«Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: estructura y contenido

NovelistaDescubre.jpgEl libro de Miguel Delibes Un novelista descubre América[1] consta de una dedicatoria, un prólogo y dieciséis capítulos numerados en romanos: «Volando hacia Río de Janeiro», «Interpretación de Buenos Aires, una ciudad en marcha», «Argentina sigue siendo el país de las oportunidades», «Un país que ha puesto puertas al campo», «El gigantesco espectáculo de los Andes», «La superficie de Chile es alargada… e inestable», «Santiago: el decorado se traga la obra», «El chileno es un andaluz al baño maría», «Los chilenos mueren del corazón», «Juan Verdejo ‘el Roto’», «La cocina criolla es tan compleja como contradictoria», «Un paraíso para cazadores y pescadores», «Norte y Sur: dos paisajes, dos tipos, dos formas de vida», «El ocaso del indio araucano», «Valparaíso y Concepción, pilares provincianos» y «Mesa revuelta y punto final». Tal vez convenga recordar algunas palabras del prólogo, en las que Delibes nos advierte acerca del carácter de «escritos a vuelapluma» que tienen estas crónicas, que nos transmiten una impresión de cercanía y sinceridad con respecto a «lo visto y lo vivido»:

Uno está al cabo de la calle de que elaborando pacientemente estos materiales de que dispone, reunidos con cierta constancia e indiscutible amor en reciente viaje a Sudamérica, hubiera conseguido un volumen macizo, de ardua digestión; uno de esos hermosos volúmenes que incitan al lector a pensar del autor que está amplia, profusa, penosamente documentado. Está bien. Uno pudo hacer eso y, sin embargo, no lo hizo, porque, de haberlo hecho, uno, con el corazón en la mano, no se hubiera quedado a gusto. Uno, honradamente, ha preferido no manipular estos materiales porque acontece, en ocasiones, que en fuerza de dar vueltas a las cosas, de inducir y deducir, de dejarse arrastrar por apariencias causales, el escritor termina escribiendo «blanco» donde quiso —y debió— escribir «negro». En estos negocios de los viajes, nada como la primera impresión; el destello inicial que viola la conciencia virgen es lo que vale. La reflexión posterior no consigue sino deformar las cosas. […] Vayan, pues, al lector mis leves impresiones sobre Sudamérica tal y como nacieron. Tal vez de este modo no resulten profundas, pero a trueque —y uno cree lealmente que jugamos con ventaja— pueden ser espontáneas y hasta sinceras (pp. 9-10).

Estoy plenamente de acuerdo con José Francisco Sánchez, quien ha sintetizado las características de estos escritos, poniendo de relieve su adscripción al género periodístico antes bien que al literario:

Estas primeras crónicas de viaje —sin duda influenciadas en alguna medida por las que Pla y otros escritores de Destino enviaban a esta revista— fijan casi todas las características que mantendrá, en adelante, para las crónicas de este tipo. Aunque Delibes recopilaría con el tiempo todas sus crónicas de viaje en diversos libros, éstos no son propiamente «libros de viaje», en el sentido que de modo habitual se otorga a tal género literario, sino lo dicho: un compendio de crónicas periodísticas. Delibes, ante todo, hacía periodismo. Es decir, pretendía informar antes que hacer literatura. Escribe para los lectores de periódicos, no para ese otro público, mucho más reducido, que compra o lee los libros de viajes. Pero tampoco son informes asépticos: normalmente sus crónicas carecen de datos estadísticos, de citas, de referencias a estudios y manuales. Delibes describe desde sí mismo, desde sus propias y personalísimas impresiones —no se documenta previamente sobre el país que pretende visitar—, pero pensando en cómo verían sus lectores eso mismo que él ve y describe. Y precisamente porque al hombre le interesa, primero que nada, el hombre. Nada parece interesarle —ni siquiera el paisaje— sino en conexión inmediata con la vida del hombre. Todo ello lleva consigo un alud de consecuencias prácticas en su estilo. Concebirá, por ejemplo, todas sus crónicas de viaje como una conversación con el lector[2].

El contenido esencial del libro es, por tanto, el hombre y su marco físico o, dicho con otras palabras, el paisaje y el paisanaje. Por otra parte, Sánchez destaca que Delibes no narró sus impresiones por orden cronológico, sino agrupándolas por temas. En las entradas que seguirán, trataré de sintetizar esas impresiones que despertó en Delibes su estancia en Chile en torno a dos grandes apartados: el escenario físico, por un lado, y la sociedad (tipos y costumbres), por otro, con una referencia final sobre el habla del país andino[3].


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] José Francisco Sánchez, Miguel Delibes, periodista, Barcelona, Destino, 1989, p. 116.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

Miguel Delibes: un viaje a América, dos obras literarias

Miguel_DelibesEn la primavera de 1955, invitado por el Círculo de Periodistas de Santiago de Chile, Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) realizó su primer viaje a América. Voló desde el aeropuerto de Barajas el 26 de marzo, para regresar a España en los primeros días de junio. Dejando de lado las escalas en Brasil, Uruguay y Argentina, en su viaje el periodista tuvo la oportunidad de conocer, con cierta profundidad, Chile y sus gentes. Dictó conferencias en Santiago, Valparaíso y Concepción y escribió una serie de dieciséis artículos para El Norte de Castilla que aparecieron bajo el título «Del otro lado del charco». Esas crónicas se recopilarían al año siguiente en el libro Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (Madrid, Editora Nacional, 1956[1]). Dos años después, ese conocimiento directo de la realidad chilena volvería a transformarse, ahora no en materia periodística sino literaria, en su novela Diario de un emigrante (1958), continuación de Diario de un cazador, con el bedel Lorenzo y su esposa Ana trasladados a Chile como emigrantes en busca de fortuna. La génesis de esta novela la explicaba Delibes a César Alonso de los Ríos con estas palabras:

Diario de un cazador salía el mismo día que yo cogía el avión para Chile. Me llevaron el primer ejemplar al aeropuerto. De manera que mi lectura del Diario de un cazador durante la travesía me dejó tan reciente la conciencia de Lorenzo que, cuando me enfrenté con Sudamérica, lo vi todo a través de los ojos del cazador. Era ya una especie de obsesión llegar a Río de Janeiro y pensar qué diría Lorenzo de esta ciudad, de este «traumatismo», qué diría Lorenzo de este campo, qué diría Lorenzo de estas perdices. De manera que lo del emigrante vino rodado[2].

