Primer matrimonio de Lope: Isabel de Urbina

Tenemos, pues, que hacia mediados de febrero de 1588 Lope debe salir de Madrid (directamente desde la cárcel, según establecía la condena) para cumplir la pena de destierro, tema que aparecerá ahora literaturizado en varios de sus romances, como en el que comienza[1]:

Mil años ha que no canto
porque ha mil años que lloro,
trabajos de mi destierro,
que fueran de muerte en otros.

Mientras que en algunos de ellos le salteará el recuerdo de Filis-Elena:

¡Ay, amargas soledades
de mi bellísima Filis,
destierro bien empleado
del agravio que la hice.

Pero Lope es incorregible y, pese a sus enredos con la justicia, no tiene inconveniente en raptar (eso sí, con su anuencia, al parecer) a una doncella principal de Madrid, Isabel de Urbina, también conocida como Isabel de Alderete, a la que cantará en sus versos con el nombre poético de Belisa. Isabel es hija de Diego de Urbina y Alderete, pintor de la cámara real, y hermana de don Diego de Ampuero Urbina y Alderete, regidor y rey de armas de Su Majestad. Pertenecía, por tanto, a una familia bien situada. El rapto se debió de producir entre la salida de la cárcel y la marcha al destierro (recordemos que Lope disponía de un plazo de quince días para abandonar el reino de Castilla), si bien otra posibilidad es que lo quebrantase para regresar a Madrid y raptar a Isabel.

Firma de Lope de Vega

Pese al consentimiento de la muchacha, su escapada con el «escandaloso poetilla de Madrid», al decir de Entrambasguas, no dejaba de suponer un grave deshonor que debía ser reparado inmediatamente: la familia de Isabel reacciona y Lope se ha de enfrentar a un nuevo proceso judicial, que no se detendrá hasta que el 10 de mayo se case con ella por poderes, actuando en su nombre su cuñado Luis Rosicler (el marido de su hermana Isabel del Carpio, bordador de oficio):

En diez días del mes de mayo, año de mil y quinientos ochenta y ocho años, se desposó, con licencia y mandamiento del señor Vicario general de esta villa de Madrid, Lope de Vega e Carpio, vecino de esta villa, y en su nombre, y por su poder bastante, Luis de Rosicler, con doña Isabel de Alderete; fueron testigos el secretario Tomás Gracián; Juan de Vallejo, alguacil de corte; Juan Pérez, boticario; y Juan de Vega y Alonso Díaz, estantes en esta dicha villa. El licenciado Delgado.

Pérez de Montalbán, que en su Fama póstuma elimina todos los detalles negativos de la biografía de su admirado Lope —no dice nada, por ejemplo, de los amoríos con Elena Osorio, ni del escándalo del proceso por libelos, ni del paso por la cárcel—, señala que el matrimonio con Isabel de Urbina fue después de entrar Lope en la casa del duque de Alba y que se celebró con consentimiento de la familia:

Supo que estaba el señor Duque de Alba en Madrid, y vino a verle y a besarle la mano, de que se holgó Su Excelencia mucho porque le amaba con estremo y así lo mostró, ofreciéndole su casa y haciéndole no solo su secretario sino su valido, favor que pagó Lope con escribir a su orden la ingeniosa Arcadia, enigma misterioso de sujetos altos, desalumbrado en el rebozo de pastores humildes.

Perseveró en esta privanza mucho tiempo, ya estando con Su Excelencia en Alba, y ya viniendo a la corte a sus negocios, hasta que, enamorado de doña Isabel de Urbina, hija de don Diego de Urbina, rey de armas y muy conocido en esta villa, hermosa sin artificio, discreta sin bachillería y virtuosa sin afectación, se casó con ella con permiso de los deudos de entrambas partes.

