La religión en los sonetos cervantinos a la pérdida de La Goleta

Podemos recordar también la consideración de mártires que tienen los soldados cristianos caídos en la defensa de La Goleta, tal como se aprecia en los dos sonetos dedicados a esta empresa en Quijote, I, 40[1]. El primero de ellos dice así:

Almas dichosas que del mortal velo
libres y esentas, por el bien que obrastes,
desde la baja tierra os levantastes
a lo más alto y lo mejor del cielo,

y, ardiendo en ira y en honroso celo,
de los cuerpos la fuerza ejercitastes,
que en propia y sangre ajena colorastes
el mar vecino y arenoso suelo:

primero que el valor faltó la vida
en los cansados brazos, que, muriendo,
con ser vencidos, llevan la vitoria;

y esta vuestra mortal, triste caída
entre el muro y el hierro, os va adquiriendo
fama que el mundo os da, y el cielo gloria[2].

Túnez y el fuerte de La Goleta

Ideas muy parecidas refleja la segunda composición, cuyo texto es como sigue:

De entre esta tierra estéril, derribada,
destos terrones por el suelo echados,
las almas santas de tres mil soldados
subieron vivas a mejor morada,

siendo primero en vano ejercitada
la fuerza de sus brazos esforzados,
hasta que al fin, de pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada.

Y este es el suelo que continuo ha sido
de mil memorias lamentables lleno
en los pasados siglos y presentes.

Mas no más justas de su duro seno
habrán al claro cielo almas subido,
ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes[3].

La estructura es similar en los dos sonetos: el elogio del valor heroico derrochado en la batalla por los cristianos y la constatación de que, si bien el resultado final fue de derrota y muerte en el plano físico, aquellos soldados muertos obtuvieron una victoria mejor: la de los mártires que ganan la salvación eterna. Los dos textos se construyen en torno a esa misma idea de la derrota de los cuerpos en la tierra (muerte, caída…) frente a la victoria de las almas en el cielo (vida, elevación…), y la mayor parte de los sintagmas y verbos subrayan precisamente esa idea de movimiento vertical, ascendente, desde la tierra y lo material hasta el cielo y lo espiritual[4].


[1] Para un análisis completo de ambos textos y la circunstancia histórica que los inspira, ver Carlos Mata Induráin, «Los dos sonetos a la pérdida de La Goleta (Quijote, I, 40) en el contexto de la historia del Capitán cautivo», Rilce, 23.1, 2007, pp. 169-183; ver también Salvador Muñoz Iglesias, Lo religioso en el «Quijote», Toledo, Facultad de San Ildefonso, 1989.

[2] Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, 2.ª ed. corregida, Barcelona, Instituto Cervantes-Editorial Crítica, 1998, p. 460.

[3] Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, p. 460.

[4] Es notable el contraste que se establece en el texto del segundo poema entre la esterilidad de la tierra («tierra estéril», «duro seno») y la vida eterna del cielo.

Néstor Luján (1922-1995), vida y obras

Néstor Luján nació en Mataró (Barcelona) en 1922. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona e ingresó en 1943 en la redacción de la revista Destino, de esa misma ciudad, de la cual sería redactor-jefe en 1949 y director en 1958, cargo en el que cesó en 1975 para pasar a dirigir la revista mensual Historia y vida. Posteriormente colaboró en La Vanguardia y en otras múltiples publicaciones, hasta su fallecimiento, ocurrido en Barcelona en 1995[1].

Néstor Luján

Escritor, periodista y ensayista, Néstor Luján ha abordado en sus obras temas muy diversos: de historia, de literatura, de política, de toros, de gastronomía, de deportes, de viajes… Reflejo de esta variada curiosidad son los títulos de sus libros: De toros y toreros, Historia del toreo, Tauromaquia, Las recetas de Pickwick, Nuevas recetas de Pickwick, La historia de la cocina española (en colaboración con Juan Perucho), El libro del chocolate, La cuina catalana, El menjar, El arte de comer, El libro del café, Viaje a Francia, La Belle Époque, En la cabecera de los protagonistas de la historia, Y Mussolini creó el fascismo (en colaboración con Luis Bettónica), París finisecular, Historia de los animales de compañía, El collar de María Antonieta, Casanova o la incapacidad de la perversión, La vida cotidiana en el Siglo de Oro español, entre otros.