Y, de forma similar, se expresa en el prólogo al tomo II de su Obra Completa:

Cuando yo volé a Chile en marzo de 1955, Vázquez Zamora me llevó al aeropuerto el primer ejemplar de Diario de un cazador, lo que quiere decir que la primera lectura de mi libro coincidió con mi viaje a Sudamérica. Dado el contagio antedicho [alude al de las expresiones populares] y los profundos relejes que la concepción y gestación del diario de Lorenzo habían dejado en mi cerebro, no tiene nada de particular que yo me enfrentase a la realidad americana desde una mentalidad pareja a la de Lorenzo y, en consecuencia, mis ojos romos y vírgenes reaccionasen ante las nuevas formas de vida que aquel continente me brindaba lo mismo que hubieran reaccionado los del sencillo protagonista de mi libro. […] Yo miraba las cosas con ojos de Lorenzo y mis cacerías en Melipilla, ante la tórtola andina o la perdiz cordillerana, me invitaban a sentar un juicio, pero, antes que mi propio juicio, yo sentaba el de Lorenzo que, en definitiva, era yo, pero un «yo» rebajado. Así se fraguó, impensadamente, el Diario de un emigrante[3].

Como es lógico, la crítica ha señalado la clara relación existente entre ambos libros «americanos»; por ejemplo, Amparo Medina-Bocos, en su estudio preliminar a la edición de la novela, escribe:

La lectura en paralelo de Un novelista descubre América y Diario de un emigrante depara no pocas sorpresas. Sorprende, en primer lugar, comprobar hasta qué punto las experiencias del viajero Delibes se convierten en materia novelesca en el nuevo diario de Lorenzo. Hasta cincuenta referencias similares aparecen en ambas obras: observaciones sobre costumbres, paisajes, tipos, gastronomía, anécdotas realmente vividas o conocidas por Delibes en su estancia en el país andino se incorporan a la experiencia chilena del cazador castellano. Desde el momento en que Lorenzo y su mujer llegan a Río, las anotaciones de viaje de Delibes y lo que Lorenzo escribe en su diario resultan asombrosamente coincidentes (p. XVI).

Pero matiza, acertadamente, respecto al tono diferente que presentan ambos discursos:

La lectura simultánea de los dos textos delibeanos permite no sólo constatar coincidencias sino algo aún más fascinante: comprobar cómo una misma realidad se encuentra verbalizada de dos formas tan distintas. La objetividad del Delibes periodista contrasta con la expresividad del discurso de Lorenzo, lo que en Por esos mundos es pura referencia se convierte en discurso emotivo, en expresión de sentimientos (asombro, sorpresa, emoción…) cuando es el cazador quien lo enuncia (p. XVII)[4].

Por su parte, Ramón García Domínguez apunta que «en ambos libros es fácil reconocer que el paisaje, los escenarios y la galería de tipos son prácticamente los mismos»[5] (p. 174), y también un cotejo de ambas obras lo ofrece Marta Portal, al estudiar la construcción de la novela sobre la falsilla del libro de viajes[6].

Las impresiones de Chile que Delibes dejó reflejadas tanto en el libro recopilatorio de sus crónicas de viaje como en la novela posterior son muy precisas: tanto el periodista Delibes como el escritor Delibes supieron captar con notable acierto —y también, lo adelanto ya, con mucho humor— los principales aspectos (geográficos, sociales, culturales, económicos…) del Chile de mediados del siglo XX, así como la idiosincrasia de sus habitantes, sus costumbres o su peculiar forma de hablar y su léxico (dará entrada, por ejemplo, a varios chilenismos léxicos y otros giros lingüísticos). Dado que la novela Diario de un emigrante ha recibido más atención por parte de la crítica[7], voy a centrar mis comentarios de las próximas entradas en Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), obra cuyo contenido quizá no resulte demasiado conocido en el propio país objeto de la visita. Puede decirse que, en su viaje, Delibes descubre Chile, y con su libro nos lo describe: capta la realidad del país con la atenta mirada de un periodista despierto y nos transmite sus impresiones añadiendo, pudiéramos decir sin casi exagerar, la finura de análisis de un experto sociólogo[8].


[1] Cito por esta edición, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010). Ver también la muy reciente biografía de Ramón García Domínguez, Miguel Delibes, de cerca, Barcelona, Destino, 2010. Otros trabajos interesantes para contextualizar al autor son los de Edgar Pauk, Miguel Delibes: desarrollo de un escritor (1947-1974), Madrid, Gredos, 1975; Alfonso Rey, La originalidad novelística de Miguel Delibes, Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 1975; Ramón García Domínguez, Miguel Delibes: un hombre, un paisaje, una pasión, Barcelona, Destino, 1985; Manuel Alvar, El mundo novelesco de Miguel Delibes, Madrid, Gredos, 1987; Cristóbal Cuevas García (dir.) y Enrique Baena Peña (coord.), Miguel Delibes: el escritor, la obra y el lector, Barcelona / Málaga, Anthropos / Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga, 1992; y José Jiménez Lozano (dir.), El autor y su obra: Miguel Delibes. Madrid, Actas, 1993.

[2] César Alonso de los Ríos, Conversaciones con Miguel Delibes, Madrid, Magisterio Español, 1971, p. 137.

[3] Miguel Delibes, Prólogo al tomo II de su Obra Completa, Barcelona, Destino, 1966, pp. 14-15.

[4] Y más adelante remacha: «El aprovechamiento masivo de lo observado por el Delibes periodista para la construcción de su novela es claro. Y evidente es, asimismo, la maestría con que lo escrito por el reportero cambia de registro al ser puesto en boca del personaje novelesco» (p. XXIII). Ver también Gloria Inés Sanabria Martínez, Presencia de América en la novelística de Camilo José Cela, Miguel Delibes y Gonzalo Torrente Ballester, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2001.

[5] Ramón García Domínguez, «El mundo y yo. (Libros de viajes de Miguel Delibes)», en Ramón García Domínguez y Gonzalo Santonja (eds.), El autor y su obra: Miguel Delibes, Madrid, Actas, 1993, p. 174.

[6] Ver Marta Portal, «Diario de un emigrante, una lectura sobre falsilla», Especulo. Revista de Estudios Literarios, 28, 2004-2005, s. p.

[7] Pienso, especialmente, en el trabajo de Marta Portal mencionado en la nota anterior y también en el de Susanna Regazzoni, «L’America nel Diario de un emigrante di Miguel Delibes», Studi di Letteratura Ispano-americana, 10, 1980, pp. 129-133.

[8] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

«El cautivo de Argel» de Ezequiel Endériz: notas sobre el estilo

Seguramente el rasgo estilístico más notable de la novela corta de Ezequiel Endériz[1] es la abundancia de símiles e imágenes: la mañana como una rosa de mar abierta (p. 7a); el agua del mar como esmeralda líquida (p. 8b), que enciende las islas Tres Marías «como tres rubíes» (p. 8b), las cuales se equiparan además con oasis y estrellas (p. 9); las naves corsarias de Arnaute aparecen «ligeras como centellas» (p. 10a); en la descripción de la ciudad de Argel, «blanca y marítima, con rumores de caracola» (p. 13a), la torre de la mezquita se alza «como una flecha dorada» (p. 13a); las estrellas son «novias blancas / que viajan por el cielo en un coche / de pedrerías» (p. 26b), etc. Encontramos alguna metáfora I de R: «el dulce caramelo de su vida» (p. 9), alguna serie trimembre: «Yo soy blando, generoso, magnánimo…» (p. 11b); y algún recurso de oralidad, del tipo: «Ved… y ved…» (p. 11b).

