«Navidad», de Octavio Campero Echazú

De Nazaret a Belén
hay una senda;
por ella van los que creen
en las promesas.

Estando ya en el tercer domingo de Adviento, no estará de más ir dando entrada ya en el blog a alguna ídem de tema navideño. Este año, comenzaremos la serie de poesía navideña con el poema titulado precisamente «Navidad», del escritor boliviano Octavio Campero Echazú (Tarija, 1900-Cochabamba, 1970). En el texto, además del ritmo tradicional (octosílabos con rima de romance, pero con versos de pie quebrado rematando la tercera y cuarta cuartetas), cabe destacar la introducción de un elemento andino (quenas) que proporciona particularidad geográfica al tema universal del nacimiento del Niño Dios, así como la bella metáfora aposicional «mies de luz sobre la vega» aplicada al recién nacido.

Belén andino

Este es el texto completo del poema:

Pastora, la contradanza
que tejes sobre la tierra
con los pies desnudos, huele
a pastos de Nochebuena.

Te enlazan dos zagalones,
y entre sus manos labriegas
—arbolito de diciembre—
tu talle se balancea.

Detrás vienen seis pastores
con tres zagalas cimbreñas,
como siguiendo el aroma
de tus huellas.

Y cantan un villancico
—son crecido entre las hierbas—
iniciado por el viento
de las quenas.

Desde el portal de sus voces,
la tuya, como una estrella,
los encamina hacia un verde
retablo de Nochebuena…

Ya los gallos campaneros
dan las doce; y es la tierra,
bajo el viento de los astros,
cuna que se balancea…

¡El Niño Dios ha nacido!
—mies de luz sobre la vega—,
y tus canciones, pastora,
se tiñen de un alba nueva[1].


[1] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, pp. 153-154, con algún ligero retoque en la puntuación.

La poesía festiva de José Joaquín Benegasi y Luján

Dado el considerable número que suman las poesías de José Joaquín Benegasi y Luján, mi acercamiento a este corpus suyo en estas entradas habrá de ser, a la fuerza, parcial y selectivo. No pretendo un análisis sistemático del conjunto de su producción poética, sino hacer tan solo algunas calas[1] que puedan servir para ejemplificar los principales temas, motivos y procedimientos estilísticos presentes en su poesía festiva. Serán pues, algunas consideraciones muy generales que permitan, eso sí, apuntar los rasgos más significativos y citar, a modo de pequeña antología, algunos de sus versos.

La primera conclusión que se obtiene tras una lectura de los textos poéticos de Benegasi hijo es la de su inclinación preferente a lo festivo y jocoso, a los chistes y las gracias. Un ambiente lúdico —podría decirse— impregna la mayor parte de sus poemas, en los que predomina la estética conceptista de la agudeza, con abundancia de dilogías y otros juegos de palabras, con el empleo jocoso de rimas agudas (muy frecuentes) y esdrújulas[2], versos de cabo roto[3], anáforas y otros juegos de repetición…

Juegos de palabras

Consideremos por ejemplo el texto «Preguntándole un caballero erudito y forastero “¿Qué hay en Madrid?”, respondió en este SONETO»:

Hay necios, hay mordaces, hay groseros;
hay temosos, hay ruines, hay dotores;
hay señores no tales y hay señores,
hay sillas, coches, bestias y cocheros.

Hay mujeres (mujeres) usureros,
escribanos que son procuradores,
hay sobrados letrados, relatores
y arrendadores como caballeros.

Hay falsedad, ficción, enredos, maulas,
hay discretos, por que haya desgraciados,
con obras dignas de que tú las rayes.

Hay muchos que habitar debieran jaulas;
hay varios mozos, bien desengañados,
¡y hay (que es lo peor) imponderables hayes![4]

(Obras líricas jocoserias…, p. 21)

El humor apunta ya muchas veces en la propia forma de rotular las composiciones, con títulos curiosos como el del soneto «Diálogo en que se supone al dios Apolo distribuyendo parte de la puntuación que halló en cierta imprenta entre un ingenio, un caballero pobre y un conde» (Obras líricas jocoserias…, p. 6). Tenemos «Otro [romance] a lo que dice (si lo dice)» (Obras líricas jocoserias…, pp. 90-92), etc. Un recurso muy frecuente para conseguir la comicidad en estas poesías es el empleo de rimas jocosas, particularmente las agudas. Un ejemplo de soneto con rimas agudas lo tenemos en el dedicado «A un caballero que se casó por solo el interés, y le costó un gran trabajo el conseguir el sí»:

Mucho extraño, señor, digan de ti
que el dote, y no tu esposa, te llevó,
pues quien solo del dote se acordó,
siendo tan noble, se olvidó de sí.

Que te llevó el dinero dije, y
mi musa, en realidad, se equivocó;
tú le llevaste, tú, que él te arrastró,
según el gran afán con que te vi.

Filis en ti, y en todo, mandará;
y tú habrás de callar, solo por qué
no te recuerde lo que dicho va.

Conque, siendo esto así, respondemé:
¿Estás como comprado? Claro está.
Luego ¿estarás vendido? Ya se ve.

(Obras líricas jocoserias…, p. 15)

Con rimas agudas y dialogado —otra estructura habitual[5]— es el soneto titulado «Diálogo entre un enfermo y sus tripas, en ocasión de ir a tomar un caldo, por haber mandado el médico no tomase otro alimento hasta que él volviese, y no haber vuelto» (Obras líricas jocoserias…, p. 20). En unas seguidillas de Poesías líricas y jocoserias… alude expresamente a su gusto por las rimas agudas:

Agudos uso siempre
los consonantes,
porque gusto de agudos
y no de graves.
Si bien lo advierten,
como agudos penetran,
pero no hieren.