Pero esto último no debió de ser así, ni mucho menos. Como se ha apuntado, la boda habría sido aceptada sin mucho entusiasmo por los Urbina, tras el hecho consumado de la huida, y como un mal menor que suponía la reparación de su maltrecho honor familiar. El matrimonio canónico con Isabel no se confirmará de presente hasta el 10 de julio de 1589, en la iglesia de san Esteban de Valencia, cuando ya los esposos estén instalados en aquella ciudad.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Novela histórica vs. Episodio nacional

Otra cuestión interesante que podríamos considerar al tratar de las novelas históricas es la siguiente: ¿qué distancia temporal entre el presente del autor y la historia narrada es necesaria? La crítica ha señalado una separación mínima de unos cincuenta años[1], que, en cualquier caso, no deja de ser una cifra arbitraria. Para Juan Ignacio Ferreras, las novelas históricas pueden construirse de tres formas distintas, por lo menos: «o alejándolas en el tiempo y llegando a lo que pudiéramos llamar novela arqueológica; o alejándose hasta la generación de los abuelos; o, finalmente, escribiendo acerca de la actualidad histórica contemporánea o muy presente»[2].

Creo que sería útil establecer una distinción entre novela histórica y «episodio nacional contemporáneo», reservando este término para aquellas obras que no alejan demasiado su acción en el tiempo, esto es, para aquellas que novelan acontecimientos históricos vividos —o que pudieron llegar a ser vividos— por el autor, como sucede con las cinco series de Episodios Nacionales de Pérez Galdós, en las que se recogen los acontecimientos de la historia de España desde unos años antes de la guerra de la Independencia (la batalla de Trafalgar) hasta la Restauración borbónica[3].

Trafalgar, de Pérez Galdos


[1] Cf. Biruté Ciplijauskaité, Los noventayochistas y la historia, Madrid, José Porrúa Turanzas, 1981, p. 13.

[2] Juan Ignacio Ferreras, La novela en el siglo XVII, Madrid, Taurus, 1987, pp. 56-57.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Los sonetos de los mansos de Lope

Cabe señalar que, frente al duro tono, directo y soez, de los libelos, una huella más literaria —y mucho más hermosa— de la ruptura de Lope de Vega con Elena Osorio quedó en los famosos sonetos de los mansos[1]. Son tres los que forman la serie («Suelta mi manso, mayoral extraño…», «Querido manso mío, que venistes…» y «Vireno, aquel mi manso regalado…»), y los tres desarrollan la idea de que un «mayoral extraño» (Granvela) ha robado al pastor (Lope) su manso amado (Elena). He aquí los tres textos, plenos de honda emoción y de subidos quilates estéticos:

Suelta mi manso, mayoral extraño,
pues otro tienes de tu igual decoro,
deja la prenda que en alma adoro
perdida por tu bien y por mi daño.

Ponle su esquila de labrado estaño
y no le engañen tus collares de oro,
toma en albricias este blanco toro
que a las primeras yerbas cumple un año.

Si pides señas, tiene el vellocino
pardo encrespado, y los ojuelos tiene
como durmiendo en regalado sueño.

Si piensas que no soy su dueño, Alcino,
suelta y verasle si a mi choza viene,
que aun tienen sal las manos de su dueño.

Manso blanco

Querido manso mío, que venistes
por sal mil veces junto aquella roca,
y en mi grosera mano vuestra boca
y vuestra lengua de clavel pusistes,

¿por qué montañas ásperas subistes,
que tal selvatiquez el alma os toca?
¿Qué furia os hizo condición tan loca,
que la memoria y la razón perdistes?

Paced la anacardina, porque os vuelva
de ese cruel y interesable sueño,
y no bebáis del agua del olvido.

Aquí está vuestra vega, monte y selva;
yo soy vuestro pastor, y vos mi dueño;
vos mi ganado, y yo vuestro perdido.