Algunos breves pasajes, sobre todo descriptivos de paisajes o ambientes, presentan cierto tono poético: «Y las estrellas, líricas y movedizas, iban colocándose en el amplio terciopelo de la noche argelina que recogía la canción aquella como en una ancha copa de brisa y ensueño…» (p. 26a-b); «La noche era clara, demasiado clara. Sobre Argel dormida, la plata de la luna sacaba metálicos reflejos de la blancura de las casas. Todo era silencio y misterio» (p. 28a). Ya he comentado, además, que en el relato se intercalan algunos poemas, atribuidos a Cervantes, pero compuestos en realidad por Endériz.

El humor y la ironía se hacen presentes por medio de breves comentarios puestos en boca de Cervantes: por ejemplo, la referencia antisemita al hablar de los mercaderes judíos que van en la Mendoza (dice que se jugarían la vida, pero no la mercancía, p. 8a)[2]. Cuando el corsario que los apresa comenta que los prisioneros que no tengan dinero serán convertidos en esclavos o servirán como alimento para sus tigres, Cervantes comenta irónico: «Tanto honor, señor capitán…» (p. 12a). Luego el rey de Argel le explica que ha pedido como rescate su peso en plata, y Cervantes le replica que le pese pronto o le den más de comer, porque si no perderá dinero. En un determinado momento, Juan afirma que Zulima es la mujer de su vida, a lo que responde Cervantes: «Cuidado, porque estas mujeres de nuestra vida suelen ser las mujeres de nuestra muerte» (p. 22b)[3].

En fin, llamaré la atención sobre algunos deliciosos anacronismos o errores (no los considero voluntarios) que incluye la novela: ya en la primera línea, el narrador habla de las fragatas españolas (p. 7a); poco después alude a las piraguas corsarias de Arnaute (p. 10a); en los baños, la corneta del presidio toca diana (p. 21a); Zulima es «tostada como un nardo» (sic, p. 22a)…

Ciertamente, no estamos ante una novela de excepcional calidad literaria que evoque narrativamente el cautiverio de Cervantes en Argel. Sí ante una pieza curiosa e interesante, sin mayores pretensiones literarias, en la que lo esencial es la caracterización de Cervantes, como escritor y como cautivo anheloso de libertad. O, mejor: la identificación personal e íntima que se adivina ­—aunque no se explicita— entre el protagonista del relato, Cervantes, el cautivo de Argel, y el autor, Ezequiel Endériz, republicano español exiliado en Francia[4].

Busto de Ezequiel Endériz, por Fructuoso Orduna


[1] Cito por Ezequiel Endériz, El cautivo de Argel. Novela corta inédita, Toulouse, [Imprimerie Portes et San Jose], s. a. [D. L., 1949].

[2] También en el capítulo III gasta bromas a un judío.

[3] Se trata de un comentario humorístico, pero acabará convirtiéndose en trágica realidad.

[4] Jesús Arana Palacios, «Más noticias sobre Ezequiel Endériz», Príncipe de Viana, año 54, núm. 199, mayo-agosto de 1993, p. 498. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El cautivo de Argel, de Ezequiel Endériz o de cómo “la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma”», en Emilio Martínez Mata y María Fernández Ferreiro (eds.), Comentarios a Cervantes. Actas selectas del VIII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Oviedo, 11-15 de junio de 2012, Madrid, Fundación M.ª Cristina Masaveu Peterson, 2014, pp. 288-299.

El retrato de Cervantes en «El cautivo de Argel» de Ezequiel Endériz (y 3)

En fin, el capítulo IV y último de El cautivo de Argel de Ezequiel Endériz[1] insiste en esa leal amistad que se ha entablado entre el jardinero Juan y Cervantes, y también en el deseo de libertad del escritor. Cervantes, en efecto, se siente libre escondido en el pozo del jardín:

Dura y penosa era la existencia del pobre Miguel de Cervantes en aquel miserable pozo del jardín de Azán Bajá que Juan de Valtierra le había proporcionado como escondite, hasta esperar su liberación. Pero con todo, no pasaba día sin que Cervantes diera gracias a Dios por tan tremendo beneficio, pues entre vivir la esclavitud de los baños y sin esperanza, y aquella relativa libertad y la creencia de poder escapar un día, no cabe duda que existía un beneficio. Además había conocido a Valtierra, un hombre completo, un amigo leal, una de esas almas que confirman lo que el hombre tiene de buena levadura cuando no de mala (p. 24a).

En esas largas horas de inactividad y reflexión, Cervantes sigue soñando con la libertad: «y soñaba con la libertad. Y la veía siempre en forma de paloma. Llegaba hasta él, revoloteaba sobre su cabeza, se posaba sobre sus hombros y cuando se alargaba su mano para conseguirla, se le escapaba siempre» (pp. 24a-24b). Cuando se acerca el momento de la fuga, Juan le anima diciéndole: «Es que hace falta valor», a lo que responde Cervantes: «Para huir de Argel, no me falta… No tanto para huir de ti puesto que, para mí, ya eres como un hermano…» (p. 24b). Juan, que también le ha cobrado gran afecto, vaticina ahora: «Tengo para mí que, andando el tiempo, tú serás una gloria de nuestra patria» (p. 25a). Ambos hombres se dan mano y se abrazan, ya totalmente identificados.

CervantesCautivo

Nos acercamos al desenlace. La impaciencia devora a Cervantes: «Dios había atendido su ruego… A España, a la patria otra vez…» (p. 26a). Y se despide del buen jardinero con estas palabras: «¡Adiós, amigo mío, hermano! ¡Suceda lo que suceda, no te olvidaré nunca!» (p. 28b). Todo está preparado, un bajel cristiano espera cerca… Sin embargo, la llegada de El Dorador con gente armada desbarata el plan; indica que busca a Juan, y que no tiene nada contra Cervantes; es más, se ofrece a protegerlo, pero este dignamente rechaza su protección. El escritor es devuelto a su prisión:

La policía del Baxí, que ya se llevaba a Valtierra por delante, ató fuertemente a Cervantes, después, y lo trasladó de nuevo a los baños, donde se le sujetó con una cadena. El sueño de su libertad se ha esfumado otra vez. Ya, de nuevo en la cárcel, sólo piensa en la suerte que correrá su amigo, el leal Juan de Valtierra, el amante de Zulima, la hija del rey Azán, el hombre apasionado y bueno (pp. 28b-29a).

Juan es ahorcado al día siguiente en los jardines reales. La princesa ha tratado de interceder por él, pero no ha servido de nada. Estas son las líneas finales de la novela:

Cervantes llora amargamente. Y no aquel día solamente, sino cuantos le quedaban todavía por estar en prisión en aquel cautiverio que duró más de cinco años y del que él solía decir, ya libre y en España:

—Ni me salvaron los frailes dedicados a rescatar cautivos, ni el Estado de la Monarquía que defendí y por la que perdí mi mano izquierda. Me salvaron los amigos, que son los únicos que existen, cuando existen (p. 29b).

