La muerte trunca la felicidad del Fénix

Sin embargo, esta felicidad disfrutada en Alba de Tormes se va a ver truncada: Isabel pasa enferma un año, en que Lope cuida amorosamente de ella, y finalmente muere al dar a luz a su segunda hija, Teodora, en ese año de 1594, dedicándole Medinilla una sentida elegía[1]. Y Lope la recuerda en el primer aniversario de su muerte:

Belisa, señora mía,
hoy se cumple justo un año
que de tu temprana muerte
gusté aquel potaje amargo.
Un año te serví enferma,
¡ojalá fueran mil años!,
que así enferma te quisiera
continuo aguardando el pago.
Solo yo te acompañé
cuando todos te dejaron,
porque te quise en la vida
y muerta te adoro y amo.

Vanitas, Barthel Bruyn

La niña Teodora fallecería también pronto, y Lope expresará su dolor en un soneto de las Rimas, «A la sepultura de Teodora de Urbina»:

Mi bien nacido de mis propios males,
retrato celestial de mi Belisa,
que en mudas voces y con dulce risa
mi destierro y consuelo hiciste iguales;

segunda vez de mis entrañas sales;
mas, pues tu blanco pie los cielos pisa,
¿por qué el de un hombre en tierra tan aprisa
quebranta tus estrellas celestiales?

Ciego, llorando, niña de mis ojos,
sobre esta piedra cantaré, que es mina
donde el que pasa al indio, en propio suelo

halle más presto el oro en tus despojos,
las perlas, el coral, la plata fina.
Mas, ¡ay!, que es ángel y llevolo al Cielo.

De otro titulado «A dos niñas» (incluido asimismo en las Rimas) se ha pensado que podría estar dedicado a la muerte de sus hijas, aunque se ha discutido el sentido funeral del poema, que admite más bien una lectura en clave amorosa:

Para tomar de mi desdén venganza
quitome Amor las niñas que tenía,
con que miraba yo como solía
todas las cosas en igual templanza.

A lo menos conozco la mudanza
en los antojos de la vida mía;
de un día en otro no descanso un día,
del tiempo huye lo que el tiempo alcanza.

Almas parecen de mis niñas puestas
en mis ojos que baña tierno llanto.
¡Oh, niñas, niño Amor, niños antojos!

¡Niño deseo que el vivir me cuestas!
Mas ¿qué mucho también que llore tanto
quien tiene cuatro niñas en los ojos?


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los imitadores de Walter Scott fueron legión

Scott tuvo, en efecto, infinidad de imitadores entre los escritores del Romanticismo, en toda Europa. La novela histórica es un género genuinamente romántico: y es que, como suele afirmarse, la imaginación romántica hizo ser historiadores a los novelistas y novelistas a los historiadores. Las ideas románticas ejercieron gran influencia en la historiografía de la primera mitad del siglo XIX: Agustin Thierry atribuyó a la imaginación un papel decisivo en la obra del historiador, en tanto que solo ella podía vivificar los documentos; en 1824 otro historiador, Prosper de Barante, afirmó que se había propuesto «restituir a la historia el interés de la novela histórica»[1]; incluso se pensaba que era posible aprender la historia inglesa en las novelas de Scott.

La novela histórica scottiana domina completamente el panorama de la narrativa europea entre 1815 y 1850, aproximadamente; los imitadores son legión, por lo que mencionaré solo algunos apellidos: en España, López Soler, Larra, Gil y Carrasco y Navarro Villoslada; en Francia, Hugo, Vigny[2], Balzac y Merimée[3]; en Alemania, W. Alexis, Arnim y Hauff; en Holanda, M. de Neufville, Van den Hage, Drost, Van Lennep y Bosboom-Toussaint; en Italia, Manzoni y Guerrazzi; en Suiza, Conrad F. Meyer; en Hungría, Josika; en Dinamarca, Ingemann; en Polonia, Bronikovski; en Portugal, Herculano, Rebello da Silva, Oliveira Marreca y Andrade Corvo; en Norteamérica, Fenimore Cooper, Irving y Whittier; a estos habría que sumar otros nombres de novelistas belgas, ingleses, checos y rusos.