Manso blanco 2

Vireno, aquel mi manso regalado
del collarejo azul; aquel hermoso
que con balido ronco y amoroso
llevaba por los montes mi ganado;

aquel del vellocino ensortijado,
de alegres ojos y mirar gracioso,
por quien yo de ninguno fui envidioso,
siendo de mil pastores envidiado;

aquel me hurtaron ya, Vireno hermano:
ya retoza otro dueño y le provoca;
toda la noche vela y duerme el día.

Ya come blanca sal en otra mano;
ya come ajena mano con la boca
de cuya lengua se abrasó la mía.

Y, por supuesto, la relación también se recreará literariamente en La Dorotea (1632), obra de madurez donde la historia de amor y de rivalidad se oculta bajo los nombres de don Fernando, Dorotea y don Bela.


[1] Muchos de los datos acerca de este episodio del juicio contra Lope y su condena los debemos a las investigaciones de Atanasio Tomillo y Cristóbal Pérez Pastor, que los dieron a conocer en su libro Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos. Posteriormente, los libelos fueron transcritos por Joaquín de Entrambasguas. Como mínimo apunte bibliográfico sobre estos tres sonetos puede verse Mauricio Molho, «Teoría de mansos: un triple soneto de Lope de Vega», Bulletin Hispanique, 93-1, 1991, pp. 135-155.

La novela histórica, género híbrido

Así pues, vemos que aquí radica uno de los principales peligros de este tipo de narración; por su propia naturaleza, la novela histórica es un género híbrido, mezcla de invención y de realidad. Por un lado, le exigimos a este tipo de obras la reconstrucción de un pasado histórico más o menos remoto, para lo cual el autor debe acarrear una serie de materiales no ficticios; la presencia en la novela de este andamiaje histórico servirá para mostrarnos los modos de vida, las costumbres y, en general, todas las circunstancias necesarias para nuestra mejor comprensión de aquel ayer. Pero, a la vez, el autor no debe olvidar que en su obra todo ese elemento histórico es lo adjetivo, y que lo sustantivo es la novela. Y esta es una piedra de toque fundamental a la hora de decidir si una determinada obra es una novela histórica o no: la ficcionalidad, ya que el resultado final de esa mezcla de elementos históricos y literarios no es una obra correspondiente a la historia, sino a la literatura, es decir, una obra de ficción.

Historia y novela histórica

Todo esto hace que la novela histórica sea un subgénero relativamente complicado. De hecho, la dificultad mayor para el novelista histórico residirá en encontrar un equilibrio estable entre el elemento y los personajes históricos y el elemento y los personajes ficcionales, sin que uno de los dos aspectos ahogue al otro[1]. Si peca por exceso en su labor reconstructora del pasado, la novela dejará de serlo para convertirse en una erudita historia anovelada; por el contrario, si por defecto, la novela será histórica únicamente de nombre, por situar su acción en el pasado y por introducir unos temas y unos personajes pseudohistóricos.


[1] Umberto Eco distingue, en este sentido, tres formas de acercarse literariamente al pasado histórico: el «romance», que toma simplemente el pasado como fabuloso telón de fondo, como base para dejar volar la fantasía; la «novela de capa y espada», al estilo de Dumas, en la que se inventan personajes y hechos sobre un fondo histórico más o menos real; y la «novela histórica», cuyos personajes, aunque fingidos, se comportan como lo harían los personajes reales de aquella época (Umberto Eco, Apostillas a «El nombre de la rosa», Barcelona, Lumen, 1984, pp. 80-81).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Lope detenido, encarcelado y condenado

La familia de Elena reacciona, y así Jerónimo y su hijo Diego Velázquez presentan una querella ante el alcalde de Casa y Corte Espinosa[1]. Como consecuencia de la denuncia, en la tarde del 29 de diciembre, Lope es detenido mientras asistía a una representación en el Corral de la Cruz y conducido a la cárcel de la Corte situada en la calle de Atocha, acusado de difamación por la familia de su amante. Un posible testimonio literario de este paso por la prisión sería el romance «En la prisión está Adulce…».

