«Castañas de cajú», un poema javeriano de Marina Aoiz

Este bello poema me fue amablemente enviado por Marina Aoiz[1] para que formara parte de mi libro antológico Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2004, que fue el número 3 de la colección «Biblioteca Javeriana» impulsada por el GRISO. Lo recupero ahora para celebrar con él en el blog la festividad, hoy 3 de diciembre, de nuestro Santo navarro y universal.

San Francisco Javier

CASTAÑAS DE CAJÚ

A mi padre, mi hijo mayor,
mi cuarto hermano y mi cuñado,
todos Javier

Sobre la estera de palma
las estrellas velan su sueño.

Hace dos meses apenas, un velero portugués
depositó en Goa al sexto hijo de Juan de Jaso
y María de Azpilicueta. Este hombre enjuto,
humilde y compasivo, al que esperan los leprosos
como «agua de mayo», alberga en sus verdes pupilas
una sed antigua de amor y justicia.
Sus manos, retoños de nogal, prodigan caricias
sobre los cuerpos enfermos. Pero son sus palabras
vehementes, a veces, contenidas otras,
las que germinan —buena semilla— en los corazones.

Hoy, siete de julio de 1542, Francisco de Xavier
ha llegado a la prisión con una cesta de castañas de cajú
y varios cocos tiernos para ofrecer su agua
a quienes deliran por efecto de esta fiebre tropical.
El hedor es irrespirable, espantoso. El navarro,
con su alma florecida de brezos y blancos espinos,
habla de la bondad que el Buen Jesús trajo del Cielo
para todos los seres humanos de esta tierra. De una
puerta luminosa, habla. De belleza y esperanza.
Y sus palabras, en una lengua desconocida,
se van tornando transparentes. Vibran y refrescan
como un torrente de agua cristalina.
Los presos, enfermos, desahuciados, lo rodean
mientras reparte castañas y sorbos de agua nutritiva.
Sienten la libertad del mar bajo sus pies descalzos.
Una ligereza de espíritu. Algo parecido a la brisa.

Atraviesa el sendero sombreado de palmeras
y llega hasta la playa. Está exhausto. Ha compartido
su pan espiritual con los más pobres y marginados.
Extiende su estera sobre la arena y el rumor del mar
le trae los aromas a tomillo y romero de su sierra.
El río Aragón le arrulla con su canto de almadías.
Asocia la redondez de la cúpula celeste con la hermandad.
El cansancio, con el amor incondicional a todo ser vivo.
Da gracias a Dios por el camino recorrido y por revelarse
a cada instante en su corazón compasivo. No pide
señales ni grandezas. Sólo un poco de bondad,
de la que Jesús trajo a la tierra, para repartirla
con sus caricias, sus castañas de cajú y su agua
de coco bendita. Llora con dulces y amargas lágrimas
por lo que el día le ha enseñado. Invoca a la Virgen.
Vislumbra su fe: fortaleza de piedra; viento de esperanza.

La noche protege los huesos de Francisco.
Las estrellas velan sus sueños. Y María.


[1] Marina Aoiz Monreal (Tafalla, Navarra, 1955) es autora, entre otros libros, de los poemarios La  risa  de Gea (1986), Tierra secreta (1991), Admisural (1998), Fragmentos de obsidiana (2001), El libro de las limosnas (2003), Edelphus (2004), Hueso de los vientos (2005), Don de la luz (2006), Donde ahora estoy en pie frente a mi tiempo (2007), Hojas rojas (2009), Códigos del instante (2009),  El pupitre asirio (2011), Islas invernales (2011) o Génesis (2011).

José Joaquín Benegasi y Luján (1707-1770), un escritor jocoserio

No es mucho lo que se sabe de la vida de José Joaquín Benegasi y Luján, hijo del también escritor Francisco Benegasi y Luján, autor especialmente dado a lo jocoserio. Algunos detalles autobiográficos se desprenden de comentarios personales incluidos en sus propias obras. A modo de resumen, consignaré los datos biográficos que, junto con la semblanza de su carácter, ofrece José Herrera Navarro:

Nació el día 12 de abril de 1707 en Madrid. Hijo de D. Francisco Benegasi y Luján, fue Señor de Terreros y Valdeloshielos, del Mayorazgo de Luján y Regidor perpetuo de la ciudad de Loja. De carácter humilde y desinteresado, se conformó con las rentas de su Casa, y no ambicionó otros cargos o empleos.

Al quedar viudo y sin hijos (tuvo un hijo que murió muy joven), y encontrándose sumido en la mayor pobreza, tomó el hábito en la Real Casa Hospital de San Antonio Abad de Madrid en el mes de junio de 1763, y vivió en ella hasta el 18 de abril de 1770, en que murió. Era amigo del Marqués de la Olmeda y de Fr. Juan de la Concepción, del que escribió una Fama póstuma (Madrid, 1754).

Poeta y escritor que se distinguió por su facilidad para versificar y por una gran actividad creadora: espíritu inquieto que convertía en literatura cualquier hecho, acontecimiento o pensamiento[1].

Algunos datos complementarios aporta Eduardo Tejero Robledo, por ejemplo sobre sus amistades literarias: «Participó en los círculos literarios madrileños contaminados de popularismo y epígonos de un conceptismo abaratado: F. Monsagrati y Escobar, F. Scoti Fernández de Córdoba, José Villarroel, Diego de Torres Villarroel, el marqués de Avellaneda… eran sus contertulios». Este crítico juzga a Benegasi como «Poeta festivo, ingenioso a veces, prosaico en demasía»[2].

Ya Cayetano Alberto de la Barrera dedicaba en su Catálogo algunos párrafos al comentario de su obra y ofrecía esta valoración general:

Coplero discreto, sazonadamente festivo, llano y sencillo en el estilo como pocos de sus contemporáneos, nuestro don José Joaquín se dedicó toda su vida, casi por oficio, a la composición métrica, fatigando incesantemente las prensas con libros y papeles poéticos, muchos de estos populares, otros panegíricos, descriptivos de festejos y sucesos públicos, y así a esta manera. Supo manejar fácilmente los versos cortos, más adecuados a los asuntos que le inspiraba su festivo numen. Fue poco feliz en las composiciones de asunto grave y elevado […]. Él mismo se declara poco aficionado al verso de arte mayor. […] Pero si los versos de nuestro autor no son ciertamente sublimes, ofrecen en cambio pensamientos sentenciosos, oportuna moralidad, intención satírica de los vicios y costumbres sociales[3].