Washington Irving

Con posterioridad a este auge del siglo XIX, la novela histórica se ha seguido cultivando en épocas de grandes crisis históricas: en los primeros decenios del siglo XX en España; en la Europa de entreguerras y, especialmente, en la Alemania de los años 30; después de la II Guerra Mundial en Europa Central, por influencia soviética o, en fin, en los años 50-60 en España tras el cansancio producido por la novela social. A lo que hay que añadir, por supuesto, el intenso cultivo del género en las últimas décadas…


[1] Citado por Paul Van Tieghem, La era romántica. El Romanticismo en la literatura europea, trad. de José Almoina, México, Unión Tipográfica Hispano-Americana, 1958, p. 293.

[2] A. de Vigny se alzó contra el panhistoricismo que en su momento dominaba la ideología francesa y su resultante literaria, la novela histórica; cf. Javier del Prado, «Realidad y Verdad: hacia la escritura como estructuración significante de la Historia. Notas a Réflexions sur la Vérité dans lʼArt de A. de Vigny», Filología Moderna, núms. 65-67, año XIX, octubre 1978-junio 1979, pp. 89-118.

[3] En el capítulo VIII de su Chronique du temps de Charles IX, en un supuesto «Diálogo entre el lector y el autor», Merimée ironiza sobre el tipo de novela cultivado por Scott y Vigny; cf. Arturo Delgado, «“Je nʼaime dans lʼhistoire que les anecdotes”. Consideraciones en torno a la novela histórica de Mérimée», Revista de Filología de la Universidad de La Laguna, núms. 8-9, 1989-1890, pp. 113-126.

Lope e Isabel: años tranquilos en Alba de Tormes

En 1590 terminan los dos años de destierro del reino y puede regresar a Castilla, aunque todavía no a la Corte[1]. Se asienta con su esposa en Toledo, donde se acomoda con don Francisco de Ribera Barroso, futuro marqués de Malpica, hecho que Pérez de Montalbán sitúa a la vuelta de la jornada de Inglaterra:

Al volver de esta desgraciada expedición, Lope marchó a Madrid y entró al servicio del marqués de Malpica, y después, con el mismo carácter, sirvió al conde de Lemos.

No sabemos cuánto tiempo duró en servicio de don Francisco. En cualquier caso, es mucho más importante su acomodo con don Antonio Álvarez de Toledo, duque de Alba, al que acompañará hasta sus estados en Alba de Tormes (Salamanca). Allí, en su palacio junto al río, el duque ha formado una rica corte artística y literaria, de la que forman parte también Pedro de Medina (Medinilla) y Juan Blas de Castro. En esta idílica corte ducal de Alba de Tormes permanecerá Lope hasta 1595. Su señor, que se ha casado el 23 de julio de 1590 con doña Mencía de Mendoza y Enríquez, es preso por desobediencia y ha de pasar tres años encerrado en el castillo de La Mota (Valladolid). En la fiesta de toros que se organiza para celebrar su regreso, el 15 de mayo de 1593, muere don Diego de Toledo, hermanastro del duque, y Lope le dedica una bella elegía.

Alba de Tormes por Nacho Alcalde

Al igual que los de Valencia, son estos años de sosiego al lado de su esposa Isabel, que es su musa literaria bajo el nombre poético de Belisa: «Ella parece inspirarle, provocarle, una estremecida emoción, casi un fervor poético», escribe Villacorta. En el poema «Descripción de la Tapada», la evoca bellamente «Suelto en ondas el mar de sus cabellos…». Por lo demás, el desempeño de su cargo como secretario o gentilhombre de cámara del duque de Alba le deja bastante tiempo libre para escribir (en Alba de Tormes firma varias comedias: El maestro de danzar, El leal criado, Laura perseguida, El dómine Lucas, El caballero del milagro…). Además, puede mantener contactos con el ambiente universitario de Salamanca (se sabe que el 26 de enero de 1594 alquiló una casa en esa ciudad), y se ha apuntado, como ya vimos en una entrada anterior, la posibilidad de que siguiese sus estudios en la célebre universidad salmantina, pero en modo alguno están documentados. Dedica un poema, «Descripción del Abadía», a la finca con hermosos jardines propiedad del duque en la sierra entre Salamanca y Cáceres.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Walter Scott, padre de la novela histórica

Si quisiéramos esbozar un brevísimo panorama de la novela histórica, podría resumirse en tres grandes fases: unos antecedentes más o menos cercanos antes de Scott; Scott y toda una multitud de imitadores en el siglo XIX; y la novela histórica post-scottiana del siglo XX, más diversificada en sus técnicas y estructuras.