Un aspecto que no he comentado todavía, pero que resulta bastante evidente, es el paralelismo que existe entre la situación del protagonista del relato y la del autor, un exiliado republicano español, también escritor; entre la falta de libertad que padecen los cristianos en Argel y la situación en la España de los primeros años de posguerra, paralelismo que se explicita, por ejemplo, cuando el autor equipara los baños con los campos de concentración de su presente histórico («aquella prisión, que hoy llamaríamos campo de concentración», p. 18b). Es un detalle que ya notó Jesús Arana Palacios: «Hace decir Ezequiel Endériz a Cervantes en esta obra frases que podrían aplicarse sin mucha dificultad a la propia situación del novelista»[2].


[1] Cito por Ezequiel Endériz, El cautivo de Argel. Novela corta inédita, Toulouse, [Imprimerie Portes et San Jose], s. a. [D. L., 1949].

[2] Jesús Arana Palacios, «Más noticias sobre Ezequiel Endériz», Príncipe de Viana, año 54, núm. 199, mayo-agosto de 1993, p. 498. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El cautivo de Argel, de Ezequiel Endériz o de cómo “la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma”», en Emilio Martínez Mata y María Fernández Ferreiro (eds.), Comentarios a Cervantes. Actas selectas del VIII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Oviedo, 11-15 de junio de 2012, Madrid, Fundación M.ª Cristina Masaveu Peterson, 2014, pp. 288-299.

El retrato de Cervantes en «El cautivo de Argel» de Ezequiel Endériz (2)

Otro pasaje interesante del capítulo segundo de El cautivo de Argel de Ezequiel Endériz[1] lo constituye su diálogo en los baños con los alféreces Ríos y Castañeda. Ambos están felices porque confían en que llegará pronto su rescate; «Cervantes, en cambio, pobre soldado confundido con un príncipe, tenía sobre él la amenaza de que aquello durara una eternidad» (p. 17b). Pero, pese a todo, se muestra «animoso y jovial». Les dice que ellos no le hacen daño con su alegría, y asegura que será libre escribiendo:

—No lo creáis… No soy tan necio ni tan egoísta que piense que el mal de todos alivia el mío… Sed libres y felices… Es lo que yo os deseo… En cuanto a los días amargos que me esperan, estad seguros que sabré aliviarlos si tengo herramientas con que escribir, que la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma; puede, en fin, más que el más bárbaro verdugo y la más dura prisión (p. 17b).

Y comenta el narrador para cerrar el capítulo: «El espíritu de Cervantes se plasmaba en aquellas sus dulces palabras de consolación, volaba hacia las luces de la tarde que declinaba; tenía catorce alas como un soneto…» (p. 17b).

CervantesCautivoenArgel

El comienzo del capítulo tercero nos retrata a Cervantes como hombre curioso: se insiste en que no cree cercana su liberación, por el mucho dinero que piden por ella. ¿Qué hacer, entonces? «Paciencia; mirar a este cielo turquesa de Argel y estudiar a este mundo nuevo en que hemos caído, procurando sacar provecho de la lección» (p. 18b). Por su parte, el narrador comenta: «ya hemos visto que tomó con resignación su triste suerte» (p. 19b)[2]. Y lo retrata también como hombre decidido a la libertad; cuando El Dorador le propone la fuga, le responde así:

—Un brazo me falta, y si no me faltara, diéralo con gusto por la libertad, que, sin libertad, la vida es mil veces peor que la muerte misma. Así pues, a aquel que lograrme pueda esa libertad y lo haga con el desinterés que tú me manifiestas, no sólo le deberé la vida, sino más que la vida, aunque ya dije lo que entre la libertad y la vida existe (p. 20b)[3].

Cervantes insiste en proclamar su valor: «Nada me asusta» (p. 20b). Y el narrador explicita que era un «hombre extraordinariamente valeroso» (p. 20b). Igualmente, queda caracterizado aquí como hombre piadoso:

—Señor mío Jesucristo… Grande es tu nombre y tu poder y benditos y alabados sean el uno y el otro… Mas si te apiadaras de este pobre esclavo tuyo y quisieras consentir en arrancarle de este sitio en que me hallo, reintegrándome a mi patria y a los míos, donde aún puedo ser útil en mi inutilidad, tu misericordia sería infinita y mi agradecimiento sería eterno… Padre nuestro que estás en los cielos… (p. 21b)[4].

A su vez, Cervantes no olvida en su cautiverio que es escritor, y así compone una poesía dedicada a la princesa Zulima, la hija del rey de Argel, de la que está enamorada el jardinero Juan: «Princesa, princesa, que en los jardines del rey…» (ver los versos en las pp. 23a-23b). Un aspecto muy importante lo va a constituir su amistad con el jardinero Juan, con quien Cervantes comparte el protagonismo en la parte final de la novela. El Dorador le ha presentado a Juan de Valtierra como cristiano y navarro: «¿Cristiano y navarro?… Las dos, para mí, prendas de calidad» (p. 21a), comenta Cervantes. Juan organizará la fuga de Cervantes, para lo cual este habrá de pasar un tiempo encerrado en un pozo del jardín del rey. En esos tres meses que comparten, los dos españoles se convierten en amigos inseparables, hasta el punto de formar un solo corazón: «Entre aquellos dos hombres, enamorado el uno y el otro poeta, se hizo una enorme pausa entrañable que los abrazaba de corazón a corazón en su propia quietud» (p. 23b). El amor (Juan y Zulima) y la amistad (Cervantes y Juan) serán los dos temas nucleares en este tramo final del relato[5].


[1] Cito por Ezequiel Endériz, El cautivo de Argel. Novela corta inédita, Toulouse, [Imprimerie Portes et San Jose], s. a. [D. L., 1949].

[2] Recordemos las célebres palabras en el prólogo de las Novelas ejemplares, donde en tercera persona dice Cervantes de sí mismo: «Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades». Y sabemos que sacó buen partido literario de la experiencia biográfica del cautiverio para varias de sus obras.

[3] Estas palabras recuerdan las célebres de Quijote, II, 58: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida».

[4] Y tras la oración, se indica, queda como en éxtasis. Poco antes había jurado por la Santísima Trinidad (p. 20b).

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El cautivo de Argel, de Ezequiel Endériz o de cómo “la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma”», en Emilio Martínez Mata y María Fernández Ferreiro (eds.), Comentarios a Cervantes. Actas selectas del VIII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Oviedo, 11-15 de junio de 2012, Madrid, Fundación M.ª Cristina Masaveu Peterson, 2014, pp. 288-299.

