El poema «Lo fugaz», de Ricardo Jaimes Freyre

Ya en una entrada anterior ofrecí una breve semblanza del poeta boliviano Ricardo Jaimes Freyre  (1868-1933) y un comentario de su poema «Canción de la primavera», buen ejemplo del estilo modernista que impregna su primer poemario, Castalia bárbara (1899). En esta ocasión reproduzco su composición «Lo fugaz», que es el octavo poema de la sección «Los sueños son vida», del poemario de igual título publicado en 1917.

El texto retoma el tradicional motivo de «la brevedad de la rosa», si bien en su última estrofa (que se inicia con la adversativa pero) se introduce una variante temática que pudiéramos enunciar como «la eternidad de lo fugaz». Por lo demás, cabe destacar en el poema la brillante utilización de la adjetivación (aguas turbias, seno amargo / noches puras y serenas) así como la consecución del ritmo a través de las repeticiones poéticas de determinados elementos textuales («la rosa temblorosa», «sobre las aguas turbias del pantano») que refuerzan el efecto de la rima asonantada.

Rosa deshojada

La rosa temblorosa
se desprendió del tallo,
y la arrastró la brisa
sobre las aguas turbias del pantano.

Una onda fugitiva
le abrió su seno amargo
y estrechando a la rosa temblorosa
la deshizo en sus brazos.

Flotaron sobre el agua
las hojas como miembros mutilados
y confundidas con el lodo negro
negras, aun más que el lodo, se tornaron;

pero en las noches puras y serenas
se sentía vagar en el espacio
un leve olor de rosa
sobre las aguas turbias del pantano[1].


[1] Cito por Ricardo Jaimes Freyre, Obra poética y narrativa, recopilación y fijación de textos, introducción, notas y cronología de Mauricio Souza Crespo, La Paz, Plural Editores, 2005, p. 197. La introducción de Souza Crespo constituye un buen punto de partida para la comprensión y valoración del conjunto de la obra poética de Jaimes Freyre. En las pp. 53-55 el lector interesado encontrará una bibliografía mínima sobre el poeta. De entre las monografías ahí citadas, cabe destacar las siguientes: Emilio Carilla, Ricardo Jaimes Freyre, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1962; Mireya Jaimes Freyre, Modernismo y 98 a través de Ricardo Jaimes Freyre, Madrid, Gredos, 1969; Carlos Castañón Barrientos, Ricardo Jaimes Freyre. Notas sobre su vida y su obra, La Paz, Proinsa, 1980; y Mauricio Souza, Lugares comunes del Modernismo. Aproximaciones a Ricardo Jaimes Freyre, La Paz, Plural Editores, 2003.

El «Canto a don Miguel de Cervantes Saavedra», de Germán Céspedes Barbery

Germán Céspedes Barbery, escritor nacido en Cochabamba (Bolivia) en 1916, es autor de algunos poemarios (Puertos de ansiedad, Cuartetos del amor, de la vida y la muerte o Diálogos de amistad); libros de relatos (Cuentos de aquí, de allá y de más allá) y dramas (tales como Una flor en el suelo, Teatro interior o Ima Sumaj. Ejerció como profesor de letras y fue miembro del grupo cultural Gesta Bárbara[1].

Estatua de Miguel de Cervantes en la Biblioteca Nacional de España

A este panorama de las recreaciones cervantinas en la poesía boliviana lo traemos por su «Canto a don Miguel de Cervantes Saavedra», perteneciente al libro Puertos de ansiedad (1953), dejando apuntado que en el mismo libro se incluyen también otros cinco sonetos dedicados a otros tantos motivos quijotescos. El texto dice así:

Sonoro manantial del verbo hispano,
Capitán de proezas del ensueño,
artífice y creador del magno empeño
de enaltecer la estirpe de Quijano.

Tuyo el donaire del ingenio humano
como el embrujo del dolor risueño,
y tuyo el sacro universal diseño
de acero triunfal del castellano.

Tuya la savia de la ardiente España:
corazón encantado por la historia
de su fecunda y multiforme entraña.

¡Y tuyo el lauro, el himno de victoria
con que América asciende la montaña
con la Cruz y la Espada de tu gloria[2].


[1] Puede verse una semblanza del autor en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 204-206. Ver también Elías Blanco Mamani, Enciclopedia Gesta de autores de la literatura boliviana, La Paz, Plural Editores, 2005, p. 58a.

[2] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 211. Mantengo las mayúsculas del original.