Sir Walter Scott

Walter Scott ha sido calificado, con razón, como padre de la novela histórica. Situar la acción en épocas pasadas se hacía, ya lo he mencionado en otras entradas, desde mucho tiempo atrás, aunque cuidando poco la descripción detallada y exacta del ambiente pretérito y la vinculación entre la trama novelesca y el fondo histórico, que aparecía como algo postizo. Pero es Scott quien, partiendo de la tradición narrativa inglesa del siglo XVIII e influido por las tesis del historiador Macaulay, crea el patrón y deja fijadas las características de lo que ha de ser la fórmula tradicional del nuevo subgénero narrativo. Scott, «el Cervantes de Escocia», es ante todo un gran narrador, un escritor que sabe contar historias. En sus novelas históricas destaca en primer lugar la exactitud y minuciosidad en las descripciones de usos y costumbres de tiempos ya pasados, pero no muertos; su pluma consigue hacer revivir ante nuestros ojos ese pasado, mostrándonoslo como algo que tuvo una actualidad; y no solo eso, sino también como un pasado que influye de alguna manera en nuestro presente, es decir, muestra el pasado como «prehistoria del presente», según la terminología de Georg Lukács.

El escritor escocés sabe interpretar las grandes crisis, los momentos decisivos de la historia inglesa: momentos de cambios, de fricciones entre dos razas o culturas, de luchas civiles (o de clases, según Lukács); y lo hace destacando la complejidad de las fuerzas históricas con las que ha de enfrentarse el individuo. No altera los acontecimientos históricos; simplemente, muestra la historia como «destino popular» o, de otra forma, ve la historia a través de los individuos.

Aunque la crítica moderna considera unánime que sus mejores novelas son aquellas que menos se alejan en el tiempo, esto es, las de ambiente escocés (y entre ellas, sobre todo, El corazón de Mid-Lothian), la que más influyó en la novela histórica romántica fue, sin duda alguna, Ivanhoe (en menor medida, El talismán y Quintin Durward).

Ivanhoe, de Walter Scott

Ivanhoe nos traslada a un mundo de ensueño, a una Edad Media idealizada, que la actitud escapista de muchos románticos tomaría después como escenario de sus narraciones. En esa novela podemos encontrar además casi todos los recursos scottianos que serían asimilados posteriormente por los novelistas históricos de toda Europa[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

El destierro de Lope en Valencia

En fin, fuese cual fuese la participación exacta de Lope en la Armada contra Inglaterra, tenemos que, a su vuelta, marcha a Valencia para seguir cumpliendo la pena de destierro de Castilla[1]. Y este destierro en la ciudad levantina va a tener algo de providencial, sobre todo para el desarrollo de su carrera dramática. Es el caso que Lope llega a Valencia a finales de 1588 o primeros de 1599, acompañado de su esposa, de su amigo Claudio Conde y del empresario teatral Gaspar de Porres. Serán dos años, 1589-1590, felices, de rara tranquilidad, rota únicamente por la noticia de la muerte de la madre de Lope (que fue enterrada el 22 de septiembre de 1589). Esa felicidad queda reflejada en el célebre romance «Hortelano era Belardo».

Valencia era una ciudad rica y populosa, con una floreciente actividad comercial: abierta al Mediterráneo y mirando a Italia (recuérdense las históricas relaciones de la Corona de Aragón con las ciudades y estados italianos), no solo florecían los negocios, sino también la vida cultural y artística, que estaba en pleno desarrollo. En la ciudad del Turia las representaciones teatrales estaban cobrando una fuerza muy notable, y Lope, instalado allí por un tiempo, pronto entró en contacto con dramaturgos como Cristóbal de Virués, Francisco Agustín de Tárrega, Gaspar de Aguilar, Guillén de Castro, Carlos Boyl o Ricardo de Turia, los cuales están perfeccionando las fórmulas del teatro renacentista en busca de nuevas direcciones. Como ha puesto de relieve la crítica, Lope aprenderá muy bien algunas lecciones de sus colegas valencianos y, lo más importante, sabrá integrar armónicamente los diversos elementos dramáticos que aquellos escritores levantinos estaban tanteando y poniendo en práctica en sus comedias.

