una visión completamente desmitificada de Colón, al presentarlo como mal marino en el mar y peor gobernante en tierra[3]. Por otra parte, en el epílogo de En busca del Gran Kan, «El misterio de Colón. El novelista al lector», explica las tres hipótesis más verosímiles por las que tuvo tanto interés en ocultar su pasado: 1) por vanidad, para no revelar su origen modesto; 2) porque fue pirata y negrero; 3) porque era judío. Ahí lo enjuicia como una «personalidad compleja, abundante en cualidades geniales y defectos enormes» (p. 1396b). Destaca además que el aventurero Colón realizó su proyecto con el auxilio de los españoles («Cuanto hizo fue apoyándose en España, que le dio dinero, buques y hombres», p. 1394a). Fue navegante de gran experiencia, pero mucho menos práctico que los Pinzones. Como hombre de ciencia, conoció tan solo lo que era de conocimiento vulgar, y el descubrimiento se hubiera hecho igual sin él pocos años después. Este es el balance final de su figura:

Colón no fue sabio ni santo. Fue simplemente un hombre extraordinario, dotado de gran imaginación y firmísima voluntad, con alma de poeta y avaricias de mercader, audaz unas veces y otras prudente en exceso, hasta el punto de dejar sin terminación las más de sus exploraciones; genial en muchas de sus concepciones y en otras obcecado y testarudo de un modo incomprensible. En resumen: un hombre de enormes cualidades y grandes defectos, favorecido extraordinariamente por la suerte en su primer viaje y maltratado por ella en los siguientes, que encontró un nuevo mundo sin saberlo nunca, tropiezo el más famoso y trascendental de la historia humana (p. 1398b)[4].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Piensa Acosta: «¡Quién sabe si algún día el vulgo hará de este visionario de pocas letras un hombre de saber inmenso, aislado en medio de la ignorancia de su época, y a nosotros, los pocos que teníamos un conocimiento más aproximado a la realidad, nos presentarán como unos asnos!…» (p. 1456).

[3] También ha insistido en que probablemente no fue el primero en llegar a aquellas tierras, sino que hubo descubridores que le precedieron.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.