Por su parte, Emilio Palacios Fernández ha escrito:

Mención especial merece también el madrileño José Joaquín Benegasi y Luján (1707-1770), de gran influencia en la poesía de la época, pues en su casa se reunía dos veces por semana una tertulia literaria. Fue poeta habilidoso, pero de escasa calidad. Practica, sobre todo, la poesía festiva haciendo de ella su finalidad poética («Diome Apolo mi destino / para lo festivo sólo»). Pero, a veces, sus versos se tornan cáusticos y duros para criticar a la nobleza. Siendo noble él también, resulta extraña su actitud, que le obligó al anonimato en aquellas composiciones que publicaba en pliegos de cordel y vendían los ciegos.

Tiene también otro tipo de poemas de asunto más elevado («A Santa Teresa», «Lo que es el mundo, la hermosura, la nobleza y el aplauso»…), de épica religiosa con estilo festivo (Vida de San Benito de Palermo, 1750, en seguidillas, y Vida de San Dámaso, 1752, en redondillas) y otros intranscendentes, incluso chabacanos.

Sus obras poéticas —también escribe comedias, entremeses y bailes— se recogieron fundamentalmente en dos libros: Poesías líricas y joco-serias (Madrid, 1743) y Obras métricas a distintos asuntos, así serios como festivos (Madrid, 1760).

La intencionalidad festiva y el destino popular de la mayoría de sus versos le llevaron a cultivar un estilo natural, a veces vulgar; y su desmedida fantasía se opuso a los que, ya en el reinado de Fernando VI, trabajaron por poner orden y normas en la literatura sin freno[4].

José Joaquín Benegasi y Luján

Aguilar y Piñal[5] añade el dato de que, como ingenio literario, usó los seudónimos Juan Antonio Azpitarte, Juan del Rosal, Joaquín de Paz y Joaquín Maldonado. Las entradas bibliográficas que recoge este crítico conforman una producción en la que destacan las poesías de circunstancias, algún pronóstico jocoso y, sobre todo, varios títulos que acreditan a Benegasi y Luján como ingenio inclinado a las chanzas y a lo jocoso. Cito a modo de ejemplo: Poesías líricas y jocoserias… (1743), Vida del portentoso negro San Benito de Palermo, descripta en seis cantos jocoserios… (1750), Poesías líricas, y entre estas la Vida del glorioso San Dámaso … escrita en redondillas jocoserias (1752), Obras métricas … a distintos asuntos, así serios como festivos (s. a., ¿1760?), Papel nuevo. Benegasi contra Benegasi… (1760), Motes diferentes en varios metros, así serios como festivos… (1760), Descripción festiva de la suntuosa carrera… Escribíala en seguidillas y con la introducción en octavas jocosas (1760), Metros diferentes, así serios como festivos… (1761), Vida del glorioso San Dámaso… Escríbela en redondillas jocoserias (1763, 2.ª ed. aumentada) o, en fin, El fiambre de cuantos papeles han salido con motivo de las Reales Fiestas, así por tardo como por frío; el que sin sal ni pimienta compuso en prosa y metros distintos… (1766). Creo que la mera transcripción de estos títulos sirve para dejar constancia de la decidida inclinación a lo festivo y jocoserio de este poco estudiado escritor dieciochesco.

En fechas más recientes, Pedro Ruiz Pérez le ha dedicado atención en varios trabajos, del que me interesa destacar el titulado «Para una bibliografía de José Joaquín Benegasi y Luján. Hacia su consideración crítica»[6], donde, además de establecer un corpus muy completo de su producción, aporta interesantes datos para contextualizarla en unos nuevos tiempos en que los escritores «ya no rehúyen el mercado, sino que lo buscan y alimentan»[7]. Y así, explica a propósito de los muchos y variados títulos que publicó:

En ellos se aprecia la variedad de los modelos y la flexibilidad alcanzada en la acomodación de los mismos a los moldes impresos, en una gama que discurre desde el pliego más o menos culto al grueso volumen de versos, aun con el predominio absoluto del tamaño en cuarto, que no debía de estar muy alejado de una cierta voluntad recopilatoria del autor, como se aprecia también en la recurrencia en las portadas de alusiones al número de tomo que el volumen ostenta en una presumible compilación ordenada del conjunto de la producción. Esta se caracteriza por la gran amplitud del arco temático y pragmático de sus piezas, revelador del grado de extensión alcanzado por el verso para dar cauce a las materias más dispares, enmarcadas por la expresión lírica, de un lado, y la poesía pública y de circunstancia, del otro. Y en ello Benegasi no presenta más singularidad que la abundancia de su escritura y la regularidad de su impresión[8].


[1] José Herrera Navarro, Catálogo de autores teatrales del siglo XVIII, Alcalá / Madrid, Fundación Universitaria Española, 1993, p. 48.

[2] Ver Eduardo Tejero Robledo, «Dos poetas (Nicolás F. Moratín y José Joaquín Benegasi) para un Infante, más un pretexto didáctico», Didáctica (Lengua y Literatura), 3, 1991, pp. 134-139; las dos citas corresponden a las pp. 134 y 135.

[3] Cayetano Alberto de La Barrera, Catálogo bibliográfico y biográfico del teatro antiguo español, desde sus orígenes hasta mediados del siglo XVIII, Madrid, Rivadeneyra, 1860, p. 36b.

[4] Emilio Palacios Fernández, «Evolución de la poesía en el siglo XVIII», en Historia de la literatura española e hispanoamericana, coord. Emilio Palacios, Madrid, Orgaz, 1981, vol. IV, p. 31.

[5] Francisco Aguilar Piñal, Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII, tomo I, A-B, Madrid, CSIC, 1981, tomo I, pp. 587-593.

[6] Ver también Pedro Ruiz Pérez, «La epístola poética en el bajo barroco: impreso y sociabilidad», Bulletin Hispanique, vol. 115, núm. 1, 2013, pp. 221-252 y su edición de sus Composiciones epistolares, ed. Pedro Ruiz Pérez, Madrid, EDOBNE / Musa a las 9, 2012.

[7] Pedro Ruiz Pérez, «Para una bibliografía de José Joaquín Benegasi y Luján. Hacia su consideración crítica», Voz y letra. Revista de literatura, vol. 23, núm. 1, 2012, p. 148. Añade: «Al penetrar en los textos de Benegasi descubrimos un autor con marcada conciencia de su estatuto y situación, deseoso de mejorar en ellos y conocedor de los medios para lograrlo» (p. 149).