«A nuestro señor don Quijote», de Leonor Ribera Arteaga

Siguiendo con las recreaciones quijotescas en la poesía boliviana, traigo hoy al blog el soneto «A nuestro señor don Quijote» de Leonor Ribera Arteaga, abogado nacido y fallecido en Santa Cruz de la Sierra (1906-1984). Licenciado y Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Políticas, ejerció la docencia como Catedrático de la Universidad Gabriel René Moreno de su ciudad natal[1].

Con esta composición Ribera Arteaga obtuvo la «Violeta de Oro» en los Segundos Juegos Florales de Santa Cruz en el año 1929. El poema (cuyo título recuerda el de la famosa «Letanía…» de Rubén Darío) se centra en don Quijote como símbolo inmortal del espíritu humano que lucha en pos del bien (justicia, libertad, etc.), un sublime ideal que es capaz de lograr con su esfuerzo «la regeneración de nuestra raza».

Don Quijote de la Mancha con Rocinante

El texto completo es como sigue:

Renacerás, retornarás un día.
Tú no puedes morir eternamente,
sin que se pierda el alma en la vacía
existencia vulgar que es el presente.

Si hoy te sepulta el Mal en su porfía,
mañana surgirás resplandeciente,
sobre el espejo de tu suerte umbría,
como un nuevo adalid omnipotente.

Ven, sublime Señor, y haz que desprecie
la humanidad su afán materialista,
de tu divino espíritu a la especie.

Y afirmando la fe que el hombre abraza,
concretará una fórmula alquimista
la regeneración de nuestra raza[2].


[1] Puede consultarse una amplia semblanza de Leonor Ribera Arteaga en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 288-295. Ver también Mario Gabriel Hollweg, Leonor Ribera Arteaga: vida y obra de un humanista, Santa Cruz de la Sierra, s. n., 1991.

[2] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 296.

La «Loa al Rey de las quimeras», de Gregorio Reynolds

Gregorio Reynolds (Sucre, 1882-La Paz, 1948), político y diplomático boliviano, miembro de la Academia Boliviana de la Lengua, es autor en cuya dilatada producción literaria destacan sus poemarios El cofre de Psiquis (1918) y Horas turbias (1922); en 1948, de forma póstuma, se recogieron sus Poesías escogidas[1].

Un Quijote, de Diego Vasquez

Copio aquí su poema «Loa al Rey de las quimeras», que constituye una evocación conjunta de don Quijote y su creador, Miguel de Cervantes, unidos ambos en la inmortalidad de la gloria literaria:

«Para mí solo nació don Quijote, yo para él;
él supo obrar, yo escribir; sólo los dos somos para en uno» (Cervantes)

Gloria a ti, gran señor, paladín fiero,
loco ejemplar, divinamente humano;
de Francisco de Asís eres hermano,
y hermano de don Juan, el pendenciero.

Necesitan, señor aventurero,
tu amparo la mujer, tu odio el villano
y, eterno Rocinante, el vulgo vano
tu luciente espolín de caballero.

Compendias a Jesús y a don Rodrigo
de Vivar… Los poetas, cuando sales
ávido de imposibles, van contigo,

porque el gran don Miguel te hizo en sus males
consejero leal y buen amigo.
Tú por él y él por ti sois inmortales[2].


[1] Puede verse una amplia semblanza del autor en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 244-254.

[2] Poema incluido en Edgar Ávila Echazú, Resumen y antología de la literatura boliviana, La Paz, Gisbert y Cía., 1973, p. 438. Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 255.

Las «Nanas de la patera» de Alfonso Valverde

Este domingo, con la celebración del Bautismo de Jesús, se cierra el ciclo litúrgico de Navidad. Corresponde, por tanto, poner fin también a la serie de villancicos y poemas navideños que han ido apareciendo estos días pasados en la Ínsula. Y quiero hacerlo con estas preciosas «Nanas de la patera» de Alfonso Valverde, que aluden a una realidad, por desgracia, de total actualidad en nuestro tiempo y en nuestra geografía cercana. El texto nos recuerda que el Niño Jesús se identifica con todos, sí, pero de forma especial con los emigrantes, los perseguidos, los pobres y humillados de la tierra… Y, desde sus humildes versos (muchas veces el villancico navideño adopta esta forma de nana popular), nos invita a reflexionar acerca de esta idea: que la Navidad ha de ser más, mucho más, que los turrones, las luces de colores y los regalos hueros que nos impone —muchas veces— un triste consumismo sin sentido.

