Juan Cortada y Sala (1805-1868), novelista histórico

Este escritor catalán (Barcelona, 1805-Sant Gervasi, 1868) era historiador y pudo documentarse para sus relatos, que guardan por tanto una fidelidad histórica aceptable.

Juan Cortada y Sala

Publica en Barcelona varias novelas que destacan precisamente por su catalanismo: Tancredo en Asia. Romance histórico del tiempo de las cruzadas (1833-1834), La heredera de Sangumí. Romance original del siglo XII (1835), El rapto de doña Almodis, hija del conde de Barcelona, don Berenguer III. Narración histórica (1836), Lorenzo. Novela histórica del siglo XIV (1837), Las revueltas de Cataluña o El bastardo de Entença (1838) y El templario y la villana (1840-1841). Su segunda novela inaugura, de hecho, la corriente regionalista dentro de la novela histórica romántica. La última pudo influir en la obra de Gil y Carrasco, que aparecerá en 1844.

Algunos de los subtítulos parecen indicar (y algunas características de sus novelas, como la invocación a las musas, por ejemplo, lo confirman) que Cortada entendía la novela histórica como un poema heroico en prosa.

Larra, novelista histórico: «El doncel de don Enrique el Doliente» (1834)

El caso de Mariano José de Larra (1809-1837) es semejante al de Espronceda pues, no siendo conocido como novelista, publica una novela histórica (también en 1834 para la colección de Repullés), El doncel de don Enrique el Doliente. Historia caballeresca del siglo XV y, al igual que aquel, la personaliza trasladando a ella sus problemas y haciendo trasunto de su persona al protagonista.

Larra y El doncel de don Enrique el Doliente

Sin embargo, la novela de Larra es bastante mejor que la de Espronceda[1]: los personajes están más matizados, ya que se concede gran importancia al análisis de los sentimientos. Su documentación es seria y, sin caer en lo arqueológico, nos muestra variados aspectos de la vida señorial de aquel momento. Pero no es la reconstrucción histórica lo que más interesa, sino la violenta pasión amorosa, puramente romántica, que conduce a Macías[2] a la muerte, y a la locura a Elvira: el amor imposible lleva a la muerte por amor. Por otra parte, la novela está bien escrita, aunque el estilo resulta un tanto desigual. El autor se deja notar con muchísima frecuencia por medio de digresiones acerca de la situación política del momento y a través de la constante ironía de las palabras del narrador.


[1] Para Marcelino Menéndez Pelayo era «la primera novela histórica digna de leerse entre las compuestas a imitación de Walter Scott» (Obras de Lope de Vega, Madrid, RAE, 1898, vol. X, p. LVIII). Citado por Varela Jácome, Estructuras novelísticas del siglo XIX, Barcelona, Hijos de José Bosch S. A., 1974, p. 62.

[2] Larra trató el mismo tema del trovador Macías, aunque con algunas diferencias en el desenlace, en una obra dramática.

Espronceda, novelista histórico: «Sancho Saldaña» (1834)

José de Espronceda (1808-1842) es autor de una sola novela que ha merecido —creo— la atención de la crítica más por el nombre de su autor que por su calidad literaria intrínseca. Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar. Novela histórica original del siglo XIII[1] fue redactada durante su destierro en aquel lugar y quizá de esta circunstancia de no poder trabajar con la calma y el detenimiento deseables se resienta en el plano estructural; en efecto, la novela no es sino una sucesión de cuadros sueltos, de distintos lances y aventuras, hilvanados únicamente por la presencia de los mismos personajes protagonistas.