[8] Ruiz Pérez, «Para una bibliografía de José Joaquín Benegasi y Luján. Hacia su consideración crítica», pp. 168-169. Y concluye que la figura de Benegasi responde a la del poeta «que va encontrando su acomodo en un nuevo marco social» (p. 169).

Los «Sonetos de humildad» de Héctor Cossío Salinas

Héctor Cossío Salinas

Además de su faceta como literato, el abogado Héctor Cossío Salinas (Cochabamba, Bolivia, 1929-1972) llegó a ser diputado nacional y más tarde alcalde de su ciudad natal. Impulsó la revista Canata, fue miembro del grupo «Gesta Bárbara» y presidente de la Unión Nacional de Poetas y Escritores de Bolivia. Igualmente, fue asesor editorial y codirector de la Enciclopedia Boliviana de «Los Amigos del Libro». Con su libro Posada de los sueños  (1964) obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1963. Fue compilador de las antologías La tradición en Cochabamba (1969) y La poesía en Cochabamba (1972).

Juan Quirós señala que Cossío Salinas «Es ante todo un sonetista», y añade:

Como motivos permanentes de sus versos podemos señalar el amor y la tierra. No tanto el paisaje como fluido plástico —valga la frase— sino la tierra en explosión de vida. Ha tenido una sólida educación adquirida pacientemente en el conocimiento de los poetas clásicos españoles, tanto antiguos como modernos[1].

Un notable ejemplo de su buen hacer como sonetista (sencillez temática y acertado manejo del ritmo del endecasílabo) lo constituyen sus «Sonetos de humildad»:

Eres el pan presente cada día…
Eres el pan abierto de blancura
que en su interior creciente me asegura
la humilde devoción de la alegría.

Eres la espiga tierna que podría
retenerme en su cáliz de ternura
y conducirme al sueño que clausura
esta vida recóndita y vacía.

Eres el pan perenne y verdadero:
infancia rubia, dulce levadura
presentida de amor y de tibieza.

Y eres el pan moreno que yo quiero,
inmerso en el dolor que me inaugura
para otra forma de eternal pureza.

                    * * *

¿Dónde está la sustancia verdadera
que hizo del trigo pan; del amor, beso;
de los sedientos labios, embeleso,
y del sueño una eterna primavera?

Vecina de la muerte y de la espera,
¿esconderá la noche —lirio preso,
recóndito albedrío, amor confeso—
tu presencia purísima y ligera?

Compadéceme, amor, porque mi sueño
se acercó demasiado a lo imposible
del pretérito signo florecido.

Compadéceme, amor, que no soy dueño
de mi propia existencia en la terrible
serenidad de tu postrer olvido…

                    * * *

Trigo maduro y amarillo, trigo
ofrecido en la tarde jubilosa
desde la humilde mano silenciosa
serenamente próvido de abrigo.

Fruto lleno de paz, fruto mendigo
del necesario amor de cada cosa.
Al incluirme en tu alma luminosa
de blancura recóndita, te digo

mi palabra de canto y alabanza,
porque has llegado a mí con la esperanza
de una vida de eternas claridades.

Trigo maduro, de tu lado vengo
y en las manos abiertas sólo tengo
la serena emoción de otras edades[2].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 353.

[2] Tomo los textos de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 353-354. En el tercer soneto, suprimo el punto que figura al final del verso octavo, tras digo.

El poema «Alma del suelo» de Olga Bruzzone

Olga Bruzzone

Olga Bruzzone, nacida en La Paz (Bolivia), en 1909, fallecería en 1996 en Canadá. Dirigió la revista femenina Superación y fue vocera de la Confederación Nacional de Instituciones Femeninas (CONIF). Ganadora de varios premios literarios, es autora del poemario Hondo, muy hondo (1960) y de las novelas Tras la cortina de incienso (1974) y Torbellino de horas, que obtuvo el Segundo Premio «Erich Guttentag» en 1984. En su Índice de la poesía boliviana contemporánea, Juan Quirós nos ofrece esta valoración de su obra poética:

Desentraña las propias emociones con palabras vigorosas y vibrantes. Por sobre todas las cosas es una poetisa maternal. Ningún matiz que se roce con el tema de la madre falta a sus versos, desde el diseño leve hasta el grito encrespado, disconforme y bronco. Olga Bruzzone de Bloch es autora de Hondo, muy hondo, 1960[1].

Copiaré su composición «Alma del suelo», que este mismo crítico incluye entre los cien mejores poemas bolivianos. Se construye, en esencia, como una serie de metáforas aposicionales a la palabra inicial, Indio. Cabe aclarar que el pututu mencionado hacia el final del poema es un instrumento de viento andino, que originariamente se fabricaba con una caracola marina:

Indio: recio vocablo,
indómito y sonoro.

Canción del pajonal libre del hierro.

Luz replegada en ardientes lavas.

Petrificada audacia de los Andes.

Adjetivo del Sol.

Bronce de eco distante
enraizado en la paja brava.

Polen del páramo.

Vendaval retenido en el surco, en la huella.

Oteador de la Aurora.

Dios de ti mismo.

Conoces el lenguaje de la estrella,
el idioma del agua,
la voz de las tormentas.

Autóctono. Telúrico.
Fecundado en la tierra por el viento.

Agresivo,
desafiante,
audaz, tímido,
desconfiado,
huidizo.

Huanacu y Cóndor.

Inmersión de la altura en el abismo.

Vivificada piedra.

Alma del suelo.

Trasmutación estática del tiempo.

Rastreador de milenios.

Zampoña del dolor, amante quena.
Rebelión encerrada en el pututu.

Enturbiado caudal,
remanso claro.

Tienes los ojos nuevos
y aunque en el día leas la cartilla,
lees en la noche las estrellas[2].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 199.

[2] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 202-203.

La «Elegía a Rubén Darío» de Claudio Peñaranda

Claudio Peñaranda

Claudio Peñaranda nació en Sucre (Bolivia), en 1883. Fue profesor de literatura y retórica en el Colegio Junín y en la Escuela Normal de su ciudad natal. En 1916-1919 fue Diputado Nacional. En octubre de 1917 resultó laureado en los Juegos Florales de La Paz por su poema «Oración por la paz». Trabajó también como periodista y dirigió La Prensa y El Diario. Fallecería en 1921.