Bebé rescatado de una patera

A la nanita, nana,
duérmete, cielo,
la patera es chiquita,
grandes los sueños…
Que Jesús y María
también se fueron,
huyendo de un Herodes,
al extranjero…

Huyendo de un Herodes
el Dios eterno…,
nosotros por el hambre,
Él por el miedo,
nosotros en patera,
Él en jumento…

Tu papá va remando
y yo te velo…,
los Herodes y el hambre
quedaron lejos…,
que se duerme mi niño,
se está durmiendo.
Que lo arrullen la luna
y los luceros,
que se callen las olas,
que calle el viento…

—Cuando lleguemos, niño,
cuando lleguemos,
comerás pan de trigo
y hasta cordero,
que es Navidad, mi vida,
y el Dios del cielo
sólo quiere una cosa:
que nos amemos…

Que Jesús y María
también se fueron,
huyendo de un Herodes,
al extranjero…
A la nanita, nana,
duérmete, cielo[1].

Estas «Nanas de la patera» se pueden escuchar aquí, cantadas por el Coro Auxilium de Utrera.


[1] Tomo el texto de Jaume Flaquer García, SJ, Vidas itinerantes. Apuntes para una teología interreligiosa de la migración, Barcelona, Generalitat de Catalunya, 2007, p. 31 (Cuadernos Cristianisme i Justícia, de la Fundació Migra Studium, núm. 151). Introduzco algunos cambios en la puntuación y añado la distribución de los versos en estrofas.

La poesía seria de José Joaquín Benegasi y Luján

En ocasiones, José Joaquín Benegasi y Luján (Madrid, 1707-Madrid, 1770) se acerca en su poesía a una temática seria, como en el soneto «Glosando “que lo demás es polvo, sombra, nada”», donde vuelve sobre el motivo tradicional de la caducidad de todo lo terreno:

Yo sé que he de morir, pero ignorando
estoy el cuándo, para disponerme;
con que, para lograr el no perderme,
dispuesto vivo, pues ignoro el cuándo.

De Dios la gran piedad me está llamando;
¿pues cómo tardo tanto en resolverme?
Ya voy, Señor, ya voy, sin detenerme,
pues que sois Vos el que me está esperando.

¿Qué es el mundo, el aplauso, la hermosura?
Pantanos que embarazan la jornada.
¿Y esto detiene? Sí, ¡fiera locura!

Pues alto ya, cuidado a la llamada
de quien la salvación nos asegura;
que lo demás es polvo, sombra, nada.

(Obras líricas jocoserias…, p. 11)[1]

Polvo entre las manos

Pero, incluso cuando el tema de la composición es serio, puede producirse en la parte final un quiebro que reconduce el texto hacia el terreno de lo jocoso, como sucede en el soneto «Hablando con la vanidad, y sin ella»:

«¡Vanidad! ¡Vanidad! ¿No me respondes?
¡Ah, vanidad!, ¿cómo eres tan grosera?
¡Ah, vanidad! ¡Ah, vanidad!, siquiera
respóndanme por ti duques y condes.

¡Ah, vanidad!, ¿adónde, di, te escondes,
con ser así que estás en un cualquiera?
¡Ah, vanidad!, saber de ti quisiera
con quién hoy día más te correspondes.

Sorda sin duda estás, bien lo colijo.
¡Jesús, qué voces! Basta de mal rato,
que tú vendrás quizá sin ser llamada.»

Así exclamaba yo, y una voz dijo:
«¿Para qué son los gritos, mentecato?
¿Cómo ha de responder, sobre ser nada?».

(Obras líricas jocoserias…, p. 7)

Ese tono serio reaparece puntualmente en algunas otras composiciones, como por ejemplo en una décima «Reflexionando en la muerte»:

Como sé que he de morir,
y como vivo ignorando
el cómo, el dónde y el cuándo,
vivo sin poder vivir,
pues me quiero prevenir
cada instante, por si fuere
el último que tuviere;
porque, bien reflexionado,
solo quien muere en pecado
es quien propriamente muere.

(Obras líricas jocoserias…, p. 98b)

También en la siguiente del volumen, «Otra, mística»:

Sin Dios, todo va perdido,
con Dios, todo va ganado.
Sin Dios, nadie se ha salvado,
con Dios, nadie ha perecido.
Sin Dios, el que más ha sido
en la humana estimación
es nada, y su presumpción
es nada. Nada es por fin;
pues cuidado con el sin,
pues alerta con el con.