Se sigue el juicio, y los testigos Rodrigo de Saavedra, cómico, y Alonso de Ordóñez, licenciado, acusan a Lope de ser el autor de los injuriosos libelos contra la familia de Elena. El 2 de enero de 1588, alegando que es menor de edad, el escritor solicita que se le dé como curador a Diego de Izmendi (en realidad, ya sobrepasaba por unos meses la mayoría de edad, fijada entonces en los 25 años). El 9 de enero es él quien declara, para negar la acusación: afirma conocer los famosos libelos, pero dice que no son suyos; manifiesta que tiene a Elena Osorio por «mujer muy honrada»; indica que se dedica a escribir comedias «por su entretenimiento», y que considera que la enemistad de los Velázquez se debe a que dejó de darles sus piezas a ellos para vendérselas a Porres. Sin embargo, los argumentos de Lope no convencen a los jueces y el 15 de enero de 1588 es condenado a cuatro años de destierro de la Corte y cinco leguas, y a dos del reino de Castilla.

En la cárcel Lope seguirá injuriando a Elena y su familia y, tras una nueva querella, el 5 de febrero se dicta la sentencia definitiva, por la que los jueces le aumentan el castigo de destierro de cuatro a ocho años:

Confirman la sentencia de vista en grado de revista, con que los cuatro años de destierro desta Corte y cinco leguas sean ocho, demás de los del reino, y los salga a cumplir desde la cárcel los ocho de la Corte y cinco leguas, y los del reino dentro de quince días; no los quebrante, so pena de muerte los del reino, y los demás, de servirlos en galeras al remo y sin sueldo, con costas.

Así, con unas semanas de cárcel y una dura condena de destierro, terminan los apasionados amores de Lope con Elena Osorio, su gran pasión de juventud. Como escriben Rennert y Castro, «No es probable que aquel fuese el primer amor de Lope; pero es seguro que aquella pasión fue intensa y vehemente». Fue, sin duda, su primera borrasca amorosa, pero no sería, ni mucho menos, la última, como tendremos ocasión de comprobar[2].

Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

[2] Muchos de los datos acerca de este episodio del juicio contra Lope y su condena los debemos a las investigaciones de Atanasio Tomillo y Cristóbal Pérez Pastor, que los dieron a conocer en su libro Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos. Posteriormente, los libelos fueron transcritos por Joaquín de Entrambasguas.

¿Qué es la novela histórica?

¿Qué es la novela histórica? ¿Qué requisitos debe reunir una novela para poder aplicarle el adjetivo histórica? ¿Qué es lo que hace que podamos reunir bajo esa etiqueta obras tan dispares como Ivanhoe y La cartuja de Parma, Guerra y paz y El último mohicano, El señor de Bembibre y Bomarzo?

El último mohicano, de Fenimore Cooper

Todos tenemos una noción más o menos precisa de qué cosa sea una novela histórica, y poseemos intuitivamente la certeza de si tal novela es histórica o no lo es. Pero a la hora de plantearse una definición genérica la cuestión no es tan sencilla[1]. La característica más evidente es que todas las novelas mencionadas, tan diferentes entre sí, sitúan su acción (ficticia, inventada) en un pasado (real, histórico) más o menos lejano. Esta es una primera aproximación, aunque todavía demasiado vaga y general, que viene a coincidir con una definición aportada por Felicidad Buendía:

Definir la novela histórica en un sentido estricto supone decir de ella sencillamente que desarrolla una acción novelesca en el pasado; sus personajes principales son imaginarios, en tanto que los personajes históricos y los hechos reales constituyen el elemento secundario del relato[2].