Como poeta cuenta en su haber con los poemarios Líricas (1907), Cancionero vivido (1919) y Ofrenda (1921). Su aportación poética la valora Juan Quirós con estas palabras:

Poeta a la manera modernista, mas del modernismo se le quedaron solo las palabras, lo epidérmico y circunstancial. El fervor que empleó en la causa se le deslíe en fácil música de mandolinata, cuyos sones, hay que reconocerlo, eran pegadizos al oído. Cuando se olvidaba de pierrots y duquesitas, desaparecía el poeta declamador y vocinglero, y daba paso a otro, trémulo, de nervios crispados, capaz de producir estrofas como las que llevan por título «De una pesadilla», las mejores del repertorio de Peñaranda. Hay otra composición suya popularizada por diarios y revistas. Es la «Oración por la paz». Una oración con timbales, extensa y enfática. En su celebrada elegía para la muerte de Darío, amén de pensamientos levantados y generosos, aparecen otros materiales puestos ahí por fuerza del sonsonete o porque así lo requería el consonante. El mérito de Claudio Peñaranda consistió en que fue una especie de embajador de Rubén Darío en el país[1].

Es precisamente esta composición, la «Elegía a Rubén Darío», homenaje al poeta nicaragüense, la que traigo hoy a las páginas del blog. Dice así:

Padre y Maestro mágico, liróforo celeste
que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
diste tu acento encantador:
Panida! Pan tú mismo, que coros condujiste
hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,
al son del sistro y del tambor.

I

Así rezaste un día, con hondo desconsuelo,
cuando el divino sátiro quiso llevar al cielo
su pobre pierna de hospital;
cuando su última lágrima, tornada en una nube
hecha de los pecados de un alma de querube,
fue todo el Bien y todo el Mal.

Así rezaste un día… Fue cuando Sor Quimera
era tu hermana monja, cuando la Primavera
querida fue del Rey Rubén;
cuando todo era Azul…; cuando tristes campanas
lloraban con los sones de las Prosas Profanas
la santa muerte de Verlaine.

El abuelo sublime de la pierna anquilótica,
el de cara de diablo y de niña clorótica
te dio de herencia pena y sol;
esa pena risueña que es florida cadena,
ese sol de alegría que hace negra la pena,
y un dulce ensueño con alcohol.

Y el ladino veneno no mató tu energía,
y la mísera vida no robó tu alegría,
serena como un Partenón,
porque siempre te diste y el que da nada espera,
y cada rima nueva es la rima primera,
y luz, consuelo y oración.

Eras bueno, eras noble, ¡Padre y Maestro Darío!
Eras como si un águila, en pleno bosque umbrío
de oculta y torva ingratitud,
extendiera las alas que besara la aurora
y rizaran espumas de brava mar sonora
sobre un nidal de juventud.

Por eso sonreías con inmensa amargura
(amargura, vinagre de un vino de ternura)
ante el injusto frenesí…
Y mirabas sin odio cómo las cien portadas,
hechas para tus hijos caían, profanadas,
caían todas sobre ti…

¿Qué importa esa tristeza? Es la sombra del genio.
Es la fea tramoya del glorioso proscenio.
¡Velar la estrella con un tul!…
(Era un aire suave… Y un rumor de violines.
Una escena grotesca: centauros y arlequines…
Y un torpe insulto: «El indio azul».)

II

Yo quisiera cantarte, a la sorda sordina,
ahogando en un sollozo, cual una golondrina
que en vano busca el nido fiel…
Yo quisiera llorarte con fervor infinito…
Y siento que se aduerme la intención de mi grito
en una sombra de laurel.

¿Te acuerdas, Padre y Maestro, de aquella Margarita
deshojando los pétalos de la primera cita
que nunca, nunca volverá?
¿Te acuerdas de los pinos, como frailes ancianos,
hermanos por la gracia, por la tristeza hermanos?
¿Y el cruel pensar del más allá?

¿Te acuerdas del coraje de la Marcha triunfal
que cual mágica tromba de tonante raudal
enciende llamas de valor?
¿Y aquel rojo leproso a quien el caballero
Rodrigo de Vivar —a falta de dinero—
le da su mano, lis de amor?

¿Te acuerdas que has cantado las risas y las bocas,
las lindas risas rosas, las guindas bocas locas,
la carne blanca del placer?
Después, como el abuelo, también sentiste el frío
del asco de las copas, el bostezo de hastío
y el ansia rota del deber.

Y perdido ya el rumbo de tu voluble aguja,
anhelaste la calma de fúnebre cartuja
cual un humilde hermano Asís…
Y tus sueños de fiebre —alas, besos y aromas—
revolares de blondas y arrullo de palomas
fueron nostalgia de París…

Y así como termina un claro curso de agua,
llevaste tus dolores y amor a Nicaragua,
con ansias de apagar tu luz…
……………………………………………………………..
(El sátiro contempla sobre un lejano monte
una cruz que se eleva cubriendo el horizonte
¡y un resplandor sobre la cruz!)[2]


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, pp. 83-85. En el v. 16 edito pena (el texto trae peña) y en el último verso añado el paréntesis de cierre, que falta.

[2] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 83-85. En el v. 16 edito «pena» (el texto trae aquí «peña», que considero lectura errónea, atraída por «risueña»; la enmienda viene sugerida por la construcción del pasaje: «te dio … pena y sol; / esa pena … / ese sol…»); por otra parte, en el último verso añado el paréntesis de cierre, que falta.

‎«Canción de la primavera» de Ricardo Jaimes Freyre

Ricardo Jaimes Freyre

El escritor, historiador y diplomático boliviano Ricardo Jaimes Freyre es uno de los representantes más destacados del Modernismo en Hispanoamérica y ha sido calificado como el «príncipe de los poetas bolivianos». Curiosamente, su nacimiento tuvo lugar en Tacna, Perú (donde su padre, Julio Lucas Jaimes, desempeñaba el cargo de cónsul de Bolivia), el 12 de mayo de 1868. Fallecería en Buenos Aires el 8 de noviembre de 1933, pero sus restos mortales serían trasladados a Potosí, en cuya catedral reposan.