(Poesías líricas y jocoserias…, p. 32)


[1] Me centraré en los dos volúmenes recopilatorios de Poesías líricas y jocoserias. Su autor, don José Joaquín Benegasi y Luján, Señor de los Terreros y Valdelosyelos, Regidor perpetuo de la ciudad de Loja, quien las dedica al Excelentísimo Señor Marqués de Villena, Duque de Escalona, Conde de San Esteban de Gormaz, caballero del insigne Orden del Toisón, etc., en Madrid, en la imprenta de José González, vive en la calle del Arenal, año de 1743; y de Obras líricas jocoserias que dejó escritas el Sr. D. Francisco Benegasi y Luján, caballero que fue del orden de Calatrava, Gobernador y Superintendente General de Alcázar de San Juan, Villanueva de los Infantes y Molina de Aragón, del Consejo de Su Majestad en el de Hacienda, Regidor perpetuo de la Muy Noble Ciudad de Loja, Patrono de la Capilla que en el Real Monasterio de San Jerónimo de esta Corte fundó la Señora doña María Ana de Luján, etc. Van añadidas algunas poesías de su hijo don Josef Benegasi y Luján, posteriores a su primer tomo lírico, las que se notan con esta señal *, con licencia, en Madrid, en la oficina de Juan de San Martín, y a su costa; se hallará en su librería, calle de la Montera, donde se vende el Mercurio, año 1746.

[2] Ver un romance en esdrújulos en Poesías líricas y jocoserias…, pp. 109-111.

[3] Ver dos sonetos con versos de cabo roto en Poesías líricas y jocoserias…, pp. 14 y 30.

[4] Aquí podría editarse también ayes; se juega con la homofonía de hayes (la palabra hay repetida varias veces) y ayes ‘lamentos’, por extensión ‘sucesos tristes, desgracias’.

[5] Otro soneto dialogado y con rima aguda es el titulado «Diálogo entre el dios Apolo y el autor» (Obras líricas jocoserias…, p. 29).

«El borriquillo», de Óscar Alfaro (1921-1963)

Borrico

Probablemente el rucio de Sancho Panza y Platero de Juan Ramón Jiménez (que, por cierto, está de centenario este año) sean los burros más famosos de la literatura española. Tampoco conviene olvidar, entre los clásicos latinos, una obra como El Asno de Oro de Apuleyo. Sea como sea, son muchos más los burros, asnos y borriquillos que «protagonizan» o, al menos, aparecen en numerosas obras literarias, en distintos géneros y de distintos países.

Óscar Alfaro

Existe, pues, todo un subgénero de «literatura asnal»[1], y como una pequeña muestra de poesía borriquil traigo hoy al blog el poema «El borriquillo», del boliviano Óscar Alfaro. Óscar González Alfaro (San Lorenzo, Tarija, 1921-La Paz, 1963) es autor que cultivó especialmente la literatura infantil y juvenil, que firmó con el nombre de Óscar Alfaro. En La Paz, donde se desempeñó como docente en varios colegios e institutos, perteneció a la segunda generación del grupo literario Gesta Bárbara. Fue Militante del Partido Comunista de Bolivia. Publicó los libros Canciones de lluvia y tierra (1948), Bajo el sol de Tarija (1949), Cajita de música (1949), Alfabeto de estrellas (1950), Cien poemas para niños (1955), Cuentos infantiles (1962) y La escuela de fiesta (1963), títulos a los que se sumarían muchos otros de forma póstuma, publicados por su viuda, Fanny Mendizábal.

Juan Quirós comenta que Óscar Alfaro recreó a los niños

con composiciones fáciles y sentidas, no limpias siempre porque a menudo enseñaba consignas políticas a los pequeños. Los romances que escribió llevan el sello de la gracia y de la espontaneidad. Hay en los mismos una indisimulada influencia de Campero Echazú[2].

Este es el texto, de rimo sencillo y cantarín, de su poema «El borriquillo»:

El borriquillo del cerro
cruza sembrando canciones
con su canoro cencerro
por calles y callejones.

Y con ritmo cantarino
los sellos de sus herrajes
van dibujando tatuajes
sobre la piel del camino.

En el paisaje de estío
tocan su líquida orquesta
las ranas que están de fiesta
bajo las aguas del río.

Y por el dulce sendero
que cruza los olivares
sigue regando cantares
el borriquillo coplero.

Sobre su lomo de seda
descienden los ruiseñores
como una lluvia de flores
desde la fresca arboleda.

Y el borriquillo paciente,
cubierto de aves y trinos,
es un concierto viviente
que viaja por los caminos…[3]


[1] Ver Carlos Mata Induráin «Notas sobre “literatura asnal”. Un curioso libro de Primo Feliciano Martínez», Pregón Siglo XXI, núm. 22, 2003, pp. 82-88 y núm. 23, 2004, pp. 82-83. Asunto relacionado, aunque distinto, es la existencia en diversos países (Colombia, Etiopía, etc.) de las burrotecas: el esfuerzo de tan humildes y sufridos animales equinos permite llevar libros y disfrutar de la lectura a personas que viven en lugares apartados y poco accesibles.

[2] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 269.

[3] Tomo el texto de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, p. 271.

«Castañas de cajú», un poema javeriano de Marina Aoiz

Este bello poema me fue amablemente enviado por Marina Aoiz[1] para que formara parte de mi libro antológico Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2004, que fue el número 3 de la colección «Biblioteca Javeriana» impulsada por el GRISO. Lo recupero ahora para celebrar con él en el blog la festividad, hoy 3 de diciembre, de nuestro Santo navarro y universal.

San Francisco Javier

CASTAÑAS DE CAJÚ

A mi padre, mi hijo mayor,
mi cuarto hermano y mi cuñado,
todos Javier

Sobre la estera de palma
las estrellas velan su sueño.