La viuda valenciana, de Lope

La escritura dramática, que había empezado como una afición, se ha ido convirtiendo en una «profesión», en su modus vivendi. Lope, poco a poco, consigue fijar una fórmula de enorme éxito popular, corta el patrón de la denominada Comedia nueva, en la que tantos discípulos e imitadores tendría. Lope tuvo que ajustarse al gusto de su público, y hay un pasaje muy significativo del Apologético de las comedias españolas de Ricardo de Turia que hace referencia a esta circunstancia:

Pues es infalible que la naturaleza española pide en las comedias lo que en los trajes, que son nuevos usos cada día. Tanto, que el príncipe de los poetas cómicos de nuestros tiempos, y aun de los pasados, el famoso y nunca bien celebrado Lope de Vega, suele, oyendo así comedias suyas como ajenas, advertir los pasos que hacen maravilla y granjean aplauso, y aquéllos, aunque sean impropios, imita en todo, buscándose ocasiones en nuevas comedias, que como de fuente perenne nacen incesantemente de su fertilísimo ingenio, y así con justa razón adquiere el favor que toda Europa y América le debe y paga gloriosamente.

Desde Valencia, Lope mandaba sus textos a Madrid para que fuesen representados; el autor Porres le enviaba un propio cada quince días con esta finalidad. En otro orden de cosas, sigue cultivando la poesía lírica y así, la Flor de varios romances nuevos y canciones que en 1589 da a las prensas Pedro de Moncayo, en Huesca, recoge varias composiciones juveniles de Lope. Respecto a su vida familiar, el 10 de noviembre de ese mismo año Lope e Isabel bautizan en Valencia a su primera hija, Antonia (que moriría, quizá en Alba de Tormes, en 1591).


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Aparición del subgénero novela histórica: el caso de España

En el caso concreto de España, lo que fue la Revolución francesa para toda Europa lo supuso el cúmulo de circunstancias de los años 30[1].

La Libertad conduciendo al pueblo, por Delacroix

En efecto, por esas fechas se alían poderosos factores de tipo político, social y cultural —cambio de régimen tras la muerte de Fernando VII, enfrentamiento civil con la primera guerra carlista, persecución de religiosos, regreso de los exiliados, tímido ascenso de la burguesía, desaparición de la censura, triunfo del Romanticismo, moda de las novelas de Scott, etc.— que facilitan la consolidación del género novelesco y, en concreto, el triunfo de la novela histórica en nuestro país.

Fernando VII, por Vicente LópezNinguna de estas circunstancias por separado puede explicar dicho fenómeno perfectamente, es decir, sin pecar de simplista; sí, en cambio, la conjunción de todas ellas[2].


[1] Cfr. Vicente Lloréns, El Romanticismo español, Madrid, Castalia, 1989, pp. 229-230.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Lope y sus «otros desaires de fortuna»

Por cierto, la explicación que Pérez de Montalbán da en la Fama póstuma para la salida de Madrid es completamente diferente (el enfrentamiento con un hidalgo maledicente)[1]. Calla, como ya se dijo en una entrada anterior, todo lo relacionado con Elena Osorio (cárcel, proceso judicial, destierro…) y además indica que Lope se alista en la Armada por el dolor provocado por la muerte de su esposa Isabel, y una vez cumplidos varios años de estancia en Valencia.