Junto con Rubén Darío, Ricardo Jaimes Freyre fundó en 1899 en Buenos Aires la prestigiosa Revista de América. Fue amigo también de Leopoldo Lugones. Entre 1901 y 1921 vivió en Tucumán: trabajó como docente en el Colegio Nacional de Tucumán y más tarde en la Universidad Nacional de Tucumán, de la que fue cofundador. Entre 1904 y 1907 dirigió la vanguardista Revista de Letras y Ciencias Sociales. Miembro de la Academia Argentina de Letras y de la Sociedad Sarmiento, en 1916 se le concedería la ciudadanía argentina. En 1921, con Bautista Saavedra en la presidencia de Bolivia, Jaimes Freyre sería nombrado Ministro de Instrucción Pública, Agricultura y Guerra, y a partir de entonces desempeñaría diversos cargos políticos y diplomáticos representando a Bolivia (en Estados Unidos, Brasil, Suiza, etc.). Más tarde sería nombrado ministro de Relaciones Exteriores.

Dejando de lado su producción teatral y sus escritos históricos y sus ensayos sobre literatura, la obra poética de Jaimes Freyre está formada por Castalia bárbara (libro publicado en 1899 en Buenos Aires, con prólogo de Leopoldo Lugones), Los sueños son vida (Buenos Aires, 1917), País de sueño. País de sombra. Castalia bárbara (La Paz, 1918), Poesías completas (Buenos Aires, 1944, compiladas por Eduardo Joubín Colombres), otra edición de Poesías completas (La Paz, 1957, con prólogo de Fernando Díez de Medina) y Poemas. Leyes de la versificación castellana (México, 1974, con prólogo y notas de Antonio Castro Leal).

Como valoración general de su poesía, transcribiré las palabras que le dedica Juan Quirós:

Adolfo Costa du Rels lo llama «el condestable de nuestras letras». Por derecho propio, es uno de los tres vértices del modernismo, con Darío y Lugones. Abanderado del versolibrismo, lo insufló en el mundo de habla española a través de sus Leyes de la versificación castellana, 1912, que contienen una teoría métrica del verso —«la única verdaderamente científica que existe», al decir de Julio Cejador. Sus libros Castalia bárbara, 1899, y Los sueños son vida, 1917, constituyen dos obras maestras en la lírica del continente. En ellos el poeta avanza con elegancia suprema, armonioso y exacto, las pupilas pobladas de visiones. Guillermo Francovich distingue tres dimensiones en esta poesía: «Un exotismo y un paganismo voluntarios que están en la superficie de la obra; un conjunto de confidencias no muy variadas pero que fisonomizan el temperamento meditativo y desolado del poeta; y una serie de vivencias en que luchan obsesiones de guerra y de sangre con visiones sedantes del agua en sus múltiples formas». A Jaimes Freyre le reprochan su exotismo, su paganismo y su evasión a países extraños, aquellos que piensan que sólo lo circunscrito al ámbito inmediato del poeta tiene validez en poesía, sin tener en cuenta que cuando quiso volvió de su ostracismo estético y geográfico, para cantar con timbres de exaltación la victoria del Cristianismo sobre todas las teogonías así como las glorias de la estirpe y de la patria. Jaimes Freyre es el poeta por excelencia de Bolivia, el más puro, el más límpido, el más acendrado[1].

Si sus Leyes de la versificación castellana le valieron la denominación de «teórico del Modernismo», su propia poesía lo inserta de pleno derecho en los orígenes y desarrollo de ese movimiento poético. Un poema representativo del modernismo de Jaimes Freyre es «Canción de la primavera», correspondiente al apartado «País de sueño» de Castalia bárbara, en el que destaca la marcada construcción paralelística (algunos versos se van repitiendo con la técnica de leixaprén), el empleo de elementos de la mitología (las Ninfas, el Fauno, Eros) o el uso de un léxico (rosas, oro, mármol, sangre, sol…) que forma parte del imaginario más típicamente modernista, el cual se ve reforzado por una adjetivación brillante, colorista y sensual:

Sangre de las venas de las rosas rosas
baña las mejillas, purpura los labios…
En las fugitivas horas voluptuosas
hay fuego en las venas de las rosas rosas.
Hay fuego en las venas de las rosas rosas
y el Fauno contempla, desde la espesura,
las primaverales luchas amorosas,
la sangre en las Ninfas de las rosas rosas.

En el oro crespo de las cabelleras
ríe el sol y enreda sus rayos de oro,
y hay huellas de vagas caricias ligeras
en el oro crespo de las cabelleras.

‎En el oro crespo de sus cabelleras
se adornan las Ninfas con hojas y flores,
heraldos triunfales de las Primaveras
en el oro crespo de las cabelleras.

‎En la fría y suave marmórea blancura
Eros labra el nido con risas y besos,
y hay rojos rubores y fuego y ternura
en la fría y suave marmórea blancura.
La fría y süave marmórea blancura
se tiñe con sangre de las rosas rosas,
y el Fauno contempla, desde la espesura,
la fría y süave marmórea blancura…[2]


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 23.

[2] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 32-33, con la única modificación de editar en mayúscula el inicio del verso tercero. El texto puede leerse también en Ricardo Jaimes Freyre, Obra poética y narrativa, ed. preparada por Mauricio Souza Crespo, La Paz, Plural Editores, 2005, pp. 119-120; se anota ahí que el poema presenta algunas variantes en sendas publicaciones anteriores de 1895 y 1896, donde las tres estrofas van además numeradas del I al III.

«Don Francisco de Quevedo», soneto de Armando Soriano Badani

Armando Soriano Badani

Nacido en Cochabamba el año 1923, Armando Soriano Badani es un destacado literato boliviano contemporáneo (poeta, novelista, cuentista…). Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas y en Filosofía y Letras (en la Universidad Mayor de San Andrés), más tarde cursó en París Altos Estudios Sociales. Perteneció al grupo «Gesta Bárbara» (1944). Fue director del suplemento literario del periódico Hoy y miembro del Consejo Nacional de Cultura de Bolivia. Ha trabajado como abogado y catedrático universitario. Como diplomático, ha sido embajador de Bolivia ante la OEA en Washington. Académico de número de la Academia Boliviana de la Lengua, actualmente reside y trabaja en La Paz. Entre otras importantes distinciones, Soriano Badani cuenta en su haber con el Premio de Literatura Pro-Arte, el Premio a la Cultura del Club de La Paz y el Premio de Cultura de la Fundación Manuel Vicente Ballivián.