Como novelista se dio a conocer cuando ganó el Premio Internacional de Novela Plaza & Janés de 1987 con Decidnos, ¿quién mató al conde?, cuyo tema es la muerte en extrañas circunstancias del Conde de Villamediana. Por ver mi estrella María fue su segunda obra narrativa; después, continuó escribiendo y publicando otras novelas como Los espejos paralelos, La mujer que fue Venus, La puerta del oro, La cruz en la espada…, títulos que vinieron a sumarse a la moda de la novela histórica que, tanto en España como en otros países, ha conocido un extraordinario auge en estas últimas décadas[2].

Ficha de Néstor Luján en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/N%C3%A9stor_Luj%C3%A1n

Noticias sobre Néstor Luján en El País:
http://elpais.com/tag/nestor_lujan/a/


[1] Sobre el autor, ver Enric Vila, Néstor Luján, entre el rostre i la màscara: la construcció d’una identitat de supervivència, Barcelona, Centre d’Estudis de Temes Contemporains, 2003; y Agustí Pons, Nèstor Luján: el periodisme liberal, Barcelona, Columna, 2004.

[2] Una buena aproximación, y bibliografía pertinente, en José Romera Castillo, Francisco Gutiérrez Carbajo y Mario García-Page (eds.), La novela histórica a finales del siglo XX. Actas del V Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria y Teatral de la UNED, Cuenca, UIMP, 3-6 de julio, 1995, Madrid, Visor Libros, 1996. Ver también Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

La religión en las canciones cervantinas a la Armada

Aludiré más brevemente a la cuestión de la presencia de elementos religiosos en los poemas de Cervantes de tema histórico y bélico. Me refiero, por ejemplo, al providencialismo apreciable en las dos canciones a la Armada, donde se contrapone la gloriosa victoria de la Cristiandad en Lepanto con la derrota de la expedición militar enviada contra Inglaterra, permitida en esta ocasión por Dios; el rey Felipe II es equiparado a David:

Muéstrales si es posible un verdadero
retrato del católico monarca,
y verán de David la voz y el pecho[1].

David vence a Goliat

A su vez, en la segunda composición, el monarca es comparado con un nuevo «Moisés cristiano» (como se relata en el libro del Éxodo, mientras Moisés tiene los brazos en alto, Josué vence a los amalecitas; cuando los baja, los israelitas pierden la batalla):

En tanto que los brazos levantares,
gran capitán de Dios, espera, espera,
ver vencedor tu pueblo y no vencido;
[…]
alza los brazos, pues, Moisés cristiano,
y pondralos por tierra el luterano[2].

Moisés con los brazos en alto

ENLACES:

Entrada sobre la Armada Invencible en Wikipedia:
http://es.wikipedia.org/wiki/Armada_Invencible

Un documental sobre la Armada Invencible:
http://tu.tv/videos/la-armada-invencible-documental


[1] Canción I, vv. 121-123, en Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, p. 363.

[2] Canción II, vv. 86-87 y 101-102, en Poesías completas, ed. Gaos, vol. II, p. 367.