Juan Pérez de MontalbánLa cronología, en el compendioso relato de Montalbán, queda de esta forma bastante trastocada. En efecto, tras mencionar la boda con Isabel de Urbina, escribe:

Es pues el caso que había en este lugar un hidalgo entre dos luces (que hay también crepúsculos en el origen de la nobleza como en el nacimiento del día), de poca hacienda pero de mucha maña para comer y vestir al uso, donde pedía barato con desahogo a título de decir donaires a los presentes y cortar de vestir a los que no estaban delante. Supo Lope que una noche había entretenido la ociosidad del auditorio a su costa y disimuló la descortesía, no por temor sino por desprecio […] mas viendo que porfiaba en su civil tema, cansose, y sin tocar en la sangre ni en las costumbres, que lo primero es impiedad y lo segundo despropósito, le pintó en un romance tan graciosamente que causó en todos risa pero no escándalo, que en los versos escritos sin odio y con buen gusto cabe el donaire pero no la injuria. Picose el tal maldiciente con grande estremo […] y remitió su defensa a la espada, enviando a Lope un papel de desafío; lance de que salió tan airoso que dejó calificado su brío y enmendada la condición de su contrario. Éste y otros desaires de la fortuna, ya negociados de su juventud y ya encarecidos de sus opuestos, le obligaron a dejar su casa y su patria, su esposa con harto sentimiento, si bien se le templó la cortesana acogida que le hizo la ciudad de Valencia y sus ciudadanos, mientras fue su huésped.

Nótese cómo con la expresión «otros desaires de fortuna» corre Montalbán un tupido velo sobre el destierro y sus verdaderas causas. Y sigue así su narración:

Después de algunos años que estuvo en aquel reino, los afectos naturales de la patria, las floridas riberas de Manzanares, objeto lírico de su pluma, y los justos deseos de ver su esposa le restituyeron a sus brazos con tan destemplado contento que se temió su vida en el mismo regocijo, que es tanto el melindre de nuestra salud que peligra en el gozo como en la pena, si no es que fuese ensayo del dolor que le estaba esperando, pues dentro de un año el agudo acero de la muerte, que corta y deshace las más firmes lazadas, se la quitó intempestivamente de los ojos. Golpe que le partió el corazón por medio, y que solo pudo hacerle sufrible el respeto a la mano que le tiraba. Sucedió esta desgracia en ocasión de efetuarse la jornada de Inglaterra, que alentaba el generoso brazo del Excelentísimo Señor Duque de Medina Sidonia, a cuya sombra se alistó de soldado con ánimo de perder la vida porque acabasen con ella sus congojas. Salió de Madrid, cruzó toda la Andalucía, llegó a Cádiz y pasó a Lisboa, donde se embarcó con un hermano suyo que tenía, alférez, y había muchos años que no se vían; placer que también le duró pocas horas, porque en una refriega que tuvieron con ocho velas de holandeses, le alcanzó una bala y murió en sus brazos. Y como sea verdad que nunca viene un pesar solo, porque siempre el que se padece es víspera del que ha de seguirse, sucedió tras tantos azares que el viento, tirano príncipe de las provincias de Neptuno, con una borrasca continuada malogró, a pesar de la razón y de la justicia, el noble corazón de tantos esforzados leones, cuyo lamentable suceso volvió a Madrid a nuestro Lope más aprisa que imaginó su ardimiento.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Aparición del subgénero novela histórica en Europa

Según Georg Lukács[1], la novela histórica clásica nace a principios del siglo XIX como consecuencia de una serie de circunstancias histórico-sociales, viniendo a coincidir aproximadamente con la caída del imperio de Napoleón Bonaparte en 1815; de hecho, Waverley, la primera novela de Walter Scott, es de 1814.

Waverley, de Walter Scott

Existen, por supuesto, algunas novelas de tema histórico anteriores, como las denominadas «antiquary novels» inglesas de la segunda mitad del XVIII, pero en ellas no encontramos la voluntad de reconstruir el pasado; solo son históricas en su apariencia externa, pues la psicología de los personajes y las costumbres descritas corresponden a la época de sus autores. Scott, partiendo de la novela de sociedad, crea la novela histórica moderna (y dignifica literariamente todo el género novelesco) en un momento en que se dan en Europa una serie de circunstancias socio-políticas que facilitan su nacimiento.