Armando Soriano Badani es autor de obras ensayísticas y de investigación como El cuento boliviano, 1900-1937 (1964), El cuento boliviano, 1938-1967 (1969), Antología del cuento boliviano (1972 y 1992), El Illimani en la literatura (1976), Poesía boliviana (1977), Pintores bolivianos contemporáneos (1994) o Ensayos sobre cultura boliviana (2007).

Como creador literario, ha escrito tres libros de cuentos, a saber Rumbo de la fatalidad (1989), Visiones de vida (1998) y Unos pasos por el cielo (2003). En el año 2004 publicó su primera novela, titulada Escondida en mis sueños. En cuanto a su trayectoria poética, hasta el año 2000, Raúl Alcázar Velasco la ha resumido con estas palabras:

La caudalosa inspiración de Armando Soriano Badani, el poeta ilustrado y sentimental, se ha cristalizado en siete poemarios, publicados desde 1969 hasta el 2000.

En los cuatro primeros: Alba rota, Perfil del atardecer, Agonía de las viñas y Perennidad de los [en]sueños, los temas y su tratamiento son diversos, con predominio de la poesía amatoria, mientras que en los tres últimos el poeta especifica el motivo y elige la forma. Así, en La huella transparente el núcleo es Bolivia, los poemas históricos y patrióticos; en Rebelión de los anhelos presenta sesenta Décimas al amor y a la ausencia y en Caleidoscopio, treinta sonetos de amor[1].

En la contracubierta del volumen leemos este somero resumen de los temas que abordan los poemas aquí recopilados:

Los seis libros de poesía[2] reunidos en este volumen rescatan treinta años de la prolífica e inspirada consagración de Armando Soriano Badani a la expresión del amor en todas sus manifestaciones: el que profesa por la mujer amada, el que evoca la memoria histórica de su Patria, el que descubre la belleza del paisaje, el que extrae de la música y la pintura alimento para el espíritu. Sus versos, labrados en el rigor de las formas clásicas, son una fervorosa exaltación de la condición humana y un tributo a la sencilla dignidad de la poesía.

Con posterioridad a la recopilación de su Obra poética 1969-2000 (2001), Soriano Badani ha publicado nuevos títulos poéticos, como Fuego incesante (2002) o Lumbre de invierno (2005).

Pues bien, de entre su producción poética, quiero destacar hoy un soneto suyo dedicado a «Don Francisco de Quevedo», que constituye una somera semblanza del genial satírico madrileño, con evocación de su estilo y el recuerdo de alguna de sus obras clave, como El buscón.

Quevedo

Este es el texto de ese poema dedicado a Francisco de Quevedo:

El corrosivo genio de su pluma
trasciende en la nobleza de su estilo
desde el distante ayer color de bruma
hasta el presente diáfano intranquilo.

Atrevido lenguaje cruel exhuma
la picaresca con festivo filo
y su numen satírico es la suma
de invectiva social de refocilo.

Intacta está su imagen, prez y altura,
vivo el retrato del Buscón Don Pablos
vagamundo travieso en la aventura.

Y la gracia picante de vocablos,
brilla en sus ojos de inmortal bravura
que hieren fieros como dos venablos[3].


[1] Ver para más detalles de cada poemario Raúl Alcázar Velasco, «La poesía de Armando Soriano Badani», estudio preliminar a Obra poética 1969-2000, La Paz, Plural Editores, 2001, pp. 7-14. La cita corresponde a la p. 7.

[2] En realidad son siete: Alba rota (1969), Perfil del atardecer (1976), Agonía de las viñas (1985), Perennidad de los ensueños (1991), La huella transparente (1997), Rebelión de los anhelos (1997) y Caleidoscopio (2000).

[3] Tomo el texto de Armando Soriano Badani, Obra poética 1969-2000, La Paz, Plural Editores, 2001, p. 110. Mantengo la puntuación y el uso de las mayúsculas del original.

Cervantes, de nuevo, personaje de ficción: «La sombra de otro» (2014), de Luis García Jambrina

Hace pocas semanas se presentaba y salía a la venta la nueva obra narrativa de Luis García Jambrina, La sombra de otro (Barcelona, Ediciones B, 2014), que novela la vida de Miguel de Cervantes, narrada por su enemigo Antonio de Segura[1].

La sombra de otro, de Luis García Jambrina

La faja publicitaria anuncia: «La vida de Cervantes como nadie la había contado hasta ahora»; la frase que figura en la cubierta bajo el título es «La mejor novela de Cervantes fue su vida»; y estas son las palabras que leemos en la contracubierta del libro:

En una librería de Toledo, un profesor de literatura encuentra, por casualidad, unos papeles antiguos escritos en caracteres arábigos. Se trata de la «confesión» de Antonio de Segura, enemigo en la sombra de Miguel de Cervantes, a quien envidia con toda su alma y persigue de manera implacable con la intención de destruirlo. En ella Segura nos relata, desde la cárcel, cómo conoció a Cervantes en su juventud y cómo fue herido por él en el curso de una pelea, suceso que cambiará para siempre el destino de ambos.

A partir de ahí se suceden las peripecias, los misterios, las intrigas, los conflictos y las rivalidades personales y políticas, las luchas por la supervivencia y por hacerse un hueco en la Corte y en el mundo de las letras, hasta componer un fabuloso recorrido por la vida del autor del Quijote. De las calles de la Villa de Madrid a la ciudad de Argel, de la inspiradora austeridad manchega a la exuberancia sevillana, los principales episodios de la vida del genio se suceden en un argumento tan apasionante como riguroso.

Una novela histórica de calidad en la que no faltan la ironía y los guiños cervantinos, con una fiel ambientación histórica y unos personajes memorables, impactante en sus revelaciones, y llena de intriga y acción.

Tenemos, pues, que Luis García Jambrina (Zamora, 1960) vuelve de nuevo su mirada a los escritores de nuestros Siglos de Oro, tras el éxito obtenido con El manuscrito de piedra (2008) —que le mereció en el año 2009 el Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza— y El manuscrito de nieve (2010), novelas histórico-detectivescas en las que Fernando de Rojas, estudiante de Leyes en Salamanca —más tarde bachiller y autor que terminaría completando La Celestina—, investiga sendos asesinatos, el de un catedrático de Teología y el de un estudiante. García Jambrina es autor además de En tierra de lobos (2013), novela negra ambientada en la España de los años cincuenta, y de los libros de cuentos Oposiciones a la morgue y otros ajustes de cuentas (1995) y Muertos S. A. (2005).