Hace dos meses apenas, un velero portugués
depositó en Goa al sexto hijo de Juan de Jaso
y María de Azpilicueta. Este hombre enjuto,
humilde y compasivo, al que esperan los leprosos
como «agua de mayo», alberga en sus verdes pupilas
una sed antigua de amor y justicia.
Sus manos, retoños de nogal, prodigan caricias
sobre los cuerpos enfermos. Pero son sus palabras
vehementes, a veces, contenidas otras,
las que germinan —buena semilla— en los corazones.

Hoy, siete de julio de 1542, Francisco de Xavier
ha llegado a la prisión con una cesta de castañas de cajú
y varios cocos tiernos para ofrecer su agua
a quienes deliran por efecto de esta fiebre tropical.
El hedor es irrespirable, espantoso. El navarro,
con su alma florecida de brezos y blancos espinos,
habla de la bondad que el Buen Jesús trajo del Cielo
para todos los seres humanos de esta tierra. De una
puerta luminosa, habla. De belleza y esperanza.
Y sus palabras, en una lengua desconocida,
se van tornando transparentes. Vibran y refrescan
como un torrente de agua cristalina.
Los presos, enfermos, desahuciados, lo rodean
mientras reparte castañas y sorbos de agua nutritiva.
Sienten la libertad del mar bajo sus pies descalzos.
Una ligereza de espíritu. Algo parecido a la brisa.

Atraviesa el sendero sombreado de palmeras
y llega hasta la playa. Está exhausto. Ha compartido
su pan espiritual con los más pobres y marginados.
Extiende su estera sobre la arena y el rumor del mar
le trae los aromas a tomillo y romero de su sierra.
El río Aragón le arrulla con su canto de almadías.
Asocia la redondez de la cúpula celeste con la hermandad.
El cansancio, con el amor incondicional a todo ser vivo.
Da gracias a Dios por el camino recorrido y por revelarse
a cada instante en su corazón compasivo. No pide
señales ni grandezas. Sólo un poco de bondad,
de la que Jesús trajo a la tierra, para repartirla
con sus caricias, sus castañas de cajú y su agua
de coco bendita. Llora con dulces y amargas lágrimas
por lo que el día le ha enseñado. Invoca a la Virgen.
Vislumbra su fe: fortaleza de piedra; viento de esperanza.

La noche protege los huesos de Francisco.
Las estrellas velan sus sueños. Y María.


[1] Marina Aoiz Monreal (Tafalla, Navarra, 1955) es autora, entre otros libros, de los poemarios La  risa  de Gea (1986), Tierra secreta (1991), Admisural (1998), Fragmentos de obsidiana (2001), El libro de las limosnas (2003), Edelphus (2004), Hueso de los vientos (2005), Don de la luz (2006), Donde ahora estoy en pie frente a mi tiempo (2007), Hojas rojas (2009), Códigos del instante (2009),  El pupitre asirio (2011), Islas invernales (2011) o Génesis (2011).

José Joaquín Benegasi y Luján (1707-1770), un escritor jocoserio

No es mucho lo que se sabe de la vida de José Joaquín Benegasi y Luján, hijo del también escritor Francisco Benegasi y Luján, autor especialmente dado a lo jocoserio. Algunos detalles autobiográficos se desprenden de comentarios personales incluidos en sus propias obras. A modo de resumen, consignaré los datos biográficos que, junto con la semblanza de su carácter, ofrece José Herrera Navarro:

Nació el día 12 de abril de 1707 en Madrid. Hijo de D. Francisco Benegasi y Luján, fue Señor de Terreros y Valdeloshielos, del Mayorazgo de Luján y Regidor perpetuo de la ciudad de Loja. De carácter humilde y desinteresado, se conformó con las rentas de su Casa, y no ambicionó otros cargos o empleos.

Al quedar viudo y sin hijos (tuvo un hijo que murió muy joven), y encontrándose sumido en la mayor pobreza, tomó el hábito en la Real Casa Hospital de San Antonio Abad de Madrid en el mes de junio de 1763, y vivió en ella hasta el 18 de abril de 1770, en que murió. Era amigo del Marqués de la Olmeda y de Fr. Juan de la Concepción, del que escribió una Fama póstuma (Madrid, 1754).

Poeta y escritor que se distinguió por su facilidad para versificar y por una gran actividad creadora: espíritu inquieto que convertía en literatura cualquier hecho, acontecimiento o pensamiento[1].

Algunos datos complementarios aporta Eduardo Tejero Robledo, por ejemplo sobre sus amistades literarias: «Participó en los círculos literarios madrileños contaminados de popularismo y epígonos de un conceptismo abaratado: F. Monsagrati y Escobar, F. Scoti Fernández de Córdoba, José Villarroel, Diego de Torres Villarroel, el marqués de Avellaneda… eran sus contertulios». Este crítico juzga a Benegasi como «Poeta festivo, ingenioso a veces, prosaico en demasía»[2].

Ya Cayetano Alberto de la Barrera dedicaba en su Catálogo algunos párrafos al comentario de su obra y ofrecía esta valoración general:

Coplero discreto, sazonadamente festivo, llano y sencillo en el estilo como pocos de sus contemporáneos, nuestro don José Joaquín se dedicó toda su vida, casi por oficio, a la composición métrica, fatigando incesantemente las prensas con libros y papeles poéticos, muchos de estos populares, otros panegíricos, descriptivos de festejos y sucesos públicos, y así a esta manera. Supo manejar fácilmente los versos cortos, más adecuados a los asuntos que le inspiraba su festivo numen. Fue poco feliz en las composiciones de asunto grave y elevado […]. Él mismo se declara poco aficionado al verso de arte mayor. […] Pero si los versos de nuestro autor no son ciertamente sublimes, ofrecen en cambio pensamientos sentenciosos, oportuna moralidad, intención satírica de los vicios y costumbres sociales[3].