Sancho Saldaña, de Espronceda

Además, Espronceda no es novelista, de forma que los principales valores de su creación hay que buscarlos en el hecho de que Sancho Saldaña sea posiblemente un trasunto de su autor. Si ello es así, si ese personaje atormentado y embriagado por la melancolía refleja el carácter de Espronceda, podemos considerar que su obra enriquece la novela histórica, al introducir en ella el planteamiento de los problemas personales del autor. Habría que señalar, además, otras coincidencias con sus poesías: el tono lírico y pesimista general; un amor que pudo ser salvador pero que, al hacerse imposible, termina por destruir a quien lo siente; la presencia de la naturaleza agitada o en calma en paralelismo o contraste con el estado de ánimo de los personajes; la aparición de personajes «fuera de la ley», como el bandido generoso apodado el Velludo, etc.[2]


[1] Se escribió para la famosa colección de Repullés y Delgado y se publicó, junto con El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra, el año 1834; existe una edición ampliada de 1870, debida quizá a Julio Nombela, que ha creado ciertos problemas a la crítica sobre la autoría de lo añadido. Cfr. Ricardo Navas Ruiz, El Romanticismo español, Salamanca, Anaya, 1970, p. 167 y el «Estudio preliminar» de Ángel Antón Andrés a Espronceda, Sancho Saldaña, Madrid, Taurus, 1983, quien dedica un apartado a «La novela y sus dos versiones».

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Ramón López Soler (1806-1836), novelista histórico

Ramón López Soler (Manresa, 1806-Barcelona, 1836) utilizó en muchas de sus novelas el seudónimo de Gregorio Pérez de Miranda. No se debe confundir con un tal Ramón Soler (a veces aparecen a nombre de uno las obras del otro). Es uno de los autores más importantes en la materia que nos ocupa, no solo por publicar en España la primera novela histórica romántica (Los bandos de Castilla o El Caballero del Cisne, Valencia, Cabrerizo, 1830), sino porque le siguieron en los años siguientes varias más, a saber: El pirata de Colombia, Henrique de Lorena, Kar-Osmán. Memorias de la casa de Silva, Jaime el Barbudo o sea La sierra de Crevillente (las cuatro de 1832), La hija del bey de Argel (del 32 o del 33, de la que no se conoce ejemplar), El primogénito de Alburquerque (1833-1834), La catedral de Sevilla (versión de 1834 de Notre-Dame de Paris) y Memorias del príncipe de Wolfen (adaptación de una obra de Jules Janin, póstuma), publicadas en Valencia, Barcelona y Madrid. También escribió una novela de costumbres, Las señoritas de hogaño y las costumbres de antaño.

Portada de Los bandos de Castilla

Como ha señalado la crítica, se le puede considerar como el verdadero fundador de la novela histórica española; fue acusado de plagiario de Walter Scott, pero él mismo advierte en el prólogo de Los bandos de Castilla que va a imitar, adaptando o traduciendo incluso algunos fragmentos, las obras del escocés; y existen otros pasajes en los que demuestra su capacidad imaginativa personal. Lo que importa es que funda una tendencia de la novela en España que se prolongará todo el siglo. Sus reconstrucciones históricas son bastante buenas, como es normal en los mejores novelistas históricos; el gusto por lo que de poético y cristiano tiene la Edad Media tiñe toda su obra (no olvidemos que es fundador de El Europeo y de El Vapor, dos periódicos barceloneses en los que se dio cabida a Scott y a los temas medievales). Escribe notables diálogos, y a veces impregna su estilo con algunos arcaísmos de sabor cervantino. Destaca también el tono sentimental y melancólico de sus narraciones, especialmente en algunas notas de sus descripciones de la naturaleza (aspecto muy romántico, como es sabido).