En otra entrada me referiré con más detalle a los personajes de la novela histórica. De momento, podría añadirse para nuestra definición provisional otra característica: para que una novela sea verdaderamente histórica debe reconstruir, o al menos intentar reconstruir, la época en que sitúa su acción, tal como propugna Amado Alonso:

En este sentido, novela histórica no es sin más la que narra o describe hechos y cosas ocurridos o existentes, ni siquiera —como se suele aceptar convencionalmente— la que narra cosas referentes a la vida pública de un pueblo, sino específicamente aquella que se propone reconstruir un modo de vida pretérito y ofrecerlo como pretérito, en su lejanía, con los especiales sentimientos que despierta en nosotros la monumentalidad[3].

Salambó, de FlaubertOcurre, sin embargo, que si señalamos como condición sine qua non para que una novela sea histórica la reconstrucción arqueológica de una época pretérita, su número se reduce notablemente, ya porque no todas logran esa reconstrucción, ya porque las que lo consiguen pierden muchos puntos como novelas. Bien sabido es que Flaubert, refiriéndose a su novela Salammbô, reconoció que al final había levantado un pedestal demasiado grande (la reconstrucción de Cartago) para una estatua que se le quedó chica (la caracterización psicológica de la protagonista). Ramón Solís Llorente afirma que «debe haber una intención en el autor de presentar una época, de aprovechar la ambientación de la novela para dar a conocer la realidad histórica de un momento determinado»[4]. Del mismo modo, Francisco Carrasquer insiste claramente en esta característica:

Porque si es un subgénero de la novela, la novela histórica tiene que ser y no puede ser otra cosa que novela. No «ante todo» o «sobre todo» novela, sino novela de arriba abajo. Después de ser novela, solo después, puede mojarse, teñirse o colorearse de histórica. Pero este adjetivo no puede sustantivarse, so pena de dejar de ser literatura[5].


[1] No pretendo ahora una definición completa, pero considero conveniente, antes de seguir hablando de novela histórica, aportar brevemente algunas ideas al respecto.
[2] Felicidad Buendía, «La novela histórica española (1830-1844)», estudio preliminar en su Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 16-17.
[3] Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, pp. 143-144. A título de curiosidad indicaré que esta característica se menciona en la definición del DRAE (20.ª ed., 1992): «Novela histórica. La que se constituyó como género en el siglo XIX, desarrollando su acción en épocas pretéritas, con personajes reales o ficticios, y tratando de evocar los ambientes, costumbres e ideales de aquellas épocas».
[4] Ramón Solís Llorente, Génesis de una novela histórica, Ceuta, Instituto Nacional de Enseñanza Media, 1964, p. 41.

[5] Francisco Carrasquer, «Imán» y la novela histórica de Sender, London, Tamesis Books Limited, 1970, p. 70. Y añade: «Pero no basta con referirnos al pasado para que nuestra novela pueda llamarse histórica. Ese pasado ha de sernos conocido o cognoscible, ha de estar registrado, cronicado, ha de ser histórico». Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Lope de Vega: unos amores despechados y unos libelos ofensivos

Serán cuatro o cinco años los que dure esta apasionada relación con Elena Osorio, tiempo en el que las comedias escritas por Lope iban naturalmente a parar a manos de la compañía de Velázquez, el padre de la muchacha[1]. Y las piezas que escribía el mozo eran buenas, en el sentido de que agradaban al público y daban ganancia, así que todo iba miel sobre hojuelas.

Sin embargo, llega un momento en que Lope se va a ver desplazado en el amor de Elena por don Francisco Perrenot, sobrino del cardenal Granvela (Antonio Perrenot de Granvela), personaje con muchos más posibles que el hijo del bordador: por muchas y exitosas comedias que este fuera capaz de escribir, el otro, el rival, constituía mucho mejor partido.

Antonio Perrenot de Granvela, el cardenal Granvela

Al parecer, fue la madre de Elena, Inés Osorio, quien la indujo a cortar con Lope. Como señalan algunos biógrafos, es posible que la ruptura definitiva no se produjera inmediatamente y que durante algún tiempo Elena, convertida ya en pareja de don Francisco, concediera ocultamente sus favores a Lope… hasta que se cansa de compartir mujer con otro.