Por su parte, Emilio Palacios Fernández ha escrito:

Mención especial merece también el madrileño José Joaquín Benegasi y Luján (1707-1770), de gran influencia en la poesía de la época, pues en su casa se reunía dos veces por semana una tertulia literaria. Fue poeta habilidoso, pero de escasa calidad. Practica, sobre todo, la poesía festiva haciendo de ella su finalidad poética («Diome Apolo mi destino / para lo festivo sólo»). Pero, a veces, sus versos se tornan cáusticos y duros para criticar a la nobleza. Siendo noble él también, resulta extraña su actitud, que le obligó al anonimato en aquellas composiciones que publicaba en pliegos de cordel y vendían los ciegos.

Tiene también otro tipo de poemas de asunto más elevado («A Santa Teresa», «Lo que es el mundo, la hermosura, la nobleza y el aplauso»…), de épica religiosa con estilo festivo (Vida de San Benito de Palermo, 1750, en seguidillas, y Vida de San Dámaso, 1752, en redondillas) y otros intranscendentes, incluso chabacanos.

Sus obras poéticas —también escribe comedias, entremeses y bailes— se recogieron fundamentalmente en dos libros: Poesías líricas y joco-serias (Madrid, 1743) y Obras métricas a distintos asuntos, así serios como festivos (Madrid, 1760).

La intencionalidad festiva y el destino popular de la mayoría de sus versos le llevaron a cultivar un estilo natural, a veces vulgar; y su desmedida fantasía se opuso a los que, ya en el reinado de Fernando VI, trabajaron por poner orden y normas en la literatura sin freno[4].

José Joaquín Benegasi y Luján

Aguilar y Piñal[5] añade el dato de que, como ingenio literario, usó los seudónimos Juan Antonio Azpitarte, Juan del Rosal, Joaquín de Paz y Joaquín Maldonado. Las entradas bibliográficas que recoge este crítico conforman una producción en la que destacan las poesías de circunstancias, algún pronóstico jocoso y, sobre todo, varios títulos que acreditan a Benegasi y Luján como ingenio inclinado a las chanzas y a lo jocoso. Cito a modo de ejemplo: Poesías líricas y jocoserias… (1743), Vida del portentoso negro San Benito de Palermo, descripta en seis cantos jocoserios… (1750), Poesías líricas, y entre estas la Vida del glorioso San Dámaso … escrita en redondillas jocoserias (1752), Obras métricas … a distintos asuntos, así serios como festivos (s. a., ¿1760?), Papel nuevo. Benegasi contra Benegasi… (1760), Motes diferentes en varios metros, así serios como festivos… (1760), Descripción festiva de la suntuosa carrera… Escribíala en seguidillas y con la introducción en octavas jocosas (1760), Metros diferentes, así serios como festivos… (1761), Vida del glorioso San Dámaso… Escríbela en redondillas jocoserias (1763, 2.ª ed. aumentada) o, en fin, El fiambre de cuantos papeles han salido con motivo de las Reales Fiestas, así por tardo como por frío; el que sin sal ni pimienta compuso en prosa y metros distintos… (1766). Creo que la mera transcripción de estos títulos sirve para dejar constancia de la decidida inclinación a lo festivo y jocoserio de este poco estudiado escritor dieciochesco.

En fechas más recientes, Pedro Ruiz Pérez le ha dedicado atención en varios trabajos, del que me interesa destacar el titulado «Para una bibliografía de José Joaquín Benegasi y Luján. Hacia su consideración crítica»[6], donde, además de establecer un corpus muy completo de su producción, aporta interesantes datos para contextualizarla en unos nuevos tiempos en que los escritores «ya no rehúyen el mercado, sino que lo buscan y alimentan»[7]. Y así, explica a propósito de los muchos y variados títulos que publicó:

En ellos se aprecia la variedad de los modelos y la flexibilidad alcanzada en la acomodación de los mismos a los moldes impresos, en una gama que discurre desde el pliego más o menos culto al grueso volumen de versos, aun con el predominio absoluto del tamaño en cuarto, que no debía de estar muy alejado de una cierta voluntad recopilatoria del autor, como se aprecia también en la recurrencia en las portadas de alusiones al número de tomo que el volumen ostenta en una presumible compilación ordenada del conjunto de la producción. Esta se caracteriza por la gran amplitud del arco temático y pragmático de sus piezas, revelador del grado de extensión alcanzado por el verso para dar cauce a las materias más dispares, enmarcadas por la expresión lírica, de un lado, y la poesía pública y de circunstancia, del otro. Y en ello Benegasi no presenta más singularidad que la abundancia de su escritura y la regularidad de su impresión[8].


[1] José Herrera Navarro, Catálogo de autores teatrales del siglo XVIII, Alcalá / Madrid, Fundación Universitaria Española, 1993, p. 48.

[2] Ver Eduardo Tejero Robledo, «Dos poetas (Nicolás F. Moratín y José Joaquín Benegasi) para un Infante, más un pretexto didáctico», Didáctica (Lengua y Literatura), 3, 1991, pp. 134-139; las dos citas corresponden a las pp. 134 y 135.

[3] Cayetano Alberto de La Barrera, Catálogo bibliográfico y biográfico del teatro antiguo español, desde sus orígenes hasta mediados del siglo XVIII, Madrid, Rivadeneyra, 1860, p. 36b.

[4] Emilio Palacios Fernández, «Evolución de la poesía en el siglo XVIII», en Historia de la literatura española e hispanoamericana, coord. Emilio Palacios, Madrid, Orgaz, 1981, vol. IV, p. 31.

[5] Francisco Aguilar Piñal, Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII, tomo I, A-B, Madrid, CSIC, 1981, tomo I, pp. 587-593.

[6] Ver también Pedro Ruiz Pérez, «La epístola poética en el bajo barroco: impreso y sociabilidad», Bulletin Hispanique, vol. 115, núm. 1, 2013, pp. 221-252 y su edición de sus Composiciones epistolares, ed. Pedro Ruiz Pérez, Madrid, EDOBNE / Musa a las 9, 2012.