En efecto, con la Revolución francesa y las posteriores guerras napoleónicas, se crean los primeros grandes ejércitos de masas y el pueblo comienza a tomar conciencia de su importancia histórica. Además, estas luchas despertarán el sentimiento nacionalista en los territorios sometidos, lo que conducirá a una exaltación del pasado nacional y a un interés creciente por los temas históricos. Así pues, Scott vive en una época de profundos cambios y, de hecho, también situará sus novelas en momentos críticos de la historia inglesa. Que las situaciones de grandes crisis históricas son especialmente favorables para suscitar la aparición de una filosofía de la historia es un hecho unánimemente destacado por pensadores y críticos[2].

Toda una serie de factores facilita, por consiguiente, el nacimiento de la novela histórica europea. Sin embargo, para María Isabel Montesinos hay que retrasar hasta después de 1848 la verdadera repercusión en la literatura de la novela histórica de Scott: si bien es cierto, en su opinión, que con la Revolución francesa la burguesía ha tomado conciencia de su función histórica, no será en cambio hasta después de las revoluciones del año 48 cuando esta burguesía se convierta en sujeto activo real del proceso histórico y se incorpore también de forma definitiva al papel de protagonista de la novela[3].


[1] Cf. Georg Lukács, «Las condiciones histórico-sociales del surgimiento de la novela histórica», en La novela histórica, trad. de Jasmin Reuter, México, Era, 1977, pp. 15-29, al que sigo en lo fundamental aquí.

[2] «Las épocas de mayor turbulencia social, las situaciones históricas más caóticas y conflictivas conllevarían una mayor exigencia y demanda de historización, es decir, de organización narrativa para una desbordante avalancha de vivencias que el individuo no alcanza entera o perfectamente a asimilar o entender y que está pidiendo a gritos historia» (Ignacio Soldevilla-Durante, «Esfuerzo titánico de la novela histórica», Ínsula, núms. 512-513, 1989, p. 8).

[3] Cfr. María Isabel Montesinos, «Novelas históricas pre-galdosianas sobre la guerra de la Independencia», en Mercedes Etreros, María Isabel Montesinos y Leonardo Romero (eds.),  Estudios sobre la novela española del siglo XIX, Madrid, CSIC, 1977, p. 13.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

De nuevo las armas: Lope y la jornada de Inglaterra

El escritor nos cuenta que a finales de ese mismo mes (mayo de 1588) se alistó en la Armada Invencible, nombre con el que se conoce hoy popularmente a la flota armada por Felipe II que tenía como objetivo la invasión de Inglaterra, aunque no la llamaron así los coetáneos de Lope, sino «Grande y Felicísima Armada» o «Católica Armada»[1]. En el libro III de la Corona trágica encontramos estos versos alusivos a la circunstancia:

Ceñí en servicio de mi rey la espada
antes que el labio me ciñese el bozo,
que para la católica jornada
no se excusaba generoso mozo.

De nuevo Lope se quita años, pues a esta altura de la vida estaba ya cercano a cumplir los 26, lo que ciertamente no se corresponde con la indicación «antes que el labio me ciñese el bozo». La decisión de volver a tomar las armas aparece evocada asimismo a través del recuerdo de don Fernando en La Dorotea:

Bien que consiste la paz de mis pensamientos en desear por algún tiempo la patria, y así pienso trocar las letras por las armas en esta jornada que nuestro rey intenta a Inglaterra.

¿Qué llevó a Lope, recién casado, a abandonar a su esposa, que probablemente estaba ya en estado? Las posibilidades sugeridas por los biógrafos son muchas: sentimiento sincero de pelear por la patria, afán de heroísmo juvenil, deseo de nuevas aventuras, intento de rehabilitación de su persona, que podría llegar demostrando valor en combate… Sabemos que en esta jornada de Inglaterra participaron su hermano Juan de Vega, alférez, y otros amigos o conocidos como Luis de Vargas Manrique, Félix Arias Girón y Claudio Conde.

Navío de la Armada española

En un célebre romance, Lope evoca líricamente el momento de la despedida de su Belisa-Isabel que —según esta fantasía literaria— se habría producido en Lisboa, a donde ella habría acudido para reprocharle el abandono en que la dejaba:

De pechos sobre una torre
que la mar combate y cerca,
mirando las fuertes naves
que se van a Ingalaterra,
las aguas crece Belisa
llorando lágrimas tiernas,
diciendo con voces tristes
al que se parte y la deja:
«¡Vete, cruel, que bien me queda
en quien vengarme de tu agravio pueda!»