«Corte de corteza» de Daniel Sueiro: argumento y significado

La novela de Daniel Sueiro comienza de una forma un tanto sorprendente: «Chup, chup, chup, y unos empezaron a caer y otros a correr, gritando» (p. 9)[1]. Estas son las primeras palabras del libro. Seguimos leyendo y pronto nos damos cuenta de que esta primera secuencia presenta una escena caótica: hay un francotirador apostado en lo alto de un edificio disparando indiscriminadamente contra las personas que pasan por la calle. Uno de los heridos es Adam, un rebelde profesor universitario, que es trasladado al mismo hospital donde está ingresado David, en coma tras ser operado de un tumor cerebral. A David le queda muy poco tiempo de vida; la única esperanza para él es un trasplante de cerebro y el de Adam presenta las características más apropiadas. Los médicos encuentran fácil la solución: tienen un paciente, David, con el cuerpo sano, pero con el cerebro totalmente dañado, y otro, Adam, con el cuerpo destrozado por los disparos, pero con el cerebro intacto; se trata simplemente de tomar la parte sana de cada uno y unirlas en una sola. Se convence a Adam, se convence a David (en uno de sus momentos de lucidez) y a su esposa Diana, y se lleva a cabo la operación: el cerebro de Adam empieza a vivir en el cuerpo de David.

Trasplante de cerebro

Se plantea entonces un problema de personalidad: ¿quién es este ser mezcla de una y otra persona? El «hombre» resultante tiene el cerebro de Adam, inconformista, luchador contra el sistema establecido, pero con un cuerpo que le es completamente ajeno y con el que no se siente en absoluto a gusto (David había sido un gran atleta y un hombre-masa, conformista, al que no le importaba lo más mínimo ser un simple número más en una sociedad automatizada, esto es, todo lo contrario que Adam). Como indica José Domingo,

el asunto está sentenciado de antemano. Adam podría aprovecharse de la discreta posición social de David, usufructar para siempre a aquella espléndida mujer que es Diana […], pero sus deseos se extinguen en el curso de unas semanas. Preferirá seguir siendo el inquieto y rebelde Adam de antes. Insatisfecho, desasosegado, volverá a su vieja vida de activista en los campos universitarios, de conferenciante revolucionario en las emisoras piratas que luchan contra el orden establecido. Su insatisfacción, su inconformismo, la falta de un sentido a la vida que se le brinda, le acercan a otro inadaptado, el doctor Castro, tan distinto de las restantes eminencias médicas que aparecen en la acción[2].

La novela termina con la desaparición física de estos dos seres insatisfechos: el doctor Castro muere al estrellarse en un circuito el bólido de carreras que conducía. Sin embargo, cabe pensar que no se trata de un accidente, sino de un suicidio. Tiene razones para ello ya que la operación que ha realizado, todo un éxito en apariencia, no es otra cosa que un fabuloso fracaso: Adam ha empezado a perder la memoria y pronto empezarán a manifestarse otros síntomas de degeneración. Pero Adam no va a dar lugar a que tal cosa suceda: el absurdo de su nueva vida, la falta de sentido para su existencia, le conduce al suicidio. Al final, un policía remata su cuerpo.

Corte de corteza constituye, por lo tanto, una crítica de un sistema social injusto, «un sistema en el que los hombres independientes y de inteligencia crítica, como Adam y Castro, es obvio que no pueden progresar, ni siquiera vivir»[3]. Daniel Sueiro subraya el absurdo de esa sociedad que desprecia y cosifica al ser humano individual: se realiza una operación complicada para salvar una vida, cuando están muriendo millones de personas en las guerras o víctimas del hambre. Pero todavía hay algo más: es esa misma sociedad que salva a Adam, que le da una nueva vida, la que la lleva irremisiblemente a la muerte, al suicidio[4].

ENLACE: ¿Es posible un trasplante de cerebro?:
http://elpais.com/diario/2011/08/10/sociedad/1312927201_850215.html


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] José Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», Ínsula, 232, marzo de 1966, p. 3.