El retrato de Cervantes en «El cautivo de Argel» de Ezequiel Endériz (1)

ElCautivodeArgelEl cautivo de Argel, de Ezequiel Endériz, es una narración publicada en Toulouse en 1949 como número 17 de la colección «La Novela Española», que dirigía el propio escritor[1]. Se trata de una novela corta (23 páginas de texto a doble columna, repartidas en cuatro capítulos) que aborda el cautiverio de Cervantes en Argel. El argumento abarca desde el apresamiento del escritor hasta su malogrado intento de fuga auspiciado por el jardinero navarro Juan de Valtierra. De su vida anterior, se menciona tan solo que ha sido soldado, que quedó manco en Lepanto y que es poeta; en cuanto a los hechos posteriores, hay una alusión a su deseo de escribir un gran libro, más la mención anticipatoria final de que sería liberado tras cinco años de prisión, así como el vaticinio, a través de unas palabras de Juan, de que Cervantes dará mucha gloria a España.

Los datos históricos incluidos por Endériz en su relato son mínimos: el dominio de los corsarios argelinos en el Mediterráneo; el apresamiento de Cervantes a bordo de la galera Sol; los personajes de Arnaute Mamí y Azán Bajá; el hecho de que sus captores lo crean un gran personaje por el que se puede pedir un alto rescate (pero sin que se aluda a las cartas que portaba Cervantes y que dieron lugar a esa confusión)… y poco más. Los cuatro intentos de fuga de la realidad histórica se ven reducidos aquí a uno solo, en el que adquiere un destacado papel protagónico el jardinero navarro llamado Juan, sin que falte la traición del renegado conocido como El Dorador. Se incluyen además algunas ligeras pinceladas de color local sobre la vida en Argel: así, una breve descripción de la ciudad y de los baños o una alusión a los tormentos que se daban a los cristianos rebeldes[2]. Por otra parte, hay que tener en cuenta que las reducidas dimensiones de la novelita no permiten mucho más. En definitiva, si alguien busca en El cautivo de Argel una novela histórica erudita y documentada, no la encontrará[3]. Tampoco existe una intriga especialmente significativa, en el sentido de que el lector conoce a priori que Cervantes no logró huir de su cautiverio en sus sucesivos intentos de fuga. Así las cosas, la etopeya, el retrato interior del escritor, constituye lo esencial del relato de Endériz.

¿Cómo aparece, pues, caracterizado Miguel de Cervantes en esta novelita? Los principales rasgos que se destacan son: la valentía (demuestra con sus palabras y sus hechos que no le falta valor); la resignación en su prisión (se muestra alegre y jovial pese a todas sus penalidades); su piedad religiosa (continuamente reza, pide ayuda a Dios o le agradece algún favor, etc.); el ingenio (da agudas respuestas a sus captores, tiene ocasión de escribir versos…); el humor y la ironía (da muestra de ello en varias de sus intervenciones; luego comentaré este detalle); pero, sobre todo, Cervantes queda caracterizado por su inmenso anhelo de libertad: la libertad de espíritu y, por añadidura, la libertad que le otorga el ejercicio de la escritura. Examinaré a continuación los pasajes más significativos a este respecto.

En el capítulo I, se nos presenta a bordo de la galera —el autor escribe fragataSol un soldado «con el brazo izquierdo cercenado, nariz aguileña, ojos claros y vivos y barbita rubia» (p. 7b). No hacen falta más datos para que el lector sepa que se trata de Cervantes. Contemplando las islas Marías, encendidas como rubíes, el soldado piensa un poema dedicado a ellas en las que las contempla como jardines del mar (este poema es uno de los primeros textos líricos intercalados en las breves páginas de la novela). Al ser apresada la galera por los corsarios, el soldado manco comenta: «Tras la guerra, la pobreza; tras la pobreza, el cautiverio. ¡Señor, Señor! ¿Podré, algún día, escribir tranquilo?» (p. 11b). No se pone de relieve su carácter heroico en el asalto, pues es consciente de que la lucha es desigual y no se puede hacer nada por evitar la captura (además, apenas hay descripción en este pasaje del combate).

Enseguida da muestras de su prudencia cuando intercede en favor de un pobre hombre que ha insultado a Arnaute Mamí; cuando este ordena que lo ahorquen, Cervantes argumenta que se trata de un loco y le pide que dé una prueba de su magnificencia perdonándolo, cosa que logra. Después, todos los prisioneros van indicando su nombre para el registro; el último de todos es «Miguel Cervantes Saavedra, de profesión soldado» (p. 13b). En suma, este primer capítulo nos muestra a un Cervantes condenado a la guerra, la pobreza y el cautiverio, pero con un capital grande de prudencia e ingenio que le permite, por ejemplo, salvar la vida a un hombre en una situación crítica.

El capítulo segundo resulta muy interesante para la caracterización del escritor. Arnaute Mamí sospecha que Cervantes es un alto personaje disfrazado de soldado; por ello, se presenta con él ante el rey de Argel. Este lo considera un cautivo más, pero aquel replica: «No, no, no… En él hay algún misterio, algún poder oculto, alguna extraña cualidad que no acabo de comprender… ¡Si vieras cómo habla! ¡Qué juicios hace sobre las cosas más vulgares!…» (p. 15b). En esta entrevista Cervantes da muestras de su nobleza de alma: «Ya está el soldado Miguel de Cervantes en presencia del rey de Argel. Su mirada es tranquila y clara. Su frente luminosa. Sus movimientos naturales y con un aire de nobleza innegable» (pp. 15b-16a). Poco a poco, el rey se va interesando por él. Citaré el diálogo que se establece entre ambos:

­—Es que ya dije que, además de soldado, era poeta.

—¿Pero tan pobre que no te crees digno del rescate?

—Pobre de dineros y rico de orgullo. Sin embargo, de ti, señor, dependerá que escriba o no un libro que sea asombro de la gente venidera.

­—¿Un nuevo Al-Korán, acaso?

—Sí y no. Sí, porque podrá servir de libro de virtudes para todo aquel que necesite ver en él notables ejemplos de virtud. No, porque con él quiero inaugurar como una especie de religión que no tenga nada que ver con el cielo, sino con la tierra, dando a la fuerza del espíritu una nueva interpretación.

—De verdad que no te entiendo, poeta, y no sé si hablo con un loco o si el loco soy yo, pues que no se concibe para un mahometano, ni supongo que para un cristiano tampoco, que pueda haber virtudes separadas de la religión.

—Así es, en efecto, en nuestros días; y no me atrevería yo a sostener la tesis contraria en mi patria, donde todo es sospechoso de herejía. Pero me hago cuenta de que aquí, hablando contigo, ya que no tengo libre el cuerpo, tengo libre el pensamiento y trueco la libertad de éste a cambio de la prisión de la carne, para compensar lo amargo de lo uno con lo dulce de lo otro (pp. 16a-16b).