[7] Pedro Ruiz Pérez, «Para una bibliografía de José Joaquín Benegasi y Luján. Hacia su consideración crítica», Voz y letra. Revista de literatura, vol. 23, núm. 1, 2012, p. 148. Añade: «Al penetrar en los textos de Benegasi descubrimos un autor con marcada conciencia de su estatuto y situación, deseoso de mejorar en ellos y conocedor de los medios para lograrlo» (p. 149).

[8] Ruiz Pérez, «Para una bibliografía de José Joaquín Benegasi y Luján. Hacia su consideración crítica», pp. 168-169. Y concluye que la figura de Benegasi responde a la del poeta «que va encontrando su acomodo en un nuevo marco social» (p. 169).

Los «Sonetos de humildad» de Héctor Cossío Salinas

Héctor Cossío Salinas

Además de su faceta como literato, el abogado Héctor Cossío Salinas (Cochabamba, Bolivia, 1929-1972) llegó a ser diputado nacional y más tarde alcalde de su ciudad natal. Impulsó la revista Canata, fue miembro del grupo «Gesta Bárbara» y presidente de la Unión Nacional de Poetas y Escritores de Bolivia. Igualmente, fue asesor editorial y codirector de la Enciclopedia Boliviana de «Los Amigos del Libro». Con su libro Posada de los sueños  (1964) obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1963. Fue compilador de las antologías La tradición en Cochabamba (1969) y La poesía en Cochabamba (1972).

Juan Quirós señala que Cossío Salinas «Es ante todo un sonetista», y añade:

Como motivos permanentes de sus versos podemos señalar el amor y la tierra. No tanto el paisaje como fluido plástico —valga la frase— sino la tierra en explosión de vida. Ha tenido una sólida educación adquirida pacientemente en el conocimiento de los poetas clásicos españoles, tanto antiguos como modernos[1].

Un notable ejemplo de su buen hacer como sonetista (sencillez temática y acertado manejo del ritmo del endecasílabo) lo constituyen sus «Sonetos de humildad»:

Eres el pan presente cada día…
Eres el pan abierto de blancura
que en su interior creciente me asegura
la humilde devoción de la alegría.

Eres la espiga tierna que podría
retenerme en su cáliz de ternura
y conducirme al sueño que clausura
esta vida recóndita y vacía.

Eres el pan perenne y verdadero:
infancia rubia, dulce levadura
presentida de amor y de tibieza.

Y eres el pan moreno que yo quiero,
inmerso en el dolor que me inaugura
para otra forma de eternal pureza.

                    * * *

¿Dónde está la sustancia verdadera
que hizo del trigo pan; del amor, beso;
de los sedientos labios, embeleso,
y del sueño una eterna primavera?

Vecina de la muerte y de la espera,
¿esconderá la noche —lirio preso,
recóndito albedrío, amor confeso—
tu presencia purísima y ligera?

Compadéceme, amor, porque mi sueño
se acercó demasiado a lo imposible
del pretérito signo florecido.

Compadéceme, amor, que no soy dueño
de mi propia existencia en la terrible
serenidad de tu postrer olvido…

                    * * *

Trigo maduro y amarillo, trigo
ofrecido en la tarde jubilosa
desde la humilde mano silenciosa
serenamente próvido de abrigo.

Fruto lleno de paz, fruto mendigo
del necesario amor de cada cosa.
Al incluirme en tu alma luminosa
de blancura recóndita, te digo

mi palabra de canto y alabanza,
porque has llegado a mí con la esperanza
de una vida de eternas claridades.

Trigo maduro, de tu lado vengo
y en las manos abiertas sólo tengo
la serena emoción de otras edades[2].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 353.

[2] Tomo los textos de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 353-354. En el tercer soneto, suprimo el punto que figura al final del verso octavo, tras digo.

El poema «Alma del suelo» de Olga Bruzzone

Olga Bruzzone

Olga Bruzzone, nacida en La Paz (Bolivia), en 1909, fallecería en 1996 en Canadá. Dirigió la revista femenina Superación y fue vocera de la Confederación Nacional de Instituciones Femeninas (CONIF). Ganadora de varios premios literarios, es autora del poemario Hondo, muy hondo (1960) y de las novelas Tras la cortina de incienso (1974) y Torbellino de horas, que obtuvo el Segundo Premio «Erich Guttentag» en 1984. En su Índice de la poesía boliviana contemporánea, Juan Quirós nos ofrece esta valoración de su obra poética:

Desentraña las propias emociones con palabras vigorosas y vibrantes. Por sobre todas las cosas es una poetisa maternal. Ningún matiz que se roce con el tema de la madre falta a sus versos, desde el diseño leve hasta el grito encrespado, disconforme y bronco. Olga Bruzzone de Bloch es autora de Hondo, muy hondo, 1960[1].

Copiaré su composición «Alma del suelo», que este mismo crítico incluye entre los cien mejores poemas bolivianos. Se construye, en esencia, como una serie de metáforas aposicionales a la palabra inicial, Indio. Cabe aclarar que el pututu mencionado hacia el final del poema es un instrumento de viento andino, que originariamente se fabricaba con una caracola marina:

Indio: recio vocablo,
indómito y sonoro.

Canción del pajonal libre del hierro.

Luz replegada en ardientes lavas.

Petrificada audacia de los Andes.

Adjetivo del Sol.

Bronce de eco distante
enraizado en la paja brava.

Polen del páramo.

Vendaval retenido en el surco, en la huella.

Oteador de la Aurora.

Dios de ti mismo.

Conoces el lenguaje de la estrella,
el idioma del agua,
la voz de las tormentas.

Autóctono. Telúrico.
Fecundado en la tierra por el viento.

Agresivo,
desafiante,
audaz, tímido,
desconfiado,
huidizo.