[3] Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», p. 3.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Elementos lírico-religiosos en «El trato de Argel»

Asimismo, podemos detectar otros pasajes de especial intensidad lírico-religiosa en las comedias de cautivos de Cervantes; por ejemplo, en el momento de la Jornada IV de El trato de Argel en que Saavedra trata de hacer razonar a su compañero de cautiverio Pedro, el cual pretende ser moro «con la voz y el vestido», pero sin negar a Cristo. Estas son sus palabras:

¿No sabes tú que el mismo Cristo dice:
«Aquel que me negare ante los hombres,
de Mí será negado ante mi Padre;
y el que ante ellos a Mí me confesare,
será de Mí ayudado ante el Eterno
Padre mío»? ¿Es prueba ésta bastante
que te convenza y desengañe, amigo,
del engaño en que estás en ser cristiano
con sólo el corazón, como tú dices?
Y ¿no sabes también que aquel arrimo
con que el cristiano se levanta al cielo
es la cruz y pasión de Jesucristo,
en cuya muerte nuestra vida vive…?[1]

Cubierta de El trato de Argel

Y antes, en la Jornada III, otro personaje, Aurelio, hacía la siguiente protesta:

¡Cristiano soy, y he de vivir cristiano;
y, aunque a términos tristes conducido,
dádivas o promesa, astucia o arte,
no harán que un punto de mi Dios me aparte![2]

Edición digital de El trato de Argel en Cervantes Virtual: http://www.cervantesvirtual.com/obra/el-trato-de-argel–0/

Otra edición digital en:
http://www.online-literature.com/espanol/cervantes/trato-de-argel/

El trato de Argel en ebook: http://www.todoebook.net/ebooks/ClasicosEspanoles/Miguel%20de%20Cervantes%20Saavedra%20-%20Trato%20de%20Argel%20-%20v1.0.pdf


[1] El trato de Argel, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 847a. Para más detalles, ver P. Teófilo Antolín, «El uso de la Sagrada Escritura en Cervantes», Cuadernos de Literatura. Revista General de las Letras, III, 7, enero-febrero de 1948, p. 116.

[2] El trato de Argel, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 843a. Ver también Poesía, selección e introducción de José Manuel Caballero Bonald, Barcelona, Seix Barral, 2005, p. 205.

«Corte de corteza», de Daniel Sueiro, novela de anticipación

Daniel Sueiro denomina a Corte de corteza novela «de anticipación»: «Crónica escrita hoy acerca de lo que va a ocurrir dentro de quince años». Se trata, ciertamente, de una novela de ciencia-ficción que anticipa un futuro caótico y deshumanizado, pero una ciencia-ficción «muy anclada en el presente», apostilla Tomás Yerro[1]. José Domingo habla de

actualidad, de realidad actual, de verídica descripción de unas formas de vida que alientan hoy en la superficie de nuestro planeta. […] No se trata, pues, de una novela utópica a la manera de Un mundo feliz de Aldous Huxley, en que se especulaba con una sociedad futura a largo plazo, resultante del proceso de automatización vital y de subordinación de la colectividad humana al principio absorbente de una ciencia deshumanizada. No, en Corte de corteza la sociedad es la misma en que nosotros vivimos y la anticipación, que el autor fija en el modesto lapso de quince años, es perfectamente lógica y comprensible de nuestros días. A nadie extrañarán, pues, los sucesos que se nos narran en la novela, algunos de los cuales fueron ya actualidad en su día en los despachos de las agencias internacionales, y otros podrían serlo en este mismo momento, sin dejarnos lugar siguiera para expresar nuestro asombro[2].

Y en las anónimas palabras preliminares de la edición de 1982 leemos:

Superación expresiva, renovación temática, afortunada conjunción de realidad e imaginación concretadas en esta ocasión en una novela de gran alcance, novela solo aparentemente de anticipación, puesto que su estructura argumental —el trasplante de cerebro de una víctima del terrorismo francotirador en Estados Unidos, que es también España y es todo país, no puede haber engaño en esto— no es sino el pretexto para ofrecer la más ácida y despiadada visión de la sociedad contemporánea, y la crítica más dura y directa de la violencia, el racismo, la mentalidad política imperialista y fascista, así como la deshumanización y la militarización progresiva a que parece abocar el mundo[3].