Ante estas reflexiones, el rey de Argel se ve obligado a reconocer: «bien se ve que eres maestro en enredos» (p. 16b). Aparte de la alusión a la futura redacción del Quijote, la idea que transmiten las palabras de Cervantes es bien clara: en Argel está cautivo de cuerpo, pero goza de una libertad de pensamiento que en España seguramente no tendría[4].


[1] Ezequiel Endériz, El cautivo de Argel. Novela corta inédita, Toulouse, [Imprimerie Portes et San Jose], s. a. [D. L., 1949].

[2] «Una música suave de chirimía y guzla, los aromas artificiales de los pebeteros y la molicie de tapices y cojines envolvía todo en pereza» (p. 14b); la descripción del vestido de Arnaute (p. 14b), etc.

[3] No es mi objetivo comparar lo que cuenta la novela con los hechos históricos reales (ver María Antonia Garcés, Cervantes en Argel. Historia de un cautivo, Gredos, Madrid, 2005), ni tampoco analizar las posibles reminiscencias con el relato del capitán cautivo en el Quijote, sino ver el tratamiento que se da del personaje Cervantes.

[4] No menciona Endériz a la Inquisición, aunque sí podemos adivinar una alusión indirecta al decir Cervantes «mi patria, donde todo es sospechoso de herejía». Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El cautivo de Argel, de Ezequiel Endériz o de cómo “la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma”», en Emilio Martínez Mata y María Fernández Ferreiro (eds.), Comentarios a Cervantes. Actas selectas del VIII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Oviedo, 11-15 de junio de 2012, Madrid, Fundación M.ª Cristina Masaveu Peterson, 2014, pp. 288-299.

Las novelas de Arturo Campión

Arturo Campión[1] (Pamplona, 1854-San Sebastián, 1937) tiene una faceta de novelista histórico, representada por Don García Almorabid. Crónica del siglo XIII (Tolosa, Casa Editorial de Eusebio López, 1889). Sobre el telón de fondo de la guerra de los burgos de Pamplona, que culminaría con la destrucción de la Navarrería, se teje la trágica historia amorosa de Blanca Almorabid y Raúl Cruzat. Pese a su tardía fecha de publicación, la obra presenta las mismas características técnicas y estilísticas de la novela histórica romántica española, cuya gran década fue la de 1834 a 1844: el amor imposible entre personas pertenecientes a familias rivales, la escasa profundidad psicológica de los personajes, la ocultación de la personalidad de alguno de ellos (Azeari Sumakilla es en realidad Pero Martíniz de Oyan-Ederra), etc. El autor introduce algunas notas explicativas del significado de las palabras vascuences que incorpora al texto o sobre las instituciones del reino de Navarra en aquella época[2].

Otra novela de Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz (Pamplona, Imprenta de Erice y García, 1899)[3], sin ser una novela histórica (se indica que la acción ocurre en 188…), describe perfectamente la división política entre carlistas y liberales en Urgain, un pueblo de la Burunda (especialmente verista es el capítulo dedicado a la celebración de las elecciones)[4].

Blancos y negros, de Arturo Campión

Por último, la tercera novela del polígrafo pamplonés, quizá la menos interesante, es La bella Easo (1909), donde se contrapone la vida austera y sacrificada de los habitantes del caserío (Martín y Joshepa) con la frívola de Jayápolis, ciudad «alegre, coqueta, elegante» (trasunto de la San Sebastián más mundana), en la que sin embargo empiezan a difundirse las doctrinas socialistas y apuntan ya las luchas obreras.


[1] Sobre Campión, véanse los trabajos de José Javier López Antón, Arturo Campión, entre la historia y la cultura, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1998; «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998; «El imaginario pesimista de Vasconia en Arturo Campión», Vasconia, 27, 1998, pp. 177-194; y Escritores carlistas en la cultura vasca. Sustrato lingüístico y etnográfico en la vascología carlista, Pamplona, Pamiela, 1999. Remito también a Elías Amézaga, «Ficha bio-bibliográfica de Arturo Campión», Letras de Deusto, núm. 44, vol. 19, mayo-agosto 1989, número extraordinario de Homenaje al Profesor Ignacio Elizalde, pp. 29-37; José de Cruchaga y Purroy, «Arturo Campión», prólogo a Obras completas, vol. I, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 19-83; Santiago Cunchillos y Manterola, prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Ttarttalo, 1998, pp. 11-18; Carmelo de Echegaray, «Arturo Campión», prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Beñat Idaztiak, 1934, pp. 5-14; y Vicente Huici Urmeneta, «Arturo Campión. Aproximación a un vasco desconocido», Muga, núm. 9, 1980, pp. 56-65; para su contexto cultural y literario, a los de Iñaki Iriarte López, Tramas de identidad. Literatura y regionalismo en Navarra (1870-1960), Madrid, Biblioteca Nueva, 2000; y José Luis Nieva Zardoya, La idea euskara de Navarra, 1864-1902, Bilbao, Fundación Sabino Arana / Euskara Kultur Elkargoa, 1999. Sus Obras completas fueron publicadas en quince volúmenes por Segundo Otatzu Jaurrieta (Pamplona, Mintzoa, 1983-1985).

[2] Para un análisis detallado de la novela remito a Enrique Miralles, «Don García Almorabid, de Arturo Campión, y la novela histórica de fin de siglo», en Luis F. Larios y Enrique Miralles (eds.), Sociedad de Literatura Española del siglo XIX. Actas del I Coloquio. Del Romanticismo al Realismo (Barcelona, 24-26 de octubre de 1996), Barcelona, Publicacions de la Universitat de Barcelona, 1998, pp. 317-29.

[3] Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[4] Ver José Javier López Antón, «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998, pp. 165-199; y Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

Los relatos de Arturo Campión

Muchos de los relatos cortos de Arturo Campión[1] (Pamplona, 1854-San Sebastián, 1937) pertenecen a sus sucesivas colecciones de Euskarianas, divulgadas a partir de 1896. Distintas selecciones de sus relatos se han publicado con el título de Narraciones baskas, por ejemplo, la edición de Madrid, Calpe, 1923 o la de San Sebastián, Beñat Idaztiak, 1934. Un lugar importante en ese conjunto lo ocupan las leyendas y tradiciones históricas, muchas de ellas redactadas por los años de 1877-1883: «Los hermanos Gamio», «El coronel Villalba (tradición nabarra)», «Agintza. La promesa», «Orreaga. Roncesvalles», «Gastón de Belzunce (leyenda histórica)», «La visión de don Carlos, Príncipe de Viana», «La muerte de Oquendo», «Denbora anchiñakoen ondo esanak. Los consejos de los tiempos pasados», «El último tamborilero de Erraondo» y «El bardo de Izaltzu». La leyenda histórica es un subgénero narrativo al que se acercaron también Francisco Navarro Villoslada y Juan Iturralde y Suit, ya que les permitía presentar personajes simbólicos, hechos gloriosos o épocas emblemáticas de la historia de Navarra o de Vasconia (Roncesvalles, el Príncipe de Viana, las guerras de beaumonteses y agramonteses, la anexión a Castilla, Amayur…) que cuadraban a la perfección con sus presupuestos e intereses ideológicos. Campión, en concreto, defiende a ultranza en estas leyendas la identidad vasco-navarra, que ha sufrido a lo largo de los siglos constantes agresiones exteriores y que en su época se ve de nuevo amenazada y en peligro de desaparecer por completo. De hecho, en sus relatos no retrocede necesariamente al pasado lejano (siglo VIII, Alta y Baja Edad Media…), sino que en algunos la ambientación es casi contemporánea, como en «Pedro Mari» (escrito el año 1895 y centrado en tiempos de la Revolución francesa y las luchas de España contra el Imperio).