Opiniones contemporáneas sobre la novela histórica romántica (y 3)

Pero pese a su éxito, la novela histórica romántica española tuvo sus detractores. Es muy interesante, en este sentido, el artículo titulado «La novela» que apareció en el Semanario Pintoresco Español, con las iniciales de Ramón de Mesonero Romanos, del que extracto estas dos citas[1]:

La novela de costumbres contemporáneas […] hubo de ceder el cetro a la novela histórica, que la brillante pluma de sir Walter Scott trazó atrevidamente en nuestros días, abriendo ancho campo en donde los ingenios aventajados pudieran alcanzar nuevos laureles. Mas desgraciadamente para los que le siguieron, el descubridor de tan peregrina senda siguió por ella con paso tan denodado, que consiguió siempre dejar muy atrás a los que pugnaban por imitarle. Y estos pretendiendo suplir con la exageración lo que les faltaba de ingenio, convirtieron muy luego en ridículas caricaturas modelos por cierto más dignos de respeto ¡Suerte lamentable de los grandes ingenios, la de verse seguidos por infinita turba de serviles imitadores, los cuales abultando los defectos, y no acertando a reproducir las bellezas naturales de su modelo, llegan a hacer insoportable hasta el género mismo de composición que aquel supo inventar o ennoblecer!

Vemos, por último, a la novela histórica de Walter Scott ridículamente ataviada por sus imitadores con un falso colorido, desfigurando la historia con mentidas tradiciones; prohijando la afectada exageración de los libros caballerescos, y prestando a los personajes históricos que pretende describir los atrevidos rasgos con que aquella pudo realzar a sus héroes fabulosos; remedando a veces su estilo pomposo y recargado, y otras complaciéndose en dejar atrás la natural grosería de la plebe en cuadros repugnantes por su absoluta desnudez.

Ramón de Mesonero Romanos

Ramón de Navarrete, en otro artículo del Semanario, también condena la novela histórica, precisamente porque ni es novela ni es historia del todo:

¿Qué es la novela histórica? Una narración más o menos fiel, más o menos exacta, de sucesos pretéritos, amoldada a las intenciones del novelista, desfigurada según conviene a sus propósitos, y las más veces ridícula e infiel. ¿Puede ser algo más que esto? Por cierto que sí; pero entonces ha de faltar precisamente a las condiciones de su existencia; entonces ha de perder su amenidad, su interés, su ligereza, para convertirse en un curso indigesto de historia que nadie leerá; las mujeres porque se verán burladas en su esperanza y arrojarán el libro con enojo; los hombres porque preferirán la historia en su verdadero terreno, narrada con la detención conveniente, con la severidad que le es propia, con la exactitud indispensable. El que busque instrucción sana y esté sediento de estudio, no irá seguramente a beber en aguas tan turbias; el que desee divertir el ánimo, tampoco se contentará con aquello que le recree a medias[2].

Y en 1867, José Pulido y Espinosa, al hablar de las novelas, arremete contra este tipo peculiar que aquí estamos examinando, particularmente contra las publicadas por entregas que son, como cabe suponer, de peor calidad:

No menos producen disgusto algunas llamadas históricas, en las que el novelista no se cuida de la verdad sino que, truncando los hechos y los tiempos y dando tortura a la historia, finge sucesos y crea personajes e inventa situaciones que muchas veces hacen hasta visible el anacronismo que envuelven y las distancias que separan, para sostener un enredo que, como vulgarmente se dice, no tiene pies ni cabeza. Con tal de aumentar el número de entregas, no se repara en la unidad de pensamiento, ni en la verdad de los tipos que se presentan. ¿Se creerá tal vez probar en esto fecundidad e ingenio? ¿O acaso ostentar facundia y riqueza de imaginación? ¡Ah, qué error! Montañas de pedruscos apenas dan quilates de rico mineral[3].


[1] Semanario Pintoresco Español, año 1839, t. I, p. 254.

[2] «La novela española», Semanario Pintoresco Español, año 1847, p. 83.

[3] Prólogo a Antonio de Padua, María Magdalena, novela bíblica original, Madrid, 1867. Recoge la cita Enrique Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 62.