Estos últimos versos, y los que siguen, que no copiamos, son los que sugieren que Isabel estaría ya encinta, y resulta poco creíble que esta escena de despedida tuviera lugar, en la vida real, en Lisboa. La armada salió del puerto portugués el 29 de mayo de 1588. Pero antes le dio tiempo al fogoso Lope a mantener relaciones con una cortesana lisboeta, como evocaría años después en una pícara alusión en carta al duque de Sessa. A bordo del galeón San Juan, equipado con 24 cañones, habría pergeñado La hermosura de Angélica, tratando de competir con Ariosto.

Armada contra Inglaterra

La participación exacta que tuvo Lope en esta jornada de Inglaterra, en la que murió su hermano Juan, resulta confusa, e incluso ha sido puesta en duda. No sabemos a ciencia cierta si en realidad Lope llegó a combatir. Para algunos biógrafos se quedó en Lisboa o no pasó de La Coruña. Para otros, su galeón llegó hasta al cabo Mizen (Mizen Head) en Irlanda, para luego retornar a La Coruña y de ahí regresar finalmente a Lisboa. Lo cierto es que los restos de la fracasada Armada, deshecha más por los temporales que por los combates, regresaron en diciembre (hay un romance lopesco, el que comienza «De la armada de su rey / a Baza daba la vuelta», que parece hacerse eco de esa vuelta), y que a finales de 1588 o principios de 1589 Lope marcha a Valencia, para seguir allí su destierro del reino de Castilla.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Breve definición de la novela histórica

Como resumen de lo dicho en entradas anteriores, podemos concluir que la novela histórica es un subgénero narrativo (obra de ficción, por tanto) en cuya construcción se incluyen determinados elementos y/o personajes históricos. Ahora bien, no existe ninguna peculiaridad de tipo estructural que nos permita distinguir una novela histórica de otro tipo de novela. Así lo reconoce Georg Lukács:

Si observamos, pues, seriamente el problema de los géneros, solo podremos plantear la cuestión del siguiente modo: ¿cuáles son los hechos vitales sobre los que descansa la novela histórica y que sean específicamente diferentes de aquellos hechos vitales que constituyen el género de la novela en general? Si planteamos así la pregunta, creo que únicamente podemos responder así: no los hay[1].

También Mariano Baquero Goyanes, al hablar de la novela policiaca como un tipo de narración que cuenta con una estructura bien determinada, señala que no ocurre lo mismo con la novela histórica, sino que esta aprovecha todas las estructuras del género novelesco:

La novela policíaca, antes que una especie literaria, es sobre todo una estructura. […] Una novela histórica quedará siempre definida por unos determinados aspectos que la diferencian de otras modalidades novelescas; pero, de hecho, no posee la fijación estructural que es propia de la novela policíaca. (En el género de la novela histórica caben las más dispares estructuras. Compárense, por ejemplo, la de Quo Vadis? de Sienkiewicz, y la de Los Idus de Marzo, de T. Wilder.)[2].

En definitiva, lo que hace histórica a una novela es una cuestión de contenido, de tema o argumento. En cualquier caso, pese a la ausencia de una fijación estructural bien determinada, la novela histórica se sigue cultivando y continúa estando de moda, hasta el punto de constituir para algún crítico una posible vía de salvación para el género novelesco en decadencia:

El retorno cíclico a la novela histórica […] es un gesto de los pocos que aún pueden salvar a la novela de su naufragio en la categoría de los géneros pasados, como la epopeya, que le precedió en el declive. Mientras periódicamente logre salir a flote y tomar bocanadas de oxígeno histórico, la novela podrá mantenerse a dos aguas. Como Anteo, la novela recobra energías cuando vuelve a hacer pie en sus orígenes historiales[3].

Novelas históricas


[1] Georg Lukács, La novela histórica, trad. de Jasmin Reuter, México, Era, 1977, p. 298.

[2] Mariano Baquero Goyanes, Estructuras de la novela actual, Madrid, Castalia, 1989, p. 153.

[3] Ignacio Soldevilla Durante, «Esfuerzo titánico de la novela histórica», Ínsula, núms. 512-513, 1989, p. 8. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.