(Obras líricas jocoserias…, p. 98b)

O en esta «Otra» que viene a continuación:

Pecador, mira lo eterno
y di, pues te estará bien:
«Si yo me condeno, ¿quién
me sacará del infierno?»
Y así, con afecto tierno,
dale a Dios tu corazón,
pide contrito el perdón,
pide, pide, clama, clama,
y pues con pasión te ama,
válete de su Pasión.

(Obras líricas jocoserias…, p. 99a)

Y en algunas pocas más, igualmente de temática moral-religiosa. Pero enseguida Benegasi se vuelve al territorio de la jocosidad festiva, que le es más propio y donde sin duda se siente mucho más a gusto.


[1] Las citas corresponden a estos dos volúmenes: Poesías líricas y jocoserias. Su autor, don José Joaquín Benegasi y Luján, Señor de los Terreros y Valdelosyelos, Regidor perpetuo de la ciudad de Loja, quien las dedica al Excelentísimo Señor Marqués de Villena, Duque de Escalona, Conde de San Esteban de Gormaz, caballero del insigne Orden del Toisón, etc., en Madrid, en la imprenta de José González, vive en la calle del Arenal, año de 1743; y Obras líricas jocoserias que dejó escritas el Sr. D. Francisco Benegasi y Luján, caballero que fue del orden de Calatrava, Gobernador y Superintendente General de Alcázar de San Juan, Villanueva de los Infantes y Molina de Aragón, del Consejo de Su Majestad en el de Hacienda, Regidor perpetuo de la Muy Noble Ciudad de Loja, Patrono de la Capilla que en el Real Monasterio de San Jerónimo de esta Corte fundó la Señora doña María Ana de Luján, etc. Van añadidas algunas poesías de su hijo don Josef Benegasi y Luján, posteriores a su primer tomo lírico, las que se notan con esta señal *, con licencia, en Madrid, en la oficina de Juan de San Martín, y a su costa; se hallará en su librería, calle de la Montera, donde se vende el Mercurio, año 1746.

«Soneto para la madrugada de un seis de enero» de Carlos Murciano

Para celebrar la festividad de la Epifanía del Señor, en esta mañana de ilusión e ilusiones, y dedicado a todos los niños, y también a aquellos mayores a los que todavía les asoma un niño soñador en la ventana de sus ojos, copiaré aquí el bello poema de Carlos Murciano titulado «Soneto para la madrugada de un seis de enero»:

Los Reyes Magos

Abro el balcón de pronto. Está vacío.
Un pájaro se escapa cielo arriba
y en la baranda, entre la nieve viva,
va desangrándose un clavel tardío.

Buenos días, Invierno. Nada. Frío
y nada. Y soledad. La luz, esquiva,
juega a poner de acíbar mi saliva,
sombría el alma, el corazón sombrío.

De niebla, silenciosos, cruzan ellos
y silenciosos cruzan sus camellos
para no despertar a la alegría.

Pero como les vi pasar, mañana
habrá un niño asomado a la ventana
de mis ojos, soñando todavía[1].


[1] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 204.

El «Villancico de la falta de fe» de Luis Rosales

Para esta Noche de Reyes, siempre mágica y especial, cuando los tres Magos de Oriente que han seguido la estrella que les ha guiado están a punto de llegar ya a Belén para adorar al Niño-Dios, pongo en el blog este «Villancico de la falta de fe» de Luis Rosales, cuyos versos nos invitan a reflexionar. (Entre paréntesis, una pequeña nota léxica para que se entienda mejor la referencia del verso 12: el almez —Celtis australis— es un árbol ornamental que puede verse en parques y calles; su fruto, la almeza, toma el color negro cuando está ya totalmente maduro.)

La estrella de los Reyes Magos

La estrella es tan clara que
no todo el mundo la ve.

En el cielo hay una estrella
nueva y lentísima, es
la estrella de Dios que guía
hacia el portal de Belén.

Los Magos, como son magos,
vieron la estrella nacer;
los hombres, como son hombres,
la miran y no la ven.

Baltasar tiene la carne
morena como el almez;
es viejo, tan viejo
que ha muerto más de una vez,

y Melchor es tan creyente,
tan iluminado, que
siempre que sus ojos miran
se ven sus ojos arder.

Pasan ciudades, ciudades
con calentura en la sien,
donde la estrella, que es niña,
se apaga para no ver.

Pasan desiertos, desiertos
como los hombres también,
y bosques que acaso nunca
volverán a florecer.

Pasan años y los hombres
siguen padeciendo sed,
la estrella sigue en el cielo,
sólo muy pocos la ven[1].