Huanacu y Cóndor.

Inmersión de la altura en el abismo.

Vivificada piedra.

Alma del suelo.

Trasmutación estática del tiempo.

Rastreador de milenios.

Zampoña del dolor, amante quena.
Rebelión encerrada en el pututu.

Enturbiado caudal,
remanso claro.

Tienes los ojos nuevos
y aunque en el día leas la cartilla,
lees en la noche las estrellas[2].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 199.

[2] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 202-203.

La «Elegía a Rubén Darío» de Claudio Peñaranda

Claudio Peñaranda

Claudio Peñaranda nació en Sucre (Bolivia), en 1883. Fue profesor de literatura y retórica en el Colegio Junín y en la Escuela Normal de su ciudad natal. En 1916-1919 fue Diputado Nacional. En octubre de 1917 resultó laureado en los Juegos Florales de La Paz por su poema «Oración por la paz». Trabajó también como periodista y dirigió La Prensa y El Diario. Fallecería en 1921.

Como poeta cuenta en su haber con los poemarios Líricas (1907), Cancionero vivido (1919) y Ofrenda (1921). Su aportación poética la valora Juan Quirós con estas palabras:

Poeta a la manera modernista, mas del modernismo se le quedaron solo las palabras, lo epidérmico y circunstancial. El fervor que empleó en la causa se le deslíe en fácil música de mandolinata, cuyos sones, hay que reconocerlo, eran pegadizos al oído. Cuando se olvidaba de pierrots y duquesitas, desaparecía el poeta declamador y vocinglero, y daba paso a otro, trémulo, de nervios crispados, capaz de producir estrofas como las que llevan por título «De una pesadilla», las mejores del repertorio de Peñaranda. Hay otra composición suya popularizada por diarios y revistas. Es la «Oración por la paz». Una oración con timbales, extensa y enfática. En su celebrada elegía para la muerte de Darío, amén de pensamientos levantados y generosos, aparecen otros materiales puestos ahí por fuerza del sonsonete o porque así lo requería el consonante. El mérito de Claudio Peñaranda consistió en que fue una especie de embajador de Rubén Darío en el país[1].

Es precisamente esta composición, la «Elegía a Rubén Darío», homenaje al poeta nicaragüense, la que traigo hoy a las páginas del blog. Dice así:

Padre y Maestro mágico, liróforo celeste
que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
diste tu acento encantador:
Panida! Pan tú mismo, que coros condujiste
hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,
al son del sistro y del tambor.

I

Así rezaste un día, con hondo desconsuelo,
cuando el divino sátiro quiso llevar al cielo
su pobre pierna de hospital;
cuando su última lágrima, tornada en una nube
hecha de los pecados de un alma de querube,
fue todo el Bien y todo el Mal.

Así rezaste un día… Fue cuando Sor Quimera
era tu hermana monja, cuando la Primavera
querida fue del Rey Rubén;
cuando todo era Azul…; cuando tristes campanas
lloraban con los sones de las Prosas Profanas
la santa muerte de Verlaine.

El abuelo sublime de la pierna anquilótica,
el de cara de diablo y de niña clorótica
te dio de herencia pena y sol;
esa pena risueña que es florida cadena,
ese sol de alegría que hace negra la pena,
y un dulce ensueño con alcohol.

Y el ladino veneno no mató tu energía,
y la mísera vida no robó tu alegría,
serena como un Partenón,
porque siempre te diste y el que da nada espera,
y cada rima nueva es la rima primera,
y luz, consuelo y oración.

Eras bueno, eras noble, ¡Padre y Maestro Darío!
Eras como si un águila, en pleno bosque umbrío
de oculta y torva ingratitud,
extendiera las alas que besara la aurora
y rizaran espumas de brava mar sonora
sobre un nidal de juventud.

Por eso sonreías con inmensa amargura
(amargura, vinagre de un vino de ternura)
ante el injusto frenesí…
Y mirabas sin odio cómo las cien portadas,
hechas para tus hijos caían, profanadas,
caían todas sobre ti…

¿Qué importa esa tristeza? Es la sombra del genio.
Es la fea tramoya del glorioso proscenio.
¡Velar la estrella con un tul!…
(Era un aire suave… Y un rumor de violines.
Una escena grotesca: centauros y arlequines…
Y un torpe insulto: «El indio azul».)

II

Yo quisiera cantarte, a la sorda sordina,
ahogando en un sollozo, cual una golondrina
que en vano busca el nido fiel…
Yo quisiera llorarte con fervor infinito…
Y siento que se aduerme la intención de mi grito
en una sombra de laurel.

¿Te acuerdas, Padre y Maestro, de aquella Margarita
deshojando los pétalos de la primera cita
que nunca, nunca volverá?
¿Te acuerdas de los pinos, como frailes ancianos,
hermanos por la gracia, por la tristeza hermanos?
¿Y el cruel pensar del más allá?

¿Te acuerdas del coraje de la Marcha triunfal
que cual mágica tromba de tonante raudal
enciende llamas de valor?
¿Y aquel rojo leproso a quien el caballero
Rodrigo de Vivar —a falta de dinero—
le da su mano, lis de amor?

¿Te acuerdas que has cantado las risas y las bocas,
las lindas risas rosas, las guindas bocas locas,
la carne blanca del placer?
Después, como el abuelo, también sentiste el frío
del asco de las copas, el bostezo de hastío
y el ansia rota del deber.

Y perdido ya el rumbo de tu voluble aguja,
anhelaste la calma de fúnebre cartuja
cual un humilde hermano Asís…
Y tus sueños de fiebre —alas, besos y aromas—
revolares de blondas y arrullo de palomas
fueron nostalgia de París…

Y así como termina un claro curso de agua,
llevaste tus dolores y amor a Nicaragua,
con ansias de apagar tu luz…
……………………………………………………………..
(El sátiro contempla sobre un lejano monte
una cruz que se eleva cubriendo el horizonte
¡y un resplandor sobre la cruz!)[2]


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, pp. 83-85. En el v. 16 edito pena (el texto trae peña) y en el último verso añado el paréntesis de cierre, que falta.