En la novela se tratan muchos temas. El núcleo es, en efecto, una operación de trasplante de cerebro (a eso alude el título: corte de corteza cerebral) y los problemas de toda índole que origina, tema de por sí más universal que los que planteaban las novelas sociales. Pero Daniel Sueiro no se limita a ese asunto concreto, sino que el relato le sirve para ofrecer sus opiniones sobre varios asuntos, hasta el punto de que Corte de corteza se convierte en una obra de carácter sociológico más que psicológico.

Corte de corteza, de Daniel Sueiro

Los críticos destacan más su actualidad (plantea temas de hoy, candentes en nuestros días) que su originalidad, ya que existen algunos precedentes temáticos. Así, para el tema de la doble personalidad El extraño caso del Dr. Jekyll and Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson y Juan o Carlos y Carlos o Juan, de Tomás Borrás. Y para el de los trasplantes, Arte de hacer curas, de Juan Pérez Zúñiga, El cambio de cabeza, de Thomas Mann y Frankenstein, de Mary W. Shelley[4]. Corte de corteza es un «réquiem por el deshumanizado mundo que puede venir»[5] y, en este sentido, puede relacionarse con otras obras como 1984, de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldous Huxley o Parábola del náufrago, de Miguel Delibes[6].


[1] Tomás Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, Pamplona, Eunsa, 1977, p. 60.

[2] José Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», Ínsula, 232, marzo de 1966, p. 3.

[3] Palabras preliminares de la edición de 1982 de Corte de corteza.

[4] Ver Antonio Iglesias Laguna, «Mundo gris y alucinante», La Estafeta Literaria, 421, 1 de junio de 1969, p. 163.

[5] Palabras de Mercedes Gordon recogidas por Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, p. 193.

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Elementos lírico-religiosos en «El rufián dichoso»

En El rufián dichoso, al final de la primera jornada, cuando el protagonista hace su voto religioso, se encomienda al Señor, en un pasaje en el que además evoca a la Virgen Madre de Dios, al Ángel de la Guarda y a las ánimas del Purgatorio, menciona los «salmos de David bendito» y se refiere negativamente a los demonios. El segundo ejemplo lo tenemos en los vv. 1782 y ss., donde el P. Cruz hace un contrafactum cantando «a la dura cruz preciosa», después de la visión en que han aparecido unas ninfas loando a Venus. Luego unos músicos entonan un elogio de Sevilla y los amores, y la réplica del P. Cruz («Vade retro, Satanás») repite a modo de estribillo: «No hay cosa que sea gustosa / sin la dura cruz preciosa»:

No hay cosa que sea gustosa
sin la dura cruz preciosa.
Si por esta senda estrecha
que la cruz señala y forma
no pone el pie el que camina
a la patria venturosa,
cuando menos lo pensare,
de improviso y a deshora,
cairá de un despeñadero
del abismo en las mazmorras.
Torpeza y honestidad
nunca las manos se toman,
ni pueden caminar juntas
por esta senda fragosa.
Y yo sé que en todo el cielo,
ni en la tierra, aunque espaciosa,
no hay cosa que sea gustosa
sin la dura cruz preciosa
(vv. 1782-1799).

Cubierta de El rufián dichoso

En tercer lugar, en los vv. 1904-1908 encontramos la paráfrasis de varios salmos bíblicos, convenientemente anotados por Edward Nagy, editor moderno de la comedia en Cátedra. En fin, se podrían aislar en esta obra dramática varios «fragmentos líricos» que podrían leerse independientemente como poemas de tema religioso, circunstancia que no debe extrañarnos si tenemos en cuenta que estamos ante una comedia hagiográfica[1].