Y así, a finales de 1587 un Lope de Vega despechado, con el orgullo herido y cegado por los celos escribe unos libelos difamatorios contra Elena y su familia que rápidamente se difunden por todo Madrid. A sus parientes los trata de alcahuetes y rufianes, pues considera que han influido negativamente para que ella le abandone; y a su antes adorada Elena la califica ahora directamente de prostituta, en versos tan crudos y groseros como estos:

Los que algún tiempo tuvistes
noticia del Lavapiés,
de hoy más sabed que su calle
no lava, que sucia es;
que en ella hay tres damas
que, a ser cuatro como tres,
pudieran tales columnas
hacer un burdel francés.

[…]

Es puta de dos y cuatro,
y a mí me dijo un inglés
que la vio sus blancas piernas
por dos varas delantés…

A cuantos piden su cuerpo
se lo da por interés:
hizo profesión de puta;
¡ved qué convento de Uclés!

Este es otro de los sonetos ofensivos contra Elena y su familia:

Una dama se vende a quien la quiera.
En almoneda está. ¿Quieren compralla?
Su padre es quien la vende, que aunque calla,
su madre la sirvió de pregonera.

Treinta ducados pide y saya entera
de tafetán, piñuela o anafalla,
y la mitad del precio no se halla
por ser el tiempo estéril en manera.

Mas un galán llegó con diez canciones,
cinco sonetos y un gentil cabrito,
y aqueste respondió que es buena paga.

Mas un fraile la dio treinta doblones,
y aqueste la llevó. Sea Dios bendito;
muy buen provecho y buena pro-le haga.

Contra Jerónimo Velázquez, que antes que director de una compañía teatral había sido solador de pisos, va enderezado el que comienza «Un solador se ha vuelto caballero…». Enemistado con los Velázquez, Lope dará ahora sus comedias a la competencia, concretamente al empresario teatral Gaspar de Porres.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

La novela histórica: historia y literatura

Uno es escribir como poeta y otro como historiador; el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna (Cervantes, Quijote, II, 3).

La historia y la literatura se han desarrollado siempre a la par desde los tiempos más remotos. Pensemos en las primeras manifestaciones épicas de la cultura occidental, los poemas homéricos, que, al tiempo que magnifican unos héroes y un pueblo, cantan un suceso con base histórica probada, la guerra de Troya. Pensemos igualmente en el doble valor de nuestro Cantar de mio Cid, que es a la vez un monumento literario y una fuente histórica, o en la utilización de gran cantidad de material épico prosificado en las antiguas crónicas medievales.

Monumento al Cid, Burgos

Pensemos, en fin, que en la antigüedad grecolatina la historiografía constituía un género literario, y como tal se ha mantenido prácticamente hasta el siglo XIX, desde Herodoto de Halicarnaso a Ranke: durante muchos siglos, la historia ha sido la «narratio rerum gestarum», el relato simple y fiel de las cosas que habían pasado, y la tarea del historiador consistía, según el mencionado historiador positivista, en «mostrar solo que realmente aconteció» («wie es eigentlich gewesen»). Solo desde mediados del XIX, conforme se vaya tomando conciencia de la autonomía de la historia y la literatura, habrá una progresiva reducción de la dimensión épica, mítica y dramática de la historia, pasando a predominar la explicación e interpretación sobre el mero relato de los hechos.

La frontera que separa los territorios de la historia y la literatura ha sido, pues, permeable a lo largo de los tiempos y, así —pese a la conocida distinción aristotélica de historia y poesía— se han producido frecuentes incursiones de un género en el otro: la savia de la historia vivifica la literatura, y viceversa, la literatura es una fuente —si bien indirecta o secundaria— para el conocimiento histórico. El hombre es un ser histórico, vive inserto en un tiempo y en un espacio concretos, y en esa coordenada espacio-temporal protagoniza una serie de hechos históricos, ya pertenezcan a la gran historia, ya formen parte de la denominada intrahistoria. Y la literatura, siempre reflejo en mayor o menor medida de la realidad del momento, incluirá en sus creaciones todos esos hechos, tanto los decisivos para el discurrir de la humanidad toda, como los pequeños sucesos particulares, que no por cotidianos son menos determinantes para cada persona[1].