[2] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 83-85. En el v. 16 edito «pena» (el texto trae aquí «peña», que considero lectura errónea, atraída por «risueña»; la enmienda viene sugerida por la construcción del pasaje: «te dio … pena y sol; / esa pena … / ese sol…»); por otra parte, en el último verso añado el paréntesis de cierre, que falta.

‎«Canción de la primavera» de Ricardo Jaimes Freyre

Ricardo Jaimes Freyre

El escritor, historiador y diplomático boliviano Ricardo Jaimes Freyre es uno de los representantes más destacados del Modernismo en Hispanoamérica y ha sido calificado como el «príncipe de los poetas bolivianos». Curiosamente, su nacimiento tuvo lugar en Tacna, Perú (donde su padre, Julio Lucas Jaimes, desempeñaba el cargo de cónsul de Bolivia), el 12 de mayo de 1868. Fallecería en Buenos Aires el 8 de noviembre de 1933, pero sus restos mortales serían trasladados a Potosí, en cuya catedral reposan.

Junto con Rubén Darío, Ricardo Jaimes Freyre fundó en 1899 en Buenos Aires la prestigiosa Revista de América. Fue amigo también de Leopoldo Lugones. Entre 1901 y 1921 vivió en Tucumán: trabajó como docente en el Colegio Nacional de Tucumán y más tarde en la Universidad Nacional de Tucumán, de la que fue cofundador. Entre 1904 y 1907 dirigió la vanguardista Revista de Letras y Ciencias Sociales. Miembro de la Academia Argentina de Letras y de la Sociedad Sarmiento, en 1916 se le concedería la ciudadanía argentina. En 1921, con Bautista Saavedra en la presidencia de Bolivia, Jaimes Freyre sería nombrado Ministro de Instrucción Pública, Agricultura y Guerra, y a partir de entonces desempeñaría diversos cargos políticos y diplomáticos representando a Bolivia (en Estados Unidos, Brasil, Suiza, etc.). Más tarde sería nombrado ministro de Relaciones Exteriores.

Dejando de lado su producción teatral y sus escritos históricos y sus ensayos sobre literatura, la obra poética de Jaimes Freyre está formada por Castalia bárbara (libro publicado en 1899 en Buenos Aires, con prólogo de Leopoldo Lugones), Los sueños son vida (Buenos Aires, 1917), País de sueño. País de sombra. Castalia bárbara (La Paz, 1918), Poesías completas (Buenos Aires, 1944, compiladas por Eduardo Joubín Colombres), otra edición de Poesías completas (La Paz, 1957, con prólogo de Fernando Díez de Medina) y Poemas. Leyes de la versificación castellana (México, 1974, con prólogo y notas de Antonio Castro Leal).

Como valoración general de su poesía, transcribiré las palabras que le dedica Juan Quirós:

Adolfo Costa du Rels lo llama «el condestable de nuestras letras». Por derecho propio, es uno de los tres vértices del modernismo, con Darío y Lugones. Abanderado del versolibrismo, lo insufló en el mundo de habla española a través de sus Leyes de la versificación castellana, 1912, que contienen una teoría métrica del verso —«la única verdaderamente científica que existe», al decir de Julio Cejador. Sus libros Castalia bárbara, 1899, y Los sueños son vida, 1917, constituyen dos obras maestras en la lírica del continente. En ellos el poeta avanza con elegancia suprema, armonioso y exacto, las pupilas pobladas de visiones. Guillermo Francovich distingue tres dimensiones en esta poesía: «Un exotismo y un paganismo voluntarios que están en la superficie de la obra; un conjunto de confidencias no muy variadas pero que fisonomizan el temperamento meditativo y desolado del poeta; y una serie de vivencias en que luchan obsesiones de guerra y de sangre con visiones sedantes del agua en sus múltiples formas». A Jaimes Freyre le reprochan su exotismo, su paganismo y su evasión a países extraños, aquellos que piensan que sólo lo circunscrito al ámbito inmediato del poeta tiene validez en poesía, sin tener en cuenta que cuando quiso volvió de su ostracismo estético y geográfico, para cantar con timbres de exaltación la victoria del Cristianismo sobre todas las teogonías así como las glorias de la estirpe y de la patria. Jaimes Freyre es el poeta por excelencia de Bolivia, el más puro, el más límpido, el más acendrado[1].

Si sus Leyes de la versificación castellana le valieron la denominación de «teórico del Modernismo», su propia poesía lo inserta de pleno derecho en los orígenes y desarrollo de ese movimiento poético. Un poema representativo del modernismo de Jaimes Freyre es «Canción de la primavera», correspondiente al apartado «País de sueño» de Castalia bárbara, en el que destaca la marcada construcción paralelística (algunos versos se van repitiendo con la técnica de leixaprén), el empleo de elementos de la mitología (las Ninfas, el Fauno, Eros) o el uso de un léxico (rosas, oro, mármol, sangre, sol…) que forma parte del imaginario más típicamente modernista, el cual se ve reforzado por una adjetivación brillante, colorista y sensual:

Sangre de las venas de las rosas rosas
baña las mejillas, purpura los labios…
En las fugitivas horas voluptuosas
hay fuego en las venas de las rosas rosas.
Hay fuego en las venas de las rosas rosas
y el Fauno contempla, desde la espesura,
las primaverales luchas amorosas,
la sangre en las Ninfas de las rosas rosas.

En el oro crespo de las cabelleras
ríe el sol y enreda sus rayos de oro,
y hay huellas de vagas caricias ligeras
en el oro crespo de las cabelleras.