Opiniones contemporáneas sobre la novela histórica romántica (2)

Son muy importantes las consideraciones sobre la novela histórica que señala Estébanez Calderón en el «Prólogo» La campana de Huesca (1854), de Cánovas del Castillo. Ahí comenta varias de las dificultades inherentes al género: necesidad de investigación histórica para no falsear los hechos, pero sin caer tampoco en la pesadez, manejo de un idioma castizo, búsqueda de lo novedoso sin llegar al extremo de una exageración inverosímil, etc. Los resultados obtenidos en España no han sido muy felices, pero ello no se debe a la falta de genio entre nuestros autores para tratar los temas históricos, sino al hecho de que no se leen las antiguas crónicas.

Cubierta de La campana de Huesca

Sin embargo —añade Estébanez—, hay novelas que constituyen excepción:

En cuanto el ingenio español, dando de mano a su idolatría por la literatura francesa y como por curiosidad y desahogo excepcional, ha fijado sus estudios en alguna época de nuestra Historia y ha dejado correr la pluma, han asomado frutos sazonados que por su buen sabor pudieran dar esperanzas de más exquisitas cualidades, si el cultivo hubiera coadyuvado a la índole y buena naturaleza de la planta. El doncel de don Enrique el Doliente, El conde de Candespina, El golpe en vagoDoña Blanca de Navarra, sin excluir esta o la otra de merecidos quilates, y que no sabemos recordar ahora, son una prueba de tal verdad.

Los novelistas históricos pueden cumplir el doble objetivo señalado por Horacio que es el de deleitar aprovechando pues, al mismo tiempo que proporcionan entretenimiento, acercan la historia a personas poco capacitadas para leer estudios históricos. Así lo creía Garcí Sánchez del Pinar:

Hace algún tiempo que ciertos autores de novelas han dado en la flor de tomar por asunto de sus obras hechos históricos […]. Siendo los estudios históricos bastante áridos para muchos, en especial cuando se ojean las páginas de aquellos escritores que no saben referir más que batallas y acontecimientos políticos, algunos novelistas han pensado que podrían dar a conocer la historia a trozos, o en determinados períodos de la vida de un pueblo, convirtiendo en obras de arte ciertos hechos consignados en olvidadas crónicas[1].

La novela histórica triunfó pronto en España en los años 30. Cortada indica en unas palabras «Al lector» que preceden a La heredera de Sangumí que se ha decidido a publicar esta su segunda novela en vista de la buena acogida dispensada por el público a su primer relato, Tancredo en Asia[2]. Como se señala también en el Diario de Avisos de Madrid del 4 de mayo de 1832, en una noticia acerca de Inés de Castro, de Mme. Genlis,

desde que los escritores de novelas han tomado por asunto […] importantes pasajes de la historia de los pueblos, su lectura no es tan indiferente como se ha pretendido sostener hasta el día[3].


[1] Prólogo a su obra La campaña del terror o Las vísperas sicilianas, Madrid, 1857. Recoge la cita Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 79, nota.

[2] Ver Felicidad Buendía, Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 1128.

[3] Citado por Reginald F. Brown, «The Romantic Novel in Catalonia», Hispanic Review, XIII, 1945, p. 300.

Opiniones contemporáneas sobre la novela histórica romántica (1)

Desde el momento en que comienza a producirse este tipo de novela en España hubo división de opiniones al respecto, y surgen voces que defienden o atacan el nuevo género narrativo; y si en el Correo de las Damas de 20 de marzo de 1834 se puede leer que la novela romántica es un «tejido interminable de acontecimientos horrorosos aglomerados uno sobre otro con la mayor confusión posible»[1], para Milá y Fontanals, en cambio, esa novela histórica constituía el logro más glorioso de la literatura contemporánea (si bien es cierto que se refiere a la europea en general)[2].

Copiaré a continuación la definición de novela histórica que ofrece Lista, así como su opinión sobre las licencias que se puede permitir el novelista en el tratamiento de la historia, a propósito de una obra francesa que falsea los usos y caracteres históricos:

Con esta expresión compuesta, cuyas voces parece que se excluyen una y otra, se significan aquellas fábulas en las que, aunque haya aventuras y accidentes fingidos, pertenece sin embargo a la verdad histórica el cuadro en que se ajustan[3].