[1] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 199-200.

Los «Cuentos de vacaciones» de Ramón y Cajal: valoración final

Cuentos de vacaciones, de Ramón y CajalEn todos los relatos de Ramón y Cajal incluidos en Cuentos de vacaciones (Madrid, Imprenta de Fortanet, 1905[1]), que he ido examinando en sucesivas entradas, apenas hay acción. Con frecuencia la narración se convierte en mero vehículo para la exposición de ideas y temas próximos al ensayo, con notas que consiguen literaturizarla vagamente. Los personajes encarnan ideas, son portavoces de una tesis y, a veces, encuentran la antítesis encarnada en otro personaje. Los contenidos se expresan a través de continuas digresiones y largos parlamentos, que entorpecen el normal desarrollo de la acción narrativa. El común denominador de los pensamientos del autor así transmitidos es una visión optimista de la ciencia y una defensa de lo racional (frente a creencias irracionales y supercherías religiosas), que debe iluminar y hacer avanzar al hombre y a la sociedad. Ese objetivo quizá no se logre en un plazo de tiempo corto, pero Ramón y Cajal manifiesta su confianza de que se alcanzará en el porvenir.

El rasgo estilístico más destacado sería el empleo de una onomástica y toponimia elocuentes: el conflictivo pueblo donde el fabricante de honradez quiere experimentar su vacuna moral es Villabronca; ese hipnólogo, que tiene grandes proyectos, se llama Alejandro Mirahonda (y es Mirahonda, también, por ser hipnólogo); las localidades donde vive el hidalgo padre de Inés, en «La casa maldita», son Rivalta y Villaencumbrada; el hombre natural del último relato, con grandes ideales, se apellida Miralta, en tanto que su amigo tradicionalista tiene el pomposo y significativo nombre de don Esperaindeo Carcabuey; un sacerdote que escudriña en las conciencias de sus parroquianos se llama Padre Zahorí, etc.

Ciertamente, la calidad de estas cinco narraciones no es demasiado alta, pero sin duda ofrecen un considerable interés: estos relatos, además de ser las distracciones literarias de un excepcional hombre de ciencia, nos revelan algunas de las ideas nucleares de su pensamiento, manifestadas a través de la expresión literaria, que —una vez más— mezcla «lo útil» de la enseñanza (contenido) con «lo dulce» del envoltorio (forma), según el desideratum clásico del «deleitar aprovechando» (el horaciano delectare et prodesse). Y es que, como tantos otros médicos humanistas, don Santiago Ramón y Cajal también sintió la seductora atracción de la literatura y quiso utilizarla ancilarmente como vehículo de su ideario.Ciencia yCienci


[1] Hay varias ediciones modernas. Manejo la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

«El Niño divino (villancico de Navidad)» de Manuel Machado

El poema navideño de hoy nos lo brinda Manuel Machado. Se titula «El Niño divino (villancico de Navidad)» y canta en estilo sencillo y popular (versos octosílabos con repetición de un estribillo, empleo de diminutivos afectivos, etc.) el doble sentimiento que suscita el nacimiento del Niño Jesús, que ríe y llora al mismo tiempo en el pesebre: de un lado, la alegría (risa), porque su venida al mundo trae la salvación al género humano; pero, al mismo tiempo, la tristeza (llanto) que provoca su desvalimiento en el Portal de Belén, el cual anticipa además los futuros sufrimientos de su Pasión y Muerte redentora en la Cruz («Cuando el niño sea un hombre / lo llevarán al Calvario…)»:

Niño Jesús en el pesebre

De llanto y risa,
de risa y llanto.

Venid a ver el infante
que ha nacido en el establo,
que por ser Rey en los Cielos
no quiso en tierra  palacios.

Es el niño más bonito
que nunca vieron humanos…
En la boquita y los ojos
tiene un indecible encanto,

de llanto y risa,
de risa y llanto. 

Para que no sienta el frío
del mundo donde ha llegado,
una mulita y un buey
su aliento le están echando.

Tiene por lecho las pajas,
por techo el cielo estrellado…
De una claridad sublime,
tiene el semblante bañado…

de llanto y risa,
de risa y llanto. 

Cuando el niño sea un hombre
lo llevarán al Calvario…
Pero su Padre Divino
lo arrebatará en sus brazos…

Como a la par llora y ríe,
al mover de uno a otro lado
la cabecita, en el aire
traza del Iris el arco…

de llanto y risa,
de risa y llanto[1].


[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 101-102.