Con La sombra de otro, el autor, profesor titular de Literatura Española en la Universidad de Salamanca, recrea desde la ficción literaria la vida de Cervantes, que es en su opinión un personaje absolutamente novelesco —muy cierto—, aunque muy poco tratado en el mundo de la ficción —afirmación esta matizable, pues desde el Romanticismo hasta nuestros días son bastantes los dramas y las novelas que, con mayor o menor acierto, con mejor o peor calidad literaria, han presentado al autor del Quijote como personaje de ficción—. Por ejemplo, en este vídeo de la Universidad de Salamanca en el que se presenta su novela, el escritor indica que existe poca ficción sobre Cervantes, seguramente porque es un personaje que impone mucho:

http://tv.usal.es/videos/1731/luis-garc%EF%BF%BDa-jambrina.-la-sombra-de-otro

La novela, con sus 398 páginas, queda en lista de espera para una próxima, atenta y apasionante lectura, y sin duda que esta nueva recreación literaria cervantina merecerá un comentario detallado más adelante. Mientras esa valoración personal llega, el lector interesado puede ver algunas de las elogiosas opiniones vertidas hasta la fecha —que en parte responden, claro, al habitual marketing editorial— sobre la misma:

«Muy atractiva, muy inteligente, muy bien construida. Un extraordinario compendio de lucidez y verosimilitud» (J. M. Caballero Bonald)

«Muchos guiños cervantinos, rigor, respeto, aventura, intriga y acción son elementos que se entrelazan en La sombra de otro, su tercera novela histórica tras la exitosa El manuscrito de piedra (Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza)» (El Mundo)

«Luis García Jambrina demuestra que la ficción es necesaria donde la Historia no llega» (ABC)

«Una propuesta llena de encanto y calidad para cualquier lector interesado en acercarse a la figura de un genio irrepetible» (Juan Bolea, El Periódico de Aragón)

«Es la primera novela histórica de entidad que se publica sobre Cervantes. […] Está destinada a ser un fenómeno editorial» (Tiempo)

«Luis García Jambrina une los puntos alrededor de Cervantes y aprovecha para reclamar al padre del Quijote como referente que nos permita recuperar la autoestima» (Miguel Barrero, Qué leer)

«Una novela repleta de rigor histórico pero también de conflictos, aventura e intriga que sin duda harás las delicias de todos los amantes del género» (Qué locura de libros)

«La sombra de otro hilvana algunos de los puntos más enigmáticos y polémicos de la trayectoria de Cervantes en un relato tan apasionante como inteligente» (Culturamas)

O consultar, igualmente, algunos de los enlaces donde se refiere la reciente publicación de La sombra de otro, por ejemplo estos:

http://www.todoliteratura.es/noticia/7600/EVENTOS/Luis-Garcia-Jambrina-novela-la-vida-de-Cervantes-en-La-sombra-de-otro.html

http://www.laopiniondezamora.es/zamora/2014/10/13/luis-garcia-jambrina-reivindica-cervantes/794913.html

http://www.culturamas.es/blog/2014/10/13/luis-garcia-jambrina-novela-la-vida-de-cervantes-en-la-sombra-de-otro/

http://salamancartvaldia.es/not/60619/luis-garcia-jambrina-presenta-su-novela-historica-la-sombra-de-otro-/

http://www.elmundo.es/la-aventura-de-la-historia/2014/10/15/543b882cca4741bc338b456e.html


[1] El colofón de la novela es: «Este libro se terminó de imprimir en Barcelona el 29 de septiembre, día de san Miguel y fecha en la que se supone nació Miguel de Cervantes, en Alcalá de Henares, en el año 1547».

Dos evocaciones de Garcilaso por Rafael Alberti

(A mis alumnos del Programa Senior de la Universidad de Navarra,
con los que estoy repasando estas semanas algunas «Claves de la
literatura del Renacimiento», empezando por la poesía del príncipe
de los poetas castellanos, Garcilaso de la Vega)

Supuesto retrato de Garcilaso de la VegaLa figura señera de Garcilaso de la Vega, genial introductor en España de los metros y las formas estróficas de origen italiano —tarea en la que estuvo acompañado, aunque con algo menos de talento, por su amigo Juan Boscán—, fue recordada en numerosas ocasiones por los poetas del grupo poético del 27, quienes no solo admiraron su poesía, sino que conocieron su benéfico influjo, y tuvieron ocasión de celebrar, a la altura de 1936, el centenario de la muerte del soldado-poeta[1]. Rafael Alberti, en concreto, le dedicó dos evocaciones: la primera es el famoso poema que comienza «Si Garcilaso volviera…», incluido en Marinero en tierra (1924); la segunda es un texto menos conocido, la «Elegía a Garcilaso (Luna, 1501-1536)», de Sermones y moradas (1929-1930). El primero de los poemas dice así:

Si Garcilaso volviera,
yo sería su escudero;
que buen caballero era.

Mi traje de marinero
se trocaría en guerrera
ante el brillar de su acero;
que buen caballero era.

¡Qué dulce oírle, guerrero,
al borde de su estribera!
En la mano, mi sombrero;
que buen caballero era[2].

Como bien anota su editora, María Asunción Mateo,

La admiración —patente en toda su obra— hacia el poeta toledano le inspira esta canción, en la que rinde vasallaje poético a su figura y su obra. La mar, la vocación marinera, queda relegada —excepcionalmente— a un segundo plano, por seguir a la poesía, representada por el caballero Garcilaso.

Juan Ramón Jiménez elogió mucho este poema al propio Alberti[3].

Por otra parte, en Sermones y moradas (1929-1930) incluye Alberti el citado poema «Elegía a Garcilaso (Luna, 1501-1536)», que va encabezado por un verso garcilasista a modo de lema: «… antes de tiempo y casi en flor cortada». Se trata de un verso de la octava 29 de la Égloga III de Garcilaso, donde hace referencia a la muerte de una ninfa:

Todas, con el cabello desparcido,
lloraban una ninfa delicada
cuya vida mostraba que había sido
antes de tiempo y casi en flor cortada.
Cerca del agua, en un lugar florido,
estaba entre las hierbas degollada,
cual queda el blanco cisne cuando pierde
la dulce vida entre la hierba verde[4].