Acaso se responderá a nuestra censura que es lícito al poeta y al novelista desfigurar los hechos. Nosotros no les concedemos más licencia que la de embellecerlos, añadiendo episodios probables que se liguen e incorporen con ellos[4].

Repullés, al anunciar su colección, señala que lo único que se puede pedir al novelista histórico es la verosimilitud:

Lo más que puede exigirse del novelista es la verdad histórica conservada en la tinta particular y marcado colorido que a las costumbres de la época escogida sepa darle en el diálogo, en los hechos principales y circunstancias, formas características de ellas[5].

En el Prólogo de López Soler a su novela El primogénito de Alburquerque, indica el autor que su intención es pintar el reinado de Pedro el Cruel; y añade que si su intento de reconstrucción histórica no satisface a la erudición de sus lectores, a pesar de los estudios e investigaciones realizados, debe perdonársele «en gracia siquiera del laudabilísimo objeto que nos ha obligado a acometerlo»[6].

Portada de El primogenito de Alburquerque

Y en una reseña de esta novela, aparecida en la Revista Española el 2 de marzo de 1834, se lee respecto de la mezcla de ficción e historia:

La imaginación y la invención no deben ceder nunca su puesto a la narración de los hechos […] porque nadie, por más histórica que sea una novela, irá a beber en ella los datos que haya menester, y porque si un autor quiere escribir historia verdadera y fidedigna ni se lo impide nadie, ni nadie le obliga a que la llame Novela, antes al contrario agradeceríamoslo mucho todos, pues buena falta nos hace[7].


[1] Citado por Edgar A. Peers, Historia del movimiento romántico español, Madrid, Gredos, 1954, vol. II, p. 53.

[2] Manuel Milá y Fontanals, Compendio de arte poética, Barcelona, 1844, p. 112. Ver Peers, Historia del movimiento romántico español, vol. II, p. 35.

[3] Alberto Lista, Ensayos literarios y críticos, Sevilla, Calvo-Rubio, 1844, vol. I, p. 156.

[4] Lista, Ensayos literarios y críticos, p. 162.

[5] Citado por Reginald F. Brown, La novela española (1700-1850), Madrid, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1953, p. 29.

[6] Tomo este dato de Enrique Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 74, nota.

[7] Citado por Reginald F. Brown, «The Romantic Novel in Catalonia», Hispanic Review, XIII, 1945, p. 300.

Etapas en el desarrollo de la novela histórica romántica española (de 1845 a 1870)

La cuarta etapa sería de 1845 a 1870. Estamos ya en una fase posromántica en la que la novela histórica se escindirá en dos grandes corrientes[1]: por un lado, se continuará escribiendo una novela documentada, erudita o, por lo menos, seria, cultivada por autores como Cánovas del Castillo (La campana de Huesca, 1852)[2], Amós de Escalante (Ave, Maris Stella, 1877), Castelar (Fra Filippo Lippi, 1877; El suspiro del moro, 1885-1886) o Navarro Villoslada (Doña Blanca de Navarra, 1846; Doña Urraca de Castilla, 1849; Amaya, 1877). De otra parte, los temas históricos serán tomados en los años 50-60 por los entreguistas y autores de folletines (Fernández y González, Ortega y Frías, Parreño…), con escaso cuidado en la documentación y reconstrucción histórica (que se pierde en beneficio de la aventura, de la simple peripecia novelesca), lo que conducirá a la degeneración[3] y casi desaparición de la novela histórica romántica[4]. El año de 1870 es señero[5], en este sentido, al tener ya escrita Pérez Galdós La Fontana de Oro, obra con la que se iniciará una nueva forma de tratar la historia, sobre todo de ambiente contemporáneo, que culminará con las series de los Episodios Nacionales. Por otra parte, en la literatura no histórica ha triunfado ya plenamente el Realismo, movimiento en el que se producirá la gran novela española del siglo XIX.