‎En el oro crespo de sus cabelleras
se adornan las Ninfas con hojas y flores,
heraldos triunfales de las Primaveras
en el oro crespo de las cabelleras.

‎En la fría y suave marmórea blancura
Eros labra el nido con risas y besos,
y hay rojos rubores y fuego y ternura
en la fría y suave marmórea blancura.
La fría y süave marmórea blancura
se tiñe con sangre de las rosas rosas,
y el Fauno contempla, desde la espesura,
la fría y süave marmórea blancura…[2]


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 23.

[2] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 32-33, con la única modificación de editar en mayúscula el inicio del verso tercero. El texto puede leerse también en Ricardo Jaimes Freyre, Obra poética y narrativa, ed. preparada por Mauricio Souza Crespo, La Paz, Plural Editores, 2005, pp. 119-120; se anota ahí que el poema presenta algunas variantes en sendas publicaciones anteriores de 1895 y 1896, donde las tres estrofas van además numeradas del I al III.

«Don Francisco de Quevedo», soneto de Armando Soriano Badani

Armando Soriano Badani

Nacido en Cochabamba el año 1923, Armando Soriano Badani es un destacado literato boliviano contemporáneo (poeta, novelista, cuentista…). Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas y en Filosofía y Letras (en la Universidad Mayor de San Andrés), más tarde cursó en París Altos Estudios Sociales. Perteneció al grupo «Gesta Bárbara» (1944). Fue director del suplemento literario del periódico Hoy y miembro del Consejo Nacional de Cultura de Bolivia. Ha trabajado como abogado y catedrático universitario. Como diplomático, ha sido embajador de Bolivia ante la OEA en Washington. Académico de número de la Academia Boliviana de la Lengua, actualmente reside y trabaja en La Paz. Entre otras importantes distinciones, Soriano Badani cuenta en su haber con el Premio de Literatura Pro-Arte, el Premio a la Cultura del Club de La Paz y el Premio de Cultura de la Fundación Manuel Vicente Ballivián.

Armando Soriano Badani es autor de obras ensayísticas y de investigación como El cuento boliviano, 1900-1937 (1964), El cuento boliviano, 1938-1967 (1969), Antología del cuento boliviano (1972 y 1992), El Illimani en la literatura (1976), Poesía boliviana (1977), Pintores bolivianos contemporáneos (1994) o Ensayos sobre cultura boliviana (2007).

Como creador literario, ha escrito tres libros de cuentos, a saber Rumbo de la fatalidad (1989), Visiones de vida (1998) y Unos pasos por el cielo (2003). En el año 2004 publicó su primera novela, titulada Escondida en mis sueños. En cuanto a su trayectoria poética, hasta el año 2000, Raúl Alcázar Velasco la ha resumido con estas palabras:

La caudalosa inspiración de Armando Soriano Badani, el poeta ilustrado y sentimental, se ha cristalizado en siete poemarios, publicados desde 1969 hasta el 2000.

En los cuatro primeros: Alba rota, Perfil del atardecer, Agonía de las viñas y Perennidad de los [en]sueños, los temas y su tratamiento son diversos, con predominio de la poesía amatoria, mientras que en los tres últimos el poeta especifica el motivo y elige la forma. Así, en La huella transparente el núcleo es Bolivia, los poemas históricos y patrióticos; en Rebelión de los anhelos presenta sesenta Décimas al amor y a la ausencia y en Caleidoscopio, treinta sonetos de amor[1].

En la contracubierta del volumen leemos este somero resumen de los temas que abordan los poemas aquí recopilados:

Los seis libros de poesía[2] reunidos en este volumen rescatan treinta años de la prolífica e inspirada consagración de Armando Soriano Badani a la expresión del amor en todas sus manifestaciones: el que profesa por la mujer amada, el que evoca la memoria histórica de su Patria, el que descubre la belleza del paisaje, el que extrae de la música y la pintura alimento para el espíritu. Sus versos, labrados en el rigor de las formas clásicas, son una fervorosa exaltación de la condición humana y un tributo a la sencilla dignidad de la poesía.

Con posterioridad a la recopilación de su Obra poética 1969-2000 (2001), Soriano Badani ha publicado nuevos títulos poéticos, como Fuego incesante (2002) o Lumbre de invierno (2005).

Pues bien, de entre su producción poética, quiero destacar hoy un soneto suyo dedicado a «Don Francisco de Quevedo», que constituye una somera semblanza del genial satírico madrileño, con evocación de su estilo y el recuerdo de alguna de sus obras clave, como El buscón.

Quevedo

Este es el texto de ese poema dedicado a Francisco de Quevedo:

El corrosivo genio de su pluma
trasciende en la nobleza de su estilo
desde el distante ayer color de bruma
hasta el presente diáfano intranquilo.

Atrevido lenguaje cruel exhuma
la picaresca con festivo filo
y su numen satírico es la suma
de invectiva social de refocilo.

Intacta está su imagen, prez y altura,
vivo el retrato del Buscón Don Pablos
vagamundo travieso en la aventura.

Y la gracia picante de vocablos,
brilla en sus ojos de inmortal bravura
que hieren fieros como dos venablos[3].


[1] Ver para más detalles de cada poemario Raúl Alcázar Velasco, «La poesía de Armando Soriano Badani», estudio preliminar a Obra poética 1969-2000, La Paz, Plural Editores, 2001, pp. 7-14. La cita corresponde a la p. 7.

[2] En realidad son siete: Alba rota (1969), Perfil del atardecer (1976), Agonía de las viñas (1985), Perennidad de los ensueños (1991), La huella transparente (1997), Rebelión de los anhelos (1997) y Caleidoscopio (2000).

[3] Tomo el texto de Armando Soriano Badani, Obra poética 1969-2000, La Paz, Plural Editores, 2001, p. 110. Mantengo la puntuación y el uso de las mayúsculas del original.