Rafael AlbertiPero aquí el sentido de ese verso se actualiza al aplicarse ahora —así lo entendemos al leer el contenido del poema— a la temprana muerte del poeta, fallecido como consecuencia de las heridas recibidas en una heroica acción de armas (el asalto a la fortaleza de Le Muy, en Francia, en septiembre de 1636, en el contexto de las guerras del emperador Carlos V con Francisco I de Francia). La muerte temprana, viene a sugerir poéticamente el texto («Vivir poco y llorando es el sino de la nieve que equivoca su ruta»), es el destino reservado a los héroes, que abandonan pronto esta existencia mortal, pero que en compensación están llamados a vivir la inmortalidad de la fama:

… antes de tiempo y casi en flor cortada.
Garcilaso de la Vega

Hubierais visto llorar sangre a las yedras cuando el agua más triste se pasó toda una noche velando a un yelmo ya sin alma,
a un yelmo moribundo sobre una rosa nacida en el vaho que duerme los espejos de los castillos
a esa hora en que los nardos más secos se acuerdan de su vida
al ver que las violetas difuntas abandonan sus cajas y los laúdes se ahogan por arrollarse a sí mismos.

Es verdad que los fosos inventaron el sueño y los fantasmas.
Yo no sé lo que mira en las almenas esa inmóvil armadura vacía.
¿Cómo hay luces que decretan tan pronto la agonía de las espadas
si piensan en que un lirio es vigilado por hojas que duran mucho más tiempo?
Vivir poco y llorando es el sino de la nieve que equivoca su ruta.

En el Sur siempre es cortada casi en flor el ave fría[5].


[1] Ver Francisco Javier Díez de Revenga, Un pasado, un presente: el Siglo de Oro español en nuestros contemporáneos, Madrid, Biblioteca Nueva, 2003. En el capítulo segundo, «Garcilaso de la Vega y la poesía contemporánea», comenta la presencia de Garcilaso en Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Miguel Hernández, Rafael Alberti, etc.

[2] Cito por Rafael Alberti, Antología comentada (Poesía), ed. de María Asunción Mateo, dibujos de Rafael Alberti, Madrid, Ediciones de la Torre, 1990, p. 184. El poema puede escucharse, recitado por el propio Alberti, en el siguiente enlace: http://www.youtube.com/watch?v=M5-MoREx3yI

[3] Antología comentada (Poesía), cit., p. 184, nota.

[4] Cito por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, 6.ª ed, Madrid, Castalia, 1989, p. 202, con algún ligero retoque en la puntuación.

[5] Cito por Rafael Alberti, Con la luz primera. Antología de verso y prosa (Obra de 1920 a 1996), ed. de María Asunción Mateo, Madrid, EDAF, 2002, p. 202.

Dos poemas de Yolanda Bedregal: «Sed» y «Nocturno en Dios»

Yolanda Bedregal

Yolanda Bedregal de Conitzer (La Paz, 1913-La Paz, 1999), célebre poeta y novelista boliviana, también conocida como Yolanda de Bolivia, constituye una de las figuras más destacadas del postmodernismo hispanoamericano. Es hija de Juan Francisco Bedregal, notable representante del Modernismo en Bolivia. Cursó estudios superiores en la Escuela de Bellas Artes de La Paz, y más tarde estudió estética en la Universidad de Columbia (Nueva York). De regreso en Bolivia, enseñó en el Conservatorio de Música, la Escuela Superior de Bellas Artes y la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y en la Academia Benavides de Sucre; trabajó también en el Consejo Nacional de Cultura y en la Municipalidad de La Paz, de la que fue Oficial Mayor de Cultura. Fue miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua, y correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Argentina de Letras. Como diplomática, ejerció el cargo de embajadora de Bolivia en España. En homenaje y reconocimiento a su figura, el Estado boliviano creó en el año 2000 el Premio Nacional de Poesía «Yolanda Bedregal», que se convoca y entrega anualmente.

Su producción literaria incluye libros de poesía, de narrativa y algunas antologías (así, la Antología de la poesía boliviana preparada para la Universidad de Buenos Aires y para la Enciclopedia Boliviana, de la editorial Los Amigos del Libro), además de ensayos, obras divulgativas y literatura infantil. Entre sus principales títulos poéticos se cuentan los libros Poemar (1937), Ecos (1940, en colaboración con su esposo, Gert Conitzer, autor de las traducciones de los poemas al alemán), Almadía (1942), Nadir (1950), Del mar y la ceniza (1957) o Convocatorias (1994). De entre su obra en prosa destacan, especialmente, Naufragio (1936) y Bajo el oscuro sol (1971).

Sobre ella ha escrito Juan Quirós:

Es la más representativa figura de mujer que ha producido la poesía boliviana. Ha recorrido todas las gamas. Su voz desvelada le viene desde las zonas más recónditas del ser. Desde la ternura tenue hasta la rebeldía que modera el buen gusto, vibran en su plectro las más diversas tonalidades[1].

Como ejemplo de su poesía de tonalidad religiosa, la que prevalece en su última etapa de creación lírica, copiaré aquí dos poemas que reflejan la sed de eternidad del yo lírico, los titulados precisamente «Sed» y «Nocturno en Dios». El texto del primero es así:

No quiero
agua
ni sangre
ni vino
para mi sed.

Quiero
lo que ha sido
y nunca más será.

Lo que pudo ser
y no fue.
Lo que pasó,
lo que será.

Tengo sed
de Eternidad
en la copa de vidrio
de un instante fugaz[2].

El segundo, «Nocturno en Dios», es como sigue:

Señor, cuando oscurezca, te necesito mucho;
cuando las hojas tiemblan para caer del árbol,
parece que un lamento contenido se acerca.

Señor, cuando sea Otoño y la flor no esté firme,
quiero que me acompañes a ver el desnudarse
del mundo.
Caerá mi primavera en un volar de estambres.
¿He de pisar acaso mi propia alma caída?

Llévame de la mano adonde nada piense,
donde en ti me cobije sin que se mueva el tiempo.
Tú eres inmarcesible, y yo quiero agostarme
como hierba en tu pecho, que no me lleve el viento.
Tengo miedo al crujido que hace el pie en el otoño[3].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 251. Para más detalles sobre su vida, su figura y su obra, con diversos estudios bibliográficos, remito a la web creada con motivo del centenario de su nacimiento, celebrado en 2013.

[2] Cito por Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 252-253.

[3] Recogido en Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, p. 258.