Obras completas de Arturo Campión

Un segundo grupo en importancia numérica lo forman aquellos relatos que son cuentos, de ambiente contemporáneo, y que pueden agruparse por sus semejanzas temáticas o de intención. Así, varios responden al deseo de mostrar el deterioro que han sufrido y siguen sufriendo las seculares costumbres de la ancestral raza vasca, a punto ahora de ser borradas: «Roedores del mar» (aquí el peligro exterior está personalizado en el carabinero Ruperto, que trata de seducir a la linda chirlera guipuzcoana Lupita); «Contrastes. Cuadro de costumbres buenas y malas» (el enemigo es el progreso moderno, simbolizado en ese tren que vomita sobre las Vascongadas todo lo peor de España); «Yan-Pierr» (alegato contra la guerra europea o, mejor, contra el hecho de que sangre baska —empleo la grafía utilizada habitualmente por Campión— se derrame en guerras que no son baskas); o esa bella alegoría que es «El último tamborilero de Erraondo» (el vasco que regresa de América para vivir sus últimos años y morir en el solar nativo y encuentra que el país soñado en la distancia ha perdido, quizá definitivamente, sus señas de identidad y su idioma).

Otros relatos nos presentan historias trágicas: «Ramonica» (la segadora de pueblo que acude a la Cuenca de Pamplona y muere asfixiada en el campo); o «La cieguecita del puente (Historia vulgar)», truculenta narración sobre la ciega Teresha, un homenaje al Naturalismo (está dedicada a Emilia Pardo Bazán). «Popachu» y «Los dos gatos» son dos breves narraciones, sin mayor trascendencia, que forman la sección «Cuentos a mis sobrinos». «El ojo del Doctor Faust» (1879) y su continuación varios años posterior «La resurreción de la carne» (1915) aparecen agrupadas bajo el epígrafe «Historias del manicomio». En fin, «¡Bartolo, anticlerical!» presenta el caso de un tradicionalista que participa en una manifestación contra la Iglesia, hecho sorprendente que se explica por su deseo de recuperar a una hija que ha profesado como religiosa.

Como «fantasías» podemos considerar «Una noche en Zugarramurdi» y «Grachina (tradición nabarra)», que guardan relación por tratar ambas el tema de la brujería, en concreto, por presentar escenas de akelarre. Junto a todas estas piezas se suelen editar otras tituladas «Gau-illa de Julián Gayarre» y «Olite en Ujué» (que son «Cosas vistas», es decir, relatos o impresiones de viaje) y los poemas dramáticos Sancho Garcés y La flor de Larralde.

Si en los relatos de Iturralde y Suit existe una nota poética y nostálgica, melancólica, con un tono narrativo remansado, los de Campión constituyen un grito más angustiado, un intento más directo de sacudir la adormecida conciencia de sus paisanos: Iturralde muestra las ruinas físicas como símbolo de la ruina moral de un pueblo; Campión presenta directamente la ruina moral de ese pueblo, centrada en la pérdida de su identidad cultural.


[1] Sobre Campión, véanse los trabajos de José Javier López Antón, Arturo Campión, entre la historia y la cultura, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1998; «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998; «El imaginario pesimista de Vasconia en Arturo Campión», Vasconia, 27, 1998, pp. 177-194; y Escritores carlistas en la cultura vasca. Sustrato lingüístico y etnográfico en la vascología carlista, Pamplona, Pamiela, 1999. Remito también a Elías Amézaga, «Ficha bio-bibliográfica de Arturo Campión», Letras de Deusto, núm. 44, vol. 19, mayo-agosto 1989, número extraordinario de Homenaje al Profesor Ignacio Elizalde, pp. 29-37; José de Cruchaga y Purroy, «Arturo Campión», prólogo a Obras completas, vol. I, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 19-83; Santiago Cunchillos y Manterola, prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Ttarttalo, 1998, pp. 11-18; Carmelo de Echegaray, «Arturo Campión», prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Beñat Idaztiak, 1934, pp. 5-14; y Vicente Huici Urmeneta, «Arturo Campión. Aproximación a un vasco desconocido», Muga, núm. 9, 1980, pp. 56-65; para su contexto cultural y literario, a los de Iñaki Iriarte López, Tramas de identidad. Literatura y regionalismo en Navarra (1870-1960), Madrid, Biblioteca Nueva, 2000; y José Luis Nieva Zardoya, La idea euskara de Navarra, 1864-1902, Bilbao, Fundación Sabino Arana / Euskara Kultur Elkargoa, 1999. Sus Obras completas fueron publicadas en quince volúmenes por Segundo Otatzu Jaurrieta (Pamplona, Mintzoa, 1983-1985).

Semblanza literaria de Arturo Campión (1854-1937)

Arturo CampiónArturo Campión Jaimebón (Pamplona, 1854-San Sebastián, 1937) fue un personaje polifacético: jurista, político, literato, historiador, periodista, estudioso del vascuence, académico…, en conjunto, uno de los intelectuales navarros más importantes de finales del siglo XIX, aunque su figura se adentra también cuatro décadas en el XX[1]. Realizó sus primeros estudios en el Instituto de Pamplona y luego cursó unos años de Derecho en Oñate. Muy pronto comenzó también a escribir, fundamentalmente obras de teatro, poemas y artículos periodísticos. En 1876 se licenció en Madrid, dio a las prensas su primer libro, Consideraciones acerca de la cuestión foral y los carlistas en Nabarra, e intervino en la gestación de la Asociación Euskara de Navarra. Más tarde ocupó diversos cargos públicos: concejal por el Ayuntamiento de Pamplona, diputado a Cortes, senador por Vizcaya… Fue asimismo presidente de las entidades Euskal Esnalea, Euskal Erria, Sociedad de Estudios Vascos, del Instituto de Estudios Históricos y de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra; académico de número de la Lengua Vasca y correspondiente de la de Historia, la de Ciencias Morales y Políticas y la de la Lengua Española.