Cubierta de La Fontana de Oro

En definitiva, la novela histórica romántica ofrece en España sus mejores frutos desde  1834 hasta 1844 —o desde 1830, si queremos incluir la novela de López Soler—[6], con una producción de cierta originalidad (pese a las grandes influencias recibidas, siempre señaladas, en lo concerniente a recursos narrativos y situaciones, sobre todo de las novelas de Scott). Con El señor de Bembibre, y al tiempo que empiezan a influir varios autores extranjeros en nuestro costumbrismo (Balzac, George Sand, Soulié…), culmina ese primer gran momento de la novela histórica española que coincide, grosso modo, con el triunfo del movimiento romántico. Todavía aparecerán después algunas obras importantes, pero habrá que esperar a Galdós y a sus Episodios nacionales para encontrar una renovación dentro de este peculiar subgénero narrativo.


[1] «Todavía en esta fase post-romántica se da algún que otro ejemplo de la novela romántica histórica, pero tienen todas ellas un aire de antiguallas teatrales. Ocurría con esta modalidad literaria del romanticismo lo que con otras muchas. No muere la novela histórica, se desintegra, y en el mismo proceso se transforma y se revitaliza. De un lado […], se degrada en manos de escritores que no conservan de la modalidad anterior más que el dominio de los temas y de la técnica. Es el caso de Fernández y González (cuya primera novela, La mancha de sangre, data de 1845) y, después de él, de todos los abastecedores de novelas seudohistóricas por entregas. De otro lado, y los ejemplos son mucho menos frecuentes, tenemos la novela histórica seria y documentada, siguiendo el ejemplo de Walter Scott, de Francisco Navarro Villoslada», escribe Reginald F. Brown, La novela española (1700-1850), Madrid, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1953, pp. 35-36.

[2] Baroja no encontró, de todas formas, tan seria esta novela: «A mí me ha parecido Cánovas igualmente malo como orador que como escritor. Yo leí La campana de Huesca sin poder contenerme, a carcajadas» (Juventud, egolatría, Madrid, Caro Raggio, 1917, p. 292).

[3] La decadencia de la novela histórica romántica coincide con el desarrollo de la conciencia de la historicidad en España. Cfr. Enrique Tierno Galván, Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 19.

[4] Por supuesto, algunas novelas históricas con características similares a las románticas se pueden encontrar hasta finales de siglo, pero se trata de autores que cultivan una tendencia pasada ya de moda. En 1877 se publicarían tres obras importantes Ave, Maris Stella de Escalante, Fra Filippo Lippi de Castelar y Amaya de Navarro Villoslada, lo que permite a Amado Alonso hablar de «un conato de resurgimiento» de la novela histórica romántica (Ensayo sobre la novela histórica, Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, p. 66).

[5] «… el año 1870 es un año clave y límite para la novela española, ya que en el mes de diciembre del mismo, acabó su primera novela un tal Benito Pérez Galdós. Naturalmente, la novela histórica, en sus tres tendencias, se va a continuar produciendo pero, digámoslo cuanto antes y aunque sea en desdoro de un Navarro Villoslada, nos encontramos ya ante una moda fuera del tiempo, ante un hacer sin mucho significado para la historia literaria» (Ferreras, El triunfo del liberalismo…, p. 202). La primera edición conocida de La Fontana de Oro es de 1871, pero conservo la fecha de 1870 que da Ferreras como tope final de la etapa, porque para entonces la novela ya estaba redactada.

[6] La antología de Felicidad Buendía recoge con las obras seleccionadas este marco temporal, con una novela de 1830 (Los bandos de Castilla), una de 1831 (La conquista de Valencia por el Cid), dos de 1834 (El doncel de don Enrique el Doliente y Sancho Saldaña), tres de 1835 (Ni rey ni Roque, El golpe en vago y La heredera de Sangumí), una de 1837 (Doña Isabel de Solís), otra de 1838 (Cristianos y moriscos) y la de Gil y Carrasco de 1844.