Lo que ahora nos interesa es el primer aspecto de esta mutua relación. La historia ha sido un magnífico vivero de asuntos, temas y personajes para todas las artes: hay una pintura histórica, un cine histórico y, por lo que hace a la literatura, no solo la novela, sino también el teatro, el cuento o la poesía narrativa han buscado sus argumentos en ese inagotable filón que constituye la historia, el conjunto de hechos del pasado, preferentemente nacional. Pues bien, en diversas entradas pretendemos acercarnos en concreto a la novela histórica, subgénero narrativo cuyo patrón clásico fue fijado en el siglo XIX por Walter Scott y que, con mayor o menor intensidad, con variaciones en sus técnicas narrativas y de caracterización de personajes (paralelas, por otra parte, a las conocidas por la novela en general) ha seguido cultivándose hasta la actualidad, momento en el que goza de un cultivo y un éxito nada desdeñables[2] .


[1] En este sentido, toda novela, sea o no de temática histórica, presenta de alguna manera un carácter histórico, pues sus protagonistas no pueden prescindir del devenir histórico en el que están insertos.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Lope canta a Elena-Zaida-Filis

En La Dorotea (1632), Lope completaría el retrato de Elena con nuevos detalles[1]:

Esto en cuanto al paramento visible, que el talle, el brío, la limpieza, la habla, la voz, el ingenio, el danzar, el cantar, el tañer diversos instrumentos, me cuesta más de dos mil versos.

Lope paseaba la calle a Elena (que, no lo olvidemos, era una mujer casada) y, al parecer, ella pronto correspondió a un galán tan gallardo y gentil, y de tan buenas prendas. Y luego Lope recreaba tales visitas y encuentros en romances que ponían como telón de fondo a esos amores el idealizado ambiente morisco, con su nombre y el de Elena enmascarados tras los de Zaide y Zaida:

Gallardo pasea Zaide
puerta y calle de su dama,
que desea en gran manera
ver su imagen y adorarla…

I Love Zaida

Así comienza uno de ellos, al que sirve de respuesta este otro, uno de los más famosos del ciclo de romances moriscos, puesto en boca de Zaida:

—Mira, Zaide, que te digo
que no pases por mi calle,
no hables con mis mujeres
ni con mis cautivos trates…

En otras ocasiones, los amores quedarían reflejados en otro mundo idealizado, el de los romances pastoriles, y en estas ocasiones los disfraces nominales serían Belardo y Filis. Y aunque es obvio que no debemos tomar al pie de la letra y aplicar a Elena y Lope todos los lances y aventuras que en ellos se cuentan (cierta bofetada dada por Belardo a Filis porque en una fiesta de toros había ponderado la valentía de un caballero; los cabellos arrancados por la madre de ella, que se opone a la relación, y con los que Filis hace una trenza que regala a su enamorado como favor amoroso; la vena del cuello del amante que salta por la fuerza de la pasión…), sí que podemos ver en ellos un trasunto, bellamente pasado por el tamiz de la literatura, de aquellos apasionados amores, con sus alternativas de gozo y dolor, de esperanza y sufrimiento, de entregas y rechazos desdeñosos, con sus celos de ausencia y el placer de los reencuentros…

El orgullo satisfecho del poeta, al que cabe imaginar exultante por su conquista de tan celebrada beldad, no podía dejar de pregonarla vanidosamente por medio de sus versos, de forma que tales amores se convirtieron en la comidilla de la Corte; estarían en boca de todos en los famosos mentideros de Madrid y, como señala Entrambasaguas, «Allí saldrían a relucir los dos enamorados entre hazañas de Flandes, riquezas de Indias y relatos de fiestas y autos de fe». En La Dorotea, don Fernando señala precisamente que fue ese hecho, el haberse convertido ambos en «fábula de la corte», la razón alegada por Dorotea para su ruptura:

Díjome un día con resolución que se acababa nuestra amistad, porque su madre y deudos la afrentaban, y que los dos éramos ya fábula de la corte, teniendo yo no poca culpa, que con mis versos publicaba lo que sin ellos no lo fuera tanto.