[1] Para estas reminiscencias bíblicas varias y otras alusiones a los salmos en El rufián dichoso, vv. 1904 y ss., ver el trabajo del P. Teófilo Antolín, «El uso de la Sagrada Escritura en Cervantes», Cuadernos de Literatura. Revista General de las Letras, III, 7, enero-febrero de 1948, p. 116. Cito por El trato de Argel, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999.

«Corte de corteza» (1969), novela experimental de Daniel Sueiro

El momento de cambiar de rumbo le llegó a Daniel Sueiro con Corte de corteza, novela ganadora del Premio Alfaguara en su convocatoria del año 1968, el cual se concedía a obras renovadoras, tal como indican estas palabras de Domingo Pérez Minik:

El más atrevido de estos premios es el Alfaguara, con sus cuatro años de vida, por lo tanto, el más presumido, el más exigente y también el que más se ha atrevido a poner de relieve nuevas formas y contenidos dentro del género novelesco. […] Corte de corteza, de Daniel Sueiro, nos ha demostrado con mucha claridad que el juicio de este jurado ha sabido aventurarse por caminos inexplorados, estar muy al tanto de la narrativa nacional, sentirse animado por un análisis muy estricto, que atañe lo mismo a los contenidos de conciencia, a las estructuras inéditas, a la necesidad de poner en buen rumbo a la novela española de estos tiempos, que ha gastado sus energías en repetirse en un realismo promovido desde no se sabe qué recintos teoréticos deteriorados[1].

Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro

Corte de corteza es, en efecto, una obra renovadora, y lo es un doble sentido: formalmente, porque aplica nuevas técnicas; temáticamente, porque su autor se abre a lo imaginario, a la ficción, y abandona el realismo social, al menos tal como lo había practicado hasta entonces. El propio Sueiro lo reconoce expresamente:

He dejado de alimentarme de vasos de tinto tomados frente a mostradores de zinc en viejas tabernas, he dejado de escuchar el habla popular estereotipada. […] Todo está cambiando en el mundo, y algo está cambiando entre nosotros. Yo he decidido en esta novela escribir sobre cosas nuevas y hacerlo de una manera no tan aburrida, sino más apasionante, a mi modo de entender, más libre[2].

En cualquier caso, la lectura de la novela pone de relieve que el abandono del realismo social no supone necesariamente el abandono de la denuncia y de la crítica; y así lo explicita el escritor:

Pese a su renovación formal, Corte de corteza acusa todavía una marcada tendencia hacia la denuncia social, expuesta con una ideología a ratos casi panfletaria, demagógica[3].


[1] Domingo Pérez Minik, «Daniel Sueiro: Corte de corteza», El Día, 1 de junio de 1969; citado por Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, p. 190.

[2] Cita del autor recogida por Miguel Fernández-Braso, «La novela ganadora del IV Alfaguara en los escaparates. Daniel Sueiro dentro y fuera de casa», La Estafeta Literaria, 415, 1 de marzo de 1969, p. 11. Y poco antes declaraba también: «Sí, Corte de corteza rompe con mi novelística anterior. No sé si este camino vale o no, pero es distinto. No quiero ser pedante, pero he procurado que tenga un valor menos provinciano» (p. 10). Ignacio Soldevilla escribiría: «Sueiro aparece ya liberado de las sumisiones propias del realismo crítico, y realiza uno de los buenos ejemplos de lo que podríamos llamar globalismo narrativo: olla podrida de todos los recursos, de todos los registros tonales y lingüísticos» (tomo la cita de las palabras preliminares de la edición de 1982 de Corte de corteza).