Etapas en el desarrollo de la novela histórica romántica (de 1834 a 1844)

La tercera etapa va de 1834 a 1844. Es la gran década de la novela histórica[1], coincidiendo con el triunfo del movimiento romántico (y con una serie de cambios sociopolíticos importantes)[2]. El año 34 es considerado como el cenit de la novela histórica española por Peers y Buendía. En efecto, se publican ese año novelas importantes como son Sancho Saldaña, de Espronceda, El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra y Los expatriados o Zulema y Gazul, de Vayo, además de la segunda novela de Húmara y Salamanca, Los amigos enemigos, y la adaptación por parte de López Soler de Nuestra Señora de París, de Victor Hugo, con el título de La catedral de Sevilla. El triunfo de la novela histórica o, como señala Buendía, el triunfo del Romanticismo en la novela, se consolida en 1835 al dar a la prensa sus novelas otros autores señalados: Cortada y Sala (La heredera de Sangumí), Escosura (Ni rey ni Roque), García de Villalta (El golpe en vago). El otro límite de esta etapa es también claro, pues en 1844 se publica El señor de Bembibre, obra que ha sido considerada tradicionalmente por la crítica como la mejor de su género en España. Se suele señalar un «parón» en la producción desde 1838[3] (fecha de Cristianos y moriscos, de Estébanez Calderón) hasta ese año 44; sin embargo, hay que destacar que 1840 es un año importante, no solo porque se publican varias obras, sino por aparecer El templario y la villana, de Cortada, que puede colocarse entre las mejores de la tendencia.

El señor de Bembibre


[1] «Y desde 1834 hasta la década siguiente (1844) se desarrolla lo que pudiéramos llamar novela histórica española en cuanto es cultivada por nuestros escritores con un sentido de autenticidad española y buscando sus formas propias, sin que por eso dejen de recordar en su técnica a los modelos del autor escocés, pero distando ya mucho de ser una imitación servil. Aun en los peores casos, es decir, en las más infelices novelas, el sello de la personalidad del autor y de la característica patria confieren personalidad suficiente como para que sean bautizadas, con cierto fundamento, como originales por sus primeros escritores» (Felicidad Buendía, Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 24).

[2] Ver Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976, p. 63.

[3] Cfr., por ejemplo, Edgar A. Peers, Historia del movimiento romántico español, Madrid, Gredos, 1954, vol. II, pp. 295 y 297.

Etapas en el desarrollo de la novela histórica romántica española (de 1805 a 1833)

Podemos establecer varias etapas en el desarrollo de la novela histórica en España, en paralelo con el desarrollo del movimiento romántico. Consideremos hoy las dos primeras etapas, entre 1805 y 1833.

Primera etapa, 1805-1826. Es un momento en el que se escriben muy pocas novelas, pero gracias a las traducciones y al desarrollo de la industria editorial, se va creando un público lector. En 1823 aparece la obra Ramiro, conde de Lucena, de Rafael Húmara y Salamanca, que puede considerarse la primera novela histórica española propiamente dicha, aunque no crea una producción en los años inmediatos.

Cubierta de Ramiro, Conde de Lucena

Segunda etapa, 1827-1833. Son unos años prerrománticos en los que la lectura de autores extranjeros da lugar a varias imitaciones y en los que aparecerán las primeras novelas históricas españolas: en 1828 se publica el Gómez Arias de Trueba y Cossío que sigue ya el modelo scottiano. Menéndez Pelayo llama a Trueba «padre de la novela histórica española», aunque hay que señalar que su obra se escribe fuera de España y en inglés. En cualquier caso, sí que es cierto que son los emigrados los primeros en cultivar el nuevo género creado por Scott. En 1830, el género histórico se afianzará en España con la aparición de Los bandos de Castilla, de López Soler, obra escrita con la intención de crear escuela en España y que va a conseguir ese objetivo.