La de Campión es una personalidad compleja, que destaca por su amor al pueblo vasco, expresado tanto en sus relatos y novelas como en sus obras de investigación histórica y lingüística. José María Romera enjuiciaba así el conjunto de su obra:

Su dilatada producción escrita comprende discursos, conferencias, artículos periodísticos, escritos políticos, novelas y cuentos, además de libros sobre historia, antropología o temas lingüísticos. Prácticamente toda ella está alentada por el lema «Euskalerriaren alde» (en favor de Euskalerría) y dirigida a la defensa incondicional de los símbolos políticos y culturales de la identidad navarra como parte de la identidad vasca. […] Su obra narrativa se caracteriza por un cierto naturalismo rebajado y orientado hacia el regionalismo, con un fuerte peso de los elementos históricos y de los materiales de la etnografía y el folclore[2].

Sus Obras completas, publicadas en quince volúmenes por Segundo Otatzu Jaurrieta (Pamplona, Mintzoa, 1983-1985), incluyen, en efecto, discursos y conferencias, trabajos periodísticos, históricos y políticos, libros sobre antropología y lingüística, crítica literaria y musical, etc. En próximas entradas me centraré en el comentario de su obra literaria, formada por cuentos, leyendas, novelas y algunas piezas dramáticas.


[1] Sobre Campión, véanse los trabajos de José Javier López Antón, Arturo Campión, entre la historia y la cultura, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1998; «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998; «El imaginario pesimista de Vasconia en Arturo Campión», Vasconia, 27, 1998, pp. 177-194; y Escritores carlistas en la cultura vasca. Sustrato lingüístico y etnográfico en la vascología carlista, Pamplona, Pamiela, 1999. Remito también a Elías Amézaga, «Ficha bio-bibliográfica de Arturo Campión», Letras de Deusto, núm. 44, vol. 19, mayo-agosto 1989, número extraordinario de Homenaje al Profesor Ignacio Elizalde, pp. 29-37; José de Cruchaga y Purroy, «Arturo Campión», prólogo a Obras completas, vol. I, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 19-83; Santiago Cunchillos y Manterola, prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Ttarttalo, 1998, pp. 11-18; Carmelo de Echegaray, «Arturo Campión», prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Beñat Idaztiak, 1934, pp. 5-14; y Vicente Huici Urmeneta, «Arturo Campión. Aproximación a un vasco desconocido», Muga, núm. 9, 1980, pp. 56-65; para su contexto cultural y literario, a los de Iñaki Iriarte López, Tramas de identidad. Literatura y regionalismo en Navarra (1870-1960), Madrid, Biblioteca Nueva, 2000; y José Luis Nieva Zardoya, La idea euskara de Navarra, 1864-1902, Bilbao, Fundación Sabino Arana / Euskara Kultur Elkargoa, 1999.

[2] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Editorial Mediterráneo, 1993, p. 184b.

Cuentos de Rubén Darío inspirados en el mundo bíblico-cristiano

De entre los cuentos del poeta nicaragüense[1], los inspirados en el mundo bíblico-cristiano constituyen el grupo más numeroso: algunos introducen personajes del Nuevo o del Viejo Testamento, otros abordan diversos temas relacionados de una u otra forma con la religión cristiana, que aporta una imaginería brillante y exótica, muy grata a Rubén Darío. La entrada de temas y elementos de lo religioso-cristiano (que en ocasiones rozan lo «maravilloso cristiano») desempeña primordialmente una función estética. Son once relatos, que Rubén matiza con diversas tonalidades; en algún caso, la intención principal parece ser meramente humorística, como en «Las pérdidas de Juan Bueno» (pp. 60-63; San José manda al paciente protagonista a buscar a su enfadosa mujer en el infierno). Otras veces acude el autor a la estructura del relato hagiográfico, ya ofreciendo su propia versión de la vida del obispo de Tours y patrono de Buenos Aires («La leyenda de San Martín», pp. 201-208), ya construyendo una narración ficticia (así, «Voz de lejos», pp. 185-194, que evoca las vidas de dos santos olvidados, Santa Judith de Arimatea y San Félix Romano, supuestamente esbozadas por un monje del monte Athos).

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Con la misma técnica de los «papeles hallados», tan frecuente en los libros de caballerías, parodiada genialmente por Cervantes y retomada después en serio en la novela histórica romántica, se construye «Serpiente de oro. La muerte de Salomé»[2] (pp. 82-84), narración que introduce un elemento sobrenatural: se cuenta aquí cómo murió Salomé «en realidad», ahogada por su collar de oro en forma de serpiente, que aprieta su cuello con fuerza tal que secciona su cabeza, la cual rodará hasta donde se halla la del Bautista. El relato aprovecha elementos preciosistas de la imaginería modernista, que también están presentes en «Las tres reinas Magas» (pp. 33-38; un poeta refiere al narrador el cuento de Crista visitada por las reinas de la Pureza, la Gloria y el Amor) y en «Rosa mística. El árbol del rey David» (pp. 88-90, cuyos protagonistas son el monarca israelita y la sulamita Abisag, que plantan juntos el árbol del infinito bien[3]).

«El Salomón negro. Cuento de Simorg» (pp. 91-95) narra la aparición al sabio de un genio negativo, su opuesto en todo, identificado con Nietzsche. «Palimpsesto» (pp. 140-141) presenta a Longinos, que huye tras la muerte de Cristo; su lanza, en cuya punta brilla la Sangre divina, se convierte en instrumento de gracia. «Las razones de Ashavero» recupera la figura del judío errante para reflexionar sobre las mejores formas de gobierno. «Cuento de Nochebuena» (pp. 161-167) refiere un caso milagroso: un día de Navidad desaparece el hermano Longinos de Santa María, el organista de un convento; sin embargo, el órgano que él debería tocar suena durante el oficio religioso, mientras él tiene una visión de la adoración de los Magos. Por último, «La pesadilla de Honorio» (pp. 168-172) presenta la visión de ese personaje atormentado por una horripilante sucesión de Fisonomías, Gestos y Máscaras[4].


[1] Utilizo como corpus de estudio las treinta y seis narraciones reunidas en Rubén Darío, Obras completas, tomo IV, Cuentos y novelas, Madrid, Afrodisio Aguado, 1955, pp. 11-216. Aparte quedan otros importantes relatos, como por ejemplo todos los incluidos en Azul…

[2] Cfr.: «… habrá quien juzgue falsa la corta narración que voy a escribir enseguida, la cual tradujo un sabio sacerdote mi amigo, de un pergamino hallado en Palestina, y en el que el caso estaba escrito en caracteres de la lengua de Caldea» (p. 82).

[3] Árbol «cuya flor es la rosa mística del amor inmortal, al par que el lirio de la fuerza vencedora y sublime» (p. 89), del que más adelante José cortará una vara, que será la Virgen María.

[4] Esta entrada es un breve extracto, con algunas adaptaciones, de un trabajo anterior mío: Carlos Mata Induráin, «De princesas, rosas e historias sobrenaturales. El arte del cuento en Rubén Darío», en Cristóbal Cuevas García (ed.), Rubén Darío y el arte de la prosa. Ensayos, retratos y alegorías, Málaga, Publicaciones del Congreso de Literatura Española Contemporánea, 1998, pp. 359-371.