[3] Cita del autor recogida por Fernández-Braso, «La novela ganadora del IV Alfaguara en los escaparates…», p. 11. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

El soneto de doña Catalina de Oviedo en «La Gran Sultana»

Si en este recorrido panorámico por los poemas cervantinos que incluyen elementos religiosos volvemos la vista de nuevo al teatro, debemos recordar el soneto de doña Catalina de Oviedo «¡A Ti me vuelvo, Gran Señor, que alzaste…», con que se remata la primera jornada de La Gran Sultana. Sola en el escenario, Sultana hace esta oración-súplica a Dios pidiendo ayuda para que la proteja de los males que la amenazan al estar en poder del Gran Turco:

¡A Ti me vuelvo, Gran Señor, que alzaste,
a costa de tu sangre y de tu vida,
la mísera de Adán primer caída,
y adonde él nos perdió, Tú nos cobraste!

¡A Ti, Pastor bendito, que buscaste
de las cien ovejuelas la perdida,
y hallándola del lobo perseguida,
sobre tus hombros santos te la echaste!

¡A Ti me vuelvo en mi aflición amarga,
y a Ti toca, Señor, el darme ayuda:
que soy cordera de tu aprisco ausente,

y temo que, a carrera corta o larga,
cuando a mi daño tu favor no acuda,
me ha de alcanzar esta infernal serpiente![1]

El Buen Pastor

Cervantes maneja en el poema la idea de Dios como redentor del hombre (que ha ofrecido la sangre y la vida de su Hijo Jesucristo en pago del pecado original de Adán) y, especialmente, de Jesús como Buen Pastor que abandona todo el rebaño para ir a buscar a la oveja perdida; en este sentido, Sultana se asimila a una cordera alejada del aprisco que fácilmente puede ser presa de la «infernal serpiente». Como evocadoramente ha escrito el Padre Antolín:

Bellísimo y hondamente patético es el soneto que da fin a la primera jornada de La gran Sultana, en el que resuenan los tiernos y angustiosos balidos de una oveja que, si no descarriada por su culpa, siente próximo y tiembla ante el peligro de perderse[2].

Desde el punto de vista del ornato estilístico, destaca la anáfora «A Ti…», de gran eficacia retórica: la oveja perdida clama repetidamente a Dios, y esa angustiosa repetición agudiza la conciencia del peligro en que se encuentra.


[1] La Gran Sultana, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 1009b.

[2] Ver P. Teófilo Antolín, «El uso de la Sagrada Escritura en Cervantes», Cuadernos de Literatura. Revista General de las Letras, III, 7, enero-febrero de 1948, p. 122.

Evolución de Daniel Sueiro: el cansancio de la novela social

Ahora bien, en el panorama de la narrativa española de posguerra llega un momento de cansancio producido por el abuso del realismo social. Este tipo de literatura había entrado en un callejón sin salida: repetición de temas, hastío en el lector, fracaso de los objetivos propuestos… Los novelistas pertenecientes a esta corriente crítica —algo similar pasa también con los poetas— se percatan de que no era ese el camino, de que debían renovarse si no querían morir en el intento, de ahí que pasaran a experimentar con nuevas estructuras, nuevas formas, nuevos lenguajes.

La novela social española, de Pablo Gil Casado

Eso es lo que hará Daniel Sueiro (y como él otros muchos autores, que — si no es que dejan de publicar— darán a su obra una mayor amplitud de miras, expresándola en un cauce no tan estrecho como el impuesto por el realismo social). Suficientemente expresivas son estas palabras del propio Sueiro que explicitan la cuestión: «He abandonado la novela llamada social porque entendí que ya no era útil, que ya no contaba con lectores»[1]. Ahora, a finales de los 60, pasa a considerar la literatura «como una revelación hacia los demás, como forma de expresión, como modo de vida y como ejercicio vivo del pensamiento y del lenguaje, no sé si por el mismo orden en que los estoy mencionando»[2].


[1] En Eduardo García Rico, «Daniel Sueiro y Los servidores del garrote», Triunfo, año XXV, núm. 421, 27 de junio de 1970, p. 43; citado por Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, p. 189.

[2] Daniel Sueiro, Corte de corteza, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969; citado por Tomás Yerro, Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, Pamplona, Eunsa, 1977, p. 59. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.