En efecto, los versos de Lope servían de altavoz de aquella relación adúltera, convirtiéndola en piedra de escándalo para muchos.

Al mismo tiempo que tenían lugar estos intensos amores con Elena Osorio, como contrapunto de calma, y quizá para rellenar las horas que no podía pasar a su lado, Lope tuvo ocasión de perfeccionar sus estudios, y lo hizo asistiendo, entre los años 1583 y 1586, a la Academia de matemáticas fundada por Felipe II. En ella cursó estudios astrológicos (frecuentó las clases de Juan Bautista Labaña y Ambrosio Ondériz) y recibió además lecciones de esgrima del famoso maestro Pablo de Paredes. La habilidad con la espada era condición sine qua non para todo aquel que se preciase de cortesano; y aunque Lope no lo fue nunca, en sentido estricto, por sus años de estudio y formación, por sus buenas prendas de naturaleza y por sus nuevas habilidades adquiridas reunía muchas de las condiciones necesarias para aparentar tal faceta.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Expresividad romántica en los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda

Romanticismo hay también, en estas piezas dramáticas de Gertrudis Gómez de Avellanedaen el nivel de la expresión; así, encontramos el empleo de dos muletillas muy características: una, el sorpresivo grito de «¡Es ella!» (en Saúl, p. 179b; Egilona, pp. 15a y 31b; Baltasar, pp. 199b, 227b y 241b; El Príncipe de Viana, p. 86b); otra, la frase «Ya es tarde» —u otra similar—, que lanza un personaje para borrar en otro el último rastro de esperanza que quedarle pudiera (Baltasar, IV, 1 y en p. 244a).

Lasciate ogni speranza

Dejando aparte el empleo de algunos arcaísmos, para reforzar la ilusión de antigüedad (magüersic, por maguer—, aquesto, infelice, priesa, do, agora, mesmo…), o la adjetivación, tan característica siempre en estas obras («hórrido secreto», «criminal unión», «ponzoñoso germen», «pérfidas promesas», «ceguedad funesta», «tropel insano», «delirio ciego»…, ejemplos de Egilona), cabe destacar el tono exclamativo y entrecortado que caracteriza determinados pasajes. Así, en esa misma obra, este parlamento de Rodrigo en presencia de Caleb, que viene a libertarlo:

Salvarla quiero: de mis brazos caigan
estos hierros infames: cual el rayo
rápido mi furor hiera, devore
al enemigo vil. ¿Cómo dilato
su castigo cruel?… Siento la sangre
mis venas abrasar… ¿Cómo no lavo
con la suya el baldón?… Corra a torrentes:
ya la demandan los iberos campos,
y el lecho y trono que manchó su crimen,
de esa sangre también están avaros.
Yo sólo, sólo yo verterla debo…
ardiendo está el puñal; mas apagarlo
quiero en su corazón… ¿quién me detiene?
¿quién me detiene? ¿quién?… ¿dónde me hallo?…
¡Estos hierros aún!

Como podemos apreciar, el tono y los recursos retóricos se aúnan para tratar de expresar el estado anímico del personaje: las interrogaciones retóricas, las reticencias, los continuos encabalgamientos y las pausas internas en muchos de los versos, logran crear un ritmo que transmite de forma expresiva y acertada la duda y la perplejidad, el desasosiego y la impaciencia de don Rodrigo[1].


[1] Cito por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.